Había practicado la religión de mi familia, que condenaba severamente la cristiandad. A mis 18 años fui interpelado por una mujer cristiana en un puesto de literatura bíblica. Yo no sabía nada de la Biblia, excepto que estaba «falsificada», según me habían enseñado. Me habían dicho que los cristianos decían que Jesús era el Hijo de Dios, y para mí eso era una blasfemia. Creía que Jesús solo era un hombre, por supuesto un profeta, pero que había sido creado, al igual que Adán.
Decidí estudiar y comparar la Biblia con otros libros religiosos.
A medida que la leía, descubría que era muy diferente de lo que había pensado. Y, sobre todo, la idea que me había hecho de Jesús era falsa. ¡Descubrí que él era un hombre único! ¿Quién pudo, como él, consolar a los pobres, acoger a las personas rechazadas, aliviar a los oprimidos? ¿Quién habló con simplicidad y transmitió la verdad sobre Dios, como Jesús? Y, sobre todo, ¿quién reveló, como Jesús, al Dios y Padre de todos los que depositan su confianza en él?
Luego asistí a reuniones cristianas. ¡Esto me ayudó a comprender el evangelio de la salvación! El amor de Dios, manifestado en la cruz, me conmovió a mí, quien pensaba que Dios era poderoso, pero que no podía perdonar al pecador. ¡Ahora Jesucristo es mi Salvador y Maestro! ¡La paz inundó mi corazón! Conozco a Dios como mi Padre celestial, y esto gracias a Jesús, quien fue crucificado y resucitó por mí.
“Simplemente no puedo soportar la idea de ser una alfombra”, dijo Jo cuando traté de hablarle sobre el principio bíblico de gobierno y sumisión. Está a punto de divorciarse porque está decidida a encontrar su libertad; y su matrimonio, dice ella, no era cincuenta-cincuenta como ella cree que debería ser. A ella le han vendido un contrato de bienes aquellos que han declarado que la sumisión de cualquier tipo es esclavitud. Sí, ha habido grandes errores en la sociedad. Sí, estoy de acuerdo que los hombres no deben oprimirse entre sí. Sí, es cierto que algunos hombres han tratado a las mujeres como alfombras. No, al esposo no se le ordena dominar, ni a la esposa ser servil. Ha habido toda clase de ataduras humanas que el cristiano debería ser el primero en deplorar y corregir. Jesús vino a dar libertad a los cautivos.
Pero la sumisión a la autoridad dada por Dios no es cautiverio. Si tan solo hubiera podido ayudar a Jo a ver esto; pero cuando le pregunté lo que ella pensaba que debería distinguir un matrimonio cristiano de todos los demás, ella dijo: “igualdad”. La igualdad es, por un lado, una imposibilidad humana en el matrimonio. ¿Quién está en posición de distribuir todo de acuerdo con la preferencia o la competencia? “Si me gusta, lo hago” decía Jo, “y debería ser yo quien lo haga. Si no me gusta, Bill lo hace. Si a él tampoco le gusta, entonces lo dividimos por la mitad”. Suena bien al principio. Ciertamente es la forma en que se hacen muchas cosas en cualquier hogar, supongo, y no diría que está mal. ¿Pero, existe un hogar verdaderamente feliz donde los miembros hacen sólo lo que les gusta y nunca hacen con gusto lo que no les gusta? Es un punto de vista ingenuo de la naturaleza humana suponer que dos iguales pueden turnarse para liderar y seguir, y pueden, debido a que son “maduros”, hacerlo sin ningún rango. El sentido común les ha dicho a las mujeres de todas las sociedades y de todas las épocas que el cuidado del hogar les corresponde a ellas. Los hombres han sido los proveedores. Ciertamente hay circunstancias en nuestra compleja sociedad moderna que exigen modificaciones. Conozco a muchas esposas de estudiantes de seminario que tienen que trabajar para poder pagar la matrícula de sus esposos y las compras del supermercado. Obviamente, los esposos deben hacer parte del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos. Este es un recurso temporal y la mayoría de ellos, esposos y esposas, esperan con ansias el día en que las cosas vuelvan a ser normales.
Si nos hemos vuelto tan maduros, de mente abierta, adaptables y liberados que los mandatos de las Escrituras dirigidos a las esposas —“adaptarse”, “someterse”, “sujetarse”— han perdido su significado; si la palabra cabeza ya no tiene ninguna connotación de autoridad, y la jerarquía ha llegado a significar tiranía; hemos sido ahogados en la corriente de la ideología de la liberación.
