Regocijaos en el Señor

Cantad con gozo a Dios, fortaleza nuestra.

Salmo 81:1

El que hace misericordia, con alegría.

Romanos 12:8

Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!

Filipenses 4:4

Regocijaos en el Señor

Recuerdo haber oído decir a un creyente mayor: «Un cristiano triste es un triste cristiano». Quería decir que la tristeza no es el estado normal de un hijo de Dios y puede ser un mal testimonio para los que lo rodean.

Como cristiano tengo razones fundamentales para ser feliz: sé que mis pecados fueron borrados para siempre, que Dios me adoptó como hijo suyo y que mi futuro eterno está asegurado en la gloria del cielo. Esto debería producir ciertos efectos en mi vida. ¡La gente debería oírme cantar de gozo y verme servir gozoso a mi Dios y a mi prójimo!

El apóstol Pablo es un ejemplo a seguir. Su vida, lejos de ser fácil, estuvo llena de pruebas y motivos de preocupaciones sin comparación con mi propia vida (lea 2 Corintios 11:23-28). Pero su gozo interior no fue alterado, y era sincero cuando decía que estaba entristecido pero siempre gozoso (2 Corintios 6:10).

Si mi gozo fluctúa según las circunstancias por las que paso, quizá sea porque no pienso lo suficiente en el amor de Jesús por mí. Ayer dejó el cielo para venir a salvarme y dio su vida para borrar mis pecados. Hoy se ocupa de mí al igual que un pastor cuida de sus ovejas, y me prepara un lugar en la casa de su Padre. Mañana él mismo vendrá a buscarme para llevarme con él. ¿Qué más necesito para vivir feliz?

“No os entristezcáis, porque el gozo del Señor es vuestra fuerza” (Nehemías 8:10).

Esdras 1 – Juan 1:1-28 – Salmo 111:1-5 – Proverbios 24:21-22

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El libro que le daba miedo

miércoles 4 octubre

Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca… Gracia y paz a vosotros… de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.

Apocalipsis 1:3-5

El libro que le daba miedo

Un creyente fue a visitar a una persona enferma y le propuso leer un pasaje de la Biblia. El enfermo respondió: «De acuerdo, pero que no sea en el Apocalipsis; es un libro que me da miedo».

La persona que no está en paz con Dios tiene razón para tener miedo. El Apocalipsis es un libro de juicios, terribles juicios que caerán sobre los hombres que viven sin Dios. Futuro aterrador, que nos invita a reconciliarnos con Dios antes de que dé rienda suelta a su ira. Esa ira que vendrá después de su actual paciencia, la cual el hombre a veces interpreta como indiferencia con respecto a la injusticia y al sufrimiento.

¡La hora está avanzada en el reloj del tiempo! En la época difícil en la que vivimos, Satanás seduce a los hombres y los arrastra a la perdición. Pero Dios, que conoce el futuro, recuerda sin cesar mediante su Palabra que hoy es el día de salvación.

¿Ese libro le da miedo y por eso no lo lee? Su actitud no soluciona nada. ¡El hecho de ignorar las advertencias nunca ha hecho desaparecer los peligros! Sí, Dios juzgará al mundo, pero primero lo amó. Hoy le ofrece su gracia. ¡Abra ese libro, abra los ojos! Escuche el último llamado de Jesús, al principio del libro: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

Sofonías 3 – Judas – Salmo 110 – Proverbios 24:19-20

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Una canción de tristeza

3 Octubre 2017

Una canción de tristeza
por Charles R. Swindoll

Salmos 116

El Salmo 116 es el lamento de un hombre que está rodeado de dolor y sufrimiento, probablemente porque la muerte ha rozado su vida. Investiguemos un poco más a fondo esa canción de tristeza.

