“Bienaventurados los humildes” – Mateo 5:3-5

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Las Bienaventuranzas

“Bienaventurados los humildes” – Mateo 5:3-5

Salvador Gómez Dickson

Salvador Gómez Dickson pertenece al Consejo de Pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, donde tiene la responsabilidad de exponer la Palabra de Dios cada domingo, además de impartir clases de Escuela Dominical. Es profesor de la Academia Ministerial Logos de IBSJ, donde ha impartido clases de Hermenéutica, Exégesis Bíblica, Griego, Doctrina del Hombre, de Cristo y de la Salvación, Introducción al Nuevo Testamento, entre otras. Está casado con Johanny Pérez y juntos tienen 4 hijos.

http://www.ibsj.org

Jesús te ha conocido

Esclavos de Cristo

Jesús te ha conocido

Dietrich Bonhoeffer (1906-1945)

El final del sermón del monte se fusiona con las primeras palabras del mismo. Sus palabras en el juicio final llegan a nosotros en su llamada al seguimiento. Pero, desde el principio hasta el fin, sigue siendo exclusivamente su palabra, su llamada. Quien no se aferra en el seguimiento más que a esta palabra, prescindiendo de todo lo restante, será sostenido por ella en el día del juicio. Su palabra es su gracia.

Hemos oído el sermón del monte; quizás lo hemos entendido. ¿Pero quién lo ha entendido rectamente? Jesús responde por último a esta pregunta. Jesús no deja que sus oyentes se marchen con toda tranquilidad; no quiere que hagan de sus palabras lo que les guste, no quiere que saquen de ellas lo que les parece válido para sus vidas, ni que examinen la forma en que esta doctrina se relaciona con la “realidad”. Jesús no da su palabra con liberalidad para que sus oyentes la profanen con sus manos de mercachifles*; sólo la da con la condición de que conserve un poder exclusivo sobre ellos. Desde un punto de vista humano, existen innumerables posibilidades de entender e interpretar el sermón del monte. Jesús sólo conoce una posibilidad:

ir y obedecer.

No se trata de interpretar, de aplicar, sino de actuar, de obedecer. Sólo de esta forma se escucha la palabra de Jesús. Pero, insistamos: no se trata de hablar sobre la acción como de una posibilidad ideal, sino de comenzar a actuar realmente.

Esta palabra, a la que doy derecho sobre mi persona, esta palabra que procede del “yo te conocí”, que me sitúa inmediatamente en la acción, en la obediencia, es la roca sobre la que puedo construir una casa. A esta palabra de Jesús, procedente de la eternidad, sólo corresponde el acto más sencillo. Jesús ha hablado; suya es la palabra, nuestra la obediencia. Sólo en la acción conserva la palabra de Jesús su honra, su fuerza y su poder entre nosotros. Ahora puede venir la tormenta sobre la casa; la unión con Jesús, creada por su palabra, no puede ser destruida. Junto a la acción sólo existe la falta de acción. Pero no existe una voluntad de actuar que no haga nada. Quien se pone en contacto con la palabra de Jesús de cualquier forma menos con la acción, no da la razón a Jesús, dice “no” al sermón del monte, no hace su palabra. Preguntar, problematizar, interpretar, es igual que no hacer nada. Pensemos en el joven rico.

Por mucho que afirmase mi fe, mi asentimiento fundamental a esta palabra, Jesús dice que esto es no hacer nada. La palabra que no quiero poner en práctica no es para mí una roca sobre la que puedo edificar una casa. No hay unión con Cristo. Nunca me conoció. Por eso ahora, cuando llegue la tormenta, perderé rápidamente la palabra, advertiré que, en realidad, nunca he creído. Yo no tenía la palabra de Cristo, sino una palabra que le había arrancado y que había hecho mía mientras reflexionaba sobre ella, aunque sin cumplirla. Mi casa está ahora en completa ruina porque no descansa sobre la palabra de Cristo.

«La gente quedó asombrada…». ¿Qué había pasado? El Hijo de Dios había hablado Había tomado en sus manos el juicio del mundo. Y sus discípulos se encontraban a su lado.

Bonhoeffer, D. (2004). El Precio de la gracia: El Seguimiento (6ta edición., p. 139-141). Ediciones Sígueme, Salamanca


mercachifle n. com1 col. desp. Comerciante de poca monta.
2 col. desp. Persona excesivamente interesada en sacar provecho económico de su trabajo o profesión.

Dietrich Bonhoeffer (1906 – 1945)

Dietrich Bonhoeffer, fue un líder religioso alemán que participó en el movimiento de resistencia contra el nazismo. Bonhoeffer, pastor y teólogo luterano, fue arrestado y encarcelado.

