Las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor

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Serie: Las parábolas de Jesús

Las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor

Por Thomas Keene 

Probablemente estas parábolas son dos de las más sencillas y, sin duda, son de las más cortas; pero aún así, el impacto que transmiten supera grandemente la cantidad de sus palabras. ¿Por qué han resultado ser tan memorables? Porque hacen uso de la imaginación que Dios nos ha dado. No necesitas un título avanzado en teología para poder entender lo que está sucediendo aquí. Al contrario, si alguna vez has buscado a Narnia en tu patio, o si has desempolvado un rincón abandonado en tu ático con la esperanza de encontrar un objeto antiguo que ha estado perdido por mucho tiempo, o si simplemente te has hecho la pregunta: «¿Habrá una mejor manera en que podamos hacer esto?», entonces estás bien equipado para entender lo que Jesús quiere comunicar. Él quiere que nuestra mente se cuestione: «¿Qué haría yo si encontrara lo imposible?». Entonces nos recuerda que ya lo hemos encontrado: el Reino de los cielos.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Estas parábolas son muy cautivadoras porque todos hemos experimentado «la búsqueda». Quizás ha sido la búsqueda de un objeto valioso que hemos perdido; o cuando buscamos la manera de pagar la universidad; o cuando tratamos de encontrar la manera de preparar a la perfección aquella imposible taza de café; en cualquiera de estos casos, sabes bien lo que significa buscar algo. Esa experiencia humana universal de buscar y descubrir provee el escenario y el punto de partida metafórico para estas dos parábolas. Ahora, imagina que tu búsqueda resultó en un descubrimiento tan glorioso que impacta vidas; ya que, afortunadamente, estas parábolas no muestran un mundo en el que la búsqueda pueda resultar infructuosa. Todo lo contrario, el descubrimiento es inesperadamente glorioso. Eso es lo que Jesús nos está llamando a imaginar y a considerar aquí: ¿qué harías si tu búsqueda resulta ser un hallazgo verdaderamente trascendental?

¿Sacrificaríamos todos los bienes del mundo para obtener algo infinitamente mejor?

Tal pregunta nos lleva al punto principal de estas parábolas. Aunque el escenario metafórico es la búsqueda y el descubrimiento sorprendente, el énfasis principal recae en el costo. Analiza la parábola del tesoro. En el mundo antiguo la posibilidad de encontrar un tesoro enterrado en un campo era escasa, pero no del todo exagerada. Dada la falta de cajas de seguridad y sistemas de alarma, el lugar más seguro para la posesión más preciada ciertamente podía ser «debajo del colchón». Sin embargo, Jesús no está muy interesado en los detalles. Su atención y énfasis están en el precio que nuestro buscador de tesoros está dispuesto a pagar. Y la enseñanza de Jesús aquí es tan sorprendente como sencilla. Obtener el tesoro le cuesta todo al hombre, y ni siquiera se detiene a hacer las cuentas. Actúa por impulso, conmovido y motivado por la energía de su «alegría» (Mt 13:44). La belleza y la gloria del Reino son tales que quien lo encuentra y sabe lo que ha encontrado reacciona con alegría instintiva, sacrificándolo todo sin contarlo como pérdida con tal de obtener lo imposible.

La parábola de la perla de gran valor es aún más sorprendente y desafiante en este sentido. A simple vista, podría parecer que no sucede mucho en la segunda parábola que no haya sido expresado con mayor claridad en la primera. En ambas, el buscador vende todo lo que tiene para obtener el premio, pero parece haber un pequeño giro en la parábola de la perla. Hay un acto irracional de parte del mercader que merece nuestra atención. En este caso, el mercader no lo vende todo para obtener algo de mayor valor, como ocurrió en la parábola anterior. Por el contrario, el mercader lo vende todo, incluyendo (presumiblemente) su inventario completo de perlas, para comprar una sola perla. Eso no es un buen negocio. Sus acciones demuestran que él no está en el negocio de las perlas por ganar dinero, sino por las perlas en sí, y ahora ha encontrado «La Perla». Este hombre no es realmente un mercader, sino un coleccionista de perlas, y poseer esta perla es poseer la única perla que tiene verdadera importancia. ¿Por qué el mercader vendió todo (¿hasta su casa?) para convertirse en el dueño de una sola perla? Por amor a esta perla. Una vez más, por el gozo que le daba. Ese es el giro de la segunda parábola. Irónicamente, el mercader parece estar menos motivado por ganancias económicas que el hombre del campo, ya que el mercader lo sacrifica todo, no por la esperanza de obtener mayores ingresos, sino por el simple gozo de poseer la perla.

Por lo tanto, estas parábolas nos invitan a considerar nuestro amor por el Reino. A través del tesoro, Jesús nos reta a revaluar lo que valoramos. ¿Estamos juzgando correctamente cuando se trata de las cosas de este mundo y del venidero? ¿Sacrificaríamos todos los bienes del mundo para obtener algo infinitamente mejor? Luego, con la perla, nos hace una pregunta aún más difícil: ¿es ese sacrificio verdaderamente por puro amor al Reino? El tesoro examina nuestra visión y nuestros valores: ¿consideramos que el Reino es mejor? Pero la perla examina aún más profundo penetrando en nuestro corazón y voluntad: ¿consideramos que el Reino lo es todo

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Keene
Thomas Keene

El Dr. Thomas Keene es profesor asociado de Nuevo Testamento y decano académico en el Reformed Theological Seminary en Washington, D.C.

La historia de la Reforma

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La historia de la Reforma

Por R.C. Sproul

«Un vertedero de herejías». Este fue el juicio pronunciado por el santo emperador romano Carlos V el 26 de mayo de 1521, poco después de que Martín Lutero compareciera en la Dieta de Worms.  

Anteriormente, en la bula Exsurge Domine, el papa León X describió a Lutero como un cerdo salvaje, suelto en la viña de Cristo y como un hereje terco, escandaloso y condenado. El 4 de mayo de 1521, Lutero fue «secuestrado» por unos amigos y llevado al castillo de Wartburg, donde lo mantuvieron escondido y disfrazado de caballero. Allí Lutero asumió de inmediato la tarea de traducir la Biblia a la lengua vernácula.  

La Reforma se describe frecuentemente como un movimiento que giraba en torno a dos cuestiones fundamentales. La llamada causa «material» fue el debate sobre la sola fide («justificación por la fe sola»). La causa «formal» fue sobre la sola Scriptura, es decir, que la Biblia, esto es, la Biblia sola, tiene la autoridad para atar la conciencia del creyente. Los reformadores respetaron la tradición de la Iglesia, pero no la consideraron una fuente normativa de revelación. La «protesta» del protestantismo fue más allá del tema de la justificación por la fe sola, desafiando muchos dogmas que surgieron en Roma, especialmente durante la Edad Media.  

La Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia.

