Terrible inconsciencia

Martes 16 Agosto
Dios… ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia.
Hechos 17:30-31
Prepárate para venir al encuentro de tu Dios.
Amós 4:12
Terrible inconsciencia
Conducíamos a alta velocidad. Delante de nosotros iba un auto que transportaba varias bicicletas mal amarradas sobre su techo. Nuestros hijos observaban la escena divertidos. De repente, una de las bicicletas se soltó, hizo una pirueta y cayó produciendo una ráfaga de chispas… Hubo un grito, un giro brusco e inesperado, pero pasamos sanos y salvos. Desafortunadamente, detrás de nosotros, un auto frenó estrepitosamente y se estrelló contra otro vehículo.

Nos detuvimos un momento y luego continuamos nuestro viaje. Los daños solo fueron materiales. En nuestro auto nadie hablaba. Los niños estaban asustados porque ahora comprendían el peligro de la carretera. Este peligro siempre había estado allí, no había aumentado, pero ellos habían tomado consciencia, y su actitud había cambiado.

A menudo sucede lo mismo en el aspecto espiritual. Muchos siguen tranquilamente su camino, no porque sea seguro, sino porque no tienen consciencia del peligro. ¿Qué peligro? Tener que enfrentar el juicio de Dios y su condenación. Esta es una realidad solemne. Debemos mirarla de frente… y experimentar un apropiado temor.

Pero hay otra cosa de la cual debemos ser conscientes: el amor de Dios por todos los hombres. Un amor profundo, inmenso, capaz de responder a toda la miseria humana. Un amor que promete el perdón a todo el que pone su confianza en Jesucristo y en su sacrificio en la cruz.

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 4:7).

Jeremías 20 – Lucas 22:1-23 – Salmo 95:1-5 – Proverbios 21:17-18

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Jacobo, hermano del Señor

Lunes 15 Agosto
Muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene este estas cosas?… ¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?
Marcos 6:2-3
Jacobo, hermano del Señor
Los evangelios hablan de Jesús como “el carpintero… hermano de Jacobo”. También nos dicen que sus hermanos no lo comprendían, ni creían en él (Juan 7:3-5).

Sin embargo, este mismo Jacobo (o Santiago) figura entre los apóstoles (Gálatas 1:19). Incluso escribió una de las epístolas del Nuevo Testamento. Después de la muerte y la resurrección del Señor Jesús, sus sentimientos y su actitud cambiaron completamente respecto a él.

En efecto, Santiago comienza su carta presentándose como “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Santiago 1:1). Y continúa hablando de la “fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo” (Santiago 2:1).

El Señor Jesucristo era, en efecto, llamado “el carpintero”, el “hermano de Santiago”, quien al principio solo lo conocía como su hermano; pero luego reconoció en él al Cristo, es decir, al Mesías esperado, al Señor. Comprendió que el que se había humillado hasta nacer en medio de los hombres, ¡era en realidad el Señor de gloria, era Dios! Jesús crucificado, resucitado y glorificado en el cielo, vino a ser para su hermano Santiago el centro de su fe. ¡Qué cambio tan radical en sus pensamientos sobre Jesús! Dios le abrió los ojos, y entonces adoró.

¿Quién es Jesús para nosotros? ¿El hijo de María, el carpintero, el hermano de Santiago? ¿Un hombre que vivió de manera excepcional? Sí, pero además, como para Santiago, ¡él es el Señor de gloria, el centro de nuestra fe, a quien tenemos el honor de servir!

Jeremías 19 – Lucas 21:25-38 – Salmo 94:16-23 – Proverbios 21:15-16

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¿Haces bien en enojarte?

Domingo 14 Agosto
Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.
Santiago 1:19-20
Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo.
Efesios 4:26
¿Haces bien en enojarte?
Dios hizo dos veces esta pregunta al profeta Jonás, quien estaba enojado porque Dios había perdonado a los habitantes de Nínive, cuando él acababa de anunciar su juicio. Se sentía desprestigiado. Finalmente, Jonás respondió a Dios: “Mucho me enojo, hasta la muerte” (Jonás 4:9). Nos identificamos fácilmente con Jonás. A menudo nuestro amor propio no controlado nos hace ceder a la ira.

