Echad las Redes – 21

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Vida y Enseñanzas de Jesús

21 – Echad las Redes

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

Escatología – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 26/26

Escatología – Parte 2

  1. Introducción

En la última clase, hablamos de las diferentes posiciones acerca del milenio: el amilenialismo, el premilenialismo, etc. El día de hoy, tendremos un tiempo de preguntas y respuestas extensas para que puedas hacer preguntas sobre cualquier cosa que hayamos cubierto: el don de lenguas, la clase pecados que llevan a la muerte, etc. Así que ahora piensa en tus preguntas; puedes escribirlas en el interior de tu folleto para que no las olvides. Y tus preguntas no deben (no tienen) que ser acerca de una doctrina oscura y difícil, pregunta cualquier cosa que quisieras aclarar, ¡y sinceramente, a los maestros les encantan las preguntas fáciles! Pero en términos de puntos de vista como el del milenio, como discutimos en nuestra última clase, sé que pueden parecer abrumadoras y, honestamente, ni siquiera estoy seguro de mi posición, pero concluimos nuestra última clase con esta buenas palabras: «Lo importante es que todos estas posiciones acerca del milenio tienen una creencia similar: que Cristo está regresando y que el juicio está por venir».

Espero que te lleves una lección básica de esta clase: cuando encuentres una doctrina en la Escritura de la que no estés seguro, pregúntate: ¿Cuál es el principio básico de la Escritura que me ayuda a comprender esto mejor, o al menos al que pueda aferrarme? El principio básico del que estamos hablando hoy, es que Jesús regresa, como el Señor y Juez del universo. No es una noción lejana, es nuestra realidad presente y urgente. Debemos estar preparados.

Eclesiastés, que es uno de mis libros favoritos y habla de considerar el propósito de la vida, tiene un consejo útil para nosotros el día de hoy. Después de que el narrador considera toda la vida y el verdadero significado de la vida —tal vez nos estés visitando hoy preguntándote qué rayos es la razón de vivir—, el narrador de Eclesiastés termina su búsqueda con esta conclusión.

Eclesiastés 12:13-14«El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala».

Palabras aleccionadoras para nosotros esta mañana cuando consideramos el juicio final.

  1. El juicio final

Este es el juicio en el que todas las personas son condenadas o recompensadas por la eternidad. Al igual que con nuestra última sección, no profundizaremos exactamente cuándo sucederá en el calendario escatológico. Pero si miramos las Escrituras con respecto a esto, el mensaje básico es que habrá un solo juicio y que llegará pronto.

En su discurso a los atenienses, Pablo proclama: «Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:30-31).

Ilustración: Osborne: «Somos salvos por gracia, pero seremos juzgados por las obras. Hay muchos otros pasajes del Nuevo Testamento sobre el juicio de los creyentes ‘según sus obras’ (Mateo 16:27Romanos 14:121 Corintios 3:12-152 Corintios 5:101 P. 1:17). La Biblia nunca dice qué será exactamente este ‘juicio’, y sabemos que hemos sido perdonados por nuestros pecados y que seremos recompensados ​​por nuestro servicio a Dios. Debe bastar con decir que nos enfrentaremos con nuestras malas acciones, y luego seremos perdonados y recompensados ​​por el bien que hemos hecho»[1].

1 Co. 3:10«Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego».

Dado que el juicio de Dios sobre la humanidad está por venir, ¿qué dice la Escritura al respecto? Bueno, déjame darte tres declaraciones bíblicas acerca del juicio final.

Hebreos 9:27-28«Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

A. Jesucristo será el juez

En el Nuevo Testamento, Dios es juez en Mt. 6:418:35Ro. 14:10; y Cristo es juez en Mt. 7:22-2325:31-462 Co. 5:10.

Jesús mismo será el Juez en el momento del juicio final. Él es el designado por el Padre sobre el que acabamos de leer en Hechos 17. Un día, el haber aceptado o rechazado a Jesús aquí en la tierra tendrá todo su peso cuando seamos sometidos a su juicio. Es Jesús, a quien hemos seguido o negado, quien nos juzgará.

