¿Cuál es nuestra respuesta?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

John W. Tweeddale

¿Cuál es nuestra respuesta?

Nota del editor: Esta publicación es la séptima parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Las buenas obras no son malas, son buenas. Como cristianos, deberíamos querer hacerlas. El hecho de que no seamos salvos por nuestras obras no significa que no debemos preocuparnos por vivir una vida de obediencia gozosa a la Palabra de Dios. Jesús declara enfáticamente: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14:15). La obediencia, por frágil y débil que sea, es evidencia de nuestro amor por Cristo. Lejos de socavar el evangelio de la gracia, las buenas obras son el complemento perfecto para el evangelio.

Salvos, no por buenas obras

Para estar claros, las buenas obras son malas cuando se les considera como la base de la salvación. Una persona no es salva por sus obras sino por la gracia de Dios a través de la fe en Cristo. El apóstol Pablo explica:

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef 2:8-10).

Las obras no son meritorias. La salvación «no es de vosotros» y «no es por obras». Incluso la fe a través de la cual recibimos la salvación es un don generoso de Dios. Como criaturas caídas, nuestros mejores esfuerzos están llenos de pecado. Tomando prestado de Francis Schaeffer: ¿Cuántos cubos finitos de buenas obras se necesitarían para llenar el abismo infinito que existe entre Dios y nosotros debido a nuestro pecado? Las buenas obras no proporcionan ninguna base para jactarse porque son completamente inútiles para salvar. El único fundamento de la salvación es Cristo. Somos salvos por Sus obras, no las nuestras.

Salvos para buenas obras

Las buenas obras no son malas cuando son vistas como el objetivo de la salvación, no su base. Si bien las buenas obras no son meritorias para la salvación, son un componente necesario de la fe cristiana. Como dice Santiago, «la fe sin las obras está muerta» (Sant 2:26). Pablo hace esta misma observación cuando afirma que no somos salvos por buenas obras, sino que somos salvos para buenas obras.

Cada palabra en Efesios 2:10 es importante para poder explicar el papel que juegan las buenas obras en la vida cristiana. Aprendemos que las buenas obras son el resultado, no la causa, de que seamos nuevas criaturas, y ellas atestiguan el hecho de que hemos sido redimidos para que nuestras vidas puedan reflejar las cualidades y el carácter de Dios. Las buenas obras son también el resultado de estar unidos a Cristo. Fuera de Él, no podemos hacer nada que agrade a Dios. Pero en Cristo, fuimos creados para realizar actos de obediencia que honran a Dios. En Cristo, podemos estar seguros de que Dios acepta nuestros débiles e inestables esfuerzos . Pablo declara además que las buenas obras son el resultado del patrón de Dios para la vida cristiana. No necesitamos preguntarnos qué es lo que Dios requiere de nosotros. Él nos lo dijo en Su Palabra. Las buenas obras son actos hechos en conformidad con la Palabra de Dios.

Una fe que nunca está sola

Las buenas obras son buenas porque no surgen de una fe muerta sino de una «fe viva y verdadera» (Confesión de Fe de Westminster, 16.2). Somos justificados solo por gracia a través de la fe en Cristo solamente; sin embargo, la fe que salva nunca está sola, sino que va acompañada de vida espiritual y obediencia amorosa . Cristo es el fundamento de nuestra salvación, la fe es el instrumento de nuestra salvación, y las obras son el fruto de nuestra salvación. Cada vez que el evangelio echa raíces en nuestras vidas, siempre produce frutos del Espíritu (Gal 5:16-26). El Espíritu nos permite caminar de una manera digna de nuestro llamado a seguir vidas que reflejen a Cristo (Ef 4:1-7).

El valor de caminar por el camino de la obediencia es múltiple. La Confesión de Fe de Westminster establece que hay al menos seis beneficios de las buenas obras. Primero, las buenas obras manifiestan nuestra gratitud a Dios por el regalo de Su Hijo (Col 2:6). Segundo, las buenas obras refuerzan la seguridad de la fe (1 Jn 2:1-6). Tercero, las buenas obras son un medio para motivar a otros cristianos a hacer mayores actos de amor centrado en Cristo (Heb 10:24). Cuarto, las buenas obras son vías concretas para engalanar la doctrina de Dios nuestro Salvador en la vida y el ministerio (Tito 2:7-10). Quinto, las buenas obras silencian a los críticos que devalúan la bondad del cristianismo bíblico (1 Pe 2:1215). Sexto, las buenas obras glorifican a Dios al mostrar Su obra de amor en nuestras vidas (Jn 15:8-11).

¿Cuál es nuestra respuesta al evangelio? Un antiguo himno lo expresa muy bien: «Obedecer, cumple a nuestro deber. Si queréis ser felices, debéis obedecer».

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

John W. Tweeddale

John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

¿Qué son la justificación y la santificación?

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¿Qué son la justificación y la santificación?

Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Esta publicación es la sexta parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Las palabras justificación y santificación han caído en gran medida fuera de uso en la cultura occidental. Lamentablemente, también están desapareciendo en la iglesia cristiana. Una razón por la cual esta decadencia es angustiante es que la Biblia usa las palabras justificación y santificación para expresar la obra salvadora de Cristo por los pecadores. Es decir, ambos términos se encuentran en el corazón del evangelio bíblico. Entonces, ¿qué enseña la Biblia acerca de la justificación y la santificación? ¿Cómo se diferencian entre sí? ¿Cómo estas nos ayudan a comprender mejor la relación del creyente con Jesucristo?

La justificación es tan simple como el A-B-C-D. La justificación es un acto de Dios. Esta no describe la forma en que Dios interiormente renueva y cambia a una persona, sino más bien es una declaración legal en la que Dios perdona al pecador de todos sus pecados y lo acepta y considera como justo ante Sus ojos. Dios declara al pecador justo en el momento en que el pecador pone su confianza en Jesucristo (Rom 3:21-265:162 Cor 5:21).

