¿Y si los musulmanes hubieran ganado?

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

¿Y si los musulmanes hubieran ganado?

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VIII

l 10 de octubre del 732 d. C., unos 80 000 soldados de caballería musulmanes atacaron a 30 000 soldados francos de infantería cerca de Tours, en la actual Francia. Esos musulmanes ya habían conquistado el norte de África y España, y estaban listos para barrer el resto de Europa.

Normalmente, los soldados a pie no son competencia para jinetes con lanzas, especialmente cuando son superados en número. Así que el rey franco, Carlos Martel «El Martillo», colocó a sus hombres en la cima de una empinada colina boscosa, con la esperanza de que tener que atacar cuesta arriba y evitar los árboles por lo menos lograría ralentizar la caballería musulmana. Más importante aún, hizo que sus hombres se agruparan para formar un gran cuadrado, sosteniendo sus escudos para formar un «muro de escudos» y creando un matorral de lanzas para defenderse de los caballos.

Si alguien se separaba del grupo, si alguien huía, si el muro de escudos colapsaba para forzar una retirada dispersa, los jinetes los cortarían fácilmente mientras corrían. Pero durante la batalla, mientras ola tras ola de jinetes se lanzaban contra la formación, el muro de escudos se mantuvo. No solo eso, los francos derrotaron por completo a los invasores, asesinaron al general musulmán e hicieron retroceder a sus fuerzas supervivientes de regreso a los Pirineos.

Experimento mental: ¿Qué hubiera pasado si el muro de escudos se hubiera roto? ¿Qué habría sucedido si los musulmanes hubieran ganado la batalla de Tours? ¿Y si los musulmanes en el siglo VIII se hubieran apoderado de Europa occidental? Si lo hubieran logrado, ¿cómo sería nuestra cultura hoy?

Pensar que seguramente la civilización occidental habría sobrevivido a pesar de una conquista musulmana es algo ingenuo. La cristiandad medieval probablemente no era tan robusta culturalmente como lo era el Imperio bizantino, pero luego de que Constantinopla cayó mucho después a manos de los musulmanes, casi nada sobrevivió a la islamización de esa cultura.

El solo decir que seríamos como Irak o Irán seguramente no sería suficiente. En su vestimenta, arquitectura y tecnología, estos países islámicos muestran una influencia occidental. Cuando los terroristas yihadistas atacan la civilización occidental, están usando bombas, armas y comunicaciones por Internet que la civilización occidental ha creado.

Así que imaginemos cómo sería nuestra cultura si los musulmanes hubieran conquistado Europa, como casi sucedió.

No tendríamos legislaturas, ya que el islam no reconoce la creación de nuevas leyes, pues la sharía del Corán se considera suficiente para todos los tiempos. Esto sería impuesto por un gobernante absoluto, como un emperador o un califa. Hoy en día seríamos esclavos o dueños de esclavos. Los tipos de libertades políticas que damos por sentado hoy no existirían.

El islam no aprueba la representación del arte, solo diseños elaborados para sus mezquitas y tapicería, por lo que no tendríamos mucho patrimonio en las artes visuales y el desarrollo de medios visuales distintivos, como el cine y la televisión, sería poco probable. Tendríamos poca o ninguna música, ya sean composiciones sinfónicas o rocanrol. Los países islámicos suelen tener poesía erótica y religiosa, pero, a pesar de relatos puntuales como Las mil y una noches, probablemente tuviéramos poca ficción. La novela no habría sido inventada. El islam no tiene drama, y sin los dramas bíblicos de la Iglesia primitiva y sin Shakespeare, nosotros tampoco lo tuviéramos.

Podríamos tener algo de ciencia. El antiguo mundo musulmán fue bueno con las matemáticas, pero no hubiera tomado la misma forma. La ciencia probablemente permanecería en el ámbito de lo abstracto y lo teórico, ignorando la forma en que los ingenieros occidentales convirtieron los descubrimientos científicos en tecnología aplicada.

