¡Dios, mi fin!

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

DEVOCIÓN
¡Dios, mi fin!
Mi mayor y más noble placer es estar familiarizado Contigo y con mi alma
inmortal y racional; es dulce y deleitoso mirar mi ser cuando todos mis
poderes y pasiones están unidos y comprometidos en buscarte, cuando mi
alma ansía y apasionadamente suspira en conformidad Contigo y en el
pleno goza de Ti; no hay horas que pasen con tanto placer como las que
pasó en comunión con el Señor y con mi corazón.
Cuan deseable, cuan provechoso para la vida cristiana es un espíritu de
santa vigilancia y celo de Dios sobre mí, cuando mi alma no teme a nada,
excepto el dolor de ofenderte a Ti, Dios bendito, mi Padre y amigo, a quien
amo con ansia y deleite, en vez de ser feliz en mí mismo Sabiendo, como yo
soy, que este es el temperamento piadoso, digno de la más alta ambición, y
la mayor búsqueda de las criaturas inteligentes y cristianos consagrados,
que mi alegría se derive de glorificarte y deleitarme en Ti. Ansío poner todo
mi tiempo para Ti, sea en casa o en el camino, colocar todas mis
preocupaciones en Tus manos; estar enteramente a Tu disposición, no
teniendo ninguna voluntad o interés propio.
Ayúdame a vivir para Ti para siempre y volverme el último y único fin,
que yo nunca más, en ningún caso ame a mi propio yo pecaminoso.

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ENCUENTRO CON DIOS

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

ENCUENTRO CON DIOS
¡Gran Dios!
En público y privado, en el santuario y en casa, sea mi vida inmersa en
oración, lleno del espíritu de gracia y de súplicas, cada oración perfumada
con incienso de sangre expiatoria.

Ayúdame, defiéndeme, hasta que de orar
yo pase al reino de la alabanza constante.

Instado por mi necesidad,
invitado por Tus promesas, llamado por Tu Espíritu, yo entro en Tu
presencia, adorándote a Ti con piadoso temor, impresionado con Tu
majestad, grandeza, gloria, todavía animado por Tu amor.

Yo soy totalmente miserable y totalmente culpable, no tengo nada de mí
mismo con que recompensarte, más yo vengo Jesús a Ti, a los brazos de la
fe, pidiendo que la justicia de Él compense mis iniquidades, regocijándome
de que Él será pesado en balanza por mí, y satisfará Tu justicia.

Te agradezco porque de ese gran pecado tomes gran gracia, y que sin embargo
de que el pecado merece castigo infinito por haber sido cometido contra un
Dios infinito, aún haya misericordia para mí, pues donde la culpa es más
terrible, ahí Tu misericordia en Cristo es más libre y profunda.

Bendíceme revelándome de Tus méritos salvíficos, causando que Tu bondad pase
delante de mí, hablando de paz a mi corazón contrito; fortaléceme para
que yo no Te deje hasta que Cristo reine supremo en mí interior, en cada
pensamiento, palabra y obra, con una fe que purifica el corazón, vence al
mundo, obra por amor, préndeme a Ti, y siempre aférrame a la cruz.

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UN NIÑO COMO NINGÚN OTRO

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

UN NIÑO COMO NINGÚN OTRO

«Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado,
Y la soberanía reposará sobre Sus hombros.
Y se llamará Su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
El aumento de Su soberanía y de la paz no tendrán fin
Sobre el trono de David y sobre su reino,
Para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia
Desde entonces y para siempre.
El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto» (Isaías 9:6-7).

Las palabras de Isaías pudieron ser tomadas con escepticismo. El pueblo enfrentaba una invasión potencial por parte de Asiria que les causaba una angustia inmensa. Las autoridades aumentaban la desesperanza al sembrar el caos producto de sus propias maquinaciones y alianzas políticas fallidas.

