Ama a tus hijos y a tu cónyuge Por Dennis E. Johnson
Nota del editor: Este es el undécimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra
Por la gracia de Dios, mi esposa y yo cumplimos cincuenta años de matrimonio. Nuestros hijos adultos sobrevivieron a nuestros intentos falibles de pastorear sus corazones. Ahora, nos alegra verlos pastorear los corazones de nuestros nietos. He aprendido que el matrimonio a veces es difícil, pero a menudo es dulce. La crianza de los hijos es aterradora, pero puede estar llena de gozo. Nuestro Padre celestial es paciente, misericordioso y fiel para siempre. Todavía estoy aprendiendo mucho más, y aquí hay algunas exhortaciones que surgen de ese aprendizaje.
Ama a Cristo más de lo que amas a tu familia. Los vecinos de Israel sacrificaban a sus hijos a Moloc. Nuestros vecinos suelen sacrificar a sus cónyuges e hijos al desarrollo profesional, la realización personal u otros «ídolos». Los cristianos podemos reaccionar de forma exagerada a este ambiente cultural tóxico convirtiendo al amor matrimonial y paternal, que son buenas dádivas de Dios, en nuestros propios ídolos. Pero Jesús dice: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10:37).
No puedes amar bien a tu cónyuge o a tus hijos si los amas más que a nada. Siendo ídolos, las personas más cercanas y queridas no pueden llevar la carga de tu devoción y dependencia. Solo si tu corazón se postra y tu esperanza está fija en Jesús, recibirás la gracia para amar a tus seres queridos como Dios espera que lo hagas.
Ama a tu familia más que a ti mismo. El egocentrismo es la configuración predeterminada de los corazones humanos torcidos, incluso de los que están siendo renovados por el Espíritu de Dios. Pasar de perseguir nuestras propias agendas a estar dispuestos a rendir nuestras vidas por los demás, como Jesús lo hizo por nosotros (1 Jn 3:16), requiere esfuerzo. Tal sacrificio no solo incluye circunstancias extremas inusuales (proteger a tu esposa e hijos de una agresión física), sino también las decisiones cotidianas de la vida: cómo invertimos el dinero, el tiempo y la energía (v. 17).
Sobre todo, guarden sus corazones. Proverbios 6:20-35 brinda consejos oportunos para nuestra atmósfera social, donde las sensaciones frescas de necesidades insatisfechas y atracción superan a los votos antiguos e incómodos. Esposo, deja de comparar a tu esposa cansada con la compañera de trabajo que derrocha su admiración sobre cada una de tus ideas. Esposa, ten cuidado con el oído atento del papá que conociste en las prácticas de fútbol de tu hijo, cuya empatía supera la de tu desatento esposo. Recuerden, pueden sacar amor de una reserva que va más allá de ustedes mismos: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Jn 4:19).
Marca la pauta. El amor apunta a lo mejor para nuestros seres queridos. Eso requiere disciplina. «Además, habéis olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige: HIJO MÍO, NO TENGAS EN POCO LA DISCIPLINA DEL SEÑOR… PORQUE EL SEÑOR AL QUE AMA, DISCIPLINA» (Heb 12:5-6). Pablo exhorta a los padres a criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef 6:4). Estos textos nos muestran tres verdades: (1) El amor verdadero disciplina. No decir «no» no es una señal de amor, sino de indiferencia, inercia o timidez egoísta. (2) La disciplina piadosa no fluye de un impulso por controlar, sino de un anhelo amoroso por el bienestar de tu cónyuge y tus hijos. (3) Cuando nos sometemos a la disciplina del Señor, podemos extender la disciplina amorosa del Señor a los demás.
Vive por gracia. Cuando somos transformados por la gracia de Dios, podemos amarnos los unos a los otros y a nuestros hijos, viviendo por esta gracia hora tras hora. Dios conoce lo peor de ti y aun así te acoge en amor. Su gracia te libera para humillarte ante tu esposa, tu esposo, tus hijos; para admitir tu pecado y fracaso, y para pedir perdón. Además, vivimos por gracia cuando soportamos con paciencia los errores y las ofensas de los demás, negándonos a vengarnos o alimentar el rencor.