El cristianismo hubiera sobrevivido; Cristo lo ha prometido, sin embargo, la Iglesia fuera marginada y restringida. La tolerancia islámica significa que a los cristianos se les permitiría permanecer en sus pequeños grupos y propagar su fe dentro de sus familias existentes, siempre y cuando muestren respeto por el islam. Pero ¡ay de ti si intentas evangelizar a un musulmán! Nuestras iglesias serían pequeños enclaves, como con los asirios en Irak o los coptos en Egipto. El cristianismo existiría, pero los musulmanes controlarían la cultura.

El Corán busca establecer, y fijar permanentemente, las leyes de Alá. La sharía no cambia, por lo que la cultura que gobierna no cambiará, especialmente si escapa a las contingencias de la historia al convertirse en universal.

El cristianismo enseña que las instituciones humanas deben ser juzgadas de acuerdo con la trascendente ley moral de Dios. Por lo tanto, tenemos la costumbre de criticar a nuestros gobernantes y a nuestras instituciones cuando no están a la altura de esta ley. Y como el cristianismo enseña que vivimos en un mundo caído, sabemos que nunca lo hacen. Y como este mundo no es absoluto sino dependiente, temporal, aceptamos y a veces incluso causamos un cambio cultural.

En resumen, si no fuera por ese soldado franco que se negó a correr cuando los caballos musulmanes se lanzaron sobre él, todavía estaríamos, en términos prácticos, en el siglo VIII.

Pensar cuál hubiera sido la influencia cultural del islam muestra la influencia cultural del cristianismo en alto relieve. El cristianismo directamente moldeó o permitió que existiera lo que ahora conocemos como civilización occidental.

El muro de escudos que se mantuvo es un ejemplo del reinado providencial de Dios sobre la historia.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Cuando el cristianismo moldeó las artes

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

Cuando el cristianismo moldeó las artes

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VII

os cristianos de hoy frecuentemente hablan de influenciar la cultura a través de las artes. Esto a menudo significa, en términos prácticos, que los cristianos se dejan influenciar por la cultura a través de las artes. En el siglo VII, sin embargo, vemos al cristianismo como una poderosa fuerza imaginativa y estética que inspiraba nuevas y duraderas formas de arte, estilos y creaciones artísticas.

Atanasio murió en el año 373 d. C., y el epitafio que apareció en su lápida es famoso hoy en día, ya que captura la esencia de su vida y mLos evangélicos con frecuencia olvidan los logros artísticos de aquellos días premedievales, ya sea por la aceptación acrítica de las generalizaciones excesivas de la «Era de las Tinieblas» o por el supuesto de que la Iglesia de esos tiempos estaba haciendo concesiones a los paganos que había evangelizado. En realidad, hubo problemas teológicos en el siglo VII, como la atención excesiva a los santos, pero las peores corrupciones de la Iglesia, como el papado infalible, las indulgencias, el reemplazo de la Biblia por el racionalismo escolástico aristotélico y el reemplazo del evangelio por la justicia de las obras, todo eso vino después.

El siglo VII no era un tiempo para ceder ante el paganismo, sino para combatirlo. Las tribus de los bárbaros saqueaban las comunidades cristianas. El norte de Europa todavía era en gran parte pagano y una corriente constante de misioneros enfrentó el martirio. En el Oriente y en África, los cristianos sufrían las invasiones de musulmanes yihadistas militantes.

Pero en medio de las guerras, el caos y la agitación social, el interés por la actividad cultural e intelectual, y el deleite en la imaginación creativa no solo se mantuvieron vivos, sino que fueron fomentados e inspirados dentro de la Iglesia, y de tal manera que eventualmente conquistaría y civilizaría a los bárbaros que estaban fuera de las puertas. Por lo tanto, los cristianos de hoy haríamos bien en emular a nuestros hermanos del siglo VII mientras nos adentramos en nuestro propio tiempo de crisis educativa, barbarie cultural y ataques musulmanes: nuestra propia era de las tinieblas.