B. Los incrédulos serán juzgados y condenados al castigo eterno

Es en este momento del juicio final que los incrédulos serán condenados ante el Señor. Pablo dice en Romanos 2:6-8: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras… ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Aquellos que no creen en Cristo serán condenados por no haberse arrepentido y apartado de sus pecados. No aceptaron la enseñanza de Jesús. Aquellos que son condenados recibirán el castigo del infierno.

El infierno es «un lugar de castigo eterno y consciente para los impíos»[2]. En las Escrituras, el infierno a menudo es descrito como un lugar donde los hombres llorarán y habrá un crujir de dientes (Mateo 25:30). Es un lugar donde el fuego nunca se apaga (Marcos 9:43), donde no habrá descanso (Ap. 14:11).

El infierno es un lugar real y es el resultado real del juicio. Una tendencia notable en la escatología evangélica es rechazar la doctrina del castigo eterno y defender el «aniquilacionismo», es decir, que los incrédulos finalmente son destruidos y no existen más. Pero las Escrituras no apoyan este punto de vista. En Mateo 25:46, Jesús dice: «E irán éstos [los impíos]  al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

Es difícil pensar en alguien que esté en perpetuo sufrimiento por la eternidad, pero no debemos forzar nuestro sesgado sentido de la justicia sobre la justicia perfecta de Dios. Él es un Dios infinitamente santo y eterno, y ofenderse contra él es recibir el peor castigo posible. Y la única manera de evitar su furia es a través de Jesucristo que soportó la ira de Dios en la cruz. La única diferencia entre el cielo y el infierno es la gracia de Dios en Cristo.

  1. Los creyentes serán juzgados conforme a sus obras.

Hay dos aspectos del juicio para los cristianos. En cierto sentido, seremos juzgados como justos y seremos recompensados ​​eternamente por nuestra posición, otorgada por la gracia de Dios, como coherederos con Cristo.

Los cristianos no serán finalmente condenados. Todos pasaremos de la muerte a la vida. Dicho esto, el segundo sentido en el que seremos juzgados es por la forma en que vivimos como cristianos. La Escritura parece indicar que habrá diversos grados de recompensa dependiendo de cómo hayamos vivido. Seremos juzgados por las obras que hemos realizado.

2 Co. 5:6-10«Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. 10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo».

AplicaciónEsto no pretende inspirarnos terror, sino motivarnos a una vida piadosa. (v. 9b: «procuramos… serle agradables»).

Ilustración: Lutero: «Tengo dos días en mi calendario… ‘Hoy y el Día’».

Seremos juzgados por lo que hemos hecho con lo que se nos ha dado. Rendiremos cuenta ante Dios por cómo hemos vivido. Dios sacará a la luz todo lo que ahora está oculto. Pero todos los pecados que se harán públicos en ese día serán como aquellos que han sido perdonados. Este juicio es una de las razones por las cuales la gracia de Dios nunca debe tomarse como una licencia para pecar.

Juan 5:28-29«No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación».

Romanos 2:6-8 dice: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Este pasaje enseña que la vida eterna será conforme a las obras. Pero esto no significa que se ganará por las obrasRomanos 6:23 dice: «La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». La vida eterna no se gana. Es gratis.

Pero la vida eterna se representa conforme a nuestras obras. Esto se pone de manifiesto no solo en Romanos 2:6-8, sino también en 1 Corintios 6:9-11Gálatas 5:6,21Efesios 5:5Santiago 2:14-26Hebreos 12:14Mateo 7:24-27Lucas 10:25-28 y muchos otros lugares que enseñan la necesidad de la obediencia en la vida de fe y en la herencia de la vida eterna.

Piper: ¡Así que debemos aprender a hacer la distinción bíblica entre ganar la vida eterna sobre la base de las obras (¡que la Biblia no enseña!) y recibir la vida eterna conforme a las obras (¡lo que la Biblia  enseña!). Los creyentes en Cristo se presentarán ante el tribunal de Dios y serán aceptados en la vida eterna sobre la base de la sangre derramada de Jesús. Pero nuestra libre aceptación por gracia a través de la fe será conforme a las obras.

