Un bosque siempre es más próspero que un árbol aislado, pues conserva mejor la humedad, el suelo es más rico y las raíces encuentran más nutrientes para que los árboles crezcan.
Esta imagen del bosque nos anima a buscar la compañía de otros cristianos para alabar y orar al Señor, para comprender sus pensamientos y crecer juntos en la fe… aunque la fe de cada uno crece a su ritmo.
En el bosque, los árboles grandes en buen estado sanitario son más fuertes para soportar las ráfagas de viento, y protegen a los más pequeños. Así, en una asamblea (iglesia) cristiana, los hermanos y hermanas más maduros protegen a los más jóvenes y les ayudan a afrontar las dificultades de la vida, con el Señor.
La diversidad de las especies constituye la riqueza y la belleza de un bosque, pues cada árbol es diferente.
El punto en común es que todos tienen raíces. Del mismo modo, en una iglesia cristiana cada uno contribuye a la armonía del conjunto, estando bien “arraigados” en el amor de Jesús, teniendo una vida personal con el Señor. “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él” (Colosenses 2:6-7).
Dios desea que sus hijos vivan juntos, con Jesús como centro de nuestra vida, y que se cuiden unos a otros. Una iglesia en la que los cristianos se aman, se perdonan y se ayudan mutuamente, es un mensaje sin palabras que todos pueden oír. Es como “una ciudad asentada sobre un monte”, que “no se puede esconder” (Mateo 5:14).
La mayoría de nosotros se conforma muy fácilmente. No es que pidamos mucho de nuestro Salvador. El problema es exactamente lo contrario —estamos dispuestos a conformarnos con muy poco. Nuestras metas personales, nuestros deseos y sueños son demasiado cortos en comparación con los planes y propósitos de Dios.
Él no se conformará con nada menos que asemejarnos completamente a la imagen de su Hijo. Él derrotará final y completamente al pecado y a la muerte. No abandonará su propósito por ninguna razón y en ningún momento. El problema es que frecuentemente no coincidimos con su pensamiento ni aceptamos su propósito. Otras mentalidades nos capturan obstaculizando nuestro crecimiento espiritual:
1. La mentalidad consumidora. En ella somos como compradores religiosos. Realmente no tenemos lealtad al plan de Dios. Buscamos una experiencia religiosa que sea cómoda y satisfaga lo que percibimos como necesidades; no tenemos problema en movernos cuando nos sentimos insatisfechos.
2. La mentalidad de “bien es lo suficientemente bueno”. En ella estamos satisfechos con los cambios que la gracia ha traído a nuestras vidas, pero nos conformamos con facilidad. Estamos satisfechos con un poco de literatura cristiana o conocimiento teológico, un matrimonio un poco mejor, un poco de crecimiento espiritual, por citar algunos ejemplos. Dejamos de buscar, pero Dios está lejos de haber terminado de transformarnos.
3. La mentalidad de “esta cosa mala podría funcionar”. En ella intentamos sacar lo mejor de lo que Dios dice que no es bueno. Por ejemplo, un matrimonio está satisfecho con la distensión matrimonial; es decir, aprenden a negociar las idolatrías de cada uno en lugar de trabajar por un matrimonio piadoso.
4. La mentalidad de la comodidad personal contra la santidad personal. En ella lo que captura nuestros corazones es el anhelo de una vida cómoda, placentera, predecible, y libre de problemas. Acostumbramos a juzgar la bondad de Dios basados en qué tan bien funciona la vida para nosotros y no basados en su promesa de que todo nos ayuda para bien (Ro. 8:28).
5. La mentalidad evento contra proceso. En ella somos impacientes. Queremos que Dios haga las cosas buenas que nos ha prometido, pero no queremos perseverar a través de un proceso que dura toda la vida. Queremos que la obra de Dios sea un evento en lugar de un proceso, y cuando no lo es, nuestro compromiso comienza a disminuir.
Pregúntate a ti mismo hoy: “¿Qué es lo que quiero realmente de Dios?”. ¿Has hecho de los propósitos de su gracia tu propósito de vida? ¿Quieres lo que Él desea o simplemente te conformas muy fácilmente? Recuerda: Bien no es suficiente; una completa semejanza a la imagen de Cristo es el objetivo de la gracia (Ef. 4:13; Ro. 8:29).
