La eternidad en nuestros corazones

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Serie: Entre dos mundos

La eternidad en nuestros corazones

Por John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Entre dos mundos

ocas cosas reflejan mejor la anticipación de ver a Cristo cara a cara que una boda. El 14 de enero de 1632, el pastor y teólogo presbiteriano escocés Samuel Rutherford escribió una carta llamando la atención sobre este fenómeno. Afirma: «Nuestro amor [a Cristo] debe comenzar en la tierra, tal como será en el cielo; porque la novia no se deleita tanto en su traje de bodas como lo hace por su novio».

Si alguna vez has asistido a una boda, apreciarás la observación de Rutherford. Por muy hermoso que sea su atuendo, la novia nunca camina hacia el altar con la mirada puesta en su vestido. Su atención está en su futuro marido. Rutherford amplía la ilustración para ayudarnos a ver más claramente la verdadera maravilla del cielo. Continúa: «Así que nosotros, en la vida venidera, aunque revestidos de gloria como con un manto, no nos veremos tan afectados por la gloria que nos rodea como por el rostro y la presencia gozosa del novio». Bajo la superficie de la prosa anticuada de Rutherford hay una profunda ilustración. Por más impresionante que será el cielo, lo que lo hará tan maravilloso es que finalmente veremos el rostro de nuestro Salvador. La Iglesia, así como la novia, estará con Jesús como novio y vivirán felices para siempre.

Casi dos siglos después de que Rutherford escribiera sus famosas cartas, una poeta inglesa llamada Anne Cousin escribió el conocido himno The Sands of Time Are Sinking [Las arenas del tiempo se hunden], basado en los «dulces refranes» de Rutherford. Una estrofa en particular resume el drama de contemplar a Cristo en gloria:

La novia, su vestido
Allí no mirará, 
Sino de su Esposo
La muy hermosa faz;
Ni gloria, ni corona,
Sino a mi amado Rey
Veré en la muy gloriosa
Tierra de Emanuel.

De este lado de la eternidad, la vida cristiana es como un compromiso matrimonial. Se vive anticipando el día de la boda. Como cristianos, vivimos entre el ya de nuestro desposorio con Cristo y el todavía no de la celebración de las bodas del cordero. Debemos ser como la futura esposa que aprovecha cualquier ocasión para prepararse para la vida con su amado. La expectativa de ver a Cristo por vista en el cielo debe, por tanto, informarnos sobre cómo vivimos por fe aquí en la tierra.

En un nivel más básico, el entusiasmo que sienten las parejas comprometidas expone un deseo fundamental que todas las personas comparten: el anhelo de eternidad. Este punto es bien señalado por el Predicador en Eclesiastés 3:9-11:

¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana? He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen. Él ha hecho todo apropiado a su tiempo. También ha puesto la eternidad en sus corazones; sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.

Consideremos dos maneras en que este texto nos enseña sobre nuestro anhelo por la eternidad. En primer lugar, se nos dice que Dios «ha hecho todo apropiado a su tiempo» (v. 11). Un comentarista moderno ha llamado a este verso «la mejor declaración de la providencia divina en toda la Escritura». Lo que hace que este texto bíblico sea tan sorprendente es que hay muchas cosas en la vida que están lejos de ser apropiadas. Pero el Predicador no ignora la fealdad que invade al mundo. Su pregunta en el versículo 9 se hace eco de la maldición pronunciada en el jardín del Edén: «¿Qué saca el trabajador de aquello en que se afana?». No se trata de una mera pregunta retórica desvinculada de las presiones de la experiencia real de la vida (ver 1:3). La aparente inutilidad del duro trabajo con poca ganancia es algo de lo que él ha sido testigo de primera mano: «He visto la tarea que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que en ella se ocupen» (3:10).