«Conforme a las obras» significa que Dios tomará el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) y las «buenas obras» por las cuales dejamos que la luz de nuestra fe brille (Mateo 5:16), y las aceptará corroborando la evidencia de nuestra fe.

Nuestras obras en el juicio sirven como evidencia que corrobora que efectivamente pusimos nuestra confianza en Cristo.

Nuestra recepción en el reino no será ganada por las obras, sino que será conforme a las obras. Habrá un «arreglo» o acuerdo entre nuestra salvación y nuestras obras.

Nuestras obras no son la base de nuestra salvación, son la evidencia de nuestra salvación. No son una base, son una demostración.

Ilustración1 Reyes 3:16-28: Las acciones de la mujer no la convirtieron en madre. Demostraron que ella era la madre.

  1. Un cielo nuevo y una tierra nueva

Definimos el cielo hace un minuto, pero debemos ampliar nuestra definición para reconocer que el cielo es un lugar real. No es simplemente un estado de ánimo o un símbolo, es real, y si eres cristiano, estarás allí físicamente por la eternidad una vez que hayas sido glorificado.

El cielo es el lugar donde Dios manifiesta más plenamente su presencia: es la morada de Dios. Escuche la visión del apóstol Juan de que Dios habita con el hombre. Mientras leo esto, comprende que si eres cristiano, entonces este es tu destino, esta es la consumación de la historia redentora.

Apocalipsis 21 dice: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios».

Si bien el cielo se menciona con frecuencia en las Escrituras, no hay muchos detalles sobre cómo será exactamente. Esto se debe a que finalmente no nos sentiremos atraídos por las calles de oro o los cimientos de joyas preciosas. No, ¡estaremos con Dios y su gloria! Veremos el rostro del Dios eterno e invisible y viviremos en una interminable sucesión de tiempo adorando y disfrutando a nuestro Creador como debía ser.

Estas verdades e imágenes sobre el futuro deberían encender una inmensa alegría y esperanza en nosotros. La escatología cristiana es una escatología de esperanza; independientemente de cómo resulten todos los detalles discutidos, sabemos cómo termina la historia.

¿Cuánto debería esto inspirarnos a una vida piadosa, a ver los desafíos de hoy con una perspectiva eterna, y a compartir las buenas noticias de esta redención que Dios está desarrollando ante nuestros propios ojos?

Ilustración: Sam Storms: «Cuando lleguemos al [cielo nuevo y tierra nueva] allí, no habrá nada que sea abrasivo, irritante, agitador o hiriente. Nada dañino, odioso, molesto o cruel. Nada triste, malo o impío. Nada áspero, impaciente, ingrato o indigno. Nada débil o enfermo, roto o tonto. Nada deformado, degenerado, depravado o repugnante. Nada contaminado, patético, pobre o pútrido. Nada oscuro, triste, desalentador o degradante. Nada culpable, mancillado, blasfemo o arruinado. Nada defectuoso, sin fe, frágil o desvaneciéndose. Nada grotesco o grave, horrible o insidioso. Nada ilícito o ilegal, lascivo o lujurioso. Nada estropeado o mutilado, desalineado o mal informado. Nada desagradable o sucio, ofensivo o aborrecible. Nada rancio o grosero, sucio o estropeado. Nada cutre o contaminado, insípido o tentador. ¡Nada vil o vicioso, inútil o sin sentido! Donde sea que pongas tus ojos, no verás nada más que gloria y grandeza y belleza, brillo y pureza, perfección, esplendor, satisfacción, dulzura, salvación, majestad, maravilla, santidad y felicidad. Veremos solo y todo lo que es adorable y afectuoso, hermoso y brillante, resplandeciente y generoso, encantador y ameno, exquisito y deslumbrante, elegante y emocionante, fascinante y fructífero, glorioso y grandioso, amable y bueno, feliz y santo, sano y completo, alegre y gozoso, atrayente y agradable, majestuoso y maravilloso, opulento y abrumador, radiante y reluciente, espléndido y sublime, dulce y gustoso, tierno y de buen gusto, eufórico y unificado! ¿Por qué serán todas estas cosas? Porque estaremos mirando a Dios»[3].

