Alimentemos El Alma
¿Quiénes Necesitan El Evangelio?
Por Charles H. Spurgeon sobre El Evangelio
Una parte de la serie Metropolitan Tabernacle Pulpit
Traducción por Allan Aviles
«Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que estÔn enfermos. No he venido para llamar a justos sino a pecadores.» Marcos 2:17
Ā«Cristo murió por los impĆos.Ā» Romanos 5:6
«Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.» Romanos 5:18
«Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.» 1 Timoteo 1:15
La noche del pasado jueves, con dificultad considerable, vine aquĆ para predicar el evangelio de Jesucristo, y usĆ© en mi predicación uno de los textos mĆ”s claros que pueda uno imaginar, completamente lleno de los mĆ”s sencillos elementos del evangelio. En pocos minutos el sermón produjo una cosecha. La congregación era escasa debido al mal tiempo, y ustedes no esperaban que su pastor pudiera predicar. Pero, a pesar de todas esas circunstancias, tres personas pasaron al frente sin que nadie se los pidiera, para dar testimonio que habĆan encontrado la paz con Dios. Si el nĆŗmero de personas era mayor no lo sĆ©, pero estos tres buscaron a los hermanos y confesaron de manera sincera y de todo corazón el hecho bendito de que, por primera vez en sus vidas, habĆan entendido el plan de salvación. Entonces me pareció que si un tema tan sencillo del evangelio fue de tan repentino provecho, me deberĆa sujetar a temas de ese tipo.
Si un agricultor encuentra que una semilla determinada le ha resultado tan efectiva que produce una cosecha como nunca antes la habĆa obtenido, usarĆ” nuevamente esa semilla, y sembrarĆ” mĆ”s de ella. Esos procesos exitosos de producción agrĆcola deben mantenerse, y ser utilizados en mayor escala. AsĆ pues, esta maƱana voy a predicar simplemente el A B C del evangelio, los primeros rudimentos del arte de la salvación, y le doy gracias a Dios que esto no serĆ” nuevo para mĆ. Que Dios el EspĆritu Santo, en respuesta a sus oraciones, nos conceda una recompensa el dĆa de hoy, en la misma proporción que la del jueves pasado, y si es asĆ, nuestro corazón estarĆ” muy feliz.
De un abundante nĆŗmero de textos, he seleccionado los cuatro arriba mencionados para proclamar la verdad de que la misión de nuestro SeƱor estaba relacionada con los pecadores. ĀæPara quĆ© vino Cristo al mundo? ĀæPara quiĆ©nes vino? Estas son preguntas muy importantes, y la Escritura tiene las claras respuestas. Cuando los hijos de Israel encontraron por primera vez el manĆ” fuera del campamento, se dijeron uno al otro, «¿ManĆ”?Ā» o ĀæquĆ© es esto? Porque no sabĆan lo que era. AllĆ estaba esa sustancia pequeƱa y redonda, tan diminuta como la escarcha en el suelo. No hay duda que la miraron, la frotaron con sus manos, la olieron, y cómo se alegraron cuando MoisĆ©s les dijo, Ā«Es el pan que Jehovah os da para comer.Ā» No pasó mucho tiempo antes que pudieran probar esa buena nueva, pues cada hombre recolectó su medida completa, la llevó a su casa, y la preparó a su gusto.
Ahora, en relación al evangelio, hay muchos que podrĆan exclamar ĀæManĆ”? porque no saben lo que es. Muy frecuentemente tambiĆ©n, se equivocan en lo que se refiere a su sentido y propósito y consideran que es algo asĆ como una ley superior, o un sistema mĆ”s fĆ”cil de salvación por obras; y por eso se equivocan tambiĆ©n en su idea acerca de las personas a quienes estĆ” dirigido. Se imaginan que, seguramente, las bendiciones de la salvación estĆ”n destinadas para las personas que lo merecen, y Cristo debe ser el Redentor de los que han acumulado mĆ©ritos. Bajo el principio de Ā«bien por bienĀ» llegan a la conclusión que la gracia es para quien posee excelencia y Cristo es para el virtuoso. Por tanto es muy Ćŗtil que recordemos continuamente a los hombres lo que es el evangelio, y para quiĆ©nes ha sido enviado al mundo; porque, aunque la mayorĆa de ustedes lo sabe muy bien, y no necesitan que se les diga, sin embargo hay multitudes a nuestro alrededor que persisten en graves errores, y necesitan ser instruidos una y otra vez en las mĆ”s sencillas doctrinas de la gracia.
Hay menos necesidad de laboriosas explicaciones de los profundos misterios que de sencillas explicaciones de las mƔs sencillas verdades. Muchos hombres solamente necesitan una simple llave para levantar el cerrojo y abrir la puerta de la fe, y tengo la esperanza que Dios, en su infinita misericordia, pondrƔ tal llave en sus manos en esta maƱana.
Nuestra misión es mostrar que el evangelio estĆ” dirigido a los pecadores, y tiene puesto sus ojos en los culpables; que no ha sido enviado al mundo como una recompensa para las personas buenas o excelentes, o para aquellos que piensan que tienen ciertas cualidades o que estĆ”n preparados para el favor divino; sino que estĆ” destinado a los que incumplen la ley, a los indignos, a los impĆos, a quienes se han extraviado como ovejas perdidas, o han abandonado la casa de su padre como el hijo pródigo. Cristo murió para salvar a los pecadores, y Ćl justifica a los impĆos. La verdad es lo suficientemente clara en la Palabra, pero como el corazón da coces contra ella, debemos insistir en ella con mucha dedicación.