Notemos que la ira no es necesariamente mala, de otra manera el apóstol no diría: “Airaos, pero no pequéis”. Jesús mismo miró con enojo a los religiosos que lo espiaban para ver si se atrevía a sanar a un enfermo el día de reposo, el sábado; y la Palabra nos dice que se entristeció al ver la dureza de sus corazones (Marcos 3:5-6). Nosotros tampoco podemos ser indiferentes ante un menosprecio a los derechos de Dios.

Sin embargo, Dios nos exhorta a no dejarnos dominar por la ira. Esta es condenada cuando es el resultado de nuestra naturaleza pecadora: susceptibilidad, orgullo, pretensión. Primero no es más que una emoción, pero si le doy libre curso, se convierte en un pecado.

El creyente tiene el recurso de la oración, cuando siente que la ira crece en él. Si se vuelve a Dios en oración, incluso sin palabras, él le dará la paz. Oremos también para que Dios nos revele las verdaderas razones de nuestras iras. Solo él puede darnos la sabiduría para detenerlas mediante una actitud de perdón, de humildad y de verdad. Nuestro entorno sabrá reconocerlo, y el Señor será honrado.

Jeremías 18 – Lucas 21:1-24 – Salmo 94:8-15 – Proverbios 21:13-14

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Sé que soy salvo (3)

Sábado 13 Agosto
(Jesús) llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia.
1 Pedro 2:24
Sé que soy salvo (3)
Una noche de verano, un niño observaba fascinado el reflejo de la luna en el agua de un estanque. De repente su hermano mayor echó una piedra al agua. El niño exclamó: “Rompiste la luna y los pedazos están temblando”. Su hermano le respondió: “Levanta los ojos y verás que la luna está perfecta; solo ha cambiado su reflejo en el agua”.

Nuestro corazón es como el agua del estanque. Mientras no permitamos que el mal entre en nuestra vida, el Espíritu Santo nos da consuelo y paz. Pero cuando el pecado se introduce -como una piedra lanzada al agua-, nuestra felicidad se destroza. Somos zarandeados interiormente.

¿Ha cambiado la obra de Cristo? ¡No! Entonces nuestra salvación tampoco ha cambiado. ¿La Palabra de Dios ha variado? ¡No! Entonces nuestra salvación sigue siendo segura. ¿Qué ha cambiado entonces? Lo que sucede es que el Espíritu Santo ya no puede obrar libremente en nosotros. En lugar de llenar nuestro corazón de Cristo, debe hablar a nuestra conciencia, mostrarnos nuestro pecado. Así perdemos el gozo, hasta que hayamos confesado nuestra falta y rechazado el mal. Después de esto, volvemos a hallar el gozo y la comunión con el Señor.

Pero si alguna vez una nube
Viene a robarme tu belleza,
Amigo divino, después de la tormenta,
Como antes, brilla tu claridad.
Que de ti nada me separe,
¡Oh, mi Salvador! Enséñame,
Si de nuevo mi pie resbala,
A volver pronto a ti.
Jeremías 17 – Lucas 20:27-47 – Salmo 94:1-7 – Proverbios 21:11-12

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Sé que soy salvo (2)

Viernes 12 Agosto

Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Efesios 2:8-9

Sé que soy salvo (2)

¿Cómo puedo estar seguro de tener la verdadera fe? Simplemente poniendo mi confianza en Dios, y en Jesús, el Salvador que Dios nos ha dado. Esto es lo que muestra la Biblia. No se trata de esperar cierto grado de fe, sino de saber que la persona en quien he creído es digna de confianza. Que me aferre a Cristo con la energía de una persona que se está ahogando, o que solo toque el borde de su manto (Lucas 8:43-44), estaré seguro, porque estoy unido al Señor por la fe. Lo sé porque confío en su obra cumplida en la cruz. Esto es lo que significa creer en él.

Si mi confianza está basada en mis obras, en mis prácticas religiosas, en mis sentimientos de piedad o en mi educación, estaré perdido para siempre. Solo la fe en Cristo, por más débil que sea, salva eternamente. La fe en uno mismo, por más fuerte que sea, no sirve para nada.

“Sí, yo creo en Cristo”, afirmó una joven. Pero cuando se le preguntó si era salva, respondió que no podía decirlo por temor a parecer pretensiosa. Sin embargo, decir que uno es salvo, que pertenece al Salvador, no es pretensión. Es la prueba de que confiamos en lo que Dios declaró. Podemos saber y decir que somos salvos porque la Biblia afirma que todo el que se arrepiente y cree es salvo. Jesucristo dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” (Juan 10:27-9).