Oremos.

«Amén; sí, ven, Señor Jesús».

[1] Grant R. Osborne, Revelation, Comentario Exegético de Baker sobre el Nuevo (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2002), 722.

[2] W. Grudem, Teología Sistemática

[3] Sam Storms, One Thing: Developing a Passion for the Beauty of God (Geanies House, Fearn, Ross-shire, Escocia, Gran Bretaña: Christian Focus, 2004), 178-179.

Mark Deve

Viviendo santamente como padre

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como padre

Mario Solís 

Dios está preocupado por la santidad de los suyos (Lv. 19:2; 1 P. 1:16). Él escogió a Israel «para ser pueblo suyo» (Dt. 7:6), apartándolos como «pueblo santo para [Él]» (7:6), de tal manera que vivieran vidas santas: «Guarda, por tanto, el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy, para cumplirlos» (7:11). En el Nuevo Testamento se encuentra el mismo concepto: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9).

La necesidad de vivir vidas santas es para todo cristiano. No importa si alguien es contador, mecánico o maestro, Dios quiere que viva una vida santa. Esto aplica también dentro del núcleo familiar, ya sea con primos, hermanos o abuelos. Días atrás se escribió de la necesidad que los hijos tienen de vivir vidas santas y la semana pasada se habló de los hermanos y otras relaciones dentro de la familia. Los padres, al igual que el resto de los miembros de la familia, necesitan caracterizarse por vivir vidas que agraden al Señor. R. C. Sproul afirmó que «la enseñanza bíblica de la santidad de Dios es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo»[1]. Esto envuelve toda la esfera de creyentes en general, y de los padres de familia en particular, puesto que «Dios es padre y ha ordenado que los padres terrenales reflejen su fiel paternidad»[2]. Esto significa que la paternidad es un llamado abierto a cada varón a reflejar el carácter de Dios Padre, imitando sus atributos comunicables y exaltando sus atributos incomunicables. Y de todos ellos, la santidad es el atributo comunicable de Dios al que los hombres son llamados a buscar con más esmero y reflejar con más ahínco entre quienes les rodean, comenzando en su hogar.

El problema

Si un padre es cristiano, sabe que Dios quiere que viva santamente y quiere vivir en santidad, ¿por qué le cuesta tanto cumplir el rol que es llamado a cumplir? Aunque se podría mencionar el papel de la sociedad atacando fuertemente al hombre y su rol en el hogar y en la familia, además de las constantes oleadas de movimientos «feministas» que hacen sentir culpables a los hombres por el solo hecho de serlo, el verdadero problema es que los padres se han apartado del patrón bíblico: no están viviendo para Dios y no están «[criando a sus hijos] en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b). El pecado deja su huella y, apartarse de la verdad de Dios, tiene consecuencias. No basta solo con querer vivir en santidad, cada padre cristiano debe buscar vivir en santidad, en completa dependencia del Señor. De otra manera, no podrá cumplir con su llamado y responsabilidad.

La falta de dependencia del Señor hace que el caminar cristiano sea hecho en sus propias fuerzas, por lo que cada padre en esta situación descuidará también su rol con sus hijos. El Señor, a través de Moisés, habla claramente acerca del rol que los padres tienen de enseñarles a sus hijos:

Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas (Dt. 6:4–9).

Esto no tiene que ver únicamente con una transferencia de conocimiento, sino que en todo momento debían enseñarles y recordarles quién era el Señor, quiénes eran ellos delante de él y lo que requería de ellos. Era algo de toda la vida, algo que debían hacer de manera cotidiana. Después del mandato a amar al Señor con todo en su vida (Dt. 6:5) y a guardar su palabra «sobre [su] corazón» (Dt. 6:6), a los padres se les da el mandato de enseñar esa verdad a sus hijos (Dt. 6:7). Debían pasarlo a la siguiente generación.

