Bástate mi gracia

Esclavos de Cristo

Bástate mi gracia

Johanna Ramírez Suavita

Una declaración tan simple como poderosa: “Bástate mi gracia”. Así de directo nos llama el Señor a depender de Él. Aunque nuestro corazón se sienta inclinado a buscar las respuestas a todas las preguntas o a vivir días exitosos basados en nuestras propias fuerzas, Dios mismo, a través del apóstol Pablo, nos recuerda que no es posible porque su poder se perfecciona justamente cuando nosotros reconocemos nuestra debilidad y necesidad (2 Corintios 12:9) y caminamos hacia Él.

Tal vez, muchas personas -incluso cristianas- piensen que sería más sencillo si Dios nos dijera cada día que todo va a estar bien porque tendremos una vida sin aflicción, o que por ser hijos suyos tendremos abundancia y prosperidad. Parece más llamativo pensar que la cristiandad es la fórmula para una vida sin adversidad. Sin embargo, esto no es lo que nos dice la Escritura, porque si bien el Señor nos dice que tendremos vida en abundancia también nos advierte a lo largo de la Biblia que tendremos aflicción y dificultades, que posiblemente seremos perseguidos y acusados, pero seguido a esto, siempre se nos recuerda que aunque vivamos esto no seremos derrotados porque alguien ya venció por nosotros: Jesucristo. (Juan 16:33)

Lo anterior no significa que no tendremos una vida de gozo y de disfrute, porque si vivimos con el contentamiento que Dios demanda, estaremos plenos y llenos en Él, reconociendo su bondad y su inmerecida gracia. Y esto es exactamente lo que nos recuerda Pablo, que de buena gana nos gocemos en la afrenta, en la angustia, en la aflicción, porque es allí donde el poder de Dios será manifiesto y nos fortalecerá. (2 Corintios 12:10).

¿Ha vivido momentos difíciles? ¿Ha tenido situaciones de dolor? ¿Ha perdido un ser querido? ¿Ha tenido que vivir con una enfermedad que le aflige? Probablemente la respuesta a (casi) todas las preguntas sea sí, y seguramente aún no entienda por qué ha tenido que sobrellevar todo esto, pero lo realmente importante de estas situaciones es que no necesitamos las respuestas si tenemos al Señor, porque Él es nuestra roca fuerte (Salmos 31:2).

Y sí, puede que esté pensando que esto suena más sencillo de lo que realmente es y tiene razón. No es fácil, y un buen ejemplo de esto es la vida de Job, pues la Escritura nos cuenta todas las situaciones que tuvo que enfrentar; pero así mismo, este relato nos recuerda que incluso después de darlo todo por perdido, tener a Dios es suficiente, porque esta vida es pasajera, pero llegará un momento en el que reinaremos con Él en la eternidad y entonces no habrá llanto, ni dolor (Apocalipsis 21:4). ¡Qué maravillosa promesa! ¡Qué consoladora palabra! 

No gastemos nuestros días intentando comprender completamente a Dios, esto es imposible porque sus planes son más altos que los nuestros (Isaías 55:9) y hay cosas que escapan a nuestro entendimiento, en cambio, dediquemos nuestros esfuerzos a amarle y conocerle. Que sea motivo de gran gozo escudriñar su Palabra y conocer su verdad a través de ella, para que la aflicción no nos distraiga de lo verdaderamente importante y que la desesperanza no nos debilite, sino que la promesa salvadora nos reconforte y nos aliente a avanzar en esta carrera y así, como anima el apóstol, repose sobre nuestras vidas el poder de Cristo.

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Extranjeros sobre la tierra

Esclavos de Cristo

Extranjeros sobre la tierra

Johanna Ramírez Suavita

Muchas veces se piensa que ser un buen cristiano se refleja en cuánta riqueza se obtiene, en la prosperidad que hay en su casa o en la cantidad de oraciones contestadas con un sí a todo lo que anhela. Sin embargo, la evidencia bíblica nos dice que esto no es así, o qué diríamos de los primeros cristianos que fueron perseguidos, o de los mártires que a lo largo de la historia han sufrido castigos por profesar lo que creen. Tener como medida de nuestra fe las cosas materiales es un argumento débil, de ahí que enseñar, como lo hacen algunos predicadores, que esta es nuestra mejor vida es una falsedad.

Ahora, esto no significa que sea pecaminoso tener posesiones, ganar un buen salario o disfrutar de lo que Dios nos ha provisto, pues caeríamos en despreciar esta vida lo cual tampoco es correcto, sino que lo que debemos hacer es valorarlo todo, pero sabiendo y reconociendo que es por el Padre y para su gloria que lo tenemos. 

