Dios hace que todo suceda | R.C. Sproul

Dios hace que todo suceda

Uno de los conceptos dominantes en la cultura occidental durante los últimos doscientos años, como vimos en los capítulos anteriores, es que vivimos en un universo cerrado y mecanicista. Según la teoría, todo funciona conforme a leyes naturales fijas, y que no hay posibilidad de intrusión desde el exterior. Por lo tanto, el universo es como una máquina que funciona por sus propios mecanismos internos.
Sin embargo, incluso aquellos que introdujeron este concepto ya a comienzos del siglo XVII todavía planteaban la idea de que Dios construyó la máquina en un principio. Como pensadores y científicos inteligentes que eran, no podían deshacerse de la necesidad de un Creador. Ellos reconocían que no habría mundo para que ellos observaran si no hubiese una causa última de todas las cosas. Aun cuando se cuestionaba y desafiaba la idea de un Gobernador involucrado y providencial de los asuntos diarios, todavía se asumía tácitamente que tenía que haber un Creador por encima del orden creado.
En el concepto clásico, la providencia de Dios estaba muy estrechamente ligada a su rol como creador del universo. Nadie creía que Dios simplemente creó el universo y luego le volvió la espalda y perdió contacto con él, o que él volvió a sentarse en su trono del cielo y meramente observó el universo trabajar por su propio mecanismo interno, rehusando involucrarse personalmente en sus asuntos. La noción cristiana clásica más bien era que Dios es tanto la causa primaria del universo como también la causa primaria de todo lo que acontece en el universo.
Uno de los principios fundacionales de la teología cristiana es que nada en este mundo posee poder causal intrínseco. Nada tiene poder alguno salvo el poder que se le confiere —se le presta, por así decirlo— o se ejecuta a través de ello, que en última instancia es el poder de Dios. Es por eso que los teólogos y filósofos históricamente han hecho una distinción crucial entre causalidad primaria y causalidad secundaria.
Dios es la fuente de la causalidad primaria. En otras palabras, él es la causa primera. Él es el Autor de todo lo que hay, y sigue siendo la causa primaria de los acontecimientos humanos y de los sucesos naturales. Sin embargo, su causalidad primaria no excluye las causas secundarias. Sí, cuando cae la lluvia, el pasto se moja, no porque Dios moje directa e inmediatamente el pasto, sino porque la lluvia aplica humedad al pasto. Pero la lluvia no podría caer si no fuera por el poder causal de Dios que está por encima de cada actividad causal secundaria. El hombre moderno, sin embargo, se apresura a decir: “El pasto está mojado porque llovió”, y no sigue buscando una causa superior y última. La gente del siglo XXI al parecer piensa que podemos arreglárnoslas perfectamente con las causas secundarias sin pensar en la causa primaria.
El concepto básico aquí es que lo que Dios crea, él lo sustenta. Por lo tanto, una de las subdivisiones importantes de la doctrina de la providencia es el concepto de sustento divino. En palabras simples, esta es la clásica idea cristiana de que Dios no es el gran Relojero que fabrica el reloj, le da cuerda, y luego sale de escena. En lugar de eso, él preserva y sostiene aquello que crea.
Esto efectivamente lo vemos al comienzo mismo de la Biblia. Génesis 1:1 dice: “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra”. La palabra hebrea traducida como “creó” es una forma del verbo bārā, que significa “crear”, “hacer”. Esta palabra entraña la idea de sostener. Me gusta ilustrar esta idea aludiendo a la diferencia en música entre una nota en staccato y una nota sostenida. Una nota en staccato es breve y cortante: “La la la la la”. Una nota sostenida se mantiene: “Laaaa”. Asimismo, la palabra bārā nos dice que Dios no simplemente trajo el mundo a existencia en un momento. El término indica que él continúa creándolo, por así decirlo. Él lo sostiene, lo cuida, y lo sustenta.

