“Generación tras generación, los jóvenes comienzan su actividad llenos de fuerza, de entusiasmo y determinación… luego, unos tras otros, caen en la misma indiferencia y en los mismos defectos de los que los precedieron.
Después de algunos años de vida he notado que todo lo que constituye nuestra vida en la tierra a menudo no es más que apariencia, ilusorio, pasajero… Cuando era joven imaginaba que el objetivo principal de la vida era alcanzar un buen nivel social; luego vi cómo ciertas personas, después de haber alcanzado su ideal, se sintieron decepcionadas de la vida.
Tras descubrir cuán vanas eran las ofertas de este mundo, algo infinitamente más precioso, algo eterno, se impuso a mis pensamientos. Por la fe en Jesucristo encontré algo muy superior a todo lo que mi corazón podía desear. Lo más importante en el mundo, lo que realmente vale la pena, es conocer a Dios y su amor por medio de Jesucristo su Hijo. Conocer a Jesús el Salvador no es una teoría o una filosofía: es la vida, la vida eterna (Juan 17:3). He experimentado que Cristo es una roca sobre la cual puedo construir mi fe. He descubierto que el Espíritu Santo no es solo una influencia, sino una Persona real, viva, activa. Antes me interesaba en las cosas efímeras, ahora mis afectos profundos están anclados en Aquel que creó todas las cosas y que me ama”.
“No me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).
Hay mucha polémica alrededor de la pregunta de si el creyente puede o no tener seguridad de salvación, pero existen tres aspectos que consolidan su certeza y demuestran el poderoso estímulo que significa este conocimiento para el renacido.
En primer lugar, la seguridad de salvación no está fundamentada en el hombre ni en su manera de vivir. Pensando de manera contraria, se crea una seudo seguridad, al creer que somos salvos por nuestra buena conducta, según el lema: “Dios debe estar contento conmigo”.
Aunque una persona dedique cada hora de su vida, durante cien años, a entregarse completamente al Señor, este esfuerzo no la salva ni le asegura el perdón de sus pecados. Nuestra perdición es demasiado grande. Esta es la razón por la que Pablo enfatiza en Efesios 2:8-9: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.
Hace algunos años, una mujer me contó de su difunta madre. Ella había sido fiel en la asistencia en su iglesia donde, además, se desempeñaba como colaboradora, pero en su lecho de muerte se vio atormentada por las dudas acerca de su salvación. Me entristecí mucho al escuchar cómo la hija intentó consolarla: le recordó su fiel asistencia y colaboración con la iglesia. Le dijo además que nunca había asistido a los bailes y que siempre había huido de todas las prácticas pecaminosas, terminando su razonamiento de manera casi sugestiva: “¡si alguien debe ser salva, eres tú!”.
Seguir a Cristo con nuestras propias fuerzas y esforzarnos por conducirnos de manera piadosa, no puede darnos la seguridad de ser salvos, pues esta seguridad no está condicionada por nuestra manera de vivir o rendimiento personal. Es así que Romanos 3:24 dice: “[…] siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”.
En segundo lugar, la seguridad de salvación se obtiene tan solo a partir de la convicción de nuestra perdición. La Epístola a los romanos responde de manera magistral a la pregunta de por qué la salvación es solo por fe y por gracia. Allí podemos notar cómo el apóstol Pablo, de manera llamativa, desarrolla el plan de Dios a través de las “buenas nuevas”. A causa de su composición, la epístola nos muestra el camino a la salvación y la seguridad del perdón de nuestros pecados.
Después de la introducción, Pablo no comienza su enseñanza hablando acerca del amor y la misericordia de Dios para con todos los hombres, sino que en los tres primeros capítulos da cuatro “golpes de timbal” de diferentes tonalidades. En el primer capítulo, a partir del versículo 18, abre nuestros ojos a la justa ira de Dios y su juicio sobre la incredulidad y el pecado de las naciones, quienes le dieron la espalda. En su rebelión contra el Creador, el hombre se ha enredado en el pecado y la impiedad, por lo que ha caído bajo el justo juicio divino.
Luego, Pablo se dirige al hombre moral y religioso, quien de seguro se encuentra horrorizado ante la impiedad de las naciones, mencionada un capítulo antes. Pero el apóstol demuestra, en los primeros 17 versículos del capítulo 2, que este hombre religioso y moralista también está bajo el juicio de Dios. No importa lo ejemplar que pueda ser para los demás la vida de una persona: si no se arrepiente delante de Dios, si niega el juicio divino que recae sobre su vida, evidencia entonces su pecado y egoísmo, por lo que se mantiene bajo este juicio.