Paul Tripp es pastor, autor y conferencista internacional. Él es el presidente de Ministerios Paul Tripp y trabaja para conectar el poder transformador de Jesucristo con la vida cotidiana. Esta visión lo ha llevado a escribir libros sobre vida cristiana y a viajar por todo el mundo predicando y enseñando. La pasión que guía a Paul es ayudar a la gente a comprender cómo el evangelio de Jesucristo habla con esperanza práctica en la vida cotidiana.
Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com
Hoy continuamos con esta serie sobre el carácter del cristiano. Estamos explorando cómo los diversos requisitos del carácter de los ancianos son en realidad un llamado de Dios para todos los cristianos. Mientras que los ancianos tienen como propósito ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deben mostrarlos igualmente. Quiero que examinemos si es que estamos mostrando estos rasgos y aprender juntos cómo podemos orar para tenerlos en mayor medida.
Nuestro tema de hoy es una calificación que Pablo repite tanto en 1 Timoteo 3: 2 como también en Tito 1:6. La LBLA lo traduce como “marido de una sola mujer”, una descripción común del griego, que significa, literalmente, “hombre de una sola mujer.” Hay varias maneras en que podríamos interpretar esta calificación. ¿Significa que Pablo está diciendo que un pastor no puede ser un polígamo? ¿Quiere decir que un anciano debe estar casado? ¿Quiere decir que el pastor no puede haber sido previamente divorciado y vuelto a casar? Ninguna de estas cosas llega al fondo del asunto. John MacArthur dice, “No es algo relativo al estado civil, sino al carácter. No es una cuestión de circunstancia, es una cuestión de virtud. Y el asunto aquí tiene que ver con un hombre que se halle total y exclusivamente dedicado a la mujer que es su esposa. Es una cuestión de carácter. Es hombre de una sola mujer. Cualquier cosa menos que esto es una descalificación”.
De manera similar, en su libro Liderazgo Bíblico de Ancianos, Alexander Strauch nos recuerda que la primera calificación, irreprensible, es un resumen que se define por las virtudes que le siguen. Él escribe: “En las dos listas de calificaciones de Pablo, él coloca la calificación “marido de una sola mujer” inmediatamente después de “irreprensible.” Así que la primera y más importante área en la que un anciano debe ser irreprensible es en su vida conyugal y sexual. … La frase “marido de una sola mujer” está destinada a ser una declaración positiva que expresa fidelidad conyugal, monogamia. En español diríamos, “fiel y verdadero a una mujer.” Philip Ryken dice que Pablo “quiere que los líderes de la iglesia sean ejemplos vivos de un matrimonio bíblico: Un hombre y una mujer en un pacto de amor de por vida”.
De la misma manera en la que un anciano debe ser un ejemplo de integridad sexual, también hay un llamado dirigido a todos los cristianos a “abstengáis de inmoralidad sexual” (1 Tesalonicenses 4: 3). Esto es cierto ya sea que el cristiano esté casado o sea soltero, hombre o mujer. Pablo ordena a toda la congregación en Corinto a “Huid de la fornicación” y advierte que “Todos los demás pecados que un hombre comete están fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo.” (1 Corintios 6:18). Al escribir a la iglesia reunida en Éfeso, Pablo establece un estándar tan alto como para exigir “Pero que la inmoralidad, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como corresponde a los santos;” (Efesios 5:3). Si tú eres “inmoral o impuro”, dice, no tienes ninguna “herencia en el reino de Cristo y de Dios.”(Efesios 5: 5). Escribiendo de nuevo a toda una congregación, Pablo llama tal fornicación una de las “obras de la carne” (Gálatas 5:19).
Por supuesto, al igual que con todos estos requisitos, no vamos a ejemplificarlos perfectamente por lo que siempre hay que volver a las buenas nuevas de salvación y santificación por medio de Jesucristo. Pablo también dice que a pesar de que algunos miembros de la congregación habían sido “fornicarios” y por lo tanto no tenían herencia en el reino de Dios, comienza a alegrarse al expresar, “Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”(1 Corintios 6: 9-11). Les recuerda que su pecado sexual está relacionado con el viejo hombre y sus malos caminos, no con el nuevo hombre y sus caminos rectos. Aun así, el llamado a la pureza sexual es uno de los mandatos más importantes y repetidos en el Nuevo Testamento.