En poco tiempo, la Reforma se expandió por toda Alemania, pero no se detuvo allí. Gracias a la traducción de la Biblia en otras naciones, llegó a Escocia, Inglaterra, Suiza, Hungría, Holanda y a los hugonotes en Francia. Ulrico Zuinglio dirigió el movimiento de la Reforma en Suiza, John Knox en Escocia y Juan Calvino entre los protestantes franceses. 

En 1534, Calvino dio un discurso llamando a la Iglesia a regresar al evangelio puro del Nuevo Testamento. Su discurso fue quemado y Calvino huyó de París a Ginebra. Se disfrazó de viñador y escapó de la ciudad en una canasta. Durante el año siguiente, más de dos decenas de protestantes fueron quemados vivos en Francia. Esto llevó a que Calvino escribiera la Institución de la religión cristiana, la cual fue dirigida al rey de Francia. El contenido de la Institución se convirtió en la teología dominante para la expansión internacional de la Reforma.  

La primera edición de la Institución fue completada en 1536, el mismo año en que Calvino fue persuadido por Farel de ir a Suiza para convertir a Ginebra en una ciudad modelo de la Reforma. En 1538, Farel y Calvino fueron obligados a abandonar Ginebra. Él vivió y ministró en Estrasburgo por tres años hasta que fue llamado a regresar a Ginebra en 1541.  

La teología de Calvino enfatizó la soberanía de Dios sobre todos los aspectos de la vida. Su pasión principal fue la reforma de la adoración a tal nivel de pureza que no promoviera ni apoyara la inclinación humana hacia la idolatría. Ginebra atrajo a líderes de toda Europa que iban para observar el modelo y para ser instruidos por el mismo Calvino. 

La turbulencia se extendió a Inglaterra durante este período cuando el rey Enrique VIII se resistió a la autoridad de Roma. En 1534, Enrique se convirtió en el jefe supremo de la Iglesia anglicana. Él asumió la persecución de los evangélicos, la cual se intensificó con el reinado de «María la sanguinaria», provocando que muchos huyeran a Ginebra en busca de refugio. 

Las persecuciones fueron suspendidas bajo el reinado de «la buena reina Bess», Isabel I, cuya postura provocó una bula papal contra ella en 1570. La Reforma se expandió rápidamente a Escocia, mayormente bajo el liderazgo de John Knox, quien sirvió por 19 meses como esclavo de galera antes de irse a Inglaterra y luego a Ginebra. En 1560, el Parlamento escocés rechazó la autoridad papal. En 1561, se reorganizó la «Kirk» reformada escocesa.  

Una interesante nota al margen es que el primer hombre que John Knox ordenó al ministerio de la iglesia fue un clérigo desconocido llamado Robert Charles Sproul, de quien soy descendiente directo.  

A principios del siglo XVII, la Reforma se extendió al nuevo mundo con la llegada de los peregrinos y las colonias de puritanos que trajeron la teología reformada y la Biblia de Ginebra con ellos. 

La teología de la Reforma dominó el evangelicalismo protestante por décadas, pero más tarde se diluyó bajo las influencias del pietismo y el finneyismo.  

A finales del siglo XX, la teología de la Reforma declinó drásticamente en el mundo occidental, siendo atacada por un lado por la teología liberal del siglo XIX, y por el otro lado por la influencia de la teología arminiana. Esto fue especialmente cierto en los Estados Unidos. 

En el escenario actual del evangelicalismo estadounidense, la teología de la Reforma es minoritaria. Las corrientes teológicas dominantes en los círculos evangélicos actuales son el dispensacionalismo y el pensamiento carismático neopentecostal. La expansión y el crecimiento fenomenales de la teología dispensacional en los Estados Unidos es un capítulo fascinante en la historia de la Iglesia. Con sus raíces en las suposiciones de los Hermanos de Plymouth, el dispensacionalismo se extendió rápidamente a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Impulsado por el movimiento de los institutos bíblicos, las conferencias de profecías y la predicación de hombres como D. L. Moody, el dispensacionalismo obtuvo un gran apoyo popular. 

La versión estadounidense del dispensacionalismo fue potenciada por la publicación de la Biblia Anotada de Scofield. La Biblia de Scofield, con sus notas de estudio, sirvió como una herramienta popular para la expansión de la teología dispensacional. Esta teología fue forjada por hombres cuyas raíces estaban principalmente en las ideas de la Reforma. Los temas de la teología reformada clásica fueron modificados significativamente por este movimiento.  

The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] —publicada originalmente en inglés como New Geneva Bible [Biblia de Estudio de Ginebra]— es la primera Biblia de estudio distintivamente reformada desde la publicación de la Biblia de Ginebra en el siglo XVI. Ella busca recuperar la teología de la Reforma y proveer una guía para que el laicado entienda la riqueza de su sistema histórico, doctrinal y bíblico. Su importancia para el cristianismo es enorme. Espero que esta Biblia ayude a los evangélicos a regresar a sus raíces reformadas. Más importante aún, está diseñada para llamar a los evangélicos de regreso a la Palabra y a sus confesiones históricas de teología bíblica.  

Más allá de las fronteras de los Estados Unidos, The Reformation Study Bible [La Biblia de Estudio de La Reforma] puede ser utilizada para expandir la luz de la Reforma a tierras donde la Reforma original nunca llegó, especialmente Rusia y Europa del Este. 

En nuestros días hemos visto un avivamiento del interés en la Biblia y un compromiso renovado con la autoridad y la confiabilidad de las Escrituras. Pero la Reforma fue más que una doctrina sobre la Biblia. Fue impulsada por un estudio profundo y serio de la Biblia. No basta con ensalzar la virtud de las Escrituras; tenemos que volver a escuchar la enseñanza de las Escrituras, una vez más. La única manera de evitar caer en un nuevo vertedero de herejías es mediante una recuperación seria y ferviente de la verdad bíblica.

Este artículo fue publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

El temor a no ser cristiano

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Serie: El Temor

El temor a no ser cristiano

Por John P. Sartelle

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Cuando era niño caminaba con mi padre por el campo que había detrás de nuestra casa. El terreno era irregular y a veces la maleza era alta. Inevitablemente, me caía. Cuando me ponía de pie, papá me ofrecía su mano. La lucha por la autonomía comienza temprano en nuestras vidas, así que yo ya estaba luchando por mi independencia. Debido a esto, avanzaba obstinadamente en mis propias fuerzas. Después de varias caídas que resultaron en múltiples cicatrices, papá empezó a tomarme de la mano con fuerza. Entonces algo maravilloso ocurrió: ya no me caía al suelo. Bueno, seguía tropezándome, pero ahora mis pies colgaban en el aire mientras su brazo fuerte me sujetaba.

En Juan 10:28-29, Jesús afirma plenamente que Sus manos y las manos del Padre nos sostienen. Él dice:

… y Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre.

