Los 10 Leprosos

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

28 – Los 10 Leprosos

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

Cómo aconsejar a las parejas a través del pecado sexual pasado

9Marcas

Consejería

Por Scott Croft 

¿Recuerdas cuando la consejería prematrimonial a las parejas jóvenes en materia de sexo consistía en una breve advertencia sobre la tentación y en complementar su educación sobre los pájaros y las abejas que sus padres, aburridos o avergonzados, habían olvidado mencionar? Sí, yo tampoco.

Si estás leyendo este artículo, es probable que estés tratando con parejas en las que al menos una persona ha cometido un pecado sexual repetido y tal vez grave. Ahora, están tratando de navegar a través de esta realidad hacia un matrimonio piadoso y saludable en el que el «banco de confianza» se ha agotado desesperadamente y necesita ser restaurado.

En la práctica, hablemos de cuándo y cómo los pastores pueden guiar a las parejas de novios o parejas comprometidas a través de estas conversaciones difíciles.

¿CUÁNDO?

No hay una respuesta rigurosa, pero mi mejor recomendación es que el pecado sexual pasado se discuta en esa etapa incómoda en la que la relación va bien y probablemente se dirija hacia el matrimonio, pero antes de que la pareja se comprometa formalmente. En nuestra cultura, el compromiso se considera un acuerdo serio que requiere un poco de llanto y crujir de dientes para romperse, aunque ocurre con más frecuencia de lo que se cree. Teniendo en cuenta este hecho, las personas deberían tener la oportunidad de saber, antes de comprometerse para casarse con alguien, que su posible cónyuge ha tenido relaciones sexuales con numerosas personas o hasta la semana pasada estaba en medio de una adicción activa a la pornografía.

Hablaré de las respuestas bíblicas a dicha información a continuación, pero parece prudente que el «autor» del pecado sexual debe confesar antes de que el posible cónyuge haya alcanzado el punto teórico y cultural sin retorno.

Habiendo dicho esto, no deberíamos animar a las parejas a hablar del pecado sexual pasado demasiado pronto. Revelar detalles íntimos de nuestro pecado pasado al principio de una relación generalmente no es una buena idea porque (1) tiende a crear un nivel inapropiado de intimidad en las primeras etapas de una relación, y (2) tiende a imponer una carga injusta sobre una nueva relación pidiéndoles a las personas que lidien con cosas realmente difíciles del pasado de su pareja antes de que realmente conozcan el carácter actual del otro y su caminar con Cristo.

¿CÓMO?

Primero, se debe hablar de los pecados sexuales pasados ​​en términos generales. Confesar el solo hecho del pecado sexual con otras parejas o una lucha pasada con la pornografía puede ser suficiente. Las preguntas de seguimiento razonables podrían discutir la cantidad de parejas sexuales, si han experimentado atracción por personas del mismo sexo o el momento y el nivel de victoria sobre la pornografía. Más allá de eso, los detalles generalmente no suelen ser buenos para el alma de nadie y, por lo general, son inútiles a menos que sean genuinamente relevantes para la sabiduría de una decisión matrimonial. Tampoco es un tema en el que se deba insistir repetidamente si se puede evitar.

Así que este es mi consejo básico: el pecado sexual pasado o presente debe discutirse en una sola conversación en la que ambas personas confiesen lo que necesitan. Quizás a esto le sigan conversaciones adicionales, ya que las personas necesitan procesar lo que han conocido.

Los pecados sexuales pasados ​​deben confesarse con humildad, empatía y probablemente alguna medida de tristeza o arrepentimiento, pero no con culpa o vergüenza, porque el Señor Jesucristo ha dado cuenta de tales pecados en la cruz. No obstante, los hermanos y hermanas que enfrentan el pecado sexual y se lo revelan a alguien que esperan que los ame, pueden sentirse atormentados por la culpa y la vergüenza que no tienen que ser parte de la vida abundante en Cristo.

En el otro lado de la ecuación, un posible cónyuge debería escuchar la confesión de un pecado sexual pasado con tristeza, arrepentimiento e incluso frustración si es ahí donde está el corazón, pero en última instancia con una actitud de gracia.

