Justificación y Juicio

Ministerios Ligonier

Serie: La doctrina de la justificación

Justificación y Juicio
Por Cornelis P. Venema

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

n los debates sobre la doctrina de la justificación, uno de los temas más discutidos es la relación entre la justificación y el juicio final según las obras. Si la justificación es un veredicto definitivo en el que Dios declara que «no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Rom 8:1, énfasis añadido), ¿qué debemos hacer con la enseñanza de la Escritura de que los creyentes están sujetos a un juicio final en el último día? El Catecismo Mayor de Westminster enseña que los justos «serán reconocidos y absueltos públicamente» en el día del juicio (Pregunta 90). ¿Exige esta absolución final de los creyentes una distinción de dos etapas en la justificación: una justificación inicial basada solo en la justicia de Cristo y una justificación futura basada, al menos en parte, en las buenas obras? Y si se requiere de tal distinción de dos etapas en la justificación de los creyentes, ¿cómo podemos evitar la conclusión de que la justificación presente de los creyentes está suspendida en un evento futuro en el que el veredicto justificador de Dios depende de las obras?

Desde la Reforma del siglo XVI, la Iglesia católica romana ha enseñado que el «proceso de justificación» incluye varias etapas. La justificación comienza en el bautismo (la «primera» justificación) y posteriormente se incrementa mediante la cooperación del creyente con la gracia de Dios impartida a través de los sacramentos (la «segunda» justificación). Sin embargo, la justificación solo se completa en el juicio final tras un período de purificación en el purgatorio (justificación «final»). Según la visión católica romana, los creyentes están siempre expuestos a la pérdida de la justificación por la comisión de un pecado mortal. Para aquellos cuya justificación «naufraga» por el pecado mortal, el único remedio para restaurar el estado de gracia es el sacramento de la penitencia. De manera excepcional, solo los «santos», perfeccionados en santidad en esta vida, al morir tendrán el «mérito» para la bienaventuranza de estar en la presencia de Dios sin más purificación en el purgatorio. Para apoyar esta enseñanza se apela con frecuencia a la enseñanza bíblica relativa a un juicio futuro según las obras.

Sorprendentemente, en los debates recientes sobre la justificación y el juicio final según las obras, varios teólogos protestantes han propuesto distinciones similares entre las diferentes etapas de la justificación: pasada, presente y futura. Según los defensores de una «nueva perspectiva sobre Pablo», los creyentes «entran» en la comunidad del pacto por la gracia, pero «permanecen» y son finalmente reivindicados por sus obras. N. T. Wright, por ejemplo, apela a la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos 2:14-16 para decir que nuestra «justificación futura» estará basada en una vida de fidelidad. Otros comprometen la enseñanza bíblica de la justificación por la fe sola cuando insisten en que las obras que produce la fe en cierto sentido son instrumentales para la justificación del cristiano. En lugar de considerar la fe como un acto estrictamente receptivo, que se apoya solo en la justicia de Cristo para la justificación, insisten en que la «obediencia de la fe» («fidelidad») es la forma en que se recibe nuestra justificación. En consecuencia, la justificación pronunciada en el juicio final se concederá solo a quienes hayan mantenido su justificación perseverando en la obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN: UN VEREDICTO DEFINITIVO Y ESCATOLÓGICO
Antes de considerar algunos pasajes del Nuevo Testamento que hablan de un juicio final según las obras, debemos detenernos y preguntarnos: ¿Qué está en juego en la afirmación de que el juicio final implica una justificación futura basada en las obras —ya sean meritorias o no— de la persona justificada?

La respuesta corta a la pregunta es: todo. Si la justificación de los creyentes se basa en última instancia en una futura justificación por obras, entonces los creyentes nunca podrán estar seguros de que están definitiva e irrevocablemente bien con Dios. Si la justicia de Cristo no es la base exclusiva de su aceptación ante Dios, ahora y siempre, entonces los creyentes no pueden estar seguros de su herencia de vida eterna en Cristo. La perspectiva de una futura justificación (o condenación) sobre la base de las obras socava radicalmente cualquier convicción segura del favor continuo de Dios hacia nosotros. Considerar el juicio final como una etapa final de la justificación del creyente equivale a decir que los creyentes serán finalmente justificados por la gracia más las obras. El problema obvio de estos puntos de vista sobre el juicio final y la justificación es que comprometen el carácter definitivo y escatológico (perteneciente a las últimas cosas) de la justificación.

