28 – Los 10 Leprosos

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

28 – Los 10 Leprosos

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde tambiƩn sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. AdemƔs, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

Cómo aconsejar a las parejas a travĆ©s del pecado sexual pasado

9Marcas

ConsejerĆ­a

Por Scott CroftĀ 

¿Recuerdas cuando la consejería prematrimonial a las parejas jóvenes en materia de sexo consistía en una breve advertencia sobre la tentación y en complementar su educación sobre los pÔjaros y las abejas que sus padres, aburridos o avergonzados, habían olvidado mencionar? Sí, yo tampoco.

Si estÔs leyendo este artículo, es probable que estés tratando con parejas en las que al menos una persona ha cometido un pecado sexual repetido y tal vez grave. Ahora, estÔn tratando de navegar a través de esta realidad hacia un matrimonio piadoso y saludable en el que el «banco de confianza» se ha agotado desesperadamente y necesita ser restaurado.

En la prÔctica, hablemos de cuÔndo y cómo los pastores pueden guiar a las parejas de novios o parejas comprometidas a través de estas conversaciones difíciles.

¿CUÁNDO?

No hay una respuesta rigurosa, pero mi mejor recomendación es que el pecado sexual pasado se discuta en esa etapa incómoda en la que la relación va bien y probablemente se dirija hacia el matrimonio, pero antes de que la pareja se comprometa formalmente. En nuestra cultura, el compromiso se considera un acuerdo serio que requiere un poco de llanto y crujir de dientes para romperse, aunque ocurre con mĆ”s frecuencia de lo que se cree. Teniendo en cuenta este hecho, las personas deberĆ­an tener la oportunidad de saber, antes de comprometerse para casarse con alguien, que su posible cónyuge ha tenido relaciones sexuales con numerosas personas o hasta la semana pasada estaba en medio de una adicción activa a la pornografĆ­a.

Hablaré de las respuestas bíblicas a dicha información a continuación, pero parece prudente que el «autor» del pecado sexual debe confesar antes de que el posible cónyuge haya alcanzado el punto teórico y cultural sin retorno.

Habiendo dicho esto, no deberíamos animar a las parejas a hablar del pecado sexual pasado demasiado pronto. Revelar detalles íntimos de nuestro pecado pasado al principio de una relación generalmente no es una buena idea porque (1) tiende a crear un nivel inapropiado de intimidad en las primeras etapas de una relación, y (2) tiende a imponer una carga injusta sobre una nueva relación pidiéndoles a las personas que lidien con cosas realmente difíciles del pasado de su pareja antes de que realmente conozcan el carÔcter actual del otro y su caminar con Cristo.

ĀæCƓMO?

Primero, se debe hablar de los pecados sexuales pasados ​​en tĆ©rminos generales. Confesar el solo hecho del pecado sexual con otras parejas o una lucha pasada con la pornografĆ­a puede ser suficiente. Las preguntas de seguimiento razonables podrĆ­an discutir la cantidad de parejas sexuales, si han experimentado atracción por personas del mismo sexo o el momento y el nivel de victoria sobre la pornografĆ­a. MĆ”s allĆ” de eso, los detalles generalmente no suelen ser buenos para el alma de nadie y, por lo general, son inĆŗtiles a menos que sean genuinamente relevantes para la sabidurĆ­a de una decisión matrimonial. Tampoco es un tema en el que se deba insistir repetidamente si se puede evitar.

AsĆ­ que este es mi consejo bĆ”sico: el pecado sexual pasado o presente debe discutirse en una sola conversación en la que ambas personas confiesen lo que necesitan. QuizĆ”s a esto le sigan conversaciones adicionales, ya que las personas necesitan procesar lo que han conocido.

Los pecados sexuales pasados ​​deben confesarse con humildad, empatĆ­a y probablemente alguna medida de tristeza o arrepentimiento, pero no con culpa o vergüenza, porque el SeƱor Jesucristo ha dado cuenta de tales pecados en la cruz. No obstante, los hermanos y hermanas que enfrentan el pecado sexual y se lo revelan a alguien que esperan que los ame, pueden sentirse atormentados por la culpa y la vergüenza que no tienen que ser parte de la vida abundante en Cristo.

En el otro lado de la ecuación, un posible cónyuge debería escuchar la confesión de un pecado sexual pasado con tristeza, arrepentimiento e incluso frustración si es ahí donde estÔ el corazón, pero en última instancia con una actitud de gracia.

