Timothy Keller (1950-2023)

Timothy Keller (1950 – 2023), reconocido pastor, teólogo y autor cristiano, y uno de los cofundadores de The Gospel Coalition (Coalición por el Evangelio), ha partido a la presencia del Señor el día de hoy luego de años de lucha con el cáncer de páncreas.

Keller nació y creció en Pennsylvania, en el contexto de una familia luterana. Se educó en Bucknell University (B.A.) Gordon-Conwell Theological Seminary (MDiv.) y Westminster Theological Seminary (DMin.)

Se convirtió al cristianismo en Bucknell University, durante su segundo año de estudio, luego tener algunas luchas internas sobre su identidad. Autores cristianos como C. S. Lewis y F. F. Bruce fueron su puerta de entrada para conocer el cristianismo de forma seria. Encontró en el cristianismo una respuesta a sus conflictos internos y esto fue para él como dar un «paso racional».

Al terminar sus años en Bucknell, entró a estudiar teología en Gordon-Cronwell, donde conoció a su futura esposa, Kathy. Se casaron en 1975, un semestre antes de su graduación. Ella obtuvo una maestría en dicha universidad y juntos han escrito El significado del matrimonio y Los cánticos de Jesús, entre otros libros.

Con veinticuatro años, Tim Keller se convirtió en pastor en West Hopewell Presbyterian Church, en una ciudad pequeña de clase trabajadora en Virginia. Allí sirvió por nueve años, donde aprendió la importancia del ministerio pastoral en la predicación. En 1989 fue reclutado por su denominación para iniciar una nueva congregación, tarea que inició junto a su esposa Kathy y tres hijos pequeños.

Fue plantador de la iglesia Redeemer en Nueva York, donde sirvió como pastor por 28 años. Esta llegó a ser una congregación presbiteriana vibrante con una asistencia de varios miles de personas por semana. Keller también es fundador de Redeemer City to City, una organización que entrena a pastores en todo el mundo y busca plantar iglesias saludables que impacten a sus comunidades.

De manera especial, lo reconocemos como uno de los fundadores de The Gospel Coalition, donde desempeñó un papel fundamental en la redacción de la confesión y la visión teológica para el ministerio.

La visión de TGC y su anhelo de contribuir con la proclamación del evangelio y la profundización en la sana doctrina ha crecido hasta convertirse en un grupo de coaliciones en diferentes idiomas y regiones que hoy proclaman la Palabra de Dios alrededor del mundo. Solo Coalición por el Evangelio, el sitio en español, comparte sus artículos, podcasts y demás contenido con más de un millón de hispanohablantes al mes.

Keller también es conocido ampliamente por sus números libros, entre los que destacan sus éxitos de ventas del New York Times, ahora traducidos al español: El Dios pródigo: El redescubrimiento de la esencia de la fe cristiana, La oración: Experimentando asombro e intimidad con Dios, y La razón de Dios: Creer en una época de escepticismo.

Durante su ministerio, y de manera especial en las últimas dos décadas, Keller —con su apologética persuasiva y predicación centrada en el evangelio— ha sido uno de los líderes más influyentes en el despertar a la doctrina reformada que está en crecimiento en muchos países, incluyendo el mundo hispano.

Al mismo tiempo, su énfasis en la importancia de expresar nuestra fe en obras de misericordia y la búsqueda de lo que llamó «justicia generosa» ha inspirado a incontables creyentes a buscar impactar —mediante sus vocaciones y con excelencia— la sociedad y las ciudades a nuestro alrededor con el evangelio sin negociar la verdad.

Asimismo, tanto en enseñanzas como en libros —entre los que destacan Iglesia centrada: Cómo ejercer un ministerio equilibrado y centrado en el evangelio en su ciudad— Keller invirtió su vida no solo en motivar a la plantación de iglesias, sino también en enseñar a otros líderes a cultivar la centralidad del evangelio en sus congregaciones, a fin de edificar a los creyentes y formarlos para reflejar a Cristo en la sociedad.

Keller fue diagnosticado con cáncer pancreático hace tres años. Desde el principio, los doctores mostraron pocas esperanzas de recuperación. Cuando compartió las noticias del mal que padecía, Keller mostró una fe indoblegable y llegó a decir que su confianza en el Señor se había fortalecido en vez de decaer con la enfermedad. Él testificó de que ha descubierto que el Señor está presente y es suficiente en medio de su enfermedad. Al igual que David, Tim Keller también reconoció: «Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo…» (Sal 23:4a).

Las palabras con las que dio a conocer su mal nos muestran el carácter y la fe de este hombre de Dios:

Tengo cáncer pancreático… Pero es infinitamente reconfortante tener un Dios que es infinitamente más sabio y más amoroso que yo. Él tiene muchas buenas razones para todo lo que hace y admito que yo no puedo saberlo, y allí está mi esperanza y mi fortaleza (Fuente).

En Coalición por el Evangelio damos gloria y gracias a Dios por la vida y el legado de Keller, un hombre que nos animó incansablemente a tener a Cristo y su evangelio en el centro.

El cristiano y la política | Otto Sánchez

¿Puede un creyente participar en política?

¿Cuál debe ser la reacción de la iglesia frente al involucramiento del cristiano en el ruedo político?

A través de los años, y aun hoy en día, la iglesia ha reaccionado de diversas formas, principalmente con estas tres posiciones: el activismo social, el fundamentalismo recalcitrante y la perspectiva bíblica balanceada.

La iglesia activista social es aquella que tiene como propósito los cambios sociales que mejoren la vida de la población. Fue esta visión que llevó a muchas iglesias a abrazar la Teología de la Liberación y seguir a teólogos católicos como el brasileño Leonardo Boff, el sacerdote peruano Gustavo Gutierrez y el sacerdote y guerrillero colombiano Camilo Torres Restrepo. Muchas iglesias al ver las víctimas de la pobreza, la marginación, la falta de oportunidades, la injusticia, etc., abrazaron el activismo social y sus diferentes manifestaciones como método de lucha.

El activismo social y su manifestación a través la Teología de la Liberación no es una alternativa teológica que encuentre apoyo en las Escrituras, aunque se usen algunos textos fuera de contexto.

La Teología de la Liberación pierde de vista la naturaleza y propósito de la iglesia. Si bien es cierto que los males de la sociedad nos afectan, la manera que tiene la iglesia de combatirlo es por medio de la predicación del evangelio, y no por medio de la lucha armada. El mensaje del evangelio busca transformar al ser humano por medio de la gracia de Cristo y no por medio de la superación de los males sociales. La Biblia promueve el progreso, el trabajo, la dignidad y la redención integral del ser humano, pero a través de la obra redentora de Cristo en nosotros.

La iglesia fundamentalista recalcitrante en repudio al activismo social se desconectó de sus responsabilidades civiles y de todo lo que tuviera que ver con su participación en la búsqueda de soluciones a los males que aquejan la sociedad. John Stott[1] da su versión sobre el abandono de la iglesia a su misión integral y señala que los principales elementos que han influido son el surgimiento del fundamentalismo, la reacción al evangelio social (1910-1915) de Walter Raushenbuschs, la desesperanza en el período de las dos grandes guerras, entre otros.

La perspectiva bíblica balanceada nos da el estándar de lo que debe ser el creyente y sus responsabilidades civiles incluyendo la política. Las Escrituras nos enseñan que nuestra manera de actuar no se separa de lo que somos delante de Dios y de lo que debemos ser delante de los hombres.

¿Puede un creyente participar de la política partidista organizada?

Ante esta pregunta, mi respuesta podría ser arriesgada para algunos. Es un absoluto ¡sí!, pero bajo ciertas condiciones. Un creyente puede participar en política bajo los estándares que la palabra de Dios establece de lo que debe ser el comportamiento ético de un discípulo de Cristo.

Sal de la tierra y luz del mundo (Mateo 5: 13-16)

En el Sermón del Monte, Cristo le dice a sus discípulos que ellos son sal y luz de la tierra. Ellos saben muy bien qué significan estas metáforas, al conocer las grandes salinas del Mar Muerto. Entendieron que al igual que la sal debían influenciar al mundo, dándole sabor y preservando el evangelio. Había corrupción en las cortes herodianas (Mateo 14:1-12); transigencias de poder por los saduceos; esfuerzo moral serio pero equivocado de algunos fariseos; visiones revolucionarias de los rebeldes zelotes y los experimentos de la llamada pureza moral de los separatistas de Qumrán y los esenios[2]. Es en ese contexto que el Señor les dice a sus discípulos que son la sal de la tierra.

La luz en este pasaje tiene dos imágenes particulares:

En ambos casos Jesús enseña que la luz penetra la oscuridad y no puede ni debe esconderse. De otra manera la luz pierde su propósito. El creyente, en el cumplimiento de sus responsabilidades civiles incluyendo la política, no debe olvidar que primero él es un representante de Cristo y después es todo lo demás. Somos compromisarios del reino de Dios: por lo tanto, todos los roles que asumamos están subordinados a nuestros roles como servidores de la causa de Cristo.

El creyente en su rol de político

John Stott[3] traza una diferencia entre política y político. Esta diferencia es a partir de la etimología del término:

  • Sentido amplio

En el sentido amplio, política es un sustantivo, que viene del griego polis (ciudad). Y quiere significar la vida de la ciudad. En ese sentido amplio tenemos el adjetivo político que viene del griego polités (ciudadano) que denota las responsabilidades de este con la (polis) ciudad.

  • Sentido restringido

En el sentido restringido política es el arte de gobernar. Este término está relacionado con la elaboración y la adopción de medidas específicas con vistas a que se perpetúen en el marco de la ley.

