Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados

21 ABRIL

Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados

Levítico 25 | Salmo 32 | Eclesiastés 8 | 2 Timoteo 4

Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el Señor no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño” (Salmo 32:1–2). En un universo regido por Dios, donde es Dios quien se ocupa de las cuentas, es difícil imaginarse mayor bendición que esta.

Lo trágico es que cuando mucha gente reflexiona sobre esta cruda realidad –que es Dios quien nos pedirá cuentas, y que no habrá escapatoria de su justicia – casi instintivamente se equivocan de camino. Deciden seguir el camino de la automejora, pasan hoja, ocultan e incluso niegan los pecados de una juventud frívola. Así que añaden a su culpa acumulada el pecado del engaño.

No nos atrevemos a pedir justicia – seríamos aplastados. Pero ¿cómo escondernos del Dios que todo lo ve? Sería engañarnos a nosotros mismos. Sólo hay un camino que no conduzca a la destrucción: debemos ser perdonados: “Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones”. Y ¿qué es lo que entraña un perdón así? Para comenzar, quien pida perdón no debe pretender que no hay nada que perdonar: “en cuyo espíritu no hay engaño”.

Es por esto por lo que los siguientes versículos hablan con tanta candidez acerca de la confesión (32:3–5). Mientras guardaba silencio (acerca de sus pecados), sus “huesos se fueron consumiendo”; era tan abrumadora su angustia que le traía un terrible dolor físico. David se retorcía bajo la sensación de que Dios mismo se había vuelto en contra suya: “Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí” (32:4).

¿Cuál fue la gloriosa solución? “Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor», y tú perdonaste mi maldad y mi pecado” (32:5).

El escritor del Nuevo Testamento que más se acerca a esta manera de expresarse es el apóstol Juan en su primera carta (1 Juan 1:8–9). Escribiendo a creyentes, Juan dice: “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad”. La misma idea otra vez: el autoengaño que hay detrás de la negación de nuestra culpa. “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.” Otra vez la misma idea: el único remedio de la culpa humana. Este Dios nos perdona, no porque sea demasiado indulgente o demasiado descuidado para prestar atención, sino porque hemos confesado nuestro pecado y, ante todo, porque él es “fiel y justo”: “fiel” al pacto que ha establecido, “justo” para no condenar, habiendo sido Jesús la propiciación de nuestros pecados (2:2).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 111). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«¡He sido arrojado de tu presencia!»

20 ABRIL

«¡He sido arrojado de tu presencia!»

Levítico 24 | Salmo 31 | Eclesiastés 7 | 2 Timoteo 3

David estaba hundido en unos problemas muy profundos. De qué trataban exactamente no nos queda claro, por mucho que intentemos indagar en ello 3.000 años más tarde. Pero lo que sí podemos saber es que David estaba encerrado en una ciudad fortificada (Salmo 31:21), y se sentía atrapado. Había tantas amenazas alrededor suyo que estaba muy cerca del desespero. En ese momento llegó a sentirse abandonado por Dios mismo: “En mi confusión llegué a decir: «¡He sido arrojado de tu presencia!»” (31:22).

No hay mayor desespero que este – sentirse abandonado por Dios. Formaba parte del tormento de Job. Job sabía que podía construir una defensa justa a su favor, si pudiese lograr que Dios viniese a su encuentro y le escuchase, pero los cielos permanecieron callados y el terrible silencio del cielo multiplicó su desesperación.

Ya hemos reflexionado sobre el hecho de que fue el miedo a ser abandonado por Dios lo que empujó a Jacob a seguir luchando con el desconocido en la oscuridad de la noche (Génesis 22:22–23), y lo que movió a Moisés a implorar a Dios que abandonase su intención de permanecer fuera del campamento de los israelitas rebeldes (Éxodo 32–34). En un universo regido por Dios, no puede haber nada más duro que la experiencia de ser, de verdad, abandonado por Dios. El peor de los tormentos del infierno será que los hombres y las mujeres serán total y absolutamente abandonados por Dios. “Abandone toda esperanza quien entre por aquí”.