Como nuevos creyentes tenemos la tendencia a desarrollar doctrinas de salvación que son antropocéntricas. Así como yo quería caminar por el campo en mis propias fuerzas, preferiríamos jugar roles autosuficientes en nuestra salvación y en nuestro andar con Dios. Durante las diferentes tormentas que sacuden nuestras vidas —tanto física como espiritualmente— y nos llenan de temor y desaliento, nos imaginamos aferrándonos desesperadamente a Dios, a Su Palabra y a Su cruz. Esa percepción es errónea. Lo que nos mantiene a salvo no es nuestra capacidad de aferrarnos a Dios. Nuestro agarre no es omnipotente. El pecado todavía habita en nuestras mentes y en nuestros corazones. En nuestros mejores días, cuando nuestra confianza en Dios está llena de fuerza, esa fe sigue estando manchada por el pecado y la traición. Querido lector, las manos del Padre son omnipotentes. Son las que sostienen el universo. No hay nada en la tierra ni en el cielo que pueda arrebatarle a Sus hijos de las manos. 

Jesús también dijo que Sus manos nos sostienen. Mira esas manos. Tienen las cicatrices de los clavos de la crucifixión. Esas cicatrices probaron Su fidelidad y amor. Cuando Sus manos fueron clavadas, cuando el juicio y el castigo por nuestros pecados cayeron sobre Él, incluso mientras los escupitajos burlones de los incrédulos se mezclaban con Su sangre, no abandonó Su misión. Él no bajó de esa cruz, algo que seguramente tenía el poder de hacer. No desistió con ira para dejarnos perecer. Pablo debe haber tenido eso en mente cuando escribió:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:35-39).

¿Está tu fe menguando hoy? ¿Sientes que ya no tienes fuerzas para aferrarte a las increíbles promesas de Su Palabra? ¿Piensas que debes estar perdido porque has vuelto a caer en pecado? Entonces aprende una vez más a renunciar a tu orgulloso deseo de ser el que salva y preserva.

Las manos del Padre son omnipotentes. Son las que sostienen el universo. No hay nada en la tierra ni en el cielo que pueda arrebatarle a Sus hijos de las manos. 

En Mateo 14, Jesús les dice a Sus discípulos que se pongan en marcha y crucen el mar de Galilea mientras Él se queda a solas en tierra para orar. Más tarde, en las primeras horas de la mañana, Jesús viene andando sobre el agua hacia su barca. Están asombrados. Estos discípulos, algunos de los cuales son pescadores experimentados, están luchando contra las olas y el viento. Pedro, con su típica audacia, pregunta si puede acercarse a Jesús en el agua. Jesús le dice a Pedro que vaya hacia Él. Ahí va Pedro con fe, caminando hacia Jesús. Sin embargo, mientras camina sobre las olas su fe empieza a debilitarse y él comienza a hundirse. Pero entonces, es la mano de Jesús la que se apodera de él. Pedro no se salva por su aferramiento a Jesús; se salva por el aferramiento de Jesús a él.

Durante una época en la que estaban siendo castigados por sus pecados, el pueblo de Israel pensaba que Dios los había abandonado. Pero Dios envió a Isaías con un mensaje maravilloso:

¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré. He aquí, en las palmas de Mis manos, te he grabado (Is 49:15-16a).

Siglos más tarde, de esas manos a las que Isaías se refiere brotaría la sangre del pacto. Esas manos omnipotentes que aún llevan las cicatrices de los clavos son las que nos sostienen.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John P. Sartelle Sr.
John P. Sartelle Sr.

El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].

La parábola del crecimiento de la semilla

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Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola del crecimiento de la semilla

Matthias Lohmann

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Mientras escribo esto, estoy sentado frente al escritorio de mi oficina en Munich, Alemania, pensando en las estadísticas más recientes sobre el cristianismo en Alemania. Según los números que veo frente a mí, el cristianismo está decayendo rápidamente. El país donde quinientos años atrás comenzó la Reforma, pronto tendrá la mayor parte de su población identificándose como no cristianos. Hace apenas setenta años, en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, el noventa y cinco por ciento de la población eran miembros de la Iglesia católica romana o de alguna Iglesia protestante. Sin embargo, tan solo en el 2018, las Iglesias estatales protestantes perdieron un dos por ciento de sus miembros. Pero aún más alarmante es el hecho de que solo alrededor del 3,4 por ciento de los miembros de las Iglesias estatales protestantes asisten a un servicio algún domingo, lo cual resulta ser menos de un uno por ciento de la población de Alemania. La cantidad de cristianos que asisten a Iglesias libres (no estatales) también es insignificante. Pero eso no es todo, la inclinación hacia el liberalismo en casi todas las denominaciones es aún más alarmante. A veces pareciera como si predicar el evangelio en Alemania fuera una pérdida de tiempo. ¿Debería simplemente rendirme e ir a un lugar donde las buenas nuevas sean recibidas con mayor entusiasmo?

Puede ser que vivas en un lugar donde el evangelio se predica más, pero de seguro ya has notado que el Reino de Dios no parece estar avanzando como esperabas. Tal vez te armaste de valor para defender la causa de Cristo, sin embargo, te encontraste con miradas confundidas y con personas que se alejaban de ti. Probablemente así se sintieron los discípulos de Jesús en varias ocasiones durante el ministerio terrenal de nuestro Señor.

Sigamos esparciendo la semilla del evangelio y maravillándonos de lo que Dios hará por medio de Su Palabra.

En Marcos 4:26-29, vemos cómo Jesús instruyó y animó a Sus discípulos a continuar predicando el evangelio y a confiar que el Señor usaría sus esfuerzos para mostrar en Su tiempo una cosecha abundante. Estas palabras deberían ser de ánimo para nosotros y, a la vez, un recordatorio de nuestra encomienda y sus limitaciones.

El versículo veintiséis introduce la parábola y nos ayuda a ver nuestra encomienda: «El Reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra». Al igual que en la muy conocida parábola del sembrador al principio de este capítulo,Jesús aquí habla del Reino de Dios como viniendo por medio de la semilla esparcida. Él acaba de explicar que la semilla es la Palabra de Dios (v. 14), por lo tanto, es evidente que la encomienda para cada uno de nosotros es sembrar la semilla por medio de la predicación de la Palabra.

Sin embargo, a menudo nos sentimos decepcionados cuando todos nuestros esfuerzos parecen ser en vano. Esto puede motivarnos a seguir tratando, incluso a poner en práctica cualquier truco nuevo con la esperanza de producir los resultados deseados. Pero Jesús tiene un consejo más efectivo para aquellos que fielmente han echado la semilla: « [El sembrador] se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe. La tierra produce fruto por sí misma; primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga» (vv. 27-28). Nota, primeramente, que el crecimiento ocurre «automáticamente». Cuando una buena semilla cae sobre una tierra preparada, esa semilla brotará y crecerá. El poder de ese crecimiento descansa en la misma semilla. Es la misma Palabra poderosa que cumplirá el propósito por el cual ha sido enviada. En segundo lugar, toma tiempo para que la semilla esparcida crezca. En la previa parábola del sembrador, Jesús había señalado que la semilla que aparentemente creció con rapidez, terminó sin producir fruto alguno (vv. 5 ss.).

