Nadie sabe

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Nadie sabe

Robert Rothwell

Nota del editor: Este es el decimosexto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine. 

¿Es nuestra doctrina de Cristo lo suficientemente grande como para acomodar a un Jesús que es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre? Quizá esa parece ser una pregunta extraña en este contexto, pero realmente llega al meollo del porqué muchas personas consideran la afirmación de Jesús en Mateo 24:36“Pero de aquel día y hora [de Su retorno] nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre”, como una declaración dura.

Mateo no tenía problemas en afirmar tanto la completa deidad como la completa humanidad de Cristo, por lo tanto, nosotros tampoco debemos tenerlos.

Algunos han sostenido una cristología que dice que Cristo es verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Para ellos, este versículo ha sido difícil debido a que pone en duda la deidad de Cristo. Si Cristo no sabe algo que el Padre sabe, entonces a Cristo le falta  omnisciencia, ¿verdad? Y si Cristo no sabe todas las cosas, no puede ser Dios encarnado, ¿correcto?

Otros han sostenido una cristología que dice que Cristo es verdaderamente hombre pero no verdaderamente Dios. Para ellos, este versículo en sí mismo no ha sido un problema. La dificultad está en el mal uso de este versículo para negar la enseñanza del Nuevo Testamento de que Jesús es el Hijo de Dios encarnado.

Si nuestra cristología admite tanto la verdadera humanidad como la verdadera deidad de Jesús, esta declaración no es dura en lo absoluto. La presentación de Mateo de la verdadera humanidad de Jesús es clara en este versículo y en otros pasajes que atribuyen limitaciones humanas a nuestro Señor (por ejemplo, Jesús está dormido en 8:24). Mateo también presenta la verdadera deidad de Cristo. En el Evangelio de Mateo, Jesús hace lo que solo Dios puede hacer, como es el perdonar los pecados (9:1-8).

Mateo no tenía problemas en afirmar tanto la completa deidad como la completa humanidad de Cristo, por lo tanto, nosotros tampoco debemos tenerlos. La singular persona de Cristo tiene tanto una naturaleza humana como una naturaleza divina, cada una manteniendo su integridad y atributos particulares. La persona de Cristo tiene atributos humanos y atributos divinos, y vemos los atributos de cada naturaleza manifestados a lo largo de Su ministerio. Su ignorancia del día y la hora de Su regreso pertenece a Su humanidad. De acuerdo con Su naturaleza humana, la cual incluye una mente humana con limitaciones, Él no sabía cuándo regresaría. Pero de acuerdo con Su naturaleza divina, la cual incluye la mente divina con Su omnisciencia, Él sabía y siempre ha sabido el día y la hora de Su regreso.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Considera la gloria de Dios

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Considera la gloria de Dios

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Esta es la cuarta parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia

John Newton (1725–1807) es mejor conocido hoy día por sus grandes himnos (incluyendo a “Sublime Gracia” y “Glorias mil de Ti se cuentan”). Pero en su época, era quizás más reconocido por su habilidad para escribir cartas: “el gran director de almas a través del correo”, como alguien lo llamó.  Tal era el valor de su correspondencia que publicó varios volúmenes de sus cartas (incluyendo una de sus cartas a su esposa, que provocó el comentario de un crítico, su amigo Richard Cecil, de que las esposas estarían en éxtasis leyendo tales cartas de amor, mientras que «nosotros (los maridos) podríamos sufrir una pérdida de estima por no escribirles cartas tan galantes»).

En varias de sus cartas, él comenta sobre el tema de la controversia. Le disgustaba mucho. (Sería algo trágico tener un «gusto» por tal cosa, ¿no?). También tenía la sensación de no ser apto para ella.. Él comentó que “no solo era desagradable para mi gusto, sino que realmente estaba fuera de mi alcance”. Pero la falta de experiencia no es necesariamente un obstáculo para que uno pueda dar consejos bíblicos. Newton constantemente buscaba dar tal consejo. (¿Acaso no animó a William Wilberforce durante la gran controversia pública del tráfico de esclavos?) En un tiempo en que sólo un número insignificante de ministros anglicanos eran evangélicos, él estaba particularmente consciente de que los calvinistas, siendo por mucho la minoría, podrían con frecuencia sentirse obligados a involucrarse en controversias.

Es seguramente por esta razón que una de sus preocupaciones principales era que si vamos a entrar en controversia, nuestra perspectiva necesita ser dominada por el tema de la gloria de Dios. “Si actuamos en un espíritu equivocado» escribe, «traeremos poca gloria a Dios”. La primera pregunta del Catecismo Menor de Westminster es relevante aquí como en todas partes: ¿Cómo hablo, escribo o actúo en situaciones de controversia para que Dios sea más glorificado?

