Fiel hasta la muerte

martes 6 junio

Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.

Hechos 5:29

Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.

Apocalipsis 2:10

No has negado mi nombre.

Apocalipsis 3:8

Fiel hasta la muerte

El joven Patrick Hamilton (1504-1528) nació en una familia noble escocesa. Su padre lo envió a París para que continuara sus estudios universitarios. Allí buscó ardientemente la verdad, descubrió el verdadero sentido del mensaje del Evangelio y experimentó una gran paz. Cuando su padre murió, Hamilton regresó a Escocia, convencido de que su país necesitaba escuchar la Palabra de Dios, y se puso a predicar el Evangelio. Aunque algunos apreciaron su mensaje, tuvo que enfrentarse a una gran oposición. Pronto sus enemigos encontraron una ocasión para hacerlo detener y fue condenado a muerte. Le propusieron salvar su vida si negaba su fe, pero como él quería “obedecer a Dios antes que a los hombres”, respondió: «Es mejor que mi cuerpo arda en las llamas de su hoguera por haber confesado a mi Salvador, que negar a aquel que me amó». Fue ejecutado al día siguiente y murió pidiendo a Dios que abriese los ojos de sus conciudadanos para que conociesen la verdad.

Pero la maldad de Satanás no tuvo la última palabra. La fe de los cristianos que habían asistido al martirio del joven Patrick se despertó, y muchos empezaron a proclamar con mayor valentía que Jesús era su Salvador.

Todavía hoy, muchos cristianos se encuentran ante decisiones difíciles, que comprometen su carrera profesional e incluso su vida. Pablo dijo a Timoteo: “Has conocido perfectamente… qué persecuciones sufrí; y de todas ellas me libró el Señor. Sí, y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Timoteo 3:10-12, V. M.).

2 Reyes 7 – Romanos 12 – Salmo 68:15-20 – Proverbios 16:27-28

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“Tu fe te ha salvado”

lunes 5 junio

(Jesús dijo a la mujer:) Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

Lucas 7:48-50

Jesús habla a las mujeres (6) – “Tu fe te ha salvado”

Lucas 7:36-50

La mujer mencionada en este pasaje necesitó mucho valor para entrar en la casa de Simón sin estar invitada, y para unirse a esta compañía, pues nadie ignoraba su vida (“era pecadora”). Sin embargo pasó por alto el desprecio de todos para ir a Jesús y ungir sus pies con perfume, en un gesto de humildad y profundo respeto. En su presencia, no pudo retener su emoción. Lágrimas corrieron por sus mejillas, lágrimas de arrepentimiento, sin duda, pero también de gozo.

Simón, el fariseo, el dueño de la casa, observó la escena y empezó a irritarse. El arrepentimiento de esta mujer no le importaba. Antes, no mostró hacia Jesús la consideración que normalmente se tiene para con los invitados. Ahora, lo despreciaba, pensando: “Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora” (Lucas 7:39).

Pero Jesús, que lee los pensamientos, respondió a Simón con dulzura, oponiendo así la frialdad de su huésped al amor de esta mujer. Si mencionó su estado pecaminoso fue solo para anunciar que ella había recibido el perdón de Dios: “Sus muchos pecados le son perdonados” (v. 47). Y se lo confirmó directamente: “Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, ve en paz” (v. 48, 50). La paz que Jesús le ofrecía significaba descanso y tranquilidad para su corazón, pero también restauración y reconciliación con Dios.

Hoy él le ofrece gratuitamente la misma paz.

2 Reyes 6 – Romanos 11:25-36 – Salmo 68:7-14 – Proverbios 16:25-26

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El día de Pentecostés:

domingo 4 junio

(Jesús dijo:) Cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.

Juan 15:26

Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.

1 Corintios 12:13

El día de Pentecostés:

Hechos 2:1-38

“El día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo… Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?… los que habitamos en Mesopotamia… en Egipto y en las regiones de África… y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios… diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo:… A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís… Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:1-38).