Por lo tanto, esta calificación es un llamado a la devoción—devoción primeramente a Dios y luego a un cónyuge dado por Dios. Sin lugar a dudas es un llamado a alejarnos del adulterio, pero también a alejarnos de un corazón errante, de ojos errantes, o manos errantes. Es un llamado para cada uno de nosotros a ser puros y castos, a ser ejemplos en carácter y conducta, ya sea en el matrimonio o en la soltería. Es un llamado a los casados a buscar y disfrutar la relación sexual con su cónyuge y un llamado a los solteros a someter voluntariamente su sexualidad a la voluntad y el cuidado de un Dios de amor.
Autoevaluación Para fortalecer tu lucha contra la inmoralidad sexual y tu esfuerzo hacia la pureza sexual, te animo a evaluarte a ti mismo a la luz de preguntas como las que están a continuación: – A pesar de que tú eres imperfecto, ¿podrías estar delante el Señor y decir honestamente, “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”(Salmo 139: 23-24)?
– ¿Existen pecados sexuales que hayas cometido los cuales tienes que confesar y arrepentirte? ¿Hay algún o algunos pecados que hayas estado escondiendo y que necesitas sacar a la luz? (Salmo 32:3-7)
– ¿Existen ciertos escenarios o contextos donde eres especialmente propenso al fracaso sexual? ¿Qué precauciones has tomado para evitar estas situaciones? ¿Existen acciones radicales que todavía necesitas tomar? (Mateo 5: 27-30)
– ¿Sirve tu matrimonio como un ejemplo del diseño ideal de Dios para el matrimonio? ¿Estás enamorado de tu cónyuge? ¿Buscas regularmente la unión sexual con tu cónyuge? (1 Corintios 7: 3-5)
– ¿Disfrutas regularmente de entretenimiento que muestra desnudo explícito o que envilecen el diseño y el propósito de Dios para la sexualidad? ¿Te abstienes voluntariamente de toda forma de mal y te niegas a hacer del mismo un asunto trivial? (1 Tesalonicenses 5:22; Efesios 5: 3)
Puntos de oración Si vamos a incrementar nuestra pureza sexual, mantenerla, y crecer en ella, debemos orar. Les animo a orar de esta manera:
– Oro para que me des el deseo y la sabiduría de proteger mi corazón de todas las formas de inmoralidad sexual. Yo oro para ser diligente en confesar y abandonar todo pecado sexual conocido. [Considera orar a través de Proverbios 6:23-35]
– Para los hombres: Oro para considerar a las ancianas, como a madres y a las mujeres jóvenes, como a hermanas, con toda pureza. (1 Timoteo 5: 1-2)
– Para las mujeres: Oro para considerar a los hombres mayores como a padres y a los hombres más jóvenes como a hermanos, con toda pureza. (1 Timoteo 5: 1-2) – Oro para que purifiques mi corazón para que el pecado de adulterio—expresado incluso en pensamientos y miradas lujuriosas—pierda todo su poder sobre mí. (Mateo 5: 27-30) “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío.” (Salmo 19:14)
– Oro para no desanimarme cuando peque. Por favor, déjame tener consuelo en el conocimiento de que cuando confieso mis pecados, eres fiel y justo para perdonar mis pecados y limpiarme de toda maldad. (1 Juan 1: 9)
Publicado originalmente en Challies.com | Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio
Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres – Lucas 10:40
Su falta no consistió en que ella sirviera: la condición de siervo le sienta bien a todo cristiano. «Yo sirvo» debiera ser el lema de todos los príncipes de la familia real del Cielo. Su falta tampoco consistió en que ella desempeñase muchos quehaceres.
Nunca podemos hacer demasiado. Hagamos todo lo que nos sea posible: que la mente, el corazón y las manos estén ocupados en el servicio del Maestro. Tampoco consistió su falta en que estuviera ocupada en la preparación de una fiesta para el Maestro. ¡Dichosa Marta, que tuvo la oportunidad de agasajar a tan bendito huésped; y dichosa, también, porque tuvo el valor de poner toda su alma, tan sinceramente, en tal ocupación! Su falta consistió en que ella «se preocupaba con muchos quehaceres», de suerte que se olvidaba de él, y solo recordaba el servicio.
