La oración como medio de gracia

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

La oración como medio de gracia
Por Christopher J. Gordon

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

Los cristianos tenemos el gran privilegio de acercarnos con confianza al trono de la gracia y hablar con Dios. Esa comunión entre nosotros y Dios se llama oración. Que los creyentes cuenten con la atención de Dios y estén invitados a echar todas sus preocupaciones sobre el Señor porque Él tiene cuidado de ellos es la bendición más notable de todas. Sin embargo, la oración es una de las disciplinas más descuidadas por los cristianos de la actualidad. Una vez, J. C. Ryle dijo: «¡Sí, son pocos los que oran! Simplemente es una de esas cosas que se asumen como obviedades, pero rara vez se practican; algo que es deber de todos, pero que, de hecho, difícilmente alguien hace». Si esa es la misma evaluación que puede hacerse de nuestra época, ¿cuáles son las consecuencias de ese cristianismo sin oración? ¿Está la misión de la Iglesia hoy sufriendo debido a la falta de oración? ¿Están los cristianos restringidos en su vida de santidad debido a que son pocos los que están pidiendo ayuda a Dios en su santificación?

Casi en todo el mundo, la gente se queja de que sus vidas son muy ocupadas. Las familias ya no se sientan a la mesa porque deben asistir a entrenamientos deportivos, clases de música y muchas otras actividades. Tenemos las mejores comodidades modernas, pero nos abrumamos con «citas» interminables. La inquietud de nuestra época es un indicio de que nuestras prioridades están erradas. Pasamos tiempo haciendo lo que más valoramos, pero la oración no está en los primeros lugares de esa lista. Sin embargo, sí tenemos tiempo para hablar abiertamente sobre los muchos problemas que enfrenta nuestra sociedad. A las redes sociales no les faltan cristianos que usen su tiempo para expresarle al mundo su desilusión con «cómo están las cosas». Sí, vivimos en tiempos angustiantes. Los problemas son infinitos, y van desde la bancarrota moral de la sociedad hasta la decadencia espiritual de la Iglesia. Todos están hablando, pero ¿quién está llevando esas cosas al Señor en oración? Si el diagnóstico de Ryle era correcto hace un siglo y medio, ¿qué se puede decir de nuestros tiempos? ¿Hay «difícilmente alguien» que esté orando al Dios de toda liberación?

Sería difícil escribir este artículo si no tuviéramos la certeza de que el Señor nos ayudará por medio de la oración. Sin embargo, la Escritura en todas partes les asegura a los creyentes que Dios oye las oraciones de Su pueblo (p. ej., Gn 16:11Ex 2:24Sal 4:3). Lo extraordinario de la oración es que Dios desea darnos Su gracia y Su Espíritu Santo cuando dependemos de Él a través de ese medio. La oración es un medio de gracia a través del cual el Espíritu opera en nuestras vidas. Y como Dios nos prometió un oído atento, la oración debería ser una de las principales prioridades de la vida cristiana. El cristiano que no ora es un cristiano sin poder. Por esta razón, cada generación necesita que la desafíen a hacer de la oración una prioridad en sus vidas.

TODOS LOS CRISTIANOS ESTÁN LLAMADOS A ORAR

Cuando hablamos de los medios de gracia, es importante distinguir entre los medios de gracia más restringidos que Dios nos da en Su Palabra y Sus sacramentos, y el medio de gracia más amplio que nos da mediante la oración. Esta distinción es importante para que tengamos en perspectiva que la oración es nuestra respuesta ante la gracia que recibimos en la Palabra de Dios. Sin embargo, esto no mitiga el llamado a que los cristianos oren, pues Dios da Su gracia a los que oran. Cuando los discípulos acudieron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar, Jesús respondió diciendo: «Cuando oréis…». El Señor indicó que la oración sería una disciplina normal de la vida cristiana. Lo que necesitan los cristianos de hoy es recuperar la convicción y la motivación para orar.

Las Escrituras nos llaman a orar por muchas razones distintas. En 2 Corintios 12:7-10, Pablo alentó a los cristianos en Corinto a orar usando su propia vida como ejemplo de sufrimiento. A Pablo le fue dada una «espina» en la carne, que provocaba sufrimiento en su vida. No se nos dice qué era la espina, pero Pablo quería que los corintios consideraran su dependencia del Señor. Una espina puede ser cualquier cosa que nos quite la fuerza humana: un cáncer, el conflicto, el dolor, una pérdida… todo eso y más. Aunque Pablo le rogó a Jesús tres veces que lo librara, Él le respondió: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (v. 9). Sí, Pablo recibió gracia real del Señor a través de la oración. En su debilidad, la gracia de Cristo reposaba sobre él, y él recibía fuerza.

La oración también es un medio para conformarnos a la imagen de Cristo y edificar a Su pueblo como servidores de Jesús. La presencia continua del pecado en la vida del creyente combate contra este propósito. Esa es la razón por la que la oración es tan necesaria para la santificación del cristiano. De seguro habrá algún lector que en este momento está desanimado y luchando profundamente con su pecado personal. Esta puede ser una de las experiencias más confusas para el cristiano. Si el poder de la resurrección de Cristo está en nosotros, ¿por qué somos derrotados con tanta frecuencia por el pecado remanente en nuestras vidas? Esa es la lucha que Pablo describe en Romanos 7.

Sin embargo, en Romanos 8 Pablo nos recuerda que los cristianos, como hijos adoptados, tenemos el privilegio de clamar «¡Abba, Padre!». Cuando lo hacemos, se nos promete la ayuda del Espíritu Santo, que (1) hace morir el pecado en nuestras vidas (v. 13), (2) «da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (v. 16) y (3) nos ayuda en nuestra debilidad al interceder por nosotros en oración (vv. 26-27). Estas promesas maravillosas concluyen con una garantía del propósito predestinador de Dios, que es conformarnos a la imagen de Cristo (v. 29). Estas son ayudas extraordinarias que nos da el Padre celestial mediante la obra del Espíritu Santo cuando dependemos de Él en oración.

El hecho de que los beneficios de la gracia y el Espíritu Santo nos sean dados realmente a través de la oración es la razón por la que el Catecismo de Heidelberg, que divide sus preguntas en un plan de 52 domingos para guiar a los pastores que quieren predicar el catecismo a lo largo de un año, dedica las meditaciones de todo un domingo para animar a los cristianos a orar:

¿Por qué los cristianos necesitan la oración? Porque es la parte principal de la gratitud que Dios requiere de nosotros; también, porque Dios solo les dará Su gracia y Su Espíritu Santo a los que, con deseo sincero, se los piden continuamente, dándole gracias (Catecismo de Heidelberg, pregunta 116).

En nuestra lucha con el pecado, Dios nos invita a acudir a Él en oración y responde dándonos Su Espíritu, que activamente nos está santificando. La oración es el canal principal por el que el Señor obra esta conformidad, de modo que empecemos a parecernos cada vez más a Jesús.

RECOBRANDO LA ORACIÓN PASTORAL

Si bien la oración privada es necesaria para la santificación en la vida cristiana, hay otro modo de oración que Dios ha dado para ayudar a los cristianos. Jesús se refirió específicamente a la casa de Su Padre como una casa de oración. Una de las mayores tragedias del cristianismo estadounidense es la muerte de la oración pastoral: la oración que hace el ministro en nombre del pueblo durante el culto en el día del Señor. Por cientos de años, las iglesias protestantes hicieron de la oración colectiva un elemento esencial del culto de adoración. Hoy, esa oración ha sido reemplazada por más tiempo dedicado a la música. Poca es la atención que se le da a la oración en la adoración colectiva.

Hay un provecho espiritual que el pueblo de Dios recibe cuando se reúne a adorar colectivamente, que no recibe en ningún otro lugar. El Señor ha prometido reunirse con Su pueblo de una forma especial. Es por eso que la oración es un elemento importante de la adoración colectiva. Así como la lectura bíblica personal no reemplaza la recepción de ese medio de gracia en la Palabra de Dios predicada, la oración personal tampoco reemplaza la bendición de la oración colectiva dominical. Cuando el pastor ora, está hablando en nombre del pueblo como embajador de Cristo. Con una sola voz, los corazones del pueblo se unen mientras sus oraciones ascienden al salón real de Dios.

Yo pienso que la oración pastoral es una gran bendición. Si Ryle tiene razón al decir que son pocos los que oran diariamente, piensa en la ayuda que Dios nos da cuando nos reunimos para orar. En la adoración pública, nos apartamos de los ajetreos de la vida y unimos nuestros corazones en oración mientras nos guía el siervo designado por Dios. El pastor nos dirige elevando alabanzas apropiadas, confesando los pecados, pidiendo por el avance del Reino de Dios, dando gracias por las buenas dádivas del Señor y rogando por las necesidades específicas de la iglesia. Dios está presto a escuchar las oraciones que hace Su pueblo a través de Su siervo. La oración colectiva es una de las bendiciones más edificantes de la adoración. Si nuestras iglesias quieren tener una mayor eficacia en el ministerio del evangelio, deben darle un lugar prominente a la oración pastoral.

La oración es uno de los mayores privilegios que Dios les ha dado a los creyentes en Cristo Jesús. La oración es un medio para que goces de tu Dios, que es para lo que fuiste creado. Quizás no oramos como debiéramos porque no hemos aprendido a gozar de Dios en la oración como debiéramos. Habla con tu Dios; Él desea que goces de esa comunión: «Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros» (1 Pe 5:7). El Señor escucha tus oraciones, y eso es más certero que lo mucho que desees obtener aquello por lo que oras (Catecismo de Heidelberg, pregunta 129). ¡Qué Dios tan misericordioso es el que se te ofrece en el evangelio de Su Hijo! Cualquiera que sea tu alabanza, cualquiera que sea tu carga, llévala al Señor en oración y espera en Él, pues Él es el Señor nuestro Dios que recibe nuestra oración (Sal 6:9).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Christopher J. Gordon
Christopher J. Gordon

El Rev. Christopher J Gordon es pastor de predicación en Escondido United Reformed Church en Escondido, California.

La Palabra de Dios como medio de gracia

Ministerios Ligonier

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

La Palabra de Dios como medio de gracia
Por Robert VanDoodewaard

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

veces escuchamos de atletas, artistas o escritores talentosos que son subvalorados. A pesar de sus capacidades, su trabajo es ignorado y no han recibido el reconocimiento que merecen. La popularidad y el éxito de otras personas menos talentosas nos desconcierta, y nos preguntamos por qué nuestra cultura está tan obsesionada con la superficialidad y la fama vacía. Sin embargo, deberíamos considerar que hay un patrón mucho más irracional que se ha desarrollado en este mundo: la mismísima Palabra de Dios ha sido subvalorada. Como cristianos, debemos permanecer firmes en nuestro aprecio por la Palabra de Dios, que Él usa como el medio primario para la creación y edificación de Su Iglesia.

Debemos recordar que la Palabra de Dios es poderosa. La Palabra de Dios tuvo un papel fundamental en la creación de todo lo que existe (Sal 33:6Jn 1:3). En este preciso momento, es la Palabra del poder de Dios la que sostiene todas las cosas (Heb 1:3). Si bien las personas más grandiosas y sus mejores obras se marchitan y desaparecen de esta tierra, la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre (Is 40:8). Mientras para nosotros es difícil impactar los corazones y las mentes, «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4:12). La Palabra de Dios es clave en la transformación de los creyentes, pues «habéis nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 Pe 1:23).


