Una era crucial

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Una era crucial

Por John D. Hannah

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Fue un siglo extraordinario. Lo que inició como la «Era de los mártires» bajo Diocleciano, culminó con el surgimiento del cristianismo como religión del Imperio. El futuro de la Iglesia pasó rápidamente del ámbito de lo marginado y perseguido a lo victorioso, de no tener estatus legal a ser la hegemonía religiosa. Y así comienzan catorce siglos de dominio de la fe cristiana en el mundo occidental

El triunfo del cristianismo

Como creía que el Imperio estaba en decadencia, Diocleciano se dispuso reformar el Estado. La historia ha demostrado que, a menudo, los dictadores vienen disfrazados de libertadores, apelando a las necesidades de las masas; y este fue el caso aquí. Diocleciano creó una monarquía absoluta engrandeciendo al senado y declarándose a sí mismo como monarca semidivino. Sus talentos organizacionales resultaron ser beneficiosos a medida que el Imperio era asegurado y se extendía geográficamente. Sin embargo, en el año 303 desató una brutal persecución contra los cristianos por no ofrecer sacrificios a los dioses. Los persiguió quemando iglesias y destruyendo libros cristianos. Esto alcanzó al clero en el 305, lo que trajo encarcelamiento, tortura y muerte.

Constantino intentó unir a la Iglesia y al Estado; la Iglesia fue concebida como una institución de utilidad pública. Se hicieron reparaciones por la destrucción de la propiedad cristiana durante las persecuciones; al clero le fueron dadas concesiones tributarias y autoridad judicial para decidir en litigios privados. El culto al emperador cesó, los dioses desaparecieron de las monedas y a los funcionarios públicos les fue prohibido presidir ritos paganos. Constantino destruyó templos paganos, recompensó a las ciudades que suprimieron la adoración pagana y prohibió los juegos de gladiadores. Se adoptó un calendario cristiano con el domingo como día santo.

La explicación del cristianismo
En la nueva era del dominio de la Iglesia por medio del apoyo del Estado, surgieron obispos poderosos. Muchos de los avances organizacionales de Diocleciano, como la división del Imperio en doce diócesis, fueron incorporados a la Iglesia, añadiendo complejidad y eficiencia a su estructura de gobierno. En este siglo surgieron obispos poderosos tales como Ambrosio de Milán (340-97), quien fue conocido por sus habilidades retóricas que tuvieron gran influencia en Agustín, en la música de la Iglesia y en el ideal monástico. Ambrosio también condenó la persecución de paganos cometida por Teodosio I en Tesalónica (390) y lo excomulgó. Jerónimo fue un gran erudito bíblico y monje (fundó un monasterio en Belén). Es mayormente conocido por su traducción de la Biblia desde las lenguas originales, bajo la dirección de Dámaso, obispo de Roma; la Vulgata Latina, la Biblia de la Edad Media. Juan Crisóstomo (345-407), que fue una vez patriarca de Constantinopla, fue un predicador elocuente y un reformador moral; ha sido llamado el expositor cristiano más grande de su época. Eusebio (c. 263-340), obispo de Cesarea, aunque manchado por su posición moderadamente arriana, fue un erudito y clérigo. Su Historia eclesiástica, la fuente principal de nuestro conocimiento de la Iglesia en los primeros siglos, le ha hecho merecedor del título de «Historiador de la Iglesia». Cirilo de Jerusalén (c. 315-86) fue un destacado pastor, escritor y catequista.

Uno de los mayores beneficios del nuevo protagonismo de la Iglesia en el Imperio fue que los asuntos teológicos podían ser discutidos con una base más extensa que en siglos anteriores. De hecho, los emperadores jugaron un rol para resolver asuntos que amenazaban la tranquilidad del Imperio. Los obispos a lo largo del Imperio podían reunirse a discutir y formular respuestas a preguntas complejas. Los académicos hablan de la «era ecuménica», un período de varias reuniones mundiales de obispos para desenredar problemas y redactar credos. Como resultado, los clérigos ayudaron a definir la fe ortodoxa. Ellos no inventaron la fe, sino que pudieron explicarla de manera que fuera recibida por todas las iglesias.

