Líderes en la iglesia

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Líderes en la iglesia
Por Derek Thomas

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

¿Pero qué tipo de Iglesia? ¿Y con qué estructura y organización? Se trata de preguntas que tardaron en responderse. En la incipiente Iglesia, inmediatamente después de Pentecostés, parece que había muy poca estructura, solo una comunidad supervisada por los apóstoles y comprometida con cuatro rasgos distintivos: la enseñanza apostólica, la comunión, el partimiento del pan y «la oración» (Hch 2:42).

El liderazgo en esta Iglesia primitiva evolucionó desde reuniones en casas con poca estructura hasta congregaciones más organizadas con cargos distintivos: diáconos y ancianos. El examen del «oficio» en la Iglesia del Nuevo Testamento está curiosamente cargado de dificultades. El principal punto de discusión es el identificar los oficios que se supone que son permanentes y los que son meramente temporales.

Asociado a la cuestión de los oficios, está el asunto igualmente controversial de los dones extraordinarios (p. ej. las lenguas y la profecía). ¿Son estos dones permanentes o temporales? Los cesacionistas (como yo) creen que la Escritura identifica ciertos dones en el Nuevo Testamento como «señales de un verdadero apóstol» (2 Co 12:12), que fueron dados para propósitos redentores específicos en un período en el que la Iglesia poseía una relativa escasez de Escritura del Nuevo Testamento. Estos dones extraordinarios fueron esenciales para guiar y dirigir a la Iglesia en su infancia. Sin embargo, una vez que el canon del Nuevo Testamento se completó y los apóstoles (definidos de forma amplia o restringida) fallecieron, surgió una situación más normativa que presenta relativamente pocos oficios: diáconos, ancianos y (para algunos intérpretes) pastores.

El progreso en la estructura eclesiástica es claramente visible en la forma en que las últimas epístolas a Timoteo y Tito no mencionan los dones y oficios extraordinarios, sino que se centran en los diáconos y ancianos y en el papel de Timoteo como predicador del evangelio. Es como si hubiera una expectativa de que algunas cosas están destinadas a la edad de la infancia y no a la edad de la madurez.

DIÁCONOS
Los diáconos parecen haber sido producto de una crisis. El crecimiento de la Iglesia, particularmente en su variedad racial y étnica, causó problemas. Las viudas, por ejemplo, eran especialmente vulnerables en la cultura del primer siglo. El sentido de comunidad exigía la distribución de alimentos a los que no podían valerse por sí mismos, una cuestión que parece haber provocado un sentimiento de desigualdad y frustración (Hch 6:1-7). Las viudas helenistas (de habla griega) se sentían excluidas de la distribución en favor de las viudas de habla aramea. Se trataba del clásico problema de «nosotros versus ellos» con el que la Iglesia de nuestro tiempo está demasiado familiarizada. A modo de solución, los apóstoles seleccionaron a siete hombres para supervisar el asunto. ¿Y la razón de esta solución? Para que los apóstoles pudieran dedicarse «a la oración y al ministerio de la palabra» (v. 4).

Aunque no se alegó ninguna acusación específica de parcialidad o mala gestión contra los apóstoles, quedó claro que estos no podían predicar la Palabra y con igual empeño «servir mesas» (v. 2). Necesitaban ayuda para cumplir el papel que se les había encomendado en el crecimiento y la alimentación de la Iglesia.

Es interesante la forma en que estos siete hombres fueron reconocidos y apartados. Debían demostrar ciertas cualidades: debían ser «de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (v. 3). Y, aunque fueron elegidos por la asamblea cristiana local, en última instancia fueron «nombrados» por los apóstoles, quienes «después de orar, pusieron sus manos sobre ellos» (vv. 3, 6). Por lo tanto, parece que hubo un acto de ordenación y de instalación, lo que indica algo del carácter distintivo de la tarea encomendada a estos siete hombres.