Entender esto nos ayuda a tener la perspectiva correcta, porque pone en alta estima nuestra vida espiritual. Lo anterior nos permite apreciar que fuimos adoptados e incluidos en la iglesia de Dios solamente por la sangre preciosa de Cristo, a través de la cual somos declarados justos delante del Padre. No hay mérito, obra o invitación humana que pueda ayudar, porque es la pura gracia de Dios la que nos da esa preciosa salvación y al mismo tiempo nos regala la maravillosa promesa de que nos espera algo mejor (Efesios 2:8-9).

Y es por esto que en esta vida andamos por fe, como lo menciona el libro de Hebreos. Allí se nos enseña que como creyentes avanzamos en la carrera con la mirada puesta en lo que viene, y que es por la fortaleza hallada en Cristo que soportamos la persecución, la afrenta, el dolor. Así lo hicieron Abraham y Sara, quienes peregrinaron sin saber qué les esperaba, lo hizo Noé cuando obedeció y construyó un arca en la que su casa se salvaría o Moisés al rechazar un puesto de poder y reconocimiento para guiar a un pueblo… Ellos no sabían qué habría adelante, pero tuvieron por mayor riqueza el vituperio de Cristo, vieron desde lejos al Salvador y confiaron en la heredad que en Él tendrían (Hebreos 11:26). 

Por la fe que nos ha sido dada a través del Espíritu Santo entendemos que aunque hay gozo y alegría por lo que trae cada día, también sabemos que de aquí nada nos llevamos, porque nada nos pertenece. Somos peregrinos en este mundo, andamos como extranjeros, disfrutando de las maravillas creadas por Dios, pero no aferrándonos, porque confiamos en que nos espera un mañana en donde habitaremos el hogar celestial para el que fuimos escogidos desde antes de la fundación del mundo (Hebreos 11:13).

Así que hoy le animo, querido lector, a que aprecie lo que tiene, a que se esfuerce y cumpla como buen mayordomo de lo que Dios le ha provisto, a que sea fiel y se goce en lo mucho o en lo poco. Pero sobre todo, le invito a que no deposite su confianza en este presente, que no será más que un suspiro en comparación con la eternidad que nos fue dada en Cristo. Si usted ha creído en Él, entonces será allí en donde no habrá dolor, ni llanto, ni preguntas, ni problemas, porque cuando cierre sus ojos a este mundo, los abrirá junto al Salvador y habitará para siempre en la morada celestial junto a Él, y eso será suficiente.

Artículo de: http://www.esclavosdecristo.com

El evangelio de las emociones

Esclavos de Cristo

El evangelio de las emociones

Johanna Ramírez Suavita

Hace algunos años recibí con gran emoción la noticia de que un famoso conferencista y predicador a quien yo admiraba tendría un evento en mi ciudad. Sin dudarlo adquirí las entradas para ir a verlo. Ese día, ni la larga fila para ingresar aplacó el entusiasmo que tenía porque empezara la gran noche. Sin embargo, a medida que avanzaba el evento y que este hombre exponía su mensaje, las preguntas llegaron a mí, y el deseo de salir corriendo de allí me invadía… todo lo que creía hasta entonces se derrumbó y Dios me hizo ver de frente todo lo que hasta ahora estaba mal.

¡Luces, cámaras y acción!

Pese a que era muy joven en la fe, llevaba varios años congregándome en una megaiglesia. La sentía como mi casa y me deleitaba en los mensajes que recibía cada fin de semana. Aceptaba con gran emoción las frases que me decían que todo lo que estaba experimentando pasaría, y que debía estar lista para recibir mi sanidad y las grandes cosas que Dios iba a hacer en mí si tan solo le dejaba entrar en mi vida. Ese era mi credo. Cada semana la iniciaba en el punto más alto del éxtasis, declarando que mi vida sería de éxito, que nada me derrumbaría y que superaría, si dejaba actuar a Dios, todos los obstáculos. 

Al finalizar la semana estaba tan desilusionada por ver que las cosas no eran tan fáciles, que deseaba fervientemente que llegara el domingo para “recargarme de fe”. Así anduve por mucho tiempo, viviendo una vida espiritual miserable. Nunca ningún pastor en esa iglesia me dijo que debía arrepentirme, nunca me hablaron del nuevo nacimiento, nunca fui confrontada por mi pecado y por la necesidad de rendirme a Jesús de forma plena. Hablar del infierno era acusador, exhortar a otros era juzgar, era sectario decir que el reino de Dios no es para los que le reciben en su corazón con una oración sino para los que Él llama.