¿Cuál es la base de este veredicto legal? Dios justifica al pecador únicamente sobre la base de la obediencia y muerte de Su Hijo, nuestro representante, Jesucristo. La perfecta obediencia de Cristo y la plena satisfacción de la deuda del pecado son el único fundamento sobre el cual Dios declara al pecador justo (Rom 5:18-19Gál 3:13Ef 1:7Fil 2:8). No somos justificados por nuestras propias obras; somos justificados únicamente en base a la obra de Cristo a nuestro favor. Esta justicia es imputada al pecador. En otras palabras, en la justificación, Dios pone la justicia de Su Hijo en la cuenta del pecador. Así como mis pecados fueron transferidos o puestos sobre Cristo en la cruz, así también Su justicia me es contada (2 Cor 5:21).

¿De qué manera es justificado el pecador? Los pecadores son justificados solo por la fe cuando confiesan su confianza en Cristo. No somos justificados por ningún bien que hayamos hecho, estemos haciendo o hagamos. La fe es el único instrumento de justificación. La fe no agrega nada a lo que Cristo ha hecho por nosotros en la justificación. La fe simplemente recibe la justicia de Jesucristo ofrecida en el evangelio (Rom 4:4-5).

Finalmente, la fe salvadora debe demostrarse a sí misma como genuina al producir buenas obras. Es posible profesar fe salvadora pero no tener fe salvadora (Stgo 2:14-25). Lo que distingue a la verdadera fe de una simple profesión de fe es la presencia de buenas obras (Gal 5:6). De ninguna manera somos justificados por nuestras buenas obras. Pero nadie puede considerarse a sí mismo como una persona justificada a menos que vea en su vida el fruto y la evidencia de la fe justificadora; es decir, buenas obras.

Tanto la justificación como la santificación son gracias del evangelio; siempre se acompañan mutuamente y tratan con el pecado del pecador. Pero difieren en algunos puntos importantes. Primero, mientras que la justificación se dirige a la culpa de nuestro pecado, la santificación aborda el dominio y la corrupción del pecado en nuestras vidas. La justificación es Dios declarando al pecador justo; la santificación es Dios renovando y transformando todo nuestro ser: nuestras mentes, voluntades, afectos y conductas. Unidos a Jesucristo en Su muerte y resurrección y siendo habitados por el Espíritu de Cristo, estamos muertos para el reino del pecado y vivos para la justicia (Rom 6:1-238:1-11). Por lo tanto, estamos obligados a matar el pecado y presentar nuestros «miembros a Dios como instrumentos de justicia» (6:13; véase 8:13).

Segundo, nuestra justificación es un acto completo y terminado. La justificación significa que cada creyente ha sido finalmente liberado por completo de la condenación y la ira de Dios (Rom 8:133-34Col 2:13b-14). La santificación, sin embargo, es un trabajo continuo y progresivo en nuestras vidas. Aunque cada creyente es sacado de una vez y por todas de la esclavitud del pecado, no somos inmediatamente hechos perfectos. No seremos completamente liberados del pecado hasta que recibamos nuestros cuerpos de resurrección en el día final.

Cristo ha ganado la justificación y la santificación para Su pueblo. Ambas gracias tienen que ver con la fe en Jesucristo, pero de diferentes maneras. En la justificación, nuestra fe resulta en que seamos perdonados, aceptados y justificados a los ojos de Dios. En la santificación, esa misma fe acepta activa y ansiosamente todos los mandamientos que Cristo le ha dado al creyente. No osamos separar o mezclar la justificación y la santificación. Sabemos cómo distinguirlas. Y, en ambas gracias, entramos en la riqueza y el gozo de la comunión con Cristo por medio de la fe en Él.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Guy Prentiss Waters

Guy Prentiss Waters

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

http://www.ligonier.es

¿Qué es la fe?

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¿Qué es la fe?

Guy M. Richard

Nota del editor: Esta publicación es la quinta parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Una de las declaraciones que más he repetido durante los últimos quince años de ministerio es ese comentario genial de J.I.Packer de que las medias verdades disfrazadas de verdades enteras son en realidad mentiras completas. La observación de Packer es un bello recordatorio de que las verdades a medias son solo eso: verdades a medias. Cuando estas se presentan como si no hubiera nada más que decir, el resultado es que la verdad es comprometida. Decir que Jesús es cien por ciento humano es verdad. Pero es solo la mitad de la historia. Jesús también es cien por ciento divino. Si nos enfocamos solo en la humanidad de Jesús y nunca decimos nada acerca de Su divinidad, somos culpables de presentar una verdad a medias como si fuera toda la verdad, y por ende, terminamos con una mentira completa.

Mi temor es que muchos de nosotros en la iglesia de hoy podemos estar peligrosamente cerca de violar este precepto en nuestra predicación del evangelio. No hay duda de que el llamado del evangelio es a creer en Jesucristo, por lo que nuestra predicación debe llamar regularmente a las personas a la fe. Pero si nuestra predicación se detiene allí sin llamar a la gente al arrepentimiento, estamos peligrosamente cerca de presentar una verdad a medias como si fuera toda la verdad. El arrepentimiento y la fe son inseparables. Son dos caras de la misma moneda. La fe es el lado positivo de volverse a Cristo, y el arrepentimiento es el lado negativo de apartarse del pecado. Es imposible volverse a Cristo y volverse al pecado, así como es imposible viajar en dos direcciones diferentes al mismo tiempo. Por definición, viajar al este significa no viajar al oeste, y volverse a Cristo en consecuencia significa apartarse del pecado. La fe y el arrepentimiento necesariamente van de la mano.

Podemos ver este vínculo inseparable entre la fe y el arrepentimiento en varios pasajes de la Escritura. En Hechos 2:38, por ejemplo, Pedro les responde a aquellos que han sido «compungidos de corazón» y que han preguntado: «hermanos, ¿qué haremos?», diciéndoles: «arrepentíos y sed bautizados … en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados.» Él no les dice: «creáis y sed bautizados», como lo hace Pablo en casi las mismas circunstancias con el carcelero de Filipos en Hechos 16:30-34, en cambio les dice: «arrepentíos y sed bautizados «. La razón parece clara, especialmente cuando estudiamos a Pedro y a Pablo juntos : la fe y el arrepentimiento son inseparables. Es imposible arrepentirse y no creer, y es imposible creer y no arrepentirse.