Ella permitió que el servicio anulase la comunión y así presentó un deber manchado con el descuido de otro. Debemos ser Marta y María a la vez. Tenemos que servir mucho y, al mismo tiempo, tener mucha comunión. Para esto necesitamos mucha gracia. Es más fácil servir que estar en comunión. Josué nunca se cansó en la lucha con los amalecitas; pero Moisés, orando en la cumbre de la montaña, necesitó dos ayudadores para que le sostuviesen las manos en alto.
Cuanto más espiritual sea el trabajo más pronto nos cansaremos. Las frutas más delicadas son las más difíciles de cultivar. La mayor parte de las virtudes espirituales son sumamente difíciles de desarrollar. Querido amigo, al tiempo que no olvidamos las cosas externas —que son muy buenas en sí mismas—, debemos también procurar disfrutar de una comunión con Jesús viva y personal. No te olvides de sentarte a los pies del Salvador, aun bajo el especioso pretexto de estarle sirviendo.
La primera cosa para la salud de nuestra alma, la primera cosa para su gloria y la primera cosa para nuestra utilidad, es conservarnos en perpetua comunión con el Señor Jesús y cuidar de mantener la vital espiritualidad de nuestra religión por encima de cualquier otra cosa en el mundo.
Una publicidad para un videojuego indicaba: «¡Ya hay catorce millones de jugadores! Este juego podría tomar el control de tu vida…». Efectivamente, algunos juegos se vuelven adictivos muy rápido. Es como una alternativa a la vida real, que a menudo es difícil. La mente se evade a otro universo, que creemos poder controlar. Podemos ser adictos al juego, a la droga, al alcohol y a muchas otras cosas. Una persona es adicta cuando se deja dominar por algo hasta el punto que ya no controla el tiempo que pasa en dicha actividad.
¿Qué es lo que nos guía? ¿Qué orienta nuestra vida? ¿Qué hacemos con nuestra existencia? Es preciso hacernos estas preguntas para no perder nuestra vida. ¿Ella es útil? ¿Tiene un sentido? ¿Cuál es el objetivo que persigo?
Un profeta de la Biblia decía: “Conozco, oh Señor, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos” (Jeremías 10:23). Dios quiere que tome conciencia de mi incapacidad para conducirme solo. Sin Dios ando errante por la tierra, sin rumbo, sin objetivo, sin esperanza. Pero él quiere ayudarme, por ello debo dejarle el control de mi vida. ¡Él quiere lo mejor para mí! Él me dice: “He puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal; porque yo te mando hoy que ames al Señor tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos… para que vivas y seas multiplicado, y el Señor tu Dios te bendiga” (Deuteronomio 30:15-16).
“La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:11-12).
Una vez me presentaron en una convención como el hombre que es mucho más simpático en persona que en sus libros. No pude evitar reírme, ya que esta presentación era sin duda una broma amistosa. Pero había verdad en esas palabras, y yo lo sabía.
Entiendo que muchos -tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella- me consideren un cascarrabias, hiperdoctrinal, duro, inflexible e intransigente. Incluso me han llamado mezquino. Y, en cierto modo, entiendo por qué la gente me ve así; después de todo, parece que casi siempre estoy en el centro de algún debate evangélico. Algunas de las personas más cercanas a mí me han dicho que ya es hora de explicar por qué. Este pequeño libro es mi intento de hacerlo.
Cuando era joven y me preparaba para el ministerio, nunca pensé que me pasaría la vida luchando. No sabía que este era el ministerio que Dios tenía para mí. Pero aquí estoy.
Y cuanto más reflexiono sobre el ministerio, más me doy cuenta de que hay una cierta esquizofrenia en él, una especie de mundo dual en el que vivo. Mi trabajo es tratar a aquellos que Dios ha puesto bajo mi cuidado -la gente de Grace Community Church- con amor, ternura, amabilidad, misericordia y compasión. Tiene que haber confianza entre un pastor y su pueblo, la suavidad del cuidado pastoral. Y sin embargo, al mismo tiempo, tengo que librar batallas para proteger a las ovejas de Grace Church.
