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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo II

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Por Douglas Wilson

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo II

El siglo II después de la muerte y resurrección de nuestro Señor (d. C.) no fue, a pesar de algunos reclamos modernos que afirman lo contrario, el segundo siglo de la era común (e. c.). En el transcurso del siglo II, el antiguo sistema de fechado aún no había sido cambiado, pero sí fueron alteradas todas las realidades. La levadura del reino estaba en el pan del mundo y ya nada podía detener lo que iba a suceder. Veinte siglos después, esas mismas realidades paganas permanecen deshechas para siempre, por más que nuestros modernos e iluminados académicos jueguen con el sistema de fechas en sus artículos de revistas, haciendo guiños como acostumbran.

En el siglo II, la Iglesia cristiana aún no había derrocado el sistema pagano existente, sin embargo, la confianza de estos cristianos era asombrosa. Ellos sabían que algo había sucedido en el siglo anterior que había alterado la historia humana. No había sido mucho tiempo atrás; todavía era algo vívido para ellos. Incluso a mediados del siglo, año 150 d. C., había hombres y mujeres que aún recordaban la forma en que el apóstol Juan solía enseñarles. Recordaban las historias que les contaba sobre la manera en que el Señor Jesús vivió y cómo enseñó. Pero por encima de todo, recordaban el testimonio de Juan sobre cómo una mañana corrió hacia una tumba vacía. La ropa de sepultura estaba allí, pero nada más. Luego, Juan salió afuera con Pedro a un mundo nuevo. Tomó algún tiempo para que ese mundo se diera cuenta, pero ya nada volvería a ser lo mismo.

Para el siguiente siglo, la novedad de la nueva creación aún no se había borrado de la mente de los cristianos. Para poner esto en perspectiva, a inicios del siglo II, la resurrección del Señor tenía la misma relación histórica para ellos (en términos del tiempo transcurrido) que la que tiene el asesinato de John F. Kennedy para los estadounidenses. El recuerdo de Poncio Pilato como gobernador regional todavía estaba vivo en la memoria de la gente; no era un nombre histórico aislado perdido en los libros de una biblioteca.

Pero la razón por la que hemos perdido esta perspectiva no es el mero resultado del paso del tiempo. Nuestro problema se debe a que nos hemos adaptado a los prejuicios de la Ilustración, que son simplemente una forma revivida de gnosticismo, el gran enemigo de la Iglesia en el siglo II. En otras palabras, los antiguos cristianos defendían ferozmente ciertas realidades históricas contra aquellos que querían una religión de proposiciones, verdades y principios religiosos eternos. La fe cristiana enseñó que la Verdad última tenía un rostro y dos manos, y trabajaba en un taller de carpintería. Si los teléfonos se hubieran inventado en aquel entonces, Su nombre habría estado en la guía telefónica bajo la «H» de «Hijo de David».

El gnosticismo sostenía que había una fuerte división entre lo espiritual y lo material, y que lo espiritual era puro y etéreo, mientras que lo material era corrupto y burdo. Sin embargo, si el mundo material era tan malo, ¿cómo era posible que alguien aquí abajo, como los gnósticos, tuviera una idea precisa de lo que estaba pasando? La respuesta gnóstica fue que unos pocos privilegiados tenían una chispa divina dentro de ellos, una gnosis secreta, un conocimiento, que los guiaba.

Ahora, una de las razones por la que gran parte del mundo cristiano de hoy está espiritualmente moribundo es porque hemos dejado de luchar contra las formas de Ilustración contemporáneas del gnosticismo. El reino espiritual puro está formado por proposiciones abstractas en nuestras declaraciones de fe y sabemos que estas son verdaderas debido a esa gnosis en nuestros corazones a la que ahora nos deleitamos en llamarle una relación personal con Jesús.

Al decir esto, es importante explicar de inmediato lo que no quiero decir. No me refiero a alguna forma de incredulidad en las proposiciones confesionales correctamente entendidas. Más bien me opongo a esa incredulidad en las proposiciones, esa que se logra mediante una artimaña mental muy sutil. Jesús dijo que los líderes judíos escudriñaban las Escrituras porque pensaban que en ellas tenían la vida. Pero esas Escrituras, dijo Jesús, daban testimonio de Él.

