31 – Creyentes Sin Compasión

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

31 – Creyentes Sin Compasión

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

El pecado de inseguridad

Coalición por el Evangelio

El pecado de inseguridad

 JEREMY PIERRE

Barney lucha por levantar su gran cabeza púrpura, debilitado por la pérdida gradual de audiencia en los últimos años. Una vez una voz formidable en la programación televisiva para niños, ahora agarra débilmente a sus amigos, que se paran en silencio a su lado. Se las arregla para apoderarse de un puñado del pescuezo de Elmo y lo acerca. “Una cosa que nunca debes dejar que un solo niño olvide: ‘Tú eres especial”. El monstruo con voz de falsetto pone una mano peluda en Barney y se vuelve a mirar a los demás. Todos ellos sabían que un mensaje muy importante se les había confiado. De todas las lecciones morales en la programación televisiva de niños, esto iba a ser fundacional.

Y si te fijas, cada vez que los programas para niños se alejan de la diversión tonta o de la resolución de problemas situacional y dan un paso hacia la admonición moral, por lo general se trata de este mismo tema: la importancia de una positiva imagen propia y la confianza que debe resultar de la misma. Y así, la televisión educacional nos entrena para pensar positivamente sobre todo, desde el color de nuestro cabello hasta nuestro conjunto particular de intereses como los medios de infundir confianza para vivir.

No estoy abogando por una baja imagen propia, por supuesto. Simplemente estoy señalando que la inseguridad parece ser lo único adecuado para la corrección pública. De hecho, podríamos decir que en el universo moral de la programación infantil, la inseguridad es el pecado principal. ¿Por qué?

Antes de intentar responder a esa pregunta, permíteme presentarte otra: Yo creo que Dios llama a la inseguridad pecado, también; pero, ¿por qué?

La respuesta al primer por qué y al segundo no podrían ser más diferentes. Nuestros instructores culturales desaprueban nuestra inseguridad, porque es una ofensa a la dignidad individual. Dios desaprueba nuestra inseguridad, porque es una ofensa a la dignidad de su Hijo. El problema que Dios tiene con la inseguridad es digno de reflexión.

La inseguridad y la confianza en la carne

Puede que sea contrario a la intuición, pero de acuerdo a la Biblia, la inseguridad es lo que Pablo llama “confianza en la carne.” Pero, ¿cómo se entiende que la inseguridad y la confianza puedan estar relacionadas? Cada moneda tiene dos caras. En el lado superior, la confianza en la carne es la seguridad en sí mismo que viene de poseer esos atributos que supuestamente determinan mérito. Pero el otro lado de la moneda es igual de peligroso: la inseguridad que viene de no poseerlos. En ambos casos, ponemos nuestra confianza en los atributos personales que pensamos que traen vida.

En el entorno religioso y cultural del apóstol Pablo, él poseía todas las características más preciadas que lo encomendaban a Dios y a los demás. Tú y yo probablemente nunca hemos conocido a alguien que quiera ser conocido públicamente como un fariseo o que desearía haber sido circuncidado al octavo día. En nuestra cultura, no son cosas particularmente elogiables. Pero todos conocemos las cosas que sí lo son. Y más penoso, todos hemos sentido la desesperación de no tenerlas.

Para algunos de nosotros, esta es la estática de fondo de nuestro pensamiento regular, y tenemos que darnos cuenta de que no está mal principalmente porque nos hace infelices, como varios de nuestros amigos títeres destacarán. La inseguridad es pecaminosa por razones más graves que esa. Aquí hay al menos cuatro de ellas:

1. Distracción con uno mismo

La inseguridad estropea nuestra capacidad de hacer lo que Dios nos creó para hacer: amarlo a él y a los demás. ¿Cuántas veces has estado en una situación en la que deberías haber ofrecido la atención a alguien o acercarte a Dios privadamente en oración, pero tu mente está afanada pensando en lo torpe que te ves en tus pantalones esa mañana o cuánto más inteligente a la persona con la que estás hablando es? Ser inseguro es estar consciente de uno mismo. No estamos amando a los demás cuando estamos obsesionando con nosotros mismos; no estamos en humildad considerándolos como más importantes y más dignos (Fil. 2:3).

2. Insatisfacción con Dios

La inseguridad es a menudo nada más que rezongar por mejor maná. Estamos hartos de una alimentación adecuada; queremos un sabor extraordinario. No nos gusta lo que Dios nos ha dado – dinero, posición, apariencia, personalidad – y rezongamos por algo mejor. Tal descontento es una trampa de las “muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Tim. 6:9). Nuestra insatisfacción con uno mismo es a menudo nada más que nuestra insatisfacción con Dios. La inseguridad no es pecado principalmente porque es un insulto a nuestro valor (aunque lo es), sino porque es un insulto a la sabiduría de Dios.