Vemos esto nuevamente en Lucas 24:47, cuando Jesús les dice a Sus discípulos que deben proclamar un evangelio de «arrepentimiento para el perdón de los pecados», y en Hechos 3:19, cuando uno de esos discípulos presta atención a las palabras de Jesús y les dice a sus oyentes: “arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados». En ambos casos, nuevamente se nos dice que el llamado del evangelio no es simplemente: «cree, y serás perdonado», sino: «arrepiéntete, y serás perdonado». La razón es que la fe y el arrepentimiento van de la mano.

Marcos hace que esta conexión sea aún más explícita en su descripción de la vida de Cristo. En Marcos 1:14-15, este registra a Jesús proclamando un evangelio que llama abiertamente a las personas a «arrepentirse y creer». Para Jesús, la fe y el arrepentimiento, obviamente, van de la mano. El evangelio nos llama a ambos.

Esto no es para negar la doctrina de la justificación solo por la fe. Jesús no está agregando nada a la fe sino, más bien, definiendo cómo es la fe en realidad. La fe justificadora no es una fe simple o llana, por así decirlo, sino una fe compungida, es decir, una fe que siempre va acompañada de arrepentimiento. Sin duda, es posible que la fe genuina sea impenitente por un tiempo. El ejemplo de David al no mostrar arrepentimiento por un buen tiempo luego de su pecado con Betsabé demuestra esto (2 Sam 11-12). Pero un espíritu impenitente no puede durar para siempre. Los cristianos pueden no arrepentirse inmediatamente, pero eventualmente se arrepentirán. Dios se encargará de eso, tal como lo hizo con David, porque la fe y el arrepentimiento necesariamente van de la mano. Donde uno está, allí también estará el otro.

El mismo evangelio que nos llama a la fe también nos llama al arrepentimiento. Si nos enfocamos solo en el llamado a la fe, nos estamos enfocando solo en un lado de la moneda e ignorando el hecho de que hay otro lado. Para establecer un paralelo con una de las enseñanzas más famosas de Jesús, proclamar la fe pero no el arrepentimiento es como enseñar a la gente a «dar al César lo que es del César» sin mencionar que también deben dar «a Dios lo que es de Dios» (Mat 22:21). Estaríamos peligrosamente cerca de presentar una verdad a medias como si fuera toda la verdad y, por lo tanto, diciendo toda una mentira.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Guy M. Richard

Guy M. Richard

El Dr. Richard es director ejecutivo y profesor asistente de teología sistemática en el Reformed Theological Seminary en Atlanta.

¿Quién es Cristo?

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¿Quién es Cristo?

Michael Haykin

Nota del editor: Esta publicación es la cuarta parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

El 16 de diciembre de 1739, George Whitefield predicó un sermón sobre Mateo 22:42 en la Bruton Parish Church en Williamsburg, Virginia, en el que le preguntó a su audiencia la misma pregunta que Jesús le había hecho a sus oyentes 1,700 años antes: «¿Qué piensas de Cristo?»

El idioma que Whitefield hablaba era diferente al de su Señor, pero las consecuencias eternas de la respuesta fueron las mismas. Algunas de las respuestas en los días de Jesús—que Él era Juan el Bautista resucitado de los muertos, o uno de los profetas, o Elías (véase Mc 8:27-28)—fueron similares a las respuestas dadas en los días de Whitefield. Los deístas como Benjamín Franklin, un buen amigo de Whitefield, consideraban a Jesús como un maestro sin igual, pero nunca llegaron a confesar Su deidad. Otros consideraban a Jesús como divino, pero de tal manera que Su deidad es menor que la del Padre. Whitefield, fiel al testimonio de la Escritura, no se avergonzó de decirle a la gente que Jesucristo es verdaderamente Dios y que «si Jesucristo no fuera Dios verdadero de Dios verdadero, nunca más predicaría el evangelio de Cristo». Porque no sería evangelio; sería solo un sistema de ética moral».

Dios verdadero de Dios verdadero

La evidencia de la completa deidad del Señor Jesús se encuentra en todo el Nuevo Testamento. Jesús es explícitamente llamado «nuestro gran Dios y Salvador» (Tito 2:13). La plenitud de la Deidad mora en Él (Col 1:192:9). Él lleva los títulos y nombres dados a Yahweh en el Antiguo Testamento (compara, por ejemplo, Is 44:6 y Ap 1:17). Él es presentado como el objeto de adoración (Heb 1: 6) y se le ora directamente (Hch 7: 59-601 Cor 16:222 Cor 12:8). Él hace cosas que solo Dios puede hacer, como crear el universo (Jn 1: 3Col 1:16), perdonar pecados (Mc 2:5-10Col 3:13) y juzgarnos en el dia final (Hch 10:4217:312 Cor 5:10). Él posee atributos divinos, tales como la omnipresencia (Heb 1:3Ef 4:10), la omnisciencia (Ap 2:23), la omnipotencia (Mt 28:18) y la inmutabilidad (Heb 13:8). La completa deidad de Cristo es parte integral del evangelio. Cualquier otra posición distorsiona el Nuevo Testamento.

Quién se encarnó

El Nuevo Testamento también da testimonio de la otra verdad acerca de la identidad de Cristo: Su completa humanidad . Como lo dice el apóstol Pablo, Él es «Cristo Jesús hombre» (1 Tim 2:5; cursiva añadida). Él fue criado en circunstancias humildes (Mt 13:55). Él experimentó los dolores del hambre (4: 2). Él conoció el cansancio y la sed (Jn 4: 6-7). Lloró lágrimas de dolor genuinas (11:35). Sin embargo, mientras Su humanidad es como la nuestra en todos estos aspectos, hay una manera en que es totalmente diferente a la nuestra: es sin pecado. Cuando miramos la vida de Cristo, no hay un incidente al que podamos señalar y decir: «Mira, un pecado». Negar la humanidad de Cristo es socavar el evangelio (ver 1 Jn 4:1-32 Jn 7-9).