Ama a la Iglesia. Amar a nuestros cónyuges e hijos significa mostrarles por qué amamos a la Iglesia. Lamentablemente, un síntoma de la «idolatría familiar» de algunos creyentes es la inclinación a aislar a sus familias, no solo de las influencias de nuestra cultura cada vez más pagana, sino también de la comunión del cuerpo de Cristo. Cristo le dio a Su Iglesia dones espirituales que nos ayudan a crecer juntos hacia la madurez (Ef 4:11-16). Dios incluyó Sus directrices para los padres (Dt 6:5-9; Ef 6:4) en documentos dirigidos a todo Su pueblo: «Escucha, oh Israel» (Dt 6:4) y «a los santos que están en Efeso» (Ef 1:1). Amamos más a nuestro cónyuge y a nuestros hijos cuando los ayudamos a «captar» nuestro propio amor por la Iglesia de Cristo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Dennis E. Johnson El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..
Con sus esperanzas frustradas por la muerte de su Maestro, dos de los amigos de Jesús caminan apesadumbrados hacia Emaús. Al encontrarse con un «extraño» en el camino, le explican cómo la crucifixión de Jesús ha hecho añicos sus sueños: «Nosotros esperábamos que Él era el que iba a redimir a Israel» (Lc 24:21). Escucha su desilusión: «Habíamos esperado, pero luego Él murió».
Pero ahora, semanas después, sus esperanzas están vivas nuevamente, emergiendo con Él de Su tumba. Ellos han visto a Jesús, misteriosa pero tangiblemente vivo de nuevo, una y otra vez. El sueño en sus corazones alcanza la punta de sus lenguas: «Señor, ¿restaurarás en este tiempo el Reino a Israel?» (Hch 1:6). Ciertamente un Dios que ha rescatado de la tumba a Su Mesías puede desterrar a los infieles opresores de Su tierra, quebrando el yugo que tenían en el cuello de Su pueblo.
Sin embargo, a los ojos de Jesús, los sueños más descabellados de Sus discípulos en cuanto al resurgimiento de Israel no son lo suficientemente grandes. Dios tiene una agenda de Reino más grande de lo que ellos han imaginado, una que minimiza su insignificante preocupación por el rango de Israel en el orden jerárquico político. Jesús les recuerda que el tiempo de Dios no es asunto de ellos (como les había dicho antes en Mr 13:32); luego Él expande sus horizontes con respecto al Reino de Dios: «Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). De esta promesa fluye el resto del relato de Lucas de «los Hechos», pero no los de los apóstoles. Al caracterizar su evangelio como un relato de «todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar» (Hch 1:1), Lucas da a entender que Hechos relata todo lo que Jesús siguió haciendo y enseñando después de ascender al cielo. La diferencia es que ahora Él reina como Señor y Cristo en el cielo, extendiendo Su gobierno sobre la tierra a través del poder del Espíritu en la palabra de Sus testigos.
La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando.
La luz se mueve en forma de ondas, como las ondas en un estanque que se propagan desde el punto donde la piedra atravesó la superficie. Obediente al mandato del Señor, la Iglesia espera al Espíritu en Jerusalén y, cuando este llega en poder, ella da su primer testimonio valiente allí. Aunque el lugar es la capital de Israel, sus oyentes constituyen los primeros frutos de una cosecha mundial (de manera apropiada, ya que la Ley estableció a Pentecostés como una fiesta de los primeros frutos, Nm 28:26). Lucas inserta una lista de nacionalidades (Hch 2:9–11) que evoca la lista de naciones que precedió a Babel (Gn 10) con el objeto de subrayar el movimiento centrífugo geográfico y demográfico del Reino. A medida que el evangelio es proclamado, una gran cantidad de gente de todas partes se precipita a este. La Iglesia crece de ciento veinte a más de tres mil en un solo día, y los números pronto superan los cinco mil (Hch 4: 4).