En la segunda parte del capítulo 2, el apóstol aclara que incluso el judío, que pertenece al pueblo elegido de Dios, no se salvará por su conocimiento de la ley ni por su esfuerzo en practicarla, sino que, a pesar de esto, será condenado.
A partir del versículo 9 del capítulo 3, Pablo hace sonar el cuarto “sonido del timbal”. A pesar de todo lo dicho, aún corremos el peligro de considerarnos bastante buenos. Es así que el apóstol vuelve a demostrarnos toda nuestra perdición. Todos los hombres, gentiles o judíos, que se revuelcan en el lodo del pecado o se esfuerzan en alcanzar un estatus moral, sean cristianos o de otra religión, están bajo el juicio de Dios: “no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10-12).
Reconocer nuestra perdición, el hecho que no tenemos ni una sola chispa de bondad en nosotros, que no hay nada que podamos presentar que agrade en lo más mínimo a Dios, es la base fundamental sobre la que se genera la verdadera seguridad de la salvación. Hay una gran diferencia entre aceptar de manera intelectual Romanos 7:18 y dejar que la luz de la Biblia penetre todo mi ser y me permita verme como Dios me ve: “y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”.
Es asombroso el nivel de “humanismo cristiano” que aún experimentamos en la actualidad, predicado incluso entre cristianos con buenos fundamentos bíblicos. En teoría, concordamos con que el hombre es pecador y está perdido, pero al mismo tiempo nos esforzamos por ganarnos el favor de Dios y contribuir en algo con nuestra salvación. Todos tenemos innato el concepto de mérito, pero mientras persigamos este afán, no llegaremos a tener una verdadera seguridad de nuestra salvación.
El orden de la Epístola a los romanos nos deja ver que solo a través del reconocimiento de nuestra propia perdición podremos llegar a tener la certeza de la salvación.
En tercer lugar, esta seguridad solo se fundamenta en Cristo y Su obra. Como hemos visto, la Biblia afirma que no hay nada en nosotros que pueda generarla. La certeza de ser salvos y haber sido perdonados está garantizada tan solo en Cristo y Su obra perfecta. Por lo tanto, la razón por la que tenemos esta convicción se encuentra fuera de nosotros. El poeta Johann Andreas Rothe (1688-1758) lo expresó en un himno con estas palabras:
He hallado el fundamento que para siempre sujetará mi ancla: ¿dónde, si no en las heridas de Jesús? Allí estaba, ya antes de que existiera el mundo, el fundamento que permanecerá inamovible aun cuando pasen cielo y tierra. Es la eterna misericordia, que sobrepasa todo pensamiento. Son los brazos de amor abiertos de Aquel que se inclina hacia el pecador, de Aquel cuyo corazón se quiebra, venga o no venga a él el hombre. Sobre este fundamento permaneceré mientras esta tierra sea mi hogar. Determinará mi pensar y actuar mientras lata el corazón. Y un día cantaré con sumo gozo: ¡Oh, infinito mar de misericordia!
La Epístola a los hebreos nos muestra de manera singular la exclusiva importancia del Señor Jesús y de Su obra perfecta en nuestra salvación. El capítulo 6 nos habla del ancla del alma, referente a nuestra esperanza y salvación. También allí podemos ver que el fundamento donde está anclada se encuentra fuera de nosotros: en Cristo y en la expiación de nuestros pecados, obtenida a nuestro favor en el santuario celestial. Hebreos 6:18-19 (lbla) dice: “[…] los que hemos huido para refugiarnos, echando mano de la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo”.
El hecho de que el ancla de nuestra salvación esté fijada fuera de nosotros, nos asegura un agarre firme y permanente que no depende de nuestra percepción. Esto mismo fue lo que llevó al apóstol Pablo a comenzar la Carta a los efesios con una suprema alabanza a Dios, agradeciéndole por todas las bendiciones espirituales con las cuales ya nos ha bendecido en el cielo:
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad, para alabanza de la gloria de Su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por Su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de Su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia.” (Ef. 1:3-8).
Durante los tres años de discipulado con Jesús, Pedro vivió convencido de su propia capacidad y entrega personal. Esta es la razón por la cual era tan rápido para interrumpir o proponer soluciones a su Señor. Estaba seguro de que amaba al Señor un poco más que los otros discípulos, que era un poco más fiel que los demás (Juan 13:37). Sin embargo, la noche en que Jesús fue arrestado lo negó tres veces, no quedó nada de este alto concepto de sí mismo. Pedro aprendió que el Señor no dependía de su amor y fidelidad, sino que era él quien necesitaba por completo de la fidelidad y el amor de su Señor. El apóstol entendió que el fundamento de su salvación no se hallaba en él mismo, sino en Cristo. Este descubrimiento es clarificado de forma maravillosa a través de las palabras iniciales de la Primera carta de Pedro: “bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros” (1 P. 1:3-4).