Trazadas esas diferencias que Stott establece debemos preguntarnos si Jesús participó en política. La respuesta, es que en el sentido amplio sí; pero en el sentido restringido es evidente que no:

  • No participó en ningunas de las opciones de poder político de su época.
  • No fundó ningún partido político.
  • No adoptó ningún programa político vigente en su tiempo.
  • No dirigió una protesta política.
  • No dio ningún paso para influir en las políticas del César, de Pilato, ni de Herodes.

Sin embargo, su mensaje afectó la vida política y social de su época, llegando hasta el día de hoy. Trajo un nuevo paradigma de justicia y libertad a partir del servicio, la justicia y el amor. Los cristianos que participan o quieren participar en la política en su sentido restringido deben tomar en cuenta los siguientes elementos:

  1. Prioridad. Aunque la iglesia somos los creyentes, y algunos creyentes están en el campo político, el mensaje central de la iglesia debe ser el evangelio y sigue siendo la cruz de Cristo como esperanza integral del ser humano.
  2. Llamado confirmado. El cristiano que participa en política debe tener un llamado especial de Dios que debe ser confirmado por hombres de Dios sabios, preparados y experimentados. José, Daniel, David fueron servidores de Dios en las diferentes plataformas del poder político de su tiempo. Su éxito fue congruente con el llamado que Dios lo hiciera.
  3. Preparación adecuada. Los creyentes que participan en la política no deben ser improvisados ni aficionados. Deben ser profesionales de la política. Personas que hayan recibido instrucción formal o informal sostenida del quehacer político.
  4. Perspectiva correcta. Debemos evitar lo que Chuck Colson llamó la “ilusión política”[4]. El cristiano que hace política debe estar consciente de la depravación del ser humano y que un mundo de total justicia no puede ser posible.
  5. Pureza de la iglesia. El creyente llamado por Dios al quehacer político debe combatir la politización de la iglesia.
  6. Honestidad. Que las gestiones del creyente en cargos públicos sean como consecuencias de su honestidad y capacidad técnica, y no de su sagacidad partidista.
  7. La verdad de Dios. Dios y Su Palabra es su norma de fe y conducta, y no las circunstancias del momento.

5 principios a tomar en cuenta a la hora de votar, hacer política o afiliarnos a un partido o candidato.

  1. Evaluar el compromiso del partido político con la libertad de expresión del pensamiento, sea religioso, político o filosófico.
  2. La protección de la vida como sagrada.
  3. La provisión de justicia para todos.
  4. La preservación de la familia tradicional según los valores bíblicos.
  5. Gobernar con excelencia inspirado en un Dios que así lo espera(Deut. 17:14–20).

Los evangélicos en el mundo de la política, principalmente en el siglo XX  van desde la ultra derecha recalcitrante de algunos sectores del “Bible Belt” del Sur norteamericano, los escándalos de corrupción, misticismo y crueldad en África y Asia, el liberalismo europeo, hasta la suma de todo lo anterior en Latinoamérica, lo cual deja un balance no muy positivo. Sin embargo, por todo esto no debemos dejar de dar respuestas a los males de la cultura desde una cosmovisión cristiana. Wilberforce y the Claphman Sect en Inglaterra, o Abraham Kuyper en Holanda son buenos precedentes de lo que podemos hacer como evangélicos y tener buenos resultados. Debemos apoyar a creyentes piadosos, preparados y llamados por Dios al ruedo político para glorificar Su nombre en estas delicadas funciones y salir bien en esa arena movediza de la política, tal como lo hicieron José, Daniel o Ester.

[1] John Stott, La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos. Libros Desafío ©1999

[2] Stassen y Gushee. La ética del reino. Editorial Mundo Hispano ©2007

[3] John Stott. La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos. Libros desafíos ©1999

[4] Norman Giesler. Ética cristiana. UNILIT ©2002

​Otto Sánchez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama (IBO) en Santo Domingo, República Dominicana. Es además director del Seminario Teológico Bautista Dominicano. Está casado con Susana Almánzar, y tienen dos hijas. Puedes encontrarlo en Twitter.

El doctor Jekyll y la devastadora realidad de nuestro hombre interior   | DAVID RIAÑO

H. G. Wells dijo alguna vez que El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert L. Stevenson, es «una novela fascinante y aterradora que nos obliga a cuestionar nuestra propia naturaleza». Considero que esta obra es una novela de terror, no porque los sucesos sean espantosos, sino porque nos encara con nuestro aterrador ser interior.

Esta novela narra la travesía del abogado Gabriel Utterson para comprender y ayudar a su amigo amable, el Dr. Jekyll. Con la aparición del siniestro Mr. Hyde, el protagonista Jekyll parece correr un grave peligro. Sin embargo, a medida que avanza la narración, la relación entre estos dos personajes deja de ser un misterio: Jekyll y Hyde son la misma persona. Entonces, poco a poco, aparece una pregunta por resolver: ¿cuál es la verdadera composición del ser humano?

En casi cien páginas, Stevenson hace una brillante exploración de la lucha entre el bien y el mal al interior de cada persona. Este no es un tema extraño para el cristiano, pues la Biblia nos invita a pensar en la guerra que existe en nosotros por causa del pecado. Pero El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde logra, con su tensa narración y con su técnica de terror psicológico, hacer evidentes dos aspectos desesperanzadores de nuestro ser interior; dos aspectos para los cuales la única solución es el evangelio.

La maldad presente en el ser humano
El protagonista admite que tiene deseos malignos, cuando confiesa sobre sí mismo: «Jekyll, de naturaleza compuesta, participaba a veces con las más vivas aprensiones y a veces con ávido deseo en los placeres y aventuras de Hyde» (cap. 10). Si bien el protagonista quisiera ser solamente bondad, tiene que reconocer que sus deseos hacia el mal son muy poderosos.

Jekyll cree que la vida sería ideal si, por medio de la ciencia, la parte de maldad y la de bondad pudieran separarse: «Si estos, me decía, pudiesen encarnarse en dos identidades separadas, la vida se haría mucho más soportable. El injusto se iría por su camino, libre de las aspiraciones y de los remordimientos de su más austero gemelo; y el justo podría continuar seguro y voluntarioso por el recto camino» (cap. 10).

Jekyll realmente no tenía dos naturalezas opuestas entre ellas, sino una sola naturaleza que se oponía por completo a Dios

Pero ¿es posible? Ni siquiera por medio de los ingeniosos experimentos de Jekyll se logró dicha separación de forma exitosa. Incluso si se hubiera logrado, ¿cómo definimos «lo que es bueno»?

La Escritura presenta las obras justas del hombre como «trapos de inmundicia» (Is 64:6). La gloria de Dios es la medida perfecta que determina lo que es bueno y lo que no. Además, Dios examina la motivación del corazón y nos enseña que el pecado en nuestras vidas es más profundo de lo que suponemos.

En ese sentido, Jekyll realmente no tenía dos naturalezas opuestas entre ellas, sino una sola naturaleza que se oponía por completo a Dios. Sin embargo, incluso dentro de la completa hostilidad del ser humano hacia la gloria de Dios, hay diferentes niveles y manifestaciones de la maldad, al punto de que Jekyll mismo se siente horrorizado ante su parte abiertamente maligna.

Nuestra incapacidad de cambiarnos a nosotros mismos
El segundo aspecto desesperanzador sobre nuestro ser interior, y que se aborda a lo largo de la novela, es la idea de que el predominio del mal en nosotros es inevitable, si lo encaramos en nuestras propias fuerzas.

El testamento del Dr. Jekyll dice: «en el caso de desaparición o ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, durante un período de tiempo superior a los tres meses, el antedicho Edward Hyde pasaría a disfrutar de todas las pertenencias de Henry Jekyll» (cap. 1). En el siguiente capítulo, Utterson revisa la correspondencia que recibió de su amigo Lanyon. Adentro había otro sobre que tenía la siguiente inscripción: «No abrir hasta después del fallecimiento o desaparición de Henry Jekyll» (cap. 2).

Desde el comienzo hay señales de que Jekyll pronto desaparecerá, dejando que su parte malvada tome completa posesión de la persona. De hecho, hay un punto en el que Jekyll reconoce su derrota ante el mal: «A menos que suceda un milagro, esta será, pues, la última vez que Henry Jekyll pueda expresar sus pensamientos» (cap. 9).

La novela El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde es un recuerdo de la doctrina de la depravación total

La novela es un recuerdo de la doctrina de la depravación total, la cual afirma que el hombre, además de haber caído en pecado y estar bajo la ira de Dios, no puede ni quiere verdaderamente cambiar su condición. Además, como lo dice el apóstol Pablo, Dios en Su justicia ha decidido entregar al ser humano a sus perversiones para que caiga más hondo y sufra las consecuencias (Ro 1:28). El juicio de Dios comienza por no detener al hombre en su pecado, como cuando el mal en Jekyll toma completa posesión de su persona.

¿Qué hacer ante el horror?
En la novela, no fue posible que Jekyll y Mr. Hyde coexistieran en paz ni que fueran separados. Sin embargo, los cristianos podemos dar gloria a Dios por la cruz de Cristo, en la cual hemos muerto a los deseos carnales y hemos resucitado a una nueva creación que anhela la gloria de Dios (cp. Ro 6:1-11).

La única solución ante la realidad devastadora de nuestro ser interior es que Dios obre en nosotros el nuevo nacimiento y así seamos una nueva criatura en Cristo (Jn 3:3; 2 Co 5:17). Como dice la Escritura: «Mediante la ley yo morí a la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gá 2:19-20).

