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El Blog de Ligonier
Serie: El temor
El temor a un mundo cambiante
PorĀ Keith A. Evans
Nota del editor:Ā Este es el tercer capĆtulo en la serie de artĆculos deĀ Tabletalk Magazine:Ā El temor.
Los cambios. A pocos de nosotros nos gustan; a muchos nos asustan; la mayorĆa tratamos de prevenirlos. Sin embargo, hay cambios en todas partes. Para reconocerlos, no hace falta que nos sentemos en una mecedora de nuestra terraza, levemente irritados y reflexionando con la mirada perdida: Ā«Cuando tenĆa tu edadā¦Ā». Repasamos las noticias que han salido en las Ćŗltimas veinticuatro horas mientras aconsejamos frenĆ©ticamente a nuestros propios corazones para que no se turben. Hacemos una pausa para charlar con nuestros vecinos de al lado āquienes no comparten el mismo apellidoā o con la pareja que vive al otro lado de la calle ācuyos nombres son Jaime y Juanā y nos preguntamos nerviosamente quĆ© ha sucedido con la familia nuclear. Experimentamos cambios incluso en nuestros propios huesos; pasamos de un dĆa a otro, recordando esos Ā«buenos tiemposĀ» en los que nuestros cuerpos no nos dolĆan tanto, o al menos respondĆan mejor a las órdenes de nuestros cerebros. Hay cambios en todas partes. No importa cuĆ”les sean, hay algo en nosotros que grita: «”Las cosas no deberĆan ser asĆ!Ā».
En EclesiastĆ©s 7:10, Salomón expresa estas luchas del corazón cuando nos instruye a no preguntar: «¿Por quĆ© fueron los dĆas pasados mejores que estos?Ā». AquĆ Dios estĆ” identificando nuestra tendencia natural cuando vemos cambios en el mundo: somos tentados a creer que el pasado era inherentemente mejor que el futuro amenazante que se aproxima. Pero Salomón explica por quĆ© no debemos dejar escapar tal pregunta de nuestros labios: Ā«Pues no es sabio que preguntes sobre estoĀ».
La libertad del miedo al cambio no resulta de la ausencia de cambio, sino de la presencia de un Dios inmutable.
El padre de Salomón lo expresó de una manera ligeramente diferente cuando observó en el Salmo 11:3: Ā«Si los fundamentos son destruidos; ĀæquĆ© puede hacer el justo?Ā». ĀæSientes el peso de la pregunta de David? Al mirar a tu alrededor, Āæpuedes identificarte con el mismo sentimiento de que los fundamentos estĆ”n siendo destruidos? David usa imĆ”genes de su contexto para establecer la escena: «¿Cómo decĆs a mi alma: āHuye cual ave al monteā? Porque, he aquĆ, los impĆos tensan el arco, preparan su saeta sobre la cuerdaĀ» (vv. 1-2). PodrĆamos situar la pregunta en nuestro entorno moderno de esta manera: «¿Cómo puedo consolar mi corazón cuando la sociedad se estĆ” descomponiendo a un ritmo vertiginoso? ĀæDónde estĆ” mi esperanza cuando el mal parece predominar?Ā».
Sin embargo, tanto la razón por la que Salomón nos llama a no asumir la superioridad del pasado como la fuente de la esperanza que ofrece David tienen que ver con el lugar donde ponemos nuestra confianza. La historia no estĆ” en manos de una suerte aleatoria ni es controlada por un destino desconocido e impersonal. El Salmo 11 saca esta conclusión de manera sucinta: Ā«El SEĆOR estĆ” en Su santo templo, el trono del SEĆOR estĆ” en los cielosĀ» (v. 4). Hay un Supervisor completamente sabio y soberano, y todo lo que sucede es ordenado por nuestro Padre de gracia y bondad.
Amados, Dios no se pasa el dĆa viendo las mismas noticias ni se queda perplejo ante lo que ocurre en el mundo. Nuestro trino SeƱor no se llena de pĆ”nico al asomarse y ver cómo la cizaƱa va creciendo en medio del trigo. El Dios que nos llama a no preocuparnos por el maƱana y a no estar ansiosos es el Dios que nunca estĆ” ansioso ni se preocupa.
De hecho, el Salmo 46 pinta un cuadro aĆŗn mĆ”s sombrĆo que el Salmo 11. El Salmo 46:2 nos dice que los montes inamovibles se mueven y una tierra imperturbable es sacudida: Ā«Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los maresĀ». Por otro lado, las potencias mundiales se levantan contra el Reino de Dios: Ā«Bramaron las naciones, se tambalearon los reinosĀ» (v. 6). Pero en medio de todo esto, Dios estĆ” en control. Ćl habla y el mal es desarmado por la fuerza: Ā«Hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuegoĀ» (v. 9). Ćl truena: Ā«Estad quietos, y sabed que Yo soy DiosĀ», y el reino de la maldad tiene que obedecer (v. 10). Ćl proclama: Ā«Exaltado serĆ© entre las naciones, exaltado serĆ© en la tierraĀ» (v. 10), y todo lo que se opone a Ćl no tiene mĆ”s remedio que obedecer.
La solución a un mundo cambiante no es tratar desesperadamente de estabilizar un mundo inestable (v. 11). La cura para el pĆ”nico por los vientos y los torrentes que arremeten constantemente contra la casa no es reforzar las ventanas con tablas (Mt 7:25; 8:27). La libertad del miedo al cambio no resulta de la ausencia de cambio, sino de la presencia de un Dios inmutable (Mal 3:6). Cuando seas tentado a creer que tu Padre solo te estĆ” dando piedras y serpientes en este mundo cuando estĆ”s pidiĆ©ndole pan (Mt 7:9-11), solo recuerda que la sabidurĆa no se pregunta con temor: «¿Por quĆ© fueron los dĆas pasados mejores que estos?Ā» (Ec 7:10). La sabidurĆa espera en Aquel que estĆ” en control (Pr 9:10).
Este artĆculo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Evans es profesor de ConsejerĆa BĆblica y director del Biblical Counseling Institute en el Presbyterian Theological Seminary de Pittsburgh.