Para ser claros, la respuesta sabia y piadosa no siempre serĆ” seguir adelante con la relación. Ser informado de la adicción previa de un posible cónyuge a la pornografĆ­a infantil, por ejemplo, viene a la mente como un tema que puede afectar genuinamente la sabidurĆ­a de una decisión matrimonial. Aun asĆ­, al lidiar con el pecado pasado, la respuesta piadosa deberĆ­a ser la voluntad de continuar con la relación si, en conjunto, otros factores ya apuntan en esa dirección [1].

Al mismo tiempo, alguien que escucha tal confesión de un posible cónyuge, especialmente si su propio pecado sexual ha sido comparativamente menos profundo, puede luchar contra la tristeza, la ira, la amargura, el miedo y la justicia propia.

Entonces, ¿cómo aconsejamos a hombres y mujeres en uno o ambos de estos supuestos?

Como sugerĆ­ anteriormente, fundamentalmente se trata de mostrar gracia a un hermano pecador perdonado en Cristo. De hecho, la mayorĆ­a de los mismos principios bĆ­blicos bĆ”sicos se refieren tanto al ofensor como al ofendido. Aunque el pecado sexual (como todo pecado) se comete principalmente contra Dios, tambiĆ©n es un pecado contra cualquier otra persona involucrada y el futuro cónyuge del pecador, por lo que es perfectamente comprensible que un posible cónyuge responda con sentimientos de dolor y tristeza.

Pero si el pecador estĆ” ahora en Cristo, entonces Ć©l o ella Ā«nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquĆ­ todas son hechas nuevasĀ» (2Co. 5:17). Si un creyente pecador ha confesado sus pecados pasados ​​a Dios como su hijo, entonces Dios no solo los ha perdonado, sino que lo ha Ā«limpiado de toda maldadĀ» (1 Jn. 1:9); ha arrojado esos pecados al mar para no recordarlos mĆ”s. Dios no solo perdona; Ć©l olvida. Cuando mira a sus hijos, se deleita en nosotros porque ve a su Hijo perfecto. Y por eso nos llama a ver a nuestros hermanos y hermanas en Cristo de la misma manera. Precisamente por eso, JesĆŗs mismo tiene palabras duras y una advertencia severa para aquellos que son perdonados pero no pueden perdonar (Mt. 18:21-35).

Como pastores, debemos recordar a las parejas jóvenes no solo que todos somos pecadores (Ro. 3:23), sino tambiĆ©n que todos somos pecadores sexuales. Incluso si un hombre o una mujer no ha pecado sexualmente con otra persona, el uso de la pornografĆ­a, la masturbación y los pensamientos lujuriosos cuentan en su contra, arruinando cualquier perfección percibida. Todos hemos caĆ­do sexualmente.

Pero hay gracia y sanidad en el evangelio. Anima a los hermanos y hermanas jóvenes a descansar en la gracia que Dios les ha mostrado en Cristo y a mostrar esa misma gracia a sus posibles cónyuges [2].

CONCLUSIƓN

Finalmente, un poco de estĆ­mulo prĆ”ctico: la intimidad emocional, espiritual y sexual que florece en un matrimonio amoroso y piadoso a menudo contribuye en gran medida a sanar las heridas del pasado. Tiene la forma para desplazar los sentimientos relacionados con el pecado pasado.

RecuĆ©rdales, pues, a tus ovejas que Dios ordenó el matrimonio; que estĆ” a favor de los matrimonios sexualmente saludables; y que todo matrimonio piadoso, amoroso y lleno de gracia, que involucra a dos pecadores sexuales, refleja el evangelio y glorifica a Dios.

Traducido por Samuel Ortiz

*****

[1]. Cómo lidiar con una adicción actual a la pornografĆ­a o el pecado sexual en curso es un tema para otro dĆ­a.

[2]. Esto puede ser evidente, pero cuando tengas estas conversaciones, mantente atento a aquellas de tus ovejas con problemas relacionados con la sexualidad o problemas mÔs profundos de salud emocional y mental en general. Especialmente en lo que respecta a los problemas de abuso o trauma sexual en el pasado, es probable que se requiera atención amorosa y asesoramiento a mÔs largo plazo.