No obstante, la triste realidad es que los que llevamos la imagen de Dios oscilamos entre el miedo a que Dios nos abandone y el deseo de huir de su presencia. Este mismo David que escribió este salmo no sentía la misma necesidad de deleitarse en la presencia de Dios cuando codiciaba a Betsabé y buscaba la manera de deshacerse de su marido. Con demasiada frecuencia, quisiéramos que Dios mirase a otro lado cuando queremos desobedecerle y seguir nuestro propio camino y, en cambio, cuando pasamos estrecheces, quisiéramos que Dios intervenga, demostrando su poder y su gloria, y sacándonos de nuestros problemas.

¡Qué bendición tan incalculable es que Dios sea mucho mejor que nuestros temores! No nos debe ni auxilio, ni alivio, ni salvación. Aun nuestros gritos: “¡Estoy arrojado de tu presencia!” pueden tener más que ver con nuestra incredulidad que con la expresión de una necesidad sincera de socorro. Pero tal vez la experiencia de David nos sirva de aliento, pues después escribe estas dos líneas más “Pero tú oíste mi voz suplicante cuando te pedí que me ayudaras” (31:22).

Amad al SEÑOR, todos sus fieles;

él protege a los dignos de confianza,

pero a los orgullosos les da su merecido.

Cobrad ánimo y armaos de valor,

todos los que en el SEÑOR esperáis.

(Salmo 31:23–24)

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 110). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“fiestas que yo he establecido”

19 ABRIL

“fiestas que yo he establecido”

Levítico 23 | Salmos 30 | Eclesiastés 6 | 2 Timoteo 2

Levítico 23 ofrece una descripción de las principales “fiestas que yo he establecido” (23:2). Estas incluyen el Sábado, el cual no se podía observar si se hacía un peregrinaje a Jerusalén. Las fiestas que se mencionan, sin embargo, están estrechamente ligadas con el templo de Jerusalén. Hay tres fiestas de esta clase, junto con las celebraciones relacionadas con las tres principales. (Más adelante, los judíos añadieron una cuarta fiesta.)

Aparte del propio Sábado, la primera de las fiestas designadas (o par de fiestas) era la Pascua emparejada con la Fiesta del Pan Sin Levadura. “La Pascua de Yahvé” comenzaba al atardecer del día 14 del primer mes judío (Nisán), cuando se comían los alimentos de la Pascua, y el pueblo se reunía para rememorar su liberación espectacular de Egipto. El próximo día era el comienzo de la Fiesta del Pan Sin Levadura, que duraba una semana, un recordatorio no sólo de su fuga rápida de Egipto, sino también de la instrucción por parte de Dios de dejar al lado toda levadura durante aquel período – símbolo de la decisión de descartar toda mala conducta. El primer y el séptimo día tenían que quedar libres del trabajo y solemnizados por las asambleas sagradas.

La Fiesta de las Primicias (23:9–14), seguida por la Fiesta de las Semanas (23:15–22) – las siete semanas inmediatamente después de las Primicias, que culminaban en el día cincuenta en una asamblea sagrada – era una manera poderosa, especialmente en una sociedad profundamente agraria, de recordar que Dios es quien nos provee todo lo que nos haga falta para vivir. Era una forma de dar testimonio a nuestra dependencia de Dios, de expresar nuestra gratitud individual y colectiva a nuestro Hacedor y Sustento. Hay cierto paralelismo con la Fiesta de “la Cosecha” en Inglaterra y del “Agradecimiento” en Canadá (la Fiesta del “Agradecimiento” en los EE.UU. es sólo en parte una fiesta de la cosecha, a la vez está cargada de un simbolismo fundamental que tiene que ver con la búsqueda de libertad en la nueva tierra). Pero no hay ninguna fiesta de agradecimiento que tenga más valor que la calidad de la gratitud entre los que participaban.

EL primer día del séptimo mes, otra asamblea sagrada, la Fiesta de las Trompetas, que se conmemoraba con trompetazos (23:23–25), anticipaba el Yom Kippur – el Día de la Propiciación (23:26–33) – el cual caía en el décimo día del séptimo mes. Este era el día en el que el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo llevando la sangre prescrita, para cubrir con ella tanto sus propios pecados como los del pueblo (ver la meditación del 12 de abril). El día quince de aquel mes comenzaba la Fiesta de los Tabernáculos, que duraba ocho días (23:33–36), cuando el pueblo tenía que vivir en “barracas” o “tabernáculos”, chozas y tiendas, para recordar los años de peregrinaje antes de entrar en la tierra prometida.

¿Cómo debería el pueblo del nuevo pacto recordar y conmemorar las provisiones de gran Dios de la alianza?