Este es el principio básico, pero necesita ser detallado. Newton se dio cuenta de que a veces nos involucramos en controversia supuestamente «para la gloria de Dios”, pero estamos ciegos a las maneras en que nuestras propias motivaciones impactan y se manifiestan en nuestro discurso y en nuestras acciones. La rúbrica “para la gloria de Dios” debe transformar la manera en que los cristianos responden ante la controversia.

“Para la gloria de Dios” no requiere una respuesta monolítica a cada controversia. Las circunstancias influyen en cada caso. No echamos las perlas delante de los cerdos.

Aquí hay tres ejemplos de controversia. En el primero, el silencio es la reacción apropiada para glorificar a Dios; en el segundo, la confrontación; y en el tercero, la paciencia. ¿Por qué respuestas tan distintas?

Guarda silencio

Isaías 36 describe vívidamente cómo  Senaquerib de Asiria atacó a Judá. El Rabsaces (un oficial asirio) trató de provocar controversia. Él habló, como reconoció Ezequías “para injuriar al Dios vivo” (Is 37:17). Pero los líderes siguieron el consejo del rey: “Pero ellos se quedaron callados y no respondieron palabra alguna” (Is 36:21). ¿Cómo terminó la historia? Dios vindicó su respuesta. El ángel del Señor mató a 185,000 asirios. Senaquerib se retiró.

¿No habría sido más osado, más «fiel», entablar una controversia verbal en defensa del Señor? ¿Por qué el silencio? Por tres razones:

  1. Las palabras belicosas no habrían defendido la gloria del Señor aquí. En tales momentos, esperamos que el Señor defienda Su propia gloria y no se la dé a otros.
  2. Defendemos mejor la gloria de Dios al hablar primero con Él acerca de los incrédulos en lugar de hablar primero de Él a los incrédulos. De ahí la oración de Ezequías: “Señor, Dios nuestro, líbranos de su mano para que todos los reinos de la tierra sepan que solo tú, oh Señor, eres Dios” (37:20). Desgraciadamente, no todos los fervientes polémicos son fervientes intercesores.
  3. Podemos manchar la gloria del Señor —como sugiere Newton— por la manera en que respondemos a la controversia. El insulto del hombre a Dios no es revertido por nuestro insulto al hombre.

Habla directamente

Un incidente menos público pero no menos asombroso, tomó lugar en la Iglesia primitiva.

Imagina la tensa atmósfera: Simón Pedro comía con los gentiles. Luego vinieron “algunos de parte de Jacobo” (Gál 2:12). Pedro se apartó, tal como lo hicieron otros cristianos judíos, “aun Bernabé” (vs. 11-14). ¿Cómo respondió Pablo? Él se “opuso a (Pedro) cara a cara” (v.11).

Pablo tenía la razón. Pero ¿por qué fue esta una respuesta que glorificó a Dios, en lugar  de guardar silencio en deferencia a Pedro y Bernabé, evitando así la vergüenza y la posible división?

  1. Los protagonistas estaban presentes y creían el mismo Evangelio. Pablo no esperó para luego hablar mal de Pedro. Hizo la parte difícil. Le habló directa y personalmente. Eso glorifica a Dios porque sigue un patrón bíblico (Mt 18:15Stg 4:17).
  2. El corazón mismo del Evangelio estaba en juego aquí (como Pablo señala en Gál 2:15-21).
  3. Ministros “ordenados” del Evangelio estaban involucrados, no un individuo común y corriente. La desviación tanto de Pedro como de Bernabé llevaría a la desviación de otros y a una desastrosa ruptura de toda la Iglesia. La gloria de Dios en la Iglesia requería un discurso directo.

Responde con paciencia

Unos años más tarde, Pablo se encontró en una situación, que a primera vista, parecía ser similar. Había una continua controversia acerca de «las dietas y los días» en la iglesia de Roma. Algunos guardaban días especiales y se abstenían de ciertos alimentos. Era presumiblemente una controversia entre creyentes judíos y gentiles (siendo estos últimos mayoría en las iglesias después de la expulsión de los judíos y  judíos cristianos de Roma, ver Hch 18:1-2). Pablo tenía los ojos puestos en la gloria de Dios. ¿Cómo podrían los dos bandos de esta controversia “a una voz glorificar al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15:6)?

  1. Sorprendentemente, los “fuertes”,  aquellos del “lado correcto” de la controversia (14:14), son los que deben abstenerse de insistir en que los demás adopten su postura y práctica “correcta”. La gloria de Dios es mejor vista cuando «los fuertes”acogen a «los débiles», porque esto es lo que Dios ha hecho en Cristo: “ Porque mientras aún éramos débiles…Cristo murió por los impíos” (5:6).
  2. Los hermanos en la fe son siervos de Cristo, no nuestros. Degradar o menospreciar al débil es despreciar al Señor de la gloria. (¿Recuerdas Mt 25:40?)
  3. Insistir en ejercer mi “libertad” en un tema controversial (comer carne, ignorar ciertos días, etc…) atenta contra la libertad misma. Significa que somos impulsados por nuestra “necesidad” interna más que por el amor. Estamos enfocados en nuestra propia gloria en vez de la gloria de Dios. Puesto que “ni aún Cristo se agradó a Sí mismo” (Rom 15:3), ¿deberíamos nosotros?