EL AUTOR DEL SER
Uno de los conceptos teológicos de la más profunda importancia es que Dios es el Autor del ser. Nosotros no podríamos existir sin un ser supremo, porque no tenemos el poder de ser por nosotros mismos. Si algún ateo pensara seria y lógicamente acerca del concepto de ser durante cinco minutos, ese sería el fin del ateísmo. Es un hecho ineludible que nadie en este mundo tiene el poder de ser dentro de sí mismo, y no obstante aquí estamos. Por lo tanto, en algún lugar debe haber alguien que sí tiene el poder de ser en sí mismo. Si tal ser no existe, científicamente sería del todo imposible que algo existiera. Si no hay un ser supremo, no podría haber ningún ser de ninguna especie. Si hay algo, debe haber algo que tenga el poder de ser; de lo contrario, nada sería. Es así de simple.
Cuando el apóstol Pablo se dirigió a los filósofos en el Areópago de Atenas, mencionó que había visto muchos altares en la ciudad, incluido uno “al dios no conocido” (Hechos 17:23a). Entonces él usó ese hecho como una entrada para hablarles la verdad bíblica: “Pues al Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo les anuncio. El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay… da vida y aliento a todos y a todo… porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (vv. 23b–28a). Pablo dijo que todo lo que Dios crea es completamente dependiente del poder de Dios, no solo para su origen sino para la continuidad de su existencia.
A veces me impaciento con algunas de las licencias poéticas que se toman los autores de himnos. Un himno famoso incluye este verso: “¡Maravilloso amor! ¿Cómo puede ser que tú, mi Dios, murieras por mí?”. Es cierto, Dios murió en la cruz, por decirlo de alguna manera. El Dios-hombre, aquel que era Dios encarnado, murió por su pueblo. Pero la naturaleza divina no pereció en el Calvario. ¿Qué le sucedería al universo si Dios muriera? Si Dios dejara de existir, el universo perecería con él, porque Dios no solo lo ha creado todo, sino que lo sustenta todo. Nosotros dependemos de él, no solo para nuestro origen, sino también para nuestra continua existencia. Puesto que no tenemos el poder de ser en nosotros mismos, no duraríamos ni un segundo sin su poder sustentador. Eso es parte de la providencia de Dios.
Esta idea de que Dios sustenta el mundo —el mundo que él hizo y observa en los mínimos detalles— nos lleva al corazón del concepto de providencia, que es la enseñanza de que Dios gobierna su creación. Esta enseñanza tiene muchos aspectos, pero quiero enfocarme en tres de ellos en lo que resta de este capítulo: las verdades de que el gobierno de Dios sobre todas las cosas es permanente, soberano, y absoluto.