El aumento trae oposición y sobrecarga administrativa. Los apóstoles pasan las noches tras las rejas y los días presentándose ante los celosos agentes de poder del sistema judío, quienes amenazan con serias consecuencias a menos que los testigos de Jesús dejen de proclamarlo crucificado y resucitado. Sin embargo, los testigos no son libres para desistir; la autoridad de su Señor resucitado triunfa sobre la de los líderes del judaísmo. Obligados a obedecer a Dios por encima del hombre, ellos explican con calma: «No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (4:20; cf. 5:29).
La fructuosidad del evangelio en gran número, así como las diferencias de idioma, interfieren en el cuidado de la Iglesia para con las viudas de habla griega, amenazando su unidad (6:1). La solución es una distribución de la autoridad de liderazgo, con siete hombres sabios y de confianza (todos con nombres griegos, ¡y uno que era un prosélito gentil!) designados para supervisar los ministerios de misericordia, liberando a los apóstoles para servir a la gente con la Palabra de Dios y la oración (Hch 6). La Palabra sigue creciendo (6:7), porque la Iglesia crece por la Palabra (ver 12:24; 19:20; Col 1:6).
A través de Esteban y sus colegas, el Reino irrumpe como una ola sobre los muros de Jerusalén, esparciéndose por toda Judea y Samaria, llevado por cristianos dispersos por la persecución como si fueran semillas que dan vida (Hch 8:1). Esteban abre las compuertas al declarar que Dios (quien no está encerrado en templos hechos por el hombre) puede estar con Sus siervos en cualquier lugar: con Abraham en Mesopotamia, con José en Egipto y con Moisés en el Sinaí (7:2, 9, 30). Esteban sella su testimonio con su sangre, y su paz frente a la muerte enciende el celo de Saulo, quien no descansará hasta que haya borrado esta amenaza a sus preciadas tradiciones (8:3).
Felipe, consiervo de Esteban, es dispersado hacia el norte hasta Samaria (8:4-25) y luego hacia la costa (8:26-40). Por medio de él, el Reino de Dios rompe dos barreras demográficas más. Los samaritanos son mestizos étnicos y sincretistas religiosos, que se adhieren a los libros de Moisés pero añadiéndoles elementos paganos (2 Re 17:24-41 nos da una pista sobre sus antecedentes). Sin embargo, el Jesús que Felipe predica irrumpe como la luz del día en corazones nublados con superstición y magia. Al poco tiempo Pedro y Juan siguen los pasos de Felipe e incorporan a los creyentes samaritanos en la Iglesia bautizada en el Espíritu (Hch 8:14-25).
La segunda barrera es aún más alta: la pared aparentemente inviolable que separa a los judíos de los gentiles incircuncisos (Ef 2:14-15). El tesorero de Etiopía ha hecho una peregrinación al templo de Dios en Jerusalén, y de regreso está desconcertado por un precioso pergamino que contiene la profecía de Isaías sobre el Siervo Sufriente (Hch 8:26-39). Este dignatario no puede ser un prosélito del judaísmo. Él es un eunuco, y su discapacidad, así como su linaje gentil, lo excluyen doblemente de la asamblea del Señor (Dt 23:1). Pero ahora un nuevo día ha llegado. Dios ahora da la bienvenida tanto a los eunucos como a los extranjeros a Su nuevo templo, abrazando a los «extranjeros» en Su gracia (Is 56:3-8).
Pedro sigue a Felipe hacia el oeste hasta la costa, llegando a Jope a tiempo para su cita divina con los emisarios de un centurión romano, Cornelio (Hch 10-11). A los ojos de los judíos, Cornelio es un gentil piadoso, pero todavía incircunciso y, por lo tanto, fuera del pueblo de Dios (10:1-2; 11:3). Pero aún más grave, Cornelio necesita el perdón que se encuentra solo en el nombre de Jesús (10:43). Este perdón él y sus amigos lo reciben por fe mientras Pedro predica y el Espíritu inunda sus corazones y llena sus bocas de alabanza (10:44-46). El tsunami de la gracia ha reventado el muro entre judíos y gentiles de una vez por todas. En poco tiempo, una vibrante Iglesia multiétnica está creciendo en la cosmopolita Antioquía de Siria (11:19-30).