En vez de considerar el juicio final como un capítulo final de nuestra justificación, el Catecismo Mayor de Westminster lo describe de manera correcta como una absolución y un reconocimiento público. Este lenguaje no habla de un veredicto de justificación que finalmente determina quién está bien con Dios. No sugiere que la seguridad actual del creyente en el favor de Dios en Cristo sea meramente provisional, que todavía no sea segura o cierta. No, el juicio final manifiesta abiertamente lo que ya conocen los creyentes por la fe: el Juez, Jesucristo, que los absuelve en el juicio final, ya ha sido juzgado en su lugar y es su justicia ante Dios. Así como la resurrección de Cristo confirmó la suficiencia y perfección de Su sacrificio expiatorio por el pecado, la absolución pública de los creyentes en el juicio final confirmará ante todos su justificación gratuita por la fe solo en Cristo (Rom 4:25).

Pero eso no es todo lo que el juicio final revelará. El juicio final también traerá un reconocimiento abierto de aquellos cuya fe en Cristo no era una fe muerta o sin obras, no acompañada de las buenas obras que produce la fe verdadera (ver Stg 2:14-26). En el día del juicio, el reconocimiento público de los creyentes incluirá la concesión de recompensas de acuerdo con sus buenas obras o en proporción a ellas (ver Mt 25:21, 23; 1 Co 3:10-15; 2 Tim 4:8). Aunque esta recompensa se otorgará por gracia y no según el mérito, será una recompensa que mostrará el reconocimiento de Dios por lo que los creyentes han hecho en servicio agradecido a Él (Heb 6:10). Al reconocer las obras de los creyentes, Dios añadirá gracia sobre gracia, aceptando, reconociendo y recompensando a los creyentes por aquellas buenas obras que Él mismo preparó de antemano para que anduvieran en ellas (Ef 2:10).

DOS PASAJES ILUSTRATIVOS SOBRE UN JUICIO FINAL «SEGÚN LAS OBRAS»
Hay muchos pasajes en el Nuevo Testamento que hablan de un juicio final de los creyentes que será conforme a las obras (por ejemplo: Mt 12:36; 16:27; 2 Co 5:10; 2 Tim 4:1; Ap 20:11-15). Aunque estos pasajes afirman que Dios recompensará a los creyentes por sus obras, nunca sugieren que las obras de los creyentes sean la base de su justificación ante Dios (ver Rom 3:20; Gal 2:16). Aunque Dios recompensará las obras imperfectas de los creyentes, esta recompensa depende de la verdad más fundamental de que los creyentes ya son aceptos delante de Él sobre la base de la justicia perfecta de Cristo. Para decirlo de otro modo, la recompensa concedida no es la dádiva de Dios de vida eterna (Rom 6:23), sino un reconocimiento en gracia de la forma en que las vidas de los creyentes estuvieron en sintonía con la obra del Espíritu de Cristo en ellos. Estas obras confirman la enseñanza de la Escritura de que, así como la fe sola justifica, la fe nunca está sola en aquellos a quienes Dios justifica y a quienes también santifica.

Entre los pasajes que hablan de un juicio final según las obras, dos son particularmente instructivos: (1) la parábola de las ovejas y los cabritos en Mateo 25:31-46, y (2) la enseñanza del apóstol Pablo sobre el justo juicio de Dios en Romanos 2:1-16.

Mateo 25:31-46: Las ovejas y los cabritos. En el primero de estos pasajes, Mateo 25:31-46, Jesús ofrece una imagen sorprendente del juicio final que tendrá lugar cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria y todas las naciones y pueblos sean reunidos ante Él.

En el lenguaje de la parábola, Jesús compara el juicio final con un pastor o rey que reúne a su rebaño y separa a las ovejas de las cabras, colocando las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces el rey dice a las ovejas de la derecha:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí (Mt 25:34-36).

En Su descripción de la respuesta de las ovejas a las palabras del rey, Jesús presenta a las ovejas como sorprendidas, incluso desconcertadas, por el pronunciamiento de la bendición del rey sobre ellas. Por eso le preguntan al rey cuándo le hicieron esas cosas: cuándo le dieron de comer y beber, lo vistieron y lo visitaron, lo acogieron como forastero, etc. En su respuesta a la pregunta, el rey declara que «en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis» (v. 40).

