The Masterās Seminary
Viviendo santamente como hijo
Rodrigo Ćvila
Hoy en dĆa existe una tendencia mundial en favor de los derechos de los niƱos. Este es un esfuerzo admirable. Cada sociedad debe procurar que, en lo posible, se garantice la protección y el bienestar de los niƱos en cada Ć”rea de sus vidas. Lamentablemente, algunas de las medidas que buscan un avance en estos derechos han llegado a extremos perjudiciales. Un ejemplo de estas medidas es aquella que permite a menores de edad Ā«cambiarse de sexoĀ» sin la aprobación de sus padres.
Afortunadamente, Dios provee en su Palabra un método inmensamente superior al que la sociedad ofrece. La sociedad solo puede ofrecer seguridad y bienestar pasajeros. Y muchas veces lo que logra es lo opuesto: vulnerabilidad y malestar duraderos. Dios, por otro lado, promete una bendición integral, tanto en esta vida como en la venidera, a todos aquellos niños, y no tan niños, que obedecen y honran a sus padres. Como se examinarÔ a continuación, esta promesa se extiende también a aquellos que ya no viven bajo el mismo techo de sus padres.
En Efesios 6, el apóstol Pablo continĆŗa su enseƱanza sobre los diversos roles y responsabilidades de los respectivos miembros de una familia. En el contexto previo del capĆtulo 5, Pablo habló sobre los roles de las esposas y los esposos. Ahora es el turno del papel de los hijos con respecto a sus padres.
Los hijos deben obedecer a sus padres
Efesios 6:1 habla claramente acerca del rol de los hijos: Ā«Hijos, obedeced a vuestros padres en el SeƱorĀ». El verbo obedecer tiene que ver con hacer lo que es indicado o con cumplir las órdenes de alguien. El presente imperativo de este verbo seƱala que la obediencia de los hijos es una acción continua. Todo cristiano sabe que obedecer cualquier mandamiento divino requiere de mucho esfuerzo y dedicación. No sucede espontĆ”neamente, sino que demanda un trabajo arduo en dependencia de Dios. De hecho, obedecer sin la ayuda y el poder del EspĆritu de Dios es simplemente imposible. En esta misma lĆnea de pensamiento, el Dr. Andreas Kƶstenberger comenta acertadamente lo siguiente:
En el pasaje mĆ”s extenso de Efesios, Pablo indica que la sumisión de los hijos a sus padres es el resultado de la llenura del EspĆritu (Efesios 6:1; cf. Efesios 5:18: Ā«sed llenos del EspĆrituĀ»), lo que sugiere que solo los hijos que han sido regenerados pueden vivir consistentemente este patrón de relación en el poder del EspĆritu Santo[1].
Es debido a la asistencia y a la llenura del EspĆritu que los hijos creyentes son capaces de obedecer y honrar a sus padres de una manera que agrada a Dios.
Debe notarse tambiĆ©n que esta obediencia se debe hacer Ā«en el SeƱorĀ» (Ef. 6:1a). Esta expresión indica que Ćŗltimamente la obediencia de los hijos es a Cristo. En Colosenses 3:20, el pasaje paralelo de Efesios 6:1ā3, se le ordena a los hijos a obedecer a sus padres en todo Ā«porque esto es agradable al SeƱorĀ». AdemĆ”s, Pablo continĆŗa esta sección diciendo que se debe obedecer a los padres Ā«porque esto es justoĀ» (Ef. 6:1b). En otras palabras, Ā«esta es la motivación para que los hijos obedezcan a sus padresĀ»[2]. Eso no puede hacerse de otra manera que no sea dependiendo de Ćl.
Los hijos deben honrar a sus padres
En el versĆculo 2, Pablo exhorta a los hijos a honrar a ambos padres. ĀæQuĆ© implica poner en prĆ”ctica este mandamiento? En palabras de Calvino: Ā«el precepto, honra a tu padre y a tu madre, comprende todos los deberes mediante los cuales se puede expresar el afecto sincero y el respeto de los hijos hacia sus padresĀ»[3].
Pablo continua diciendo que este Ā«es el primer mandamiento con promesaĀ» (Ef. 6:2b). Este mandato y las promesas adjuntas en el verso 3 hacen referencia al quinto de los Diez Mandamientos (Ćx. 20:12). El aparente problema es que el segundo mandamiento del DecĆ”logo incluye promesas, es decir, castigo para los que odian a Dios, pero misericordia o amor inquebrantable para los que aman a Dios (Ćx. 20:4-6). ĀæCómo, entonces, puede ser el quinto mandamiento el primero con promesa? La solución consiste en notar que el quinto mandamiento es el primer mandamiento con una promesa especĆfica, mientras que las promesas del segundo mandamiento son generales y, por lo tanto, deben aplicarse a todos los mandamientos.
El versĆculo 3, entonces, provee dos motivaciones extra, expresadas en dos promesas, para obedecer a los padres: Ā«para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierraĀ». Kƶstenberger, una vez mĆ”s, ofrece una excelente observación sobre este texto:
La promesa de que le irĆa bien a los hijos que honran a sus padres se referĆa en el contexto original a una larga vida en la tierra (prometida) de Israel (Ćxodo 20:12: Ā«para que tus dĆas sean prolongados en la tierra que el SeƱor tu Dios te daĀ»). Pablo universaliza la promesa y asĆ indica su continua relevancia y aplicabilidad. La promesa ya no estĆ” limitada geogrĆ”ficamente; a los hijos obedientes se les promete una larga vida en la tierra dondequiera que vivan[4].