El pueblo temeroso estaba sumido en teorías de conspiración que causaban más pánico y ninguna solución (8:12). Habían dejado la Palabra fiel y poderosa de Dios para buscar respuestas inciertas en adivinos y espiritistas (8:19-20). En medio de esa realidad angustiante y desesperanzada, Isaías afirma en nombre de Dios: «Pero no habrá más melancolía para los que estaban en angustia» (9:1). Más de uno podría haber pensado que Isaías estaba loco o era un cínico despiadado, pero esto no era un pensamiento positivo del profeta, sino Palabra de Dios.

El mensaje era desafiante porque declaraba que la historia humana no es el fin de la historia. Dios es el Señor de la historia y su final no lo escriben los imperios de este mundo ni sus actores circunstanciales, sino la mano del Rey Todopoderoso. Por eso Isaías señala que, desde los extremos oscuros de las tinieblas y las sombras de muerte, surgirá una luz resplandeciente y una alegría abundante. Un regocijo que no surgirá por ellos, sino por la «presencia» de Dios y la victoria divina absoluta sobre el opresor (9:3-4).

Esta victoria completa tiene una garantía sorprendente. Isaías anuncia la llegada de un «Niño», pero no un humano cualquiera, sino el Mesías, el Redentor prometido, el Dios Soberano hecho hombre. En completa oposición a todos los tiranos destructores y violentos del mundo, Él será «Príncipe de Paz» (9:6). Era extraño el anuncio de un niño-rey cuando se necesitaba un rey maduro que trajera liberación inmediata al pueblo. Pero el Señor tiene control sobre la historia y su plan se cumplirá en su tiempo. Isaías estaba anunciando con anticipación a Jesucristo, quien luego de morir y resucitar por nosotros en el tiempo divino, ya reina, está sentado a la diestra del Padre y gobierna con «el derecho y la justicia Desde entonces y para siempre» (9:7).

Todavía hoy estamos sumidos en melancolía y angustia al enfrentar conspiraciones y enemigos al acecho, pero te animo a que no descanses en tus fuerzas o en los sueños utópicos del mundo pasajero. En cambio, descansa en el «Admirable consejero, Dios poderoso, Padre eterno, Príncipe de Paz», quien pagó por tu liberación, ya reina y volverá sin falta por segunda vez.

¿Con quién podrías compartir hoy esta grandiosa promesa de salvación?

ANHELOS POR DIOS

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

ANHELOS POR DIOS

¡Mi querido Señor!
Yo solo puedo decirte que Tú sabes que yo no ansío nada sino Tú mismo;
nada, a no ser la santidad; nada, a no ser la unión con Tu voluntad. Tú
me concedes esos deseos, y sólo Tú puedes darme lo que es deseado. Mi
alma anhela la comunión con el Señor, para mortificación de la corrupción
que habita en mí, especialmente el orgullo espiritual. ¡Cuán precioso es
tener un tierno sentimiento y clara comprensión del misterio de piedad, de
la verdadera santidad! ¡Qué bienaventuranza es ser como Tú, tanto
cuanto sea posible para una criatura ser como su Creador! Señor, dame
más de Tu semejanza; dilata mi alma para contener la plenitud de la
santidad; hazme vivir para Ti. ayúdame a estar menos satisfecho con mis
experiencias espirituales, y cuando me siento a gusto después de dulces
comuniones, enséñame que es muy poco lo que sé y hago. Bendito Señor,
permite elevarme más cerca de ti, y amar anhelar y luchar contigo, y
aspirar por la liberación del cuerpo de pecado, pues mi corazón está errante
y sin vida, y mi alma se lamenta al pensar que alguna vez pierda de vista a
su amado. Envuelve mi vida en Divino amor, y mantenme siempre deseoso
por Ti, siempre humilde y resignado a Tu voluntad, más fijo en Ti mismo,
para que yo pueda estar capacitado para la obra y el sufrimiento.