Mientras tanto, el objetivo de Saulo ha sido destruir la Iglesia (Hch 9:1-2). Pero Jesús tiene otros planes. Aunque lleva consigo órdenes de arresto para los cristianos, Saulo se encuentra a sí mismo arrestado mientras al acercarse a Damasco, derribado por la deslumbrante gloria del Señor a quien él persigue capturado por la gracia soberana para llevar el nombre de Jesús «en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel» (9:15). En Hch 13-28 escuchamos a Saulo (Pablo) dirigirse a cada una de estas audiencias, llevando el evangelio desde la costa de Israel hasta la capital del César.
Desde Antioquía, el Espíritu Santo envía a Bernabé y Saulo a las costas al otro lado del mar (ver Is 42:4; 49:1), comenzando con Chipre y el sur central de Asia Menor (Hch 13-14). Después del concilio apostólico que confirma de manera decisiva que Dios reúne a los gentiles por la fe en Jesús, no por la circuncisión en la carne (Hch 15), Pablo parte con un nuevo compañero, el profeta Silas. Como si fuera un pastor alemán celestial, el Espíritu de Jesús le impide la entrada a las provincias de Asia y Bitinia, guiándolos hacia el oeste hasta la costa del mar Egeo (16:6-8). En respuesta a una visión, cruzan el mar y entran en Macedonia, llevando el evangelio a Europa.
A través de Pablo, que una vez fue el perseguidor violento pero ahora es el defensor apasionado, la Palabra impacta a los judíos y a los gentiles piadosos, conocedores de las Escrituras y de la tradición de la sinagoga (Hch 13:13-49). La Palabra también brilla en la oscuridad de los politeístas supersticiosos (14:8-18) y de los intelectuales sofisticados (17:16-34). Jesús el Señor comparte Su papel de siervo con Sus siervos: «Te he puesto como luz para los gentiles, a fin de que lleves la salvación hasta los confines de la tierra» (13:47).
Pablo finalmente llega a Roma en los confines de la tierra (desde la perspectiva de Israel), aunque el evangelio ya ha echado raíces allí para cuando él llega (Hch 28:15; ver Rom 1:8) y ha impactado incluso la casa de César (Flp 4:22). Lucas cierra apropiadamente su relato con una afirmación paradójica de que Pablo, aunque encadenado «24/7» a guardias romanos, predica a Jesús y Su Reino sin estorbo (Hch 28:31). Aunque Pablo está encadenado, la Palabra de Dios no lo está (2 Tim 2:9).
El heróico despliegue del evangelio a través del imperio más poderoso del mundo antiguo nos deja sin aliento. Nuestra predecible y ordinaria vida hace que esos emocionantes días de antaño parezcan casi míticos en su grandeza: la agonía de los azotes soportados con gozo «por Su nombre» (Hch 5:41) y el éxtasis de los corazones esclavizados puestos en libertad. Pero el Espíritu de Dios que movió a Lucas a escribir esta historia santa (¡no un mito!) no nos dio a Hechos para despertar la nostalgia por los «buenos viejos tiempos». La agenda del Reino de Dios todavía sigue avanzando. El Espíritu que empodera a los testigos de Jesús no es dado solo a los apóstoles que presenciaron Su resurrección, sino también a todos los que obedecen el llamado del evangelio de Dios (Hch 5:32). La Palabra que hizo crecer a los hombres sigue creciendo y con su luz los ojos cegados ven la gloria del Señor y los confines de la tierra son testigos de la salvación de nuestro Dios.
El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..
Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.
