Familias que se desintegran

13 Junio 2017

Familias que se desintegran
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 3:1-18

La tentación de cualquier hijo del que está dedicado al ministerio cristiano es ver al trabajo del ministerio como un trabajo más, como cualquier otra ocupación religiosa. Derribar esa muralla de “religión pública” debe ser la gran responsabilidad del padre-ministro, si quiere que sus hijos entiendan que no se trata de una profesión más o de una actividad de entretenimiento donde la madre o el padre hacen una representación.

La palabra clave es autenticidad. No perfección, por supuesto, ya que nadie hace siempre bien todas las cosas. Es ser auténticos. Reconozca sus errores, hágase responsable totalmente de ellos, pida perdón, sea rápido en darlo, dé a sus hijos suficiente espacio para cometer errores, y permítales que vean su vida entre bastidores, con amor, cordialidad y humor. Todo esto toma tiempo y esfuerzos, y le costará productividad en el trabajo. Pero considérelo una inversión invalorable.., y permanente.

Las familias que se desintegran son las que tienen padres que se niegan a enfrentar la gravedad de las acciones de sus hijos. Elí sabía lo terribles que se habían vuelto sus hijos, ¡pero no hizo nada! He visto a padres que se niegan a ver la realidad y que no reconocen que sus hijos tienen serios problemas con la droga, la pornografía, la promiscuidad sexual o con el robo, conductas que la mayor parte de las personas normales considerarían una señal de advertencia. Pero actúan como si la crisis se resolverá por sí sola, con un poco de paciencia; eso es falso.

Si usted tiene hijos pequeños, tiene unos hijos que son impresionables. Este es el momento para que usted haga la inversión más importante en ellos. Si espera hasta que sean tan altos como ustedes, ya habrá permitido que se siembren las semillas de su autodestrucción.

Si sus hijos son casi adultos, acepte la responsabilidad que usted tiene por sus malas decisiones, y después haga lo que sea necesario para salvarlos. Por haber esperado usted tanto tiempo, hay pocas opciones que no tengan consecuencias graves a corto plazo. Por lo tanto, piense en las de largo plazo, y haga lo que tiene que hacer. Nunca es demasiado tarde para comenzar a hacer lo correcto.

Nunca es demasiado tarde para comenzar a hacer lo correcto.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2010 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Vigilar a los hijos

12 Junio 2017

Vigilar a los hijos
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 3:1-18

Elí era un gran predicador un excelente sacerdote. Como sumo sacerdote, tenía la responsabilidad, cada año, de entrar en el lugar santísimo para ofrecer un sacrificio expiatorio a favor de la nación. Nadie más tenía ese privilegio. Elí juzgaba, enseñaba al pueblo los asuntos que tenían que ver con el culto, orientaba, tenía toda su vida dedicada a servir en el tabernáculo de Dios y a atender las necesidades de su pueblo. Pero era un padre pasivo e indiferente que consentía a sus hijos. ¡Esos jóvenes eran toda una joya!

Según la ley de Moisés, ellos debían quemar el sebo como una ofrenda, y tomar del altar lo que no hubiera sido quemado. De esta manera, habrían de recibir lo que el Señor les daba. Pero los indignos hijos de Elí desafiaban el mandamiento de Dios, y se reservaban los mejores pedazos de carne para su mesa.

Además de su atrevido irrespeto por los sacrificios a Dios, eran unos perversos que se aprovechaban sexualmente de las mujeres que venían a adorar al Señor. Y lo  hacían sin ninguna vergüenza, en la misma casa de Dios. ¡Y Elí sabía! Uno pensaría que un verdadero hombre de Dios como Elí estaría indignado. Recuerde que él también servía como juez de Israel, lo que significaba que su responsabilidad era hacer justicia en nombre de Dios. De modo que estos lujuriosos e impúdicos hijos debían haber sido llevados a las afueras de la ciudad y ahí apedreados hasta morir. Sin embargo, lo que recibieron fue una leve reprimenda. Qué lástima, ¿no lo cree?

Dios ha preservado para nosotros historias fascinantes con el propósito de dejarnos lecciones perdurables. Los padres, en particular, deben prestarles atención. He notado que la parálisis del liderazgo de Elí es común. . .  aun entre los que están en el ministerio. Como padre cuyo llamamiento es el servicio al Señor, la misión que me he trazado es evitar el fracaso que tuvo Elí. Le aconsejo que haga lo mismo.

