Domingo 12 Junio No sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. Santiago 4:14
Gracias, Dios mío, porque esto no ocurrió ayer Aunque su madre era cristiana, Mary no se interesaba en las cosas de Dios. Una tarde pasó frente a una sala donde se anunciaba el Evangelio, y Sheila, una cristiana, la invitó a entrar.
Mary respondió:
– Otro día, ahora no tengo Biblia.
Sheila le ofreció la suya. Mary se dejó convencer y entró. El mensaje le llegó directo al corazón. Se echó a llorar, confesó sus pecados a Jesús y halló la paz por medio de la fe en él. Antes de irse, Mary quiso devolver la Biblia a su dueña, pero Sheila escribió una dedicatoria para Mary en su Biblia y se la regaló.
Esa misma noche Mary escribió a su madre para anunciarle su conversión. Al día siguiente, en la mañana, la joven sufrió un grave accidente y fue llevada al hospital; allí preguntó al cirujano:
– Doctor, ¿voy a recuperarme?
– No, no es posible, respondió con franqueza el médico.
Consciente de la gravedad de su estado, y mientras la vida se le iba, tuvo fuerzas para levantar las manos en actitud de alabanza y exclamar: “Gracias, Dios mío, porque esto no ocurrió ayer”.
Ayer Mary vivía sin Dios y estaba perdida. Hoy partió serenamente hacia su Salvador.
Sheila visitaba frecuentemente ese hospital. Ese día le dijeron que al lado de una cama habían encontrado una Biblia con su nombre. Luego reconoció con emoción la Biblia que ella había ofrecido a Mary la víspera.
Querido lector, Dios le habla hoy. Lo está buscando. ¡No deje para mañana su decisión!
Serie: ¿Cómo es Dios? Dr. Lehman Strauss Narrado por: Raúl Ferrero
El Dios de la Biblia difiere de los dioses falsos. En única personalidad, Dios existe, Creador del universo y causante de todas las cosas, Creador del hombre y de la sabiduría, el amante redentor del género humano. El concepto de Dios está obviamente en la mente del hombre, pero el hombre no puede conocer acerca de Dios el Creador hasta que estudia su Palabra y sus Obras. El conocimiento intuitivo de Dios es dado libremente, pero el conocimiento más grande de Dios viene como resultado del estudio, la reflexión, la oración y por un proceso de aprendizaje de la Biblia. La revelación divina que encontramos en la Biblia nos remonta a un punto que ni la ciencia, ni la filosofía puede alcanzar. La revelación especial de Dios (la Biblia) es el único medio por el cual podemos obtener un verdadero conocimiento de la Persona de Dios. Hoy más que nunca es esencial conocer cómo es Dios. El material del Dr. Lehman Strauss está en la voz del Profesor Raúl Ferrero.
Sábado 11 Junio He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación. 2 Corintios 6:2 Aplazar Esta palabra significa dejar para más tarde lo que podemos hacer ahora. Dicha tendencia es peligrosa. Aplazar un examen, el pago de impuestos y otras facturas, e incluso la visita al médico cuando uno está enfermo, puede traer graves e irreparables consecuencias. La pereza, el desánimo, o incluso la indecisión, que nos llevan a posponer tareas urgentes, pueden hacernos mucho daño.
Pero hay un ámbito en el que es aún más peligroso dejar para mañana la decisión que debemos tomar hoy. Se trata de nuestra relación con Dios, pues ella determina nuestro futuro eterno. Es una cuestión de vida o muerte. “Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él; porque él es vida para ti” (Deuteronomio 30:19-20). Aquí la muerte simboliza la ausencia de relación con Dios y la perspectiva del juicio que sigue a la muerte física. La vida es, al contrario, la relación que podemos tener con Dios, desde ahora y para siempre, basada en el perdón de nuestros pecados. Pecamos cada día, y solo la sangre de Jesucristo, derramada por nosotros en la cruz, puede borrar nuestros pecados. La fe en él nos permite obtener el perdón. Dios nos invita a escoger la vida y a tomar una decisión pronta. Nuestra vida es efímera, frágil; no debemos aplazar esta decisión, pues de ella depende nuestro futuro eterno. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:15). ¡Mañana quizá sea demasiado tarde!
“Buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” (Lucas 12:31).
A veces, cuando juego al golf con mis amigos (en un campo de golf que tiene un número elevado de lagunas de agua), hago un tiro equivocado y la pelota sale en dirección a una laguna, pero luego salta rozando la superficie del agua y se detiene del otro lado. Como soy un ministro, mis amigos se extrañan de dicho logro y comentan el hecho con expresiones tales como: «¡Es un milagro!» Como cualquier niño puede saberlo, no se requiere un milagro para hacer saltar una piedra sobre la superficie del agua. Tampoco se requiere de un milagro para hacer saltar una pelota de golf sobre el agua. Siempre y cuando la pelota tenga la trayectoria correcta y esté girando sobre sí misma, es un hecho sencillo.
El término milagro hoy se utiliza con demasiada ligereza. Por rutina decimos que ocurrió un milagro cuando se da un pase en profundidad en un partido, o se evita un accidente a último momento, o cuando contemplamos la belleza de una puesta de sol. Pero la palabra milagro puede ser utilizada de tres maneras distintas. La primera de ellas describe acontecimientos ordinarios, pero que nos causan una fuerte impresión. Nos referimos al nacimiento de un bebé, por ejemplo, como un milagro. Al hacerlo, estamos honrando a Dios por los detalles y la belleza de su creación. Nos quedamos asombrados de la majestad del cosmos al ver cómo Dios obra a través de los medios secundarios de las leyes naturales, las que a su vez son creaciones de Dios. En este sentido el término milagro se refiere a cosas ordinarias que apuntan a una causa extraordinaria, el poder de Dios.
La segunda manera en que utilizamos el término milagro es similar a la primera. Con frecuencia en la Escritura leemos como Dios obra a través de medios secundarios en el momento y el lugar más propicio. La estrella de Belén, por ejemplo, posiblemente tuvo una causa científica y natural. La extraordinaria alineación de un grupo de estrellas, o una supernova pueden haber sido la explicación de su luminosidad. Pero el reconocer esta posibilidad, sin embargo, no hace que el acontecimiento sea menos milagroso. La luz irradió su brillo en oportunidad del nacimiento de Cristo. Le indicó a los magos el camino a Belén. La estrella es entonces un milagro de tiempo y lugar. Este milagro honra a Dios y a su manera de tejer el tapiz de la historia y, por lo tanto, debemos reconocer que el acontecimiento ocurrió de manera milagrosa.
En tercer lugar, los milagros se refieren a actos de Dios contrarios a la naturaleza. Este es el uso más técnico del término. Cuando Jesús convirtió el agua en vino o cuando levantó a Lázaro de entre los muertos, Dios estaba actuando por encima de sus leyes naturales. No hay explicación natural posible para estos acontecimientos. Sirven para convalidar a Cristo como el Hijo divino de Dios.
La Biblia utiliza varias palabras para encerrar el concepto contenido en la palabra milagro. La Biblia nos habla de señales, maravillas y prodigios. En el sentido más restricto, identificamos los milagros con la palabra bíblica señales. A los milagros se los llama señales porque como cualquier señal, apuntan hacia algo que es distinto a ellas, algo que es más significativo. Dios utilizó los milagros con sus agentes como prueba o confirmación de la revelación divina (Heb. 2:3-4). Dios le otorgó a Moisés la capacidad de hacer milagros para que esto fuera la prueba de que Dios había enviado a Moisés. Del mismo modo, Dios autenticó a su Hijo por medio de las señales que Él hizo.