Primero, AUN UNA MIRADA SUPERFICIAL A LA MISIĆN DE NUESTRO SEĆOR BASTA PARA MOSTRAR QUE SU OBRA FUĆ PARA EL PECADOR. Porque, queridos hermanos, la venida del Hijo de Dios a este mundo como Salvador significó que los hombres necesitaban ser liberados de un mal muy grande por medio de una mano divina. La venida de un Salvador que mediante su muerte proporcionarĆa el perdón para el pecado del hombre, significó que los hombres eran sumamente culpables, e incapaces de procurarse el perdón por medio de sus propias obras. Ustedes nunca hubieran visto un Salvador si no hubiera habido una caĆda. El EdĆ©n marchito fue un prefacio necesario para las angustias de GetsemanĆ. Ustedes nunca hubieran sabido de una cruz ni de un Salvador sangrante en ella, si no hubieran escuchado primero del Ć”rbol de la ciencia del bien y del mal, ni de una mano desobediente que arrancó la fruta prohibida. Si la misión de nuestro SeƱor no se refiriera al culpable serĆa, hasta donde podemos entender, una tarea totalmente innecesaria. ĀæQuĆ© justifica la encarnación sino la ruina del hombre? ĀæQuĆ© puede explicar la vida de sufrimiento de nuestro SeƱor sino la culpa del hombre? Sobre todo, ĀæquĆ© explica su muerte y la nube bajo la cual murió sino el pecado del hombre? Ā«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas. Pero Jehovah cargó en Ć©l el pecado de todos nosotros.Ā» Ćsa es la respuesta a un enigma que, de cualquier otra manera, no tendrĆa respuesta.
Si echamos una mirada al pacto bajo el cual vino nuestro SeƱor, pronto percibimos que su orientación es hacia los hombres culpables. La bendición del pacto de obras tiene que ver con los que son inocentes, a quienes promete grandes bendiciones. Si hubiera existido una salvación por obras hubiera sido por medio de la ley, ya que la ley es Ćntegra y justa y buena; pero el nuevo pacto evidentemente trata con pecadores, porque no habla de recompensa al mĆ©rito, sino que, promete sin condiciones: Ā«SerĆ© misericordioso en cuanto a sus injusticias y jamĆ”s me acordarĆ© de sus pecados.Ā» Si no hubieran existido pecados e iniquidades e injusticias no hubiera habido necesidad del pacto de la gracia, de la cual Cristo es el mensajero y el embajador. La mĆ”s ligera mirada al carĆ”cter oficial de nuestro SeƱor como el AdĆ”n de un nuevo pacto deberĆa ser suficiente para convencernos que su misión es para los hombres culpables. MoisĆ©s viene para mostrarnos cómo se debe comportar el hombre santo, pero JesĆŗs viene para revelar cómo puede ser limpiado el impuro.
Siempre que escuchamos algo de la misión de Cristo, es descrita como una misiónde misericordia y gracia. En la redención que estĆ” en Cristo JesĆŗs es la misericordia de Dios la que siempre es exaltada. Nos salvó por su misericordia. Ćl, por medio de JesĆŗs, por su abundante misericordia, perdona nuestras ofensas. Ā«La ley fue dada por medio de MoisĆ©s, pero la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo.Ā» Ā«CuĆ”nto mĆ”s abundó para muchos la gracia de Dios y la dĆ”diva por la gracia de un solo hombre, Jesucristo.Ā» El apóstol Pablo, que fue el que explicó de manera mĆ”s clara el evangelio, establece la gracia como la Ćŗnica palabra en que se apoyan los cambios: Ā«En cuanto se agrandó el pecado, sobreabundó la gracia.Ā» Ā«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.Ā» Ā«AsĆ tambiĆ©n la gracia reine por la justicia para vida eterna, por medio de Jesucristo nuestro SeƱor.Ā»
Pero, hermanos, la misericordia implica pecado: no se puede reservar ninguna misericordia para los justos, porque es la justicia misma quien les otorga todo lo bueno. Asimismo la gracia sólo puede otorgarse a los pecadores. ĀæQuĆ© gracia necesitan aquellos que han guardado la ley, y merecen el bien de las manos de Jehovah? Para ellos la vida eterna serĆa mĆ”s bien una deuda, una recompensa muy bien ganada; pero si se toca el tema de la gracia, de inmediato hay que eliminar la idea de mĆ©rito y hay que introducir otro principio. Sólo se puede practicar la misericordia allĆ donde hay pecado, y la gracia no se puede otorgar sino a quienes no tienen ningĆŗn mĆ©rito. Esto es muy claro y, sin embargo, todo el contenido de la religión de algunos hombres estĆ” basado en otra teorĆa.
El hecho es que, cuando comenzamos el estudio del evangelio de la gracia de Dios, vemos que siempre vuelve su rostro hacia el pecado, de la misma manera que el mĆ©dico mira hacia la enfermedad, o la caridad mira hacia la necesidad. El evangelio lanza sus invitaciones; pero ĀæquĆ© son las invitaciones? ĀæNo estĆ”n dirigidas a quienes estĆ”n cargados con el peso del pecado, y estĆ”n fatigados tratando de escapar de sus consecuencias? Invita a toda criatura porque toda criatura tiene sus necesidades, pero especialmente dice Ā«Deje el impĆo su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos.Ā» Invita al hombre que no tiene dinero, o dicho en otras palabras, sin ningĆŗn mĆ©rito. Llama a aquellos que estĆ”n necesitados, y sedientos, y pobres, y desnudos y todas estas condiciones son figuras de estados equivalentes producidos por el pecado.
Los propios dones del evangelio implican pecado; la vida es para los muertos, la vista es para los ciegos, la libertad es para los cautivos, la limpieza es para los sucios, la absolución es para los pecadores. Ninguna bendición del evangelio es propuesta como una recompensa, y no se hace ninguna invitación a quienes reclaman las bendiciones de la gracia como algo a lo que tienen derecho; los hombres son invitados a venir y recibir dones gratuitamente de acuerdo a la gracia de Dios. ¿Y cuÔles son los mandamientos del evangelio? El arrepentimiento. ¿Pero quién se arrepiente sino un pecador? La fe. Pero creer no es un mandamiento de la ley; la ley sólo habla de obras. Creer tiene que ver con los pecadores, y con el método de salvación por medio de la gracia.