Pero ¿eran diáconos estos siete hombres? Las Escrituras no los identifican específicamente como tales, pero el término griego «servir» (diakone) tiene una estrecha relación con la palabra «diácono». Aunque no fueron llamados diáconos explícitamente, estos siete hombres debían dedicarse a un ministerio diaconal (de servicio) que requería un acto de ordenación específico para llevarse a cabo. Es justo sugerir que eran protodiáconos, un ejemplo de cómo la Iglesia hace una distinción entre el ministerio de la Palabra y los aspectos más prácticos y materiales de la vida de la Iglesia. Por tanto, la comunión de los santos y el oficio del diácono abordan cuestiones de importancia práctica que implican dinero, comida y cuidados básicos.

LIDERAZGO DE SERVICIO
Debemos observar que se consideraron necesarios ciertos requisitos morales y espirituales para cumplir con la función de servir a las mesas. Los oficios en el Nuevo Testamento siempre están en función del liderazgo de servicio. Los diáconos y los ancianos deben ser como Cristo, sirviendo a los demás antes que a sí mismos. Curiosamente, no se requiere ninguna cualidad especial de piedad para un cargo más que para el otro. Al enumerar la lista de cualidades espirituales necesarias en un diácono, Pablo replica las mismas calificaciones requeridas para los ancianos. Aparte del don de enseñanza, los diáconos deben reflejar los aspectos morales y espirituales más elevados de la piedad (1 Tim 3:8-12).

La distribución de la ayuda a las viudas en Hechos 6 sirve de modelo para el trabajo asignado a los diáconos en general: los diáconos deben demostrar su liderazgo en asuntos relacionados con la propiedad y el dinero, así como con la ayuda. Unas décadas más tarde, Pablo haría algunas matizaciones importantes en el ámbito del ministerio diaconal, especialmente entre las viudas (1 Tim 5:3-16). En 1 Timoteo 5, se habla de las viudas de la iglesia y no de las viudas en general. La principal cuestión en la que se insiste es la responsabilidad de la familia en el cuidado de las viudas. El diaconado no debe crear una cultura de derecho que abuse de los recursos de la iglesia. La familia es la principal fuente de esa ayuda. Los diáconos, por lo tanto, deben poseer dones espirituales de discernimiento y compasión, así como firmeza y resolución para tomar estas difíciles decisiones.

¿DIACONISAS?
¿Deben todos los diáconos ser hombres? Mientras que en el Nuevo Testamento no hay pruebas de que hubo mujeres ancianas, los datos relativos a los diáconos son un poco más ambivalentes. Pablo encomienda a su «hermana Febe» a la iglesia de Roma y la describe como «diaconisa de la iglesia en Cencrea» (Rom 16:1). La palabra «diaconisa» en griego es diakonos, un término que no puede significar más que el compromiso con el ministerio diaconal sin el requisito adicional de la ordenación al cargo. Además, al abordar las calificaciones para los diáconos en 1 Timoteo 3, Pablo añade calificaciones para las esposas de los diáconos (3:8-13, especialmente el v. 11), pero no hace ninguna calificación de este tipo cuando previamente se dirige a los ancianos en el mismo capítulo (3:1-7).

Algunos argumentan que el término para «mujeres» (griego gunaikas) puede tener el significado de «diaconisas» y que tal lectura tiene más sentido en el flujo del capítulo. Las denominaciones reformadas, como la mía (la Iglesia Reformada Presbiteriana Asociada), reconocen y ordenan a las diaconisas, y lo hacen por convicción exegética sin la menor sugerencia de que se siga necesariamente un argumento de «pendiente resbaladiza» en relación con tener a mujeres en el rol de ancianas.

ANCIANOS
Dejando a un lado la cuestión de si un «ministro» (o un «anciano docente» en el uso presbiteriano actual) es un oficio separado del de «anciano» (o «anciano gobernante») —un tema que requeriría varias páginas para tratarlo adecuadamente—, el Nuevo Testamento deja muy claro que uno de los oficios normativos en la Iglesia es el de anciano.

