Viviendo santamente en la vida cotidiana

The Master’s Seminary

Viviendo santamente en la vida cotidiana

Luis Contreras

A lo largo de las Escrituras encontramos ciertos pasajes y capítulos que sobresalen porque enfatizan o explican alguna verdad de manera concentrada o detallada. Levítico 19 sobresale porque Dios le explicó a Israel un principio muy importante: la santidad en la vida se manifiesta en obedecer las Escrituras en la vida cotidiana. Aunque Levítico 19 fue escrito a la nación de Israel bajo el antiguo pacto, 1 Pedro 1:14–16 aplica el principio de la santidad a nuestras vidas, como cristianos. En otras palabras, al igual que los israelitas de la época de Levítico, tu santidad debe manifestarse en toda área de tu vida diaria. Por eso, es vital estudiar los primeros versículos de Levítico 19, ya que es un texto que presenta principios que te ayudan a entender cómo vivir en santidad como miembro de tu iglesia. En este pasaje, Dios les dio a los israelitas mandatos específicos, para que supieran cómo reflejar la relación de pacto que tenían con el Señor. Estos mandatos servirán de guía para entender el mandato a vivir vidas santas y cómo se debe ver la santidad en la vida cotidiana.

La santidad mandada

El Señor es quien demanda santidad porque Él es santo. En el capítulo 19 de Levítico es Él quien «habló a Moisés» (Lv. 19:1). La iniciativa viene de Él. No era algo que Moisés pedía del pueblo. El propósito de Dios es que su mensajero «[hablara] a toda la congregación de los hijos de Israel», diciendo: «seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo» (Lv. 19:2). Dios es santo en el sentido que «es inherentemente grande […] es distinto a todas sus criaturas en majestad infinita, de un modo trascendental»[1], pero también «está apartado del pecado, y es moral y éticamente perfecto, aborrece el pecado y exige pureza en sus criaturas morales»[2]. La demanda de Dios es categórica, ya que «está basada en el principio que Dios es santo»[3]. Israel no tenía que ser santo en el primer sentido ya que, naturalmente, Dios es distinto. Su demanda no tiene que ver con que Israel fuese grande y trascendente como Él, sino que tenían que apartarse del pecado y vivir para Él.

El llamado a ser santos en Levítico 19:2 resume el contenido y la razón de todos los mandatos en el resto del capítulo. Los israelitas debían apartarse del pecado, porque su Dios estaba apartado del pecado. Debían «vivir el carácter piadoso del Señor en cada esfera de la vida […] En pocas palabras, la santidad no está restringida a asuntos religiosos: toda la vida es un escenario sobre el cual se debe vivir la santidad»[4]. En términos teológicos, a esto se le llama el principio de la imitación de Dios o, en latín: imitatio Dei[5].

Al final del versículo 2, Dios firmó —por así decirlo— de esta manera: «yo, el Señor vuestro Dios». Esta frase y dos variantes —«yo soy el Señor vuestro Dios» y «yo soy el Señor»— se repiten dieciséis veces a lo largo del capítulo (19:2–4, 10, 12, 14, 16, 18, 25, 28, 30–32, 34, 36–37). ¿Por qué repitió Dios estas frases tantas veces? Él quería que los israelitas estuvieran conscientes de que el Dios santo con el que profesaban tener una relación de pacto, era el que les mandaba a vivir en santidad. En el resto de Levítico 19, Dios les explicó cómo debía verse esa santidad en su vida diaria bajo la ley, el antiguo pacto.

Nosotros como cristianos, como creyentes bajo el nuevo pacto, no tenemos la obligación de mostrar santidad de una manera exactamente igual a la que Dios le mandó a los israelitas bajo el antiguo pacto en Levítico 19. Sin embargo, Dios sí nos manda a vivir vidas santas; es decir, vidas que no satisfacen deseos pecaminosos, como cuando no éramos salvos. 1 Pedro 1:14 nos exhorta a que, «como hijos obedientes, no [nos conformemos] a los deseos que antes [teníamos] en [nuestra] ignorancia». La idea aquí es que como hijos que hacen lo que sus padres les mandan, obedezcamos su voluntad. No debemos vivir como antes. No conformarse tiene que ver con no formarse conforme al patrón de algo o no adquirir la forma de algo más; en otras palabras, «no [adaptarse] a este mundo» (Ro. 12:2). Debemos, por lo tanto, vivir santamente, «así como aquel que [nos] llamó es santo» (1 P. 1:15).

No hay área alguna en nuestra vida que no deba ser santa. No hay área que no deba ser sometida al señorío de Cristo. No puede haber un área de obediencia y otra de desobediencia. No puede haber una santidad selectiva: «aquí sí me aparto del pecado, pero acá no». No debe ser así. El Señor nos manda a ser «santos en toda [nuestra] manera de vivir» (1 P. 1:15). La buena noticia es que, porque Él nos salvó, tenemos la capacidad de hacer lo que nos manda (1 P. 2:9).