Al ser nuevas criaturas en Cristo, tenemos hoy la capacidad de crecer a Su imagen y un día seremos glorificados con Él

Así, en Cristo, hemos sido librados del destino del mal triunfante. Admitimos que en el presente aún existe un conflicto interno en todo creyente, debido a que «el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro» (Gá 5:17). No obstante, los creyentes sabemos que seremos resucitados en gloria, obteniendo por fin la victoria definitiva sobre el pecado que todavía está en nosotros (1 Jn 3:2).

Ya no somos como Jekyll, quien desea desarrollar su lado de bondad, pero no puede hacerlo. Al ser nuevas criaturas en Cristo, tenemos hoy la capacidad de crecer a Su imagen y un día seremos glorificados con Él, librados completamente del pecado.

Me pregunto cómo alguien que no ha creído en Cristo podría leer El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde y no ser consumido por el horror de su propia naturaleza. Ante un corazón que en lo más profundo solo desea hacer el mal (Ro 3:11-18) y ante la inevitable desaparición de todo lo que es bueno, ¿qué opción nos queda para vivir? Solo dos: o abrazamos por completo esa aparente dualidad hasta el momento en que el mal nos destruya, o vamos a Cristo en busca de una nueva humanidad. Por la obra del Espíritu en mí, prefiero la segunda.

Para mí, esta novela de terror ha sido un dulce recordatorio de la obra del Espíritu de Dios en el creyente.

David Riaño sirve como coordinador de las iniciativas de (un)adopted, un ministerio de Lifeline Children’s Services, para Colombia. Ha servido en la Iglesia Bautista Renacer en Bogotá por más de una década en ministerios de traducción, enseñanza, liderazgo y viajes misioneros. Trabajó como docente de idiomas y traductor por varios años antes de unirse al equipo de Lifeline. Es parte del departamento editorial de BITE, en donde también escribe artículos sobre cultura cristiana. Tiene un título de Licenciatura en Filología Inglesa de la Universidad Nacional de Colombia y está haciendo una maestría en Estudios Literarios en la misma institución. Le encanta tomar café con su esposa Laura.

Cómo la ideología de género está dañando la academia – Ana Ávila

Lucía es amante de la ciencia,1 pero sobre todo del Señor de la ciencia. Desde pequeña ha disfrutado conocer cómo funciona el cosmos y hoy pasa sus días mirando el cielo con asombro. Disfruta contemplar la gloria de Dios, a veces a través de la ventana (Sal 19:1) y a veces en una hoja de cálculo. Hace poco recibió su magíster en una de las casas académicas más importantes de Chile y tiene el deseo de continuar con su educación. Pero no está segura.

Su amor por el saber no ha disminuido; dejar de aprender no es una opción. La pregunta es cómo seguir. ¿Valdrá la pena invertir los siguientes cinco años de su vida en un doctorado o será mejor dedicarse al estudio independiente? Si yo tuviera la opción, sin duda me matricularía en el doctorado, pensé. Pero luego escuché una de sus razones para dudar y me dejó helada: «Mi universidad crea monstruos».

Hay un conjunto de ideas que han capturado el alma mater de Lucía, así como a muchas otras instituciones en Latinoamérica y en el resto del mundo. Sus defensores pregonan que la identidad de género es algo separado del sexo. Afirman que ser hombre o mujer no se determina por la biología, sino por el sentir interno de ser hombre o mujer. En la mayoría de personas, se dice, ese sentimiento interno corresponde con las características biológicas que uno esperaría encontrar en un hombre o en una mujer, pero en algunas no. La conclusión «lógica» de todo esto es que cualquier ser humano es mujer por el simple hecho de sentirse mujer y hombre por el simple hecho de sentirse hombre, independientemente de su biología.

Un pensador necesita a otros pensadores que respondan a sus ideas extrañas, refutándolas en el error y afirmándolas en la verdad

Las ideas extrañas no son algo nuevo en la academia. Siempre han existido pensadores que intentan romper el statu quo para promover una nueva manera de concebir el mundo. Con todo, si un pensador desea ser fiel en el avance del conocimiento, el cual en teoría es el propósito de la academia, necesita a otros pensadores que respondan a sus ideas extrañas, refutándolas en el error y afirmándolas en la verdad.

Pero hoy, cuando de «género» se trata, eso es prácticamente imposible.

La presión para callar
«No puedes decir nada en contra», me dijo Lucía. «Conozco a varios profesores que no están de acuerdo con esas ideas, pero prefieren evitar dar a conocer su postura para no meterse en problemas». ¿De qué temen? De los «monstruos», es decir, los jóvenes activistas iracundos, fanáticos y agresivos dedicados a la propagación por medio de la violencia de esta manera de concebir el género. Ante cualquier objeción, disparan sus armas —manifestaciones, vandalismo o turbas de redes sociales— para humillar al disidente, tachándolo de transfóbico y promotor de un «discurso de odio».

Para ver las consecuencias de todo esto solo tenemos que mirar lo que sucede en el llamado «mundo desarrollado». Los avances económicos de estos países los convierten en punta de lanza, para bien y para mal, y el resto de las naciones solemos seguir sus pasos en materia política y social sin hacer demasiadas preguntas. La buena noticia es que no tenemos que hacerlo. Debemos examinarlo todo con cuidado, reteniendo lo bueno mientras nos abstenemos de toda forma de mal (1 Ts 5:21-22).

Latinoamérica puede decidir seguir a los países «desarrollados» o mirar las consecuencias de sus ideas y decidir cambiar el rumbo

Evaluemos, por ejemplo, el caso del Dr. Jordan Peterson, profesor y psicólogo clínico canadiense. Peterson saltó a la fama en 2016, tras oponerse en público a una ley que podría ser usada para obligar a las personas a referirse a otros usando sus pronombres de preferencia (hablar de una mujer biológica usando «él» o de un hombre biológico usando «ella»). Desde entonces, Peterson ha argumentado abiertamente en contra del discurso popular sobre el género, a veces de maneras que podrían caracterizarse como abrasivas.2 A nadie le sorprenderá saber que Jordan Peterson es una figura pública polémica, amado por muchos y odiado por tantos más.

Tras múltiples «cancelaciones» en Internet, la situación se puso difícil para Peterson en enero de 2023. «El Colegio de Psicólogos de Ontario quiere retenerme para que me comporte correctamente. Esto debería preocupar a todos», escribió en un editorial (en inglés). Sus críticas en Twitter sobre transexualidad, política y el COVID, ocasionaron que el Colegio le ordenara llevar un curso de comunicación en redes sociales. Peterson explicó:

Debo pagarlo yo (unos cientos de dólares por hora) y durante un periodo de tiempo que determinarán únicamente quienes me reentrenarán y se beneficien de ello. ¿Cómo se determinará esto? Cuando esos mismos reeducadores —esos expertos— se hayan convencido de que he aprendido la lección y me comportaré correctamente en el futuro.

Peterson se rehusó a acatar la orden del Colegio. Mientras escribo esto, está por verse si eso representa que su licencia para practicar psicología clínica en Ontario sea removida.

Un hombre que ha vendido millones de copias de sus libros y que llena teatros alrededor del mundo puede darse el lujo de perder su licencia. Si llega a suceder, el impacto emocional será duro, pero al final del día Peterson estará bien. ¿Pero qué pasa con el resto de los profesionales de su campo en Canadá? Ellos han aprendido la lección: «di lo que el Colegio quiera o no digas nada».

Si no estás de acuerdo con que las personas «transicionen», usando operaciones u hormonas para modificar su cuerpo de manera permanente, no digas nada.

Si no crees que una mujer transgénero es exactamente lo mismo que una mujer biológica, no digas nada.

Si crees que alguien puede aprender a sentirse más cómodo en su cuerpo, a pesar de que siente que es del sexo opuesto, no digas nada.

Los profesionales de la salud en Canadá ya no tienen la libertad de decir algo que vaya contra la narrativa central del nuevo discurso de género. Hacerlo es arriesgarse a perder su carrera profesional y a dejar de llevar alimento a su familia. Sí, Jordan Peterson estará bien, pero el resto de Canadá sufrió una pérdida terrible.

¿Esperaremos a que eso nos suceda también?

La esperanza de permanecer
Las ideologías surgen cuando las cosmovisiones se imponen sobre otros a través de la violencia o la coerción. Enfrentarse a ellas siempre representa un costo.

Alice von Hildebrand, por ejemplo, fue profesora de filosofía durante treinta y siete años, a partir de 1947, en Hunter College, Estados Unidos: desde el principio de su carrera se opuso al relativismo y pagó el precio por ello. Fue rechazada por sus colegas, relegada a enseñar por las noches las clases que nadie más quería impartir y recibió la titularidad académica solo después de catorce años de enseñanza.

En su libro Memorias de un feliz fracaso, la Dra. Von Hildebrand relata sus luchas en el mundo académico, mostrando que no es nuevo que este sea un campo de batalla: «La libertad académica se limitó a los relativistas, subjetivistas y ateos», escribió. «Aquí no hay “pluralismo sano”» (loc. 715).

Lucía entiende esto, pero no pierde la esperanza. «Cuando hablamos en privado, con una o dos personas, podemos tener buenos intercambios acerca del tema», me dijo. «Muchas personas están dispuestas a escuchar. Es cuando se reúne la turba que las cosas se ponen difíciles».

Oremos para que Dios levante académicos valientes para examinarlo todo, retener lo bueno y desechar la maldad

Latinoamérica puede decidir seguir a los países «desarrollados» o mirar las consecuencias de sus ideas y decidir cambiar el rumbo. Oremos para que muchos ojos sean abiertos; para que los que restringen la verdad (como nosotros lo hacíamos antes) corran a Cristo en arrepentimiento.