En la actualidad hay tres puntos de vista distintos de entender los milagros. El primer punto de vista es escéptico y niega la posibilidad de que los milagros hayan ocurrido alguna vez. El segundo punto de vista considera que los milagros ocurrieron en los tiempos bíblicos y que todavía ocurren hoy en día. Y el tercer punto de vista considera que hubo milagros verdaderos en la Biblia, pero que una vez que Dios terminó de establecer su revelación en la Escritura, dejó de realizar milagros. Según este punto de vista, Dios todavía obra en el mundo de manera sobrenatural pero no le otorga el poder de realizar milagros a los seres humanos.
Resumen
l. La Biblia nos habla de señales, prodigios y maravillas.
La Biblia registra distintos tipos de milagros.
Todos los milagros son acontecimientos sobrenaturales, pero no todos los acontecimientos sobrenaturales son milagros.
Ama a tus hijos y a tu cónyuge Por Dennis E. Johnson
Nota del editor: Este es el undécimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Por la gracia de Dios, mi esposa y yo cumplimos cincuenta años de matrimonio. Nuestros hijos adultos sobrevivieron a nuestros intentos falibles de pastorear sus corazones. Ahora, nos alegra verlos pastorear los corazones de nuestros nietos. He aprendido que el matrimonio a veces es difícil, pero a menudo es dulce. La crianza de los hijos es aterradora, pero puede estar llena de gozo. Nuestro Padre celestial es paciente, misericordioso y fiel para siempre. Todavía estoy aprendiendo mucho más, y aquí hay algunas exhortaciones que surgen de ese aprendizaje.
Ama a Cristo más de lo que amas a tu familia. Los vecinos de Israel sacrificaban a sus hijos a Moloc. Nuestros vecinos suelen sacrificar a sus cónyuges e hijos al desarrollo profesional, la realización personal u otros «ídolos». Los cristianos podemos reaccionar de forma exagerada a este ambiente cultural tóxico convirtiendo al amor matrimonial y paternal, que son buenas dádivas de Dios, en nuestros propios ídolos. Pero Jesús dice: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10:37).
No puedes amar bien a tu cónyuge o a tus hijos si los amas más que a nada. Siendo ídolos, las personas más cercanas y queridas no pueden llevar la carga de tu devoción y dependencia. Solo si tu corazón se postra y tu esperanza está fija en Jesús, recibirás la gracia para amar a tus seres queridos como Dios espera que lo hagas.
Ama a tu familia más que a ti mismo. El egocentrismo es la configuración predeterminada de los corazones humanos torcidos, incluso de los que están siendo renovados por el Espíritu de Dios. Pasar de perseguir nuestras propias agendas a estar dispuestos a rendir nuestras vidas por los demás, como Jesús lo hizo por nosotros (1 Jn 3:16), requiere esfuerzo. Tal sacrificio no solo incluye circunstancias extremas inusuales (proteger a tu esposa e hijos de una agresión física), sino también las decisiones cotidianas de la vida: cómo invertimos el dinero, el tiempo y la energía (v. 17).
Sobre todo, guarden sus corazones. Proverbios 6:20-35 brinda consejos oportunos para nuestra atmósfera social, donde las sensaciones frescas de necesidades insatisfechas y atracción superan a los votos antiguos e incómodos. Esposo, deja de comparar a tu esposa cansada con la compañera de trabajo que derrocha su admiración sobre cada una de tus ideas. Esposa, ten cuidado con el oído atento del papá que conociste en las prácticas de fútbol de tu hijo, cuya empatía supera la de tu desatento esposo. Recuerden, pueden sacar amor de una reserva que va más allá de ustedes mismos: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19).