Para ser claros, la respuesta sabia y piadosa no siempre será seguir adelante con la relación. Ser informado de la adicción previa de un posible cónyuge a la pornografía infantil, por ejemplo, viene a la mente como un tema que puede afectar genuinamente la sabiduría de una decisión matrimonial. Aun así, al lidiar con el pecado pasado, la respuesta piadosa debería ser la voluntad de continuar con la relación si, en conjunto, otros factores ya apuntan en esa dirección [1].

Al mismo tiempo, alguien que escucha tal confesión de un posible cónyuge, especialmente si su propio pecado sexual ha sido comparativamente menos profundo, puede luchar contra la tristeza, la ira, la amargura, el miedo y la justicia propia.

Entonces, ¿cómo aconsejamos a hombres y mujeres en uno o ambos de estos supuestos?

Como sugerí anteriormente, fundamentalmente se trata de mostrar gracia a un hermano pecador perdonado en Cristo. De hecho, la mayoría de los mismos principios bíblicos básicos se refieren tanto al ofensor como al ofendido. Aunque el pecado sexual (como todo pecado) se comete principalmente contra Dios, también es un pecado contra cualquier otra persona involucrada y el futuro cónyuge del pecador, por lo que es perfectamente comprensible que un posible cónyuge responda con sentimientos de dolor y tristeza.

Pero si el pecador está ahora en Cristo, entonces él o ella «nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2Co. 5:17). Si un creyente pecador ha confesado sus pecados pasados ​​a Dios como su hijo, entonces Dios no solo los ha perdonado, sino que lo ha «limpiado de toda maldad» (1 Jn. 1:9); ha arrojado esos pecados al mar para no recordarlos más. Dios no solo perdona; él olvida. Cuando mira a sus hijos, se deleita en nosotros porque ve a su Hijo perfecto. Y por eso nos llama a ver a nuestros hermanos y hermanas en Cristo de la misma manera. Precisamente por eso, Jesús mismo tiene palabras duras y una advertencia severa para aquellos que son perdonados pero no pueden perdonar (Mt. 18:21-35).

Como pastores, debemos recordar a las parejas jóvenes no solo que todos somos pecadores (Ro. 3:23), sino también que todos somos pecadores sexuales. Incluso si un hombre o una mujer no ha pecado sexualmente con otra persona, el uso de la pornografía, la masturbación y los pensamientos lujuriosos cuentan en su contra, arruinando cualquier perfección percibida. Todos hemos caído sexualmente.

Pero hay gracia y sanidad en el evangelio. Anima a los hermanos y hermanas jóvenes a descansar en la gracia que Dios les ha mostrado en Cristo y a mostrar esa misma gracia a sus posibles cónyuges [2].

CONCLUSIÓN

Finalmente, un poco de estímulo práctico: la intimidad emocional, espiritual y sexual que florece en un matrimonio amoroso y piadoso a menudo contribuye en gran medida a sanar las heridas del pasado. Tiene la forma para desplazar los sentimientos relacionados con el pecado pasado.

Recuérdales, pues, a tus ovejas que Dios ordenó el matrimonio; que está a favor de los matrimonios sexualmente saludables; y que todo matrimonio piadoso, amoroso y lleno de gracia, que involucra a dos pecadores sexuales, refleja el evangelio y glorifica a Dios.

Traducido por Samuel Ortiz

*****

[1]. Cómo lidiar con una adicción actual a la pornografía o el pecado sexual en curso es un tema para otro día.

[2]. Esto puede ser evidente, pero cuando tengas estas conversaciones, mantente atento a aquellas de tus ovejas con problemas relacionados con la sexualidad o problemas más profundos de salud emocional y mental en general. Especialmente en lo que respecta a los problemas de abuso o trauma sexual en el pasado, es probable que se requiera atención amorosa y asesoramiento a más largo plazo.

