El canon del Nuevo Testamento

El canon del Nuevo Testamento

Autor: Milton Fisher

a1El Nuevo Testamento fue escrito en un período de medio siglo, varios siglos después de que se completó el Antiguo Testamento. Algunos críticos modernos cuestionarían ambas mitades de esa afirmación y extenderían el tiempo en que se completaron ambos testamentos. Sin embargo, el escritor de este estudio tiene confianza en cuanto a la veracidad de los hechos históricos, y el enfoque tomado para la canonización de ambos, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, está basado sólidamente sobre esa premisa doble.

El Antiguo Testamento se encuentra tan lejos de nosotros en cuanto al tiempo que su formación como un cuerpo de Escritura puede ser considerada muy remota para poder certificar su contenido. Pero ese no es el caso. En un sentido, poseemos mucha más certificación del canon del Antiguo Testamento que del canon del Nuevo Testamento (vea el capítulo «El canon del Antiguo Testamento»). Nos referimos al hecho de la aprobación de nuestro Señor por la forma en que usó las Escrituras hebreas como la Palabra autoritativa de Dios.

Sin embargo, hay un sentido en el cual Jesucristo estableció también el contenido o canon del Nuevo Testamento, en la forma de anticipación. Fue él quien prometió: «el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les hará recordar todo lo que les he dicho» y «los guiará a toda la verdad» (Juan 14:26; 16:13, NVI).

De esto podemos derivar, a su vez, el principio básico de la canonicidad del Nuevo Testamento. Es idéntico al del Antiguo Testamento, puesto que se reduce a un asunto de inspiración divina. Ya sea que pensemos en los profetas de la época del Antiguo Testamento, o en los apóstoles y sus asociados, dados por Dios, del Nuevo Testamento, el reconocimiento de que eran portavoces auténticos de Dios en el mismo momento de sus escritos es lo que determina la canonicidad intrínseca de los mismos. Es verdaderamente la Palabra de Dios sólo si es inspirada por Dios. Podemos estar seguros de que la iglesia de la época apostólica recibió los libros que se cuestionan precisamente cuando un apóstol los había certificado como verdaderamente inspirados. La variación aparente, relativa a la zona geográfica, en el reconocimiento de algunas de las epístolas del Nuevo Testamento puede muy bien reflejar el simple hecho de que este testimonio, por su naturaleza, estaba localizado al primero. Por el contrario, el hecho que los veintisiete libros del Nuevo Testamento, que ahora se reconocen universalmente, fueran finalmente aceptados es evidencia de que su propio testimonio fue ciertamente confirmado después de una rigurosa investigación.

Tertuliano, un escritor cristiano notable de las primeras dos décadas del siglo III, fue uno de los primeros en llamar a las Escrituras cristianas el «Nuevo Testamento». Ese título había aparecido antes (circa 190) en una composición contra el montanismo, pero su autor es desconocido. Esto es muy importante. Su uso colocó a la Escritura llamada Nuevo Testamento en el mismo nivel de inspiración y autoridad que el Antiguo Testamento.

De la información que se encuentra disponible, el proceso gradual que llevó al reconocimiento público, completo y formal de un canon fijo de los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento nos lleva al siglo IV de nuestra era. Esto no quiere decir necesariamente que a estas Escrituras les faltara reconocimiento en su totalidad antes de ese tiempo, sino que la necesidad de definir oficialmente el canon no urgió hasta entonces. Semejante a esto sería la forma en que ciertas doctrinas teológicas han sido enunciadas en ciertos períodos de la historia de la iglesia, como, por ejemplo, las formulaciones cristológicas de los primeros siglos de la iglesia y la doctrina de la justificación por fe en el tiempo de la Reforma. El hecho de que algunos le acreditan a Tertuliano ser el primero en definir claramente la Trinidad no debe tomarse como que la doctrina del Dios trino comenzó a existir a esa altura en la historia, o que la Biblia no contenía esa verdad. De igual manera, el Nuevo Testamento fue realmente terminado con la escritura de su porción final (que no fue necesariamente el libro del Apocalipsis) y no se constituyó Escritura por las declaraciones hechas en este sentido por los hombres, ya sea que hablaran como individuos o como grupos.

Mientras que el Nuevo Testamento es totalmente el homólogo y el final de la revelación dada en el Antiguo Testamento, la estructura de su forma es algo diferente. El principio organizador del canon del Antiguo Testamento fue su naturaleza de ser un documento de pacto. El Pentateuco, en particular, comparte el patrón establecido por otros tratados y acuerdos escritos del antiguo Cercano Oriente. El principio de los escritos sagrados autoritativos, establecido en el Antiguo Testamento para el pueblo de Dios, obviamente se extendió al Nuevo Testamento.

Aunque escribir el Nuevo Testamento tomó un período mucho más corto, el alcance geográfico de su origen es mucho más amplio. Esta circunstancia por sí sola es suficiente para explicar la falta de reconocimiento espontáneo o simultáneo del alcance preciso del canon del Nuevo Testamento. Debido al aislamiento geográfico de los varios recipientes de porciones del Nuevo Testamento, era de esperarse que hubiera algún retraso e incertidumbre de una región a otra en cuanto al reconocimiento de algunos de los libros.

Para apreciar lo que sucedió en el proceso de la canonización de los libros del Nuevo Testamento, debemos revisar los hechos que tenemos disponibles. Esto nos permitirá analizar cómo y por qué nuestros primeros antepasados cristianos estuvieron de acuerdo con los veintisiete libros de nuestro Nuevo Testamento.

El proceso histórico fue gradual y continuo, pero nos ayudará a entenderlo si subdividimos los casi tres siglos y medio que llevó en períodos más cortos. Algunos hablan de tres etapas mayores hacia la canonización. Esto implica, sin justificación, que hay pasos que se pueden discernir claramente a lo largo del camino. Otros simplemente presentan una larga lista de nombres de personas y de documentos involucrados. Una lista así hace difícil sentir cualquier tipo de movimiento. Aquí se hará una división un poco arbitraria de cinco períodos, con el recordatorio de que la difusión del conocimiento de la literatura sagrada y el profundo consenso de su autenticidad como Escritura inspirada continuó en forma ininterrumpida. Los períodos son:

1. El siglo I

2. La primera mitad del siglo II

3. La segunda mitad del siglo II

4. El siglo III

5. El siglo IV

De nuevo, sin querer inferir que estas son etapas definidas, será útil notar las tendencias más importantes de cada uno de los períodos que acabamos de identificar. En el primer período, por supuesto, fue cuando se escribieron los diversos libros, pero también comenzaron a ser copiados y diseminados entre la iglesia. En el segundo, a medida que se hacían más conocidos y apreciados por su contenido, comenzaron a ser citados como autoritativos. Hacia el final del tercer período tenían un lugar reconocido al lado del Antiguo Testamento como «Escritura» y comenzaron a ser traducidos a idiomas regionales, tanto como a ser sujetos de comentarios. Durante el siglo III d.C., que es nuestro cuarto período, la colección de libros en un «Nuevo Testamento» estaba en camino, junto a un proceso de selección que los estaba separando de otra literatura cristiana. El período final, o quinto, presenta a los padres de la iglesia del siglo IV declarando que se ha llegado a conclusiones en cuanto al canon, lo que indica la aceptación de toda la iglesia. Así que, en el sentido más estricto y formal de la palabra, el canon se había hecho fijo. Nos falta examinar con más detalle las fuerzas y los individuos que produjeron las fuentes escritas que dan testimonio de este notable proceso, a través del cual, por la providencia de Dios, hemos heredado nuestro Nuevo Testamento.

Primer período: el siglo I

El principio determinante que reconoce la autoridad de los escritos canónicos del Nuevo Testamento fue establecido dentro del contenido de esos mismos escritos. Existen repetidas exhortaciones para que las comunicaciones apostólicas se lean públicamente. Al final de la primera carta a los Tesalonicenses, posiblemente el primer libro del Nuevo Testamento que se escribió, Pablo dice: «Les encargo delante del Señor que lean esta carta a todos los hermanos» (1 Tesalonicenses 5:27, NVI). Antes, en la misma carta, Pablo alaba la pronta aceptación de su palabra escrita como «la palabra de Dios» (2:13), y en 1 Corintios 14:37 (NVI) habla en forma similar de «esto que les escribo», insistiendo que su mensaje debe ser reconocido como un mandamiento del Señor mismo. (Vea también Colosenses 4:16; Apocalipsis 1:3.) En 2 Pedro 3:15–16 (NVI), las cartas de Pablo se incluyen con «las demás Escrituras». Puesto que la carta de Pedro es una carta general, aquí se infiere el conocimiento ampliamente difundido de las cartas de Pablo. También es altamente indicativo el uso que hace Pablo en 1 Timoteo 5:18 (NVI). Él sigue la fórmula «la Escritura dice» al combinar una cita acerca de no ponerle bozal a un buey (Deuteronomio 25:4) y «el trabajador merece que se le pague su salario» (compare Lucas 10:7). Así que se infiere una equivalencia entre la Escritura del Antiguo Testamento y un Evangelio del Nuevo Testamento.

En 95 d.C., Clemente de Roma les escribió a los cristianos en Corinto usando una rendición libre del material de Mateo y Lucas. Él parece estar profundamente influenciado por el libro de Hebreos, y es obvio que tiene familiaridad con Romanos y Corintios. También hay referencias a 1 Timoteo, Tito, 1 Pedro y Efesios.

Segundo período: la primera mitad del siglo II

Uno de los primeros manuscritos del Nuevo Testamento que se descubrió en Egipto, un fragmento de Juan conocido como el papiro de John Rylands, demuestra la forma en que los escritos del apóstol Juan eran honrados y copiados alrededor de 125 d.C., en un período de treinta a treinta y cinco años después de su muerte. Hay evidencia que en los treinta años después de la muerte del apóstol, todos los Evangelios y las cartas paulinas eran conocidos y usados en todos esos centros desde donde nos ha llegado la evidencia. Es verdad que algunas de las cartas más breves fueron cuestionadas en algunos lugares en lo referente a su autoridad por tal vez otros cincuenta años, pero eso se debió solamente a la incertidumbre en esos lugares en cuanto a su paternidad literaria. Esto demuestra que la aceptación no estaba siendo impuesta por las acciones de los concilios, sino más bien que sucedía espontáneamente a través de la respuesta normal de parte de aquellos que conocían los hechos acerca de su paternidad literaria. En aquellos lugares en los cuales las iglesias estaban inseguras en cuanto a su paternidad literaria o a la aprobación apostólica de ciertos libros, la aceptación era más lenta.

Los primeros tres padres notables de la iglesia, Clemente, Policarpo e Ignacio, usaron la mayor parte del material del Nuevo Testamento de forma reveladoramente casual—las Escrituras autenticadas estaban siendo aceptadas como autoritativas sin ningún argumento. En los escritos de estos hombres sólo Marcos (cuyo material es muy paralelo al material de Mateo), 2 y 3 Juan, Judas y 2 Pedro no son atestiguados claramente.

Las Epístolas de Ignacio (circa 115 d.C.) tienen correspondencia en varios lugares de los Evangelios y parecen incorporar el lenguaje de varias de las cartas paulinas. La Didache (o Enseñanza de los Doce), tal vez aun antes, hace referencia a un Evangelio escrito. Lo más importante es el hecho de que Clemente, Bernabé e Ignacio hacen una clara distinción entre sus escritos y los escritos autoritativos e inspirados de los apóstoles.

Es en la Epístola de Bernabé, alrededor de 130 d.C., que encontramos primero la fórmula «está escrito» (4:14) usada en referencia a un libro del Nuevo Testamento (Mateo 22:14). Pero aun antes de esto, Policarpo, quien conocía personalmente a algunos testigos del ministerio de nuestro Señor, usó una cita combinada del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. Al citar la amonestación de Pablo en Efesios 4:26, donde el apóstol cita el Salmo 4:4 y hace un agregado, Policarpo, en su Epístola a los Filipenses, introduce la referencia así: «según dicen estas Escrituras» (12:1). Luego Papías, obispo de Hierápolis (circa 130–140), en un trabajo que Eusebio preservó para nosotros, menciona por nombre los Evangelios de Mateo y Marcos, y su uso de ellos, como la base de la exposición, indica que eran aceptados como canónicos. También alrededor de 140 d.C., el recientemente descubierto Evangelio de la verdad (una obra de orientación gnóstica cuyo autor fue probablemente Valentín) hace una contribución importante. Su uso de fuentes canónicas del Nuevo Testamento, las que trata como autoritativas, es lo suficientemente amplio como para garantizar la conclusión de que en Roma (en ese período) existía una compilación del Nuevo Testamento que correspondía muy de cerca a la nuestra. Se hacen citas de los Evangelios, Hechos, las cartas de Pablo, Hebreos y el libro del Apocalipsis.

