¿Ha recibido usted una multa de tránsito?

Jueves 18 Agosto
Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.
Romanos 3:23-24
¿Ha recibido usted una multa de tránsito?
Yo sí. Sobrepasé el límite de velocidad de 9 km/h. Mientras el oficial hacía el informe, pensé que sería mejor que él fuera tras los malos conductores o los delincuentes. Pero el hecho era que yo había violado la ley, y debía guardar silencio.

A veces vemos el pecado de la misma manera: lo clasificamos por categorías. “Hay grandes pecadores que violan abiertamente la ley de Dios, y hay otros como yo. Por cierto, yo cometo errores de vez en cuando, pero no soy como ellos…”. Sin embargo, ¿qué piensa Dios? Él aborrece el mal. Y nosotros, cada uno sin excepción, hemos transgredido su voluntad. El versículo del día es claro: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

¿Qué podemos hacer? Simplemente creer en Jesucristo, quien pagó en nuestro lugar por nuestros pecados (Isaías 53:5). Él prometió que, si le confiamos todo nuestro ser, nos perdonará y nos dará una nueva vida.

¿Cómo puede ser esto? Abandonando la idea de hacer cualquier cosa para merecer su gracia, nos arrodillamos a los pies de Jesús con una actitud arrepentida. Confesamos que somos pecadores y que hemos cometido innumerables pecados. Dejemos de lado nuestro egoísmo, nuestro orgullo, para decirle: “Señor Jesús, perdóname. Haz de mí una nueva persona. Hazme pasar de la muerte a la vida eterna”. Y Jesús lo hace.

“Tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan” (Salmo 86:5).

Jeremías 22 – Lucas 22:47-71 – Salmo 96:1-6 – Proverbios 21:21-22

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A los predicadores de prosperidad: No hagan más difícil el entrar al Cielo

Serie: A los predicadores de prosperidad

Jhon Piper

Nota del editor: Este es el primer artículo en una serie de 12 súplicas a los predicadores de la prosperidad. Los artículos fueron publicados originalmente en el libro de John Piper, ¡Alégrense las naciones!

Jesús dijo: “¡Cuán difícil será para aquellos que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!”. Sus discípulos quedaron asombrados, como muchos en el movimiento de “prosperidad” deberían estar. Así que Jesús elevó el asombro de ellos aún mas al decir: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.” Ellos respondieron con incredulidad: “¿Entonces quien puede ser salvo?” Jesús les respondió, “Para el hombre esto es imposible, pero no para Dios. Porque todas las cosas son posibles para Dios” (Mr. 10:23-27).

Esto significa que el asombro de los discípulos era adecuado. Un camello no puede entrar por el ojo de una aguja. Esto no es una metáfora para algo que requiere un gran esfuerzo o un humilde sacrificio. No se puede hacer. Sabemos esto porque Jesús dijo, “¡Imposible!”. Sus palabras, no nuestras. “Para el hombre es imposible”. El punto es que el cambio de corazón que se requiere es algo que el hombre no puede hacer por sí mismo. Dios debe hacerlo”. . . pero no [es imposible] para Dios”.

No podemos dejar de atesorar el dinero por encima de Cristo. Pero Dios sí puede hacer justamente eso en nosotros. Esas son las buenas nuevas. Y esto debe ser parte del mensaje que los predicadores de prosperidad anuncian en vez de tentar a las personas a ser más como camellos. ¿Por qué quisiera un predicador predicar un evangelio que fomenta el deseo de ser rico y por lo tanto confirmar a la gente de su incapacidad natural para entrar al reino de Dios?

Publicado originalmente en Desiring God.

John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

Representación federal

Por Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

El apóstol Pablo no creía que los seres humanos son básicamente buenas personas que hacen cosas malas. Los primeros capítulos de su epístola a los Romanos están dedicados a la proposición de que, con la excepción de Jesucristo, todo ser humano es por naturaleza injusto, culpable y digno de muerte. Pablo concluye que «tanto judíos como griegos están todos bajo pecado» (Rom 3:9).

Este retrato desolador y despiadado de la humanidad plantea al menos dos preguntas: ¿Por qué no vemos excepciones a la depravación humana universal? ¿Hay esperanza alguna para pecadores que están bajo la justa condenación de Dios y que no pueden hacer nada para librarse a sí mismos del juicio divino?

Pablo responde a ambas preguntas de una manera inesperada en Romanos. Nuestra difícil situación como pecadores se remonta en última instancia a Adán. Nuestra única esperanza como pecadores está en el segundo Adán, Jesucristo. En Romanos 5:12-21, el apóstol nos ayuda a ver cómo la obra de cada hombre, Adán y Jesús, afecta a los seres humanos hoy.