Dios no quiere que vivamos vidas a medias. No quiere nuestro corazón dividido. Cuando Pedro dice: «sed vosotros santos […]», es un imperativo. Dios da un mandato que debe ser cumplido, y 1 Pedro 1:14 nos explica cómo ser santos: somos santos al no «[conformarnos] a los deseos que antes [tuvimos]». ¿Qué deseos eran estos? Todo aquello que hacíamos «en otro tiempo [viviendo] en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente» (Ef. 2:3). En pocas palabras, éramos «hijos de ira» (Ef. 2:3; cp. 1 P. 4:3–4). Ahora hemos sido «[llamados] de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9); por eso, al alejarnos activa y constantemente de la vida que vivíamos cuando «[estábamos] muertos en [nuestros] delitos y pecados», estaremos viviendo para Dios, en santidad.

La motivación para vivir vidas santas, además de ser un mandato como se vio antes, es «porque escrito está: Sed santos, porque Yo soy santo» (1 P. 1:16). Debido a que tenemos una relación con el Dios que está separado del pecado, debemos vivir separados del pecado. No hay otra opción. No hay otra manera de vivir la vida cristiana. Todo esto es un ejemplo claro de que es imposible separar la teología de la vida práctica. Piénsalo: Dios es santo —la santidad es una cualidad de Dios, eso es teología—, y debido a que Dios es santo, debemos vivir vidas de santidad —eso es vida práctica—. Él quiere un pueblo santo para sí mismo, porque Él es santo:

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo (He. 7:26–27).

La santidad explicada

En Levítico 19:2, Dios le dijo a Israel que debían vivir alejados del pecado, así como Él está alejado del pecado. Y en el resto del capítulo, en los versículos 3 al 37, Dios les explicó cómo se debía mostrar el vivir alejados del pecado en su vida diaria. Por motivos de espacio no podemos ahondar en todos los aspectos mencionados en Levítico 19. Sin embargo, un ejemplo de esto, el primero que Dios brinda, servirá de ilustración para comenzar a entender lo que Dios demandaba de ellos y cómo esto debe impactar nuestras vidas hoy: «cada uno de vosotros ha de reverenciar a su madre y a su padre» (Lv. 19:3). Esto habla del respeto que debían tener hacia sus progenitores. Dios repite aquí el quinto mandamiento del decálogo, con una palabra un poco diferente de la que se usa en Éxodo 20:12. Ahí, Dios dice: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éx. 20:12); sin embargo, el punto es el mismo: los israelitas debían respetar a sus padres. Parte de ese respeto tenía que ver no solo con el trato sino incluso con ayudarles económicamente cuando tuviera necesidad (véase Mt. 15:4–6). Además, este mandato de honrar a los padres se repite para nosotros como cristianos en Efesios 6:2–3: «Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra». Al igual que con los israelitas, esto significa dos cosas: debemos respetarlos y remunerarlos. Esto es parte también de vivir en santidad, y es solo uno de los aspectos —el primero que el Señor mencionó en Levítico 19.

Pero ¿qué comprendía este aspecto práctico de la santidad? En primer lugar, tenemos que respetar a nuestros padres. Es nuestra obligación hacerlo de por vida. Sin embargo, esto no significa que tenemos que obedecerlos y hacer todo lo que nos pidan como cuando teníamos cinco años y estábamos en casa y dependíamos de ellos. Una vez que una persona deja de depender de sus padres, ya sea porque deja de vivir con ellos y vive de manera independiente de ellos en todo sentido, o porque se casa, ya no tiene la obligación de obedecerlos de la misma manera que antes (Ef. 6:1). En segundo lugar, tenemos que remunerarlos. Esto tiene que ver con ayudarles con sus necesidades materiales. Esto puede verse, por ejemplo, con una viuda que no tiene lo necesario para vivir en 1 Timoteo 5:3–16. En otras palabras, una vez que hayamos cubierto las necesidades de nuestra esposa e hijos, debemos atender las necesidades materiales de nuestros padres. Aunque sea contrario a la práctica común, aunque vaya en contra de lo que se cree actualmente, todo esto es santidad en la práctica.