Le dije a Jo, y te digo a ti lo que Pablo les dijo a los cristianos romanos: “Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios” (Romanos 12:2). Dios quiere que seamos íntegros, seguros y fuertes, y una de las formas para encontrar esa integridad, seguridad y fortaleza es someternos a las autoridades que Él ha puesto sobre nosotros. (La cuestión sobre la autoridad política, a la que la Biblia también dice que debemos someternos, se vuelve grandemente complicada y dolorosa para algunos. En los tiempos modernos Dietrich Bonhoeffer, Corrie ten Boom y su familia y Richard Wurmbrand han tenido que luchar con esto. No está dentro del alcance de estas cartas discutir ese tema, pero lo menciono por si alguien piensa que tiendo a simplificar demasiado y usaría los mismos argumentos para defender, por ejemplo, la esclavitud).
La sumisión por causa del Señor no equivale a servilismo. No conduce a la autodestrucción, el sofocamiento de los dones, la personalidad, la inteligencia o el espíritu. Si la obediencia misma requiere un suicidio de la personalidad (como lo afirma un escritor), tendríamos que concluir que la obediencia a Cristo demanda esto. Pero las promesas que Él nos ha dado difícilmente apuntan a la autodestrucción: “Yo los haré descansar” (Mateo 11:28). “Mi paz les doy” ( Juan 14:27). “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” ( Juan 10:10). “Para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna” ( Juan 3:16). “Pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás” ( Juan 4:14). “El que pierda su vida por causa de Mí, la hallará” (Mateo 16:25). “El Padre de ustedes ha decidido darles el reino” (Lucas 12:32).
Dios no le está pidiendo a nadie convertirse en un cero a la izquierda. ¿Cuál fue el diseño del Creador en todo lo que hizo? Él quería que fuera bueno, es decir, perfecto. Precisamente lo que Él quería: libre para ser lo que Él destinó que fuera. Cuando le ordenó a Adán a “someter” y “ejercer dominio” sobre la tierra, no le estaba ordenando que destruyera su significado o su existencia. Él estaba, podemos decir, “orquestando”, dando la dirección a uno, sometiendo a otro, para producir una completa armonía para Su gloria.
En Déjame ser mujer, Elisabeth Elliot escribe con claridad sobre lo que significa ser una mujer cristiana. Tanto si eres joven como mayor, soltera, comprometida, casada o viuda, entenderás mejor cómo encajas en el plan de Dios, y saldrás con una maravillosa sensación de paz sobre quién eres realmente como mujer cristiana..
Debe ser muy difícil para las personas que no han sido criadas en hogares disciplinados, aprender la relación entre autoridad y amor, porque para ellos la autoridad habrá estado asociada con elementos fuera de su hogar, como la ley civil. Pero tenemos a un Dios amoroso que arregló las cosas no solo para nuestro “mejor interés” (no siempre estamos deseosos de tener lo que es “bueno para nosotros”) sino para la libertad y el gozo. Cuando hizo a Eva, fue porque el Jardín del Edén habría sido una prisión de soledad para Adán sin ella. No era bueno para él estar solo, y para liberarlo de la prisión y traer libertad y gozo, Dios le dio a la mujer. La libertad y el gozo de Eva eran ser el complemento de Adán.
Cuando Pablo habla de la sumisión de la mujer, basa su argumento en el orden de la creación. La mujer fue creada de y para el hombre. Sigue naturalmente que ella tuvo que ser creada después del hombre. La posición cronológica secundaria de la mujer no prueba necesariamente (a pesar de Richard Hooker y otros) una inteligencia inferior. Pero aquellos que descartan la posibilidad de las diferencias sexuales en los dones intelectuales no están considerando toda la información. Hay algunas estadísticas intrigantes que apuntan a razones biológicas para tales diferencias. Los hombres parecen estar mejor equipados para tratar con más altos niveles de abstracción. Una demostración de esto es el hecho de que, si bien en la actualidad hay ochenta y dos grandes maestros de ajedrez, ninguno es mujer. De los quinientos mejores jugadores de ajedrez de la historia, ninguno ha sido mujer. Pero miles de mujeres, particularmente en la Unión Soviética, juegan ajedrez.
Leí sobre esto en un libro llamado La inevitabilidad del patriarcado por Steven Goldberg. Goldberg se esfuerza grandemente por mostrar que de ninguna manera él está sugiriendo que los hombres son generalmente superiores a las mujeres. Son diferentes, y sus diferencias están determinadas por las hormonas:
Es necesario señalar, una vez más, que no hay razón para creer que hay diferencias sexuales en la inteligencia en todos sus múltiples aspectos. Considerar la capacidad para teorizar como una mayor demostración de inteligencia que la percepción o la perspicacia no es menos arriesgado que considerar la fuerza física más importante que la longevidad como medida de buena salud.
Para el cristiano, las estadísticas de Goldberg son interesantes. Para el cristiano que cree en un orden jerárquico, son aún más interesantes, porque, aunque creemos que el orden patriarcal tradicional no es meramente cultural y sociológico, sino que tiene su fundamento en la teología, es interesante descubrir que también tiene un fundamento biológico válido.