El hereje Marción, al definir un canon limitado de su propia creación (circa 140), en efecto apresuró el día en que los creyentes ortodoxos necesitaron formular una declaración propia sobre este asunto. Rechazando todo el Antiguo Testamento, Marción se quedó con el Evangelio de Lucas (eliminando los capítulos 1 y 2 como demasiado judíos) y las cartas de Pablo (excepto por las pastorales). Es interesante notar, especialmente a la luz de Colosenses 4:16, que él sustituye el nombre «laodiceos» por efesios.

Cerca del final de este período Justino Mártir, al describir los servicios de adoración de la iglesia primitiva, pone a los escritos de los apóstoles a la par con los de los profetas del Antiguo Testamento. Él declara que la voz que habló a través de los apóstoles de Cristo en el Nuevo Testamento era la misma que habló a través de los profetas—la voz de Dios—y la misma voz que escuchó Abraham, a la cual respondió en fe y obediencia. Justino también usó libremente «está escrito» con citas de las Escrituras del Nuevo Testamento.

Tercer período: la segunda mitad del siglo II

Ireneo había tenido el privilegio de comenzar su adiestramiento cristiano bajo Policarpo, un discípulo de los apóstoles. Luego, cuando fue presbítero en Lyon, tuvo una asociación con el obispo Potino, cuyo propio trasfondo también incluía contacto con la primera generación de cristianos. Ireneo cita de casi todo el Nuevo Testamento sobre la base de su autoridad y afirma que los apóstoles fueron investidos con poder de lo alto. Dice que estaban «totalmente informados en lo referente a todas las cosas y tenían conocimiento perfecto … teniendo todos en igual medida y cada uno en particular el evangelio de Dios» (Contra las herejías 3.3). Ireneo da razones de por qué debe haber cuatro Evangelios. «La Palabra», dice él: «… nos dio el evangelio en forma de cuatro libros, pero unidos por un Espíritu». Además de los Evangelios, él también hace referencia a Hechos, 1 Pedro, 1 Juan, todas las cartas de Pablo excepto Filemón y el libro del Apocalipsis.

Taciano, alumno de Justino Mártir, hizo una armonía de los cuatro Evangelios llamada Diatessaron, afirmando que tenían el mismo estado en la iglesia ya en 170 d.C. Para entonces habían surgido otros «evangelios», pero él reconoció sólo a los cuatro. También alrededor del año 170 existía el Canon Muratoriano. El bibliotecario L. A. Muratori descubrió una copia del siglo VIII de este documento, la que publicó en 1740. El manuscrito está mutilado en ambos extremos, pero el texto que queda hace evidente que Mateo y Marcos estaban incluidos en la parte que falta ahora. El fragmento comienza con Lucas y Juan, cita Hechos, trece cartas paulinas, Judas, 1 y 2 Juan y el Apocalipsis. Le sigue una declaración: «Aceptamos sólo el Apocalipsis de Juan y Pedro, aunque algunos de nosotros no queremos [¿El Apocalipsis de Pedro es 2 Pedro?] que sea leído en la iglesia». La lista continúa rechazando por nombre a varios líderes herejes y a sus escritos.

Para esta época ya existían versiones traducidas. En la forma de traducciones siríacas y latinas antiguas podemos encontrar, ya en el año 170, el testimonio válido de las ramas orientales y occidentales de la iglesia, como también lo podríamos esperar de la otra evidencia a la mano. El canon del Nuevo Testamento se representa sin adiciones y la omisión de un solo libro, 2 Pedro.

Cuarto período: el siglo III

El nombre cristiano que sobresale en el siglo III es el de Orígenes (185–254 d.C.) Era un erudito y exégeta prodigioso, e hizo estudios críticos del texto del Nuevo Testamento (junto con su trabajo en Exaplos), y escribió comentarios y homilías sobre la mayor parte de los libros del Nuevo Testamento, enfatizando que fueron inspirados por Dios.

Dionisio de Alejandría, que era alumno de Orígenes, indica que mientras que la iglesia occidental aceptó el libro del Apocalipsis desde el principio, su posición en el este fue variable. En el caso de la carta a los Hebreos, la situación fue al revés. Probó ser más insegura en el oeste que en el este. Cuando se trata de otros libros en discusión (note, a propósito, que todos los que están en esa categoría tienen la posición postrera en nuestras Biblias presentes—de Hebreos a Apocalipsis), entre las así llamadas «epístolas católicas», Dionisio apoya a Santiago, y a 2 y 3 Juan, pero no a 2 Pedro o Judas. En otras palabras, aun a fines del siglo III existía la misma falta de finalidad acerca del canon que existió al comienzo del siglo.

Quinto período: el siglo IV

El cuadro comienza a aclararse temprano en este período. Eusebio (270–340 d.C., obispo de Cesarea antes del año 315), el gran historiador de la iglesia, expone su estimado del canon en su Historia Eclesiástica (3, capítulos iii–xxv). En esta obra hace una declaración directa sobre el estado del canon en la primera parte del siglo IV. (1) Los cuatro Evangelios, Hechos, las cartas de Pablo (incluyendo Hebreos, con dudas en cuanto a quién fue su autor), 1 Pedro, 1 Juan y Apocalipsis fueron aceptados como canónicos universalmente. (2) Admitidos por la mayoría, incluyendo a Eusebio mismo, pero disputados por algunos, estaban Santiago, 2 Pedro (el más fuertemente debatido), 2 y 3 Juan y Judas. (3) Los Hechos de Pablo, la Didache, y El pastor de Hermas fueron clasificados «espurios», e inclusive otros escritos estaban clasificados como «heréticos y absurdos».

Sin embargo, es en esta última mitad del siglo IV que el canon del Nuevo Testamento encuentra su declaración final. En su Carta Festiva para la Pascua del año 367, el obispo Atanasio de Alejandría incluyó información que tenía el propósito de eliminar, de una vez por todas, el uso de ciertos libros apócrifos. Esta carta, con su amonestación: «Que nadie le agregue a esto; que nada sea quitado», nos da el documento más antiguo que existe en el cual se especifican nuestros veintisiete libros sin calificarlos. Al final del siglo, el Concilio de Cartago (397 d.C.) decretó que «aparte de las Escrituras canónicas nada se debe leer en la iglesia bajo el Nombre de Escrituras Divinas». Esto también cataloga los veintisiete libros del Nuevo Testamento.

El repentino avance del cristianismo bajo el emperador Constantino (Edicto de Milán, 313) tuvo mucho que ver con la recepción de todos los libros del Nuevo Testamento en el Este. Cuando le asignó a Eusebio la tarea de preparar «cincuenta copias de las Escrituras Divinas», el historiador, totalmente consciente de cuáles eran los libros sagrados por los que muchos creyentes habían estado dispuestos a dar sus vidas, estableció en efecto la norma que dio reconocimiento a todos los libros que alguna vez habían ofrecido dudas. En el Oeste, por supuesto, Jerónimo y Agustín fueron los líderes que ejercieron una influencia determinante. La publicación de los veintisiete libros en la versión Vulgata virtualmente resolvió el asunto.

Principios y factores que determinaron el canon

Por su propia naturaleza, la Santa Escritura, ya sea el Antiguo o el Nuevo Testamento, es un producto dado por Dios y no una obra de la creación humana. La clave de la canonicidad es la inspiración divina. Por lo tanto, el método de determinación no es uno que selecciona de una cantidad de posibles candidatos (no hay otros candidatos en realidad), sino uno de la recepción de los materiales auténticos y el consecuente reconocimiento por un círculo cada vez más grande a medida que se hacen conocidos los hechos de su origen.

En un sentido, el movimiento de Montano, que la iglesia de su época declaró herético (a mediados del siglo II), fue un impulso hacia el reconocimiento de un canon cerrado de la Palabra escrita de Dios. Él enseñó que el don profético había sido concedido a la iglesia en forma permanente y que él mismo era un profeta. Por lo tanto, la presión de enfrentar al montanismo intensificó la búsqueda de una autoridad básica, y la autoría o aprobación apostólica se reconoció como la única norma verdadera para identificar la revelación de Dios. Aun con el registro de la Escritura, los profetas del primer siglo estaban subordinados y sujetos a la autoridad apostólica. (Por ejemplo, vea 1 Corintios 14:29–30; Efesios 4:11.)

Cuando todas las cosas fueron examinadas durante la Reforma protestante, algunos de los reformadores buscaron medios para asegurarse a sí mismos, y a sus seguidores, en cuanto al canon de la Escritura. En algunos aspectos, esto fue un aspecto desafortunado del pensamiento reformador, porque una vez que Dios en su providencia había determinado para su pueblo el contenido fijo de la Escritura, eso se convirtió en un hecho histórico y no era un proceso repetible. No obstante, Lutero estableció una prueba teológica para los libros de la Biblia (y cuestionó algunos de ellos)—«¿Enseñan sobre Cristo?» Parecería que igualmente subjetiva fue la insistencia de Calvino de que el Espíritu de Dios da testimonio a cada cristiano individual, en cualquier época de la historia de la iglesia, en lo referente a lo que es la Palabra de Dios y lo que no es.

En realidad, aun para la aceptación inicial de la Palabra escrita, no es seguro ni correcto (hasta donde nos enseña la Escritura o la historia) decir que el reconocimiento y la recepción fueron un asunto intuitivo. Fue más bien un asunto de simple obediencia a los mandamientos conocidos de Cristo y de sus apóstoles. Como vimos al principio, nuestro Señor prometió (Juan 14:26; 16:13) comunicar todas las cosas necesarias a sus seguidores. Los apóstoles estaban conscientes de su responsabilidad y acciones cuando escribieron. La explicación de Pablo en 1 Corintios 2:13 (NVI) es oportuna: «Esto es precisamente de lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales».

Por lo tanto, la iglesia primitiva, con vinculaciones más estrechas y más información de la que tenemos nosotros hoy, examinó el testimonio de la antigüedad. Ellos pudieron discernir cuáles eran los libros auténticos y autoritativos por su origen apostólico. La asociación de Marcos con Pedro y la de Lucas con Pablo les dieron esta aprobación, y las epístolas como Hebreos y Judas también estaban ligadas al mensaje y ministerio apostólico. La coherencia incontrovertible de doctrina en todos los libros, incluyendo los ocasionalmente disputados, fue tal vez una prueba subordinada. Pero históricamente, el proceso fue de aceptación y aprobación de aquellos libros que los sabios líderes de la iglesia habían confirmado. La aceptación total de los que recibieron estos libros en un principio, seguida por un reconocimiento y uso continuos, es un factor esencial en el desarrollo del canon.

El concepto de la iglesia sobre el canon, derivado principalmente de la reverencia que le daban a las Escrituras del Antiguo Testamento, se apoyaba en la convicción de que los apóstoles habían sido autorizados en forma única para hablar en el nombre de aquel que posee toda autoridad—el Señor Jesucristo. El desarrollo desde allí es lógico y directo. Aquellos que escucharon a Jesús en persona quedaron sujetos inmediatamente a su autoridad. Él, personalmente, les autenticó sus palabras a los creyentes. Estos mismos creyentes sabían que Jesús autorizó a sus discípulos a hablar en su nombre, tanto durante y (más significativamente) después de su ministerio terrenal. La iglesia reconocía a los que hablaban en forma apostólica a favor de Cristo, ya fuera en palabras habladas o en forma escrita. Ambas, la palabra hablada de un apóstol y la carta de un apóstol, constituían la palabra de Cristo.