A menudo —sin la intención de quitar responsabilidad a cada uno—, la desobediencia de los hijos y la infracción del mandamiento que los compromete a obedecer a sus padres (Ef. 6:1) tiene su mayor responsabilidad en sus progenitores[3]. Esto es así debido a que los padres han abandonado su papel fundamental en el desarrollo espiritual de sus familias. Lo anterior no es simplemente cuestión de percepción u opinión personal. En una encuesta desarrollada por Barna Group, un setenta por ciento de los cristianos adultos comentaron que la mayor influencia de su fe fue transmitida por sus madres, mientras que menos de la mitad apuntó a sus padres[4]. Esto es lamentable. Parece que el padre cristiano está dejando de lado una labor que es primordial: vivir santamente, enseñar la verdad a su familia y guiarlos a vivir en santidad.

La solución

Si apartarse del patrón bíblico representa el problema, acercarse a él representa la solución. Cada hombre debe ser diligente en cuidar su vida para que honre a Dios. Ninguna persona vive de una espiritualidad prestada. El hombre no puede esperar que la piedad de su esposa, de su pastor, de su amigo o de sus hijos sean lo suficientemente influyente en su vida como para que él descuide sus deberes espirituales. No hay atajos. La meta de todo padre cristiano es ser fiel a la Palabra de Dios, por su gracia y para su gloria[5]. El hombre piadoso debe revitalizar el papel moribundo en que la sociedad le ha sumergido y debe, en cambio, volver a dar prioridad a cuidar de su propia alma, así como la de su esposa e hijos. Si el padre de familia vive de esta manera, sus hijos lo seguirán porque habrá consistencia en sus palabras y acciones.

El hombre que busca la santidad debe comenzar con el uso diligente de las Escrituras. Acerca de esto, J. C. Ryle afirma que tiene que ver con «leer la Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación»[6]. En otras palabras, el deber del padre que desea vivir santamente inicia con un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir bajo sus preceptos. Esta no es una tarea para pusilánimes. Se necesitan hombres valientes que estén dispuestos a luchar fuertemente para vivir para Dios.

No es sino hasta que el hombre se encuentra encarrilado en su rol primario como hijo de Dios que podrá dedicarse a vivir santamente como padre. Solo si es un fiel hijo de Dios podrá anhelar que sus hijos lleguen a conocer al Señor como salvador. Solo viviendo una vida santa él mismo hará que anhele que sus hijos vivan una vida para glorificarle y gozar para siempre de Él. El puritano William Gurnall señala que el padre de familia puede lograr esto con sus hijos si ejerce de manera correcta los tres oficios que le han sido delegados: el de profeta, rey y sacerdote[7].

El padre de familia es un profeta porque su deber es transmitir la Palabra a sus hijos. Esto siempre ha sido así (Sal. 78:5–6). El pastor Spurgeon decía que «las Sagradas Escrituras deben ser aprendidas desde que el niño tiene la capacidad de entender cualquier cosa»[8]. Además, es un rey porque su deber es vivir de tal manera que demuestra el gobierno de Cristo en su vida e instruya a su familia a ser gobernada por Dios. Debe luchar por que su familia tenga un anhelo genuino por servir al Señor y, al mismo tiempo, no debe serles de detrimento, estorbo o mal testimonio. Por último, es sacerdote porque debe presentarse Él y los suyos «como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios» (Ro. 12:1–2).

Estas funciones del padre de familia se sostienen sobre la santidad en la vida personal del padre. Esto es esencial porque, en su posición paternal, representa el ejemplo primario que sus hijos verán acerca del carácter de Dios y la forma en que este se relaciona con sus hijos. Para ello, deberá ser fiel en reproducir los atributos comunicables de Dios. Un padre debe esforzarse por vivir santamente en amor, en misericordia, en benignidad, en perdón, en paz, en gozo, en paciencia, en bondad y en fe. Su fidelidad a Dios le permitirá poder sacar adelante esta tarea de criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b).

