Hazte adulto

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Hazte adulto
Por Jerry ONeill

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Hace treinta años, prediqué un sermón titulado «Dedicado, respetuoso de la ley y trabajador», basado en 2 Timoteo 2, comenzando con el versículo 3. Mi vida, en especial sus primeros años, ha estado envuelta en tres metáforas de 2 Timoteo 2:3-7: el soldado, el atleta y el labrador. Cuando escribo palabras para la Generación Z (los que nacieron entre 1995 y 2015), estos son de los primeros versículos que vienen a mi mente.

Crecí en una finca ganadera y agrícola al noreste de Kansas. Por lo tanto, aprendí el valor del esfuerzo desde mi juventud. Ya estaba manejando un tractor en los campos de heno antes de comenzar el primer grado. Poco sabía entonces que el labrador que trabaja debe ser el primero en recibir su parte de los frutos (2 Tim 2:6). Entré a la escuela, y descubrí de inmediato que me gustaban los deportes.

Practiqué todos los deportes disponibles en la escuela secundaria (en esos años, no teníamos la gama de deportes que hay hoy, especialmente en una escuela pequeña), y jugué baloncesto en la universidad Geneva College. En ese escenario, aprendí que un atleta debe jugar de acuerdo con las reglas (v. 5). Tras trabajar como entrenador durante un año en Geneva College después de graduarme, fui reclutado por el Ejército de los EE. UU. y serví todo un año como infante y oficinista, partiendo con el rango de soldado raso en la 101ª División Aerotransportada en Vietnam. Mientras estuve allí, aprendí que un buen soldado debe ser dedicado y no debe enredarse en cuestiones civiles (v. 4).

Algunas personas están cada vez más preocupadas porque la generación joven, incluso los jóvenes del pacto, están posponiendo la adultez tanto como pueden. Y quizás eso se debe, en parte, a lo que ven en la vida de los que somos mayores. En estos días, el ocio lo consume todo. La economía del ocio es lo que hace funcionar gran parte de nuestro mundo actual. Esa es una de las razones por las que las ciudades costeras son tan populares. Vivimos en una economía basada en el ocio. Mi esposa me contó hace poco que conoció a un hombre que le dijo que, para él, todos los días son como sábados. Con esa afirmación, quiso decir que sus días no tienen las preocupaciones ni las responsabilidades de la semana laboral normal.

Quizás los millennials lo aprendieron de los baby boomers. Sin embargo, por la razón que sea, hoy existe una preocupación importante porque nuestros hijos posponen la adultez lo máximo posible. Hace varios años, escuché a Don Kistler, que entonces era director de Soli Deo Gloria Publications, decir que la edad promedio de una profesión de fe hace doscientos años era de cinco años. ¿Creen que a los puritanos les preocupaba que sus hijos estuvieran retrasando las responsabilidades de la adultez? No lo creo. Piensa en todos los puritanos que se formaron en grandes universidades durante su adolescencia.

Hoy en día, en algunos contextos, hay decisiones, como la de unirse a una iglesia como miembro comulgante, que se retrasan lo más posible. De muchas maneras, nuestros hijos pueden estar captando de sus padres el mensaje de que en verdad no están listos para la adultez.

Permíteme volver al soldado, al atleta y al labrador. El soldado sabe que para tener éxito, debe dejar de lado los intereses que no se relacionan con la vida de un soldado. ¿Te acuerdas de Urías hitita? Urías ni siquiera quiso acostarse con su esposa Betsabé cuando el rey David lo alentó. No se sentía cómodo durmiendo en la misma cama que su esposa cuando los demás soldados estaban en el campo de batalla durmiendo en el suelo.

El atleta compite según las reglas. Si no lo hace, corre el riesgo de hacer perder a su equipo. Muchos cristianos, tanto jóvenes como mayores, corren el riesgo de naufragar en lo relacionado a la fe por las pasiones del momento. Parece que piensan que no importa que tomen atajos o no tengan la intención de cumplir con sus compromisos.

El labrador es un trabajador esforzado. Durante los meses de verano, trabaja de sol a sol. Durante el invierno, prepara su maquinaria para la primavera y cuida de su ganado, sin importar cuánta nieve haya en el suelo.

Jóvenes cristianos, la Iglesia los necesita. Prepárense para la batalla. Háganse adultos. Esfuércense, apártense de lo que tan fácilmente los envuelve y obedezcan a su Padre celestial. Acuérdense de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (2 Tim 2:8). Enfoquen los ojos en Jesús y en Él por encima de todo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jerry ONeill
El Dr. Jerry O’Neill es presidente emérito y profesor emérito de teología pastoral en el Reformed Presbyterian Theological Seminary, ubicado en Pittsburgh.

Estén presentes con nosotros

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Estén presentes con nosotros
Por Jason Helopoulos

Nota del editor: Este es el septimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

En esta vida, hay pocas bendiciones mejores que contar con personas mayores piadosas. ¿Por qué? Porque todos necesitamos modelos de santidad. Las palabras importan, pero los ejemplos vivos suelen hablar más fuerte a los corazones jóvenes y distraídos. No es casualidad que el apóstol Pablo anime a su discípulo Timoteo diciendo: «Porque por esto trabajamos y nos esforzamos, porque hemos puesto nuestra esperanza en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los creyentes» (1 Tim 4:10). Pablo pone su propio ejemplo frente a Timoteo. Curiosamente, luego lo instruye para que sea «ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza» (v. 12). Los ejemplos vivos de semejanza a Cristo influencian las vidas de quienes los rodean. Todos los cristianos jóvenes necesitan (no solo se benefician de) el ejemplo de los cristianos mayores piadosos.

Hace unos meses, un grupo de hombres jubilados de la iglesia a la que sirvo decidió comenzar a reunirse todos los miércoles por la mañana para orar. Esta semana, entré a nuestro edificio cuando estaban concluyendo su reunión. Mientras se iban, les comenté: «Esto me alegra el corazón. Estoy agradecido de que ustedes, los hombres, se reúnan, oren y busquen animarse los unos a los otros para servir al cuerpo de Cristo». Uno de estos cristianos mayores me miró y me dijo: «Es bueno oír eso, porque nos sentimos muy innecesarios en la sociedad». Mi respuesta sencilla fue: «Puede que se sientan así en nuestra sociedad, pero nunca deben sentirse así en nuestra iglesia. Los necesitamos. Y la iglesia los necesita».

La iglesia necesita que los santos experimentados estén presentes con los santos menos maduros en edad, piedad, o ambas cosas. Es bien sabido que los jóvenes ocupamos nuestra mente en lo inmediato. Lo urgente reclama atención. A menudo, ocurre que la vida tranquila, moderada, estable y servicial del santo mayor es la que nos despierta de nuestras preocupaciones juveniles.

¿Por qué? Porque observamos sus vidas. Sin embargo, no podemos observar lo que no vemos. La vida de Pablo influenció la de Timoteo, y ahora la vida de Timoteo debía influenciar las vidas de las personas de su congregación. Eso es lo hermoso de cuando los santos mayores modelan una vida de fe. Sin embargo, todo esto depende de que los santos mayores estén presentes con los santos jóvenes.

Cuando pienso en mi propia vida, hay ciertas personas, hombres y mujeres, que me sirven como consejeros mentales. Cuando enfrento diferentes decisiones, suelo pensar: «¿Qué haría Jane en esta situación?» o «¿Cómo abordaría John este asunto?». Sin embargo, al reflexionar en mi vida cristiana, veo que rara vez perduró lo que me dijeron los cristianos mayores. Más que todo lo demás, tengo grabadas en la mente las vidas de las personas. Recuerdo su forma de ser, su capacidad de dirigir las conversaciones hacia Cristo, su gozo, su paz, su armonía familiar, su disposición a servir sin aplausos, su fidelidad, su fe, su coherencia, su oído atento. Vivieron siguiendo a Cristo en el Espíritu para la gloria de Dios, y no sabían que yo estaba observando.

