Menú 30. Las manchas de grasa…

Menú 30. Las manchas de grasa…

a1“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;

Conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.

Lávame más y más de mi maldad,

Y límpiame de mi pecado.

Porque yo reconozco mis rebeliones,

Y mi pecado est á siempre delante de mí.

Contra ti, contra ti solo he pecado,

Y he hecho lo malo delante de tus ojos;

Para que seas reconocido justo en tu palabra,

Y tenido por puro en tu juicio.

He aquí, en maldad he sido formado,

Y en pecado me concibió mi madre.

He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,

Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría.

Purifícame con hisopo, y seré limpio;

Lávame, y seré más blanco que la nieve.

Hazme oír gozo y alegría,

Y se recrearán los huesos que has abatido.

Esconde tu rostro de mis pecados,

Y borra todas mis maldades.

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,

Y renueva un espíritu recto dentro de mí.

No me eches de delante de ti,

Y no quites de mí tu santo Espíritu.

Vuélveme el gozo de tu salvación,

Y esp íritu noble me sustente.

Entonces ense ñaré a los transgresores tus caminos,

Y los pecadores se convertirán a ti.

Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación;

Cantará mi lengua tu justicia. Señor, abre mis labios,

Y publicará mi boca tu alabanza.

Porque no quieres sacrifi cio, que yo lo daría;

No quieres holocausto.

Los sacrifi cios de Dios son el espíritu quebrantado;

Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.

Haz bien con tu benevolencia a Sion; Edifi ca los muros de Jerusalén.

Entonces te agradarán los sacrifi cios de justicia,

el holocausto u ofrenda del todo quemada;

Entonces ofrecerán becerros sobre tu altar”.

Salmo 51.

¿Te has sentido culpable de una manera tan profunda que te has considerado el pecador número uno? ¿Te has avergonzado de ti mismo? ¿Hay cosas que has hecho que crees que jamás contarías a nadie? A mí me ha pasado.

A pesar de que me había educado en un ambiente evangélico (alguno puede preguntarse ¿Qué diantre es un “ambiente evangélico”? En fin…) cuando era adolescente tenía mucha culpa encima. Me di cuenta de lo pecador que era. Y no solo por lo que los malpensados que estáis leyendo creéis, cuestiones referentes al sexo, Que obviamente sí:) sino porque me di cuenta de que en mis relaciones era muy egoísta, orgulloso, interesado. Además tenía un montón de complejos, de demasiado gracioso, de gordito, demasiado serio, demasiado “friki”, de pesado, complejo de que las chicas no me hacían caso (el típico: te quiero como amigo, ¡uff!) ¡qué sé yo! Y a todo esto súmale el acné.

Aunque en realidad, en lo más profundo de mi ser, lo que me preocupaba, lo que realmente me entristecía era, ¿qué pensará Dios de mí?

¿Te ha pasado alguna vez?

En aquella época decidí leer la Biblia de principio a fin, buscar a Dios y preguntarle cosas. Además empecé a leer muchos libros que hablaban de Dios. En realidad buscaba respuestas acerca de mí. Quería estar limpio, para siempre. Quería ser lo que Dios quisiera, y no sabía cómo. Pero, poco a poco, Dios me enseñó cosas y empezó a limpiarme. Una vez estaba leyendo un Salmo. Y Dios me habló, o sea, no es que viera a Jesús, ni nada de eso, pero cuando leí ese Salmo supe que había sido escrito hace miles de años, y que había estado esperándome con paciencia en todas las Biblias de la historia. Porque realmente ese Salmo fue escrito para mí.

Era el salmo 119, puedes leerlo si quieres, es el capítulo más largo de la Biblia.

Después de eso tuve muchas experiencias que me ayudaron a acercarme más a lo que Dios espera de mí y a liberarme de mis errores.

En otra ocasión, un buen amigo hizo de sus oídos un bálsamo para mi vida. Le pude confesar todo lo que era y lo que había hecho en el pasado, y te puedo asegurar que me sentí más limpio que nunca.

Sé que Dios me perdona todos mis pecados, pero hablar de uno mismo al descubierto a un amigo es realmente sanador.

Si no lo has probado te lo recomiendo encarecidamente.

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho”. Santiago 5:16.

Desde entonces he dejado que Dios me siga sanando a través de esta práctica que me mantiene unido a la gente, en paz, y me ayuda a avanzar para ser cada vez más como Jesús.

Y he experimentado lo que el salmista dice en el salmo 51.

Sí, esa es la experiencia de todos los que se han acercado a Jesús y han dejado que Él les limpie de todo error, de todo pecado. Y no hay mayor sensación que sentirte amado por Dios y libre de las manchas de grasa que he producido con mis actos, con mi mente e intenciones, con mi corazón y mi intelecto. Porque Jesús, entre otras cosas, es un Dios que limpia a sus hijos:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. 1 Juan 1:8, 9.

No te preocupes del que dirán, a Dios no le asusta ni le sorprende nada de lo que hayas hecho, sé valiente y acércate al trono del regalo del perdón para el oportuno socorro. No te arrepentirás.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 155–159). Álex Sampedro.

Menú 29. El precio: la diferencia entre una hamburguesa y un bistec

Menú 29. El precio: la diferencia entre una hamburguesa y un bistec

a1¿Estás dispuesto a pagar el precio? Sí, hay un precio que pagar. Aunque Jesús nos salvó por gracia, seguirlo cuesta y cuesta mucho. El nos lo dijo así:

“Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. Lucas 14:27.

“Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”. Romanos 8:17.

Jesús lo tenía todo, era el Hijo de Dios. Podía haberse hecho el rey del mundo sin necesidad de sufrir, pero eso no nos hubiera salvado. Tuvo que pagar un precio, pero no por Él, sino por los demás. Por eso la pregunta es ¿estoy dispuesto a pagar el precio por los otros?