Una vez que la paz llegó a las iglesias, el emperador se interesó profundamente en el bienestar del cristianismo; los asuntos religiosos se convirtieron en preocupaciones para el Estado. El tema que dominó el siglo, la deidad de Jesucristo, se encuentra en el corazón de la fe cristiana. Los clérigos se habían empeñado por un tiempo en explicar la relación del Padre con el Hijo. ¿Cómo podría la Iglesia proclamar de manera creíble que Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, declarar que «Dios, el Señor uno es» (Dt 6:4)? Al extender la deidad al Salvador, el monoteísmo parecía estar bajo amenaza.

Cuando en el siglo IV cierto presbítero buscó explicar la relación del Padre con el Hijo, negando su igualdad absoluta, el escenario quedó preparado para una resolución. Arrio de Alejandría (c. 250-336) se enfrentó a su obispo. Fue condenado en un concilio local en el año 321, pero su visión dividió a los obispos y amenazó la armonía del mundo de Constantino. En consecuencia, Constantino convocó al primer concilio ecuménico, o mundial, de obispos de la Iglesia en Nicea (una residencia de verano cerca de la, aún por terminar, nueva capital Constantinopla). El emperador favoreció la posición de Atanasio (c. 296-373), reciente sucesor de Alejandro. Esto ayudó a determinar las conclusiones del concilio. Arrio negó la igualdad del Padre con el Hijo para evitar el modalismo (la posición que él pensaba que Atanasio sostenía); Atanasio negó la desigualdad entre el Padre y el Hijo (posición que él acusaba a Arrio de defender). Más de trescientos obispos se reunieron y condenaron las enseñanzas de Arrio. Atanasio y Constantino, entre otros, sintieron que la frase «de una sustancia con el Padre» expresaba la coigualdad del Padre y del Hijo.

En parte, las continuas tensiones fueron el resultado de diferencias lingüísticas. El occidente latino hacía una distinción entre los términos «persona» y «sustancia». Se podía hablar, tal como lo hizo Tertuliano el siglo anterior, de dos personas y una sustancia. El oriente griego veía ambos términos como sinónimos y acusaba al occidente de apoyar el modalismo. El apoyo aumentó para la visión adopcionista de Arrio (una visión que afirmaba la deidad del Salvador a costa de Su eternidad).

La obra monumental de los tres obispos de Capadocia (Basilio de Cesarea [c. 330-97]; Gregorio de Nacianzo [c. 329-89]; y Gregorio de Nisa [c. 330-95]), al desenredar la confusión lingüística, abrió el camino a un segundo concilio ecuménico. Convocado por Teodosio I en Constantinopla (381), este concilio afirmó y amplió el Credo Niceno. Se distinguieron los términos «sustancia» y «personas». El primero, se refiere a los atributos de Dios que son igualmente compartidos por el Padre y por el Hijo; el segundo, se refiere a funciones que destacan las distinciones no en tipo sino en función. Las distinciones dentro de la Deidad se relacionan con la redención de la creación.

Un corolario a la discusión de la relación entre el Padre y el Hijo fue la comprensión del Espíritu Santo. La pregunta que dominaba la insistencia de Atanasio en que Jesús es Dios era: «¿Cómo podría un ser inferior a la divinidad absoluta proveernos de la redención divina, la vida de Dios para el alma?». La pregunta concerniente al Espíritu Santo era: «¿Cómo podría un ser inferior a Dios traernos la santidad de Dios?». En Constantinopla, la Iglesia pudo articular la doctrina de la tri-unidad de Dios. Hablar de la Trinidad apropiadamente es hablar de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios Espíritu Santo, el gran tres en uno. La doctrina de la Santísima Trinidad continuó sin ser cuestionada en las iglesias cristianas por más de un milenio. Este fue el mayor logro de la Iglesia del siglo IV. Los obispos no inventaron la doctrina de la igualdad del Padre y del Hijo, sino que nos dieron una explicación importante de lo que la Iglesia siempre confesó. Dios es uno y Jesucristo es Dios.

El concilio también abordó un tema que se resolvería en el siglo V en el Concilio de Calcedonia (451). En Nicea y en Constantinopla, la Iglesia luchó por explicar la relación preencarnada del Hijo con el Padre. Un tema relacionado con eso fue el siguiente: ¿Cuál es la relación entre la deidad y la humanidad de Cristo cuando Cristo se encarnó? La lucha por explicar estas cosas comenzó aquí, pero la explicación final llegaría más tarde.