Para ser claros, el registro bíblico afirma la dignidad del trabajo. Antes de la caída, a Adán y a Eva se les ordenó ejecutar sus tareas con la promesa de ser fructíferos (Gn 1:28-312:15-17; ver Ec 3:13). Pero después de la caída, el trabajo es arduo (Gn 3:17-19). Ya no realizamos nuestras tareas en el exuberante entorno de un jardín, sino en las duras condiciones de un desierto lleno de espinas y cardos, de fracasos y frustraciones. Como lamenta el Predicador en Eclesiastés 2:23, «su tarea es dolorosa». Cuando enfrentamos dificultades en nuestras carreras, injusticia en el lugar de trabajo y el fracaso a la hora de completar las asignaciones, somos confrontados con la dolorosa verdad de que este mundo caído nunca producirá ganancias duraderas. La insatisfacción vocacional nos recuerda que hemos sido creados para algo más grande que lo que pueden ofrecer nuestras aficiones y carreras.

Pero hay esperanza. Se nos dice que Dios ha hecho todo apropiado a su tiempo. El «todo» de Eclesiastés 3:11 nos recuerda el «todo» del versículo 1: «Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo». El hecho de que la vida se viva bajo el cuidado de un Creador soberano ilumina nuestra comprensión de todo. A la luz de Su providencia, aprendemos que hay un tiempo para nacer y para morir, para plantar y para cosechar, para lamentarse y para bailar, para guerra y para la paz. Sobre todas estas cosas, Dios tiene el control. La belleza se encuentra en el descubrimiento de que Dios orquesta hasta el último detalle según su perfecto diseño.

Eclesiastés 3:11 es el Romanos 8:28 del Antiguo Testamento. En Romanos 8:28, el apóstol Pablo afirma: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Observa que Pablo no dice que todas las cosas son buenas, sino que todas las cosas cooperan para bien. ¿Y qué es el bien? Es ser conformado a la imagen de Cristo (v. 29). A medida que los cristianos experimentan las estaciones de la vida, podemos ser reconfortados al saber que Dios usa cada circunstancia para conformarnos más y más a la imagen de Su Hijo.

El 24 de agosto de 1662, más de dos mil ministros fueron expulsados de la Iglesia de Inglaterra por no ajustarse al Libro de Oración Común. El día fue conocido como el Día de Black Bartholomew, una referencia solemne a cuando miles de hugonotes franceses fueron masacrados ese mismo día en 1572. Uno de los ministros expulsados fue un puritano llamado Thomas Watson. En respuesta a la Gran Expulsión, escribió un breve libro llamado A Divine Cordial [Una consolación divina], basado en Romanos 8:28, con el fin de consolar a los cristianos que sufren. Observó que «las mejores cosas y las peores cosas, por la mano dominante del gran Dios, trabajan juntas para el bien de los santos». Es innegable que este mundo es a menudo sombrío y está lleno de angustias. Pero Dios utiliza maravillosamente tanto las alegrías como las penas para transformarnos como cristianos en la semejanza a Cristo. Las decepciones tienen una manera de hacernos desear aún más estar con Él.

En segundo lugar, se nos dice que Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones» (Ec 3:11). Estas palabras anticipan el inicio de las Confesiones de Agustín, donde afirma: «Alabarte es el deseo del hombre, pequeña parte de tu creación. Tú haces que el hombre se complazca en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti». Tanto el antiguo Predicador como el padre de la Iglesia afirman que hemos sido creados con conocimiento de Dios y un anhelo de eternidad. Mientras que Agustín destaca la inquietud que experimentamos sin el conocimiento de Dios en Cristo, el Predicador en Eclesiastés plantea un punto ligeramente diferente. Al subrayar la futilidad de la vida bajo el sol, nos empuja a reconocer nuestra conciencia innata de la eternidad.

Fíjate en lo mucho que el Predicador dice percibir sobre los caminos de Dios. Entiende que Dios da trabajo a los hombres como un regalo (Ec 3:1013), que Dios hace todo apropiado a Su tiempo (v. 11a), que Dios pone la eternidad en los corazones de los hombres (v. 11b), que los propósitos de Dios son inescrutables (v. 11c), que los planes de Dios perduran para siempre (vv. 14-15), y que Dios juzgará a los justos y a los impíos (vv. 16-22). En resumen, el Predicador sabe que los caminos de Dios son apropiados, inescrutables y eternos. Aunque seamos criaturas finitas y caídas, Dios nos ha dado la capacidad de discernir que la historia tiene un propósito, aunque seamos incapaces de comprender plenamente «la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin» (v. 11). Ser confrontados con nuestra finitud debe aumentar nuestra dependencia de Dios. Debemos vivir nuestra vida desde el punto de vista de la eternidad.

