Un diálogo respetuoso

Miércoles 16 Noviembre

Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Señor.

Jeremías 29:13-14

Un diálogo respetuoso

Muchas personas no creyentes desean conocer más sobre la fe cristiana, pero temen preguntar a los cristianos, por miedo a ser juzgadas por ellos. Porque aceptar el intercambio es un poco descubrirse a sí mismo.

Les corresponde a los cristianos “adaptarse” a quienes los rodean para mostrarles claramente la buena nueva del amor de Dios. Y esto sin importar la cultura o la clase social del interlocutor. El Señor Jesús pagó el precio para llevar a Dios personas “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Aprovechar una conversación cordial para testificar de la gracia de Cristo implica el respeto a las personas, teniendo la convicción de que ellas son amadas por Dios. También es necesario que ellas sientan que las amamos, incluso si no compartimos todas sus opiniones. Es preciso escuchar a quienes buscamos alcanzar, comprender sus dudas. Con ellos, a su propio ritmo, será más fácil hallar las respuestas de la Biblia a sus preguntas.

En los evangelios frecuentemente vemos a Jesús acercarse e interrogar a sus interlocutores antes de hablarles. Así sucedió con la mujer samaritana (Juan 4), con los discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24).

En su defensa ante Agripa y Festo, Pablo les contestó: “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura… ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees. Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:25-28).

Amigos cristianos, sigamos estos ejemplos y confiemos en Dios y en la obra de su Espíritu.

Josué 5 – Hebreos 7:18-28 – Salmo 125 – Proverbios 27:21-22

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Un diálogo respetuoso

Miércoles 16 Noviembre
Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Señor.
Jeremías 29:13-14

Un diálogo respetuoso
Muchas personas no creyentes desean conocer más sobre la fe cristiana, pero temen preguntar a los cristianos, por miedo a ser juzgadas por ellos. Porque aceptar el intercambio es un poco descubrirse a sí mismo.

Les corresponde a los cristianos “adaptarse” a quienes los rodean para mostrarles claramente la buena nueva del amor de Dios. Y esto sin importar la cultura o la clase social del interlocutor. El Señor Jesús pagó el precio para llevar a Dios personas “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

Aprovechar una conversación cordial para testificar de la gracia de Cristo implica el respeto a las personas, teniendo la convicción de que ellas son amadas por Dios. También es necesario que ellas sientan que las amamos, incluso si no compartimos todas sus opiniones. Es preciso escuchar a quienes buscamos alcanzar, comprender sus dudas. Con ellos, a su propio ritmo, será más fácil hallar las respuestas de la Biblia a sus preguntas.

En los evangelios frecuentemente vemos a Jesús acercarse e interrogar a sus interlocutores antes de hablarles. Así sucedió con la mujer samaritana (Juan 4), con los discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24).

En su defensa ante Agripa y Festo, Pablo les contestó: “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura… ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? Yo sé que crees. Entonces Agripa dijo a Pablo: Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:25-28).

Amigos cristianos, sigamos estos ejemplos y confiemos en Dios y en la obra de su Espíritu.

Josué 5 – Hebreos 7:18-28 – Salmo 125 – Proverbios 27:21-22

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¿Se puede criticar antes de haber leído?

Lunes 14 Noviembre
Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio.
Proverbios 18:13
¿No es mi palabra como fuego, dice el Señor, y como martillo que quebranta la piedra?
Jeremías 23:29

¿Se puede criticar antes de haber leído?

Un misionero viajaba por los alrededores de México. Se detuvo dos días en una aldea para anunciar el Evangelio. Durante las horas calurosas del día, sentado cerca de su hospedaje, respondía las preguntas de los que acudían a él.

Un joven se acercó, observó al misionero de modo decidido y declaró:

 – Vine para discutir con usted, porque no creo en lo que anuncia.

Como respuesta el misionero le dio una Biblia, diciéndole:

 – Este libro es la Palabra de Dios. Léelo, y cuando quieras, podremos hablar sobre él.

Sorprendido, el joven tomó la Biblia, se sentó a la sombra de un árbol y empezó su lectura.