Los cristianos cultivaron las artes en dos contextos diferentes, aunque de maneras muy similares. La Europa occidental aún vivía en las ruinas del Imperio romano, que había caído dos siglos antes. Pequeños reinos tribales, algunos cristianos y otros no, proporcionaron cierta medida de orden social, aunque Carlomagno no crearía su Imperio unificado e instituiría la Europa medieval sino hasta el siguiente siglo. La Iglesia estaba en un modo de supervivencia y misionero.

Pero en el Este, el Imperio romano no había caído. La capital de Roma en el Este, Constantinopla, se había transformado en la rica y poderosa civilización bizantina. Aquí la Iglesia, bajo la protección del emperador bizantino, también era rica y poderosa.

Los bizantinos fueron conocidos por su magnífica pero intrincada arquitectura. De Grecia y Roma, tomaron las columnas y las cúpulas. De Asia, tomaron la ornamentación ostentosa y los espacios circulares. Pero fue el cristianismo lo que unió estos elementos en un todo.

Las iglesias bizantinas comenzaron a construirse en forma de cruz. En el centro habría una cúpula sobre el altar, con transeptos que se extendían en ángulos rectos en cuatro direcciones. Tal diseño unía la arquitectura lineal occidental con la arquitectura circular de Oriente. Pero en su esencia está el profundo simbolismo del evangelio, que la gente que viene a adorar a Dios en la iglesia solo puede hacerlo en la cruz de Jesucristo.

Además de este plano de planta cruciforme, que más tarde sería adaptado en Occidente tanto en el estilo románico como en el gótico, las iglesias bizantinas también estaban llenas de esplendor visual. El interior de las cúpulas abovedadas pudiera estar adornado con oro puro. Los pisos pudieran ser mosaicos con miles de piezas colocadas en diseños increíblemente complejos y en las paredes, en el altar y casi en todas partes donde uno pudiera mirar habrían íconos.

Los íconos son estilizados, casi abstractos, con líneas gruesas que dibujan las figuras, rellenas de colores brillantes o de oro. Los ojos, no obstante, son inquietantemente profundos, como si te estuvieran mirando directamente a los ojos.

Sin embargo, algunos de los mayores logros artísticos del siglo VII no se produjeron entre los bizantinos, sino entre el asediado Occidente. Mientras los monjes copiaban las Escrituras a mano, adornaban la Palabra de Dios con ilustraciones de asombrosa belleza. El mayor ejemplo de manuscritos ilustrados del siglo VII es probablemente los Evangelios de Lindisfarne, hecho en un monasterio inglés.

Aun los iconoclastas pueden apreciar el arte de las biblias ilustradas, muchas de las cuales no son representativas: líneas intrincadas entrelazadas y formas laberínticas, orquestaciones de colores y diseños, figuras fantásticas y gárgolas caprichosas, representaciones de figuras que no existen ni en el cielo ni en la tierra. Pero sobre todo, el verdadero arte de los manuscritos ilustrados es la caligrafía misma, un riff sobre la interpretación visual de sonidos y letras que es el lenguaje escrito, un reconocimiento de que el ícono mayor es la Palabra de Dios escrita, que consiste en imágenes visuales de letras en todas sus jotas y tildes.

El siglo VII también fue importante en la historia de la música. Los cantos gregorianos se le atribuyen al papa Gregorio, quien vivió en el siglo VI, aunque esta atribución probablemente sea incorrecta, ya que los cantos gregorianos que tenemos datan del siglo IX. Pero esta forma de canto ciertamente se desarrolló durante el siglo VII.

El canto gregoriano es simplemente una forma de cantar prosa. Su sencilla línea melódica está libre de los estrictos requisitos del ritmo y la métrica y, por lo tanto, puede acompañar cualquier texto. En el siglo VII, esta forma de arte, nuevamente, surgió en la Iglesia, cuya adoración, tanto en Occidente como en Oriente, incluía cantar pasajes de la Biblia.