3. Justificación de otros

La inseguridad revela que anhelamos justificación ante la gente más que ante Dios. A él no le importa si su entrepierna es de 28 pulgadas o 34, o si tú alquilas o eres dueño. Sabemos esto, por supuesto. Pero todavía nos preocupamos. . . porque a ellos todavía les importa. Nos preocupamos más sobre los atributos que creemos que nos hacen dignos ante la gente que lo que nos preocupamos por aquellos que nos hacen dignos ante el Todopoderoso. La justicia es lo que agrada al Señor. Pero nosotros preferiríamos tener una reputación envidiable. Cuando nuestras mentes están suspirando por más atención en Facebook o una mejor carrera como un impulso a nuestra dignidad, abandonamos la justicia de Cristo que realmente nos hace dignos (Rom. 1:16-17).

4. Justificación por obras

La inseguridad muestra que de alguna manera todavía estamos creyendo que nuestra justificación está basada en nuestros propios atributos y logros. La mayoría de nosotros no estamos tentados a pensar que somos dignos porque somos de la tribu de Benjamín, pero puede que desearíamos que tuviéramos una iglesia más grande, niños más impresionantes, otro grado detrás de nuestro nombre. Pero la búsqueda de confianza en esas cosas es un rival directo a la búsqueda de la confianza en Cristo.

Y esta es la cordura que el apóstol Pablo nos trae en nuestra inseguridad: “Pero cuantas cosas eran para mí era ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor “(Fil. 3: 7-8a). Pablo no nos diría a nosotros en nuestras inseguridades implacables: “Sé que no te sientes digno, pero lo eres. Dios te hizo especial”. Si ser especial fuera la solución, nuestras vidas serían un ciclo sin fin de dietas y búsquedas de empleo. Pero estos son sólo nuestros patéticos intentos para voltear a la parte superior de esa misma moneda corroída. Todavía sería confiar en la carne.

Pablo nos dice que abandonemos la búsqueda de nuestro valor en otra cosa que no sea Cristo y su obra redentora a nuestro favor. Circular privadamente a través de una nueva ronda de auto-queja no se puede comparar con el abandono de nosotros mismos al servicio de los demás. El cansancio de quejas continua no puede ser comparado con la ganancia del contentamiento piadoso. La admiración voluble de la gente no se puede comparar con la abundante aprobación del Todopoderoso. La confianza tambaleante que mantenemos en nosotros mismos, no se puede comparar con el inmenso valor de la confianza en Cristo.

Si Pablo tenía un mensaje de despedida, ciertamente no sería que eres especial. Sería que eres justificado en Cristo, y la prueba suprema de esto te espera en la línea de meta, así que persevera en la fe (2 Tim. 4:7-8). No deberíamos estar tan preocupados con ser especiales que no podamos ser encontrados en Cristo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Alejandra E. Fernández

Jeremy Pierre es el decano de Estudiantes y profesor asociado de la consejería bíblica en The Southern Baptist Theological Seminary y sirve como anciano en la Iglesia Bautista Clifton. Es co-autor de “The Pastor and Counseling” (“El Pastor y la Consejería”, Crossway, 2015) y autor del próximo “The Dynamic Heart in Daily Life: Counseling from a Theology of Human Experience” (“El Corazón Dinámico en la Vida Diaria: Aconsejando desde una Teología de la Experiencia Humana”, New Growth, 2016). Él y su esposa, Sarah, tienen cinco hijos y vive en Louisville, Kentucky.

Cómo compartir el evangelio

The Master’s Seminary

Cómo compartir el evangelio

Alberto Solano Z.

1. Háblale de Dios

Dios como creador de todo. Dios es el creador de todo lo que existe. Mira a tu alrededor, tu persona, la naturaleza, el universo entero; todo lo que existe ha sido creado por Dios (Génesis 1:1). Antes de que existiese la tierra y todo lo que vemos estaba Dios y solamente Dios. Él creó todo detalle en la creación. En su mente infinita y perfecta él ingenió absolutamente todo. ¿Por qué? Él no lo hizo porque se sentía solo o porque necesitaba a los humanos. Más bien él diseñó y creó todo por causa de su gloria y placer.