Al día siguiente el misionero se despidió de sus nuevos amigos. El joven decidió recorrer una parte del camino con él. En la aldea siguiente le devolvió la Biblia, diciendo:

 – Es un libro interesante. No encontré nada que quiera discutir.

 – La Palabra de Dios debe ser creída y no discutida; sigue con tu búsqueda y hallarás la vida eterna, le contestó el misionero, al tiempo que le regalaba la Biblia.

Veinte años más tarde el misionero volvió a la aldea y reconoció al joven de otros tiempos. Estaba feliz de contar, delante de todos los presentes, cómo este libro de Dios lo había llevado al arrepentimiento y a la fe en el Señor Jesús. Para él la Biblia vino a ser su más grande tesoro. Ya no tenía ganas de discutir sus enseñanzas. Al contrario, las vivía.

Josué 3 – Hebreos 6 – Salmo 123 – Proverbios 27:17-18

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El pecado… ¿qué es para usted?

Domingo 13 Noviembre

Así como por la desobediencia de un hombre (Adán) los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno (Jesús), los muchos serán constituidos justos.

Romanos 5:19

(Jesús dijo:) No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.

Lucas 5:32

El pecado… ¿qué es para usted?

Vivimos en una cultura en la cual la noción de pecado es cuestionada. Para la opinión general, el homicidio, la traición, el robo son faltas graves, si se comparan con el hecho de mentir, engañar, codiciar… Pero el pecado es más que malas acciones, e incluso que palabras malvadas o malos pensamientos. Es una fuerza inherente a nuestra naturaleza, heredada de nuestros padres, que nos incita a vivir sin Dios, y en consecuencia en oposición a su voluntad.

La palabra “pecar”, originalmente significa “fallar al blanco, equivocarse”. El blanco es el modelo ideal de perfección reconocido por Dios y cumplido por Jesús, el Hijo de Dios, hombre perfecto. Comparado con él, es claro que todo hombre ha perdido el objetivo que Dios había dado a su criatura. Todos somos, pues, pecadores (Romanos 3:23).

Incluso los que no han robado ni matado deben reconocer que alguna vez mintieron o tuvieron malos pensamientos; a veces calificamos esto como una falta ligera, como un pecado insignificante. Pero el pecado, cualquiera que sea su gravedad, nos aleja de Dios, nos conduce al juicio y a la condenación. Sin embargo, Dios no nos deja sin esperanza ante esta situación. Para liberarnos de este estado, él quiere que admitamos que somos pecadores; él nos ofrece su perdón. ¿Aceptamos este perdón?

Por medio de Jesucristo “se os anuncia perdón de pecados… en él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:38-39).

Josué 2 – Hebreos 5 – Salmo 122 – Proverbios 27:15-16

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Solamente un “adiós”

Sábado 12 Noviembre

Yo en ti confío, oh Señor; digo: Tú eres mi Dios. En tu mano están mis tiempos.

Salmo 31:14-15

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.

Isaías 26:3

Solamente un “adiós”

Una cristiana contó: Yo estaba hospitalizada debido a unos problemas de salud. Una pared móvil separaba mi cama de la de una joven paciente que tenía un mal incurable. Su médico había renunciado a todo tratamiento curativo y, como ella sufría demasiado, le administraban fuertes dosis de calmantes. Un día, mientras ella respondía al teléfono, la escuché decir a su interlocutor: “Esto no mejorará. Quiero regresar a casa. Me gustaría morir en la casa”.

Estas palabras me impactaron. Ella iba a morir y lo sabía. ¿Estaba preparada para encontrar a Dios? Pedí al Señor que me diera las palabras para hablar a su corazón. Me acerqué a su cama y le hablé de Jesús, de su sacrificio en la cruz para darnos la vida eterna. Le repetí las palabras que Jesús dijo a Nicodemo y por las cuales muchas personas han sido conducidas a la fe: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Ella me miró y, sonriendo, me dijo: “Yo también soy creyente”. Al otro día partió para “morir en su casa”, y cuando le dije adiós, ella me mostró el cielo y me dijo: “Sí, adiós; nos volveremos a ver allá arriba”.

“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él” (1 Tesalonicenses 4:13-14).