No soy viejo, pero esta realidad me impactó hace muchos años. Mi primer pastorado fue familiar y juvenil. Dedicaba la mayoría de la semana a ministrar a estudiantes de secundaria y preparatoria. Después de pasar tres años con ellos, acepté un llamado a plantar una iglesia nueva al otro lado del país y, por lo tanto, me vi obligado a dejar a esos estudiantes. Lo que me sorprendió en los años siguientes fueron los correos y las cartas que recibí de algunos alumnos con los que apenas pasé tiempo de forma individual. Simplemente eran parte de los muchos estudiantes que asistían al grupo de jóvenes o a la escuela dominical y que quizá iban al viaje de esquí de los jóvenes. Sin embargo, recordaban diferentes formas en que afecté sus vidas, por la gracia de Dios. ¿Cómo? Simplemente estando con ellos.

Nuestras vidas están en exhibición constante, y los demás están tomando notas mentales sobre lo que significa vivir para Cristo. Sin duda, esa es una de las razones por las que Pablo le dice a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza» (1 Tim 4:16). Querido «santo más experimentado», tenerte con nosotros no es solo agradable: necesitamos que estés con nosotros en la iglesia. Necesitamos tu ejemplo, tu presencia, que vivas tu vida frente a nosotros. Señálanos a Cristo y muéstranos cómo vivir mejor para Su gloria con esa sabiduría que tanto te costó adquirir.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jason Helopoulos
El Rev. Jason Helopoulos es el pastor principal de la University Reformed Church (PCA), en East Lansing, Michigan. Es autor de The New Pastor’s Handbook [Manual del pastor nuevo] y A Neglected Grace: Family Worship in the Christian Home [Una gracia descuidada: la adoración familiar en el hogar cristiano].

Toma el pecado en serio

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Toma el pecado en serio
Por Geoffrey Thomas

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Toma a Cristo en serio. Sí, por supuesto. Cada vez que mires tu pecado, mira diez veces a Cristo. Pero, ¿querrás mirar a Cristo si no has visto tu necesidad? ¿Verás tu necesidad si no has visto tu pecado?

¿Por qué se da por sentado al Hijo de Dios en la iglesia visible de hoy? Solo porque el pecado es tomado a la ligera. Nuestra necesidad más apremiante es redescubrir la gloria de la salvación de Cristo. Hasta el hombre de Dios más maduro necesita tener una visión fresca de Jesucristo para poder gritar: «¡Aleluya! ¡Cristo salva!». Esta es la marca distintiva de una congregación creciente y reavivada, y esa llenura del Espíritu que glorifica al Hijo viene en gran parte por la convicción de nuestro pecado y la comprensión de nuestra necesidad de este glorioso Libertador, que nos libra del dominio, la perversidad y la condenación del pecado. Así que, cristiano joven, toma el pecado en serio.

Considera que el pecado hace pedazos la ley de Dios. Dos tablas de reglas seguras, buenas, santas, justas, espirituales y provechosas: el pecado derriba y destruye ambas tablas. ¿Es esa una acción insignificante? ¿Desdeñar y destruir la santa ley de Dios, el resumen de la naturaleza y las perfecciones divinas?

Considera que el pecado mira con frialdad al carácter de nuestro Creador, el Hacedor de todo lo majestuoso, glorioso, hermoso y excelente; derrama desprecio sobre Él. Piensa en las criaturas más aterradoras del mundo e imagínate que se te están acercando. Sin embargo, ninguna de esas criaturas odia a Dios por naturaleza. Solo el pecado, el tuyo y el mío, desprecia y rechaza a Dios.

Considera que el pecado está bajo las advertencias del Dios vivo. Dios odia todo lo que contradice Su naturaleza. El Señor tres veces santo desprecia todo lo que es malo, maquiavélico, cruel, egoísta, idólatra, codicioso y lujurioso. Todo lo que hay en el cielo y en los cielos de los cielos ―los ángeles y serafines, los espíritus de los justos hechos perfectos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo― son unánimes en su justa ira y furia contra el pecado, ¿y seguiremos nosotros siendo indiferentes a él? Un día, por la gracia de Dios, lo detestaremos al igual que ellos.

Considera las consecuencias del pecado. Piensa en el hombre rico de la historia de Jesús y en el gran abismo puesto entre él y la bienaventuranza de los que estaban en el cielo (Lc 16:19-31). Él anhela ser librado, pero nunca podrá dejar ese lugar. Una gota de agua es todo lo que pide, pero nunca podrá tenerla. ¿Qué fue lo que llevó allí a este hombre rico que lo tenía todo, a este hijo del orgullo? ¿Qué fue lo que lo unió a los muchos otros que recorrieron resueltamente el camino ancho por años y rechazaron toda oferta de misericordia, despreciando a Cristo el Redentor? Fue el pecado, ese mismo pecado que llena los cementerios de muertos y hace que el humo de sus cuerpos quemados suba por las chimeneas de todos los crematorios. La paga del pecado es muerte, la muerte física en este mundo y la horrible muerte segunda en el mundo venidero.

Considera el juicio del pecado que cayó sobre el Señor Jesús en el Gólgota. ¿Qué piensan del pecado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Piensa en el fin del Hijo amado de Dios el Padre. No hay padre más amoroso que el Padre ni hijo más amado que el Hijo. Sin embargo, el Hijo llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo sobre la cruz. El Hijo de Dios se convirtió en el Cordero de Dios. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros. Dios el Padre no lo eximió. No podía haber ni un gramo de flexibilidad en lo que concierne al pecado. Dios no refrenó ni un solo golpe de la vara de Su justicia al mostrar cuán digno de condenación es el pecado. El Padre quiso golpear a Cristo hasta matarlo. El Padre alzó Su vara, y Cristo la recibió sobre Sí mismo en nuestro lugar.

Todo esto indica la seriedad con la que Dios ve el pecado, y cuán inexpresable es todo lo que Él soportó para que gente patética como nosotros sea librada de la iniquidad. ¿Y puedes encogerte de hombros? ¿Puedes asentir con la cabeza y seguir pecando en hecho, palabra, actitud y omisión?

Incrédulo, Jesucristo es todo lo que los pecadores necesitan. Él puede satisfacer todos tus deseos y romper esas cadenas poderosas que te atan al pecado. Cristiano, ya seas joven o anciano, mortifica el pecado remanente. Estrangúlalo y no le des ni un respiro. Hazlo morir de hambre. Niégate a darle aunque sea un bocadito. Toma el pecado en serio, pues tomas en serio la justicia y la sangre de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Geoffrey Thomas
El Rev. Geoffrey Thomas es el pastor principal de la Alfred Baptist Church en Aberystwyth, Gales. También sirve como profesor invitado de teología histórica en el Puritan Reformed Theological Seminary y editor asociado de la revista Banner of Truth.

Solo haz algo

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Solo haz algo
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Luego de dictar una charla sobre la doctrina de la vocación en una universidad cristiana, un estudiante se me acercó para preguntarme si podía orientarlo. Llegó a la universidad pensando que quería ser pastor, pero luego se sintió inclinado a convertirse en profesor. «¿Cómo puedo saber lo que el Señor quiere que haga?», me preguntó.

Le di algunos consejos sobre cómo discernir sus talentos, pero luego me hizo una pregunta que reveló el problema de fondo: «¿Qué pasa si tomo la decisión equivocada?». ¿Qué pasa si decido ser maestro, pero Dios realmente quería que fuera pastor? ¿O qué pasa si decido ser pastor, pero en realidad Dios no quería que lo fuera? ¿Cómo podría enseñar o predicar si al hacerlo puedo estar fuera de la voluntad de Dios? Y, de todos modos, ¿cómo podría saberlo?