UN GOBIERNO PERMANENTE
Cada cierta cantidad de años, tenemos un cambio de gobierno en nuestro país cuando una nueva administración presidencial toma el mando. La Constitución limita el número de años que un presidente puede servir como jefe ejecutivo de la nación. Por lo tanto, según estándares humanos, los gobiernos van y vienen. Cada vez que un presidente entra en ejercicio, los medios informativos hablan del “periodo de luna de miel”, el tiempo cuando se mira al nuevo líder con favor, se lo recibe cálidamente, y todo lo demás. Pero a medida que cada vez más personas se molestan o decepcionan de sus políticas, su popularidad decae. Pronto escuchamos a algunos críticos opinando que necesitamos sacar al “vago” de su cargo. En otros países, tal disconformidad ocasionalmente ha conducido a la revolución armada, lo que ha acabado en el violento derrocamiento de presidentes o primeros ministros. Sea como fuere, ningún gobernador terrenal retiene el poder para siempre.
Dios, sin embargo, está sentado como el Gobernador supremo del cielo y la tierra. También él debe tolerar a personas desencantadas con su gobierno, que objetan sus políticas, y resisten su autoridad. Pero aunque la existencia misma de Dios puede ser negada, su autoridad puede ser resistida, y sus leyes desobedecidas, su gobierno providencial jamás puede ser derrocado.
El Salmo 2 nos da una vívida imagen del reino seguro de Dios. El salmista escribe: ¿Por qué se sublevan las naciones, y en vano conspiran los pueblos? Los reyes de la tierra se rebelan; los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido. Y dicen: ‘¡Hagamos pedazos sus cadenas! ¡Librémonos de su yugo!’ ” (vv. 1–3, NVI). La imagen aquí es la de una cumbre de los poderosos gobernadores de este mundo. Ellos se reúnen para formar una coalición, una especie de eje militar, para planificar el derrocamiento de la autoridad divina. Es como si estuvieran planeando disparar sus misiles nucleares hacia el trono de Dios con el fin de volarlo del cielo. El objetivo de ellos es ser libre de la autoridad divina, arrojar las “cadenas” y el “yugo” con los que Dios los sujeta. Pero la conspiración no solo es contra “el Señor”, sino que también es contra “su ungido”. Aquí la palabra hebrea es māšîah, de donde proviene nuestra palabra castellana “Mesías”. Dios el Padre ha exaltado a su Hijo como cabeza de todas las cosas, con el derecho a gobernar a los gobernadores de este mundo. Aquellos que han sido investidos de autoridad terrenal se han reunido en un consejo para planificar cómo liberar al universo de la autoridad de Dios y de su Hijo.
¿Cuál es la reacción de Dios a esta conspiración terrenal? El salmista dice: “El rey de los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (v. 4). Los reyes de la tierra se ponen en contra de Dios. Se conciertan con pactos y tratados solemnes, y se animan unos a otros a no vacilar sobre su decisión de destronar al Rey del universo. Pero cuando Dios mira todos estos poderes congregados, no tiembla de temor. Él se ríe, pero no con risa de diversión. El salmista describe la risa de Dios como risa de burla. Es la risa que expresa un poderoso rey cuando menosprecia a sus enemigos.
Pero Dios no meramente se ríe: “En su enojo los reprende, en su furor los intimida y dice: ‘He establecido a mi rey sobre Sión, mi santo monte’ ” (vv. 5–6, NVI). Dios reprenderá a las naciones rebeldes y afirmará al Rey que ha puesto en Sión.
Con frecuencia me asombra la diferencia entre el acento que encuentro en las páginas de las sagradas Escrituras y el que leo en las páginas de las revistas religiosas y escucho que se predica en los púlpitos de nuestras iglesias. Tenemos una imagen de Dios lleno de benevolencia. Lo vemos como un botones celestial al que podemos llamar cuando necesitamos servicio a la habitación, o como un Santa Claus cósmico que está presto a derramar regalos sobre nosotros. Él se complace en hacer cualquier cosa que le pidamos. Mientras tanto, él nos ruega amablemente que cambiemos nuestros caminos y vengamos a su Hijo, Jesús. Generalmente no escuchamos acerca de un Dios que ordena obediencia, que reafirma su autoridad sobre el universo e insiste en que nos inclinemos ante su Mesías ungido. No obstante, en la Escritura nunca vemos a Dios invitando a las personas a venir a Jesús. Él nos ordena que nos arrepintamos, y nos inculpa de traición a un nivel cósmico si decidimos no hacerlo. Una negativa a someterse a la autoridad de Cristo probablemente a nadie le causará problemas con la iglesia o el gobierno, pero ciertamente causará un problema con Dios.
En el Discurso del Aposento Alto (Juan 13–17), Jesús les dijo a sus discípulos que él se iba, pero prometió enviarles otro Consolador (14:16), el Espíritu Santo. Él dijo: “Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (16:8). Cuando Jesús habló acerca de la venida del Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, él fue muy específico respecto al pecado en el que estaba pensando. Era el pecado de incredulidad. Él dijo que el Espíritu convencería “de pecado, por cuanto no creen en mí” (v. 9). Desde la perspectiva de Dios, la negativa a someterse al señorío de Cristo no simplemente se debe a una falta de convicción o de información. Dios lo considera como incredulidad, como la incapacidad de aceptar al Hijo de Dios por quien él es.
Pablo hizo eco de esta idea en el Areópago cuando dijo: “Dios pasó por alto aquellos tiempos de tal ignorancia, pero ahora manda a todos, en todas partes, que se arrepientan” (Hechos 17:30, NVI). Dios había sido paciente, dijo Pablo, pero ahora mandó que todos se arrepintieran y creyeran en Cristo. Rara vez escuchamos esta idea en los libros o desde el púlpito, la idea de que es nuestro deber someternos a Cristo. Pero si bien quizá no la escuchemos, esta no es una opción respecto a Dios.
En palabras simples, Dios impera sobre su universo, y su reinado no tendrá fin.

UN GOBIERNO SOBERANO
En nuestro país, vivimos en una democracia, así que nos cuesta entender la idea de soberanía. Nuestro contrato social declara que nadie puede gobernar aquí salvo con el consentimiento de los gobernados. Pero Dios no necesita nuestro consentimiento para gobernarnos. Él nos hizo, así que tiene un derecho intrínseco de gobernarnos.
En la Edad Media, los monarcas de Europa intentaban fundamentar su autoridad en el llamado “derecho divino de reyes”. Ellos declaraban que tenían un derecho dado por Dios para gobernar a sus compatriotas. La verdad es que solo Dios tiene semejante derecho.
En Inglaterra, el poder del monarca, que en otro tiempo fue muy grande, ahora es limitado. Inglaterra es una monarquía constitucional. La reina goza de toda la pompa y las galas de la realeza, pero el Parlamento y el primer ministro dirigen la nación, no el Palacio de Buckingham. La reina rige pero no gobierna.
Por el contrario, el Rey bíblico reina y gobierna a la vez. Y lleva a cabo su reinado, no por referéndum, sino por su soberanía personal.