Marca la pauta. El amor apunta a lo mejor para nuestros seres queridos. Eso requiere disciplina. «Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: HIJO MÍO, NO TENGAS EN POCO LA DISCIPLINA DEL SEÑOR… PORQUE EL SEÑOR AL QUE AMA, DISCIPLINA» (Heb 12:5-6). Pablo exhorta a los padres a criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4). Estos textos nos muestran tres verdades: (1) El amor verdadero disciplina. No decir «no» no es una señal de amor, sino de indiferencia, inercia o timidez egoísta. (2) La disciplina piadosa no fluye de un impulso por controlar, sino de un anhelo amoroso por el bienestar de tu cónyuge y tus hijos. (3) Cuando nos sometemos a la disciplina del Señor, podemos extender la disciplina amorosa del Señor a los demás.
Vive por gracia. Cuando somos transformados por la gracia de Dios, podemos amarnos los unos a los otros y a nuestros hijos, viviendo por esta gracia hora tras hora. Dios conoce lo peor de ti y aun así te acoge en amor. Su gracia te libera para humillarte ante tu esposa, tu esposo, tus hijos; para admitir tu pecado y fracaso, y para pedir perdón. Además, vivimos por gracia cuando soportamos con paciencia los errores y las ofensas de los demás, negándonos a vengarnos o alimentar el rencor.
Ama a la Iglesia. Amar a nuestros cónyuges e hijos significa mostrarles por qué amamos a la Iglesia. Lamentablemente, un síntoma de la «idolatría familiar» de algunos creyentes es la inclinación a aislar a sus familias, no solo de las influencias de nuestra cultura cada vez más pagana, sino también de la comunión del cuerpo de Cristo. Cristo le dio a Su Iglesia dones espirituales que nos ayudan a crecer juntos hacia la madurez (Ef 4:11-16). Dios incluyó Sus directrices para los padres (Dt 6:5-9; Ef 6:4) en documentos dirigidos a todo Su pueblo: «Escucha, oh Israel» (Dt 6:4) y «a los santos que están en Efeso» (Ef 1:1). Amamos más a nuestro cónyuge y a nuestros hijos cuando los ayudamos a «captar» nuestro propio amor por la Iglesia de Cristo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Dennis E. Johnson El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..
Viernes 10 Junio Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Lucas 23:33-34 El amor echa fuera el odio “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad, solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio, solo el amor puede hacerlo”. Estas palabras de Martin Luther King nos llaman la atención. En este mundo donde vemos con tristeza que la mentira responde a la mentira, el odio al odio, la violencia a la violencia, nos convendría poner en práctica estos principios. Pero, ¿quién puede quitar la oscuridad? ¿Quién es capaz de amar a su enemigo? Solo hubo Uno capaz de hablar de amor y perdón cuando era condenado injustamente, cuando sus enemigos le ocasionaban los más crueles sufrimientos. ¡Fue Jesucristo!
Durante su vida en la tierra enseñó a las multitudes, diciendo: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues… Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Lucas 6:27-31). Jesús no solo enseñó estas cosas, sino que también las puso en práctica. Condenado a muerte injustamente, sufriendo el martirio, clavado en una cruz, oró pidiendo perdón para sus verdugos.
Nuestros pecados son una ofensa a Dios. Pero el perdón y la vida divina son ofrecidos a todos. ¿Somos conscientes de la necesidad de reconciliarnos con Dios? Jesucristo hizo todo lo necesario para ello. ¡Solo basta que cada uno lo crea!