También debemos recordar que la Palabra viva tiene un gran potencial para crecer y expandirse. En el libro de los Hechos, leemos una narración fascinante del crecimiento de la Palabra. Los apóstoles se enfocaron exclusivamente en la oración y el ministerio de la Palabra; ellos entendieron que ese era el centro de su ministerio (Hch 6:1-4). Por eso, en Hechos vemos escenas gloriosas del crecimiento de la Iglesia, con miles de personas siendo añadidas a ella. Sin embargo, puede decirse que a lo largo de Hechos hay un énfasis mayor en la expansión, el crecimiento, la multiplicación y la prevalencia de la Palabra del Señor (Hch 6:712:2413:4919:20). Si nos alejamos un poco para examinar el libro de los Hechos, vemos que es tanto un relato del crecimiento de la Palabra como un relato del crecimiento de la Iglesia. En vez de enfocarnos principalmente en los efectos de la Palabra cuando la Iglesia crece, debemos tener un aprecio saludable por la presencia y el crecimiento de la Palabra misma.

Al examinar la manera en que las Escrituras testifican de estas verdades, tenemos que confesar que la Palabra de Dios debería tener un lugar primario en la vida de la Iglesia. Nunca debe descuidarse. La pregunta 89 del Catecismo Menor de Westminster enseña:

El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación.

Cuando el Catecismo Menor se refiere a la lectura y predicación de la Palabra de Dios como un «medio», está hablando de ella como un instrumento o una herramienta. En un sentido, es similar a la manera en que podríamos usar un currículo escolar como un medio para cambiar las mentes de los alumnos, o usar un proceso para darle forma a un trozo de madera. La realidad es que, aunque la Biblia es impresa por imprentas humanas y predicada por predicadores humanos, el Señor es quien está usando la Palabra como una herramienta para obrar en nosotros. El apóstol Pablo les enseñó a los tesalonicenses que «cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis» (1 Tes 2:13).

En lo que respecta al uso de la Palabra de Dios, la responsabilidad principal de la Iglesia es asegurarse de que la Palabra sea predicada de forma cuidadosa, sustancial y veraz, y confiar en que el Señor la utilizará cuando eso ocurra. El Hijo de Dios mismo vino como predicador del evangelio (Lc 4:18). Sus apóstoles fueron enviados principalmente a predicar la Palabra. Hombres como Timoteo y Tito fueron llamados a enfocarse en predicar y enseñar con autoridad (1 Tim 4:13-14Tit 2:13). Estaríamos perdidos si no tuviéramos predicadores enviados a traernos las buenas nuevas, pues «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Rom 10:14-17). En Tito 1:3 Pablo enseña que Dios «manifestó a su debido tiempo su palabra por la predicación». Eso significa que Dios «revela» o «da a conocer» Su Palabra mediante la predicación. Lo que era un misterio para el hombre natural es revelado.

Cuando unimos estos conceptos, tenemos que aceptar que no es común lograr entender la realidad del pecado, llegar a la fe en Cristo o entender la amplitud o profundidad de las Escrituras sin la predicación. Así como los padres diligentes moldean y conforman el carácter de sus hijos principalmente a través de sus palabras, el Señor normalmente reúne y moldea a Sus hijos por medio de la predicación de Su Palabra.

Una de las grandes bendiciones de encontrarnos bajo la predicación fiel es que con frecuencia nos vemos expuestos a verdades, correcciones y estímulos inesperados. Dejados a nosotros mismos y a nuestras propias ideas, solemos terminar viviendo o aprendiendo según nuestras propias preferencias. En algunos casos, eso puede ocasionar que se abuse de determinados pasajes de las Escrituras. Exponernos de manera regular a una predicación expositiva, que cubra la totalidad de la Escritura a lo largo del tiempo y nos presente cosas antiguas y cosas nuevas, brindará a los creyentes una dieta espiritual saludable. Contar con un predicador que conozca las necesidades y preocupaciones de la congregación se traducirá en una guía que puede resultar desafiante, pero que en última instancia, restaurará nuestras almas y nos guiará por «senderos de justicia» (Sal 23). El Nuevo Testamento nos dice quince veces: «El que tiene oídos para oír, que oiga».

La Biblia nos muestra asimismo la bendición de nuestro uso personal de la Palabra de Dios como medio de gracia. Que la predicación sea necesaria no significa que los creyentes no se beneficien también del estudio individual de la Palabra. El salmista se despertaba temprano para orar y leer la Palabra (Sal 119:147-48). Los bereanos «imparciales» escudriñaban diariamente las Escrituras (Hch 17:11). La lectura cuidadosa y diligente nos equipará para escuchar la predicación con discernimiento. Tener una dieta constante y consistente de lectura personal de la Escritura nos hará perfectos y nos equipará «para toda buena obra» (2 Tim 3:17). También nos reprenderá y corregirá constantemente (v. 16), lo que puede ser difícil, pero es necesario. Nos señalará con frecuencia que necesitamos a Cristo, nos dará «la sabiduría que lleva a la salvación» y nos dará un fundamento para la doctrina y la vida cristiana (vv. 15-16).

Cuando lees la Biblia o escuchas la predicación fiel, ocurre algo más que una mera transmisión de ideas. La Palabra es más que papel y tinta, y la predicación es más que un discurso. La Palabra es viva, pues el Señor obra eficazmente por Su Espíritu Santo a través de ella. Hay muchas ilustraciones de esta verdad en la Escritura: a través de Su Palabra, el Señor está sembrando una simiente incorruptible (1 Pe 1:23), produciendo arrepentimiento y fe (Rom 10), alimentando nuestras almas con el pan de vida (Mt 4:4Jn 6:35), creando una fuente de aguas vivas en nuestro corazón (Jn 7:38) y lavando a Su Iglesia (Ef 5:26). Tener la Palabra morando en nosotros es estar unidos con Cristo y ser conformados a Su voluntad para que aprendamos a desear lo que es piadoso y santo (Jn 15:7). Eso significa que la Palabra es un regalo incomparablemente precioso y poderoso de Dios para nosotros, pues Él obra a través de ella. En la Palabra, encontramos a Cristo y, encontrando a Cristo, tenemos comunión con Él.

Por último, para el cristiano hay una gran tranquilidad en el hecho de que la Palabra de Dios no cambia. Vivimos en un mundo que ve el cambio como algo virtuoso en sí mismo, incluso muchos cambios necios de moral, ética y estilo de vida. Las modas van y vienen, pero podemos estar agradecidos porque, como el pueblo del Libro, confesamos la misma Palabra que ha confesado la Iglesia de todas las edades. La Palabra de Dios no ha perdido su importancia ni su poder como medio de gracia. Sigue creciendo y expandiéndose por muchas partes de la tierra. «Sécase la hierba, marchítase la flor, mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (Is 40:8).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
Robert VanDoodewaard

El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

¿Qué es un medio de gracia?

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

¿Qué es un medio de gracia?
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

n pequeño análisis de los cincuenta libros cristianos más vendidos revela cuáles son los temas de mayor y menor interés para la mayoría de quienes profesan ser cristianos. Los libros que predominan en la lista tienen que ver con propósito, las finanzas, la personalidad, la autoestima, los lenguajes del amor y los límites relacionales. Lamentablemente, los libros sobre el Dios triuno, Cristo, el pecado, el evangelio, la Escritura, la predicación, los sacramentos, la oración, la disciplina eclesiástica y la iglesia local brillan por su ausencia. Ya que Jesucristo y Su obra salvadora son el fundamento de nuestra fe (1 Co 2:23:11), lo que más debería preocuparnos es saber cómo crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo (2 Pe 3:18). Nuestro crecimiento en la gracia de Cristo será proporcional a nuestro uso de los medios ordenados por Dios. Los teólogos se refieren a ellos como los «medios de gracia» (media gratia).

Los medios de gracia son los instrumentos ordenados por Dios que el Espíritu Santo usa a fin de capacitar a los creyentes para recibir a Cristo y los beneficios de la redención. Aunque Él pudo haber decidido revelarle a Cristo de forma inmediata a Su pueblo, Dios determinó hacerlo a través de ciertos medios. Designó la Palabra, los sacramentos y la oración como los medios principales que Él usa para comunicar a Cristo y Sus beneficios a los creyentes.

Jesús enseña que las Escrituras son el medio de salvación principal e indispensable (Lc 16:3124:2744-45). La predicación de la Palabra de Dios era central en el ministerio de los apóstoles (Hch 2:22414:45:206:712:2415:7323616:1419:2020:32). Pablo explica en Romanos 10:17: «La fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo». Los apóstoles le dieron suma importancia a la Palabra de Dios como el medio de la salvación y la santificación de los creyentes (Col 3:16Heb 5:14Stg 1:1821251 Pe 2:2).

La Escritura también enseña que Dios instituyó los sacramentos como medios de gracia. Pablo vincula el bautismo con la gracia de la salvación cuando escribe: «[Dios] nos salvó… por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Habla de la «copa de bendición» (1 Co 10:16) cuando se refiere a la Cena del Señor. La gracia salvadora de Cristo es comunicada espiritualmente a los creyentes cuando ellos participan de la Cena por fe. Por el contrario, los que participan «indignamente» (es decir, en incredulidad) pueden ser objetos del juicio de Dios (11:27-32).

La oración también es un medio de gracia según la Escritura. Dios ha prometido redimir a todos los que lo invocan en verdad. El día de Pentecostés, Pedro afirmó: «Y SUCEDERÁ QUE TODO AQUEL QUE INVOQUE EL NOMBRE DEL SEÑOR SERÁ SALVO» (Hch 2:21).

Encontramos una definición histórica útil de los medios de gracia en el Catecismo Menor de Westminster, donde leemos: «Los medios externos y ordinarios por los cuales Cristo nos comunica los beneficios de la redención son, Sus ordenanzas, y especialmente la Palabra, los sacramentos y la oración; todos los cuales son hechos eficaces para aquellos que han sido elegidos para la salvación» (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 88).

¿Cómo es que los medios de gracia son hechos eficaces? ¿Cómo operan? No operan por sí mismos (ex opere operato), como insiste la Iglesia católica romana. Más bien, operan a través del Espíritu de Dios en el corazón de los elegidos por medio de la fe. Como lo explica la pregunta 91 del Catecismo Menor de Westminster:

Los sacramentos llegan a ser medios eficaces de salvación, no porque haya alguna virtud en ellos, o en el que los administra; sino solamente por la bendición de Cristo, y la obra de Su Espíritu en los que por fe los reciben.

Sin embargo, los miembros de la asamblea de Westminster no creían que todos los medios de gracia son igualmente eficaces: «El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación» (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 89). El teólogo reformado Geerhardus Vos dio un motivo para priorizar la Palabra por sobre los sacramentos cuando escribió:

De ser necesario, podemos pensar en la Palabra como un medio de gracia sin los sacramentos, pero es imposible pensar en los sacramentos como medios de gracia sin la Palabra. Los sacramentos dependen de la Escritura, y la verdad de la Escritura habla en ellos y a través de ellos.