Por nuestra salvación … crucificado

Después de toda una vida haciendo el bien, sanando a los enfermos y predicando el evangelio, Jesús fue arrestado por las autoridades judías y romanas. Aquel que es la Verdad y un perfecto amante de Dios fue acusado de ser un blasfemo. Sufrió vergonzosamente a manos de guardias judíos y soldados romanos, siendo azotado y burlado. Lo despojaron de todas Sus ropas y lo mataron sin nada para cubrir Su desnudez (Jn 19:23-24Mc 15:24). Su muerte fue la muerte más vergonzosa y dolorosa que los romanos conocían: la crucifixión (Heb 12:2Jn 19:16-18). El Autor de la vida, que había resucitado a los muertos, fue enterrado en una tumba. Lo más horrible de todo, sin embargo, fue la sensación de abandono de parte de Dios que inundó el alma de Jesús cuando murió (Mt 27:46Mc 15:34), porque en Su muerte Él llevó y experimentó por los pecadores la ira infernal que estos merecían (1 Cor 15:32 Cor 5:21Heb 9:11-1428). Su muerte fue nada menos que una muerte vicaria y propiciatoria. Negar esto es negar el evangelio.

Pero la muerte no pudo mantener a Jesús en la tumba, porque ni la muerte ni Satanás tenían ningún derecho sobre Él (Sal 16:10Hch 2:24-31). Entonces, Dios el Padre, por el Espíritu Santo, resucitó a Jesús de entre los muertos al tercer día (Mt 28:6-7Hch 2:32Rom 8:11), y Él fue visto en varias ocasiones por Sus Apóstoles y testigos selectos (Hch 1:3-81 Cor 15:4-8). Rechazar la resurrección corporal corta nuestra esperanza de salvación.

Este es el evangelio que el Nuevo Testamento enseña, que Whitefield predicó, y que todavía predicamos: Cristo, completamente Dios, se hizo hombre por nuestra salvación, murió por nuestros pecados y resucitó de los muertos. Cree esto y serás salvo.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Michael Haykin

Michael Haykin

El Dr. Michael Haykin es profesor de Historia de la Iglesia y Espiritualidad Bíblica en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky. Es autor de varios libros, entre ellos The Christian Lover y Rediscovering the Church Fathers.

¿Qué es el hombre?

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¿Qué es el hombre?

Greg D. Gilbert

Nota del editor: Esta publicación es la tercera parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Cada tarde, después del trabajo, me siento para pasar unos minutos poniéndome al día con las noticias diarias. Aunque son unos minutos de descanso para mi cuerpo y mente, tengo que admitir que no encuentro en esos momentos mucho descanso para mi corazón. Eso es porque lo que veo en los titulares me recuerda una realidad profundamente arraigada: algo está mal con nuestro mundo, e incluso con nosotros mismos como seres humanos. ¿Pero, qué es esto?

La gente ha dado diferentes respuestas a esa pregunta. Algunos dicen que los problemas son principalmente económicos, otros que son sociales, y otros que son psicológicos. Ciertamente, estas respuestas pueden darnos una idea de algunos de los síntomas de nuestra aflicción, pero la Biblia enseña que esta condición crítica es causada por algo mucho más profundo y significativo. En una palabra, el problema es el pecado: nuestra rebelión contra el Dios que nos creó.

El libro de Génesis relata cómo Dios creó el mundo por el poder de Su Palabra, y según Génesis 1:26-28, el acto de coronación de la obra de Dios fue la creación de seres humanos. Únicos entre todas las criaturas del universo, los seres humanos están hechos «a Su propia imagen». Ser creados a la imagen de Dios significa muchas cosas. Nosotros, los seres humanos, reflejamos el carácter y la naturaleza de Dios en nuestra racionalidad, nuestra creatividad e incluso nuestra capacidad de relacionarnos con Dios y con los demás. Pero la imagen de Dios no se refiere simplemente a lo que somos; también se refiere a lo que Dios nos creó para hacer.

Además de vivir en comunión con Dios, a Adán y Eva se les dio el trabajo de administrar y cuidar de Su creación como Sus vicegobernadores. Por lo tanto, Dios les dijo que debían «sojuzgar» la tierra y «tener dominio» sobre ella, no abusándola y tiranizándola, sino «cultivándola y cuidándola» (Gén 2:15). Al hacer esto, ellos comunicarán a toda la creación el amor, el poder y la bondad del Creador. Quizás más fundamentalmente, esto es lo que significa ser la imagen de Dios en el mundo: así como un antiguo rey del Cercano Oriente podría establecer una «imagen» de sí mismo en una montaña como un recordatorio a su pueblo de quién estaba en el trono, Adán representaba la autoridad de Dios para el mundo sobre el cual se le dio el dominio.

Sin embargo, la autoridad de Adán sobre la creación no era absoluta. Esta autoridad era delegada y circunscrita por Dios mismo. La gente a menudo se pregunta por qué Dios puso el Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal en el jardín. La razón es que ese árbol les recordaba a Adán y Eva que su autoridad para gobernar y sojuzgar la tierra no era absoluta. Es por eso que al Adán y Eva comer la fruta fue un pecado tan trágico. Al comer la fruta, Adán y Eva estaban tratando de hacer precisamente lo que la serpiente les dijo falsamente que podían hacer: estaban tratando de «llegar a ser como Dios» (Gen 3:5). Estaban buscando más poder y autoridad de lo que Dios les había dado, y por lo tanto, apostaron al trono supremo.

Las consecuencias del pecado de Adán fueron catastróficas. Dios había prometido que si los humanos comían del árbol prohibido, seguramente morirían. Lo que Él quiso decir no fue solo muerte física, sino también, y más horriblemente, muerte espiritual. Este fue un castigo justo y correcto. No solo porque un Dios perfectamente santo y justo nunca podría tolerar tal maldad y pecado en Su presencia, sino también porque, al declarar su independencia de Dios, Adán y Eva se despegaron a sí mismos de la fuente de toda vida y bondad. Ellos merecían la ira de Dios por su rebelión contra Él, y la paga de su pecado era nada menos que la muerte, el juicio y el infierno eternos.