Las descripciones que hace el evangelio de sà mismo usualmente apuntan hacia el pecador. El gran rey que hace una fiesta y no encuentra a ningún invitado que se siente a la mesa entre aquellos que naturalmente se esperaba que llegaran, pero que obliga a los hombres que van por los caminos y por los callejones a entrar a su fiesta. Si el evangelio se describe él mismo como una fiesta, es una gran fiesta para los ciegos, para los cojos, y para los lisiados; si se describe a sà mismo como una fuente es una fuente abierta para limpiar el pecado y las impurezas. En todas partes, en todo lo que hace y dice y da a los hombres, el evangelio se manifiesta como el amigo del pecador. El lema de su Fundador y Señor es «éste recibe a los pecadores.» El evangelio es un hospital para los enfermos, nadie sino el culpable aceptarÔ sus beneficios; es medicina para los enfermos, los sanos y los que creen en su propia justicia nunca podrÔn gustar sus sorbos salvadores. Quienes imaginan que poseen alguna excelencia ante Dios nunca se preocuparÔn por ser salvos por la gracia soberana. El evangelio, digo yo, mira hacia el pecador. En esa dirección y sólo en esa dirección lanza sus bendiciones.
Y hermanos, ustedes saben que el evangelio siempre ha encontrado sus mĆ”s grandes trofeos entre los mĆ”s grandes pecadores: alista a sus mejores soldados no solamente de las filas de los culpables sino de los rangos de los mĆ”s culpables. Ā«Simón,Ā» dijo nuestro SeƱor, Ā«Tengo algo que decirte. Cierto acreedor tenĆa dos deudores: uno le debĆa quinientos denarios, y el otro, cincuenta. Como ellos no tenĆan con quĆ© pagar, perdonó a ambos. Entonces, ĀæcuĆ”l de Ć©stos le amarĆ” mĆ”s?Ā» El evangelio se basa sobre el principio de quien ha tenido mucho que perdonĆ”rsele, Ć©se amarĆ” mĆ”s, y asĆ su SeƱor misericordioso se deleita buscando a los mĆ”s culpables y manifestĆ”ndose a ellos con amor abundante y sobreabundante, diciendo: Ā«He borrado como niebla tus rebeliones, y como nube tus pecados.Ā» Entre los grandes transgresores encuentra a los que mĆ”s intensamente lo aman una vez que los ha salvado, de Ć©stos recibe la bienvenida mĆ”s cordial y en ellos obtiene a los seguidores mĆ”s entusiastas. Una vez que son salvos, los grandes pecadores coronan a esta gracia inmerecida con sus diademas mĆ”s ilustres. Podemos estar bien seguros que tiene sus ojos puestos en los pecadores puesto que encuentra su mayor gloria en los mĆ”s grandes pecadores.
Hay otra reflexión que estĆ” muy cerca de la superficie, es decir, que si el evangelio no mira hacia los pecadores, Āæa quiĆ©n mĆ”s podrĆa mirar? Parece que ha habido Ćŗltimamente un resurgimiento del antiguo espĆritu que presenta objeciones, de manera que los orgullosos Fariseos constantemente nos dicen que la predicación de la justificación por la fe se ha llevado mĆ”s allĆ” de sus lĆmites, y que estamos conduciendo a la gente a valorar menos la moralidad al predicar la gracia de Dios. Esta objeción frecuentemente refutada estĆ” saliendo de su escondite otra vez, porque el Protestantismo estĆ” perdiendo su savia y su alma. La misma fuerza y columna vertebral de la enseƱanza de los Reformadores fue esa gran doctrina de la gracia, que la salvación no es por obras sino por la sola gracia de Dios; y como los hombres se estĆ”n alejando de la Reforma, y estĆ”n dejĆ”ndose influenciar por la Iglesia Católica Romana, estĆ”n haciendo a un lado esta grandiosa verdad de la justificación por la fe solamente, y pretendiendo que le tienen temor. Pero, Ā”oh, cuĆ”n miserables y tontos son muchĆsimos hombres en relación a este tema! Les propongo a todos ellos una pregunta: ĀæA quien, seƱores, mirarĆa el evangelio sino a los pecadores, porque quĆ© cosa son ustedes sino pecadores? Ustedes que hablan que la moralidad es lastimada, que la santidad es ignorada, ĀæquĆ© tienen ustedes que ver con cualquiera de ellas?
La gente que usualmente recurre a estas objeciones, por regla general harĆa mejor en no tocar esos temas. En general estos fieros defensores de la moralidad y de la santidad son sumamente liberales, mientras que los creyentes en la gracia de Dios frecuentemente son acusados de Puritanismo y rigidez. El que mĆ”s se adelanta para hablar en contra las doctrinas de la gracia es frecuentemente el hombre que mĆ”s la necesita, mientras que quien se opone a las buenas obras como la base para confiar, es precisamente la persona cuya vida estĆ” cuidadosamente dirigida por los estatutos del SeƱor. Sepan, oh hombres, que no vive en la faz de la tierra un hombre a quien Dios pueda mirar con placer si considerara a ese hombre a la luz de Su ley. Ā«Cada uno se habĆa descarriado; a una se habĆan corrompido. No habĆa quien hiciera el bien; no habĆa ni siquiera uno.Ā» NingĆŗn corazón por naturaleza es sano o justo ante Dios, ninguna vida es pura o limpia cuando el SeƱor viene para examinarla con sus ojos que todo lo ven. Estamos encerrados en la misma prisión con todos los culpables; si no somos igualmente culpables, sĆ somos culpables en la medida de nuestra luz y de nuestro conocimiento, y cada uno es condenado justamente, porque nos hemos descarriado en nuestro corazón y no hemos amado al SeƱor. ĀæA quien, entonces, podrĆa mirar el evangelio si no dirigiera sus ojos hacia el pecador? ĀæPor quiĆ©n mĆ”s pudo haber muerto el Salvador? ĀæQuĆ© personas hay en el mundo para quienes los beneficios de la gracia pudieran ser sido destinados?