En la conclusión del pasaje, finalmente leemos que no necesitamos temer pensando que el Reino de Dios no prosperará: «Y cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega» (v. 29). ¡Esto es liberador! Somos llamados a ser simplemente embajadores de Cristo. Solo tenemos que esparcir la semilla. El resto es obra de Dios y Él llevará a cabo Su obra. Su Reino vendrá exactamente como Él lo ha decretado.

No podemos estar seguros de que todos nuestros amigos se entregarán a Cristo, pero podemos estar seguros de que Dios no demanda de nosotros lo que solamente Él puede hacer. Él reunirá a los escogidos, tanto los de tu círculo de amigos como los de Alemania. Cuando Cristo regrese para recoger Su cosecha, habrá una multitud de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Él lo hará a Su tiempo cuando la misión esté completa. Así que, sigamos esparciendo la semilla del evangelio y maravillándonos de lo que Dios hará por medio de Su Palabra.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthias Lohmann
Matthias Lohmann

El Rev. Matthias Lohmann es pastor en la Free Evangelical Church en Munich, Alemania, y presidente y fundador de la asociación evangelística alemana Evangelium21.

El temor a las pérdidas económicas

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Serie: El temor

El temor a las pérdidas económicas

Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Considera cuánto de tu vida gira en torno a tu estabilidad económica. Te despertaste esta mañana en un dormitorio cálido porque pagaste la factura de electricidad. Desayunaste porque compraste provisiones. Fuiste y volviste del trabajo porque pagaste un billete de tren o la gasolina para tu automóvil. Llevabas puesta ropa apropiada para tu profesión, la cual compraste en una tienda. Tu trabajo te proporciona un ingreso regular que paga la calefacción, la comida, el transporte y la ropa. Y eso es solo la punta del iceberg. Casi todo lo que has tocado hoy tiene un costo.

Dado el grado en que las necesidades básicas de la vida están conectadas a la solvencia financiera, no es de extrañar que incluso los cristianos luchen contra el miedo a sufrir pérdidas económicas. En un mundo caído, aun aquellos que trabajan y presupuestan diligentemente a veces encuentran que sus gastos exceden sus ingresos. Una enfermedad prolongada acaba con los ahorros. Las caídas del mercado de valores destruyen las cuentas de jubilación. Los despidos laborales ocurren en la flor de la vida. La quiebra nos amenaza. El hambre y la falta de vivienda no son problemas aislados. La transitoriedad de la seguridad financiera es parte de la realidad de vivir en un mundo maldito por el pecado y saturado de sufrimiento (Pr 23:4-51 Tim 6:7).

Jesucristo es nuestra posesión más verdadera y profunda en medio de las fortunas cambiantes de la vida.

Es apropiado preocuparse por esto, pero a menudo nuestras vidas manifiestan reacciones y estrategias pecaminosas para evitar la posibilidad de la ruina financiera. Nuestra ansiedad se dispara. Nos convertimos en adictos al trabajo. Acumulamos nuestro dinero por temor a que nunca sea suficiente (Lc 12:13-21). Nos volvemos tacaños y calculadores, tratando cada decisión y relación como si fuera un balance financiero. Nuestra generosidad desaparece. Y, aun así, el fantasma de la pérdida no se va. Entonces ¿cómo afrontamos esta posibilidad con una creciente confianza  en Dios en lugar de una creciente ansiedad?

Es fundamental que comprendamos y confiemos en que Dios es un Padre amoroso y generoso que tiene cuidado de Sus hijos y les provee lo que más necesitan. En el contexto de una discusión sobre la codicia y las posesiones, Jesús les dice a Sus discípulos: «Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis» (Lc 12:22). ¿Qué nos da confianza para dejar a un lado nuestras ansiedades por posibles pérdidas económicas? Los versículos que siguen (vv. 22-34) destacan cuatro cosas.

  1. LA VIDA ES MÁS QUE LA SATISFACCIÓN DE NECESIDADES TEMPORALES (V. 23).

Aunque la comida y la ropa son importantes (y, por lo tanto, también los recursos financieros que permiten su adquisición), hay algo aún más esencial para una vida abundante. En contraste con aquellos que «buscan estas cosas» como fines en sí mismas, Jesús exhorta a Sus discípulos a buscar primero Su Reino (v. 31; ver Mt 6:33). Vivir de acuerdo con esta prioridad del Reino es lo que le permite al apóstol Pablo decir: «Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día» (2 Co 4:16).

  1. DIOS PROVEE HASTA PARA LAS MÁS PEQUEÑAS DE SUS CRIATURAS (LC 12:24-28).

Si Él alimenta a los cuervos y viste a los lirios con belleza, ¿no proveerá para los seres humanos, que son el pináculo de Su creación? Él sabe lo que necesitamos (v. 30). No nos dará una piedra si le pedimos pan (Mt 7:9).

  1. SOMOS PARTE DEL REBAÑO DE DIOS (LC 12:32). VIVIMOS EN COMUNIDAD CON NUESTROS HERMANOS EN CRISTO.

Confiar en la provisión de Dios incluye creer que Él traerá gente para socorrernos cuando pidamos ayuda en un momento de crisis económica. La colecta de Pablo para la iglesia en Jerusalén demuestra esta interdependencia en el cuerpo de Cristo (2 Co 8 – 9).

  1. A NUESTRO PADRE LE HA PLACIDO DARNOS EL REINO (LC 12:32).

Si Él nos ha dado la posesión más grande de todas: una herencia que es «incorruptible, inmaculada y que no se marchitará» (1 Pe 1:4), ¿cómo no nos dará también por gracia lo que realmente necesitamos (Rom 8:32)? La riqueza duradera y la verdadera seguridad se encuentran en el Reino: «Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de Su pobreza llegarais a ser ricos» (2 Co 8:9).

Una creciente confianza  en nuestro Dios fiel no garantiza inmunidad contra las pérdidas económicas. Sin embargo, a pesar de la amenaza real de bolsas de dinero que envejecen, tesoros terrenales que fallan, ladrones que entran y roban, y polillas que devoran (Lc 12:33), Jesucristo nunca le faltará al pueblo de Dios. Él es nuestro pan de vida (Jn 6:35) y nuestra agua viva (Jn 4:14), y nos viste con Su justicia (Is 61:10Zac 3:1-52 Co 5:21Flp 3:9). Él es nuestra posesión más verdadera y profunda en medio de las fortunas cambiantes de la vida. Verdaderamente, Él es Jehová-Jireh, nuestro proveedor (Gn 22:14).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mike Emlet
Mike Emlet

El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation [Fundación de Consejería y Educación Cristiana] (CCEF). Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].

