Querido pastor: No te compares

Querido pastor: No te compares
Michael Staton 

Este es un artículo de nuestra serie «Querido pastor», en el que proporcionamos a pastores reales situaciones ficticias y les pedimos que respondan en una carta. Esta situación—aunque inventada—representa a innumerables pastores que experimentan luchas similares.
Nuestra meta es servirte, querido pastor.

Situación: 

Un querido amigo te llama. Ha sido pastor durante varios años. El desánimo en su voz es evidente. Admite que su iglesia se está reduciendo, pero que parece que todas las iglesias de sus amigos pastores están creciendo. Sus iglesias tienen múltiples servicios y contratan nuevo personal para mantener el ritmo de crecimiento. Mientras tanto, recientemente, su pastor asociado tuvo que pasar a tiempo parcial porque el presupuesto es demasiado reducido. Se esfuerza mucho, dice, pero nada parece funcionar.

Oras por tu amigo y haces lo poco que puedes para animarle en el momento, pero no puedes sacártelo de la cabeza ni siquiera después de la llamada telefónica. Así que te sientas al día siguiente y le escribes una carta.

Querido pastor,

Gracias por tu honestidad al compartir conmigo lo que hay en tu corazón. Tal y como lo describiste, es desalentador trabajar con todas tus fuerzas sólo para ver que otras iglesias están cosechando recompensas más visibles. Tal vez algunas personas se sorprendan al escuchar que los pastores luchan con los celos ministeriales, pero permíteme asegurarte que esa lucha es común. Debes entender que esta preocupación no es inusual entre los pastores.

Dicho esto, no importa su prevalencia, el pecado debe ser tratado rápida y completamente. De hecho, los celos son un asunto que debemos confesar. Solo cuando deseamos las cosas del Señor podemos dejar atrás la envidia terrenal. Te animo a que te desprendas de los grilletes de la envidia pastoral y encuentres un sentido más profundo de confianza en el Señor. Considera estas tres preguntas para ayudarte.

¿Por qué luchamos con celos ministeriales?

El pastoreo puede ser sumamente desalentador. Amas a la gente, oras por ellos, trabajas para alimentarlos con la Palabra, y sin embargo puedes experimentar un crecimiento mínimo. ¿Pasas semana tras semana entregándote a tu preciosa gente sólo para ver que la asistencia disminuye? ¿Murmuran y parecen desinteresados en compartir la carga del ministerio? Eso duele. Mencionaste que sigues a otros pastores en Facebook. Cuando observas las publicaciones o escuchas las historias de otras iglesias que se ven obligadas a añadir múltiples servicios y a contratar personal adicional para mantenerse al día con el aumento de la asistencia, te haces vulnerable a la desesperación. Cuando dejas que la desesperación eche raíces, no pasará mucho tiempo antes de que las alegrías de otros se conviertan en una fuente de celos para ti.

En nuestro mundo de las redes sociales, vemos el «lado bonito» de innumerables iglesias. A veces, parece que todas las iglesias están floreciendo excepto la nuestra. Aunque es un gran regalo, la tecnología puede ser una fuente constante de inseguridad, alimentando nuestros sentimientos de insuficiencia. A menudo experimentamos celos ministeriales porque comparamos los puntos bajos de nuestro ministerio con los más destacados de otros. Te pido que no lo hagas.

¿Por qué los celos ministeriales son tan peligrosos?

Cuando permitimos que los celos habiten en nuestros corazones, no ponemos la gloria de Dios por encima de la nuestra. Si el Señor decide que una iglesia, un pastor o un ministerio específico reciba frutos visibles de su trabajo, es una oportunidad para que adoremos y alabemos al Señor por eso. Pero, cuando la envidia echa raíces, le robamos al Señor la gloria debida a su nombre y, en cambio, alimentamos esa semilla de la envidia y permitimos que crezca.

Además, los celos ministeriales convierten a otras iglesias en nuestra competencia, en lugar de colaboradores. Nunca debemos olvidar que dondequiera que veamos al Señor trabajando, Él nos está dando razones para alabarlo. Por supuesto, queremos que a nuestra propia iglesia local le vaya bien, pero debemos mantener una visión de la obra de Dios que es más grande que nosotros mismos. En otras palabras, el ministerio tiene que ver con el Reino, no con nuestro domicilio. Si olvidamos esto, comenzaremos a ver a otras congregaciones como rivales en lugar de verlas correctamente como hermanos y hermanas, que se asocian con nosotros para servir al Rey.

