8 de febrero «Él salvará a su pueblo de sus pecados». Mateo 1:21 Muchas personas, si se les preguntase qué entienden por salvación, responderían: «Ser salvados del Infierno y llevados al Cielo». Este es uno de los resultados de la salvación, pero no es ni la décima parte de lo que contiene esa gracia. Es cierto que nuestro Señor Jesucristo redime a todo su pueblo de la ira que ha de venir. Él lo salva de la espantosa condenación que sus pecados le han acarreado, pero el triunfo de Jesús es mucho más completo que esto. Él salva a su pueblo «de sus pecados». ¡Oh dulce liberación de nuestros peores enemigos! Cuando Cristo efectúa la salvación, expulsa a Satanás de su trono y no le permite más ser el dueño. Ningún hombre es un verdadero cristiano si el pecado reina en su cuerpo mortal. El pecado estará en nosotros —no será completamente desterrado hasta que el alma entre en la gloria—, pero nunca tendrá el dominio. Habrá una lucha por ese dominio: entre el codiciar contra la nueva ley y el nuevo espíritu que Dios ha implantado en nosotros; pero el pecado nunca obtendrá la ventaja ni será el monarca absoluto de nuestra naturaleza. Cristo será el dueño de nuestro corazón, y el pecado debe ser subyugado. El León de la tribu de Judá prevalecerá y el dragón será echado fuera. ¡Creyente!, ¿está dominado en ti el pecado? Si tu vida no está santificada es porque tu corazón no ha sido transformado, y si tu corazón no ha sido transformado es porque aún no eres salvo. Si el Salvador no te ha santificado, no te ha renovado, no te ha dado odio hacia el pecado y amor a la santidad, entonces no ha hecho nada en ti de carácter salvífico. La gracia que no hace a un hombre mejor que los demás es una vil impostura. Cristo salva a su pueblo, no en sus pecados, sino de sus pecados: «Sin la cual [la santidad] nadie verá al Señor» (He. 12:14); «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo» (2 Ti. 2:19). Si no hemos sido salvados del pecado, ¿cómo esperamos ser contados entre su pueblo? Señor, sálvame ahora mismo de todo mal, y capacítame para honrar a mi Salvador.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 47). Editorial Peregrino.
Miércoles 8 Febrero El pecado entró en el mundo por un hombre (Adán), y por el pecado la muerte… todos pecaron. Romanos 5:12 Todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. Hechos 10:43
Un pastel envenenado Decidí hacer un pastel rico; para ello compré la mejor mantequilla, huevos frescos, harina de buena calidad, etc. Mezclé los ingredientes y obtuve una masa suave y apetitosa. Pero si una persona mal intencionada hubiese vertido una pizca de veneno en la masa, este se hubiese extendido por toda la masa y todo el pastel sería envenenado. Si bien todos los ingredientes eran excelentes, la pequeña dosis de veneno sería suficiente para contaminar el pastel.
Esta imagen ilustra un poco la situación actual del hombre. Dios creó a Adán perfecto, lo dotó de numerosas cualidades; los «ingredientes» eran excelentes. Pero el pecado, como un veneno mortal, arruinó esta criatura perfecta. ¡Y contaminó toda la naturaleza humana! Los daños son completos y terribles: en su naturaleza, Adán se convirtió en un hombre pecador, como toda su descendencia. ¡Por ello Dios declaró que no se podía esperar que saliera algo bueno del hombre! Las más hermosas cualidades morales están contaminadas por el pecado; todo está totalmente estropeado…
Pero Jesucristo es la maravillosa y poderosa respuesta de Dios a esta trágica situación. Vino a este mundo como un hombre sin pecado, y se ofreció en sacrificio. Los que creen en él son purificados de sus pecados y reciben una nueva naturaleza, santa como la suya:
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron… todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com
Hemos estado explorando cómo las diversas cualidades de los ancianos son en realidad el llamado de Dios para todos los cristianos. Mientras los ancianos están destinados a ejemplificar estas cualidades, todos los cristianos deben exhibirlas. Quiero que consideremos si estamos mostrando estos rasgos y aprendamos juntos cómo podemos orar para tenerlos en mayor medida. Hoy, ya concluyendo, abordaremos lo que significa para los ancianos —y para todos los cristianos— tener un buen testimonio para con los de afuera. Y, por supuesto, nos preguntaremos por qué es importante.