Mark Deve

Viviendo santamente como siervo

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como siervo

Benjamin VeurinkĀ 

Servir a Dios es un privilegio indescriptible tanto como una responsabilidad seria. Es un privilegio porque Dios jamĆ”s necesita del hombre. Ɖl Ā«habita en luz inaccesibleĀ» (1 Ti. 6:16), Ā«sostiene todas las cosas por la palabra de su poderĀ» (He. 1:3), es servido por mirĆ­adas de mirĆ­adas de Ć”ngeles (He. 1:7, 14; Ap. 5:11) y es Ā«bendito por los siglos de los siglosĀ» (Dn. 2:20; cp. GĆ”. 1:5). Ɖl es dueƱo de todo el universo (Sal. 24:1). Todo cuanto existe fue hecho por Ɖl (Sal. 146:6). A Ɖl no le falta nada y es perfectamente capaz de suplir sus propias necesidades, si las tuviera. Al mismo tiempo, nadie merece servir a Dios (1 Co. 1:26-31). Pero, aun asĆ­, el Todopoderoso, en amor, ha permitido a los hombres servirle. Servir a Dios es un don celestial otorgado a pecadores que no merecen nada. Solo un corazón perdonado, que sabe que fue traĆ­do de muerte a vida (Ef. 2:1), podrĆ” servir a Dios con la motivación correcta. Ɖl Ā«no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchosĀ» (Mt. 20:28). AdemĆ”s, despuĆ©s de haber lavado los pies de sus discĆ­pulos les dijo asĆ­: Ā«vosotros tambiĆ©n debĆ©is lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros tambiĆ©n hagĆ”isĀ» (Jn. 13:14-15). Un corazón agradecido, buscarĆ” agradar y glorificar a su SeƱor a travĆ©s de su servicio, sabiendo que Ā«[serĆ” feliz] si lo [practican]Ā» (Jn. 13:17).

Por tanto, dado que Dios ha extendido su misericordia hacia los hombres permitiĆ©ndoles servirle, se requiere de la mayor seriedad, porque el servicio al SeƱor es infinitamente mayor que cualquier otro servicio que se pueda ejercer. Aun siendo una gracia divina, es un asunto sublime y espantoso al mismo tiempo. AsĆ­ que, vale la pena averiguar quĆ© es lo que Dios requiere de sus siervos. Tal como el tĆ­tulo de este artĆ­culo enfatiza, la prioridad para servir a Dios es la santidad. Todo cristiano, independientemente de su rol en el cuerpo de Cristo, sirve a Dios y a su prójimo. Por lo tanto, es importante saber que Dios desea que sus siervos sean santos, que vivan vidas santas: Ā«Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, serĆ” un vaso para honra, santificado, Ćŗtil para el SeƱor, preparado para toda buena obraĀ» (2 Ti. 2:21). Porque Dios exige santidad para servirle, hay tres aspectos que 2 Timoteo 2:21 resalta que nos ayudarĆ”n a servir a Dios como Ɖl quiere ser servido: Primero, la santidad complace al SeƱor; segundo, la santidad conviene al siervo; y tercero, la santidad coincide con el servicio.

La santidad complace al SeƱor

Primero, la santidad complace al SeƱor. Hay aquellos que desprecian la importancia de la santidad, pensando que es inconsecuente e irrelevante. Sin embargo, Dios ha decido en su eterna e inmutable voluntad, Ā«[darse] a sĆ­ mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obrasĀ» (Tit. 2:14). Dios escogió a su Iglesia para salvación y para santificación. No existe ningĆŗn hijo de Dios que ha sido justificado que no ha sido santificado (1 Co. 6:11). Por un lado, hemos sido apartados para Ɖl y, por el otro, hemos sido hechos nuevas criaturas (2 Co. 5:17), aunque todavĆ­a aguardamos la redención futura Ā«de este cuerpo de muerteĀ» (Ro. 7:24). Calvino afirma: Ā«Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividirĀ»[1]. Los que quieren divorciar la justificación y la santificación intentan dividir la obra de Jesucristo. Es una imposibilidad, una necedad. Por eso tenemos certeza de salvación en Cristo. Siempre que Dios salva a un pecador lo santifica a travĆ©s de su EspĆ­ritu, capacitĆ”ndolo para enlistarlo en su servicio. Los hombres que Dios justifica fueron predestinados para ser Ā«hechos conforme a la imagen de su HijoĀ» (Ro. 8:29). Al mismo tiempo, la santificación es tambiĆ©n un mandato (1 P. 1:16). Es nuestra responsabilidad obedecer, buscando agradarle en todo y vivir para Ɖl. Por lo tanto, el siervo debe ser santo porque la santidad es la meta celestial, el requisito divino y es lo que complace al SeƱor.