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 109). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“El Señor es sol y escudo”

17 ABRIL

Levítico 21 | Salmos 26–27 | Eclesiastés 4 | 1 Timoteo 6

“El Señor es sol y escudo”

Una sola cosa le pido al SEÑOR, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo” (Salmo 27:4). Esta afirmación gloriosa halla eco en otras partes de la Biblia. En el Salmo 84:10–11, el salmista declara, por ejemplo: “Vale más pasar un día en tus atrios que mil fuera de ellos; prefiero cuidar la entrada de la casa de mi Dios, que habitar entre los impíos. El Señor es sol y escudo; Dios nos concede honor y gloria”.

¡Esto no significa que el salmista quiera pasar todo su tiempo en la iglesia! El templo era más que un edificio religioso, y las sinagogas todavía no existían. Más bien, era una manera de decir que el salmista quería pasar todo su tiempo en la presencia y bajo la bendición del Dios viviente del pacto, el Dios que se había revelado por excelencia en la ciudad que él había designado y en el templo cuyo diseño esencial él había estipulado. Esto incluía necesariamente los rituales y la liturgia del templo, pero el salmista no hablaba desde un sentido refinado de la estética religiosa sino desde nada menos que un reconocimiento abrumador de la absoluta belleza de Yahvé.

Pero cabe también hacer dos observaciones más:

(1) El anhelo del salmista se expresa en términos de una elección deliberada por su parte: “lo único que [yo] persigo” (27:4, cursiva añadida); “[para mí] vale más pasar un día en tus atrios que mil fuera de ellos; [yo] prefiero cuidar la entrada de la casa de mi Dios que habitar entre los impíos” (84:10). El salmista expresa su deseo y su preferencia, y en ambos casos su atención está centrada en Dios mismo. No le comprenderemos de verdad a no ser que, por la gracia de Dios, compartamos su visión teocéntrica.

(2) El salmista reconoce que, con esta visión, hay para él una seguridad abundante. Mientras que por supuesto, es bueno rendir culto a Dios y deleitarnos en su presencia sencillamente porque Dios es Dios, y él es bueno y glorioso, al mismo tiempo es perfectamente legítimo reconocer que nuestra propia seguridad es consecuencia de descansar en este Dios. David desea: “habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo”. Porque “en el día de la aflicción él me resguardará en su morada; al amparo de su tabernáculo me protegerá, y me pondrá en alto, sobre una roca” (27:4–5). “Vale más pasar un día en tus atrios que mil fuera de ellos; prefiero cuidar la entrada de la casa de mi Dios que habitar entre los impíos”, [pues]El Señor es sol y escudo” (84:10–11).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 107). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Instruido por la verdad de Dios

16 ABRIL

Instruido por la verdad de Dios

Levítico 20 | Salmo 25 | Eclesiastés 3 | 1 Timoteo 5

Una de las características más asombrosas del Salmo 25 es la diversidad de las necesidades acerca de las que David pide a Dios que le responda.

David corre el peligro de verse abrumado por completo por sus enemigos y, por tanto, expuesto a la vergüenza pública (25:2). Desea aprender los caminos de Dios y ser instruido por la verdad de Dios (25:4–5). Ruega que Dios pase por alto los pecados de su juventud rebelde (25:7) y además, reconoce que hay momentos en los que su iniquidad es grande y necesita ser perdonada (25:11). David confiesa que está solo y afligido, y que padece angustia (25:16–17). Habla de nuevo de su aflicción y dolor, alude otra vez a sus pecados y se siente amenazado por el cada vez mayor número de los enemigos que le odian (25:18–19). De hecho, a juzgar por el último versículo (25:22), cabe perfectamente la posibilidad de que David reconociese que sus propias crisis y fracasos hubiesen minado el bienestar del pueblo a quien servía como rey; por lo cual, su oración parece abarcarles también a ellos.

Por supuesto que es importante reflexionar en cómo Dios interviene con gracia en la experiencia de su pueblo, ayudándoles de unas maneras extraordinariamente diversas. No obstante, aquí quisiera señalar algo diferente, a saber: el hecho de que las crisis y las angustias que nos afligen están estrechamente vinculadas las unas con las otras. Las diferentes cosas que David menciona aquí no son los distintos puntos de una lista discontinua. Están inseparablemente vinculadas en varios sentidos.