Personalmente aprecio a las congregaciones reformadas que solo cantan los Salmos en sus cultos. Sin embargo, esos salmos han sido parafraseados en una forma métrica, con una rima y un ritmo regulados, para adaptarse a las estructuras estrictas de nuestra música más moderna. Si usaran formas de canto gregoriano, podrían cantar los Salmos directamente de la Biblia. No hay nada intrínsecamente «católico» en este canto. Tanto los luteranos como los anglicanos han estado cantando los Salmos y otros textos bíblicos de esta manera desde los tiempos de la Reforma.

El siglo VII también marca el comienzo de la literatura inglesa. En el año 672, un monje llamado Caedmon compuso y escribió el primer poema jamás registrado en el lenguaje de los anglos; es decir, anglosajón. De nuevo, fue un poema cristiano, un himno a la creación. Es de esta manera, en una traducción al inglés moderno, como comienza la literatura inglesa:

Now shall we praise the heavenly
kingdom’s Guardian,
The Creator’s ability and His wisdom,
Work of the glorious Father.

[Traducción al español:
Ahora alabemos al Guardián
del reino celestial,
La habilidad del Creador y Su sabiduría,
Obra del Padre glorioso.]

La literatura inglesa daría muchas vueltas, pero comenzó como las otras formas de arte del siglo VII: glorificando a Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

De regreso a la barbarie

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

De regreso a la barbarie

Por Gene Edward Veith

La Era de las Tinieblas

Nosotros, los cristianos occidentales, hemos estado enviando misioneros a diferentes culturas alrededor del mundo para difundir el evangelio. A menudo olvidamos que, a menos que tengamos un trasfondo judío, nuestras propias culturas fueron originalmente evangelizadas por misioneros. Y esto es especialmente cierto para aquellos que tenemos ancestros ingleses, celtas, germanos, franceses, escandinavos o de cualquiera de las otras tribus europeas que los romanos solían denominar «bárbaros». Aquellas sociedades tribales antiguas eran muy parecidas a las de África o a las de los nativos de los Estados Unidos.

Estas sociedades tribales —ya sean europeas, africanas o americanas— solían ser gobernadas por «jefes» locales (a los cuales los europeos llamaban «reyes») junto con un consejo de guerreros. Solían tener religiones que contemplaban el culto a la naturaleza, lazos familiares complejos y una serie de costumbres primitivas. Si por ejemplo tienes sangre irlandesa, tus antepasados vivieron hace mucho tiempo en chozas hechas con piel de animales, se pusieron pinturas de guerra y coleccionaron cráneos humanos. Si tienes sangre alemana, tus antepasados pudieron haberse ganado la vida saqueando a sus vecinos y probablemente practicaron el sacrificio humano.

Pero entonces llegaron los misioneros trayendo las buenas nuevas de Cristo. Frecuentemente, la primera oleada de misioneros a las tribus sería martirizada, pero los misioneros continuaron llegando hasta que finalmente el cristianismo se afianzó cambiando no solo a los creyentes, de manera individual, sino a la cultura completa.

De hecho, muchas de estas tribus vinieron adonde estaban los cristianos. Cuando Roma sucumbió a manos de los bárbaros en el 476 d. C., se dio inicio al periodo conocido como la «Era de las Tinieblas», llamado así debido a la desintegración de la civilización clásica, el colapso del orden social a gran escala y el dominio de las tribus bárbaras. Sin embargo, la Era de las Tinieblas llegó a su fin cuando esas tribus bárbaras aceptaron el cristianismo. Esto dio inicio a una nueva civilización, conocida como la Edad Media.

Los eruditos ahora saben que la Era de las Tinieblas no fue tan oscura como se había pensado inicialmente, pues hubo mucho aprendizaje y vitalidad cultural entre las diversas tribus europeas. Pero la luz en la Era de las Tinieblas se hizo visible bajo la influencia del cristianismo, el cual frenó la cultura de violencia de las tribus, estableció un estado de derecho e introdujo la educación. 