Apolinar (c. 310-90), obispo de Laodicea, afirmó que Cristo fue siempre completamente Dios, pero estuvo dispuesto a denigrar Su humanidad para preservar la unicidad de Cristo. Él argumentaba que Cristo no poseía una mente o un alma humana; sino que en su ausencia, moraba la deidad. Cristo era verdaderamente Dios pero no verdaderamente hombre. Su visión acerca de Cristo fue condenada, pues se entendió que podía ser tan destructiva como la de Arrio.

Intemporalidad y cambio
¿Qué podemos aprender del siglo IV como ciudadanos del siglo XXI? Para los santos que soportaron las aterradoras purgas de Diocleciano, es importante estar consciente de que Dios es soberano tanto en los momentos más oscuros como en los momentos más agradables. Él está obrando Su gran e inalterable plan incluso cuando no podemos ver qué cosas buenas podrían salir de una tragedia. ¿Quién hubiera imaginado que la ira de Diocleciano era el último respiro del paganismo y que la Iglesia estaba siendo preparada para una era completamente nueva? Es bueno saber que las apariencias pueden no ser la realidad.

Sin embargo, hay un factor constante en el siglo IV que provee continuidad para todos los cristianos. El común denominador es la pasión de la Iglesia por definir y defender las doctrinas de los apóstoles. Cuando las persecuciones terminaron y la Iglesia se encontró en un ambiente favorable, se propuso inmediatamente a explicar las maravillas de su proclamación: la deidad absoluta de Jesucristo, la belleza del Salvador encarnado. ¿Por qué? En el corazón de la fe cristiana están las buenas nuevas de redención del pecado por medio de Uno que tomaría el lugar del pecador, cargando su culpa y satisfaciendo la deuda de la justa y eterna ira de Dios. Solo Dios podía hacer esto; el gran Juez de la humanidad fue juzgado por nosotros. Sin embargo, solamente un ser humano debía estar en lugar de los humanos; y a la vez tenía que ser perfecto. ¿Quién podía hacer eso? Aquel que es Dios y, al mismo tiempo, un hombre perfecto, el Señor Jesucristo.

Lo que debe estar en el centro o ser la preocupación de la Iglesia es siempre Cristo y Sus misericordias. Somos deudores de hombres y mujeres, clérigos y laicos, de este maravilloso siglo por modelar eso para nosotros. Nuestra oración es que Él se convierta en la preocupación central de la Iglesia en el siglo XXI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John D. Hannah

El Dr. John D. Hannah es profesor y presidente del departamento de teología histórica del Seminario Teológico de Dallas, Texas.

¿Quién decís que soy yo?

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

¿Quién decís que soy yo?

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

En el principio existía el Verbo. Y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios».

El segmento introductorio del prólogo del Evangelio de Juan fue el texto más cuidadosamente examinado del Nuevo Testamento durante los primeros tres siglos de la historia cristiana. De todos los temas teológicos y preguntas que enfrenta la Iglesia primitiva, ninguno fue más agudo que el entendimiento de la Iglesia de la persona de Jesucristo.

El Nuevo Testamento dedica mucha atención a la persona y obra de Jesús: lo que dijo, lo que hizo, de dónde vino y adónde fue. Pero nada cautivó tanto las mentes de los líderes intelectuales de la Iglesia primitiva como la pregunta: «¿Quién era Él?».

La pregunta «¿quién era Jesús?» obligó a prestar atención al concepto juanino del logos. Este término griego, simplemente traducido como «verbo», era la idea más profunda sobre Jesús presentada en el Nuevo Testamento.

Notamos la distinción que hace Juan cuando escribe: «El Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». En el peor de los casos, Juan cae en una horrible contradicción entre dos afirmaciones hechas acerca del Logos con apenas un suspiro entre ellas. Cuando decimos que alguien o algo está con otro, eso normalmente indica una distinción entre ellos. Notamos una diferencia obvia entre distinción e identidad. Cuando afirmamos que dos cosas son idénticas, generalmente queremos decir que no hay diferencia o distinción entre ellas. Sin embargo, aquí Juan hace dos cosas: por un lado, distingue entre el Logos y Dios, mientras que, por el otro, identifica al Logos con Dios.