Pablo instruye a Timoteo sobre el anciano: “Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo” (1 Timoteo 3:7). Pablo ya ha dicho que un anciano “debe ser irreprochable” (1 Timoteo 3:2), por lo que ser respetado por los de afuera se centra en un grupo específico: los que están fuera de la iglesia. Sí, incluso el testimonio de un hombre frente al mundo cuenta a la hora de evaluar su idoneidad para ser líder. John Piper escribe: “Lo que parece significar es que un líder cristiano debe por lo menos cumplir con los estándares del mundo sobre la decencia y la respetabilidad, pero los estándares de la iglesia deben ser superiores”. Esto es importante, porque como Pablo ha escrito en otro lugar, la gloria de Dios está en juego: “Tú que te jactas de la ley, ¿violando la ley deshonras a Dios? Porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros, tal como está escrito” (Romanos 2:23-24).
Así que, ¿por qué incluir la reputación externa de un hombre como un requisito para ser anciano? Alexander Strauch se ocupa de ello de manera práctica: “Los no cristianos pueden saber más sobre el carácter y la conducta del futuro anciano que la iglesia misma. Muy a menudo los compañeros o parientes no cristianos del anciano en perspectiva tienen más contacto diario con el líder de la iglesia que la gente de la iglesia”. Strauch también dice: “Si un pastor anciano tiene reputación entre los no creyentes como empresario deshonesto, mujeriego o adúltero, la comunidad no creyente tomará nota especial de su hipocresía. Los no cristianos dirán: ‘Él actúa de esa manera, y es un anciano de la iglesia’. Lo ridiculizarán y se burlarán de él. Se burlarán del pueblo de Dios. Hablarán de él y generarán muchos chismes siniestros. Ellos plantearán preguntas difíciles y embarazosas. Será desacreditado como un líder cristiano y sufrirá vergüenza e insultos. Su influencia para el bien será arruinada y pondrá en peligro la misión evangelística de la iglesia. El anciano ciertamente se convertirá en una carga para la iglesia, y no será un beneficio espiritual”. El evangelio mismo está en juego ya sea en la consistencia o en la hipocresía de sus líderes.
Ahora bien, ¿qué es exactamente el “lazo del diablo” que preocupa tanto a Pablo? Creo que John Stott llega al corazón del asunto cuando dice: “En su malicioso afán para desacreditar el Evangelio, el diablo hace todo lo posible para desacreditar a los ministros del Evangelio”. Si Satanás puede desacreditar a los líderes ante el mundo observador, él puede desacreditar la iglesia y su mensaje. Strauch añade: “El diablo es representado como un cazador astuto (1 Pedro 5:8). Usando la crítica pública y las inconsistencias propias del anciano, el diablo atrapará al cristiano y lo llevará hacia un pecado aún más serio: amargura descontrolada, represalias con enojo, mentiras, más hipocresía y terquedad de corazón. Lo que puede comenzar como una pequeña ofensa puede llegar a ser algo mucho más destructivo y malo. Por lo tanto, un anciano debe tener una buena reputación con aquellos fuera de la comunidad cristiana”.
¿Qué pasa con los cristianos que no son ancianos? Ellos también deben procurar el respeto de los de afuera. Por ejemplo, Pablo escribe: “Andad sabiamente para con los de afuera, aprovechando bien el tiempo. Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada como con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada persona” (Colosenses 4: 5-6). De nuevo dice: “Pero os instamos, hermanos, a que abundéis en ello más y más, y a que tengáis por vuestra ambición el llevar una vida tranquila, y os ocupéis en vuestros propios asuntos y trabajéis con vuestras manos, tal como os hemos mandado; a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada” (1 Tesalonicenses 4: 10-12). Los cristianos “resplandecerán como luminares en el mundo” cuando vivan “sin mancha en medio de una generación torcida y perversa” (Filipenses 2:15). De manera similar, Pedro ordena: “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación. … Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos” (1 Pedro 2:12, 15), véase también 1 Pedro 3:13-17. Lo que debe ser modelado por los líderes de la iglesia ha de ser obvio en cada vida. Tú también tienes la responsabilidad de vivir una vida sin mancha ante el mundo.