El pecado, sin embargo, distorsiona esta perspectiva. Ya no tratamos el trabajo como un regalo de Dios, sino como una plataforma para la grandeza personal. El tiempo no se ve como algo hermoso que debe ser redimido, sino como algo intrascendente que puede ser desperdiciado. La historia no se entiende como el escenario del gobierno providencial de Dios, sino como un campo de juego para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Y la vida eterna no se desea, sino que es objeto de burla por parte de los que solo viven el momento. Eclesiastés nos enseña que ese fatalismo es inútil. Fuimos creados para conocer a Dios. Nada, aparte de la eternidad con Él, satisfará nuestros anhelos más profundos.

La buena noticia es que Cristo proporciona el camino para que las personas pecadoras habiten en la presencia de Dios para siempre. Como afirma el apóstol Pedro: «Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Por esta esperanza eterna es que vivimos. Como peregrinos que viajan de este mundo al otro, nos levantamos cada mañana esperando ansiosamente el regreso de nuestro Rey. Reconocemos que cada día del Señor es un anticipo de la eternidad. Y durante el resto de la semana, marcamos nuestros relojes sabiendo que incluso nuestros trabajos están siendo utilizados por Dios para prepararnos para la Tierra de Emanuel.

En la mañana del Día de Black Bartholomew de 1683, William Payne fue a despedirse de su viejo amigo John Owen. Payne también llevaba la noticia de que el último libro de Owen iba a ser publicado pronto. Owen respondió memorablemente:

Me alegro de oír que esa obra está en la imprenta; pero, ¡oh hermano Payne, por fin ha llegado el día tan esperado, en el que veré esa gloria de otra manera en la que nunca lo he hecho o he sido capaz de hacer en este mundo!

El testimonio de Owen al morir fue para recordar la eternidad a su congregación. Quería que supieran que la única manera de ver a Cristo por vista en el cielo es contemplándole primero por la fe aquí en la tierra.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

Cómo definir la voluntad de Dios

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Serie: Cómo buscar la voluntad de Dios.

Cómo definir la voluntad de Dios

Por John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Cómo buscar la voluntad de Dios

A lo largo de los registros de la historia, muchas personas se han esforzado por definir la voluntad de Dios. Cuando hablamos de la voluntad de Dios hoy en día, tendemos a hablar de cosas relacionadas con nosotros mismos, generalmente cosas buenas como nuestros cónyuges, nuestros hijos, nuestros trabajos, nuestras finanzas y nuestros pasatiempos. Sin embargo, históricamente, cuando los teólogos han discutido la voluntad de Dios, lo han hecho para decir cosas principalmente sobre Dios, por lo general en referencia a cosas profundas como la naturaleza de Dios, el decreto de Dios, la libertad de Dios, la soberanía de Dios y la sabiduría de Dios. No para ignorar las grandes decisiones de la vida, sino para ubicarlas en la vasta extensión de los propósitos eternos de Dios.

Definir la voluntad de Dios es importante para nosotros como cristianos porque revela quién es Él como el Dios eterno, todopoderoso y omnisciente. Geerhardus Vos describe la voluntad de Dios como «esa perfección de Dios por la cual, en un acto muy simple y de una manera racional, sale hacia Sí mismo como el bien supremo y hacia las criaturas fuera de Él por Su propio beneficio». Dicho de manera negativa, la voluntad de Dios no puede separarse de Dios mismo. Dado que Dios es uno en esencia, Su voluntad es indivisa. Como Richard Muller declara de manera concisa, «Dios es lo que Él quiere». Visto desde nuestra perspectiva, la voluntad de Dios refleja Su carácter, revela Su diseño para Su creación y manifiesta Su sabiduría y poder al ordenar todo lo que sucede para nuestro beneficio y Su gloria.

Un texto bíblico clave para definir la voluntad de Dios es Deuteronomio 29:29. Afirma: «Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley». Este versículo resume «las palabras del pacto» que Dios le dio a Israel al final de la vida y el ministerio de Moisés (Dt 29:1). También proporciona un marco bíblico-teológico para comprender la voluntad divina.