De igual forma, la oración se transforma en un medio de gracia solo cuando está moldeada por la verdad de la Escritura. El Espíritu Santo toma la Palabra y permite que los creyentes oren en armonía con la voluntad de Dios.

Si vamos a crecer en la gracia, debemos reconocer que Dios ha instituido ciertos medios para ese crecimiento. Debemos acercarnos a esos medios con ávida expectación y una confianza como de niño en Aquel que les añade Su bendición. Además, debemos reposar contentos en el uso correcto de esos medios, sabiendo que Dios ha prometido bendecirlos cuando los usamos con corazones de arrepentimiento y fe.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
Nicholas T. Batzig

El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

Los medios ordinarios de gracia

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

Los medios ordinarios de gracia
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

unca he escuchado a un cristiano decir que no cree que Dios es soberano, pero sí he escuchado a muchos cristianos profesantes definir la soberanía de Dios de una manera que, a fin de cuentas, hace que el hombre sea soberano sobre Dios. Tienen una visión de la soberanía en la que el hombre es grande y Dios es pequeño. La gente dice: «Sé que Dios es soberano, pero…». A decir verdad, muchos cristianos profesantes en realidad no creen que Dios es soberano. Y si no creemos que Dios es soberano, en realidad no creemos que Dios es Dios; pero el problema es mucho más profundo.

Muchos cristianos que profesan creer que Dios es soberano sobre todo creen en un tipo de soberanía que es más similar al determinismo islámico que al teísmo bíblico, una especie de nihilismo teísta que cree que nada de lo que hacemos realmente importa: que Dios es soberano y nosotros somos simples títeres movidos por un hilo. Eso no es lo que la Biblia enseña sobre la soberanía de Dios. Él revela en la Escritura que de verdad es soberano sobre todas las cosas, que ordenó de antemano todo lo que acontece y que no es autor del pecado ni lo aprueba (Is 46:10Stg 1:13; Confesión de Fe de Westminster 3.1). Él revela que es soberano sobre todo y que nosotros somos culpables por nuestras acciones (Hch 2:23). Nos muestra que Él es la causa primaria y que usa causas secundarias ―como nosotros― para llevar a cabo Sus propósitos supremos (Pr 16:33Jn 19:11). Revela que, aunque ha ordenado los fines de todas las cosas, también ha ordenado los medios para todos los fines (Hch 4:27-28).

Cuando se trata de nuestra adoración a Dios, demasiados cristianos piensan que en verdad no importa lo que hagamos ni cómo lo hagamos porque nuestro Dios soberano puede usar cualquier medio para cumplir Sus propósitos supremos. Sin embargo, eso no justifica que usemos medios que Dios no nos ha dado. No obstante, hay muchos cristianos y muchas iglesias que creen que podemos usar cualquier medio ingenioso que inventemos para conseguir los fines que deseamos.

Si de verdad creemos que Dios es soberano, debemos confiar en los medios que Él ordenó soberanamente para producir los fines que Él desea. Los medios que Dios instituyó para nuestro sustento y crecimiento espiritual en la gracia son los que denominamos medios ordinarios de gracia, es decir, la Palabra, la oración, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor, además de la disciplina eclesiástica y el cuidado de las almas, que van necesariamente ligados a los anteriores. Estos medios son designados por Dios, tienen el poder del Espíritu Santo y nos apuntan a Cristo. Además, nos sostienen y alimentan en nuestra unión con Cristo mientras descansamos en los fines soberanos de nuestro Dios trino.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El tiempo venidero

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Serie: Tiempo

El tiempo venidero
Por William Boekestein

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

Por primera vez en mi vida, la gente a mi alrededor está dándole seguimiento diario a las tasas de mortalidad. Las pandemias mundiales nos hacen pensar acerca de la muerte y hacen que la eternidad luzca menos distante. Los antiguos indicadores de estabilidad —una economía en crecimiento, rutinas predecibles— se han visto socavados. Surgen preguntas nuevas, preguntas que antes la gente no se hacía. ¿Existe algo más allá de esta era presente? ¿En qué consiste la vida? ¿Tiene alguna relevancia para mi vida, aquí y ahora, la enseñanza bíblica sobre la eternidad?

LA REALIDAD DE LA ETERNIDAD

La suposición occidental común de que la vida termina con la muerte enfrenta al menos dos problemas. Primero, el escepticismo sobre la eternidad no puede disuadir la obstinada sensación en nuestras almas de que la vida persiste más allá de la muerte. «La creencia en la inmortalidad del alma se da en todos los pueblos… dondequiera que no haya sido minimizada por las dudas filosóficas o relegada a un segundo plano por otras causas… Es la muerte, no la inmortalidad, lo que requiere una explicación» (Herman Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática reformada]). Todos sentimos lo antinatural que parece ser la mortalidad. «Gemimos agobiados, pues no queremos ser desvestidos [es decir, no gemimos simplemente por morir] sino vestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida» (2 Co 5:4; ver Rom 8:22-23). Salomón identifica la razón de ser del sentido de permanencia en todos nosotros: Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones» (Ec 3:11).

Suponer que la muerte cancela la vida también contradice las promesas de Dios acerca de la vida eterna (1 Jn 2:25). La frase vida eterna ocurre unas cincuenta veces en el Nuevo Testamento, invitándonos a considerar esta vida presente y temporal como una preparación para una vida futura y sin fin. Para comprender la eternidad, reflexionemos en los beneficios que reciben los creyentes en la muerte y en la resurrección.

Beneficios de los creyentes al morir. Cuando los creyentes mueren, sus almas pasan inmediatamente a la gloria (Lc 23:43). La muerte del creyente es «solo una abolición del pecado y un paso a la vida eterna» (Catecismo de Heidelberg 42). Ciertamente, para el creyente, es mucho mejor partir de esta vida y estar con Cristo (Flp 1:23). Los cuerpos de los creyentes, estando todavía unidos a Cristo, descansan en sus tumbas esperando la resurrección (Dn 12:2Hch 24:151 Tes 4:14). Pero Jesús enseñó que un día «todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán» (Jn 5:28–29).

Beneficios de los creyentes en la resurrección. Cuando cantamos «Gracias, Señor, por salvar mi alma», podemos olvidar que no es un alma nueva lo que nos hace completos. Dios hizo a los humanos para que tuvieran comunión con Él en alma y en cuerpo. La salvación debe incluir ambos. Cuando Cristo regrese, Él «transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria» (Flp 3:21). Permitamos que la reacción de Juan ante el Cristo transformado dé energía al símil de Pablo: «cuando le vi, caí como muerto a sus pies» (Ap 1:17). «Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en poder» (1 Co 15:42-43).

A pesar de los prejuicios de la cultura occidental contra la eternidad, Jesús regresará en el momento preciso para dar inicio a la era venidera. Eliminará a Sus enemigos para siempre y recibirá a Sus amigos redimidos. La muerte no deshace la existencia. La vida eterna no se contrasta con la aniquilación en la muerte, sino con un morir sin fin (Jn 3:16; ver Mr 9:42-48Lc 16:19-31). La eternidad hace que la incredulidad sea realmente trágica. Pero la eternidad es «muy deseable y consolador[a] para los justos y los elegidos porque entonces su plena liberación será perfeccionada» (Confesión Belga, Art. 37). En la era venidera, para los elegidos «el tiempo está cargado con la eternidad de Dios. El espacio está lleno de Su presencia. El devenir eterno está unido al ser inmutable» (Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática reformada]). La intención de Dios es: «confortaos unos a otros con estas palabras» (1 Ts 4:18). 

EL CONSUELO DE LA ETERNIDAD

Sin la eternidad, el cristianismo es una cosmovisión miserable que ofrece poco consuelo (1 Co 15:19). Pablo sabía por experiencia que la fe puede contribuir a la aflicción, la perplejidad y la persecución (2 Co 4:8-92 Tim 3:12). «Muchas son las aflicciones del justo» (Sal 34:19). No te sorprendas si te sientes desilusionado por el camino de Cristo en esta era presente. Nuestras aflicciones son reales; muchas no serán resueltas en esta era. Pero, como dijo Tomás Moro, «No hay dolor en la tierra que el cielo no pueda sanar». «Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación» (2 Co 4:17).

La eternidad promete la absolución de la culpa. El evangelio declara la promesa de perdón de Dios. Pero olvidamos fácilmente. Estamos plagados de dudas. ¿Seré demasiado pecador como para ser perdonado?

Los creyentes —al igual que los no creyentes— se presentarán ante el tribunal de Dios. Todos nuestros pensamientos, palabras y actos serán publicados. Ninguno de nosotros habrá sido tan santo como lo es Dios. Sin embargo, el mundo entero escuchará a Dios decirle a Su amado: «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:23). Al principio de la eternidad, Cristo reconocerá y absolverá públicamente a Sus hijos, silenciando definitivamente toda acusación en contra de ellos (ver Catecismo Menor de Westminster 38).

La eternidad promete la liberación del pecado. Oramos por ser rescatados del mal (Mt 6:13) y Dios responde. Aun así, repetimos nuestra necedad «como perro que vuelve a su vómito» (Pr 26:11). ¿Cuántas veces te has prometido genuinamente que la próxima vez lo harás mejor, confiando verdaderamente en la justicia de Jesús, agradecido por Su liberación, solo para caer una vez más? El pecado es así de frustrante. 

En la eternidad, las almas redimidas serán hechas perfectamente santas. Alrededor del trono de Dios, ahora mismo, se encuentran «los espíritus de los justos hechos ya perfectos» (Heb 12:23). En la eternidad nuestra familiaridad con el pecado terminará. Ya no nos marchitaremos ante la vergüenza del pecado pasado. Ya no pecaremos más. Ni siquiera seremos tentados a pecar. El cielo es un lugar de justicia (2 Pe 3:13); su clima es totalmente inhóspito para el pecado. 

La eternidad promete cuerpos restaurados. A medida que envejecemos entendemos mejor la afirmación de Pablo: «nuestro hombre exterior va decayendo» (2 Co 4:16). Pero hasta los niños quedan ciegos, se rompen huesos, les da cáncer y lloran. Los niños mueren. Nuestros cuerpos son problemáticos. Nos esforzamos mucho para cuidarnos —higiene, entrenamiento y vestimenta— solo para vernos presentables. Pero nuestros cuerpos no cooperan. Nos avergüenzan. Se cansan. Se lastiman. Se vuelven en contra nuestra.

Nuestros cuerpos celestiales serán inmunes al dolor y a la muerte (Ap 21:4), no en deshonra sino gloriosos. Entonces seremos como Dios (1 Jn 3:2), perfectamente adecuados para una amistad con Él que no tendrá fin.

La eternidad promete comunión gozosa con Dios. Fuimos creados para glorificar a Dios y disfrutarlo. Y los creyentes hoy hacemos esto, pero todavía no disfrutamos completamente a Dios. Apenas lo entendemos. No siempre estamos de acuerdo con Él. Nuestros deseos más bajos resisten Su voluntad inmaculada. Ni siquiera deseamos intimidad total con Dios. Pero ya estamos empezando. El Catecismo de Heidelberg resume así el consuelo de la eternidad: «ahora siento en mi corazón el comienzo del gozo eterno, luego de esta vida heredaré la salvación perfecta, la cual “ojo no vio, ni oído oyó, ni ha entrado al corazón del hombre”. Esto será así para que allí alabe yo a Dios por siempre» (Pregunta 58).