Peor aún, cuando Adán pecó, él lo hizo como representante de cada ser humano. Es por eso que Pablo les escribió a los Romanos: «por la transgresión de uno murieron los muchos» (Rom 5:15). Por lo tanto, con nuestro propio pecado, cada uno de nosotros ratifica una y otra vez el acto de rebelión de Adán contra Dios. Nosotros también anhelamos ser libres de la autoridad y el gobierno de Dios, y por eso nos entregamos a la búsqueda del placer y la alegría en las cosas creadas como meta suprema. En el proceso, declaramos que Dios no es digno de nuestra adoración, y así demostramos que somos dignos de la maldición de la muerte espiritual que Dios pronunció al principio.

Si la historia de la Biblia terminara allí, con seres humanos bajo la ira de Dios sin posibilidad de escape, viviríamos en una realidad sin esperanza. Pero alabado sea Dios que la historia no termina ahí. En lugar de dejarnos morir en nuestro pecado, Dios actúa para salvar. A través de la encarnación, la muerte y la resurrección de Su Hijo, Jesús, Él salva a Su pueblo de sus pecados y hace todo perfecto de una vez y por todas, finalmente y para siempre.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Greg D. Gilbert

Greg D. Gilbert

El Dr. Greg D. Gilbert es el pastor principal de la Third Avenue Baptist Church en Louisville, KY. Es autor de varios libros.

¿Quién es Dios?

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¿Quién es Dios?

Dave Kenyon

Nota del editor: Esta publicación es la segunda parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Moisés le dijo al Señor: «Te ruego que me muestres Tu gloria» (Éx 33:18). En efecto, él preguntó: «¿Quién eres, Dios?» Dios respondió con estas palabras: «Yo haré pasar toda mi bondad delante de ti, y proclamaré el nombre del SEÑOR delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y tendré compasión de quien tendré compasión» (v. 19). Él prometió revelarse a Sí mismo.

Pero ningún hombre puede ver a Dios y vivir. Eso es demasiado para cualquier hombre, especialmente para un pecador. Dios le pidió a Moisés que se parara en la roca y entonces le dijo: «…y sucederá que al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que Yo haya pasado. Después apartaré mi mano y verás mis espaldas; pero no se verá mi rostro» (v. 22-23). Moisés hizo bien en preguntarle a Dios quién Él es, en vez de decirle a Dios quién él quería que fuese. Por esta razón, Dios decidió revelarse en parte a Moisés. Él iba a pasarle cerca, protegerlo con Su propia mano y proclamar Su propio nombre. Esto significaba mucho más que simplemente pronunciar el nombre de Yahweh— «SEÑOR» o “Jehová” en nuestras traducciones al español—al oído de Moisés. Dios iba a proclamar Su naturaleza:

Entonces pasó el Señor por delante de él y proclamó: El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad; el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable; el que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación” (34:6-7).

«El SEÑOR, el SEÑOR»: allí Dios se reveló a Moisés por Su nombre personal, Yahweh. Él es el gran Yo Soy. Él es el Dios que existe por Sí mismo, inmutable, y a través de quien todas las cosas existen; y Él es misericordioso, clemente, paciente, lleno de bondad y verdad.

El perdón aquí es tan importante que es expresado usando tres términos similares: «…el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado». El Señor está lleno de perdón y misericordia. Pero nuestro Dios, de acuerdo con Su autorrevelación, también es justo. Nuestro texto establece que Él no simplemente limpiará al culpable. Sería contrario a Su naturaleza el simplemente pasar por alto el pecado. La justicia debe hacerse de acuerdo a lo que Dios es. Nuestro Dios debe ser fiel a Su carácter. Pero, ¿cómo puede ser Dios misericordioso y justo al mismo tiempo? ¿Cómo puede actuar de una manera consistente con estos dos atributos? Si Él solo muestra misericordia, la justicia queda anulada. Si solo se hace justicia, no hay misericordia.

La respuesta es la encarnación y la cruz. El Padre, porque es a la vez misericordioso y justo, envió al Hijo para representar a todos los que el Padre le había dado (Jn 17:18-23; Ef 5:25-32). Sin dejar de ser Dios, el Hijo tomó para Sí una naturaleza humana, y habiendo sido concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María, Él vivió perfectamente bajo la ley de Dios, manteniendo la ley que Adán quebró. Él voluntariamente fue a la cruz, tomando a Sus elegidos, como su cabeza federal (representante), para ser uno con Él, incluyendo nuestro pecado. Luego soportó la ira del Padre, pagando la deuda que nosotros no podemos pagar.

Pablo dice en 2da Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». Al hacernos uno con Jesús, el Padre pudo derramar Su ira sobre el Hijo. Se hizo justicia y nuestra culpa fue eliminada. En la cruz de Jesús, nosotros hoy podemos encontrar en plena exhibición tanto la asombrosa misericordia como la perfecta justicia de Dios.

Volvamos a Moisés. Él sabía que ningún hombre podía ver a Dios y vivir, pero Dios dijo que mientras Su gloria pasaba, pondría a Moisés en una hendidura de la roca y cubriría al profeta con Su mano. David conocía muy bien esta metáfora cuando dijo: «El SEÑOR es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable» (Sal 18:2). Y Pablo deja en claro que la Roca de nuestra salvación es Jesús (1 Cor 10:1-4). Nuestro Dios hace por aquellos que confían en Cristo lo que Él hizo por Moisés. Él nos esconde en la hendidura de la Roca. Él nos esconde en Jesús. En Él, nuestros pecados son perdonados. En Él, somos salvos de la ira de Dios. En Él, conocemos la justicia y la misericordia.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Dave Kenyon

Dave Kenyon

Dave es pastor principal de la Pioneer Presbyterian Church en Ligonier, PA. También sirve en el personal de Tumpline Ministries.

¿Qué es el evangelio?

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¿Qué es el evangelio?