¿Cuáles son algunas maneras prácticas de superar los celos ministeriales?

Me gustaría ofrecer algunas maneras prácticas y útiles para combatir los celos. En primer lugar, comienza con un método estructurado para orar genuinamente por otros pastores. En mi caso, oro por otras iglesias y pastores cuando pienso en ellos, pero también he implementado un sistema para orar por otras congregaciones. Llego a mi estudio temprano el domingo por la mañana, saco mi «lista de oraciones por los pastores» y empiezo a orar por los nombres de estos hombres y sus iglesias. Tengo mi lista dividida en tres categorías: pastores de mi estado, pastores con los que estoy en contacto desde el seminario, y pastores que conozco de todo el país y de otras naciones. Al orar por estos hombres cada semana, le pido al Señor que los bendiga y fortalezca sus iglesias. Después de haber hecho esto durante años, me siento parte de sus ministerios al orar por ellos.

En consecuencia, cuando escucho que Dios está obrando entre ellos, mi corazón se llena de alegría. Los celos se alejan cuando nos apoyamos mutuamente en la oración. Cada victoria se comparte entre todos nosotros, ¡para la gloria de Cristo!

Una segunda estrategia práctica es mantenerse en constante comunicación con los hombres por quienes estás orando. Después de orar por estos hombres (mi lista tiene alrededor de 65 pastores e iglesias), les envío un breve texto haciéndoles saber que he orado por ellos. Quiero recordarles—a ellos y a mi propio corazón—que estamos trabajando juntos en la labor de predicar el Evangelio. Por supuesto, hay veces que sus iglesias pueden tener más señales visibles de crecimiento que la mía. Puede haber otras temporadas en las que mi ministerio tenga más fruto discernible que el de ellos. Sin embargo, he descubierto que la comunicación semanal con estos hombres fieles me ayuda a anhelar genuinamente que sucedan cosas buenas en sus ministerios y permite que mi corazón siembre semillas de apoyo, no de envidia. Después de todo, cuando escucho informes de la obra de Dios entre ellos, eso es literalmente una respuesta a mis oraciones.

Un último estímulo es hacerse esta pregunta regularmente: ¿He sido fiel al Señor esta semana? A menudo nos preguntamos qué piensa la congregación de nosotros. Nos preguntamos cómo evaluarían otros pastores lo que hacemos. Sin embargo, la única cuestión que merece nuestra atención constante es lo que el Señor piensa de nosotros. He descubierto que pedirle al Espíritu de Dios que escudriñe mi corazón y arraigue mi fidelidad sólo a Él es una manera eficaz de mantenerme satisfecho en el privilegio de ser un siervo de Cristo.

Cuando permitimos que los celos den su malvado fruto, nos sentimos insatisfechos y anhelamos lo que otro disfruta. Ninguno de nosotros es pastor del rebaño de Dios porque se lo haya ganado. Sin duda, esta vocación es costosa y supone un reto continuo. Sin embargo, tenemos el privilegio de ser portavoces del Dios altísimo. Él nos salvó, nos redimió, nos llamó, nos equipó y ahora nos utilizará como Él considere adecuado. Él ha sido más bondadoso con nosotros de lo que podríamos merecer. Servimos para Su gloria, y ninguna cantidad de reconocimiento o estima de los hombres podría igualar lo que ya se nos ha dado en Cristo.

Así que anímate, hermano mío. No estás solo en tu lucha contra los celos ministeriales. Pero también, toma acción, mi hermano. Los celos no son una debilidad que se debe tolerar. Acudamos al Señor en arrepentimiento y busquemos su ayuda. Ora por tus compañeros de milicia. Toma un papel activo orando por su éxito espiritual. Luego descansa sabiendo que el Señor te ha llamado al lugar en el que estás, y descansa en el gozo de saber que sólo su aprobación debe ser el deseo continuo de tu vida.