Por otra parte, en la ya citada Epístola a los hebreos se expresa, a través de muchos de sus pasajes, la misma seguridad, una certeza que se fundamenta tan solo en la perfecta obra de salvación del Señor Jesús:
“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” (He. 10:19-23).
El Señor vivió y cumplió de manera perfecta la justicia que Dios exige de nosotros, pagando todos nuestros pecados con Su sangre derramada en la cruz, sacrificándose como un Cordero sin defecto. Por eso, la fe bíblica está basada de forma exclusiva en la obra de Cristo: ¡el creyente es salvo tan solo por Jesucristo!
Se atribuye a Spurgeon la siguiente afirmación: “cuando se acerca la muerte, toda mi teología se reduce a cuatro palabras: Jesús murió por mí”. Por otra parte, Martín Lutero definió su fe, fundamentada únicamente en la obra perfecta del Señor Jesús, con las siguientes palabras:
Debido a mi maldad y debilidad innatas, hasta hoy me ha sido imposible cumplir con las demandas de Dios. Si no se me concediera la fe en que Dios me perdonó, por causa de Cristo, mis fracasos que cada día lloro, entonces todo se acabaría para mí. Debería desesperarme. Pero no lo haré. Colgarme de un árbol como Judas –no lo haré–. Más bien me colgaré del cuello de Cristo, tal como la mujer pecadora, aunque soy aún peor que ella. Me aferro a mi Señor Jesús, y Él entonces le dirá al Padre: “Padre, a ese apéndice de ahí déjalo pasar. Bien es verdad que no guardó tus mandamientos, que los ha transgredido todos, pero se ha aferrado a mí. Padre, también morí por él. ¡Déjalo deslizarse por la puerta!”. ¡Que esta sea mi fe!
Mi profesión me obligaba a viajar frecuentemente. Estas ausencias no agradaban mucho a mi familia. Un día mi pequeña hija tuvo la idea de atarme, para que no pudiera irme. Tomó una bobina de hilo y empezó a desenrollar el hilo mientras me envolvía con él. Después de algunas vueltas se detuvo triunfante y me dijo: “¡Papá, trata de liberarte!”. Yo hubiera podido romper los pocos hilos con la mayor facilidad, pero no quería estropear el júbilo de la niña. Ella dio vueltas nuevamente a mi alrededor con el hilo en la mano. “¿Puedes escapar?”, me preguntó de nuevo. Fingí intentarlo en vano, lo cual la entusiasmó más. Ella continuó atándome, feliz. Al final quise romper mis ataduras, pero ya era demasiado tarde. Lo que al principio era un juego de niños, se convirtió en algo imposible; el número de hilos que me ataban era demasiado grande: “¡Estás atrapado!”, celebraba la niña mientras aplaudía. De buena o mala gana tuve que llamar a mi esposa para que me liberara.
Esta anécdota me recuerda la estrategia de la araña: para neutralizar a su presa, la envuelve en un hilo muy fino pero resistente y bastante largo. Así, finalmente, la inmoviliza completamente.
El diablo también utiliza esta estrategia: poco a poco lleva su presa a tomar hábitos de los cuales no puede liberarse. Al final, cae en adicciones fatales. Pero nunca es demasiado tarde para clamar a Dios y obtener la liberación. “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Salmo 50:15).
Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento.
Muchas personas ancianas tienen la impresión de ser inútiles, cosa que les causa gran sufrimiento: “¡Me gustaría tanto ayudar en algo! ¡Pero ya no soy bueno para nada! Soy una carga para mis hijos. No sé por qué el Señor me deja todavía en la tierra…”, dicen algunos.
La vejez a menudo trae su parte de problemas, sus días malos, de los cuales habla la Biblia… Nuestras actividades se ven restringidas, debemos reconocer nuestros límites, cada vez más estrechos; se pierde la independencia; a menudo, a las dificultades físicas se añade una disminución de las facultades mentales como la memoria o la capacidad de reflexionar.
Un creyente del siglo 4, Agustín, escribió: “Para vivir la vejez con tranquilidad es necesario poseer el gozo que da la fe cristiana”. Muchos cristianos han experimentado esto. Es el resultado de una verdadera relación con Dios, la fuente viva de toda consolación. “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Dirige nuestra mirada al que nos salvó, de manera que “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Corintios 4:16).