La generación que siguió a la de los apóstoles mismos recibió el testimonio de aquellos que sabían que los apóstoles tenían el derecho de hablar y escribir en el nombre de Cristo. Por lo tanto, la segunda y la tercera generación de cristianos consideraban las palabras apostólicas (los escritos) como las mismas palabras de Cristo. Esto es en realidad lo que se quiere decir por canonización—el reconocimiento de la palabra divinamente autenticada. Por lo tanto, los creyentes (la iglesia) no establecieron el canon, sino que simplemente testificaron de su existencia reconociendo la autoridad de la palabra de Cristo.

Crítica del canon

Como una nota al pie de página del caso de la confiabilidad del canon de veintisiete libros del Nuevo Testamento con el cual estamos familiarizados, debe observarse que todavía hay algunos que sienten que este asunto no está arreglado, o que tal vez no se debería haber llegado a un acuerdo como se hizo. Se presentaron dos objeciones. Una de ellas tiene que ver con la insuficiencia de las soluciones que propusieron los reformadores a sus propias preguntas. Queremos sostener que las preguntas ya habían sido contestadas históricamente, y que las pruebas de canonicidad propuestas por Lutero y Calvino eran impropias. La otra objeción se basa en la suposición de que los padres de la iglesia operaban sobre información incorrecta. Varios de los libros del Nuevo Testamento, sugieren ellos, no fueron escritos hasta después de la época de los apóstoles, o por lo menos tienen una paternidad literaria cuestionable. Yo creo que estas sospechas se han tratado y desvanecido con la presentación anterior. Ningún cristiano, confiando en la obra providencial de su Dios e informado acerca de la verdadera naturaleza de la canonicidad de la Palabra de Dios, debería preocuparse por la autenticidad de la Biblia que poseemos ahora.

Bibliografía

Bruce, F. F. The Canon of Scripture [El canon de la escritura], 1988.

Gamble, Harry Y. «The Canon of the New Testament [El canon del Nuevo Testamento]» en The New Testament and Its Modern Interpreters [El Nuevo Testamento y sus intérpretes modernos], editado por E. J. Epp y G. W. McRae, 1989.

Harrison, Everett. Introduction to the New Testament [Introducción al Nuevo Testamento], 1971.

McRay, John R. «New Testament Canon [El canon del Nuevo Testamento]» en la Baker Encyclopedia of the Bible [Enciclopedia Baker de la Biblia], editado por Walter Elwell, 1988.

Comfort, P. W., & Serrano, R. A. (2008). El Origen de la Biblia (pp. 67–80). Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, Inc.

¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

DICIEMBRE 31

¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

Lectura bíblica: Juan 15:14–16

Yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y para que vuestro fruto permanezca. Juan 15:16

a1Te presento a Diana, la nadadora. Diana empezó a nadar en un equipo de natación a los nueve años y nunca aflojó. Ganaba prácticamente todas las competencia en que intervenía: estilo libre, mariposa, pecho y carreras de relevos. Para su segundo año de universidad, calificó para las Olimpiadas. El verano que viene, Diana competirá en sus primeras Olimpiadas.

Te presento a Mauricio, el creyente. A Mauricio le encanta cantar, actuar y estar en obras teatrales. En la secundaria, se ganó el rol estelar en varias obras teatrales y musicales. También era el mejor actor del ministerio teatral de su iglesia. Todos los que lo conocen están seguros de que un día lo verán en las películas. Recibió una beca a una reconocida academia de actores. Pero no la aceptó porque se anotó en un seminario con miras a ser misionero. Dentro de seis meses saldrá para las Filipinas con un equipo teatral evangelístico.

Tema para comentar: ¿Qué quieres lograr en el presente?; ¿y cuando tengas quince años?; ¿y después?

Dos estudiantes, dos metas completamente distintas. Para Diana, los logros personales constituyen el centro de su vida. Todo gira alrededor de superarse y ganar. Mauricio es distinto. Él también tiene talentos especiales, metas elevadas y logros extraordinarios. Pero a diferencia de Diana, los logros de Mauricio no lo definen. No es Mauricio el actor ni Mauricio el músico; es Mauricio el creyente quien actúa y canta. Para Mauricio, servir a Cristo tiene más importancia que sus metas personales. Él considera sus dones y talentos como maneras de servir a Cristo, y sus decisiones confirman sus creencias.

Sean cuales fueren tus habilidades y talentos, la primera tarea que Dios te da es usar tus dones para producir frutos que permanezcan. En la Biblia, el fruto representa el carácter interior tanto como el impacto que puedes tener sobre tu mundo. La primera meta de Mauricio es ser la persona que Cristo quiere que sea de modo que su vida atraiga a otros hacia Cristo. Él sabe que fama y fortuna no duran para siempre, pero sí lo harán las personas que confían en Cristo por el testimonio de su carácter y de sus palabras.

Entonces, ¿quiere decir eso que un creyente no puede llegar a ser un atleta en las Olimpiadas o un actor de Broadway? Por supuesto que no quiere decir eso. Pero no dejes que tus logros definan quién eres. Si has aceptado a Cristo como tu Salvador, eres cristiano en primer lugar, en último lugar y siempre. Haz que tu vida gire alrededor de las metas de Dios para tu vida. Luego adelante, a ser todo lo que puedas ser en todo lo que el Señor te ha dotado para ser.

PARA DIALOGAR
¿De qué manera puedes usar tus talentos y habilidades para glorificar a Dios?

PARA ORAR
Señor, queremos darte el primer lugar en todo lo que hacemos. Ayúdanos a enfocarnos primero en tus propósitos para nuestra vida.

PARA HACER
Tracen un plan como familia para seguir teniendo sus devocionales después de hoy.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

El canon del Antiguo Testamento

Sección Dos

El canon de la Biblia

El canon del Antiguo Testamento

Autor: R. T. Beckwith

a1El término «canon» viene del griego, en el que kanon significa una regla—una norma para medir. Con respecto a la Biblia, el término se refiere a los libros que cumplieron los requisitos y, por lo tanto, fueron dignos de inclusión. Desde el siglo IV, los cristianos han usado kanon para referirse a una lista autoritativa de libros que pertenecen al Antiguo Testamento o al Nuevo Testamento.

Desde hace mucho ha habido diferencias de opinión en cuanto a los libros que deberían ser incluidos en el Antiguo Testamento. En realidad, aun en épocas pre-cristianas, los samaritanos rechazaban todos los libros excepto el Pentateuco; mientras que, desde alrededor del siglo II a.C., obras seudónimas, generalmente de carácter apocalíptico, reclamaban para sí mismas el mismo estado de escritos inspirados y encontraron credibilidad en ciertos círculos. En la literatura rabínica se nos dice que en los primeros siglos de la era cristiana ciertos sabios disputaron, basados en evidencia interna, la canonicidad de cinco libros del Antiguo Testamento (Ezequiel, Proverbios, Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Ester). En el período patrístico había incertidumbre entre los cristianos en cuanto a si los libros apócrifos de las Biblias griega y latina debían ser considerados inspirados o no. Las diferencias sobre el último punto llegaron a un momento decisivo en la Reforma, cuando la Iglesia de Roma insistió que los libros apócrifos eran parte del Antiguo Testamento, o que estaban en igual categoría que el resto, mientras que las iglesias protestantes negaban esto. Mientras que algunas iglesias protestantes consideraban los libros apócrifos como lectura edificante (por ejemplo, la Iglesia de Inglaterra continuó incluyéndolos en su leccionario «para ejemplo de vida y no para establecer ninguna doctrina»), todos estuvieron de acuerdo en que, hablando debidamente, el canon del Antiguo Testamento consiste de los libros de la Biblia hebrea—los libros que los judíos reconocen y que se aprueban en la enseñanza del Nuevo Testamento. La iglesia ortodoxa oriental estuvo dividida sobre este asunto por un tiempo, pero recientemente ha tendido a acercarse más y más al lado protestante.

Lo que califica a un libro para tener un lugar en el canon del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento no es sólo que sea antiguo, informativo y útil, y que el pueblo de Dios lo haya leído durante mucho tiempo, sino que el libro tenga la autoridad de Dios en lo que dice. Dios habló a través de su autor humano para enseñarle a su pueblo lo que debían creer, y cómo debían comportarse. No es sólo un registro de revelación, sino la forma escrita permanente de la revelación. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que la Biblia es «inspirada», y este aspecto hace que los libros de la Biblia sean diferentes a todos los demás libros.

La primera aparición del canon

La doctrina de inspiración bíblica se encuentra totalmente desarrollada sólo en las páginas del Nuevo Testamento. Pero muy atrás en la historia de Israel ya encontramos ciertos escritos que son reconocidos como que tienen autoridad divina, y que le sirven como una regla de fe y práctica al pueblo de Dios. Esto se ve en la respuesta del pueblo cuando Moisés les lee el libro del pacto (Éxodo 24:7), o cuando se lee el Libro de la Ley que encuentra Jilquías, primero al rey y luego a la congregación (2 Reyes 22–23; 2 Crónicas 34), o cuando Esdras le lee el Libro de la Ley al pueblo (Nehemías 8:9, 14–17; 10:28–39; 13:1–3). Los escritos en cuestión son parte de todo el Pentateuco—en el primer caso, una parte bastante pequeña de Éxodo, probablemente los capítulos 20–23. El Pentateuco es tratado con la misma reverencia en Josué 1:7 y siguientes; 8:31; 23:6–8; 1 Reyes 2:3; 2 Reyes 14:6; 17:37; Oseas 8:12; Daniel 9:11, 13; Esdras 3:2, 4; 1 Crónicas 16:40; 2 Crónicas 17:9; 23:18; 30:5, 18; 31:3; 35:26.

El Pentateuco se presenta a sí mismo como básicamente la obra de Moisés, uno de los primeros y ciertamente el más grande de los profetas del Antiguo Testamento (Números 12:6–8; Deuteronomio 34:10–12). A menudo Dios habló a través de Moisés en forma oral, como lo hizo a través de los profetas posteriores, pero con frecuencia también se menciona la actividad de escritor de Moisés (Éxodo 17:14; 24:4, 7; 34:27; Números 33:2; Deuteronomio 28:58, 61; 29:20–27; 30:10; 31:9–13, 19, 22, 24–26). Había otros profetas en el tiempo de Moisés, y se esperaba que más siguieran (Éxodo 15:20; Números 12:6; Deuteronomio 18:15–22; 34:10), como lo hicieron (Jueces 4:4; 6:8), aunque el gran flujo de actividad profética comenzó con Samuel. La obra literaria de estos profetas comenzó, por lo que sabemos, con Samuel (1 Samuel 10:25; 1 Crónicas 29:29), y la clase de escritura en la cual se involucraron extensamente al principio era histórica, la cual más tarde llegó a ser la base para los libros de Crónicas (1 Crónicas 29:29; 2 Crónicas 9:29; 12:15; 13:22; 20:34; 26:22; 32:32; 33:18 y siguientes) y probablemente también de Samuel y Reyes, los cuales tienen mucho material en común con Crónicas. No sabemos si también Josué y Jueces fueron basados en historias proféticas de esta clase, pero es muy posible que haya sido así. Que en ocasiones los profetas escribieron oráculos queda claro de Isaías 30:8; Jeremías 25:13; 29:1; 30:2; 36:1–32; 51:60–64; Ezequiel 43:11; Habacuc 2:2; Daniel 7:1; 2 Crónicas 21:12.

La razón por la cual Moisés y los profetas escribieron el mensaje de Dios y no se contentaron con entregarlo en forma oral, fue que a veces lo enviaban a otro lugar (Jeremías 29:1; 36:1–8; 51:60 y siguientes; 2 Crónicas 21:12), pero también muy a menudo lo hicieron para preservarlo para memoria en el futuro (Éxodo 17:14), o como testigo (Deuteronomio 31:24–26), para que estuviera disponible para los tiempos venideros (Isaías 30:8). Los escritores del Antiguo Testamento conocían muy bien la poca confianza que se le puede tener a la tradición oral. Una lección objetiva aquí fue la pérdida del Libro de la Ley durante los reinados perversos de Manasés y Amón. Cuando Jilquías lo redescubrió, sus enseñanzas los sorprendieron grandemente, puesto que habían sido olvidadas (2 Reyes 22–23; 2 Crónicas 34). Por lo tanto, la forma permanente y duradera del mensaje de Dios no fue en su forma hablada sino en su forma escrita, y esto explica el surgimiento del canon del Antiguo Testamento.