Dios me ha dado la responsabilidad de luchar por mi rebaño, y estoy llamado a llegar muy lejos para hacerlo.
Charles Spurgeon utilizó la imagen de la espada y la paleta para describir esta doble realidad pastoral: con la paleta, el pastor está construyendo cuidadosamente su iglesia. Y con la espada en la otra mano, está luchando para proteger lo que ha construido. La imagen de un pastor como alguien que, por un lado, es un pastor tierno y, por otro, un guerrero que lucha contra el enemigo, es fundamental para la noción bíblica de pastor.
Pablo advierte a los ancianos de Éfeso de esta realidad en Hechos 20: que entrarían lobos de entre ellos, que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29). Hombres malvados se levantarían y llevarían a muchos por mal camino, y hoy estamos presenciando exactamente eso. Este es el estado actual de nuestra iglesia.
Pero entre muchos líderes evangélicos de estos días, parece haber una renuencia a luchar. La iglesia cree ahora que el papel del pastor es complacer y mimar a los inconversos; los líderes de hoy se apresuran a evitar la más mínima ofensa, cuando, en realidad, todo su ministerio estaba destinado a ser una ofensa. Como resultado, hay mucho menos convicción en la iglesia de lo que solía haber. Muchos pastores ya no defienden los temas por los que nuestros padres en la fe una vez perdieron sus vidas.
Mi oración y anhelo, no sólo por los pastores sino por todos los creyentes, es que lleguen al final de sus vidas y puedan exhalar con el apóstol Pablo, He peleado la buena batalla. Y mientras estemos vivos, esta lucha nunca terminará. Los personajes cambian, los escenarios cambian, pero la batalla sigue siendo la misma: la lucha es siempre y para siempre por la Palabra de Dios.
Y, por desgracia, he perdido a muchos amigos en esta lucha. He visto -lenta y constantemente- cómo se adelgazaban las filas ministeriales. ¿Por qué hemos perdido a tantos? Porque ya no estaban dispuestos a librar la batalla cuando y donde ésta era más feroz.
Hay un viejo refrán que dice que si luchas la batalla en todas partes menos donde es más intensa, eres un soldado infiel. He visto la triste realidad de ese dicho ante mis ojos. Los líderes de la iglesia deben ir al punto del conflicto más feroz, y luego deben permanecer allí.
No basta con adoptar una postura donde no hay lucha. El terreno donde se libra la batalla es donde se demuestra la fidelidad.
Pero comprendo los estragos que puede causar la lucha. Recuerdo haber leído la triste biografía de A.W. Pink, una mente tan formidable y un erudito tan fiel. Pasó la mayor parte de su vida estudiando, predicando y pastoreando y, sin embargo, en sus últimos días, se encontró recluido en un pequeño apartamento de la costa norte de Escocia. Lo único que le quedaba era hostilidad hacia el mundo.
¿Cómo acabó así?
A.W. Pink se cansó del rechazo, de la batalla. Dejar el pastorado fue potencialmente el momento decisivo en la caída de A.W. Pink. Se alejó de una congregación amorosa de personas que equilibraban los desafíos y las decepciones del ministerio con amor y aliento. Abandonar el ministerio pastoral y convertirse en un pastor errante sin ningún lugar al que acudir para ser abrazado y amado es algo peligroso. Deja al pastor vulnerable al cansancio de la lucha. El ministerio consiste en luchar contra el enemigo por el bien de la verdad y la protección de tu pueblo, y luego derramar tu corazón a una congregación de personas que te amarán y te sostendrán en sus corazones. Esto es lo que llena de alegría mi corazón de pastor.
Soy un defensor de la verdad, y la Iglesia es el pilar y el apoyo de la verdad. En definitiva, vivo para la verdad. Nunca quiero tergiversar la verdad. Pero una vez que comprendo la Palabra de Dios, no se me pasa por la cabeza lo que puedan pensar los demás. Mi suposición es que los santos abrazarán la verdad, y los perdidos la rechazarán. Nuestro Señor enseñó la verdad pura y fue crucificado a mano de las multitudes. El mundo es hostil a la verdad, que es la razón por la que hay una batalla.
Mi trabajo es defender fielmente la verdad, no complacer a los hombres.