D E S P U É S D E L A O R A C I Ó N ¡Oh Dios de gracia! Yo lloro mis oraciones frías, apáticas y sin corazón; en su pobreza añade pecado a pecado. Si mi esperanza estuviese en ellas estaría perdido, mas el mérito de Jesús unge mi débil murmullo y gana Su aceptación. Profundiza la contrición de mi corazón, Confirma mi fe en la sangre que lava de todo pecado. Que pueda yo caminar con mi gran Redentor. Inunda mi alma con verdadero arrepentimiento, que mi corazón sea quebrado por causa del pecado y por el pecado. Que yo sea tan lento para perdonarme a mí mismo como Tú eres pronto para perdonarme. Contemplando las glorias de Tu gracia que yo sea lanzado en las profundidades más abismales de la vergüenza, y que camine cabizbajo. Tú me pacificaste ahora. O mi gran Sumo Sacerdote, derrama sobre mí corrientes de necesaria Gracia; Bendíceme en todas mis funciones; En cada pensamiento de mi mente, en cada palabra de mis labios, en cada paso de mis pies, y en cada obra de mis manos. Tú viviste para bendecir, moriste para bendecir, resucitaste para bendecir, ascendiste para bendecir, tomaste Tu trono para bendecir, y ahora Tú reinas para bendecir. Da sinceridad a mis deseos, seriedad a mis súplicas, fervor a mi amor.
Muéstrennos cómo ser una familia Por Adriel Sanchez
Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra.
ueridos padres y madres en Cristo: estoy agradecido por la experiencia y sabiduría que Dios les ha dado para criar familias piadosas. Como saben, muchos estamos recién empezando a formar nuestras propias familias. Necesitamos desesperadamente su estímulo en este tiempo.
Desde el punto de vista estadístico, los hogares de padres casados son cada vez menos comunes. Un estudio reciente, realizado por el Centro de investigaciones Pew, afirma que, desde 1968, se ha cuadruplicado el número de padres solteros en Estados Unidos. Aunque esta realidad ha afectado a todos los grupos étnicos y raciales, la prevalencia de los padres solteros me resulta especialmente cercana debido a mi trasfondo hispano. En la actualidad, casi uno de cada cuatro niños hispanos están siendo criados por madres solteras. Yo fui uno de esos niños, criado por una madre soltera esforzada. Muchos de nosotros no tuvimos una crianza familiar «normal». No pudimos ver a esposos que amaran a sus esposas como Jesús ama a la Iglesia ni esposas que modelaran la gracia y la sumisión santa descrita en las Escrituras (Ef 5:22–33). Ahora estamos tratando de liderar nuestros propios hogares, pero no es fácil. Es como entrar a una habitación oscura y amoblada por primera vez. Te mueves despacio, pero no puedes evitar chocar con el sofá o la mesa de centro. Nuestra gran esperanza es llegar a entender el panorama del matrimonio y la familia antes de ―siguiendo con la metáfora― volcar un jarrón costoso y producir un daño severo. La orientación de ustedes es fundamental, y me gustaría compartirles algunas formas en las que creo que pueden proporcionarla.
En primer lugar, ¿podrían ser sinceros con nosotros respecto a sus fracasos anteriores? Algunos de ustedes (a pesar de su trasfondo) han derribado jarrones. Han cometido errores en el hogar y pueden rastrear los pasos que los llevaron a ellos. Pueden tratarse de errores respecto a la manera en que amaron a su cónyuge, a la forma en que manejaron las finanzas, al tiempo que le dedicaron al trabajo o a la forma en que educaron a sus hijos. El evangelio nos da la libertad de abrirnos respecto a nuestras fallas pasadas porque han sido perdonadas. Desde luego, las fallas perdonadas siguen teniendo consecuencias, pero también pueden ser utilizadas por Dios para enseñarles lecciones importantes a otros. Hay advertencias que pueden darnos y necesitamos escuchar, y, por mucho que les cueste compartirlas, pueden ser de gran beneficio para nosotros, sus hijos en Cristo.
En segundo lugar, necesitamos su perspectiva. Al decir eso, no me refiero solo a sus consejos, sino también a su punto de vista. Me he dado cuenta de que es fácil tener una visión muy estrecha cuando hay niños pequeños en la casa. Necesitamos que nos recuerden que cambiar los pañales hoy es parte del discipulado a largo plazo, para que no desmayemos. Sospecho que esta perspectiva es la que están empezando a compartir con nosotros cuando nos dicen: «Disfruten de estos días; ¡pasan tan rápido!». No se detengan ahí. Sigan animándonos cuando «estos días» se sientan agotadores. Recuérdennos nuestra esperanza suprema, el Hijo de Dios. Cuando estemos tan metidos en nuestras propias familias que perdamos de vista Su familia, y la eternidad, dígannos la verdad en amor.