El anuncio hecho por Jesús de que la blasfemia contra el Espíritu Santo es un pecado que nunca será perdonado es «duro» por dos razones. En primer lugar, aparenta contradecir las Escrituras que nos dicen que la sangre de Cristo puede efectuar el perdón de todo pecado (1 Jn 1:7,9). Segundo, Jesús afirma que la calumnia contra Él mismo, el Hijo del Hombre, puede ser perdonada; pero la calumnia contra el Espíritu Santo no. ¿Acaso exalta esto la dignidad de la tercera persona de la Trinidad por encima de la segunda persona? Esta frase aparece en varias formas en los Evangelios:
Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada (Mt 12:31).
Solo Marcos explica por qué este pecado es imperdonable. Los escribas judíos atribuían a Satanás (Belzebú) el poder del Espíritu Santo por el cual Jesús expulsaba demonios. Lo que hace que la blasfemia del Espíritu Santo sea diferente de los pecados perdonables es la mentalidad consciente y voluntariamente rebelde de los escribas. La acusación de que el poder que Jesús tenía para expulsar demonios venía por Su alianza con el príncipe de los demonios, era obviamente absurda. Como Jesús resaltó, Satanás no es tan tonto como para luchar contra sí mismo. Solamente la determinación de los escribas por contradecir lo que sabían perfectamente que era verdad, podía moverlos a pronunciar tal acusación. Ante la evidencia irrefutable de que en Jesús, el Espíritu de Dios estaba estableciendo el reino de Dios y derrotando al de Satanás, ellos endurecieron sus corazones hasta el punto donde no hay retorno. Pablo, auque había sido «antes blasfemo…», lo hizo «…por ignorancia en [su] incredulidad» (1 Tim 1:13). Su ignorancia no lo excusó, pero dejó su corazón permeable a la invasión del Espíritu.
Satanás no es tan tonto como para luchar contra sí mismo. El perdón es posible para el que calumnia al Hijo no porque una de las tres personas divinas tenga menos gloria que las otras. Más bien, la encarnación del Hijo encubrió Su gloria en maneras que la oscurecieron de la vista de muchos que estaban cegados por la incredulidad ignorante pero que todavía eran recuperables por el Espíritu.
Podemos estar seguros de dos verdades: nadie que cometa este pecado imperdonable confiará jamás en Cristo para recibir el perdón que se encuentra en Él. Y nadie que corra hacia el Hijo del Hombre, crucificado y resucitado, ha cometido tan horrenda calumnia contra el Espíritu; ni tampoco el Salvador rechazará a nadie que venga a Él.
Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..
Nota del editor: Esta publicación es la novena y última parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.
Right Now Counts Forever (Este instante cuenta para siempre). El título de la columna del Dr. Sproul en cada edición de la Tabletalk Magazine captura de forma concisa la relación entre el evangelio y los cielos nuevos y la tierra nueva. Las buenas nuevas de la muerte sacrificial de Cristo y Su resurrección gloriosa, tienen ramificaciones eternas para el destino de cada ser humano. Su respuesta a ese mensaje, ya sea con una confianza humilde o con una incredulidad desafiante, hará la diferencia entre una felicidad sin límites más allá de sus mejores sueños y un tormento implacable más allá de sus peores pesadillas.
El Dios viviente, soberano sobre cada átomo en Su universo y cada nanosegundo de la historia, está dirigiendo el cosmos hacia una consumación que muestre la majestad de Su sabiduría, poder, justicia y misericordia para que todas las criaturas de todo el mundo la contemplen. Los cielos y la tierra actuales, manchados por el pecado humano y la maldición a que fueron sometidos, «envejecerán» y “serán mudados» (Heb 1:11-12), temblarán y serán removidos (Heb 12:26-27). Para el primer cielo y tierra, no se encontrará «lugar», sino que en su lugar aparecerán un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 20:11; 21:1).