Josué 1 – Hebreos 4 – Salmo 121 – Proverbios 27:13-14

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Tres cruces

Viernes 11 Noviembre

Allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

Juan 19:18

Tres cruces

En la colina del Gólgota, cerca de Jerusalén, erigieron tres cruces; en cada una de ellas fue clavado un hombre. A cada lado había un malhechor, pero Jesús, en la cruz del medio, era diferente, era inocente. Su juez declaró: “Ningún delito hallo en este hombre” (Lucas 23:4); sin embargo, incitado por la multitud, lo condenó a muerte. Jesús sufrió, pues, el atroz suplicio reservado a los criminales, según las leyes romanas de la época. Todos se burlaban de él y lo injuriaban, incluso los dos malhechores crucificados con él. “Los principales sacerdotes… decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mateo 27:41-42). Pero Jesús no lo hizo por amor a cada uno de nosotros, por amor a los que estaban allí insultándolo, por quienes oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Al oír esto, uno de los dos malhechores cambió de actitud, aceptó este perdón para sí mismo y se encomendó a Jesús para el más allá. “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. La respuesta fue inmediata: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42-43).

En esta escena se encuentra toda la historia de la humanidad. Todos los hombres son culpables ante Dios y merecen su juicio. Todos excepto uno, Jesucristo, Dios hecho Hombre para sufrir ese juicio en lugar del culpable, para que así Dios pudiera perdonar al pecador. Unos aceptan esta gracia, otros son indiferentes.

Y usted, ¿de qué lado está?

“Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14-15).

Deuteronomio 34 – Hebreos 3 – Salmo 120 – Proverbios 27:11-12

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Cartas a las iglesias: Éfeso (1)

Jueves 10 Noviembre

(Jesús dijo:) Has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado; pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.

Apocalipsis 2:3-4

Cartas a las iglesias: Éfeso (1)

Leer Apocalipsis 2:1-7

La primera de las siete cartas que Jesús dirigió a su Iglesia (o Asamblea) fue escrita a la iglesia en Éfeso. Esta ciudad, muy comercial, era un centro religioso pagano importante. No era fácil ser creyente en Éfeso. Los cristianos habían sufrido debido a su fe. El Señor lo sabía y apreciaba esta fidelidad, como también su trabajo, su paciencia y su vigilancia para no soportar a los que impartían una enseñanza errónea. Sin embargo, ahora Jesús les hacía este reproche: “Has dejado tu primer amor”. Cuando estos cristianos habían creído en el Señor Jesús, su vida había hallado su fuente y su celo en el amor por él, y en el gozo de conocerlo. Pero con el paso de los años, su fe había perdido su frescor. Sin desanimarse, ellos continuaban sus actividades cristianas. Pero, quizá porque su servicio los absorbía demasiado, perdieron de vista al Señor mismo. Un gran peligro amenazaba a esta iglesia. El agua todavía corría en el arroyo, pero su fuente, el primer amor, se había secado.

Esta carta a Éfeso, iglesia del primer siglo, nos interpela a todos. Como creyente puedo perder el fervor del primer amor por mi Salvador. Ni mis obras, por buenas que sean, ni mi celo por la verdad, me preservarán. Para hacer “las primeras obras” (v. 5) necesito mirar la realidad en frente, salir de mi religiosidad y mantener una comunión con el Señor. Las primeras obras emanan del primer amor… y no a la inversa. “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

(continuará el próximo jueves)

Deuteronomio 33 – Hebreos 2 – Salmo 119:169-176 – Proverbios 27:9-10

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Un corazón de Padre

Miércoles 9 Noviembre
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.
1 Juan 3:1
Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.
1 Pedro 5:7
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.
Jeremías 31:3

Un corazón de Padre
Un niño había pasado toda la tarde martillando y trabajando con trozos de madera. Al fin salió del taller con un barco de tres cubiertas, y esperó impaciente a su padre. Este llegó a su casa tarde en la noche, cansado y preocupado. No se fijó en el niño que, muy emocionado, quería mostrarle su obra maestra. El niño se fue a la cama muy triste, su papá ni siquiera lo había mirado…

Tal vez usted tenga recuerdos dolorosos de su infancia privada de un padre, cuando se perdió y vagaba completamente angustiado, cuando era el blanco de las burlas malvadas de sus compañeros, cuando lo lastimaron o lo decepcionaron. Sin embargo, nuestro Padre celestial nunca lo ha perdido de vista; él quiere manifestarle su ternura, su interés. Su amor es incondicional, no depende de nuestros éxitos o hazañas, de nuestra amabilidad o belleza. Usted no necesita demostrarle nada. Él lo ama tal como es. Usted es único para su Padre.

“Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él”. Él mismo llevó “nuestros pecados” (1 Juan 4:8-9; 1 Pedro 2:24). ¡Qué prueba de amor!

“Estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra. Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra” (2 Tesalonicenses 2:15-17).

Deuteronomio 32:29-52 – Hebreos 1 – Salmo 119:161-168 – Proverbios 27:7-8

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¡Mi Dios es grande!

Martes 8 Noviembre

Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos… Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.

Salmo 33:6-9

¡Mi Dios es grande!

Tengo un amigo cuyo aspecto siempre es amable y tranquilo. Hoy me contó cómo Dios lo sostiene en medio de los grandes sufrimientos que atraviesa. Me describió los síntomas desconocidos, a veces extraños, que siente en su cuerpo minado por la enfermedad. Se hace preguntas sobre lo que le sucederá en los próximos días. Pero también me dijo: “Estoy en paz. No puedo explicarlo, pero la paz de Dios me invade y sobrepasa todos mis temores y mis razonamientos”.

Sonriendo me explicó que un capítulo de la Biblia lo animaba mucho desde hacía algunos días: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra… Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz… y separó Dios la luz de las tinieblas…” (Génesis 1:13-4). En este texto introductorio de la Biblia Dios revela quién es él, subraya su majestad, su poder y su autoridad sobre todo. En el inmenso universo no existe nada por casualidad. Todo muestra la sabiduría y el orden del que llamó la creación a la existencia. Cada elemento aparece en su tiempo, espléndido, perfecto; luego toma el lugar y la función asignados por Dios. La composición final es magnífica.

Estas palabras animaban a mi amigo. Retenía interiormente este mensaje: “Hijo mío, recuerda que tu Padre es infinitamente grande. Confía plenamente en mí; ten la certeza de que puedes entregarme todos tus sufrimientos y tus preguntas, porque yo soy tu Dios”.

¿Conoce usted al Dios de mi amigo, el gran Dios, el único Dios justo y Salvador? (Isaías 45:21-22).

Deuteronomio 32:1-28 – Juan 21 – Salmo 119:153-160 – Proverbios 27:5-6

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Tenía que correr (2)

Lunes 7 Noviembre

Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Filipenses 3:13-14

Tenía que correr (2)

“¿Jesús era realmente el Mesías de Israel, el Salvador del mundo? Esta pregunta crucial terminó ocupando todos mis pensamientos. Yo no podía ignorarla, con el pretexto de que la mayoría de los judíos no creen en él. Entonces oré a Dios pidiéndole que me revelara si Jesús era verdaderamente el mediador del nuevo pacto. Esta oración cambió mi vida.

Comprendí que mis pecados formaban una barrera que me impedía conocer a Dios. Como en el tiempo de Moisés, se necesita un sacrificio para que Dios perdone y su justicia sea satisfecha. Pero el cordero del antiguo pacto anunciaba al Hijo de Dios: él se ofreció en sacrificio una vez por todas. Poniendo mi confianza en él, en lo que él hizo por mí, y no en mis méritos, podía estar delante de Dios. Esto me conmovió profundamente.

Mi andar espiritual no tiene nada espectacular. Sin embargo, Dios cumplió un gran milagro: cambió mi vida presente y me dio la seguridad de la vida eterna. La buena nueva del evangelio, del amor de Dios manifestado en Jesús el Mesías, colmó el vacío de mi vida.

Aunque sigo amando el deporte, este ya no es para mí una meta en sí mismo. Ya no corro para obtener una medalla de poco valor; pero prosigo a la meta, para una recompensa eterna, el premio del llamado celestial de Dios”.

Étienne L.

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24).

Deuteronomio 31 – Juan 20 – Salmo 119:145-152 – Proverbios 27:3-4

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