Entonces me llegó la respuesta. «No puedes tomar la decisión equivocada», le dije. Si decides ingresar al ministerio ―y, sobre todo, si terminas el seminario y recibes el llamado de una congregación, ya que las vocaciones vienen desde afuera de nosotros― puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en ese púlpito. Si decides dedicarte a la enseñanza y una escuela te contrata, puedes estar seguro de que Dios te ha puesto en esa aula. Incluso es posible que Dios te ponga en un aula ahora y luego te llame al ministerio.

Muchas personas suponen que la voluntad de Dios para nuestras vidas es algo que debemos «descubrir» y que podemos perder si tomamos la «decisión» equivocada. Pero como no hay forma de que sepan realmente cuál es la voluntad de Dios para su caso concreto, se quedan paralizados, sin saber qué hacer, y por eso no hacen nada.

Los cristianos reformados saben que reducir todo a nuestra «decisión» es ir demasiado lejos. Sí, tomamos decisiones, pero para los cristianos, que tenemos la confianza en el Señor que gobierna el universo, ni nuestra salvación ni el curso de nuestras vidas «dependen de nosotros».

¿De verdad pensamos que la voluntad de Dios se puede frustrar? Por supuesto, podemos ir en contra de Su voluntad revelada, de Sus mandamientos; eso es lo que significa pecar. Debemos estudiar la Palabra de Dios para conocer Su justa voluntad. También debemos darnos cuenta de que eso suele entrar en conflicto con nuestra propia voluntad caída. Debemos crecer en nuestra fe, para que podamos orar junto a Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22:42). Sin embargo, en última instancia, Su voluntad soberana se cumplirá en el gobierno de Su creación.

No cabe duda de que el estudiante sabía que ciertas carreras, como la de narcotraficante o productor de pornografía, estaban descartadas para él. Pero ser profesor no es pecado. Tampoco lo es ser pastor. Sí, tiene que tomar decisiones, y hacerlo requerirá autoexamen, agonía y oración. Debe tomar en cuenta todos los factores ordinarios: sus finanzas, sus tiempos y sus consideraciones familiares. Pero una vez que ha tomado la decisión, puede estar seguro de que Dios lo ha guiado.

Esto es lo que enseñan las Escrituras. «La mente del hombre planea su camino» ―así que debemos hacer planes―, «pero el SEÑOR dirige sus pasos» (Pr 16:9). Dios es quien «dirige» lo que hacemos. «Se prepara al caballo para el día de la batalla, pero la victoria es del SEÑOR» (21:31). El Señor es quien produce el resultado, convirtiéndote en colaborador en Sus propósitos.

En contraste con las enseñanzas del evangelio de la prosperidad, el éxito terrenal no es necesariamente una señal del favor de Dios, ni la falta de éxito es una señal de que estés «fuera de la voluntad de Dios». Con frecuencia, el curso de nuestra vida no solo incluye oportunidades, sino también fracasos; no solo puertas que se abren, sino también algunas que se cierran en tu cara. La vocación ciertamente no se trata de tu «autorrealización». Seguir a Jesús en una vocación requiere abnegación y sacrificio diario en favor del prójimo al que servimos con ella.

Las adversidades de nuestras diversas vocaciones, ya sea en la familia, la Iglesia y la comunidad o nuestro lugar de trabajo, dan cuenta de otro aspecto de la voluntad de Dios: Él quiere que crezcamos en la fe y la santidad. «Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tes 4:3). Esto sucede cuando las luchas de nuestra vida nos hacen depender cada vez más de Él.

En este momento, no sabemos lo que va a pasar ni adónde nos llevarán nuestras decisiones. Pero cuando miramos atrás, especialmente cuando ha pasado el tiempo, cuando somos mayores, podemos ver el patrón y la manera en que Dios nos estuvo guiando en cada paso del camino, aunque no hayamos sido conscientes de ello en el momento.

Mientras tanto, debemos actuar. Confiar en la providencia de Dios ―no solo en Su control, sino en que Él «provea» para nosotros― no es una receta para que seamos pasivos, sino para que gocemos de libertad. Podemos abordar con valentía las oportunidades y relaciones que la vida nos depara, confiando en que Él estará con nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Sean nuestros mentores

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sean nuestros mentores
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Sería imposible medir el impacto que tuvo William Still sobre una generación de pastores durante la última parte del siglo XX. Aunque Still ahora se encuentra en la gloria con Cristo, su ministerio continúa influyendo a ministros de ambos lados del Atlántico en el siglo XXI. No tengo duda alguna de que continuará haciéndolo por décadas, incluso por siglos, en el futuro. Sus cincuenta y dos años de ministerio en la Gilcomston South Church de Glasgow, Escocia, fueron de impacto mundial para la predicación expositiva y el ministerio pastoral. Esto se debió, al menos en parte, al hecho de que Still se entregó a las vidas de muchos jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Algunos de los ministros más talentosos y valorados del mundo pasaron tiempo aprendiendo de Still en Gilcomston South. El relato unánime dice que William Still era el mentor pastoral por excelencia.

Cuando yo era un seminarista joven, escuché muchas veces a Sinclair Ferguson hablar sobre el impacto que Still tuvo en su propia vida y preparación ministerial. Cuando expresaba su gratitud afectuosa por la manera en que su mentor se dedicó a él, en mi corazón surgía un anhelo de tener esa misma experiencia bendita. Sin embargo, al parecer había dos obstáculos. El primero era mi temor al rechazo. Era muy reacio a pedirles a los hombres que admiraba que fueran mis mentores, pues sabía que podían negarse. El segundo era el desinterés que percibía. Los ministros que más admiraba parecían estar demasiado ocupados en sus propios ministerios como para servir de mentores a los jóvenes que se estaban preparando para el ministerio. Por correcto o incorrecto que haya sido ese temor, y por cierta o falsa que haya sido mi percepción, estoy seguro de esto: yo no estaba pidiéndoles que me orientaran y ellos no estaban buscando hacerlo. A la luz de muchas conversaciones que he tenido con otros ministros a lo largo de los años, esta es una experiencia común.

Mientras crecíamos, mi padre solía orar para que el Señor «nos hiciera sabios más allá de nuestros años». Uno de los medios por los que el Señor responde esa oración es el de colocar personas sabias y experimentadas en nuestra vida para que nos orienten. Necesitamos desesperadamente la sabiduría de los que han sido usados para avanzar el Reino y han afrontado la tormenta antes que nosotros. Como bien expresó Isaac Newton, «Si he visto más lejos, es solo porque me paré en los hombros de gigantes». Si esto es cierto con respecto a lo que adquirimos al leer los escritos de los que nos han precedido, también lo es cuando recibimos la amistad y orientación de los que se entregan a nosotros.

La mentoría tiene su fundamento en la Escritura. Los ejemplos bíblicos de la mentoría son abundantes, ya sea en la ley, la literatura sapiencial, los profetas, los Evangelios, los Hechos de los apóstoles o las epístolas del Nuevo Testamento. Por ejemplo, Moisés fue mentor de Josué, David fue mentor de Salomón (considera los diez diálogos padre-hijo que se encuentran en Proverbios), Elías fue mentor de Eliseo, Jesús fue mentor de los discípulos, Pedro fue mentor de Juan Marcos y el apóstol Pablo dedicó su vida, no solo al servicio de la iglesia, sino también a la mentoría de su hijo espiritual, Timoteo.

La historia de la Iglesia también está llena de ejemplos del papel decisivo que la mentoría ha desempeñado en ella. El apóstol Juan fue mentor de Policarpo, un pastor y teólogo de la iglesia primitiva, quien a su vez fue mentor de Ireneo de Lyon. Ambrosio de Milán fue mentor de Agustín de Hipona. Como confesó Agustín:

Ese hombre de Dios me recibió como un padre, y miró mi cambio de residencia con amabilidad benevolente y episcopal. Y comencé a amarlo. . . como un hombre amigable conmigo. Y escuché cuidadosamente cómo le predicaba a la gente. . . Me aferré asiduamente a sus palabras.