(mañana continuará)

Jeremías 16 – Lucas 20:1-26 – Salmo 93 – Proverbios 21:9-10

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Sé que soy salvo (1)

Jueves 11 Agosto

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8:38-39

Sé que soy salvo (1)

“He leído varios relatos de personas que se han convertido a la fe cristiana, y cada vez el que cree experimenta un gran gozo. Pero yo no siento nada”.

Esta reflexión, acompañada de tristeza, puede ser compartida por uno que otro cristiano sincero. Es creyente, pero se pregunta si realmente pertenece a Dios, si no debería experimentar algo particular. Un día tiene la certeza de pertenecer al Señor, de ser salvo, y al día siguiente todas sus esperanzas desaparecen.

Ilustremos este caso. Ese creyente es como un barco azotado por la tempestad, sin un punto de anclaje. Por supuesto, tiene un ancla, pero la deja en la bodega del barco en lugar de tirarla por la borda para que se aferre al fondo del mar. Así sucede con la fe del creyente. Ella puede ser real, pero se centra en él mismo, por así decirlo. Solo se apoya sobre lo que siente, no tiene certezas y, al contrario, experimenta una serie de dudas. Para tener la certeza de ser salvo, nuestra fe debe apoyarse sobre lo que es externo a nosotros mismos; debemos poner nuestra confianza en Jesús y en lo que él hizo.

Jesús fue a la cruz y allí “padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Él mismo sufrió el castigo de Dios contra el pecado, y ahora Dios declara que todo el que cree en Cristo es justo; sus pecados son perdonados. Esto no depende de lo que el creyente siente, sino de lo que Dios dijo y prometió.

(mañana continuará)

Jeremías 15 – Lucas 19:28-48 – Salmo 92:10-15 – Proverbios 21:7-8

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¿Necesita un milagro?

Miércoles 10 Agosto
( Jesús dijo:) Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Mateo 11:28
No queréis venir a mí para que tengáis vida.
Juan 5:40
¿Necesita un milagro?
Leer Juan 5:1-15
“Toma tu lecho, y anda”, ordenó Jesús a un hombre paralítico desde hacía 38 años, que esperaba la sanación al borde del estanque de Betesda. ¡Qué ironía!, dirá el que no conoce a Dios. Pero esto es desconocer su poder y su amor. El paralítico creyó a Dios, y por la fe obedeció y fue sanado.

Cosa extraña, había una multitud de enfermos alrededor del estanque, pero solo uno fue sanado. El poder de Jesús es plenamente suficiente para todos, pero para beneficiarse de él es necesario creer.

Como este hombre paralítico, el ser humano sin relación con Dios no puede hacer nada. Pero Jesús abre el camino y se acerca. Abrió ese camino hacia cada uno de nosotros cuando murió en la cruz. Levantémonos y sigámosle. Así no formaremos parte de aquellos a quienes Jesús dice: “No queréis venir a mí para que tengáis vida”.

A pesar de ser testigos de una sanación tan maravillosa, los judíos no se alegraron en absoluto. Al contrario, atacaron al hombre sanado: “Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho”. Quizás alguien le diga a usted también: “No te es permitido comprender por ti mismo la Biblia, ni acercarte directamente a Dios…”. El paralítico hubiera tenido muchas razones para no responder a la invitación de Jesús: sus muchos intentos fallidos, la opinión de los que lo rodeaban, su enfermedad incurable… Pero su fe desbarató todos los razonamientos. Contó con el que estaba ahí, presente, y recibió de él la fuerza para sobrepasar todos los obstáculos.

Jeremías 14 – Lucas 19:1-27 – Salmo 92:5-9 – Proverbios 21:5-6

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Misericordia

Martes 9 Agosto
Dios… es rico en misericordia.
Efesios 2:4
Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.
Colosenses 3:12
Misericordia
En los dos versículos del encabezamiento hallamos la palabra “misericordia”, aplicada a Dios mismo y a sus hijos. La expresión utilizada en griego para el segundo versículo es muy significativa, literalmente quiere decir “entrañas de misericordia”.

Ser misericordioso significa ser sensible a la miseria y a la aflicción de los demás. La misericordia es uno de los caracteres de Dios, forma parte de su Ser. Desde el cielo él vio la condición miserable del ser humano, y “fue movido a misericordia”, como lo ilustra la parábola del buen samaritano (Lucas 10:33) y la del hijo perdido (Lucas 15:20). Descendió del cielo para visitarnos; intervino especialmente para sacarnos del problema. Dios Hijo vino en persona a la tierra para ocuparse de nosotros; su compasión se manifestó libremente hacia todos los que lo rodeaban y, sobre todo, dio su vida para que nosotros tengamos la vida eterna.