SINCERIDAD

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

SINCERIDAD
¡Señor de la inmortalidad!
Delante de quien los ángeles y arcángeles esconden el rostro, capacítame
para servirte con reverencia y piadoso temor. Tú que eres Espíritu y
demandas la verdad en lo íntimo, ayúdame a que te adore en espíritu y en
verdad. Tú que eres justo, no me dejes albergar el pecado en mi corazón, o
satisfacer un carácter mundano, o buscar satisfacción en las cosas que
perecen.
Apresúrame en dirección a un momento cuando los propósitos y las
posesiones terrenales parecerán vanos, cuando será indiferente si he sido rico
o pobre, exitoso o decepcionado, admirado o despreciado. Más será un
momento eterno si yo me he lamentado por el pecado, he sentido hambre y
sed de justicia, he amado al Señor Jesús con sinceridad, gloriándome en su
Cruz. ¡Que estos objetivos absorban mi principal preocupación! Produce en
mí esos principios y disposiciones que vuelvan Tu adoración en perfecta
libertad.
Expulsa de mi mente todo el miedo y vergüenza pecaminosa, para que con
firmeza y coraje pueda confesar al Redentor delante de los hombres,
proseguir con Él escuchando Su reproche, ser celoso con su conocimiento,
para ser llenado con su sabiduría, caminar con su circunspección, solicitar
su consejo en todas las cosas, recorrer las Escrituras por Sus órdenes,
mantener en mi mente Su paz, sabiendo que nada me puede acontecer sin
Su permiso, designación y administración.

PARA QUE ANDEMOS EN EL ESPÍRITU

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

DÍA 6

PARA QUE ANDEMOS EN EL ESPÍRITU

«Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:1-4).

La realidad del pecado supone al menos dos problemas básicos para los pecadores: estamos condenados y muertos por el pecado. Es decir, a causa de la caída hay una imposibilidad legal y moral que nos impide acercarnos, obedecer y relacionarnos con nuestro Creador. Pero en Romanos, Pablo anuncia que nuestra condición de muerte espiritual y culpabilidad ante Dios ahora es cambiada por aceptación, perdón, libertad, vida y justicia. «No hay condenación para los que están en Cristo» (v.1).

Las demandas de la ley eran imposibles de cumplir por nosotros debido a nuestra debilidad e inclinación hacia el pecado (v. 3). Además, la misma ley que exige obediencia también exige castigo al pecador por desobedecerla. Es debido a esto que Dios envió a Su Hijo para que por medio de su vida, muerte y resurrección, Él cumpliese por nosotros todo lo que se requiere para que seamos perdonados y recibamos el favor divino. Cristo se hizo hombre por nosotros para castigar el pecado en su carne y así librarnos de su poder.

En el evangelio, el requisito legal y moral para entrar en una correcta relación con Dios es provisto enteramente por Cristo. En Él tenemos el perdón, la justicia y el poder que nos hace libres para que vivamos para el Señor (v. 2). Estamos unidos a Cristo, quién nos comparte su justicia (la que obtuvo por medio de su vida, muerte y resurrección) y también nos comparte su poder (por medio de su Espíritu) para ayudarnos a vivir en obediencia.

Las buenas noticias de salvación nos motivan para una vida de obediencia, pero el evangelio es mucho más que una motivación. La gracia de Cristo provee, sobre todas las cosas, el fundamento y la capacidad para una vida que agrada a Dios. Así que no hay condenación para los redimidos porque Cristo la llevó por nosotros en la cruz, somos libres del pecado por el poder del Espíritu que nos dio nueva vida y, tenemos la justicia de nuestro Señor que es nuestra por la fe. ¡Cuánta abundancia! Tenemos vida nueva, somos libres del pecado y hoy podemos andar en el Espíritu. Cristo vino para asegurar esta realidad y somos alentados al reflexionar en esto durante la Navidad.

¿‘Yo te bendigo’ o ‘Dios te bendiga’? Una extraña costumbre que nos debe preocupar

Alimentemos El Alma

¿‘Yo te bendigo’ o ‘Dios te bendiga’? Una extraña costumbre que nos debe preocupar

Por Juan Stam-

En los últimos años, amplios sectores de la comunidad evangélica vive pasando de una novedad sensacional a la siguiente, como un borracho que anda a caballo, al decir de Martín Lutero. Entre esas modas recientes está la costumbre de decir “Yo te bendigo” en vez del tradicional “Dios te bendiga”.