Todos, si somos más o menos inteligentes, estamos dispuestos a sacrificar algo de nosotros por un bien mayor para nosotros. Por ejemplo, aunque me apetezca mucho salir esta noche con mis amigos, me sacrifico, me quedo a estudiar, sabiendo que mañana en el examen lo podré hacer bien, aprobaré y tendré la recompensa de mi terrible sacrificio. Es algo que hago por mí. Pero, ¿Me quedaría, no para aprobar yo, sino para que aprobara otro? ¿Estaría dispuesto a pagar el precio si la recompensa fuera para un tercero?

Pues ese es el llamado de Dios. El Señor nos ha llamado para servirlo, pero ¡no se puede servir a Dios directamente! Él no necesita nada de mí, lo tiene todo, sólo puedo servir a Dios a través de servir a los demás.

Yes que mi vida, después de la conversión, cambia de enfoque. Y aunque debo seguir esforzándome para ser cada vez mejor hijo de Dios, para buscar su voluntad, estar con Él, formarme como Dios quiere, etc. debo enfocarme en lo que puedo hacer por los demás: cómo buscar nuevos hijos de Dios, buscar su voluntad en otros, ayudar a otros a estar con Él, formarlos como Dios quiere, y traer su Reino a esta tierra.

Y entonces, lo que hago ya no me tiene a mí como protagonista, sino a Dios y a los demás.

“Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”. Lucas 10:27.

Estos son los mandamientos que Jesús nos enseñó como los más importantes. Y alguno podría decir: Entiendo que tengo que amar al Señor, y también lo haré con mi prójimo, pero ¿Qué hay de mí?

El Señor sabe que somos capaces de hacer muchas cosas para nosotros. ¿Somos capaces de hacer lo mismo por Dios y por los demás? Ese es el precio a pagar al que nos llama el Señor.

Dios ya ha hecho todo lo necesario por nosotros, ya pagó el precio que hacía falta para rescatarnos, ahora es nuestro turno. Y en realidad, pagar el precio, trae consigo una vida cristiana plena, justicia, paz y gozo. En el fondo, ésta es la verdadera felicidad, lo que realmente alimentará tu alma. No hay mayor alegría que cumplir con estos dos mandamientos.

Por eso debes escoger entre vivir con la mentalidad de igleburger y disfrutar del evangelio solo para ti, o decidir probar el bistec de vivir para Dios y para los demás.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (p. 151-154). Álex Sampedro.

Menú 28. Desayuno nutritivo: Café y maná

Menú 28. Desayuno nutritivo: Café y maná

a1“Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche”. Éxodo 13:21.

“Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no”. Éxodo 16:4.

“Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Yo he oído las murmuraciones de los hijos de Israel; háblales, diciendo: Al caer la tarde comeréis carne, y por la mañana os saciaréis de pan, y sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios. Y venida la tarde, subieron codornices que cubrieron el campamento; y por la mañana descendió rocío en derredor del campamento. Y cuando el rocío cesó de descender, he aquí sobre la faz del desierto una cosa menuda, redonda, menuda como una escarcha sobre la tierra. Y viéndolo los hijos de Israel, se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto? porque no sabían qué era. Entonces Moisés les dijo: Es el pan que Jehová os da para comer”. Éxodo 16:11–15.

¡Libertad! Sí, pero ahora viene la aventura. A veces las cosas se pondrán tan difíciles que querré volver a tener las costumbres de Egipto. El desierto es un lugar muy duro para vivir. De hecho, si Dios no hubiera estado con ellos, hubieran muerto en el desierto por falta de comida y agua, sin contar con las inclemencias del tiempo, un calor abrasador durante el día y un frío que helaba los huesos por las noches.

Seguir a Jesús es imposible sin la ayuda de Dios. Es un camino de libertad sí, pero a veces será difícil. Hay una tierra prometida al final del camino, pero necesitamos a Dios para llegar allí.

En el desierto, Dios estaba presente en forma de nube de día, que les cuidaba del sol y una columna de fuego en la noche para guarecerse del frío. Sin esa presencia sobrenatural el pueblo de Israel hubiera desaparecido antes de llegar a ningún sitio. Esa presencia los guiaba, los detenía, los protegía, cuando la columna se movía, ellos también, cuando la columna paraba, ellos acampaban. Dependían de la columna de Dios.

Hoy, muchos cristianos pretenden vivir la vida espiritual, la libertad del Espíritu, sin su Espíritu. Sin el Espíritu Santo.

Su Espíritu no es algo que nosotros tenemos y que podamos controlar, Él nos dirige a nosotros a través de la Palabra, no nosotros a Él. Él nos tiene.

No es nuestra mascota para que le mandemos que haga cosas a la de una, dos y tres. El Espíritu Santo es Dios, y va por delante.

Si te alejas de su nube acabarás chamuscado en la aventura, así de simple. Nuestro llamado es a seguirlo allí donde nos quiera llevar, y no amedrentarnos.

Para tener fuerzas en esta travesía es necesario alimentarnos bien, y Dios, en este caso también proveyó. Se puso a cocinar un manjar de los cielos y se lo envió cada día a los israelitas: El maná.

Tiene buena pinta. Cada día recogían para su sustento, excepto el viernes que recogían para dos días. En ese alimento estaban todos los nutrientes necesarios para crecer, fortalecerse, cobrar ánimo y caminar mucho. Por un desierto. Algunas veces los israelitas se quejaron de la dieta, quizás porque les parecía poco nutritiva o variada, pensaban que no sería demasiado saludable y querían algo “mejor”, como una buena carne, ¿Qué tal una hamburguesa? Sin embargo, el maná siempre los mantuvo con vida. Todo lo que se preparaba tenía el maná como ingrediente principal, era su ingrediente secreto para todas sus recetas, algo que jamás se volvió a repetir. En el cielo pediré una ración a ver que tal.

Y no lo comieron durante una semana o dos, sino durante cuarenta años en el desierto, por varios motivos. En resumen, hubo toda una generación que no se atrevió a luchar y a seguir con la aventura y que pereció en el desierto.