El primer renglón de la canción de salmista nos sorprende. Él escribe: «Amo al Señor, pues…» (v. 1). En el siglo XIX una joven inglesa llamada Elizabeth Barrett sufrió una lesión en la espalda, cuando tenía 15 años, que la dejó semi inválida por muchos años. Aunque ella volvió a recuperar sus fuerzas antes de su matrimonio con Robert Browning en 1846, ella no quería cargarlo con las responsabilidades de cuidar de una esposa incapacitada. Su amor por él fue expresado bellamente en su obra, Sonetos de la portuguesa, y de allí es que se conoce aquella frase inmortal: «¿Qué cómo te amo? Déjame contártelo». En esos sonetos ella describe la profundidad, la anchura y la altura de su amor. De la misma forma, el salmista expresa su más profundo afecto por su Señor. Déjeme contárselo.

Porque me escucha
Dice el salmista en los dos primeros versículos:

Amo al Señor, pues ha escuchado mi voz y mis súplicas,
porque ha inclinado a mí su oído. Por tanto, le invocaré todos mis días
 (vv. 1-2).

1. Ha escuchado mi voz.
2. Ha inclinado a mí su oído.

Estas dos frases son distintas. La primera, «ha escuchado», significa sencillamente que cuando el salmista habla, Dios le escucha. Dios le pone atención. La segunda frase, «ha inclinado» viene de la palabra hebrea «natah» que significa doblarse o virar hacia un lado. Implica interés, como cuando alguien vuelve su rostro para mirarlo o cuando alguien deja de hacer algo para darle su atención completa; o cuando alguien se acerca a oír lo que usted tiene que decir.

Por ejemplo, Salomón utiliza la misma palabra en Proverbios 7:21-22 para escribir la reacción de un hombre que ha sido seducido por una prostituta y la «sigue». También aparece en 1 Reyes 11:4 para describir la forma en que las esposas de Salomón le «volvieron» su corazón a otros dioses. El salmista dice que el ama al Señor porque Dios se «vuelve» a él, porque deja de hacer su trabajo para poder ponerle atención en su dolor y sufrimiento. Dios nunca le da la espalda a aquellos que claman a Él con lágrimas. Cuando Dios parece estar alejado, en realidad Él está «inclinándose» a escucharnos.

Porque me rescata

Lea nuevamente los versículos  3 al 6 y 8 al 11 pero ahora, hágalo detenidamente.

Podemos ver que alguna circunstancia trágica había rodeado al escritor. Alguna experiencia terrible y dolorosa le había hecho decir que él estaba cerca de la muerte. Por experiencia personal, sé que el dolor y el sufrimiento pueden ser tan intensos, que la muerte parezca inminente. El salmista clama a Dios con la misma intensidad que lo haría un hombre que va cayendo de un precipicio y en esa situación llega a confesar que ha dudado de Dios y que ha caído en pecado.

Creo que Spurgeon capta muy bien el pathos de la situación del salmista cuando dice:

Así como los cazadores rodean su presa, de tal forma que no haya ningún escape, David se encontraba prisionero en sus sufrimientos mortales. La tristeza, la debilidad y el terror son peones de la muerte con las que ella lo rodeaba.

… Horrores que atormentan al perdido se adhirió a mí, me encadenó, me requisó para luego tomarme prisionero… la sentía tan cerca que podía ver sus dientes como los perros cazadores cuando encuentran a su presa.

No obstante, lo maravilloso es que el Señor lo liberó, lo rescató. Aun cuando se sentía sin fuerzas, después de que calumniaron su carácter, de sentirse deprimido, enfermo y conmocionado por el dolor, el salmista testifica que el Señor se quedó a su lado. Dios siempre hará eso. Dios nunca nos abandona. Él nunca abandona un barco que se está hundiendo; Él no huye cuando el enemigo aumenta su fuerza. Nuestro Dios es un experto en lo que respecta a la liberación del ser humano y esa es una promesa para usted.

No es de extrañarse entonces que el salmista diga que que va a «andar delante del Señor» (v. 9) como agradecimiento por su liberación. Es una reacción natural querer pasar el tiempo con alguien que se mantuvo con nosotros durante alguna experiencia dolorosa que tuvimos que enfrentar.

Afirmando el alma
Las personas que enfrentan un intenso dolor y sufrimiento con frecuencia comienzan a dudar del Señor. ¿Por qué cree usted que esto sucede? ¿Qué hizo el salmista? ¿Qué hizo usted para contrarrestar la duda? Sabiendo lo que sabe ahora, ¿qué hará si el dolor y el sufrimiento quieren crear duda en su vida?