Una vez que ha quedado clara la necesidad de vivir en santidad y cómo se ve un aspecto de la santidad que se nos requiere como hijos de Dios, puede que te preguntes por qué el Señor habrá comenzado a explicar a los israelitas cómo se veía la santidad en su vida diaria con este mandamiento a temer a sus padres. La respuesta es muy sencilla: la santidad comienza en el hogar. Ya sea que fueses un israelita que escuchó las instrucciones de Levítico 19 o un cristiano hoy en día, lo cierto es que la obediencia a Dios debe comenzar en tu hogar. No podrás vivir una vida santa en la iglesia, en la vía pública, en el trabajo o en la universidad, si no vives santamente primero en tu hogar. Esto lo vemos ilustrado también por uno de los requisitos para los hombres que quieren servir como pastores: se pide de ellos «que [gobiernen] bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)» (1 Ti. 3:4–5). Al mismo tiempo, somos mandados a imitar a nuestros pastores: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe» (He. 13:7). Si Dios manda a los pastores a ser un ejemplo de obediencia a Dios en su casa y si Dios nos manda a imitar la obediencia de nuestros pastores, la santidad entonces comienza por nuestra casa. Esto ilustra y confirma lo que enseña el resto de Levítico 19: los israelitas debían ser santos en toda área de su vida diaria, empezando por cómo vivían en su familia. Lo mismo se requiere para ti, como cristiano, el día de hoy. Vives en santidad al vivir en obediencia a la Palabra de Dios. No hay cómo escaparse de ello, no hay atajos, no hay claves secretas, no hay posibilidad de alterar el requisito: si vives en obediencia al Señor y su Palabra, esa santidad se reflejará en tu casa, en tu trabajo, en tu iglesia y en toda área de tu vida.

[1] John MacArthur y Richard Mayhue, Teología sistemática: Un estudio profundo de la doctrina bíblica (Grand Rapids: Portavoz, 2018), 188.

[2] Ibíd., 188–189.

[3] Paul R. House, Old Testament Theology (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1998), 144.

[4] Jay Sklar, Leviticus: An Introduction and Commentary, ed. por David G. Firth, vol. 3, TOTC (Nottingham, England: InterVarsity Press, 2013), 243.

[5] Stephen G. Dempster, «Work», en Evangelical Dictionary of Biblical Theology, Baker Reference Library (Grand Rapids: Baker, 1996), 831. Para más información acerca del concepto de imitatio Dei para los judíos y la importancia que Levítico 19:2 tiene para ellos, véase Harold M. Wiener, «Pentateuch», ed. por James Orr et al., The International Standard Bible Encyclopaedia (Chicago, IL: The Howard-Severance Company, 1915), 2312.


Luis Contreras

Luis Contreras

Luis Contreras (M.Div., Th.M., D.Min, The Master’s Seminary) sirvió 17 años como pastor-maestro de la Iglesia Cristiana de la Gracia y tiene más de 20 años trabajando como profesor del Seminario Bíblico Palabra de Gracia. Luis contribuyó al proyecto de La Biblia de Estudio MacArthur, como parte del equipo de traducción y como corrector final. Actualmente, Luis traduce los sermones del Dr. John MacArthur en Gracia a Vosotros y es parte de Grace en Español en Sun Valley, California. Está casado con Robin y tienen 3 hijos: Olivia, Rodrigo y Ana Gabriela.

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El Temor

El temor de que los hijos no conozcan al Señor

Por Rebecca VanDoodewaard


Nota del editor:
 Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Mónica era una mujer que temía por el alma de su hijo. Y con razón: Agustín veía la fe de Mónica como algo tonto y débil. Rechazó su cristianismo, volviéndose a la filosofía pagana, al entretenimiento violento y a la indulgencia sexual. Sin embargo, esta madre de la Iglesia primitiva siguió a su hijo por todo el Imperio romano, con la esperanza de seguir influenciándolo y de algún modo llevarlo a Cristo. 

Mónica no está sola. El temor por nuestros hijos es tan antiguo como Adán y Eva. Parece ser tan natural en la crianza como lo son las ampollas después de un maratón. Nos preocupamos por el bienestar físico, mental y emocional de nuestros hijos. Y los temores tienden a crecer junto con ellos: nos preocupa que al aprender a caminar terminen con un chichón en la frente; nos preocupa que al aprender a conducir terminen en la sala de emergencias de un hospital.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Pero el temor a que un hijo no sea salvo es el más oscuro de nuestros temores. La conducta de nuestros hijos puede confirmar y aumentar nuestros temores, profundizándolos a medida que pasa el tiempo y persiste su falta de arrepentimiento. Y este temor es complicado. Tememos no solamente por las almas de nuestros hijos, aunque eso es lo principal. También tememos que se hagan daño a sí mismos y a los demás, que desacrediten el nombre de Cristo y de la Iglesia, que nadie entienda nuestro dolor, que estemos perdiendo el contacto con ellos mientras buscan escapar de nuestra influencia. Tememos que esta prueba sea de por vida. Aun en medio del dolor, el temor a lo que piensen los demás acerca de nuestra paternidad o familia puede nublar nuestras mentes y nuestros corazones.