“El infierno Bajo Fuego” – 89

Entendiendo los Tiempos

Primera Temporada

89 – “El infierno Bajo Fuego”

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

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Teología reformada clásica y la defensa de la fe

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

J.V. Fesko

C.S. Lewis escribió una vez que los libros antiguos traen la fresca brisa del pasado, que pasa por nuestras mentes para recordarnos verdades olvidadas desde hace mucho tiempo. Leer libros antiguos, por lo tanto, ayuda a la Iglesia a recuperar el enfoque reformado clásico para la defensa de la fe, es decir, la apologética. Los teólogos reformados clásicos dicen cosas diferentes a las que dicen muchos de nuestros contemporáneos en la actualidad. Karl Barth, por ejemplo, dijo que no hay punto de contacto entre el creyente y el incrédulo; por tanto, la apologética es innecesaria. El apologista reformado conservador Cornelius Van Til escribió en una carta a Francis Schaeffer que ninguna forma de teología natural habla de Dios con precisión. Sin embargo, la teología reformada histórica revela algo diferente. Esta diferencia de opinión entre la teología reformada contemporánea y la clásica merece una breve investigación para comprender por qué debemos leer libros teológicos reformados antiguos para defender la fe. 

Las obras reformadas de los siglos XVI y XVII hablan regularmente de dos ideas que pocos teólogos reformados contemporáneos mencionan: nociones comunes y el orden de la naturaleza. Primero, ¿qué son las nociones comunes? Las nociones comunes son aquellas ideas que todos los seres humanos poseen de forma innata en virtud de haber sido creados a imagen de Dios. Históricamente, los teólogos reformados han recurrido a las nociones comunes en sus interpretaciones de varios pasajes de Romanos. 

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Rom 2:14-15). 

El apóstol Pablo escribe sobre aquellos gentiles incrédulos que no recibieron la ley de Dios que fue particularmente revelada en el Sinaí. Aun así, estos incrédulos tienen las obras de la ley escritas en sus corazones. Los incrédulos conocen el bien y el mal, como vemos en la declaración de Pablo de que sus «sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Rom 2:15 NVI). 

Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante?

Hay varios pasajes más a los que apelan las obras teológicas reformadas clásicas, como cuando el pagano Abimelec mostró más moralidad que Abraham. Abimelec amonestó a Abraham por mentir sobre su relación con Sara (Gn 20:9-11). Los teólogos reformados clásicos también apelaron a la interacción de Jonás con los marineros paganos, quienes al principio se negaron a arrojarlo por la borda durante la tormenta porque sabían que eso estaba mal (Jon 1). También se cita 1 Corintios 5:1, donde Pablo reprende a los corintios por aprobar un tipo de inmoralidad sexual que ni siquiera se tolera entre los paganos. En otras palabras, los no creyentes en algunos casos tenían estándares morales más altos que los cristianos corintios. 

En segundo lugar, los teólogos reformados clásicos creían que las nociones comunes eran una parte de un todo mayor, es decir, del orden de la naturaleza. El orden de la naturaleza es la forma en que la creación refleja quién es Dios. Dios diseñó a los seres humanos para que encajen de manera integral dentro de Su creación más amplia. El conocimiento de las obras de la ley, que es innato de todos los seres humanos, está conectado a la creación en general. Un pasaje típico al que apelan los teólogos es Romanos 1:19-20

Porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. 

Otro es el Salmo 19: 

Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos. Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz (vv. 1-3).

La gente puede observar la creación y ver los trazos de pincel y la firma del Artista Maestro. Ya sea que uno mire a la creación en general y discierna el poder eterno de Dios y Su naturaleza divina o sea que estudie cosas particulares del mundo como los insectos y vea reflejos de la sabiduría de Dios (Pr 6:6), todo el orden creado y los seres humanos reflejan al Dios que los hizo a ambos. 

En la teología reformada clásica, se pueden encontrar referencias a las nociones comunes y al orden de la naturaleza en los escritos de Heinrich Bullinger, Martin Bucer, Juan Calvino, Francis Turretin, Girolamo Zanchi, Richard Baxter, John Owen, Franciscus Junius y otros. Pero el lugar más destacado donde aparecen estos conceptos es en la tradición confesional reformada histórica. La Confesión francesa (1559), escrita principalmente por Calvino, declara: «Dios se revela a los hombres… en Sus obras, en Su creación, así como en Su preservación y control» (artículo 2). Mucha gente sabe que la Confesión de Fe de Westminster (1647) comienza con un capítulo sobre la Escritura. Pero debemos notar que la línea de apertura de ese capítulo se refiere a algo diferente: «Aunque la luz de la naturaleza, las obras de la creación y la providencia manifiestan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios…» (1.1). La luz de la naturaleza es una rúbrica general para las nociones comunes y la revelación general de Dios en la creación. De hecho, la Confesión de Westminster hace cuatro referencias más a la luz de la naturaleza como algo por lo cual la Iglesia ordena ciertos aspectos de la adoración (4.6), como aquello que permite a los no creyentes enmarcar sus vidas moralmente (10.4), y como testigo, junto a la Escritura, que revela si cierta conducta es moral o inmoral (20.4). La quinta referencia a la luz de la naturaleza en el capítulo de la confesión sobre la adoración es una de sus declaraciones más completas sobre el conocimiento natural de Dios: 

La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y que hace bien a todos, y por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído, servido y en quien se debe confiar, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (21.1). 