Estos ejemplos no son en absoluto exhaustivos, pero sí ilustran el punto de vista de Newton.  En todas las cosas, busca la gloria de Dios y guarda tu corazón. Los cristianos siempre tienen necesidad de ese consejo sabio.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

A menos que tu justicia supere la de los fariseos

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A menos que tu justicia supere la de los fariseos

Kevin D. Gardner

Nota del editor: Este es el decimoquinto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Jesús fue severo con los fariseos, llamándolos «sepulcros blanqueados» (Mt 23:27), «hipócritas» (Mr 7:6) e hijos del diablo (Jn 8:44). Y sin embargo, en Mateo 5:20, Él se refiere a ellos al elevar el estándar de la justicia: «Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos».

Jesús dice que la justicia es un requisito para entrar al cielo. Es posible que algunos quieran restarle importancia a esta afirmación con la genuina preocupación de proteger la savación por gracia sola por medio de la fe sola. Pero esta declaración no se trata de cómo obtener nuestra salvación. Más bien, habla de la función de la justicia y la ley de Dios en la vida del cristiano.

La justicia que emana de esta obediencia gozosa supera a la de los fariseos en naturaleza en vez de intensidad.

Al obedecer perfectamente la ley de Dios, Cristo alcanzó la justicia para aquellos que confían en Él. Esto lo podemos llamar justicia posicional. Cristo cumplió perfectamente la ley de una manera que los fariseos, a pesar de su minuciosidad, nunca pudieron. Y esa obediencia perfecta es acreditada a aquellos que confían en Él, como si hubieran guardado perfectamente la ley ellos mismos.

Pero Cristo se refiere a algo más. Durante el Sermón del Monte, Él insta a los cristianos a un profundo entendimiento y a una obediencia radical de la ley como un reflejo del carácter de Dios (Mt 5:48). Los cristianos no deberían tratar Su ley a la ligera, porque la forma en que vemos la ley de Dios indica cómo vemos a Dios mismo (Rom 3:21). Por lo tanto, los cristianos están llamados a la obediencia gozosa a Su ley por amor a Cristo. Esta obediencia resulta en una justicia práctica.

Esta justicia no es la base de nuestra salvación; no podemos ser justificados por nuestras obras (Rom 3:21-22). Pero supera a la de los fariseos porque su obediencia no provino del corazón, y porque es una señal de que hemos sido verdaderamente salvos y, por lo tanto, entraremos en el reino de los cielos.

La justicia que emana de esta obediencia gozosa supera a la de los fariseos en naturaleza en vez de intensidad. Aquellos que estamos en Cristo hemos sido salvos de la ley de Dios como el medio necesario para la salvación, pero también hemos sido salvos para la ley de Dios como una manera de amar y adorar al Dios que nos ha salvado (Rom 6:19).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Kevin D. Gardner
Kevin D. Gardner

Kevin D. Gardner es editor asociado de la Tabletalk Magazine y graduado del Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Él es un anciano docente ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América.

La maldición de la higuera

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La maldición de la higuera

Daniel M. Doriani

El Domingo de Ramos, Jesús entró a Jerusalén en medio de gritos de aclamación y echó a los cambistas del templo. Dios lo había designado como «casa de oración», pero los sacerdotes lo habían convertido en «una cueva de ladrones». Jesús pasó la noche en Betania. Cuando regresó a la mañana siguiente, estaba hambriento.

Y al ver una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no halló nada en ella sino sólo hojas, y le dijo: «Nunca jamás brote fruto de ti». Y al instante se secó la higuera (Mt 21:18-19).

Esto es sorprendente. Hasta ahora, los milagros de Jesús produjeron restauración. No podemos decir que Jesús actuó con frustración. De hecho, Marcos 11:13 dice: «Porque no era tiempo de higos». Sin embargo, una higuera fructífera en temporada baja mostraría frutos pequeños y semi comestibles que luego madurarían. Pero esta higuera era completamente estéril. Cuando Jesús la maldijo, realizó un acto simbólico siguiendo el espíritu de Jeremías (Jer 19:1-11). La higuera simboliza a Israel. Así como la higuera tenía hojas pero no fruto, Israel tenía un templo, pero no vida espiritual. Sus deslumbrantes edificios estaban llenos de robo, hipocresía y ceremonia muerta.

Solo la fe puede mover el monte donde florece la religión muerta.
Una vez que la higuera se secó, esperaríamos que los discípulos pregunten por qué Jesús la maldijo. En cambio, ellos preguntan cómo Jesús lo hizo (Mt 21:20). Jesús respondió: «Si tenéis fe y no dudáis», no solo pueden secar las higueras, sino que si aun le dicen a este monte: “‘Quítate y échate al mar’, así sucederá” (v. 21).