UN GOBIERNO ABSOLUTO
El gobierno de Dios es una monarquía absoluta. A él no se le impone ninguna restricción externa. Él no tiene que respetar un equilibrio de poderes con un Congreso o una Corte Suprema. Dios es el Presidente, el Parlamento, y la Corte Suprema, todo en uno, porque él está investido con la autoridad de un monarca absoluto.
La historia del Antiguo Testamento es la historia del reino de Jehová sobre su pueblo. El motivo central del Nuevo Testamento es la realización sobre la tierra del reino de Dios en el Mesías, a quien Dios exalta a la mano derecha de autoridad y lo corona como el Rey de Reyes y Señor de señores. Él es el Gobernador último, aquel a quien debemos la lealtad última y la obediencia última.
Una de las grandes ironías de la historia es que cuando Jesús, quien era el Rey cósmico, nació en Belén, el mundo era gobernado por un hombre llamado César Augusto. Estrictamente hablando, sin embargo, la palabra “augusto” solo es apropiada para Dios. Significa “de suprema dignidad o grandeza; majestuoso; venerable; eminente”. Dios es el cumplimiento superlativo de todos estos términos, porque Dios el Señor omnipotente reina.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

Ética y conciencia

La función de la conciencia en la toma de decisiones éticas tiende a complicarnos las cosas. Los mandamientos de Dios son eternos, pero para obedecerlos primero debemos apropiarnos de ellos en el interior. El “órgano” de esa internalización clásicamente ha sido llamado conciencia. Algunos describen esta nebulosa voz interior como la voz de Dios dentro de nosotros. La conciencia es una parte misteriosa del ser interior del ser humano. Dentro de la conciencia, en un secreto rincón escondido, reside la personalidad, tan oculta que a veces funciona sin que estemos inmediatamente al tanto de ello. Cuando Sigmund Freud llevó la hipnosis a una posición de investigación científica respetable, el ser humano comenzó a explorar el subconsciente y a examinar aquellas grutas íntimas de la personalidad. Encontrarse con la conciencia puede ser una experiencia asombrosa. El descubrimiento de la voz interior, tal como lo observa un siquiatra, puede ser como “mirar al mismísimo infierno”.

No obstante, tendemos a concebir la conciencia como algo celestial, un punto de contacto con Dios más que como un órgano infernal. Lo imaginamos como el personaje de caricatura enfrentando a una decisión ética mientras un ángel se posa sobre un hombro y un demonio en el otro, jugando un tira y afloja con la cabeza del pobre hombre. La conciencia puede ser una voz del cielo o del infierno; puede mentir como también presionarnos a la verdad. Puede decir cosas contradictorias, teniendo la capacidad de acusar o de excusar.

En la película Pinocho, Walt Disney nos entregó la canción “Dame un silbidito”, que nos urgía a que “siempre deja que tu conciencia sea tu guía”. Esto es lo más alto de la “teología de Pepe Grillo”. Para el cristiano, la conciencia no es la corte suprema de apelaciones para el comportamiento correcto. La conciencia es importante, pero no es normativa. Tiene la capacidad de distorsionarse y de desorientar. En el Nuevo Testamento se menciona unas treinta y una veces en donde indica, de forma abundante, su capacidad de cambiar. La conciencia puede cauterizarse y deteriorarse, y volverse insensible a causa del pecado reiterado. Jeremías describió a Israel como alguien que tiene “frente de ramera” (Jeremías 3:3). A causa de sus reiteradas transgresiones, Israel, al igual que una prostituta, había perdido su capacidad de avergonzarse. Su tozudez y dureza de corazón produjeron una conciencia insensible. El sociópata puede asesinar sin remordimiento y es inmune a las punzadas normales de la conciencia.