Uno de los símiles más memorables de la luz de la naturaleza proviene de la Confesión belga (1561): 

Lo conocemos… por la creación, preservación y gobierno del universo; que está ante nuestros ojos como el libro más elegante, en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como muchas letras que nos llevan a contemplar las cosas invisibles de Dios (Artículo 2). 

Estos datos bíblicos y confesionales conducen a dos puntos clave: (1) la importancia del libro de la naturaleza, y (2) la necesidad de usar en conjunto los libros de la naturaleza y la Escritura para defender la fe. En el siglo XX, los teólogos reformados hicieron un uso vigoroso del libro de la Escritura, y eso es encomiable. Pero al mismo tiempo, el buen libro de la naturaleza de Dios se ha quedado en el estante y ha acumulado una buena capa de polvo. Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante? Los teólogos contemporáneos han defendido su renuencia a usar el libro de la naturaleza con un conjunto de justificaciones: Dios está por encima de la prueba; apelar a la teología natural somete la verdad al juicio de la razón pecaminosa; ninguna cantidad de evidencia ni de argumentación puede convertir al incrédulo. Aquí es donde entra en juego el segundo punto; a saber, debemos siempre usar en concierto la revelación general y la Escritura. El salmista ensalza la belleza y el poder revelador de la creación y luego pasa a la ley especialmente revelada de Dios (Sal 19:7). Cuando Pablo enfrentó a los filósofos incrédulos en el Areópago, se conectó con su audiencia a través de su conocimiento natural, aunque distorsionado, de Dios y corrigió su comprensión con el evangelio especialmente revelado de Cristo y Su resurrección (Hch 17:232830). La Escritura y la teología reformada histórica transmiten la idea de que el Dios sobre el que leemos en las páginas de la Sagrada Escritura es el mismo Dios que ha creado el mundo que nos rodea. 

Al usar los dos libros de Dios, debemos reconocer sus distintas funciones. Solo la revelación especial de la Escritura habla de la persona y obra de Cristo y la salvación que viene a través del evangelio. Además, solo el poder regenerador soberano del Espíritu Santo puede convertir a los pecadores y trasladarlos del reino de las tinieblas al reino de la luz; solo a través del don de fe dado por el Espíritu, las personas pueden aferrarse al evangelio de Cristo. Como escribe Pablo: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co 2:14). Esto no significa que el libro de la naturaleza sea superfluo. Más bien, desde el fundamento de la autoridad de la Escritura, podemos apelar al libro de la naturaleza como un testigo corroborante creado por un autor divino. Podemos interactuar con los no creyentes y saber que podemos comunicar la verdad escritural porque Dios ha creado a todas las personas a Su imagen y ha escrito Su ley en sus corazones. 

Busca libros antiguos reformados de los siglos XVI y XVII y deja que la brisa fresca del pasado te recuerde verdades olvidadas desde hace ya mucho tiempo. Usa los libros de la naturaleza y la Escritura de Dios para defender la fe que fue una vez entregada a los santos.

Este articulo fuepublicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

No podemos perder al final

Soldados de Jesucristo

Abril 12/2021

Solid Joys en Español

 No podemos perder al final

John Piper

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No me hacía preguntas

Lunes 12 Abril

En aquel tiempo estabais sin Cristo… sin esperanza.Efesios 2:12

(Jesús dijo:) Os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.Juan 15:11-12

No me hacía preguntas

Testimonio

“Trataba de no pensar mucho en el sentido de mi vida, pues me daba miedo. Vivía como todo el mundo, siguiendo la moda. Después de todo, no era tan mala…

En el año 2003 mi familia albergó a una joven estudiante canadiense de 18 años llamada Jillian. Ella era cristiana; por primera vez conocí a alguien que vivía una relación con Dios. Nos hicimos buenas amigas, aunque nuestras conversaciones sobre la fe no me interesaban.

Un día Jillian fue al culto con una familia del pueblo. La acompañé por curiosidad. El sábado siguiente fui invitada con los jóvenes de la iglesia. Me impresionó el gozo y el cariño que había entre ellos. Me hablaron de la manera cómo Dios había cambiado sus vidas, y continué yendo a la congregación para saber si todo eso era cierto.

Empecé a leer la Biblia. Entonces comprendí que Jesús no era un personaje legendario, sino que había vivido realmente. Había muerto en la cruz por nuestros pecados, ¡era el Hijo de un Dios que existía verdaderamente!

¿Cómo podía Dios cambiar mi vida? Comprendí que no se necesitan grandes ceremonias, que bastaba orar a él. Le pedí que perdonase mi incredulidad y que entrase en mi vida. La transformación fue progresiva. Poco a poco Dios me mostraba el mal que yo hacía. Empecé realmente a detestar todo aquello, y Dios me cambió. Ahora, ¡Dios forma parte de mi vida! Puedo hablarle libremente, pues sé que siempre me escucha. Me sostiene mediante su presencia”.Claire

Ezequiel 35:1-36:12 – 2 Tesalonicenses 2 – Salmo 42:7-11 – Proverbios 13:12-13

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