Oremos para que Dios levante académicos valientes para examinarlo todo, retener lo bueno y desechar la maldad. Apoyemos a quienes ya lo están haciendo o quieren equiparse para entrar en esta lucha. Nuestros hijos lo necesitan. En las palabras de la Dra. Von Hildebrand:

Religiosa, moral, humana y políticamente, [nuestras naciones] solo puede[n] esperar sobrevivir si se mantiene[n] firme[s] en el terreno de la verdad y da[n] a sus hijos el pan del que están hambrientos. Esta es la gran tarea de la educación (loc. 2047).

1 Nombre ficticio, para proteger la identidad de la entrevistada.
2 En junio de 2022, por ejemplo, como respuesta al titular «Elliot Page está “orgulloso” de introducir un personaje trans en Umbrella Academy», Peterson tuiteó: «¿Recuerdan cuando el orgullo era un pecado? Y a Ellen Page un médico criminal simplemente le quitó los pechos» (pues Elliot Page es una persona transgénero: mujer biológica que se presenta ante la sociedad como varón. Hasta 2020, su nombre era Ellen Page).


Ana Ávila es escritora senior en Coalición por el Evangelio, Química Bióloga Clínica, y parte de Iglesia El Redil. Es autora de «Aprovecha bien el tiempo: Una guía práctica para honrar a Dios con tu día». Vive en Guatemala junto con su esposo Uriel y sus dos hijos. Puedes encontrarla en YouTube, Instagram y Twitter.

Expongamos la idolatría detrás de la ideología | Josué Barrios

Expongamos la idolatría detrás de la ideología

Josué Barrios

Debemos ser compasivos con las personas que sufren disforia de género. Sin embargo, es clave reconocer que ellas son bombardeadas por un engaño llamado «ideología de género», que no les brindará la paz que anhelan. También nuestros hijos son parte del objetivo de la agenda de esta ideología que invade nuestros países. Si amamos la verdad y a las personas, hablaremos la verdad en amor a las personas.

Ahora bien, cuando se trata de responder a la ideología de género, debemos reconocer que ella tiene en su bolsillo el cianuro para su suicidio intelectual, por decirlo de alguna manera. Esta es una razón para encarar con seguridad cualquier diálogo con personas que abracen esta ideología. Tan solo considera algunas de las contradicciones en sus doctrinas:

«No hay diferencias significativas entre el hombre y la mujer», pero la misma idea de ser transgénero y «cambiar de sexo» saca a relucir que sí hay diferencias profundas entre el hombre y la mujer.
«El género es independiente de la biología», pero se espera que las personas con disforia alteren su biología para «cambiar de género» mediante el uso de hormonas y mutilaciones irreversibles sobre cuerpos sanos.
Siguiendo el posmodernismo, se afirma que «toda afirmación de verdad (como los conceptos “hombre” y “mujer”) es solo una construcción social», promovida por algunos para mantener su poder en la sociedad mientras las minorías son oprimidas. Pero si toda afirmación de verdad es una construcción social con este fin… ¿No lo son también los postulados de la ideología de género?
El espacio aquí no basta para hablar de más contradicciones en esta ideología, ni para mencionar cuán absurdas pueden llegar a ser sus conclusiones a nivel público. Tan solo mira, por ejemplo, la lista creciente de «géneros» que puedes escoger en la configuración de tu perfil en Facebook, o piensa en el hecho de que «en un mundo donde millones de personas carecen de cuidados de salud básicos, hay naciones ricas que gastan dinero en la “construcción de vaginas” para hombres saludables».1

Más aún, si puedes definir tu género, ¿por qué no definir también tu edad o color de piel? ¿Qué hacemos con alguien que afirma ser de otra edad, raza o especie? Además, si toda identidad y orientación sexual debe ser afirmada, ¿qué hacemos con los intentos de las minorías que buscan justificar la pedofilia y hasta la bestialidad bajo el lenguaje del «amor»? ¿Cuál es el límite a las implicaciones de esta ideología?

Sí, podemos hablar mucho más sobre las contradicciones y los peligros evidentes de la ideología de género. Es necesario que lo hagamos. Sin embargo, el objetivo de este escrito no es hablar principalmente sobre eso. Quiero invitarte a reflexionar con la Biblia en lo que hay detrás de esta ideología.

Si este conjunto de dogmas es tan irracional y tóxico, ¿por qué tantas personas lo aceptan con fanatismo? Además, ¿cómo entender esa propensión nos ayuda a hablar la verdad en amor frente al engaño ideológico?

La ideología como religión
La Biblia enseña que la razón por la que podemos llegar a abrazar ideas irracionales es que no somos criaturas muy racionales después de todo. Debido a nuestro pecado e idolatría —que consiste en poner a otras cosas en el primer lugar que solo Dios merece y creer que eso nos saciará (Ro 1:21-25; Jer 2:13)—, el Señor en Su justicia nos dejó seguir nuestra mente separada de Él, como una forma de juicio: «Y así como ellos no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada» (v. 29). Es por eso que no pensamos tan bien como debiéramos.

Además, un punto clave sobre nuestra humanidad es que Dios no nos hizo seres puramente racionales. Él nos hizo para que seamos más que simples calculadoras. Dios nos creó en amor para compartir Su deleite con nosotros, para que le adoremos y disfrutemos de comunión con Él para siempre. Por eso nos dio la capacidad de tener deseos, pues la adoración sin afectos sería mera hipocresía. Fuimos hechos para amar y adorar a Dios con todo lo que somos (Mt 22:37), lo que implica ser gobernados por el deseo por Dios.

Nuestros anhelos son capaces de sobreponerse a la razón. De hecho, tendemos a justificar y racionalizar las cosas que deseamos

Como fuimos hechos para adorar, se nos hace imposible no adorar algo. Si Dios no está en el centro de nuestras vidas, no podemos evitar desear algo más que llegue a ocupar el primer lugar y que elevemos como dios. Por eso la esencia del pecado es cambiar la gloria de Dios por algo más y convertirlo en lo más importante y deseable.

En palabras de Santiago, «cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte» (1:14-15). Esto significa que el pecado no surge de la nada, sino que tiene su origen en nuestros deseos desordenados (el significado de la palabra griega traducida como «pasión»)

Somos criaturas más orientadas por nuestros deseos que por la mera razón. Es por eso que saber que codiciar está mal no necesariamente acaba con nuestra codicia (cp. Ro 7:7-8). Nuestros anhelos son capaces de sobreponerse a la razón, de manera que «los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne» (Ro 8:5). De hecho, tendemos a justificar y racionalizar las cosas que deseamos. Nuestros ídolos nos gobiernan, estemos conscientes de eso o no. Por eso Jesús habla del pecado como algo esclavizante (Jn 8:34).

En resumen, todo pecado es idolatría. Por tanto, debajo de toda ideología que pone ideas falsas por encima de la verdad también hay idolatría.

Cuando reconocemos esto, no es difícil detectar cuál es el ídolo detrás de la ideología de género: el yo que quiere definir su identidad y elevar sus deseos desordenados por encima de la verdad, asumiendo el lugar de dios en su vida y pretendiendo que eso lo hará feliz. En este sentido, la ideología de género —como toda ideología en realidad— es una forma de religión basada en una fe mal dirigida (¡y vaya que se requiere mucha fe ante tantas contradicciones en sus doctrinas!).

Debajo de toda ideología que pone ideas falsas por encima de la verdad también hay idolatría

Es por este individualismo que, como Tim Keller ha señalado, mientras que en el mundo romano antiguo acusaban a los creyentes: «Ustedes los cristianos son muy exclusivistas; amenazan el orden social porque no honran a todas las deidades», hoy el mundo occidental posmodernista e individualista nos acusa: «Ustedes los cristianos son muy exclusivistas; amenazan el orden social porque no honran todas las identidades».

Por eso el debate sobre la ideología de género se trata en realidad de una guerra espiritual por los corazones de las personas, contra las fuerzas espirituales que mantienen a las personas cautivas voluntariamente a la esclavitud de la idolatría (cp. Ef 6:12, 2 Co 4:3-4; 2 Ti 2:25-26). No podemos librar esta guerra sin tener en cuenta su dimensión espiritual y sin prepararnos con la armadura que Dios nos provee (Ef 6:10-18).

Aquí es donde aparecen las buenas noticias: nuestro Dios es poderoso y lleno de gracia para librar a las personas de la idolatría y traerlas a Él (1 Ts 1:9; 2 Co 4:6). Lo hizo en quienes hemos creído el evangelio; lo puede hacer también en los demás.

Respondamos ante la idolatría
Los activistas de la ideología de género dicen que el debate al respecto en la esfera pública debe estar exento de dogmas de fe y religión; sin embargo, como vimos, su ideología es una forma de religión y tiene dogmas que abraza por fe. No temamos señalar esto en la medida que sea posible. Identifiquemos la idolatría subyacente debajo de la ideología, en vez de enfocarnos solo en conversar sobre lo irracional y dañina que resulta, pues esto nos permite ir a la verdadera raíz del problema y apuntar a la solución que solo está en Jesús.

Nuestro Señor es el Hijo de Dios que vino a este mundo para vivir perfectamente en nuestro lugar, morir en una cruz por nuestros pecados y resucitar victorioso para traer libertad y vida eterna a todo el que cree en Él. En Cristo podemos tener comunión con Dios y empezar a vivir satisfechos en Él para siempre, de manera que podamos decir junto a Pablo que el vivir es Cristo (porque Él es lo más valioso y precioso que tenemos) y el morir es ganancia (porque la muerte solo nos acerca más a Él; Fil 1:21).