AsĆ­ que, sirviendo a Dios en santidad es la respuesta apropiada de su redención. Por eso Pablo nos manda, como resultado de las misericordias de Dios, a que Ā«[presentemos nuestros] cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios […]Ā» (Ro. 12:1). Es cierto que no somos salvos por nuestro servicio, pero somos salvos para servir. Cualquier otra respuesta es inferior y menosprecia categóricamente la redención de Dios; ademĆ”s, desprecia el poder santificador del EspĆ­ritu Santo. Las Escrituras son claras en afirmar que la santidad en los hijos de Dios complace a Dios:

  • Ā«Y el Dios de paz […] os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Ɖl en nosotros lo que es agradable delante de Ɖl mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. AmĆ©nĀ» (He. 13:20-21)
  • «”De ningĆŗn modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, Āæcómo viviremos aĆŗn en Ć©l?Ā» (Ro. 6:2).
  • Ā«No estĆ©is unidos en yugo desigual con los incrĆ©dulos, pues ĀæquĆ© asociación tienen la justicia y la iniquidad? ĀæO quĆ© comunión la luz con las tinieblas?Ā» (2 Co. 6:14).
  • «¿O no sabĆ©is que los injustos no heredarĆ”n el reino de Dios? […]Ā» (1 Co. 6:9).
  • Ā«Porque asĆ­ como el cuerpo sin el espĆ­ritu estĆ” muerto, asĆ­ tambiĆ©n la fe sin las obras estĆ” muertaĀ» (Stg. 2:26)?
  • Ā«Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificaciónĀ» (1 Tes. 4:7).

El Señor nos ha redimido para vivir para su gloria (Ef. 1:12). La única manera de vivir dignamente la salvación otorgada es en santidad, lejos de impiedad, libre del pecado y listo para la justicia. Nada gratifica a Dios mÔs que ver a sus hijos caminando como Jesús caminó.

Es cierto que Dios usa Ā«lo vil y despreciadoĀ» (1 Co. 1:28), Ā«lo necio de mundo, para avergonzar a los sabiosĀ» (1 Co. 1:27) y poderosos de este siglo. Sin embargo, al ser escogidos por Dios, somos transformados en herramienta sagradas y Ćŗtiles en sus manos. Somos santos, apartados para Ɖl. Dios mismo ha dicho que: Ā«el que anda en camino de integridad me servirÔ» (Sal. 101:6b). El siervo santo es aquel a quien el SeƱor emplea en su obra, mientras que los que impĆ­os son echados fuera. Que sea dicho de nosotros como fue dicho de los servidores de Salomón: Ā«Bienaventurados tus hombres, bienaventurados estos tus siervos que estĆ”n delante de ti continuamente y oyen tu sabidurĆ­aĀ» (1 R. 10:8). Dichosos son los siervos del SeƱor quienes son revestidos por su santidad y que disfrutan de su santidad.

La santidad conviene al siervo

En segundo lugar, la santidad conviene al siervo. Para que un siervo pueda ser Ćŗtil en su servicio al SeƱor hay un requisito: la santidad. Al hablar de requisito es importante afirmar que Dios puede usar a quien Ɖl desee usar. No hay duda de eso. Pero nadie argumentarĆ­a que Dios usó a Faraón, SaĆŗl y Nabucodonosor de la misma manera que a MoisĆ©s, David y Daniel. Hay vasos de honra y deshonra en la casa de Dios, pero es una vergüenza anhelar ser un vaso de deshonra (2 Ti. 2:20). De ser necesario, las piedras clamarĆ­an las alabanzas de Dios (vĆ©ase Lc. 19:40), pero el SeƱor prefiere usar a los hombres. Dios pudo escoger a los Ć”ngeles para proclamar su evangelio, pero decidió que los labios humanos serĆ­an mĆ”s apropiados. Ā”QuĆ© privilegio! Dios puede usar a cualquiera, pero los de mayor utilidad entre sus siervos son los que son santos: Ā«en gran medida, segĆŗn la pureza y perfección del instrumento, serĆ” el Ć©xito […] Un ministro santo es un arma terrible en la mano de DiosĀ»[2]. Dios mismo ha deseado que sus siervos sean vasos de honra, que sean utilizados con excelencia y efectividad, y que sean preparados para toda buena obra.