Ray Ortlund

Nota del editor: Esta publicación es la primera parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

En cierto sentido, toda la Biblia es el evangelio. Al leerla desde Génesis hasta Apocalipsis, vemos la vasta extensión del maravilloso mensaje de Dios para la humanidad.

Pero muchos leen toda la Biblia y su comprensión del evangelio difiere ampliamente, no están claros, o simplemente están equivocados. Algunos hablan del evangelio en términos del favor de Dios derramando prosperidad financiera. Otros describen una utopía política en el nombre de Cristo. Y otros hacen hincapié en seguir a Cristo, proclamar Su reino o buscar la santidad. Algunos de estos temas son bíblicos, pero ninguno de ellos es el evangelio.

Afortunadamente, encontramos pasajes bíblicos que nos dicen, explícita y claramente, qué es el evangelio. Por ejemplo, el apóstol Pablo explica lo que es «de primera importancia» dentro del mensaje bíblico:

Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano. Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (1 Cor 15:1-4).
Pablo les recuerda a los creyentes de Corinto el mensaje del evangelio y su relevancia integral para ellos. Ellos lo recibieron; ellos están cimentados en él; ellos están siendo salvados por él. Estos beneficios, sagrados y poderosos, fluyen en su vida diaria mientras se aferran a la Palabra del evangelio que Pablo les dio. Los corintios no merecen tal bendición, pero el evangelio anuncia la gracia de Dios en Cristo para los que no la merecen. El único fracaso catastrófico de los corintios sería la incredulidad. Con tantas cosas buenas que decir sobre el evangelio, no es de extrañar que Pablo lo califique como «de primera importancia» en sus prioridades.

¿Qué es, entonces, el evangelio? Primeramente, el evangelio es la buena noticia de Dios: que «Cristo murió por nuestros pecados». La Biblia dice que Dios creó a Adán sin pecado, apto para gobernar sobre una creación buena (Gen 1). Entonces, Adán se separó de Dios y arrastró a toda la humanidad con él a la culpa, la miseria y la ruina eterna (capítulo 3). Pero Dios, en Su gran amor por nosotros, unos rebeldes ahora totalmente indignos de Él, envió un mejor Adán, que vivió la vida perfecta que nunca hemos vivido y murió la muerte criminal que no queremos morir. «Cristo murió por nuestros pecados» en el sentido de que, en la cruz, Él expió los crímenes que hemos cometido contra Dios, nuestro Rey. Jesucristo, muriendo como nuestro sustituto, absorbió en Sí mismo toda la ira de Dios contra la verdadera culpa moral de Su pueblo. No dejó deuda sin pagar. Él mismo dijo: «Consumado es» (Jn 19:30). Y siempre diremos: «¡El Cordero que fue inmolado es digno!» (Ap 5:12).

Segundo, el evangelio dice: «Él fue sepultado». Esto hace énfasis en que los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron completamente reales, extremos y definitivos. La Biblia dice: «Y fueron y aseguraron el sepulcro; y además de poner la guardia, sellaron la piedra» (Mt 27:66). Después de matarlo, Sus enemigos se aseguraron de que todos supieran que Jesús estaba más muerto que una piedra. No solo la muerte de nuestro Señor fue tan definitiva como la muerte puede ser, sino que también fue humillante: «Se dispuso con los impíos Su sepultura» (Is 53:9). En Su asombroso amor, Jesús se identificó por completo con pecadores enfermos como nosotros, sin omitir nada.

Tercero, el evangelio dice: «Él fue resucitado al tercer día». Hace años, escuché a S. Lewis Johnson decirlo de esta manera: “La resurrección es el ‘¡Amén!’ de Dios al ‘¡Consumado es!’ de Cristo. Jesús fue “resucitado para nuestra justificación” (Rom 4:25). Su obra en la cruz logró expiar nuestros pecados, de manera obvia. Además, por Su resurrección, Cristo «fue declarado Hijo de Dios con poder», es decir, nuestro Mesías triunfante que reinará para siempre (Rom. 1: 4). Solo el Cristo resucitado puede decirnos: «No temas, Yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Ap 1:17-18). Aquel que vive conquistó la muerte y ahora está preparando un lugar para nosotros: un cielo nuevo y una tierra nueva, donde todo Su pueblo vivirá gozosamente con Él para siempre.

Este es el evangelio de la inmensa gracia de Dios hacia pecadores como nosotros. Cualquier otra cosa que se pudiese decir, solamente nos diría más sobre la poderosa obra de Jesucristo. Permanezcamos firmes en la Palabra que se nos predicó. Si creemos en este evangelio, no creeremos en vano.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Ray Ortlund

Ray Ortlund

El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.

3 tipos de legalismo

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3 tipos de legalismo

R.C Sproul

¿Alguna vez, como cristiano, has sido acusado de legalista? Esta palabra a menudo es usada incorrectamente en la subcultura cristiana. Por ejemplo, algunas personas podrían llamar legalista a Juan porque lo ven como alguien con una mentalidad cerrada. Pero el término legalismo no está relacionado con mentalidades cerradas. En realidad, el legalismo se manifiesta de muchas maneras sutiles.

Básicamente, el legalismo implica sacar la ley de Dios de su contexto original. Algunas personas se preocupan por seguir una vida cristiana basada en obediencia a reglas y regulaciones, y ven el cristianismo como una serie de “haz esto” y “no hagas aquello”, es decir, una serie de principios morales fríos y mortales. Esa es una forma de legalismo, donde uno meramente se preocupa por mantener la ley de Dios como si fuera ese el único fin.

Ahora, Dios ciertamente se preocupa por nuestra obediencia a sus mandamientos. Sin embargo, hay más cosas que no debemos olvidar. Dios dio las leyes, como los diez mandamientos, en el contexto de un pacto. Primero, Dios fue bondadoso. Él redimió a su pueblo sacándolo de la esclavitud en Egipto, y entró a una relación de amor y dependencia con Israel. Solo después de que se estableciera esa relación basada en su gracia, Dios comenzó a definir leyes específicas que le complacieran. Tuve un profesor en mi programa de maestría quien dijo: “La esencia de la teología cristiana es la gracia, y la esencia de la ética cristiana es la gratitud”. El legalismo toma la ley y la aísla de Dios, quien dio la ley. El legalismo no busca obedecer a Dios ni honrar a Cristo, sino que obedece reglas que carecen de cualquier relación personal.