Observa que Jesús no dijo que la fe mueve «montes». Más bien, la fe mueve «este monte»; una frase extraña que se refiere a un monte en particular cada vez que aparece (Mt 17:20, Jn 4:21). Cuando Jesús regresó a Jerusalén, vio el monte del templo. Ese monte debe ser movido, no físicamente, sino espiritualmente. Solo la fe puede mover el monte donde florece la religión muerta. Jesús maldijo a una higuera que representaba ese majestuoso pero sin sustancia templo de Israel. Ellos podrían echar eso al mar, si oraban con fe.

No malinterpretemos la frase «todo lo que pidáis en oración» (21:21-22). El Señor escucha las oraciones legítimas. La mejor oración es por una fe viva, y la religión muerta es un gran obstáculo para ella. Así que los discípulos deben orar con fe para que Dios elimine ese obstáculo. Y verdaderamente, Dios quitó ese monte para que la iglesia pudiera crecer.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Daniel M. Doriani
Daniel M. Doriani

El Dr. Daniel M. Doriani es vicepresidente de proyectos académicos estratégicos y profesor de teología en el Seminario Teológico Covenant en St. Louis. Él es autor de “The New Man: Becoming a Man After God’s Heart” [El nuevo hombre: convirtiéndonos en un hombre conforme al corazón de Dios].

Sabiduría y conocimiento

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Sabiduría y conocimiento

R.C. Sproul

Nota del editor: Esta es la tercera parte de la serie de artículos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

En la universidad, me especialicé en filosofía. El primer día del primer curso que tomé en filosofía, el profesor escribió la palabra filosofía en la pizarra, luego la desglosó para mostrar su origen etimológico. El término proviene de dos palabras griegas, lo cual es apropiado, ya que los griegos son vistos generalmente como los padres fundadores de la filosofía occidental. El prefijo filo proviene de la palabra griega phileō, que significa «amar». La raíz proviene de la palabra griega sofía, que significa «sabiduría». Por lo tanto, el significado básico de la palabra filosofía es «amor por la sabiduría».

El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento.

Una vez que comprendí este significado, asumí que al estudiar filosofía aprendería sobre la sabiduría en un sentido práctico. Sin embargo, pronto descubrí que la filosofía griega enfatizaba preguntas abstractas de la metafísica (el estudio del ser último o de la realidad última) y la epistemología (el estudio del proceso mediante el cual los seres humanos aprenden). Es cierto que una de las subdivisiones de la filosofía es la ética, particularmente la ciencia de la ética normativa, los principios de cómo debemos vivir. Esa fue ciertamente una preocupación de los antiguos griegos, particularmente de Sócrates. Pero incluso Sócrates estaba convencido de que la conducta apropiada, o la vida correcta, está íntimamente relacionada al conocimiento correcto.

Hay una sección del Antiguo Testamento conocida como la literatura sapiencial: los libros de Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares. Aquí, vemos un énfasis filosófico completamente diferente, uno basado en la suposición inicial de la Biblia. Muchas personas consideran la afirmación de que hay un solo dios sobre toda la creación como un desarrollo tardío en la filosofía griega. En cierto modo, fue el resultado de su pensamiento. Pero para los judíos, la afirmación de la soberanía de Dios era primordial. La primera línea del Antiguo Testamento dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1:1). El monoteísmo no está al final del camino; está al principio.

Génesis no ofrece ningún argumento o prueba de la existencia de Dios. Una de las razones de esto es que los judíos estaban convencidos de que Dios ya había hecho el trabajo por Sí mismo: los cielos proclamaron la gloria de Dios (Sal 19:1). Los judíos no estaban preocupados de si había un Dios sino de cómo es Él: ¿Cuál es Su nombre? ¿Cuáles son Sus atributos? ¿Cuál es Su carácter? Todo el Antiguo Testamento se enfoca en la autorrevelación de Dios a Su pueblo del pacto.

La literatura sapiencial hace una afirmación sorprendente: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor» (Sal 111:10Pr 9:10). Para los judíos, la sabiduría significaba una comprensión práctica de cómo vivir una vida que sea agradable a Dios. La búsqueda de la piedad fue una preocupación central de los escritores de la literatura sapiencial. Afirmaron que la condición necesaria para que alguien tenga verdadera sabiduría es el temor del Señor.

Tal temor no es terror ni horror. Como dijo Martín Lutero, es un temor filial, el temor de un niño que admira a su padre y no quiere hacer nada que pueda contravenir a su padre e interrumpir su relación amorosa con él. En una palabra, este concepto tiene que ver con la reverencia, la admiración y el respeto. Cuando los escritores de la literatura sapiencial dicen que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, ellos están diciendo que el punto de partida absoluto y esencial, si deseas adquirir la verdadera sabiduría, es la reverencia y la adoración a Dios.