En Romanos 5:14, Pablo dice que Adán «es figura del que había de venir», es decir, Jesucristo. Al igual que Jesús, Adán fue un verdadero ser humano histórico. Aunque Jesús no es un simple hombre, es un verdadero hombre. Aquí Pablo afirma una correspondencia entre Adán y Jesús, pero en 1 Corintios el apóstol usa un lenguaje que nos ayuda a comprender mejor su relación. Si Adán es «el primer hombre», entonces Jesús es «el último Adán» (1 Co 15:45). Adán es «el primer hombre»; Jesús, «el segundo hombre» (v. 47). Adán y Jesús son hombres representativos. Nadie se interpone entre el primer hombre y el último Adán. Y nadie sigue a Jesús, el segundo hombre. Todo ser humano en todos los tiempos y lugares del mundo, nos dice Pablo, tiene una relación representativa con Adán o con Jesús (ver vv. 47-48). Es en el contexto de esta relación que lo que ha hecho el representante pasa a manos del representado.

En Romanos 5, Pablo examina estas relaciones representativas bajo el microscopio. El apóstol quiere que veamos cómo «una transgresión» de Adán afecta a todos los que están en Adán. Lo hace para ayudar a los creyentes (aquellos que están «en Cristo») a ver cómo les afecta la obediencia y la muerte de Cristo.

Algunos de los términos más importantes que usa Pablo en Romanos 5:12-21 se derivan de la sala de tribunal. Contra la «condenación» que pertenece a los que están en Adán está la «justificación» que pertenece a los que están en Cristo (vv. 16, 18). La palabra que a menudo se traduce como «constituidos» en el versículo 19 («Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» [énfasis añadido]) se traduce más precisamente como «designados». El punto de Pablo en este versículo no es que el pecado de Adán nos transforma personalmente en pecadores, ni que la obediencia de Jesús nos transforma personalmente en justos. Su punto aquí es que, a la luz de la desobediencia de Adán, aquellos a quienes Adán representa pertenecen a una nueva categoría legal (pecador). De manera similar, es debido a la obediencia de Jesús que a Su pueblo se le concede la entrada a una nueva categoría legal (justo).

El término teológico técnico que describe esta transacción que involucra al representante y al representado es imputación. El único pecado de Adán es imputado (aplicado) a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Adán» entran en condenación. Es decir, están sujetos a la justicia divina por el único pecado de Adán que se les imputa. Por otro lado, la justicia de Cristo se imputa a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Cristo» son justificados. Dios los considera justos, no por nada que hayan hecho, estén haciendo o hagan. Dios justifica a los pecadores únicamente sobre la base de la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, que Dios les imputa y que reciben por medio de la fe sola.

Las dos imputaciones de Romanos 5:12-21 proporcionan la respuesta a las dos preguntas que planteamos anteriormente. La razón por la que «no hay justo, ni aun uno» (3:10) se deriva del hecho de que todos los seres humanos, excepto el segundo Adán, están por naturaleza condenados en Adán. Pablo nos muestra que junto con la condenación universal está la depravación universal. Es a la luz de la imputación del primer pecado de Adán a los seres humanos que estos seres humanos culpables, desde el momento de su concepción, heredan una naturaleza caída de sus padres.

Por estas razones, no hay esperanza ni ayuda que se pueda encontrar entre los que están «en Adán». Pero la esperanza y la ayuda están disponibles para los pecadores. Se encuentran solo en Jesucristo, el segundo y último Adán. El pecador recibe la justicia de Cristo solo por medio de la fe en Cristo. El pecador es justificado únicamente sobre la base de esta justicia. Sus pecados son perdonados y se le considera justo en el tribunal de Dios. Unido a Cristo y justificado por la fe en Él, el creyente llega a ser transformado a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.

Una dificultad que la gente ha expresado a menudo con la enseñanza de Pablo en Romanos 5:12-21 se puede resumir en la objeción: «¡No es justo!». Muchos preguntan: «¿Es realmente justo que Dios me castigue por algo que otro ha hecho? Después de todo, nadie me preguntó si quería ser representado por Adán. ¿Cómo puede un Dios justo y bueno condenarme de esa manera?».

Esta objeción es seria y merece una cuidadosa reflexión. La realidad es que la relación representativa que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos destaca la bondad, la soberanía y la justicia de Dios. La bondad de Dios es evidente en Sus tratos con Adán en el jardín del Edén, tratos que se relacionan con cada persona a quien Adán representó. Dios creó a Adán como un hombre justo. Los pensamientos, las elecciones, los sentimientos y el comportamiento de Adán fueron todos sin pecado. Dios puso a Adán en el paraíso y le permitió disfrutar de Su generosidad. Dios le ofreció a Adán la promesa de la vida eterna confirmada y solo le pidió que se abstuviera, por un tiempo, de comer de un solo árbol en el jardín. Es difícil concebir circunstancias más ventajosas para nuestro representante, Adán. Cada detalle del pacto que Dios hizo con Adán refleja la bondad de Dios. Como pecadores que viven entre pecadores en un mundo pecaminoso, ¿habríamos tenido esperanza alguna de hacerlo mejor que Adán como nuestro representante en el jardín del Edén?