Dios como dueño de todo. Puesto que él creó todo, es por lo tanto el dueño de toda criatura (Salmos 24:1-2). Dios, siendo el diseñador y hacedor del mundo, tiene completa autoridad y no ha dejado nada fuera de su soberanía divina. No sólo eso, sino que Dios posé atributos divinos los cuales solamente él tiene, tales como su omnipotencia (Dios es todopoderoso por encima de cualquier poder en el universo), omnisciencia (Dios conoce todo lo que ha ocurrido, está ocurriendo y ocurrirá) y omnipresencia (Dios está presente en todo lugar en todo momento).

Dios como Dios santo y perfecto. Dios es santo (1 Juan 1:5), esto quiere decir que él es completamente distinto de todo lo que vemos y experimentamos en este mundo. Él es mayor, más grande y distinto de nosotros, siendo su santidad trascendente e infinita (Mateo 5:48). En su santidad perfecta Él requiere que las personas obedezcan sus instrucciones y su ley (Santiago 2:10). En esencia es simple: Dios creó el mundo, estableció leyes que deben ser obedecidas y ahora espera que las personas las obedezcan por completo, teniendo él el derecho de demandar esto por haber sido el creador y soberano sobre el universo.

No hay un solo justo, ni siquiera uno

2. Háblale del pecado

¿Cómo comenzó? Sin embargo, la gente ha quebrantado la ley de Dios. Cuando Dios creó el mundo, él creó dos seres humanos: Adán y Eva, el primer hombre y mujer (Génesis 1:26-28). Cuando Dios los creó, los creó perfectos y buenos. Pero esto no duró, y no mucho tiempo después de su creación desobedecieron a Dios, siguieron el consejo del diablo y por lo tanto fracasaron en obedecer a la perfección la ley de Dios. Dios, al ver la desobediencia de Adán y Eva, maldijo la humanidad, permitiendo así que el pecado entrase al mundo. A partir de ese momento todo ser humano que nace es por naturaleza rebelde hacia Dios y desobediente a sus leyes. Por lo tanto no hay un solo justo, ni siquiera uno (Romanos 3:10).

¿Cuál es la consecuencia del pecado? Debido a que cada persona que jamás haya vivido ha nacido manchado de pecado, muerto en delitos y transgresiones delante de Dios (Efesios 2:1-3), todos son contados como rebeldes, desobedientes y incapaces de cumplir con las expectativas de obediencia perfecta (Romanos 3:23). La pena de tal pecado es clara: la muerte, la muerte no sólo física, sino también la muerte espiritual (Romanos 6:23). Los que han nacido en esta naturaleza pecaminosa merecen ser castigados con muerte espiritual por su desobediencia ante un Dios santo y justo. Esto significa una sola cosa: separación eterna de Dios. Dios, siendo totalmente santo, no puede permitir que el pecado y la desobediencia residan en su santidad, siendo la única solución el ser condenados a un castigo eterno por causa del pecado.

¿Cuál es la solución? ¿Qué podemos hacer para salvarnos de tal condenación? Nada. No podemos salvarnos de tal separación eterna de Dios, pues en nuestra pecaminosidad estamos incapacitados de elegir a Dios y hacer suficientemente cosas buenas para lograr la obediencia perfecta que requiere Dios (Tito 3:5). Los hombres son totalmente depravados, esto es que no son capaces de obedecer a Dios ya que están muertos espiritualmente, incapaz de alcanzar una posición redimida ante Dios (Isaías 64:6). Los hombres están muertos en pecado y totalmente ciegos a cualquier deseo de agradar a Dios (Efesios 2:8-9).

3. Háblale de Jesús

¿Quién es Jesús? Dios, teniendo pleno conocimiento de todo lo que ha sucedido y sucederá, sabía que los humanos no serían capaces de obedecerle perfectamente y que Adán y Eva pecarían, distorsionando así la naturaleza en la que cada ser humano nace. Y en su amor, compasión y misericordia, envió a su único hijo al mundo, Jesús. Nacido de una virgen y siendo Dios y hombre sin pecado a la vez (Colosenses 2:9), vino a esta tierra con el fin de restablecer la gente de vuelta a una relación correcta con Dios. Dios mismo tomó la forma de un hombre con el fin de entrar en este mundo para salvar a pecadores, pues los hombres no pueden alcanzar una posición correcta delante de Dios por sí mismos.