Mostrando un contraste, el salmista nos dice: «El necio dice en su corazón: ‘No hay Dios’» (Sal 14:1a). La sabiduría es contrastada con la necedad. Sin embargo, en la literatura hebrea, la palabra necio no describe a una persona que carece de inteligencia. Ser necio para el judío es ser irreligioso e impío. El impío es la persona que no tiene reverencia por Dios, y cuando no tienes reverencia por Dios, inevitablemente tu vida lo mostrará.

La  literatura sapiencial también hace una distinción clara entre la sabiduría y el conocimiento. Una persona puede tener conocimiento ilimitado y no tener sabiduría. Pero no puede darse lo contrario; nadie puede tener sabiduría si no tiene conocimiento. El espíritu anti-intelectual de nuestro tiempo declara: «No necesito estudiar. No necesito conocerla Biblia. Todo lo que necesito es tener una relación personal con Jesús». Ese punto de vista está en un curso de colisión con lo que enseña la literatura sapiencial. El propósito de aprender las cosas de Dios es la adquisición de sabiduría, y no podemos tener sabiduría sin conocimiento. La ignorancia engendra necedad, pero el verdadero conocimiento, el conocimiento de Dios, conduce a la sabiduría que es más preciosa que los rubíes y las perlas.

Queremos ser ricos, exitosos y estar cómodos, pero no anhelamos la sabiduría. Por consiguiente, no leemos las Escrituras, el libro de texto supremo de la sabiduría. Esto es necedad. Busquemos el conocimiento de Dios a través de la Palabra de Dios, porque de ese modo encontraremos la sabiduría para vivir vidas que le agraden.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.

Cuando caen las torres

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Cuando caen las torres

David Strain

Nota del editor: Este es el decimotercer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

“Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero nos grita en nuestros dolores: es Su megáfono para despertar a un mundo sordo”. Así dijo C.S. Lewis en su libro El problema del Dolor. El dolor presenta un desafío continuo para los cristianos mientras nos esforzamos por discernir el diseño de Dios para nuestras vidas.

Con demasiada rapidez llegamos a la conclusión de que cuando suceden cosas malas, debe ser porque nos lo merecemos.

Por más inexplicables que estas preguntas puedan parecer, a veces nos vemos tentados a abstenernos por completo de pensar en el sufrimiento, temiendo quizás que el tema presente dificultades insuperables para la fe. Pero en Lucas 13:1-5, Jesús habla del tema sin rodeos. Se enfoca en dos momentos de sufrimiento, el primero provocado por la malicia de otras personas: Pilato asesinó a unos peregrinos galileos que iban a adorar en el templo y mezcló su sangre con la de sus sacrificios, un acto de cruel desdén hacia la adoración a Dios. La segunda es el resultado de un desastre natural: una torre en construcción en Siloé colapsó matando a dieciocho personas.

En lugar de brindar una hipótesis abstracta sobre problema del sufrimiento, Jesús hace una pregunta diseñada para desenmascarar nuestras suposiciones erróneas: «¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron esto?” (v.2). O en cuanto a los que murieron cuando cayó la torre, «¿eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (v.4). Con demasiada rapidez llegamos a la conclusión de que cuando suceden cosas malas, debe ser porque nos lo merecemos. Qué fácil es encontrar una relación mecánica y directa entre el pecado y el sufrimiento. Pero escucha la respuesta de Jesús. ¿Acaso sufrieron porque pecaron? “Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (vs. 3,5).

Nunca es prudente deducir el grado de pecado en la vida de alguien por la severidad del sufrimiento que tiene que soportar. Lo segundo no es necesariamente causado por lo primero. Pero también debemos aprovechar el sufrimiento cuando llega a nuestras vidas. Habrá un lugar donde con certeza podremos decir que el pecado y el sufrimiento se relacionan como se relaciona un crimen con su castigo: la Biblia lo llama el infierno. Entonces, ¿cómo debemos aprovechar nuestros sufrimientos? Debemos escuchar en ellos la advertencia de Dios a nunca darle tregua al pecado, a movernos otra vez al arrepentimiento, y a aferrarnos solo a Cristo en fe.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
David Strain
David Strain

El Dr. David Strain es el ministro principal de la First Presbyterian Church en Jackson, Mississippi, y el presidente del consejo de Christian Witness to Israel (North America) [Testigos cristianos a Israel (Norteamérica)].

No paz, sino espada

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No paz, sino espada

Jim E. Kim

Nota del editor: Este es el duodécimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Los discípulos de Jesús, al igual que sus contemporáneos judíos, creían que cuando el Mesías viniera, Él vendría como el «Príncipe de Paz», trayendo libertad política y prosperidad material (Is 9:6-7Zac 9:10). Más aún, Jesús les enseñó que los que procuran la paz son bienaventurados en verdad (Mt 5:9) y les dijo que dieran saludos de paz cuando entraran a una casa (Mt 10:12-13). Quizá algunos estaban conscientes que Él habría de traer «paz en la tierra» (Lc 2:14). Sin embargo, Jesús también dijo: «No penséis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada» (Mt 10:34).