La promesa es tan antigua como la profecía de Isaías: «Pues he aquí, yo creo cielos nuevos y una tierra nueva, y no serán recordadas las cosas primeras ni vendrán a la memoria» (Is 65:17-18; véase Is 66:22-23). El apóstol Pedro afirma que la justicia morará en los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos (2 Pe 3:13). Pablo agrega que toda la creación, ahora sujeta a vanidad y decadencia, se une a los hijos de Dios en su anhelo de liberación de “la esclavitud de la corrupción» el día de nuestra resurrección (Rom 8:19-22).
¿Cómo describir los cielos nuevos y la tierra nueva? Para describir el cosmos venidero negativamente, podemos decir que las miserias que ahora causan tanto daño y angustia se habrán ido: no habrá duelo, dolor, muerte; no quedará ningún resto de maldición (Ap 21:4; 22:3). Es más difícil describir positivamente lo que será un mundo libre de maldad y aflicción. Los profetas y los apóstoles llevan el lenguaje hasta sus límites para así poder ofrecer vistazos de realidades gloriosas más allá de nuestra experiencia. Podemos decir que la resurrección de Jesús es el primer fruto de la nueva creación consumada, por lo que Su glorioso cuerpo resucitado anuncia la resurrección que le espera a Su pueblo (1 Cor 15:20-22, Fil 3:21). Después de levantarse, podía comer y ser tocado (Lc 24:39-43), así que la materialidad de Su cuerpo nos lleva a esperar que el panorama pintado en el libro de Apocalipsis —las hojas curativas y la fertilidad incesante del árbol de la vida, por ejemplo (Ap 22:1-5)— no es totalmente simbólico. Al menos podemos decir que nuestro hogar final no es etéreo e inmaterial, sino una robusta reafirmación del diseño original del Creador, ya que Él declaró el primer cielo y tierra como «muy buenos» (Gen 1:31).
La Palabra de Dios revela lo suficiente acerca de los cielos nuevos y la tierra nueva para hacernos reflexionar en la urgencia de la pregunta: «¿Cómo puedo entrar a esa patria prometida, repleta de puro placer en la presencia de Dios?» Esta pregunta nos lleva al evangelio. Los cielos nuevos y la tierra nueva serán poblados por los «siervos» de Dios (Ap 22:3-5), que se han aferrado a la Palabra de Dios y han confesado a Jesús (Ap 1:2, 9; 20:4). Han sido redimidos por la sangre del Cordero, y sus nombres están escritos en Su Libro de la Vida (Ap 12:11; 20:12, 15; 21:27).
Sin embargo, las visiones de Apocalipsis subrayan la importancia crucial del evangelio desde otra perspectiva muy edificante. Aquellos cuyos nombres no están en el libro del Cordero serán juzgados por sus propias acciones a lo largo de la vida. Sin la cobertura de la sangre expiatoria del Cordero, ellos estarán expuestos a la justa ira de Dios, serán condenados y «arrojados al lago de fuego», la muerte segunda (Ap 20:13-15). Sus almas serán reunidas con los cuerpos de usaron para su rebelión, y en ese lago ardiente experimentarán no solo una incesante angustia física, sino también una absoluta privación de alivio mental y espiritual. Jesús mismo habló de esta muerte terrible y eterna que espera a los rebeldes, un lugar donde «el gusano de ellos no muere, y el fuego no se apaga” (Mr 9:43-48; Is 66:24).
Esa perspectiva de una aflicción eterna, garantizada por la inquebrantable justicia de Dios, ¿no aterroriza tu corazón? Debería. Ahora es el momento de confiar en el Cordero y Su sangre redentora.
Esos deleites que han de venir en los cielos nuevos y la tierra nueva, ¿no despiertan los anhelos de tu corazón? Deberían. Ahora es el momento de confiar en el Cordero y Su sangre redentora. Este instante realmente cuenta para siempre.
El Dr. Dennis E. Johnson es profesor emérito de teología práctica en el Westminster Seminary California. Es autor de varios libros, incluyendo Walking with Jesus through His Word [Caminando con Jesús a través de Su Palabra]..