«Dios nos ha dado vida eterna» (1 Jn 5:11). Esta promesa es un tremendo consuelo para los hijos de Dios. Pero la eternidad también involucra responsabilidades.

DISCIPLINAS DE LA ETERNIDAD

El gran capítulo de Pablo sobre la resurrección termina con un llamado a la acción: «Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano» (1 Co 15:58). ¿Qué disciplinas requiere la eternidad?

Anticipación. Anticipar es darse cuenta de algo antes de que ocurra. La fe es una anticipación confiada. Por fe, nos esforzamos por ver, escuchar e imaginar la eternidad que Dios ha preparado para nosotros. Y el Espíritu nos ayuda a ver estas cosas profundas (1 Co 2:9-19). Por medio de la anticipación, la fe y la vista se acercan.

Y la mentalidad celestial no es contraria a la productividad terrenal. Soñar no es lo opuesto a hacer. ¿Acaso no inician con un sueño la mayoría de las grandes producciones? El mejor combustible para la piedad disciplinada es una visión clara de la recompensa celestial del creyente. Fueron los sueños acerca de la plenitud de gozo que disfrutaría en la presencia de Dios (Sal 16:1117;15) lo que fortaleció a David para perseverar en piedad mientras contemplaba la muerte (16:18; 17:5). Asimismo, el Apocalipsis de Juan confirma la utilidad de anticipar la eternidad. Dios adjunta esta promesa a Su anticipación de la eternidad: «Bienaventurados los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas a la ciudad» (Ap 22:14). La anticipación certera de la eternidad, energizada por el Espíritu, agudizará nuestra visión de la esperanza de justicia que tanto esperamos (Gal 5:5).

Preparación. Después de enseñar a Sus discípulos a imaginar el reino venidero de Dios (Mt 6:10), Jesús exhortó acerca de la importancia de invertir en el cielo (vv. 19-20). Jesús no estaba denunciando la riqueza material; los ricos tienen un lugar honroso en Su reino (Is 53:9Jn 19:38-42). Pero advirtió sobre no aprovechar la riqueza de este mundo en beneficio del tesoro eterno (Lc 16:9). En uno de sus últimos discursos públicos antes de ir a la cruz, Jesús enfatizó este punto en tres parábolas consecutivas: la mayordomía y la generosidad terrenales obtienen una recompensa eterna (Mt 25). Cuando confiamos en Jesús, la muerte se convierte en el portal a través del cual cosechamos lo que plantamos en esta era (Gal 6:7). Si no hubiera más que esta vida presente, podríamos vivir sin pensar en el futuro (1 Co 15:32). Pero si nuestra lucha actual nos está preparando para «un eterno peso de gloria», tenemos razones suficientes para invertir con diligencia (2 Co 4:17).

Sumisión. La eternidad nos enseña la dura pero gratificante tarea de la espera. Esperar en el Señor es una forma de someternos a Él. Esperamos con paciencia por aquello que no vemos (Rom 8:25) al no desanimarnos cuando las cosas parecen ir en contra de nosotros. Eso es difícil. Pero la eternidad nos ayuda a esperar con la perspectiva correcta. Jesús le dijo a Sus discípulos: «Un poco más, y ya no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis» (Jn 16:16). No parece que el curso natural de la vida sea «un poco», especialmente cuando enfrentamos dificultades. Pero Matthew Henry está en lo cierto: «¿Qué son los días del tiempo comparados con los días de la eternidad?».

La eternidad también nos ayuda a someternos al juicio de Dios. El mandamiento de Pablo es duro: «nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios» (Rom 12:19). Pero la eternidad es la forma en que Dios logra la justicia perfecta. Ya que Jesús pondrá a todos Sus enemigos bajo Sus pies, es errado y mezquino buscar venganza personal; el Dios de gloria no necesita nuestra ayuda.

UN VISTAZO A LA ETERNIDAD

La adoración congregacional nos lleva a un contacto especial con el Dios eterno y nos afina para descansar verdaderamente en Él.

El propósito de la adoración congregacional. La adoración congregacional es la piedra angular de un día diseñado para ayudarnos a «comenzar en esta vida el reposo eterno». La eternidad es un reposo. Los creyentes ascendidos «descansan de sus trabajos, porque sus obras van con ellos» (Ap 14:13). La eternidad no se caracterizará por la inactividad (Ap 21:24-25). Pero en ella no estaremos luchando con el sudor de nuestros rostros (Gn 3:19) ni contra la carne (Rom 7:23). Cuando adoramos al Señor en verdad, descansamos de nuestras maquinaciones pecaminosas. Encontramos más satisfacción en adorar a Dios que en perseguir las ambiciones personales. Estamos más convencidos que nunca de que nuestras vidas están bellamente ligadas con la de Dios (Hch 17:28).

No podemos mantener ese descanso holístico en esta época. Si modificamos la analogía del matrimonio que usa Pablo, seguimos atados a esta vida; preocupados «por las cosas del mundo» porque nuestros corazones no están enfocados al máximo en glorificar y disfrutar a Dios (1 Co 7:33). Pero como dice Calvino, el día del Señor, y la adoración de manera particular, nos ayuda a «meditar en un eterno reposo de nuestras obras para que el Señor obre en nosotros por medio de Su Espíritu». El día de reposo cristiano prepara a los creyentes para la eternidad. En la eternidad, la diferencia «entre el día de reposo y los días de trabajo ha sido suspendida» (Bavinck, Reformed Dogmatics [Dogmática Reformada]). La adoración congregacional, que se vuelve más importante a medida que se acerca el día del Señor (Heb 10:25), comienza a suspender la diferencia entre esta era y la venidera. 

La práctica de la adoración congregacional. ¿Qué podemos hacer para maximizar el potencial de la adoración congregacional para prepararnos para la gloria?

  1. Participa. La voluntad de Dios para ti en el cuarto mandamiento —«Acuérdate del día de reposo para santificarlo» (Ex 20:8)— es que «en especial en el día de reposo, asista[s] diligentemente a la Iglesia de Dios». Los rituales requieren diligencia. Participar esporádicamente en la adoración congregacional sugiere una anticipación pobre de la eternidad.
  2. Ofrece una adoración aceptable (Heb 12:28). La estructura y el contenido de los cultos de adoración bíblicos ayudan a enfocar los ojos de nuestros corazones en Jesús. En la adoración, la lumbrera de la eternidad (Ap 21:23) ilumina nuestras mentes y alumbra nuestros corazones. Pero la adoración aceptable es más que calentar un asiento en una iglesia fiel. La adoración espiritual verdadera requiere una ofrenda completa de nosotros mismos como sacrificios vivos, consagrando nuestros corazones, mentes y cuerpos en la presencia de Dios (Rom 12:1). 
  3. Sé festivo y reverente. El Catecismo de Heidelberg está en lo correcto al decir que el día del Señor es «un día festivo de descanso» (Preguntas y respuestas 103, versión en inglés). La Confesión de Westminster también está en lo correcto al decir que debemos adorar con reverencia humildad (21.3). Festivo y reverente no son opuestos. Las primeras mujeres en enterarse de la resurrección de Jesús experimentaron ambas emociones: «temor y gran gozo» (Mt 28:8). La adoración marca el ritmo para la eternidad cuando nos acercamos a Dios tanto como «fuego consumidor» (Heb 12:29) como también el sol que calienta nuestro rostro e ilumina nuestro camino (Ap 21:23-24).
  4. Descansa de verdad. La adoración gira en torno a dos verdades: «la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 6:23). El encuentro con Dios en la adoración destroza cualquier pretensión de justicia propia. Él es santo. Nosotros somos pecadores. Pero por medio de la fe, los pecadores encuentran un hogar en el refugio de un Dios santo. El Salmo 84 se usa a menudo en los funerales por una buena razón. Es un bello resumen del mensaje de la Escritura que dice que el alma que «desea con ansias los atrios del SEÑOR» (v. 2) puede también encontrar fortaleza en el Señor ahora (v. 5). El sol que alumbrará los cielos nuevos y la tierra nueva ya está alumbrando sobre nosotros (v. 11).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William Boekestein
William Boekestein

El Reverendo William Boekestein es pastor de Immanuel Fellowship Church en Kalamazoo, Michigan. Es autor de varios libros, incluso The Future of Everything [El futuro de todo].

El tiempo y el individuo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Tiempo

El tiempo y el individuo
Por Joe Holland

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

engo que imaginar que estarían aterrorizados; agradecidos, pero aterrorizados. 

El Dios olvidado, revelado a Moisés por medio de un fuego inusual, acababa de poner al ejército más grande del mundo en el fondo del mar mientras abría un camino para que Su pueblo andrajoso se escapara entre dos imponentes muros de agua. ¿Quién era ese Dios? ¿Cómo es Él? ¿Qué requiere de aquellos que son llamados por Su nombre? ¿Podría acaso ese pueblo terminar en el fondo del mar? Estas eran preguntas que probablemente estaban en la mente de los israelitas, estas interrogantes y la emocionante gratitud de ser un pueblo libre por primera vez en su historia.

Dios daría respuestas a estas preguntas, respuestas enmarcadas en Su amor abundante e inquebrantable. Estas respuestas vinieron por medio de esta ley, especialmente los Diez Mandamientos, pacientemente dados en dos ocasiones. En estas leyes, los israelitas encontraron que este Dios, su Dios del pacto, no era caprichoso en lo absoluto. En este simple Decálogo, encontraron un breve resumen de la vida humana según la manera en que Dios había diseñado que se viviera, una respuesta resumida a todas las grandes preguntas de la vida.

La razón por la que inicio aquí, con el Decálogo, es para tener un marco de referencia en nuestro uso del tiempo como individuos, como personas creadas a imagen de Dios (Gn 1:26-27) y como personas que están siendo redimidas a imagen de Dios (Rom 8:29), según el diseño de Dios para el uso del tiempo individual. No lo he mencionado todavía, pero un vistazo rápido a los Diez Mandamientos, usando como filtro el tema del tiempo, nos lleva directamente al final de la primera tabla, al cuarto mandamiento. El cuarto mandamiento dice:

Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, mas el séptimo día es día de reposo para el SEÑOR tu Dios; no harás en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que está contigo. Porque en seis días hizo el SEÑOR los cielos y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, el SEÑOR bendijo el día de reposo y lo santificó (Ex 20:8-11).

En el recuento del Decálogo en Deuteronomio se observa el único cambio de contenido en el cuarto mandamiento, ya que en esta oportunidad el mandamiento se basa en la redención —«Y acuérdate que fuiste esclavo en la tierra de Egipto, y que el SEÑOR tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y brazo extendido; por lo tanto, el SEÑOR tu Dios te ha ordenado que guardes el día de reposo» (Dt 5:15)— a diferencia del énfasis en la creación que vemos en la versión del cuarto mandamiento en Éxodo, un cambio que resalta la experiencia de los esclavos liberados: creados por Dios y redimidos por Dios. Podemos ver, entonces, que el Decálogo habla específicamente de cómo el individuo usa el tiempo y lo hace dentro del marco de la historia redentora, creación por medio de la redención.

