The Masterās Seminary
Viviendo santamente como siervo
Benjamin VeurinkĀ
Servir a Dios es un privilegio indescriptible tanto como una responsabilidad seria. Es un privilegio porque Dios jamĆ”s necesita del hombre. Ćl Ā«habita en luz inaccesibleĀ» (1 Ti. 6:16), Ā«sostiene todas las cosas por la palabra de su poderĀ» (He. 1:3), es servido por mirĆadas de mirĆadas de Ć”ngeles (He. 1:7, 14; Ap. 5:11) y es Ā«bendito por los siglos de los siglosĀ» (Dn. 2:20; cp. GĆ”. 1:5). Ćl es dueƱo de todo el universo (Sal. 24:1). Todo cuanto existe fue hecho por Ćl (Sal. 146:6). A Ćl no le falta nada y es perfectamente capaz de suplir sus propias necesidades, si las tuviera. Al mismo tiempo, nadie merece servir a Dios (1 Co. 1:26-31). Pero, aun asĆ, el Todopoderoso, en amor, ha permitido a los hombres servirle. Servir a Dios es un don celestial otorgado a pecadores que no merecen nada. Solo un corazón perdonado, que sabe que fue traĆdo de muerte a vida (Ef. 2:1), podrĆ” servir a Dios con la motivación correcta. Ćl Ā«no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchosĀ» (Mt. 20:28). AdemĆ”s, despuĆ©s de haber lavado los pies de sus discĆpulos les dijo asĆ: Ā«vosotros tambiĆ©n debĆ©is lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros tambiĆ©n hagĆ”isĀ» (Jn. 13:14-15). Un corazón agradecido, buscarĆ” agradar y glorificar a su SeƱor a travĆ©s de su servicio, sabiendo que Ā«[serĆ” feliz] si lo [practican]Ā» (Jn. 13:17).
Por tanto, dado que Dios ha extendido su misericordia hacia los hombres permitiĆ©ndoles servirle, se requiere de la mayor seriedad, porque el servicio al SeƱor es infinitamente mayor que cualquier otro servicio que se pueda ejercer. Aun siendo una gracia divina, es un asunto sublime y espantoso al mismo tiempo. AsĆ que, vale la pena averiguar quĆ© es lo que Dios requiere de sus siervos. Tal como el tĆtulo de este artĆculo enfatiza, la prioridad para servir a Dios es la santidad. Todo cristiano, independientemente de su rol en el cuerpo de Cristo, sirve a Dios y a su prójimo. Por lo tanto, es importante saber que Dios desea que sus siervos sean santos, que vivan vidas santas: Ā«Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, serĆ” un vaso para honra, santificado, Ćŗtil para el SeƱor, preparado para toda buena obraĀ» (2 Ti. 2:21). Porque Dios exige santidad para servirle, hay tres aspectos que 2 Timoteo 2:21 resalta que nos ayudarĆ”n a servir a Dios como Ćl quiere ser servido: Primero, la santidad complace al SeƱor; segundo, la santidad conviene al siervo; y tercero, la santidad coincide con el servicio.
La santidad complace al SeƱor
Primero, la santidad complace al SeƱor. Hay aquellos que desprecian la importancia de la santidad, pensando que es inconsecuente e irrelevante. Sin embargo, Dios ha decido en su eterna e inmutable voluntad, Ā«[darse] a sĆ mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obrasĀ» (Tit. 2:14). Dios escogió a su Iglesia para salvación y para santificación. No existe ningĆŗn hijo de Dios que ha sido justificado que no ha sido santificado (1 Co. 6:11). Por un lado, hemos sido apartados para Ćl y, por el otro, hemos sido hechos nuevas criaturas (2 Co. 5:17), aunque todavĆa aguardamos la redención futura Ā«de este cuerpo de muerteĀ» (Ro. 7:24). Calvino afirma: Ā«Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividirĀ»[1]. Los que quieren divorciar la justificación y la santificación intentan dividir la obra de Jesucristo. Es una imposibilidad, una necedad. Por eso tenemos certeza de salvación en Cristo. Siempre que Dios salva a un pecador lo santifica a travĆ©s de su EspĆritu, capacitĆ”ndolo para enlistarlo en su servicio. Los hombres que Dios justifica fueron predestinados para ser Ā«hechos conforme a la imagen de su HijoĀ» (Ro. 8:29). Al mismo tiempo, la santificación es tambiĆ©n un mandato (1 P. 1:16). Es nuestra responsabilidad obedecer, buscando agradarle en todo y vivir para Ćl. Por lo tanto, el siervo debe ser santo porque la santidad es la meta celestial, el requisito divino y es lo que complace al SeƱor.