¿Por qué murió Jesús? Debido a que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), se necesitaba que alguien no contaminado por el pecado muriera para pagar el castigo de los pecados. Así fue como Jesús, un hombre sin pecado y Dios mismo, muestra el amor de Dios en su propia muerte en la cruz, pagando así la pena del pecado (Romanos 5:8). En esencia, Dios puso nuestros pecados sobre Cristo con el fin de que los que Dios amó pudieran ser hechos limpios de pecado delante de Dios (2 Corintios 5:21). En otras palabras, los que fueron hechos justos delante de Dios no lo lograron por su propio esfuerzo o deseo, sino que fueron justificados por una justicia ajena que fue imputada sobre ellos en la muerte de Cristo (1 Pedro 2:24). Cristo tuvo que vivir una vida sin pecado, sufrir y morir en la cruz para ser el redentor del pueblo de Dios, a fin de presentarlos limpios y sin mancha delante de Dios. Aunque la gente todavía no puede obedecer perfectamente la ley de Dios, la muerte de Cristo ha pagado el precio de todos nuestros defectos y nos ha hecho justicia de Dios por medio de la muerte de Cristo en la cruz.

¡Ésta es la belleza y el milagro de la cruz! Pecadores son contados como perfectamente obedientes basados en la perfecta obediencia de Cristo, siendo obediente hasta la muerte en la cruz. Dios no sólo envió a su Hijo a morir en la cruz, sino también lo levantó de entre los muertos (1 Corintios 15:4). Jesucristo está ahora vivo a la diestra de Dios en el cielo.

4. Háblale de la salvación

La salvación que Dios logró a través de la muerte de Cristo no es universal, lo que quiere decir que no todo el mundo está ahora a salvo de un castigo eterno por desobedecer la ley de Dios. Hay algo que se debe hacer para ser salvo de la pena del pecado y ser contado entre los que Dios ha restaurado por medio de la muerte y la resurrección de Cristo: creer y arrepentirse. Para ser salvo debe haber arrepentimiento de todo lo que deshonra a Dios (Isaías 55:7) y de los pecados que se han cometido. Y su vez debe haber una creciente separación de todo lo que desagrada a Dios, sabiendo que Dios persona a todo pecador que se arrepiente (Lucas 9:23).

No solo tiene que haber arrepentimiento, sino que también se debe creer en Cristo como Señor y Salvador (Romanos 10:9). Esto significa creer en Jesucristo tanto como Salvador de la pena del pecado y como amo y Señor, pues así como Dios se convirtió en el gobernante de todo lo que existe al crear el mundo, así también Cristo es la cabeza de los que, por la obra divina de salvación hecha de parte de Dios, han sido llamados a salvación y ahora experimentar una relación restaurada con Dios. Sólo aquellos que por la fe se arrepienten y creen serán hechos vivos en Cristo y su sus pecados limpios y borrados en la cruz de Cristo.

Los que no se arrepienten y creen en la verdad del evangelio de Cristo, su muerte y resurrección, les espera un castigo eterno por causa de sus pecados, pues no obedecieron perfectamente a la ley de Dios ya que su naturaleza pecaminosa les imposibilita hacerlo (Romanos 8:1-8). Pero aquellos que se arrepienten y creen, Dios promete perdón competo en Cristo, redención de todos los pecados a través de la muerte de Cristo en la cruz, comunión con Dios Padre y una futura morada eterna con él en el cielo.

Alberto Solano, graduado con una Maestría en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary, actualmente estudia una Maestría en Teología (Th.M.) con énfasis en el Nuevo Testamento. Aparte de servir en el ministerio hispano de Grace Community Church, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.

La parábola de los obreros de la viña

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de los obreros de la viña

Jonathan T. Pennington

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

«Jardines imaginarios con sapos reales en ellos». Así es como un escritor ha descrito las parábolas de Jesús. Son historias imaginarias pero se relacionan con la vida real. Son jardines imaginarios pero en ellos hay sapos reales. A menudo esos sapos somos nosotros.

Mateo 20:1-16 inicia con una situación común en el mundo antiguo: un hacendado necesita obreros, así que, contrata a algunos jornaleros. A medida que avanza el día, necesita más trabajadores. Por lo que regresa varias veces hasta que solo falta una hora antes de que termine la jornada.

Pero luego el dueño de la viña hace algo extraño. Al final del día, llama a todos los obreros y les paga a los que solo trabajaron una hora, el salario completo de un día. Este acto impresionantemente generoso provoca un murmullo en el grupo. Los obreros que trabajaron el día completo hacen rápidamente los cálculos: «Si estos que trabajaron solo una hora recibieron un denario, entonces nosotros ganaremos un buen dinero», probablemente piensen. Esperan que este sea su día de suerte.

En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar.