No podemos estar seguros del tiempo que tomó para que el Pentateuco llegara a su forma final. Sin embargo vemos, en el caso del libro del pacto a que se hace referencia en Éxodo 24, que era posible que un documento corto como Éxodo 20–23 llegara a ser canónico antes de alcanzar el tamaño del libro del que ahora forma parte. El libro del Génesis también comprende documentos anteriores (Génesis 5:1), Números incluye un artículo de una antigua colección de poesías (Números 21:14 y siguientes) y el libro de Deuteronomio se consideraba canónico aun durante la vida de Moisés (Deuteronomio 31:24–26), porque este escrito fue colocado al lado del arca. Sin embargo, el final de Deuteronomio fue escrito después de la muerte de Moisés.

Mientras que hubo una sucesión de profetas, por supuesto que fue posible que los escritos sagrados anteriores fueran agregados o editados en la manera en que se indicó antes, sin cometer el sacrilegio acerca del cual se dan advertencias en Deuteronomio 4:2; 12:32; Proverbios 30:6. Lo mismo se aplica a otras partes del Antiguo Testamento. El libro de Josué incluye el pacto en su último capítulo, 24:1–25, originalmente escrito por el mismo Josué (24:26). Samuel incorpora el documento que dice cómo debía ser el reino (1 Samuel 8:11–18), originalmente escrito por Samuel (1 Samuel 10:25). Ambos documentos fueron canónicos desde el principio, el primero habiendo sido escrito en el mismo Libro de la Ley en el santuario de Siquem, y el último habiendo sido colocado delante del Señor en Mizpa. Hay señales del aumento de los libros de Salmos y Proverbios en el Salmo 72:20 y en Proverbios 25:1. Artículos de una antigua colección de poesías se incluyen en Josué (10:12 y siguientes), Samuel (2 Samuel 1:17–27) y Reyes (1 Reyes 8:53, LXX). El libro de Reyes nombra como sus fuentes el Libro de los hechos de Salomón, el Libro de las crónicas de los reyes de Israel y el Libro de las crónicas de los reyes de Judá (1 Reyes 11:41; 14:29 y siguientes; 2 Reyes 1:18; 8:23). Las dos últimas obras, combinadas, son probablemente lo mismo que el Libro de los reyes de Israel y Judá, nombrado a menudo como una fuente en los libros canónicos de Crónicas (2 Crónicas 16:11; 25:26; 27:7; 28:26; 35:27; 36:8 y, en forma abreviada, 1 Crónicas 9:1; 2 Crónicas 24:27). Este libro principal parece haber incorporado muchas de las historias proféticas que también se mencionan como recursos en Crónicas (2 Crónicas 20:34; 32:32).

No todos los escritores de los libros del Antiguo Testamento eran profetas, en el estricto sentido de la palabra; algunos de ellos eran reyes y sabios. Pero su experiencia de inspiración fue lo que llevó a que sus escritos también encontraran un lugar en el canon. Se habla de la inspiración de los salmistas en 2 Samuel 23:1–3; 1 Crónicas 25:1, y de los sabios en Eclesiastés 12:11 y siguientes. También note la revelación que hizo Dios en Job (38:1; 40:6) y sus inferencias en Proverbios 8:1–9:6 que el libro de Proverbios es la obra de la sabiduría divina.

El cierre de la primera sección del canon—la Ley

Las referencias al Pentateuco (en su totalidad o en parte) como canónico, las cuales vimos en los otros libros del Antiguo Testamento y que continúan en la literatura intertestamentaria, son notablemente numerosas. Esto se debe sin duda a su importancia fundamental. Las referencias a otros libros como inspirados o canónicos están, dentro del Antiguo Testamento, grandemente confinadas a sus autores: las excepciones principales son probablemente Isaías 34:16; Salmos 149:9; Daniel 9:2. Sin embargo, otra razón para esta referencia frecuente al Pentateuco puede ser que fue la primera sección del Antiguo Testamento que fue escrita y reconocida como canónica. La posibilidad de que esto fuera así surge del hecho de que fue la obra de un solo profeta de la época muy temprana, la cual fue editada después de su muerte, pero no fue abierta a adiciones continuas, mientras que las otras secciones del Antiguo Testamento fueron producidas por autores de un período posterior, cuyo número no estuvo completo hasta después del regreso del exilio babilónico. Nadie duda de que el Pentateuco estaba completo y era canónico para la época de Esdras y Nehemías, en el siglo V a.C., y es posible que lo haya sido bastante tiempo antes. En el siglo III a.C. fue traducido al griego, convirtiéndose así en la primera parte de la Septuaginta. A mitad del siglo II a.C. tenemos evidencia de que los cinco libros, incluyendo el Génesis, eran atribuidos a Moisés (vea Aristóbulo, según fue citado por Eusebio, Preparation for the Gospel [Preparación para el evangelio] 13.12). Más tarde durante ese mismo siglo, la ruptura entre los judíos y los samaritanos parece haber sido total, y la preservación del Pentateuco hebreo de parte de ambos, los judíos y los samaritanos, prueba que ya era propiedad común. Todo esto es evidencia de que la primera sección del canon estaba ahora cerrada, consistiendo de los cinco libros conocidos, ni más ni menos, persistiendo sólo variaciones textuales menores.

El desarrollo de la segunda y LA tercera seccióN del canon—los Profetas y los Hagiógrafos

El resto de la Biblia hebrea tiene una estructura diferente a la de la Biblia española. Está dividida en dos secciones: los Profetas y los Hagiógrafos (escritos sagrados). Los Profetas constan de ocho libros: los libros históricos de Josué, Jueces, Samuel y Reyes, y los libros de oráculos de Jeremías, Ezequiel, Isaías y los Doce (los Profetas Menores). Los libros hagiógrafos son once: los libros poéticos y los libros de sabiduría Salmos, Job, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares y Lamentaciones, y los libros históricos de Daniel (vea más adelante), Ester, Esdras–Nehemías y Crónicas. Este es el orden tradicional, de acuerdo al cual el restante libro hagiógrafo, Rut, es precursor de Salmos, porque termina con la genealogía del salmista David, aunque en la Edad Media fue movido a una posición posterior, junto a los otros cuatro libros de similar brevedad (Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Lamentaciones y Ester). Es digno de notar que en la tradición judía Samuel, Reyes, los Profetas Menores, Esdras–Nehemías y Crónicas, cada uno es considerado un solo libro. Esto puede indicar la capacidad de un rollo regular de cuero en el período cuando los libros canónicos fueron primero anotados y contados.

Algunas veces han surgido dudas, por razones inadecuadas, sobre la antigüedad de esta manera de agrupar los libros del Antiguo Testamento. Más generalmente, pero aún sin razón legítima, se ha asumido que refleja el desarrollo gradual del canon del Antiguo Testamento, habiendo sido esta agrupación un accidente histórico y el canon de los Profetas habiendo sido cerrado alrededor del siglo III a.C., antes de que una historia como Crónicas y una profecía como Daniel (la cual se alega que naturalmente pertenece aquí) hubieran sido reconocidas como inspiradas o, tal vez, hasta escritas. El canon de los libros hagiógrafos, de acuerdo a esta hipótesis popular, no fue cerrado sino hasta el sínodo judío de Jamnia, o Jabneh, alrededor de 90 a.C., después que la iglesia cristiana tomara un canon abierto del Antiguo Testamento. Además, un canon más amplio, conteniendo muchos de los libros apócrifos, había sido aceptado por los judíos de habla griega de Alejandría, y formaba parte del cuerpo de la Septuaginta; y la Septuaginta era el Antiguo Testamento de la iglesia cristiana primitiva. Estos dos hechos, tal vez junto a la inclinación de los esenios por los apocalipsis seudónimos, son responsables por la fluidez del canon del Antiguo Testamento en el cristianismo patrístico. Esa es la teoría.

La realidad es bastante diferente. La agrupación de los libros no es arbitraria, sino de acuerdo a su carácter literario. La mitad de Daniel es narrativa y en los hagiógrafos (de acuerdo al orden tradicional), parece estar colocado con las historias. Hay historias en la Ley (abarcando el período desde la creación hasta Moisés) y en los Profetas (abarcando el período desde Josué hasta el final de la monarquía), así que ¿por qué no debería haber historias en los hagiógrafos también, referentes al tercer período, el del exilio babilónico y el regreso? Crónicas se ha colocado en el último lugar entre las historias, como un resumen de toda la narrativa bíblica, desde Adán hasta el regreso. Está claro que el canon de los profetas no fue completamente cerrado cuando Crónicas fue escrito, porque las fuentes que cita no son Samuel y Reyes, sino las historias proféticas más completas que parecen haber servido como fuentes también para Samuel y Reyes. Los elementos más tempranos en los Profetas, incorporados en libros tales como Josué y Samuel, son por cierto muy antiguos, pero también lo son los elementos más tempranos de los hagiógrafos, incorporados en libros tales como Salmos, Proverbios y Crónicas. Tal vez estos elementos hayan sido reconocidos como canónicos antes de la compilación final de aun la primera sección del canon. Los elementos posteriores en los hagiógrafos, tales como Daniel, Ester y Esdras–Nehemías, pertenecen al final de la historia del Antiguo Testamento. Pero lo mismo es cierto de los últimos elementos en los Profetas, tales como Ezequiel, Hageo, Zacarías y Malaquías. Aun cuando los libros de los hagiógrafos tienden a ser posteriores a los Profetas, es sólo una tendencia, y la coincidencia de material es considerable. En efecto, la sola coincidencia de que los libros hagiógrafos son una colección posterior debe haber llevado a que los libros individuales fueran fechados más tarde de lo que les hubiera correspondido de otra manera.

Puesto que los libros en ambas secciones son escritos por una variedad de autores, y por lo general dependen los unos de los otros, puede muy bien ser que fueran reconocidos como canónicos individualmente, en fechas diferentes, y que al principio formaran una sola colección miscelánea. Entonces, cuando los dones proféticos fueron quitados, y el número de estos libros parecía estar completo, fueron clasificados más cuidadosamente, y fueron divididos en dos secciones diferentes. «Los libros» de los que se habla en Daniel 9:2 tal vez hayan sido un cuerpo de literatura en crecimiento, organizado sin mucha exactitud, que contenía no sólo obras de profetas como Jeremías sino también obras de salmistas como David. La tradición en 2 Macabeos 2:13 acerca de la biblioteca de Nehemías refleja esa colección mixta: «Esto también se contaba en los documentos y memorias de Nehemías, y además se contaba cómo este reunió la colección de los libros que contenían las crónicas de los reyes, los escritos de los profetas, los salmos de David y las cartas de los reyes sobre las ofrendas». La antigüedad de esta tradición se muestra no sólo en la posibilidad de que una acción tal sería necesaria después de la calamidad del exilio, sino también por el hecho de que «las cartas de los reyes sobre las ofrendas» están siendo preservadas simplemente debido a su importancia y todavía no han pasado a formar parte del libro de Esdras (6:3–12; 7:12–26). Tenía que pasar un tiempo para que los libros como el de Esdras fueran terminados, para reconocer a los libros posteriores como canónicos, y para que se dieran cuenta de que el don profético había terminado; y sólo cuando esas cosas hubieran ocurrido se podría hacer la división firme entre los profetas y los hagiógrafos, y arreglarse cuidadosamente sus contenidos. La división ya se había hecho hacia el fin del siglo II a.C., cuando el prólogo a la traducción griega de Eclesiástico fue redactado, porque este prólogo se refiere repetidamente a las tres secciones del canon. Pero parece posible que no hacía mucho que se había hecho la división, porque todavía no se le había dado un nombre a la tercera sección del canon: el escritor llama a la primera sección «la Ley» y a la segunda sección (debido a su contenido) «los Profetas» o «las Profecías», pero a la tercera sección simplemente la describe. Es «los otros que han seguido en sus pasos», «los otros libros ancestrales», «el resto de los libros». Este lenguaje implica un grupo de libros fijo y completo, pero uno menos antiguo y bien establecido que los libros que contiene. Filón, en el siglo I d.C., se refiere a las tres secciones (De vita contemplativa 25), y también Cristo (Lucas 24:44), y ambos le dan a la tercera sección su nombre más temprano de «los salmos».