La relación representativa que Dios designó entre Adán y su descendencia ordinaria también da testimonio de la soberanía y la justicia de Dios. Tanto Adán como nosotros somos criaturas en las manos de Dios. Dios tiene el derecho de ordenar nuestras vidas de la manera que Él quiera, y nosotros no tenemos derecho a pedirle cuentas (ver Rom 9:19-20). Al actuar como lo hace, no nos hace ninguna injusticia. Al contrario, actúa de acuerdo con Su propio carácter justo.

Al pensar en la relación que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos, debemos recordar al menos dos consideraciones adicionales que están relacionadas. Primero, Dios no instituyó tal relación entre los ángeles. Cada ángel es individual ante Dios. Algunos ángeles han permanecido obedientes a Dios, mientras que otros ángeles cayeron en pecado. Dios no ha provisto ningún mediador para estos ángeles caídos y no les ofrece misericordia salvífica. Habiendo abandonado «su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día» (Jud 6).

En segundo lugar, Dios ha redimido a pecadores caídos e indignos a través del mismo tipo de relación representativa en la que caímos en pecado por medio de Adán. Cuando el pecador se une a Jesucristo por la fe sola, pasa de la condenación a la justificación y recibe gratuitamente la justicia de Jesucristo. El pecador no recibe este regalo de justicia por nada que él mismo haya hecho, esté haciendo o haga. Más bien, Dios en Su gracia atribuye esa justicia al pecador, quien la recibe por fe. E incluso esa fe es un don de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29).

Por esta razón, como cristianos miramos la salvación que hemos recibido en Cristo y decimos: «¡No es justo!». Decimos esto no con un puño cerrado que muestra ira y desafío, sino con una mano abierta que muestra alabanza y acción de gracias. La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dado lo que merecemos. Lo que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios cargó nuestros pecados sobre Jesucristo en la cruz, y nos imputó la justicia de Su Hijo cuando creímos (2 Co 5:21). Dios no nos ha dado lo que nos corresponde. Nos ha dado lo que corresponde a Cristo. Él nos ha dado bendición en vez de maldición, justificación en vez de condenación, vida en vez de muerte y esperanza en vez de desesperación. Y al hacerlo, ha mostrado ser justo y el justificador del que tiene fe en Su Hijo (ver Rom 3:26).

En el día del juicio, los pecadores impenitentes no podrán culpar a nadie más que a sí mismos (2:1-11). Serán sentenciados y condenados justamente, y toda boca callará (Rom 3:19). Ese mismo día, los redimidos no nos jactaremos de nosotros mismos. Daremos toda alabanza y gloria a nuestro Salvador, el segundo Adán, el Señor Jesucristo.

Ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, los cristianos podemos comenzar la obra de alabar a Cristo con nuestros cuerpos y nuestras mentes, con nuestras palabras y nuestras obras. Y podemos apuntar a otros hacia el Dios que, al ser rico en misericordia y abundante en amor, da vida junto con Cristo a pecadores muertos (Ef 2:4-5).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy Prentiss Waters
El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

Vivir tranquilamente en un mundo donde todo va mal

Miércoles 17 Agosto
Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.
Isaías 26:3
(Jesús dijo:) La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
Juan 14:27
Vivir tranquilamente en un mundo donde todo va mal
Nuestro futuro es cada vez más incierto: el planeta está en peligro, nuestras condiciones de vida se degradan, el desempleo aumenta, la corrupción y la violencia son evidentes cada día. ¿Cómo disfrutar la vida en un contexto que produce tanta ansiedad?

¿Debemos actuar como el avestruz y enterrar nuestras cabezas en la arena, es decir, no escuchar más las noticias y pensar solo en nosotros mismos? ¿Debemos aprovechar al máximo el momento presente diciendo: “Comamos y bebamos, porque mañana moriremos”? (1 Corintios 15:32).

La Biblia nos propone otro camino: poner nuestra confianza en Dios. Él es un Dios de paz. Para recibir esta paz debemos reconciliarnos con Dios, porque por naturaleza somos sus enemigos, pecadores desobedientes. Jesucristo hizo “la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). La fe en él nos lleva a conocer la paz de la conciencia. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Entonces podemos contar con sus cuidados, con su amor y su poder. ¿Quién podría turbarnos si el gran Dios de los cielos, quien encerró el viento en sus puños (Proverbios 30:4), se ocupa de nosotros? El apóstol Pedro dormía plácidamente en la cárcel, incluso cuando el rey Herodes quería matarlo. Como Pedro, nosotros también podemos estar tranquilos, cualesquiera que sean las circunstancias de nuestra vida, si ponemos nuestra confianza en Dios.

Jeremías 21 – Lucas 22:24-46 – Salmo 95:6-11 – Proverbios 21:19-20

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La Biblia es Verdad Objetiva

por John MacArthur

Quizás la mayor mentira del posmodernismo es la creencia de que podemos definir la verdad y determinar la realidad desde dentro de nosotros mismos. Pero el reino subjetivo de los sentimientos y las impresiones es el peor lugar para ir en cualquier búsqueda de la verdad.