¿Contradicción? No necesariamente, aunque vivimos en una época en la que los teólogos, tanto liberales como conservadores, no solo se contentan, sino que se deleitan en las contradicciones. Sin embargo, si queremos conservar la cordura teológica, debemos rechazar la idea de que estas afirmaciones son de hecho contradictorias. Tampoco deseamos sucumbir a la noción popular pero mortal, que ahora es popular en los círculos anteriormente reformados, de que las verdaderas contradicciones pueden resolverse en la mente de Dios. Este nuevo irracionalismo nos da un Dios irracional con una Biblia irracional y una teología irracional; todo esto defendido por una apologética irracional. Este movimiento se basa en la falsa premisa de que la única alternativa al irracionalismo es el racionalismo. Pero uno no necesita ser racionalista para ser racional. Los vuelos a lo absurdo pueden deleitar a los filósofos existenciales, pero calumnian al Espíritu Santo de la verdad.

Tampoco podemos resolver la tensión en Juan apelando a la ausencia del artículo definido (como lo hacen los mormones y los testigos de Jehová) y traducir el texto: «Y el Verbo era un Dios». Este débil intento de resolución solo produce politeísmo.

Este fue el tipo de pregunta que impulsó a la Iglesia a examinar y probar las formulaciones cristológicas durante tres siglos. La confesión decisiva  del Credo Niceno del siglo IV no saltó de repente a la escena como Atenea de la cabeza de Zeus. La formulación de la doctrina de la Trinidad fue codificada en el siglo IV, pero de ninguna manera nació en ese momento. La Tri-unidad en la Deidad tuvo sus raíces en el suelo fértil del texto bíblico del primer siglo.

La cuestión del monoteísmo estuvo presente desde el principio. Se discutió en términos de la idea del monarquianismo. Estamos familiarizados con las palabras monarca o monarquía en una conversación normal, ya que las usamos con respecto a las mariposas y los gobernantes. En griego, el término tiene un prefijo y una raíz.

Irónicamente, la raíz de monarca «arc» aparece en Juan 1. El apóstol escribe: «En el principio…,» y la palabra traducida «principio» es archè. Esta palabra también significa «jefe» o «gobernante». En español hablamos de arcángeles, archienemigos, arquitectos (jefes de construcción), arzobispos, etc. En todas estas palabras, archè significa «jefe» o «gobernante». Por lo tanto, cuando agregamos el prefijo «mono» a la raíz archè, obtenemos la idea de «un gobernante». Un monarca, entonces, es un único gobernante sobre cualquier reino (generalmente un rey o una reina).

En los primeros siglos, la Iglesia tuvo que mantener la noción claramente enseñada del monoteísmo, con la igualmente clara afirmación de la deidad de Cristo. La forma en que el monoteísmo pudo mantenerse mientras se afirmaba la deidad de Cristo alcanzó proporciones de crisis en el siglo III y IV.

El tercer siglo fue testigo del fuerte asalto contra el cristianismo por diversas formas de gnosticismo que engendraron una especie de monarquianismo llamado «monarquianismo modalista». Para entender esto debemos comprender algo del significado del término «modo». Un modo era un «nivel» o «manifestación» particular de una realidad dada. La idea popular entre los gnósticos era que Dios es la realidad suprema. Su Ser irradia o emana del núcleo de Su Ser. Cada radiación o emanación representa un nivel de Su ser. Cuanto más lejos esté la emanación, o nivel, del núcleo del Ser divino, menos «puro» es su Ser divino.

El hereje Sabelio enseñó tal concepto. Comparó la relación del Logos con Dios como análoga, como lo es un rayo de sol con el sol. El rayo de sol es de la misma esencia o ser del sol, pero puede distinguirse del sol. En términos modernos, decimos que el sol está a ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros y, sin embargo, nos calientan los rayos que están cerca. Sabelio argumentó que Jesús era de la «misma esencia» (gr. homo-ousios) que Dios, pero era menos que Dios. Sabelio y su monarquianismo modalista fueron condenados como herejía en Antioquía en 267, y la Iglesia utilizó la expresión «de esencia similar» (homoi-ousios) para referirse al Logos. Aquí la idea era que el Logos, aunque se distinguía del Padre, compartía plenamente «de manera similar» con el Padre en Su Ser divino.