El final de la Era de las Tinieblas y el comienzo de la Edad Media es considerado generalmente como el reinado de Carlomagno (742-814), quien reconstituyó un Sacro Imperio Romano y convirtió a la última de las mayores resistencias germánicas: los sajones. Esto lo hizo derrotándolos en batalla y obligándolos a bautizarse, lo cual es una técnica de iglecrecimiento que, como otras, puede tener sus desventajas teológicas, pero que parece haber sido utilizada con los sajones. Esa tribu de tercos resistentes al evangelio nos daría más tarde a Martín Lutero y a la Reforma. 

Gracias a Beda el Venerable y a su Ecclesiastical History of the English People [Historia eclesiástica del pueblo inglés], tenemos el relato detallado de cómo fue llevado el evangelio a Inglaterra. Tal parece que allá en Roma (que continuó existiendo incluso después de que el último emperador fuera depuesto), un joven cristiano llamado Gregorio observaba el mercado de esclavos. Él notó que habían esclavos de pelo rubio y ojos azules, rasgos que él, como italiano, no había visto antes. Al preguntar quiénes eran, le dijeron: «son anglos». Gregorio respondió que el nombre le parecía acertado ya que parecían ángeles. El juego de palabras funciona tanto en latín como en inglés, es decir, anglosajón; pues estos esclavos habían sido tomados de la tierra de los anglos, es decir, de Inglaterra.

Más tarde, este Gregorio llegaría a ser papa, Gregorio Magno, lo que lo dejó en una posición desde la cual podría hacer lo que había estado en su corazón desde aquel día que estuvo en el mercado de esclavos: enviar misioneros para llevar el evangelio de Cristo a la tierra de los anglos. 

De modo que, en el año 596 d. C., envió un grupo de misioneros a cargo de un hombre llamado Agustín —el cual no debe confundirse con el gran teólogo del norte de África, Agustín de Hipona— que se dio a conocer desde su campo misionero como Agustín de Canterbury. Él no fue martirizado; más bien, su mensaje fue recibido con alegría.

Beda relata cómo Agustín le predicó al rey de Northumbria, el cual consultó con su concilio si debían aceptar o no esta nueva religión. El principal sacerdote pagano le confesó que sus dioses nunca le habían hecho ningún bien, y uno de los hombres del rey le dijo que la vida le parecía como un gorrión que vuela a través de la sala de banquetes, entrando por una puerta y saliendo por la otra. El ave sale de la oscuridad, a un lugar de luz —donde arde el fuego y la gente celebra— pero ese breve momento de placer es fugaz, mientras el ave vuela de regreso a la oscuridad. «Así que la vida de los hombres aparece por un breve espacio», concluyó, «pero de lo que ocurrió antes o de lo que sucederá después somos ignorantes. Por lo tanto, si esta nueva doctrina contiene algo más de certeza, entonces merece ser seguida».

El gorrión volando a través de la sala de banquetes, desde y hacia la oscuridad, capta muy bien la cosmovisión de nuestros tiempos, quince siglos más tarde. C. S. Lewis dijo que si definimos la Era de las Tinieblas como el período en el cual el aprendizaje clásico había sido olvidado, entonces estamos en una nueva era de las tinieblas. Y a juzgar por nuestro arte, nuestra educación, nuestras costumbres y nuestra moralidad, pareciera que ciertamente vamos de regreso a la barbarie.

No obstante, así como en la primera Era de las Tinieblas, dependerá de los cristianos mantener vivos el aprendizaje y la civilización y traer luz a aquellos que están en oscuridad. 

