La parábola del fariseo y el publicano

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola del fariseo y el publicano

Por Erik Raymond

Nota del editor: Este es el décimo segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Cuando una historia de pronto da un giro, es un momento emocionante y esclarecedor. En Lucas 18:9-14, nos encontramos con un giro sorprendente. Dos hombres suben al templo a orar. Uno que esperarías ver allí: el fariseo. El otro te sorprendería verlo aparecer. Es un recaudador de impuestos a quien se le considera como alguien despreciable, uno que ha traicionado a los suyos.

Ambos van a orar, y al final, solo uno se va a casa en paz  con Dios. La sorpresa es que es el recaudador de impuestos, no el líder religioso. ¿Cómo sucedió esto? Lucas nos dice desde el principio: «Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás» (v. 9). Esta es una historia sobre el orgullo y la humildad delante de Dios. Y lo que vemos es que con Jesús, el camino hacia abajo es el camino hacia arriba.

Nadie jamás será considerado justo a los ojos de Dios por confiar en sí mismo. 

Los fariseos eran conocidos por lucir y actuar como religiosos en público (20:47). En nuestra parábola, el fariseo va al templo y ora. Su oración revela un par de cosas sobre él. 

Primero, lleva una vara de medir. Quiere medirse con los demás. Después de ofrecer una breve palabra de gratitud a Dios, revela sus valoraciones. Él no es como los demás hombres; de hecho, es mejor que ellos. Cuando se compara a sí mismo con los demás, en especial con este recaudador de impuestos (18:11), declara su superioridad. Esta práctica es tan peligrosa como común. Con demasiada frecuencia nos comparamos con los demás, pero a fin de cuentas esto no tiene ningún valor. El estándar es la justicia de Dios, no la de otras personas. Él está cegado por su orgullo. 

En segundo lugar, lleva un currículum. ¿Ves cómo repasa lo que ha hecho? Él dice: «Ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano» (v. 12). Se jacta de lo que ha hecho. Él está, como dijo Jesús, confiando en sí mismo como justo. ¿No es sorprendente que este hombre se jacte de sí mismo en el templo delante de Dios en oración? ¿Sabe él con quién está hablando? Le está recitando su currículum a Dios como si lo fuera a impresionar. En realidad, luce más como que está hablando consigo mismo que con Dios. Si delante Dios nos jactamos de nosotros mismos, en lugar de confesarle nuestros pecados, estamos en una posición muy peligrosa. 

Luego está este otro hombre, el recaudador de impuestos. Si las manos del fariseo están llenas, las de este están vacías. Todo en él revela contrición y quebrantamiento (v. 13). La humildad se muestra en su posición y en su oración. Se coloca a cierta distancia porque está separado de Dios por causa de su pecado. Está avergonzado de su pecado, por lo que ni siquiera levanta los ojos al cielo. Continúa golpeándose el pecho para mostrar su dolor. Clama a Dios por misericordia porque sabe que es un pecador que la necesita desesperadamente. 

¿Qué tan diferente es él con respecto al fariseo? En lugar de buscar justicia en sí mismo, el recaudador de impuestos suplica a Dios por misericordia, porque no hay justicia en él. Incluso la forma en que suplica, expresa su humildad. La súplica de misericordia es un clamor para que la ira de Dios sea quitada con gracia y justicia (literalmente, «ser propicio»). Vemos a este pecador convicto humillado en el templo. Su pecho está enrojecido por golpearlo con desesperación, su voz está ronca de llorar por misericordia y su cabeza está baja. 

Jesús concluye la historia diciéndonos que «éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (v. 14). 

El fariseo tenía las manos llenas de justicia propia. El recaudador de impuestos tenía las manos vacías. Pero fue el recaudador de impuestos quien se fue a su casa justificado. Fue declarado justo a los ojos de Dios. Nadie jamás será considerado justo a los ojos de Dios por confiar en sí mismo. La única manera de permanecer justo o perfecto a los ojos de Dios es confiando en la justicia de otro. El hombre que cuenta la parábola, Jesús mismo, ganó la justicia que se aplica a los creyentes cuando es recibida por fe (Rom 5:12 Co 5:21). Es humillante entender que no tenemos nada que ofrecerle a Dios. Pero es ocasión de gran regocijo darnos cuenta de que todo lo que necesitamos se encuentra en Cristo. De esta manera, los humildes son exaltados.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Erik Raymond
Erik Raymond

Erik Raymond es el pastor principal de Redeemer Fellowship Church en el área metropolitana de Boston. Él y su esposa Christie tienen seis hijos.

Oculto a los sabios

Ministerios Ligonier

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Oculto a los sabios

Erik Raymond

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Si nos sentamos en nuestra silla y contemplamos honestamente el alcance o influencia de la iglesia, terminamos algo desconcertados. Es claro que la agenda de Dios en y a través de la iglesia es exhibir Su infinita sabiduría: «A fin de que la infinita sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en las regiones celestiales» (Ef 3:10). Al mismo tiempo, hay muchas personas con impresionante influencia y habilidad que no son creyentes. ¿Alguna vez te has preguntado por qué Dios ha escogido pasar por alto a unos con tanto «potencial» para darle vida nueva a otros?