Aunque eso ya es muy común, y no dudo de la sinceridad y buena voluntad de las personas que me lo dicen, tengo que confesar que me entran dudas cada vez que alguien proclama esa solemne bendición sobre mi existencia. Me pregunto exactamente qué puede significar, o qué estará pensando esa persona. ¿Será simplemente una versión evangélica de “Buena Suerte”? Para ser sincero, esa invocación solemne no parece haber traído ningún beneficio concreto en mi vida (que de por sí es maravillosamente bendecida por Dios). Me cuesta tomar con seriedad una bendición puramente verbal y formal, por un desconocido o una desconocida que pronto se olvidará de mí y desaparecerá de mi vida, como yo de la vida suya.

Me confunde aún más el otro lado de este nuevo fenómeno, y es que el flamante “Yo te bendigo en el nombre del Señor” ha desplazado casi totalmente la invocación de la bendición divina. Ya se oye muy poco “Dios te bendiga”, y algunos hasta lo entienden como una falta de fe, una timidez en asumir la autoridad que Dios ha puesto en las manos nuestras y por ende ya no en las manos de él.

Parece que esta “renovación” nace de una enseñanza que nos trajo el famoso pastor coreano, Yonggi Cho. Yo mismo escuché su sermón en Costa Rica cuando nos explicó que si Cristo nos ha entregado las llaves del cielo a nosotros, entonces ya no las tiene él. ¿Podría haber algo más obvio que eso? Después de su sermón, el reverendo asiático dividió a todos los presentes según las provincias del país para ejercer el poder de las llaves sobre sus respectivos territorios y proclamar bendición sobre sus provincias. Después, unos pastores alquilaron una avioneta para echar aceite, en el nombre del Señor, sobre las ciudades y campos, montañas y valles, de todo el país. La fuerza mística de la “bendición” taumatúrgica, reforzada por la fuerza mística del aceite bendecido, debía asegurar avivamiento en nuestra patria y una notable transformación.

De hecho Costa Rica cambió mucho después, pero de mal en peor en pésimo. Y aunque la nueva doctrina de Yonggi Cho es lógicamente irrefutable, no es bíblica y de hecho es peligrosa para la iglesia. Lo que Cristo comparte con nosotros, no lo pierde él. El sigue siendo Señor de la iglesia y de la historia; las llaves todavía están en sus manos. Inferencias doctrinales, aun cuando son lógicamente válidas, pueden llevarnos a herejías. Muchas enseñanzas de los Testigos de Jehová y los Mormones son rigurosamente lógicas, pero gravísimos errores doctrinales. Como escribí en un artículo anterior, sobre el púlpito evangélico, “los heréticos son muy lógicos, pero nada bíblicos. No toda inferencia lógica del texto es fiel al sentido de él y al mensaje que el Espíritu Santo inspiró”.

A menudo me pregunto, “¿En qué cree este hermano que él (o ella) me puede bendecir? ¿Qué autoridad cree tener para declararme bendecido?”. Creo que no exagero al ver aquí un vestigio del catolicismo tradicional, entre las muchas cosas poco bíblicas del catolicismo que los evangélicos hoy vamos incorporando en nuestra práctica religiosa en vez de otras cosas buenas de ellos. Cuando alguien me pronuncia una bendición de ésas, me digo, “Sólo falta que me bendijera el santo padre en Roma”. ¿Pero creemos los evangélicos en la fuerza espiritual de “una bendición papal”? Personalmente, y con todo respeto, no creo que el Papa ni nadie más me puede declarar bendecido; eso sólo Dios puede hacer. Lo que pasa es que entre los evangélicos, no creemos en el Papa pero muchos queremos ser pequeños “papitos” y repartir bendiciones papales.