El cierre de la segunda y LA tercera seccióN del canon

La fecha cuando los Profetas y los Hagiógrafos fueron organizados en sus secciones separadas fue probablemente alrededor de 165 a.C. La tradición de 2 Macabeos que se acaba de citar habla de la segunda crisis en la historia del canon: «De igual manera, Judas [Macabeo] ha reunido todos los libros dispersos por causa de la guerra que nos han hecho, y ahora esos libros están en nuestras manos» (2 Macabeos 2:14). La «guerra» que se menciona aquí es la guerra macabea de liberación del perseguidor sirio Antíoco Epífanes. La hostilidad de Antíoco contra la Escritura está registrada (1 Macabeos 1:56 y siguientes), y en efecto, es probable que Judas hubiera tenido que recolectar copias de ellos cuando terminó la persecución. Judas sabía que el don profético había cesado mucho tiempo antes (1 Macabeos 9:27), así que parece posible que cuando hubo reunido las Escrituras esparcidas, arregló y anotó la colección completa en el orden tradicional. Puesto que los libros estaban todavía en rollos separados, los cuales debían ser «compilados», lo que él debe de haber producido no habrá sido un volumen sino una colección, y una lista de los libros de la colección, dividida en tres.

Al hacer esta lista, es probable que Judas estableciera no sólo la división firme en Profetas y Hagiógrafos sino también el orden y número tradicionales de los libros que la componían. Una lista de libros tiene que tener orden y número, y el orden tradicional tiene a Crónicas como el último de los Hagiógrafos. Esta posición para Crónicas puede ser trazada hasta el siglo I d.C., puesto que está reflejada en las palabras de Cristo en Mateo 23:35 y Lucas 11:51, donde la frase «desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías» probablemente se refiere a todos los profetas que fueron mártires desde el principio del canon hasta el fin, desde Génesis 4:3–15 a 2 Crónicas 24:19–22. El número tradicional de los libros canónicos es veinticuatro (los cinco libros de la Ley, junto con los ocho libros de los Profetas y los once libros de la hagiógrafa que se enumeraron antes), o veintidós (en este caso Rut aparece como un apéndice de Jueces, y Lamentaciones de Jeremías, para conformarse al número de letras del abecedario hebreo). El número veinticuatro se registra primero en Apocalipsis de Esdras 14:44–48, alrededor de 100 d.C. El número veintidós se registra primero en Josefo (Contra Apion 1.8), un poco antes de 100 d.C., pero también probablemente en los fragmentos de la traducción griega del libro de Jubileo (¿siglo I a.C.?). Si el número veintidós data del siglo I a.C., lo mismo sucede con el número veinticuatro, porque el primero es una adaptación del segundo al número de letras del abecedario. Y puesto que el número veinticuatro, que combina algunos de los libros más pequeños en unidades separadas pero no otros, parece haber sido influenciado en esto por el orden tradicional, entonces el orden también debe ser igual de antiguo. No hay duda en cuanto a la identidad de los veinticuatro o veintidós libros—son los libros de la Biblia hebrea. Josefo dice que todos han sido aceptados como canónicos desde tiempos inmemoriales. De los escritos del siglo I d.C. o antes, se puede proveer testimonio individual de la canonicidad de casi todos ellos. Esto es cierto aun de cuatro de los cinco que disputan ciertos rabinos; solamente el Cantar de los Cantares, tal vez debido a su brevedad, permanece sin testimonio individual.

Tal evidencia implica que para el comienzo de la era cristiana, la identidad de todos los libros canónicos era bien conocida y generalmente aceptada. ¿Cómo, entonces, se ha llegado a pensar que la tercera sección del canon no fue cerrada hasta el sínodo de Jamnia, algunas décadas después del nacimiento de la iglesia cristiana? Las razones principales son que la literatura rabínica registra disputas acerca de los cinco libros, algunas de las cuales fueron resueltas en la discusión de Jamnia; que muchos de los manuscritos de la Septuaginta mezclan libros apócrifos entre los canónicos, impulsando de esta forma la teoría de un canon alejandrino más amplio; y que los descubrimientos del Qumrán muestran que los pseudepigrapha (libros apócrifos) apocalípticos fueron apreciados, y tal vez considerados canónicos, por los esenios. Pero la literatura rabínica registra objeciones académicas similares, aunque contestadas con más rapidez, a muchos otros libros canónicos, así que debe haber sido un asunto de quitar libros de la lista (si hubiera sido posible), no de agregarlos. Por otra parte, uno de los cinco libros disputados (Ezequiel) pertenece a la segunda sección del canon, la que se admite haber estado cerrada mucho antes de la era cristiana. En cuanto al canon alejandrino, los escritos de Filón de Alejandría muestran que era el mismo que el palestino. Él se refiere a las tres secciones familiares y le atribuye inspiración a muchos de los libros en las tres, pero nunca a ninguno de los apócrifos. En los manuscritos de la Septuaginta, algunos cristianos han vuelto a arreglar, de forma no judía, los libros de los Profetas y los Hagiógrafos, y la mezcla de libros apócrifos allí es un fenómeno cristiano y no uno judío. En el Qumrán los apocalipsis pseudónimos probablemente se veían más como un apéndice esenio al canon estándar judío que como una parte integral de él. Se hacen referencias a este apéndice en el registro de Filón de la Therapeutae (De Vita Contemplativa 25) y en Apocalipsis de Esdras 14:44–48. Un hecho igualmente significativo descubierto en Qumrán es que los esenios, aunque eran rivales del judaísmo tradicional desde el siglo II a.C., reconocieron como canónicos algunos de los Hagiógrafos, y presumiblemente lo habían hecho desde antes de que comenzara la rivalidad.

Del canon judío al cristiano

Los manuscritos de la Septuaginta son paralelos con los escritos de los padres de la iglesia cristiana primitiva, quienes (por lo menos fuera de Palestina y Siria) normalmente usaban la Septuaginta o la antigua versión latina derivada. En sus escritos hay ambos, un canon amplio y otro reducido. El amplio comprende aquellos libros desde antes del tiempo de Cristo que generalmente eran leídos y estimados en la iglesia (incluyendo los apócrifos), pero el canon reducido está confinado a los libros de la Biblia hebrea, a los cuales los eruditos como Melitón, Orígenes, Epifanio y Jerónimo distinguen claramente del resto como los únicos inspirados. Los libros apócrifos fueron conocidos desde el principio en la iglesia, pero cuanto más atrás se va, tanto más raro es que sean tratados como inspirados. En el Nuevo Testamento mismo, encontramos a Cristo reconociendo las Escrituras judías por varios de sus títulos corrientes, y aceptando las tres secciones del canon judío y el orden tradicional de los libros; y encontramos que se refiere a la mayoría de los libros como que tiene autoridad divina—pero no así de ninguno de los apócrifos. Las únicas excepciones aparentes se encuentran en Judas: Judas 9 (citando la obra apócrifa El testamento de Moisés) y Judas 14, citando Enoc. El hecho de que Judas cite estas obras no quiere decir que creyera que eran divinamente inspiradas, al igual que la cita de Pablo de varios poetas griegos (vea Hechos 17:28; 1 Corintios 15:33; Tito 1:12) no les atribuye inspiración divina a la poesía de ellos.

Lo que evidentemente sucedió en los primeros siglos del cristianismo es esto: Cristo les pasó a sus seguidores, como la Santa Escritura, la Biblia que él había recibido, que contiene los mismos libros de la Biblia hebrea de hoy. Los primeros cristianos compartieron con sus contemporáneos judíos un conocimiento completo de la identidad de los libros canónicos. Sin embargo, la Biblia no se encontraba todavía entre dos tapas: era una lista memorizada de rollos. La brecha con la tradición oral judía (una brecha muy necesaria en algunos asuntos), la separación entre judíos y cristianos y la ignorancia general de las lenguas semíticas en la iglesia fuera de Palestina y Siria llevaron a dudas crecientes en cuanto al canon entre los cristianos, lo cual fue acentuado por la aparición de nuevas listas de los libros bíblicos, arreglados sobre otros principios, y la introducción de nuevos leccionarios. Tales dudas sobre el canon sólo podían ser resueltas, y sólo se pueden resolver hoy, de la forma en que fueron resueltas en la Reforma—regresando a las enseñanzas del Nuevo Testamento y al trasfondo judío sobre cuya base es que se debe entender.

Bibliografía

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“Si no fuera por Emilia…”

Diciembre 30

“Si no fuera por Emilia…”

Lectura bíblica: Juan 15:9–13

Este es mi mandamiento; que os améis los unos a otros, como yo os he amado. Juan 15:12

a1—Lindo vestido, Irene —dijo una compañera burlonamente—. ¿Qué hizo tu mamá con la otra mitad de las cortinas viejas? ¿Le hizo pantalones a tu hermano?

Sin querer, Emilia oyó. Sabía que Irene estaba recibiendo su dosis diaria de crueldad por parte de sus compañeras de clase. Irene no tenía cualidades que la hubieran hecho popular. Era callada, tímida, y una verdadera “luz” en los estudios. Prácticamente vivía en la biblioteca. No hacía deportes ni por casualidad. Y la ropa que usaba… en fin… requete pasada de moda. Cualquiera que atreviera a llamarse su amiga se arriesgaba a ser marginada, por eso nadie se acercaba a ella.

El domingo siguiente, Emilia escuchó este pasaje en la iglesia: “El que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto” (1 Juan 4:20).

Después, Emilia no podía dejar de pensar en Irene, y en ese versículo bíblico. Sabía lo que Jesús quería que hiciera. Mientras las demás compañeras la miraban y se reían de ella, se acercó a Irene y se sentó con ella en el recreo.

Emilia siguió siendo una buena amiga de Irene en la secundaria, aun a costa de otras amistades. Al terminar la secundaria, Irene, la “luz”, tenía las mejores calificaciones de su clase. Un gran honor, excepto que en su escuela era la costumbre que el mejor alumno del último año tenía que hacer un discurso de despedida en el acto de fin de año. Parada en la plataforma en la ceremonia, Irene se esforzó por agradecer a sus padres y a sus profesores por el apoyo que le habían brindado. De pronto, se le hizo un nudo en la garganta. Cuando Emilia vio que su amiga se iba a poner a llorar, se levantó de su asiento para pararse a su lado.

Tomada de la mano de Emilia, Irene continuó:

—Sobre todo, quiero agradecer a Emilia. Cuando me sentía peor que nunca, rechazada y avergonzada, me demostró lo que significa ser una amiga. Si no hubiera sido por Emilia, no estaría hoy aquí.

Amar a otros como nos ama Cristo puede resultar caro. Pero piensa en el precio que Jesús pagó para amarnos. Él dejó la gloria y el esplendor del cielo. Vino a la Tierra, donde la gente se burló de él, donde lo rechazaron, azotaron y escupieron, y luego fue crucificado.

Jesús quiere que compartamos el maravilloso amor que nos ha dado. Vale la pena amar a cada persona con la que te encuentras. Y cuando amas como ama Jesús, nunca sabes qué grandes amigos conseguirás.

PARA DIALOGAR
¿De qué manera puedes amar a aquellos que el mundo no ama? ¿Qué te costará? ¿Estás dispuesto a pagar el precio?

PARA ORAR
Señor, enséñanos a amar a los demás como tú nos amas.

PARA HACER
¿Puedes pensar en alguien en tu mundo que te recuerda a Irene? ¿Qué puedes hacer para ofrecerle tu amistad?

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

La inerrancia e infalibilidad de la Biblia

La inerrancia e infalibilidad de la Biblia

Autor: Harold O. J. Brown

a1“Inerrancia» e «infalibilidad» son términos teológicos que muchos cristianos usan cuando definen la singularidad de la Biblia. Los cristianos creen que Dios ha comunicado las buenas nuevas de la salvación tanto «en persona», a través de Jesucristo, como «por escrito», a través de la Biblia. Por lo tanto, los cristianos siempre han considerado a la Biblia como un libro único y, por su naturaleza, diferente a otros libros.