En los primeros años de mi vida y de mi ministerio pastoral, el enemigo solía estar fuera de la Iglesia: en las sectas, en las falsas religiones y en la flagrante impiedad. Pero ahora el enemigo -parece que cada día- encuentra nuevas grietas por las que colarse en la Iglesia. En mi ministerio de hoy, apenas recibo hostilidad de los que están fuera de la iglesia, pero recibo mucha de los que están dentro de ella. Y esto es exactamente lo que Judas dijo que sucedería. Judas escribe:
Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos. Pues algunos hombres se han infiltrado encubiertamente, los cuales desde mucho antes estaban marcados para esta condenación, impíos que convierten la gracia de nuestro Dios en libertinaje, y niegan a nuestro único Soberano y Señor, Jesucristo. (Judas 3-4, la cursiva es mía)
¿Por qué lucho? Sencillamente, porque se me ha ordenado hacerlo.
En este pasaje se me ordena contender fervientemente por la fe revelada en las Sagradas Escrituras que ha sido “transmitida una vez para siempre a los santos.” Esta es la esencia misma de la vida cristiana.
La vida cristiana no trata de personalidades u opiniones; trata de la verdad.
Judas es el único libro de las Escrituras enteramente dedicado a la lucha por la verdad. En el Nuevo Testamento, Judas se sitúa a la sombra del libro del Apocalipsis, y sigue inmediatamente a 1-3 Juan, libros enteramente dedicados al concepto de la verdad. Por ejemplo, los primeros versículos de 2 Juan dicen:
El anciano a la señora escogida y a sus hijos, a quienes amo en verdad, y no solo yo, sino también todos los que conocen la verdad, a causa de la verdad que permanece en nosotros y que estará con nosotros para siempre: Gracia, misericordia y paz serán con nosotros, de Dios Padre y de Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y amor. Mucho me alegré al encontrar algunos de tus hijos andando en la verdad, tal como hemos recibido mandamiento del Padre. (2 Juan 1-4a, la cursiva es mía)
La verdad se repite cinco veces en el discurso inicial de esta carta. El mismo énfasis puede encontrarse en las palabras iniciales de 3 Juan:
El anciano al amado Gayo, a quien yo amo en verdad. Amado, ruego que seas prosperado en todo así como prospera tu alma, y que tengas buena salud. Pues me alegré mucho cuando algunos hermanos vinieron y dieron testimonio de tu verdad, esto es, de cómo andas en la verdad. No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad. (3 Juan 1-4, la cursiva es mía)
Las últimas cartas del último apóstol vivo estaban dedicadas a la preeminencia de la verdad. E inmediatamente después de las últimas cartas de Juan está el libro de Judas. El mensaje de Judas es que los creyentes van a tener que luchar hasta el final por la verdad. A medida que se acerca el fin, los falsos maestros se multiplicarán, propagando mentiras que muchos creerán. Como resultado, esta Era de la Iglesia es esencialmente una lucha incesante por la verdad, hasta que el Señor regrese.
Fue el Señor quien preguntó: “Cuando venga, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lucas 18:8). Qué pregunta tan sorprendente, sobre todo a la luz de lo vibrante que fue el comienzo de la iglesia. El día de Pentecostés, tres mil almas se convirtieron a la Iglesia. Luego, en los días y semanas siguientes, miles y miles se arrepintieron y creyeron. Esto fue solo en los primeros meses de la iglesia.
Pero la pregunta de Jesús aún permanece: “Cuando Él venga, ¿encontrará fe en la tierra?”
La implicación es clara: no podemos dar por sentado que la fe se va a extender como un reguero de pólvora por todo el mundo. Las mentiras del enemigo van a intentar -por todos los métodos imaginables- ahogar la expansión de la iglesia. Las batallas implican oposición. Y si usted piensa que es menos que una batalla, el ministerio será un shock total.
Pablo escribe sobre estos últimos días:
Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios. (1 Tim. 4:1)
Este versículo advierte de los falsos maestros que han perdido todo temor de Dios, que han cauterizado de tal manera sus conciencias que sus conciencias están marcadas en silencio.
Pablo advierte a los creyentes tesalonicenses: “Que nadie os engañe en ninguna manera, porque no vendrá sin que primero venga la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición,” (2 Tesalonicenses 2:3). Viene una apostasía, una enorme deserción de la iglesia.