Los tres títulos del Nuevo Testamento para este cargo, que se utilizan indistintamente, son episkopos (supervisor u obispo), presbuteros (anciano) y poimén (pastor). Por ejemplo, los tres términos se utilizan para las mismas personas en Hechos 20:17 y 20:28. Esto por sí solo debería ser suficiente para disipar cientos de años de división y decenas de miles de páginas escritas en apoyo de la opinión de que estos términos se refieren a cargos distintos.

Pablo proporciona una lista de calificaciones morales y espirituales para los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9. Con los ancianos, al igual que con los diáconos, el liderazgo sin virtud es catastrófico. Ninguna cantidad de dones puede compensar la falta de integridad.

La única característica distintiva de un anciano (a diferencia de un diácono) es que debe ser «apto para enseñar» (1 Tim 3:2). ¿Pero qué significa esto?

No todos los ancianos «trabajan en la predicación y en la enseñanza» (1 Tim 5:17), un punto que sugiere que los que lo hacen puedan ocupar un oficio diferente al de anciano. Tal vez no debamos darle demasiada importancia a esto. Después de todo, los diáconos deben guardar el misterio de la fe con limpia conciencia (1 Tim 3:9), las mujeres mayores deben enseñar a las mujeres más jóvenes (Tit 2:4), y las congregaciones enteras deben enseñarse unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales (Col 3:16). De hecho, todo cristiano debe estar preparado para dar razón de la esperanza que tiene (1 Pe 3:15). La capacidad de enseñar no es suficiente para calificar a alguien para el cargo de anciano. Pero los ancianos deben tener claramente esta habilidad.

Mientras que la autoridad de los diáconos parece limitarse al cuerpo de la iglesia local al que pertenecen, hay ocasiones en las que la autoridad de los ancianos trasciende la congregación local. Por ejemplo, los ancianos que se reunieron en el concilio de Jerusalén (Hch 15:6-21) tomaron decisiones que afectaron a toda la Iglesia del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, el liderazgo en la Iglesia del Nuevo Testamento descansa en los dos oficios: el de diácono y el de anciano. Asegurar que nuestras propias iglesias tengan ambos es un compromiso con nuestra sumisión a la enseñanza de la Escritura. Tener dirigentes piadosos y bien instruidos en la iglesia es un requisito básico. Todas las cosas deben hacerse decentemente y en orden (1 Co 14:40), y esto se aplica especialmente a la novia de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Derek Thomas
El Dr. Derek W.H. Thomas es ministro principal de First Presbyterian Church in Columbia, en Carolina del Sur, y es profesor rector de teología sistemática y pastoral en el Reformed Theological Seminary. Es profesor de Ligonier Ministries y autor de muchos libros, entre ellos How the Gospel Brings Us All the Way Home [Cómo el evangelio nos lleva a casa].

La teología y la vida diaria

Ministerios Ligonier

Serie: El ahora cuenta para siempre

La teología y la vida diaria
Por Derek Thomas

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El ahora cuenta para siempre

l puritano William Perkins definió la teología como «la ciencia de vivir piadosamente por siempre». Su contemporáneo William Ames imitó a Perkins llamando a la teología «la ciencia de vivir para Dios». Ya que vivir para Dios es el deber y el gozo de todo cristiano, todo cristiano debe ser un teólogo, un buen teólogo. La conexión entre la teología y la vida diaria se ve claramente en los siguientes tres ejemplos de Pablo.

Primero, en Filipos. Hay dos mujeres mencionadas que tienen una disputa pública en la iglesia de Filipos y Pablo siente que debe hablar de ello (Flp 4:2). Los necios se precipitan a entrar donde los ángeles temen pisar, puede ser, pero Pablo es un apóstol y la buena reputación y el testimonio de la iglesia estaban en juego, y el asunto no se podía esconder bajo la alfombra.