Expongamos la idolatría detrás de la ideología de género. Al hacerlo, expongamos también al Salvador que nos hace libres en verdad

Entonces, no nos conformemos con solo señalar las inconsistencias y consecuencias de la ideología de género. Cavemos más profundo. Esta ideología está mal no solo porque es ilógica y hace daño a las personas, sino primeramente porque nos esclaviza como lo hace todo pecado y porque es una forma de rechazar al Dios para el que fuimos hechos y el diseño con el que nos creó en Su voluntad perfecta. Solo Él es el Dios que puede saciarnos en verdad.

Hermanos, expongamos la idolatría detrás de la ideología. Al hacerlo, expongamos también al Salvador que nos hace libres en verdad (Jn 8:34). Esto no es opcional si queremos hablar la verdad en amor a las personas.

1 Sharon James, Gender Ideology: What Do Christians Need to Know? [Ideología de género: ¿Qué necesitan saber los cristianos?] (Christian Focus, 2019), p. 20.


Josué Barrios

Sirve como Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblica. Es licenciado en comunicación y cursa una maestría de estudios teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y su hijo Josías en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer como líder de jóvenes. Puedes leerlo en josuebarrios.com, donde su blog es leído por decenas de miles de lectores todos los meses. También puedes seguirlo en Youtube, Instagram, Twitter y Facebook, y suscribirte gratis a su newsletter con contenido exclusivo.

No perdamos de vista al que sufre | ​Otto Sánchez

Una o dos personas que asistían a nuestra iglesia dejaron de hacerlo hace un tiempo. Ellos decían que yo había dejado de predicar el evangelio de Cristo por predicar un «evangelio de justicia social». Como pastor con unos treinta años en el ministerio, he podido comprobar la cantidad de alegatos que una persona puede elaborar como mecanismo de defensa para que su conciencia no la mortifique. La tendencia es que, si hay algo que no le gusta o con lo que no está de acuerdo, simplemente lo descarta con malos argumentos que no resisten el análisis.

Todo comenzó cuando empecé a enseñar a la iglesia sobre algunos problemas éticos de actualidad que estaban relacionados con el hambre, la corrupción política, la compasión, la sexualidad, la educación, entre otros. Sé que algunos pueden sentirse incómodos con estos temas. Sin embargo, por encima de la opinión de unos pocos, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.

Debo reconocer que hay predicadores, sermones, libros e incluso iglesias que son más activistas sociales que embajadores de Cristo. Entienden que la mayor necesidad que tiene el ser humano se circunscribe a sus problemas materiales y al impacto que estos generan en la sociedad. Piensan como los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII, que un ser humano educado y socialmente realizado es la esperanza de la humanidad. Sin embargo, todas esas expectativas quedaron pulverizadas con dos grandes guerras en la primera mitad del siglo XX, generadas por esos personajes ilustrados, lo que dejó un saldo de aproximadamente 60 millones de muertos.

Puedo entender que la falta de compasión caracterice el mundo de hoy, pero no a la iglesia de Cristo

En la antípoda de esta posición están los que ven el mundo actual desde una perspectiva que llamo «escatología fatalista». Han divorciado el evangelio de la compasión, el trabajo, el servicio al prójimo y la esperanza, porque Cristo viene y no hay nada que podamos hacer para arreglar este mundo. Padecen del «síndrome tesalónico» fundamentado en una mala concepción de los roles de la iglesia en estos últimos tiempos, lo que los ha llevado a ser indiferentes, espectadores sin alma ni sentimientos de los males que aquejan a nuestro mundo contemporáneo.

No puedes separar el evangelio de la compasión
Puedo entender que la falta de compasión caracterice el mundo de hoy, pero no a la iglesia de Cristo. No hay forma de que podamos separar la piedad y todas las virtudes que tienen que ver con restaurar el imago Dei en los seres humanos. Es urgente que vivamos el evangelio como Cristo nos lo modela, porque este apremio no solo lo encontramos en las Escrituras, sino también en el mundo caído y sin Dios que lo pide a gritos. Una sociedad que clama por justicia y por misericordia; pide pan y tiene sed; tiene dolor y está de luto; está llorosa y perturbada y no hay que la consuele entre todos sus amantes porque necesita de Cristo y, por ende, recobrar su dignidad.

El periodista y escritor español Pedro Cuartango, en una publicación del diario ABC del 2018, hace una dramática descripción del sufrimiento, la maldad y el dolor instalados en nuestros días: «Lo vemos en la calle, en un hospital, en una pantalla, en la casa de un vecino. Está en todos los sitios y en ninguno. A veces, miramos para otro lado para no verlo, pero acaba por mostrarse cuando menos lo esperamos. Desgraciadamente, el mal no se puede erradicar con las armas ni los ejércitos… es algo esencialmente individual, es un proceso de corrupción del espíritu, una enfermedad del alma cuando se pierden los valores». El tormento y la angustia están en todas partes. No hacen acepción de personas. Viven en los palacetes y en los arrabales; se visten de frac y de harapos. Sufre el millonario y sufre el indigente por igual, con la diferencia de que el rico puede disimularlo, el pobre no.

La compasión nace en el corazón de Dios
La Biblia está repleta de acciones compasivas: desde una princesa egipcia que tuvo compasión de un niño hebreo dentro una canastilla a la deriva (Éx 2:6), hasta el clamor de un hombre devoto a sus amigos para que tuvieran compasión de él (Job 19:21). Dios dice por medio de uno de sus profetas que Él se inclina al perdón y le dice a Israel: «Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión» (Os 11:8). En el Nuevo Testamento, la palabra «compasión» aparece 25 veces; la mitad de estas se encuentran en los evangelios y siempre relacionadas con el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Con algunas variantes, la distribución es básicamente la siguiente: En Mateo, cinco veces (9:36; 14:14; 15:32; 18:37 y 20:34); en Marcos, tres veces (6:34; 8:2 y 9:22); y en Lucas, cuatro veces (1:78; 7:13; 10:33 y 15:20).

El tormento y la angustia están en todas partes. No hacen acepción de personas. Viven en los palacetes y en los arrabales; se visten de frac y de harapos

El vocablo empleado, por ejemplo, por Mateo («viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas») es especialmente fuerte. Deriva de la palabra «entrañas» y se refiere a aquellos sentimientos que se sienten vivamente y hasta nos conmueven físicamente. Se trata, pues, de una compasión entrañable que conmovía a Jesús hasta lo más profundo de su ser.[1]

Examinaremos de forma concisa tres pasajes que, de alguna manera u otra, representan el alcance de nuestro Señor y las grandes áreas de atención de la compasión cristiana hacia los seres humanos:

Compasión por la condición espiritual (Mt 9:35-38).
Compasión por la condición emocional (Lc 7:11-14).
Compasión por la condición material (Mt 15:32).
Estos tres pasajes nos muestran que Cristo combatía la maldad y las consecuencias del pecado con la predicación del evangelio, sin descuidar las condiciones puramente humanas del individuo. Su propósito no era erradicar la pobreza y las injusticias de su época (Mt 26:11), sino mostrar a sus discípulos y a nosotros la compasión y el servicio a los demás para que sea imitado (Mt 13:15).

No podemos pensar que, porque hay algunos que han hecho del evangelio una causa puramente social, debemos concluir que ayudar al menesteroso no es una opción que le haga justicia a las Escrituras. Mostrar compasión y ayudar al necesitado es algo que debemos procurar como resultado de nuestra fe y amor por Dios, que se muestra en amor por nuestro prójimo (Mt 22:36-40).

Compasión por la necesidad espiritual
«Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo 9:36).

El problema fundamental del ser humano es su necesidad de Dios. El vacío, la agonía, la amargura, el orgullo, la envidia, el rencor, el egoísmo y el estado de perdición del ser humano tienen su origen en la ausencia de Dios en los corazones. Por eso es que Cristo vino a este mundo. La Biblia enseña claramente:

«Jesús les respondió: “Vamos a otro lugar, a los pueblos vecinos, para que Yo predique también allí, porque para eso he venido”» (Marcos 1:38).

«Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10).

Mostrar compasión y ayudar al necesitado es algo que debemos procurar como resultado de nuestra fe y amor por Dios, que se muestra en amor por nuestro prójimo

La predicación del evangelio fue y es la prioridad operativa de Cristo —y, por lo tanto, de su iglesia— para alcanzar a personas para que vivan y cumplan con el propósito para el cual fueron creados: la adoración sublime y reverente de nuestro Dios.

Compasión por la necesidad emocional
«Al verla, el Señor tuvo compasión de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo: Joven, a ti te digo: ¡Levántate!» (Lucas 7:13-14).

Entre los momentos más conmovedores en la vida de nuestro Señor está su reacción ante el dominio tenebroso de la muerte. Él se cruza con una mujer que llora desconsolada por la muerte de su hijo. Solo un padre o una madre comprende lo que se quiere un hijo. El pasaje no menciona si tenía más hijos, pero independientemente de eso, ella llora por la pérdida. Una vez más, vemos a Jesús teniendo compasión. Sabiendo que va a resucitar al joven, tiene compasión. El dolor de esta madre por el cuerpo sin vida de su hijo es intenso. Cristo, que no es ajeno al dolor humano, se conmueve teniendo compasión de ella. Lo mismo frente a la tumba de Lázaro. Allí llora (aunque no con sollozos) sabiendo que iba a resucitar a su amigo (Jn 11:35).

Compasión por la necesidad material
«Entonces Jesús, llamando junto a sí a sus discípulos, les dijo: “Tengo compasión de la multitud, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos sin comer, no sea que desfallezcan en el camino”» (Mateo 15:32).