Después de describir el trato que el rey da a las ovejas a su derecha, Jesús pasa al trato que da a las cabras de la izquierda. En lugar de bendecir a las cabras, el rey les pronuncia una maldición y les pide que se aparten de él «al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles» (25:41; ver v. 46). A continuación, describe la conducta de las cabras como el polo opuesto de las ovejas. A diferencia de las ovejas, el rey declara que las cabras no acudieron en su ayuda cuando ellas no mostraron bondad y misericordia con los que tenían hambre, sed, eran forasteros o estaban desnudos. A esta descripción de su fracaso, las cabras también responden con sorpresa. Protestan porque no recuerdan no haber tratado al rey con amor y bondad al no atender las necesidades del hambriento, el sediento, el desnudo, el forastero y el prisionero.

En esta notable representación del juicio final, varios temas están claramente presentes. Cuando el Hijo del Hombre venga, juzgará a todas las naciones y pueblos, a los justos y a los impíos. Nadie estará exento del juicio, y este juicio revelará la diferencia entre los que han dado pruebas de su fe en Cristo viviendo de acuerdo con Sus enseñanzas y los que no lo han hecho. En el caso de los justos, Cristo los reconocerá y elogiará públicamente por todas las formas en que demostraron su compromiso con Él, al mostrar compasión hacia «uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños» (v. 40). En el caso de los malvados, Cristo los condenará por no haber hecho lo mismo. La justicia del juicio de Cristo y la separación entre las ovejas y las cabras se mostrarán abiertamente para que todos las vean.

Aunque el juicio final recompensa a las ovejas y a las cabras según sus obras, varias características de la enseñanza de Jesús en este pasaje militan claramente contra la idea de que Él pretendía tratar una doctrina de salvación por obras. En primer lugar, antes de hablar sobre las buenas obras de las ovejas, Jesús señala que su herencia del reino estaba «preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (v. 34). Este lenguaje es muy similar al que Jesús utilizó al momento de describir a Sus discípulos como los «escogidos» de Dios (24:22, 24). También es coherente con la enseñanza de Jesús en otras partes del Evangelio de Mateo de que los que entran en el reino lo hacen por la gracia y el perdón de Dios, no por sus propios méritos o logros (5:3; 6:12; 18:23-35; 19:25). En segundo lugar, la principal diferencia entre las ovejas y las cabras radica en su relación con Jesús. Al mostrar amor y bondad hacia el más pequeño de los hermanos de Jesús, las ovejas demostraron su amor por Él. Y en tercer lugar, la sorpresa, incluso el olvido, de las ovejas respecto a su servicio a los hermanos de Jesús confirma que sus actos fueron realizados con alegría y gratitud. En ningún sentido estas acciones fueron motivadas por un deseo de recompensa o por un temor de que no hacerlas llevaría a su condenación en el juicio final. Los actos de las ovejas simplemente confirmaban su confesión del señorío de Jesús (ver 7:25).

Romanos 2:1-16: A cada uno conforme a sus obras. El segundo pasaje, Romanos 2:1-16, ofrece una de las afirmaciones más claras de la Escritura sobre un juicio final conforme a las obras. En este pasaje, el apóstol Pablo afirma que todos los seres humanos, judíos y gentiles por igual, estarán sujetos al juicio de Dios. Dios «pagará a cada uno conforme a sus obras» (2:6). El criterio de este juicio será diferente en el caso de los judíos, a quienes se les dio la ley, y en el de los gentiles, a quienes no se les dio la ley, pero en cuyos corazones estaba escrita la obra de la ley (vv. 14-15). Aunque la norma del juicio de Dios será proporcional a lo que Dios ha dado a conocer a judíos y gentiles con respecto a la ley y al evangelio, nadie estará exento. El juicio final revelará que «no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, esos serán justificados» (v. 13). En el caso de los condenados, la justicia de Dios se manifestará a la vista de todos.