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Lo bueno, lo malo y lo feo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Lo bueno, lo malo y lo feo

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el sexto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El Edicto de Milán del año 313 d. C. legalizó el cristianismo. La tolerancia de esta nueva fe en Roma no fue un proceso gradual. Ocurrió de repente, justo después de algunas de las persecuciones más brutales contra los cristianos. Pronto, las autoridades romanas estaban besando las manos heridas de los creyentes cristianos a los que ellos habían torturado. El paganismo rápidamente se desvaneció como la religión oficial del Imperio romano, solo para ser reemplazado por la Iglesia cristiana. El cristianismo, que una vez fue despreciado y perseguido, emergió triunfante de las catacumbas; con lo cual comenzaron realmente sus problemas.

Constantino

El emperador Diocleciano, quien inició las persecuciones más violentas y sistemáticas de cristianos, gobernó como parte de una tetrarquía en la cual compartía el poder con otros tres emperadores: Galerio en Europa central, Maximiano en Italia y África, y Constancio Cloro en Galia y Britania. Constancio Cloro rehusó atacar a los cristianos en su jurisdicción, pero los demás llegaron al fanatismo en su resolución de erradicar la nueva religión con una crueldad nunca antes vista: destruyeron iglesias y biblias, encarcelaron al clero y condenaron a muerte a todos los que se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses romanos.

Antes de la batalla contra su último enemigo, Constantino, hijo de Constancio Cloro, tuvo un sueño. Él vio una cruz con las palabras: «Con esta señal, vencerás». Constantino reemplazó el águila romana por cruces, que eran llevadas como estandartes y estaban pintadas en los escudos de sus soldados. El 27 de octubre del año 312, en la Batalla del puente Milvio, justo a las afueras de Roma, Constantino conquistó bajo la señal de la cruz y el nuevo emperador le dio el crédito al Dios cristiano. En enero del nuevo año, proclamó el Edicto de Milán, que establecía que los súbditos de Roma podían seguir la religión que escogieran. El decreto también reconoció oficialmente al cristianismo y dispuso que las iglesias y los cristianos que habían perdido sus propiedades durante las persecuciones fueran indemnizados con fondos procedentes del tesoro imperial. Aunque el decreto garantizó la libertad religiosa también para los paganos, Constantino favoreció a la Iglesia, que pronto reemplazó a la antigua religión en influencia y poder. Adicionalmente, el emperador ejerció liderazgo en la Iglesia: nombró obispos, convocó el Concilio de Nicea, y, en efecto, se instauró a sí mismo como cabeza de la Iglesia. Pero, ¿era Constantino cristiano? Parece que no hasta que se halló en su lecho de muerte, cuando finalmente fue bautizado. En esa ocasión, dijo: «Ahora dejemos de lado toda duplicidad». Constantino fue uno de los emperadores romanos más talentosos y fue tan despiadado como los otros emperadores, llegando a condenar a su propio hijo a la muerte. Él continuó honrando a los dioses romanos, aun mientras llegó a apreciar el poder mayor de Jesucristo. Su madre Helena fue una creyente devota, aunque no está claro si llegó a la fe antes o después de que su hijo ascendiera al trono. Sin embargo, Constantino mismo siempre estuvo confundido teológicamente. A pesar de que convocó el Concilio de Nicea, fue influenciado por los arrianos. De hecho, fue bautizado por un obispo arriano. Luego de su muerte, el Senado romano le rindió homenajes de la misma forma que a los otros emperadores exitosos: votando para deificarlo. Sin embargo, gracias a Constantino la Iglesia emergió de la clandestinidad, influyendo positivamente en la cultura, floreciendo intelectualmente y estableciendo lo que se convertiría en los cimientos de la cristiandad, pero todo esto tuvo su precio.