La iglesia no era para mí el cuerpo de Cristo, su novia, su amada por quien había entregado su vida en la Cruz. En ese entonces era una dosis de adrenalina, mi fe debía recargarse con una jeringa cada semana, porque dependía emocionalmente de lo que se decía en el púlpito, del éxtasis de la alabanza y de la seguridad de una multitud. No dependía de Dios y su soberanía, sino de un motivador que me decía lo que quería escuchar. Me sentaba allí porque como bien decía el apóstol Pablo, tenía comezón de oídos (2 Timoteo 4:3) y quería que me animaran en mis propios deseos y que me dijeran que Dios me amaba (aun cuando no me arrepintiera de pecar contra Él).

¿Por qué no escucho a Dios?

La falta de discernimiento que tenía en ese entonces no solo se veía reflejada en la manera en que asumía el Día del Señor y la vida de iglesia. También tenía prácticas nocivas cuando me aproximaba a las Escrituras. 2 de Timoteo 3:16 dice que “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia”, pero estas palabras no las vivía como debía ser; para mí la Palabra de Dios era muy parecida a un oráculo. Leía algún pasaje y cerraba los ojos para concentrarme y escuchar la voz audible de Dios… pero nunca pasó. Me culpaba por mi falta de fe, por no apropiarme como debía de las promesas, por no esforzarme y ser valiente como Josué. Según mis pastores, estaba limitando el poder de Dios. ¡Vaya herejía!

No obstante, cuando conocí la sana doctrina tuve que arrodillarme delante del Señor y pedirle perdón por haber tomado con tanta ligereza su Palabra. Acudía a ella como buscando amuletos o revelaciones personales. Quería verme reflejada en las proezas de los profetas o en las vidas de los mártires, dejando de lado que la gran hazaña, la más perfecta obra ya la había hecho Jesucristo por mí, si realmente creía en Él. Entendí que la Biblia no es un manual de promesas o buenos deseos hechos a mi medida, sino el pleno consejo de Dios que me instruye para toda buena obra  (2 Timoteo 3:17).  Allí encuentro mi norma de fe, que me da la directriz para tomar decisiones sabias en mi vida. Entendí que la Biblia no se trata de mí, se trata de Cristo.

¡Es tiempo de huir!

Fue entonces, mientras estaba sentada mirando a ese predicador, que mi vida se partió en dos. Veía a todos a mi alrededor riendo por los “chistes santos” y a los dos minutos llorando por haber llegado al clímax del mensaje. Usaban ciertos versículos para reforzar la intención de la conferencia: cómo ser más exitoso. Me sentía incómoda y quería salir de allí… Pero no había llegado lo peor: cuando terminó la exposición, el conferencista descendió del púlpito y fue rodeado por sus escoltas quienes intentaban protegerlo de la multitud que se agolpaba para tocarlo, como aquella mujer que quería tocar el manto de Jesús para ser sana, solo que aquel expositor era un charlatán, no era Cristo. 

Esta es parte de mi historia, y sé, querido hermano, que puede parecerle una narración ficticia, pero créame que no lo es. Es lo que se ve a diario en esas famosas iglesias. Lobos vestidos de ovejas que entregan un evangelio diluido. Yo lo viví, fui una ciega guiada por ciegos. Pero un día el Señor tuvo misericordia y me permitió salir de allí. Esa conferencia fue usada por Dios para llamarme genuinamente a sus caminos. Me arrepentí, me avergoncé por haberlo visto como un milagrero, fui a sus pies en oración y le agradecí por llevarme a Él.

Muchos hemos pasado por esto, hemos sido seducidos por el evangelio de las emociones. Dios lo ha permitido, esto no escapa a su control, pero así mismo nosotros somos responsables por no haber escudriñado las Escrituras como nos lo señala Juan 5:39. Fuimos culpables, pero Dios en su inmenso amor nos rescató. 

Así que, si usted ha sido uno de esos a los que el Señor ha redimido, damos toda la gloria a Él en agradecimiento por guardar a su pueblo. Si por el contrario, hay algún lector que se ha visto reflejado en esas prácticas dañinas que yo cometí, pero sigue congregándose en una de estas “iglesias”, yo le invitó a entregarse en oración al Dios que es grande en misericordia (Efesios 2:4) para que Él le guíe con sabiduría. No hay que esperar revelaciones individuales, hay que huir del pecado. Salga de allí, pero no corra sin rumbo, diríjase al que lo llena todo en todo, a la Roca, el Refugio seguro. Corra hacia Dios.