Me parece que el fenómeno bajo consideración es síntoma de un problema más general. El “cristianismo lite” de nuestra época ha acentuado al extremo el individualismo, y en muchos casos el egoísmo, que son típicos de nuestra sociedad modernaContra las palabras de Jesús, vamos a la iglesia para lo que nos puede servir a nosotros. Para parafrasear una consigna de John F. Kennedy, “No preguntes lo que la iglesia puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer para el reino de Dios”. Hoy los líderes de la iglesia se aferran a sus títulos, y en muchos casos lucran con el evangelio. A menudo hay un culto a la personalidad del líder y admiramos más al ser humano por quien Dios actúa que a Dios mismo. Y en la mayoría de estos casos, son los mismos apóstoles, profetas, evangelistas, sanadores y conferencistas que cultivan celosamente este culto a su propia personalidad.

En esa subcultura individualista los creyentes comunes y corrientes merecen también su cuota de auto-gratificación numinosa, su propia tajada de poder espiritual. No quiero juzgar mal, pero sospecho que el poder pronunciar bendiciones bajo su propia autoridad, con un “Yo te bendigo”, da cierta satisfacción personal a estos hermanos y hermanas “bendecidores”, que un humilde “Dios te bendiga” no ofrecería. Aunque no sean apóstoles ni profetas, ni predican ni cantan ni curan, por lo menos pueden andar repartiendo solemnes bendiciones a diestra y siniestra..

El culto a la personalidad, esta religión de gratificación egoísta que permea nuestra comunidad evangélica hoy, es muy cuestionable bíblicamente. En el Nuevo Testamento, por ejemplo, un “don de sanidad” es el acto de Dios de dar salud a un enfermo, no alguna fuerza supernatural de curación que poseyera algún ser humano. Hoy día, si Dios en su gracia sana a un enfermo, mañana el milagro aparece en televisión y el sanador es famoso. Parecido pasa con evangelistas, conferencistas y salmistas. La gloria y la honra van al agente humano y no al Actor divino que sanó y que bendijo. Me parece que algo parecido pasa con la nueva moda de “Yo te bendigo, hermano”.

Es muy aleccionador el ejemplo de Pedro y Juan en los Hechos 4. Después de la curación del cojo, con el hombre sanado agarrado de sus brazos, los apóstoles rechazan todo mérito por lo que había ocurrido. “Varones israelitas, ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” (Hch 3:12). ¡No dirigen sus miradas hacia nosotros, decían Pedro y Juan; queremos desaparecer para que sólo se contemple el rostro de Cristo! Hoy día parece lo contrario, que algunos sanadores dicen en efecto, “Miren estas manos; estas manos tienen poder para sanar”.

En otro sentido, es cierto que todos debemos ser de bendición unos a otros. En su sentido bíblico, “bendición” significa vida, salud, bienestar (Dt 30:19-20). Las lluvias y los pozos, los buenos partos y buena lactancia (Gén 49:25) son bendiciones que sólo Dios puede dar, pero nosotros podemos colaborar con Dios en realizarlas. Dios prometió bendecir a Abraham para que él fuera de bendición a todas las familias de la tierra. Esa promesa introduce el tema central del libro de Génesis: ¿cómo ser de bendición a los demás? Abraham bendijo a Lot, y hasta a los reyes de Sodoma y Gomorra, no por pronunciar fórmulas sobre ellos sino por defender su bienestar integral. Igual con Isaac, Jacob y especialmente José. José cumplió a cabalidad la promesa a Abraham, reorganizando la economía de Egipto para defender la vida, no sólo de Egipto ni sólo de los hebreos, sino de todas las naciones vecinas.

Amado hermano, amada hermana, si quieres bendecir al pobre, dale algo que le puede ayudar en su necesidad. Si quieres bendecir al enfermo, no añada a su sufrimiento con frases piadosas o fórmulas vacías, sino tomarle la mano y orar por su salud, su paz y su bienestar integral. Si quieres bendecir a un matrimonio en crisis, o con hijos drogadictos, acompáñalos en su dolor y lucha y busca maneras de ayudarlos. Si quieres bendecirme a mí, regálame tu sonrisa cálida y tu amor sincero, y ora por mí con un buen “Dios te bendiga, amado hermano”.