Poco después de la derrota de Sabelio y el monarquianismo modalista, surgió una nueva y más virulenta forma de monarquianismo. Irónicamente, su cuna fue Antioquía, el mismo lugar donde Sabelio fue condenado. La nueva herejía ha sido llamada «monarquianismo dinámico» y, a veces, «adopcionismo». La escuela antioqueña de Luciano, Pablo de Samósata y otros produjeron su representante más formidable: Arrio. Fue la enseñanza de Arrio y sus seguidores lo que provocó el crítico Concilio de Nicea y el Credo Niceno en 325.

Ya que esto será discutido más adelante en esta serie de Tabletalk, restringiré mis comentarios aquí para indicar que Arrio claramente negó la deidad eterna del Logos. Se defendió a sí mismo, irónicamente, apelando a la frase ortodoxa «esencia similar» (homoi-ousios). El Logos es solo «similar» a Dios; Él no es Dios mismo. La mayoría de los herejes como Arrio intentaron enmascarar su herejía utilizando lenguaje ortodoxo para transmitirla. La amenaza arriana fue tan grande que la Iglesia retrocedió en su elección de términos para definir la relación del Logos con el Padre. El término que la Iglesia había rechazado previamente en la disputa del siglo III con Sabelio, homoousios («de la misma esencia») fue elevado a la ortodoxia. Por supuesto, el término ahora no fue usado para volver al modalismo de Sabelio; más bien, se usó para afirmar que el Logos es de la misma esencia divina que Dios: coeterno, coesencial, no creado.

La importancia de la elección de esta palabra subraya en rojo cuán seriamente la Iglesia tomó la amenaza del arrianismo y cuán resuelta fue la Iglesia para mantener su confesión de la deidad plena de Cristo. Este fue el momento decisivo del cristianismo del siglo IV.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

El siglo IV: un tiempo trascendental

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El siglo IV: un tiempo trascendental

Por Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El siglo IV fue uno de los períodos más significativos durante los primeros mil quinientos años de la existencia de la Iglesia. En él ocurrieron una serie de eventos que marcaron la trayectoria de la Iglesia hacia el futuro.

El siglo comenzó con dos acontecimientos importantes.

PERSECUCIÓN

Los cristianos son llamados a vivir en paz con los demás en la sociedad (ver Rom 12:18). Pero a pesar del deseo de la Iglesia de contribuir a la sociedad y vivir en paz, la persecución continúa. Los emperadores o dictadores casi nunca comprenden el hecho de que los cristianos serán sus mejores ciudadanos. Trágicamente, los gobernantes suelen preferir el totalitarismo por encima de la gracia y sus efectos.

Cuando inició el siglo, Diocleciano (245-313) ya llevaba una década y media siendo emperador romano. Nacido en el anonimato, ascendió entre los rangos militares y fue declarado emperador en 284. Era un organizador y administrador extraordinariamente talentoso y, a su manera, un reformador del ahora inestable Imperio. Durante la mayor parte de su reinado, los cristianos disfrutaron de una paz relativa. Pero Diocleciano se convenció de que la única forma de fortalecer el Imperio romano era mediante un gobierno virtualmente totalitario. Esto a su vez requería un compromiso por parte de cada ciudadano a ver a su autoridad «divina» como sacratissimus Dominus noster (nuestro más sagrado Señor). Todo lo que se interpusiera en el camino de este gran plan era reprimido.

En el 303, la persecución estalló y las iglesias fueron destruidas. Al darse cuenta de que el cristianismo era una fe anclada en libros, Diocleciano también trató de destruir los libros de los cristianos, especialmente las Escrituras. Luego trató de destruir a los líderes de la Iglesia, y más adelante a los cristianos en general, si se negaban a inclinarse ante su decreto de que todos los ciudadanos del Imperio debían hacer sacrificios a los dioses de Roma. Por la gracia de Dios, muchos cristianos tuvieron el valor para permanecer firmes.

Diocleciano abdicó en el 305 y vivió los últimos años de su vida retirado en lo que ahora es Split, Croacia. Pero la persecución continuó.

Cuando leemos relatos de martirios, a veces es difícil distinguir la verdad de la exageración. En ocasiones, parecen exagerados. Pero tal vez la exageración surgió del deseo de establecer un contraste con otros cristianos que fueron intimidados, algunos de los cuales entregaron copias de las Escrituras que fueron quemadas. Esto hizo que la Iglesia tuviera otro problema: los cristianos fracasados, los traditores. ¿Qué pasaría si en tiempos posteriores de relativa calma quisieran regresar al redil?