El contexto de Deuteronomio es instructivo. Mientras el Señor prepara a Josué para llevar a Israel a la tierra de Canaán después de la muerte de Moisés, le recuerda a Su pueblo la necesidad de Su Palabra para conocer Su voluntad. Este demostraría ser un mensaje que Israel necesitaba escuchar. La anticipación de la tierra prometida presionaría los límites de la fe de Israel mientras navegaba por los obstáculos que a menudo se encuentran en la brecha entre la promesa y el cumplimiento. Frente a las incertidumbres que acompañan a la vida en un mundo caído, Israel necesitaba que se le recordara que obedecer la Palabra de Dios era el centro del conocimiento de la voluntad de Dios para sus vidas.

En el corazón de este pasaje en Deuteronomio 29 hay una distinción entre «las cosas secretas» que pertenecen a Dios y «las cosas reveladas» que nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos. Con base en esta distinción, los teólogos a menudo se refieren a la voluntad secreta de Dios y a Su voluntad revelada. Si bien este punto puede parecer obvio, es crucial para definir la voluntad de Dios. Hay innumerables cosas que no sabemos como humanos, ya que somos finitos. Pero no se puede decir lo mismo de Dios, ya que Él es infinito y omnisciente. El conocimiento de Dios es exactamente como Él: absolutamente perfecto. A diferencia de nosotros, Dios no necesita resolver los problemas por deducción. No necesita consejeros para determinar qué hacer en una crisis o para ayudarlo a afrontar los acertijos morales. Dado que Dios es infinito e incomprensible, tiene perfecto conocimiento de Sí mismo y de todas las cosas. Pero este conocimiento «secreto» pertenece solo a Dios. Podríamos llamar a esto la inescrutabilidad de Dios. Hay cosas que sólo Dios conoce y que están más allá de nuestro conocimiento (ver Rom 11:33-36).

En cambio, nuestro conocimiento es como nosotros: finito e incompleto. Ya que somos creados, dependemos de Dios para conocer Su voluntad. De manera más precisa, a medida que Dios se revela en Su Palabra, podemos en verdad conocer Su voluntad, aunque no de manera exhaustiva. El punto es que Dios es el mejor intérprete de Su voluntad. Por eso son tan importantes «las cosas reveladas». La Escritura representa la autorrevelación de la voluntad de Dios en forma escrita. Si bien no podemos descifrar las «cosas secretas» de Dios, podemos estar seguros de conocer la voluntad de Dios en la medida en que Él se ha revelado en Su Palabra. Para Israel y para nosotros, definir la voluntad de Dios implica conocer y aplicar la Palabra escrita de Dios.

Cuando leemos la voluntad revelada de Dios en la Escritura, descubrimos que la Biblia hace varias distinciones entre la voluntad decretiva de Dios, la voluntad preceptiva de Dios y la voluntad de Dios de Su beneplácito. La voluntad decretiva de Dios se refiere a Su perfecto y sabio consejo al ordenar o decretar libremente todo lo que sucede. Como dice el apóstol Pablo en Efesios 1:11: «También [en Cristo] hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad». La voluntad decretiva de Dios subraya Su soberanía total sobre todas las cosas, incluida la creación y la redención, la historia y la providencia. Como tal, nunca puede ser frustrada, ni siquiera por nuestro pecado y desobediencia. Esto no es para sugerir que Dios se deleita en el pecado o que es autor del pecado, sino para decir que lo permite para cumplir Su voluntad soberana.

La voluntad preceptiva de Dios representa el estándar moral que Dios requiere que todas las personas cumplan. Nos dice lo que Dios demanda de nosotros como portadores de Su imagen; transmite lo que debemos hacer, sin importar si lo obedecemos o no. La voluntad preceptiva de Dios, resumida para nosotros en los Diez Mandamientos, también se conoce como la ley moral. Como dice el Catecismo Mayor de Westminster:

La ley moral es la declaración de la voluntad de Dios a la humanidad, dirigiendo y obligando a cada uno a una conformidad y obediencia personal, perfecta y perpetua a ella, en el marco y disposición de todo el hombre, cuerpo y alma, y en el cumplimiento de todos los deberes de santidad y justicia que se debe a Dios y al hombre: prometiendo vida a los que la cumplen, y amenazando de muerte a los que la violan (CMW 93).