Nuestro Dios es un experto en lo que respecta a la liberación del ser humano.—Charles R. Swindoll

Adaptado del libro, Viviendo los Salmos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2013). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright
© 2017 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

El poder de la Palabra de Dios

(Jesús dijo:) Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.

Juan 6:63

La palabra de Dios es viva y eficaz.

Hebreos 4:12

El poder de la Palabra de Dios

En los años 1930, un vendedor había logrado vender una Biblia en un pueblo aislado de Polonia. Cuando tres años más tarde volvió a ese pueblo, sintió un gran gozo: doscientas personas habían sido llevadas a la fe en Cristo, ¡gracias a la lectura de la única Biblia que poseían!

Como aquellos cristianos solo tenían a disposición un ejemplar de la Biblia, habían decidido dividir cuidadosamente el libro en varias partes para que circulasen entre los habitantes, y así beneficiarse todos de la lectura.

El vendedor organizó un encuentro con aquellos creyentes y les preguntó si podían decir de memoria algunos versículos de la Biblia. Uno de los oyentes le preguntó: «¿Comprendimos bien? ¿Se refiere a versículos o capítulos?».

Muy sorprendido, el vendedor descubrió que estos creyentes habían aprendido de memoria no solo versículos aislados, sino varios capítulos e incluso libros enteros de la Biblia. Algunos podían repetir de memoria un evangelio entero, otros una parte del libro de los Salmos o de Génesis. En total, aquellos doscientos creyentes podían recitar prácticamente toda la Biblia. Gracias a Dios, porque las partes de la Biblia, que eran leídas diariamente e iban de casa en casa, estaban tan gastadas que casi no eran legibles.

¡Memoricemos, nosotros también, la Palabra de Dios! ¡Démosla a conocer, pues el Señor mismo prepara los corazones para que sea recibida!

Sofonías 2 – Filemón – Salmo 109:20-31 – Proverbios 24:17-18

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Un testimonio procedente de Camboya

No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

Romanos 1:16

Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.

Mateo 9:2

Un testimonio procedente de Camboya

Bao, alistado por los jemeres rojos a la edad de 17 años, estaba completamente traumatizado por la guerra. Vio cómo mataban a sus mejores amigos. Un día su unidad capturó a un soldado enemigo a quien se le preguntó si tenía una última voluntad. El prisionero no pidió un cigarrillo, como era costumbre, sino que le leyesen un pasaje del libro que tenía en su bolsillo. Bao empezó a leer en voz alta: “Jesús dijo…”. Pero repentinamente fue interrumpido por un fuerte ruido, y no pudo seguir leyendo. Un helicóptero de combate los atacó y, en medio de la confusión, el prisionero escapó.

Al día siguiente Bao preguntó al jefe de su unidad: «¿Qué fue lo que Jesús dijo?». Este último lo miró asombrado. Bao continuó: «Mire, sin duda es algo importante para que ese tipo quisiese escucharlo antes de morir». Su jefe se enfureció y le dijo que iba a contárselo al comisario político. Bao sabía que tendría serios problemas, pero ese día su tropa fue atacada y Bao fue el único sobreviviente.

Permaneció cuatro años más en la milicia. Cada día se preguntaba qué había dicho Jesús. Al final encontró una Biblia. Bao dio el siguiente testimonio: «Por fin descubrí qué había dicho Jesús, y decidí que yo también quería morir oyendo esas palabras». Y continuó diciendo: «Dios quería salvarme; me liberó para que yo pudiese escuchar lo que Jesús dijo».

Por cierto, el mensaje de Jesús es vivo y se dirige a cada uno de nosotros.

Sofonías 1 – Tito 3 – Salmo 109:6-19 – Proverbios 24:15-16

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Perdonado porque Dios es justo

Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.