II. En segundo lugar, ENTRE MĆS FIJAMENTE MIRAMOS MĆS CLARAMENTE VEMOS ESTE HECHO, porque, hermanos,la obra de salvación ciertamente no fue llevada a cabo en favor de ninguno de nosotros que somos salvos a causa de alguna bondad en nosotros. Si hubiera algo bueno en nosotros serĆa puesto por la gracia de Dios, y ciertamente no estaba ahĆ cuando, en el principio, las entraƱas del amor de Jehovah comenzaron a moverse hacia nosotros. Si toman la primera seƱal distintiva de salvación que fue realmente visible en la tierra, es decir, la venida de Cristo, se nos dice que Ā«AĆŗn siendo nosotros dĆ©biles, a su tiempo Cristo murió por los impĆos. DifĆcilmente muere alguno por un justo. Con todo, podrĆa ser que alguno osara morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aĆŗn pecadores. Cristo murió por nosotros.Ā» AsĆ que nuestra redención, hermano mĆo, fue efectuada antes que naciĆ©ramos. Este fue el fruto del gran amor del Padre Ā«que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados.Ā» No habĆa antes nada en nosotros que pudiera haber merecido esa redención, ciertamente la simple idea de merecer la muerte de JesĆŗs es absurda y es una blasfemia. SĆ, y cuando vivĆamos en el pecado y lo amĆ”bamos, se hacĆan preparativos para nuestra salvación; el amor divino estaba ocupado en nuestro favor mientras nosotros estĆ”bamos ocupados en la rebelión. El evangelio fue traĆdo cerca de nosotros, corazones sinceros se pusieron a orar por nosotros, se escribió el texto que nos convertirĆa; y como ya he dicho, se derramó la sangre que nos limpia, y fue dado el EspĆritu de Dios, que nos regenerarĆa. Todo esto se hizo cuando todavĆa no buscĆ”bamos a Dios. ĀæNo es maravilloso el pasaje del libro de Ezequiel, donde el SeƱor pasó y miró al bebĆ© indefenso lanzado al campo abierto cuando no estaba envuelto en paƱales y no habĆa sido lavado con agua, sino que estaba sucio y revolcĆ”ndose en su sangre? Dice que era tiempo de amor, y sin embargo era un tiempo de impureza y desprecio. Ćl no amó al bebĆ© elegido porque estuviera bien lavado y adecuadamente vestido, sino que lo amó cuando estaba sucio y desnudo. Que cada corazón creyente admire la liberalidad y compasión del amor divino.
Ā«Me vio arruinado en la caĆda,
Pero me amó, a pesar de todo;
Me salvó de mi estado perdido,
”Su misericordia, oh, cuÔn grande!
Cuando tu corazón era duro, cuando tu cuello era obstinado, cuando no te querĆas arrepentir ni someterte a Ćl sino que te rebelabas cada vez mĆ”s y mĆ”s, Ćl te amó a ti, sĆ, a ti, con afecto supremo. ĀæPor quĆ© una gracia tal? ĀæPor quĆ© habrĆa de ser, sino es porque su naturaleza estĆ” llena de bondad y Ćl se deleita en la misericordia? ĀæNo se ve la misericordia claramente extendida hacia el pecador en vez de ser otorgada sobre la base de algo bueno?
Miren aĆŗn mĆ”s detalladamente. ĀæQuĆ© vino a hacer nuestro SeƱor al mundo? AquĆ estĆ” la respuesta. Ā«Ćl fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue sobre Ć©l, y por sus heridas fuimos nosotros sanados.Ā» Ćl vino para ser quien cargara con el pecado: Āæy creen ustedes que vino para cargar sólo con los pecados pequeƱos, los pecados sin importancia del mejor tipo de hombres, si existen tales pecados? ĀæSuponen que es un pequeƱo Salvador, que vino para salvarnos de las pequeƱas ofensas? Amados mĆos, es el bien amado Hijo de Jehovah que viene a la tierra y lleva la carga del pecado, una carga que, cuando la lleva, encuentra que no es una carga ficticia, porque provoca en Ćl el sudor sangriento. Tan pesada es esa carga que inclina su cabeza a la tumba, y aĆŗn a la muerte bajo ella. Esa inmensa carga que estaba sobre Cristo era el cĆŗmulo de nuestros pecados; y por tanto cuando miramos ese tema percibimos que el evangelio tiene que ver con los pecadores.
Ā”No hay pecado! Entonces la cruz es una equivocación. Ā”No hay pecado! Entonces el lama sabactani fue sólo una queja contra una crueldad innecesaria. Ā”No hay pecado! ĀæEntonces, oh, Redentor, cuĆ”les son esas glorias que nosotros tan ansiosamente te hemos atribuido? ĀæCómo puedes quitar tĆŗ un pecado que no existe? La existencia de un gran pecado estĆ” implĆcita en la venida de Cristo, y esa venida fue ocasionada y hecha necesaria por el pecado, contra el cual JesĆŗs viene como nuestro Liberador. Ćl declara que ha abierto una fuente, llena con la sangre de sus propias venas. ĀæPero para quĆ©? Una fuente que limpia implica suciedad. Debe ser, pecador, que de alguna manera u otra hay gente sucia, o si no, no hubiera existido una asombrosa fuente como Ć©sta, llena del corazón de Cristo. Si tĆŗ eres culpable tĆŗ eres uno que necesita de esa fuente, y estĆ” abierta para ti. Ven con todo tu pecado y tu suciedad y lĆ”vate hoy, y sĆ© limpio.
«Fue por los pecadores que sufrió
Inexpresables agonĆas;
ĀæPuedes dudar que eres un pecador?
Si tienes dudas, entonces adiós esperanza.» «Pero, al creer lo que estÔ escrito:
‘Todos son culpables’, ‘muertos en el pecado,’
Mirando al Crucificado
La esperanza levantarĆ” tu alma.Ā»
Hermanos, todoslos dones que Jesucristo vino a dar, o cuando menos la mayor parte de ellos, implican que hay pecado. ¿CuÔl es su primer don sino el perdón? ¿Cómo puede perdonar a un hombre que no ha transgredido? Hablo con toda reverencia, no puede haber una cosa tal como perdón donde no hay ofensa cometida.