Auto-evaluación Así que, ¿que de ti? ¿Dónde ves señales de ánimo, y dónde ves áreas que necesitan crecimiento? Te animo a hacerte preguntas como estas:
¿Conoces a tus vecinos? ¿Te conocen lo suficientemente bien como para poder hablar sobre tu persona y tu reputación? ¿Cómo te describirían tus vecinos incrédulos a ti y a tu familia? ¿Qué tipo de reputación tienes entre los incrédulos con los que trabajas? ¿Trabajas duro y evitas intromisiones? (1 Tesalonicenses 4: 10-12, Efesios 4:28) ¿Qué dirían los miembros incrédulos de tu familia sobre lo que es más importante para ti? ¿Dirían que tu vida coincide con tu profesión de fe? Puntos de oración Dios puede hacer que más gracia abunde en tu vida, por lo que te animo a unirte a mí en oración de estas maneras:
Haz que mi vida refleje el fruto del Espíritu (Gálatas 5: 22-23) para que mi vida glorifique tu nombre, y no sea causa de vergüenza del mismo. Ruego que me ayudes a pensar en como mis actitudes y acciones afectan a los demás, especialmente a los incrédulos. Ayúdame a ser un modelo de trabajo duro y de respeto por la autoridad, y para que esté preocupado por mi propio testimonio en el lugar de mi trabajo. Hazme ser ser un modelo de buenas obras en casa, en el trabajo y en mi vecindario para que haciendo el bien a otros Tú seas glorificado. Gracias por acompañarme a través de esta serie. Creo que Dios me ha ayudado a crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo mientras exploraba y aplicaba Su Palabra. ¡Espero que puedas decir lo mismo! Que Dios te ayude y me ayude a vivir una vida cristiana ejemplar.
Publicado originalmente en Challies.com. Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.
«Y oyeron una gran voz del cielo que les decía: Subid acá». Apocalipsis 11:12
Dejando de lado la consideración de estas palabras en su conexión profética, considerémoslas, más bien, como la invitación de nuestro Gran Precursor a su santificado pueblo. A su debido tiempo «una gran voz del cielo» se dirigirá a todo creyente, diciéndole: «Sube acá». Esto debiera ser para los santos un asunto de gozosa expectativa. En lugar de temer el tiempo cuando dejaremos este mundo para ir al Padre, debiéramos estar suspirando por la hora de nuestra emancipación. Nuestro canto debería ser: En Jesús tengo paz, y no debo temer que se acerque la muerte fatal; porque al fin de esta vida fugaz yo tendré libre acceso al Edén celestial.
A nosotros no se nos llama abajo, al sepulcro, sino arriba: al Cielo. Nuestros espíritus, nacidos para el Cielo, debieran suspirar por su ambiente natal. Con todo, el llamamiento celestial debería ser objeto de paciente espera por nuestra parte. Nuestro Dios sabe mejor que nosotros cuándo debe llamarnos para ir arriba. No tenemos que querer anticipar el momento de nuestra partida. Sé que un fuerte amor nos hará exclamar: «¡Oh Señor de los Ejércitos, divide las olas y llévanos a todos al Cielo!».
Sin embargo, la paciencia debe tener su obra completa: Dios ordena con perfecta sabiduría el tiempo más apropiado que los redimidos deben vivir aquí. Sin duda, si el pesar pudiese experimentarse en los cielos, los santos lamentarían no haber vivido más aquí para hacer mayor bien. ¡Oh, cómo ansiamos más gavillas para los graneros del Señor! ¡Más joyas para su corona! No obstante, ¿cómo conseguirlo sin trabajar más? Es cierto que tenemos que considerar el otro lado del asunto: pues viviendo aquí menos tiempo, nuestros pecados serán menos. Sin embargo, cuando estamos enteramente sirviendo al Señor, y él nos permite esparcir la preciosa simiente y recoger a ciento por uno, nos vemos tentados a decir que está bien quedarnos donde estamos.
Ya nos diga nuestro Maestro: «Ven», o nos diga: «Quédate», estemos igualmente contentos, mientras él nos favorece con su presencia.