Tras Martín Lutero, hallamos a Johann von Staupitz. Juan Calvino se sentó a los pies de Guillermo Farel. La lista suma y sigue.

Necesitamos desesperadamente que haya hombres y mujeres mayores, piadosos y sabios que abran sacrificadamente sus hogares, corazones, mentes y vidas a los hombres y mujeres jóvenes. Necesitamos que haya hombres y mujeres que nos enseñen lo que han aprendido a lo largo de los años y nos den un ejemplo a seguir. Pero, quizás incluso más que eso, necesitamos que haya hombres y mujeres mayores que nos amen y nos brinden su amistad para caminar junto a nosotros a través de los desafíos que enfrentamos día tras día en la vida y el ministerio. Por favor, sean nuestros mentores.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

Sé paciente y ora

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sé paciente y ora
Por Don Bailey

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Hace poco llamé a Joe, nuestro encargado de reparaciones de unos setenta años, para ver si podía incluirnos en su apretada agenda. Contestó el teléfono mientras reparaba un refrigerador y aseguró que me devolvería la llamada más tarde durante ese día. «Pero no te preocupes», me dijo, «tengo tu número anotado en mi libreta en la casa». «Pero Joe», le respondí algo irritado, «¿no podría simplemente guardar el número desde el que lo estoy llamando y devolverme la llamada antes?». Me contestó: «No con mi celular con tapa». Quería instruirlo sobre su necesidad de contar con un teléfono inteligente, pero entonces recordé que lo estaba llamando porque el viejo Joe sabe colocar puertas, instalar ventiladores de techo y reparar ventanas, y ha dominado otras tareas útiles que me intimidan incluso antes de intentarlas.

Cultivar la paciencia requiere vigilancia a lo largo de nuestras vidas. Sin embargo, el creyente joven puede cobrar ánimo al ver su progreso en la paciencia, sabiendo que la paciencia es evidencia de que el Espíritu Santo está en acción: «Mas el fruto del Espíritu es… paciencia» (Gal 5:22). Dios no abandonará la obra que ha comenzado (Flp 1:6). Pero no debemos postergar nuestros esfuerzos para crecer en la paciencia, porque como nos recuerda Santiago: «No sabéis cómo será vuestra vida mañana. Solo sois un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece» (Stg 4:14).

Una palabra griega del Nuevo Testamento que suele utilizarse para expresar el concepto de paciencia es makrothumia, y significa «de temperamento largo». En lugar de arder como una mecha rápida, el hombre paciente «mantiene la calma». La paciencia es inherente a la naturaleza de Dios: «Mas tú, Señor, eres un Dios compasivo y lleno de piedad, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad» (Sal 86:15). Ya que Dios es el dador de toda buena dádiva ―y no hay duda de que la paciencia es una dádiva maravillosa―, debes buscar al Dador Divino (Stg 1:17). Cultivar la paciencia sin oración es una completa necedad. Por tanto, debes pedirle a Dios que le dé a tu carácter lo que fluye del Suyo.

Hay algunas áreas notables que destacan en el cultivo de la paciencia. Una de ellas tiene que ver con la conversación entre las generaciones. Es muy común que en nuestra juventud les cerremos la puerta con impaciencia a los ancianos que Dios ha puesto en nuestras vidas, pues hablan lento o quieren contarnos historias. Pensamos: «¡Ya lo sé! ¡Ya lo sé!». Nuevamente, Santiago nos ayuda al decirnos: «Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira» (v. 19). La próxima vez que te impacientes con una persona mayor y estés listo para darte la vuelta e irte, recuerda oír primero. En Su obra santificadora, Dios les ha enseñado mucho a los santos experimentados.

En segundo lugar, ten paciencia mientras esperas el llamado vocacional de Dios. El camino no es tan sencillo como en los días en que uno aprendía una habilidad que su familia había determinado. Las opciones son vastas. Por tanto, no te preocupes por lo complicado del camino siempre y cuando trabajes de corazón «como para el Señor» (Col 3:23). No dejes de agradecer a Dios por Su plan perfecto para ti: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5–6). Que tu objetivo sea el contentamiento en este viaje por el desierto. No puedes ver todo lo que estás logrando al forjar habilidades o relaciones, ni tampoco los propósitos divinos a los que estás sirviendo en la salvación de los elegidos de Dios.

Otra área notable en que hay que ejercer paciencia y oración constante es la de esperar a un cónyuge. Según mi experiencia pastoral, este ha sido un motivo de gran dolor para muchos. Mantén estándares altos pero sobrios (recuerda que tú también eres pecador) en cuanto al carácter piadoso y el amor por Cristo de una posible pareja. Al mismo tiempo, pregúntate si tus requisitos de belleza física, comodidad financiera o compatibilidad perfecta provienen del Espíritu Santo o de la fábrica de ídolos ilusorios de este mundo (Rom 12:1–2; 1 Jn 5:21). La paciencia revela nuestra confianza en la soberanía de Dios, y eso incluye Su provisión en esta área tan sensible de nuestros deseos.

Matthew Henry es una voz perspicaz en la nube de testigos que nos han precedido. Expresa muy bien este asunto al decir: «No pierdas tu confianza porque Dios pospone Sus actos… Dios obrará cuando le plazca, cómo le plazca y usando los medios que le plazcan. No está obligado a ceñirse a nuestro tiempo, pero cumplirá Su palabra, honrará nuestra fe y recompensará a los que le buscan con diligencia».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Don Bailey
El Rev. Don Bailey Jr. es pastor asociado de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida.

Sé paciente con nosotros mientras aprendemos

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

Sé paciente con nosotros mientras aprendemos

Por Joe Holland

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

Cristiano mayor, ahora entiendo que debes haber visto la expresión en mi rostro. Cuando era un cristiano más joven, tenía esa mirada con más frecuencia que ahora, y el cambio solo se lo puedo atribuir a la gracia correctiva de Dios. Todavía hay días en que esa mirada regresa a mi rostro. Sin embargo, ahora, a mis cuarenta años, he entrado a una etapa extraña de la vida, una edad en la que algunos me consideran mayor y otros aún me consideran (más o menos) joven. Además, ahora veo la misma mirada en los rostros de los cristianos más jóvenes que yo. La mirada, que ahora me avergüenza plasmar en palabras, es una de resentimiento y rechazo. Te tuve resentimiento porque eras mayor y conocías algunos de los consuelos que vienen con la adultez y la piedad, pero tus caminos y pensamientos me parecían anticuados y absurdos en comparación con lo que yo pensaba que nuestra iglesia necesitaba, que yo necesitaba. Te rechacé principalmente por la división que había entre nosotros, la brecha generacional que nos separaba. Te rechacé porque, simultáneamente, me frustraba que no cruzaras esa brecha y sentía un temor profundo de que lo hicieras y comenzaras a hablar la verdad en mi vida, verdad que necesitaba, pero no quería oír. Rechazarte era más cómodo.

Era tan infantil, tan impetuoso, tan tonto. Pequé contra ti al no darte el honor que merecías (Ex 20:12; Pr 20:29). Pequé contra Dios al despreciar a los santos mayores, Su regalo para la Iglesia. A fin de cuentas, me robé a mí mismo para pagar mi orgullo

¿Cómo crecieron estos pecados tanto tiempo? Desarrollé una práctica malvada, un cáncer de la juventud: fui tardo para oír y pronto para hablar (Stg 1:19). Mi lentitud para oír se debía a una ceguera doble. Estaba ciego a lo poco que sabía. Así como el cantante joven no tiene derecho a cantar blues hasta que haya vivido un poco, el cristiano joven no tiene derecho a hacer afirmaciones categóricas sobre la vida hasta que haya escuchado mucho, escuchado a los santos experimentados que lo han precedido. Sin embargo, también estaba ciego respecto a ti y tu sabiduría. No busqué escucharte porque no pensé que tuvieras nada que decir que valiera la pena escuchar. Cristiano mayor, has sido formado en el mortero de la gracia de Dios y las pruebas de la vida. No solo tienes conocimiento bíblico; tienes sabiduría bíblica. Te sientas con los padres de la fe, con las madres de Sion. Y yo estaba ciego a eso.