Propiciar por el pecado y borrar la iniquidad, ambas cosas requieren que haya un pecado para que pueda ser borrado ĀæO si no, quĆ© hay de real en ellas? Cristo viene para traer la justificación, y esto muestra que debe haber una falta de santidad natural en los hombres, porque si no, serĆan justificados por ellos mismos y por sus propias obras. ĀæY por quĆ© todas estas expresiones acerca de la justificación por la justicia del Hijo de Dios, si los hombres estĆ”n ya justificados por su propia justicia? Esas dos bendiciones, y otras del mismo tipo, son claramente aplicables solamente a los pecadores. Para nadie mĆ”s pueden ser de utilidad.
Nuestro SeƱor Jesucristo vino ceƱido tambiĆ©n con poder divino. Ćl dice, Ā«El espĆritu del SeƱor Jehovah estĆ” sobre mĆ.Ā» ĀæCon quĆ© fin fue cubierto con poder divino a menos que el pecado hubiera tomado todo el poder y la fuerza del hombre, y que el hombre estuviera en una condición de la cual no podĆa ser levantado excepto por la energĆa del EspĆritu eterno? ĀæY quĆ© implica esto sino que la misión de Cristo se dirige a aquellos que a travĆ©s del pecado estĆ”n sin fuerza y sin mĆ©rito ante Dios? El EspĆritu Santo es dado porque el espĆritu del hombre ha fallado: porque el pecado ha quitado la vida al hombre, y lo ha dejado muerto en transgresiones y pecados. Por tanto viene el EspĆritu Santo para reanimarlo dĆ”ndole una nueva vida, y ese EspĆritu viene por Jesucristo. Por consiguiente la misión de Jesucristo es claramente para el culpable.
No dejarĆ© de decir que, las grandes obras de nuestro SeƱor, si las miran cuidadosamente, todas tienen que ver con los pecadores. JesĆŗs vive; es para que pueda buscar y salvar lo que estĆ” perdido. JesĆŗs muere; es para que pueda hacer una propiciación por los pecados de los hombres culpables. JesĆŗs resucita; resucita para nuestra justificación, y como lo he mostrado, no necesitarĆamos la justificación a menos que hubiĆ©ramos sido naturalmente culpables. JesĆŗs sube a lo alto y Ćl recibe dones para los hombres; pero observen esa palabra especial, Ā«Aun de los rebeldes, para que allĆ habitase Jehovah Dios.Ā» JesĆŗs habita en el cielo, pero Ćl vive allĆ para interceder. Ā«Por esto tambiĆ©n puede salvar por completo a los que por medio de el se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos.Ā» AsĆ que tomen cualquier parte que quieran de sus gloriosos logros y encontrarĆ”n que hay una clara relación hacia aquellos que estĆ”n inmersos en la culpa.
Y, amados mĆos, todos los dones y bendiciones que Jesucristo ha traĆdo para nosotros derivan mucho de su brillo por su relación con los pecadores. Es en Jesucristo que somos elegidos y para mĆ la gloria de ese amor que elige descansa en esto, que fue dirigido hacia tales objetos sin mĆ©rito alguno. ĀæCómo pudo existir una elección si hubiera sido de acuerdo al mĆ©rito? Entonces los hombres se habrĆan clasificado por derecho propio de acuerdo a sus obras. Pero las glorias de la elección brillan con la gracia, y la gracia tiene siempre como su envoltura y como su contenido interno la falta de mĆ©ritos de los objetos hacia los cuales se manifiesta. La elección de Dios no es de acuerdo a nuestras obras, sino una inmerecida elección de entre los pecadores. Adoremos y maravillĆ©monos.
VuĆ©lvanse a contemplar el llamamiento eficaz, y vean cuĆ”n delicioso es verlo como una llamada que vivifica a los muertos, y llama a las cosas que no existen como si existieran, como una llamada a los condenados para darles perdón y favor. VuĆ©lvanse a continuación hacia la adopción. ĀæCuĆ”l es la gloria de la adopción, sino que Dios ha adoptado a aquellos que eran extraƱos y rebeldes para hacerlos sus hijos? ĀæCuĆ”l es la belleza especial de la regeneración, sino que aun de estas piedras Dios ha podido levantar hijos a Abraham? ĀæCuĆ”l es la belleza de la santificación, sino que ha tomado a criaturas tan impĆas como somos para hacernos reyes y sacerdotes para Dios, y para santificarnos completamente: espĆritu, alma, y cuerpo? Pienso que es la gloria del cielo pensar que aquellos miembros del coro vestidos de blanco estuvieron alguna vez suciamente corrompidos; esos felices adoradores fueron en un tiempo rebeldes contra Dios.
Es un cuadro feliz ver a los Ć”ngeles que no cayeron y que conservaron su primer estado, perfectamente puros y para siempre alabando a Dios; pero la visión de los hombres caĆdos que fueron rescatados divinamente estĆ” mĆ”s llena de la gloria de Dios. Por mĆ”s que eleven los Ć”ngeles sus voces gozosas en corales perpetuos, nunca pueden alcanzar la dulzura especial de esa canción: Ā«Hemos lavado nuestros vestidos y los hemos emblanquecido en la sangre del Cordero.Ā» No pueden entrar experimentalmente en esa verdad que es la gloria que corona al nombre de Jehovah: Ā«TĆŗ fuiste inmolado y con tu sangre nos has redimido para Dios.Ā»
De esta manera he demostrado abundantemente que entre mƔs miremos mƔs claro resulta que el evangelio estƔ dirigido a los pecadores y estƔ especialmente planeado para su beneficio.