2 Reyes 5 – Romanos 11:1-24 – Salmo 68:1-6 – Proverbios 16:23-24

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Estar bien con uno mismo

sábado 3 junio

Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.

Hechos 2:28

Estar bien con uno mismo

A menudo escuchamos hablar de la importancia de estar bien con uno mismo, es decir, en paz consigo mismo. Pero, ¿cómo puedo experimentar tal estado si primeramente no estoy en paz con Dios?

En su vejez, el emperador Carlos I de España dejó la gloria y las riquezas y se retiró a un monasterio con la esperanza de encontrar paz y descanso para su alma. Allí, aterrorizado, esperó la muerte. Los grandes de este mundo no hallaron mejor que las demás personas la paz y la verdadera felicidad en su saber o en su poder. ¡Cuántos artistas y personajes célebres, admirados y llenos de honores, han dejado la escena terrenal y han partido con el corazón atormentado! Otros hallaron al Dios de paz, al confesarle en definitiva el vacío de su vida.

La Biblia confirma que, en nuestro mundo, todo es “vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 1:14). En esta tierra no hay nada que pueda darme la paz real y duradera; en cambio, la paz de Dios “sobrepasa todo entendimiento” (Filipenses 4:7). Esta paz es la que Jesús me da, y todos pueden experimentarla. Consiste primeramente en tener paz con Dios, es decir, tener la paz de la conciencia y del corazón. Estos dos elementos son indispensables para estar bien con uno mismo: la conciencia purificada del mal y el corazón lleno del amor divino.

Dios nos ofrece gratuitamente el fundamento de nuestra paz. En la cruz Jesús llevó el castigo que nosotros merecíamos debido a nuestros pecados. Cuando resucitó, dejó este mensaje siempre actual para todo el que lo recibe: “Paz a vosotros” (Lucas 24:36).

2 Reyes 4:25-44 – Romanos 10 – Salmo 67 – Proverbios 16:21-22

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Basta a cada día su propio mal

No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

Mateo 6:34

No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios.

Isaías 41:10

Basta a cada día su propio mal

El versículo de hoy no es una excusa para ser descuidado. Es muy normal asumir nuestras responsabilidades y prepararnos para el mañana, desde cerrar las persianas para protegernos de la tormenta hasta hacer diligentemente los deberes escolares para poder aprobar el examen. Es bueno considerar los problemas que puedan sobrevenir si hacemos tal o cual cosa, prever nuestras necesidades o preparar algo de antemano, que sabemos que se necesitará.

Pero afanarse es otra cosa: es preocuparse demasiado por el mañana, por esa tempestad que podría llegar, por ese examen… es estar inquieto imaginándose lo peor. La preocupación focaliza nuestros pensamientos hacia los acontecimientos y no hacia Aquel que los controla, por ello tiene efectos negativos sobre nuestra mente y sobre nuestro cuerpo. Incluso puede paralizarnos, agobiarnos. Pero la orden de Dios es muy clara: ¡“No os afanéis”! Tenemos un Padre todopoderoso que nos ama y tiene todo en sus manos. ¿Estamos dispuestos a dejarnos conducir por él?

Si tenemos dificultades hoy, Dios nos da la fuerza y su dirección para afrontarlas hoy, pero no nos las da por adelantado para enfrentarnos a las pruebas de mañana. ¿Por qué? Si tuviésemos la respuesta, probablemente dejaríamos de confiar en él para el mañana. Él quiere cultivar en nosotros día tras día esa fe tan preciosa, pues sin ella es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).

“En tu mano están mis tiempos” (Salmo 31:15).

2 Reyes 4:1-24 – Romanos 9 – Salmo 66:16-20 – Proverbios 16:19-20

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El Padre mismo os ama

jueves 1  junio

A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.

Romanos 8:28

Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.

1 Pedro 5:7

El Padre mismo os ama

Cuando era niño, a veces mi padre, como respuesta a alguna de mis peticiones, simplemente me miraba sin pronunciar palabra. Aquel silencio era elocuente. No era, en absoluto, una muestra de indiferencia, sino que expresaba su sabiduría y su cariño hacia mí.