La parábola de los labradores malvados

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Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de los labradores malvados

Por Charles K. Telfer

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Ningún hombre fue más valiente que nuestro Señor Jesús. Expuso abiertamente y a riesgo de Su vida, las malas intenciones de los ensimismados líderes del pueblo de Dios de Su generación. Irónicamente, nuestro pasaje termina con estos principales sacerdotes procurando arrestarlo (Mt 21:45-46), ejerciendo así, precisamente, el tipo de avaricia obstinada que Jesús condenó en la historia. Las fuertes acciones de Jesús (expulsando a los mercaderes del templo) y Sus palabras sobre el juicio venidero (las historias colindantes sobre la maldición de la higuera y las parábolas de los dos hijos y del banquete de bodas) son armas en la batalla contra el establecimiento religioso con las que Él había estado luchando desde que entró en Jerusalén. 

La parábola de Jesús se basa particularmente en la enseñanza de Isaías y es inusualmente alegórica. El dueño de la viña es Dios: «la viña del SEÑOR de los ejércitos es la casa de Israel» (Is 5:7); los labradores ingratos en la mira de Jesús son los líderes: «El SEÑOR entra en juicio con los ancianos de Su pueblo y con Sus príncipes» (3:14); y los siervos enviados por el amo hacen referencia a los profetas (Jesús hace esa misma referencia en Mateo 23:37 al lamentarse sobre Jerusalén). Estos siervos incluyen a Juan el Bautista, asesinado a manos de los gobernantes malvados de Israel (Mt 21:25). Jesús termina Su parábola con los labradores tratando terriblemente al hijo del dueño, como si fuera un criminal. En el versículo 45, los que escuchaban comprendieron las implicaciones de los versículos 41-44: «[El dueño] llevará a esos miserables a un fin lamentable, y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo», y particularmente el golpe de gracia de Jesús en el versículo 43: «el Reino de Dios os será quitado y será dado a una nación que produzca sus frutos». Su liderazgo abusivo pronto llegaría a un abrupto final.

El Señor viene y debemos rendir cuentas. Cuidémonos de producir los frutos de la confianza y la vida justa que Él espera.

El inicio del cumplimiento histórico de estas profecías tuvo lugar en los desastres de los años 66 al 70 y 132 al 135 d. C., cuando los romanos destruyeron el templo, la ciudad de Jerusalén y a la mayoría de los líderes del pueblo.

Mira lo que Jesús subraya como la ofensa fundamental: rechazarlo. Jesús se presenta a Sí mismo como el Hijo en una relación especial con el Padre. C. S. Lewis argumenta convincentemente que nadie puede tomar a Jesús como otro buen maestro moral. Él debe ser o el Mesías o un megalómano. Jesús afirma que rechazarlo es el acto culminante que conduce al juicio. Jesús se pone a Sí mismo en el centro de los propósitos de Yahvé por la forma en que cita el Antiguo Testamento en la parábola. En el versículo 42, se aplica el Salmo 118:22-23: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la piedra principal del ángulo» (ver Is 28:16). En esencia, Jesús está afirmando: «Los poderosos pueden considerarme un rechazado sin valor, pero Dios hará maravillas a través de Mí y me dará un Reino». Algo más sobrio aún, en Mateo 21:44, Jesús se presenta a Sí mismo como esa piedra peligrosa (Is 8:14Dn 2:34,44). «¡No me desechen!» les está diciendo.

Esta historia fortaleció la fe de los primeros cristianos contra la vergüenza y la desgracia de que Jesús fuera «arrojado y muerto» (Mt 21:39). Los musulmanes rechazan la crucifixión del profeta Jesús como algo inconcebible; de hecho, Su muerte es un escándalo para todos aquellos que buscan demostraciones terrenales de poder e influencia. Además, ¿cuántas personas fueron convertidas por las enseñanzas de Jesús aquí? Los resultados externos no son una buena medida de la predicación fiel. Nuestro pasaje ayudó a los primeros cristianos judíos a dar sentido a los cambios radicales en el liderazgo y las formas externas del pueblo de Dios que tuvieron lugar en el primer siglo (Hch 2:23-373:14-15); y esta parábola de Jesús nos ayuda a todos a ver en el Nuevo Testamento una imagen más amplia del Israel de Dios expandido, compuesto por creyentes tanto judíos como gentiles bajo el nuevo liderazgo de los apóstoles de Cristo (Rom 11, Gal 6:16).

Los que creemos en Jesús debemos guardarnos de la presunción y la ingratitud que Él condena aquí (ver Rom 11:21). El Señor viene y debemos rendir cuentas. Cuidémonos de producir los frutos de la confianza y la vida justa que Él espera. Y recordemos la abundante bondad de Dios para con nosotros que nos sugiere esta parábola: la viña cuidadosamente preparada, los tratos hiper pacientes del Dueño de la viña esperando una respuesta y el Hijo que murió. El valiente que dijo esta parábola pronto estaría en camino de «[probar] la muerte por todos» (Heb 2:9). Qué buena razón para que respondamos con fe y gratitud hoy y todos los días.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Charles K. Telfer
Charles K. Telfer

El Dr. Charles K. Telfer es profesor de lenguas bíblicas en el Westminster Seminary California y es anciano docente en la Presbyterian Church in America. Es autor de Wrestling with Isaiah:The Exegetical Methodology of Campegius Vitringa [Lidiando con Isaías: El método exegético de Campegius Vitringa].

El temor a un mundo cambiante

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El temor

El temor a un mundo cambiante

Por Keith A. Evans

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Los cambios. A pocos de nosotros nos gustan; a muchos nos asustan; la mayoría tratamos de prevenirlos. Sin embargo, hay cambios en todas partes. Para reconocerlos, no hace falta que nos sentemos en una mecedora de nuestra terraza, levemente irritados y reflexionando con la mirada perdida: «Cuando tenía tu edad…». Repasamos las noticias que han salido en las últimas veinticuatro horas mientras aconsejamos frenéticamente a nuestros propios corazones para que no se turben. Hacemos una pausa para charlar con nuestros vecinos de al lado —quienes no comparten el mismo apellido— o con la pareja que vive al otro lado de la calle —cuyos nombres son Jaime y Juan— y nos preguntamos nerviosamente qué ha sucedido con la familia nuclear. Experimentamos cambios incluso en nuestros propios huesos; pasamos de un día a otro, recordando esos «buenos tiempos» en los que nuestros cuerpos no nos dolían tanto, o al menos respondían mejor a las órdenes de nuestros cerebros. Hay cambios en todas partes. No importa cuáles sean, hay algo en nosotros que grita: «¡Las cosas no deberían ser así!».