Es imposible exagerar la importancia de la santidad en el siervo del SeƱor. La santidad no es opcional, sino esencial para servir al SeƱor. Es tan esencial que tan pronto como el siervo pierde su santidad, tan pronto como su vida en piedad es comprometida, su servicio es convertido en una desgracia ante el SeƱor. Es erróneo pensar que la santidad puede faltar sin que le importe a Dios. Vivir en santidad es sumamente importante para Dios, ya que sin Ā«santidad […] nadie verĆ” al SeƱorĀ» (He. 12:14). Al mismo tiempo, sin santidad nadie servirĆ” al SeƱor. El puritano Thomas Brooks habló de la importancia de la santidad para los hijos de Dios: Ā«La santidad es el vĆ­nculo que une a Dios y el alma. Dios se unirĆ” a los que en santidad se unen a Ć©lĀ»[3]. Sin santidad no puedes ser su hijo, no porque ganes su aceptación por medio de tus obras, sino porque tu vida en santidad es resultado directo de ser su hijo. Si eres su hijo, darĆ”s fruto y querrĆ”s servirle. Por eso es completamente ilógico pensar que se puede servir a Dios sin santidad. El mandato es claro y convincente: Ā«sed santos, porque yo soy santoĀ» (Lv. 11:44). No hay lugar para debate ni clĆ”usulas condicionales que permitan que alguien pueda servir a Dios sin ser santo. Cuanto mĆ”s santo es el siervo cuanto mĆ”s Ćŗtil serĆ” en el servicio del SeƱor, y esto es bueno: Ā”le conviene!

La santidad caracteriza el siervo

Tercero, la santidad caracteriza al siervo y su servicio. El SeƱor dijo lo siguiente: Ā«Como santo serĆ© tratado por los que se acercan a mĆ­Ā» (Lv. 10:3a). El Ćŗnico tipo de servicio que es genuino y aceptado por el SeƱor es aquel que es santo, asĆ­ como Ɖl es santo. Lo que mĆ”s caracteriza —y debe caracterizar—el servicio al SeƱor es la santidad porque estamos sirviendo al Ā«santo de IsraelĀ» (Jer. 51:5). Nada puede reemplazar la santidad en el servicio a Dios. No nos engaƱemos. No se trata de habilidades ni dones, sino de santidad. Dios puede enlistar el menos preparado. No se trata tanto de recursos y posesiones, sino de la santidad. Dios puede encomendar al mĆ”s pobre, al menos preparado, al menos estimado, al menos esperado, al menos capacitado. No es tanto una cuestión de posición ni prestigio, sino que de santidad. Lo que debe caracterizar al siervo y su servicio hacia nuestro amado SeƱor es la santidad. Brooks nuevamente da en el clavo al afirmar que Ā«la santidad pone un sabor divino en todos los servicios del hombreĀ»[4]. La naturaleza del servicio requiere que los que lo ejercen sean puros, sin mancha y santos.

Los verdaderos siervos del SeƱor convierten toda oportunidad en un servicio rendido ante Dios. Esto los caracteriza. Los falsos siervos, por el contrario, pervierten todo servicio al SeƱor. Los verdaderos siervos buscan cómo pueden servir al SeƱor en cada situación, mientras que los falsos siervos aprovechan cada oportunidad para servirse a sĆ­ mismos. Aquel que sirve a Dios para ser reconocido convierte su servicio en hipocresĆ­a y su reconocimiento en desgracia. Nadie puede servir a Dios para su propio beneficio y esperar salirse con la suya. Dios no compartirĆ” su gloria con nadie. Pretender que es posible es una verdadera necedad. De la misma manera como Ā«las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dĆ© mal olorĀ» (Ec. 10:1), asĆ­ la impiedad pervierte el servicio al SeƱor. Dios rechaza toda forma de servicio y adoración que estĆ© salpicada con pecado (Is. 1:11–15; Am. 5:21–23; Mal. 1:10); simplemente, Ā«no son aceptables, y […] no [le] agradanĀ» (Jer. 6:20). Es un peligro mortal ser hallado como el humo que indigna la nariz de Dios (Is. 65:5). Lo que estĆ” en juego es de vital importancia.