Mark Deve

Viviendo santamente como siervo

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como siervo

Benjamin Veurink 

Servir a Dios es un privilegio indescriptible tanto como una responsabilidad seria. Es un privilegio porque Dios jamás necesita del hombre. Él «habita en luz inaccesible» (1 Ti. 6:16), «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (He. 1:3), es servido por miríadas de miríadas de ángeles (He. 1:7, 14; Ap. 5:11) y es «bendito por los siglos de los siglos» (Dn. 2:20; cp. Gá. 1:5). Él es dueño de todo el universo (Sal. 24:1). Todo cuanto existe fue hecho por Él (Sal. 146:6). A Él no le falta nada y es perfectamente capaz de suplir sus propias necesidades, si las tuviera. Al mismo tiempo, nadie merece servir a Dios (1 Co. 1:26-31). Pero, aun así, el Todopoderoso, en amor, ha permitido a los hombres servirle. Servir a Dios es un don celestial otorgado a pecadores que no merecen nada. Solo un corazón perdonado, que sabe que fue traído de muerte a vida (Ef. 2:1), podrá servir a Dios con la motivación correcta. Él «no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Además, después de haber lavado los pies de sus discípulos les dijo así: «vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13:14-15). Un corazón agradecido, buscará agradar y glorificar a su Señor a través de su servicio, sabiendo que «[será feliz] si lo [practican]» (Jn. 13:17).

Por tanto, dado que Dios ha extendido su misericordia hacia los hombres permitiéndoles servirle, se requiere de la mayor seriedad, porque el servicio al Señor es infinitamente mayor que cualquier otro servicio que se pueda ejercer. Aun siendo una gracia divina, es un asunto sublime y espantoso al mismo tiempo. Así que, vale la pena averiguar qué es lo que Dios requiere de sus siervos. Tal como el título de este artículo enfatiza, la prioridad para servir a Dios es la santidad. Todo cristiano, independientemente de su rol en el cuerpo de Cristo, sirve a Dios y a su prójimo. Por lo tanto, es importante saber que Dios desea que sus siervos sean santos, que vivan vidas santas: «Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra» (2 Ti. 2:21). Porque Dios exige santidad para servirle, hay tres aspectos que 2 Timoteo 2:21 resalta que nos ayudarán a servir a Dios como Él quiere ser servido: Primero, la santidad complace al Señor; segundo, la santidad conviene al siervo; y tercero, la santidad coincide con el servicio.

La santidad complace al Señor

Primero, la santidad complace al Señor. Hay aquellos que desprecian la importancia de la santidad, pensando que es inconsecuente e irrelevante. Sin embargo, Dios ha decido en su eterna e inmutable voluntad, «[darse] a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14). Dios escogió a su Iglesia para salvación y para santificación. No existe ningún hijo de Dios que ha sido justificado que no ha sido santificado (1 Co. 6:11). Por un lado, hemos sido apartados para Él y, por el otro, hemos sido hechos nuevas criaturas (2 Co. 5:17), aunque todavía aguardamos la redención futura «de este cuerpo de muerte» (Ro. 7:24). Calvino afirma: «Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir»[1]. Los que quieren divorciar la justificación y la santificación intentan dividir la obra de Jesucristo. Es una imposibilidad, una necedad. Por eso tenemos certeza de salvación en Cristo. Siempre que Dios salva a un pecador lo santifica a través de su Espíritu, capacitándolo para enlistarlo en su servicio. Los hombres que Dios justifica fueron predestinados para ser «hechos conforme a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). Al mismo tiempo, la santificación es también un mandato (1 P. 1:16). Es nuestra responsabilidad obedecer, buscando agradarle en todo y vivir para Él. Por lo tanto, el siervo debe ser santo porque la santidad es la meta celestial, el requisito divino y es lo que complace al Señor.

Así que, sirviendo a Dios en santidad es la respuesta apropiada de su redención. Por eso Pablo nos manda, como resultado de las misericordias de Dios, a que «[presentemos nuestros] cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios […]» (Ro. 12:1). Es cierto que no somos salvos por nuestro servicio, pero somos salvos para servir. Cualquier otra respuesta es inferior y menosprecia categóricamente la redención de Dios; además, desprecia el poder santificador del Espíritu Santo. Las Escrituras son claras en afirmar que la santidad en los hijos de Dios complace a Dios:

  • «Y el Dios de paz […] os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (He. 13:20-21)
  • «¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Ro. 6:2).
  • «No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?» (2 Co. 6:14).
  • «¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? […]» (1 Co. 6:9).
  • «Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta» (Stg. 2:26)?
  • «Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación» (1 Tes. 4:7).

El Señor nos ha redimido para vivir para su gloria (Ef. 1:12). La única manera de vivir dignamente la salvación otorgada es en santidad, lejos de impiedad, libre del pecado y listo para la justicia. Nada gratifica a Dios más que ver a sus hijos caminando como Jesús caminó.