En resumen, la lógica de la voluntad preceptiva de Dios se resume en la máxima «Sed santos, porque Yo soy santo» (1 Pe 1:16).

Una distinción menos conocida pero relacionada es la voluntad de Dios de Su beneplácito. Esta voluntad disposicional tiene dos partes. Por un lado, se refiere al placer de Dios al ordenar Su decreto soberano. Por ejemplo, Efesios 1:5 habla de que Dios predestinó amorosamente a Su pueblo en Cristo «conforme al beneplácito de su voluntad». Y Efesios 1:9 revela cómo Dios dio a conocer el misterio de Su voluntad en Cristo «según el beneplácito que se propuso». Por otro lado, se refiere al deleite de Dios cuando hacemos lo que Él quiere (ver Rom 12:2Ef 5:10Col 3:20). En este sentido, Dios se agrada cuando obedecemos y se disgusta cuando desobedecemos.

Si bien estas distinciones nos ayudan a matizar la enseñanza bíblica sobre la voluntad de Dios, no debemos concluir que hay voluntades en competencia o contradictorias en Dios. La voluntad divina refleja el plan único y unificado del único Dios verdadero. Una ilustración clásica de este principio se encuentra en el sermón del apóstol Pedro en Pentecostés. En Hechos 2:22-23, afirma:

Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús el Nazareno, varón confirmado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo en medio vuestro a través de Él, tal como vosotros mismos sabéis, a este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis.

Desde una perspectiva, la ejecución de Jesús violó la voluntad preceptiva de Dios, ya que matar a un hombre inocente es asesinato. Sin embargo, desde el punto de vista de la voluntad decretiva de Dios, se nos dice que la crucifixión fue según el plan soberano de Dios. Además, el profeta Isaías destaca el beneplácito de Dios cuando declara de Cristo que «quiso el Señor quebrantarle… y la voluntad del Señor en su mano prosperará» (Is 53:10). La cruz de Cristo nos ayuda a comprender cómo nada puede frustrar la voluntad de Dios de asegurar la salvación de Su pueblo para la gloria de Su nombre.

Al confrontar decisiones grandes y pequeñas, no debemos concluir que nuestra respuesta es simplemente «dejar todo en las manos de Dios». Confiar en la voluntad de Dios implica descansar activamente en Su sabiduría divina y someterse a Su Palabra. Si bien las cosas secretas de Dios siguen siendo un misterio, sabemos con certeza que la voluntad de Dios implica cultivar la santidad y la acción de gracias en todo (1 Tes 4:35:18). Podemos sentir la tentación de preocuparnos por el mañana, pero un estudio de la voluntad de Dios nos llama hoy a una vida de obediencia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

¿Puedo orar oraciones imprecatorias?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Puedo orar oraciones imprecatorias?

John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el capítulo 17 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Sí. Y deberías hacerlo. Por más difícil que sea aceptar esa respuesta, es la que más concuerda con el registro bíblico. Permíteme explicarlo.

Un salmo imprecatorio es un tipo de lamento. En la literatura de sabiduría hebrea, los salmos de lamento conforman los clamores individuales y grupales del pueblo de Dios. De manera particular, los salmos imprecatorios vocalizan las lágrimas de Israel ante la injusticia y el sufrimiento. Al orar por la maldición de Dios sobre Sus enemigos, Israel buscaba exaltar la bondad de la ley de Dios para Su pueblo.

Los salmos imprecatorios ayudan a moldear el dolor y la indignación que experimenta el pueblo de Dios en un mundo que ha sido corrompido por el pecado.

En esencia, un salmo imprecatorio es una invocación de maldición divina. Ejemplos de estas imprecaciones incluyen los Salmos 5, 6, 35, 69 y 109, los cuales son citados en el Nuevo Testamento. Hay declaraciones de maldición a lo largo de todo el canon bíblico. Por ejemplo, Jesús pronuncia ayes de justicia en contra de los líderes religiosos en Mateo 23. En Gálatas 1:8-9, Pablo declara anatema a cualquiera que predique otro evangelio. Y los mártires en el cielo le piden a Dios que vengue su sangre en Apocalipsis 6:10.