AdemĆ”s, el servicio no es mĆ”s aceptable por su nivel de importancia ante los ojos de los hombres, sino por el corazón con el cual es realizado delante del SeƱor. Por eso, la clase de servicio no dignifica al siervo. Eso remueve la falacia de que hay ciertos servicios en la obra de Dios que son mĆ”s dignos que los demĆ”s. Pero en realidad, es el amo a quien se sirve el que dignifica todo servicio que se puede realizar. Porque cuando Dios es servido, el servicio siempre es digno. Dios es el objeto, el medio y el fin de todo nuestro servicio. NingĆŗn servicio por Ā«inferiorĀ» que parezca ser, es realmente inferior, porque Dios jamĆ”s es inferior (cp. 1 Co. 12:22–23). Por eso debemos caracterizarnos por vivir vidas santas y servir de una manera que Dios sea agradado a travĆ©s de todo lo que hagamos (Col. 3:17). Dado que es Dios a quien servimos, debemos apartarnos totalmente de todo lo que Ɖl odia para ser puros para servirle.

Conclusión

En conclusión: Ā”gloria a Dios por permitirnos servirle! Como hemos visto, es un enorme privilegio y responsabilidad. Al mismo tiempo, es motivo de gozo saber que nuestro servicio jamĆ”s es aceptado por nuestra propia santidad, sino Ćŗnicamente por medio de Jesucristo. Esto es debido a que Ā«la santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con ƉlĀ»[5]. AdemĆ”s, solo por medio de Jesucristo podemos Ā«ofrecer sacrificios espiritualesĀ» gratos y Ā«aceptables a DiosĀ» (1 P. 2:5). Por eso damos gracias a Dios por el privilegio de servirle y porque nos capacita para vivir vidas santas, apartados para Ɖl como nuevas criaturas que fuimos traĆ­das de muerte a vida. Servimos no porque Dios tiene falta, sino porque nosotros hemos recibido en abundancia. Damos porque se nos ha dado. Es el exuberante favor de Dios hacia nosotros lo que provoca nuestro servicio. No es por obligación, sino por amor. No es por coerción, sino por voluntad. Siempre el servicio genuino brota del agradecimiento.

Sin embargo, el hecho que es Dios quien nos capacita a vivir en santidad no quita la responsabilidad que tenemos de vivir vidas santas que agraden al SeƱor. Debemos ser constantes, fieles y diligentes, tal como David reflexiona: Ā«QuiĆ©n subirĆ” al monte del SeƱor? ĀæY quiĆ©n podrĆ” estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puroĀ» (Sal. 24:3–4a). Es una lucha constante, puesto que, aunque hemos sido santificados —apartados para Ɖl— y Ɖl nos ha dado una nueva naturaleza para seguirle y obedecer su voluntad cuando antes nos era imposible hacerlo, lo cierto es que seguimos en un camino progresivo de santificación. Tenemos que constantemente Ā«[limpiarnos] de toda inmundicia […] perfeccionando la santidad en el temor de DiosĀ» (2 Co. 7:1). No olvidemos que Ā«esta es la voluntad de Dios: vuestra santificaciónĀ» (1 Ts. 4:3). Es vital, fundamental y primordial, porque sin Ā«santidad […] nadie verĆ” al SeƱorĀ» (He. 12:14), ni podrĆ” servirle adecuadamente. Que el siguiente proverbio nos sirva de advertencia adicional: Ā«El favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, mas su enojo es contra el que obra vergonzosamenteĀ» (Pr. 14:35). La santidad complace al SeƱor, la santidad conviene al siervo y la santidad caracteriza al siervo y su servicio. Que al final de nuestros dĆ­as el SeƱor diga de nosotros las siguientes palabras: Ā«Bien, siervo bueno y fiel; […] entra en el gozo de tu seƱorĀ» (Mt. 25:23).

[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 1:619.

[2] Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne (Chicago, IL: Moody, 1978), 95.

[3] Thomas Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks (Edinburgh: Banner of Truth, 2001), 4:54.

[4] Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks, 4:357.

[5]Ā J. C. Ryle,Ā SantidadĀ (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 69.