El cuarto mandamiento, como los otros mandamientos, comunica tanto en lo que no dice como en lo que dice. Algunos mandamientos equilibran un positivo tácito con un negativo claro: no matarás claramente implica el mandato positivo a proteger la vida. Pero cuando llegamos al cuarto mandamiento, no es un negativo-positivo lo que encontramos, sino un ritmo: descanso y trabajo. En la economía del Antiguo Testamento, el descanso ocurría al final de la semana, un punto muy claro para todo aquel que trabaja arduamente de lunes a sábado. Pero, con la muerte y resurrección de Jesús, el día de reposo cambia, de forma gloriosa y aparentemente incongruente, del último día de la semana al primer día de la semana (Hch 20:71 Co 16:2Ap 1:10). Este cambio en el día de reposo tiene sentido en varios frentes teológicos diferentes, sin mencionar la forma en que la obra redentora de Jesús replantea el tiempo para la Iglesia, pasando de un enfoque en la creación a un enfoque en la redención, o cómo iniciamos nuestras semanas como cristianos desde un lugar de descanso, ya que nuestro Descanso, Jesús, ha venido. Pero este cambio de nuestro calendario semanal es además una especie de cumplimiento del patrón de la creación.

Lo que muchos cristianos pasan por alto en su estudio del Génesis es la forma en la que se definen los días. El estribillo a lo largo del primer capítulo dice: «y fue la tarde y fue la mañana: el… día» (Gn 1:5813192331). El punto a enfatizar es que cada día inicia con la tarde y es seguido por la mañana. Lo que encontramos en el reposo cristiano, y lo que es útil para nuestra consideración del individuo y el tiempo, es que tanto en los días de la creación como en la semana bajo la economía del Nuevo Testamento, el descanso viene antes del trabajo. Un compromiso activo y una planificación para la pasividad preceden a un compromiso activo y una planificación para el trabajo. Esta es la aparente incongruencia del tiempo bajo la provisión de la gracia soberana de Dios.

¿Por qué hemos pasado tanto tiempo en el cuarto mandamiento? La respuesta simple es que antes de considerar el tema de este artículo —el tiempo y el individuo, con un énfasis especial en el descanso y la revitalización personal— debemos reconsiderar la forma en que pensamos acerca del descanso. El estado actual del pensamiento bíblico sobre estos temas es deplorable. El descanso y la revitalización personal no son cosas que ocurren luego de haber trabajado tan duro que no hay otra opción para el uso de nuestro tiempo. No somos máquinas. No cumplimos ciclos de operación. No nos «recargamos». Todos estos puntos de vista sobre el tiempo, el individuo y el descanso impregnan nuestra noción moderna de la productividad. ¿Debemos ser productivos? Absolutamente. Debemos abundar en frutos para el Señor (Jn 15:6). ¿Es la pereza un pecado? Absolutamente (2 Tes 3:10). ¿Pueden el descanso y la revitalización llegar a ser vistos como lujos en vez de mandatos bíblicos? Absolutamente.

Este es el punto que se demuestra en el cuarto mandamiento, el único que habla acerca del tiempo: cuando hablamos acerca del tiempo, especialmente el uso que el individuo hace del tiempo, el énfasis está en el descanso. Este punto se resalta aún más por las dos pruebas que hemos visto. En primer lugar, el mandamiento acerca del tiempo que rige tanto el descanso como el trabajo fiel está formulado de tal manera que hace del descanso —del día de reposo— el énfasis, ya que aparece primero, mientras que el mandato bíblico de una labor diligente sigue al mandato de descansar. En segundo lugar, tanto la definición del día en la creación como la definición de la semana después de la resurrección de Jesús enfatizan que iniciamos períodos de tiempo partiendo de un estado de descanso y luego nos movemos hacia el trabajo: una noche de descanso inicia el día bíblico y un día de descanso inicia la semana bíblica. Este cambio en nuestra visión de cómo invertimos nuestro tiempo personal es tan radical que requiere más que una nueva visión de un mandamiento, de un día y de una semana.

Debería señalar también que este artículo se enfoca en nuestro uso personal del tiempo, tiempo que normalmente queda fuera de nuestra agenda de trabajo, el tiempo en el que estamos inactivos, el tiempo de revitalización. Este tiempo contrasta con nuestras horas de trabajo, sin importar cómo definimos estas horas de trabajo. Mi argumento es que Dios tiene la intención de que comencemos partiendo del descanso y la revitalización y solo entonces procedamos con nuestro trabajo. Para poner en práctica una visión bíblica del tiempo personal, debemos tener una visión correcta de nosotros mismos en referencia a Dios. Comparemos dos puntos de vista.

Al primer punto de vista lo podemos llamar la visión deísta moderna del tiempo. Nuestro cristiano promedio —llamémosle Juan— tiene esta posición. Él ama a Dios, a su iglesia y a su familia. Juan trabaja en finanzas corporativas y tiene la posibilidad de comprar una casa para su familia en los suburbios. Él trabaja sesenta o más horas a la semana durante esta etapa de su carrera profesional, a la que aquellos que trabajan en finanzas le llaman «su mejor momento». Él gana un buen salario, pero le sale muy caro al final del día. Estar exhausto es lo normal. Su familia recibe las sobras, cuando las sobras están disponibles y no están comprometidas a lo que Juan llama su «tiempo personal» en su «cueva masculina». Los sábados los dedica a las actividades deportivas de sus hijos. Las mañanas de los domingos son para la iglesia. Juan no sabe qué hacer los domingos en la tarde. Juan se está desgastando lentamente, pero él no se ha dado cuenta. Sus relaciones en el hogar están sufriendo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que leyó la Biblia y oró por más de veinte segundos antes de quedarse dormido. Le digo a los hombres que discipulo, que este tipo de semana durante todo el año no termina en nada bueno. Juan ha perdido el punto de vista bíblico con respecto al tiempo y el descanso.

En nuestro segundo punto de vista, intentaremos reorientar nuestra visión del tiempo tomando como referencia el cuarto mandamiento, la creación y la redención. Ahora examinemos a Roberto. Él tiene un punto de vista más bíblico sobre el descanso. Roberto también es cristiano y trabaja en la misma oficina que Juan. Sin embargo, aunque Roberto es un trabajador diligente, no pasa tanto tiempo en la oficina. Él no se queda más horas de la cuenta para hacer el trabajo «opcional» en proyectos importantes. De hecho, Roberto cree que un descanso apropiado le permitirá lograr más en el trabajo que trabajar horas extra. Él ve el descanso no solo como un mandato de parte de Dios para él, sino como un regalo de Dios. Gracias a su cuidado en no sobrecargarse de trabajo, Roberto puede ofrecer más de sí mismo a su familia. Su tiempo en las tardes lo dedica a su esposa e hijos. Él no tiene que colapsar en el sofá. Él escoge revitalizarse haciendo actividades en familia. De manera intencional duerme lo suficiente cada noche, ora, lee su Biblia y disfruta la adoración y el tiempo de descanso los domingos. Roberto valora el descanso y el tiempo personal como un regalo de Dios para prepararlo para ser diligente en su trabajo, no como las sobras de su tiempo después de una labor ardua.

En esas descripciones, nos vemos tentados a comparar a Juan y Roberto por sus actividades. Pero esa sería una comparación equivocada. A pesar de que ambos son cristianos genuinos, tienen puntos de vista radicalmente diferentes acerca de la gracia soberana de Dios. La única forma en que puedes priorizar el descanso es creyendo en el control bondadoso y providencial de Dios sobre todas las cosas. Si Dios no está en control, o si Él no es abundantemente bondadoso o no es quien nos asigna nuestras tareas diarias, entonces nuestra protección y éxito futuro dependerá completamente de nosotros. Tenemos que renunciar al descanso, sacrificar el descanso a nuestros ídolos del éxito y la seguridad. Nos colocamos en la posición de asegurar lo que solo Dios puede proveer y, como resultado, no tenemos lugar en nuestra vida para el descanso. Pero cuando empezamos con la gracia soberana de Dios, podemos empezar desde el descanso hacia el trabajo. Cada día empezamos con la noche: nosotros dormimos y Dios está despierto trabajando (Sal 121:3-4); nos despertamos cada mañana para unirnos al Señor en Su labor, involucrarnos en las obras que Él ha preparado de antemano para nosotros (Ef 2:10). Cada semana iniciamos con un día de celebración, un día de inactividad, un día de descanso; iniciamos la semana en el segundo día de la semana proclamando que nuestro Dios es tan fuerte que Él no necesita nuestra ayuda para iniciar cada semana: Él lo logra por Su cuenta.

Empezar partiendo desde el descanso hacia el trabajo, como hemos visto, incluye tanto un punto de vista bíblico del cuarto mandamiento como de la gracia soberana de Dios. De manera práctica, esto significa que nuestro descanso adquiere un sabor diferente, incorporando distintas prácticas, específicamente descanso físico, el descanso de la adoración y el descanso que viene al celebrar entre amigos.

Los cristianos tienen la orden de descansar físicamente. Esta es una gran parte del cuarto mandamiento, del día de reposo y de los días que inician con el sueño. Una parte importante del descanso físico es dormir lo suficiente. Como dice Matthew Walker en su libro Why We Sleep [Por qué dormimos]: «Dormir es la acción más eficaz que podemos hacer para restablecer la salud de nuestro cerebro y nuestro cuerpo cada día». Walker descubrió esto en su investigación científica; los cristianos lo conocemos como una verdad bíblica. Debemos dormir. Dios diseñó nuestro sueño de tal manera que estamos eficazmente paralizados mientras dormimos. El dormir es la forma en que Dios asegura que manejemos el tiempo, el descanso y nuestra propia mortalidad. Una de las cosas más poderosas que puedes hacer físicamente para demostrar tu confianza en el gobierno soberano y bondadoso de Dios es tener una buena noche de descanso (Sal 127:2). Los otros aspectos del descanso físico giran en torno a esta práctica central.

A los cristianos también se les manda a disfrutar el descanso de la adoración. En última instancia, Dios es nuestro descanso (Sal 4:8), Él es nuestro reposo eterno (Heb 4:11). Esta es la forma en que la adoración es un descanso para nuestras almas. Recibimos refrigerio espiritual cuando pasamos tiempo privado en la oración y la lectura de la Biblia. Recibimos un descanso especial cuando adoramos junto a nuestros hermanos y hermanas cada domingo. El cristianismo supera con creces a los bancos en número de días feriados. Nuestro Dios ha ordenado un día feriado cada semana, un día para regocijarnos y descansar en Él.

En tercer lugar, a los cristianos se les ordena experimentar el descanso de la celebración con amigos y familia. La Cena del Señor el domingo es un modelo de celebración que debemos disfrutar a través de la semana, reunidos con amigos y familiares para agradecer a Dios por Su provisión, para cantar y para reír. Cuando los científicos sociales seculares hablan acerca de la importancia de las cenas familiares, solo se hacen eco de la antropología bíblica. Fuimos diseñados para recibir el descanso y el refrigerio que vienen al celebrar y festejar con amigos y familiares.

Así que, hablando de manera práctica, lo mejor que puedes hacer para disfrutar tu tiempo personal es, en primer lugar, deshacerte de los puntos de vista no bíblicos sobre el trabajo, el descanso y el carácter bondadoso de Dios. Luego, enfócate en glorificar a Dios por medio del descanso físico, unas cuantas horas cada día y un día a la semana. Este descanso físico se podrá apreciar especialmente en tu compromiso de dormir lo suficiente. Además, enfócate en tu descanso espiritual, la renovación que viene por medio de la adoración pública y privada al Señor. Por último, enfócate en el descanso que proviene de las relaciones, celebraciones, actividades y fiestas con familiares y amigos, regocijándote con gratitud en el Dios de tu salvación.