El testimonio consistente de la Escritura afirma la legitimidad de que el pueblo de Dios eleve oraciones imprecatorias en sus oraciones individuales, familiares y corporativas. El fundamento de esta afirmación subyace en la asunción básica de que las oraciones del pueblo de Dios deben estar arraigadas en toda la Escritura. El Salterio es el himnario y libro de oración que Dios mismo inspiró. Nos enseña un lenguaje de petición y alabanza. Los salmos imprecatorios ayudan a moldear el dolor y la indignación que experimenta el pueblo de Dios en un mundo que ha sido corrompido por el pecado.

Algunos reaccionan al lenguaje áspero de los salmos imprecatorios. Aunque esto es entendible, no debemos perder de vista lo que merece nuestro pecado. Otros destacan la enseñanza de Jesús sobre amar a nuestros enemigos. Pero el Nuevo Testamento no enseña que amar a nuestros enemigos requiere que nos abstengamos de apelar a la justicia divina. Orar para que Dios castigue al impío no es un acto sin amor ni vengativo, sino que es una expresión de fe en Aquel que juzga con justicia (1 Pe 2:23). Aún así, otros quieren limitar los salmos imprecatorios al Israel del antiguo pacto. Aunque las circunstancias del pueblo del pacto de Dios han cambiado con la venida de Cristo, las mismas crueldades que atormentaron a Israel como pueblo creyente en medio de un mundo hostil aún continúan atormentando a la Iglesia actual. Si eliminamos el vocabulario de los salmos imprecatorios en nuestros hogares e iglesias, ¿qué cantarán y orarán los cristianos cuando ocurre la tragedia?

En última instancia, orar los salmos imprecatorios es orar como Jesús nos enseñó a orar. Como cristianos, anhelamos que venga el Reino de Dios. Deseamos que Su voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo. Orar los salmos imprecatorios no es un llamado a las armas sino un llamado a la fe. Elevamos nuestras voces, no nuestras espadas, cuando oramos para que Dios convierta o maldiga a los enemigos de Cristo y de Su Reino.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

Una introducción a las duras declaraciones de Jesús

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Una introducción a las duras declaraciones de Jesús

John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Las llamadas duras declaraciones de Jesús se incorporaron al léxico cristiano en 1983 con la publicación del libro de F.F. Bruce que lleva el mismo nombre. Sin embargo, individuos han estado lidiando con las enseñanzas de Jesús mucho antes de que el padre de la erudición bíblica evangélica británica del siglo veinte escribiera su ahora famosa obra.

Luego del discurso de Jesús sobre el pan de vida en Juan 6, muchos seguidores profesantes de Cristo abandonaron Su grupo de discípulos porque se sintieron ofendidos por lo que denominaron como Sus «duras declaraciones» (vv. 60-65). No todos estaban desconcertados por las palabras de Cristo. El apóstol Pedro respondió a las mismas palabras «ofensivas» con confianza, exclamando: «Tú tienes palabras de vida eterna» (v. 68). ¿Cómo responderemos a las duras declaraciones de Jesús?

Una de las razones por la que nos esforzamos por entender de manera correcta las duras declaraciones de la Biblia es porque creemos, como Pedro, que ellas contienen las palabras de vida eterna.

Incluso una lectura rápida de Juan 6:22-71 revelará una serie de desafíos interpretativos. El sermón de Jesús aborda doctrinas tan amplias como la Trinidad, la elección y la reprobación, el propósito de Su misión, la naturaleza de la fe, la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el lugar de Israel dentro de la historia de la redención y la obra del Espíritu Santo. Como lo ilustra esta lista, las dificultades en la interpretación bíblica no se limitan a las duras declaraciones de Jesús, sino que están presentes en toda la Biblia.