En Eclesiastés 7:10, Salomón expresa estas luchas del corazón cuando nos instruye a no preguntar: «¿Por qué fueron los días pasados mejores que estos?». Aquí Dios está identificando nuestra tendencia natural cuando vemos cambios en el mundo: somos tentados a creer que el pasado era inherentemente mejor que el futuro amenazante que se aproxima. Pero Salomón explica por qué no debemos dejar escapar tal pregunta de nuestros labios: «Pues no es sabio que preguntes sobre esto».

La libertad del miedo al cambio no resulta de la ausencia de cambio, sino de la presencia de un Dios inmutable.

El padre de Salomón lo expresó de una manera ligeramente diferente cuando observó en el Salmo 11:3: «Si los fundamentos son destruidos; ¿qué puede hacer el justo?». ¿Sientes el peso de la pregunta de David? Al mirar a tu alrededor, ¿puedes identificarte con el mismo sentimiento de que los fundamentos están siendo destruidos? David usa imágenes de su contexto para establecer la escena: «¿Cómo decís a mi alma: “Huye cual ave al monte”? Porque, he aquí, los impíos tensan el arco, preparan su saeta sobre la cuerda» (vv. 1-2). Podríamos situar la pregunta en nuestro entorno moderno de esta manera: «¿Cómo puedo consolar mi corazón cuando la sociedad se está descomponiendo a un ritmo vertiginoso? ¿Dónde está mi esperanza cuando el mal parece predominar?».

Sin embargo, tanto la razón por la que Salomón nos llama a no asumir la superioridad del pasado como la fuente de la esperanza que ofrece David tienen que ver con el lugar donde ponemos nuestra confianza. La historia no está en manos de una suerte aleatoria ni es controlada por un destino desconocido e impersonal. El Salmo 11 saca esta conclusión de manera sucinta: «El SEÑOR está en Su santo templo, el trono del SEÑOR está en los cielos» (v. 4). Hay un Supervisor completamente sabio y soberano, y todo lo que sucede es ordenado por nuestro Padre de gracia y bondad.

Amados, Dios no se pasa el día viendo las mismas noticias ni se queda perplejo ante lo que ocurre en el mundo. Nuestro trino Señor no se llena de pánico al asomarse y ver cómo la cizaña va creciendo en medio del trigo. El Dios que nos llama a no preocuparnos por el mañana y a no estar ansiosos es el Dios que nunca está ansioso ni se preocupa.

De hecho, el Salmo 46 pinta un cuadro aún más sombrío que el Salmo 11. El Salmo 46:2 nos dice que los montes inamovibles se mueven y una tierra imperturbable es sacudida: «Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares». Por otro lado, las potencias mundiales se levantan contra el Reino de Dios: «Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos» (v. 6). Pero en medio de todo esto, Dios está en control. Él habla y el mal es desarmado por la fuerza: «Hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego» (v. 9). Él truena: «Estad quietos, y sabed que Yo soy Dios», y el reino de la maldad tiene que obedecer (v. 10). Él proclama: «Exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra» (v. 10), y todo lo que se opone a Él no tiene más remedio que obedecer.

La solución a un mundo cambiante no es tratar desesperadamente de estabilizar un mundo inestable (v. 11). La cura para el pánico por los vientos y los torrentes que arremeten constantemente contra la casa no es reforzar las ventanas con tablas (Mt 7:258:27). La libertad del miedo al cambio no resulta de la ausencia de cambio, sino de la presencia de un Dios inmutable (Mal 3:6). Cuando seas tentado a creer que tu Padre solo te está dando piedras y serpientes en este mundo cuando estás pidiéndole pan (Mt 7:9-11), solo recuerda que la sabiduría no se pregunta con temor: «¿Por qué fueron los días pasados mejores que estos?» (Ec 7:10). La sabiduría espera en Aquel que está en control (Pr 9:10).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Evans
Keith A. Evans

Keith A. Evans es profesor de Consejería Bíblica y director del Biblical Counseling Institute en el Presbyterian Theological Seminary de Pittsburgh.

La parábola del mayordomo infiel

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Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola del mayordomo infiel

Ed Welch

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Nuestra parábola comienza con un «cierto hombre rico» que tiene un «mayordomo» o «administrador» (griego oikonomosLc 16:1). Un oikonomos en el mundo antiguo era un servidor de confianza que distribuía los bienes o productos de su amo a sus clientes y mantenía un registro honesto de aquellos que le debían a su señor. Sin embargo, este mayordomo es deshonesto. Su amo recibe una acusación de que el mayordomo está derrochando sus bienes (v. 1). Sin dudarlo, le pide que presente sus cuentas y lo despide. Inmediatamente, el mayordomo se pregunta qué hará. Es demasiado débil para cavar y demasiado orgulloso para mendigar (v. 3). Pero luego, el pánico inicial da paso a la sabiduría. Se acerca a todos los deudores de su amo, les pregunta cuánto deben y luego les dice que reescriban sus contratos.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Su estrategia es simple. Él les otorga descuentos antes de entregar su carnet de acreditación para que, en sus propias palabras, «cuando se me destituya de la administración me reciban en sus casas» (v. 4). Su plan se aprovecha de los códigos antiguos de beneficencia y de hospitalidad. Estos deudores le deben a su amo. Pero si les da un «descuento», entonces le quedarían debiendo un favor a él. Y cuando sepan que está sin trabajo y en la calle, por su generosidad se sentirán obligados a devolverle el favor y darle un lugar donde quedarse.

Este es un llamado radical a la mayordomía bíblica en una era de riquezas mundanas.

Es un plan bastante inteligente, pero ¿es honesto? Algunos comentaristas no lo creen así. Consideran que las acciones de los versículos 5-7 son deshonestas y contrarias a los deseos de su amo, como un dependiente que regala artículos de la tienda en su último día. Pero si esto fuera así, ¿entonces cómo recibe la alabanza de su amo en el versículo 8? Esto debió ser porque sus acciones fueron realmente loables. Lo más probable es que el mayordomo haya reducido la cantidad adeudada al descontar su propia comisión para beneficiar tanto a los deudores de su amo como a sí mismo. En otras palabras, este administrador no es deshonesto por reducir la cantidad adeudada por los deudores (vv. 5-7). Él es sabio. Lo que lo hace deshonesto es que derrocha los bienes de su amo (v. 1). Jesús entonces se enfoca en la sabiduría o la «sagacidad» del mayordomo en vez de hacerlo en su deshonestidad y declara que «los hijos de este siglo son más sagaces en las relaciones con sus semejantes que los hijos de la luz» (v. 8).

La conexión entre la parábola y la audiencia de Jesús (la de entonces y la actual) se encuentra en el versículo 9: «Y Yo os digo: Haceos amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando falten, os reciban en las moradas eternas». Jesús llama a Su pueblo a imitar las acciones sabias del mayordomo usando riquezas injustas (mundanas) para asegurar una morada física, pero con una gran diferencia. En nuestro caso debemos usar nuestras riquezas mundanas para hacer amigos y así asegurarnos una morada eterna. Pero esto plantea dos preguntas cruciales: (1) ¿cómo hacemos amigos mediante las riquezas mundanas? y (2) ¿cómo esos amigos nos reciben en las moradas eternas?