No hay amor, gozo, vida, o pasión. Es una rutina, un tipo de mecanismo para mantener la ley al que llamamos externalismo. El legalismo se enfoca en obedecer simples reglas, destruyendo el contexto en el que Dios dio su ley: su amor y redención.

Para entender el segundo tipo de legalismo, tenemos que recordar que el Nuevo Testamento hace distinción entre la letra de la ley (su forma externa) y el espíritu de la ley. El segundo tipo de legalismo hace una separación entre la letra de la ley y el espíritu de la ley. Obedece la letra pero violenta el espíritu. Existe una sutil distinción entre este tipo de legalismo y el mencionado previamente.

¿Cómo puede uno obedecer la letra de la ley y violentar el espíritu de ella? Supongamos que un hombre conduce su auto a la velocidad mínima requerida, sin importar las condiciones bajo las que maneja. Si está en una carretera principal y la velocidad mínima es sesenta kilómetros por hora, conduce a esa velocidad, ni un kilómetro menos. Lo hace inclusive durante lluvias torrenciales, cuando conducir a esa velocidad mínima en realidad pone en peligro a otras personas, ya que ellas tienen el buen sentido de reducir la velocidad a unos treinta kilómetros por hora, para así no patinar en el asfalto mojado. El hombre que insiste en ir a sesenta kilómetros por hora en esas condiciones, conduce su carro así para complacerse a sí mismo. Aunque parece que observa y obedece minuciosamente sus deberes cívicos, su obediencia es solo externa, a él no le importa de lo que en sí trata ley. El segundo tipo de legalismo obedece externamente, mientras que su corazón está alejado de cualquier deseo de honrar a Dios, la intención de su ley, o a Cristo.

El segundo tipo de legalismo es ilustrado por los fariseos, quienes confrontaron a Jesús por sanar a alguien en el día de reposo (Mt. 12:9-14). Su preocupación se concentraba en lo escrito en la ley, evadiendo cualquier cosa que pudiera parecerles trabajo. Estos maestros olvidaron el espíritu de la ley, el cual estaba dirigido en contra de trabajos ordinarios que no eran necesarios para mantener la vida, y no en contra de sanar enfermos.

El tercer tipo de legalismo agrega nuestras propias reglas a la ley de Dios y las trata como divinas. Este es el tipo de legalismo más común y fatal. Jesús reprendió a los fariseos en este mismo punto, diciendo: “Ustedes enseñan tradiciones humanas como si fueran la palabra de Dios”. No tenemos derecho a crear restricciones en lo que Él no ha restringido.

Cada iglesia tiene el derecho a crear sus propias políticas en ciertas áreas. Por ejemplo, la Biblia no dice nada de las bebidas gaseosas en el compañerismo de la iglesia, pero cada iglesia tiene derecho a regular ese tipo de cosas. Pero cuando utilizamos políticas humanas para de alguna manera atar las conciencias y hacer que esas políticas determinen la salvación de alguien, nos aventuramos peligrosamente a entrar en el territorio que solo le pertenece a Dios.

Muchas personas creen que la esencia del cristianismo es seguir al pie de la letra las reglas correctas, incluso reglas extrabíblicas. Por ejemplo, la Biblia no dice que no podemos jugar cartas o beber una copa de vino al cenar. No podemos hacer de estos asuntos la prueba externa de un cristianismo auténtico. Esa sería una fatal violación del evangelio porque eso sustituiría los frutos reales del Espíritu por costumbres humanas. Nos acercamos peligrosamente a blasfemar al malinterpretar a Cristo en esta forma. Donde Dios ha dado libertad, no debemos esclavizar a las personas con reglas hechas por humanos. Tenemos que prestar atención y cuidado, y luchar contra este tipo de legalismo.

El evangelio llama a los seres humanos al arrepentimiento, santidad, y devoción. Por esto, el mundo ve el evangelio como algo ofensivo. Pero ay de nosotros si añadimos innecesariamente a lo que es ofensivo, distorsionando la verdadera naturaleza de la cristiandad al combinarla con legalismo. Ya que el cristianismo tiene que ver con moralidad, rectitud, y ética, podemos fácilmente hacer un movimiento sutil a partir de una preocupación apasionada por una moralidad piadosa, y caer en un tipo legalismo.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation.

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Somos la confraternidad de enseñanza del Dr. R.C. Sproul. Existimos para proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en toda su plenitud a tantas personas como sea posible. Nuestra misión, pasión y propósito: ayudar a las personas a crecer en su conocimiento de Dios y Su santidad.

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El significado de la cruz

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El significado de la cruz

R.C Sproul

En este breve video, R.C. Sproul considera las diversas formas en que la gente veía la cruz en el Nuevo Testamento. Grabado en 1990.

Transcripción

Notemos cómo la cruz era vista por la gente en el Nuevo Testamento. Todo lo que sabemos, si fuéramos observadores, o espectadores, o un miembro de la prensa—de Noticias de Jerusalén. Hemos sido asignados como reporteros para ir y ser testigos de la ejecución de un hombre que ha sido condenado por sedición por Poncio Pilato. Así que observamos esa ejecución y regresamos a la sala de prensa a escribir el reporte diciendo, “Esta tarde un pretendiente al trono judío y sedicioso fue justamente ejecutado por el Imperio Romano”.

O podemos ir al palacio de Caifás y preguntarle, “Caifás, ¿Cuál es el significado de esto que ha sucedido hoy? ¿Fue simplemente la ejecución de un zelote político?” Caifás diría, “No, yo veo esto como una necesidad histórica. Era necesario por el bien de la nación que un hombre muriera”. Esa era la observación de Caifás.