Por ejemplo, cuando David pide que sus enemigos no le expongan a la vergüenza pública, reconoce que Dios mismo es el Juez absoluto, de modo que al final sufrirán la vergüenza pública todos aquellos que “traicionan sin razón” (25:3). Pero esto quiere decir que David mismo debe aprender los caminos y la verdad de Dios; necesita que sus propios pecados sean perdonados. Debe mantenerse humildemente fiel al pacto (25:9–10), temiendo a Dios como es debido (25:12, 14). A causa de lo que sufre, no está únicamente afligido, sino también solo (25:16) – la angustia en un área nutre muy a menudo un sentimiento de terrible aislamiento, incluso de enajenamiento. No obstante, en las últimas peticiones del salmo, vemos que el salmista no se ha hundido en la autocompasión, sino que resumen estos vínculos ya establecidos: David necesita ser librado de sus enemigos, que sus pecados sean perdonados, que sus aflicciones sean aliviadas, y una integridad y rectitud personales, todo ello estando inseparablemente ligado a la protección de Dios mismo.

Aquí encontramos un autoconocimiento muy saludable. A veces, nuestras peticiones de alivio de la soledad están inmersas en el amor propio; en ocasiones nuestras peticiones de justicia no tienen en cuenta lo endémico que es el pecado, de modo que permanecemos indiferentes ante nuestra propia iniquidad. Pero aquí tenemos a alguien que no sólo conocía a Dios, sino que se conocía también a sí mismo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 106). Barcelona: Publicaciones Andamio.

“Yo soy el Señor”

15 ABRIL

Yo soy el Señor

Levítico 19 | Salmo 23–24 | Eclesiastés 2 | 1 Timoteo 4

Tal vez la característica más destacable de Levítico 19 sea la afirmación, repetida varias veces, “Yo soy el Señor”. En cada caso, esta afirmación ofrece a los israelitas la razón por la cual deben obedecer un mandamiento determinado.

Cada uno debe respetar a su padre y a su madre, y debe observar los sábados de Dios: “Yo soy el Señor” (19:3). No deben sucumbir a la idolatría. En la cosecha, han de dejar sin recoger lo suficiente como para que los pobres encontrasen de qué alimentarse: “Yo soy el Señor” (19:10). No debían jurar falsamente en nombre de Dios: “Yo soy el Señor” (19:12). No debían gastar bromas viles a expensas de los minusválidos, como maldecir a los sordos o poner piedras de tropiezo delante de los ciegos: “Yo soy el Señor” (19:14). No debían cometer ninguna acción que pusiera en peligro la vida de un prójimo: “Yo soy el Señor” (19:16). No debían ni buscar vengarse ni guardar rencor contra ningún prójimo, sino que cada uno debía amar al prójimo como a uno mismo: “Yo soy el Señor” (19:18). Al entrar en la tierra prometida, después de plantar un árbol, no debían comer el fruto durante un período de tres años, y luego debían ofrecer todos los frutos de todos los árboles en el cuarto año, antes de comer de ellos a partir del quinto año: “Yo soy el Señor” (19:23–25). No debían ni manipular ni tatuar sus cuerpos: “Yo soy el Señor” (19:28). Debían respetar los sábados de Dios y reverenciar el santuario: “Yo soy el Señor” (19:30). No debían recurrir ni a médiums ni a espiritistas: “yo soy el Señor” (19:31). Debían levantarse en presencia de los ancianos, y tener temor a Dios: “Yo soy el Señor” (19:32). Los extranjeros y los residentes en la tierra debían ser tratados como si fuesen nativos: “Yo soy el Señor” (19:33–34). Los negocios debían ser transparentes: “Yo soy el Señor” (19:35–36).

Aunque es cierto que hay algunos mandamientos en este capítulo que no acaban con esta fórmula, no obstante todos quedan recogidos bajo la misma bendición, pues el último versículo resume el capítulo por completo: “Obedeced todos mis estatutos. Poned por obra todos mis preceptos. Yo soy el Señor” (19:37).