El libro de 2 Pedro advierte que vendrán falsos maestros. Pedro escribe:
Pero se levantaron falsos profetas entre el pueblo, así como habrá también falsos maestros entre vosotros, los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras, negando incluso al Señor que los compró, trayendo sobre sí una destrucción repentina. Muchos seguirán su sensualidad, y por causa de ellos, el camino de la verdad será blasfemado; y en su avaricia os explotarán con palabras falsas. El juicio de ellos, desde hace mucho tiempo no está ocioso, ni su perdición dormida.. (2 Pedro 2:1-3)
La batalla se libra entre la verdad y los que propagan el error. Pedro escribe que ya vienen; y luego Judas dice que ya están aquí. Llegaron los falsos maestros. Y ahora es una parte esencial de la vida cristiana de cada creyente ejercitar el discernimiento y entrar en batalla contra estas amenazas inminentes sobre y dentro de la iglesia.
La historia de la Iglesia es una larga guerra. Es implacable y exige valentía. El discernimiento es necesario en todo momento. Requiere audacia y sacrificio, sacrificio de popularidad, relaciones y amistades queridas. Pero la verdad merece la pena.
John MacArthur
Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.
Como cada tarde, Peadar se había ido a dar un paseo por la playa irlandesa. De repente vio una botella en la arena, dejada por las olas. Al principio no vio nada raro, pero observándola de cerca notó que contenía una carta. Entonces se descubrió que fue echada al mar por los miembros de una expedición cerca del Polo Norte, hacía tres años, con el objetivo de hacer un estudio sobre las corrientes marinas. ¡La botella había llegado hasta Irlanda! El caminante recibió una buena recompensa.
Quizás usted lee por primera vez el versículo de hoy, en el que el apóstol Pablo pide la gracia de Cristo para los creyentes de Tesalónica. Pasaron casi 2000 años desde que esta carta fue enviada. Es un documento fundamental, ya que forma parte de la Biblia, la Palabra de Dios dirigida a todos los hombres. Es un milagro que esta epístola, así como los demás libros de la Biblia, haya sobrevivido a través de los innumerables peligros en la historia. Durante la persecución a los cristianos, a menudo las Biblias fueron confiscadas y quemadas. Sin embargo, Dios veló y velará siempre para que sus testimonios escritos sean preservados. Su valor es permanente y universal, y su enseñanza moral aún nos guía hoy.
Quizás usted ha pasado distraídamente al lado de esa botella en la arena, es decir, la Biblia que está en su estantería. Lea su mensaje, pues es vital para usted.
23 de enero Nos acordaremos de tus amores más que del vino Cantares 1:4
Jesús no permitirá que su pueblo se olvide de su amor. Si llegara a olvidarse de todo el amor que ha disfrutado, él lo visitaría con nuevo amor. «¿Olvidas mi cruz? —dice—; yo te la haré recordar. Pues en mi mesa me manifestaré a ti otra vez. ¿Olvidas lo que hice por ti en el consejo secreto de la eternidad? Yo te lo recordaré, porque tú necesitarás un consejero y me hallarás pronto cuando me llames».
Las madres no dejan que sus hijos las olviden. Si el hijo se ha ido a Australia y no escribe a casa, su madre le pregunta en una carta: «¿Se ha olvidado Juan de su madre?». Entonces le llega una amable misiva que demuestra que aquella suave advertencia no resultó en vano. Así pasa con Jesús. Él nos dice: «Recuérdame». Y nuestra respuesta es: «Nos acordaremos de tus amores». Nosotros recordaremos tu amor y su incomparable historia: tu amor es tan antiguo como la gloria que tuviste con el Padre antes que el mundo fuese. Recordamos, oh Jesús, tu eterno amor cuando te convertiste en nuestro Fiador y nos desposaste contigo. Recordamos el amor que inspiró tu sacrificio de ti mismo: amor que, hasta el cumplimiento del tiempo, pensó en ese sacrificio y ansió la hora acerca de la cual, en el rollo del libro, está escrito de ti: «He aquí, vengo». Recordamos tu amor, oh Jesús, como se manifestó a nosotros en tu vida santa, desde el pesebre de Belén hasta el huerto de Getsemaní.