Es cierto que Dios usa «lo vil y despreciado» (1 Co. 1:28), «lo necio de mundo, para avergonzar a los sabios» (1 Co. 1:27) y poderosos de este siglo. Sin embargo, al ser escogidos por Dios, somos transformados en herramienta sagradas y útiles en sus manos. Somos santos, apartados para Él. Dios mismo ha dicho que: «el que anda en camino de integridad me servirá» (Sal. 101:6b). El siervo santo es aquel a quien el Señor emplea en su obra, mientras que los que impíos son echados fuera. Que sea dicho de nosotros como fue dicho de los servidores de Salomón: «Bienaventurados tus hombres, bienaventurados estos tus siervos que están delante de ti continuamente y oyen tu sabiduría» (1 R. 10:8). Dichosos son los siervos del Señor quienes son revestidos por su santidad y que disfrutan de su santidad.

La santidad conviene al siervo

En segundo lugar, la santidad conviene al siervo. Para que un siervo pueda ser útil en su servicio al Señor hay un requisito: la santidad. Al hablar de requisito es importante afirmar que Dios puede usar a quien Él desee usar. No hay duda de eso. Pero nadie argumentaría que Dios usó a Faraón, Saúl y Nabucodonosor de la misma manera que a Moisés, David y Daniel. Hay vasos de honra y deshonra en la casa de Dios, pero es una vergüenza anhelar ser un vaso de deshonra (2 Ti. 2:20). De ser necesario, las piedras clamarían las alabanzas de Dios (véase Lc. 19:40), pero el Señor prefiere usar a los hombres. Dios pudo escoger a los ángeles para proclamar su evangelio, pero decidió que los labios humanos serían más apropiados. ¡Qué privilegio! Dios puede usar a cualquiera, pero los de mayor utilidad entre sus siervos son los que son santos: «en gran medida, según la pureza y perfección del instrumento, será el éxito […] Un ministro santo es un arma terrible en la mano de Dios»[2]. Dios mismo ha deseado que sus siervos sean vasos de honra, que sean utilizados con excelencia y efectividad, y que sean preparados para toda buena obra.

Es imposible exagerar la importancia de la santidad en el siervo del Señor. La santidad no es opcional, sino esencial para servir al Señor. Es tan esencial que tan pronto como el siervo pierde su santidad, tan pronto como su vida en piedad es comprometida, su servicio es convertido en una desgracia ante el Señor. Es erróneo pensar que la santidad puede faltar sin que le importe a Dios. Vivir en santidad es sumamente importante para Dios, ya que sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14). Al mismo tiempo, sin santidad nadie servirá al Señor. El puritano Thomas Brooks habló de la importancia de la santidad para los hijos de Dios: «La santidad es el vínculo que une a Dios y el alma. Dios se unirá a los que en santidad se unen a él»[3]. Sin santidad no puedes ser su hijo, no porque ganes su aceptación por medio de tus obras, sino porque tu vida en santidad es resultado directo de ser su hijo. Si eres su hijo, darás fruto y querrás servirle. Por eso es completamente ilógico pensar que se puede servir a Dios sin santidad. El mandato es claro y convincente: «sed santos, porque yo soy santo» (Lv. 11:44). No hay lugar para debate ni cláusulas condicionales que permitan que alguien pueda servir a Dios sin ser santo. Cuanto más santo es el siervo cuanto más útil será en el servicio del Señor, y esto es bueno: ¡le conviene!

La santidad caracteriza el siervo

Tercero, la santidad caracteriza al siervo y su servicio. El Señor dijo lo siguiente: «Como santo seré tratado por los que se acercan a mí» (Lv. 10:3a). El único tipo de servicio que es genuino y aceptado por el Señor es aquel que es santo, así como Él es santo. Lo que más caracteriza —y debe caracterizar—el servicio al Señor es la santidad porque estamos sirviendo al «santo de Israel» (Jer. 51:5). Nada puede reemplazar la santidad en el servicio a Dios. No nos engañemos. No se trata de habilidades ni dones, sino de santidad. Dios puede enlistar el menos preparado. No se trata tanto de recursos y posesiones, sino de la santidad. Dios puede encomendar al más pobre, al menos preparado, al menos estimado, al menos esperado, al menos capacitado. No es tanto una cuestión de posición ni prestigio, sino que de santidad. Lo que debe caracterizar al siervo y su servicio hacia nuestro amado Señor es la santidad. Brooks nuevamente da en el clavo al afirmar que «la santidad pone un sabor divino en todos los servicios del hombre»[4]. La naturaleza del servicio requiere que los que lo ejercen sean puros, sin mancha y santos.