Aunque la conciencia no es el tribunal supremo de la ética, es peligroso actuar contra ella. Martín Lutero temblaba agónico en la Dieta de Worms a causa de la enorme presión moral que enfrentaba. Cuando le pidieron que se retractara de sus escritos, él incluyó estas palabras en su réplica: “Mi conciencia está cautiva por la Palabra de Dios. Actuar contra la conciencia no es adecuado ni seguro”. El uso gráfico de la palabra cautiva por Lutero ilustra el poder visceral de la compulsión que puede ejercer la conciencia en una persona. Una vez que la persona es capturada por la voz de la conciencia, un poder es aprovechado y con el cual se pueden acometer actos de heroica valentía. Una conciencia capturada por la Palabra de Dios es a la vez noble y poderosa.

¿Tenía razón Lutero al decir: “Actuar contra la conciencia no es adecuado ni seguro”? Aquí debemos caminar con sumo cuidado, no sea que nos rebanemos los dedos sobre el filo de la navaja ética. Si la conciencia puede estar mal informada o distorsionada, ¿por qué no deberíamos actuar contra ella? ¿Deberíamos seguir nuestra conciencia hacia el pecado? Aquí tenemos un dilema de tipo doble peligro. Si seguimos nuestra conciencia hacia el pecado, somos culpables de pecado en la medida que se nos exige que nuestra conciencia esté debidamente informada por la Palabra de Dios. Sin embargo, si actuamos contra nuestra conciencia, también somos culpables de pecado. Puede que el pecado no radique en lo que hacemos, sino en el hecho de cometer un acto que creemos que es malo. Aquí entra en consideración el principio bíblico de Romanos 14:23: “Todo lo que no procede de fe, es pecado”. Por ejemplo, si a una persona se le enseña y llega a creer que usar lápiz labial es pecado, y luego usa lápiz labial, esa persona está pecando. El pecado no radica en el lápiz labial, sino en la intención de actuar contra lo que uno cree que es el mandato de Dios.

El dilema del doble peligro exige que nos esforcemos por poner nuestra conciencia en armonía con la mente de Cristo, no sea que una conciencia carnal nos conduzca a la desobediencia. Necesitamos una conciencia redimida, una conciencia del espíritu más bien que de la carne.

La manipulación de la conciencia puede ser una fuerza destructiva dentro de la comunidad cristiana. Los legalistas suelen ser maestros de la manipulación de la conciencia, mientras que los antinominianos dominan el arte de la negación silenciosa. La conciencia es un instrumento delicado que debe respetarse. Alguien que intente influenciar la conciencia de los demás tiene la gran responsabilidad de mantener la integridad de la personalidad misma del otro tal como fue modelada por Dios. Cuando les imponemos una falsa culpa a los demás, paralizamos a nuestro prójimo, atándolo con cadenas allí donde Dios lo ha dejado libre. Cuando incitamos una falsa inocencia, contribuimos a la desobediencia del otro, exponiéndolo al juicio de Dios.

 Sproul, R. C. (2016). ¿Cómo debo vivir en este mundo?. (E. Castro, Trad.) (Vol. 5, pp. 91–94). Poiema Lectura Redimida; Reformation Trust.

Probar el propósito remoto

Probar el propósito remoto
Por R.C. Sproul

«¿Por qué permitió Dios que sucediera?». Esta pregunta pretende probar el propósito remoto o final. La pregunta supone algo crucial para nuestra comprensión de Dios. Supone que Dios pudo haber evitado lo que sucedió. Si negamos esta verdad, negamos el carácter mismo de Dios. Si Dios no pudo haberlo evitado, ya no sería Dios. Al preguntar por qué, también asumimos algo más que es vital. Suponemos que hay una respuesta a la pregunta. Suponemos que Dios tuvo una razón o un propósito para lo que ocurrió.

La pregunta permanece: «¿Fue buena la razón o el propósito de Dios?». Plantear la pregunta es responderla, si es que sabemos algo acerca de Dios. Nos equivocamos en nuestro razonamiento. Establecemos objetivos inútiles. Nos apresuramos a pensar lo absurdo. Perseguimos fines pecaminosos. No sugiramos que Dios tiene el mismo tipo de intencionalidad viciosa.