Martes 7 Febrero ¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado… ? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Miqueas 7:18 Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. 1 Juan 3:20
Soy demasiado malo Nadie es demasiado malo para acercarse a Dios. ¡Su amor es mucho más grande que todas nuestras faltas! En la Biblia muchas veces Dios nos asegura su amor y su perdón, por ejemplo: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22). En efecto, Dios no se conformó con decirnos que nos ama a pesar de nuestros pecados, y que quiere darnos la vida eterna. Él mismo vino en la persona de su Hijo Jesucristo, para vivir entre nosotros. Jesús mismo contó la parábola del hijo rebelde, a quien su padre acogió con los brazos abiertos (Lucas 15:20). Y para mostrar hasta el final que Dios es misericordioso y perdonador, Jesús dio su vida por usted y por mí, para borrar todos nuestros pecados.
Lector, quizás usted esté agobiado por el peso de sus pecados, y piensa que todo está perdido. Pero Jesús le dice lo contrario, como prometió al malhechor crucificado a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Quizás usted no pueda perdonarse a sí mismo, pero Dios está dispuesto a perdonarle. Ahora le dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño…
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:1-2, 5).
Como un estímulo jubiloso para la oración intercesora, recuerda que tal plegaria es la más agradable a los oídos de Dios, pues la oración de Cristo tiene ese carácter. De todo el incienso que nuestro gran Sumo Sacerdote pone en el incensario de oro, no hay un solo grano para sí mismo. Su intercesión debe de ser la más aceptable de todas las súplicas, y cuanto más semejante sea nuestra oración a la de Cristo, más fragante resultará. Así, si bien las peticiones por nosotros mismos serán aceptas, nuestras intercesiones por otros, por tener en sí mismas más de los frutos del Espíritu —más amor, más fe, más afecto fraternal—, serán, por los preciosos méritos de Jesús, la oblación más agradable que pudiéramos ofrecer a Dios, la grosura misma de nuestro sacrificio. Recuerda, además, que la oración intercesora es sumamente eficaz: ¡qué portentos ha obrado! La Palabra de Dios está llena de sus maravillosos hechos.
Creyente, tienes en tus manos un poderoso instrumento: utilízalo bien; empléalo constantemente; utilízalo con fe, y serás (con toda seguridad) un benefactor de tus hermanos. Cuando tengas audiencia con el Rey, háblale de los miembros de su Cuerpo que sufren. Cuando te sientas favorecido con la gracia de estar cerca de su Trono y que el Rey te diga: «Pídeme, y yo te daré lo que deseas», que tus peticiones no se eleven solo por ti mismo, sino por muchos otros que necesitan de su ayuda.
Si tienes gracia en alguna medida y no eres un intercesor, entonces esa gracia es pequeña: como un grano de mostaza. Pues tú, es cierto, has tenido suficiente gracia como para mantener a flote tu alma, lejos de la arena movediza, pero no la tuviste en abundancia; de lo contrario hubieras llevado en tu alegre barco las muchas necesidades de otros y les habrías traído, de parte del Señor, ricas bendiciones que sin tu mediación no podían obtener.
Cuenta los favores del Señor, cuenta las riquezas de su amor; mira a Cristo, él te sostendrá; cuenta los favores que el Señor te da.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 45). Editorial Peregrino.
Lunes 6 Febrero (Jesús dijo:) Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Marcos 2:17 ¿De qué debo ser salvo?
Un joven que hablaba con un cristiano sobre el Evangelio le preguntó: «Si Jesús vino a la tierra y murió en la cruz, ¿fue para salvarnos de qué exactamente?». La pregunta es buena y nos lleva a la afirmación de Jesús citada en el encabezamiento.
¿Qué enfermedad tengo? ¿Qué pecado cometí? En la Biblia Dios responde a mis preguntas. Declara formalmente que “no hay justo”, que “todos pecaron” (Romanos 3:10, 23). Pecar es hacer, decir e incluso pensar algo contrario al carácter perfecto y santo de Dios. Solo el hecho de ser indiferente con él ya es un pecado, pues él ordenó: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” (Deuteronomio 6:5). Esto fue recordado por Jesús en los evangelios (Lucas 10:27). El castigo reservado por el Dios soberano para los pecadores es pasar la eternidad lejos de él, con el alma atormentada. Es de esto de lo que todo hombre necesita ser salvo. Por esta razón Jesús, el Hijo de Dios, vino a la tierra, para solucionar este problema y ofrecer la salvación a todos.