Para evitar la suerte de Elí, cada uno de nosotros tiene que reconocer que nuestras familias pueden fácilmente terminar como la de Elí. Sí, cualquiera puede destruirse: La de un diácono, la de un anciano, la de un pastor, la de un misionero, la de un padre que camina con Dios y que se entrega por completo a su iglesia, ya sea pobre, rica, saludable, tensa; y esto incluye también a su familia.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La voz de Dios

10 Junio 2017

La voz de Dios
por Charles R. Swindoll

1 Samuel 2:1—3:18

Probablemente, Elí y Samuel estaban haciendo su turno, es decir durmiendo en el tabernáculo, para mantener encendida la lámpara. Dormían en pequeñas habitaciones cerca de este lugar especial de la presencia de Dios. Fue entonces que Samuel escuchó una voz que pronunciaba su nombre. Se sentó en su pequeño camastro, y respondió: “¿Sí?,” pero nadie respondió.

Uno no puede saber por la Biblia si la voz de Dios es audible, o si se “escucha” por otros medios. Cuando Saulo (llamado después Pablo) estaba en el camino a Damasco, escuchó la voz de Jesús resucitado que le hablaba en una visión, y el sonido pudo ser percibido por sus acompañantes. Fue algo audible.

En Génesis 6, Dios le habló a Noé para darle instrucciones específicas. Podemos suponer que la voz fue audible, es decir, escuchó las palabras con sus oídos, pero el Señor pudo haberle “hablado” a su mente. No podemos estar seguros de eso. La voz de Dios a Daniel le sonó como un trueno, pero siglos antes le habló a Elías con un “sonido apacible y delicado.” En el caso de Samuel, Dios le habló de una manera que oyó literalmente su voz. Le habló con la voz normal de un hebreo, por lo que el niño pensó que era Elí quien lo llamaba desde la otra habitación.

Elí probablemente pensó que Samuel había estado soñando, y lo envió de vuelta a la cama.

Y el SEÑOR volvió a llamar:
—¡Samuel!
Samuel se levantó, fue a Elí y dijo:
—Heme aquí. ¿Para qué me has llamado?
Elí respondió:
—Hijo mío, yo no te he llamado. Vuelve a acostarte.
Samuel todavía no conocía al SEÑOR, ni la palabra del SEÑOR le había sido aún revelada (1 Samuel 3:6, 7).

La última oración es el comentario clarificador del cronista para el lector, quien ya sabía que Samuel era un poderoso profeta de Dios. Es la forma que tiene el autor de la narración para decir que esto sucedió antes de que el Señor iniciara una relación personal con el muchacho. Recuerde esto, ya que será parte importante de la historia, a medida que se desarrolle. A propósito, en el Antiguo Testamento, el tener una relación personal con el Señor de la manera como aparece en el Nuevo Testamento y la presencia interior del Espíritu Santo era un privilegio raro y realmente grande. ¡Pienso que nosotros tomamos hoy en día este privilegio de manera muy liviana!

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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El triste ambiente de Israel

9 Junio 2017

El triste ambiente de Israel
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:1-14

El ambiente de Israel, antes de los gloriosos días del rey David. Ha transcurrido un largo período, unos doscientos años de guerras intermitentes, de ciclos de acontecimientos en los que Israel sufrió de invasiones seguidas de épocas de hambruna; y luego de un juez que se levantaba para dar una paz temporal. Durante la temporada de paz, la gente volvía a pecar, y se iniciaba otra vez el mismo ciclo. Había otra invasión seguida por una derrota, cuya consecuencia era una hambruna, y esto se volvía cada vez más severo. Esta historia tiene lugar en un período tranquilo de ese tiempo de violencia, durante una temporada de relativa paz. Los días eran desacostumbradamente tranquilos y sin nada en particular.