Los verdaderos siervos del Señor convierten toda oportunidad en un servicio rendido ante Dios. Esto los caracteriza. Los falsos siervos, por el contrario, pervierten todo servicio al Señor. Los verdaderos siervos buscan cómo pueden servir al Señor en cada situación, mientras que los falsos siervos aprovechan cada oportunidad para servirse a sí mismos. Aquel que sirve a Dios para ser reconocido convierte su servicio en hipocresía y su reconocimiento en desgracia. Nadie puede servir a Dios para su propio beneficio y esperar salirse con la suya. Dios no compartirá su gloria con nadie. Pretender que es posible es una verdadera necedad. De la misma manera como «las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor» (Ec. 10:1), así la impiedad pervierte el servicio al Señor. Dios rechaza toda forma de servicio y adoración que esté salpicada con pecado (Is. 1:11–15; Am. 5:21–23; Mal. 1:10); simplemente, «no son aceptables, y […] no [le] agradan» (Jer. 6:20). Es un peligro mortal ser hallado como el humo que indigna la nariz de Dios (Is. 65:5). Lo que está en juego es de vital importancia.

Además, el servicio no es más aceptable por su nivel de importancia ante los ojos de los hombres, sino por el corazón con el cual es realizado delante del Señor. Por eso, la clase de servicio no dignifica al siervo. Eso remueve la falacia de que hay ciertos servicios en la obra de Dios que son más dignos que los demás. Pero en realidad, es el amo a quien se sirve el que dignifica todo servicio que se puede realizar. Porque cuando Dios es servido, el servicio siempre es digno. Dios es el objeto, el medio y el fin de todo nuestro servicio. Ningún servicio por «inferior» que parezca ser, es realmente inferior, porque Dios jamás es inferior (cp. 1 Co. 12:22–23). Por eso debemos caracterizarnos por vivir vidas santas y servir de una manera que Dios sea agradado a través de todo lo que hagamos (Col. 3:17). Dado que es Dios a quien servimos, debemos apartarnos totalmente de todo lo que Él odia para ser puros para servirle.

Conclusión

En conclusión: ¡gloria a Dios por permitirnos servirle! Como hemos visto, es un enorme privilegio y responsabilidad. Al mismo tiempo, es motivo de gozo saber que nuestro servicio jamás es aceptado por nuestra propia santidad, sino únicamente por medio de Jesucristo. Esto es debido a que «la santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con Él»[5]. Además, solo por medio de Jesucristo podemos «ofrecer sacrificios espirituales» gratos y «aceptables a Dios» (1 P. 2:5). Por eso damos gracias a Dios por el privilegio de servirle y porque nos capacita para vivir vidas santas, apartados para Él como nuevas criaturas que fuimos traídas de muerte a vida. Servimos no porque Dios tiene falta, sino porque nosotros hemos recibido en abundancia. Damos porque se nos ha dado. Es el exuberante favor de Dios hacia nosotros lo que provoca nuestro servicio. No es por obligación, sino por amor. No es por coerción, sino por voluntad. Siempre el servicio genuino brota del agradecimiento.

Sin embargo, el hecho que es Dios quien nos capacita a vivir en santidad no quita la responsabilidad que tenemos de vivir vidas santas que agraden al Señor. Debemos ser constantes, fieles y diligentes, tal como David reflexiona: «Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro» (Sal. 24:3–4a). Es una lucha constante, puesto que, aunque hemos sido santificados —apartados para Él— y Él nos ha dado una nueva naturaleza para seguirle y obedecer su voluntad cuando antes nos era imposible hacerlo, lo cierto es que seguimos en un camino progresivo de santificación. Tenemos que constantemente «[limpiarnos] de toda inmundicia […] perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Co. 7:1). No olvidemos que «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts. 4:3). Es vital, fundamental y primordial, porque sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14), ni podrá servirle adecuadamente. Que el siguiente proverbio nos sirva de advertencia adicional: «El favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, mas su enojo es contra el que obra vergonzosamente» (Pr. 14:35). La santidad complace al Señor, la santidad conviene al siervo y la santidad caracteriza al siervo y su servicio. Que al final de nuestros días el Señor diga de nosotros las siguientes palabras: «Bien, siervo bueno y fiel; […] entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:23).