Los que entraron a luchar por la tierra prometida fueron los niños y niñas que se habían criado a base de maná. Esos niños, indefensos al salir de Egipto, fueron los guerreros que años después de desayunar, comer y cenar maná, y de las duras situaciones que tuvieron que vivir, estaban preparados para pelear contra quien se pusiera delante, incluso gigantes. Liderados por Josué hicieron cosas increíbles.

Hoy,

Dios nos ha sacado de Egipto, y algunos pensábamos que automáticamente todo estaría solucionado. Y aunque, en cierto sentido es verdad, ahora es cuando comienza nuestra aventura. Habrá desiertos, habrá decisiones difíciles que tomar, diferentes caminos que elegir, inclemencias, situaciones adversas, ¿Qué clase de aventura sería si no? Y, por supuesto, al final espera una tierra prometida.

Y te quiero decir que estás loco si pretendes vivir fuera de tu Egipto sin la ayuda de Dios.

Dios ha provisto de su Espíritu para ti, esa nube de día y fuego de noche, que estará siempre contigo y te guiará, te consolará.

Su presencia es lo más importante, sin ella no vayas a ningún sitio, sé siempre consciente de que vives para Él, frente a Él, y que tu obsesión sea seguirlo. En medio del desierto es una cuestión de vida o muerte. Él nos dio su Espíritu para que no andemos como antes, aprovecha la relación que tienes con Dios para vivir hacia donde Dios te ha llamado.

Y necesitas alimentarte bien. Deja tu mentalidad “igleburger” y comienza a probar el maná. Jesús nos dijo que era el Pan que descendió del cielo:

“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. Juan 6:35.

Él es el maná, Él es suficiente, Él es lo que nos nutre, Jesús y nadie más. Muchos pretenden saber muchas cosas y parece que Jesús ya les resulta demasiado aburrido, ese tema ya está pasado, necesitan algo más profundo. ¿Más profundo? ¿Qué puede haber más profundo?

“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado”. 1 Corintios 2:2.

Jesús se dio por nosotros como maná, y si queremos vivir aquí, necesitamos alimentarnos de nuestra relación con Él cada día. Conocerlo más, nutrirnos más de Él y de su Palabra; sin ella estamos perdidos.

Ese maná debe ser el ingrediente fundamental de todo lo que hagamos, no puede haber un mensaje sin Jesús, no puede haber un ministerio sin Jesús y su cruz, no puede haber una comunidad que no tenga al maná divino como ingrediente principal.

Si decides que Jesús sea lo principal en tu vida y te alimentas de Él, y sustentas tu vida en Él, crecerás, incluso en el desierto, y Dios te dará la capacidad para entrar en la tierra prometida.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 145–149). Álex Sampedro.

Menú 27. Despedida de soltero: La última cena

Menú 27. Despedida de soltero: La última cena

a1Muchos, muchos años después se celebró otra cena, en Jerusalén, que recordaba a aquella que se celebró en Egipto. Era la Pascua, la fiesta de los panes sin levadura, durante miles de años se había celebrado recordando que era Dios el que salvaba, que nadie podía hacer nada para ser libre, solo Dios los podía rescatar, y lo hizo con toda su fuerza en Egipto. El cordero sobre la mesa sin un hueso roto como marcaba la tradición, y ese pan sin levadura recién hecho todavía estaba caliente, recién sacado del horno. Y nada como un buen vino mediterráneo para acompañar una buena carne. Y ese Dios que en el pasado los liberó, ahora estaba sentado en la mesa con ellos, disfrutando de aquel banquete.

Su Pascua. La que el instituyó para que recordáramos.

Jesús sabía que después de esa fiesta, en la madrugada, lo iban a apresar, sería traicionado por uno que compartía mesa y plato con Él. Y en unas horas moriría en una cruz. Era su última cena. Su última fiesta, y quería aprovechar ese momento con sus amigos. Él vino a esta tierra a por su novia, una novia que había sido esclava por mucho tiempo. Por eso dejó la gloria del Padre. ¡Jesús vino a la tierra para buscar novia! Pero sabía que eso le iba a costar muy caro. Quería traer salvación a este mundo, a todo el que clamara a su Nombre. Todos habíamos decidido negar su amor, intentar hacer las cosas por nuestra cuenta sin contar con Él. Pero, a pesar de todo, Él vino por nosotros. Para librarnos del temor a la muerte.

“… y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre”. Hebreos 2:15.

Pero sabía que igual que en aquella pascua de antaño, alguien tenía que pagar para salvar a los esclavos. Alguien tenía que morir.

En aquella despedida de soltero Jesús les estaba diciendo a sus amigos que Él iba a pagar por nuestra redención (El pago que hace falta para que un esclavo sea libre), y que nos esperaría para celebrar la boda pronto.

“Yles dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios”. Lucas 22:15, 16.

Aquellos que estaban en la mesa tomaron pan, el pan de la Pascua, y vino (del bueno, ¿Qué exégeta serio puede defender, a día de hoy, que era mosto?). Jesús les dijo que eso representaba su vida. En el texto falta el ingrediente principal de la mesa, el Cordero. EL que de verdad iba a sufrir.

El Señor les dio a entender que aquella salvación que se había celebrado durante años, aquel símbolo repetido cada Pascua, se iba a hacer realidad delante de ellos. Y no sólo para un pueblo, sino para todos los pueblos. Y que no iban a ser libres solo de un sistema, iban a ser libres del sistema que gobierna todo el mundo. La esclavitud de la muerte, el destino de todos.

“Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte”. 1 Corintios 15:26.

Porque, cuando uno vive en ese Egipto, cree que no tiene opción, que nació para ser esclavo y al final morir. JHVH vino a romper con eso. A salvarnos a cada uno de nosotros para hacer un nuevo pueblo, a rescatarnos de nosotros mismos, de nuestros pecados, de nuestra vida sin sentido, y a darnos verdadera libertad.