Benjamin Veurink

Benjamin Veurink

Benjamin M. Veurink (MMB, MDiv Candidate) es estadounidense, sirviendo como misionero en Cali, Colombia, junto con su amada esposa, Diana. Ellos tienen tres hijos: Abigail, Eleanor y Josiah (quien estĆ” con el SeƱor). Benjamin es licenciado en Estudios BĆ­blicos; ademĆ”s tiene una MaestrĆ­a en Ministerio BĆ­blico y actualmente estĆ” cursando una MaestrĆ­a en Divinidad en The Master’s Seminary.

Aspectos de la Cena del SeƱor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Ā Keith A. Mathison

Aspectos de la Cena del SeƱor

Cuando Dios instituyó la Pascua, Moisés le dijo al pueblo de Israel:

Y sucederĆ” que cuando vuestros hijos os pregunten: «¿QuĆ© significa este rito para vosotros?Ā», vosotros dirĆ©is: Ā«Es un sacrificio de la Pascua al SEƑOR, el cual pasó de largo las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casasĀ» (Ex 12:26-27).

Dios sabía que esta cena ceremonial traería preguntas a las mentes de los espectadores. La Cena del Señor provoca el mismo tipo de preguntas. ¿Sabemos nosotros cómo responder a esas interrogantes? ¿Sabemos qué decir cuando nuestros hijos nos preguntan: «¿Qué es la Cena del Señor?»?

Nuestros ancestros ​​en la fe nos han legado muchas ayudas para esta tarea, incluyendo nuestras confesiones y catecismos. Por ejemplo, la pregunta 168 del Catecismo Mayor de Westminster (CMW), aborda este tema «¿QuĆ© es la Santa Cena?Ā», y la responde de esta manera:

La Cena del SeƱor es un sacramento del Nuevo Testamento, en el cual, por medio de dar y recibir pan y vino, segĆŗn lo establecido por Jesucristo, se declara Su muerte; y quienes participan dignamente se alimentan de Su cuerpo y Su sangre, para su sustento espiritual y crecimiento en gracia; se les confirma asĆ­ su unión y comunión con Ɖl; testifican y renuevan su gratitud y compromiso con Dios, y su amor mutuo unos con otros como miembros del mismo cuerpo mĆ­stico.

Lo primero que notamos acerca de la Cena del SeƱor es que es un sacramento. Pero, ĀæquĆ© es un sacramento? 

Un sacramento es una santa ordenanza instituida por Cristo en Su Iglesia, para señalar, sellar y manifestar los beneficios de Su mediación, a quienes estÔn dentro del pacto de gracia; a fin de fortalecer y aumentar su fe y todas las demÔs cualidades; para obligarlos a la obediencia; para testificar y mantener el amor y la comunión del uno con el otro; y para distinguirlos de quienes estÔn fuera (CMW 162).

El catecismo continúa explicando que los sacramentos tienen dos partes: un elemento externo visible y la realidad espiritual representada por el elemento (CMW 163). Solo hay dos de estos sacramentos instituidos por Jesucristo: el bautismo y la Cena del Señor.

La Cena del SeƱor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes.

La Cena del SeƱor, como sacramento, representa los beneficios de la mediación de Cristo. El pan y el vino representan a Cristo crucificado y Sus beneficios (Confesión de Fe de Westminster —CFW— 29.5, 7). MĆ”s especĆ­ficamente, el pan es el signo del cuerpo de Cristo, y el vino es el signo de Su sangre (Mt 26:26-281 Co 10:16). De manera significativa, se dice que estos elementos estĆ”n unidos a las realidades que representan. Hay Ā«una relación espiritual, o unión sacramental, entre el signo y la cosa significadaĀ» (CFW 27.2). Y debido a esta unión sacramental, el signo se distingue de lo que significa, pero no estĆ” separado de Ć©l.

La Cena del Señor es un sello porque confirma la promesa de Dios respecto a la realidad de los beneficios recibidos por aquellos que participan de la Cena del Señor en fe. Aquellos que participan en fe realmente «se alimentan de Su cuerpo y de Su sangre» (CMW 168). La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes. Esto no significa que el pan y el vino tengan algún tipo de poder inherente. La exhibición de los beneficios de Cristo depende completamente de la obra del Espíritu Santo y de la promesa de Dios en las palabras de la institución. Pero ¿cuÔles son los beneficios exhibidos?