Tu hermano en Cristo,

Michael Staton

admisiones@tms.edu

Michael Staton

Michael Staton (D.Min., The Masters Seminary) is the Senior Pastor of the First Baptist Church in Mustang, Oklahoma, where he has served since 2000. He has been married to his wife Marcy for 24 years and they have two sons. For sermons and other writings, visit his ministry website at everywordpreached.com.

La Iglesia en el plan de Dios

The Master’s Seminary

La Iglesia en el plan de Dios

John MacArthur

La Iglesia es la manifestación externa de un plan eterno

En Tito 1: 2, el apóstol Pablo escribe de la “vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes de los siglos.” En este contexto, el apóstol Pablo describe su ministerio, un ministerio de evangelización y de salvación “por la fe de los elegidos de Dios” –a saber, la iglesia (v. 1).

Pablo, al describir su ministerio, describe el propósito redentor de Dios de: la elección (“los elegidos de Dios”, v. 1), la salvación (“el conocimiento de la verdad”, v. 1), la santificación (“que es según a la piedad “, 1) y la gloria final (” con la esperanza de la vida eterna “, v. 2). Todo esto es la obra de Dios (cf. Romanos 8:29-30), algo que Él “prometió antes de los tiempos.”

En otras palabras, en la eternidad pasada, antes de que cualquier cosa fuese creada – antes de los siglos – Dios determinó comenzar y terminar su plan de redención. Las personas fueron elegidas. Sus nombres fueron escritos para que sean llevados a la fe, a la piedad y a la gloria. Dios “prometió” estos del tiempo.

¿A quién hizo Dios la promesa? Esto fue antes de tiempo, y por lo tanto antes de la creación. Así que no había personas u otras criaturas alrededor. ¿A quién, entonces, hizo Dios esta promesa?

La respuesta la encontramos en 2 Timoteo 1: 9. Allí leemos que Dios “nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos.” Ese versículo termina con la misma frase nos encontramos en Tito 1: 2: “antes de los siglos” Y aquí el apóstol dice el propósito eterno de Dios – esta misma promesa que se hizo antes del principio de los tiempos “nos fue dada en Cristo Jesús.” La promesa eterna de nuestra salvación, el pacto divino de redención, implicó una promesa hecha por el Padre al Hijo antes de los siglos.

Esta es una realidad asombrosa. En el misterio de la Trinidad, vemos que hay un amor inefable y eterno entre los miembros de la Trinidad. Jesús se refiere a él en su oración sacerdotal: “Padre, quiero que ellos también, a quien me has dado, estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes la fundación del mundo “(Juan 17:24, énfasis añadido).

Ese amor debe encontrar una expresión. El amor verdadero siempre busca maneras de dar. Y en una demostración de su amor perfecto para su Hijo, el Padre hizo una promesa al Hijo. ¿Y cuál fue esa promesa? Prometió el Hijo un pueblo redimido – justificado, santificado y glorificado. Él prometió llevar a los redimidos a la gloria, para que habite en el mismo lugar donde el Padre y el Hijo han habitado desde tiempo comenzó antes – el reino de Dios. Y este cuerpo colectivo de los llamados de fuera – un pueblo para su nombre (Hechos 15:14) de toda raza, pueblo, lengua y nación (Apocalipsis 13: 7) – formaría un templo vivo por el Espíritu Santo (Efesios 2: 21-22), convirtiéndose en la misma morada de Dios.

Esa es la promesa eterna del Padre hecha al Hijo. ¿Por qué? Como una expresión de su amor. Los redimidos de la humanidad, entonces, son un don del Padre al Hijo.

Con eso en mente, considere las palabras de Jesús en Juan 6:37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera.” Eso, de nuevo, afirma la invencibilidad absoluta de la iglesia. Cada individuo redimido – todo s los que alguna vez se les dio el don de la fe, perdonado y justificado ante Dios por la gracia – es un don de amor del Padre al Hijo. Y ninguno de ellos se perderá o será echado fuera. ¿Podría Cristo rechazar un regalo de amor de Su propio padre?