El conflicto es inevitable porque junto con Jesús viene un nuevo reino.

Jesús no negó que la paz sería el resultado de Su obra. Él inauguró el gobierno y el dominio del reino de Dios, el cual se caracteriza por una paz duradera, resultando en la destrucción de los enemigos de Dios, la erradicación del pecado y sus efectos y la presencia de la salvación de Dios. Pero el camino a esta paz no está marcado por la tranquilidad. Más bien, está lleno de división y conflicto. Esto es a lo que se refiere el término «espada». El relato de Lucas hace que esto sea aún más claro cuando más adelante la palabra «espada» es reemplazada por «división» (12:51). La división es inevitable porque Jesús y Su mensaje del reino demandan una respuesta. Mientras algunos le dan la bienvenida a Jesús, muchos lo rechazan a Él y a Su mensaje, y a veces de manera apasionada. El conflicto es inevitable porque junto con Jesús viene un nuevo reino. Mientras tanto, el príncipe de este mundo no se queda de brazos cruzados.

Jesús explicó la severidad de este conflicto con una referencia a Miqueas 7:6. Una señal de la pecaminosidad en los tiempos del rey Acaz fue que el pueblo de Israel ya no confiaba el uno en el otro, ni siquiera en sus propias familias. La situación en Miqueas apuntaba a los días de Jesús cuando las familias se vieron presionadas hasta el límite a causa de Jesús y Su mensaje. Vemos esto aún hoy, ya que muchos experimentan separación y división de sus familias a causa de su fe en Jesús.

Aún así, Jesús llama a Sus discípulos a perseverar. Él los preparó para el rechazo y hostilidad inevitables. La respuesta del mundo a Jesús y Su mensaje de paz fue todo menos pacífica, y nosotros quienes hoy somos Sus discípulos, no debemos esperar algo diferente. Mientras que el camino de la cruz está lejos de ser fácil o libre de preocupación, Jesús le recuerda a Sus discípulos que al perder ellos ganan y al morir ellos vivirán.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Jim E. Kim
Jim E. Kim

El Rev. Joel E. Kim es presidente de Westminster Seminary California. Es el co editor de Always Reformed [Siempre Reformado].

En los peligros o aflicción

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En los peligros o aflicción

Burk Parsons

Nota del editor: Esta es la segunda parte de la serie de articulos de Tabletalk Magazine referente al tema de la controversia.

John Newton (1725-1807) es quizás mejor conocido por su himno «Sublime gracia», pero lo que muchos no saben es que Newton también fue un fiel ministro que sirvió como pastor en Inglaterra desde 1764 hasta un mes antes de morir en 1807. Su madre murió cuando él tenía siete años y, al volver a casarse su padre, el joven John fue enviado a la escuela. En 1795, Newton reflexionó sobre su relación con su padre: «Estoy convencido de que él me amaba, pero parecía no querer que yo lo supiera. Me encontraba con él en un clima de miedo y esclavitud».

A los once años, Newton se convirtió en marinero a bordo del barco de su padre. Luego, en 1743, bajo coacción, Newton se convirtió en guardiamarina de la Marina Real y, más tarde, fue canjeado por bienes y pasó a ser propiedad de la esposa de un comerciante de esclavos que abusó de él y lo trató como si fuera uno de sus esclavos, que solo comían las sobras de su mesa. Después de ser liberado, el propio Newton se convirtió en un reconocido traficante de esclavos africanos. Él mismo admitió ser un pecador miserable que vivía una vida desenfrenada, y se describió a sí mismo diciendo: «Yo era muy malvado y, por lo tanto, muy necio; y, siendo mi propio enemigo, parecía estar decidido a que nadie fuera mi amigo». El 10 de marzo de 1748, Newton, de veintidós años, se convirtió a Cristo mientras hacía un viaje entre Inglaterra y Sierra Leona.

A causa de su valiente postura contra la esclavitud, y a causa de su profundo calvinismo, Newton se familiarizó con las formas correctas e incorrectas de involucrarse en una controversia.

Años después de su conversión, se unió a su amigo William Wilberforce y se convirtió en uno de los abolicionistas más enérgicos de Inglaterra. A causa de su valiente postura contra la esclavitud, y a causa de su profundo calvinismo, Newton se familiarizó con las formas correctas e incorrectas de involucrarse en una controversia. En 1771, se le pidió que escribiera un artículo para la revista británica Gospel Magazine con el fin de proporcionar consejo pastoral sobre la controversia existente entre calvinistas y arminianos. Desde su publicación bajo el título «On Controversy” [Sobre la controversia], el artículo de Newton se ha convertido en uno de los escritos más conocidos y queridos de la iglesia sobre las polémicas cristianas.