Nuestra vida está en las manos del Dios Creador y Salvador, el único que tiene el poder y la sabiduría para dejarnos en la tierra o llevarnos con él, ¡cualquiera que sea nuestra edad! Si él desea conservarnos aún con vida, nos asegura su fidelidad: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
Esta frase ha atravesado los siglos sin perder su valor. Es atribuida al filósofo griego Aristóteles, e ilustra una ley de la naturaleza, que todo el espacio tiene que estar lleno de algo. El mismo principio se aplica a nuestra vida espiritual.
En Mateo 12:43-45 Jesús habla de una casa que había sido ocupada por un demonio, pero luego este se fue. Barrida y adornada, la casa no permaneció vacía mucho tiempo: demonios más malos que el primero entraron allí.
Cristianos, esta imagen nos muestra que si nuestro corazón no está ocupado del bien, de las cosas del Señor, estará ocupado de otras cosas. Las futilidades que el mundo ofrece, sus goces pasajeros, o peor, todas las impurezas que se propagan a plena luz del día llenarán nuestro corazón.
Si queremos ser preservados del mal y de la corrupción generalizada, debemos pensar en Cristo, en las “cosas de arriba” (Colosenses 3:2), en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, justo, puro, amable (Filipenses 4:8). El apóstol Pablo oraba para que Cristo habitara por la fe en el corazón de los creyentes, para que estos fueran “arraigados y cimentados en amor”, y “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:17, 19). Su corazón estaba lleno de esto porque él había sido “asido por Cristo” (Filipenses 3:12).
Demos más lugar en nuestra vida al Señor Jesús, quien dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23).
SALMO 147 «Excelso es nuestro Señor, y grande su poder; su entendimiento en infinito» (Sal. 147:5).
Este salmo es un hermoso cántico de alabanza al Señor por Su gran poder y Su perfecta protección hacia los suyos. En esta ocasión el salmista empieza exhortando al pueblo de Israel a que alabe al Señor: «… ¡Cuán bueno es cantar salmos a nuestro Dios, cuán agra- dable y justo es alabarlo!» (v. 1), para luego presentar las múltiples razones por las cuales es digno de ser alabado. Alabamos al Señor por Su salvación, presente y futura. El SEÑOR es quien edifica Jerusalén (v. 2), quien vuelve a reunir a Su pueblo (v. 2), quien sana las heridas del corazón (v. 3); el poder del Señor es tan grande que Él puede contar todas las estrellas y llamarlas a cada una por su nombre: ¿Cómo no habría de cuidar un Dios tan poderoso a cada uno de nosotros, los que formamos Su pueblo?
Tal y como adelantaba el versículo 4, el mismo Dios que cuenta las estrellas es quien cuida de Su pueblo escogido. El poder de Dios es mucho más alto de lo que podamos jamás entender. Dios extien- de las nubes y prepara la lluvia (v. 8), da de comer a los animales (v. 9), y aunque la Creación es obra de sus manos y Él la sustenta perfectamente, Dios no encuentra Su máximo deleite en ella, sino en Su nueva creación: «Sino que se complace en los que le temen, en los que conf ían en su gran amor» (v. 11).
De ahí proviene el imperativo del salmista que podemos apro- piarnos cada uno de nosotros: ¡Alaba al SEÑOR! Dios se goza en nuestras alabanzas y en un corazón humilde y sumiso delante de Él. La salvación de Dios es muy generosa y muy grande. Él usa a toda Su creación para proteger a Su Israel ante todos sus enemigos, y delante de Su poder, «¿quién puede resistir?» (v. 17). Ahora bien, esperando llegar al clímax de su salmo, el autor se guarda para el final la más grande las bendiciones de Dios para con los suyos: «A Jacob le ha revelado su palabra; sus leyes y decretos a Israel. Esto no lo ha hecho con ninguna otra nación; jamás han conocido ellas sus decretos. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el SEÑOR!» (v. 19-20). Israel se goza, ante todo, por el hecho de conocer la voluntad del Señor y ser poseedor de Su revelación. Ese es también para nosotros, Su Israel, nuestro mayor gozo, deleite, y beneficio.
Además de las muchas bendiciones materiales del Señor para contigo, ¿cuentas como tu mayor bendición el poder tener Su pre- ciosa Palabra y el privilegio de poder meditar en ella? ¿Das gracias a Dios por haber revelado a Su Hijo en ti (Gál. 1:16)? Que en medio de las bendiciones que te rodean, o aún en los momentos de escasez y aflicción, esta sea tu más grande bendición y tu primer motivo de alabanza a Dios. Él podría habernos privado de conocerle, pero por Su bondad infinita, Dios nos ha hablado y ha hecho de nosotros una nación santa. Nosotros le hemos conocido y hemos sido comprados para alabarle. ¡Aleluya!
Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
Eva estaba frente a Adán y él estaba frente a ella. Dios los había hecho el uno para el otro. Cuando se observaron mutuamente, se maravillaron. Ella vio que él era igual pero diferente. Él vio que ella era igual pero diferente. Sin embargo, en sus diferencias encajaban el uno con el otro. Sus diferencias en realidad realzaban su relación. Se deleitaron en el diseño del Creador para su unión corporal. A lo largo de su matrimonio descubrirían que había otras diferencias cruciales entre ellos. Había diferencias en sus procesos emocionales y mentales. Diariamente, Adán veía que Eva aportaba algo que él no. Del mismo modo, Eva veía que Adán aportaba algo que ella no. Así como las diferencias en sus cuerpos se correspondían, estas otras diferencias los hacían mejores como pareja.
Su unión física, mental, emocional y espiritual formaba una base única y sólida para su familia. Los niños florecieron al ser criados por la masculinidad y la feminidad únicas que se habían unido en sus padres. Ese era el plan de Dios. La familia sería la piedra angular de la civilización. Esa relación sagrada del matrimonio —una unión física, mental, emocional y espiritual entre un hombre y una mujer— sigue siendo la norma absoluta instituida por el Dios vivo para toda la civilización.
Cuando la humanidad pecó, toda la creación se vio profundamente afectada. Satanás y el pecado desgarraron esta relación básica entre marido y mujer que formaba el fundamento del hogar. El mal golpeó esta piedra angular de la civilización cuando Satanás trató de deformar y destruir la creación de Dios. Esto continúa hoy en día. Al tratar de liberarse de la belleza y los paradigmas que enriquecen la vida y que el Señor diseñó, nuestro mundo secular cita a su inicuo maestro: «¿Conque Dios les ha dicho…?». En su insidiosa rebelión, la cultura secular busca cambiar lo inmutable y redefinir no solo la institución del matrimonio, sino la misma masculinidad y feminidad de los individuos.
Cuando Israel trivializó esta relación de pacto facilitando la separación de un esposo o esposa, Jesús habló de la gravedad de su pecado. Los fariseos y los líderes religiosos de su tiempo habían tergiversado el Antiguo Testamento para proporcionar divorcios fáciles a cualquier hombre que quisiera salir de un matrimonio por cualquier razón. Quisiera parafrasear las palabras de Jesús en Mateo 5:27-32: «Por cierto, cuando ustedes intentan redefinir la ley y la utilizan para deshacerse de una esposa o de un marido a su conveniencia para poder casarse con alguien más atractivo para ustedes, eso no es más que adulterio puro y simple. Su esfuerzo por legalizarlo no lo convierte en algo moral». Jesús no estaba exponiendo un tratado completo sobre el matrimonio y el divorcio. Estaba hablando del adulterio: ese era Su tema. Los fariseos decían: «Nosotros nunca cometeríamos adulterio. Simplemente nos divorciamos de nuestras esposas y entonces somos libres de casarnos con mujeres más deseables». Y Jesús les decía: «Eso sigue siendo adulterio. Ustedes trataron de hacerlo parecer correcto a través de un divorcio formal, pero sigue siendo adulterio».
¿Entonces la unión conyugal nunca se puede anular? En ese mismo pasaje (v. 32) y en otras declaraciones del Nuevo Testamento, el divorcio se presenta como una opción cuando hay adulterio o abandono (1 Co 7:12-15). Podríamos discutir lo que constituye el adulterio o el abandono, pero no podemos discutir la verdad de que Dios permite el divorcio en tales circunstancias. Si Dios permite el divorcio en algunas circunstancias, tiene que significar que en esas circunstancias el divorcio no es un pecado. Dios no puede aprobar el pecado.
Dios mismo permite el divorcio a Su pueblo que vive en un mundo caído para que pueda escapar del abuso habitual de los esposos o esposas no arrepentidos que destruyen esa unión santa por medio del adulterio y el abandono de la relación. El divorcio bajo tales circunstancias también protege a los niños que están siendo seriamente dañados al asimilar el mal ejemplo de un padre o madre malvados. A veces, los cristianos y las iglesias han malinterpretado tanto esta cuestión que han puesto vidas en peligro, al aconsejar a las esposas que están siendo sistemáticamente golpeadas y abusadas que permanezcan en el matrimonio porque creen que el divorcio es inherentemente malo.
Muchas iglesias hacen que las personas que se divorcian por razones bíblicas se sientan como cristianos de segunda clase. Un hombre o una mujer me dirán después de haberse divorciado: «Sé que mi divorcio fue un pecado». Yo interrumpo y digo: «Pensé que tenías motivos bíblicos para divorciarte». La persona responde: «Lo hice, pero sigue siendo un pecado». ¿De dónde sacaron este pensamiento antibíblico? Lo obtuvieron de iglesias y ministros bien intencionados que no entienden que el divorcio puede ser una opción correcta y santa cuando las vidas están siendo arruinadas.