Además, a juzgar por el primer versículo del capítulo, la fórmula “Yo soy el Señor” es, de hecho, un recordatorio de otra afirmación más larga: “El Señor le ordenó a Moisés que hablara con toda la asamblea de los israelitas y les dijera: «Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (19:1). Ya hemos reflexionado en el significado de la palabra “santo” (ver 8 de abril). Aquí, lo que nos llama la atención es que muchos de los mandamientos son sociales en cuanto a sus efectos (honestidad, generosidad, integridad, entre otros); no obstante el verdadero fundamento de todos ellos es la santidad de Yahvé. Para el pueblo del pacto, las motivaciones más altas tienen que ver con agradar a Dios y temer su castigo.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 105). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Porque la vida de toda criatura está en la sangre»

13 ABRIL

«Porque la vida de toda criatura está en la sangre»

Levítico 17 | Salmo 20–21 | Proverbios 31 | 1 Timoteo 2

Había dos especificaciones, según Levítico 17, que constreñían a los antiguos israelitas que quisieran mantenerse fieles al pacto.

En primer lugar (17:1–9), los sacrificios estaban limitados a aquello que estuviese prescrito según el pacto mosaico. Parece ser que algunos israelitas ofrecían sacrificios en el campo abierto, allá donde estuviesen (17:5). Sin duda unos estaban ofreciendo genuinamente sacrificios a Yahvé; mientras otros se deslizaban hacia ofrendas sincretistas, consagradas a dioses paganos (17:7). Someter las prácticas sacrificiales a la disciplina del tabernáculo (y más adelante del templo) tenía como propósito eliminar el sincretismo y, al mismo tiempo, adiestrar al pueblo en las estructuras intrínsecas del pacto mosaico. Allí fuera, en el campo, era demasiado fácil dar por sentado que estas prácticas religiosas contaban con la aprobación de Dios (¡o de los dioses!), y asegurarse así unas buenas cosechas y unos hijos bien plantados. Idealmente, el sistema del tabernáculo/templo sujetó al pueblo al tutelaje de los levitas, que enseñaban al pueblo que había un camino mejor. Dios mismo había mandado este sistema. Únicamente serían aceptables los mediadores y los sacrificios prescritos por él. La razón de ser de la estructura en su conjunto era dar mayor énfasis a la trascendencia de Dios, establecer y poner de manifiesto en la mente del pueblo lo feo y vil que era el pecado y demostrar que sólo podían ser aceptables a ojos de Dios si este pecado era expiado. Además, el sistema tenía dos ventajas más. Servía para reunir al pueblo en las fiestas que se celebraban tres veces al año en Jerusalén, lo cual aseguraba la cohesión del pueblo del pacto; y mediante los sacrificios anuales, también preparó el camino hacia el sacrificio supremo, inculcando en la mente de generaciones de creyentes que el pecado debe ser confrontado y absuelto tal como Dios mismo manda, o de otra manera no queda esperanza para ninguno de nosotros.

La segunda limitación impuesta en este capítulo (17:10–16) es la prohibición de comer sangre. La razón que se da es muy específica: “Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo os la he dado sobre el altar, para que hagáis propiciación por vosotros mismos, ya que la propiciación se hace por medio de la sangre” (17:11). El texto no atribuye ningún poder mágico a la sangre. Al fin y al cabo, la vida no reside en la sangre aparte del resto del cuerpo, y esta prohibición estricta contra el comer sangre no podía ser ejecutada a la perfección (puesto que, por mucho que intentes drenar la sangre de un animal, siempre queda sangre en el cuerpo). Lo que el texto quiere subrayar es que no hay vida en el cuerpo sin sangre; es el elemento físico más obvio para simbolizar la vida misma. Para enseñar al pueblo que sólo el sacrificio de una vida podía servir como medio de propiciación – puesto que el castigo del pecado es la muerte –, es difícil imaginarse una prohibición más contundente y eficaz. Recordamos su significado cada vez que participamos de la Mesa del Señor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 103). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡Autorrevelación!

12 ABRIL

¡Autorrevelación!

Levítico 16 | Salmo 19 | Proverbios 30 | 1 Timoteo 1

Dios es maravilloso en su autorrevelación. Ha sido generoso en las maneras en las que se ha dado a conocer, lo ha hecho por la naturaleza, por su Espíritu, por su Palabra, en los grandes acontecimientos de la historia redentora, por las instituciones que ordenó para desvelar sus propósitos y su naturaleza, e incluso por la manera como los seres humanos estamos hechos. (Somos portadores de la Imago Dei.) El Salmo 19 presenta dos vías de la autorrevelación de Dios.