El pueblo de Israel había vuelto a un estilo de vida relajado, que podría describirse como absolutamente complaciente. Su actitud hacia Dios y su visión para ellos, como nación, se había vuelto indiferente, desinteresada y aburrida. Su líder, el sumo sacerdote, es Elí, un anciano a quien ha comenzado a fallarle la vista. A menos de que algo cambie, dará las riendas del liderazgo a sus dos hijos rebeldes, Ofni y Fineas, quienes eran sus ayudantes en el tabernáculo, el lugar de adoración durante este período de la historia de Israel.

Hay más que decir en cuanto al ambiente; por tanto, tenga paciencia conmigo. Unos pocos años antes, una mujer llamada Ana visitaba regularmente el templo. Pasaba la mayor parte de su tiempo en oración, rogándole a Dios el regalo de un hijo. Ella le prometió al Señor que si le concedía su petición, le devolvería a Dios el niño. El Señor finalmente se lo concedió, y Ana lo llamó Samuel, un nombre apropiado pues significa “pedido a Dios.”  Poco después de ser destetado, Ana cumplió la promesa y puso a Samuel bajo el cuidado de Elí, el anciano y casi ciego sumo sacerdote de Israel, quien se hizo responsable del cuidado y la educación de Samuel. Era su tutor en las cosas espirituales, preparándolo para una vida de servicio a Dios.

Toda la nación de Israel, anclada en una inercia política y espiritual, estaba medio dormida, en un estado de apatía permanente. Dios está callado. Todo el mundo está pasivo. Nadie tiene visiones, excepto quizás unos pocos charlatanes. Suena como si fuera hoy, ¿verdad?

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La fe revela a Dios

8 Junio 2017

La fe revela a Dios
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:1-14

En esta fascinante historia de fe, sacrificio, confianza y obediencia, veo las características de un Dios que no pidió nada a Abraham que él mismo no se demandara. Por ser esto tan importante, no puedo resistir compartir con usted tres grandiosas verdades acerca de nuestro Dios, que veo ilustradas aquí.

Dios el Padre nos enseñó cómo vivir cuando renunció a su amado Hijo para dárnoslo a nosotros. Nueve meses antes de aquella maravillosa noche en Belén, el Padre envió a su Hijo. Cristo voluntariamente dejó su trono de autoridad absoluta en el cielo y desechó el uso de su divina autoridad, para convertirse en un bebé indefenso; como humano, sujeto a todos los dolores, las aflicciones y las limitaciones que nos afectan a todos nosotros, maduraría, aprendería, serviría, sufriría… y moriría. Si el Padre estuvo dispuesto a renunciar a su Hijo para dárnoslo a nosotros, ¿qué pudiera tener más valor para nosotros, para que se lo neguemos a Él?

Dios el Hijo nos enseñó a cómo morir cuando renunció a sí mismo para darse al Padre. La respetuosa obediencia de Isaac a su padre ilustra esto a la perfección. Se dio a sí mismo a la voluntad de su padre, y dejó que lo colocara sobre el altar del sacrificio sin resistirse. Eso fue exactamente lo que el Hijo de Dios hizo en el Calvario. Cuando nuestra fe es madura, no tememos a la muerte.

Dios el Espíritu nos enseñara a cómo vivir y cómo morir después de que aprendamos a renunciar a lo que nos tiene agarrados. Mientras seamos propiedad de cualquier cosa que nos tenga agarrados, nunca nos daremos completamente al Espíritu Santo. Este sería un momento excelente para que usted haga un autoanálisis. ¿A qué cosa(s) o a quién(es) se está usted aferrando? Suéltelos, déjelos que se vayan.

Es posible que el Señor esté en el proceso de quitarle eso. Lo jalará suavemente al comienzo, dándole la oportunidad de que lo suelte. Pero si usted se resiste, él finalmente tendrá que arrancárselo de las manos, y puedo asegurarle que eso le va a doler. ¿Mi consejo? Entréguelo voluntariamente. Confíe en que el Señor proveerá. Él tiene otro carnero en el matorral. Usted no lo puede ver ahora mismo, pero Dios lo tiene y espera el momento para mostrárselo. Solo después de que usted haya puesto su sacrificio sobre el altar estará preparado para recibir la provisión de Dios.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Una fe genuina

5 Junio 2017

Una fe genuina
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:3-8

Hebreos 11:8-19

Tuve que leer el pasaje de Génesis varias veces antes de ver la clara e implícita declaración de fe de Abraham. Sus palabras y su proceder son tan sencillos, tan desapasionados, que es fácil no ver el dramatismo de esta escena. Si yo fuera a sacrificar a mi hijo, en quien estaban personificadas todas las promesas que Dios tenía para mí, me habría dominado la emoción: “No entiendo por qué Dios me está haciendo esto, pero haré lo que Él dice. Por eso, voy a subir a esa montaña a sacrificar a mi hijo en ese altar, y luego regresare a mi casa para llorar esta pérdida por el resto de mi vida”.