Hay un principio espiritual involucrado aquí. Es la voluntad de Dios. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se nos muestra en incontables historias en el trato de Dios con las personas que es Su voluntad liberarlas y darles alegría. A veces, el proceso de liberarlas es doloroso. Significó la muerte para el Hijo del Hombre —Su vida a cambio de la nuestra—. No vino a condenar, ni esclavizar, ni a meternos en una prisión. Él vino a dar vida.
Y es la voluntad de Dios que la mujer esté sujeta al hombre en el matrimonio. El matrimonio es usado en el Antiguo Testamento para expresar la relación entre Dios y Su pueblo de pacto y en el Nuevo Testamento entre Cristo y la iglesia. Ningún esfuerzo por mantenerse al día, por adaptarse a los movimientos sociales modernos ni a los cultos a la personalidad nos autoriza a invertir este orden. Tremendas verdades celestiales se exponen en la sujeción de la esposa a su esposo, y el uso de esta metáfora en la Biblia no puede ser accidental.
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Este artículo ¿Debería la mujer ser sumisa a la autoridad del hombre? La respuesta de Elisabeth Elliot fue adaptado de una porción del libro Déjame ser mujer, publicado por Poiema Publicaciones.
Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
Para sus discípulos, Jesús era el Mesías que debía reinar en toda la tierra. Varios profetas lo habían anunciado. Sin embargo, Jesús servía a su criatura. Aún más, había anunciado a sus discípulos su rechazo por parte de su pueblo, sus sufrimientos, su muerte y su resurrección. Pero su rechazo no ponía en duda sus glorias futuras de Rey de reyes. Entonces Jesús desveló su gloria a las personas más cercanas a él, poco antes de que fuesen testigos de la vergüenza de la cruz. ¡Qué contraste entre estos dos escenarios!
En la montaña, su rostro resplandeció como el sol; pero en la cruz, su rostro fue desfigurado más que el de cualquier otro hombre (Isaías 52:14). En la montaña, sus vestidos se hicieron blancos como la luz; en la cruz, los soldados echaron suerte sobre sus vestiduras. En la montaña, Moisés y Elías aparecieron hablando con Jesús. En la cruz fue crucificado entre dos malhechores, mientras sus conocidos se mantenían a distancia (Mateo 27:35, 38; Lucas 23:49). En la montaña una nube de luz los cubrió. En la cruz, hubo tinieblas sobre toda la tierra. Por último, en la montaña, Dios rompió el silencio: una voz desde la nube dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”; en la cruz, el silencio de Dios, por esto al final de las tres horas de tinieblas, “Jesús clamó a gran voz, diciendo… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:45-46).
Adoramos a nuestro Señor Jesús por su sacrificio en la cruz. Le adoramos por su gloria: ¡ahora está resucitado, sentado a la diestra de Dios en el cielo!
No, la Semana Santa no es una fiesta pagana. La Semana Santa es la celebración cristiana de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Los cristianos creen que Jesús, el Hijo de Dios, murió por nuestros pecados en una cruz romana, fue enterrado y resucitó «El primer día de la semana, muy de mañana» (Lucas 24:1).
Los que afirman que la Semana Santa es una fiesta pagana normalmente dicen que la palabra Semana Santa está relacionada etimológicamente con el nombre de una antigua diosa o que varios grupos paganos también celebraban ceremonias en primavera. Ninguna de las dos afirmaciones es muy convincente.
En primer lugar, consideraremos la idea de que la Semana Santa es una fiesta pagana porque el nombre de Semana Santa tiene orígenes paganos. Algunos dicen que una diosa sajona llamada Eostre (por su nombre en inglés) es la homónima de nuestra fiesta moderna. Otros dicen que la palabra Semana Santa proviene del nombre de una diosa de origen germánico llamada Ostara (por su nombre en inglés). El problema de estas dos teorías es que no hay pruebas reales de que alguien haya adorado a una diosa con cualquiera de estos nombres. La única mención de Eostre proviene de una referencia casual en la historia del Venerable Bede. La primera mención de una diosa llamada Ostara se encuentra en un libro de Jakob Grimm, y éste admitió que no pudo encontrar ningún vínculo fiable entre la Semana Santa y las celebraciones paganas.
Ahora consideraremos la idea de que la Semana Santa es una fiesta pagana porque su celebración primaveral coincide con las de las religiones paganas. Hay una gran cantidad de fiestas paganas que ocurren durante la temporada que comprende la Semana Santa: el Día de Bau (babilónico), el Día de la Madre Oscura (indio), el Día de Fortuna (romano), la Fiesta de Blajini (rumano), la Fiesta de Artemisa/Diana (griego/romano), la Fiesta de Tellus Mater (romano), la Fiesta de Ba’ast (egipcio), la Fiesta de Ishtar (babilónico), la Fiesta de Elaphebolia (ateniense) y el Día de Odín (nórdico), por nombrar algunas. No obstante, compartir una fecha en el calendario no es prueba de que dos fiestas estén relacionadas. Un matrimonio que celebra su aniversario de boda el 31 de octubre no debería recibir ninguna acusación de haberse apropiado de Halloween.