Trasfondo histórico

El pueblo de Dios siempre ha tenido una relación intensa con la Escritura escrita: los judíos con el Antiguo Testamento, la iglesia cristiana con el Antiguo y el Nuevo Testamento. Tanto los cristianos como los judíos han sido llamados «la gente del Libro». Desde el comienzo de la iglesia, los cristianos han reconocido que las Escrituras (primero el Antiguo Testamento y luego también el Nuevo) han sido inspiradas por Dios. La palabra griega para «inspirado» significa literalmente que «Dios lo espiró»: «Toda Escritura es inspirada por Dios» (2 Timoteo 3:16). Los conceptos de inerrancia e infalibilidad surgieron en las discusiones teológicas concernientes a la inspiración de la Escritura. Los teólogos se preguntaron cómo un libro que «Dios espiró» sería diferente de los demás libros.

Desde una época temprana se entendía que la inspiración de Dios se extendía no simplemente a los escritores de la Escritura o a los conceptos expresados en la Escritura, sino a todas las palabras escritas en las Escrituras. Ese concepto, conocido como la doctrina de inspiración «verbal» o «plenaria» (completa), fue manifestado por Ireneo, un obispo del siglo II de Lyon en Galia (Francia), en su obra Tratado contra las herejías. Agustín (del siglo IV), obispo de Hipona en el norte del África, expresó la misma convicción—a saber, que la inspiración significaba dictado por el Espíritu Santo. Para Ireneo y Agustín, la inspiración no era una toma de poder estática de la consciencia humana del escritor, sino más bien un alto grado de iluminación y conocimiento de la revelación de Dios. Clemente de Alejandría, su alumno Orígenes, y Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín, todos hablaban de la inspiración como extendiéndose a cada palabra de la Escritura. Los primeros eruditos cristianos, quienes confiaban en Dios como el Dios de toda verdad y considerándolo incapaz de decepción o confusión, consideraban que su Escritura inspirada verbalmente era igualmente confiable.

El significado de los términos

Puede decirse que la «infalibilidad» es la consecuencia subjetiva de la inspiración divina; es decir, define a la Escritura como veraz y digna de confianza para aquellos que se vuelven a ella en busca de la verdad de Dios. Como una fuente de verdad, la Biblia es «indefectible» (es decir, no puede abandonar o apartarse de la verdad). Como consecuencia, nunca le fallará o engañará a nadie que confíe en ella.

«Inerrancia» es un concepto estrechamente relacionado, pero un término posterior y menos aceptado en general. Implica que la Biblia no contiene errores de hechos (errores en el material) ni contradicciones internas (errores formales). El concepto de infalibilidad encara el conocimiento personal de Dios y la seguridad de la salvación. La inerrancia trata más específicamente de la transmisión exacta de los detalles de la revelación.

Aunque en muchos de los escritos teológicos los dos términos se usan en forma intercambiable, infalibilidad es un término más amplio. Los que creen en una Biblia inerrante también creen en una Biblia infalible. Lo contrario no es necesariamente cierto. Aunque mucho depende de cómo se define «error», algunos eruditos argumentan que la Biblia puede ser infalible (en lograr el propósito de Dios) sin tener que estar libre de error. Proponen una doctrina más «dinámica» de infalibilidad que continuaría operando aun si se descubrieran errores bíblicos.

Varios escritores evangélicos contemporáneos, tales como el difunto Francis A. Schaeffer y Juan D. Woodbridge, han objetado a cualquier doctrina de «infalibilidad dinámica» como no bíblica, dualista o aun desatinada. Sin embargo, muchos evangélicos respetables creen que uno puede considerar la Biblia como «la única regla perfecta de fe y práctica» sin requerir o insinuar inerrancia estricta.

Los evangélicos reconocen que la Biblia es humana como también divina. El erudito neo-ortodoxo Karl Barth (l886–l968) fue más allá, manteniendo que puesto que «errar es humano», un libro humano (aunque también divino) debe contener errores. Barth fue reacio en cuanto a atribuirle algún error específico a la Biblia, sin embargo argumentó que el error no se puede excluir en principio. La mayoría de los eruditos no evangélicos rechaza ambas, la infalibilidad y la inerrancia, y no ven ningún mérito en tratar de separarlas.

Controversia reciente

Una publicación de Harold Lindsell, The Battle for the Bible [La batalla por la Biblia] (1976), enfocó la atención en el «asunto de la inerrancia». El autor destacó que varios líderes evangélicos prominentes, incluyendo algunos de sus antiguos colegas, habían comenzado a apartarse de un punto de vista ortodoxo de la Biblia. Muchos de los que comparten la preocupación de Lindsell lamentan cualquier división entre los evangélicos, pero ven la inerrancia como un asunto importante. Otros lamentan la atención que ha recibido la inerrancia y están preocupados por la inerrancia más como una amenaza a la unidad evangélica que como un asunto teológico importante.

Un grupo, representado por el Congreso Internacional sobre Inerrancia Bíblica (fundado en 1977), considera la doctrina de la inerrancia como una coyuntura crítica en la ortodoxia cristiana. Un segundo grupo parece reclamar que aunque la inerrancia sea verdad, no debería ser una «prueba de membresía». Un tercer grupo, representado por Jack Rogers de Fuller Theological Seminary, mientras que no niega explícitamente que la inerrancia sea verdad, alega que es una formulación histórica condicional tardía de la posición cristiana.

Rogers manifestó su posición en su propia colaboración a Biblical Authority [Autoridad bíblica] (1977), un libro del cual fue editor. Rogers vio la doctrina de la inerrancia como derivada de raíces aristotélicas-tomistas. Él argumentó que la inerrancia chocaba con una posición más normativa basada en Platón y Agustín, y sostenida por Lutero y Calvino. Rogers señaló que la doctrina de la inerrancia no recibió formulación explícita hasta el siglo XVII.

De acuerdo a sus críticos, Rogers trató sin éxito de demostrar que puesto que Lutero y Calvino hablaron de los elementos humanos de la Escritura, también aceptaban el error humano en ella. Para tales críticos, un punto de vista más admisible es que Lutero y Calvino ni asumían ni admitían errores en la Escritura—es decir, que daban por sentada la inerrancia. Además, ellos no hicieron de la inerrancia una prueba de la ortodoxia, porque la pregunta todavía no había sido formulada en esos términos.

Los que afirman la infalibilidad o inerrancia ven su posición como una conclusión teológica de las doctrinas bíblicas de Dios y de la inspiración. Los que disputan este punto de vista, como Karl Barth, casi siempre concluyen que puesto que la Biblia es un libro humano, necesariamente debe contener error. En otras palabras, el asunto no es principalmente de interpretación bíblica sino de teología y epistemología (la rama de la filosofía que trata de la teoría del conocimiento). Por supuesto que los intentos para demostrar que la Biblia no tiene ningún error material o contradicción interna requieren interpretación bíblica.

Muchas declaraciones bíblicas se refieren a asuntos que no pueden ser probados ni desaprobados. Sin embargo, muchas supuestas contradicciones han sido resueltas, o reducidas considerablemente, por medio de una exégesis competente. Por ejemplo, esto se aplicaría a las aparentes discrepancias en las genealogías de Jesús (Mateo l; Lucas 3), las varias narraciones de la conversión de Pablo (Hechos 9; 22; 26), y los supuestos errores en cuanto a hechos—tal como la referencia a la liebre como un animal que rumia (Levítico 11:6), y el sol que se detuvo en Gabaón (Josué 10:12–14). Aunque todavía quedan dificultades lógicas y científicas, es imposible decir si esas dificultades son, estrictamente hablando, errores o sólo contradicciones aparentes, faltas de un copiador o traductor, o un problema de la brecha cultural, retórica o histórica entre el escritor y el lector.

La inerrancia y los autógrafos

Hablando debidamente, la inerrancia se atribuye solamente a los escritos originales o «autógrafos» de la Escritura, los cuales ya no existen. Los eruditos bíblicos concuerdan por lo general que los manuscritos de la Biblia que existen contienen algunos errores cometidos por los que los copiaron, usualmente detectables al comparar manuscritos posteriores con los más antiguos que se tienen, y al aplicar la crítica textual. Los críticos de la inerrancia y la infalibilidad argumentan que puesto que la doctrina se aplica sólo a los autógrafos, en realidad es irrelevante en la actualidad.

Desde un punto de vista negativo, si los manuscritos originales contenían errores, entonces por supuesto que las copias y las traducciones disponibles hoy también los contendrían. Desde un punto de vista positivo, los defensores de la inerrancia, como Francis Pieper, presidente de Concordia Theological Seminary (St. Louis) a comienzos del siglo XX, han hecho una deducción significativa del estado infalible e inerrante de los autógrafos. Han insistido en que para todos los propósitos prácticos (es decir, para asuntos de fe y vida), los textos actuales y las buenas traducciones también pueden considerarse inerrantes. Los que apoyan la inerrancia sostienen que la confianza de los creyentes cristianos en las traducciones modernas de la Biblia descansa firmemente en la creencia de la infalibilidad de los escritos originales.

Si algunos de los errores de los copistas han sido detectados en los manuscritos bíblicos existentes, también pueden existir otros más difíciles de detectar. Aquellos que afirman la inerrancia en los autógrafos deben compartir la preocupación de otros eruditos bíblicos que reconocen y bregan con problemas textuales en las copias existentes.

Inspiración verbal e inerrancia

Jesús, al igual que los judíos en la época del Antiguo Testamento, creía que la veracidad de la Escritura extendía no sólo a sus enseñanzas más importantes, sino hasta los detalles más minúsculos: «Les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido» (Mateo 5:18, NVI). El apóstol Pablo reiteró esta postura (Hechos 24:14; 2 Timoteo 3:16). La autoridad de Jesús y de Pablo apoya creer en todo lo que afirma la Escritura. Se debería esperar que los que llaman a Jesús Señor y aceptan sus enseñanzas tengan una perspectiva alta sobre la Escritura, tal como la tuvo Jesús.

Los conceptos de inspiración verbal y de infalibilidad pueden ser investigados en forma regresiva hasta los padres de la iglesia primitiva. No son ideas nuevas. La inspiración verbal parece implicar inerrancia, puesto que de otra manera el Espíritu Santo sería el autor de error. La iglesia medieval, aunque le daba autoridad a la tradición a la par que a la Escritura, continuó reafirmando la inspiración verbal y la infalibilidad, y aun (en principio) la suficiencia de la Escritura.

Martín Lutero y otros reformadores protestantes no tuvieron la necesidad de exaltar la autoridad e infalibilidad de la Escritura, que la iglesia romana católica también aceptaba. Más bien, trataron de combatir la exaltación católica de la tradición a un estado igual o aun superior a la Escritura. Por lo tanto, la Reforma no produjo declaraciones explícitas afirmando la inerrancia o infalibilidad de la Escritura. Los sucesores de Martín Lutero y Juan Calvino, sin embargo, sí hicieron tales afirmaciones explícitas.

Después de la Reforma surgió el racionalismo. En el siglo XVIII, el racionalismo estaba caracterizado por una confianza optimista en el razonamiento humano crítico y un desdén por las influencias sobrenaturales en los asuntos humanos. El racionalismo formuló las primeras afirmaciones serias de que la Biblia era como cualquier otro libro humano y por lo tanto falible. Esa presunción llevó a repetidos malentendidos (y, a veces, a falsificaciones) de la naturaleza y el contenido de la Escritura.