AsĆ que, sirviendo a Dios en santidad es la respuesta apropiada de su redención. Por eso Pablo nos manda, como resultado de las misericordias de Dios, a que Ā«[presentemos nuestros] cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios [ā¦]Ā» (Ro. 12:1). Es cierto que no somos salvos por nuestro servicio, pero somos salvos para servir. Cualquier otra respuesta es inferior y menosprecia categóricamente la redención de Dios; ademĆ”s, desprecia el poder santificador del EspĆritu Santo. Las Escrituras son claras en afirmar que la santidad en los hijos de Dios complace a Dios:
- Ā«Y el Dios de paz [ā¦] os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Ćl en nosotros lo que es agradable delante de Ćl mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. AmĆ©nĀ» (He. 13:20-21)
- «”De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Ro. 6:2).
- «No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?» (2 Co. 6:14).
- «¿O no sabĆ©is que los injustos no heredarĆ”n el reino de Dios? [ā¦]Ā» (1 Co. 6:9).
- Ā«Porque asĆ como el cuerpo sin el espĆritu estĆ” muerto, asĆ tambiĆ©n la fe sin las obras estĆ” muertaĀ» (Stg. 2:26)?
- «Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación» (1 Tes. 4:7).
El Señor nos ha redimido para vivir para su gloria (Ef. 1:12). La única manera de vivir dignamente la salvación otorgada es en santidad, lejos de impiedad, libre del pecado y listo para la justicia. Nada gratifica a Dios mÔs que ver a sus hijos caminando como Jesús caminó.
Es cierto que Dios usa Ā«lo vil y despreciadoĀ» (1 Co. 1:28), Ā«lo necio de mundo, para avergonzar a los sabiosĀ» (1 Co. 1:27) y poderosos de este siglo. Sin embargo, al ser escogidos por Dios, somos transformados en herramienta sagradas y Ćŗtiles en sus manos. Somos santos, apartados para Ćl. Dios mismo ha dicho que: Ā«el que anda en camino de integridad me servirÔ» (Sal. 101:6b). El siervo santo es aquel a quien el SeƱor emplea en su obra, mientras que los que impĆos son echados fuera. Que sea dicho de nosotros como fue dicho de los servidores de Salomón: Ā«Bienaventurados tus hombres, bienaventurados estos tus siervos que estĆ”n delante de ti continuamente y oyen tu sabidurĆaĀ» (1 R. 10:8). Dichosos son los siervos del SeƱor quienes son revestidos por su santidad y que disfrutan de su santidad.
La santidad conviene al siervo
En segundo lugar, la santidad conviene al siervo. Para que un siervo pueda ser Ćŗtil en su servicio al SeƱor hay un requisito: la santidad. Al hablar de requisito es importante afirmar que Dios puede usar a quien Ćl desee usar. No hay duda de eso. Pero nadie argumentarĆa que Dios usó a Faraón, SaĆŗl y Nabucodonosor de la misma manera que a MoisĆ©s, David y Daniel. Hay vasos de honra y deshonra en la casa de Dios, pero es una vergüenza anhelar ser un vaso de deshonra (2 Ti. 2:20). De ser necesario, las piedras clamarĆan las alabanzas de Dios (vĆ©ase Lc. 19:40), pero el SeƱor prefiere usar a los hombres. Dios pudo escoger a los Ć”ngeles para proclamar su evangelio, pero decidió que los labios humanos serĆan mĆ”s apropiados. Ā”QuĆ© privilegio! Dios puede usar a cualquiera, pero los de mayor utilidad entre sus siervos son los que son santos: Ā«en gran medida, segĆŗn la pureza y perfección del instrumento, serĆ” el Ć©xito [ā¦] Un ministro santo es un arma terrible en la mano de DiosĀ»[2]. Dios mismo ha deseado que sus siervos sean vasos de honra, que sean utilizados con excelencia y efectividad, y que sean preparados para toda buena obra.