Por otra parte, la importancia de la doctrina de la elección surge de todo esto. Los redimidos son escogidos y dados al Hijo por el Padre como un regalo. Si usted es un creyente, no es porque es más listo que sus vecinos incrédulos. No ha venido a la fe a través de su propio ingenio. Usted fue atraído a Cristo por Dios el Padre (Juan 6:44, 65). Y cada persona que llega a la fe es atraído por Dios y dado como un regalo de amor del Padre al Hijo, como parte de un pueblo redimido – la iglesia – prometida al Hijo antes de los siglos.

El significado completo del propósito eterno de Dios se hace evidente a medida que se desarrolla en el libro de Apocalipsis. Hay que echar un vistazo al cielo, y ¿qué creen que la iglesia triunfante está haciendo allí? ¿Qué es lo que hacen los santos glorificados por toda la eternidad? Ellos adoran y glorifican el Cordero, alabándole y sirviéndole – e incluso reinan con él (Apocalipsis 22: 3-5). El cuerpo colectivo es descrito como su novia, pura y sin mancha y vestida de lino fino (19:7-8). Viven con él eternamente donde no hay noche, ni lágrimas, ni tristeza, ni dolor (21:4). Ellos glorifican y sirven al Cordero para siempre. Esa es la plenitud del propósito de Dios; esa es la razón por la que la iglesia es Su regalo para su Hijo.

Ahora bien, esta eterna promesa incluía la promesa recíproca del Hijo al Padre. La redención no era de ninguna manera la obra del Padre solamente. Para llevar a cabo el plan divino, el Hijo tendría que ir al mundo como un miembro de la raza humana y pagar el castigo por el pecado. Y el Hijo se sometió completamente a la voluntad del Padre. Eso es lo que Jesús quiso decir en Juan 6: 38-39: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me envió: Que de todo lo que El me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el último día.”

La redención del pecado no podía ser adquirida por los sacrificios de animales o cualquier otro medio. Así que el Hijo vino a la tierra con el propósito expreso de morir por el pecado. Su sacrificio en la cruz fue un acto de sumisión a la voluntad del Padre. Hebreos 10:4-9 hace que este mismo punto:

4 Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados. 5 Por lo cual, al entrar El en el mundo, dice: Sacrificio y ofrenda no has querido, pero un cuerpo has preparado para mi; 6 en holocaustos y sacrificios por el pecado no te has complacido. 7 Entonces dije: “He aqui, yo he venido (en el rollo del libro esta escrito de mi) para hacer, oh Dios, tu voluntad.” 8 Habiendo dicho arriba: Sacrificios y ofrendas y holocaustos, y sacrificios por el pecado no has querido, ni en ellos te has complacido (los cuales se ofrecen según la ley), 9 entonces dijo: He aqui, yo he venido para hacer tu voluntad. El quita lo primero para establecer lo segundo.

Así que el Hijo se sometió a la voluntad del Padre, lo que demuestra su amor por el Padre. Y el edificio de la iglesia, por lo tanto no sólo es expresión de amor del Padre al Hijo, sino también la expresión del Hijo del amor al Padre.

Todo esto significa que la iglesia es algo tan monumental, tan vasta, tan trascendente, que nuestras mentes pobres apenas pueden comenzar a apreciar su importancia en el plan eterno de Dios. El verdadero objetivo del plan de Dios no es simplemente llevarnos al cielo. Sino que el drama de nuestra salvación tiene un propósito aún más grandioso: es una expresión de amor eterno dentro de la Trinidad. Nosotros sólo somos el regalo.

Hay una cosa más pena destacar sobre el plan eterno del Padre con respecto a la iglesia. Romanos 8:29 dice que aquellos a quienes el Padre eligió dar al Hijo Él también los predestinó para ser hechos conforme a la imagen del Hijo. No sólo Él los justifica, santifica, glorifica, y los lleva al cielo para que por los siglos de los siglos de los siglos podrían decir: “¡Digno es el Cordero”, sino que Él también determinó que se harían como el Hijo. Esto es “para que Él sea el primogénito [prototokos] entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29). Prototokos no se refiere a alguien que nació por primera vez en una cronología, sino el primero de una clase. En otras palabras, Cristo es el supremo sobre toda una hermandad de personas que son como él.