Pero, además, era pronto para hablar. Así como mi lentitud para oír surgió de una ceguera doble, mi rapidez para hablar surgió de un orgullo doble. Primero, en mi orgullo pensé que tenía algo que decir o, más bien, quería que me vieran como alguien que tenía algo que decir. Pero, en segundo lugar, y me da vergüenza decir esto, era pronto para hablar porque pensaba que tenía algo que enseñarte, como un bebé que trata de ser el centro de atención en la mesa de la cena familiar. Fui pronto para hablar porque llegué a una conclusión incorrecta sobre ambos: tuve un concepto demasiado alto de mí mismo y demasiado bajo de ti.

Pero ahora llego a la parte más difícil: lo que quiero pedirte.

Mientras los jóvenes y los mayores estén a ambos lados de esta brecha etaria, alguien tendrá que dar el primer paso. Quisiera poder poner la carga sobre ambos, pero el orgullo, la fragilidad y la inestabilidad de la juventud nos dejan en una lamentable desventaja. Santo mayor, necesitamos que des el primer paso y nos busques continuamente. Necesitamos que busques, orientes, discipules y ames a los cristianos jóvenes de nuestra iglesia. Te pido que tengas paciencia con los cristianos jóvenes, una paciencia como la que ejemplificó nuestro Señor Jesús. Cuando actuemos con orgullo, por favor, sopórtanos con paciencia. Cuando seamos tardos para oír, por favor, toléranos con paciencia. Cuando seamos prontos para hablar, por favor, escúchanos pacientemente con una sonrisa cómplice que un día reconoceremos como compasión mezclada con gracia. Cuando te demos la mirada de resentimiento y desprecio, por favor, recibe con paciencia ese insulto y estate dispuesto a perdonarnos. Por favor, corrígenos con paciencia, ora por nosotros y mantente a nuestro lado. Si no das el primer paso, si no te mantienes cerca de nosotros con una paciencia como la de Cristo, seguirá existiendo esta brecha entre nosotros, para el mal de ambos.

Por favor, cristiano mayor, sé paciente con nosotros mientras aprendemos.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Joe Holland
El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.

El divorcio de las generaciones

El Blog de Ligonier

Serie: De una generación a otra

El divorcio de las generaciones
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: De una generación a otra

ace treinta años, prediqué un sermón titulado «Dedicado, respetuoso de la ley y trabajador», basado en 2 Timoteo 2, comenzando con el versículo 3. Mi vida, en especial sus primeros años, ha estado envuelta en tres metáforas de 2 Timoteo 2:3-7: el soldado, el atleta y el labrador. Cuando escribo palabras para la Generación Z (los que nacieron entre 1995 y 2015), estos son de los primeros versículos que vienen a mi mente.

Crecí en una finca ganadera y agrícola al noreste de Kansas. Por lo tanto, aprendí el valor del esfuerzo desde mi juventud. Ya estaba manejando un tractor en los campos de heno antes de comenzar el primer grado. Poco sabía entonces que el labrador que trabaja debe ser el primero en recibir su parte de los frutos (2 Tim 2:6). Entré a la escuela, y descubrí de inmediato que me gustaban los deportes.

Practiqué todos los deportes disponibles en la escuela secundaria (en esos años, no teníamos la gama de deportes que hay hoy, especialmente en una escuela pequeña), y jugué baloncesto en la universidad Geneva College. En ese escenario, aprendí que un atleta debe jugar de acuerdo con las reglas (v. 5). Tras trabajar como entrenador durante un año en Geneva College después de graduarme, fui reclutado por el Ejército de los EE. UU. y serví todo un año como infante y oficinista, partiendo con el rango de soldado raso en la 101ª División Aerotransportada en Vietnam. Mientras estuve allí, aprendí que un buen soldado debe ser dedicado y no debe enredarse en cuestiones civiles (v. 4).

Algunas personas están cada vez más preocupadas porque la generación joven, incluso los jóvenes del pacto, están posponiendo la adultez tanto como pueden. Y quizás eso se debe, en parte, a lo que ven en la vida de los que somos mayores. En estos días, el ocio lo consume todo. La economía del ocio es lo que hace funcionar gran parte de nuestro mundo actual. Esa es una de las razones por las que las ciudades costeras son tan populares. Vivimos en una economía basada en el ocio. Mi esposa me contó hace poco que conoció a un hombre que le dijo que, para él, todos los días son como sábados. Con esa afirmación, quiso decir que sus días no tienen las preocupaciones ni las responsabilidades de la semana laboral normal.

Quizás los millennials lo aprendieron de los baby boomers. Sin embargo, por la razón que sea, hoy existe una preocupación importante porque nuestros hijos posponen la adultez lo máximo posible. Hace varios años, escuché a Don Kistler, que entonces era director de Soli Deo Gloria Publications, decir que la edad promedio de una profesión de fe hace doscientos años era de cinco años. ¿Creen que a los puritanos les preocupaba que sus hijos estuvieran retrasando las responsabilidades de la adultez? No lo creo. Piensa en todos los puritanos que se formaron en grandes universidades durante su adolescencia.

Hoy en día, en algunos contextos, hay decisiones, como la de unirse a una iglesia como miembro comulgante, que se retrasan lo más posible. De muchas maneras, nuestros hijos pueden estar captando de sus padres el mensaje de que en verdad no están listos para la adultez.

Permíteme volver al soldado, al atleta y al labrador. El soldado sabe que para tener éxito, debe dejar de lado los intereses que no se relacionan con la vida de un soldado. ¿Te acuerdas de Urías hitita? Urías ni siquiera quiso acostarse con su esposa Betsabé cuando el rey David lo alentó. No se sentía cómodo durmiendo en la misma cama que su esposa cuando los demás soldados estaban en el campo de batalla durmiendo en el suelo.

El atleta compite según las reglas. Si no lo hace, corre el riesgo de hacer perder a su equipo. Muchos cristianos, tanto jóvenes como mayores, corren el riesgo de naufragar en lo relacionado a la fe por las pasiones del momento. Parece que piensan que no importa que tomen atajos o no tengan la intención de cumplir con sus compromisos.

El labrador es un trabajador esforzado. Durante los meses de verano, trabaja de sol a sol. Durante el invierno, prepara su maquinaria para la primavera y cuida de su ganado, sin importar cuánta nieve haya en el suelo.

Jóvenes cristianos, la Iglesia los necesita. Prepárense para la batalla. Háganse adultos. Esfuércense, apártense de lo que tan fácilmente los envuelve y obedezcan a su Padre celestial. Acuérdense de Jesucristo, resucitado de entre los muertos (2 Tim 2:8). Enfoquen los ojos en Jesús y en Él por encima de todo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jerry ONeill
El Dr. Jerry O’Neill es presidente emérito y profesor emérito de teología pastoral en el Reformed Presbyterian Theological Seminary, ubicado en Pittsburgh.

Justificación y seguridad

Ministerios Ligonier

Serie: La doctrina de la justificación

Justificación y seguridad
Por Michael Reeves

Nota del editor: Este es el sexto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

«El fin principal de la existencia del hombre es glorificar a Dios, y gozar de él para siempre», dice el Catecismo Menor de Westminster. ¿Pero cuál doctrina describe cómo Él nos lleva a una relación para que podamos disfrutar de Él? La justificación por la gracia sola de Dios a través de la fe sola y en Cristo solo.

Este maravilloso punto central del evangelio bíblico demuestra la suficiencia de Cristo como único Salvador. A través de Él, Dios es glorificado tanto por ser totalmente misericordioso y bueno, como por ser supremamente santo y compasivo, y por lo tanto la gente puede encontrar su consuelo y deleite en Él. Por medio de esta doctrina, incluso los creyentes que luchan pueden conocer una posición firme ante Dios, conociéndolo con gozo como su «Abba, Padre», seguros de que Él es poderoso para salvarlos y guardarlos hasta el fin.