Las dudas contemporáneas acerca de la inerrancia e infalibilidad de la Escritura, de parte de eruditos evangélicos, a menudo nacen de un deseo de reconocer o de llegar a cierta clase de arreglo con el método histórico de estudiar la Biblia. Sin embargo, muchos piensan que ese método comienza con la suposición de que la Biblia no puede ser lo que afirma ser. Entre las denominaciones principales de Estados Unidos, el Sínodo de la Iglesia Luterana de Missouri, guiado por su presidente, Jacob A. O. Preus, tomó una postura definida sobre la inerrancia bíblica. Identificó y repudió todo el método histórico crítico, con sus suposiciones, como la raíz de donde crecen todas las controversias contemporáneas sobre la inerrancia. Los luteranos del Sínodo de Missouri argumentaron que el rechazo del método no implica el rechazo de la investigación erudita; lo que rechazaron es toda «investigación» en la que las presunciones impiden aceptar la Biblia como cualquier otra cosa que no sea un libro humano. Los que apoyan la inerrancia sostienen que el caso contra ella parte del prejuicio contra lo sobrenatural, el cual, en principio, repudiará no simplemente la inerrancia sino cualquier superintendencia o inspiración divina.

Dos teólogos evangélicos ortodoxos argumentando a favor de la inerrancia, Benjamin B. Warfield y Clark Pinnock, usaron la misma expresión gráfica acerca de la inspiración, a saber, que una «avalancha de textos» de la Escritura la apoyan. Sin embargo, cuando se examina, su «avalancha» parece consistir principalmente de unas pocas piedras grandes (Mateo 5:18; Juan 10:35; 2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:21). La Escritura parece presuponer su propia inerrancia sin declararla explícitamente. Para muchos cristianos, un argumento irresistible de la inerrancia se encuentra en el simple mandamiento de Jesús de que aprendamos de él (Mateo 11:29; compare con Juan 13:13), aunado al hecho de que Jesús aceptó las Escrituras del Antiguo Testamento como completamente confiables aun en sus detalles (Mateo 5:18; Juan 10:35).

Posiciones confesionales

La mayoría de las confesiones de fe afirma la esencia de la inerrancia. Fue la posición oficial de la iglesia católica romana hasta que esa posición, bajo la influencia liberal protestante, se mitigó un poco en el Concilio Vaticano II (1962–1965). Entre las declaraciones de la Reforma, la Confesión Bélgica (1561), y la Confesión de Fe de Westminster, ambas afirmaron la perfección de la Escritura. Se encuentran posiciones similares en la Confesión de Augsburgo (1530) del luteranismo, y en los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra (1563). Confesiones más recientes, como la Confesión Bautista de New Hampshire de 1832, se refieren a la Biblia como conteniendo «verdades sin ninguna mezcla de error en su materia».

¿Problemas o errores?

Todo lector alerta de la Escritura se dará cuenta de problemas en el texto, aunque muchas aparentes discrepancias o posibles errores desaparecen bajo un escrutinio hecho sin prejuicios. Sin embargo, aun después de un estudio cuidadoso, quedan algunos problemas. El debate sobre la inerrancia con frecuencia se reduce a elegir entre tolerar tales problemas como«preguntas no contestadas» o transferirlos a la categoría de «errores demostrados». A menudo esa decisión refleja la actitud inicial de la persona hacia la Escritura y hacia los métodos críticos. Si la Escritura es aceptada como la Palabra de Dios inspirada, como «la norma que pone la norma», la persona dudará en cuanto a cargarla con error—porque para hacerlo debe tener alguna otra norma, tal vez más alta, para evaluar la Escritura. Históricamente, la duda acerca de la inerrancia seguía, más bien que producía, la convicción de que la Biblia es simplemente un libro humano falible. Entonces, la persona debería considerar la posibilidad de que el reconocimiento de error en la Escritura es la consecuencia lógica de una decisión anterior de juzgar a la Biblia, más que dejar que la Biblia sea la norma de todos los juicios.

Algunos han dicho que las variaciones en el orden cronológico constituyen error—por ejemplo, en la secuencia de las tentaciones de Jesús (compare Mateo 4:1–11 y Lucas 4:1–13). Pero aun tan temprano como en el siglo II, un escritor cristiano llamado Papías informó que los escritores de los Evangelios no tuvieron la intención de registrar los eventos de la vida de Jesús en el orden en que ocurrieron, implicando que sus contemporáneos no encontraron nada extraño o incorrecto en esa práctica.

Los números en la Escritura, los cuales presentan problemas frecuentes, a veces se pueden explicar sobre la base de prácticas tradicionales de dar valores aproximados o números redondos. Por ejemplo, el valor de la constante trigonométrica (π) calculada de la descripción de la fuente de Salomón (1 Reyes 7:23) es acertada, pero como diría un científico, a «una sola cifra significante». La duración de la cautivad de Israel en Egipto se predice como aproximadamente 400 años (Génesis 15:13), y registrada más precisamente como 430 años (Éxodo 12:40–41). Los así llamados errores científicos a menudo surgen de una comprensión impropia del significado real de oscuros textos hebreos o griegos. Todavía quedan algunas dificultades, sin embargo, muchas que parecían enormes hace 50 años, o aun 20 años, fueron resueltas cuando se obtuvo nueva información arqueológica, textual o científica. Ninguna teoría, ya sea en la teología o en la ciencia, está completamente libre de dificultades. J. C. Ryle, un obispo evangélico de Liverpool (Inglaterra), dijo: «Las dificultades que se le presentan a cualquier otra teoría de inspiración son diez veces más grandes que las que se le presentan a la nuestra».

Posiciones evangélicas discrepantes

Entre los evangélicos, un grupo grande ha demostrado siempre poco interés en la doctrina de la inerrancia, y algunos de ellos inclusive la han rechazado. Por ejemplo, muchos cristianos británicos y alemanes mantienen un punto de vista uniforme y elevado de la confiabilidad de la Escritura sin adoptar la terminología de la inerrancia. Prefieren términos como «infalibilidad» o «confianza absoluta», etcétera. Algunos evangélicos europeos reconocen la presencia de errores menores en la Biblia; otros que no harían tal confesión todavía no quieren defender y apoyar la inerrancia.

En los Estados Unidos, la publicación del libro de Lindsell trajo la pregunta de la inerrancia a la atención del público evangélico. Muchos teólogos evangélicos, que preferirían dedicar sus energías a otros asuntos, se sintieron obligados a tomar una posición en cuanto a la inerrancia. Los líderes evangélicos «separatistas» algunas veces han expresado su sospecha de que otros evangélicos (tales como el teólogo canadiense Clark S. Pinnock) tomaron una posición «de mediador» en la inerrancia para obtener o mantener aceptación en los círculos teológicos liberales.

Para muchos cristianos de persuasión liberal, y generalmente para los inconversos, la discrepancia sobre inerrancia parece ser una pequeña objeción entre dos puntos de vista igualmente inaceptables de la Escritura. El concepto de un libro que tiene autoridad sobrenatural es extraño para el espíritu secular de la época. Aun Karl Barth, tal vez la mente teológica más notable del siglo XX, tuvo dificultades para lograr una audiencia para su punto de vista básicamente conservador (pero no «inerrantista») de la Escritura. Aquellos evangélicos que proponen un punto de vista «dinámico» de la autoridad bíblica probablemente están más cerca de la «neo-ortodoxia» de Barth que de la «ortodoxia de Princeton» de B. B. Warfield. Al igual que Barth, pueden encontrar difícil evitar que sus estudiantes y sucesores se muevan a un punto de vista más relativista y flexible de la Escritura.

Conclusión

No puede haber duda de que a través de la historia, la iglesia de Jesucristo ha estado dedicada a un punto de vista sobre la inspiración que para la mayoría de los cristianos implica inerrancia, aun cuando el término mismo no se usaba. El debate reciente sobre la doctrina de la inerrancia enfoca la atención tanto en preguntas de detalles como en la pregunta fundamental de cuál es la fuente final de la autoridad cristiana. Los cristianos afirman que Jesucristo, y no la doctrina de la Escritura o la infalibilidad bíblica, es la realidad central de la fe cristiana.

Aunque la inerrancia, formulada para explicar la doctrina de la inspiración, ha sido descrita como una «doctrina tardía y derivada», muchos creyentes evangélicos la aceptan sobre la base del testimonio de la Biblia sobre sí misma. Otros cristianos, que se consideran a sí mismos evangélicos, no aceptan la doctrina de la inerrancia. En el siglo XIX, el obispo Pole hizo una advertencia en cuanto a contemporizar con la infalibilidad bíblica y la inerrancia: «Una vez que permitimos que el gusano carcoma la raíz, no debemos sorprendernos si las ramas, las hojas y el fruto se pudren poco a poco».

Bibliografía

Cameron, Nigel M. de S. Biblical Higher Criticism and the Defense of Infallibilism in Nineteenth Century Britain [La alta crítica bíblica y la defensa de la infabilidad en Inglaterra en el siglo XIX], 1987.

Carson, D. A., y John D. Woodbridge, editores. Scripture and Truth [La escritura y la verdad], 1986.

Conn, Harvie, editores. Inerrancy and Hermeneutics: A Tradition, a Challenge, a Debate [La inerrancia y la hermenéutica: Una tradición, un desafío, un debate], 1989.

Rogers, Jack y Donald McKim. The Authority and Interpretation of the Bible: An Historical Approach [La autoridad y la interpretación de la Biblia: Un enfoque histórico], 1979.

Warfield, Benjamin B. Limited Inspiration [Inspiración limitada], sin fecha.

Comfort, P. W., & Serrano, R. A. (2008). El Origen de la Biblia (pp. 39–50). Carol Stream, IL: Tyndale House Publishers, Inc.

“¿Quién soy en Cristo?”

Autor: GotQuestions.org/Espanol

“¿Quién soy en Cristo?”

a1De acuerdo a 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” Hay dos palabras griegas que son traducidas como “nuevo” en la Biblia. La primera, neos se refiere a algo que acaba de ser hecho, pero que existen muchos otros iguales a el. La palabra traducida “nueva” en este verso, es la palabra kainos, la cual significa algo recién hecho, el cual no se parece a nada que exista. En Cristo, somos hechos enteramente una nueva creación, al igual que Dios creó originalmente los cielos y la tierra. Él los creó de la nada, y de igual manera lo hace con nosotros. Él no sólo nos limpia de nuestro antiguo yo, sino que Él hace de nosotros un ser enteramente nuevo, y ciertamente, este nuevo ser es parte de Cristo Mismo. Cuando estamos en Cristo, somos “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). Dios Mismo, en la persona de Su Espíritu Santo, hace Su morada en nuestros corazones. Nosotros estamos en Cristo, y Él está en nosotros.

Cuando estamos en Cristo, y Él en nosotros, somos regenerados, renovados y renacidos, y esta nueva creación es de mentalidad espiritual, mientras que la antigua es de mentalidad carnal. La nueva naturaleza es en compañerismo con Dios, obedientes a Su voluntad y devotos a Su servicio. Estos son aspectos que la antigua naturaleza es incapaz de hacer o aún desear hacerlo. La antigua naturaleza está muerta a las cosas del espíritu y no puede revivirse a sí misma. Está “muerta en sus delitos y pecados” (Efesios 2:1), y sólo puede revivirse mediante una resucitación espiritual, la cual sucede cuando venimos a Cristo y somos hechos Su morada. Él nos da una naturaleza totalmente nueva y santa y una vida incorruptible. Nuestra antigua vida, previamente muerta ante Dios por causa del pecado, es sepultada, y somos resucitados “para andar en vida nueva” con Él (Romanos 6:4).

En Cristo, estamos unidos a Él, dejando de ser esclavos del pecado (Romanos 6:5-6); Dios “…nos dio vida juntamente con Cristo..” (Efesios 2:5); “…hechos conforme a la imagen de Su Hijo…” (Romanos 8:29); libres de la condenación y no andando conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:1), y formando parte del cuerpo de Cristo con otros creyentes (Romanos 12:5). El creyente posee ahora un corazón nuevo (Ezequiel 11:19), y ha sido bendecido “con toda bendición espiritual en los lugares celestes en Cristo.” (Efesios 1:3).

Entonces nos gustaría saber por qué con tanta frecuencia no vivimos de la manera descrita, aún habiéndole entregado nuestras vidas a Cristo y estando seguros de nuestra salvación. Esto sucede porque nuestras nuevas naturalezas residen en nuestros antiguos cuerpos carnales y estos dos están en guerra uno contra el otro. La antigua naturaleza está muerta, pero la nueva naturaleza aún tiene que batallar con la antigua “tienda” en la que aún mora. El mal y el pecado aún están presentes, pero el creyente ahora los ve en una nueva perspectiva, y ellos ya no lo controlan como alguna vez lo hacían. En Cristo, ahora podemos elegir resistir al pecado, mientras que la antigua naturaleza no podía. Ahora tenemos la oportunidad de elegir si alimentamos la nueva naturaleza mediante la Palabra, la oración y la obediencia, o alimentamos la carne, al descuidar esas cosas e involucrarnos con el pecado.