Al final, lo que estas prácticas y el cuarto mandamiento nos presentan es un cuadro de la vida de nuestro Señor, Jesús el Cristo. Él obedeció todas las leyes de Dios, incluyendo el cuarto mandamiento, por nosotros y para nuestra salvación. Él vino a hacer la voluntad de Su Padre y confió en el gobierno soberano de Su Padre, aun de camino a la cruz y a través de la misma. Jesús descansó y durmió, a veces tan profundamente que ni una tormenta podía despertarlo (Lc 8:22-25). Jesús comió y celebró con Sus amigos y familiares frecuentemente (Lc 7:34), mientras Él, en Su humanidad, se benefició del refrigerio de Sus amigos (Jn 15:15). Jesús es quien nos invita a seguirle en el uso bíblico de nuestro tiempo personal para el descanso y la revitalización en el servicio a Él y a los demás. Al final, es en Jesús que encontramos nuestro descanso (Mt 11:28).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Joe Holland
Joe Holland

El Rev. Joe Holland es un editor asociado de Ligonier Ministries y un anciano docente en la Presbyterian Church in America.

El tiempo y la vocación

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Tiempo

El tiempo y la vocación
Por Grant R. Castleberry


Nota del editor:
 Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

odos sabemos que el tiempo es un bien preciado. Siempre me ha impresionado la quinta resolución de Jonathan Edwards: «Resuelvo nunca perder ni un momento de mi tiempo, sino perfeccionarlo de la forma más provechosa que pueda». Pablo dijo algo similar en Efesios 5:15-16: «Por tanto, tened cuidado cómo andáis; no como insensatos, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos». Por tanto, como cristianos, debemos preguntarnos: «¿Cómo puedo usar mejor mi tiempo en esta vida para honrar al Señor y avanzar Su reino?».

CREADOS PARA TRABAJAR POR SU GLORIA

Los primeros capítulos de Génesis nos enseñan que Dios nos creó con un propósito específico, que incluye el trabajo. Dios nos creó como portadores de Su imagen para pasar nuestras vidas cumpliendo lo que algunos teólogos denominan el mandato cultural. En Génesis 1:28, Dios manda a Adán y Eva, diciendo: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra». En Génesis 2:15, Dios específicamente pone a Adán en el jardín del Edén para que «lo cultivara y lo cuidara». Aquí vemos tanto el tiempo como el trabajo vinculados juntamente. Adán debía pasar su vida y energía trabajando y protegiendo el jardín.

EL TIEMPO Y LA VOCACIÓN EN UN MUNDO CAÍDO

Sin embargo, cuando Adán y Eva pecaron, este llamado honorable de Dios al trabajo fue puesto bajo maldición. Dios le dijo a Adán en Génesis 3:17-19: «Entonces dijo a Adán: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer y has comido del árbol del cual te ordené, diciendo: “No comerás de él”, maldita será la tierra por tu causa; con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y abrojos te producirá, y comerás de las plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás». Esta maldición significa que nuestro trabajo será difícil. En un mundo caído, lo que tenía la intención de traernos satisfacción y dar gloria a Dios a menudo resulta en pecado y fracaso.

Después de que mi padre muriera en un accidente de avión, mi abuelo, un veterano oficial de la Infantería de Marines y un cristiano sólido, se encargó de enseñarme la disciplina del trabajo duro. Tanto como puedo recordar, yo recogía ramas en su jardín y limpiaba los armarios de almacenamiento en su oficina. Con el tiempo, comencé a apreciar el valor del trabajo duro, pero esto fue algo que tuve que aprender. Al principio, odiaba la idea misma de «trabajar». Esta era mi renuencia caída hacia aquello para lo que Dios me había creado. 

Desgraciadamente, debido a la maldición, la humanidad pecadora está naturalmente inclinada a malgastar el tiempo preciado que Dios nos ha dado. Somos propensos a la pereza o al exceso de trabajo. A veces lo somos a ambas cosas. Descuidamos los roles de padres y madres en los que Dios nos ha puesto. Tomamos malas decisiones que nos hacen perder tiempo valioso. Trabajamos por nuestro propio honor en lugar del de Dios.

LA REDENCIÓN DEL TIEMPO Y LA VOCACIÓN

Recuerdo exactamente dónde estaba cuando escuché por primera vez una simple frase en latín que cambiaría mi vida. Yo era oficial del Cuerpo de Marines con un poco más de veinte años y trotaba en el malecón de la estación aérea del Cuerpo de Marines en Iwakuni, Japón. Estaba escuchando la primera conferencia del Dr. R.C. Sproul acerca de la santidad de Dios. Recuerdo haber escuchado sobre la asombrosa realidad de la «otredad de Dios», un Dios que es santo, perfecto y digno de ser honrado. Me quedé aún más paralizado por la frase en latín que el Dr. Sproul introdujo al final de la conferencia: coram Deo. Significa «ante el rostro de Dios». El término habla sobre cómo los creyentes, a través de nuestra unión con Cristo y Su Espíritu que mora en nosotros, vivimos ahora nuestras vidas completamente en Su santa presencia.

El conocimiento de esta «vida coram Deo» cambió todo para mí. Mi servicio como un oficial de los marines, como un miembro de la iglesia y como un estudiante de seminario no eran medios temporales para un fin. Mi trabajo tenía un significado eterno. Ahora trabajaba para la gloria de Dios y lo hacía en la presencia de Dios a través de Su Espíritu Santo (Jn 14:20).

Este es exactamente el mismo descubrimiento al que llegó Martín Lutero como resultado de su entendimiento de la doctrina de la justificación por la fe sola. En la época de la Reforma protestante, la Iglesia católica romana enseñaba que la mayoría de las vocaciones eran «seculares» mientras que las vocaciones «sagradas» solo se encontraban en la Iglesia. Lutero comprendió que la doctrina bíblica de la justificación demolía esta distinción. El trabajo de todo cristiano debe hacerse «de corazón, como para el Señor y no para los hombres», y «es a Cristo el Señor a quien [servimos]» porque todo cristiano vive ahora en la presencia de Dios (Col 3:23-24).

LA TRANSFORMACIÓN DEL TIEMPO Y LA VOCACIÓN

Este descubrimiento del coram Deo nos impulsa a pensar en nuestro tiempo y trabajo de una forma diferente. Estamos, como dijo Juan Calvino, viviendo nuestras vidas en el gran «teatro de Dios».

Los roles en los que Dios nos ha colocado no son simples trabajos sino llamados providenciales. La palabra vocación literalmente proviene del verbo en latín que significa «llamar». Una vocación es una tarea o papel que Dios providencialmente nos ha llamado a realizar en esta tierra.

Algunas vocaciones en las que servimos —ya sea como pintor, dentista, obrero de construcción, enfermera, periodista o gobernador— se realizan para el honor de Dios y el beneficio de la cultura en general. Otras vocaciones tienen lugar en nuestra vida familiar a medida que vivimos nuestros llamados como hijo, hija, madre, padre, esposa, esposo, o abuelo. Estas vocaciones familiares son de vital importancia y sirven como la base de una iglesia vibrante y una cultura floreciente.

Además, como cristianos, estamos llamados a responsabilidades únicas dadas por Dios. Todo cristiano es llamado por Dios para ser uno de Sus hijos (Jn 1:12Rom 8:14). Todo cristiano es llamado a ser parte del glorioso cuerpo de Cristo y a ejercitar sus dones espirituales para la edificación del cuerpo en una iglesia local (Rom 12:3-8Ef 4:1-16). Todo cristiano es llamado a caminar en comunión con otros creyentes para que podamos estimularnos unos a otros hacia la piedad (Heb 10:24-25). Además, Pedro nos recuerda en 1 Pedro 1:15-16 que esta vida cristiana a la que Dios nos ha llamado tiene dimensiones éticas: «como aquel que os llamó es santo, así también sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo». Obviamente, estos llamados de Dios afectan la forma en que vemos nuestro tiempo y el trabajo que llevamos a cabo a lo largo de nuestra vida.

PRINCIPIOS BÍBLICOS PRÁCTICOS PARA EL TIEMPO Y LA VOCACIÓN

Quisiera terminar apuntando a algunos principios prácticos que la Palabra de Dios nos da al llevar a cabo nuestras vocaciones para «redimir el tiempo» mientras vivimos coram Deo:

  1. Integridad y excelencia. Todo cristiano debe esforzarse por alcanzar integridad y excelencia en todo lo que hace para que brillemos para Cristo como «luces» resplandecientes en este mundo oscuro (Mt 5:14).
  2. Disciplina y productividad. Debemos disciplinarnos para producir un trabajo de calidad para la gloria de Dios (1 Cor 10:31). En un mundo distraído, esto a menudo significará dejar de lado el teléfono durante períodos largos de tiempo para concentrarnos en las tareas que tenemos a mano y en las personas a las que estamos llamados a servir. Como se nos recuerda en Eclesiastés 9:10: «Todo lo que tu mano halle para hacer, hazlo según tus fuerzas». 
  3. Priorización y delegación. A medida que nos enfrentamos a los plazos y a las responsabilidades inminentes, tenemos la oportunidad de priorizar qué tareas completar y qué tareas delegar a otros. En nuestras debilidades, tenemos la oportunidad de empoderar a otros, como Jetro enseñó a Moisés cuando lo vio abrumado con sus responsabilidades en el desierto (Ex 18:1-27).
  4. Iniciativa y juicio. Gran parte de nuestro éxito depende de la buena iniciativa y el buen juicio. Cuando Nehemías vio que el muro de Jerusalén seguía derribado, tomó la iniciativa de reconstruirlo (Neh 2:17-18). También ejerció buen juicio en la forma en que se acercó al rey Artajerjes con respecto al problema (Neh 2:4-8). Como creyentes, debemos buscar al Señor en oración y buscar consejo sabio en todas nuestras decisiones (Pr 15:22).
  5. Descanso y ritmos. El sueño es una dependencia literal de Dios. Podemos dormir tranquilamente porque Dios nunca lo hace (Sal 121:4). A través del sueño, Dios nos capacita para las tareas y el trabajo que nos tiene reservado para mañana. Además, Dios ha ordenado que uno de cada siete días sea un día de descanso sabático, un día dedicado al Señor (Ex 20:8-11). Al descansar en el día del Señor, estamos confesando que Dios es Dios y que nosotros no lo somos y que nuestro trabajo depende enteramente de Su provisión (Sal 127:1).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Grant R. Castleberry
Grant R. Castleberry

El reverendo Grant R. Castleberry es pastor de discipulado en Providence Church en Frisco, TX., y está cursando su doctorado en historia de la iglesia y teología sistemática en el The Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, KY.

El tiempo y las relaciones

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Tiempo

El tiempo y las relaciones
Por Jason Helopoulos

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

Mientras escribo este artículo en mi salón de estudio, estoy viendo una foto que cuelga en la pared sobre mi escritorio. La foto mira hacia abajo sobre todo lo que hago. Mi esposa tomó esta foto, la amplió y la colocó en un bonito marco de roble. Recuerdo el día en que le pedí que tomara esa foto. Vivíamos en Dallas y el sol brillaba, como siempre lo hace en las tardes de Dallas. Disfrutamos de un sábado de exploración mientras paseábamos por la ciudad con su nueva cámara en mano. Simplemente le acompañé en el paseo, sirviendo como su asistente.