Aunque algunos intérpretes de este pasaje afirman que enseña una justificación final de los creyentes sobre la base de las obras, es de suma importancia señalar que Pablo habla de un juicio conforme a, pero no a causa de las buenas obras. Concluir de este pasaje que Pablo veía el juicio final como un acto de justificación sobre la base de las obras sería contradecir totalmente lo que él mismo enseña sobre la justificación en otras partes de Romanos. Dentro del marco del argumento de Romanos 1-3, pudiera ser que Pablo estuviera hablando hipotéticamente, como han argumentado Juan Calvino y muchos otros exégetas reformados. Puesto que nadie es capaz de hacer lo que exige la ley (ver Rom 3:9-19), nadie será justificado sobre la base de las obras. Sin embargo, incluso si se interpreta que Pablo hablaba de lo que realmente es el caso, esto no comprometería su enseñanza de que la justificación es por gracia sola mediante la fe en Cristo solamente. Según esta interpretación, Pablo simplemente pudiera estar enseñando que solo serán justificados aquellos cuya fe «obra por amor» (Gal 5:6), aunque sus obras sean imperfectas y no contribuyan en nada a su justificación. Dado que los que son justificados por la fe sola son también santificados por el Espíritu de Cristo, el juicio final confirmará que los justificados no fueron salvos por una fe desprovista de frutos.

CONCLUSIÓN
Cuando se interpreta correctamente la relación entre la justificación y el juicio final según las obras, se desprenden dos conclusiones. En primer lugar, la perspectiva del juicio final no tiene por qué poner en peligro la confianza del creyente en que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. En el día del juicio, los creyentes que confían solo en Cristo como su justicia ante Dios serán abiertamente absueltos. Su fe en Cristo será vindicada. Y en segundo lugar, el reconocimiento abierto y la recompensa de las buenas obras de los creyentes servirán para evidenciar la autenticidad de su fe. Dado que la verdadera fe siempre va acompañada de sus frutos, los creyentes se sienten alentados por la perspectiva de que sus buenas obras serán reconocidas, incluso recompensadas, en el juicio final. En efecto, para estos creyentes será un día de alegría, cuando su Maestro les diga: «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:22-23).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Cornelis P. Venema
El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

El estado de gracia

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Serie: El cuádruple estado de la humanidad

Por Cornelis P. Venema

El estado de gracia

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk MagazineEl cuádruple estado de la humanidad

unque no es muy probable que los lectores de la revista Tabletalk saquen su teología de las calcomanías para autos, sin duda algunos de ustedes habrán visto una que dice: «¡No soy perfecto, solo perdonado!». Si bien esta calcomanía pretende encapsular la verdad respecto a nuestro estado como pecadores salvados por el perdón de Dios en Cristo que nos llega por gracia, en realidad no logra su objetivo.

Sin duda, los cristianos no son perfectos. No obstante, esa no es toda la historia respecto a lo que la gracia salvadora de Dios en Cristo les otorga en esta vida. La frase pone de relieve una de las principales bendiciones de la obra salvadora de Cristo: el perdón. Pero, deja sin mencionar muchas bendiciones inherentes que también les son impartidas a los creyentes que están unidos a Cristo por medio de la fe. Cuando Cristo, por Su Espíritu y Su Palabra, imparte las múltiples bendiciones de Su obra salvadora como Mediador, estas bendiciones no solo incluyen el perdón, sino también la liberación del dominio del pecado y la renovación mediante el poder santificador de Su Espíritu.

Siguiendo el lenguaje del libro Human Nature in its Fourfold State [La naturaleza humana en su cuádruple estado], escrito por el gran puritano escocés Thomas Boston, cuando Dios salva a los pecadores perdidos mediante la obra de Cristo y el ministerio del Espíritu, no los deja impotentes ante la tiranía del diablo, de su propia carne pecaminosa y del mundo bajo el dominio del pecado. Los saca de su estado de perdición en Adán y los introduce a su nuevo estado de gracia en Cristo. Si bien todos los pecadores caídos son incapaces de no pecar (non posse non peccare), los pecadores redimidos sí son capaces de no pecar (posse non peccare). Los creyentes son capacitados por gracia mediante el Espíritu de Cristo para comenzar a conformarse a la voluntad de Dios en verdadero conocimiento, justicia y santidad. Este comienzo puede ser «pequeño», pero es un comienzo de «obediencia perfecta», como bien lo expresa el Catecismo de Heidelberg. Los creyentes en unión con Cristo fueron sellados «con el Espíritu Santo de la promesa», quien garantiza su herencia hasta que tomen completa posesión de ella (Ef 1:13-14). Experimentan los albores de la vida eterna en comunión con Dios y estos albores son una especie de primicias de la plenitud de vida que gozarán en los nuevos cielos y la nueva tierra.