Jesús pagó por nuestros pecados, sufrió injustamente, como aquel cordero de la Pascua. Por eso lo llaman el Cordero de Dios. El primogénito que iba a morir a cambio de los demás.

“Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios”. Juan 1:36.

En aquella cena, Jesús estaba celebrando la libertad que iban a vivir aquellos que estaban con Él. Pero, a la vez, por dentro, su alma estaba angustiada. Sabía que ahora le tocaba a Él. Él era la verdadera Pascua, Él era el verdadero Cordero, el que fue inmolado antes de la fundación del mundo. (Apocalipsis 13:8).

Él era el plan de Dios, incluso antes de Adán, no lo improvisó. Fue su eterno plan, lo que iba a ocurrir desde un principio. ÉL mismo, el Ser perfecto se iba a entregar por su creación. El amor elevado al infinito, el Creador que muere por su creación. La humildad del Ser más grande del universo. Y así, Jesús me salvó, y por eso me siento en su mesa, y recuerdo (celebro) con el pan y el vino, que Él es el Cordero que murió por mí, que no lo merecía, pero me sacó de mi Egipto para llevarme a vivir una aventura eterna. Por eso recuerdo aquella despedida de soltero, cada vez que me siento con mis amigos a recordar aquella Pascua, esperando el día en el que me siente en la boda de mi amigo Jesús, lo que la Biblia llama “las bodas del Cordero”. Aquel día Jesús volverá a tomar vino conmigo.

“Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado”. Apocalipsis 19:7.
Mientras tanto, como amigo del novio que soy, sigo buscando a quién más puedo invitar a esa boda. ¿Te apuntas? Hoy disfruto de su libertad, disfruto de mi familia, disfruto del pan y el vino.
Mientras tanto, en los postes, el vertical y el horizontal, la sangre del Cordero.
Sampedro, Á. (2013). Igleburger (p. 141-144). Álex Sampedro.

Menú 26. Un kebab antes de la aventura

Menú 26. Un kebab antes de la aventura

a1Te gustan los kebabs? A mi sí.

¿El primer kebab de la historia lo encontramos en el libro del Éxodo, para eso volvemos con nuestros viejos conocidos, los israelitas, cuando se encontraban esclavizados:

“Habló Jehová a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: Este mes os será principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del año. Hablad a toda la congregación de Israel, diciendo: En el diez de este mes tómese cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por familia. Mas si la familia fuere tan pequeña que no baste para comer el cordero, entonces él y su vecino inmediato a su casa tomarán uno según el número de las personas; conforme al comer de cada hombre, haréis la cuenta sobre el cordero. El animal será sin defecto, macho de un año; lo tomaréis de las ovejas o de las cabras. Y lo guardaréis hasta el día catorce de este mes, y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes. Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las casas en que lo han de comer. Y aquella noche comerán la carne asada al fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. Ninguna cosa comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus pies y sus entrañas. Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana; y lo que quedare hasta la mañana, lo quemaréis en el fuego. Y lo comeréis así: ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová. Pues yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto. Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis”. Éxodo 12:1–14.

Dios es un Dios que salva. La primera vez que se dio a conocer a todo un pueblo fue a los israelitas en Egipto. Estaban siendo explotados por un sistema totalitario donde el Faraón era el dios. Había abusos de todo tipo, incluso llegaron a querer asesinar a los niños recién nacidos para que el pueblo no creciera. Pero el Dios verdadero escuchó el clamor de su pueblo y envió a Moisés para decirles que “Yo Soy” los iba a salvar.

Y hubo plagas. Diez en total. Dios usó su poder para rescatar a los israelitas. Hizo todo lo que estuvo en su mano. Los israelitas solo observaban cómo Dios les estaba salvando. Ellos no tenían que hacer nada,

Dios los estaba salvando por gracia

Pero el Faraón, en vez de reconocer sus errores, se endurecía cada vez más, sus ojos estaban cegados y su corazón no quería entender. Puedes leer esto en Éxodo 5–11.

La última noche, la última plaga, sería la de los primogénitos.

Aquella noche morirían todos los primogénitos que habitaban Egipto, tanto de personas como de animales. Y aquella destrucción llegaría a tu casa a menos que preparases una cena especial, y que manchases la puerta de entrada. Algo que la señora de la limpieza podría echarte en cara después.

Aquí los israelitas sí tenían que creer y actuar como parte de lo que Dios iba a hacer. Pero no era un gran esfuerzo, simplemente tenían que cenar, cenar juntos, para recibir la salvación de JHVH.

Fijémonos en esa cena.

Ingredientes:

Cordero.

Panácimo. (Sin levadura)

Hierbas amargas.

Un Kebab en toda regla. En familia. Algo sencillo de preparar, algo para todos. Y en el centro de la mesa el cordero que aquel día sufrió para salvarles la vida, salvarles de la tristeza de quedarse sin hijos, salvarles de la opresión de un sistema que los esclavizaba ¿te suena? Algo cantamos en alguna canción.

Y así Dios los salvó

Al día siguiente, salieron hacia un nuevo futuro. Y simplemente habían creído en el Dios Salvador. Así se instituyó la Fiesta de la Pascua, una verdadera celebración recordando que es Dios el que rescata. Aquel pueblo se inauguró con lo que Dios hizo, y luego hicieron un pacto con Él para comportarse como el pueblo que Dios había escogido. Pero no tenían que hacer nada para ganarse el favor de Dios. Ya Dios les había hecho el favor, y ahora ellos iban a vivir en consecuencia. La aventura había comenzado. Y aunque pronto se olvidaron de lo que Dios hizo por ellos, creando dioses de menú, negándole o intentando ganarse una salvación que ya tenían, la realidad era que Dios había tomado la iniciativa con un pueblo, para rescatarlos. Mientras todos cenaban en la casa, afuera la muerte rondaba. Solo aquellos que creían que podían ser libres, solo aquellos que reconocían que el sistema en el que vivían no estaba bien y que debía cambiar, solo aquellos que sabían que no podían cambiarlo por sus propias fuerzas y ponían su confianza en Dios, ellos, se salvaron. Solo aquellos que veían que había una vida más allá de Egipto. Pusieron su fe en Dios y prepararon la cena, una cena con cordero, pan, un kebab, sencilla, sin grandes atractivos, pero una cena DE DIOS. Que, por cierto, ordenó algo un poco raro: La sangre del cordero tenía que ser rociada en los dinteles de la puerta. Y así serían librados de la plaga de la muerte.