Hebreos 1:3

(Jesús) Herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

Isaías 53:5

Perdonado porque Dios es justo

¿Por qué Dios perdona a los creyentes? Alguien responderá: porque nos ama y tiene compasión de nosotros. Es cierto, pero hay otra razón fundamental: Dios nos perdona porque es justo.

Quizás usted piense que Dios debería condenarlo, debido a Su santidad, pero que lo perdona porque se compadece de usted. Sin embargo, esto no es lo que la Biblia dice. De hecho, Dios nos perdona porque es Dios. No “volveré para destruir… porque Dios soy, y no hombre” (Oseas 11:9). En Dios la justicia y el amor nunca se oponen.

Para que Dios pudiera perdonar con justicia, Cristo mismo hizo “la purificación de nuestros pecados”. Para que Dios pudiera recibirnos, e incluso adoptarnos como sus hijos, para poder bendecirnos, primero debía ocuparse de nuestros pecados.

Nadie podía hacer nada para purificar sus propias faltas, pues el mal cometido, que es irreparable, constituye una ofensa a Dios. La purificación de nuestros pecados debía ser, pues, una obra divina. Esta obra fue hecha una vez por todas, cuando Jesús llevó en la cruz el castigo debido al pecado, el castigo por cada uno de nuestros pecados. Victorioso, Jesús resucitó y ahora está sentado a la diestra de Dios, su obra fue terminada en la cruz. El perdón de Dios puede ser proclamado y recibido por la fe. Por lo tanto puedo pedir su perdón y recibir el don de su gracia perfecta.

Habacuc 3 – Tito 2 – Salmo 109:1-5 – Proverbios 24:13-14

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El pan de vida

(Jesús dijo:) El pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo… Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.

Juan 6:33, 35

El pan de vida

La víspera del día en que Jesús pronunció estas palabras, miles de personas habían podido comer hasta saciarse gracias a cinco panes y dos peces que un niño había traído y que Jesús había multiplicado. Jesús quiso hablarles de otro pan destinado a alimentar sus almas. El milagro que había hecho era la señal de una realidad espiritual, invisible. El pan partido y multiplicado revelaba la intención divina: que el hombre viva de lo que viene de Dios.

Todavía hoy, el hombre tiene hambre de paz, de reconciliación, de generosidad, de amor, de pureza. El éxito social no puede saciar esta hambre tan grande. Dicho sea de paso, este éxito a menudo se construye sobre la base de la rivalidad, la especulación o incluso el robo violento, lo que es muy grave.

Jesús lo sabe y se presenta a cada uno de nosotros como el pan de vida. ¿Cómo podemos alimentarnos de él? Simplemente creyendo en él, tratando de conocerlo mejor mediante la lectura de los evangelios, para poder imitarlo en nuestra vida diaria. La fe en Cristo, en su amor, en su muerte por nuestros pecados, nos da una nueva vida espiritual.

El hombre necesita alimentarse cada día; pero además de alimentarse para vivir, también necesita tener una razón de vivir. Alimentarse de Jesús, de sus palabras, contemplarlo en su incansable abnegación al servicio de todos, pensar en él, en su gloria, todo esto da un sentido y un valor a la vida y hace que se arraigue en el universo de Dios. Hallamos la energía divina para estar a su servicio y, mediante ello, al servicio de nuestro prójimo.

Habacuc 2 – Tito 1 – Salmo 108:7-13 – Proverbios 24:11-12

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La angustia del Señor Jesús

viernes 29 septiembre

Estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

Lucas 22:44

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?… No te alejes de mí, porque la angustia está cerca… no hay quien ayude.

Salmo 22:1, 11

La angustia del Señor Jesús

Algunas horas antes de morir, el Señor Jesús estaba en el huerto de Getsemaní. Sabía lo que iba a suceder, por ello sintió una angustia muy profunda. Allí, moralmente solo, oró de rodillas a su Padre. A algunos metros de allí, sus discípulos dormían, ajenos a la angustia de su Maestro. “Estando en agonía, oraba más intensamente”.

