¿Te aburres cuando oras? Prueba orar la Biblia

¿Te aburres cuando oras? Prueba orar la Biblia
Josué Barrios

Pocas cosas han sido tan edificantes para mí como la práctica de orar la Biblia.

Este método ha sido de mucha utilidad para incontables cristianos a lo largo de la historia; Dios puede usarlo para llevarte a profundizar en tu vida de oración.

Por eso disfruté bastante leer Orando la Biblia, de Donald Whitney, hace algunos años atrás. Ha sido uno de los libros que más impacto práctico han tenido en mi día a día. Estas son algunas cosas que este libro breve y muy útil nos enseña:

1) La presencia del Espíritu Santo fomenta la oración.
Debemos empezar por lo más importante: ningún método será útil para alguien sin el Espíritu Santo. Whitney nos recuerda eso, hablando sobre Romanos 8:15 y Gálatas 4:6.

Cuando alguien nace de nuevo, el Espíritu Santo le da a esa persona nuevos deseos orientados hacia el Padre, una nueva orientación celestial en donde clama: «¡Abba, Padre!». En otras palabras, todos aquellos en quienes habita el Espíritu Santo desean orar. El Espíritu santo hace que todos los hijos de Dios crean que Dios es su Padre y los llena con un deseo permanente de hablar con Él (loc. 140).

Como creyentes, necesitamos recordar la asombrosa realidad de que el Espíritu no está simplemente con nosotros. Él mora en nosotros conduciéndonos a vivir dependientes de Dios (Ro 8.9).

2) El problema en nuestras oraciones puede ser nuestro método.
¿Por qué a veces divagamos tanto al orar y luchamos contra el aburrimiento mientras hablamos con el Señor del universo?

Whitney nos explica que una de las principales causas de este problema es nuestra tendencia a presentar nuestras peticiones ante Dios usando las mismas palabras una y otra vez.

El problema no es que oremos por las mismas cosas de siempre, sino que usemos las mismas palabras cada vez que oramos por las cosas de siempre. Parece que casi todas las personas empiezan a orar así tarde o temprano y eso se vuelve aburrido; y cuando la oración es aburrida, no sentimos ganas de orar. Cuando no sentimos ganas de orar, es difícil orar, al menos de manera enfocada y concentrada (loc. 126).

El autor argumenta que, si tenemos el Espíritu Santo y aún así nos cuesta disfrutar nuestras vidas de oración, el problema entonces no somos nosotros. El problema es nuestro método.

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3) Es posible tener una vida de oración significativa.
Debido a nuestras frustraciones, podríamos llegar a pensar que una vida de oración significativa solo está al alcance de algunos cristianos privilegiados o algo así. Eso es algo que Whitney refuta rotundamente:

El Señor tiene a Su pueblo alrededor de todo el mundo y entre ellos hay creyentes de cada tipo de descripción demográfica. A pesar de ello, por Su Espíritu, Él les da a todos ellos el deseo de orar. ¿Se lo daría a todos si la oración significativa fuera solo para algunos?… A pesar de Su amor por Su pueblo, un amor demostrado a través de la encarnación y crucifixión de Su Hijo, un amor que se hizo evidente al proveer el Espíritu Santo, la Biblia y la Iglesia, ¿idearía Dios, entonces, un medio de comunicación ente Él y Sus hijos que la mayoría encontraría frustrante, aburrido y monótono? (loc. 268)

¡La respuesta a esa pregunta es un firme no! Todo creyente puede tener una vida de oración satisfactoria, deleitándose en Dios cada día.

4) El método de orar la Biblia es realmente simple.
La solución a la rutina aburrida de decir siempre las mismas cosas acerca de siempre lo mismo es muy sencilla: «Cuando ores, ora a través de un pasaje de las Escrituras, de manera particular a través de un salmo» (loc. 281).

Cada pensamiento que entra en tu mente mientras estás leyendo un pasaje de la Escritura —aun si tal pensamiento no tiene que ver con el texto que está delante de ti en ese momento— es algo que puedes llevar delante de Dios (loc. 340).