Artículo de: http://www.esclavosdecristo.com

MUJER: EN EL MUNDO ESTÁS, PERO DEL MUNDO NO ERES

Esclavos de Cristo

MUJER: EN EL MUNDO ESTÁS, PERO DEL MUNDO NO ERES

Johanna Ramírez Suavita

En estos tiempos de confinamiento son muchos los pensamientos que vienen a nuestra mente y muchas las dudas que se quieren sembrar en nuestro corazón. Las avalanchas de noticias y opiniones terminan abrumándonos y por momentos no sabemos qué actitud tener. Esto es normal, hermanas, y no está mal sentirlo. El punto realmente importante es hacia dónde nos lleva todo esto: ojalá la respuesta siempre sea Cristo.

Ser creyentes no nos hace inmunes ante el dolor, la enfermedad o la inquietud, recuerden cómo el mismo Señor Jesucristo nos advierte que tendremos aflicción (unas veces más que otras) pero que confiemos en Él porque ya ha vencido (Juan 16:33). No obstante, sé que no siempre podemos mantener la calma y que si bien conocemos su promesa, a veces la obediencia nos cuesta. En mi caso, cuando apenas empezaba todo en nuestro país Colombia, tuve un momento de incertidumbre y agobio: pensaba en cuánto duraría esta situación, miraba la despensa e intentaba calcular cuántos días de provisión teníamos, descargaba aplicaciones para tener mercados a domicilios y buscaba todas las formas posibles de tener el control. Hasta que un día, sentada en la sala de la casa conversando con mi esposo (y pastor), reconocí sinceramente que no era posible, que en mis fuerzas nada podía hacer, porque detrás de todos estos esfuerzos estaba la necesidad y la necedad de querer tener resuelto cada detalle. Entonces entendí que no hay nada más esperanzador y consolador que descansar en Jesús.

Hermanas, las que somos esposas debemos ser ayuda idónea para nuestros maridos en estos momentos, debemos apoyarlos en todo, confiar en las decisiones sabias que ellos han de tomar guiados por el Señor, y ser buenas administradoras de la provisión que hay en casa, aprovechar estos tiempos para conocer más a nuestros hijos y llevarlos amorosa y cálidamente a los pies del Señor.

Las que no son casadas pero que son hijas o hermanas también son llamadas a manejar con dominio propio y sabiduría cada día. Pero ciertamente, todas estamos en el deber de testificar a Cristo, de anclarnos en Su Palabra y exaltarle en cada momento sin importar qué tan agotador haya sido el día, pues reconocemos y afirmamos que todo lo que sucede está enmarcado en su soberanía y ha sido decretado por Él. Dios, que es bueno y misericordioso nos conoce más que nadie, y por eso podemos descansar confiadamente en que proveerá en nuestro hogar conforme a su voluntad y, además, nos dará la verdadera paz para transitar en cualquier situación que se nos presente (Filipenses 4:71 Pedro 5:7).

Queridas mujeres, diariamente vemos cómo para el inconverso permanecer en casa puede parecer un castigo, un yugo difícil de cargar, algo aburridor y por eso intenta encontrar en el mundo respuestas ante esta pandemia. Busca refugios vanos en las energías, en los buenos pensamientos, en los sentimientos, o en dioses creados a imagen del hombre en donde una falsa piedad debería torcer su voluntad. Sin embargo, los hijos de Dios nos gozamos en nuestros hogares, en la bendición de poder permanecer allí para conversar, para orar en familia, para disfrutar de todo aquello con lo que Dios nos ha bendecido. Nosotras no vemos un refugio más perfecto, una roca más firme y un consuelo más efectivo que Dios mismo (Salmos 62:7). Es por esto que la invitación en esta y cualquier otra calamidad que podamos enfrentar en lo que nos quede de vida es que seamos luz en la oscuridad, calma en el caos, pero no por lo que nosotras tengamos para ofrecer, sino porque testificamos la poderosa y grandiosa obra de Jesús.

Hoy, mañana y siempre oremos fervientemente a nuestro buen Dios para que podamos hablar a otros de su gracia  y para que le amemos más cada día, confiada y plenamente, para que con nuestros ojos puestos solamente en Jesús, seamos capaces de responder ante la presión del mundo y el afán de cada día. Que el desasosiego no nos sobrepase, sino que sea Su Palabra la que nos reconforte y nos embriague desde que salga el sol hasta que se ponga de nuevo.

Bautista reformada. Redimida por gracia. Esposa de Eduar y mamá de Antonia.