CONSUELO Y ALEGRÍA
Para comprender esto, considera las diferencias entre la teología católica romana y la de la Reforma en cuanto a la seguridad de la salvación. ¿Puede un creyente saber que es salvo?

Del lado de la Reforma, el puritano Richard Sibbes argumentó que, sin esa seguridad, simplemente no podemos vivir vidas cristianas como Dios quiere que lo hagamos. Dios, dijo, quiere que estemos agradecidos, alegres, regocijados y fuertes en la fe, pero no podemos estar así a menos que estemos seguros de que Dios y Cristo son nuestros para siempre.

Hay muchos deberes y disposiciones que Dios requiere y en los que no podemos estar sin una firme seguridad de salvación. ¿Cuáles son estos? Dios nos pide que demos gracias por todo. ¿Cómo puedo dar gracias, a menos que sepa que Dios es mío y Cristo es mío?… Dios nos ordena que nos regocijemos. «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocijaos!» Flp 4:4. ¿Puede un hombre alegrarse de que su nombre esté escrito en el cielo sin saber si su nombre está escrito allí?… ¡Qué triste! ¿Cómo puedo prestar un servicio a Dios con gozo, cuando dudo de si Él es mi Dios y Padre?… Dios requiere de nosotros una disposición que nos llene de ánimos y que seamos fuertes en el Señor; y que seamos valientes por Su causa para resistir a Sus enemigos y a los nuestros. ¿Cómo podemos tener valor para resistir nuestras corrupciones y las tentaciones de Satanás? ¿Cómo podemos tener valor para sufrir persecuciones y cruces en el mundo, si no tenemos algún interés particular en Cristo y en Dios?

Sin embargo, la confianza misma que Sibbes defendía como un privilegio cristiano fue condenada por la teología católica romana como pecado de presunción. Fue precisamente uno de los cargos presentados contra Juana de Arco en su juicio en 1431. Allí, los jueces proclamaron:

Esta mujer peca cuando dice que está segura de ser recibida en el Paraíso como si ya fuera partícipe de… la gloria, ya que en este viaje terrenal ningún peregrino sabe si es digno de la gloria o del castigo, lo cual solo el Juez soberano puede decir.

Ese juicio tenía todo el sentido dentro de la lógica del sistema católico romano: si solo podemos entrar en el cielo por habernos hecho personalmente merecedores de él (por la gracia habilitadora de Dios), por supuesto que nadie puede estar seguro. Según ese razonamiento, solo puedo tener tanta confianza en que iré al cielo como confianza tenga en mi propia pureza.

Pero aunque esa manera de pensar tenía sentido en la iglesia católica romana, generaba miedo y no gozo. La necesidad de tener méritos personales ante Dios para su salvación dejaba a la gente aterrorizada ante la perspectiva del juicio. Fue exactamente la razón por la que el joven Martín Lutero temblaba de miedo al pensar en la muerte y por la que dijo que odiaba a Dios (en lugar de disfrutar de Él). Él no podía estar agradecido, alegre, regocijado y fuerte en la fe ya que solo creía en Dios como un juez que estaba en su contra.

Con su descubrimiento de que los pecadores son libremente declarados justos en Cristo, todo eso cambió. Su confianza para ese día ya no estaba puesta en sí mismo, sino que todo descansaba en Cristo y en Su justicia suficiente. Y así, el horroroso día del juicio final vino a ser lo que él llamaría «el día final más feliz», el día de Jesús, su amigo. El consuelo que aporta a todos los que se adhieren a la teología de la Reforma quedó perfectamente plasmado en la sorprendente redacción del Catecismo de Heidelberg:

Pregunta: ¿Qué consuelo te infunde que Cristo “ha de venir a juzgar a vivos y muertos”?

Respuesta: Que en todos mis dolores y persecuciones espero con la cabeza levantada que Aquel que en el pasado se ofreció a Sí mismo por mi causa ante el tribunal de Dios y que ha quitado toda la maldición de sobre mí volverá del cielo como Juez, y arrojará a todos los enemigos Suyos y míos a la condenación eterna, pero a mí me tomará consigo junto a todos Sus elegidos a los gozos y las glorias celestiales (pregunta y respuesta 52).

HUMILDAD Y VALOR
La justificación por la fe sola no solo provee la alegría que el apóstol Pablo ordena sino que al mismo tiempo humilla y da valor a quienes la aprecian.

Por medio de la justificación por la fe sola, los creyentes son hechos conscientes tanto de quién es Dios como de quiénes son ellos. A diferencia de lo que pensaban antes, se dan cuenta de que Él es grande, glorioso, misericordioso y hermoso en Su santidad, y ellos no lo son. Cuando la justificación eleva a Cristo como el Salvador supersuficiente, los creyentes se vuelven como Isaías, cuya visión del Señor en la gloria, alto y elevado, le hizo clamar: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejércitos» (Is 6:5). Los evangelios alternativos, en los que el pecado es un problema pequeño y, por tanto, Cristo un salvador pequeño (o un asistente), nunca tendrán el mismo efecto.

La humildad que aprendemos a través de la justificación, al gloriarnos en Cristo y no en nosotros mismos, resulta ser la fuente de toda salud espiritual. Cuando nuestros ojos son abiertos al amor de Dios por nosotros, pecadores, dejamos caer nuestras máscaras. Condenados como pecadores pero justificados, podemos empezar a ser honestos con nosotros mismos. Al ser amados a pesar de nuestra falta de amor, empezamos a amar. Al recibir la paz de Dios, empezamos a conocer la paz y el gozo interior. Cuando se nos muestra la magnificencia de Dios sobre todas las cosas, nos volvemos más resilientes, temblando de asombro ante Dios y no ante el hombre.

Esta fue la transformación que Lutero experimentó a través de su descubrimiento de la justificación por la fe sola. Lutero a menudo se describía como un joven ansioso y tan encerrado en sí mismo que todo le daba miedo. Incluso el sonido de una hoja movida por el viento lo ahuyentaba (Lv 26:36). Eso cambió gracias a su encuentro con el evangelio de Cristo, como relata Roland Bainton en las espléndidas palabras finales de su biografía:

El Dios de Lutero, como el de Moisés, era el Dios que habita en las nubes de la tormenta y cabalga en las alas del viento. A Su paso, la tierra tiembla, y el pueblo ante Él es como una gota de agua. Es un Dios majestuoso y poderoso, inescrutable, aterrador, devastador y que consume Su ira. Sin embargo, el Todo Terrible es también el Todo Misericordioso. «Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el SEÑOR …». Pero ¿cómo podemos saberlo? En Cristo, solo en Cristo. En el Señor de la vida, nacido en la miseria de un establo y muerto como un malhechor bajo el abandono y el escarnio de los hombres, clamando a Dios y recibiendo como respuesta solo el temblor de la tierra y el oscurecimiento del sol, incluso abandonado por Dios, y en esa hora tomando para Sí y aniquilando nuestra iniquidad, pisoteando las huestes del infierno y revelando, en la ira del Todo Terrible, el amor que no nos abandonará.

Este, concluye Bainton, fue el efecto:

Lutero ya no se ahuyentaba por el susurro de una hoja arrastrada por el viento y en lugar de invocar a Santa Ana se declaró capaz de reírse de los truenos y de las dentelladas de la tormenta. Esto fue lo que le permitió pronunciar palabras como: «Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa. Que Dios me ayude. Amén».

La humildad que Lutero encontró ante la majestad y la misericordia de Dios no fue tímida ni pesimista, triste ni débil. Fue plena, gozosa y valiente.

