Menú 17. Mostaza de la buena: La Palabra de Dios

Menú 17. Mostaza de la buena: La Palabra de Dios

a1Cuando uno siembra, lo normal es que si cuida la semilla, la siembra en un buen lugar, la riega como Dios manda y a su tiempo arranca las malas hierbas que crecen alrededor y que intentan robarle los nutrientes, dé fruto.

Lo que no es normal es que no dé fruto. Hay muchos cristianos “normales” por el mundo, se supone, o así nos llamamos, pero sin fruto.

Esto es simplemente insostenible.

La semilla de la Palabra de Dios debe dar fruto, sí o sí; si ha caído en buena tierra que ha sido cuidada, da fruto.

Miremos a la iglesia, y a nosotros. ¿Qué es un cristiano normal? Alguien que va a la iglesia y que más o menos se comporta como un cristiano más, como los demás, como la cultura evangélica le ha enseñado, cristianos domados, acomodados, cristianos burgueses. Que pecan poco:) y a veces hacen algo, siempre y cuando no les venga mal con su trabajo, o no les coincida con sus vacaciones, puente, tardes libres para ver la televisión, siesta o Play Station.

Y yo me pregunto ¿será ese el fruto que Dios nos ha llamado a dar al treinta, sesenta y ciento por uno?

¿Qué fruto es el que espera Dios que demos como buena tierra?

Cuando hablamos de fruto, lo primero que nos viene a la cabeza es el fruto del Espíritu que es

“Amor, Gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza”. Gálatas 5:22, 23.

Y eso está muy bien. Debemos buscar dar ese fruto en nuestras vidas. Pero me atrevería a decir que el fruto del Espíritu se da dentro de una vida cristiana de verdad, nunca al margen de ella. Una vida dinámica, una vida en comunidades activas de fe, arriesgada, que lucha contra las obras de la carne.

Si leemos el resto de Gálatas 5 y 6 (esto sería un ejemplo de referencia, cuando puedas échale un vistazo a la carta de Pablo) verás que después del fruto nos habla de no cansarnos de hacer el bien, no desmayar, seguir luchando, cuidar de todos, especialmente de los de la familia de la fe.

Y también nos habla de seguir sembrando. (Gálatas 6:7) Seguir sembrando ¿qué?

Si volvemos a la parábola del sembrador, lo que se siembra es

Palabra de Dios. Jesús lo explica en Lucas:

“Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios”. Lucas 8:11.

Por lo tanto, en el contexto de la parábola, si hacemos una interpretación natural es que el fruto debe ser también Palabra de Dios.

Si siembro con la semilla de la naranja, el árbol dará naranjas, si siembro con la semilla de la Palabra de Dios, el árbol dará Palabra de Dios. ¿No?

Si somos buena tierra debemos dar como fruto más Palabra de Dios, para mí y para otros, ayudando así a extender el reino de los cielos. Comprender la Palabra, ponerla por obra, vivirla, extenderla y sembrarla en más y más tierra.

Si estamos plantados en el lugar correcto y no junto al camino, la semilla no será devorada por esos pájaros que tantas veces revolotean nuestra cabeza.

Si ahondamos bien nuestras raíces en su Palabra, lo que quema a otros, ese sol abrasador que son las pruebas, para nosotros será un factor de crecimiento.

Es interesante que el mismo sol, las mismas pruebas, no tengan los mismos efectos para todos. Si la semilla no ha profundizado en sus raíces se quemará rápidamente pero si ha ahondado lo suficiente en su Palabra, las pruebas ayudarán a la fotosíntesis, al crecimiento. Las pruebas son necesarias para que la semilla al final dé fruto.

Si sabemos guardarnos en santidad, apartados para él, arrancando de raíz esas malas hierbas que crecen a nuestro alrededor, si no nos descuidamos, podremos mantener limpio ese brote y los espinos no nos harán sombra, y podremos gracias a los nutrientes y el agua que proviene de la tierra y a las pruebas del sol que nos ayudan a crecer, dar fruto a su tiempo con perseverancia.

Si no estamos dando ese fruto debemos examinar nuestras vidas delante de Dios y ver si realmente somos buena tierra o nos hemos acomodado a ser parte de una igleburger.

“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán”. Salmo 126:5.