Diocleciano se quitó la vida en el 313. Dos años antes, el Edicto de Nicomedia (311) había puesto fin a la persecución.

EL CULTO A LA SUAVIDAD

Los sufrimientos soportados por tantos cristianos resaltaron una segunda tendencia: una sensación creciente de calma y consuelo en aquellos que profesaban ser seguidores del Crucificado.

En la fe cristiana hay misterios y doctrinas que retan nuestras mentes. Pero a veces lo que más nos desafía no son las enseñanzas complejas, sino las más claras y sencillas. Confiamos en un Salvador crucificado que resucitó de entre los muertos, y le seguimos. En consecuencia, nuestras vidas estarán marcadas por la cruz. El camino a la vida es el camino de la muerte.

Puesto que nos alejamos instintivamente del sufrimiento, no debería sorprendernos que la misma reacción haya estado presente a principios del siglo IV.

La respuesta de unos cuantos al «amor sutil por suavizar las cosas» fue rechazar al mundo, abandonar la sociedad y vivir como ermitaños, distanciados del mundo y separados de los cristianos mundanos. Este movimiento ganó fuerza especialmente en Egipto, donde los hombres se mudaron al desierto para vivir vidas totalmente solitarias, anhelando contemplar las glorias de Dios y buscando Su presencia y poder para vencer la tentación. Sin embargo, muchos de ellos descubrieron que el desierto no está fuera del alcance del diablo.

ANTONIO

El más influyente de estos ermitaños fue Antonio (251-356), quien nació en Coma, Egipto. Mientras estaba en un servicio de su iglesia poco después de la muerte de sus padres, fue sobrecogido por las palabras de Jesús al joven rico cuando le dijo que vendiera todo y le siguiera. Tomando las palabras literalmente, se comprometió con un estilo de vida ascético en el desierto más o menos desde el 285 hasta el 305, donde formó a un grupo de monjes. Más adelante, regresó al desierto. Era ampliamente admirado, especialmente cuando Vida de Antonio (escrita por Atanasio) se hizo popular.

Paradójicamente, ambas influencias —la persecución y la vida monástica— tenían el potencial para destruir el testimonio de los cristianos. Si la oscuridad vence a la luz o la luz es eliminada del mundo, el mundo se oscurece. Si sacamos la sal del mundo, la decadencia moral y espiritual es inevitable. Así que las vidas de estos monjes del desierto, a pesar de su notable ascetismo, nos advierten que Cristo nos ha llamado a no abandonar el mundo, sino a vivir sacrificialmente en él.

Además de estos movimientos, debemos tomar nota de tres eventos importantes que tuvieron lugar durante el siglo IV.

CONSTANTINO

El primero fue que Constantino se convirtió en emperador. Según el autor cristiano del siglo IV llamado Lactancio, mientras Constantino luchaba por el control del Imperio romano, tuvo un sueño notable justo antes de la Batalla del Puente Milvio. Como resultado, luchó bajo el signo de la cruz, el cual se convirtió en el famoso monograma chi-rho (por las dos primeras letras de la palabra “Cristo” en griego). Cualquiera que sea la verdad, Constantino ganó la batalla y atribuyó su victoria al poder de Cristo. Inmediatamente comenzó a relajar las leyes penales contra los cristianos, y con el tiempo logró que el cristianismo fuera la religión oficial del gran Imperio romano.

Eran buenas noticias: el fin de la persecución. Pero también eran malas noticias. Era bueno en el sentido de que los cristianos ahora eran libres de adorar a Cristo sin obstáculos físicos. Pero era malo en el sentido de que, por primera vez, el cristianismo se había convertido en la religión del Estado. Los ciudadanos del Imperio romano ahora se verían a sí mismos como cristianos de facto. La distinción bíblica básica entre nacimiento natural y nacimiento espiritual se había perdido. Constantino hizo mucho para ayudar a la Iglesia. Pero este error fatal estorbó a la Iglesia a largo plazo al minimizar la diferencia entre un ciudadano de este mundo y un ciudadano del mundo venidero. La Iglesia en Occidente nunca ha sido la misma desde entonces.

NICEA

El segundo evento importante del siglo IV fue el Concilio de Nicea en el 325. Resolvió de manera oficial (pero no final) un amargo debate en la Iglesia sobre la identidad de Cristo.