Cristianismo constantino

Con la legalización de la Iglesia, el cristianismo, bajo Constantino, comenzó a ejercer su influencia moral positiva sobre una Roma que estaba en decadencia. Aunque las feministas de hoy día afirman que el cristianismo es opresivo, con muchas de ellas glorificando un pasado pagano imaginario en el que se adoraban diosas, la verdad es que las mujeres eran terriblemente oprimidas y abusadas bajo el paganismo; fue el cristianismo el que las liberó. Constantino, influenciado por la Iglesia, aprobó leyes que permitían a las mujeres administrar propiedades y las protegían de violaciones. A las madres les fueron dados derechos sobre sus hijos que antiguamente solo tenían los padres. Se protegió el matrimonio mediante nuevas leyes que restringían el divorcio y castigaban el adulterio. El infanticidio, la clásica práctica de «abandonar» bebés no deseados, fue prohibido como uno de los peores delitos. Se detuvo el sangriento espectáculo deportivo de observar cómo los gladiadores se mataban entre sí. Se adoptaron disposiciones para cuidar de las viudas y los huérfanos, los enfermos y los pobres.

Pero no solo la Iglesia comenzó a influenciar a la cultura; la cultura comenzó a influenciar a la Iglesia. Bajo Diocleciano, no había creyentes nominales. Nadie se unía a la Iglesia sin ser movido por la más profunda de las convicciones, ya que confesar a Cristo era un delito capital. No obstante, una vez el cristianismo se volvió políticamente correcto y popular en la cultura —de hecho, una forma de ser más estimado por el emperador— unirse a la Iglesia dejó de ser lo mismo. La gente abrazó el cristianismo sin necesariamente entender sus enseñanzas ni tener verdadera fe en Cristo, trayendo con ellos sus cosmovisiones paganas a la Iglesia.

Bajo Constantino y sus sucesores, la Iglesia cristiana como institución llenó rápidamente el vacío de los templos paganos. Durante el antiguo régimen, los sacerdotes estaban libres de impuestos, privilegio que se extendió al clero cristiano, por lo cual muchos romanos entraron al ministerio por motivos distintos a los religiosos. El Estado daba sus riquezas a los templos paganos, así que ahora los fondos estatales fluían en la Iglesia, con todas las tentaciones, la complacencia y el materialismo que las grandes riquezas pueden traer. Los sacerdotes cristianos reemplazaron a los sacerdotes paganos como consejeros y pronosticadores oficiales y le daban su aprobación a la corte imperial con oraciones y ceremonias, tal como lo hacían los sacerdotes paganos con sus sacrificios. La Iglesia también se politizó, con el emperador imponiendo su voluntad en asuntos del gobierno eclesiástico. La alianza entre la Iglesia y el Estado llegó a ser tal que los herejes no solo podían ser excomulgados, sino que también castigados por el poder civil. A medida que la distinción entre la Iglesia y el mundo se desvanecía, la Iglesia se volvió mundana.

No fue que, necesariamente y en todos los casos, la Iglesia siguió ciegamente al emperador en todos los casos, o que sucumbió totalmente a la cultura. A pesar de que Constantino convocó el Concilio de Nicea en un esfuerzo por unificar a la Iglesia luego de las múltiples herejías que salieron a la superficie después de la legalización del cristianismo, y a pesar de que, en un principio, ayudó a hacer respetar las enseñanzas de la Iglesia con respecto a la Trinidad, al poco tiempo él mismo se vio influenciado por los arrianos, quienes negaban la completa deidad de Cristo. Fue Constantino quien exilió a Atanasio, el teólogo que, se dice, enfrentó a todo el mundo para declarar la divinidad de Cristo.

Cuando Roma finalmente cayó, la Iglesia fue la única institución que se mantuvo en pie. Cuando los bárbaros, muchos de los cuales eran cristianos arrianos, terminaron con sus saqueos y el polvo de los años oscuros se asentó, surgió la nueva civilización de la Edad Media. Hubo corrupción cuando el Estado gobernó la Iglesia, pero esta incluso empeoró cuando la Iglesia gobernó al Estado. La Iglesia medieval adoptó la ornamentación, las jerarquías y el autoritarismo de la Roma imperial. Por la autoridad de un documento falso llamado la «Donación de Constantino» —que pretendía ser una concesión en que el emperador le entregaba al papa el dominio temporal— el papado medieval reclamó autoridad terrenal además de la espiritual. Esto creó una tiranía total y absoluta, al punto de que los reformadores abogaron por la autoridad de los gobernantes «seculares» por encima de y contra la jerarquía eclesiástica.