La verdad proposicional, ya sea que se encuentre en el libro de Romanos o en La confesión de fe de Westminster, debe entenderse como una ventana a través de la cual miramos. Todo enunciado verdadero, correctamente manejado, es una ventana a través de la cual un hombre puede ver. Pero todo enunciado verdadero también puede convertirse en un mural, en el que un hombre muy «conservador» puede mirar ciegamente. Y si alguien le señala que los objetos en ese mural están vivos, hasta lo acusa en un tribunal.

Y claro que existe tal cosa como una verdadera relación con Jesucristo, Él es el Esposo y nosotros somos Su novia pactual. Dios será nuestro Dios y nosotros seremos Su pueblo. Y esta relación es mucho más gloriosa que una chispa gnóstica escondida en el rincón del corazón de un hombre.

Los cristianos del siglo II sabían por fe que todas estas cosas habían sucedido apenas ayer. Nuestro deber es creer de la misma manera, porque Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Douglas Wilson
Douglas Wilson

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.

Cinco características de un esposo bondadoso

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Cinco características de un esposo bondadoso

Por Douglas Wilson

Encontramos varios maridos en la Biblia, pero no muchos destacan como algo ideal. Uno de los hombres que sí resalta es Booz. A lo largo del libro de Rut, se muestra como modelo de lo que debe ser un esposo como tal. Es un empleador piadoso y considerado (Rt. 2:4). Su bondad hacia Rut es clara y bien marcada antes de pensar en sí mismo como posible marido para ella. Su carácter de marido piadoso se manifiesta en su bondad al asumir el papel de pariente-redentor de Rut. Así que, la próxima vez que leas el libro de Rut, piensa en la bondad de este hombre.

¿Qué hacen los malos maridos? Entre otras cosas, predican la herejía en el comedor de sus propios hogares. Pablo les dice a los maridos que amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia (Ef. 5:25). Esto no se da como una simple ilustración agradable. Un esposo es la cabeza de su esposa de la misma manera que Cristo es la cabeza de la Iglesia (Ef. 5:23). Esto significa que los maridos hablan todo el día, todos los días, de lo que Cristo piensa de la Iglesia. Y cómo ese mensaje que transmiten es ineludible: o dicen la verdad, o mienten. Ningún marido tiene la opción del silencio.

Las mentiras del maltrato

Y por desgracia, aunque todo maltrato es una mentira, es posible que haya más de una mentira. Por ejemplo, ¿Qué mentira dicen los maridos amargados? Pablo dice a los maridos que no se amarguen contra sus esposas (Col. 3:19). Pero algunos hombres piensan que han sido provocados lo suficiente como para que el resentimiento sea su única opción. ¿Cuál es la mentira? La mentira es que Cristo tiene una actitud pésima cada vez que es provocado, lo cual pensamos que debe ser todo el tiempo.

Otra mentira es la del marido lujurioso. Algunos hombres piensan que un ojo extraviado es algo natural. ¿Cuál es la mentira? La mentira es que Cristo es un adúltero, que es infiel a su novia.

Luego está la mentira que dicen los maridos flojos. Algunos hombres no proporcionan ningún liderazgo a sus esposas. ¿Cuál es la mentira? La mentira es que Cristo es un debilucho perdedor. Que esto sea bastante común en nuestros días no es sorprendente, dada la doctrina de Cristo que sostienen muchos.

Por último, los maridos orgullosos dicen otra mentira. Algunos hombres desprecian las capacidades de las mujeres, incluidas sus esposas e hijas. ¿Cuál es la mentira? Dicen que Cristo desprecia a Su Iglesia, burlándose de ella cada vez que tiene ocasión.

Características de un marido bondadoso

Entonces, ¿qué es un marido bondadoso? Así como vemos el ideal de bondad de un marido mostrado por Booz, también deberíamos complementar nuestra comprensión de esa bondad a partir de la enseñanza de la Biblia en otros lugares. Quizá estemos acostumbrados a la fraseología del mandato paulino de amar a nuestras esposas, por lo que esto podría ayudarnos a pensar en este deber central en términos de bondad.