Dios escribió un Libro -sólo un Libro- y en él pudo decir todo lo que quería decir. Lo dijo sin error, sin defecto, y sin nada omitido o innecesariamente incluido. Es la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Y Dios dio su libro al hombre por medio de la inspiración, por medio de la cual el Espíritu de Dios se movía en los escritores humanos que registraban las mismas palabras que Dios quería que escribieran. La gente puede creer o no creer en la Biblia, pero nadie tiene el poder o la prerrogativa de establecer la verdad o cambiarla. Es fija, de una vez para siempre: la Palabra de Dios está asentada para siempre en el cielo. Esto es profundamente esencial.

Esa es una distinción importante que no debemos pasar por alto: la verdad no vino del hombre. El hombre puede descubrirla, aprenderla, comprenderla y aplicarla, pero el hombre no tiene nada que ver con su origen. El apóstol Pedro -uno de los autores bíblicos inspirados- escribió que la Escritura no fue desarrollada por la voluntad del hombre, sino por aquellos «movidos por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21) para registrar las palabras de Dios. Ningún ser humano ha tenido nunca en sí mismo ninguna idea, pensamiento o experiencia que determinara alguna verdad divina; todo viene de Dios solamente. Ningún ser humano o ángel ha sido, ni será nunca, una fuente para establecer la verdad divina. Sólo la Palabra de Dios logra esto.

La misma Escritura da fe de su autor divino. El Antiguo Testamento contiene más de 3,800 casos en los cuales los escritores afirman estar hablando la Palabra de Dios. En el Nuevo Testamento, hay más de trescientas afirmaciones de este tipo. Pablo afirma que no recibió el evangelio del hombre sino de Dios (Gálatas 1:11-12). En 1 Timoteo 5:18, Pablo cita el evangelio de Lucas y se refiere a él como Escritura. En 2 Pedro 3:15-16, Pedro llama a los escritos de Pablo Escrituras. Y Judas cita la epístola de Pedro (Judas 18), lo que significa credibilidad bíblica similar. En conjunto, el Antiguo y Nuevo Testamento testifican abundantemente que son la verdadera Palabra de Dios.

Y como la Palabra de Dios, la Biblia no tiene fecha de vencimiento. Pedro ensalza el carácter eterno de la Escritura en su primera epístola, declarando: «La palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1:25). El tiempo no tiene influencia en la Palabra de Dios. Las filosofías cambiantes, las cosmovisiones y las normas culturales tampoco tienen ningún efecto en ello. Es completamente inmutable y nunca puede pasar. «El cielo y la tierra pasarán», dijo Jesús, «pero mis palabras no pasarán» (Lucas 21:33).

Tal vez la mejor manera de entender la verdad objetiva de las Escrituras es escuchar el testimonio de Aquel que es más digno de confianza: el Señor Jesús mismo. Él testificó a la verdad de la Palabra de Dios, hasta el más mínimo detalle. Dijo: » Pero más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que un ápice de la ley deje de cumplirse» (Luc 16:17). Él consistentemente enseñó que había venido a cumplir la Palabra de Dios. En Mateo 5,17 dice: «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir». Afirmó: » y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre.» (Luc 18:31). Mirando hacia la cruz, Jesús dijo: «El Hijo del Hombre se va, según está escrito de Él» (Mateo 26:24). Más tarde en el mismo capítulo, reprendió a Pedro por desenvainar su espada, recordándole al impetuoso discípulo que podía llamar a legiones de ángeles para pedir ayuda si así lo deseaba. Explicando que su arresto era parte del plan de Dios, dijo: «¿Cómo, pues, se cumplirán las Escrituras?” (Mateo 26:54). Incluso llamó la atención a detalles proféticos increíblemente específicos en las Escrituras. El Salmo 22:1 predijo que el Mesías clamaría y diría: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Colgado en la cruz, Jesús exclamó esas palabras textualmente (Mateo 27:46). Su vida cumplió todo lo que se escribió sobre Él, afirmando así la veracidad de las Escrituras.

La Escritura da testimonio de su propia inspiración; es la Palabra de Dios, que se origina fuera del hombre. Esto es particularmente importante de entender en una cultura dominada por la subjetividad del posmodernismo. La verdad no puede ser subjetiva; no existe tal cosa como tu verdad o mi verdad. La verdad está establecida para siempre. El cristianismo auténtico siempre ha sostenido que la Escritura es una verdad absoluta y objetiva. La Biblia es la verdad de Dios sin importar si una persona cree, entiende o le gusta. Es una verdad permanente y universal, y por lo tanto es la misma para todos. Deuteronomio 4:2 y Apocalipsis 22:18-19 advierten en contra de añadir o quitar de las Escrituras, para que no se sufran las plagas registradas en ellas. Proverbios 30:5-6 dice: » Probada es toda palabra de Dios; Él es escudo para los que en Él se refugian. No añadas a sus palabras, no sea que Él te reprenda y seas hallado mentiroso.” La Biblia es la Palabra de Dios para el hombre: verdad inspirada, objetiva y absoluta.