La respuesta a la primera pregunta se presenta en los versículos 10-13. No podemos «servir a Dios y a las riquezas» (v. 13). Son dos maestros en competencia. Servir a uno significa desobedecer al otro. Amar a uno significa aborrecer al otro. Hacer amigos mediante la riqueza del mundo es un llamado a someter nuestras finanzas por completo a la voluntad de Dios y a los propósitos de Su evangelio en el mundo. Significa bendecir a los necesitados siendo mayordomos «fieles» del dinero de nuestro Señor (v. 10). Pero esto no significa que no seamos bendecidos a cambio.

Eso nos lleva a la segunda pregunta, más desafiante: ¿cómo esos amigos nos reciben en las moradas eternas? Primero, debemos notar que el verbo «recibir» (v. 9) no tiene un sujeto explícito. Eso significa que los que nos dan la bienvenida al cielo pueden ser los «amigos» terrenales que se acaban de mencionar o, como algunos han argumentado, los ángeles celestiales, que es una forma de decir Dios mismo. El hecho de que la palabra «amigos» aparezca en el texto, hace que tendamos a verlos como el sujeto del verbo «reciban». Pero esto nos puede conducir a la noción antibíblica de que dar dinero al necesitado puede de alguna manera ameritar nuestra entrada al cielo. La salvación es por la gracia sola, por medio de la fe sola en la persona y obra de Cristo solo. Sin embargo, evidenciamos nuestra fe salvadora por medio de nuestras buenas obras. El versículo 11 lo expresa claramente: «Por tanto, si no habéis sido fieles en el uso de las riquezas injustas [es decir, las mundanas], ¿quién os confiará las riquezas verdaderas [es decir, el cielo mismo]?». Dicho de otra manera, si fallamos en ser mayordomos fieles de nuestras riquezas terrenales, como al decir: «Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais lo necesario para su cuerpo» (Stg 2:16), no podemos asumir que recibiremos las riquezas celestiales de la vida eterna. «La fe sin las obras está muerta» (v. 26). Este es un llamado radical a la mayordomía bíblica en una era de riquezas mundanas. Que Dios nos dé la gracia de ver las necesidades de las personas y satisfacerlas con gratitud en nuestro corazón por lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David E. Briones
David E. Briones

El Dr. Briones es profesor de Nuevo Testamento en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La política financiera de Paul: Un enfoque socio-teológico].

La realidad del temor

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Serie: El temor

La realidad del temor

Ed Welch

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

En nuestra lista interminable de problemas, el temor y la ansiedad tienden a ocupar los primeros lugares. Son asuntos esencialmente humanos. No se trata de sentimientos que nos atrapan por momentos; son aspectos regulares de la vida diaria que pueden quedarse silenciosamente en un segundo plano o pasar al frente para dominarnos. En estos tiempos, se consideran una parte intrínseca de nuestra humanidad. Nos dicen que somos impotentes y débiles, que nos esperan dificultades, que las cosas preciadas están en riesgo y que no hay mucho que podamos hacer al respecto. Y tienen razón. Sus predicciones específicas a menudo no son correctas, y no cuentan toda la historia, pero son correctas. En este mundo, nosotros y nuestros seres queridos tendremos aflicciones (Jn 16:33).

La Biblia de Estudio de La Reforma

Podríamos desear que todos nuestros temores desaparecieran, pero sabemos que no todos son malos. Su mayor beneficio es que nos recuerdan lo pequeños que somos y lo mucho que necesitamos a Jesús. Depender de Él es vida; la independencia es un mito mortal. El temor también es una alarma que nos advierte del peligro. Sin él, seríamos incapaces de crecer en sabiduría, pues la sabiduría debe distinguir lo que es bueno y seguro de lo que es malo y dañino. No obstante, aunque reconocemos estos beneficios, todos podemos estar de acuerdo en esto: nos gustaría tener menos temores y que fueran menos intensos.

Hoy tenemos al Espíritu de poder que nos da el valor para dar pequeños pasos de obediencia, aun cuando el futuro nos parezca sombrío.

Si miras a tu alrededor notarás que tus temores están en todas partes. Viven escondidos en palabras como estréspreocupacióninquietudnerviosismopresión y pavor. Están atados a la culpa y a muchas otras luchas cotidianas. Si nos sentimos culpables, tememos ser juzgados. Si nos sentimos avergonzados, tememos la posibilidad de quedar expuestos ante los demás. Muchas veces nuestro enojo se debe a un temor que está dispuesto a luchar. Vemos que algo que amamos está en riesgo y, en vez de congelarnos o huir, lo enfrentamos. La depresión podría ser un temor que se ha dado por vencido. Vemos el presente como algo oscuro e insoportable. Y el futuro es peor. Es oscuro, insoportable y sin esperanza. O considera el trastorno de estrés postraumático. Describe a aquellos de nosotros que hemos tenido un roce con la destrucción, ya sea en forma de peligro físico o de las acciones malvadas de otros. Tememos que estos recuerdos nos atormenten, o que el pasado se repita en el futuro. Algo malo ha sucedido y algo malo sucederá. Y luego están todas nuestras adicciones. Las adicciones son deseos que rechazan los límites, pero si las examinamos más de cerca, veremos que lo que perseguimos con muchas de ellas es distraernos o anestesiarnos para no tener que lidiar con una mente inestable, un cuerpo inquieto y un futuro que luce sombrío. Las adicciones son poderosas, pero a fin de cuentas son ineficaces cuando se trata de mantener a raya los miedos y ansiedades.

La Escritura está de acuerdo en que hay temor en todas partes. Los Salmos asumen que vivimos en temor. «El día en que temo, yo en Ti confío» (Sal 56:3). La meta de los salmos es reconocer el temor entremezclado con la fe en nuestro Dios quien es digno de confianza. El tema más común en los Salmos es el temor a los enemigos poderosos que calumnian y hacen que la vida sea miserable. Estos enemigos pueden incluso matar. Todas estas son razones válidas para temer. Cuando leemos las Escrituras con el tema del temor en mente, vemos que «no temas» aparece de alguna forma u otra más de trescientas veces. Estas palabras a menudo aparecen como órdenes, pero al igual que las palabras de Jesús a la viuda afligida de Naín («No llores», Lc 7:13), en realidad son palabras de compasión y consuelo. Las encontramos a lo largo de las Escrituras cuando nuestras circunstancias son apremiantes y necesitamos la seguridad de que Dios está cerca (p. ej.: Gn 15:121:1746:3Mt 14:2728:10).

Cuando el Espíritu te dirija a pasajes sobre el temor y la ansiedad, notarás que hay tres verdades que se repiten continuamente. La primera es que Dios habla palabras hermosas y agradables a Su pueblo atemorizado. No esperes reprensión, aunque debe haber confesión y arrepentimiento durante toda nuestra vida. En vez de eso, espera compasión. Espera consuelo.