Al igual que el cónyuge de un esposo o esposa fallecido no está «atado» y es libre de volver a casarse, el cónyuge maltratado al que se le ha concedido un divorcio justo también es libre de volver a casarse. A veces hay un daño emocional extremo como resultado de años de abuso psicológico o físico. En esos casos, es aconsejable que el individuo agraviado se someta a un buen programa de consejería que promueva la sanidad y le permita construir y formar una relación matrimonial saludable en el futuro.
Todas estas cuestiones se han debatido a lo largo de los siglos, ya que la iglesia ha luchado con vivir en culturas decadentes. Se han hecho largas listas sobre lo que es permitido en el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias. En los Estados Unidos estamos viviendo en una sociedad libertina que se parece cada vez más a Corinto o a Sodoma y Gomorra. ¿Cómo debemos vivir entonces? ¿Cómo tomamos decisiones sobre el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Debemos volver a la verdad y a la belleza de la intención original de Dios cuando creó a Adán y a Eva el uno para el otro. Debemos volver a poner ante el mundo la maravilla de esa unión física, mental, emocional y espiritual que el Creador dio para que fuera una bendición inmutable e increíble para Su creación. Aunque todavía somos pecadores, como esposos y esposas viviendo en Su maravilloso paradigma para el matrimonio todavía tenemos el alto estándar de Su Palabra y el poder del Espíritu Santo transformándonos de adentro hacia afuera. Tales matrimonios serán sal y luz en esta cultura decadente y oscura. Tu hogar y matrimonio piadosos (donde el hombre como esposo y la mujer como esposa se convierten en una sola carne física, mental, emocional y espiritualmente) se convertirá en un faro que perfora la oscuridad y en una guía para las masas perdidas en el mar de orientaciones e identidades de género torcidas, encuentros sexuales sin sentido y pecaminosos, y matrimonios cuyo único objetivo es el ascenso materialista.
El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].
(Jesús dijo:) Os daré a cada uno según vuestras obras. Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga; pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga.
Tiatira era una pequeña ciudad famosa por sus tintorerías (el color púrpura en particular) y sus empresas artesanales, sus fiestas, sus sacrificios a los dioses y sus orgías. En esta carta a Tiatira, la más larga de las siete, se habla de una mujer llamada Jezabel. Este nombre nos traslada a un periodo sombrío del Antiguo Testamento: Jezabel, esposa del rey Acab, había introducido en Israel la adoración a los falsos dioses fenicios, Baal y Astarté. De manera similar, en Tiatira, el mundo idólatra y corrompido había entrado en la iglesia y pretendía hablar de parte de Dios.
En la iglesia de Pérgamo algunas personas trataban de desviar a los fieles mediante su enseñanza. Aquí, en Tiatira, una parte de la iglesia había sido seducida y formaba adeptos. De ahí que el apóstol habla de “los demás que están en Tiatira”, que no tienen esta doctrina.
El cristianismo de hoy está fuertemente influenciado por la evolución rápida de un mundo sin Cristo. No nos desanimemos y continuemos trabajando para Dios; examinemos si la enseñanza impartida entre los cristianos que conocemos halla su fuerza en Jesucristo y se basa en su Palabra.
En Tiatira Jesús se presenta como el Hijo de Dios. No es un maestro entre otros. Él nos invita a rechazar todo lo que no es conforme a la Palabra de Dios, y a tener firme lo que hemos recibido de él, hasta que él venga.
Durante varias semanas, he estado examinando el quinto mandamiento y, en particular, cómo deben obedecerlo los hijos adultos. «Honra a tu padre y a tu madre, como te ha mandado el Señor tu Dios, para que tus días se alarguen y te vaya bien en la tierra que el Señor tu Dios te da». Mientras que cumplir este mandamiento es relativamente sencillo para el niño pequeño que está bajo la autoridad de sus padres, es mucho más difícil saber lo que implica para los hijos adultos. A lo largo de esta serie, hemos empezado a conocer algunas formas en las que esa honra puede presentarse. Hemos visto que todos los hijos tienen una deuda de honra con sus padres que se prolonga más allá de la infancia. Todos los hijos de todas las edades deben honrar a sus padres. Hemos explorado esto desde muchos ángulos y ahora, al concluir, quiero explorarlo desde uno más.