La paradoja

Ciertamente fue bueno que el cristianismo fuera legalizado, que los creyentes ya no tuvieran que temer por sus vidas, que la Iglesia pudiera jugar su rol moldeando la civilización. El problema con el Edicto de Milán y sus implicaciones fue que las esferas del gobierno terrenal y la nutrición espiritual se confundieron entre sí. La Iglesia llegó a ser como el gobierno en su ejercicio del poder y el gobierno llegó a ser como a la Iglesia al atribuirse un estatus divino. Esto impidió que tanto la Iglesia como el Estado funcionaran de la forma para la cual Dios los diseñó.

La Biblia, en Romanos 13 y otros pasajes, enseña claramente que los emperadores y otras autoridades terrenales en verdad son aprobados y usados por Dios para mantener orden en un mundo pecaminoso. El Estado y la cultura están sujetos a la ley moral de Dios, que restringe la maldad y promueve la justicia incluso en los incrédulos. Los logros de la civilización son buenos, y deben considerarse como bendiciones de Dios.

Sin embargo, la Iglesia es un reino que no es de este mundo. No actúa mediante poder coercitivo, sino por la Palabra de Dios. El Espíritu Santo llama a las personas a la fe, las libra del reino de la ley y las trae a la gracia y al perdón del evangelio. Esta fe no puede ser coaccionada. La Iglesia está enfocada en la eternidad por encima de todo, y su misión es traer salvación. No debe preocuparse por su propia gloria, sino que vive bajo la cruz de su Señor crucificado y resucitado.

Los cristianos deben estar en el mundo, pero no deben ser del mundo; viviendo positivamente la fe en sus diversas vocaciones en el plano «secular» e influenciándolo para bien, mientras recuerdan que, en última instancia, su ciudadanía está en los cielos.

Una de las grandes paradojas de la historia cristiana es que la Iglesia es más pura en tiempos de hostilidad cultural. Es cuando las cosas son fáciles y los tiempos son buenos que la Iglesia con mucha frecuencia se descarría. Cuando el cristianismo parece ser idéntico a la cultura e incluso cuando la Iglesia parece estar disfrutando su mayor éxito terrenal, entonces es más débil. 

En cambio, cuando la Iglesia enfrenta dificultades, persecución y sufrimiento —piensa en los cristianos de la Reforma durante la Inquisición, la Iglesia clandestina bajo el nazismo y el comunismo, y las iglesias secretas que en la actualidad se reúnen en casas en los países islámicos— entonces está más cerca de su Señor crucificado, entonces hay menos hipócritas y creyentes nominales en su membresía, y es entonces cuando la fe de los cristianos arde con más intensidad. 

Hoy en día, a pesar de que continúa habiendo iglesias que se conforman a la cultura, la era del cristianismo constantino casi ha llegado a su fin. Estamos entrando a una nueva era de hostilidad cultural al cristianismo verdadero y, paradójicamente, esa es una buena noticia para la Iglesia. Uno pensaría que sería un obstáculo para el crecimiento de la Iglesia si unirse a ella significara la pena de muerte. Sin embargo, el tiempo de persecución fue el mayor período de crecimiento eclesiástico en toda la historia.

Sin duda alguna, esta nueva hostilidad cultural va a ser mucho menos intensa que la que soportaron los antiguos cristianos romanos, al menos en el corto plazo. Sin embargo, parece que un nuevo paganismo se está gestando, un nuevo panteón politeísta de todas las religiones mundiales ante el cual se esperará que todos doblen las rodillas. No obstante, tal vez este panorama vaya acompañado de una Iglesia purificada y energizada una vez más, que infunda en sus creyentes la fe de las catacumbas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
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El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.