Cuando estamos en Cristo, “somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó…” (Romanos 8:37), y podemos regocijarnos en nuestro Salvador, quien hace posibles todas las cosas. En Cristo somos amados, perdonados y tenemos la promesa de salvación. En Cristo somos adoptados, justificados, redimidos, reconciliados y elegidos. En Cristo somos victoriosos, llenos de gozo y paz, obteniendo un verdadero significado de la vida. ¡Qué maravilloso Salvador es Cristo!

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“Quiero ser como Mike”

Diciembre 29

“Quiero ser como Mike”

Lectura bíblica: Juan 15:5–8

Separados de mí, nada podéis hacer. Juan 15:5

a1Había una vez en los Estados Unidos de América una gigantesca compañía de bebidas deportivas que lanzó una campaña de avisos animando a la gente a “ser como Mike”. “Mike” se refería a Michael Jordan, el astro nacional de baloncesto. La frase “quiero ser como Mike” estaba en todas partes. La decían los chicos. La cantaban los adultos. Y, por los anuncios, parecía que lo único que había que hacer para ser totalmente popular, talentoso y adinerado como Michael Jordan era tomar un trago de esa bebida.

Cada clic del control remoto de la TV te bombardea con la recomendación de que seas como algún famoso. Usa esta colonia, ponte ese maquillaje, toma esa bebida y —¡presto!— serás un famoso.

Tema para comentar: ¿Es posible llegar a ser como las personas en los anuncios? ¿De qué manera podemos llegar a ser como alguien?

A menos que conozcas a alguien personalmente, nunca sabrás cómo es realmente, y si no sabes como es ¡nunca puedes ser como él! Si quieres ser como Mike, tienes que conocer al verdadero Mike, no al Mike de los anuncios. Tienes que pasar tiempo con él, embocar al aro jugando al baloncesto con él y dejar que te susurre en el oído cuál bebida deportiva realmente toma. Tienes que conocer a Mike para ser como Mike.

Del mismo modo, para llegar a ser como Jesús tienes que conocerlo personalmente. Si quieres tener una carácter como el de Cristo tienes que conocer al verdadero Jesucristo tan bien que lo que él es tiene un impacto sobre tu vida. Jesús dijo acertadamente: “Separados de mí, nada podéis hacer”.

Entonces, ¿cómo puedes llegar a conocer a Jesucristo estrecha y personalmente? Puedes escuchar lo que otros dicen de él, pero ¿eso basta? En realidad no, porque estás oyendo únicamente lo que ellos saben de él. Escuchar lo que dicen de Cristo tu pastor o tus padres o tu maestro de la Escuela Dominical, no basta. Tienes que hacer más. Tienes que acercarte personalmente a él.

Los demás no pueden acercarse a Dios en tu lugar. No pueden leer, estudiar, memorizar y meditar la Palabra de Dios en tu lugar. No pueden ocupar su tiempo en hablar con Jesús en tu lugar.

Llegar a conocerlo tiene que ser tu decisión y desafío. Pero cuando lo logras, sucede una cosa buenísima: ¡Llegas a ser como Jesús!

PARA DIALOGAR
¿Te alegra que Jesús, el Hijo de Dios, quiere conocerte uno a uno? ¿Qué puedes hacer el año que viene para llegar a conocer a Jesús más personalmente?

PARA ORAR
Jesús, gracias por tu invitación a conocerte más estrecha y personalmente.

PARA HACER
Traza planes para dedicarle tiempo a Jesús esta semana y en el año nuevo.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Tiempo de asentarse

Diciembre 28

Tiempo de asentarse

Lectura bíblica: Juan 15:1–4

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Juan 15:4

a1¡Otra vez! pensó Jorge con disgusto. Ya se había hecho experto en empaquetar las cosas en su cuarto para mudarse. Por el trabajo de su papá no habían vivido en el mismo lugar más de tres años, pero ahora ni siquiera era tanto. Jorge había tenido la esperanza de que esta vez se asentarían de una vez por todas. Tenía buenos amigos, su familia había encontrado una iglesia fantástica y todo parecía ir sobre ruedas.

Pero después escuchó las palabras que temía: “Me han vuelto a transferir”.

—¡Te encantará Hoguera! —había dicho su mamá.

¡Hoguera! La población en el centro de la zona más calurosa del país no lo entusiasmaba para nada. Jorge había oído decir que en el verano ¡se podía freír un huevo en el pavimento! Pero todo lo que pudo decirle a su mamá fue:
—¿Qué remedio queda?
Aunque Jorge sufrió bastante año tras año con cada dolorosa mudanza, aprendió una lección importante. Esto es lo que escribió en su diario al poco tiempo de llegar a Hoguera.

Aquí estoy otra vez, Señor: un lugar nuevo, rodeado de cosas extrañas y personas desconocidas. Extraño a mis amigos y a mi casa de antes. No sé si alguna vez me sentiré en casa en este lugar. No sé si podré acostumbrarme.

Por lo menos te tengo a ti, Señor. Por lo menos sé que vaya donde vaya, ya sea a Hoguera, o a Tierra del Fuego o a las selvas remotas de Madagascar, tú sigues conmigo. Hiciste tu hogar en mí. Te has asentado, y no te van a transferir ni me vas a dejar solo. Y he hecho mi hogar en ti. Dondequiera que vaya, estaremos juntos. Gracias, Jesús, por esa promesa.

Jorge había descubierto una maravillosa verdad que también nosotros tenemos que saber. Jesús hace su hogar en nosotros y quiere que hagamos nuestro hogar en él. En Apocalipsis 3:20, Jesús extendió esta invitación: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo”.

Puede ser que te mudes de un lugar otro. Puede ser que tus amistades cambien de un año a otro. Muchos distintos tipos de cambios pueden causar que tu vida mañana sea radicalmente distinta de lo que es hoy. Pero una cosa es segura: Jesús nunca te dejará. Está totalmente asentado en ti y te invita a que te asientes en él.

PARA DIALOGAR
¿Qué importancia tiene para ti el hecho de que Jesús nunca te dejará, no importa los cambios que puedan suceder?

PARA ORAR:
Señor Jesús, gracias por ser nuestro mejor amigo, y por no dejarnos nunca solos.

PARA HACER
¿Tienes algún amigo que no conoce a Jesús? ¿Cómo puedes presentar a tu amigo humano al mejor amigo celestial que jamás puede tener?

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

¿Orar o preocuparte?

Diciembre 27

¿Orar o preocuparte?

Lectura bíblica: Mateo 6:34

No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán. Mateo 6:34

a1Cuando piensas en el año que se acerca, ¿estás preocupado por lo que pasará? ¿Perderá el dinero su valor de modo que habrá que empezar a cambiar vacas por gallinas? ¿Y si cae un meteorito en el fondo de tu casa? ¿Y si empieza una edad nueva de hielo y se te congela el aliento, o si el calentamiento mundial te derrite hasta el pensamiento?
Ya basta de tantos pensamientos “optimistas”. Puedes preocuparte todo lo que quieras de esas cosas, pero no vale la pena. Mira lo que dos personas sabias han dicho sobre preocuparse.

• La preocupación nunca le roba al mañana su tristeza, sólo toma el gozo de hoy y lo aplasta.

Leo Buscaglia

• No te preocupes de que el fin del mundo venga hoy. Ya es mañana en Australia. Charles Schultz

El mejor consejo sobre las preocupaciones, por supuesto, lo tiene Jesús. ¿Su consejo? “No te afanes”. Pablo se hizo eco de ese pensamiento en Filipenses 4:6: “Por nada estéis afanosos; más bien, presentad vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”. El apóstol Pedro agregó: “Echad sobre él toda vuestra ansiedad, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

Seguro, habrá muchas cosas en el año que viene que no te gustarán: desastres naturales, tensiones mundiales, desacuerdos en la comunidad, discusiones con tus amigos o padres o tu profesora de piano, o quizá una enfermedad grave de un ser querido. Dios nunca te prometió una vida sin problemas.

Cuando aparecen cosas malas o que despiertan temor, ¿sientes de pronto un nudo en la boca del estómago por la preocupación? Ese nudo es un recordatorio de que ha llegado el momento de orar. Cuando te sientas dominado por alguna preocupación, no dejes que te paralice. En cambio, haz que te lleve a orar. Apúrate a llevar tu preocupación a Dios en oración. Dile directamente lo que sientes. Cuéntale de las personas o situaciones que te preocupan. Dale los detalles e invítalo a hacerse cargo de ellos y de ti. Sigue orando hasta que te hayas calmado. Y cuando vuelva tu nerviosismo, vuelve a orar… a orar… y a orar.

Cuando interpretas a las preocupaciones como un empujoncito para orar, los problemas que tienes no te causarán tanto espanto. Los tomarás como oportunidades para que Dios obre al entregárselas en oración.

PARA DIALOGAR
¿Qué es lo que más te preocupa cuando piensas en los próximos días?; ¿el próximo mes?; ¿el próximo año?

PARA ORAR
Tómate el tiempo para entregarle todas tus preocupaciones a Dios, porque él tiene interés en ti.

PARA HACER
Si tienes algún amigo agobiado por alguna preocupación ora por él y con él.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Los regalos que realmente valen

Diciembre 26

a1

Los regalos que realmente valen

Lectura bíblica: Mateo 6:25–33

Vuestro Padre que está en los cielos sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Más bien, buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Mateo 6:32, 33

Este año tuviste una idea super. Querías estar seguro de que todos los regalos que recibías fueran lo que tú querías, entonces tu lista de los regalos de Navidad fue corta y simple:

• un vale para mi tienda de ropa favorita
• un vale para mi casa de música favorita
• un vale para mi negocio de electrónica favorito
• un vale para mi casa de videocintas favorita
• una caja con cinco kilos de dinero

Pero al mirar los paquetes que abriste, estás totalmente deprimido. Todos tus sueños y esperanzas para Navidad se han convertido en una pesadilla.

Tu papá te dio un equipo completo de bolos: bola, bolsa y zapatos. Pero ni siquiera juegas a los bolos.

Tu mamá te regaló un violonchelo y una serie de videocintas instructivas. Pero no tienes oído para la música.

Tu hermanito te regaló su mascota, la ranita. Él lloró cuando abriste el frasco que había envuelto hacía dos semanas y vio que la ranita estaba muerta.

Tu abuela te dio otro par de pijamas de franela —lo que te da todos los años— que te queda demasiado chico.

Tu tío Calixto te dio una suscripción a la revista El Estudiante Excepcional y te prometió diez centavos por cada materia en que obtengas la máxima calificación.

Bueno, quizá no fue tan malo como eso. Pero es probable que no hayas recibido todo lo que te hubiera gustado. Todos tenemos que lidiar con los desengaños.

Pero Dios tiene un regalo para ti que no te desengaña. En Mateo 6:25–33 Dios prometió proveer todo lo que necesitas el año que viene. Quizá sea difícil admitir que puedes sobrevivir sin esa caja con cinco kilos de dinero, pero tratarás de hacerlo. Entretanto, Dios conoce tus verdaderas necesidades —espirituales, relacionales, emocionales y materiales— aun las que tú ni has notado. Y te ama tanto que se asegurará de que nunca te falten esas cosas. A ti te toca seguir viviendo para él y ver cómo llena tu vida de lo mejor que te tiene reservado.

PARA DIALOGAR
¿Qué clase de regalos estás esperando que Dios te dé? ¿Estás esperando que te dé lo mejor que tiene reservado para ti?

PARA ORAR
Habla con Dios acerca de tus desengaños con las “cosas” materiales, y enfócate en las cosas que realmente valen.

PARA HACER
¿Estás enojado porque no recibiste todo lo que querías para Navidad? Cuéntaselo a Dios y confía que él llenará tus verdaderas necesidades.

McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.