La preocupación de Mónica por Agustín la hacía llorar mientras iba de un lugar a otro. Las oraciones y las lágrimas deben estar allí, fluyendo a causa del amor por nuestros hijos y la tristeza por la acumulación de su culpa delante de Dios. Pero nuestras lágrimas nunca podrán consolar, alentar ni eliminar la culpabilidad de nuestros hijos. ¿Qué pasa si no lloramos lo suficiente o si lloramos por las razones equivocadas? ¿Qué pasa si oramos con un énfasis incorrecto? Nuestras acciones paternas nunca son meritorias. Como diría el gran escritor de himnos Horatius Bonar, todas nuestras oraciones, suspiros y lágrimas son incapaces de aliviar su terrible carga.

Hace falta que intervenga un amor por nuestros hijos que supere el nuestro. Dios no ha prometido salvar a todos los niños del pacto (Mt 10:34-36). Pero Él sigue siendo el Dios fiel que guarda el pacto y que se reveló a Sí Mismo a Abram (Gn 17). Nuestra experiencia no cambia el carácter de Dios. Si nuestros hijos no se aferran a las promesas del pacto, la culpa es de ellos, no de Dios. Dios es el mismo Padre celestial inmutable que salva a todos los que vienen a Él. Él escucha nuestras oraciones y las responde con Su sabiduría oculta.

Pero Él hace más que eso. Dios entiende lo que es tener un hijo descarriado. En Oseas, el Señor dice: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a Mi hijo. Cuanto más los llamaban los profetas, tanto más se alejaban de ellos» (11:1-2a). Dios fue rechazado por un pueblo que Él amó y cuidó.

Para salvar a Su pueblo descarriado, el Padre envió a Su Hijo unigénito, un Hijo que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Tú y yo nunca habríamos sacrificado a un hijo fiel y amoroso por gente que nos odiara. Esto va más allá del alcance del amor humano. Pero si estamos en Cristo, esta es nuestra experiencia: antes estábamos «alejados y… de ánimo hostil, ocupados en malas obras» (Col 1:21), mas ahora estamos reconciliados con el Padre por medio de la expiación del Hijo. El Dios que se acercó a nosotros no ha cambiado a pesar de nuestras circunstancias.

Un hijo descarriado es una gran prueba de fe, en parte porque la situación expone qué tanto caminamos por fe, y no por vista. Cuando solo tenemos ojos para nuestro hijo descarriado, y para todas las formas en que el mundo, la carne y el diablo están obrando con éxito en él o ella, el temor es una respuesta natural. Al vivir por fe uno puede ver esta realidad. Uno ve el peligro espiritual, pero se enfoca en quién es Dios. Miramos a Cristo, quien puede decirle al Padre: «De los que me diste, no perdí ninguno» (Jn 18:9). Por Su gracia, Dios trae a muchos pródigos de vuelta a casa. Los padres cristianos deben llegar al punto de su fe en el que, con mansedumbre pero de todo corazón, afirmen junto con nuestro Señor Sus palabras más difíciles:

El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí. Y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí (Mt 10:37-38).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rebecca VanDoodewaard
Rebecca VanDoodewaard

Rebecca VanDoodewaard es autora de Reformation Women: Sixteenth-Century Figures Who Shaped Christianity’s Rebirth [Las mujeres de la Reforma: Figuras del siglo XVI que moldearon el renacimiento del cristianismo] y de las series para niños de Banner Board Books.

 Cómo interceder por los no creyentes

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Junio 18/2021

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Cristo y su Iglesia

Viernes 18 Junio

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Efesios 5:2532

Cristo y su Iglesia

Entre los misterios revelados en el Nuevo Testamento está el de la Iglesia, la esposa del Cordero (Apocalipsis 21:9). Dios emplea esta expresión para mostrarnos el carácter íntimo de la relación que une a la Iglesia con su Señor. La Iglesia es el conjunto de todos los que creyeron en Jesús y recibieron la vida eterna.

El apóstol Pablo escribe: “Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2). El período actual corresponde al tiempo durante el cual Cristo prepara a su Iglesia para el día de la boda: “La sustenta y la cuida” (Efesios 5:29); pronto se la presentará “a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino… santa y sin mancha” (Efesios 5:27).

Es necesario ir al final del santo Libro para descubrir el resultado del plan de Dios: “Gocémonos… démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero” (Apocalipsis 19:7). Asociada al gran Vencedor, la Esposa participará de su reinado de justicia y paz en la tierra durante mil años (Apocalipsis 20:6), antes de que “un cielo nuevo y una tierra nueva” sean establecidos. Entonces leemos: “Vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido… He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres… ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:1-3).

Mientras esperamos esta eternidad gloriosa, “el Espíritu y la Esposa dicen: Ven” (Apocalipsis 22:17).

2 Reyes 18 – Efesios 6 – Salmo 72:1-11 – Proverbios 17:17-18

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