Según el libro de Hebreos, Abraham conocía tres realidades importantes. Primera, que Isaac habría de ser el vehículo de las promesas de Dios; por consiguiente, tenía que vivir. Segunda, que Dios siempre cumple sus promesas. Tercera, que el poder de Dios es absoluto, aun sobre el poder de la muerte. Por tanto, la única conclusión lógica que quedaba era que, de alguna manera, contra toda razón natural, después de matar a Isaac y dejar que el fuego lo consumiera por completo, Dios restauraría milagrosamente la vida de Isaac, el muchacho a quien tanto amaba.

Abraham, obviamente, no le dijo a Isaac lo que Él sabía que iba a suceder en la montaña. No podemos estar seguros de por qué se reservó esa información. Talvez fue para evitarle a su hijo un temor innecesario. No lo sabemos. Pero sí sé que cuando Dios hace una obra de transformación en usted que involucra una prueba, Él no está probando a otras personas, lo está probando a usted. Dado que esta experiencia está hecha para usted, no es un requisito necesario o incluso apropiado el que usted comparta la historia con alguien más; o, en realidad, con nadie. A veces, cuando uno se guarda las cosas para uno mismo… completamente, eso le da fortaleza.

Isaac finalmente hizo la pregunta lógica. Tenían un cuchillo, madera y fuego para el sacrificio, pero “¿dónde está el holocausto?”  Me encanta la respuesta de Abraham: “Dios mismo proveerá”. El hebreo utiliza un modismo que suena como algo que diría un padre hoy: “El Señor se ocupará de eso, hijo mío”.  ¿Puede oír su tono sereno y confiado? “Dios mismo se lo proveerá. Eso le toca a Él. Nosotros estamos haciendo Su voluntad. A Él le corresponde ocuparse de los detalles. Nuestra responsabilidad es confiar en Él. Este es un riesgo que compartiremos juntos.”

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Una fe genuina

5 Junio 2017

Una fe genuina
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:3-8

Hebreos 11:8-19

Tuve que leer el pasaje de Génesis varias veces antes de ver la clara e implícita declaración de fe de Abraham. Sus palabras y su proceder son tan sencillos, tan desapasionados, que es fácil no ver el dramatismo de esta escena. Si yo fuera a sacrificar a mi hijo, en quien estaban personificadas todas las promesas que Dios tenía para mí, me habría dominado la emoción: “No entiendo por qué Dios me está haciendo esto, pero haré lo que Él dice. Por eso, voy a subir a esa montaña a sacrificar a mi hijo en ese altar, y luego regresare a mi casa para llorar esta pérdida por el resto de mi vida”.

Según el libro de Hebreos, Abraham conocía tres realidades importantes. Primera, que Isaac habría de ser el vehículo de las promesas de Dios; por consiguiente, tenía que vivir. Segunda, que Dios siempre cumple sus promesas. Tercera, que el poder de Dios es absoluto, aun sobre el poder de la muerte. Por tanto, la única conclusión lógica que quedaba era que, de alguna manera, contra toda razón natural, después de matar a Isaac y dejar que el fuego lo consumiera por completo, Dios restauraría milagrosamente la vida de Isaac, el muchacho a quien tanto amaba.

Abraham, obviamente, no le dijo a Isaac lo que Él sabía que iba a suceder en la montaña. No podemos estar seguros de por qué se reservó esa información. Talvez fue para evitarle a su hijo un temor innecesario. No lo sabemos. Pero sí sé que cuando Dios hace una obra de transformación en usted que involucra una prueba, Él no está probando a otras personas, lo está probando a usted. Dado que esta experiencia está hecha para usted, no es un requisito necesario o incluso apropiado el que usted comparta la historia con alguien más; o, en realidad, con nadie. A veces, cuando uno se guarda las cosas para uno mismo… completamente, eso le da fortaleza.