De modo que podemos entender que cuando a los obreros les llegó el pago y se les puso en sus manos extendidas y cubiertas de ampollas el mismo salario que a aquellos que fueron contratados más tarde, no estaban muy contentos que digamos. Se pusieron furiosos, lo suficiente como para quejarse abiertamente ante su benefactor. El dueño les responde diciendo que les había pagado la cantidad justa que habían acordado y que como él elija gastar su dinero, incluyendo la decisión de ser generoso con aquellos que tuvieron menos oportunidad de trabajar, depende de él. Los trabajadores quejosos no habían sido tratados injustamente. Su tormento emocional se debía a expectativas basadas en su envidia, no en la injusticia.

En la historia de la Iglesia, han existido muchos intentos de explicar esta parábola. Algunos han sugerido que las cinco contrataciones distintas representan cinco etapas de la historia mundial durante las cuales Dios ha llamado a Su pueblo hacia Sí mismo, o diferentes etapas en la vida en las que una persona puede convertirse en cristiano. El punto es que Dios es bondadoso con todos y le da la bienvenida a todos a Su reino, sin importar cuándo son llamados. Algunos dicen que la parábola es una imagen del reino futuro de Dios donde todos los salvos reciben el cielo, no importando cuánto hayan trabajado para Dios. Pero la más amplia y quizás más popular interpretación es que esta parábola es simplemente una imagen de la increíble y maravillosa gracia y generosidad de Dios, o en pocas palabras, del evangelio.

Cada una de estas interpretaciones tiene algo de verdad en ella. Pero existe algo más que debemos ver. La clave está en prestar atención al contexto que Mateo nos da para esta parábola. La historia que precede a nuestra parábola es acerca del rico, líder de una sinagoga, que termina no siguiendo a Jesús debido a que su amor por sus posesiones era demasiado grande (19:16-22). Ante esto, los discípulos estaban conmocionados. Jesús entonces les promete recompensas asombrosas por haber dejado todo lo que tenían para seguirle (vv. 23-30). Esta promesa de que los discípulos se sentarían en doce tronos consume tanto sus pensamientos, que poco después Jacobo y Juan ya estaban deseando ser los que se sentaran en los tronos más cercanos a Jesús (20:20-28).

Ese contexto muestra que esta parábola va dirigida directo a nuestros corazones, a esos problemas gemelos de la autocomplacencia y la envidia. Cuando el joven rico se alejó con las manos vacías pero a los humildes discípulos se les prometió ser gobernantes, era imposible para ellos el no ser un poco autocomplacientes, enorgullecerse un tanto de su sabio logro, de su mejor elección de seguir a Jesús. En la parábola, Jesús les recuerda que todo lo que tienen proviene de Dios, que todas sus bendiciones son por la generosidad de Dios, no por su propio obrar. Los discípulos no son mejores que el hombre rico. Al mismo tiempo, Jesús presiona directamente en nuestros corazones, que son propensos a la envidia. Jesús desafía a Sus discípulos a no mirar lo que otros tienen y tornarse amargados y celosos. La rivalidad es destructiva para el alma porque todo en la vida es un regalo que proviene de Dios. 

Por lo tanto, esta parábola nos da una visión de la generosa gracia de Dios hacia nosotros y hacia otros. Encontramos vida cuando fijamos nuestros ojos, no horizontalmente en lo que otros tienen, sino verticalmente, en la generosidad del Dueño de toda la tierra, el Rey Jesús, que nos llama amigos y nos provee sabia y generosamente.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jonathan T. Pennington
Jonathan T. Pennington

Dr. Jonathan T. Pennington es profesor del Nuevo Testamento y director de estudios de doctorado Ph.D. del Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, y es ministro asociado de predicación en la Sojourn East Church. Es autor de varios libros, incluyendo The Sermon on the Mount [El Sermón del Monte] y Human Flourishing [El florecimiento humano].

1 – Un “WhatsApp” bíblico – Efesios 1:1-2

Iglesia Evangélica León

Serie: Efesios

1 – Un “WhatsApp” bíblico – Efesios 1:1-2

David Robles

David Robles se desempeña como pastor docente de la Iglesia Evangelica León y es presidente fundador y profesor del Seminario BEREA (España). Tiene un amplio ministerio de enseñanza y predicación en toda España y otros países de habla hispana. David se graduó del Seminario Bíblico de Multnomah (Certificado Bíblico, 2001) y del Seminario de Maestría (M.Div. 2004).

Una trampa mortal llamada codicia

Soldados de Jesucristo

Junio 25/2021

Solid Joys en Español

Una trampa mortal llamada codicia

John Piper

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