III. Ahora, en tercer lugar, es evidente que ES NUESTRA SABIDURĆA ACEPTAR LA SITUACIĆN. SĆ© que para muchos esta es una doctrina de amargo sabor. Bien amigo, es mejor que cambies tu paladar, porque nunca serĆ”s capaz de alterar esa doctrina. Es la verdad del Dios eterno, y no puede ser cambiada. Lo mejor que puedes hacer, ya que el evangelio mira hacia los pecadores, es estar en el lugar hacia donde mira el evangelio; y puedo recomendarte esto, no solamente como polĆtica sino por honestidad, porque solamente estarĆ”s en el lugar correcto cuando estĆ©s allĆ.
Me parece escuchar que presentan objeciones. Ā«No admiro este sistema. ĀæVoy a ser salvo de la misma manera que un ladrón moribundo?Ā» Precisamente asĆ es, seƱor, a menos que sucediera que te es dada mayor gracia a ti que a Ć©l. Ā«Pero tĆŗ no quieres decir que en el tema de la salvación Āævoy a ser colocado en el mismo nivel que la mujer que fue una pecadora? He sido puro y casto, y Āævoy a deber mi salvación a la absoluta misericordia de Dios tanto como ella?Ā» SĆ seƱor, digo eso, exactamente asĆ. Sólo hay un principio bajo el cual Dios salva a los hombres, y es el de la gracia inmerecida. Quiero que entiendas esto. Aunque eso se mastique entre tus dientes como granitos de arena y te enoje; no lo lamentarĆ© si llegas a saber quĆ© es lo que quiero decir; porque la verdad todavĆa puede entrar en tu alma, y todavĆa te puedes inclinar ante su poder. Oh, hijos de padres piadosos, ustedes jóvenes de excelente moral y conciencias delicadas, a ustedes les hablo, sĆ, a ustedes. AlĆ©grense de sus privilegios, pero no se jacten de ellos, porque ustedes tambiĆ©n han pecado, han pecado contra la luz y el conocimiento, ustedes lo saben. Si no han caĆdo en los pecados mĆ”s terribles de obras y hechos, sin embargo en el deseo y en la imaginación ya se han extraviado lo suficiente, y en muchas cosas han ofendido terriblemente a Dios. Si, con estas consideraciones ante ustedes, toman su lugar como pecadores no serĆ”n deshonrados, sino que simplemente estarĆ”n en donde deben estar.
Y entonces recuerden, si obtienen la bendición de esta manera, la habrĆ”n obtenido de la manera mĆ”s segura posible. Supongan que hay un nĆŗmero de salones para los invitados, y yo he ocupado uno de los mejores, pero pudiera ser que no tengo derecho de estar allĆ. Estoy comiendo y bebiendo de las provisiones para los invitados de mayor rango, y mi boleto no corresponde a esa categorĆa, y por lo tanto me siento muy incómodo. Cada bocado que doy pienso en mis adentros: Ā«No sĆ© si se me permitirĆ” permanecer aquĆ, tal vez el SeƱor de la fiesta venga y me diga, Ā«Amigo, Āæcómo entraste aquĆ sin estar vestido de boda?Ā» Y con mucha vergüenza debo proceder a tomar mi lugar en un salón de mucha menor categorĆa.Ā»
Hermanos, cuando comenzamos desde abajo, y nos sentamos en el salón de menor categorĆa nos sentimos seguros, estamos satisfechos porque lo que tenemos es para nosotros, y no nos serĆ” quitado. Tal vez, cuando el rey venga nos pueda llevar a un salón de mejor categorĆa. No hay nada como comenzar en el lugar mĆ”s bajo. Cuando me afirmo en la promesa como un santo, tengo mis dudas acerca de ella, pero cuando me agarro de ella como un pecador ya no me cabe ninguna duda. Si el SeƱor me pide que me alimente de Su misericordia como Su hijo lo hago, pero el diablo me susurra al oĆdo que estoy presumiendo, porque nunca fui realmente adoptado por la gracia; pero cuando llego a JesĆŗs como culpable, como un pecador sin mĆ©ritos y tomo lo que el SeƱor libremente me presenta al creer, el diablo mismo no me puede decir que no soy un pecador, o si lo dice la mentira es demasiado clara, y no me ocasiona ninguna preocupación. No hay nada como tener un tĆtulo irrevocable, y si la descripción de ustedes en el tĆtulo es que son pecadores, eso es indisputable porque definitivamente lo son. De tal manera que el lugar del pecador es el lugar verdadero de ustedes y su lugar mĆ”s seguro.
Otra bendición es que es un lugar al que puedes ir directamente, incluso en este mismo momento. Si el evangelio mirara hacia los hombres que tienen un cierto estado de corazón en el que haya virtudes dignas de elogio, entonces ĀæcuĆ”nto tiempo me tomarĆ” elevar mi corazón a ese estado? Si Jesucristo viene al mundo para salvar hombres que tienen una cierta medida de excelencia, Āæentonces cuĆ”nto tiempo me tomarĆa alcanzar esa excelencia? Me puedo enfermar y morir en el lapso de media hora, y oĆr la sentencia del juicio eterno, y serĆa para mĆ un pobre evangelio el que me dijera que posiblemente obtuviera la salvación si alcanzara un estado que me tomarĆa varios meses para alcanzarlo. En esta hora yo, un moribundo, sĆ© que puedo irme fuera de este mundo y mĆ”s allĆ” del alcance de la misericordia en el tĆ©rmino de una hora; Ā”quĆ© consuelo es que ese evangelio venga a mĆ y se me dĆ© justo ahora, aun en la situación en que me encuentro! Ya estoy en esa posición en la que la gracia comienza con los hombres, porque soy un pecador, y sólo tengo que reconocerlo. Ahora pues, pobre alma, siĆ©ntate ante el SeƱor y di: Ā«SeƱor, Āævino tu Hijo a salvar a los culpables? Yo lo soy y confĆo en Ćl para que me salve. ĀæMurió Ćl por los impĆos? Yo soy uno, SeƱor, confĆo en que su sangre me limpie. ĀæSu muerte fue por los pecadores? SeƱor, asumo esa posición. Me confieso culpable. Acepto la sentencia de tu ley como justa, pero sĆ”lvame, SeƱor, pues JesĆŗs murió.Ā» Se ha cumplido; eres salvo. Ve en paz, hijo mĆo; tus pecados, que son muchos, te son perdonados. Ve, hija mĆa, sigue tu camino, y regocĆjate: el SeƱor ha quitado tu pecado; no morirĆ”s, porque quien cree, estĆ” justificado de todo pecado.