A veces, cuando nos sentimos mal y tenemos miedo al diagnóstico, es difícil ir al médico. ¡Con Jesús no debemos temer nada! Aunque es verdad que “todos pecaron”, el remedio es seguro, absoluto y definitivo: creer en el Señor Jesús (Hechos 16:31).
“Lavaos y limpiaos… dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien… Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16-18).
Los dones no hacen espiritual a la persona A la iglesia en Corinto no le faltó ningún don, pero no tenía mucha espiritualidad. Eran muy carnales en sus vidas. Aún con los dones milagrosos no hay una garantía de espiritualidad. Parece que enfatizaron tanto los dones del Espíritu que ignoraron los problemas de su vida espiritual. Es cierto que cada creyente tenía un don espiritual, sin embargo es obvio que no por eso eran espirituales. Algunos creyentes pueden estar dotados en formas extraordinarias, pero faltarles muchas cualidades de espiritualidad. Lo que es absurdo es que la persona pueda engañarse a sí misma pensando que, por medio de su don, su servicio al Señor sigue aparentemente efectivo.
Los dones del Espíritu no son dados para hacerse espiritual, sino para capacitar a cada individuo en el Cuerpo de Cristo con un ministerio a los demás. La efectividad de este ministerio depende de la motivación de amor que impulse al dotado a servir a otros. La espiritualidad de un creyente está relacionada con su conocimiento bíblico y la disposición de obedecer lo que entiende de la Palabra. En realidad, necesitamos a los demás para ministrarnos a fin de que sigamos madurando en la fe y la vida cristiana. Mientras ministramos a otros, ellos nos ministran a nosotros y así el Cuerpo de Cristo va “edificándose” debido a que sus miembros se edifican el uno al otro.
El reconocimiento de su don no es vital para su servicio a Cristo Es cierto que cada creyente tiene un don espiritual que Dios le ha dado como El quiso en Su voluntad soberana. En 1 Corintios 12 aparentemente no todos los creyentes tenían el don que ellos hubieran preferido. Esta circunstancia era dada por el hecho de que el individuo no tenía la elección de sus dones. Es claro que cada creyente puede saber que tiene un don y debe tratar de identificarlo. Sin embargo, el don funcionará ya sea que el creyente lo reconozca o no. Por eso, mucha veces otras personas reconocen el don antes que la persona misma lo identifique.
Si la persona es sensible a la voluntad de Dios, su don llegará a ser evidente. Casi todos los dones vigentes tienen mandamientos relacionados (repartir, evangelizar, enseñar, exhortar, mostrar misericordia, tener fe, etc.). Si estamos practicando estos mandamientos algunos van a destacarse en ciertas áreas por el poder de su don. Aún el apóstol Pablo no fue reconocido como un apóstol hasta después de un largo tiempo de funcionar como apóstol (Gá. 2). Es evidente que para el creyente el reconocimiento de su don no tiene prioridad, porque no hay ninguna orden que obligue el creyente a descubrirlo. Muy pocos dones son descritos en detalle. De todos los mandamientos de la vida cristiana, ninguno se relaciona con una obligación de descubrir los dones. Inclusive, si no fuera por el problema de las lenguas en Corinto sabríamos muy poco de los dones espirituales.
Los dones hacen ciertos ministerios más fáciles, pero no limitan las demás responsabilidades en la obra del ministerio. Es mucho más importante seguir los mandamientos de la Palabra que conocer cuáles son nuestros dones. El peligro de descubrir el don es que la persona lo use como pretexto para ignorar o desobedecer otras responsabilidades bíblicas. Sin embargo, si uno tiene el conocimiento de su don y debe tomar una decisión en cuanto a la elección de un ministerio, se puede elegir aquel que más concuerde con el área para el cual Dios le capacitó. Es posible que su don pueda ser una indicación de la dirección de Dios para su vida.