John MacArthur
Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

La teología de la cruz

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.

Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.

Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Terrible inconsciencia

Martes 16 Agosto
Dios… ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia.
Hechos 17:30-31
Prepárate para venir al encuentro de tu Dios.
Amós 4:12
Terrible inconsciencia
Conducíamos a alta velocidad. Delante de nosotros iba un auto que transportaba varias bicicletas mal amarradas sobre su techo. Nuestros hijos observaban la escena divertidos. De repente, una de las bicicletas se soltó, hizo una pirueta y cayó produciendo una ráfaga de chispas… Hubo un grito, un giro brusco e inesperado, pero pasamos sanos y salvos. Desafortunadamente, detrás de nosotros, un auto frenó estrepitosamente y se estrelló contra otro vehículo.

Nos detuvimos un momento y luego continuamos nuestro viaje. Los daños solo fueron materiales. En nuestro auto nadie hablaba. Los niños estaban asustados porque ahora comprendían el peligro de la carretera. Este peligro siempre había estado allí, no había aumentado, pero ellos habían tomado consciencia, y su actitud había cambiado.

A menudo sucede lo mismo en el aspecto espiritual. Muchos siguen tranquilamente su camino, no porque sea seguro, sino porque no tienen consciencia del peligro. ¿Qué peligro? Tener que enfrentar el juicio de Dios y su condenación. Esta es una realidad solemne. Debemos mirarla de frente… y experimentar un apropiado temor.

Pero hay otra cosa de la cual debemos ser conscientes: el amor de Dios por todos los hombres. Un amor profundo, inmenso, capaz de responder a toda la miseria humana. Un amor que promete el perdón a todo el que pone su confianza en Jesucristo y en su sacrificio en la cruz.

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 4:7).

Jeremías 20 – Lucas 22:1-23 – Salmo 95:1-5 – Proverbios 21:17-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿QUÉ ES LA FE? (Y QUÉ NO ES)

POR ALISTAIR BEGG

“¿Eres una persona de fe?”. La manera en que respondes a esta pregunta dependerá de lo que consideras como fe. Dadas todas las ideas equivocadas y las malas aplicaciones de la palabra fe en nuestra cultura, no es de sorprender que puedas titubear antes de contestar.

Sin embargo, los asuntos de la fe (su significado, su objeto, su contenido y su importancia) son demasiado significativos como para pasarlos por alto. La fe es un asunto urgente que debemos abordar de inmediato, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb 11:6). Por tanto, al considerar qué es la fe, continúa haciéndote esta pregunta: “¿Soy una persona de fe?”.

QUÉ NO ES LA FE
La gente habla de la fe de todo tipo de maneras. En un esfuerzo por animar a alguien que está pasando por tiempos difíciles, es posible escuchar a alguien decir: “¡Solo ten fe!”. O, quizá, has escuchado a otros hablar de cómo tienen fe en que un candidato político o un descubrimiento científico finalmente producirá el cambio que nuestra sociedad necesita.

Dado que existen demasiadas maneras para hablar de la fe, debemos dejar claro qué no es la fe verdadera y bíblica. Al describir lo que no es la fe, nos acercaremos a saber lo que sí es. También descubriremos que algunas de las cosas que consideramos como fe no lo son en realidad.

Existen tres ideas equivocadas comunes sobre la fe bíblica que tenemos que refutar.

LA FE NO ES UNA IMPRESIÓN RELIGIOSA
Muchos hombres y mujeres dicen ser personas de fe y, sin embargo, cuando les preguntas por qué, te dicen: “Bueno, simplemente tengo una fuerte impresión en mi interior de que soy cristiano”. Con este estándar, alguien podría negar la deidad de Jesucristo, repudiar Su muerte propiciatoria, rechazar Su resurrección corporal y, aun así, ser considerado cristiano por tener una fuerte impresión de que es así.

No obstante, la Escritura nos enseña que la fe no es una impresión religiosa subjetiva, separada de la verdad objetiva que Dios ha dado a conocer. No es una experiencia vaga o interna que tiene origen en uno mismo.

¿Podemos llamar a alguien cristiano simplemente con base en lo que sucede en su interior? ¿Ser cristiano es cualquier cosa que queramos que signifique y depende de la fuerza de una convicción subjetiva? ¡Para nada! ¿Por qué no? ¡Porque la Biblia lo dice! En repetidas ocasiones, nos recuerda del peligro de ser engañados por nuestros sentimientos. En Proverbios, Salomón escribe: “El que confía en su propio corazón es un necio, pero el que anda con sabiduría será librado” (28:26). En otra parte, el profeta Jeremías lleva esta verdad un paso más allá y declara: “Más engañoso que todo es el corazón” (17:9).