Y podríamos ir entonces y entrevistar al centurión que estaba a los pies de la cruz. Y él nos diría. “No lo sé. Algo muy extraño pasó aquí esta tarde. Ese hombre era diferente a cualquier otro que haya sido ejecutado; creo que Él es el Hijo de Dios”.

Luego vamos y leemos las cartas del Apóstol Pablo. Y Pablo nos dice que lo que pasó en la cruz fue un evento de importancia cósmica. Qué la expiación se efectuó allí por la cual aquellos que reciben a Cristo, entre la raza humana, son reconciliados con su Creador.

Qué ese era el Cordero de Dios que fue inmolado. Este era el sacrificio ofrecido para satisfacer las demandas de la justicia de Dios.

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation.

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¿Qué dice la Biblia sobre la dirección de Dios?

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¿Cuál es la voluntad de Dios para mi vida?

R.C Sproul

¿Qué dice la Biblia sobre la dirección de Dios? Dice que si reconocemos a Dios en todos nuestros caminos, Él dirigirá nuestras sendas (Pr. 3:5-6). Las Escrituras nos animan a aprender cuál es la voluntad de Dios para nuestras vidas, y lo hacemos al enfocar nuestra atención no en la voluntad de decreto de Dios, sino en la voluntad de precepto de Dios. Si quieres saber la voluntad de Dios para tu vida, la Biblia te dice: “Porque ésta es la voluntad de Dios: su santificación” (1 Ts. 4:3). Así que cuando alguien se pregunta si debe tomar un trabajo en esta ciudad o en aquella, o si casarse con Johana o Marta, debe estudiar cuidadosamente la voluntad de precepto de Dios. Debe estudiar la ley de Dios para aprender los principios por los cuales debe vivir su vida diariamente.

El salmista escribe: “¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche!”. El deleite del hombre piadoso está en la voluntad de precepto de Dios, y el que se enfoca de esta manera será “como árbol plantado junto a corrientes de agua que da su fruto a su tiempo” (v. 3). El impío, sin embargo, no es así, más bien es “como paja que se lleva el viento” (v. 4).

Si quieres saber qué trabajo tomar, debes conocer los principios bíblicos a perfección. Al hacerlo, descubrirás que la voluntad de Dios es que hagas un análisis sobrio de tus dones y talentos. Entonces debes considerar si un trabajo en particular va de acuerdo a tus dones; si no va de acuerdo a ellos, no deberías aceptarlo. En ese caso, la voluntad de Dios es que busques un trabajo diferente. La voluntad de Dios también es que hagas compatible tu vocación, es decir tu llamado, con las oportunidades de trabajo que tengas, y eso requiere mucho más trabajo que usar una tabla Ouija. Significa que debes aplicar la ley de Dios a las muchas cosas de la vida.

Cuando se trata de decidir con quién casarte, debes mirar a todo lo que dicen las Escrituras con respecto a la bendición de Dios sobre el matrimonio. Habiendo hecho eso, quizá descubras que hay varias prospectas o prospectos que cubren los requisitos bíblicos. Entonces, ¿con quién te casas? La respuesta a eso es sencilla: cásate con quien quieras casarte. Siempre y cuando la persona que escojas esté dentro de los parámetros de la voluntad de precepto de Dios, tienes completa libertad para actuar de acuerdo a lo que te plazca, y no tienes por qué perder el sueño preguntando si estás fuera o dentro de la voluntad escondida o de decreto de Dios. Primeramente, no puedes estar fuera de la voluntad de decreto de Dios. Segundo, la única manera en que sabrás la voluntad escondida de Dios para ti hoy es esperar hasta mañana, y mañana será clara porque podrás mirar hacia atrás y saber que cualquiera cosa que sucedió es la obra de la voluntad secreta de Dios. En otras palabras, solo conocemos la voluntad secreta de Dios después de que se ha efectuado. Usualmente queremos saber la voluntad de Dios sobre el futuro, mientras que el énfasis en las Escrituras es en la voluntad de Dios para nosotros en el presente, y eso se refiere a sus mandamientos.

“Las cosas secretas” le pertenecen a Dios, no a nosotros. “Las cosas secretas” no nos incumben porque no nos pertenecen; son de Dios. Sin embargo, Dios ha tomado algunos de sus planes secretos y les ha quitado el secreto, y esas cosas sí nos pertenecen a nosotros. Él ha quitado el velo. A esto lo llamamos revelación. Una revelación es mostrar algo que antes estaba oculto.

El conocimiento que es nuestro a través de la revelación propiamente le pertenece a Dios, pero Dios nos lo ha dado. A eso se refería Moisés en Deuteronomio 29:29. Las cosas secretas le pertenecen a Dios, pero aquello que ha revelado nos pertenece, y no solamente a nosotros, sino también a nuestros hijos. A Dios le ha placido revelarnos ciertas cosas, y tenemos la bendición inefable de compartir esas cosas con nuestros hijos y con otras personas. La prioridad de pasar ese conocimiento a nuestros hijos es uno de los grandes énfasis en Deuteronomio. La voluntad revelada de Dios es dada en y a través de su voluntad de precepto, y esta revelación es dada para que seamos obedientes.

Como dije, muchas personas me preguntan cómo saber la voluntad de Dios para sus vidas, pero rara vez alguien me pregunta cómo puede saber la ley de Dios. La gente no pregunta eso porque sabe cómo conocer la ley de Dios: la encuentra en la Biblia. Uno puede estudiar la ley de Dios para conocerla. La pregunta más difícil es cómo podemos llevar a cabo la ley de Dios. Algunos se preocupan por eso, pero no muchos. La mayoría que pregunta sobre la voluntad de Dios quiere saber algo sobre el futuro, pero eso está cerrado. Si quieres saber la voluntad de Dios en términos de lo que Dios autoriza, de lo que a Dios le agrada, y por lo que Dios te bendecirá, de nuevo, la respuesta se encuentra en su voluntad de precepto, la ley, la cual es clara.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por la Coalición por el Evangelio. Puedes descargar el eBook gratis del Dr. Sproul, ¿Puedo conocer la voluntad de Dios?

R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation

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