En pocas palabras, las afirmaciones de que la Semana Santa es una fiesta pagana están basadas en rumores, suposiciones y deducciones, sin ninguna prueba sólida que las respalde. Incluso si el Domingo de Ramos fuera una versión cristianizada de una antigua fiesta pagana, no supondría que la Semana Santa en sí misma fuera una fiesta pagana. Hoy en día nadie sacrifica a una diosa llamada Eostre u Ostara. Independientemente de lo que un día pueda significar en el pasado, su celebración en la actualidad debe evaluarse sobre la base de lo que significa hoy. Los cristianos que celebran la Semana Santa no son más paganos que las iglesias que se reúnen para celebrar el domingo (llamado así porque era el «Día del Sol» pagano). Los orígenes paganos de los nombres de los días de la semana no tienen nada que ver con las reuniones semanales de la iglesia, y las antiguas fiestas paganas de primavera no tienen ninguna relación real con la moderna celebración cristiana de Semana Santa.
Aunque no se haya escrito sobre la Semana Santa, se puede aplicar Romanos 14:5-6: «Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor». Si un cristiano se preocupa por algunos aspectos de la celebración de la Semana Santa, ese cristiano debe hacer lo que cree que es correcto. No debe juzgar a los demás que celebran de forma diferente, ni los demás deben juzgarle a él cuando no hay una directriz bíblica clara.
Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
El 3 de abril de 2015, un día después del asesinato de 148 estudiantes en Kenya, la mayoría de ellos cristianos, Ciku Muriuki, locutora de radio en ese país, dirigió estas palabras a los autores de la masacre:
–Ustedes admitieron ser los autores de la muerte de 148 estudiantes. Estoy triste por todas esas familias que perdieron a sus seres queridos. Supongo que escogieron a propósito este tiempo de Pascua en el que Cristo dio su vida por todos, incluso por ustedes. Quizá se burlen de esto… otros ya lo hicieron antes que ustedes. Aquel día una multitud enardecida insultó a Jesús pidiendo su muerte. Soldados romanos le escupieron la cara, lo golpearon, pusieron una corona de espinas en su cabeza y lo clavaron en una cruz. ¡Sin embargo, habían visto sus milagros y escuchado sus palabras! ¿Por qué actuaron con tanta crueldad? Jesús miró a sus asesinos y oró por ellos: “Padre, perdónalos”. Nadie mató a Jesús. Él dio su vida voluntariamente. ¡Pagó un precio infinito por nosotros que pecamos por ignorancia, o incluso deliberadamente!
Cristo también murió por ustedes, que mataron a mis hermanas y hermanos cristianos. ¡Yo los perdono! ¡Sí, escucharon bien: los perdono! Así como su corazón está lleno de odio, yo quiero llenar el mío de amor, como Jesús… ¡Él murió, pero resucitó! Los estudiantes que ustedes masacraron también resucitarán, pues Jesús prometió la vida eterna a todos los que creen en él… Cristo también murió en la cruz por ustedes, para salvarlos, si se arrepienten.
Por qué Jesús no bajó de la cruz para evitar Su muerte
De igual manera, también los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, burlándose de Él, decían: «A otros salvó; a Él mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él» (Mt 27:41-42).
Cuando Jesús estaba clavado en la cruz, en el momento de Su agonía, los principales sacerdotes y ancianos del pueblo le ofrecieron un trato tentador: si se bajaba de la cruz, es decir, si se liberaba de una manera milagrosa, ellos estarían dispuestos a creer que Él era el Cristo. La propuesta era atractiva, pues significaba evitar el dolor y conseguir que muchas personas creyeran en Él. Pero Jesús decidió quedarse en la cruz.
Para entender mejor esta oferta de último momento de parte de los líderes espirituales de Israel, podemos hacer un breve repaso de sus interacciones con Jesús.
Una generación incrédula Los sacerdotes y líderes del pueblo se veían a sí mismos como los pastores del pueblo de la nación, eran los instructores que guiaban a los demás a través de sus enseñanzas. No estaban del todo equivocados. Pero el deseo de poder y la corrupción del corazón humano habían hecho que estos pastores se desviaran y desviaran al resto del pueblo con ellos. La corrupción de estos líderes espirituales se había acumulado por tanto tiempo que Dios había decidió arrebatarles su posición y pastorear Él mismo a Su rebaño (Ez 34:11-16). Dios mismo sería el pastor que los líderes debían ser, pero que no fueron.