Esto no significa que no haya excepciones a esta regla general. La Escritura habla de impĆos que prosperan (Job 21:7; Sal. 10:5; 73:3ā9, 12; Jer. 12:1ā3). El punto es, como dice Calvino, que Ā«la promesa es una larga vida; de la cual somos guiados a comprender que la vida presente no debe pasarse por alto entre los dones de DiosĀ»[5].
¿Qué hay de los hijos que ya no estÔn en casa?
Una importante pregunta que surje en este punto es: ¿estÔn los hijos que ya no viven bajo el mismo techo de sus padres exentos de obedecerles y honrarles? Sobre esto, Hoehner observa correctamente lo siguiente:
Cuando los hijos se van de casa y/o se casan, serĆ”n responsables de sus propias decisiones y, si estĆ”n casados, dejarĆ”n a su padre y a su madre y se unirĆ”n a su cónyuge (cf. GĆ©nesis 2:24; Efesios 5:32). Incluso entonces, aunque la obediencia ya no sea necesaria, el honor a los padres debe continuar (Ćxodo 20:12; Deut. 5:16; Mateo 15:4; Marcos 7:10; Mateo 19:19; Marcos 10:19; Lucas 18:20)[6].
En una ocasión Cristo confrontó a ciertos escribas y fariseos (Mt. 15:1-20). La razón fue porque ellos quebrantaban el mandamiento sobre honrar a los padres con una excusa aparentemente piadosa. Ellos decĆan a sus progenitores que no podĆan proveer para sus necesidades debido a que el dinero que poseĆan lo ofrendaban a Dios. Cristo rechazó esas excusas tajantemente. Ćl los acusó de invalidar el mandamiento de Dios por su tradición y de enseƱar como doctrinas, mandamientos de hombres. Las acciones de estos lĆderes religiosos estaban llenas de hipocresĆa y maldad al punto de que merecĆan ser castigados severamente. El maldecir a los padres era condenado en el Antiguo Testamento por medio de la pena capital (Ćx. 21:15, 17; 20:9; Dt. 21:18-21, 27:16). Martyn Lloyd-Jones dice lo siguiente sobre esta actitud:
Ese fue un peligro muy sutil, y es un peligro que todavĆa estĆ” presente con nosotros. Hay jóvenes que hoy estĆ”n haciendo un gran daƱo a la causa cristiana al ser engaƱados por SatanĆ”s en este mismo punto. EstĆ”n siendo groseros con sus padres, y lo que es mĆ”s grave, son groseros con sus padres en cuanto a sus ideas cristianas y su servicio cristiano. Por lo tanto, son un obstĆ”culo para sus propios padres no convertidos. Tales cristianos no pueden ver que no dejamos de lado estos grandes mandamientos cuando nos convertimos en cristianos, sino que, mĆ”s bien, debemos vivirlos y ejemplificarlos mĆ”s de lo que lo hemos hecho antes[7].
La necesidad de brillar en medio de la oscuridad
En la que se cree fue su Ćŗltima epĆstola, Pablo le dice a Timoteo que en los postreros dĆas vendrĆan tiempos peligrosos (2 Ti. 3:1). En los versĆculos siguientes el apóstol pasa a dar una lista del carĆ”cter impĆo de los hombres de esa Ć©poca. Lo que llama la atención en esta terrible lista es la inclusión de aquellos que son desobedientes a los padres. Esta es una clara indicación de que para Dios la obediencia a los padres no es un pecado menor sino un pecado grave y que por ende tiene consecuencias devastadoras.
No cabe duda de que actualmente estamos viviendo en tiempos en que la depravación de la sociedad ya casi no conoce lĆmites. Es entonces crĆtico que la Iglesia brille en medio de las tinieblas. No serĆ” fĆ”cil. Nunca lo ha sido. Sin embargo, la Iglesia brillarĆ” si sus miembros continuamente estĆ”n siendo llenados del EspĆritu Santo. De esta manera, tendrĆ”n el poder para asumir sus roles dentro de la familia y de paso disfrutar las maravillosas bendiciones que Dios les ha prometido.
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[1] Andreas Kƶstenberger, God, Marriage, and Family: Rebuilding the Biblical Foundation, 2nd. ed. (Wheaton, IL: Crossway, 2010), 105ā106.
[2] Harold W. Hoehner, Ephesians: An Exegetical Commentary, (Grand Rapids: Baker Publishing Group, 2002), 787.
[3] John Calvin and William Pringle, Commentaries on the Epistles of Paul to the Galatians and Ephesians (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 327.
[4] Kƶstenberger, God, Marriage, and Family, 106.
[5] Calvin and Pringle, Commentaries on the Epistles of Paul to the Galatians and Ephesians, 328.
[6] Hoehner, Ephesians, 789.
[7] D. Martyn Lloyd-Jones, Life in the Spirit: In Marriage, Home, and Work ā An Exposition of Ephesians 5:1ā6:9 (Grand Rapids: Baker Book House Company, 1975), 240ā241.
Rodrigo Ćvila
Rodrigo Avila es graduado de The Master’s Seminary (B.Th.). Durante su tiempo en esta institución trabajó como editor y coordinador de internet en Gracia a Vosotros. TambiĆ©n fue miembro de Grace Community Church en Los Ćngeles, California, donde sirvió como diĆ”cono y maestro de estudios bĆblicos. Ćl escribe en su blog llamado Ā«TeologĆa en LlamasĀ». Actualmente se encuentra terminando un interinato en Kerrville Bible Church en Kerrville, Texas. Ćl y su familia tienen planes de moverse pronto a Chile con el fin de plantar una iglesia en la ciudad de ValparaĆso. Rodrigo estĆ” casado con Sheila y tienen tres hijos: Ian, Evan y Susana.