LA UNIÓN CON CRISTO Y EL ORDEN DE LA SALVACIÓN

Para poder apreciar las riquezas de las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes en el estado de gracia, debemos recordar que Cristo imparte estos beneficios a través del ministerio del Espíritu Santo y la Palabra de Dios. Juan Calvino usa una frase encantadora para capturar la relación entre lo que Cristo ha obtenido para Su pueblo y la forma en que el Espíritu obra para unirlos a Cristo de modo que puedan participar en todos los beneficios de Su obra salvadora. El Espíritu Santo, dice Calvino, es el «ministro de la liberalidad de Cristo». Mediante el Espíritu, Cristo otorga libre y generosamente a Su pueblo las bendiciones que ha obtenido para ellos. Tan íntima es la relación entre el Espíritu y Cristo que el apóstol Pablo puede decir que «el Señor es el Espíritu» (2 Co 3:17) o que Él fue hecho «espíritu que da vida» (1 Co 15:45). Como lo expresa Calvino, el Espíritu es el «vínculo de comunión» entre Cristo y Su novia elegida. Él les comunica a los creyentes las riquezas de su herencia en Cristo.

En discusiones recientes en torno a la salvación mediante la unión con Cristo, se ha dicho mucho con respecto a la cuestión de cómo se relaciona esta unión con las bendiciones espirituales que se enumeran en lo que ha sido denominado el orden de la salvación (ordo salutis) en el estado de gracia. Estas discusiones a ratos han generado más calor que luz. Sin embargo, por lo general hay consenso en que el orden de la salvación ofrece un relato bíblico de todas las bendiciones espirituales otorgadas a los creyentes que están unidos a Cristo. A través del ministerio del Espíritu y la Palabra de Dios, los creyentes son llevados a la comunión con Cristo y comienzan a disfrutar de las bendiciones espirituales que son suyas en Él. El orden de la salvación busca proporcionar un relato bíblico de estas bendiciones como aspectos diferentes pero a la vez inseparables de la excepcional y gran obra del Espíritu en la salvación de los pecadores.

Quizás el testimonio bíblico más claro referente a los rudimentos del orden de la salvación es Romanos 8:29-30. En este pasaje, hallamos lo que a menudo se denomina la cadena de oro de la salvación:

Porque a los que [Dios] de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó.

Este pasaje es importante, no porque ofrece un orden completo de la salvación, sino porque nos provee un relato claro de la manera en que el propósito elector de Dios en gracia está ligado al llamamiento eficaz del evangelio, que lleva a los pecadores perdidos a Cristo por la senda de la fe y el arrepentimiento, les otorga la bendición de la justificación y asegura la glorificación del creyente. Cuando se observa en conjunto con otros testimonios escriturales sobre la obra de la gracia de Dios en la salvación de los elegidos, este pasaje es una piedra angular para formular el orden de la salvación de una manera más completa.

Puede ser útil distinguir tres grupos de beneficios que son otorgados mediante el ministerio del Espíritu cuando lleva a los creyentes a la comunión salvadora con Cristo. El primer grupo de beneficios describe la manera en que, normalmente, el Espíritu lleva a los elegidos a la unión con Cristo mediante el llamamiento eficaz, la regeneración y la conversión (la fe y el arrepentimiento). El segundo grupo de beneficios describe el nuevo estatus que los creyentes reciben en unión con Cristo, es decir, la justificación y la adopción. Por último, el tercer grupo de beneficios describe la nueva condición otorgada a los creyentes en unión con Cristo, es decir, su santificación y renovación en conformidad a la imagen de Cristo, que al final culmina en la glorificación. En consecuencia, la representación del orden de la salvación, que es efectuada mediante la unión con Cristo producida por el Espíritu, comúnmente incluye los siguientes aspectos: el llamamiento eficaz, la regeneración, la conversión (la fe y el arrepentimiento), la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación. Algunas de estas bendiciones son inconfundible y definitivamente obra de Dios (el llamamiento eficaz y la regeneración). Otras son acciones que Dios obra en los creyentes, pero que a la vez son propias de ellos (la fe y el arrepentimiento, la santificación y la perseverancia). Algunas se centran en actos judiciales de Dios que tienen relación con el estado del creyente ante Él (la justificación y la adopción). Otras son bendiciones transformadoras o renovadoras que renuevan progresivamente a los creyentes en santidad y conformidad a la imagen de Cristo (la santificación y la perseverancia). Todas ellas son propias del estado de gracia al que son llevados los pecadores perdidos según el propósito salvador de Dios.