La primera de estas vías es la naturaleza o, para ser más preciso, una parte de la naturaleza, es decir “las huestes celestiales”, observadas y disfrutadas por todos nosotros. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber” (19:1–2). Pero, de la misma manera que los pueblos de la antigüedad inventaron mitos complejos para explicar el sol, la luna y los astros, la vergüenza de nuestra cultura es que nos inventamos complejos mitos “científicos” para explicarlos también. Por supuesto, nuestro conocimiento de cómo son las cosas en realidad es mucho más avanzado y preciso que el de los antiguos. No obstante, su compromiso enraizado con la noción de una organización ciega, fortuita, sin propósito de un universo infinito es lamentablemente perversa – cualquier esquema funciona mientras excluya la conclusión más patente de un Dios supremamente inteligente, capaz de componer un diseño espectacularmente asombroso. La evidencia está aquí: “Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber”.

La segunda vía es “La ley del Señor, es perfecta: infunde nuevo aliento. El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos: traen alegría al corazón. El mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre. Las sentencias del Señor son verdaderas: todas ellas son justas. Son más deseables que el oro, más que mucho oro refinado; son más dulces que la miel, la miel que destila del panal. Por ellas queda advertido tu siervo; quien las obedece recibe una gran recompensa” (19:7–11). Aquí también logramos recortar y minar lo que Dios ha revelado. Teólogos académicos desperdician sus vidas socavando su credibilidad. Mucha gente escoge secciones y temas aquí y allá, y con ellos construyen planteamientos que sirven para excluir el conjunto. Las tendencias de la cultura hacen que se construyan nuevas epistemologías que relativizan las palabras de Dios de modo que estas solo sean consideradas al mismo nivel que documentos originales de cualquier otra religión. Y peor aún, los creyentes invierten tan poco tiempo y energía para aprender lo que dicen que es la Palabra de Dios, que va perdiendo influencia por defecto. No obstante, sigue siendo una revelación inimaginablemente gloriosa.

Levítico 16 nos muestra otra vía de revelación. Dios, movido por la gracia, instituyó un rito anual, bajo el antiguo pacto, que sirvió para reflejar algunos principios fundamentales de su naturaleza, y de lo que le es aceptable. Los pecadores culpables pueden acercarse a él gracias a un mediador y un sacrificio sangriento que él ha prescrito: el Día de la Propiciación es tanto un ritual como una profecía (ver Hebreos 9:11–10:18).

Respondamos con el salmista: “Sean, pues, aceptables ante ti mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, “roca mía y redentor mío” (19:14).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, pp. 102–103). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¡El Señor vive!

11 ABRIL

¡El Señor vive!

Levítico 15 | Salmo 18 | Proverbios 29 | 2 Tesalonicenses 3

David escribió el Salmo 18 tras ser liberado por Dios de la mano de Saúl y sus enemigos. Es un salmo gozoso, agradecido. Se repiten algunos de los temas que ya hemos encontrado en los Salmos 16 y 17. Pero también incluye elementos nuevos, entre los cuales están los siguientes:

En primer lugar, el lenguaje de este salmo rebosa de metáforas muy vívidas sacadas de la naturaleza (especialmente, en los versículos 7 al 15 – lo cual es una característica bastante típica de la poesía hebrea. Cuando Dios contestó, “La tierra tembló, se estremeció; se sacudieron los cimientos de los montes; ¡retemblaron a causa de su enojo! Por la nariz echaba humo, por la boca, fuego consumidor; ¡lanzaba carbones encendidos!Y también, “Rasgando el cielo, descendió, pisando sobre oscuros nubarrones” (18:7–9), o bien, “Montando sobre un querubín, surcó los cielos y se remontó sobre las alas del viento” (18:10). Y “En el cielo, entre granizos y carbones encendidos, se oyó el trueno del Señor, resonó la voz del Altísimo. Lanzó sus flechas, sus grandes centellas; dispersó a mis enemigos y los puso en fuga” (18:13–14).

Esto es maravilloso. El hecho de que no se trate de metáforas comunes en nuestro lenguaje, no nos debería impedir apreciarlas, ni comprender lo que el salmista nos quiere decir a través de ellas. El poder de Dios es inefable; controla la misma naturaleza, la cual no hace sino responder a su palabra; las manifestaciones más aterradoras del poder de la naturaleza son el resultado de su mandamiento. El lenguaje metafórico puede extenderse también en la manera como Dios libró a David: “Extendiendo su mano desde lo alto, tomó la mía y me sacó del mar profundo” (18:16) – aunque, por supuesto, David no se estaba ahogando literalmente. Pero esa debió ser la sensación que experimentó en más de una ocasión, cuando Saúl y su ejército le pisaban los talones.