Bendito es el hombre a quien el SeƱor no le culpa de iniquidad y en cuyo espĆritu no hay engaƱo. Vete, entonces a tu verdadera posición, acepta la situación en que la gracia considera que debes de estar. No hables ni de justicia ni de mĆ©rito; sino apela a la piedad y al amor.
Cierto hombre habĆa conspirado varias veces contra el primer Napoleón, y eventualmente, estando enteramente en las manos del emperador, se pronunció su sentencia de muerte. Su hija suplicó ardientemente por su vida, y finalmente, cuando obtuvo una audiencia con el emperador, cayó de rodillas ante Ć©l. Ā«Hija mĆa,Ā» dijo el emperador, Ā«es inĆŗtil que supliques por tu padre, porque tengo la evidencia mĆ”s clara de sus mĆŗltiples crĆmenes, y la justicia requiere que muera.Ā» La muchacha le dijo, Ā«SeƱor, no pido justicia, imploro misericordia. Yo confĆo en la misericordia de tu corazón y no en la justicia del caso.Ā» La oyó pacientemente, y por su petición se salvó la vida de su padre. Imiten esa sĆŗplica y exclamen: Ā«Ten piedad de mĆ, oh Dios, conforme a tu misericordia.Ā»
La justicia no te debe nada sino la muerte, sólo la misericordia puede salvarte. Haz a un lado cualquier idea de poder defenderte exitosamente: admite que no tienes defensa y declĆ”rate culpable. ConfĆa en la misericordia de la corte y pide misericordia, misericordia por pura gracia, misericordia inmerecida, favor gratuito: esto es lo que debes pedir, y tal como en la ley hay una forma de juicio llamada in forma pauperis, es decir, en la forma de un indigente, adopta el mĆ©todo y como un hombre lleno de necesidades suplica el favor de las manos de Dios, in forma pauperis, y se te concederĆ”.
IV. Ahora cierro este discurso con el siguiente punto el cual es, ESTA DOCTRINA TIENE UNA GRAN INFLUENCIA SANTIFICADORA. Ā«Eso,Ā» dice alguien, Ā«no lo puedo creer. Seguramente has estado otorgando un valor al pecado al decir que Cristo vino a salvar solamente a los pecadores, y no llama a nadie al arrepentimiento sino a los pecadores.Ā» Queridos seƱores, he oĆdo ese tipo de comentarios tantas veces que ya me los sĆ© de memoria; las mismas objeciones contra esta doctrina fueron presentadas por los seguidores del Papa en los dĆas de Lutero, y desde entonces por todos los que obtienen beneficios especiales con la buena fe.
La opinión que la gracia inmerecida se opone a la moralidad, no tiene ningún fundamento. Ellos sueñan que la doctrina de la justificación por la fe conducirÔ al pecado, pero se puede demostrar por la historia que cada vez que esta doctrina ha sido magistralmente predicada, los hombres han sido mÔs santos, y cada vez que esta verdad ha sido oscurecida, ha abundado todo tipo de corrupción. La doctrina de la gracia y la vida sustentada por la gracia encajan perfectamente, y la enseñanza de la ley y una vida sin ley, generalmente se encuentran asociadas.
Vamos a mostrarles el poder santificante de este evangelio. Su primera operación en esa dirección es Ć©sta: cuando el EspĆritu Santo hace penetrar la verdad del perdón inmerecido en un hombrecambia completamente sus pensamientos en lo que concierne a Dios. Ā«QuĆ©,Ā» dice Ć©l, «¿me ha perdonado gratuitamente Dios de todas mis ofensas por causa de Cristo? ĀæY me ama a pesar de todo mi pecado? Ā”Yo no sabĆa que Ćl fuera asĆ, tan lleno de gracia y bueno! PensĆ© que Ćl era duro; lo llamĆ© tirano, cosechando donde no habĆa sembrado, pero, ĀæasĆ siente Ćl por mĆ?Ā» Ā«EntoncesĀ» dice el alma, Ā«entonces yo lo amo por esoĀ» Hay un cambio radical de sentimiento, en el hombre hay un giro completo tan pronto como Ć©l entiende la gracia redentora y el amor hasta la muerte. Al contemplar la gracia se produce la conversión.
MĆ”s aĆŗn, esta grandiosa verdad hace algo mĆ”s que cambiar a un hombre, lo inspira, lo derrite, lo vivifica y lo inflama. Esta es una verdad que sacude a las profundidades del corazón y llena al hombre de vivas emociones. Le hablaste acerca de hacer el bien, y de lo justo, y de la justicia, y de la recompensa, y del castigo, y Ć©l oyó todo eso que pudo haber tenido una cierta influencia sobre Ć©l, pero no lo sintió profundamente. Una enseƱanza asĆ es demasiado frĆa para calentar al corazón. Pero la verdad que llega al corazón del hombre sĆ le parece nueva y excitante. Va mĆ”s o menos asĆ: Dios por su pura misericordia, perdona al culpable, y Ćl te ha perdonado a ti. Entonces, esto lo despierta, lo sacude, toca la fuente de sus lĆ”grimas, y mueve todo su ser. Posiblemente, cuando oye el evangelio por primera vez, no le preocupa y hasta lo odia, pero cuando le llega con poder, tiene un control maravilloso sobre Ć©l. Cuando recibe su mensaje como realmente dirigido a Ć©l, entonces su frĆo corazón de piedra se convierte en carne; cĆ”lida emoción, amor tierno, humilde deseo, y un sagrado anhelo por el SeƱor se agitan en su seno. El poder vivificante de esta verdad divina, asĆ como su poder de conversión, nunca pueden ser admirados en exceso.