Su vida santa deberá proporcionar los insumos necesarios para que sus hijos lleguen al conocimiento de la verdad y para que, si el Señor tienen a bien guiarles en arrepentimiento y fe a la salvación, su corazón esté preparado para reconocer el señorío de Cristo. Si el Señor permite en su gracia que esto suceda, el padre deberá recordar que su vida ya cobrará un doble rol en su hijo: la del ejemplo paternal, pero también la del ejemplo filial, como su hermano en la fe. Ya el padre no «[dará] buenas dádivas a [sus] hijos» solo por el hecho de ser su padre (Lc. 11:13), sino que ahora también obrará bien a su hijo porque es «de la familia de la fe» (Gá. 6:10).¡Es una gloriosa bendición para el padre que ha vivido una vida en el temor del Señor que sus hijos lleguen a la verdad! Al mismo tiempo es un reto enorme para todo aquel que no está viviendo de esta manera.

Una palabra de aliento

No todos han podido experimentar la gracia de conocer al Señor desde el inicio de su paternidad. O tal vez lo han hecho sin una instrucción adecuada. Por ello es necesario recordar constantemente que el deber de vivir vidas santas es primeramente con el Señor. Si en tu vida has fallado en esto, el Señor te manda a arrepentirte verdaderamente para «[hallar] misericordia» (Pr. 28:13) de parte de Él. Él es un Dios justo «[que perdona] los pecados y [que limpia] de toda maldad» a todo aquel que confiesa sus transgresiones (1 Jn. 1:9). Tu responsabilidad de ahora en adelante es ser fiel a Dios y su Palabra, porque «una persona que se esfuerza en honrar al Señor mientras cría a sus hijos, arrepintiéndose y cambiando lo que haya que cambiar, es un padre fiel»[9]. Hay gracia suficiente (2 Co. 12:9–10).

Una vez que tu enfoque sea vivir santamente como padre, el Señor se encargará de los resultados conforme a su soberanía. Mientras tanto, la lucha de todo hombre que ejerce la paternidad es ser fiel y permitir que el Señor obre en su familia «una descendencia para Dios» (Mal. 2:15, RVR-60). Cumplir su rol bíblico en cuanto a su disciplina personal con el Señor y a que sus hijos sean ejercitados en la piedad a través de su instrucción hará que duerma tranquilo, sabiendo que «la salvación es del Señor» (Sal. 3:8a).

[1] R. C. Sproul, La santidad de Dios (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 1998), 18.

[2] Jeff Pollard y Scott Brow, Una teología de la familia (Pensacola, FL: Publicaciones Aquila, 2018), 243.

[3] Ibid., 245

[4] Véase investigación de Barna Group, «How Faith Heritage Relates to Faith Practice», 9 de julio de 2019, visitado el 1 de febrero de 2020, https://www.barna.com/research/faith-heritage-faith-practice/.

[5] Martha Peace y Stuart W. Scott, Padres fieles: Una guía bíblica para la crianza de los hijos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2014), 14.

[6] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 39.

[7] Pollard y Brow, Una teología de la familia, 245.

[8] Charles H. Spurgeon, Come Ye Children: A Book for Parents and Teachers on the Christian Training of Children (1897), 66.

[9] Peace y Scott, Padres fieles, 16.


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Mario Solís

Mario Solís

Mario Solís (MMB, MDiv Candidate) es pastor en la Iglesia Bíblica Bautista San Rafael en Heredia, Costa Rica. Además, es profesor de Doctrina I y II en el Seminario Bíblico Bautista en San José, Costa Rica. Mario es esposo de Stephanie y tienen dos hijos: Lucas y Mario Saúl. Puedes escucharlo en su podcast, «Su propósito en mí».

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Matthew Barrett 

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

En el centro de la fe cristiana hay una creencia fundamental: no hay nadie como Dios. Él no es criatura, sino el Creador, Aquel que Isaías dice que es alto y sublime (Is 6:1). Qué increíble es, entonces, que este Dios se inclinara y se diera a conocer a criaturas finitas y pecaminosas como nosotros.

A Juan Calvino le encantaba decir que Dios es como un enfermero que se inclina para balbucearle cariñosamente a un recién nacido. Cuando leemos la Biblia, vemos esta adaptación cada vez que Dios usa metáforas para transmitirnos Su mensaje de salvación de una manera que podamos entender. Estas metáforas nos ayudan a conocer a Dios y a vivir la vida cristiana coram Deo, ante el rostro de Dios.