El apóstol Pablo nos invita a imitar a nuestro Dios Salvador, a ser misericordiosos como él. A menudo nuestros sentimientos son superficiales, nuestras emociones demasiado pasajeras. Cuando los medios de comunicación informan sobre una catástrofe o un hecho trágico, nos sensibilizamos espontáneamente, pero esto dura poco. Hijos de Dios, “vistámonos” más decididamente de este carácter, volvámonos a los demás para hacerles bien.

Si se lo pedimos, nuestro Dios obrará para cambiar nuestro corazón, que a menudo es tan duro e insensible, y así hacerlo más parecido al de nuestro Salvador.

Jeremías 13 – Lucas 18:18-43 – Salmo 92:1-4 – Proverbios 21:3-4

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Ser o tener

Lunes 8 Agosto
(Jesús dijo:) ¿Qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?
Lucas 9:25
La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
Lucas 12:15
Ser o tener
¿Conoce a muchas personas satisfechas con su suerte? ¿No estamos más bien rodeados de personas perpetuamente insatisfechas? Quizás usted mismo aspire a algo más de lo que tiene en su vida diaria. Nuestra sociedad de consumo sabe aprovechar esta insatisfacción y explotarla con fines comerciales: propone toda clase de productos que, según dice, saciará a quien los obtenga. Comprar, poseer bienes, es la cultura “del tener”, que nunca ha satisfecho el corazón de nadie.

El filósofo cristiano, Blaise Pascal, decía: “En cada hombre hay un gran vacío en forma de Dios”. Pero antes de Pascal, Jesús declaró: “La vida es más que la comida, y el cuerpo que el vestido” (Lucas 12:23). Nuestra sociedad materialista pretende responder a todas las necesidades, pero olvida que las más importantes son de orden espiritual.

Jesús nunca prometió colmar a nadie en el plano material. La salvación y la vida que él propone no llenarán su carrito de compras ni sus armarios, pero llenarán su corazón de gozo y de paz. Jesús no desea cambiar sus circunstancias ni sus condiciones de vida; él quiere transformarlo a usted mismo. Para ello le ofrece su amor, su perdón. Él quiere hacer de usted uno de sus hijos. Su valor no depende de lo que usted tiene, sino de lo que es ante Dios y para él.

“El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

Jeremías 12 – Lucas 18:1-17 – Salmo 91:11-16 – Proverbios 21:1-2

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¿Por qué grita de ese modo?

Domingo 7 Agosto
Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.
Juan 7:37
Vino el Señor y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel, Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye.
1 Samuel 3:10
¿Por qué grita de ese modo?
Nuestra manera de hablar con los demás depende de su disposición a escuchar. En un rincón del salón hablaba en voz baja a Víctor, quien sentado frente a mí, me miraba y me escuchaba. Gustavo estaba al otro lado del salón, inmerso en su lectura. No esperaba que yo le hablase. Si lo hiciese en voz baja, no oiría, por eso le hablé en voz alta. En la habitación contigua, Beatriz estaba escuchando música con un casco en las orejas. Para que me escuchase tendría que gritar.

Ayer, cuando iba a entrar en mi casa, vi a mi vecino que estaba a punto de cruzar la calle. De repente, un automóvil apareció. Como él es un poco sordo, grité con todas mis fuerzas, pues su vida estaba en peligro. Pero mi vecino me miró un tanto contrariado: “¿Por qué grita de ese modo?”.

Dios habla a cada uno de nosotros, y el tono que emplea depende de nuestra actitud hacia él. ¿Se parece mi actitud ante Dios a la de Víctor, Gustavo o Beatriz? ¿Qué tono debe usar para comunicarse conmigo? Como mi vecino, ¿vamos a reprocharle que nos habla demasiado fuerte, para luego tener que sufrir las consecuencias?

Dios también se dirige a todo el mundo. Si a veces tiene que hablar fuerte, ¿no será debido a la actitud hostil del mundo hacia él?

Escuchémosle, pues nuestra vida depende de ello; Dios nos advierte para nuestro bien.

Jeremías 11 – Lucas 17 – Salmo 91:7-10 – Proverbios 20:29-30

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