Mientras caminábamos por una calle, vi un campanario en una iglesia grande. El capitel se elevaba en el aire y dominaba en el cielo, imponiéndose sobre todo lo que estaba debajo. Un reloj adornaba la parte superior del campanario y en la cara del reloj habían tres palabras en letras negras. A petición mía, mi esposa tomó una foto de la cara del reloj: esa es la foto que está encima de mi escritorio. Los números del reloj son números romanos; la manecilla corta apunta al número cuatro y la manecilla larga muestra algunos tics más allá del número doce. Las tres palabras en la cara del reloj resaltadas en negritas son simples: la noche viene. Son tomadas del Evangelio de Juan. Jesús le dice a Sus discípulos: «Nosotros debemos hacer las obras del que me envió mientras es de día; la noche viene cuando nadie puede trabajar» (Jn 9:4). La noche viene. Esa foto se encuentra encima de mi escritorio como un recordatorio: «Aprovecha el tiempo al máximo, Jason, porque la noche viene cuando terminará tu tiempo de hacer obra alguna para el reino».

Este principio resulta necesario para los cristianos en nuestro trabajo, nuestro descanso, nuestro juego e incluso en nuestras relaciones. Queremos hacer el mejor uso de nuestro tiempo, porque la noche viene cuando ya no se podrá hacer más por el bien del reino en esta vida. ¿Has pensado sobre esto con respecto a tus relaciones con los demás?

Como individuos limitados por el tiempo, nos involucramos en relaciones con otros individuos limitados por el tiempo. Tenemos solo una cantidad limitada de años, días, horas y minutos para invertirlos en las vidas de otros. Y vale la pena invertir en ellos. Muchas de las cosas en las que gastamos nuestras energías y tiempo desaparecen y no duran, pero la gente sí. Por lo tanto, resulta importante considerar el uso de nuestro tiempo en estas relaciones. Lo sabemos. ¿Con cuánta frecuencia un padre o una madre joven ha escuchado a una persona mayor decirle «atesora esos años con tu hijo; pasan demasiado rápido»? ¿Con cuánta frecuencia nos vienen a la mente los seres queridos que hemos perdido? Y pensamos en si tan solo hubiéramos tenido tiempo para una breve conversación más con ellos.

Al considerar el buen uso del tiempo en nuestras relaciones con los demás, es provechoso pensar detenidamente en la cuadrícula de cantidad y calidad de tiempo. Algunos defienden la cantidad de tiempo en oposición al tiempo de calidad en nuestras relaciones. Otros abogan por la calidad sobre la cantidad. Sin embargo, ambas son importantes.

La cantidad de tiempo con los demás importa. Primero, muestra lo que amamos. Un adolescente jugará con la pelota de baloncesto durante horas hasta que la luz del sol desaparezca porque ama el juego. Un aprendiz dedicará años a aprender un oficio. Un abogado analizará los libros minuciosamente por días para conseguir información sobre su escrito legal. Dedicamos tiempo a lo que creemos que es importante.

Si un esposo llega del trabajo a la casa cada noche, se sienta frente al televisor y solo encuentra un minuto aquí o allá entre los comerciales para hablar con su esposa, no importa cuánto diga que la ama, sus acciones demuestran algo más. Ella lo siente y lo sabe. Pasamos tiempo como sea que podamos con aquellos que amamos. Las circunstancias no siempre lo permiten. Pero a medida que la vida nos brinda la oportunidad, la aprovechamos. 

En segundo lugar, pasamos mucho tiempo con aquellos a quienes deseamos influir, moldear o impactar. La primera iglesia en la que tuve el honor de trabajar fue una iglesia de tamaño mediano en una zona rural de Carolina del Norte. Como ha sido mi práctica en todas las iglesias en las que he asistido o servido, pasé los primeros seis meses buscando a los miembros más viejos de la congregación. Encuentro que hay pocas cosas más importantes que conocer la historia de la iglesia a la que perteneces. El pasado informa el presente.

En mis conversaciones, siempre escuchaba un nombre en particular: Simón. Cada persona mayor de la congregación parecía incapaz de contar la historia de la iglesia sin mencionar el nombre de Simón. Al principio, pensé que debía haber sido uno de los primeros pastores. Sin embargo, ese no fue el caso. Todos decían lo mismo de Simón: era pequeño de estatura, marcado por un comportamiento humilde, siempre se mostraba reacio a hablar en público, servía entre bastidores y era considerado un laico muy «ordinario».

Sin embargo, Simón tuvo un impacto duradero en la vida de la iglesia. ¿Cómo? Los domingos, Simón invitaba a hombres jóvenes de la iglesia para caminatas vespertinas en el día del Señor. Mientras caminaban por el bosque, les hablaba sobre árboles, plantas, aves y Cristo. Cada domingo pasaban horas y horas de esta manera. No había una agenda semanal en particular, ni planes ni predicación; simplemente un hombre mayor que pasaba gran cantidad de tiempo con hombres jóvenes, proveyendo al Señor la oportunidad de obrar en Sus formas aparentemente simples para fines profundos. Al considerar a los ancianos de esta iglesia ahora, unos cuarenta años más tarde, casi dos tercios de ellos apuntaron al tiempo que pasaron con Simón los domingos por la tarde como la mayor influencia espiritual moldeadora en sus vidas. Las vidas que interactúan juntas se impactan mutuamente y eso a menudo toma tiempo.

Ciertamente es instructivo que el Señor Jesús pasara tres años con los discípulos antes de Su crucifixión. Él pudo simplemente haberlos llamado en las pocas semanas o en los últimos días previos a Su entrada triunfal a Jerusalén. Pero se requería algo más. Los minutos, horas, días, meses y años que los discípulos pasaron con el Señor Jesús los instruyeron en todo lo que debían hacer. Los instruyó, no solo con Sus palabras sino con Su vida, y eso tomó tiempo.

El tiempo de calidad también resulta esencial para las relaciones significativas. La intencionalidad importa. Pasar horas en el gimnasio sentado en un banco de entrenamiento y mirando tu teléfono no producirá aptitud física sino flacidez. La cantidad de tiempo mengua sin la calidad requerida. Como cristianos, reconocemos que nuestra cantidad de tiempo es limitada para servir al Señor productivamente. Queremos más relaciones saludables que relaciones flácidas porque la noche viene. Por lo tanto, queremos tanto calidad como cantidad de tiempo en nuestras relaciones.

Con los incrédulos, deseamos y apuntamos a que esas relaciones se muevan hacia una conversación espiritual. Apreciamos a los demás como portadores de la imagen de Dios, por lo que nuestra relación con ellos está dirigida a algo más que disfrutar de buena comida y unas cuantas risas. Buscar y aprovechar oportunidades para su bien eterno da forma a nuestras interacciones. Y francamente, no sabemos si tenemos un mañana, y ellos mucho menos. Por lo tanto, buscamos ser intencionales en comunicarles la belleza y gloria del evangelio y la oferta gratuita de salvación.

Con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, deseamos que el Señor nos use para animarlos a crecer a imagen de Cristo, aun cuando creemos que ellos están en nuestras vidas para moldearnos a nosotros a imagen de Cristo. Por lo tanto, las conversaciones no pueden quedarse siempre en un nivel superficial. Queremos poner nuestras mentes juntas en las cosas celestiales. Queremos hablar sobre las cosas de Dios, orar juntos y estudiar juntos la verdad de Dios. Hemos sido salvos no solamente para Cristo, sino también los unos para los otros. Y la forma en que enfocamos nuestras relaciones con los hermanos y hermanas en Cristo habla de cuán seriamente creemos en esa verdad.

Con nuestra familia, deseamos ver a Cristo exaltado en nuestros hogares y en nuestra vida en común. Creemos que una familia cristiana significa más que simplemente colocar una placa en nuestro hogar que diga «pero yo y mi casa, serviremos al SEÑOR» (Jos 24:15). Tener lemas está bien; pero vivirlos es mejor. Nuestro objetivo es ver a Cristo como el centro de nuestra vida familiar. Eso significa que para nosotros algunos momentos son más valiosos que otros. Los tiempos de calidad pasados en adoración familiar, hablando de la vida desde una perspectiva cristiana, orando juntos antes de dormir, sirviendo a otros en el cuerpo de Cristo y asistiendo a la adoración corporativa son momentos que atesoramos. 

Y mientras buscamos vivir de manera significativa con otros, tanto en cantidad como en calidad de tiempo, confiamos y esperamos en que el Señor obrará. La parábola de la semilla en Marcos 4:26-29 es un recordatorio provechoso sobre nuestras relaciones. El tiempo bien invertido con los demás nunca es una pérdida. No siempre podemos ver de inmediato lo que produce el tiempo invertido, pero esa es parte de la gloria de la obra del Espíritu. El granjero va al campo, esparce las semillas en el suelo y se va a dormir. Esa es su tarea. Si está buscando gratificación inmediata por el arduo trabajo de un día, no encontrará ninguna. Pero cuando el agricultor se acuesta a dormir, el Señor obra. Esto es a menudo lo que ocurre en nuestras relaciones con los demás. Con el tiempo, el Señor obra poderosamente. Las horas interminables o los minutos invertidos en relaciones con los demás producen una cosecha «mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Ef 3:20). Si el agricultor se va a la cama desanimado esa noche por no ver una cosecha, sería un tonto. No es así como funciona la agricultura. Y tampoco es así como funcionan las relaciones. Ellas merecen el tiempo, tanto cuantitativa como cualitativamente. Invirtamos correctamente y luego descansemos. El Señor está obrando. Podemos confiar en eso. Usemos nuestro tiempo sabiamente en las relaciones con los demás porque la noche viene.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jason Helopoulos
Jason Helopoulos

El Rev. Jason Helopoulos es el pastor principal de la University Reformed Church (PCA), en East Lansing, Michigan. Es autor de The New Pastor’s Handbook [Manual del pastor nuevo] y A Neglected Grace: Family Worship in the Christian Home [Una gracia descuidada: la adoración familiar en el hogar cristiano].

¿Qué es el tiempo?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Tiempo

¿Qué es el tiempo?
Por Thomas Brewer

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

«¿Qué hora es?». En ocasiones, algún desconocido me hace esa pregunta. Es fácil de contestar. Solo miro mi teléfono o reloj y le digo la hora. Pero nunca algún extraño me ha preguntado «¿Qué es el tiempo en sí?». Esa es una pregunta mucho más compleja de responder. Por un lado, sabemos lo que es el tiempo, porque lo usamos cada día. Iniciamos nuestro día con una alarma que suena, revisamos el reloj durante todo el día para asegurarnos que estamos en horario y nos vamos a la cama con la esperanza de dormir por varias horas. También sabemos que el tiempo tiene un efecto acumulativo. Los hijos crecen y se vuelven adultos. Las relaciones cambian. Las temporadas pasan.