¿Qué hizo? Puso sobre la mesa la teología más enorme que podía traer: la encarnación del Hijo eterno de Dios. Jesús, quien siendo «en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse», quizás en el sentido de que no se aprovechó de Su deidad de manera que pudiera negarse a la humillación de Su encarnación (Flp 2:6). Aunque Jesús era «verdadero Dios de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, y por quien todo fue hecho», como estableció el Credo Niceno en el 325, Él «se despojó a sí mismo tomando forma de siervo» (v. 7). El término «despojó» está tan cargado de peligros teológicos que muchas traducciones han evitado su traducción literal, empleando un eufemismo en su lugar (por ejemplo, «se rebajó voluntariamente», NVI). Este pasaje merece que lo tratemos con más detalle, pero es necesario resaltar este punto. Pablo quiso que los filipenses (y tú y yo) mostremos la mentalidad de Cristo: «No buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús» (vv. 4-5). La colosal doctrina de la encarnación se emplea con el propósito de mostrar la humildad, «la verdad que es según la piedad» (Tit 1:1).

Segundo, en Corinto. Pablo desea una muestra de benevolencia hacia la sufrida iglesia de Jerusalén, asunto que ocupó al apóstol durante algún tiempo (2 Co 8-9). ¿Qué incentivo podía emplear para fomentar la generosidad entre los corintios? Entre otras cosas, tal dádiva probaría la «sinceridad» de su fe (8:8, 24). En un momento dado, él hace lo que casi parece una apelación a la vanidad: los corintios no querrían ser superados por las iglesias del norte (9:1-5). Pero su argumento clave es teológico: «Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de su pobreza llegarais a ser ricos» (8:9). Una vez más, la encarnación se usa para un asunto práctico.

Tercero, en Roma. Luego de haber escrito once capítulos exponiendo la naturaleza y la forma del evangelio, Pablo deja en claro la morfología de la piedad práctica: ustedes (los cristianos de la iglesia de Roma) deben ser transformados «mediante la renovación de vuestra mente» (Rom 12:1-2). Este manifiesto que es la carta de Pablo a los romanos tiene como objetivo la piedad práctica: mostrar el amor fraternal (vv. 9-10), deshacerse de la pereza (v. 11), mostrar paciencia en las pruebas (v. 12), contribuir a las necesidades de los santos en actos de hospitalidad (v. 13), impedir que las plumas del pavo real se levanten en muestras de prepotencia (v. 16), hacer lo que es honorable (v. 17), vivir lo más pacíficamente posible con el prójimo (v. 18), darle de comer al enemigo (vv. 19-20) y responder a los actos de falta de amabilidad de una forma no vengativa (v. 21). No hay nada más práctico que eso.

Pero Pablo no hace más que ejercer la sabiduría que vio en su Salvador. ¿Cuán práctica es la teología? Considera el Sermón del monte, donde Jesús aborda de forma exhaustiva la vida cotidiana. La visión de Jesús sobre la santidad es física. La santificación no solo tiene lugar en nuestras mentes sino también en nuestros cuerpos. Jesús habla de ojos y manos, de pies y labios. El punto es que usamos nuestros cuerpos ya sea para pecar o para expresar santidad. Al hablar de la lujuria, por ejemplo, Jesús sugiere que nos arranquemos el ojo derecho y/o nos cortemos la mano derecha antes de utilizarlos en actos de pecado (Mt 5:27-30).

¿Tienes problemas de ansiedad? ¿Te preocupas por la provisión diaria de una manera que sugiere una falta de confianza en tu Padre celestial? Entonces observa los pájaros que vuelan cada día en tu jardín. Se ven sanos y fuertes. Dios cuida de ellos. Y tú tienes más valor para Él (Mt 6:25-34). ¿Eres crítico de tal manera que te deleitas en ver el pecado en los demás y lo exageras? Di a ti mismo: «¡Ese sería yo si no fuera por la gracia de Dios!» (ver 7:1-6). Trata a las personas con respeto, de la manera que te gustaría que te trataran a ti. Vive según la regla de oro (v. 12).