Los dones son un Medio, no un Fin Los dones son un medio para edificar o servir al Cuerpo de Cristo. Tener un don no es el propósito o meta de la vida cristiana. Algunos han hecho del descubrimiento y la manifestación de su don la meta de su vida cristiana. Este concepto no es bíblico. Los dones no son para ser codiciados, ni para ser usados egoístamente, sino para servir a los demás (1 Co. 13). Si comparamos el descubrimiento de nuestros dones con otros principios del N.T. es evidente que la manifestación del fruto del Espíritu (Gá. 5:22–23) es más importante que la manifestación de los dones del Espíritu. El conocimiento bíblico y el pensar bíblicamente son más importantes que el reconocimiento de los dones. Es posible que el énfasis en ciertos dones pueda causar tremenda negligencia a otras verdades vitales de la vida cristiana. Por tanto, el enfoque debe estar más bien en el conocimiento de Su voluntad revelada y cómo practicarla diariamente. Los dones son dados para ministrarse el uno al otro. Cuando el Espíritu utiliza a otros para hablar a su vida por la Palabra, se la debe recibir con todo el corazón. Los dones no son secretos místicos que solamente los iniciados pueden conocer, sino capacidades dadas por Dios para suplir necesidades prácticas y para ser de bendición a otros. El conocimiento de su don no garantiza un poder mágico, ni un éxito asegurado. La persona que posee un don no es infalible, ni más excelente que otros, sino alguien que tiene una motivación (energía) y deseo especiales para servir a otros en su área. La búsqueda de poder puede ser una motivación pagana y egoísta. Los brujos como Simón el mago (Hc. 8), buscan más poderes tal como algunos en la actualidad. Solamente los dones de señales fueron otorgados completamente desarrollados desde el comienzo de su manifestación. Sería difícil sanar a una persona parcialmente, o hacer medio milagro. Los demás dones deben ser desarrollados por el ejercicio y las instrucciones o correcciones de los demás, para ir perfeccionándose en “la obra del ministerio” (Ef.4:12). Ningún creyente debe vivir bajo la tensión o ansiedad de descubrir sus dones. Es muy posible que pasarán años de servicio para el Señor hasta que su verdadero don se manifieste. Cuanto más estemos comprometidos en servir a Su Iglesia con nuestras vidas, más eficaces querrá Dios que seamos. El va a encargarse de iluminarnos en cuanto a nuestros dones, cuando sea importante desde Su punto de vista. Mientras tanto tenemos mucho por hacer en la obra de Dios, lo cual es necesario hacer hoy ya sea que tengamos el don o no.
Los dones milagrosos marcaron el comienzo de la Iglesia y la confirmación del Nuevo Testamento El propósito de este estudio ha sido el análisis de los dones no vigentes, con atención especial al énfasis excesivo que en nuestros días se coloca sobre los dones milagrosos. Los abusos que evidentemente son producto de una desviación de la enseñanza bíblica no son insignificantes ni se los puede ignorar. Lo que hoy es una desviación menor, mañana es una herejía. Cuando algo no está conforme a la Palabra de Dios, eventualmente resultará en un peligro serio para la Iglesia. Espero que el estudio haya clarificado ciertas verdades:
Primeramente, que no hay ninguna similitud entre los dones carismáticos actuales de profecía, milagros, sanidades y lenguas y los dones genuinos mencionados en el texto del Nuevo Testamento. La evidencia bíblica que comprueba que tales dones fueron temporarios es abundante, además de la comprobación de la evidencia histórica. Por tanto los fenómenos que se ven hoy en día no provienen del Espíritu.
En segundo lugar, la descripción de los dones en los evangelios y en Hechos indican una calidad de carácter indudablemente divino. Es imposible explicar lo que sucedió como algo psicológico o fingido. Los innumerables milagros que Jesús (Jn. 21:25) y también sus apóstoles realizaron, muestran que la única fuente fue el poder del Dios vivo. Los substitutos e imitaciones de hoy son, en comparación, pálidas falsificaciones de los hechos reales.
Finalmente, Dios dio estos dones milagrosos para establecer Su Iglesia. Este testimonio no ha sido visto antes, ni después de aquel tiempo. La confianza que tenemos de la validez de nuestra fe es la confirmación que Dios dio a aquellos hombres. Si la locura que hoy se observa es la misma cosa, ¿¡sobre qué estamos parados!? No, los dones milagrosos de los apóstoles obraron resultados idénticos a los milagros de Jesús y confirman que lo que ellos comunicaron a la Iglesia, especialmente por escrito, tiene la autoridad de Jesús mismo.