En tercer lugar, enséñennos a dirigir a nuestras familias en la adoración. Entendemos el concepto de la vida devocional personal, pero orar y leer las Escrituras juntos es algo que no hacemos muy bien. Necesitamos su estímulo para cultivar estas prácticas piadosas, y necesitamos su sabiduría respecto a lo que funciona mejor en las diferentes etapas de una familia joven. ¿Cómo es que un recién casado lava a su novia en la Palabra de Dios? ¿Cómo es que una madre nueva puede plantar las semillas de la fe en sus hijos? ¿Qué es lo que ha funcionado y ha sido de bendición para su familia, y qué habrían hecho diferente si hubieran podido?
Padres y madres, ustedes son un regalo para nuestra generación si nos presentan y nos legan el ejemplo piadoso ordenado por Pablo:
Los ancianos deben ser sobrios, dignos, prudentes, sanos en la fe, en el amor, en la perseverancia. Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. Asimismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes; muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana (Tit 2:2-7).
Que Dios los ayude a modelar estas cosas, y que nos ayude a nosotros a aprenderlas de ustedes.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Adriel Sanchez El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.
Jueves 9 Junio (Jesús dijo:) Oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Mateo 6:9-10 Otra vez… (Jesús) oró… diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Mateo 26:42 Hágase tu voluntad En la oración conocida como el “Padre nuestro” (Mateo 6), Jesús nos invita a pedir: “hágase tu voluntad”. Orar así no significa esperar pasivamente la realización de lo que Dios quiere, sino responder a la invitación de Jesús para discernir esta voluntad, y orar para recibir la fuerza a fin de hacer lo que él nos pide.
En Mateo 26 Jesús mismo expresó esta oración en Getsemaní, justo antes de morir: “Si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad”. El mayor deseo de Jesús era hacer la voluntad de su Padre, y esto al precio de los infinitos sufrimientos que soportó para expiar nuestros pecados.
Enseñándonos a orar diciendo: “hágase tu voluntad”, Jesús nos invita a no ser pasivos, sino a asociarnos a la realización del plan de Dios en la tierra y en nuestras vidas. El primer paso es creer en el Señor Jesús para recibir una vida nueva, la cual se goza en hacer la voluntad de Dios. Esto implica renunciar a nuestra voluntad personal egoísta o corrupta. Pero también significa responder al llamado del Señor que resuena en nuestra conciencia, y seguirlo para hacer lo que le agrada.
Aceptar la voluntad de Dios es escucharlo y someternos a sus pensamientos, tener comunión con él. Esto es muy personal y se vive en el día a día, en una relación viva con Dios.
Decir “hágase tu voluntad” implica un deseo ferviente y continuo, sostenido por el Espíritu Santo, de servir al Señor Jesús.
Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Hace treinta años, prediqué un sermón titulado «Dedicado, respetuoso de la ley y trabajador», basado en 2 Timoteo 2, comenzando con el versículo 3. Mi vida, en especial sus primeros años, ha estado envuelta en tres metáforas de 2 Timoteo 2:3-7: el soldado, el atleta y el labrador. Cuando escribo palabras para la Generación Z (los que nacieron entre 1995 y 2015), estos son de los primeros versículos que vienen a mi mente.
Crecí en una finca ganadera y agrícola al noreste de Kansas. Por lo tanto, aprendí el valor del esfuerzo desde mi juventud. Ya estaba manejando un tractor en los campos de heno antes de comenzar el primer grado. Poco sabía entonces que el labrador que trabaja debe ser el primero en recibir su parte de los frutos (2 Tim 2:6). Entré a la escuela, y descubrí de inmediato que me gustaban los deportes.