Las semillas de este debate se pueden encontrar en la forma en que los primeros escritores cristianos respondieron la pregunta: ¿En qué sentido es Cristo completamente divino? El problema llegó a un punto crítico a través de la enseñanza de un presbítero (ministro) llamado Arrio, quien había argumentado que si el Hijo fue, como confesaba la Iglesia, «engendrado del Padre», entonces «hubo un tiempo en el que el Hijo no existió».

Frente a Arrio estaba la heroica figura de Atanasio. Este argumentó poderosamente que si el Hijo no es completamente Dios, entonces Él no puede reconciliarnos con Dios ya que Su muerte no tendría un poder infinito para salvarnos del pecado contra un Dios infinito y santo. Cristo solo puede reconciliarnos con Dios si es completamente divino. Además, Atanasio argumentó que si Cristo no es verdaderamente Dios (y, por implicación, lo mismo sería cierto acerca del Espíritu Santo), entonces los cristianos son bautizados en el nombre de un Dios y de dos de Sus criaturas. En otras palabras, el rito cristiano inaugural del bautismo en el único nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo requiere la plena deidad del Hijo para que tenga sentido.

Por su obstinada fidelidad, Atanasio (apodado «el enano negro» por su color y altura) fue exiliado en no menos de cinco ocasiones. Pero aun si el mundo entero hubiera estado en su contra, él estaba decidido a defender la deidad completa de su Salvador (de ahí la expresión Athanasius contra mundum, «Atanasio contra el mundo»). El concilio que convocó Constantino en Nicea en el 325 confirmó la convicción neotestamentaria de Atanasio sobre la deidad absoluta de nuestro Señor Jesucristo.

AGUSTÍN

Un tercer evento importante del siglo IV tuvo lugar en la vida de un individuo cuyos escritos lo han convertido en el pensador más influyente de la Iglesia desde los días de los apóstoles. El evento fue, por supuesto, la conversión de Agustín.

Aurelius Augustinus nació en el 354 en Tagaste, África del Norte (Annaba en la Argelia moderna), hijo de un padre pagano y una madre cristiana, Mónica (a cuyas oraciones Agustín luego atribuyó en parte su conversión). Las nuevas formas de pensar y las experiencias vanguardistas le fascinaban. A la edad de dieciocho años, tomó una concubina con la que vivió durante los siguientes quince años. Parecía haber intentado todo, incluyendo una nueva religión y hasta dietas extraordinarias (en un momento perteneció a una secta que creía que uno debía comer tantos melones como fuera posible).

No halló satisfacción. Al escribir sobre su experiencia en su obra más famosa, Confesiones, señala que por mucho que buscara lo que pensaba era la verdad, realmente estaba huyendo de ella y de la gracia de Dios en Jesucristo.

Años después, Agustín tomó un prestigioso trabajo como profesor de retórica en Milán, Italia. Comenzó a escuchar la predicación del gran Ambrosio, obispo de Milán. Un día, mientras estaba sentado en un jardín, escuchó a un niño en un jardín vecino gritar algunas palabras que pensó eran parte de un juego: tolle lege (toma y lee). Eso desencadenó algo en su mente. Tomó una copia del Nuevo Testamento que yacía sobre una mesa y la abrió en Romanos 13:14: «Antes bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no penséis en proveer para las lujurias de la carne». Sintió que Dios le había hablado con la misma claridad con que había escuchado la voz del niño. Hizo exactamente lo que decía el texto. Confió en Cristo. Su antigua manera de vivir había llegado a su fin. Había hallado descanso en Dios, y en ese momento supo que había sido creado para descansar en Él. De ahí en adelante, fue un servidor devoto de Jesucristo. Su pensamiento y escritura determinaron de muchas maneras el curso de la historia de la teología cristiana, hasta los tiempos de la Reforma.

Una de las declaraciones más fascinantes de Confesiones es un comentario que hizo Agustín sobre Ambrosio. Estaba describiendo el momento de su vida en que llegó a Milán. ¿Qué fue lo que le impresionó del obispo? Él nos dice en su soliloquio de oración a Dios: «Empezó a agradarme, no como maestro de la verdad, porque al principio no tenía absolutamente ninguna confianza en Tu Iglesia, sino como un ser humano que fue amable conmigo… Sin embargo, gradualmente, aunque no me daba cuenta, me estaba acercando».