La carta de Newton establece maravillosamente una muy bien fundamentada ética cristiana para participar en la controversia. Desde el principio, explica por qué existe la controversia y por qué nosotros, como cristianos, debemos amar y luchar fervientemente por la verdad. Luego ofrece tres reglas de juego que haríamos bien en considerar antes de entrar en una controversia: considerar a nuestro oponente, considerar a nuestra audiencia y considerarnos a nosotros mismos.

En la conclusión de su escrito, Newton nos manda a poner nuestros ojos en el reino de Dios y la gloria de Dios como el fin último de cualquier controversia en la que debamos involucrarnos.  Es con ese fin que hemos publicado esta serie de artículos de Tabletalk, para que cuando encontremos que sea necesario entrar en controversia, lo hagamos con humildad, caridad y gracia como miserables que han sido convertidos por la sublime gracia de Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

El propósito de las parábolas

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El propósito de las parábolas

Ben C. Dunson

Nota del editor: Este es el undécimo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

En Mateo 13:10-17, Jesús explica a Sus discípulos por qué enseña en parábolas.

Por eso les hablo en parábolas; porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden (v. 13).

Este pasaje puede parecer desconcertante al principio, en especial cuando Jesús indica que Su verdadera intención al hablar en parábolas es que la verdad sea ocultada de aquellos que están afuera.

¿Cómo debemos entender esto? Primero, Jesús está enseñando de manera clara que los secretos del reino de Dios son incomprensibles por medio del razonamiento y la intuición humana. Jesús no está diciendo que nadie puede entender las parábolas o que Él tiene la intención de esconder Su verdad de todas las personas. Más bien, Jesús explica que, a fin de exaltar la gracia soberana de Dios, Dios en Su misericordia ha iluminado a algunos, a quienes «se [les] ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos» (v. 11, énfasis agregado), para que puedan entender las verdades del reino de Dios. Aquellos a los que se les ha concedido el conocimiento de los secretos del reino les será dado «más», mientras que aquellos que no han recibido tal conocimiento eventualmente les será quitada cualquier bendición que parezcan tener (v. 12). En otras palabras, aquellos a quienes se les ha concedido este regalo de parte de Dios continuarán creciendo en su fe, mientras que aquellos a los que no se les ha concedido este regalo perderán todo en el día final.

En la medida en que los incrédulos continúen sin arrepentirse, se están aislando de la gracia de Dios y se mantienen bajo Su juicio.

Segundo, muchos escuchan la predicación de Jesús y rehúsan creer lo que Él dice. Estas son personas que «ven» y sin embargo no ven verdaderamente, «oyen» y no oyen verdaderamente (v. 13). Estos son aquellos que son confrontados con las verdades del reino de Dios y no obstante, de manera obstinada, escogen rechazarlas. La enseñanza de Jesús en parábolas (la cual no puede ser entendida por aquellos sin la llave del conocimiento) es el juicio sobre su incredulidad, mientras que al mismo tiempo trae bendición para aquellos a quienes se les ha enseñado el significado de las parábolas. En la medida en que los incrédulos continúen sin arrepentirse, se están aislando de la gracia de Dios y se mantienen bajo Su juicio. A los discípulos (y a todos los que se convertirían en discípulos después de ellos), por otro lado, se les ha concedido ojos para ver y oídos para oír a Jesús; a ellos se les ha concedido los secretos del reino (vv. 11, 16). La misericordia de Dios ha sido extendida a los discípulos que, como muchos en las multitudes, en un tiempo rechazaban a Dios de manera ignorante y obstinada.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Ben C. Dunson
Ben C. Dunson

El Dr. Ben C. Dunson es el profesor asociado de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary en Dallas, Texas.

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Ora las Escrituras

Scotty Smith

Soy un orante pragmático y egocéntrico en recuperación, un creyente que pasó muchos de sus primeros años en Cristo pensando en Dios más como un complaciente papito consentidor que como el Padre soberano. La oración, para mí, tenía más que ver con la programación de una computadora celestial que con el sometimiento a un Amo bondadoso. Me esforcé más en reclamar las promesas de Dios para mi propia comodidad que en ser reclamado por los propósitos de Dios para Su reino. En lugar de estar quieto y saber que Dios es Dios, mi vida de oración era la de un hombre ansioso, tratando de ayudar a Dios a ser Dios.

Desgraciadamente, esto fue una manifestación del evangelio centrado en el hombre que distorsionó mi visión de Dios y, como resultado, debilitó mi práctica de la oración. Afortunadamente, el crecimiento continuo en la gracia me ha llevado a una mejor comprensión del Evangelio, que, a su vez, ha reorientado radicalmente mi vida de oración. No es un cliché; es maravillosamente cierto: el Evangelio lo cambia todo.

Orar las Escrituras nos llama a buscar a Jesús en cada parte de la Biblia.