Practiqué todos los deportes disponibles en la escuela secundaria (en esos años, no teníamos la gama de deportes que hay hoy, especialmente en una escuela pequeña), y jugué baloncesto en la universidad Geneva College. En ese escenario, aprendí que un atleta debe jugar de acuerdo con las reglas (v. 5). Tras trabajar como entrenador durante un año en Geneva College después de graduarme, fui reclutado por el Ejército de los EE. UU. y serví todo un año como infante y oficinista, partiendo con el rango de soldado raso en la 101ª División Aerotransportada en Vietnam. Mientras estuve allí, aprendí que un buen soldado debe ser dedicado y no debe enredarse en cuestiones civiles (v. 4).
Algunas personas están cada vez más preocupadas porque la generación joven, incluso los jóvenes del pacto, están posponiendo la adultez tanto como pueden. Y quizás eso se debe, en parte, a lo que ven en la vida de los que somos mayores. En estos días, el ocio lo consume todo. La economía del ocio es lo que hace funcionar gran parte de nuestro mundo actual. Esa es una de las razones por las que las ciudades costeras son tan populares. Vivimos en una economía basada en el ocio. Mi esposa me contó hace poco que conoció a un hombre que le dijo que, para él, todos los días son como sábados. Con esa afirmación, quiso decir que sus días no tienen las preocupaciones ni las responsabilidades de la semana laboral normal.
Quizás los millennials lo aprendieron de los baby boomers. Sin embargo, por la razón que sea, hoy existe una preocupación importante porque nuestros hijos posponen la adultez lo máximo posible. Hace varios años, escuché a Don Kistler, que entonces era director de Soli Deo Gloria Publications, decir que la edad promedio de una profesión de fe hace doscientos años era de cinco años. ¿Creen que a los puritanos les preocupaba que sus hijos estuvieran retrasando las responsabilidades de la adultez? No lo creo. Piensa en todos los puritanos que se formaron en grandes universidades durante su adolescencia.
Hoy en día, en algunos contextos, hay decisiones, como la de unirse a una iglesia como miembro comulgante, que se retrasan lo más posible. De muchas maneras, nuestros hijos pueden estar captando de sus padres el mensaje de que en verdad no están listos para la adultez.
Permíteme volver al soldado, al atleta y al labrador. El soldado sabe que para tener éxito, debe dejar de lado los intereses que no se relacionan con la vida de un soldado. ¿Te acuerdas de Urías hitita? Urías ni siquiera quiso acostarse con su esposa Betsabé cuando el rey David lo alentó. No se sentía cómodo durmiendo en la misma cama que su esposa cuando los demás soldados estaban en el campo de batalla durmiendo en el suelo.
El atleta compite según las reglas. Si no lo hace, corre el riesgo de hacer perder a su equipo. Muchos cristianos, tanto jóvenes como mayores, corren el riesgo de naufragar en lo relacionado a la fe por las pasiones del momento. Parece que piensan que no importa que tomen atajos o no tengan la intención de cumplir con sus compromisos.
El labrador es un trabajador esforzado. Durante los meses de verano, trabaja de sol a sol. Durante el invierno, prepara su maquinaria para la primavera y cuida de su ganado, sin importar cuánta nieve haya en el suelo.
Jóvenes cristianos, la Iglesia los necesita. Prepárense para la batalla. Háganse adultos. Esfuércense, apártense de lo que tan fácilmente los envuelve y obedezcan a su Padre celestial. Acuérdense de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (2 Tim 2:8). Enfoquen los ojos en Jesús y en Él por encima de todo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Jerry ONeill El Dr. Jerry O’Neill es presidente emérito y profesor emérito de teología pastoral en el Reformed Presbyterian Theological Seminary, ubicado en Pittsburgh.