Una de las razones por la que nos esforzamos por entender de manera correcta las duras declaraciones de la Biblia es porque creemos, como Pedro, que ellas contienen las palabras de vida eterna. En muchos sentidos, luchar con estas duras declaraciones es la quintaesencia de la ocupación evangélica. Dado que creemos que la Biblia es la inerrante Palabra de Dios, examinamos detenidamente cómo es interpretada cada «iota y tilde». La vocación más básica de cada cristiano es ser un buen exégeta de la Palabra de Dios. La razón por la cual nos preocupa tanto la tarea de la hermenéutica es porque creemos que la interpretación correcta de la Sagrada Escritura es esencial para la fe y la práctica. Nuestro compromiso con la inspiración y la autoridad de la Biblia requiere el estudio, la explicación, la defensa y la aplicación cuidadosa de la revelación bíblica.

El vínculo entre la autoridad bíblica y la interpretación es un sello distintivo del pensamiento protestante. Un subproducto de la doctrina de la Reforma de la sola Scriptura, con su insistencia en una lectura literal de la Biblia, fue el desarrollo de recursos tales como concordancias y guías de estudio, para ayudar a los lectores a ser más diestros en la exposición de las Escrituras. Basándonos en las ideas de los reformadores, aquí hay cuatro herramientas útiles de hermenéutica para ayudarte a «manejar con precisión» las duras declaraciones de la Biblia (2 Tim 2:15).

Primero, conoce el contexto. La regla más fundamental en la interpretación bíblica es la analogía de la Escritura. Deja que la Escritura interprete la Escritura. Cada texto bíblico está situado en un contexto bíblico. Toma el tiempo para definir palabras difíciles, localizar lugares desconocidos y resumir el punto principal del pasaje. Pregúntate cómo el versículo en cuestión contribuye a la lógica del capítulo y a la trama del libro. Compara pasajes poco claros con porciones más claras de la Biblia que se refieren a la misma enseñanza o evento. Volviendo a Juan 6, los comentarios de Jesús sobre el pan de vida no solo deben leerse en el contexto de la alimentación de los cinco mil, sino también en referencia a la provisión de Dios de maná para Israel en Éxodo 16 y Números 11.

Segundo, revisa tu teología. Los reformadores también enfatizaron la analogía de la fe. Ninguna interpretación debe contradecir la teología general de la Escritura. Aunque tu análisis gramatical-histórico pueda ser completo, si esta interpretación compromete las verdades de la fe cristiana, puedes estar seguro de que has interpretado el texto incorrectamente. Una sólida confesión de fe y una teología sistemática confiable son recursos invaluables para delinear los límites ortodoxos dentro de los cuales florece la exégesis bíblica.

Tercero, escucha a los santos. Si bien la historia de la iglesia y la erudición bíblica actual no son inherentemente autoritativas y en ocasiones pueden reflejar un consenso doctrinal mínimo, la exégesis no ocurre en un vacío histórico. Los mejores exégetas aprenden de la comunión de los santos. El Cristo que ascendió ha dado maestros y predicadores con el propósito de ayudar a Su pueblo a entender mejor Su Palabra. Los comentarios, las Biblias de estudio y los sermones están entre los mejores amigos de los exégetas. Verifica tus interpretaciones comparándolas con los hallazgos de los mejores intérpretes bíblicos tanto en el pasado como en el presente.

Finalmente, confía en el Espíritu. La interpretación bíblica es un ejercicio espiritual. Debemos depender de la obra iluminadora del Espíritu Santo para evitar el error y para interpretar correctamente la Palabra de Dios. Como Jesús dice: «El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha» (Jn 6:63). Las palabras de Jesús son difíciles, no porque sean oscuras, sino porque son imposibles de creer sin el Espíritu Santo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

¿Cuál es nuestra respuesta?

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John W. Tweeddale

¿Cuál es nuestra respuesta?

Nota del editor: Esta publicación es la séptima parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Las buenas obras no son malas, son buenas. Como cristianos, deberíamos querer hacerlas. El hecho de que no seamos salvos por nuestras obras no significa que no debemos preocuparnos por vivir una vida de obediencia gozosa a la Palabra de Dios. Jesús declara enfáticamente: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14:15). La obediencia, por frágil y débil que sea, es evidencia de nuestro amor por Cristo. Lejos de socavar el evangelio de la gracia, las buenas obras son el complemento perfecto para el evangelio.