Esta fue una de las promesas que Jesús, el buen pastor, vino a cumplir. Cuando comenzó a enseñar, los oyentes sabían que era distinto a los escribas, sacerdotes y demás líderes (Mr 1:22). Mientras más conocido era Jesús, más despertaba la envidia de los líderes espirituales de la nación. Luego del milagro tremendo de multiplicar los panes, unos fariseos se acercaron a Jesús para discutir con Él. Estos maestros de la ley exigían una señal del cielo (Mr 8:11-13). Actuaban como los jueces de la fe, como los únicos capaces de certificar si este hombre, que decía ser Dios, era realmente un enviado del cielo. Esta actitud arrogante les impedía ver las obras de Jesús a la luz del Antiguo Testamento, para entender que las promesas de Dios se estaban cumpliendo en Él.
Jesús se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor
Cuando Jesús se dirigió a Jerusalén para llevar a cabo Su plan como el Mesías de Dios, Sus palabras expresaban claramente que este plan incluía ser rechazado por los sacerdotes y principales del pueblo (Mr 8:31-32). En la ciudad de Jerusalén, Jesús fue recibido por la multitud como el rey esperado, una aclamación popular que fácilmente podría haber aumentado el resentimiento de los líderes de la ciudad. ¡Cuánto más luego de que Jesús echó a los mercaderes del templo! El escándalo era público, la autoridad de los sacerdotes y escribas era desafiada y la figura de Jesús crecía.
Por eso los sacerdotes, escribas y ancianos le salieron al encuentro para demandar explicaciones: «¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio autoridad para hacer esto?» (Mr 11:28). Pero Jesús no les respondió. La pregunta solo tenía el propósito de censurar, de castigar y prohibir que Él siguiera enseñando y modificando las costumbres. Los líderes no estaban dispuestos a aprender o a escuchar alguna explicación de parte de Jesús.
Las señales estaban a la vista: los ciegos veían, los cojos andaban, los muertos eran resucitados y el evangelio era anunciado a los pobres (Mt 11:5-6). Las promesas de Dios, escritas por los profetas, se estaban cumpliendo ante los ojos de los escribas y fariseos, pero su corrupción no les permitía verlas. Su deseo de mantener el poder y su orgullo les impedía reconocer las señales. Una generación perversa y adúltera que exigía señales, pero que no era capaz de entender los tiempos acordes a las Escrituras.
Tal era la ceguera de su pecado, que cuando este liderazgo finalmente logró llevar a Jesús a la cruz, seguía pidiéndole señales a este hombre moribundo. Claro que lo hacían para burlarse, como lo hacía el resto de las personas que pasaban por allí, pero aún así se atrevieron a asegurar que ellos estarían dispuestos a creer que Jesús era el Mesías, si demostraba una señal poderosa y se bajaba de la cruz. ¿Puedes imaginarlo? Jesús liberándose de los clavos ante la multitud, recomponiendo Su cuerpo maltratado y castigado hasta el cansancio y revirtiendo todo Su sufrimiento para bajarse sano y sin un rasguño. Esa sí que sería una señal tremenda a ojos humanos.
¿No era esa invitación de los líderes del pueblo una buena oportunidad para demostrar que Jesús era el verdadero Hijo de Dios? ¿No se hubieran convertido los líderes de la nación y tras ellos, el resto del pueblo? A muchos de nosotros nos gustaría pensar que sí, porque es el tipo de señal y manifestación que nos gusta buscar.
Nos puede ayudar recordar la conocida parábola de Lázaro y el hombre rico (Lc 16:19-31), donde Jesús contó que el personaje rico aseguraba que si alguien de entre los muertos se levantaba y anunciaba la verdad a sus familiares, entonces se arrepentirían y serían salvos. Parece lógico. ¿Quién no creería si ve a un muerto resucitar para transmitirle un mensaje? Pero la respuesta de Abraham en la parábola fue: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos» (v. 31). Si no creen por el testimonio de las Escrituras, la Palabra de Dios, no creerán, aunque se levanten los muertos delante de sus propios ojos. Otro Lázaro, el amigo de Jesús, fue resucitado ante la vista de muchos, pero no todos los testigos creyeron (Jn 11:45-46).
Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada
Esto mismo podríamos decir de los principales sacerdotes y escribas que miraban a Cristo en la cruz. Aunque Jesús se hubiera bajado en una manifestación de poder ante sus ojos, sus corazones habrían seguido endurecidos. ¿Cuántos milagros había hecho Jesús antes y no fueron suficientes para sus pretensiones? Los mismos líderes lo reconocieron: «a otros salvó». Sabían muy bien que Jesús era capaz de hacer cosas extraordinarias, por eso se burlaban de Su condición dolorosa y aparentemente derrotada mientras estaba clavado en el madero.