¡Eso sí es una excelente manera de bendecirnos unos a otros!

MEJOR QUE MOISÉS

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

DÍA 5

MEJOR QUE MOISÉS

«El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de Él y clamó: “Este era del que yo decía: ‘El que viene después de mí, es antes de mí, porque era primero que yo’”. Pues de Su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer» (Juan 1:14-18).

Vivieron en Egipto por 400 años. Allí crecieron, se multiplicaron y terminaron bajo la mano opresora de un rey que parecía la misma serpiente de Edén. Y los israelitas clamaron a Dios por rescate. Dios los escuchó; ellos eran su pueblo. De la mano de Moisés los condujo cruzando el mar Rojo hasta Sinaí. Pero Moisés no era la salvación.

Dios los salvó por su gracia, mediante Moisés. Desde allí les hizo un regalo, la Ley, y les mostró cómo relacionarse con Él, un Dios perfecto y santo. La ley era la manera en que podían mostrar su lealtad a Dios a través de la obediencia, pero ellos se rebelaron. Moisés fue su mediador, un vehículo de la gracia de Dios que apuntaba al día en que la gracia cobraría forma humana. Sin embargo, la desobediencia no escapó a Moisés. Sus ojos tuvieron que mirar desde lejos la Tierra Prometida.

Moisés fue mediador en el pacto de la Ley, el pacto que no pudimos cumplir. Fue un mediador que murió, que también pecó. Un mediador cuya obediencia fue imperfecta. Sin embargo, Cristo es un mejor mediador que Moisés y aun mejor que el sacerdocio que Dios estableció en el Antiguo Testamento para interceder por el pueblo. Jesucristo es el mediador perfecto y eterno, «poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos. Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores, y exaltado más allá de los cielos» (Heb 7:25-26).

El Señor reveló su gloria a Moisés y declaró de Sí mismo que era abundante en misericordia y verdad (Éx 34:6). Esa misma frase es evocada por las palabras de Juan en el pasaje que citamos al inicio: la gracia y la verdad, hechas realidad, en Cristo. Con Moisés, Dios hizo un pacto; en Cristo, nos dio la máxima y mejor expresión de su fidelidad al pacto. En el pacto con Moisés, Dios reveló quién era, su carácter. En Cristo, culminó la revelación de Dios. Él es el nuevo pacto (Heb 9:15).

Moisés vivió como siervo, Cristo vivió como Hijo. Moisés se acercó a un monte que lo aterrorizaba, nosotros en Cristo podemos llegar a Sión, la ciudad del Dios vivo (Heb 12:21-24). Moisés fue profeta para ellos, pero les anunció un profeta mayor que ahora tenemos en Cristo (Dt 18:18, Hch 7:37). Moisés fue grande, pero el Verbo encarnado y que vino a nosotros en la primera Navidad es mejor; y en Él, en Cristo, tenemos nuestra esperanza.

ASOMBRO ANTE EL QUE DESCENDIÓ

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

DÍA 4

ASOMBRO ANTE EL QUE DESCENDIÓ

«Cuando veo Tus cielos, obra de Tus dedos,
La luna y las estrellas que Tú has establecido,
Digo: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,
Y el hijo del hombre para que lo cuides?
¡Sin embargo, lo has hecho un poco menor que los ángeles, Y lo coronas de gloria y majestad!
Tú le haces señorear sobre las obras de Tus manos;
Todo lo has puesto bajo sus pies» (Salmo 8:3-6).

Toda persona es asombrada de manera especial por ciertas cosas. Algunos se asombran, en primer lugar, por la última película de Marvel; otros se asombran por la situación económica difícil de sus países, o por el nuevo vehículo de una marca prestigiosa o lo majestuosa que puede resultar la vista de una montaña.