Este es el sello de la humildad que se halla en la justificación por la fe sola. Cautivados por la magnificencia de Dios, tales creyentes no se sentirán tan atraídos por la religión terapéutica centrada en el hombre. Bajo el resplandor de Su gloria, no querrán establecer sus propios pequeños imperios. Sus pequeños logros parecerán insignificantes, sus disputas y agendas personales odiosas. Él se impondrá, haciéndolos audaces para complacer a Dios y no a los hombres. No vacilarán ni tartamudearán con el evangelio. En cambio, conscientes de su propia redención, compartirán su mansedumbre y gentileza, sin quebrar la caña cascada. Serán prontos para servir, prontos para bendecir, prontos para arrepentirse y prontos para reírse de sí mismos, porque su gloria no está en ellos mismos sino en Cristo. Esta es la feliz integridad que se encuentra a través de la elevación de Cristo en las buenas nuevas de la justificación por la fe sola.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael Reeves
El Dr. Michael Reeves es presidente y profesor de teología en Union School of Theology en Gales. Es autor de varios libros, incluyendo Rejoicing in Christ [Regocijo en Cristo]. Es el profesor destacado de la serie de enseñanza de Ministerios Ligonier The English Reformation and the Puritans [La Reforma inglesa y los puritanos].

Justificación y Juicio

Ministerios Ligonier

Serie: La doctrina de la justificación

Justificación y Juicio
Por Cornelis P. Venema

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

n los debates sobre la doctrina de la justificación, uno de los temas más discutidos es la relación entre la justificación y el juicio final según las obras. Si la justificación es un veredicto definitivo en el que Dios declara que «no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Rom 8:1, énfasis añadido), ¿qué debemos hacer con la enseñanza de la Escritura de que los creyentes están sujetos a un juicio final en el último día? El Catecismo Mayor de Westminster enseña que los justos «serán reconocidos y absueltos públicamente» en el día del juicio (Pregunta 90). ¿Exige esta absolución final de los creyentes una distinción de dos etapas en la justificación: una justificación inicial basada solo en la justicia de Cristo y una justificación futura basada, al menos en parte, en las buenas obras? Y si se requiere de tal distinción de dos etapas en la justificación de los creyentes, ¿cómo podemos evitar la conclusión de que la justificación presente de los creyentes está suspendida en un evento futuro en el que el veredicto justificador de Dios depende de las obras?

Desde la Reforma del siglo XVI, la Iglesia católica romana ha enseñado que el «proceso de justificación» incluye varias etapas. La justificación comienza en el bautismo (la «primera» justificación) y posteriormente se incrementa mediante la cooperación del creyente con la gracia de Dios impartida a través de los sacramentos (la «segunda» justificación). Sin embargo, la justificación solo se completa en el juicio final tras un período de purificación en el purgatorio (justificación «final»). Según la visión católica romana, los creyentes están siempre expuestos a la pérdida de la justificación por la comisión de un pecado mortal. Para aquellos cuya justificación «naufraga» por el pecado mortal, el único remedio para restaurar el estado de gracia es el sacramento de la penitencia. De manera excepcional, solo los «santos», perfeccionados en santidad en esta vida, al morir tendrán el «mérito» para la bienaventuranza de estar en la presencia de Dios sin más purificación en el purgatorio. Para apoyar esta enseñanza se apela con frecuencia a la enseñanza bíblica relativa a un juicio futuro según las obras.

Sorprendentemente, en los debates recientes sobre la justificación y el juicio final según las obras, varios teólogos protestantes han propuesto distinciones similares entre las diferentes etapas de la justificación: pasada, presente y futura. Según los defensores de una «nueva perspectiva sobre Pablo», los creyentes «entran» en la comunidad del pacto por la gracia, pero «permanecen» y son finalmente reivindicados por sus obras. N. T. Wright, por ejemplo, apela a la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos 2:14-16 para decir que nuestra «justificación futura» estará basada en una vida de fidelidad. Otros comprometen la enseñanza bíblica de la justificación por la fe sola cuando insisten en que las obras que produce la fe en cierto sentido son instrumentales para la justificación del cristiano. En lugar de considerar la fe como un acto estrictamente receptivo, que se apoya solo en la justicia de Cristo para la justificación, insisten en que la «obediencia de la fe» («fidelidad») es la forma en que se recibe nuestra justificación. En consecuencia, la justificación pronunciada en el juicio final se concederá solo a quienes hayan mantenido su justificación perseverando en la obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN: UN VEREDICTO DEFINITIVO Y ESCATOLÓGICO
Antes de considerar algunos pasajes del Nuevo Testamento que hablan de un juicio final según las obras, debemos detenernos y preguntarnos: ¿Qué está en juego en la afirmación de que el juicio final implica una justificación futura basada en las obras —ya sean meritorias o no— de la persona justificada?

La respuesta corta a la pregunta es: todo. Si la justificación de los creyentes se basa en última instancia en una futura justificación por obras, entonces los creyentes nunca podrán estar seguros de que están definitiva e irrevocablemente bien con Dios. Si la justicia de Cristo no es la base exclusiva de su aceptación ante Dios, ahora y siempre, entonces los creyentes no pueden estar seguros de su herencia de vida eterna en Cristo. La perspectiva de una futura justificación (o condenación) sobre la base de las obras socava radicalmente cualquier convicción segura del favor continuo de Dios hacia nosotros. Considerar el juicio final como una etapa final de la justificación del creyente equivale a decir que los creyentes serán finalmente justificados por la gracia más las obras. El problema obvio de estos puntos de vista sobre el juicio final y la justificación es que comprometen el carácter definitivo y escatológico (perteneciente a las últimas cosas) de la justificación.

En vez de considerar el juicio final como un capítulo final de nuestra justificación, el Catecismo Mayor de Westminster lo describe de manera correcta como una absolución y un reconocimiento público. Este lenguaje no habla de un veredicto de justificación que finalmente determina quién está bien con Dios. No sugiere que la seguridad actual del creyente en el favor de Dios en Cristo sea meramente provisional, que todavía no sea segura o cierta. No, el juicio final manifiesta abiertamente lo que ya conocen los creyentes por la fe: el Juez, Jesucristo, que los absuelve en el juicio final, ya ha sido juzgado en su lugar y es su justicia ante Dios. Así como la resurrección de Cristo confirmó la suficiencia y perfección de Su sacrificio expiatorio por el pecado, la absolución pública de los creyentes en el juicio final confirmará ante todos su justificación gratuita por la fe solo en Cristo (Rom 4:25).

Pero eso no es todo lo que el juicio final revelará. El juicio final también traerá un reconocimiento abierto de aquellos cuya fe en Cristo no era una fe muerta o sin obras, no acompañada de las buenas obras que produce la fe verdadera (ver Stg 2:14-26). En el día del juicio, el reconocimiento público de los creyentes incluirá la concesión de recompensas de acuerdo con sus buenas obras o en proporción a ellas (ver Mt 25:21, 23; 1 Co 3:10-15; 2 Tim 4:8). Aunque esta recompensa se otorgará por gracia y no según el mérito, será una recompensa que mostrará el reconocimiento de Dios por lo que los creyentes han hecho en servicio agradecido a Él (Heb 6:10). Al reconocer las obras de los creyentes, Dios añadirá gracia sobre gracia, aceptando, reconociendo y recompensando a los creyentes por aquellas buenas obras que Él mismo preparó de antemano para que anduvieran en ellas (Ef 2:10).