Esto no significa que la fe nunca mueva ni estimule nuestro corazón. ¡Debería hacerlo! El evangelio es una noticia emocionante. Sin embargo, la fe verdadera no es solo eso. La fuerte impresión que produce nunca está separada de la verdad objetiva que ha sido claramente manifestada a nosotros en las páginas de la Escritura. Sea lo que sea, esta no es fe bíblica.

LA FE ES ACEPTAR ALGO SIN EVIDENCIA
Otra perspectiva prevalente es que la fe cristiana requiere que nos quitemos el cerebro y que lo coloquemos debajo del asiento; es decir, que dejemos de pensar. Detrás de esta opinión está la suposición de que, si examinaras la evidencia a favor del cristianismo, descubrirías que es muy débil; por tanto, la única manera de ser cristiano es lanzarte a ciegas hacia un pozo oscuro. Entonces, la fe se vuelve un salto al vacío, una convicción de que, si tan solo creo y me emociono lo suficiente, algo que no es verdad puede volverse verdad.

No obstante, de nuevo la Escritura nos ayuda a ver la verdad con mayor claridad. El apóstol Juan escribió que su testimonio era “lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos […] acerca del Verbo de vida” (1Jn 1:1). Después, en 1 Corintios 15, el apóstol Pablo describió los cientos de personas que, como Juan, fueron testigos de lo que Jesús hizo al resucitar de entre los muertos (vv. 5-8). Y la fe descansa en la evidencia, no solo de nuestros ojos, sino también de lo que las Escrituras han testificado durante tanto tiempo. El libro de los Hechos, por ejemplo, alaba a los habitantes de Berea por no creer simplemente en lo que Pablo decía, sino por también compararlo con las Escrituras (Hch 17:10-12).

Por tanto, la fe bíblica no pide que nadie deje su cerebro en la puerta. No se trata de: “¡Cree, o ya verás!”, sino de: “Cree, por esta razón…”.

LA FE NO ES UNA ACTITUD MENTAL POSITIVA
En El poder del pensamiento positivo, Norman Vincent Peale ofrece el siguiente consejo sobre cómo la gente debe comenzar su día: “Lo primero que debes hacer, cada mañana, antes de levantarte, es decir tres veces en voz alta: ‘Creo’”.[1] Él no dice en qué o en quién debes creer, porque, según su perspectiva, eso no importa. Lo importante es que simplemente creas. De hecho, creer en algo, en especial en algo fuera de ti mismo, es superfluo.

De nuevo, la Palabra de Dios nos ilustra algo muy diferente. ¡En la fe del Nuevo Testamento, lo que creemos es crucial! Es el objeto de nuestra fe lo que le da a la fe misma cualquier tipo de significado. La fe bíblica no es una actitud mental positiva que busca hacer realidad las cosas en las que uno cree. Es bueno pensar de manera positiva. Inclusive, es bueno desear que la gente alrededor sea positiva y no negativa. Sin embargo, el pensamiento positivo en sí mismo no es fe bíblica.

El autor de Hebreos escribe: “Sin fe es imposible agradar a Dios. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan” (11:6). La fe verdadera es confiable porque su objeto es Dios, quien es completamente confiable.

QUÉ SÍ ES LA FE
Si la fe no es una fuerte impresión, ni pensamiento ilusorio ni una actitud mental positiva, entonces ¿qué es? El autor de Hebreos nos brinda una respuesta precisa y clara: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (11:1). En otras palabras, la fe (la verdadera fe bíblica) produce una certeza sobre las cosas que no se ven en las que nosotros, como seguidores de Cristo, esperamos. Sin embargo, eso no es todo. El apóstol Pablo nos ofrece un recordatorio útil: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios” (Ef 2:8, énfasis añadido).

Creyente, ¿alguna vez te has preguntado por qué crees lo que crees? Cuando te arrodillas y oras a solas en tu habitación, ¿cómo puedes confiar que Dios escucha todas tus oraciones? ¿De dónde viene esta certeza? Solo viene como resultado de que Dios abre tus ojos con Su gracia a la verdad de quién es Él. Esta fe crea convicción. Esta fe es un don de Dios, un don que Él quiere que recibamos y que disfrutemos.

¿QUÉ IMPLICA LA FE?
La fe bíblica implica tres características clave:

CONOCIMIENTO
La fe depende de lo que puede ser conocido de Dios. De hecho, el Nuevo Testamento dice que esta fe implica que lleguemos a conocer a Dios mismo. En Juan 17:3, Jesús dice: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

¿Cómo puedes conocer a Dios? ¡En la persona de Su Hijo, el Señor Jesucristo! Hablando de Jesús, Juan 1:18 dice: “Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer”. Por eso es tan importante considerar las afirmaciones que hizo Jesús sobre Sí mismo: al conocerlo a Él, conocemos a Dios. Y es este conocimiento de Dios lo que constituye el fundamento de nuestra fe.