Nuestro mundo de hoy no es tan diferente al de entonces. Hoy mucha gente vive como los esclavos en Egipto. Atados a formas de trabajo esclavista, injusticias con los más débiles, vivir sin sentido solo para trabajar, un sistema que nos ata y que está llenando nuestro mundo de plagas, crisis… Pero si clamamos a Dios como aquéllos, quizás podamos salvarnos.

“Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”. Jeremías 33:3.

Allí en Egipto, familias enteras que, por arrepentirse de su estilo de vida, por querer cambiar su forma de vivir, se sentaron a cenar juntos conforme Dios les dijo, confiando en Él, y se salvaron del mayor temor del ser humano. La muerte.

Mientras tanto, en los postes, el vertical y el horizontal, la Sangre del Cordero

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 135–138). Álex Sampedro.

Menú 25. Adoración en “Fast” y en “food”

Menú 25. Adoración en “Fast” y en “food”

a1“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”. Juan 4:23.

Nuestra cultura está impregnada de música. Los cristianos tenemos también “nuestra música”. Que refleja a veces lo que somos. ¿Habrá entre nosotros una alabanza “Fast food”?

Normalmente, cuando nos juntamos unos cuantos, no puede faltar la música. La usamos en reuniones para expresar nuestra fe a Dios, a una sola voz. Y eso me parece genial. No hay nada más emocionante que ver a mucha gente cantando a Dios por lo que Él es e hizo por nosotros. Personas que han sido perdonadas por Dios que, en agradecimiento, viven para él y también se expresan con el arte de la música, y crean la banda sonora de sus vidas.

Cantar es un regalo. Me encanta emocionar a mi mujer cuando le canto. Y a ella le gusta, no porque cante mejor o peor, sino porque le canto sinceramente. Chicas, ¿No es encantador que un chico os cante, aunque su voz se parezca más a la de un sapo que a la de un príncipe? Además siempre queda la esperanza de que se convierta en algo mejor si lo besas, al menos eso dicen ellos;) No les hagas ni caso.

Pero ¿Qué pensaría mi mujer si no fuera consecuente con lo que le canto? ¿Si le digo que sólo tengo ojos para ella, pero me paso mirando a otras constantemente? ¿No sería mejor no cantar? ¿No es un poco cínico cantar en esa situación? Por mucho que lo adorne, estaría fatal. De hecho, cuanto más lo adornara sería peor.

¿Qué pensará Dios con todo lo que hemos montado alrededor de la música en nuestra liturgia? ¿Por qué lo hemos hecho?

La alegría se demuestra de muchas maneras, pero cantar es una de las mejores.

No tengo nada en contra de cantar, pero a veces pienso que parte de nuestra cultura evangélica depende demasiado de esa pequeña parte de nuestra adoración, que incluye instrumentos, altavoces, micrófonos, plataforma, ingenieros de sonido…

Creo que hemos confundido el tiempo de expresión musical con la verdadera adoración. Sí, lo dicen todos los buenos libros que hablan acerca del tema: la adoración no es música, pero ¿quién me puede negar que cuando hablamos de adoración automáticamente viene a nuestra mente algo que tiene que ver con música, cantar, levantar las manos, canciones lentas, un momento de intimidad, romántico, de contemplación con piano de fondo, o algo así?

Debemos hacer un esfuerzo consciente para recuperar la perla de la verdadera adoración. La primera vez que aparece en la Biblia es esta:

“Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo. Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos. Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros. Y tomó Abraham la leña del holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo, y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo; y fueron ambos juntos. Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos. Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tuúnico. Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo”. Génesis 22:2–13

Abraham iba a entregar lo que más quería a Dios, por obediencia. En una situación terrible, difícil y dura. ¿Cómo fue capaz de adorar hasta ese punto?

Porque conocía a Dios, sabía que si Dios quería podía resucitar a su Hijo. La fe de Abraham estaba basada en el Dios que conocía.

“Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir”. Hebreos 11:17–19.

Y ahí, por la fe, dijo: “Adoraremos y volveremos”. Nada de música, no era un momento romántico. Solo había obediencia por la fe a un Dios que conocía.

Demasiados conceptos juntos que en esta sociedad no están de moda:

Obediencia absoluta+Fe+Dios+conocer en profundidad= Adoración en Espíritu y en verdad

Ahora la adoración la convertimos en música bonita que me emociona y me hace sentir bien, porque Dios me quiere aunque no lo conozco demasiado. Incluso si lo adoro bien, casi me debe un favor. Conceptos más de moda y muy peligrosos.

Música bonita+emociones+yo+desconocimiento= Adoración “Fast food”

¿Nuestros momentos juntos reflejan el amor que le tenemos a Dios? o ¿Nos engañamos con formalismos y supuestos “sacrificios de alabanza” los domingos, y no vivimos un evangelio real durante la semana?

“Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”. 1 Samuel 15:22.

“Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de míno es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado”. Isaías 29:13.

A pesar de esto, creo que debemos expresar nuestra fe a través de las artes, tener tiempos de alabanza expresa en comunidad. Me da miedo ver una generación que ya no valora esos momentos, quizás quemados por la falsa religiosidad y el emocionalismo que han visto. Por temor a tropezar en la misma piedra se vuelven inexpresivos y, ni adoran con el corazón, ni con los labios.