De la misma manera Dios, nuestro Padre, a veces parece no responder a nuestras oraciones. A veces solo percibimos su silencio, a pesar de nuestras oraciones y súplicas. ¿Podría permanecer indiferente a nuestro dolor, a la angustia que se apodera de nosotros? Nunca, pues nuestro Padre celestial “oye la oración de los justos” (Proverbios 15:29) y siempre responde.

Sin embargo nos dice: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos… Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9). Dios es amor y luz. Está lleno de bondad, de compasión, ¡es el único sabio! Siempre actúa en función de lo que es, ¡nunca dudemos de ello! Responderá con ternura a nuestras preguntas, muchas veces de forma inesperada. Demostró este amor al sacrificar a su Hijo para darnos la vida eterna. “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). Continuemos hablándole mediante la oración, contándole todo lo que nos carga o nos preocupa. E independientemente de cuál sea su respuesta, ¡podemos contar con su sabiduría y amor!

2 Reyes 3 – Romanos 8:28-39 – Salmo 66:8-15 – Proverbios 16:17-18

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¿Qué es el hombre?

miércoles 31 mayo

El Señor miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Salmo 14:2-3

¿Qué es el hombre?

«¿El hombre está condenado a hacerse ilusiones sobre sí mismo?». ¿Qué respuesta hubiésemos dado a este tema de filosofía propuesto a los estudiantes de bachillerato?

El cristiano recuerda esta pregunta que hicieron dos hombres de la Biblia: “¿Qué es el hombre?” (Job 7:17). Se trata de Job, cuando estuvo agobiado por la tristeza, y de David, quien tuvo conciencia de su pequeñez (Salmos 8:4; 144:3). En Dios encontraron la respuesta. Solo él puede instruirnos para que no nos hagamos ilusiones sobre nosotros mismos. El versículo de hoy nos muestra cómo Dios nos evalúa. El hombre es una criatura insignificante si lo comparamos con la inmensidad del universo, y sobre todo está moralmente alejado de Dios. “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). La constatación es terrible y sin maquillaje, ¡pero hay un remedio!

Dios nos muestra en Jesucristo un hombre nuevo que satisface perfectamente su corazón. Él descendió del cielo, se encargó de nuestra causa y cumplió la obra que nos acercaba a Dios. Resucitó y subió al cielo, y desde allí nos ofrece compartir la misma vida y la misma gloria suya (Juan 14:3-4).

No estamos condenados a permanecer en la ilusión. Creamos lo que Dios nos revela. Consciente de la inmensa gracia de Dios, el apóstol Juan exclamó: “Amados, ahora somos hijos de Dios”. Esta es la seguridad de todos los que han creído en Jesucristo y esperan verle “tal como él es” (1 Juan 3:2).

2 Reyes 2 – Romanos 8:18-27 – Salmo 66:1-7 – Proverbios 16:15-16

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Nuestras cargas

Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará.

Salmo 55:22

En quietud y en confianza será vuestra fortaleza.

Isaías 30:15

Nuestras cargas

Parece que en Arabia, en algunos palmerales, existe la costumbre de colocar sobre la corona de hojas de las pequeñas palmeras una piedra pesada para impedir que crezcan demasiado. Así el tronco se vuelve más grueso, la madera más dura y los frutos más abundantes.

Las pruebas que el Señor permite que atravesemos siempre son para nuestro bien espiritual. Si las atravesamos con él, nos hacen más fuertes, más capaces de resistir a las malas influencias. Las pruebas hacen que oremos más a menudo. Tal vez no comprendamos la utilidad de esa carga, pero más tarde veremos el progreso, un resultado, un “fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11).