En primer lugar, un marido bondadoso está incompleto. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, hombre y mujer los creó (Gén. 1:27). El hombre y su mujer se convierten en una sola carne (Gén. 2:24), lo que indica la intimidad de la unión sexual (1 Cor. 6:16). Sin la intervención de Dios con el don del celibato, no es bueno que el hombre esté solo (Gén. 2:18). La verdadera confianza masculina opera, por tanto, en el contexto de la bondad mutua. La “confianza” que de alguna manera insinúa, indica o dice a una esposa que “no te necesito” no es una verdadera confianza en absoluto, sino una mera fanfarronada arrogante. Los hombres que se edifican a sí mismos derribando a sus esposas están siguiendo la “sabiduría” del infierno. Un marido es bondadoso con aquella que le completa.

En segundo lugar, un marido bondadoso es amoroso. El ideal aquí es el amante retratado en el Cantar de los Cantares. Es ardiente, devoto, fuerte y con confianza sexual. Pero recuerde el primer punto; esta confianza no es en sí mismo, sino en su capacidad para cumplir con su papel asignado, que es sólo la mitad de lo que debe hacerse. Con demasiada frecuencia olvidamos lo que manda la Biblia (Prov. 5:15-19). Un marido es bondadoso con su amada.

Un marido bondadoso es un proveedor. Un hombre que no provee para su hogar es peor que un incrédulo (1 Tim. 5:8). Dado que su esposa es el miembro más importante de su hogar, él tiene la profunda obligación de proveer para ella. En concreto, le proporciona comida, ropa y derechos conyugales (Éx. 21:10). Un marido es bondadoso con la que depende de él.

En cuarto lugar, un marido bondadoso es alguien que nutre. Un marido cristiano está llamado a alimentar y cuidar (Ef. 5:29). En este sentido, la falta de ternura, cuando es apropiada, muestra una falta de masculinidad. Un marido es bondadoso con el objeto de su bondad.

Por último, el marido es un pariente-redentor. Un marido está cerca de su mujer; ella es su hermana, su esposa (Can. 5:1). En un sentido muy real, él modela para ella la idea de salvador y redentor (Ef. 5:25-26). ¿Qué marido es suficiente para eso? Ninguno, pero nosotros vivimos y amamos por gracia. El marido es bondadoso con su hermana, a la que trae consigo.

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Douglas Wilson

¿Una Iglesia del primer siglo?

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo I

¿Una Iglesia del primer siglo?

Por Douglas Wilson

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo I

No es raro escuchar a los cristianos modernos decir que asisten a una iglesia del Nuevo Testamento. Tomando en cuenta todo lo que eso podría significar, mi primer impulso es preguntar algo como: «¿Por qué querrías hacer eso?». ¿Borracheras en la Cena del Señor? ¿Controversias sobre tocino, idolatría y circuncisión? Por supuesto, si el que hace la declaración simplemente intenta afirmar la sola Scriptura, entonces no hay nada excepcional en esa opinión, aunque haría bien en incluir el Antiguo Testamento. Sin embargo, la situación suele ser mucho más compleja.

Un conjunto de suposiciones románticas sobre la revelación y la historia impulsa esta opinión. En este punto de vista, la Iglesia en el primer siglo era pura, bien gobernada y madura, y no fue hasta que los apóstoles empezaron a morir que las corrupciones comenzaron a inundarla. En esto vemos la típica creencia evangélica sobre la historia de la Iglesia: hubo una Edad de Oro que duró de cien a trescientos años, luego mil años o más de oscuridad. 

A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. 

Ahora, todos los herederos de la Reforma reconocen que sí hubo corrupciones de doctrina y de práctica —de lo contrario, ¿para qué hacer una Reforma entonces?— pero la posición protestante clásica  coloca el verdadero problema mucho más adelante en el tiempo, y lo ve como un proceso muy gradual que infectó a algunas facciones de la Iglesia mucho más que a otras. Por ejemplo, sabemos que en la corte de Carlomagno estaban sucediendo cosas maravillosas, y durante la Plena Edad Media encontramos a santos fieles trabajando en la obra del evangelio. 