Se quedó en la cruz Por más tentadora que parecía la oferta en términos humanos, el plan eterno de Dios era diferente. Jesús es el cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para pagar el precio de nuestro rescate (1 P 1:18-20). La muerte de Jesús era necesaria para nuestra salvación. La crucifixión parecía una escena de derrota, pero en realidad era el triunfo de Cristo sobre el pecado de Su pueblo. Jesús estaba destruyendo la condena que pendía sobre nuestras cabezas (Col 2:14) y, en Su mismo cuerpo, borró nuestra enemistad con Dios (Ef 2:16).
Quedarse en la cruz fue la verdadera victoria, la verdadera manifestación de poder. Para mentes humanas nubladas por el pecado, Jesús era un abatido, un pobre hombre derrotado e incapaz de evitar su muerte. Un herido por Dios. Pero nada estaba más lejos de la verdad, pues Él estaba llevando nuestras enfermedades y sufriendo nuestros dolores, para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (Jn 3:16).
En nuestra mirada humana, limitada y egoísta, hubiéramos pensado que bajarse de la cruz podría haber sido la mejor opción. Una demostración tan potente y pública podría haber convencido a muchos. Pero Jesús, conociendo el plan eterno del Padre, puso Sus ojos en los frutos de Su aflicción (Heb 12:2). El amor a Su pueblo lo mantuvo en la cruz; miró al resultado y a los beneficiarios de Su muerte y, entonces, soportó las burlas, el desprecio y la muerte. Se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor.
Al final, morir por amor era el paso previo y necesario para resucitar con poder, y de esa manera consumar la redención de los Suyos.
Nuestros ojos lo vieron Ninguno de los testigos de Su muerte pudo discernir lo que realmente estaba sucediendo. Ni los burladores que pasaban, ni los sacerdotes y escribas que le injuriaban con arrogancia, ni Sus discípulos que huyeron, ni las mujeres que le lloraron. Fue la gloria del Cristo resucitado lo que convenció a Sus discípulos de su fe y lo que les permitió entender el verdadero sentido y significado de la cruz.
Creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor
Pero ¿cómo convencer a aquellos que no pueden ver con sus ojos físicos a Jesús resucitado? La respuesta está en lo que Abraham le dijo al hombre rico en la parábola que Jesús relató: «a Moisés y a los profetas tienen». El Espíritu de Dios nos muestra la gloria de Cristo en las Escrituras, en Moisés y en los profetas. Es imposible entender, ver y conocer el significado de la cruz fuera de las Escrituras y sin la ayuda del Espíritu Santo. Gracias a la iluminación del Espíritu, podemos entender cuál fue el poder que actuó en la resurrección y coronación de Jesús, y que ahora vive en nosotros si hemos aceptado la redención por la fe (Ef 1:18-19).
Al conmemorar el día de la muerte de Jesús, nosotros vemos mucho más que una cruz de dolor, como solo veían aquellos líderes espirituales de Israel. Nosotros vemos la gloria de Cristo, Su triunfo sobre el pecado y el precio de nuestro rescate.
Los sacerdotes y ancianos, ciegos en su arrogancia, se burlaron del Salvador en Su sufrimiento. Pero cuando escucharon la predicación del evangelio y el Espíritu actuó por la Palabra, muchos judíos fueron convencidos de sus pecados y respondieron con arrepentimiento y fe (Hch 2:37-39). Gracias a la predicación y al testimonio de la iglesia de Jerusalén, incluso muchos sacerdotes vinieron a la fe (Hch 6:7). Tal vez muchos de ellos habían contemplado a Cristo en la cruz y menearon la cabeza, algunos en forma de burla y otros con decepción. Tal vez se convirtió alguno de aquellos que gritaron con soberbia: «que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él».
Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada (Jn 19:30), y por eso muchos sacerdotes después pudieron creer. De la misma manera nosotros creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor.
Matías Peletay sirve como editor en Coalición por el Evangelio. Vive en Cachi (Salta, Argentina) con su esposa Ivana y su hija Abigail, y juntos sirven como misioneros de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes escucharlo en el podcast Bosquejos y seguirlo en Twitter.
Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.
Ayer vimos cómo el amor de Dios confiere un valor inestimable a todo el que cree. Debido a este amor de Dios, no debemos temer a la opinión de los demás. Tampoco debemos desesperarnos a causa de nuestros fracasos; podemos levantarnos y volver a empezar, porque Dios es fiel. Como Dios nos amó primero, no es necesario tratar de ganar su amor por medio de acciones religiosas o buenas obras. ¡Tenemos una salvación gratuita, solo por gracia!
Como consecuencia, cuando recibimos este amor inmerecido, él nos conduce a amar también: amamos a Dios y a nuestro prójimo, porque Dios nos amó primero (1 Juan 4:19).
