Menú 22. De lo dicho al hecho…

Menú 22. De lo dicho al hecho…

a1Ninguno piensa que es un cristiano “fast food” y se queda como está. A nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que vive un evangelio “light”. O que su iglesia es una igleburger. Todos pensamos tener el mensaje correcto, “el equilibrio” como nos gusta decir. Hablamos un mismo idioma, decimos las mismas palabras, pero le damos significados diferentes. He descubierto que en casi todas las iglesias se habla más o menos de lo mismo cuando mencionamos temas como el compromiso, el Reino, la entrega y el amor. Todos decimos seguir a Cristo, no defendemos la teología de la pseudoprosperidad de manera consciente (me refiero a verdaderos hermanos, claro), tenemos temor de Dios y respetamos su Palabra, y estamos dispuestos a obedecerla. Decimos ser gente íntegra que aborrece el trío de las efes: fama, faldas y finanzas. Y se nos llena la boca diciendo que nosotros sí entendemos lo que Jesús exige. Y todos, insisto, decimos lo mismo,

una y otra vez

La diferencia, por lo tanto, no está en lo que decimos, que es más o menos igual, sino en lo que hacemos.

Porque, al final, lo que hacemos es un reflejo de lo que somos, lo que hay en lo más profundo de nuestro ser, nuestros valores y deseos.

“¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” Santiago 2:20.

Porque realmente tú no crees lo que dices que crees, tú crees lo que haces

Y si no somos consecuentes con lo que decimos, de poco nos sirven las palabras. Si dices que no crees en la teología de la prosperidad pero te preocupan los números, las personas que van a tu iglesia simplemente por sus carteras, crees que puedes negociar con Dios a través de lo que le das, como si Él te debiera algo. Entonces crees en la teología de la prosperidad. Si sabes que debes entregar tu vida a Jesús, y dices que lo haces, pero en verdad vives para ti, por el afán de este siglo y con la mentalidad de la sociedad de bienestar de la clase media, entonces no crees que entregar tu vida Jesús es lo mejor. Si crees que es importante que tus amigos conozcan a Jesús, pero no le hablas de Jesús a nadie, entonces no crees que sea importante que tus amigos conozcan a Jesús.

Muchas veces nos engañamos a nosotros mismos, pensando que lo que decimos es lo que creemos. Por eso hay tanta gente sincera que llena las iglesias, que dice creer aunque sus vidas están muy lejos de deMOSTRAR esa fe.

Gente que escucha la Palabra, la habla, pero no la hace:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”. Santiago 1:22–25

Estos versículos me asusta un poco, porque lo que Santiago dice es que

si escuchamos la Palabra, y no la practicamos, es peor que no haberla escuchado

Si “vas a la iglesia” domingo tras domingo y escuchas los que Dios quiere que hagas, habla acerca de quien eres a la luz de su santidad y te da consejos prácticos sobre cómo cambiar, y no lo pones por obra, acabas engañándote a ti mismo. Y creyendo que el escuchar la Palabra te hace bienaventurado, te conviertes en un evangélico nominal que tiene una cultura religiosa, pero que no es bienaventurado y, engañado por esa mentira, vives una vida de cristianismo “Fast food”.

Por eso Jacobo nos invita a actuar:

“Acercaos a Dios, yél se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará”. Santiago 4:8–10.

Acercarnos a Dios de nuevo, y limpiar nuestras manos, es decir, limpiar nuestros hechos, lo que hacemos y, si realmente somos sus hijos, vivir como tales.

Estar dispuestos a corregir nuestros pensamientos, conocer a Dios más de cerca, quitándonos prejuicios aprendidos y vivir y hacer lo que creemos.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 101–103). Álex Sampedro.

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