Nosotros seguimos tus pisadas de la cuna al sepulcro, porque todas tus palabras y todas tus obras fueron de amor, y nos regocijamos en tu amor que la muerte no agotó; tu amor, que brilló con esplendor en tu resurrección.
Recordamos aquel ardiente fuego de amor que nunca te hará guardar silencio hasta que tus escogidos estén todos recogidos con seguridad, hasta que Sion sea glorificada y Jerusalén se establezca sobre sus eternos fundamentos de luz y de amor en el Cielo.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 31). Editorial Peregrino.
«¿Acaso teme Job a Dios de balde?». Job 1:9 Esta fue la perversa pregunta de Satanás tocante a aquel hombre recto de la antigüedad, pero hay muchos actualmente acerca de quienes se puede con justicia formular esta pregunta, pues aman a Dios por costumbre, porque él los prospera; pero si las cosas les fueran mal, abandonarían toda la fe en Dios de que hacen alarde.
Si pueden ver claramente que, desde el momento de su supuesta conversión, el mundo los ha prosperado, entonces seguirán amando a Dios en una pobre forma carnal; pero si tienen que hacer frente a la adversidad, entonces se rebelarán contra el Señor. El amor de los tales es el amor por la comida, no por quien les da alojamiento: un amor a la despensa, no al dueño de la casa. El verdadero cristiano espera recibir su galardón en la vida venidera y, en este mundo, espera sufrir aflicciones. La promesa del antiguo pacto era la prosperidad, pero la promesa del nuevo pacto es la adversidad. Recuerda las palabras de Cristo: «Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto [¿qué pasa con él?] lo poda para que dé más fruto» (Jn. 15:2, LBLA).
Si das fruto, tendrás que sufrir aflicción. «¡Ay! —dirás tú—, qué terrible perspectiva». No obstante, esta aflicción produce tan valiosos resultados que el cristiano que se ve sometido a ella tiene que aprender a regocijarse en las tribulaciones, porque en la medida que abundan sus tribulaciones así abundan también sus consuelos en Cristo Jesús. Si eres un hijo de Dios puedes estar seguro de que no dejarás de conocer la vara de la aflicción. Tarde o temprano todo lingote de oro tiene que pasar por el fuego. No temas, sino regocíjate, de que te sean reservados tiempos tan fructíferos, pues en ellos serás separado del afecto a la tierra y hecho idóneo para el Cielo; serás librado de la adhesión a lo presente y se te harán anhelar las cosas eternas que pronto te han de ser reveladas.
Cuando sientas que, en cuanto al presente, no sirves a Dios por interés, entonces te regocijarás en la infinita recompensa del futuro.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 30). Editorial Peregrino.
Jesús… siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Adán, el primer hombre, quiso elevarse y volverse como Dios. Jesús, el Hijo de Dios, se humilló a sí mismo para hacerse hombre.
Vivió como hombre en la tierra que él mismo había creado. Sabía todo, podía todo y tenía el control sobre todo. Entonces, ¿trató de impresionarnos con su grandeza? ¡Jamás! Él no vino para ser servido, sino para servir (Marcos 10:45). Escogió como discípulos a personas en su mayoría poco instruidas y se hizo su siervo, hasta el punto de lavarles los pies (Juan 13:1-15). Se acercó a los pobres, los débiles y los desdichados para consolarlos, y nunca trató de hacer que lo admirasen por sus milagros (Juan 7:3-4). Cuando quisieron hacerlo rey, se fue a otro lugar (Juan 6:15). Lo trataron de bebedor y de loco, pero no se defendió (Lucas 7:34; Juan 10:20). A la gente cansada de la vida, le decía: “Venid a mí… soy… humilde de corazón” (Mateo 11:28-29). ¡Era el hombre más accesible de todos!
Después de vivir en humildad, Jesús, al final de su ministerio, “se humilló a sí mismo” hasta la muerte, por obediencia a Dios. Lo escupieron, lo trataron indignamente, y por último lo condenaron y lo crucificaron entre dos malhechores. Para el santo Hijo de Dios, la crucifixión fue la humillación extrema.
Pero Dios halló su complacencia en el humilde Jesús, y lo demostró: “Le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).
“Dios… le resucitó de los muertos y le ha dado gloria” (1 Pedro 1:21).