Los hijos no tienen toda la responsabilidad en el cumplimiento del quinto mandamiento. Si los hijos deben extender la honra a sus padres, los padres deben facilitárselos viviendo vidas honorables. Debemos repetir lo que hemos dicho antes: Los hijos no deben esperar a que sus padres demuestren ser honorables antes de extender la honra, ya que la honra de los padres se deriva de su posición, no de su comportamiento. Sin embargo, sigue siendo responsabilidad de los padres llevar una vida digna y respetable. Y esto es lo que quiero considerar hoy: ¿Cómo podemos nosotros, que somos padres, vivir una vida digna de honra? ¿Cómo podemos facilitar que nuestros hijos nos honren ahora y en el futuro?
La gloria de los hijos
Comenzaremos con un proverbio apropiado. Proverbios 17:6 nos dice: «Corona de los ancianos son los hijos de los hijos, y la gloria de los hijos son sus padres». Es la segunda parte de este proverbio la que me interesa de forma particular. ¿Qué significa que «la gloria de los hijos son sus padres»? Aunque debemos reconocer un contexto singular en el Antiguo Testamento, podemos estar de acuerdo con Eric Lane, cuando dice: «Para los hijos su mayor bendición era tener unos padres de los que pudieran sentirse orgullosos: respetados en la comunidad, prósperos en los negocios y minuciosos en su educación». Es una bendición para los hijos tener padres honorables y es correcto que se sientan orgullosos de sus padres y, por supuesto, también de sus madres.
En la explicación e interpretación que John Kitchen hace del proverbio, destaca la importancia de que los padres vivan con honor: «Los hijos se sienten orgullosos de tener un padre honorable. Es cierto que el mandamiento exige que los hijos honren a su padre y a su madre (Éx. 20:12), pero también corresponde al padre dar a sus hijos motivos para hacerlo. ¿Qué mayor incentivo terrenal podría haber para vivir honorablemente como hombre, que el hecho de que tus hijos se sientan orgullosos de ti y anhelen modelar tu carácter?». Los padres son el orgullo de los hijos cuando viven honorablemente.
Viviendo honorablemente
¿Cómo viven los padres honorablemente? ¿Cómo aconsejarías a un amigo que te dice: «Quiero vivir una vida digna de honor. ¿Qué hago?». Hay cientos de posibilidades, cientos de maneras de responder a estas preguntas. Podríamos crear una lista de cualidades que deberían caracterizar al padre cristiano: El amor, la bondad, la paciencia y la mansedumbre. Podríamos generar una lista de deberes que los padres deben cumplir: Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos, orar por ellos, leerles la Palabra de Dios. Podríamos elaborar una lista de características y comportamientos que debemos evitar: No exasperar a nuestros hijos, no tratarlos injustamente, no dejar de criarlos en la disciplina e instrucción del Señor. Las posibilidades son infinitas.
Yo pretendo mantenerlo simple y proponer tres áreas de énfasis.
En primer lugar, haz de tu propia piedad tu principal preocupación. Como padres, tenemos la tendencia a esperar más de nuestros hijos de lo que esperamos de nosotros mismos. Tenemos grandes expectativas para ellos, pero sólo expectativas modestas para nosotros mismos. Una vida honorable ante los demás comienza con una vida honorable ante Dios. Cuando buscamos a Dios, anhelamos ser lo que Él quiere que seamos, vestirnos con todas las características nobles asociadas con la piedad y desechar todas las características desagradables asociadas con la impiedad. Vamos a querer comportarnos como Dios quiere que nos comportemos, dejar de lado todas las acciones que no son propias de un cristiano y resaltar todas aquellas acciones que son dignas de un cristiano. De este modo, modelaremos un carácter y un comportamiento maduros, desplegando y mostrando amor a nuestros hijos, incluso cuando nos exasperen o nos lleven al borde de la desesperación. Viviremos con la conciencia tranquila ante Dios, los hombres y nuestros propios hijos.
En segundo lugar, identifica e imita modelos dignos. Especialmente dentro de la iglesia local, busca personas que hayan sido modelos de crianza exitosa. Dios nos ha puesto en las comunidades de la iglesia local para que podamos tener ayuda a través de todos los desafíos y dificultades de la vida. Dios nos rodea de otros creyentes para que podamos tener modelos que imitar. Identifica deliberadamente a las personas cuyos hijos los aman y honran, cuyos hijos se deleitan en estar con ellos. Aprende a imitar a esas personas. Pregunta a los padres: «¿Qué hiciste para que tus hijos te respeten ahora? ¿Cómo los criaron? ¿Qué les han enseñado?». Pregunta a los hijos: «¿Qué hicieron tus padres para que los honres? ¿Qué amas de ellos? ¿Por qué te gusta pasar tiempo con ellos?». Es mucho lo que podemos aprender mediante la curiosidad y la imitación.