Pero el temor y lo que han hecho los demás no son buenas guías para vivir.

Ni siquiera decidir hacer lo contrario de algo es una brújula sabia para vivir nuestra vida cristiana. Quizás tú que lees esto no estás acostumbrado a hacerlo. Te doy un consejo, hazlo primero tú solo.

Ten una vida devocional llena de arte y expresión, de fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15), tú y Dios. Y lo que ocurra en comunidad será el reflejo de vidas comprometidas con Dios desde la intimidad hacia fuera, empapando nuestras “iglesias” y a los demás. Y no te pongas límites, exprésate como tú eres, con tu estilo de música u otro arte, tu manera de decir las cosas. Pero también recuerda que formas parte de algo, que no estás tú solo, y a veces hacer las cosas juntos, aunque no estemos del todo de acuerdo o no sea nuestro estilo, es mejor que no hacer nada. Recuerda que lo importante es adorar en espíritu y en verdad. Sé sincero, conoce al Dios que adoras, y adórale.

Lo quieras o no, formas parte de la orquesta, si tú no suenas, habrá un vacío, porque el director Dios te dio la partitura y los demás cuentan con que hagas sonar la música de tu vida con ellos.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 130–134). Álex Sampedro.

Menú 24. Ser como Jesús

Menú 24. Ser como Jesús

a1Sí, se nos llena la boca con esta expresión, ¡Hay que ser como Jesús! O el famoso: “What Would Jesus Do?” (¿Qué haría Jesús?)

El primer problema que encontramos es de qué Jesús estamos hablando. Porque a veces tenemos una imagen de Jesús equivocada. Algunos han visto a un Jesús rico, un Jesús comunista, un simple maestro (recuerda el capítulo 20).

Nunca tendremos aquí en la tierra una imagen exacta de Jesús, siempre estaremos persiguiéndolo, siguiéndolo, descubriendo nuevos aspectos de su carácter, amor y perfección. Pero eso no debe impedir que busquemos, con todas nuestras fuerzas, parecernos cada día más a Él.

Te podría enseñar el siguiente método: cuando te encuentres en una situación pregúntate qué haría Jesús. Pero seamos honestos ¿Quién hace eso? Primero, si no pasamos tiempo con Jesús a solas, si no nos acordamos de Él, a veces ni en la iglesia, ¿Cómo pretendemos acordarnos de Él en situaciones cotidianas donde la tentación nos puede estar asediando?

Además, no debemos buscar ser como Jesús porque nos convenga solamente. En primer lugar, debe movernos el amor que le tenemos y la admiración que nos causa su persona. ¿Realmente queremos ser como Él en todo? ¿Estamos dispuestos a eso? Mira hasta que punto llega Pablo:

“Quiero conocerlo aél y el poder de su resurrección, y participar de sus padecimientos hasta llegar a ser semejante a Él en su muerte”. Filipenses 3:10.

¿Es eso algo digno de imitar? ¿Lo creemos? ¿Sigues queriendo ser como Jesús?

Yo me lo pensaría dos veces antes de pedirle a Dios algunas cosas, y esta es una de ellas. Ser como Jesús es querer compartir nuestro destino con el suyo, nuestro camino con el suyo, identificarnos con Él en todos los sentidos. Dejar de vivir la vida de Alex y vivir la vida de Jesús. Negarme a mí mismo para que Jesús viva en mí.

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mi; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó así mismo por mí”. Gálatas 2:20.

Porque no es solamente ser COMO Jesús, sino que, en un sentido, que aún no comprendo del todo, es SER Jesús por SU Espíritu que vive en mí.

Jesús ya está en nosotros, y nosotros somos colaboradores suyos en nuestra propia vida. No podemos querer ser como Jesús dentro de nuestros planes. Ser como Jesús incluye vivir para los propósitos de Jesús. Ser como Jesús es tener como prioridad las prioridades de Jesús, su mente y corazón.

Porque lo quiera o no, si soy un hijo de Dios, cada cosa que haga con mi vida representa a Dios, representa al que me salvó.

Y sí, la gente toma decisiones respecto a Jesús en gran medida por lo que ve hacer a sus seguidores.

Sobre nosotros recae una gran responsabilidad y un gran desafío.

Deja de vivir por tu propio nombre y

vive en el nombre de Jesús. Hay muchas cosas en juego.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 125–127). Álex Sampedro.

Menú 23. ¿Quién soy?

Menú 23. ¿Quién soy?

a1Graba esto en tu mente: Lo que eres determina lo que haces. Jesús constantemente insistía en decirnos lo que somos, antes que decirnos que debemos hacer:

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”. Mateo 5:13, 14.

Y Pedro nos recuerda:

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”. 1 Pedro 2:9.

Insistimos a la gente diciéndoles lo que tienen que hacer, una y otra vez. Trabajamos la parte externa del ser humano, su conducta. Lo que vemos de ellos. Pero si no cambiamos su identidad, su corazón, acabará haciendo lo que él es en su interior, en su mente.

Por eso Jesús insiste en redefinir nuestra identidad. Por eso el Señor nos dice que al nacer de nuevo somos nuevas criaturas.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. 2 corintios 5:17

Si de verdad entiendo que:

He nacido de nuevo, soy un hijo de Dios, adoptado por él, soy un rey, un sacerdote

Ese fuego interno de la identidad hará que termine haciendo lo que soy.

Por eso, antes de hacer cualquier cosa, debo parar y meditar acerca de mí mismo y preguntarme ¿quién soy? ¿Qué es lo que hay en lo más profundo de mi ser? ¿Realmente sé que soy un hijo de Dios y quiero agradarlo? ¿Está mi mente ocupada en sus cosas o en las mías? No podemos forzarnos a hacer lo que no somos. Jesús habló sobre este tema a sus oyentes.

“Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais”. Juan 8:39.