[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 1:619.

[2] Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne (Chicago, IL: Moody, 1978), 95.

[3] Thomas Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks (Edinburgh: Banner of Truth, 2001), 4:54.

[4] Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks, 4:357.

[5] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 69.

Benjamin Veurink

Benjamin Veurink

Benjamin M. Veurink (MMB, MDiv Candidate) es estadounidense, sirviendo como misionero en Cali, Colombia, junto con su amada esposa, Diana. Ellos tienen tres hijos: Abigail, Eleanor y Josiah (quien está con el Señor). Benjamin es licenciado en Estudios Bíblicos; además tiene una Maestría en Ministerio Bíblico y actualmente está cursando una Maestría en Divinidad en The Master’s Seminary.

Aspectos de la Cena del Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

 Keith A. Mathison

Aspectos de la Cena del Señor

Cuando Dios instituyó la Pascua, Moisés le dijo al pueblo de Israel:

Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: «¿Qué significa este rito para vosotros?», vosotros diréis: «Es un sacrificio de la Pascua al SEÑOR, el cual pasó de largo las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas» (Ex 12:26-27).

Dios sabía que esta cena ceremonial traería preguntas a las mentes de los espectadores. La Cena del Señor provoca el mismo tipo de preguntas. ¿Sabemos nosotros cómo responder a esas interrogantes? ¿Sabemos qué decir cuando nuestros hijos nos preguntan: «¿Qué es la Cena del Señor?»?

Nuestros ancestros ​​en la fe nos han legado muchas ayudas para esta tarea, incluyendo nuestras confesiones y catecismos. Por ejemplo, la pregunta 168 del Catecismo Mayor de Westminster (CMW), aborda este tema «¿Qué es la Santa Cena?», y la responde de esta manera:

La Cena del Señor es un sacramento del Nuevo Testamento, en el cual, por medio de dar y recibir pan y vino, según lo establecido por Jesucristo, se declara Su muerte; y quienes participan dignamente se alimentan de Su cuerpo y Su sangre, para su sustento espiritual y crecimiento en gracia; se les confirma así su unión y comunión con Él; testifican y renuevan su gratitud y compromiso con Dios, y su amor mutuo unos con otros como miembros del mismo cuerpo místico.

Lo primero que notamos acerca de la Cena del Señor es que es un sacramento. Pero, ¿qué es un sacramento? 

Un sacramento es una santa ordenanza instituida por Cristo en Su Iglesia, para señalar, sellar y manifestar los beneficios de Su mediación, a quienes están dentro del pacto de gracia; a fin de fortalecer y aumentar su fe y todas las demás cualidades; para obligarlos a la obediencia; para testificar y mantener el amor y la comunión del uno con el otro; y para distinguirlos de quienes están fuera (CMW 162).

El catecismo continúa explicando que los sacramentos tienen dos partes: un elemento externo visible y la realidad espiritual representada por el elemento (CMW 163). Solo hay dos de estos sacramentos instituidos por Jesucristo: el bautismo y la Cena del Señor.

La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes.

La Cena del Señor, como sacramento, representa los beneficios de la mediación de Cristo. El pan y el vino representan a Cristo crucificado y Sus beneficios (Confesión de Fe de Westminster —CFW— 29.5, 7). Más específicamente, el pan es el signo del cuerpo de Cristo, y el vino es el signo de Su sangre (Mt 26:26-281 Co 10:16). De manera significativa, se dice que estos elementos están unidos a las realidades que representan. Hay «una relación espiritual, o unión sacramental, entre el signo y la cosa significada» (CFW 27.2). Y debido a esta unión sacramental, el signo se distingue de lo que significa, pero no está separado de él.