Vale la pena preguntarnos: ¿Cuáles son las cosas que más nos asombran? ¿Qué es aquello que más nos impacta y cautiva nuestros pensamientos y hasta nuestra imaginación? Nuestra respuesta puede revelar qué es lo que más moldea a nuestro corazón y cuál es el estado de nuestra alma. A fin de cuentas, si no nos asombran primero las cosas que deben asombrarnos en primer lugar, eso indica que hay algo en nosotros que no está bien.

En este salmo, vemos a David estallar en asombro ante el hecho de que el hombre, siendo menor que los ángeles

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y una parte muy pequeña de la creación en comparación a los cielos, ha sido dotado de una dignidad única en la creación. Dios nos cuida y piensa en nosotros, siendo Él tan infinito y santo, siendo nosotros tan pequeños y pecadores.

Pero en este salmo hay más de lo que parece a primera vista. Siglos después de que se escribió, el autor de Hebreos cita este pasaje para hablarnos del descenso de Jesús para nuestra redención y su posterior ascenso a la gloria que siempre tuvo y tendrá (Heb 2:6-8). El Salmo 8 tiene en Jesús su verdadero y mayor cumplimiento. Él es «Aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, es decir, a Jesús, coronado de gloria y honor a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios probara la muerte por todos» (v. 9).

Aquel que sostiene todas las cosas con el poder de Su Palabra y es heredero de todo, se hizo más pequeño que las estrellas del cielo y los ángeles para sufrir por nosotros y redimirnos, para luego ser coronado de gloria y honor (Heb 1:2-4).

¿Cómo podemos cultivar nuestro asombro ante el Salvador que realizó tal hazaña para rescatarnos?

Hijos de Dios

Coalición por el Evangelio

Noticias de gran Gozo

DÍA 3

HIJOS DE DIOS

«Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no lo conoció. A lo Suyo vino, y los Suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre» (Juan 1:10-12).

El Creador caminó entre su creación. El Sustentador de todas las cosas fue sostenido en los brazos de una mujer que Él mismo formó. El Rey de todo se despojó de todo. El que amó al mundo fue rechazado por el mundo. El que conoce los detalles más íntimos del corazón de cada ser humano fue tratado como un desconocido.

Nada de esto fue un estorbo para cumplir su plan ni alteró su misión. Lo hizo porque quiso. Jesús ensució sus pies con el polvo que llena la tierra, aunque podría juntarlo todo con tres dedos (Is 40:12, RV60); Jesús permaneció callado ante las autoridades que lo acusaban, aunque Él «reduce a la nada a los gobernantes» (Is 40:23).

La humildad, la vulnerabilidad, el rechazo y el desconocimiento no fueron impuestos sobre nuestro Salvador. El Señor se hizo siervo porque se deleitó en mostrar su gran amor, aunque ninguno de nosotros lo merecíamos.

El Creador tocó a los que eran considerados intocables y los sanó, restaurando el orden que el pecado robó a la creación. El sustentador fue afligido hasta la muerte,

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experimentando en carne propia la debilidad y el sufrimiento como nuestro sumo sacerdote. El Rey se puso de rodillas y lavó los pies de quienes lo traicionarían. El que amó al mundo, lo escuchó gritar «¡crucifícalo!» (Lc 23:21). El que nos conoce desde la eternidad, el que mira las profundidades más oscuras de nuestros corazones pecaminosos, fue a la cruz y dijo «consumado es» para pagar por nuestra maldad (Jn 19:30).

¿Habrá un amor mayor que este?

El sacrificio del Hijo es lo que hoy nos permite ser llamados hijos. La vida perfecta, muerte sacrificial y resurrección victoriosa de Cristo nos ha dado el derecho de correr hacia Dios y ser abrazados por el Padre. No se trata de lo bien que nos portamos o lo mucho que nos esforzamos. Se trata de quien Jesús es y lo que Él ha hecho a nuestro favor.

Hoy podemos caminar como lo que Cristo nos dio el derecho de llegar a ser. Deja de huir y mirar tu insuficiencia. Contempla la suficiencia del Creador y Sustentador; contempla la suficiencia del Rey que te conoce y te ama.

www.coalicionporelevangelio.org