Por otro lado, es difícil saber con exactitud lo que es el tiempo. Sabemos que implica medidas, pero no en unidades espaciales como pulgadas o centímetros, sino en unidades temporales como segundos y días. Sin embargo, no podemos definir el tiempo simplemente por cómo lo medimos. Si lo hiciéramos, sería como definir un pastel de cumpleaños simplemente por sus ingredientes: cantidad de mantequilla, huevos, azúcar y harina. No obstante, la idea de medición debe ser parte de la definición, porque de lo contrario no seríamos capaces de hablar del tiempo de forma coherente. Entonces, además del tiempo ser algo que se mide, podríamos decir que el tiempo procede de eventos que ocurren uno tras otro. Experimentamos la vida momento a momento, no todos a la vez. Así que, en aras de definir las cosas, podemos decir que el tiempo es una dimensión «no espacial» que medimos por momentos sucesivos. 

Es extraño pensar sobre el tiempo de manera tan abstracta, pero se vuelve aún más extraño cuando pensamos en cómo esa definición tan simple no encapsula todo sobre el tiempo. Por ejemplo, a veces puede parecer que el tiempo se acelera, se frena o hasta se detiene. ¿Cómo se explica esto? Agustín de Hipona fue uno de los primeros pensadores que consideró el misterio del tiempo: 

¿A qué nos referimos con más familiaridad y conocimiento que al tiempo? Ciertamente lo entendemos cuando hablamos sobre ello; lo entendemos también cuando lo oímos descrito por otro. Entonces, ¿qué es el tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a una persona que me pregunte, no lo sé.

Como Agustín, no podemos comprender el tiempo por completo. Sin embargo, sabemos que somos criaturas hechas para existir en y a través del tiempo. Ni siquiera podemos imaginar lo que significa ser estrictamente atemporal.

EL CREADOR DEL TIEMPO

Con todo, existe Uno que es atemporal: Dios. «Desde la eternidad y hasta la eternidad, tú eres Dios» (Sal 90:2). Dios hizo el universo y así creó el tiempo. «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1:1). Pero ¿existió «un tiempo» antes de que Dios creara el tiempo? Agustín también pensó sobre esa pregunta:

No precediste al tiempo en ningún tiempo, porque entonces no precederías a todos los tiempos. Pero en la excelencia de una eternidad siempre presente, Tú precedes a todos los tiempos pasados y sobrevives a todos los tiempos futuros, porque son futuros, y cuando hayan ocurrido, serán pasados; pero «Tú eres el mismo, y tus años no tendrán fin».

Según Agustín, Dios precede el tiempo por Su «eternidad siempre presente», porque Él es el Creador mismo del tiempo. Estar en un siempre presente es existir en una condición tal que todos los tiempos son igualmente presentes. Es cierto que, al describir cosas como estas, somos un poco como los peces especulando sobre caminar en la luna. La misma frase «siempre presente» muestra las limitaciones de nuestro lenguaje. Siempre presente son palabras que derivan su significado del tiempo para describir a Uno que es estrictamente atemporal. Los teólogos a lo largo de los siglos han descrito Su atemporalidad como la eternidad de Dios. Es un concepto difícil de comprender dada nuestra naturaleza como criaturas limitadas por el tiempo.

Sin embargo, en la Escritura vemos al Dios eterno operando en y a través del tiempo. Opera de una forma medible, momento a momento, desde las primeras páginas del Génesis. Por ejemplo, crea el mundo en seis días, un día tras otro. Establece el sol, la luna y las estrellas en el cuarto día para ayudar a medir el tiempo: «y sean para señales y para estaciones y para días y para años» (Gn 1:14). Dios pondera y habla en momentos consecutivos, y Sus palabras se suceden una tras otra: «Hagamos al hombre a nuestra imagen» (v. 26). Termina y dice que todo es «bueno en gran manera» (v. 31).

El TIEMPO ES BUENO

Al llamar a todo bueno en gran manera, Dios estaba llamando bueno al tiempo mismo. Fuimos, como Adán, hechos para existir en y a través del tiempo. Dios creó a Adán para pensar, hablar y madurar en el tiempo. Adán experimentó comunión con Dios en el tiempo y Dios condescendió a la limitación temporal de Adán al estar con él en tiempos específicos. Parte del gozo de Adán al experimentar la vida fue el experimentar el tiempo: Dios le llevó animales a Adán para ver cómo los llamaría (v. 19); Adán anheló una pareja y Dios le dio a Eva (vv. 20-23). Adán comió frutas, habló con Dios y exploró el jardín.

El tiempo, al principio, fue una bendición. Fue el escenario en el que Adán y Eva maduraron y experimentaron la plenitud de vida que Dios les había dado. Pero luego, cayeron en pecado. Desobedecieron la Palabra de Dios. Como resultado, Dios maldijo la tierra. Multiplicó el dolor de Eva al tener hijos. Les recordó la consecuencia de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal: la muerte (Gn 3). Y así, eventualmente regresaron al polvo: «El total de los días que Adán vivió fue de novecientos treinta años, y murió» (5:5). 

EL TIEMPO ES CORTO

Tal vez notaste que en la narración de la caída Dios nunca maldijo al tiempo. El tiempo no es malo. Entonces ¿cómo se explica nuestra ansiedad, frustración y exasperación a lo largo del tiempo? ¿Cómo la caída afectó al tiempo? Bueno, por un lado, como cualquier cosa buena que Dios nos ha dado, a menudo usamos mal el tiempo. En nuestro pecado, tratamos al tiempo con pereza, o tratamos de acapararlo, o gastamos el tiempo haciendo cosas que no deberíamos. Pero lo más significativo es que la muerte acorta nuestro tiempo poniendo fecha de caducidad a nuestra vida. Nuestro tiempo, como el de Adán, se va a acabar. Experimentamos que el tiempo se acaba incluso cuando todavía estamos vivos. Por ejemplo, solo tenemos un tiempo limitado para obtener una educación. Tenemos un tiempo limitado para encontrar un cónyuge, comprar una casa, tener hijos, pasar tiempo con ellos, ahorrar para la jubilación, pasar tiempo con nuestros seres queridos antes de que mueran. Podemos hacer una cantidad de cosas y pasar una cantidad de tiempo con un número limitado de personas antes de que nosotros también muramos. No podemos hacer que las alegrías de la vida duren para siempre. Corren por nuestros dedos como la arena. «El total de los días que Adán vivió fue de novecientos treinta años, y murió… El total de los días de Set fue de novecientos doce años, y murió… El total de los días de Enós fue de novecientos cinco años, y murió…», y así continúa, desde Génesis 5 hasta el día de hoy.

EL TIEMPO REDIMIDO

Gracias a Dios, el patrón bíblico de la muerte se rompe en el Nuevo Testamento. Mateo comienza con una genealogía que conduce hasta Jesucristo, el Hijo de Dios. Dios se encarnó y vivió entre nosotros. El Dios atemporal entró en el tiempo. Y Jesucristo no solo vivió; Él murió. Podríamos decir: «El total de los días de Jesús fue de treinta y tres años, y murió…». Sin embargo, Su tiempo fue acortado de una manera distinta a la de los demás. Jesús fue el único hombre perfecto que jamás haya vivido y merecía la vida eterna. Murió por Su propia voluntad —sacrificialmente— para tomar el castigo de la muerte sobre Sí mismo por nuestro bien. Aunque Su vida humana fue acortada, resucitó para vida eterna. Jesús promete esta vida eterna a los que ponen su fe en Él (Jn 3:16).

Al depositar nuestra confianza en Jesús, recibimos la vida para la que fuimos hechos originalmente: pasar un tiempo interminable morando con Dios. Aunque podemos morir si Jesús no regresa durante nuestra vida, no obstante resucitaremos. En los cielos nuevos y tierra nueva, comeremos del árbol de la vida (Ap 22). Esta es una imagen invertida de Adán y Eva en el jardín de Edén antes de la caída (Gn 2). Ellos comieron del árbol de la vida y esperaban seguir viviendo interminablemente. La historia bíblica completa así el círculo.

Entonces, nosotros los cristianos no esperamos escapar del tiempo. Más bien, anhelamos la plenitud del tiempo —una cantidad abundante y desbordante de tiempo para estar completamente vivos— para glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Experimentamos un anticipo de esa plenitud del tiempo incluso ahora mientras buscamos redimir el tiempo, sabiendo que esta vida no es el final. Pero experimentaremos la verdadera plenitud del tiempo en los cielos nuevos y la tierra nueva cuando habitemos en la presencia de Dios para siempre, donde nuestro Dios atemporal nos impartirá una vida que nunca volverá a ser acortada.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Brewer
Thomas Brewer

Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.

Dios es con nosotros

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Tiempo

Dios es con nosotros
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Tiempo

odos tenemos estaciones, épocas del año, días de la semana y momentos del día favoritos. Algunas personas prefieren la oscuridad de la madrugada antes de que salga el sol. Otros disfrutan la tranquilidad del atardecer mientras se pone el sol. En lo personal, me gustan todas las estaciones y épocas del año. Siempre he disfrutado despertar los lunes en la mañana con una semana cargada de trabajo porque me gusta lo que hago. Como me levanto temprano, disfruto el silencio y la anticipación del día que está por iniciar. Sin embargo, mi momento favorito es el atardecer, cuando tengo la oportunidad de regresar a casa con mi amada esposa y mis hijos, y por la gracia de Dios, he podido terminar un día más y, por lo tanto, estoy más cerca de mi hogar celestial. Quizás, por esa razón parcialmente, uno de mis himnos favoritos ha sido por mucho tiempo el himno del siglo diecinueve, «Conmigo sé» [Abide with me] escrito por Henry Francis Lyte (1793-1847).

Durante una gran parte de su vida, Lyte sufrió de una salud pobre y regularmente salía de Inglaterra en busca de alivio. Eventualmente desarrolló tuberculosis y murió a la edad de cincuenta y cuatro años. Su hija recuenta las circunstancias en las que Lyte escribió «Conmigo Sé»: «El verano estaba por terminar, y llegaba el mes de septiembre, ese mes en el que una vez más tendría que salir de su tierra natal, y cada día parecía tener un valor especial por ser un día más cercano a su partida». No es de extrañar, entonces, que el primer y segundo verso del himno dicen: «Señor Jesús, el día ya se fue, la noche cierra, oh conmigo sé, sin otro amparo Tú, por compasión, al desvalido da consolación. Veloz el día nuestro huyendo va, su gloria, sus ensueños pasan ya; mudanza y muerte veo en derredor: conmigo sé, bendito Salvador».

Todos hemos sufrido en esta vida. Algunos hemos sufrido mucho. Sin embargo, como el himno nos recuerda, nuestro Señor está con nosotros en cada temporada de nuestras vidas. La gente nos fallará; las comodidades se desvanecerán, el cambio y la decadencia continuarán en nuestro alrededor y en nosotros; pero nuestro Dios no cambia. Él es nuestro Dios infinito, eterno e inmutable y vivimos delante de Su rostro, coram Deo, cada día, descansando en la gloriosa verdad de que nuestro Dios, al justificarnos y unirnos con Cristo, permanece con nosotros por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros. Por lo tanto, podemos descansar en que tanto en los momentos que más disfrutamos como en las temporadas más difíciles, el Dios eterno que creó el tiempo, que es soberano sobre el tiempo y que obra a tiempo, está con nosotros y nunca nos dejará ni nos desamparará.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.