También se dice que en algunas tribus de África central, los que tienen que atravesar a pie un río, lo hacen llevando una carga pesada en la cabeza. Ese peso hace que sus pasos sean más seguros; les ayuda a mantener el equilibrio y a no ser arrastrados por la corriente. ¡Es justo lo que a veces experimentamos cuando pasamos por una prueba! La carga no nos aplasta, sino que incluso nos mantiene de pie en medio de la corriente de una vida a veces muy agitada, porque la compañía del Señor nos es indispensable. En vez de tratar de deshacernos lo más rápido posible de nuestros problemas y preocupaciones, pidamos más bien al Señor que nos dé la fuerza y la paciencia necesarias para soportarlas y atravesarlas con él.

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28-30).

2 Reyes 1 – Romanos 8:1-17 – Salmo 65:9-13 – Proverbios 16:13-14

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“No llores”

lunes 29 mayo

He aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda… Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.

Lucas 7:12-13

Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

Jesús habla a las mujeres (5) – “No llores”

Lucas 7:11-17

Ella caminaba lentamente tras el ataúd. A su alrededor todo el mundo, consternado, mostraba su compasión hacia esta viuda que enterraba a su hijo único. ¡Para este joven la vida se había detenido…! Otra multitud, de la que formaban parte Jesús y sus discípulos, se acercaba a la puerta de la ciudad de Naín. El séquito de la vida se cruzaba con el de la muerte. ¡En medio de este encuentro, la vida iba a triunfar!

¿Cuál fue la primera palabra que Jesús, lleno de compasión, dirigió a esta madre? “No llores”. Luego se acercó y tocó el ataúd. Los que lo llevaban se detuvieron, y Jesús dijo al muerto: “Joven, a ti te digo, levántate”. El muerto se levantó, se sentó y empezó a hablar. En seguida un temor reverente sobrecogió a los espectadores.

Jesús “lo dio a su madre”. Para los testigos de aquel acontecimiento, esa resurrección era una señal. Comprendieron que Dios había venido a ayudar a su pueblo, y que Jesús era un gran profeta. Este acontecimiento fue el evento del día; todo el mundo habló de él en la región.

Así, el gozo que tomó el lugar de la tristeza de esta mujer se convirtió en una alegría para muchos. Jesús efectuó otras resurrecciones durante su vida, pero la primera fue la del hijo de una viuda anónima. La resurrección de su hijo no dependía del grado de fe de esta viuda, sino del amor de Jesús. ¡Todavía hoy el Señor se compadece especialmente de las viudas!

1 Reyes 22:29-53 – Romanos 7 – Salmo 65:5-8 – Proverbios 16:11-12

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El domingo

Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.

Juan 20:19

El domingo

La resurrección de Cristo tuvo lugar un domingo. Muy de mañana, María Magdalena fue a la tumba donde habían puesto el cuerpo de Jesús. La piedra que cerraba el paso había sido rodada y la tumba estaba vacía. Los apóstoles Pedro y Juan también acudieron y comprobaron que el cuerpo de su Maestro ya no estaba allí. Luego regresaron a su casa, pero María se quedó allí llorando. Entonces, de repente, alguien se acercó a ella y la llamó por su nombre. ¡Qué emoción tan especial! ¡Era su amado Maestro! Le dio un mensaje de un valor incalculable para aquellos a quienes llamaba “mis hermanos”: su Padre ahora también era el Padre de ellos, y su Dios también era el Dios de ellos (Juan 20:17).

Al atardecer del mismo día, los discípulos se reunieron en una habitación y cerraron prudentemente la puerta, pues aquellos que habían crucificado a su Maestro también podrían maltratarlos a ellos. ¿De qué hablaban? Probablemente de Aquel a quien habían visto crucificado y cuyo cuerpo habían colocado en una tumba bien custodiada. ¡Pero su cuerpo ya no estaba allí! ¿Entonces dónde estaba?… “Vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor” (Juan 20:19-20).

Todavía hoy, la presencia de Jesús puede ser experimentada cuando los creyentes se reúnen, conforme a su promesa: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

1 Reyes 22:1-28 – Romanos 6 – Salmo 65:1-4 – Proverbios 16:9-10

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