Así la gracia de Dios nos anima y nos da una nueva vida. Gracias a ella podemos superar nuestros miedos y experimentar la verdadera libertad, ser libres de la obsesión por demostrar lo que valemos, de la angustia por no estar a la altura, de esa competencia que nos obliga sin cesar a superarnos… ¡Creer en Dios es dejarse invadir por la acción de la gracia!
Y también, como sabemos que somos amados, podemos agradecer y alabar a Dios por su gracia derramada en nosotros, en especial cuando celebramos el culto. Evidentemente, nunca devolveremos en la medida en que hemos recibido, pero cada vez estaremos más agradecidos con Dios quien nos conduce y nos acompaña en el camino de la vida.
“A aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios… sea gloria y majestad” (Judas v. 24-25).
Al tratar de preparar mi corazón para encontrarme con Jesús de una manera especial el Domingo de Ramos, el Jueves Santo, el Viernes Santo y el Día de la Resurrección, una serie de imágenes han vuelto a mi mente una y otra vez. Permítanme intentar describirles la historia.
Un corderito nació blanco como la lana, con las patas flacas y la nariz húmeda, como todos los demás corderitos. Pero cuando el cordero se convirtió en una oveja, las otras ovejas empezaron a notar una diferencia. Esta oveja tenía un extraño bulto en la frente.
Al principio, pensaron que se había golpeado, pero el bulto nunca desapareció. En cambio, una gran almohadilla de lana blanca y profunda creció sobre el bulto y lo hizo muy suave y firme. El bulto podría haber dejado de llamar la atención si no fuera porque esta oveja empezó a utilizar el bulto de su cabeza de formas muy extrañas.
En primer lugar, el bulto parecía pesar sobre su cabeza, de modo que siempre parecía que se inclinaba y mostraba reverencia a algún rey invisible. Luego empezó a buscar a otras ovejas enfermas o heridas. Utilizaba el bulto firme y blando de su frente para ayudar a las débiles a ponerse en pie y para enjugar sus lágrimas.
Rebaños enteros de ovejas empezaron a seguirle, pero las cabras se reían de él. Las ovejas ya eran repugnantes, pero una oveja con un bulto extraño en la frente era más de lo que podían soportar. Lo acosaban todo el tiempo e inventaban chistes y burlas: “¿Cómo es que llevas esa cabeza colgando? ¿Y ese bulto de plomo?” Y les enfurecía que se alejara de ellos y siguiera haciendo tranquilamente sus obras de misericordia.
Así que un día las cabras lo rodearon y lo embistieron con sus cuernos hasta que murió, y lo dejaron solo en el campo. Pero mientras yacía allí, sucedió algo muy extraño. Empezó a crecer. La lana ensangrentada se desprendió y dejó ver un pelo liso y blanco como el de un caballo. La suave almohadilla de lana de color blanco intenso se desprendió de su frente y de ese bulto misericordioso creció un poderoso cuerno de acero carmesí que no se parecía a ningún otro cuerno que haya existido o que existirá.
Y entonces, como si fuera una orden, el enorme unicornio se puso en pie de un salto. Su lomo estaba a dos metros del suelo. Los músculos de sus hombros y cuello eran como el mármol. Los tendones de sus piernas eran como cables de hierro. Ya no tenía la cabeza inclinada, y cuando miraba a la derecha o a la izquierda, el cuerno carmesí cortaba el aire como un sable bañado en sangre.
Cuando las ovejas le vieron, se postraron y le adoraron. Él se inclinó y tocó a cada una en la frente con la punta de su cuerno, les susurró algo al oído y se alejó en el cielo. No se le ha vuelto a ver desde entonces.
Esa es la visión que tengo en mi mente al entrar en la Semana Santa. Es un retrato de Jesucristo pintado por Isaías bajo la inspiración de Dios y expuesto por Mateo 12:18-21.
Como toda buena obra de arte, este retrato tiene un propósito, hacer que pongamos nuestra esperanza en Jesucristo. Y estoy orando para que esto ocurra en tu vida, porque sé que todo lo demás en lo que pones tu esperanza te decepcionará al final. Pero si esperas en Jesucristo, él será honrado en tu vida, y nunca te arrepentirás.
John Piper http://desiringgod.org John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.
Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase al Señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.
Nuestra sociedad nos presiona constantemente para que demostremos lo que valemos; somos evaluados, tanto en la escuela como en el trabajo. Se elogia el rendimiento, sea deportivo, artístico, industrial… A menudo una vida «exitosa» se mide por la carrera profesional o el estatus social. Según esta escala de valores seremos considerados como «alguien» o como un «don nadie». Entonces, si tenemos que enfrentar el desempleo, la enfermedad, el divorcio, la cárcel… ¿esto significa que ya no somos «nadie»?