Isaac finalmente hizo la pregunta lógica. Tenían un cuchillo, madera y fuego para el sacrificio, pero “¿dónde está el holocausto?”  Me encanta la respuesta de Abraham: “Dios mismo proveerá”. El hebreo utiliza un modismo que suena como algo que diría un padre hoy: “El Señor se ocupará de eso, hijo mío”.  ¿Puede oír su tono sereno y confiado? “Dios mismo se lo proveerá. Eso le toca a Él. Nosotros estamos haciendo Su voluntad. A Él le corresponde ocuparse de los detalles. Nuestra responsabilidad es confiar en Él. Este es un riesgo que compartiremos juntos.”

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Una fe genuina

5 Junio 2017

Una fe genuina
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:3-8
Hebreos 11:8-19

Tuve que leer el pasaje de Génesis varias veces antes de ver la clara e implícita declaración de fe de Abraham. Sus palabras y su proceder son tan sencillos, tan desapasionados, que es fácil no ver el dramatismo de esta escena. Si yo fuera a sacrificar a mi hijo, en quien estaban personificadas todas las promesas que Dios tenía para mí, me habría dominado la emoción: “No entiendo por qué Dios me está haciendo esto, pero haré lo que Él dice. Por eso, voy a subir a esa montaña a sacrificar a mi hijo en ese altar, y luego regresare a mi casa para llorar esta pérdida por el resto de mi vida”.

Según el libro de Hebreos, Abraham conocía tres realidades importantes. Primera, que Isaac habría de ser el vehículo de las promesas de Dios; por consiguiente, tenía que vivir. Segunda, que Dios siempre cumple sus promesas. Tercera, que el poder de Dios es absoluto, aun sobre el poder de la muerte. Por tanto, la única conclusión lógica que quedaba era que, de alguna manera, contra toda razón natural, después de matar a Isaac y dejar que el fuego lo consumiera por completo, Dios restauraría milagrosamente la vida de Isaac, el muchacho a quien tanto amaba.

Abraham, obviamente, no le dijo a Isaac lo que Él sabía que iba a suceder en la montaña. No podemos estar seguros de por qué se reservó esa información. Talvez fue para evitarle a su hijo un temor innecesario. No lo sabemos. Pero sí sé que cuando Dios hace una obra de transformación en usted que involucra una prueba, Él no está probando a otras personas, lo está probando a usted. Dado que esta experiencia está hecha para usted, no es un requisito necesario o incluso apropiado el que usted comparta la historia con alguien más; o, en realidad, con nadie. A veces, cuando uno se guarda las cosas para uno mismo… completamente, eso le da fortaleza.

Isaac finalmente hizo la pregunta lógica. Tenían un cuchillo, madera y fuego para el sacrificio, pero “¿dónde está el holocausto?”  Me encanta la respuesta de Abraham: “Dios mismo proveerá”. El hebreo utiliza un modismo que suena como algo que diría un padre hoy: “El Señor se ocupará de eso, hijo mío”.  ¿Puede oír su tono sereno y confiado? “Dios mismo se lo proveerá. Eso le toca a Él. Nosotros estamos haciendo Su voluntad. A Él le corresponde ocuparse de los detalles. Nuestra responsabilidad es confiar en Él. Este es un riesgo que compartiremos juntos.”

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La Prueba

3 Junio 2017

La Prueba
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:1-2

Este mandato de Dios promueve una pregunta: ¿Por qué un Dios bueno y amoroso le pide a un hombre fiel y obediente que haga esto? La respuesta se encuentra en la lengua original de Moisés, el inspirado autor humano de Génesis. La palabra hebrea nash, traducida como “probó” en Génesis 22:1, tiene la idea de probar la calidad de algo, por lo general a través de una prueba de algún tipo. Dios quería probar la legitimidad, la autenticidad de la fe de Abraham.