Es imposible exagerar la importancia de la santidad en el siervo del SeƱor. La santidad no es opcional, sino esencial para servir al SeƱor. Es tan esencial que tan pronto como el siervo pierde su santidad, tan pronto como su vida en piedad es comprometida, su servicio es convertido en una desgracia ante el SeƱor. Es erróneo pensar que la santidad puede faltar sin que le importe a Dios. Vivir en santidad es sumamente importante para Dios, ya que sin Ā«santidad [ā¦] nadie verĆ” al SeƱorĀ» (He. 12:14). Al mismo tiempo, sin santidad nadie servirĆ” al SeƱor. El puritano Thomas Brooks habló de la importancia de la santidad para los hijos de Dios: Ā«La santidad es el vĆnculo que une a Dios y el alma. Dios se unirĆ” a los que en santidad se unen a Ć©lĀ»[3]. Sin santidad no puedes ser su hijo, no porque ganes su aceptación por medio de tus obras, sino porque tu vida en santidad es resultado directo de ser su hijo. Si eres su hijo, darĆ”s fruto y querrĆ”s servirle. Por eso es completamente ilógico pensar que se puede servir a Dios sin santidad. El mandato es claro y convincente: Ā«sed santos, porque yo soy santoĀ» (Lv. 11:44). No hay lugar para debate ni clĆ”usulas condicionales que permitan que alguien pueda servir a Dios sin ser santo. Cuanto mĆ”s santo es el siervo cuanto mĆ”s Ćŗtil serĆ” en el servicio del SeƱor, y esto es bueno: Ā”le conviene!
La santidad caracteriza el siervo
Tercero, la santidad caracteriza al siervo y su servicio. El SeƱor dijo lo siguiente: Ā«Como santo serĆ© tratado por los que se acercan a mĆĀ» (Lv. 10:3a). El Ćŗnico tipo de servicio que es genuino y aceptado por el SeƱor es aquel que es santo, asĆ como Ćl es santo. Lo que mĆ”s caracteriza āy debe caracterizarāel servicio al SeƱor es la santidad porque estamos sirviendo al Ā«santo de IsraelĀ» (Jer. 51:5). Nada puede reemplazar la santidad en el servicio a Dios. No nos engaƱemos. No se trata de habilidades ni dones, sino de santidad. Dios puede enlistar el menos preparado. No se trata tanto de recursos y posesiones, sino de la santidad. Dios puede encomendar al mĆ”s pobre, al menos preparado, al menos estimado, al menos esperado, al menos capacitado. No es tanto una cuestión de posición ni prestigio, sino que de santidad. Lo que debe caracterizar al siervo y su servicio hacia nuestro amado SeƱor es la santidad. Brooks nuevamente da en el clavo al afirmar que Ā«la santidad pone un sabor divino en todos los servicios del hombreĀ»[4]. La naturaleza del servicio requiere que los que lo ejercen sean puros, sin mancha y santos.
Los verdaderos siervos del SeƱor convierten toda oportunidad en un servicio rendido ante Dios. Esto los caracteriza. Los falsos siervos, por el contrario, pervierten todo servicio al SeƱor. Los verdaderos siervos buscan cómo pueden servir al SeƱor en cada situación, mientras que los falsos siervos aprovechan cada oportunidad para servirse a sĆ mismos. Aquel que sirve a Dios para ser reconocido convierte su servicio en hipocresĆa y su reconocimiento en desgracia. Nadie puede servir a Dios para su propio beneficio y esperar salirse con la suya. Dios no compartirĆ” su gloria con nadie. Pretender que es posible es una verdadera necedad. De la misma manera como Ā«las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dĆ© mal olorĀ» (Ec. 10:1), asĆ la impiedad pervierte el servicio al SeƱor. Dios rechaza toda forma de servicio y adoración que estĆ© salpicada con pecado (Is. 1:11ā15; Am. 5:21ā23; Mal. 1:10); simplemente, Ā«no son aceptables, y [ā¦] no [le] agradanĀ» (Jer. 6:20). Es un peligro mortal ser hallado como el humo que indigna la nariz de Dios (Is. 65:5). Lo que estĆ” en juego es de vital importancia.
