El temor a no ser cristiano

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Serie: El Temor

El temor a no ser cristiano

Por John P. Sartelle

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Cuando era niño caminaba con mi padre por el campo que había detrás de nuestra casa. El terreno era irregular y a veces la maleza era alta. Inevitablemente, me caía. Cuando me ponía de pie, papá me ofrecía su mano. La lucha por la autonomía comienza temprano en nuestras vidas, así que yo ya estaba luchando por mi independencia. Debido a esto, avanzaba obstinadamente en mis propias fuerzas. Después de varias caídas que resultaron en múltiples cicatrices, papá empezó a tomarme de la mano con fuerza. Entonces algo maravilloso ocurrió: ya no me caía al suelo. Bueno, seguía tropezándome, pero ahora mis pies colgaban en el aire mientras su brazo fuerte me sujetaba.

En Juan 10:28-29, Jesús afirma plenamente que Sus manos y las manos del Padre nos sostienen. Él dice:

… y Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de Mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre.

Como nuevos creyentes tenemos la tendencia a desarrollar doctrinas de salvación que son antropocéntricas. Así como yo quería caminar por el campo en mis propias fuerzas, preferiríamos jugar roles autosuficientes en nuestra salvación y en nuestro andar con Dios. Durante las diferentes tormentas que sacuden nuestras vidas —tanto física como espiritualmente— y nos llenan de temor y desaliento, nos imaginamos aferrándonos desesperadamente a Dios, a Su Palabra y a Su cruz. Esa percepción es errónea. Lo que nos mantiene a salvo no es nuestra capacidad de aferrarnos a Dios. Nuestro agarre no es omnipotente. El pecado todavía habita en nuestras mentes y en nuestros corazones. En nuestros mejores días, cuando nuestra confianza en Dios está llena de fuerza, esa fe sigue estando manchada por el pecado y la traición. Querido lector, las manos del Padre son omnipotentes. Son las que sostienen el universo. No hay nada en la tierra ni en el cielo que pueda arrebatarle a Sus hijos de las manos. 

Jesús también dijo que Sus manos nos sostienen. Mira esas manos. Tienen las cicatrices de los clavos de la crucifixión. Esas cicatrices probaron Su fidelidad y amor. Cuando Sus manos fueron clavadas, cuando el juicio y el castigo por nuestros pecados cayeron sobre Él, incluso mientras los escupitajos burlones de los incrédulos se mezclaban con Su sangre, no abandonó Su misión. Él no bajó de esa cruz, algo que seguramente tenía el poder de hacer. No desistió con ira para dejarnos perecer. Pablo debe haber tenido eso en mente cuando escribió:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?… Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:35-39).

¿Está tu fe menguando hoy? ¿Sientes que ya no tienes fuerzas para aferrarte a las increíbles promesas de Su Palabra? ¿Piensas que debes estar perdido porque has vuelto a caer en pecado? Entonces aprende una vez más a renunciar a tu orgulloso deseo de ser el que salva y preserva.

Las manos del Padre son omnipotentes. Son las que sostienen el universo. No hay nada en la tierra ni en el cielo que pueda arrebatarle a Sus hijos de las manos. 

En Mateo 14, Jesús les dice a Sus discípulos que se pongan en marcha y crucen el mar de Galilea mientras Él se queda a solas en tierra para orar. Más tarde, en las primeras horas de la mañana, Jesús viene andando sobre el agua hacia su barca. Están asombrados. Estos discípulos, algunos de los cuales son pescadores experimentados, están luchando contra las olas y el viento. Pedro, con su típica audacia, pregunta si puede acercarse a Jesús en el agua. Jesús le dice a Pedro que vaya hacia Él. Ahí va Pedro con fe, caminando hacia Jesús. Sin embargo, mientras camina sobre las olas su fe empieza a debilitarse y él comienza a hundirse. Pero entonces, es la mano de Jesús la que se apodera de él. Pedro no se salva por su aferramiento a Jesús; se salva por el aferramiento de Jesús a él.

Durante una época en la que estaban siendo castigados por sus pecados, el pueblo de Israel pensaba que Dios los había abandonado. Pero Dios envió a Isaías con un mensaje maravilloso:

¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, Yo no te olvidaré. He aquí, en las palmas de Mis manos, te he grabado (Is 49:15-16a).

Siglos más tarde, de esas manos a las que Isaías se refiere brotaría la sangre del pacto. Esas manos omnipotentes que aún llevan las cicatrices de los clavos son las que nos sostienen.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John P. Sartelle Sr.
John P. Sartelle Sr.

El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].

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