Las obras no nos salvan, nos salva Jesús haciéndonos nacer de nuevo, pero

las obras demuestran lo que somos

Si la locomotora de la fe está ardiendo con fuego y con pasión por Dios en nuestro corazón, es imposible que los vagones de las obras no se muevan. Jesús lo sabía y por eso nos ayudó a redefinirnos.

Para ser un cristiano “fast food” no es necesario ese profundo cambio.

Puedes estar una y otra vez en la iglesia y seguir haciendo lo que tú consideras de vez en cuando, aunque si no cambias esa identidad profunda te ocurrirá como dicen los ancianos de los pueblos: “La cabra siempre tira pa’l monte”. Por mucho que intentes domarla, si no cambia de naturaleza siempre volverá a hacer lo que estaba acostumbrada a hacer. Los mismos vicios, invertir tu tiempo en lo mismo, sin cambiar de rumbo tu vida.

Por eso

¿Cómo puedo trabajar mi identidad?

En primer lugar, ¿sabes quién eres ahora? Tú no eres lo que eres delante de los demás, no eres lo que los demás piensan de ti, no eres lo que proyectas hacia fuera… Tú eres lo que eres en tu interior, en tu secreto. Cómo dice Alejandro Sanz: “cuando nadie me ve, puedo ser o no ser”.

Ahí es donde tú realmente eres tú. Lo que pasa por tu mente, lo que te obsesiona, donde inviertes tu tiempo, tus deseos, tus sueños, de lo que siempre acabas hablando, lo que mueve todo lo que haces… Todo eso, y más, eres tú. Algo bastante complicado, la verdad.

Porque tú eres complicado

Pero en medio de eso hay algo que puede definirte mejor que nada, hay alguien que te conoce mejor que tú, que conoce mejor que nadie lo que haces “cuando nadie te ve” lo que eres en realidad.

Dios es el único que puede definirte en realidad. ¿Qué dice Dios de ti? ¿Te interesa saber lo que piensa Dios de ti? Eso es lo realmente importante. Si de verdad te interesa pregúntale a Él quien eres. Puedes hacerlo ahora si quieres, y averiguar qué dice la Biblia acerca de lo que piensa Dios de ti. Podrías orar un poco, en serio, podrías.

En segundo lugar, tu identidad también tiene que ver en parte con las personas que te rodean. Eres hijo de… Hermano de… Amigo de… Formas parte del club de… Tienes creencias parecidas a… Pasas tiempo con…

En un sentido, estás definido por la gente de la que te rodeas, por gente que decides que te influyan y te ayuden a definirte. Hay un dicho popular muy cierto:

“Dime con quien andas y te diré quién eres”.

Y también un versículo:

“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”. 1 Corintios 15:33.

Por eso, si quieres tener cada vez más claro quién eres, debes pasar tiempo con Jesús. Parece que está más o menos asumido por los cristianos que nuestro llamado es ser como Él. Pero es imposible ser como Él si no estamos con Él, y con hermanos tuyos que quieren ser como Él:

“…Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Efesios 4:13.

Si pasamos tiempo con Él, podremos ser como Él. Si lo conocemos, podremos imitarlo.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 122–123). Álex Sampedro.

Menú 22. De lo dicho al hecho…

Menú 22. De lo dicho al hecho…

a1Ninguno piensa que es un cristiano “fast food” y se queda como está. A nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que vive un evangelio “light”. O que su iglesia es una igleburger. Todos pensamos tener el mensaje correcto, “el equilibrio” como nos gusta decir. Hablamos un mismo idioma, decimos las mismas palabras, pero le damos significados diferentes. He descubierto que en casi todas las iglesias se habla más o menos de lo mismo cuando mencionamos temas como el compromiso, el Reino, la entrega y el amor. Todos decimos seguir a Cristo, no defendemos la teología de la pseudoprosperidad de manera consciente (me refiero a verdaderos hermanos, claro), tenemos temor de Dios y respetamos su Palabra, y estamos dispuestos a obedecerla. Decimos ser gente íntegra que aborrece el trío de las efes: fama, faldas y finanzas. Y se nos llena la boca diciendo que nosotros sí entendemos lo que Jesús exige. Y todos, insisto, decimos lo mismo,

una y otra vez

La diferencia, por lo tanto, no está en lo que decimos, que es más o menos igual, sino en lo que hacemos.

Porque, al final, lo que hacemos es un reflejo de lo que somos, lo que hay en lo más profundo de nuestro ser, nuestros valores y deseos.

“¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” Santiago 2:20.

Porque realmente tú no crees lo que dices que crees, tú crees lo que haces

Y si no somos consecuentes con lo que decimos, de poco nos sirven las palabras. Si dices que no crees en la teología de la prosperidad pero te preocupan los números, las personas que van a tu iglesia simplemente por sus carteras, crees que puedes negociar con Dios a través de lo que le das, como si Él te debiera algo. Entonces crees en la teología de la prosperidad. Si sabes que debes entregar tu vida a Jesús, y dices que lo haces, pero en verdad vives para ti, por el afán de este siglo y con la mentalidad de la sociedad de bienestar de la clase media, entonces no crees que entregar tu vida Jesús es lo mejor. Si crees que es importante que tus amigos conozcan a Jesús, pero no le hablas de Jesús a nadie, entonces no crees que sea importante que tus amigos conozcan a Jesús.

Muchas veces nos engañamos a nosotros mismos, pensando que lo que decimos es lo que creemos. Por eso hay tanta gente sincera que llena las iglesias, que dice creer aunque sus vidas están muy lejos de deMOSTRAR esa fe.