La buena noticia del Evangelio es que no tenemos que hacer nada para ser “alguien”, sino simplemente creer. Dios nos ama sin ninguna condición. Él dice a cada uno de nosotros: ¡Para mí tienes gran valor! El amor de Dios es muy diferente a nuestros sentimientos humanos, los cuales pueden debilitarse, apagarse o incluso cambiarse en odio. ¡Dios nos acoge y nos promete una fidelidad inquebrantable!
En los evangelios Jesús cuenta la historia de un joven que pidió a su padre su herencia, y luego se fue a un país lejano en donde malgastó todo, viviendo desordenadamente. Pasado algún tiempo lamentó su decisión y volvió a la casa de su padre. Cuando este lo vio, corrió hacia él y lo abrazó, incluso antes de que pudiera decir algo; no le hizo reproches ni lo castigó (Lucas 15:11-32).
Este relato ilustra el amor de Dios hacia nosotros; su amor no depende de lo que hacemos o no hacemos. Dios nos ama y nos perdona siempre.
La Semana Santa es la celebración anual de la resurrección de Cristo a la vida después de Su crucifixión y muerte. Este día también se llama Domingo de Resurrección. La palabra Semana Santa está relacionada con la palabra oriente (por sus siglas en inglés), que naturalmente nos indica la salida del sol, los nuevos días y los nuevos comienzos.
Para algunos, la Semana Santa carece de todo significado, salvo el secular. Para ellos, la Semana Santa es un momento para colorear huevos, esconderlos y hacer que los niños los busquen. Es el momento de declamar el mito del conejo de Pascua y de hacer alusión a sus continuas escapadas. Es el momento de regalar caramelos, sacar fotos y festejar en torno a la mesa familiar. Es un día para marcar el comienzo de la primavera y celebrar el rejuvenecimiento de la naturaleza y el reverdecer de la vegetación. Estas celebraciones de la Semana Santa, si no van más allá de esto, son una débil sombra del verdadero significado de la misma; son tan vacías como un huevo de plástico, tan huecas como un conejo de Pascua de chocolate.
La Semana Santa es una fiesta cristiana, y las celebraciones cristianas se centran en el verdadero significado de la Semana Santa: la resurrección de Jesucristo. Hace dos mil años, un hombre murió en una cruz, fue enterrado y tres días después resucitó. Esta realidad -que un hombre muerto volvió a la vida y vive para siempre- es la razón por la que celebramos la Semana Santa. El significado de la Semana Santa es que el Hijo de Dios pagó el precio de nuestros pecados y resucitó para reconciliarnos con Dios (ver Romanos 4:25).
La Semana Santa significa que nuestro mayor enemigo, la muerte, ha sido vencido. La Semana Santa significa que nuestros pecados han sido perdonados y que hemos sido reconciliados con Dios. La Semana Santa significa que Cristo es realmente el Rey y el Vencedor, sentado «sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra» (Efesios 1:21). El significado de la Semana Santa es que Jesús es el Señor de los nuevos comienzos, de los nuevos días y de las nuevas vidas.
La Semana Santa significa que el incomprensible y gran poder de Dios se manifestó plenamente en la tumba del jardín donde yacía Cristo. Ese mismo gran poder que resucitó a Cristo de entre los muertos actúa ahora en nosotros que creemos (Efesios 1:19). El significado de la Semana Santa es que Dios puede mover montañas, dividir mares, restaurar la vida y hacer rodar la piedra.
La Semana Santa significa que los pobres de espíritu poseerán el reino de los cielos, que los afligidos serán consolados, que los mansos heredarán la tierra, que los buscadores de la justicia serán saciados, que los misericordiosos encontrarán misericordia y que los puros de corazón verán a Dios (véase Mateo 5:3-8). El significado de la Semana Santa es que las promesas de Dios se hacen realidad en Cristo.
La Semana Santa significa que podemos anunciar la buena noticia a los pobres, la libertad a los presos y que los ciegos recuperen la vista. Podemos liberar a los oprimidos y anunciar el año de la buena voluntad del Señor (ver Lucas 4:18-19). El significado de la Semana Santa es que el evangelio -la proclamación de la emancipación de Dios- ha de ser anunciado por todas partes. Las buenas noticias hay que compartirlas.
La Semana Santa significa que el amor es más fuerte que la muerte. El amor es como «brasas, brasas de fuego, fuerte llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos» (Eclesiastés 8:6-7). Fue por amor que Dios entregó a Su único Hijo (Juan 3:16); fue por amor que Cristo murió en la cruz (Juan 15:13). Es por amor que el Señor resucitado intercede por Sus hijos (Romanos 8:34). La Semana Santa está llena de amor.
Después de todo, la Semana Santa significa que hay esperanza para nosotros. Como dijo Jesús: «porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Juan 14:19).