Por ejemplo, de entre las muchas maneras en que Dios podría haberse comunicado con Israel, Él eligió las metáforas agrícolas. Israel era un pueblo cuya existencia dependía de la tierra. Israel fue liberado de Egipto para entrar en la tierra que Dios le había prometido a su padre Abraham. Sin embargo, observa cómo se describe esta tierra: una tierra que mana leche y miel (Ex 3:8). La agricultura no era solo una forma de vida para Israel; era una señal de la bendición del pacto de Dios. Disfrutar del fruto de la tierra era una indicación segura de que Dios había cumplido las promesas que le había hecho a Abraham.

El cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua.

Cuando Israel peca y quebranta el pacto, su castigo es el exilio de la tierra y del fruto que da. Es apropiado que los profetas describan a Israel como un árbol que ha sido cortado. Sin embargo, Dios permanece fiel a Su pacto, prometiendo levantar «un retoño del tronco de Isaí» de modo que «un vástago de sus raíces dará fruto» (Is 11:1). Sabemos por el Nuevo Testamento que este Vástago justo no es otro que Jesús, el Hijo supremo de David, el tan esperado Salvador de Israel.

También Jesús utiliza la metáfora agrícola. Para explicar la salvación que ofrece, Jesús dice que Él es el «pan de vida» (Jn 6:35), una imagen que sin duda resonó con aquellos oyentes que recordaban cómo sus padres habían recibido el maná del cielo en el desierto. «Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo» (6:33).

Jesús recurre nuevamente a las metáforas agrícolas cuando describe lo que significa no solo creer en Él inicialmente, sino permanecer en Él perpetuamente. En el Antiguo Testamento, Israel es llamado una vid (Sal 80:8-16Jer 2:21) y un viñedo (Is 5:1-727:2-6), pero Israel es una vid que no dio fruto. Esta metáfora agrícola es de las que apuntaban hacia el futuro, a la venida de la vid verdadera. Eso explica por qué Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15:1-5). El viñador arranca y lanza al fuego los sarmientos que no dan fruto, y a los que sí dan fruto los poda para que den más fruto (vv. 2, 5-7). Por un lado, las palabras de Jesús sirven como una advertencia para que no pensemos que podemos confesar el nombre de Cristo sin vivir en obediencia a Él. Aquellos que no le conocen ni le obedecen realmente experimentarán el juicio venidero. Por otro lado, el sarmiento que da fruto representa al creyente que está unido a Cristo. Esa unión con Cristo es solo por medio de la fe, pero tal unión siempre resulta en el fruto de las buenas obras y la obediencia.

Los autores del Nuevo Testamento usan esta misma metáfora agrícola para describir la vida cristiana. Por ejemplo, Pablo les dice a los gálatas que el Espíritu Santo está obrando para santificarlos cada vez más a imagen de Cristo. Pero todo cristiano sabe que este proceso no es fácil, pues de este lado del cielo seguimos luchando contra la tentación. Así que Pablo advierte al cristiano contra las «obras de la carne» y, al igual que la de Jesús, la advertencia de Pablo es seria: «Los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5:21). Por el contrario, el cristiano debe caracterizarse por el «fruto del Espíritu» (5:22-23). Dar ese fruto puede ser un proceso doloroso: Jesús dice que los sarmientos que permanecen en la vid deben ser podados para dar fruto (Jn 15:2), y Pablo dice que «los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gal 5:24). Sin embargo, tenemos plena confianza en que podemos dar fruto porque el Espíritu Santo, que primero nos unió a Cristo, también nos ayuda a vivir y a caminar por el Espíritu (v. 25).