El único propósito o intención que Dios tiene es completamente bueno. Cuando la Biblia habla del ejercicio soberano del beneplácito de Su voluntad, no hay indicio alguno de arbitrariedad o intención malvada. El beneplácito de Su voluntad es siempre la buena intención de Su voluntad. Su beneplácito siempre es bueno, Su voluntad es siempre buena y Sus intenciones son siempre buenas.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
¿Qué circunstancias pasadas o presentes en tu vida te han hecho preguntar «por qué»? Pídele a Dios que te muestre cómo Sus buenas intenciones se reflejan en estas situaciones.

¿QUÉ ES EL MATRIMONIO CRISTIANO? – Lección 1

Renovando Tu Mente
R.C.Sproul
Serie: El matrimonio íntimo

En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.

¿Qué es el matrimonio cristiano?
Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas. En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.

¿Qué es el matrimonio cristiano?

Renovando Tu Mente

R.C.Sproul

Serie: El matrimonio íntimo

En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.

¿Qué es el matrimonio cristiano?

Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas.

En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.

R.C.Sproul Alimentemos El Alma

Los tiempos están cambiando

Los tiempos están cambiando
Por R.C. Sproul

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Uno de los misterios más antiguos del pensamiento teórico es la pregunta: ¿Qué es el tiempo?

Immanuel Kant definió el tiempo y el espacio como «intuiciones puras». Consideramos que el tiempo está relacionado inextricablemente con la materia y el movimiento. Sin materia y espacio (materia y movimiento), no tenemos forma de medir el paso del tiempo. El tiempo, al parecer, siempre está en movimiento. Nunca puede ser detenido.

Históricamente, hemos medido el paso del tiempo con diversos objetos materiales: el reloj de sol, que muestra el movimiento de las sombras a través de su superficie; la arena que se vierte a través del reloj de arena; las manecillas movidas por engranajes dentro de un reloj y las manecillas de los minutos y las horas que se mueven alrededor de un círculo de números. Me pongo a mirar un gran reloj de pared y a observar el movimiento de barrido del segundero. Observo el número doce en la esfera y espero a que el segundero las pase. Mis ojos miran hacia abajo, hacia el número seis, y sé que el segundero aún no lo ha alcanzado, pero a medida que la aguja barre hacia la parte inferior de la esfera, tengo la sensación de que el tiempo se mueve muy rápidamente hacia el futuro en el número seis. Entonces, instantáneamente, el segundero lo pasa, y lo que hace un momento era futuro, ahora es pasado. A veces, cuando experimento con estos ejercicios, quiero que el reloj se detenga. Pero no se detiene, no puede detenerse. Como dice el axioma, «el tiempo sigue su curso».

Todo en la creación está sujeto al tiempo. Todo en la creación es mutable. Todo en la creación pasa por el proceso de generación y deterioro. Dios y solo Dios es eterno e inmutable. Dios y solo Dios escapa a la embestida implacable del tiempo.

No solo medimos momentos en el tiempo, sino que también medimos periodos que tienen lugar en términos de edades, eras y épocas. En nuestra propia generación hemos visto varias transiciones de las culturas humanas en las que nos encontramos, precipitadas contra el telón de fondo del tiempo (como indicó Martin Heidegger en su épico libro Ser y tiempo). Decimos que los tiempos están cambiando. Eso no significa que el tiempo mismo cambie. En un minuto sigue habiendo sesenta segundos, en una hora sesenta minutos, en un día veinticuatro horas. Pero las culturas cambian constantemente en sus patrones, en sus valores y en sus empeños. En mi vida he sido testigo de cambios dramáticos en la cultura en la que me encuentro. Puedo pensar en dónde estaba y qué estaba haciendo cuando me enteré del anuncio de la muerte de Franklin Delano Roosevelt. Recuerdo dónde estaba y qué estaba haciendo cuando oí en la radio la noticia de que Estados Unidos probaba su primera bomba atómica (antes de Hiroshima y Nagasaki). Recuerdo dónde estaba y qué estaba haciendo al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando ocurrió el asesinato de John F. Kennedy, el lanzamiento ruso del Sputnik al espacio y al oír la noticia del primer paso del hombre en la luna. Pero lo que recuerdo quizás más que nada es una década entera —la década de los sesenta— en la que los Estados Unidos de América pasaron por una revolución no sangrienta, que cambió la cultura tan dramáticamente que la gente que vivió antes de esa década se siente como extraterrestre en una cultura dominada por una cosmovisión posterior a los sesenta. La revolución de los sesenta supuso el fin del idealismo y dio paso a varios cambios radicales en la cultura, incluida la revolución sexual. La santidad del matrimonio fue cuestionada de forma más explícita. El discurso limpio y sano en la esfera pública se hizo cada vez más raro. La santidad de la vida con respecto a los no nacidos fue atacada legislativamente y el relativismo moral se convirtió en la norma de nuestra cultura.