Recordemos, sin embargo, que Dios es omnisciente. Él sabe todas las cosas, incluso el futuro. Dios conocía el corazón de Abraham mucho mejor que Abraham mismo. Por eso, el propósito de la prueba no era satisfacer su curiosidad, no era un experimento. El pedazo de tierra elegido en la cima de una apartada montaña en la región de Moriah iba a ser el lugar de la prueba de Abraham. Este sería el momento y el lugar donde sería puesta a prueba cualquier cuestión sobre su vacilante fe, tan evidente por sus mentiras (mintió dos veces) para salvar su pellejo, y su patético intento por lograr el cumplimiento del pacto a través de la criada de su esposa. Su familia vería su fe, sus amigos la verían y también nosotros en virtud de este relato, y probablemente lo más importante de todo, la vería Isaac. Si alguna vez Abraham iba a mostrar su fe, este sería el día.

Pero la cuestión era: ¿Amaba Abraham el regalo de Dios o amaba a Dios? Permítame dejar por un momento a Abraham, y pasar rápidamente al siglo XXI. Esta tiene que ser una de las preguntas más difíciles que cualquier padre tiene que considerar: ¿Adoro los regalos que Dios me da, más de lo que adoro al Dador? ¿He comenzado a adorar las relaciones que Dios me ha dado, en vez de adorar a Aquel que me ha dado estas satisfacciones?

No se apresure a responderla.

La palabra “adorar”, viene de un vocablo del idioma inglés que significa “de valor” (worthship). Cuando nosotros adoramos algo, estamos dando testimonio del valor que eso tiene para nosotros. Y lo hacemos con nuestras acciones y también con nuestros corazones. Un padre debe preguntarse: ¿Le asigno más valor a mi hijo que a Dios? Para responder esa pregunta, observe a qué cosas se dedica usted más, y cuente después los resultados. Sea honesto en esto. ¿A quién o quiénes se dedica usted más o con mayor empeño y dedicación?

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No se aferre demasiado

2 Junio 2017

No se aferre demasiado
por Charles R. Swindoll

Génesis 22:1-2

Todos nuestros hijos crecieron para convertirse, cada uno a su manera, en siervos de Jesús independientes y responsables. Como fue la intención del Señor desde el principio, nos desprendimos de ellos para que siguieran sus propios destinos.

Algunos de ustedes, que están leyendo estas palabras, no se desprendieron de sus hijos de la misma manera. Quizás a su hijo se lo arrebató la muerte, un crimen terrible, el divorcio u otra terrible tragedia. Permítame ser claro en cuanto a esto: Si bien es cierto Dios es el gobernante soberano de todo, y nada está más allá de su poder o conocimiento, una tragedia nunca es una acción cruel e inmisericorde de parte de Dios. A Él no le produjo ninguna alegría el que usted soportara tal aflicción. La permitió, sí, como en el caso de Job, pero Él no es el autor del mal. Fue el maligno designio de un mundo que ha sido corrompido por el pecado, lo que le quitó a su hijo.

Dios no solo odia al pecado, sino que también odia la muerte. La odia tanto, que envió a su Hijo para que la destruyera muriendo y resucitando de nuevo. La muerte es llamada en las Escrituras nuestro “último enemigo” (1 Corintios 15:26). Pero, al final, el Señor tendrá la última palabra en esta lucha contra el mal, y Él nos lo ha dicho por medio de Jesucristo. En palabras sencillas: La muerte es la voluntad de un mundo que tomó el camino equivocado. La resurrección es el triunfo final de Dios sobre el mal.

Ya sea que perdamos a nuestros hijos por una tragedia o por alguna otra razón, esto es muy cierto: Debemos aprender a no aferrarnos a nada que amemos. Seamos francos; si nos aferramos demasiado a algo, eso probablemente nos tendrá a nosotros, en vez de ser al contrario, y Dios no permitirá eso por el bien suyo y el de su ser amado.

Al final, la decisión de no aferrarse demasiado a nada, especialmente en lo que tiene que ver con las relaciones, es un acto de fe. El instinto natural del ser humano quiere que nos aferremos a las cosas que más adoramos. El desprenderse de ellas, presentándolas a Dios, requiere que confiemos en él para hacer lo correcto. Cuando hacemos esto por nuestros hijos, el efecto perdurable que dejamos es un modelo práctico de fe. Y no puedo pensar en ninguna otra mejor manera de enseñar a nuestros hijos quién es el Dios al que adoramos, que siendo modelos de la confianza en Él cada día.

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