Los recipientes dignos, al participar externamente de los elementos visibles de este sacramento, en ese momento tambiƩn participan interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal y corporalmente, sino espiritualmente, reciben y se alimentan del Cristo crucificado y de todos los beneficios de Su muerte. Por lo tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo no estƔn carnal y corporalmente en el pan y el vino; sino que estƔn real pero espiritualmente presentes en aquella ordenanza para la fe de los creyentes, tal como los elementos lo estƔn para sus sentidos externos (CFW 29.7).

La confesión indica que existe un paralelo entre lo que estÔ sucediendo externa y visiblemente y lo que estÔ sucediendo interna e invisiblemente. Los creyentes realmente «reciben y se alimentan del Cristo crucificado», pero no «carnal o corporalmente». Esto sucede espiritualmente porque el cuerpo y la sangre de Cristo estÔn presentes en la fe de los creyentes en lugar de estar corporalmente presentes en el pan y el vino. Este es el aspecto vertical de la Cena del Señor, la unión sacramental entre las realidades celestiales, que son invisibles, y las acciones y los elementos terrenales, que son visibles.

Cuando participamos de Cristo en la cena, nos nutrimos espiritualmente y crecemos en gracia. AdemĆ”s, al participar espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo, nuestra unión con Ɖl se fortalece. La Cena del SeƱor es tambiĆ©n una ocasión para Ā«testificar y renovar nuestra gratitud y compromiso con DiosĀ». Debemos recordar la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados y agradecer a Dios por Su obra expiatoria a nuestro favor.

También existe un aspecto horizontal en la cena. Como explicaron Agustín y Juan Calvino, la Cena del Señor es un «vínculo de amor» entre los creyentes. Al participar de la cena, debemos comprender que todos somos miembros del mismo cuerpo místico de Cristo. Si todos los cristianos estÔn unidos a Cristo como su única Cabeza, todos los cristianos estÔn unidos entre sí en el único cuerpo de Cristo. Esta comprensión de nuestra unión con Cristo y nuestra comunión entre nosotros debe dar como resultado el amor mutuo y la comunión, todo para la gloria de Cristo (1 Co 11:17-34).

Este artĆ­culo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teologƭa sistemƔtica en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

Dios obra a nuestro favor

Soldados de Jesucristo

Mayo 21/2021

Solid Joys en EspaƱol

Ā Dios obra a nuestro favor

John Piper

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NiƱos pequeƱos

Viernes 21 Mayo

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.Mateo 11:25

Si no os volvƩis y os hacƩis como niƱos, no entrarƩis en el reino de los cielos.Mateo 18:3

NiƱos pequeƱos

Hace algunos aƱos, mientras paseĆ”bamos, Mateo, de tres aƱos, se divertĆ­a caminando sobre un muro que subĆ­a progresivamente. Cuando llegó donde terminaba el muro, como no podĆ­a bajar solo, me pidió ayuda… Ā”Entonces saltó a mis brazos con plena confianza!

Pero Mateo creció. Ya no es un niño pequeño, sino un jovencito capaz de razonar. Un día, mientras caminaba otra vez sobre el muro, le tendí los brazos. Entonces empezó a dudar, a reflexionar y a medir el peligro. ”Ya no quería saltar!

Cuando Dios nos pide que nos hagamos como niños, quiere que pongamos nuestra confianza en él y en lo que nos dice en su Palabra. Aprendamos a confiar cada vez mÔs en él, ”a abandonarnos en sus manos! A menudo nuestros razonamientos no nos permiten confiar plenamente en lo que la Biblia, la Palabra de Dios, dice.

Los niños pequeños también se caracterizan por su dependencia. No son autónomos. No pueden sobrevivir sin los cuidados de sus padres o de otras personas. Jesucristo nos invita a vivir con él, unidos y sometidos a él, como dependiendo de él. Cuando leemos la Biblia, es él quien nos habla, y nosotros podemos hablarle mediante la oración. ”Mantengamos ese contacto permanente!

Por último, los niños también desean crecer. El Señor Jesús desea que nuestra fe crezca y que lo conozcamos cada vez mejor, confiando en él como niños.

1 Reyes 17 – Marcos 15:21-47 – Salmo 61 – Proverbios 15:29-30

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