EL LLAMAMIENTO EFICAZ, LA REGENERACIÓN Y LA CONVERSIÓN

La aplicación de la obra salvadora de Cristo por parte del Espíritu Santo comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración. Por la Palabra del evangelio, el Espíritu lleva a las personas que Dios escoge a la comunión con Cristo. El Espíritu acompaña la proclamación del evangelio convenciéndonos de nuestro pecado y de nuestra miseria, iluminando nuestras mentes en el conocimiento de Cristo, y renovando nuestras voluntades (Catecismo Menor de Westminster, 31). Cuando el llamado del evangelio va acompañado del Espíritu vivificador de Cristo, los elegidos son persuadidos, capacitados y llevados a responder a la Palabra con fe y arrepentimiento. Por esta razón, el apóstol Pablo habla del llamamiento eficaz del evangelio como una «demostración del Espíritu y de poder» para que nuestra fe «no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Co 2:4-5). Sin la obra del Espíritu en la regeneración o el nuevo nacimiento, la Palabra por sí sola es incapaz de producir fe y arrepentimiento en los que son llamados a creer en Cristo y volverse de sus pecados. A menos que el Espíritu regenere u otorgue el nuevo nacimiento a los que son llamados por el evangelio, los pecadores perdidos permanecerán muertos en sus delitos y pecados, incapaces e indispuestos a cumplir las demandas del llamado del evangelio. Como Jesús anuncia en Su discurso sobre el nuevo nacimiento, nadie puede «ver» ni «entrar» en el Reino de Dios sin la obra del Espíritu (Jn 3:3-5). El nuevo nacimiento es, por completo, la obra del Espíritu. No producimos nuestro nuevo nacimiento en el plano espiritual más de lo que producimos nuestro nacimiento en el plano natural. «Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (3:6). Fuera de la obra del Espíritu en la regeneración, el estado de los pecadores caídos queda bien encapsulado en el dicho: «No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír». No obstante, en virtud de la obra del Espíritu en la regeneración, los ciegos pueden ver la gloria de Cristo y los ciegos pueden oír la Palabra hablada en el poder del Espíritu (1 Co 2:132 Co 4:6).

Considerada en su sentido más preciso, la regeneración por el Espíritu puede distinguirse del llamamiento eficaz. En tal sentido, la regeneración se refiere a un acto inefable del Espíritu mediante el cual los pecadores espiritualmente muertos reciben la capacidad de escuchar la Palabra, saber y entender lo que proclama y estar dispuestos a abrazar lo que promete. Sin embargo, como el Espíritu ordinariamente obra con la Palabra, el llamamiento eficaz y la regeneración, aunque son diferentes, no deben separarse. El curso ordinario es que el Espíritu otorgue el nuevo nacimiento mediante el instrumento de la Palabra del evangelio, que es denominada la «simiente de la regeneración» en 1 Pedro 1:23. Mediante el uso que el Espíritu hace de la Palabra de verdad, los pecadores perdidos son nacidos de Dios como una suerte de «primicias de sus criaturas» (Stg 1:18). Cuando la regeneración va ligada a la obra del Espíritu por el ministerio de la Palabra, es virtualmente sinónima al llamamiento eficaz. En su sentido más amplio, la regeneración incluso puede entenderse como algo que incluye la conversión y todos los frutos del ministerio del Espíritu en el estado de gracia. Dichos frutos incluyen la fe y el arrepentimiento, la renovación a la imagen de Cristo, la santificación y la glorificación.

Cuando los pecadores perdidos son eficazmente llamados y convertidos por el ministerio del Espíritu y la Palabra, responden al llamado del evangelio con fe y arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento son gracias evangélicas diferentes pero inseparables que el Espíritu nos otorga a los pecadores perdidos a través del ministerio del evangelio (Hch 11:1813:48). La fe verdadera y salvadora consiste en el conocimiento, la convicción y la confianza de que el testimonio de la Palabra de Dios es verídico, en especial la promesa de que Cristo puede salvar «para siempre» a todos los que acuden a Él en fe (Heb 7:25). El arrepentimiento es, a la vez, un dolor profundo por el pecado y un gozo profundo en Dios por medio de Cristo. Cuando los creyentes se arrepienten, se vuelven del pecado a Dios, mortificando su carne pecaminosa y experimentando la vida en su nuevo hombre en Cristo. En lugar de continuar en el sendero del pecado y la desobediencia, comienzan a hacer buenas obras nacidas de la fe verdadera para la gloria de Dios y en conformidad al estándar de Su santa ley. Al igual que la fe, el arrepentimiento no es un mero acto que ocurre al comienzo de la vida del cristiano en el estado de gracia. Toda la vida cristiana, de principio a fin, es un alejamiento continuo o diario del pecado en dirección a Cristo. Durante el curso del peregrinaje del cristiano, la fe necesita ser nutrida y cultivada a través de los medios ordinarios de la gracia (la Palabra, los sacramentos y la oración). De igual forma, la vida del cristiano requiere volverse cada día del pecado a Dios en nueva obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN Y LA ADOPCIÓN: UN NUEVO ESTATUS