“Cuando, pues, os reunís vosotros, eso no es comer la mesa del Señor. Al comer, cada uno se adelanta a comer su propia cena; y mientras uno tiene hambre, otro se embriaga”1 Corintios 11:20.

“El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen”1 Corintios 11:28, 29.

Sampedro, Á. (2013). Igleburger (pp. 78-80). Álex Sampedro.

¿CÓMO RECIBÍAN LOS PROFETAS SUS MENSAJES DE PARTE DE DIOS?

Autor: Norman Geisler

¿CÓMO RECIBÍAN LOS PROFETAS SUS MENSAJES DE PARTE DE DIOS?

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De diversas maneras. Algunos, por medio de sueños (cf. Génesis 37:1,11); otros, tenían visiones (d. Daniel 7); y algunos, escuchaban una voz audible (cf. 1 Samuel 3) o una voz interior (cf. Oseas 1; Joel1); otros, recibían revelaciones de ángeles (cf. Génesis 19:1,29); algunos, por medio de milagros (cf. Éxodo 3); y otros, echando suertes (cf. Proverbios 16:33). El sumo sacerdote usaba unas piedras preciosas, conocidas como «urim y el tumim» (Éxodo 28:30). A otros, Dios les habló a través de la naturaleza, mientras meditaban sobre su revelación (cf. Salmo 8; 19:1,6). Por diversos medios, como lo expresa el autor de la carta a los Hebreos: «Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas» (Hebreos 1:1).

© 2003 por Ravi Zacharias y Norman Geisler

Prendan la luz

Noviembre 6

Prendan la luz

Lectura bíblica: Efesios 5:8–14

Porque si bien en otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Efesios 5:8

a1Imagínate que estás recorriendo una galería de retratos. Las luces del salón están prendidas, pero las direccionales que por lo general enfocan los diversos cuadros están apagadas.

Con las luces de la sala puedes ver los marcos de los retratos. Hasta quizá puedas ver algo de los rostros dentro de los marcos. Pero únicamente cuando se prenden las luces direccionales y una luz intensa pega directamente sobre cada cuadro puedes ver todos los detalles, las expresiones faciales, los tonos del cutis y el color de los ojos. Sólo cuando están prendidas las luces direccionales puedes ver a las personas como los artistas tuvieron la intención que las vieras.

Dios hace brillar su luz sobre ti, una luz que muestra quién quería que fueras cuando te creó. Pero antes de poder verte claramente, necesitas saber cómo prender las luces.

Obtienes luz de tres lugares:
Jesucristo es tu primera fuente de luz. Juan dijo que Jesús es “la luz de los hombres” (Juan 1:4). Jesús se refirió a sí mismo como la luz del mundo (ver Juan 8:12).

Prendes esta luz cuando aceptas a Cristo como tu Salvador y comienzas una relación personal con él. A medida que tu amistad se afianza por medio del tiempo que pasas con Jesús en oración, ves cada vez con mayor claridad que eres amado, valorado y capaz.

La Palabra de Dios, la Biblia, es otra fuente de luz. David escribió: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). Cuanto más abres tu mente y corazón a la Palabra de Dios, más luz disfrutas.

Los otros creyentes son una fuente de la luz de Dios. Jesús les dijo a sus seguidores: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mateo 5:14). Ser amigo del Hijo de Dios, la Luz, te llena de luz. A medida que tú y tus amigos creyentes comparten mutuamente la luz del Hijo de Dios y de la Palabra de Dios, aumenta tu comprensión de quién eres. Esa es una gran razón por la que la Biblia nos dice: “No dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos” (Hebreos 10:25).

Dios quiere que sepas que él hace brillar su luz en tu vida para que puedas ver claramente quién eres: digno de ser amado, valioso y capaz. Cuando te aferres a Jesús, leas tu Biblia y te acerques cada vez más a otros creyentes, la luz de Dios brillará en tu vida. Adelante, ¡prende la luz!

PARA DIALOGAR
¿Quieres ver con más claridad quién eres a los ojos de Dios? ¿De qué manera te ayuda él a recibir la luz?

PARA ORAR
Señor, inúndanos de luz al leer tu Palabra y aumenta nuestra amistad contigo y con los tuyos.

PARA HACER
Escoge una buena costumbre para tratar de adquirir, hablar con Dios, leer la Palabra o pasar el tiempo con amigos creyentes.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.