Nuestra glorificación instantáneamente nos transforma en Cristo. Juan escribió: “Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Pablo dijo a los Gálatas: “por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gal. 4:19). Estamos siendo conformados a la imagen de Cristo. Y la buena noticia es que se logrará este objetivo. La iglesia surgirá de todas sus pruebas triunfantes, gloriosas, impecablemente vestida para encontrarse con su novio.

¿Cómo no regocijarnos en la perspectiva de eso? ¿Cómo pueden los cristianos posiblemente ser apáticos acerca de la iglesia? La iglesia es en última instancia, invencible. Los propósitos de Dios no pueden ser frustrados.

Hay una conclusión fascinante para todo esto. Pablo lo describe en 1 Corintios 15: 24-28:

24 entonces vendrá el fin, cuando El entregue el reino al Dios y Padre, después que haya abolido[a] todo dominio y toda autoridad y poder. 25 Pues Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. 26 Y el último enemigo que será abolido es la muerte. 27 Porque Dios ha puesto todo en sujecion bajo sus pies. Pero cuando dice que todas las cosas le están sujetas, es evidente que se exceptúa a aquel que ha sometido a El todas las cosas. 28 Y cuando todo haya sido sometido a El, entonces también el Hijo mismo se sujetará a aquel que sujetó a El todas las cosas, para que Dios sea todo en todos..

Imagíne la escena. Todos los enemigos de Cristo son destruidos y derrotados. Todas las cosas se colocan bajo sujeción al Hijo. El Padre le ha dado el gran don del amor, de la iglesia, para ser su novia y estar sujeta a Él. Cristo está en el trono. Todas las cosas están ahora sujetas a El – excepto el Padre, quien puso todas las cosas en sujeción a Su Hijo. “Entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó todas las cosas a Él, para que Dios sea todo en todos” (v. 28).

En otras palabras, cuando el Hijo lleva a la iglesia a la gloria y el Padre la entregue al Hijo como Su regalo de amor eterno, entonces también el Hijo se dará la vuelta y dará todo, incluso a sí mismo, de regreso al Padre.

Este es un aspecto alucinante en nuestro futuro. Este es el plan de Dios para la iglesia. Somos un pueblo llamado por Su nombre, redimido, conformados a la imagen de su Hijo, hecho para ser una expresión inmensa, incomprensible y suprema de amor entre las Personas de la Trinidad. La iglesia es el regalo que se intercambia. Este es el plan eterno de Dios para la iglesia. Debemos estar profundamente agradecidos, y ansiosos y emocionados de ser parte de la misma.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.


John MacArthur is the Chancellor Emeritus and professor of pastoral ministry at The Master’s University and Seminary. He is also the pastor-teacher of Grace Community Church, author, conference speaker, and featured teacher with Grace to You.

Combatir el desánimo mediante la adoración

The Master’s Seminary

Michael Staton

Me alegré cuando me dijeron: ‘¡Vayamos a la casa del SEÑOR!’ – Salmo 122: 1

El Salmo 73 describe el increíble viaje espiritual de un hombre llamado Asaf. El salmista declara lo que es innegablemente cierto: «Dios es bueno con Israel, con los limpios de corazón» (Salmo 73: 1). ¡Amén! Ciertamente lo es. Con esa firme declaración de fe, el sermón podría llegar a su fin. Pero hay más.

La frustración de la desigualdad espiritual

El predicador continúa: «Pero en cuanto a mí, mis pies casi tropezaron, mis pasos casi resbalaron» (Salmo 73: 2). Ahora lo hace personal. El salmista está esencialmente diciendo: Dios es bueno con su pueblo, pero yo siento que soy la excepción.

De los versículos 3 al quince, Asaf detalla las cosas que consumen su alma. Él lamenta a los malvados que parecen disfrutar de toda la prosperidad que pueden soportar. Le parece que aquellos que viven en contra de la ley de Dios experimentan una vida de lujo y comodidad. Señala que quienes tratan a las personas con violencia y odio permanecen impunes mientras se enfurecen en su pecaminosidad. Está indignado de que quienes no creen en Dios ni lo adoran se burlen de quienes lo creen. Haciendo alarde de sus estilos de vida inmorales, se jactan burlonamente en el Salmo 73:11, «¿Cómo puede Dios saberlo?»