Lo segundo es que el Señor promete estar con nosotros, nunca nos dejará ni nos abandonará (Heb 13:5). Esta es la promesa que abarca a todas las demás. Jesucristo murió por los pecados «para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Las personas temerosas estarán más prontas a atesorar el evangelio.

Lo tercero es que, debido a que el Señor está presente y es soberano sobre el futuro, podemos prestar toda nuestra atención a la misión que Dios nos ha dado para hoy (Mt 6:33-34). Hoy tenemos toda la gracia que necesitamos. Hoy tenemos al Espíritu de poder que nos da el valor para dar pequeños pasos de obediencia, aun cuando el futuro nos parezca sombrío. Cuando llegue el día de mañana, el Espíritu nos dará el poder y la valentía que necesitemos. La gracia de Dios es nueva cada mañana.

Los temores y las ansiedades están en todos los aspectos de la vida y en las Escrituras. Al ser tan constantes, estas tres verdades no son simplemente una forma de enfrentar nuestros temores, sino que resumen el patrón del crecimiento cristiano.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Ed Welch
Ed Welch

El Dr. Ed Welch es un miembro de la facultad en el Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Ha sido consejero por más de treinta años y es autor de varios libros, entre ellos Addictions: A Banquet in the Grave [Las adicciones: Un banquete en la tumba].

Aspectos de la Cena del Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

 Keith A. Mathison

Aspectos de la Cena del Señor

Cuando Dios instituyó la Pascua, Moisés le dijo al pueblo de Israel:

Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: «¿Qué significa este rito para vosotros?», vosotros diréis: «Es un sacrificio de la Pascua al SEÑOR, el cual pasó de largo las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas» (Ex 12:26-27).

Dios sabía que esta cena ceremonial traería preguntas a las mentes de los espectadores. La Cena del Señor provoca el mismo tipo de preguntas. ¿Sabemos nosotros cómo responder a esas interrogantes? ¿Sabemos qué decir cuando nuestros hijos nos preguntan: «¿Qué es la Cena del Señor?»?

Nuestros ancestros ​​en la fe nos han legado muchas ayudas para esta tarea, incluyendo nuestras confesiones y catecismos. Por ejemplo, la pregunta 168 del Catecismo Mayor de Westminster (CMW), aborda este tema «¿Qué es la Santa Cena?», y la responde de esta manera:

La Cena del Señor es un sacramento del Nuevo Testamento, en el cual, por medio de dar y recibir pan y vino, según lo establecido por Jesucristo, se declara Su muerte; y quienes participan dignamente se alimentan de Su cuerpo y Su sangre, para su sustento espiritual y crecimiento en gracia; se les confirma así su unión y comunión con Él; testifican y renuevan su gratitud y compromiso con Dios, y su amor mutuo unos con otros como miembros del mismo cuerpo místico.

Lo primero que notamos acerca de la Cena del Señor es que es un sacramento. Pero, ¿qué es un sacramento? 

Un sacramento es una santa ordenanza instituida por Cristo en Su Iglesia, para señalar, sellar y manifestar los beneficios de Su mediación, a quienes están dentro del pacto de gracia; a fin de fortalecer y aumentar su fe y todas las demás cualidades; para obligarlos a la obediencia; para testificar y mantener el amor y la comunión del uno con el otro; y para distinguirlos de quienes están fuera (CMW 162).

El catecismo continúa explicando que los sacramentos tienen dos partes: un elemento externo visible y la realidad espiritual representada por el elemento (CMW 163). Solo hay dos de estos sacramentos instituidos por Jesucristo: el bautismo y la Cena del Señor.

La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes.

La Cena del Señor, como sacramento, representa los beneficios de la mediación de Cristo. El pan y el vino representan a Cristo crucificado y Sus beneficios (Confesión de Fe de Westminster —CFW— 29.5, 7). Más específicamente, el pan es el signo del cuerpo de Cristo, y el vino es el signo de Su sangre (Mt 26:26-281 Co 10:16). De manera significativa, se dice que estos elementos están unidos a las realidades que representan. Hay «una relación espiritual, o unión sacramental, entre el signo y la cosa significada» (CFW 27.2). Y debido a esta unión sacramental, el signo se distingue de lo que significa, pero no está separado de él.

La Cena del Señor es un sello porque confirma la promesa de Dios respecto a la realidad de los beneficios recibidos por aquellos que participan de la Cena del Señor en fe. Aquellos que participan en fe realmente «se alimentan de Su cuerpo y de Su sangre» (CMW 168). La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes. Esto no significa que el pan y el vino tengan algún tipo de poder inherente. La exhibición de los beneficios de Cristo depende completamente de la obra del Espíritu Santo y de la promesa de Dios en las palabras de la institución. Pero ¿cuáles son los beneficios exhibidos?

Los recipientes dignos, al participar externamente de los elementos visibles de este sacramento, en ese momento también participan interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal y corporalmente, sino espiritualmente, reciben y se alimentan del Cristo crucificado y de todos los beneficios de Su muerte. Por lo tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo no están carnal y corporalmente en el pan y el vino; sino que están real pero espiritualmente presentes en aquella ordenanza para la fe de los creyentes, tal como los elementos lo están para sus sentidos externos (CFW 29.7).

La confesión indica que existe un paralelo entre lo que está sucediendo externa y visiblemente y lo que está sucediendo interna e invisiblemente. Los creyentes realmente «reciben y se alimentan del Cristo crucificado», pero no «carnal o corporalmente». Esto sucede espiritualmente porque el cuerpo y la sangre de Cristo están presentes en la fe de los creyentes en lugar de estar corporalmente presentes en el pan y el vino. Este es el aspecto vertical de la Cena del Señor, la unión sacramental entre las realidades celestiales, que son invisibles, y las acciones y los elementos terrenales, que son visibles.

Cuando participamos de Cristo en la cena, nos nutrimos espiritualmente y crecemos en gracia. Además, al participar espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo, nuestra unión con Él se fortalece. La Cena del Señor es también una ocasión para «testificar y renovar nuestra gratitud y compromiso con Dios». Debemos recordar la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados y agradecer a Dios por Su obra expiatoria a nuestro favor.

También existe un aspecto horizontal en la cena. Como explicaron Agustín y Juan Calvino, la Cena del Señor es un «vínculo de amor» entre los creyentes. Al participar de la cena, debemos comprender que todos somos miembros del mismo cuerpo místico de Cristo. Si todos los cristianos están unidos a Cristo como su única Cabeza, todos los cristianos están unidos entre sí en el único cuerpo de Cristo. Esta comprensión de nuestra unión con Cristo y nuestra comunión entre nosotros debe dar como resultado el amor mutuo y la comunión, todo para la gloria de Cristo (1 Co 11:17-34).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.