Con este relativismo moral llegaron los avances tecnológicos que también alteraron nuestra vida cotidiana. La explosión de conocimientos que supuso la llegada y proliferación del uso de los computadores trajo consigo una nueva cultura de personas que viven más o menos «en línea». Esta cultura relativista trajo consigo la cultura del eros y una mayor adicción a la pornografía, así como la cultura de las drogas con la consiguiente invasión de la adicción y el suicidio.

Los tiempos en los que vivimos son tiempos sumamente desafiantes para la iglesia de Jesucristo. La gran tragedia de la iglesia en la revolución posterior a la década de los sesenta es que el rostro de la iglesia ha cambiado a la par del rostro de la cultura secular. En una búsqueda fatal de relevancia, la iglesia se ha convertido a menudo en un mero eco de la cultura secular en la que vive, teniendo un deseo desesperado de estar «con ella» y ser aceptable para el mundo contemporáneo. La iglesia ha adoptado el mismo relativismo que pretende vencer. Lo que exigen tiempos como los nuestros es una iglesia que se dirija a lo temporal y que al mismo tiempo permanezca anclada en lo eterno: una iglesia que hable, consuele y sane todas las cosas mortales y seculares sin que ella misma abandone lo eterno y lo santo. La iglesia debe enfrentarse siempre a la cuestión de si su compromiso es con la santidad o con la profanidad. Necesitamos iglesias llenas de cristianos que no estén esclavizados por la cultura, iglesias que busquen más que todo agradar a Dios y a Su Hijo unigénito, en lugar de buscar el aplauso de hombres y mujeres moribundos. ¿Dónde está esa iglesia? Esa es la iglesia que Cristo estableció. Esa es la iglesia cuya misión es ministrar la redención a un mundo moribundo, y esa es la iglesia que estamos llamados a ser. Que Dios nos ayude a nosotros y a nuestra cultura si nuestros oídos se vuelven sordos ante este llamado.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

En busca de propósito

Por R.C. Sproul

Cuando buscamos propósito, debemos distinguir entre propósitos inmediatos y remotos. Los inmediatos se refieren a los que están a mano. Los remotos se refieren a los propósitos distantes, alejados, finales. El objetivo inmediato del jugador de fútbol americano es hacer un primer down. El objetivo más remoto es un touchdown. El objetivo aún más remoto es ganar el partido. El objetivo final es ganar un campeonato.

Recordamos el conmovedor encuentro entre José y sus hermanos, cuando estos temían las recriminaciones de su poderoso hermano por la traición que habían cometido contra él. Pero José vio una notable coincidencia en acción entre las intenciones inmediatas y las remotas. Él dijo: «Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien».

Aquí lo inmediato y lo remoto parecían ser mutuamente excluyentes. La intención divina fue exactamente lo opuesto a la intención humana. Los hermanos de José tenían un objetivo; Dios tenía otro diferente. La sorprendente verdad aquí es que el propósito remoto se cumplió a través del inmediato. Esto no disminuye la culpabilidad de los hermanos pues su intención y acciones eran malas. Sin embargo, a Dios le pareció bien que sucediera para que se cumpliera Su propósito.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
Piensa en cómo el propósito inmediato puede estar contribuyendo al propósito remoto de Dios en tu vida.

Para estudiar más a fondo
Génesis 50:18-20

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo entender el propósito de Dios

R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La respuesta a la pregunta más importante

Serie: Cómo entender el propósito de Dios

R.C. Sproul

«¿Por qué?». Esta simple pregunta que hacemos varias veces al día, está cargada de supuestos de lo que los filósofos llaman teleología. La teleología es el estudio del diseño y el propósito. Proviene de la palabra griega telos, que aparece repetidas veces en el Nuevo Testamento.

Buscamos descubrir la razón por la que las cosas suceden como lo hacen. «¿Por qué llueve?»; «¿Por qué la tierra gira sobre su eje?»; «¿Por qué dijiste lo que dijiste?». Cuando planteamos la pregunta del propósito, es porque nos preocupa el fin, el objetivo y la meta. Todos estos términos sugieren intención. Suponen un significado y no un sinsentido.