Su angustia era tan profunda que su sudor era “como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”. ¿Qué sucedía? Ante él estaba la obra que llevaría a cabo, los sufrimientos que iba a soportar en la cruz; no solo los sufrimientos físicos, sino aquellos debido al juicio de Dios sobre el pecado. La ira de Dios lo castigaría en nuestro lugar. Entonces Jesús pronunció estas palabras: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa (imagen de todo lo que iba a soportar); pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Como amaba a los hombres y deseaba hacer la voluntad de su Padre, Jesús, que era puro y no tenía pecado, aceptó ser castigado por las faltas de los demás. ¿Quién puede comprender la angustia tan intensa que sintió?

¡Pero qué triunfo! Su perfecto amor le permitió llevar a cabo todos los planes de Dios. Murió en nuestro lugar. En las tres horas de tinieblas, fue castigado por nuestros pecados para que Dios los perdonase. Así cumplió la gran obra por la que lo alabaremos y adoraremos eternamente.

Habacuc 1 – Filipenses 4 – Salmo 108:1-6 – Proverbios 24:10

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¿Agobiado por faltas pasadas?

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

1 Juan 1:9

¿Agobiado por faltas pasadas?

Hay cargas que no podemos compartir con nadie. Las más pesadas son los tormentos que nos agobian por pecados incrustados en nuestra memoria. Si a las preocupaciones ordinarias de la vida añadimos las de esas faltas pasadas que nos obsesionan, la carga será demasiado pesada. Solo mediante la confesión podemos ser liberados de tal peso.

Todo pecado es primeramente un pecado contra Dios y debemos confesárselo. Las faltas cometidas contra una persona igualmente deben ser confesadas en privado a aquel a quien se ha ofendido. Los pecados cometidos en público, por ejemplo una calumnia, deben ser confesados públicamente.

Sin embargo, no es bueno que un sentimiento excesivo de culpabilidad nos lleve a confesar en público aquello que solo debería ser confesado a Dios y, si es el caso, a la persona con la que nos hemos comportado mal.

Cuando las cosas que cargaban nuestra conciencia han sido arregladas, la Biblia da muchas promesas como esta: “Nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (Hebreos 10:17). ¡Seríamos realmente insensatos si guardásemos en nuestra memoria aquello de lo que Dios nunca más se acordará! Por supuesto, nuestra mente no deja de funcionar, pero tenemos derecho a no volver a las faltas del pasado, pues nuestros pensamientos y nuestra conciencia tienen paz con respecto a ese tema.

“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Salmo 32:1-2).

Oseas 13-14 – Filipenses 3 – Salmo 107:33-43 – Proverbios 24:8-9

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El bien y el mal

¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo…!

Isaías 5:20

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Romanos 12:2

El bien y el mal

La noción del bien y del mal fue modificada radicalmente en pocos años en nuestra sociedad materialista y cada vez más inmoral. Por ejemplo, hace solo cuarenta años, el divorcio y el concubinato no eran considerados como algo normal. Pero hoy ¿quién se ofusca por eso? Nadie. Más bien se anima a los jóvenes a vivir juntos, por lo menos algún tiempo antes de casarse, para conocerse mejor. Sin embargo la Biblia llama a esto fornicación, y nos invita a huir de ella (1 Corintios 6:18).

Cristianos, ¿seguiremos la corriente del mundo sin que nuestra conciencia se alarme? Es precisamente nuestra conciencia la que debería permitirnos discernir entre lo que está bien y lo que está mal, pero ella necesita ser iluminada y graduada por la Biblia. No dejemos que las corrientes de pensamiento de todo tipo la «formateen» a su gusto. Tratemos de conocer qué es el bien y el mal según el pensamiento de Dios. Él nos lo reveló en la Biblia, su Palabra. Leámosla y dejémonos instruir por ella sin tener en cuenta las teorías de los hombres, que a menudo están conducidos, sin saberlo, por Satanás, el “padre de mentira” (Juan 8:44). Ejercitémonos en tener una “buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).

Que nuestra vida y nuestras relaciones sean puras, la expresión de un amor verdadero, un reflejo de lo que caracterizaba la vida de Jesús, quien “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:38).

Oseas 11-12 – Filipenses 2 – Salmo 107:23-32 – Proverbios 24:7

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