Whitney nos explica que orar la Biblia no es precisamente interpretarla, sino más bien usar el lenguaje del texto para hablar con nuestro Padre sobre lo que viene a nuestra mente. De esta manera ampliamos el vocabulario que usamos al orar y divagamos menos, pues estamos siendo guiados por el text, en lugar de simplemente hablar y hablar sin dirección alguna.

5) Los Salmos son el mejor lugar desde el cual orar la Biblia.
Aunque podemos orar a lo largo de toda la Biblia, Whitney nos muestra que los Salmos son especiales para esta actividad.

El Señor nos dio los Salmos para que le diéramos los Salmos de vuelta a Él. Ningún otro libro de la Biblia fue inspirado con ese propósito expreso (loc. 464).

Así como muchos cristianos han podido encontrar en los Salmos cómo adorar y clamar al Señor, nosotros también podemos hacerlo. Dios inspiró un salmo para cada anhelo de nuestros corazones y cada circunstancia en nuestro caminar.

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Si tenemos todo un libro en la Biblia lleno de alabanzas y oraciones para meditar en ellas y ponerlas en nuestras bocas, ¿por qué no orar más a menudo la Palabra?

Una versión de este artículo apareció primero en Coalición por el Evangelio.

Orando en todo tiempo

Domingo 21 Agosto
Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu.
Efesios 6:18
Las palabras nunca salían de mi boca
“Invité a Malaï, una joven madre tailandesa, a una reunión de oración de madres. Después de presentarla a otras cristianas, ella dijo:

 Saben, yo nunca he orado.

 – No hay ningún problema. Usted puede sentarse simplemente y escuchar, pero si quiere orar con nosotras, es fácil. Orar es hablar con Dios utilizando palabras y frases sencillas.

Malaï empezó a orar durante el tiempo de adoración, de acción de gracias y de intercesión. Cuando la reunión terminó, le pregunté sonriendo:

 – ¿Dijiste que no sabías orar?

 – Cuando yo era budista, me respondió ella, quería orar y decir algo a Buda, pero las palabras nunca salían de mi boca. Solo hace cuatro días que soy cristiana, y durante la hora que acabamos de pasar juntas, las palabras de alabanza, de agradecimiento y de intercesión me vinieron naturalmente. Nunca antes había vivido algo semejante”.

Orar a Dios es hablarle como a un amigo que está sentado a nuestro lado. Cuando uno ora, la belleza del lenguaje no cuenta, sino dejar que el corazón se exprese libremente. Orar es dirigirse en palabras o pensamientos a Dios. Quizá sea también clamar, llorar… Es hablarle de nuestros problemas cotidianos, pero igualmente de nuestras alegrías. Es decirle ¡gracias!

La oración es la respiración anhelante del nuevo hombre, producida por la obra del Espíritu Santo, quien mora en todos los verdaderos creyentes. De ahí que hallar a alguien orando es verlo manifestando la vida divina en una de sus características más hermosas y conmovedoras: la dependencia.

(según F. Nichols)
Jeremías 24 – Lucas 24:1-35 – Salmo 97:8-12 – Proverbios 21:27-28

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La humildad en la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias.

Serie: El orgullo y la humildad

Nota del editor:Este es el décimo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Por Thomas R. Schreiner

C.S. Lewis dijo famosamente: «Si pensais que no sois vanidosos, es que sois vanidosos de verdad». Ciertamente, eso se aplica a la humildad: si crees que eres humilde, probablemente estés saturado de orgullo. En este artículo, consideraremos brevemente cómo la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias están relacionados con la humildad.

Oración y humildad
¿Cómo se relaciona la oración con la humildad? Podemos responder a esa pregunta considerando la naturaleza de la oración. Cuando oramos, expresamos nuestra completa dependencia de Dios. La oración reconoce lo que Jesús dijo en Juan 15:5: «separados de mí nada podéis hacer». Cuando oramos y pedimos ayuda a Dios, estamos admitiendo que no somos «suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios» (2 Co 3:5). La oración testifica que somos «pobres en espíritu» (Mt 5:3), que no somos fuertes sino débiles, y que, como dice el himno, «te necesitamos cada hora». Una de las oraciones más humildes del mundo es: «Ayúdame, Señor». Recordamos la oración sencilla de la mujer cananea cuando todo parecía estar en su contra. Ella clamó a Jesús: «¡Señor, socórreme!» (Mt 15:25). La oración es humilde porque, cuando oramos, estamos diciendo que Dios es misericordioso y poderoso, que Él es sabio y soberano y que Él sabe mucho mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros.