El cínico puede responder a la pregunta «¿Por qué?» replicando de forma simplista: «¿Por qué no?». Sin embargo, incluso en esta respuesta se observa un compromiso ligeramente encubierto con el propósito. Si damos una razón para no hacer algo, entonces estamos diciendo que lo opuesto tiene un propósito o cumple un fin. Los seres humanos son criaturas comprometidas con el propósito. Las intenciones informan nuestras acciones.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
¿Cómo afecta el propósito a tu vida diaria, a tus prioridades, planes y actividades?

Para estudiar más a fondo
Efesios 3:8-11

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo entender el propósito de Dios

R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Ejercitar tu poder de elección

Ejercitar tu poder de elección

Serie: Cómo aprender las leyes de Dios
Por R.C. Sproul
¿Tiene el hombre libre albedrío? Esta es una de las preguntas teológicas más comunes. A veces no se presenta como una pregunta sino como una objeción a la idea de un Dios soberano.

En el centro del problema está la definición de libre albedrío. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que el hombre tiene libre albedrío? En pocas palabras, el libre albedrío significa simplemente que el hombre tiene la habilidad de elegir lo que quiere. Esta habilidad requiere la presencia de una mente, de una voluntad y de un deseo. Si estas facultades están presentes y funcionando, ese hombre tiene libre albedrío.

Libre albedrío no significa que el hombre puede elegir hacer lo que quiera y necesariamente tener éxito. Nosotros podemos elegir volar sin la ayuda de dispositivos mecánicos. Podemos caer por el aire, pero no podemos volar. Nos hace falta el equipamiento natural necesario (en este caso, alas) para poder volar. Sin embargo, esto no significa que no seamos libres. Sí significa que nuestra «libertad» está limitada por nuestras limitaciones físicas. Mi voluntad puede ser derrotada por la voluntad de una mayoría o de algún poder superior. Ese poder conflictivo no elimina mi libertad, pero podría imponer límites sobre ella.

Uno de los límites más importantes para mi libertad soy yo mismo. Si examinamos cuidadosamente cómo funciona la voluntad, encontraremos un punto de ironía que a menudo es pasado por alto en las discusiones sobre el libre albedrío. El punto es este: no solo puedo elegir lo que quiero sino que debo escoger lo que quiero si mi elección ha de ser realmente libre. La elección se hace basada en un deseo. Sin el deseo no puede haber una elección libre (sobre todo cuando hablamos de una elección moral).

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
Dios te dio libre albedrío para elegir. Eliges de acuerdo a tus deseos. ¿Te guiarán tus deseos presentes a tomar decisiones sabias para el futuro?

Para estudiar más a fondo
Deuteronomio 30:19 – Josué 24:15 – Salmo 25:12

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo aprender las leyes de Dios

R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Redescubrir la ley

Serie: Cómo aprender las leyes de Dios

Por R.C. Sproul

La reforma de Israel se llevó a cabo por medio del redescubrimiento de la ley, la cual despertó brevemente a esta nación corrupta y le permitió ver su bancarrota espiritual. Siendo joven, el rey Josías inició el proceso de reforma con una depuración espiritual, una limpieza de los elementos paganos de la vida religiosa de la nación.

Pocos años después, Hilcías encontró el libro de la ley del Señor dada por medio de Moisés. Un escriba la trajo al rey Josías y la leyó. El resultado fue dramático: «Y sucedió que cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos» (2 Re 22:11).

Josías fue despertado a la grandeza de la ira de Dios. Se dio cuenta de que Dios había derramado Su ira sobre la nación de Israel. Entendió que este juicio divino sobre la nación era el resultado directo del pecado.

El cambio inmediato más visible en la reforma nacional de Israel fue la restauración de la adoración verdadera, una adoración libre de idolatría y fundamentada en un entendimiento sano del carácter de Dios y Su ley.

Necesitamos un nuevo descubrimiento de la ley de Dios y de la Palabra de Dios en nuestra tierra. Sí, la Palabra de Dios necesita ser redescubierta en la plaza pública, pero sobre todo necesita ser redescubierta en la casa de Dios.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
Renueva tu compromiso personal con la Palabra de Dios. ¡Empieza hoy!

Para estudiar más a fondo
2 Crónicas 35:3 – 2 Crónicas 34:3 – Salmo 119:92

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo aprender las leyes de Dios


R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.