 Dios no necesita la sabiduría o el poder de los hombres para lucir bien.

Esto no desconcertó a Jesús. De hecho, fue una oportunidad para Él alabar en gran manera a Su Padre por tal demostración de sabiduría:

En aquel tiempo, hablando Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado (Mt 11:25–26).

En esta sección de Mateo, Jesús nos permite asomarnos a Su clóset de oración para escuchar este hermoso diálogo intratrinitario. Y al hacerlo, escuchamos a Jesús darle gracias a Su Padre por la sabiduría de lo que ha decretado ocultar y revelar. Él ha ocultado cosas a los sabios y se las ha revelado a los niños.

Las «cosas» que son ocultas o reveladas son el contenido de las enseñanzas de Jesús. Recordemos que Él acababa de desatar una fuerte crítica a los líderes religiosos. Estos eran la gente sabia, estudiada y respetada de ese tiempo. El punto de apoyo para este juicio fue lo que ellos hicieron con Su enseñanza. Ellos lo rechazaron a Él y mostraron así su necedad. Por otro lado, Jesús está rodeado de Sus discípulos. Estos mismos discípulos probablemente serían etiquetados como marginados religiosos por las prestigiosas élites culturales. En un marcado contraste, los discípulos son los bebés, aquellos que reciben humildemente Su enseñanza como un niño.

Jesús está alabando a Dios por Su sabiduría tal como es visualizada en esta misma escena. Dios no necesita la sabiduría o el poder de los hombres para lucir bien. Él mostrará Su sabiduría en la aparente necedad del mensaje y la manifestación de Su gracia (1 Co 1:18-31). Por supuesto, esto no significa que es imposible que las personas inteligentes se conviertan. A través de la historia de la iglesia, Dios ha escogido mostrar Su gracia al salvar a toda clase de personas. Sin embargo, cuando Dios salva a alguien, nunca es por su sabiduría o sus logros, sino más bien por su fe simple, como la de un niño, en la verdad del Evangelio.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Erik Raymond
Erik Raymond

Erik Raymond es el pastor principal de Redeemer Fellowship Church en el área metropolitana de Boston. Él y su esposa Christie tienen seis hijos.

El orgullo no puede ser domesticado

Coalición por el Evangelio

Erik Raymond

El orgullo no puede ser domesticado 

Muchas veces la gente se halaga a sí misma y piensa que puede contener al pecado, al orgullo en particular. Ellos piensan que en lugar de que el pecado los domine, ellos pueden dominarlo. Este tipo de pensamiento demuestra que un desastre está a punto de ocurrir.

El orgullo no es algo que se puede manejar. No está a tu favor. El orgullo se te opone y te destruye.

No hace mucho tiempo hubo una inquietante historia aquí en el área de Omaha. Un hombre de 34 años de edad acostumbraba pasear por su vecindario y mostrar a los vecinos su serpiente boa constrictora que media 6 pies (1.8 m) de largo. A menudo la dejaba envolverse alrededor de los niños y deslizarse sobre sus camas elásticas. Evidentemente, le gustaba presumir su serpiente.

En una de esas ocasiones —en el pasado mes de junio— la serpiente se enredó alrededor de su cuello y comenzó a apretar. En pocos minutos el hombre estaba sin aliento, y poco después, muerto. Su “mascota” se convirtió en su “asesino” en cuestión de segundos. Este hombre había sobreestimado su capacidad de dominar a la serpiente, mientras había subestimado el deseo de la serpiente de dominarlo a él.

Muy a menudo pasa igual con el pecado del orgullo.

Las semillas sutiles de orgullo crecen y se convierten en un roble de auto-adoración. Nabucodonosor no construyó una estatua de 40 pies de altura de él mismo, exigiendo adoración a su persona, el primer día de su reinado; pero a su debido tiempo tenía sentido hacerlo. Fue la senda gradual del orgullo.

Salomón no permitió la adoración a dioses falsos en su primer día como rey. Sin embargo, la lenta filtración de idolatría y de orgullo al ligarse a mujeres extranjeras, así como la fama adquirida, los causantes del enfriamiento de la adoración del pueblo israelita, situación que condujo a la división de un reino.

Judas mismo no se imaginó a donde lo conduciría su deseo de dinero y libertad. Esto lo sabemos ya que cuando finalmente su plan se materializó, la serpiente de la culpa lo apretó del cuello hasta terminar con su vida. Estaba abrumado y acabado.

Fue el orgullo quien incentivó a Satanás en el jardín e indujo a Eva a pecar. Es el orgullo que eleva sutilmente al individuo contra Dios. Fue el orgullo quien planificó y llevó a cabo la muerte de Jesús.

El orgullo no es algo que se debe tomar a la ligera. Es algo que debe ser identificado y castigado. Es decir, nosotros como cristianos debemos ser conscientes de nuestra susceptibilidad al orgullo, buscar en nuestros corazones algún rastro de él, y trabajar activamente para eliminarlo a través del arrepentimiento y la fe en Cristo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Gabriela Portillo.
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