Mientras Asaf procesa esta injusticia espiritual, el salmista presume que sus intentos de seguir al Señor son en vano. ¿De qué sirve esforzarse por ser piadoso y santo si no lo lleva a ninguna parte? Asaf se siente afligido y reprendido día tras día mientras los malvados disfrutan de toda la riqueza, la popularidad y el entretenimiento que podrían desear.

Después de todo esto, Asaph agrega una capa más desalentadora.

Se lamenta de no poder soportar hablar estas cosas en voz alta. Lucha con el sentimiento de que Dios bendice a otras personas, pero no a él. Asaph se siente solo y abandonado. Lo que es peor, aunque Dios bendice a su pueblo, Asaf siente que es la excepción a la regla. No expresa sus sentimientos porque si lo hiciera, siente que traicionaría la confianza de la gente en su ministerio (Salmo 73:15). Mantiene sus pensamientos para sí mismo y permite que lo perturben profundamente.

Qué miserable estar celoso de los malvados y frustrado por el éxito del mundo. Qué doloroso sentirse como el único sin protección y tener esos sentimientos dentro.

La diferencia que hace la adoración

Entonces algo cambia. Ocurre algo tremendo. Alcanza un lugar de consuelo mientras viaja «al santuario de Dios; [y discierne] su fin» (Salmo 73:17). 

La perspectiva de Asaf cambia ante la presencia del Dios todopoderoso. Ahí es donde ve la verdad. Los elementos de la adoración levantaron sus ojos del mundo y pusieron su enfoque en Dios. Cuando entendió, todo cambió. Su situación no cambió. Pero su perspectiva lo hizo por completo.

Asaf se da cuenta de que aquellos que se burlan de Dios pueden disfrutar de bendiciones temporales, pero un día serán consumidos en el juicio. Aunque a veces Asaf sentía que estaba tropezando, se dio cuenta de la mano que sostenía de Dios. Luego, después de la adoración, su envidia se convierte en alabanza. Él concluye: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y no hay nada en la tierra que desee fuera de ti. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fuerza de mi corazón y mi porción para siempre» (Salmo 73:25). -26).

¡Qué transformación! ¿Qué marcó la diferencia? Los malvados de la época de Asaf todavía vivían en rebelión. Otros creyentes continuaron disfrutando de bendiciones que Asaf no disfrutó. Pero esto es lo que sí cambió: el enfoque de Asaph. Ya no miraba a todos ni a todo lo que le rodeaba, sino que miraba a Dios a través de la adoración, fijando su mirada en el Señor.

Solo después de que se encontró con el Dios Viviente en la adoración se pusieron las cosas en la perspectiva adecuada. Solo después de su encuentro con Dios escribió su historia. Solo después de su encuentro con Dios confesó sus sentimientos. La historia no termina en desesperación. Él anima al lector con su nueva dirección: «He puesto al Señor Dios por refugio, para contar todas tus obras» (Salmo 73:28). Habiendo recordado la bondad y la fidelidad de Dios, tiene una historia que vale la pena contar.

Corrie ten Boom, una sobreviviente de un campo de prisioneros nazi, resumiría más tarde cómo se sentía Asaph hace tantos años y, de hecho, cuántos cristianos de hoy se han sentido en un momento u otro: “Si miras el mundo, te angustiarás . Si miras hacia adentro, estarás deprimido. Si miras a Dios, estarás en reposo «.

Solo la adoración puede apartar los ojos del mundo y ponerlos en Cristo. Lea el Salmo 73 y compruebe usted mismo la diferencia que puede hacer la adoración. Entonces recuerde, como hizo el salmista en el Salmo 122, lo bueno que es entrar en la casa del Señor.


Michael Staton

Michael Staton

Michael Staton (D. Min., The Masters Seminary) es el pastor principal de la Primera Iglesia Bautista en Mustang, Oklahoma, donde ha servido desde el año 2000. Ha estado casado con su esposa Marcy durante 24 años y tienen dos hijos. Para sermones y otros escritos, visite el sitio web de su ministerio en everywordpreached.com.