La Cena del Señor es un sello porque confirma la promesa de Dios respecto a la realidad de los beneficios recibidos por aquellos que participan de la Cena del Señor en fe. Aquellos que participan en fe realmente «se alimentan de Su cuerpo y de Su sangre» (CMW 168). La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes. Esto no significa que el pan y el vino tengan algún tipo de poder inherente. La exhibición de los beneficios de Cristo depende completamente de la obra del Espíritu Santo y de la promesa de Dios en las palabras de la institución. Pero ¿cuáles son los beneficios exhibidos?

Los recipientes dignos, al participar externamente de los elementos visibles de este sacramento, en ese momento también participan interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal y corporalmente, sino espiritualmente, reciben y se alimentan del Cristo crucificado y de todos los beneficios de Su muerte. Por lo tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo no están carnal y corporalmente en el pan y el vino; sino que están real pero espiritualmente presentes en aquella ordenanza para la fe de los creyentes, tal como los elementos lo están para sus sentidos externos (CFW 29.7).

La confesión indica que existe un paralelo entre lo que está sucediendo externa y visiblemente y lo que está sucediendo interna e invisiblemente. Los creyentes realmente «reciben y se alimentan del Cristo crucificado», pero no «carnal o corporalmente». Esto sucede espiritualmente porque el cuerpo y la sangre de Cristo están presentes en la fe de los creyentes en lugar de estar corporalmente presentes en el pan y el vino. Este es el aspecto vertical de la Cena del Señor, la unión sacramental entre las realidades celestiales, que son invisibles, y las acciones y los elementos terrenales, que son visibles.

Cuando participamos de Cristo en la cena, nos nutrimos espiritualmente y crecemos en gracia. Además, al participar espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo, nuestra unión con Él se fortalece. La Cena del Señor es también una ocasión para «testificar y renovar nuestra gratitud y compromiso con Dios». Debemos recordar la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados y agradecer a Dios por Su obra expiatoria a nuestro favor.

También existe un aspecto horizontal en la cena. Como explicaron Agustín y Juan Calvino, la Cena del Señor es un «vínculo de amor» entre los creyentes. Al participar de la cena, debemos comprender que todos somos miembros del mismo cuerpo místico de Cristo. Si todos los cristianos están unidos a Cristo como su única Cabeza, todos los cristianos están unidos entre sí en el único cuerpo de Cristo. Esta comprensión de nuestra unión con Cristo y nuestra comunión entre nosotros debe dar como resultado el amor mutuo y la comunión, todo para la gloria de Cristo (1 Co 11:17-34).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

Dios obra a nuestro favor

Soldados de Jesucristo

Mayo 21/2021

Solid Joys en Español

 Dios obra a nuestro favor

John Piper

John Piper

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Niños pequeños

Viernes 21 Mayo

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.Mateo 11:25

Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.Mateo 18:3

Niños pequeños

Hace algunos años, mientras paseábamos, Mateo, de tres años, se divertía caminando sobre un muro que subía progresivamente. Cuando llegó donde terminaba el muro, como no podía bajar solo, me pidió ayuda… ¡Entonces saltó a mis brazos con plena confianza!

Pero Mateo creció. Ya no es un niño pequeño, sino un jovencito capaz de razonar. Un día, mientras caminaba otra vez sobre el muro, le tendí los brazos. Entonces empezó a dudar, a reflexionar y a medir el peligro. ¡Ya no quería saltar!

Cuando Dios nos pide que nos hagamos como niños, quiere que pongamos nuestra confianza en él y en lo que nos dice en su Palabra. Aprendamos a confiar cada vez más en él, ¡a abandonarnos en sus manos! A menudo nuestros razonamientos no nos permiten confiar plenamente en lo que la Biblia, la Palabra de Dios, dice.

Los niños pequeños también se caracterizan por su dependencia. No son autónomos. No pueden sobrevivir sin los cuidados de sus padres o de otras personas. Jesucristo nos invita a vivir con él, unidos y sometidos a él, como dependiendo de él. Cuando leemos la Biblia, es él quien nos habla, y nosotros podemos hablarle mediante la oración. ¡Mantengamos ese contacto permanente!

Por último, los niños también desean crecer. El Señor Jesús desea que nuestra fe crezca y que lo conozcamos cada vez mejor, confiando en él como niños.

1 Reyes 17 – Marcos 15:21-47 – Salmo 61 – Proverbios 15:29-30

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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