DOS PASAJES ILUSTRATIVOS SOBRE UN JUICIO FINAL «SEGÚN LAS OBRAS»
Hay muchos pasajes en el Nuevo Testamento que hablan de un juicio final de los creyentes que será conforme a las obras (por ejemplo: Mt 12:36; 16:27; 2 Co 5:10; 2 Tim 4:1; Ap 20:11-15). Aunque estos pasajes afirman que Dios recompensará a los creyentes por sus obras, nunca sugieren que las obras de los creyentes sean la base de su justificación ante Dios (ver Rom 3:20; Gal 2:16). Aunque Dios recompensará las obras imperfectas de los creyentes, esta recompensa depende de la verdad más fundamental de que los creyentes ya son aceptos delante de Él sobre la base de la justicia perfecta de Cristo. Para decirlo de otro modo, la recompensa concedida no es la dádiva de Dios de vida eterna (Rom 6:23), sino un reconocimiento en gracia de la forma en que las vidas de los creyentes estuvieron en sintonía con la obra del Espíritu de Cristo en ellos. Estas obras confirman la enseñanza de la Escritura de que, así como la fe sola justifica, la fe nunca está sola en aquellos a quienes Dios justifica y a quienes también santifica.

Entre los pasajes que hablan de un juicio final según las obras, dos son particularmente instructivos: (1) la parábola de las ovejas y los cabritos en Mateo 25:31-46, y (2) la enseñanza del apóstol Pablo sobre el justo juicio de Dios en Romanos 2:1-16.

Mateo 25:31-46: Las ovejas y los cabritos. En el primero de estos pasajes, Mateo 25:31-46, Jesús ofrece una imagen sorprendente del juicio final que tendrá lugar cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria y todas las naciones y pueblos sean reunidos ante Él.

En el lenguaje de la parábola, Jesús compara el juicio final con un pastor o rey que reúne a su rebaño y separa a las ovejas de las cabras, colocando las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces el rey dice a las ovejas de la derecha:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí (Mt 25:34-36).

En Su descripción de la respuesta de las ovejas a las palabras del rey, Jesús presenta a las ovejas como sorprendidas, incluso desconcertadas, por el pronunciamiento de la bendición del rey sobre ellas. Por eso le preguntan al rey cuándo le hicieron esas cosas: cuándo le dieron de comer y beber, lo vistieron y lo visitaron, lo acogieron como forastero, etc. En su respuesta a la pregunta, el rey declara que «en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis» (v. 40).

Después de describir el trato que el rey da a las ovejas a su derecha, Jesús pasa al trato que da a las cabras de la izquierda. En lugar de bendecir a las cabras, el rey les pronuncia una maldición y les pide que se aparten de él «al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles» (25:41; ver v. 46). A continuación, describe la conducta de las cabras como el polo opuesto de las ovejas. A diferencia de las ovejas, el rey declara que las cabras no acudieron en su ayuda cuando ellas no mostraron bondad y misericordia con los que tenían hambre, sed, eran forasteros o estaban desnudos. A esta descripción de su fracaso, las cabras también responden con sorpresa. Protestan porque no recuerdan no haber tratado al rey con amor y bondad al no atender las necesidades del hambriento, el sediento, el desnudo, el forastero y el prisionero.

En esta notable representación del juicio final, varios temas están claramente presentes. Cuando el Hijo del Hombre venga, juzgará a todas las naciones y pueblos, a los justos y a los impíos. Nadie estará exento del juicio, y este juicio revelará la diferencia entre los que han dado pruebas de su fe en Cristo viviendo de acuerdo con Sus enseñanzas y los que no lo han hecho. En el caso de los justos, Cristo los reconocerá y elogiará públicamente por todas las formas en que demostraron su compromiso con Él, al mostrar compasión hacia «uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños» (v. 40). En el caso de los malvados, Cristo los condenará por no haber hecho lo mismo. La justicia del juicio de Cristo y la separación entre las ovejas y las cabras se mostrarán abiertamente para que todos las vean.

Aunque el juicio final recompensa a las ovejas y a las cabras según sus obras, varias características de la enseñanza de Jesús en este pasaje militan claramente contra la idea de que Él pretendía tratar una doctrina de salvación por obras. En primer lugar, antes de hablar sobre las buenas obras de las ovejas, Jesús señala que su herencia del reino estaba «preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (v. 34). Este lenguaje es muy similar al que Jesús utilizó al momento de describir a Sus discípulos como los «escogidos» de Dios (24:22, 24). También es coherente con la enseñanza de Jesús en otras partes del Evangelio de Mateo de que los que entran en el reino lo hacen por la gracia y el perdón de Dios, no por sus propios méritos o logros (5:3; 6:12; 18:23-35; 19:25). En segundo lugar, la principal diferencia entre las ovejas y las cabras radica en su relación con Jesús. Al mostrar amor y bondad hacia el más pequeño de los hermanos de Jesús, las ovejas demostraron su amor por Él. Y en tercer lugar, la sorpresa, incluso el olvido, de las ovejas respecto a su servicio a los hermanos de Jesús confirma que sus actos fueron realizados con alegría y gratitud. En ningún sentido estas acciones fueron motivadas por un deseo de recompensa o por un temor de que no hacerlas llevaría a su condenación en el juicio final. Los actos de las ovejas simplemente confirmaban su confesión del señorío de Jesús (ver 7:25).

Romanos 2:1-16: A cada uno conforme a sus obras. El segundo pasaje, Romanos 2:1-16, ofrece una de las afirmaciones más claras de la Escritura sobre un juicio final conforme a las obras. En este pasaje, el apóstol Pablo afirma que todos los seres humanos, judíos y gentiles por igual, estarán sujetos al juicio de Dios. Dios «pagará a cada uno conforme a sus obras» (2:6). El criterio de este juicio será diferente en el caso de los judíos, a quienes se les dio la ley, y en el de los gentiles, a quienes no se les dio la ley, pero en cuyos corazones estaba escrita la obra de la ley (vv. 14-15). Aunque la norma del juicio de Dios será proporcional a lo que Dios ha dado a conocer a judíos y gentiles con respecto a la ley y al evangelio, nadie estará exento. El juicio final revelará que «no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, esos serán justificados» (v. 13). En el caso de los condenados, la justicia de Dios se manifestará a la vista de todos.

Aunque algunos intérpretes de este pasaje afirman que enseña una justificación final de los creyentes sobre la base de las obras, es de suma importancia señalar que Pablo habla de un juicio conforme a, pero no a causa de las buenas obras. Concluir de este pasaje que Pablo veía el juicio final como un acto de justificación sobre la base de las obras sería contradecir totalmente lo que él mismo enseña sobre la justificación en otras partes de Romanos. Dentro del marco del argumento de Romanos 1-3, pudiera ser que Pablo estuviera hablando hipotéticamente, como han argumentado Juan Calvino y muchos otros exégetas reformados. Puesto que nadie es capaz de hacer lo que exige la ley (ver Rom 3:9-19), nadie será justificado sobre la base de las obras. Sin embargo, incluso si se interpreta que Pablo hablaba de lo que realmente es el caso, esto no comprometería su enseñanza de que la justificación es por gracia sola mediante la fe en Cristo solamente. Según esta interpretación, Pablo simplemente pudiera estar enseñando que solo serán justificados aquellos cuya fe «obra por amor» (Gal 5:6), aunque sus obras sean imperfectas y no contribuyan en nada a su justificación. Dado que los que son justificados por la fe sola son también santificados por el Espíritu de Cristo, el juicio final confirmará que los justificados no fueron salvos por una fe desprovista de frutos.

CONCLUSIÓN
Cuando se interpreta correctamente la relación entre la justificación y el juicio final según las obras, se desprenden dos conclusiones. En primer lugar, la perspectiva del juicio final no tiene por qué poner en peligro la confianza del creyente en que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. En el día del juicio, los creyentes que confían solo en Cristo como su justicia ante Dios serán abiertamente absueltos. Su fe en Cristo será vindicada. Y en segundo lugar, el reconocimiento abierto y la recompensa de las buenas obras de los creyentes servirán para evidenciar la autenticidad de su fe. Dado que la verdadera fe siempre va acompañada de sus frutos, los creyentes se sienten alentados por la perspectiva de que sus buenas obras serán reconocidas, incluso recompensadas, en el juicio final. En efecto, para estos creyentes será un día de alegría, cuando su Maestro les diga: «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:22-23).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Cornelis P. Venema
El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.