AdemĆ”s, el servicio no es mĆ”s aceptable por su nivel de importancia ante los ojos de los hombres, sino por el corazón con el cual es realizado delante del SeƱor. Por eso, la clase de servicio no dignifica al siervo. Eso remueve la falacia de que hay ciertos servicios en la obra de Dios que son mĆ”s dignos que los demĆ”s. Pero en realidad, es el amo a quien se sirve el que dignifica todo servicio que se puede realizar. Porque cuando Dios es servido, el servicio siempre es digno. Dios es el objeto, el medio y el fin de todo nuestro servicio. NingĆŗn servicio por Ā«inferiorĀ» que parezca ser, es realmente inferior, porque Dios jamĆ”s es inferior (cp. 1 Co. 12:22ā23). Por eso debemos caracterizarnos por vivir vidas santas y servir de una manera que Dios sea agradado a travĆ©s de todo lo que hagamos (Col. 3:17). Dado que es Dios a quien servimos, debemos apartarnos totalmente de todo lo que Ćl odia para ser puros para servirle.
Conclusión
En conclusión: Ā”gloria a Dios por permitirnos servirle! Como hemos visto, es un enorme privilegio y responsabilidad. Al mismo tiempo, es motivo de gozo saber que nuestro servicio jamĆ”s es aceptado por nuestra propia santidad, sino Ćŗnicamente por medio de Jesucristo. Esto es debido a que Ā«la santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con ĆlĀ»[5]. AdemĆ”s, solo por medio de Jesucristo podemos Ā«ofrecer sacrificios espiritualesĀ» gratos y Ā«aceptables a DiosĀ» (1 P. 2:5). Por eso damos gracias a Dios por el privilegio de servirle y porque nos capacita para vivir vidas santas, apartados para Ćl como nuevas criaturas que fuimos traĆdas de muerte a vida. Servimos no porque Dios tiene falta, sino porque nosotros hemos recibido en abundancia. Damos porque se nos ha dado. Es el exuberante favor de Dios hacia nosotros lo que provoca nuestro servicio. No es por obligación, sino por amor. No es por coerción, sino por voluntad. Siempre el servicio genuino brota del agradecimiento.
Sin embargo, el hecho que es Dios quien nos capacita a vivir en santidad no quita la responsabilidad que tenemos de vivir vidas santas que agraden al SeƱor. Debemos ser constantes, fieles y diligentes, tal como David reflexiona: Ā«QuiĆ©n subirĆ” al monte del SeƱor? ĀæY quiĆ©n podrĆ” estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puroĀ» (Sal. 24:3ā4a). Es una lucha constante, puesto que, aunque hemos sido santificados āapartados para Ćlā y Ćl nos ha dado una nueva naturaleza para seguirle y obedecer su voluntad cuando antes nos era imposible hacerlo, lo cierto es que seguimos en un camino progresivo de santificación. Tenemos que constantemente Ā«[limpiarnos] de toda inmundicia [ā¦] perfeccionando la santidad en el temor de DiosĀ» (2 Co. 7:1). No olvidemos que Ā«esta es la voluntad de Dios: vuestra santificaciónĀ» (1 Ts. 4:3). Es vital, fundamental y primordial, porque sin Ā«santidad [ā¦] nadie verĆ” al SeƱorĀ» (He. 12:14), ni podrĆ” servirle adecuadamente. Que el siguiente proverbio nos sirva de advertencia adicional: Ā«El favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, mas su enojo es contra el que obra vergonzosamenteĀ» (Pr. 14:35). La santidad complace al SeƱor, la santidad conviene al siervo y la santidad caracteriza al siervo y su servicio. Que al final de nuestros dĆas el SeƱor diga de nosotros las siguientes palabras: Ā«Bien, siervo bueno y fiel; [ā¦] entra en el gozo de tu seƱorĀ» (Mt. 25:23).
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[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 1:619.
[2] Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne (Chicago, IL: Moody, 1978), 95.
[3] Thomas Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks (Edinburgh: Banner of Truth, 2001), 4:54.
[4] Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks, 4:357.
[5]Ā J. C. Ryle,Ā SantidadĀ (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 69.
Benjamin Veurink
Benjamin M. Veurink (MMB, MDiv Candidate) es estadounidense, sirviendo como misionero en Cali, Colombia, junto con su amada esposa, Diana. Ellos tienen tres hijos: Abigail, Eleanor y Josiah (quien estĆ” con el SeƱor). Benjamin es licenciado en Estudios BĆblicos; ademĆ”s tiene una MaestrĆa en Ministerio BĆblico y actualmente estĆ” cursando una MaestrĆa en Divinidad en The Master’s Seminary.