Aquí vemos a Jesús siendo compasivo por los hambrientos. «Tengo compasión porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer…». ¡Qué drama! No es que las personas tengan tres días sin comer, sino más bien que se les acabó el alimento. Se han quedado sin provisiones. La compasión de Cristo no tiene en cuenta las distintas clases de personas que hay en ese lugar. No todas se convirtieron en seguidores de Cristo, pero aún así, Él proveyó para todos como hizo con los diez leprosos (Lc 17:11-19).

La importancia que Jesús le da al tema de la compasión en sus acciones es evidente. Además, también resalta este asunto a través de sus enseñanzas, con parábolas muy memorables como la de los dos deudores (Mt 18:2), el buen samaritano (Lc 10:33) y el hijo pródigo (Lc 15:20). La congruencia entre sus enseñanzas y su carácter refleja por completo quién es Él. Él mostró mediante ejemplos al Dios del Antiguo Testamento que es presentado como un padre piadoso (Sal 103:13) y con gran compasión por otros. Jesús no pidió nada para Él mismo, ni en la agonía del huerto, ni tampoco ante los sufrimientos de la cruz. Él no manifestó autocompasión, sino que se entregó por completo a los demás.

Como Jesús
«Por tanto, si hay algún estímulo en Cristo, si hay algún consuelo de amor, si hay alguna comunión del Espíritu, si algún afecto y compasión, hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito» (Filipenses 2:1-2).

Estas palabras del apóstol Pablo nos hablan de nuestro llamado a imitar a nuestro Señor. De igual forma, Pedro concluye en su epístola de manera magistral, diciendo: «En conclusión, sean todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, y de espíritu humilde» (1 P 3:8). Al igual que Cristo, debemos predicar el evangelio, recordando que el evangelio sin compasión no es evangelio. Ser más como Cristo es ser más compasivos para gloria de Él y para bendición de todos los que vivimos en este lado de la eternidad.

Como escribió John Stott: «Si tuviéramos que resumir en una oración breve y sencilla en qué consiste la vida, el porqué Jesucristo vino a este mundo a vivir, morir y resucitar, y lo que Dios busca en este largo proceso histórico, sería difícil hallar una explicación más sucinta que ésta: Dios está haciendo a los seres humanos más humanos por medio de hacerles más como Cristo».[2]

[1] Barclay, W. The Gospel of Matthew, p. 116.
[2] Citado por Salvador Gómez Dickson en Citas Edificantes, p. 162.


​Otto Sánchez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama (IBO) en Santo Domingo, República Dominicana. Es además director del Seminario Teológico Bautista Dominicano. Está casado con Susana Almánzar, y tienen dos hijas. Puedes encontrarlo en Twitter.

La respuesta del evangelio frente al humanismo | Juan Carlos de la Cruz

La respuesta del evangelio frente al humanismo

Juan Carlos de la Cruz

¿Por qué el humanismo, con su énfasis en colocar al hombre como centro del universo, no ha dado con la solución a los problemas del corazón humano?

Para responder a esto, y a riesgo de simplificar demasiado, necesitamos ver que hay dos errores básicos que el humanismo comete en sus diversas corrientes.

El primer error es creer que el hombre es altruista y bueno por naturaleza. Más bien, en realidad, tenemos un corazón malo. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jer. 17:9). Esto no debe sorprendernos si somos honestos ante la historia de la existencia humana, llena de maldades y horrores.

Luego de eso, el segundo error de los humanistas es no dar crédito a la Palabra de Dios, que es viva y eficaz (He. 4:12). Ella no nos provee solo de un comentario cabal sobre la miserable y depravada condición humana, sino que principalmente nos ofrece la única solución definitiva para la desgracia de nuestra maldad: el evangelio.

Cómo podemos cambiar en verdad

La única manera en el universo en que podemos cambiar en realidad es por medio de aceptar y creer la verdad de Dios y su plan de redención en Jesucristo. Así lo enseña Juan 1:10-13.

“El estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de El, y el mundo no Lo conoció. A lo Suyo vino, y los Suyos no Lo recibieron. Pero a todos los que Lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en Su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”.

Solo así, por la gracia de Dios, podremos ver el mundo y la vida de otra manera, y esto como resultado de haber renacido espiritualmente. El amor a Dios, el mismo que se requiere para amar al prójimo, no es algo que tenemos por naturaleza. El Señor tiene que realizar una obra en nuestro interior para que seamos investidos con tal amor, que es fruto del Espíritu Santo cuando viene a morar en nosotros (Ro. 5.5; Gá. 5.22; Ef. 5.1-2).

Entonces, para que podamos amar, necesitamos que Dios transforme nuestros corazones. Moisés escribió de esto cuando dijo: “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Dt. 30:6; ver también Jer. 9.26, Hch. 7:51; Jer. 44:7,9; y Lv. 26.41).

Esta promesa fue comprada por Jesús en la cruz para nosotros. Esto es lo que necesita la humanidad para cambiar en lo más profundo. Solo Dios puede transformarnos realmente.

El humanismo no es suficiente

Recibiremos oposición por ser creyentes. Aun así, no dejemos la verdad de Dios para abrazar ideas opuestas a nuestra fe, o tratar de reconciliar lo que dice la Biblia con ellas. En el fondo, las propuestas humanistas son irreconciliables con la verdad.

Ni la Ilustración, ni las propuestas políticas, ni las propuestas sociales humanistas han funcionado jamás para cambiar el corazón de los hombres. El humanismo no es suficiente; la gracia de Dios revelada en Cristo sí lo es.

Esto debe conducirnos a no desmayar en nuestra comisión de predicar el evangelio de Jesús en un entorno actual lleno de humanismo. Cada vez que se arrepiente un pecador, hay regocijo en el cielo y una nueva vida transformada en la tierra. Todo por gracia, para la gloria de Dios.

Juan Carlos de la Cruz es pastor en la Iglesia Bautista Nueva Jerusalén, en Bonao, República Dominicana, y director de Southern Baptist School for Biblical Studies.

Charles Stanley (1932-2023) | Matías Peletay

El 18 de abril murió el reconocido autor y pastor bautista Charles Stanley, a la edad de noventa años. Su vida y ministerio estuvo llena de batallas que demostraron su carácter firme, su compromiso por seguir la voluntad de Dios y su vida de oración.

Stanley nació el 25 de septiembre de 1932 en un pequeño pueblo llamado Dry Fork, en el estado de Virginia, EE.UU. Fue criado por su madre, quien enviudó cuando Charles tenía nueve meses de edad. Juntos asistían a una iglesia pentecostal, donde Charles se convirtió a los doce años. Dos años más tarde, entendió que Dios lo llamaba a predicar y dedicarse al ministerio.

Cuando su madre volvió a casarse, Charles tuvo grandes conflictos durante la adolescencia con su padrastro alcohólico. Las experiencias de violencia doméstica marcaron su vida y ministerio, como él mismo reconoció (en inglés): «Yo era muy, muy combativo y muy, muy competitivo. Puedes ver que traje ese mismo espíritu de supervivencia a mi ministerio».

El joven Charles asistió a la Universidad de Richmond, Virginia, donde completó su licenciatura. Allí conoció a Anna, con quien se casó en 1955. Continuó sus estudios en el Southwestern Baptist Theological Seminary y en los siguientes años asumió el pastorado en varias iglesias. En 1969, la Primera Iglesia Bautista de Atlanta, una megaiglesia de 5000 miembros, le ofreció el puesto de pastor asociado. Dos años después, el pastor principal de la iglesia dejó su cargo y Stanley continuó con el ministerio por los siguientes cincuenta años. En 1977, fundó el Ministerio En Contacto, dedicado a enseñar la Biblia a través de programas de radio y televisión.

En 2020, a los ochenta y siete años de edad, Charles Stanley dejó su puesto como pastor principal para dedicarse a predicar a través de su ministerio En Contacto. La iglesia lo nombró pastor emérito luego de cinco décadas de ministerio. Siempre fue apreciado por su predicación fiel a la Biblia y su estilo sencillo pero efectivo, que le permitió tener gran impacto en muchas vidas a lo largo de los años.

Tres grandes batallas
Su compromiso por obedecer la voluntad de Dios y consagrarse al ministerio también lo puso en situaciones difíciles. Cuando recién se hacía cargo de la iglesia en Atlanta, una parte de los miembros se opusieron a su liderazgo, alegando que Stanley era demasiado autoritario. Finalmente, Charles recibió el apoyo de la mayoría de los hermanos, demostrando en el proceso tener un carácter firme y una moral intachable.

Él demostró la misma tenacidad cuando fue nombrado presidente de la Convención Bautista del Sur por el curso de dos años (1985-1986). Allí tuvo que mediar en el conflicto entre conservadores y liberales dentro de la Convención, y logró mantener la unidad de la denominación.

Pero sin dudas, su mayor batalla tuvo que ver con su divorcio. En 1993, Anna Stanley solicitó el divoricio, lo que causó un revuelo en la iglesia de Atlanta y significó la etapa más dura del ministerio de Charles. Nunca hubo acusaciones de infidelidad o conducta inmoral; Anna simplemente sentía que no era una prioridad para su marido. A pesar de que el pastor Charles aseguró en varias ocasiones que estaban trabajando por la reconciliación, finalmente el divorcio se llevó a cabo en el 2000. La iglesia de Atlanta apoyó y confirmó a su pastor en el ministerio, aunque el proceso significó la etapa más solitaria de su vida, como él mismo lo reconoció (en inglés).

En medio de las pruebas y dificultades que le tocó atravesar, las personas cercanas a Charles Stanley afirman que siempre vivió bajo su lema: «Obedezcamos a Dios y dejemos las consecuencias en Sus manos».