Justino Mártir conoció a Cristo por medio de un cristiano anciano mientras caminaba tranquilamente por la costa; Agustín llegó a la fe a través de la bondad de un obispo elocuente y de las oraciones de una madre. El nombre de Justino sigue vivo en la historia de la Iglesia, pero el anciano que le predicó a Cristo fue olvidado. Muchos cristianos están familiarizados con el nombre de Agustín. Pocos saben el nombre de su madre o el nombre de su ministro, Ambrosio.

Aquí hay un patrón y una lección. Al leer sobre las vidas de hombres y mujeres que han sido utilizados estratégicamente por Cristo para construir Su Reino, notamos que los nombres de aquellos que los condujeron a la fe en Jesucristo tienden a olvidarse o a perderse. Pero su importancia es incalculable. Dios se deleita en usar a personas corrientes y a los que han sido olvidados.

Esto es, sin duda, un gran estímulo para los que vivimos nuestras vidas cristianas en cierto anonimato. No esperamos encontrar nuestros nombres en ningún libro de historia de la Iglesia. Y, sin embargo, pudiera ser que alguien con quien seamos amables, porque amamos a Jesús, sea adoptado y usado extraordinariamente por Dios para construir la Iglesia de Jesucristo.

Cuando Jesús está construyendo Su Iglesia, la fidelidad es mucho más significativa que la fama.

Extracto adaptado de In the Year of Our Lord [En el año de nuestro Señor] por Sinclair B. Ferguson, © 2018, pp. 41-46.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Adiós a lo nuevo, bienvenido lo viejo

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Adiós a lo nuevo, bienvenido lo viejo

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

e encantan las antigüedades. Me encantan los muebles viejos, los coches viejos y las casas viejas, pero sobre todo me encantan los libros viejos, los libros viejos y polvorientos. Y no sé tú, pero el polvo me hace estornudar. Recientemente, mi esposa y yo estábamos en una tienda de antigüedades, y encontré una edición  del libro  Un cuerpo de divinidad de Thomas Watson de 1833. El libro estaba escondido en la parte de atrás de la tienda, en la parte superior de una vieja estantería de madera de cerezo que contenía docenas de ejemplares de los libros condensados del Reader’s Digest de los años sesenta. Quienquiera que lo haya puesto sobre ese estante ciertamente desconocía el valor de la publicación de Watson. Y por el aspecto del polvo en la portada del libro, mi sospecha es que esta obra clásica había estado ahí por veinte años o más. Y por supuesto, inmediatamente después de abrir el viejo tomo, estornudé.

Afortunadamente, mi reacción a las cosas viejas y polvorientas es simplemente una espiración de aire temporal y desagradable que puede repetirse o no. Sin embargo, la reacción que mucha gente tiene ante las cosas viejas no es tan insignificante. Hoy en día, nuestra reacción a cualquier cosa que esté avanzada en edad es generalmente negativa. En el siglo XXI, todo es nuevo y mejorado. Adiós a lo viejo, bienvenido lo nuevo: sea lo que sea, si tiene siquiera la apariencia de ser viejo, es hora de algo más contemporáneo. Somos una sociedad que se deleita en lo último, y estamos tan consumidos por la emoción de lo que viene que hemos olvidado las cosas de nuestro pasado. Como resultado, hemos perdido nuestro camino. Y si nosotros, el pueblo de Dios, vamos a ser fieles administradores de nuestro pasado, si vamos a hacer alguna diferencia, entonces debemos recordarnos a nosotros mismos las duras lecciones que hemos aprendido de la historia. Debemos tomar y despolvar los credos históricos de la Iglesia que han resistido la prueba del tiempo. Debemos revivir nuestra gran herencia y volver a despertar a nuestras iglesias a considerar a los héroes de nuestra fe que se han enfrentado al mundo como guardianes de la fe cristiana.

A lo largo de la historia, el mundo ha intentado destruir la Iglesia. En cada siglo, tanto emperadores como herejes han tratado de cambiar las creencias históricas de la Iglesia, y cada vez han fracasado. La historia ha demostrado que el siglo IV fue una época de definiciones. Fue una época de héroes inmortales y confesiones inquebrantables. Y ahora, en el siglo XXI, nunca ha habido un tiempo más crucial para que el pueblo de Dios avive la fe de nuestros padres del siglo IV para que vivamos coram Deo, ante el rostro del Dios de la historia, el Anciano de Días.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.