Gente que escucha la Palabra, la habla, pero no la hace:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”. Santiago 1:22–25

Estos versículos me asusta un poco, porque lo que Santiago dice es que

si escuchamos la Palabra, y no la practicamos, es peor que no haberla escuchado

Si “vas a la iglesia” domingo tras domingo y escuchas los que Dios quiere que hagas, habla acerca de quien eres a la luz de su santidad y te da consejos prácticos sobre cómo cambiar, y no lo pones por obra, acabas engañándote a ti mismo. Y creyendo que el escuchar la Palabra te hace bienaventurado, te conviertes en un evangélico nominal que tiene una cultura religiosa, pero que no es bienaventurado y, engañado por esa mentira, vives una vida de cristianismo “Fast food”.

Por eso Jacobo nos invita a actuar:

“Acercaos a Dios, yél se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará”. Santiago 4:8–10.

Acercarnos a Dios de nuevo, y limpiar nuestras manos, es decir, limpiar nuestros hechos, lo que hacemos y, si realmente somos sus hijos, vivir como tales.

Estar dispuestos a corregir nuestros pensamientos, conocer a Dios más de cerca, quitándonos prejuicios aprendidos y vivir y hacer lo que creemos.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 101–103). Álex Sampedro.

Menú 21. Quiero una hamburguesa

Menú 21. Quiero una hamburguesa

a1Y … llegado a este punto he de reconocer que me gustan las hamburguesas.

Claro que sé que no me harán mucho bien, pero es lo que me apetece. Tengo lo que la Biblia llama “los apetitos de la carne” no solo para tener un dios a la carta sino para hacer lo que quiera con mi vida. La Biblia nos enseña en algunos sitios cuáles son esos apetitos, esas cosas que a veces nos apetece probar:

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría”. Colosenses 3:5.

“Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca”. Colosenses 3:8.

Pablo de Tarso era un experto en hacer listas, tenía listas para todo, el fruto del Espíritu, dones, ministerios y también pecados, etc. Era como un hobby para él, hacer listas. Aquí hay otra:

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. Gálatas 5:19–21.

Ahí es nada.

En este caso nos habla acerca de que hay cosas que de forma “natural” nos llaman la atención, desde cuestiones sexuales, relaciones personales, nuevas sensaciones y las consecuencias del orgullo: envidias, disensiones, partidismos, celos, pleitos, enemistades.

Y nosotros, los cristianos creemos que esas cosas ya no nos afectan. ¿Cómo nos van a afectar si hemos nacido de nuevo? ¿No ha muerto Jesús en una cruz para librarnos de esas cosas? Sí, pero, mira lo que le pasaba al de Tarso:

“Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí”. Romanos 7:15–21.

Intenta leer este texto de nuevo lo más rápido que puedas, y luego párate a pensar cada frase, es un verdadero trabalenguas, un mundo interior confuso del que Pablo no estaba exento. ¿Cómo? ¿A Pablo le pasaba esto? ¿El de las cartas a las iglesias?

Él estaba en una lucha contra sí mismo, contra su carne, esos apetitos que le molestaban y querían que volviera a comer hamburguesa. Seguir a Jesús no significa que ya no querrás probar nada más. Tampoco significa que no tenemos remedio, y por eso no podemos abandonarnos a nuestra carne sin pensar en las consecuencias, Dios nos va a dar la capacidad para luchar y vencer si vivimos de acuerdo a Él. Pero recuerda:

Tu carne, que está vendida al pecado no se convierte nunca. Hay que luchar contra los deseos de la vieja manera de vivir, lo que la Escritura llama las pasiones.

“Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”. Gálatas 5:24–25.

Muchos podrían decir que hacer eso es reprimirse, y lo ven como algo negativo.

Imagina a una persona con problemas con la comida y conviviendo con una de sus consecuencias, la obesidad. Aunque entrara en razón y supiera que no debe comer demasiado, que debe cuidarse, comer a sus horas, tomar más verduras y menos carbohidratos, ¿No se negaría a sí mismo cada vez que pasara por un restaurante de comida rápida o cuando viera un bocadillo de calamares con mahonesa? ¿Diríamos que eso es reprimirse? ¿No sería más bien cuidarse? ¿Cambiar unos apetitos por unos deseos más profundos de salud física y emocional?

Te lo dice alguien que tiene problemas con la comida. Aunque sé lo que está bien y lo que es mejor para mí, muchas veces no hago caso a mi verdadero yo y me dejo llevar por esa carne,

en todos los sentidos posibles de la palabra

Por eso, a veces en nuestra vida espiritual usamos esos apetitos, nos creamos nuestro propio dios, para que se adapte a nuestros deseos. Un dios que nos dice: “Haz lo que quieras, no trates con tu carne, con tu carácter, no es para tanto”. Pero eso puede tener consecuencias terribles para nosotros.

Debemos reconocer nuestra condición de pecadores, (que es una de las señales de que hemos nacido de nuevo) y no poner nuestra confianza en nosotros, nuestros sentimientos, ni siquiera en nuestros pensamientos, que viven influenciados por el corazón, sino por lo que hizo Jesús por nosotros.

Sí, muchas veces me apetece una hamburguesa, y yo, que tengo problemas con la comida, podría decir que estoy en mi derecho, que no debo reprimirme, que es lícito, pero eso no significa que me convenga.

“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica”. 1 Corintios 10:23.

Mi vida cristiana es también una lucha contra mi Yo, contra mis apetitos, y debo aprender que lo que me apetece no es siempre lo que me conviene. Seguir una dieta puede ser duro al principio, pero después me ayudará a tener mejor peso.

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. 2 Corintios 4:17.

“Por tanto, nosotros tambi én, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”. Hebreos 12:1.

Reconozcamos que nos gusta la comida basura. Tristemente, hasta que no vemos claramente las consecuencias de vivir así, no tomamos la decisión de empezar a cambiar nuestros hábitos. Pero hoy puedes decidir reconocer tu condición y permitir que tu nueva naturaleza escoja comida de calidad y no la que estabas acostumbrado a consumir, y dejar de ser guiado por la carne y empezar a vivir en el espíritu. Andar como Jesús.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 101–103). Álex Sampedro.