Influencia que permanece
En palabras del pastor José «Pepe» Mendoza, «es indudable la influencia que Charles Stanley ha tenido por décadas entre el pueblo evangélico en América Latina. Tanto sus libros como sus prédicas y enseñanzas dobladas al español han servido de edificación y exhortación para muchísimos que lo escuchaban con frecuencia. Sus enseñanzas se caracterizaban por ser bíblicas, sencillas y prácticas».

«Pepe» Mendoza también nos comparte que «una de las enseñanzas características y más populares de Stanley fueron sus Treinta principios de vida, que buscaban resumir las verdades bíblicas más útiles para transformar la vida». En uno de sus sermones, titulado Nuestra esfera de influencia, Stanley invita a los cristianos a no dejar de impactar con su testimonio al mundo, algo que se esforzó en alcanzar con su propia vida:

¿Está usted listo para que Dios le permita ser sal y luz del mundo? ¿Dejará que el alcance de su testimonio vaya más allá de lo que jamás se hubiera imaginado? De ser así, nunca subestime la influencia que puede tener al vivir para la gloria de Dios. Vea cada día como una oportunidad para permitir que Jesucristo viva por medio de usted. Al permitir que la luz de Cristo brille por medio de usted, quienes le rodean desearán conocer la fuente de su fortaleza, la luz de su vida y el origen del gozo que expresa cada día.

Matías Peletay sirve como editor en Coalición por el Evangelio. Vive en Cachi (Salta, Argentina) con su esposa Ivana y su hija Abigail, y juntos sirven como misioneros de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes escucharlo en el podcast Bosquejos y seguirlo en Twitter.

Aliento bíblico para creyentes deprimidos | Blake Boylston

Experimentar una depresión puede devastarte y desorientarte. Te sientes terrible y no sabes por qué. O tal vez sabes por qué, pero no importa lo que hagas o lo mucho que lo intentes, no puedes superar tu dolor y desesperación.

En estas situaciones es bueno comunicarse con un pastor, médico, o consejero. Y aunque la Biblia no sustituye la ayuda médica, sí habla sobre estos problemas, y las personas que sufren pueden beneficiarse de su sabiduría.

Aquí hay cinco verdades bíblicas en las que puedes enfocarte en tiempos difíciles

1) Mira
Presta atención a las personas a tu alrededor que intentan ayudarte. No subestimes la providencia del Señor a través de aquellos que Él pone en tu vida en el momento de tu depresión. Considera los siguientes proverbios:

“En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempo de angustia”, Proverbios 17:17.

“No abandones a tu amigo ni al amigo de tu padre, ni vayas a la casa de tu hermano el día de tu infortunio. Mejor es un vecino cerca que un hermano lejos” Proverbios 27:10.

Aquí vemos el valor de tener familiares y amigos que sean leales y cercanos. Entonces pregúntate a ti mismo:

¿Quién me vigila constantemente?
¿Quién parece estar disponible para hablar y pasar tiempo conmigo?
¿Quién sigue haciendo todo lo posible para hacerme sentir importante y amado?
Quienquiera que sea, no pases por alto ni subestimes la provisión de Dios para ti a través de ellos.

2) Limita
Descubre tus limitaciones físicas, sociales, y emocionales, y acéptelas humildemente bajo el control soberano de Dios.

No es raro que las tareas que alguna vez parecían simples se vuelvan difíciles cuando se está deprimido. Puede ser difícil comer bien, hacer ejercicio, o dormir bien. Puede ser útil, entonces, hacer algunos ajustes en tu estilo de vida para enfrentar cada día. Podrías reducir las responsabilidades adicionales en el trabajo, o decir “no por ahora” a nuevos compromisos. Incluso uno de los compañeros de viaje y ministerio de Pablo, Trófimo, enfrentó una enfermedad que le obligó a dejar de lado los viajes ministeriales durante una temporada (2 Ti. 4:20). Ir a tiempo parcial, cambiar de carrera, tomar vacaciones o un sabático pueden ser pasos razonables hacia la recuperación.

3) Lamenta
Está bien llorar, llorar, y llorar. Algunos se sienten culpables por sentirse tristes. Sin embargo, la tristeza o el dolor no son sentimientos que debamos reprimir. La tristeza es una de las expresiones más claras de nuestra humanidad. De hecho, muchos de nosotros no nos lamentamos lo suficiente por las cosas que Dios espera que nos lamentemos. Cosas como:

Nuestro propio pecado contra Dios y otros (Sal. 31:9–10; Lam. 1; Esd. 10:1; Mt. 26:75; 2 Co. 2:5–7; 7:10–11; Ef. 4:30; Stg. 4:9).
Ver personas rebelarse contra la Palabra de Dios (Sal. 119:136).
Anhelar que los pecadores se vuelvan a Cristo para salvación (Lc. 19:41–42; Ro. 9:1–3).
Separarse de amigos cercanos (Hch. 20:36–38; Fil. 2:26; 2 Tim. 1:4).
Experimentar la muerte de seres queridos (Nm. 20:29; Dt. 34:8; Jn. 11; 1 Ts. 4:13).
Anhelar que los creyentes más jóvenes sean hechos como Cristo (Gál. 4:19).
Y a veces nos sentimos deprimidos por razones que no podemos entender, lo que puede ser extremadamente frustrante. No importa cuál sea la razón, cuando experimentes una nube de depresión, trae tu dolor y gritos de ayuda a Dios en oración (Sal. 42; 88). Él ve todo lo que estás pasando (Sal. 139) y conoce tu débil ser (Sal. 103:14). Cualquiera sea la causa de tu melancolía, debes saber que el Señor es compasivo al oír tu clamor. Él está “cerca de los quebrantados de corazón” (Sal. 34:18).

4) Ríe
La depresión no es nada de qué reírse, y aquellos que ministran a los espíritus abatidos nunca deberían burlarse de ello.

Toma nota de todo lo que te brinde alegría y aligere tu estado de ánimo.

La depresión no es nada de qué reírse, y aquellos que ministran a los espíritus abatidos nunca deberían burlarse de ello. Incluso cantar cantos alegres en el momento equivocado puede empeorar un alma desanimada (Pr. 25:20). Y sin embargo, una de las formas más prácticas y beneficiosas en que Dios puede levantar un alma cansada es al comunicarte con personas con las que disfrutas estar. Como dice Proverbios 17:22: “El corazón alegre es buena medicina”. Siempre que sea posible, disfrutar de los buenos regalos de la mano de Dios en compañía de amigos queridos puede alegrar nuestros espíritus y traer gloria a Dios (Ecl. 2:24–26; Stg. 1:17; 1 Ti. 4:4–5; 6:17).

5) Ama
El amor de Dios llega a tu oscuridad y te encuentra donde estás.

Una de las frases más difíciles de aceptar y creer en una temporada de depresión es: “Dios te ama”. Tus pensamientos parecen decirte lo contrario. Pensamientos como:

“Dios me ha abandonado”.

“Dios me ama pero probablemente no le caigo bien”.

“Dios no puede usarme ahora para el avance del evangelio y el reino”.

Amado, si ese eres tú, ¡no hay otro lugar al que puedas ir para recibir verdadera y duradera alegría y esperanza fuera del evangelio de Jesucristo! El evangelio es la buena noticia de que Dios entra en nuestra oscuridad al tomar forma humana y habitar entre nosotros. Se trata de cómo el eterno Hijo de Dios vino a revelarse como la vida y la luz del mundo (Jn. 1:4–5, 9; 8:12; 9:5; 14:6). Jesús es el gran médico en el cual los pecadores pueden encontrar sanidad y descanso, principalmente para sus almas (Mt. 9:12; 11:28-30; 1 Pe. 2:24-25).

Así que estudia el evangelio. Medita en ello. Predícaselo a tu alma. Y entiende que incluso en las profundidades de tu depresión, el amor de Dios permanece.

Un apretón útil
La depresión nos hace sentir la debilidad de nuestra humanidad, pero no disminuye el poder de Dios.

Charles Spurgeon reflexionó una vez: “Cientos de veces he podido dar un apretón útil a los hermanos y hermanas que se han encontrado en esa misma condición, un apretón que nunca podría haber dado si no hubiera experimentado ese profundo desaliento”.

Spurgeon e innumerables creyentes a lo largo de la historia han visto cómo Dios usa sus luchas viciosas con la depresión para ministrar a otros que están bajo esa misma nube oscura. La depresión tiene una forma peculiar de hacer que las personas se sientan solas, temerosas, inútiles y, muchas veces, sin esperanza. Pero si miras a Cristo y escuchas las promesas de Dios, tu fe y esperanza se fortalecerán mientras esperas en Él. Y si te apoyas en el amor y el cuidado de otros que están tratando de ayudarte, el Señor hará su plan soberano para Su gloria y tu bien, incluso a través de la desconcertante prueba de la depresión.

La depresión nos hace sentir la debilidad de nuestra humanidad, pero no disminuye el poder de Dios. Y como compañero de lucha, tú puedes ser un canal de bendición único para aquellos en el mismo peregrinaje.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Blake Boylston es pastor asistente en la Iglesia Bautista Capitol Hill en Washington, D.C.

Por qué Jesús no bajó de la cruz para evitar Su muerte | Matías Peletay

Por qué Jesús no bajó de la cruz para evitar Su muerte

De igual manera, también los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, burlándose de Él, decían: «A otros salvó; a Él mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él» (Mt 27:41-42).

Cuando Jesús estaba clavado en la cruz, en el momento de Su agonía, los principales sacerdotes y ancianos del pueblo le ofrecieron un trato tentador: si se bajaba de la cruz, es decir, si se liberaba de una manera milagrosa, ellos estarían dispuestos a creer que Él era el Cristo. La propuesta era atractiva, pues significaba evitar el dolor y conseguir que muchas personas creyeran en Él. Pero Jesús decidió quedarse en la cruz.