En tercer lugar, encomienda a tus hijos a la gracia de Dios. Aprendan a ser piadosos y a imitar modelos dignos y luego encomienden a sus hijos a la gracia de Dios. Es tu responsabilidad vivir una vida digna de honra y es tu responsabilidad enseñar a tus hijos la importancia del honor. Pero en última instancia, la honra debe ser extendida por los hijos, no exigida por los padres. La responsabilidad recae en tus hijos. Puede que se muestren duros de corazón, que no estén dispuestos a identificar el amor y la gracia que les has mostrado, que no estén dispuestos a perdonar tus defectos, que no estén dispuestos a hacer caso al mandato de Dios. Pero tú, al menos, habrás vivido una vida de honor. Tú, al menos, habrás cumplido con el deber que Dios te ha dado.
Pueden haber momentos para apelar a tus hijos cuando actúan de forma deshonrosa o, si son cristianos, incluso para apelar a tu iglesia. Los líderes de la iglesia deben tomar en serio la responsabilidad de cada miembro de obedecer el quinto mandamiento. Sin embargo, al final tus hijos harán su propio camino en la vida. Ellos elegirán honrar a Dios al honrarte a ti o elegirán deshonrar a Dios al deshonrarte a ti. Incluso si eligen mal, tú puedes consolarte sabiendo que aunque tus hijos te abandonen, Dios no lo hará. Padres, hagan que sea fácil para sus hijos honrarlos. Hagan que sea un placer para ellos sentirse orgullosos de ustedes. Vivan de tal manera que sus hijos puedan decir: «la gloria de los hijos son sus padres».
Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.
Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
El pecado de la homosexualidad es grave y atroz. Si bien es cierto que toda inmoralidad sexual es pecado —el adulterio, la fornicación, la pornografía—, el pecado homosexual es diferente. Es más atroz y grave porque, como deja claro la Palabra de Dios, el pecado homosexual es contrario a la naturaleza (Ro 1:26). El pecado homosexual ataca el orden creado por Dios en todos los sentidos y se burla del diseño de Dios para la procreación, lo que hace que la homosexualidad sea lógicamente autodestructiva. Aquellos que sugieren que la Biblia no es clara sobre el pecado homosexual nunca han leído la Biblia o no han querido escuchar lo que la Biblia enseña claramente.
La Biblia es clara, así que nosotros debemos ser claros. No podemos ni debemos vacilar ante una oposición aparentemente abrumadora. Aunque el mundo esté cambiando, la Palabra de Dios no lo hace. Debemos mantenernos firmes en la Palabra de Dios inmutable en medio de una cultura siempre cambiante. Pues incluso si el mundo entero dice que la homosexualidad es aceptable, debemos mantenernos firmes en la autoridad de la Palabra de Dios e insistir en que es, de hecho, inaceptable e inconcebible. Debemos decir la verdad aunque signifique persecución y encarcelamiento. Debemos insistir en que el pecado de la homosexualidad es incorrecto, y como todos los pecados, sexuales o de otro tipo, es merecedor de la justa ira y condena de Dios.
No nos equivoquemos, esto no es un discurso de odio; es un discurso de amor. Hablamos de la pecaminosidad del pecado homosexual, del pecado sexual y de todo pecado no por odio, sino por amor. De hecho, lo más odioso que podríamos hacer es no llamar pecado a lo que Dios llama pecado. Ese sería ciertamente el camino más fácil para nosotros, pero no es el camino de la verdad que lleva al perdón y a la libertad. Amamos a los homosexuales igual que amamos a los adúlteros y a todos los pecadores, y precisamente por eso debemos decirles la verdad con amor, igual que necesitamos que nos digan la verdad con amor sobre nuestros propios pecados. La Biblia nos llama a tener una ira justa hacia el pecado y a odiar el pecado: nuestro pecado y los pecados del mundo. La Biblia también nos llama a amar a los pecadores y a orar para que se arrepientan de sus pecados y confíen en Jesucristo, quien es el Salvador de los pecadores arrepentidos. Si tan solo más cristianos demostraran el amor cristiano como deberían, orando por los inmorales sexuales de este mundo, llamando pecado lo que Dios llama pecado y proclamando el evangelio de Jesucristo para que los inmorales sexuales conozcan su desesperada necesidad de arrepentirse y que, por la gracia de Dios, se aferren a Cristo y a Su justicia. Entonces los homosexuales podrían saber cuánto los amamos los cristianos, pues no podemos amar sin decir la verdad y no debemos decir la verdad sin amor. Debemos tener compasión y valor mientras vivimos coram Deo, delante del rostro de Dios, proclamando Su verdad y Su evangelio a nuestros vecinos homosexuales, vecinos sexualmente inmorales y vecinos no arrepentidos e incrédulos, tal como nos predicamos el evangelio a nosotros mismos.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.