Arrepentimiento y humildad
No es difícil entender que el arrepentimiento —admitir que estábamos equivocados y prometer vivir de una manera nueva— no es posible sin humildad. El orgullo muestra su horrible cabeza cuando nos negamos a admitir que estamos equivocados, cuando nos negamos a decir que lo sentimos, cuando nos negamos a arrepentirnos. El mejor ejemplo de esta verdad es la parábola del fariseo y recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Jesús nos dice que el fariseo se ensalzó a sí mismo (v. 14) y confió en sí mismo (v. 9), y por lo tanto no sintió ninguna necesidad de arrepentirse. En cambio, se hizo notar a todo el mundo y se jactó ante Dios de su bondad y justicia. Su orgullo se manifestó en su afirmación de que era moralmente superior a otras personas, y nosotros caemos en esta misma trampa cuando nos comparamos con otros cristianos o incluso con no cristianos y nos sentimos orgullosos por nuestra justicia.

El recaudador de impuestos, sin embargo, era verdaderamente humilde, y Jesús dijo que los humildes serían exaltados (v. 14). Al igual que el apóstol Pablo en Romanos 7:24, se sintió miserable en la presencia de Dios, y expresó esa miseria a través del arrepentimiento, al pedirle a Dios que fuera misericordioso con él como pecador (Lc 18:13). Vemos la misma conexión entre la humildad y el arrepentimiento en la parábola del hijo pródigo. El hijo menor muestra su humildad al confesar su pecado y reconocer que no era digno de ser el hijo de su padre (15:21). La verdadera humildad existe cuando sentimos que somos el primero de los pecadores (1 Tim 1:15), cuando vemos rebelión y justicia propia en nuestros corazones y nos volvemos a Dios por medio de Jesucristo para purificación y perdón.

Acción de gracias y humildad
Puede que no pensemos a primera vista que la acción de gracias y la humildad están relacionadas, pero en verdad hay una relación profunda. El pecado raíz, como nos dice Romanos 1:21, es no glorificar a Dios ni darle gracias. Pensemos en un ejemplo de acción de gracias y humildad. Las Escrituras nos dicen que demos gracias antes de participar de la comida, y al hacerlo confesamos la bondad de Dios hacia nosotros (1 Tim 4:3-4). Escuché de un cristiano que asistía regularmente a la iglesia, y había invitado a comer a su casa a un predicador que había venido de visita a su iglesia. Le dijo al predicador que la familia no oraba antes de comer, diciendo: «Trabajamos duro por nuestra comida, por lo que no tiene sentido agradecer a Dios por lo que trabajamos para adquirir». No reconoció el verdadero estado de las cosas; el hecho de que no quisiera orar era una expresión de su orgullo. No se daba cuenta de la verdad de Deuteronomio 8:18, de que «el Señor tu Dios… es el que te da poder para hacer riquezas». Cuando estamos agradecidos, alabamos a nuestro gran Dios porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto» (Stgo 1:17). Reconocemos que no hay razón para jactarnos de cualquier cosa porque todo lo que tenemos es un don de Dios (1 Co 4:8), que Él es el que suple todas nuestras necesidades (Flp 4:19). Ya sea que estemos hablando de oración, arrepentimiento o acción de gracias, estamos diciendo en todos los casos que somos niños y que dependemos de nuestro buen Padre para todo, y ese es el corazón y el alma de la humildad.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Thomas R. Schreiner
El Dr. Thomas R. Schreiner es el Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento, profesor de teología bíblica y decano asociado de la escuela de teología del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Ky. Es autor de numerosos libros, entre ellos Spiritual Gifts [Dones espirituales].