Para entender mejor esta oferta de último momento de parte de los líderes espirituales de Israel, podemos hacer un breve repaso de sus interacciones con Jesús.

Una generación incrédula
Los sacerdotes y líderes del pueblo se veían a sí mismos como los pastores del pueblo de la nación, eran los instructores que guiaban a los demás a través de sus enseñanzas. No estaban del todo equivocados. Pero el deseo de poder y la corrupción del corazón humano habían hecho que estos pastores se desviaran y desviaran al resto del pueblo con ellos. La corrupción de estos líderes espirituales se había acumulado por tanto tiempo que Dios había decidió arrebatarles su posición y pastorear Él mismo a Su rebaño (Ez 34:11-16). Dios mismo sería el pastor que los líderes debían ser, pero que no fueron.

Esta fue una de las promesas que Jesús, el buen pastor, vino a cumplir. Cuando comenzó a enseñar, los oyentes sabían que era distinto a los escribas, sacerdotes y demás líderes (Mr 1:22). Mientras más conocido era Jesús, más despertaba la envidia de los líderes espirituales de la nación. Luego del milagro tremendo de multiplicar los panes, unos fariseos se acercaron a Jesús para discutir con Él. Estos maestros de la ley exigían una señal del cielo (Mr 8:11-13). Actuaban como los jueces de la fe, como los únicos capaces de certificar si este hombre, que decía ser Dios, era realmente un enviado del cielo. Esta actitud arrogante les impedía ver las obras de Jesús a la luz del Antiguo Testamento, para entender que las promesas de Dios se estaban cumpliendo en Él.

Jesús se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor

Cuando Jesús se dirigió a Jerusalén para llevar a cabo Su plan como el Mesías de Dios, Sus palabras expresaban claramente que este plan incluía ser rechazado por los sacerdotes y principales del pueblo (Mr 8:31-32). En la ciudad de Jerusalén, Jesús fue recibido por la multitud como el rey esperado, una aclamación popular que fácilmente podría haber aumentado el resentimiento de los líderes de la ciudad. ¡Cuánto más luego de que Jesús echó a los mercaderes del templo! El escándalo era público, la autoridad de los sacerdotes y escribas era desafiada y la figura de Jesús crecía.

Por eso los sacerdotes, escribas y ancianos le salieron al encuentro para demandar explicaciones: «¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio autoridad para hacer esto?» (Mr 11:28). Pero Jesús no les respondió. La pregunta solo tenía el propósito de censurar, de castigar y prohibir que Él siguiera enseñando y modificando las costumbres. Los líderes no estaban dispuestos a aprender o a escuchar alguna explicación de parte de Jesús.

Las señales estaban a la vista: los ciegos veían, los cojos andaban, los muertos eran resucitados y el evangelio era anunciado a los pobres (Mt 11:5-6). Las promesas de Dios, escritas por los profetas, se estaban cumpliendo ante los ojos de los escribas y fariseos, pero su corrupción no les permitía verlas. Su deseo de mantener el poder y su orgullo les impedía reconocer las señales. Una generación perversa y adúltera que exigía señales, pero que no era capaz de entender los tiempos acordes a las Escrituras.

Tal era la ceguera de su pecado, que cuando este liderazgo finalmente logró llevar a Jesús a la cruz, seguía pidiéndole señales a este hombre moribundo. Claro que lo hacían para burlarse, como lo hacía el resto de las personas que pasaban por allí, pero aún así se atrevieron a asegurar que ellos estarían dispuestos a creer que Jesús era el Mesías, si demostraba una señal poderosa y se bajaba de la cruz. ¿Puedes imaginarlo? Jesús liberándose de los clavos ante la multitud, recomponiendo Su cuerpo maltratado y castigado hasta el cansancio y revirtiendo todo Su sufrimiento para bajarse sano y sin un rasguño. Esa sí que sería una señal tremenda a ojos humanos.

¿No era esa invitación de los líderes del pueblo una buena oportunidad para demostrar que Jesús era el verdadero Hijo de Dios? ¿No se hubieran convertido los líderes de la nación y tras ellos, el resto del pueblo? A muchos de nosotros nos gustaría pensar que sí, porque es el tipo de señal y manifestación que nos gusta buscar.

Nos puede ayudar recordar la conocida parábola de Lázaro y el hombre rico (Lc 16:19-31), donde Jesús contó que el personaje rico aseguraba que si alguien de entre los muertos se levantaba y anunciaba la verdad a sus familiares, entonces se arrepentirían y serían salvos. Parece lógico. ¿Quién no creería si ve a un muerto resucitar para transmitirle un mensaje? Pero la respuesta de Abraham en la parábola fue: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos» (v. 31). Si no creen por el testimonio de las Escrituras, la Palabra de Dios, no creerán, aunque se levanten los muertos delante de sus propios ojos. Otro Lázaro, el amigo de Jesús, fue resucitado ante la vista de muchos, pero no todos los testigos creyeron (Jn 11:45-46).

Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada

Esto mismo podríamos decir de los principales sacerdotes y escribas que miraban a Cristo en la cruz. Aunque Jesús se hubiera bajado en una manifestación de poder ante sus ojos, sus corazones habrían seguido endurecidos. ¿Cuántos milagros había hecho Jesús antes y no fueron suficientes para sus pretensiones? Los mismos líderes lo reconocieron: «a otros salvó». Sabían muy bien que Jesús era capaz de hacer cosas extraordinarias, por eso se burlaban de Su condición dolorosa y aparentemente derrotada mientras estaba clavado en el madero.

Se quedó en la cruz
Por más tentadora que parecía la oferta en términos humanos, el plan eterno de Dios era diferente. Jesús es el cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para pagar el precio de nuestro rescate (1 P 1:18-20). La muerte de Jesús era necesaria para nuestra salvación. La crucifixión parecía una escena de derrota, pero en realidad era el triunfo de Cristo sobre el pecado de Su pueblo. Jesús estaba destruyendo la condena que pendía sobre nuestras cabezas (Col 2:14) y, en Su mismo cuerpo, borró nuestra enemistad con Dios (Ef 2:16).

Quedarse en la cruz fue la verdadera victoria, la verdadera manifestación de poder. Para mentes humanas nubladas por el pecado, Jesús era un abatido, un pobre hombre derrotado e incapaz de evitar su muerte. Un herido por Dios. Pero nada estaba más lejos de la verdad, pues Él estaba llevando nuestras enfermedades y sufriendo nuestros dolores, para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (Jn 3:16).

En nuestra mirada humana, limitada y egoísta, hubiéramos pensado que bajarse de la cruz podría haber sido la mejor opción. Una demostración tan potente y pública podría haber convencido a muchos. Pero Jesús, conociendo el plan eterno del Padre, puso Sus ojos en los frutos de Su aflicción (Heb 12:2). El amor a Su pueblo lo mantuvo en la cruz; miró al resultado y a los beneficiarios de Su muerte y, entonces, soportó las burlas, el desprecio y la muerte. Se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor.

Al final, morir por amor era el paso previo y necesario para resucitar con poder, y de esa manera consumar la redención de los Suyos.

Nuestros ojos lo vieron
Ninguno de los testigos de Su muerte pudo discernir lo que realmente estaba sucediendo. Ni los burladores que pasaban, ni los sacerdotes y escribas que le injuriaban con arrogancia, ni Sus discípulos que huyeron, ni las mujeres que le lloraron. Fue la gloria del Cristo resucitado lo que convenció a Sus discípulos de su fe y lo que les permitió entender el verdadero sentido y significado de la cruz.

Creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor

Pero ¿cómo convencer a aquellos que no pueden ver con sus ojos físicos a Jesús resucitado? La respuesta está en lo que Abraham le dijo al hombre rico en la parábola que Jesús relató: «a Moisés y a los profetas tienen». El Espíritu de Dios nos muestra la gloria de Cristo en las Escrituras, en Moisés y en los profetas. Es imposible entender, ver y conocer el significado de la cruz fuera de las Escrituras y sin la ayuda del Espíritu Santo. Gracias a la iluminación del Espíritu, podemos entender cuál fue el poder que actuó en la resurrección y coronación de Jesús, y que ahora vive en nosotros si hemos aceptado la redención por la fe (Ef 1:18-19).

Al conmemorar el día de la muerte de Jesús, nosotros vemos mucho más que una cruz de dolor, como solo veían aquellos líderes espirituales de Israel. Nosotros vemos la gloria de Cristo, Su triunfo sobre el pecado y el precio de nuestro rescate.

Los sacerdotes y ancianos, ciegos en su arrogancia, se burlaron del Salvador en Su sufrimiento. Pero cuando escucharon la predicación del evangelio y el Espíritu actuó por la Palabra, muchos judíos fueron convencidos de sus pecados y respondieron con arrepentimiento y fe (Hch 2:37-39). Gracias a la predicación y al testimonio de la iglesia de Jerusalén, incluso muchos sacerdotes vinieron a la fe (Hch 6:7). Tal vez muchos de ellos habían contemplado a Cristo en la cruz y menearon la cabeza, algunos en forma de burla y otros con decepción. Tal vez se convirtió alguno de aquellos que gritaron con soberbia: «que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él».

Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada (Jn 19:30), y por eso muchos sacerdotes después pudieron creer. De la misma manera nosotros creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor.

Matías Peletay sirve como editor en Coalición por el Evangelio. Vive en Cachi (Salta, Argentina) con su esposa Ivana y su hija Abigail, y juntos sirven como misioneros de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes escucharlo en el podcast Bosquejos y seguirlo en Twitter.