AdemĆ”s, cuando esta verdad entra en el corazón da un golpe mortal a la arrogancia del hombre. Muchos hombres se hubieran hecho sabios, simplemente pensando que ya lo son; y muchos hombres se hubieran hecho virtuosos, simplemente concluyendo que ya han alcanzado la virtud. He aquĆ, esta doctrina golpea duramente al crĆ”neo para quitarle la confianza en la propia bondad de ustedes, y hace que ustedes sientan su culpa; y al hacer eso arranca el gran mal del orgullo. Un sentido del pecado es el umbral de la misericordia. Una conciencia de la propia incapacidad, un dolor por todas las ofensas pasadas, es una preparación necesaria para una vida mĆ”s elevada y mĆ”s noble. El evangelio excava los cimientos, crea un gran vacĆo y de esa manera hace un espacio para poner las piedras gloriosas de un noble carĆ”cter espiritual, en el lugar debido.
AdemĆ”s, cuando se recibe esta verdad es seguro que brota en el alma un sentimiento de gratitud. El hombre a quien se le ha perdonado mucho con toda seguridad amarĆ” mucho a cambio. La gratitud hacia Dios es el grandioso resorte que mueve a la acción santa. Quienes hacen lo justo para ser recompensados por ello actĆŗan de manera egoĆsta. El egoĆsmo estĆ” en el fondo de su carĆ”cter, se abstienen de pecar sólo para que su yo evite el sufrimiento y obedecen sólo para que su yo estĆ© seguro y feliz. El hombre que hace lo justo no por el cielo o por el infierno, sino porque Dios lo ha salvado, y ama a Dios que lo salvó, es verdaderamente el hombre que ama lo justo. El que ama lo justo porque Dios lo ama, se ha levantado del pantano del egoĆsmo y es capaz de la virtud mĆ”s elevada, sĆ, tiene en Ć©l una fuente viva, que fluirĆ” y se desbordarĆ” en una vida santa mientras viva.
Y, queridos hermanos, pienso que todos verÔn que el perdón inmerecido para los pecadores promueve una parte del carÔcter verdadero, es decir, disposición para perdonar a otros, porque a quien se le ha perdonado mucho le resulta fÔcil perdonar las transgresiones de los demÔs. Si no lo hace, bien puede dudar si ha sido él mismo perdonado; pero si el Señor ha borrado su deuda de mil talentos él pronto perdonarÔ los cien centavos que su hermano le debe.
Por Ćŗltimo, algunos de nosotros sabemos, y quisiĆ©ramos que todos lo supieran por experiencia personal, que un sentimiento de favor inmerecido y libre perdón es el alma misma del entusiasmo, y el entusiasmo es para los cristianos lo que la sangre es para el cuerpo. ĀæAlguna vez se entusiasmaron ante un discurso frĆo sobre la excelencia de la moralidad? ĀæSintieron que su alma se sacudĆa dentro de ustedes al escuchar un sermón sobre las recompensas de la virtud? ĀæAlguna vez se entusiasmaron cuando se les habló acerca de los castigos de la ley? De ninguna manera, seƱores; pero prediquen las doctrinas de la gracia, dejen que el favor soberano de Dios sea exaltado, y observen las consecuencias.
Hay gente que estĆ” dispuesta a caminar muchas millas y aguantar juntos sin cansancio durante muchas horas para oĆr esto. He conocido a los que soportan duras caminatas de muchas millas para escuchar a esta doctrina. ĀæPor quĆ©?ĀæPorque el hombre era elocuente, o porque era buen orador? Nada de eso: algunas veces la predicación ha sido mala, presentada con un lenguaje sin educación, y sin embargo esta doctrina siempre ha movido a la gente. Hay algo en el alma del hombre que estĆ” buscando al evangelio de la gracia, y cuando viene, hay hambre para oĆrlo. Vean como en los tiempos de la Reforma, cuando existĆa la pena de muerte por oĆr un sermón: cómo se reunĆa la gente a medianoche; cómo caminaban largas jornadas hacia los desiertos y las cuevas para escuchar la enseƱanza de estas viejas verdades grandiosas.
Hay una dulzura acerca de la misericordia, de la misericordia divina, graciosamente dada, que captura el oĆdo del hombre y sacude su corazón. Cuando esta verdad penetra en el alma engendra entusiastas, mĆ”rtires, confesores, misioneros, santos. Si hay cristianos serios, y llenos de amor a Dios y al hombre, son aquellos que saben lo que la gracia ha hecho por ellos. Si hay quienes permanecen fieles ante los reproches y llenos de gozo ante las penalidades y las cruces, son aquellos que estĆ”n conscientes de su deuda hacia el amor divino. Si hay quienes se deleitan en Dios mientras viven, y descansan en Ćl cuando mueren, son los hombres que saben que son justificados por la fe en Jesucristo que justifica al impĆo.
Toda la gloria sea para el SeƱor que elevó al mendigo desde el montón de estiĆ©rcol y lo puso en medio de los prĆncipes, los prĆncipes de Su pueblo. Ćl toma a los desechados por el mundo y los adopta como miembros de su familia y los hace herederos de Dios por Jesucristo. El SeƱor nos permite conocer el poder del evangelio sobre nuestro yo pecador. El SeƱor nos hace querer el nombre, la obra, y la persona del Amigo del Pecador. OjalĆ” que nunca olvidemos el agujero del pozo del que fuimos sacados, ni la mano que nos rescató, ni la inmerecida bondad que movió a esa mano. A partir de ahora y cada vez con mayor celo tenemos que hablar de la gracia infinita. Ā«Gracia inmerecida y amor hasta la muerte.Ā» Bien dice esa canción espiritual: Ā«Suenen esas campanillas encantadoras.Ā» Ā”Gracia inmerecida y amor hasta la muerte, son las ventanas de esperanza del pecador! Nuestros corazones se gozan con esas palabras. Gloria a ti, Oh SeƱor JesĆŗs, siempre lleno de compasión. AmĆ©n.
Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artĆculos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.