ASENTIMIENTO
A medida que leemos la Biblia y consideramos las afirmaciones de Jesucristo sobre Sí mismo, descubrimos en Cristo a alguien que mueve a otros a creer, a menudo, incluso en contra de su voluntad. Podríamos decirnos a nosotros mismos: “No quiero creer en Jesús. No quiero que otro tome control de mi vida. No quiero que nadie esté por encima de mí”. Sin embargo, cuando abrimos nuestra vida delante de Cristo, cuando lo vemos en la cruz y cuando entendemos que Él llevó todo nuestro pecado y rebelión, Él nos mueve a creer. Cuando vemos a Cristo de esta manera, el conocimiento vendrá seguido por asentimiento.

CONFIANZA
Por último, la fe genuina implica confianza. El conocimiento y el asentimiento por sí mismos no constituyen una fe genuina. Santiago 2:10 dice que incluso “los demonios creen, y tiemblan”. Los demonios no son ateos. Es más, tienen una perspectiva ortodoxa de Dios. Por tanto, si la fe significara simplemente entender a Dios de manera correcta, deberíamos concluir por lógica que los demonios tienen fe salvadora. Sin embargo, sabemos que este no es el caso.

Una simple conciencia de los hechos no es fe. Debe haber un movimiento del conocimiento al asentimiento que culmine en confianza.

Un llamado a confiar en Cristo (de manera activa, no pasiva) está incluido en todas Sus invitaciones. En Mateo 11, por ejemplo, Él dice: “Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas” (vv. 28-29). Observa los verbos: “vengan”, “tomen”, “aprendan”, “hallarán descanso”. Todas estas son palabras activas. Implican hacer algo. Como ves, la fe no es una resignación pasiva. La fe del Nuevo Testamento comienza en conocimiento, avanza hacia el asentimiento y termina en confianza sobre la base del conocimiento que ha sido asentido.

UNA ILUSTRACIÓN DE LA FE
Una ilustración bíblica útil de la fe es el matrimonio. Como la fe, el matrimonio implica diversas etapas. Primero, debes conocer a la persona: sales a cenar con ella, caminan en el parque, la escuchas hablar y la observas con su familia y amigos. A medida que obtienes conocimiento, comienzas a preguntarte: “¿Podría pasar mi vida con esta persona? ¿Estoy dispuesto a comprometerme con ella?”. Entonces, una vez que has respondido de manera satisfactoria estas preguntas, comienzas a decirte a ti mismo: “Con base en el conocimiento que he obtenido, estoy preparado para hacer un compromiso. Quiero avanzar del mero conocimiento y asentir a confiar. Quiero darme del todo a esta persona. Quiero conocerla en el nivel más profundo posible”.

Esta es la experiencia de todo aquel que coloca su fe en Jesús. ¿Es esta tu experiencia? ¿Eres una persona de fe?

[1] Norman Vincent Peale, The Power of Positive Thinking [El poder del pensamiento positivo] (Hoboken, NJ: Prentice-Hall, 1952; reimp., Nueva York: Fireside, 2003), 93.


Alistair Begg es el pastor principal de la Iglesia Parkside en Cleveland, Ohio. Lleva en el ministerio pastoral más de 40 años. Él y su esposa, Susan, tienen tres hijos. Su ministerio, Truth for Life trabaja con Poiema para publicar sus artículos y libros en español.

La humildad en la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias.

Serie: El orgullo y la humildad

Nota del editor:Este es el décimo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Por Thomas R. Schreiner

C.S. Lewis dijo famosamente: «Si pensais que no sois vanidosos, es que sois vanidosos de verdad». Ciertamente, eso se aplica a la humildad: si crees que eres humilde, probablemente estés saturado de orgullo. En este artículo, consideraremos brevemente cómo la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias están relacionados con la humildad.

Oración y humildad
¿Cómo se relaciona la oración con la humildad? Podemos responder a esa pregunta considerando la naturaleza de la oración. Cuando oramos, expresamos nuestra completa dependencia de Dios. La oración reconoce lo que Jesús dijo en Juan 15:5: «separados de mí nada podéis hacer». Cuando oramos y pedimos ayuda a Dios, estamos admitiendo que no somos «suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios» (2 Co 3:5). La oración testifica que somos «pobres en espíritu» (Mt 5:3), que no somos fuertes sino débiles, y que, como dice el himno, «te necesitamos cada hora». Una de las oraciones más humildes del mundo es: «Ayúdame, Señor». Recordamos la oración sencilla de la mujer cananea cuando todo parecía estar en su contra. Ella clamó a Jesús: «¡Señor, socórreme!» (Mt 15:25). La oración es humilde porque, cuando oramos, estamos diciendo que Dios es misericordioso y poderoso, que Él es sabio y soberano y que Él sabe mucho mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros.