La insatisfacción con la forma en la que algunas cosas marchaban fue lo que impulsó la Reforma, un movimiento desde dentro de la Iglesia para reformar esa misma Iglesia. Ahora, esto nos lleva de regreso al siglo I. Nuestras perspectivas de ese siglo son una buena prueba de fuego para los cristianos modernos. Una perspectiva es que la Iglesia moderna es una restauración: la Iglesia original casi desapareció, pero Dios la ha traído de vuelta. Esta mentalidad restauracionista ve la obra de Dios en este continente en los últimos dos siglos como si Dios hubiera comenzado de nuevo. Cuando se hace la pregunta: «¿Dónde estaba tu iglesia antes de (inserta la fecha de la fundación de tu denominación)?», la respuesta habitual es: «En el siglo I». Pero el protestante clásico, cuando se le pregunta dónde estaba su iglesia antes de la Reforma, responde preguntando: «¿Dónde estaba tu cara antes de que te la lavaras?». 

El contraste es entre una visión de la historia que ve la levadura trabajando a través del pan y una visión que ve el reino de Dios viniendo de manera definitiva pero inconstante, con altas y bajas. Según este último punto de vista, debido a que la Iglesia del primer siglo estaba completa, lo que tenemos ahora debe estar completo. Es una mentalidad de todo o nada. La visión inicial contempla espacio para el desarrollo, el retroceso, la reforma, el avance del credo y así sucesivamente; no es perfeccionista. Pero la suposición de todo o nada es perfeccionista, y esto explica su dogmatismo defensivo sobre las cosas más indefendibles. 

Considera algunos de los problemas con nuestros estilos de adoración, con nuestras tradiciones. Debido a nuestro compromiso a priori de ser «la Iglesia del Nuevo Testamento», tendemos a entender nuestras prácticas anacrónicamente.  A causa del analfabetismo histórico masivo, el primer siglo es una pantalla en blanco sobre la cual podemos proyectar nuestras nociones de espiritualidad eclesiástica. Es por esto que se ha llegado a creer que formas de adoración inventadas en la frontera de Kentucky fueron las prácticas de Pedro, Santiago y Juan. Un coro con tres acordes acompañados de una guitarra parece mucho más espiritual, simple, sencillo y piadoso que, digamos, una pared de tubos para un órgano. Y hay gente que realmente cree que el vino del Nuevo Testamento era 100% jugo de uva, y piensan esto porque alguien empezó a insistir en que era jugo de uva en algún lugar en Missouri hace poco más de un siglo. Pero a la luz de la historia, insistir en que Pablo sirvió jugo de uva en la Cena del Señor es tan tonto como afirmar que él usó una corbata. 

Algunas tradiciones de la Iglesia medieval se alejaron de los estándares establecidos por la Escritura en el primer siglo, y esta desviación era de condenar y requería una reforma. Los reformadores querían, con razón, regresar ad fontes, «a las fuentes». Sin embargo, las fuentes a las que apelaban no se limitaban a la Escritura, aunque la Escritura era la norma final e infalible. Los reformadores eran los mejores eruditos patrísticos en la Europa de su tiempo, y comprendían los patrones fieles que la Iglesia había seguido durante siglos. 

En contraste a esto, en lugar de ver nuestra era a la luz de la revelación y la historia subsiguiente, tendemos a colocar las Escrituras en un contexto cultural —el nuestro— y leerlas e interpretarlas de acuerdo a ello. Por la gracia de Dios, muchos de los elementos del evangelio han sido interpretados con precisión. No obstante, de muchas otras maneras, nuestras tradiciones evangélicas son simplemente tontas o absurdas, y esto se debe a que, en muchos aspectos, lo último que quisiéramos tener es una Iglesia del primer siglo.

¿Amas a Cristo más que a la vida?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Douglas Wilson
Douglas Wilson

Douglas Wilson es pastor de Christ Church en Moscow, Idaho, y escritor de numerosos libros.