A medida que luchamos contra el pecado y tratamos de dar fruto, puede que nos cueste mantenernos enfocados en la meta final. Quizás el Salmo 1 nos pueda ayudar. Allí, el hombre justo es descrito como un «árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua» (1:3). En nuestro patio trasero hay un árbol que toda nuestra familia ama; se extiende sobre la casa y nos proporciona sombra. Sin embargo, el año pasado, la mitad de sus ramas murieron porque sus raíces no pudieron encontrar suficiente agua. Por el contrario, el cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua. Como resultado, ese árbol «da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita» (v. 3). El resultado final es maravilloso: mientras que el malvado «perecerá» (v. 6), el justo «en todo lo que hace, prospera» (v. 3).

Con todo, el cristiano no solo debe ser ese árbol que da fruto; también —cambiando a otro tipo de metáfora— es llamado a ser un pescador que lanza su cuerda o echa su red para traer a otros peces. Mientras Jesús andaba por los caminos de Israel, no solo veía olivos (Jn 8:1) e higueras (Mt 21:19), sino también la orilla del mar. Fue en el mar donde llamó a algunos de Sus primeros discípulos. Estaban sentados en sus botes de pesca, pero Jesús los llamó más bien a pescar hombres (Mt 4:19). Si eres cristiano, deseas ser como ese árbol plantado junto a corrientes de agua. Pero no olvides que el cristiano que da fruto se mantiene mirando hacia afuera; no trata de ocultar su fruto, sino de compartirlo con los demás. Después de haber probado cuán dulce es el fruto de ese árbol, el cristiano es aquel que entusiasmado sale de pesca para contar a otros acerca de la vid verdadera que da vida eterna. Hacerlo puede parecer aterrador, pero quizá una última metáfora agrícola nos pueda dar el incentivo que necesitamos: aunque Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 3:6) y sumió a la humanidad en el pecado, los que confían en el último Adán, Jesucristo, comerán del árbol de la vida para siempre (Gn 2:9Ap 22:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthew Barrett
Matthew Barrett

El Dr. Matthew Barrett es profesor asociado de Teología Cristiana en el Midwestern Baptist Theological Seminary en Kansas City, Mo., y editor ejecutivo de Credo Magazine. Es autor de numerosos libros, incluyendo None Greater: The Undomesticated Attributes of God [Nadie mayor: Los atributos indómitos de Dios].

Misericordia para el dia de hoy

Soldados de Jesucristo

Abril 16/2021

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La debilidad y el poder

Viernes 16 Abril

(Cristo) aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios.2 Corintios 13:4

(El cuerpo del creyente) se siembra en debilidad, resucitará en poder.1 Corintios 15:43

La debilidad y el poder

Sorprendentemente la expresión “en debilidad” es aplicada a Jesucristo. El Señor de gloria (1 Corintios 2:8) fue “crucificado en debilidad”. Su camino en la tierra fue marcado por su humanidad: “Estando en la condición de hombre” (Filipenses 2:8). Esa condición humana estuvo caracterizada por la debilidad, cuya máxima manifestación fue su muerte en la cruz.

Pero la debilidad de ningún modo debe ser confundida con un defecto. El Señor Jesús “no conoció pecado”; “no hay pecado en él” (2 Corintios 5:211 Juan 3:5). Para salvar a los hombres, Jesús se hizo verdaderamente hombre en la tierra; por eso sintió cansancio, hambre, sed… ¡Y luego aceptó morir en nuestro lugar! Su cuerpo fue puesto en una tumba. Todo esto muestra la humillación del Hijo de Dios, quien se hizo “semejante a los hombres” (Filipenses 2:7), con toda la debilidad que eso implica. Pero ahora, vive por el poder de Dios.

Cuando los creyentes mueren, su cuerpo es colocado en la tierra como una “semilla”, así lo expresa la Escritura: “se siembra en debilidad”. La muerte es el punto final de la fragilidad humana. Pero dice: “se siembra”. Y, por la fe, esto implica una esperanza de vida, pues el versículo continúa diciendo: “resucitará en poder”. Cuando nuestro Señor Jesús venga, el poder que lo resucitó actuará también sobre “el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:21).

¡Qué poder tiene Dios! ¡Qué triunfo ante toda la debilidad e incapacidad que todavía nos caracteriza!

Ezequiel 39 – 1 Pedro 2:1-10 – Salmo 44:17-26 – Proverbios 13:20-21

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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