Tomemos el tema de ser guiados por Dios. Jesús promete: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (v. 7-8). Tal como promete el Salmo 23, «me conduce» (v. 2). El verbo sugiere que nuestro Padre Celestial, nuestro Rey-Pastor, nos concederá la sabiduría y el discernimiento que necesitamos para tomar las decisiones correctas con el fin de caminar por esta vida de una manera que le dé gloria. Nuestro Padre nos ama y no va a dejar de amarnos. Su pacto asegura que Su Palabra es Su vínculo. Pero Él nos conduce «por senderos de justicia» (v. 3) y no en las sendas extraviadas de la injusticia. Él nunca nos conducirá a actos impropios o a pecar. Estos vienen por no escuchar Su Palabra, no orar por sabiduría o ceder ante decisiones que no son las mejores.

PERSPICUIDAD Y PROVIDENCIA

¿Cuán práctica puede ser la teología? Consideremos dos doctrinas: la perspicuidad y la providencia.

La perspicuidad es un término teológico que expresa la verdad de que los cristianos «ordinarios» pueden leer las Escrituras por ellos mismos, y utilizando los medios adecuados (sermones, biblias de estudio, mentores, comentarios e incluso Tabletalk) pueden llegar a una comprensión «suficiente» (aunque no necesariamente exhaustiva) de «todas aquellas cosas que son necesarias conocer… para la salvación» (Confesión de Fe de Westminster 1:7). Desde luego, este punto fue cuestionado en la iglesia medieval, cuando la Biblia no estaba disponible en su mayor parte, atrapada en un idioma que solo el clero entendía, y era utilizada como una estratagema para mantener a las masas encadenadas a las restricciones de la autoridad papal y de la iglesia. La doctrina de la perspicuidad de la Escritura nos anima a amar la Biblia, a leerla bien y con frecuencia, y a crecer en nuestra práctica de poner sus preceptos en acción visible y tangible. Es una doctrina que nos enseña a ser como aquellos nobles creyentes de Berea, descritos por Lucas como aquellos que «recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así» (Hch 17:11).

¿Qué es la providencia? No es un término utilizado en la Escritura, pero es una verdad cristiana básica. La Confesión de Westminster la define así:

Dios, el gran Creador de todas las cosas, sostiene, dirige, dispone y gobierna a todas las criaturas, las acciones y las cosas, desde la más grande hasta la más pequeña, por medio de su más sabia y santa providencia, según su infalible presciencia y el libre e inmutable consejo de su propia voluntad, para alabanza de la gloria de su sabiduría, poder, justicia, bondad y misericordia (5.1).

El capítulo de la confesión sobre la providencia aborda algunas cuestiones bastante difíciles (la naturaleza del control de Dios sobre la historia y su relación con el libre albedrío y el mal, por ejemplo), pero su idea básica es asegurar que nada ocurre sin que Dios quiera que ocurra, antes de que ocurra, y de la manera en que ocurre.Dicho brevemente, esta definición de la providencia es una expresión de la afirmación de Pablo en Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». A una madre que pierde a su primer hijo, a una hermana que se entera de un tumor maligno, a un universitario que fracasa en su primera entrevista de trabajo y a personas en otros mil escenarios, la providencia de Dios sirve como recordatorio de que, aunque no tengamos todas las respuestas, Dios sí las tiene. Y, a fin de cuentas, eso es lo que más importa. Es una doctrina que trae consigo mucha calma y serenidad en medio de las tormentas de la vida. No hay nada más práctico que eso. En cierta medida, todos somos teólogos. La verdadera pregunta es: ¿somos buenos teólogos? ¿Utilizamos nuestro conocimiento de Dios en todos los aspectos de nuestra vida para Su gloria?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Derek Thomas
Derek Thomas

El Dr. Derek W.H. Thomas es ministro principal de First Presbyterian Church in Columbia, en Carolina del Sur, y es profesor rector de teología sistemática y pastoral en el Reformed Theological Seminary. Es profesor de Ligonier Ministries y autor de muchos libros, entre ellos How the Gospel Brings Us All the Way Home [Cómo el evangelio nos lleva a casa].