Salvos, no por buenas obras

Para estar claros, las buenas obras son malas cuando se les considera como la base de la salvación. Una persona no es salva por sus obras sino por la gracia de Dios a través de la fe en Cristo. El apóstol Pablo explica:

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Ef 2:8-10).

Las obras no son meritorias. La salvación «no es de vosotros» y «no es por obras». Incluso la fe a través de la cual recibimos la salvación es un don generoso de Dios. Como criaturas caídas, nuestros mejores esfuerzos están llenos de pecado. Tomando prestado de Francis Schaeffer: ¿Cuántos cubos finitos de buenas obras se necesitarían para llenar el abismo infinito que existe entre Dios y nosotros debido a nuestro pecado? Las buenas obras no proporcionan ninguna base para jactarse porque son completamente inútiles para salvar. El único fundamento de la salvación es Cristo. Somos salvos por Sus obras, no las nuestras.

Salvos para buenas obras

Las buenas obras no son malas cuando son vistas como el objetivo de la salvación, no su base. Si bien las buenas obras no son meritorias para la salvación, son un componente necesario de la fe cristiana. Como dice Santiago, «la fe sin las obras está muerta» (Sant 2:26). Pablo hace esta misma observación cuando afirma que no somos salvos por buenas obras, sino que somos salvos para buenas obras.

Cada palabra en Efesios 2:10 es importante para poder explicar el papel que juegan las buenas obras en la vida cristiana. Aprendemos que las buenas obras son el resultado, no la causa, de que seamos nuevas criaturas, y ellas atestiguan el hecho de que hemos sido redimidos para que nuestras vidas puedan reflejar las cualidades y el carácter de Dios. Las buenas obras son también el resultado de estar unidos a Cristo. Fuera de Él, no podemos hacer nada que agrade a Dios. Pero en Cristo, fuimos creados para realizar actos de obediencia que honran a Dios. En Cristo, podemos estar seguros de que Dios acepta nuestros débiles e inestables esfuerzos . Pablo declara además que las buenas obras son el resultado del patrón de Dios para la vida cristiana. No necesitamos preguntarnos qué es lo que Dios requiere de nosotros. Él nos lo dijo en Su Palabra. Las buenas obras son actos hechos en conformidad con la Palabra de Dios.

Una fe que nunca está sola

Las buenas obras son buenas porque no surgen de una fe muerta sino de una «fe viva y verdadera» (Confesión de Fe de Westminster, 16.2). Somos justificados solo por gracia a través de la fe en Cristo solamente; sin embargo, la fe que salva nunca está sola, sino que va acompañada de vida espiritual y obediencia amorosa . Cristo es el fundamento de nuestra salvación, la fe es el instrumento de nuestra salvación, y las obras son el fruto de nuestra salvación. Cada vez que el evangelio echa raíces en nuestras vidas, siempre produce frutos del Espíritu (Gal 5:16-26). El Espíritu nos permite caminar de una manera digna de nuestro llamado a seguir vidas que reflejen a Cristo (Ef 4:1-7).

El valor de caminar por el camino de la obediencia es múltiple. La Confesión de Fe de Westminster establece que hay al menos seis beneficios de las buenas obras. Primero, las buenas obras manifiestan nuestra gratitud a Dios por el regalo de Su Hijo (Col 2:6). Segundo, las buenas obras refuerzan la seguridad de la fe (1 Jn 2:1-6). Tercero, las buenas obras son un medio para motivar a otros cristianos a hacer mayores actos de amor centrado en Cristo (Heb 10:24). Cuarto, las buenas obras son vías concretas para engalanar la doctrina de Dios nuestro Salvador en la vida y el ministerio (Tito 2:7-10). Quinto, las buenas obras silencian a los críticos que devalúan la bondad del cristianismo bíblico (1 Pe 2:1215). Sexto, las buenas obras glorifican a Dios al mostrar Su obra de amor en nuestras vidas (Jn 15:8-11).

¿Cuál es nuestra respuesta al evangelio? Un antiguo himno lo expresa muy bien: «Obedecer, cumple a nuestro deber. Si queréis ser felices, debéis obedecer».

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

John W. Tweeddale

John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.