En segundo lugar, mientras muchas de las líneas de este salmo describen, con un lenguaje extraordinario y a veces metafórico, la manera como Dios había ayudado a David, otras explican cómo Dios renovaba las fuerzas de David, capacitándole para aquello que tenía que hacer. “Con tu apoyo me lanzaré contra un ejército; contigo, Dios mío, podré asaltar murallas” (18:29). Y “Es él quien me arma de valor endereza mi camino; da a mis pies la ligereza del venado, y me mantiene firme en las alturas; adiestra mis manos para la batalla, y mis brazos para tensar arcos de bronce. Tú me cubres con el escudo de tu salvación, y con tu diestra me sostienes; tu bondad me ha hecho prosperar” (18:32–35).

Quizá Dios no nos dará las fuerzas para guerrear. Pero en un universo regido por él, confesamos que es el Señor quien nos da las fuerzas para escribir programas informáticos, arreglar problemas administrativos, cambiar pañales, estudiar el texto griego del Nuevo Testamento, soportar insultos hirientes.

¡El Señor vive! ¡Alabada sea mi roca! ¡Exaltado sea Dios mi Salvador!” (18:46).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 101). Barcelona: Publicaciones Andamio.

«Mía es la venganza; yo pagaré»

10 ABRIL

«Mía es la venganza; yo pagaré»

Levítico 14 | Salmo 17 | Proverbios 28 | 2 Tesalonicenses 2

El Salmo 17 es una petición de vindicación. Es evidente que David sabe que no siempre actúa justamente (¡Ver Salmo 51!). Pero, en determinadas circunstancias, el creyente puede saber con certeza que ha actuado con integridad y con una rectitud transparente. Es el caso de David en este salmo. Si, en circunstancias de esta clase, unos adversarios han difundido mentiras, o han conspirado contra ti, si, como león al acecho de su presa, están resueltos a hacerte caer (17:10–12), ¿qué debe hacer el justo?

La primera respuesta debe ser una humilde búsqueda de la presencia del Dios que vindica. David espera no sólo una vindicación última, sino también algo mucho más inmediato: “¡Vamos, Señor, enfréntate a ellos! ¡Derrótalos! ¡Con tu espada rescátame de los malvados!” (17:13). No obstante, es consciente de que, al reclamar una vindicación así, Dios lo alinea con los que no sólo pertenecen a este mundo: “¡Con tu mano, Señor, sálvame de estos mortales que no tienen más herencia que esta vida!” (17:14).

Puesto que Dios permanece soberano, la vindicación sólo puede venir de Dios: “Sé tú mi defensor, pues tus ojos ven lo que es justo” (17:2). De hecho, David invoca el amor fiel de Dios hacia los suyos: “Tú, que salvas con tu diestra a los que buscan escapar de sus adversarios, dame una muestra de tu gran amor” (17:7).

Todas estas son lecciones muy importantes que hallan eco, sea en su totalidad o bien en parte, en muchos pasajes de la Biblia. De modo que Pablo dice a los creyentes en Roma, “No paguéis a nadie mal por mal. Procurad hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de vosotros, vivid en paz con todos. No os venguéis, hermanos míos, sino dejad el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», [Deuteronomio 32:35] dice el Señor” (Romanos 12:17–19).

Este es un principio que los creyentes deben constantemente volver a aprender y aplicar a sí mismos. Es fácil asimilarlo cuando las cosas van viento en popa. Sin embargo, cuando los miembros de una congregación comienzan a atacar tu ministerio injustamente, cuando surgen chismosos que van minando tu posición en la empresa a fin de lograr alguna ventaja a expensas tuyas, cuando tus compañeros de facultad achacan a todo lo que hagas o digas las motivaciones más viles, es entonces cuando se pone a prueba la actitud que deja todo en manos del Dios, cuyo cuidado hacia los suyos y cuya pasión para la justicia garantizan la vindicación última.

Esta es la fe que trae alivio a nuestro estrés: “Pero yo en justicia contemplaré tu rostro; me bastará con verte cuando despierte” (17:15).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 100). Barcelona: Publicaciones Andamio.