Cuando los creyentes son llevados a la unión con Cristo mediante la fe, gozan de dos beneficios por gracia que reflejan su nuevo estatus ante Dios. En su estado natural, los pecadores caídos están expuestos a la justa sentencia divina de la condenación y la muerte. En el estado de gracia, los creyentes ya no están bajo la condenación de la ley ni tampoco obligados a hallar el favor de Dios haciendo lo que la ley requiere. Más bien, gozan de la gracia de la justificación gratuita. La justificación es el veredicto en que Dios declara por Su gracia que los que están en Cristo por medio de la fe son justos ante Él y tienen derecho a la vida eterna. Dios declara a los creyentes justos en Cristo otorgándoles e imputándoles Su obediencia, Su rectitud y la satisfacción de la justicia divina. Cuando los creyentes reciben la justicia de Cristo a través de la sola fe, gozan de la gracia de la aceptación gratuita de Dios. Además, en virtud del acto divino de adopción en Cristo por gracia, también gozan de todos los derechos y privilegios propios de los que son Sus hijos. Reciben un «espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rom 8:15Gal 4:5-6). Las gracias de la justificación y la adopción gratuitas les permiten a los creyentes vivir en el gozo, la paz y la confianza de que son aceptados en el favor divino y tienen todos los derechos de los hijos adoptados.

LA SANTIFICACIÓN Y LA PERSEVERANCIA: UNA NUEVA CONDICIÓN

Mediante el Espíritu y la Palabra, los creyentes también disfrutan las bendiciones de la santificación y la perseverancia en unión con Cristo. El propósito de la redención del creyente es la conformidad perfecta a Cristo (Rom 8:29). Aunque este objetivo no puede alcanzarse en esta vida, el Espíritu de Cristo comienza a renovar a los creyentes en la senda de la obediencia. El apóstol Pablo nos presenta una descripción impactante de esta obra del Espíritu en Romanos 8:9-11: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a vuestros cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en vosotros» (cp. Gal 5:16-26). La bendición de la santificación libra de su antigua esclavitud al pecado a los que están en el estado de gracia y los posiciona en Cristo para que vivan según la «exigencia justa de la ley» (Rom 8:4, NTV, ver 6:15-23). Aunque el estado de gracia nunca es uno de perfección ni de ausencia de pecado en esta vida, sí constituye la inauguración de la vida de la nueva creación que culmina en el estado de glorificación. En este aspecto, el estado de gracia sobrepasa al estado de inocencia del que gozó la raza humana en Adán antes de la caída. Mientras el estado de inocencia era mutable y susceptible a ser perdido por la desobediencia, el estado de gracia viene con la garantía de vida inmutable e inquebrantable en comunión con Dios. En el estado de gracia, los creyentes tienen al Espíritu habitando en ellos, que es prenda y garantía de su herencia completa en Cristo (Jn 14:16-172 Co 5:5).

Dos consecuencias fluyen de lo que las Escrituras enseñan sobre el estado presente de los creyentes en unión con Cristo mediante la obra del Espíritu. En primer lugar, los creyentes son impulsados a repetir las palabras del apóstol Pablo en Filipenses 3:12-14:

No que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante, a fin de poder alcanzar aquello [conocer a Cristo y el poder de Su resurrección] para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús. […] Yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Y en segundo lugar, estas enseñanzas motivan a los creyentes a darles todos los usos posibles a los medios de gracia ―el ministerio de la Palabra por parte de la Iglesia, los sacramentos y la oración― a fin de crecer en la gracia y recibir lo que Cristo les otorga por gracia mediante Su Espíritu.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Cornelis P. Venema
Cornelis P. Venema

El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.