Fanning, D. (2012). Dones Vigentes (First Edition, pp. 277-280). Branches Publications.
5 de febrero «En aquel tiempo, respondiendo Jesús…». Mateo 11:25
Es este un modo singular de comenzar un versículo: «En aquel tiempo, respondiendo Jesús…». Si observas el contexto, no podrás ver señales de que alguna persona le haya preguntado algo o que él haya estado conversando con alguien. No obstante, está escrito: «Respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre…». Cuando un hombre responde, responde a una persona que ha estado hablando. ¿Quién, pues, ha hablado a Cristo? ¿Su Padre? No obstante, no hay indicio de ello. Esto debiera enseñarnos que Jesús tuvo siempre constante comunión con su Padre, y que Dios hablaba a su corazón tan frecuentemente que la presente no era una circunstancia tan extraordinaria como para ser consignada. Conversar con Dios constituía el hábito y la vida de Jesús.
Como Jesús era en este mundo, así somos nosotros. Aprendamos, pues, la lección que esta simple declaración acerca de él nos enseña. Tengamos, además, silencioso compañerismo con el Padre, de manera que podamos responderle frecuentemente y, aunque el mundo no sepa con quién hablamos, podamos nosotros responder a aquella voz secreta, desconocida sí para otros oídos, mas no para los nuestros, los cuales, abiertos por el Espíritu de Dios, la reconocen con gozo. Dios nos ha hablado; hablémosle nosotros a él, ya para certificar que Dios es veraz y fiel a sus promesas, ya para confesar el pecado del que el Espíritu Santo nos ha convencido, ya para reconocer el perdón que nos ha dado o para expresar nuestro asentimiento a las grandes verdades que el Espíritu Santo ha declarado a nuestro entendimiento. ¡Qué privilegio es tener íntima comunión con el Padre de nuestros espíritus! Es este un secreto oculto para el mundo, un gozo en el cual ni aun los más íntimos amigos se inmiscuyen.
Si deseamos oír los susurros del amor de Dios, nuestros oídos deben estar purificados y dispuestos a escuchar su voz. Que en esta misma tarde nuestros corazones puedan hallarse en tal condición que, cuando Dios nos hable, nosotros, a semejanza de Jesús, podamos estar preparados para responderle enseguida.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 44). Editorial Peregrino.
Domingo 5 Febrero (Jesús dijo:) No puedo yo hacer nada por mí mismo… porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre. Juan 5:30 Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar. Juan 12:49
Jesús – su sumisión (5) Al comer del fruto prohibido, Adán actuó de forma independiente de Dios, actuó según su propia voluntad. Sus descendientes también se organizaron sin tener en cuenta a Dios. Desde entonces el hombre se cree dueño de sí mismo, con el derecho de hacer lo que quiere.
Jesús nunca actuó de esta manera. La voluntad de Dios dirigía su conducta y era su razón de vivir, su gozo. ¡No hacía ni quería hacer nada sin él! Comía, bebía, hablaba y actuaba según la voluntad de su Padre.
– Antes de comenzar su ministerio público, Jesús ayunó durante cuarenta días. Satanás, sabiendo que Jesús tenía hambre, le sugirió utilizar su poder para transformar piedras en pan. Pero Jesús nunca utilizó su poder para su propio beneficio. La Palabra de Dios lo sostenía, y Dios lo alimentaría…
– Cuando le informaron que su amigo Lázaro estaba enfermo, esperó una orden de su Padre para visitar a esa amada familia. Cuando llegó, Lázaro había muerto desde hacía cuatro días. Entonces Jesús lo resucitó, y así el Padre manifestó la gloria de su Hijo.
– Poco antes de la crucifixión, Jesús tuvo una terrible lucha: Dios quería salvar a los hombres, y para ello Jesús debía llevar sus pecados y sufrir el castigo que ellos merecían. ¡Él no podía desear eso, pues era totalmente santo! Entonces suplicó a su Dios “con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7). Pero se sometió a la voluntad de Dios, y dio su vida por nosotros.
(continuará el próximo domingo) 1 Samuel 30 – Mateo 22:23-46 – Salmo 19:7-10 – Proverbios 7:6-23