Arrepentimiento y humildad
No es difícil entender que el arrepentimiento —admitir que estábamos equivocados y prometer vivir de una manera nueva— no es posible sin humildad. El orgullo muestra su horrible cabeza cuando nos negamos a admitir que estamos equivocados, cuando nos negamos a decir que lo sentimos, cuando nos negamos a arrepentirnos. El mejor ejemplo de esta verdad es la parábola del fariseo y recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Jesús nos dice que el fariseo se ensalzó a sí mismo (v. 14) y confió en sí mismo (v. 9), y por lo tanto no sintió ninguna necesidad de arrepentirse. En cambio, se hizo notar a todo el mundo y se jactó ante Dios de su bondad y justicia. Su orgullo se manifestó en su afirmación de que era moralmente superior a otras personas, y nosotros caemos en esta misma trampa cuando nos comparamos con otros cristianos o incluso con no cristianos y nos sentimos orgullosos por nuestra justicia.

El recaudador de impuestos, sin embargo, era verdaderamente humilde, y Jesús dijo que los humildes serían exaltados (v. 14). Al igual que el apóstol Pablo en Romanos 7:24, se sintió miserable en la presencia de Dios, y expresó esa miseria a través del arrepentimiento, al pedirle a Dios que fuera misericordioso con él como pecador (Lc 18:13). Vemos la misma conexión entre la humildad y el arrepentimiento en la parábola del hijo pródigo. El hijo menor muestra su humildad al confesar su pecado y reconocer que no era digno de ser el hijo de su padre (15:21). La verdadera humildad existe cuando sentimos que somos el primero de los pecadores (1 Tim 1:15), cuando vemos rebelión y justicia propia en nuestros corazones y nos volvemos a Dios por medio de Jesucristo para purificación y perdón.

Acción de gracias y humildad
Puede que no pensemos a primera vista que la acción de gracias y la humildad están relacionadas, pero en verdad hay una relación profunda. El pecado raíz, como nos dice Romanos 1:21, es no glorificar a Dios ni darle gracias. Pensemos en un ejemplo de acción de gracias y humildad. Las Escrituras nos dicen que demos gracias antes de participar de la comida, y al hacerlo confesamos la bondad de Dios hacia nosotros (1 Tim 4:3-4). Escuché de un cristiano que asistía regularmente a la iglesia, y había invitado a comer a su casa a un predicador que había venido de visita a su iglesia. Le dijo al predicador que la familia no oraba antes de comer, diciendo: «Trabajamos duro por nuestra comida, por lo que no tiene sentido agradecer a Dios por lo que trabajamos para adquirir». No reconoció el verdadero estado de las cosas; el hecho de que no quisiera orar era una expresión de su orgullo. No se daba cuenta de la verdad de Deuteronomio 8:18, de que «el Señor tu Dios… es el que te da poder para hacer riquezas». Cuando estamos agradecidos, alabamos a nuestro gran Dios porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto» (Stgo 1:17). Reconocemos que no hay razón para jactarnos de cualquier cosa porque todo lo que tenemos es un don de Dios (1 Co 4:8), que Él es el que suple todas nuestras necesidades (Flp 4:19). Ya sea que estemos hablando de oración, arrepentimiento o acción de gracias, estamos diciendo en todos los casos que somos niños y que dependemos de nuestro buen Padre para todo, y ese es el corazón y el alma de la humildad.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Thomas R. Schreiner
El Dr. Thomas R. Schreiner es el Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento, profesor de teología bíblica y decano asociado de la escuela de teología del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Ky. Es autor de numerosos libros, entre ellos Spiritual Gifts [Dones espirituales].

Jacobo, hermano del Señor

Lunes 15 Agosto
Muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene este estas cosas?… ¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?
Marcos 6:2-3
Jacobo, hermano del Señor
Los evangelios hablan de Jesús como “el carpintero… hermano de Jacobo”. También nos dicen que sus hermanos no lo comprendían, ni creían en él (Juan 7:3-5).

Sin embargo, este mismo Jacobo (o Santiago) figura entre los apóstoles (Gálatas 1:19). Incluso escribió una de las epístolas del Nuevo Testamento. Después de la muerte y la resurrección del Señor Jesús, sus sentimientos y su actitud cambiaron completamente respecto a él.

En efecto, Santiago comienza su carta presentándose como “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Santiago 1:1). Y continúa hablando de la “fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo” (Santiago 2:1).

El Señor Jesucristo era, en efecto, llamado “el carpintero”, el “hermano de Santiago”, quien al principio solo lo conocía como su hermano; pero luego reconoció en él al Cristo, es decir, al Mesías esperado, al Señor. Comprendió que el que se había humillado hasta nacer en medio de los hombres, ¡era en realidad el Señor de gloria, era Dios! Jesús crucificado, resucitado y glorificado en el cielo, vino a ser para su hermano Santiago el centro de su fe. ¡Qué cambio tan radical en sus pensamientos sobre Jesús! Dios le abrió los ojos, y entonces adoró.

¿Quién es Jesús para nosotros? ¿El hijo de María, el carpintero, el hermano de Santiago? ¿Un hombre que vivió de manera excepcional? Sí, pero además, como para Santiago, ¡él es el Señor de gloria, el centro de nuestra fe, a quien tenemos el honor de servir!

Jeremías 19 – Lucas 21:25-38 – Salmo 94:16-23 – Proverbios 21:15-16

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