Nada ha sido de mayor importancia para mi crecimiento en la gracia que aprender a orar las Escrituras mientras uso el lente del Evangelio, y nada ha demostrado ser más fructífero. Un enfoque centrado en el Evangelio para orar a través de la Biblia producirá una mente informada por la voluntad de Dios, un corazón encendido con el amor de Dios y unas manos extendidas en el servicio a Dios. Estos tres son centrales a la vida en Cristo, y los tres fluyen de nuestra unión y comunión con Cristo.

Entonces, ¿qué implica esta disciplina doxológica de orar las Escrituras? No estoy diciendo que como lo hago es la única forma de hacerlo, pero así es como mi compromiso por el estudio de la Biblia y la oración se ha enriquecido enormemente en los últimos años.

Orar las Escrituras requiere que nosotros primero estemos en las Escrituras con regularidad, preferiblemente todos los días. Un «uso diligente de los medios de gracia» no hace que ganemos nada, pero nos beneficia en todos los sentidos. No podemos atesorar la Palabra en nuestros corazones si no estamos continuamente inmersos en las páginas de la Biblia. Personalmente, el mejor tiempo para encontrarme con Dios de una forma relajada y expectante es a primera hora en la mañana, pero todos somos diferentes.

Jack Miller, mi padre espiritual y profesor en Westminster Theological Seminary [Seminario Teológico de Westminster], me enseñó la importancia de leer a través de toda la Biblia, mientras que al mismo tiempo permito que una porción más pequeña de las Escrituras me lea a mí. Si no tenemos cuidado, podemos leer las Escrituras para obtener información e inspiración mientras jugamos dodgeball [balón prisionero] con nuestro llamado a la transformación. Dejar que las Escrituras “me lean” profundiza mi vida de oración porque expone mi pecado, revela a Jesús y me hace tener hambre y sed por más del Evangelio.

Como dijo Martín Lutero, necesitamos el Evangelio todos los días porque olvidamos el Evangelio todos los días. No hay nada como saber nuestra necesidad de que Jesús nos cure la amnesia del Evangelio. Nada encenderá nuestros corazones como una experiencia fresca de la gracia de Dios para nuestras necesidades actuales. Leer la Biblia y permitir que la Biblia me lea a mí constantemente me convence de lo siguiente: no hay nada más que el Evangelio, solo hay más del Evangelio.

Orar las Escrituras, por lo tanto, nos llama a buscar a Jesús en cada parte de la Biblia, porque Él es el corazón, el latido y el héroe del Evangelio. «Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas» (Lc 24:27), queremos descubrir todo lo profetizado y prometido acerca de Jesús a medida que Él es progresivamente revelado en la historia de la redención desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Todas las promesas de Dios encuentran su «sí» en Cristo (2 Co 1:20), pero no son el «sí» de Dios a todos nuestros deseos y fantasías. Jack Miller me enseñó a orar las promesas de Dios con mis ojos puestos en Jesús y en los propósitos de Su reino. Esto representa un importante cambio de paradigma que nos aleja de la búsqueda de versículos que podemos nombrar y reclamar hacia la búsqueda del Cristo que podemos conocer y servir.

Las mentes informadas por la voluntad de Dios y los corazones encendidos con el amor de Dios serán autentificados por manos extendidas en el servicio a Dios. Cuanto más oremos a través de las Escrituras con el lente del Evangelio, menos nos encontraremos dando a Dios pedacitos en nuestra historia y más pensaremos en encontrar nuestro lugar en Su historia. La pregunta central y decisiva de la vida no es «¿Qué puedo hacer por Jesús?» mientras Él está en el cielo. Más bien es «¿Qué puedo hacer con Jesús?» ya que Él está aquí, ahora mismo. Cada uno de nosotros está llamado a vivir como un personaje y un portador de Su historia de redención y restauración.

Orar las Escrituras implica comprometerse sinceramente con Cristo en Sus tres oficios de profeta, sacerdote y rey:

Puesto que Jesús es nuestro Profeta —la Palabra definitiva de Dios— leer la Biblia no es simplemente para obtener información; es para escuchar en oración a Aquel en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y conocimiento. Debemos darle a Jesús nuestra total atención y nuestras conciencias liberadas por la gracia.

Puesto que Jesús es nuestro Sacerdote —nuestro gran Sumo Sacerdote—  debemos leer las Escrituras doxológicamente, ya que Cristo es el sacrificio completo por nuestros pecados, nuestra justicia perfecta de Dios y el Pastor de nuestras almas. Debemos darle a Jesús nuestro quebrantamiento presente y nuestra adoración fresca.

Puesto que Jesús es nuestro Rey —el Rey de reyes y Señor de señores— debemos orar a través de la Biblia con cabezas inclinadas y vidas entregadas. Debemos dar a Jesús nuestra humilde reverencia y nuestra jubilosa obediencia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Scotty Smith
Scotty Smith

El Rev. Scotty Smith es pastor fundador de Christ Community Church en Franklin, Tennessee, y es autor de Everyday Prayers: 365 Days to a Gospel-Centered Faith.