La justicia es una palabra que escuchamos decir todos los días. La usamos en nuestras relaciones personales, en el trato social, con respecto a la legislación, y en ocasión de los veredictos de un tribunal. Pero aunque se trata de una palabra tan frecuentemente utilizada, ha confundido a los filósofos que buscan definirla con exactitud.
Muchas veces relacionamos y equiparamos la justicia con lo que se ha ganado o se merece. Hablamos de personas que reciben su justa retribución en términos de recompensas o castigos. Pero las recompensas no siempre son otorgadas en base al mérito. Supongamos que realizamos un concurso de belleza y declaramos que se otorgará un premio a la persona considerada la más bella, Si la «belleza» recibe el premio, no será porque hay algo meritorio en ser bella. En realidad, se hará justicia cuando se le otorgue el premio al participante más bello. Si los jueces votan por alguien a quien no consideran la persona más bella (ya sea por razones políticas, o porque fueron sobornados) entonces el resultado del concurso será injusto,
Por este tipo de razones es que Aristóteles definió la justicia corno «el dar a una persona su merecido«. Lo «merecido» puede estar determinado por obligaciones éticas o por algún acuerdo previo. Si una persona es castigada con mayor severidad que la requerida por su crimen, el castigo es injusto. Si una persona recibe una recompensa menor a la que es acreedor, entonces la recompensa no ha sido justa.
¿Cómo se relaciona entonces la misericordia con la justicia? La misericordia y la justicia son obviamente dos cosas distintas, aunque a veces se las confunda. La misericordia ocurre cuando a quienes actuaron mal se les da un castigo menor al merecido o una recompensa mayor a la que se han ganado.
Dios templa su justicia con misericordia. Su gracia es esencialmente un tipo de misericordia. Dios es misericordioso hacia nosotros cuando no nos castiga como nos correspondería y cuando recompensa nuestra obediencia aun teniendo en cuenta que le debernos obediencia y que por lo tanto no mereceríamos ninguna recompensa. Dios siempre tiene la voluntad de ejercer su misericordia. No está obligado a ser misericordioso. Se reserva el derecho a ejercer su gracia de acuerdo con su voluntad. Por eso le dice a Moisés: «Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca» (Rom. 9:15).
Las personas suelen quejarse de que Dios no es justo porque no distribuye su gracia o su misericordia a todos por igual. Nos quejamos de que si Dios perdona a alguien está entonces obligado a perdonar a todos.
Sin embargo, vemos claramente en la Escritura que Dios no trata a todos del mismo modo. Dios se reveló a Abraham de un modo como no lo hizo con los otros paganos en el mundo antiguo. En su gracia se le apareció a Pablo en el camino como no se le apareció a Judas Iscariote.
Pablo recibió la gracia de Dios; Judas Iscariote recibió su justicia. La misericordia y la gracia no son formas de justicia, pero no son actos de injusticia. Si el castigo de Judas hubiese sido más severo que el que merecía, entonces habría tenido motivos para quejarse. Pablo recibió la gracia, pero esto no significa que Judas tenga también derecho a recibir la gracia. Si la gracia debe ser exigida a Dios, si Dios está obligado a manifestar su gracia, entonces no estamos hablando de la gracia sino de la justicia.
Bíblicamente, la justicia se define en términos de rectitud. Cuando Dios es justo, está actuando con rectitud. Abraham le preguntó a Dios una pregunta retórica que tiene una sola respuesta obvia: «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Gen. 18:25). De la misma manera, el apóstol Pablo hizo la misma pregunta retórica: «¿Qué pues diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera» (Rom. 9:14).
Resumen
l. La justicia consiste en dar lo que se merece.
2. La justicia bíblica está relacionada con la rectitud, con actuar con justicia.
3. La injusticia cae fuera de la categoría de justicia y es una violación a la justicia. La misericordia también cae fuera de la categoría de justicia pero no es una violación a la justicia.
En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.
Episodio 1 ¿Qué es el matrimonio cristiano? Por R.C.Sproul
Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas. En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.
La semana pasada fui a una boda, y fue una de las bodas más interesantes a las que he asistido. Había más de quinientas personas allí, la novia estaba preciosa, pero lo que más llamó mi atención en esta ceremonia de boda en particular, fue la creatividad de la ceremonia de boda. La boda duró más de una hora, la novia y el novio tuvieron una lluvia de ideas junto con el pastor a fin de incluir nuevos elementos que fuesen diferentes y emocionantes durante el servicio; y los disfruté, pero justo en medio de la ceremonia incluyeron partes tradicionales y clásicas de la ceremonia nupcial; y me di cuenta de que cuando empecé a escuchar las palabras de la boda nupcial tradicional, mi atención se agudizó, y me conmoví; y yo – pensé para mí mismo, pensé, «No hay forma de mejorar esto. Esto es tan hermoso. Esas palabras son tan significativas. ¿Por qué no podemos quedarnos con el servicio tradicional?»
Entonces pensé, «Bueno, probablemente solo soy anticuado, uno de estos ministros pasados de moda, y así». Luego pensé: «Tal vez la razón por la que me gusta tanto el servicio tradicional es porque lo he oído muchas veces». La mayoría de las personas realmente solo lo oyen una vez – cuando se casan o cuando están participando en la boda de otra persona. Pero cuando eres pastor tienes el beneficio de hacerlo una, y otra y otra vez de modo que las palabras toman una definición más nítida. Al pensar en esa ceremonia de bodas tradicional, me di cuenta de que se había pensado y escogido con cuidado cada palabra, y ahora tenemos una tradición llamada ceremonia de bodas.
Pero todos hemos sentido la tensión en nuestra cultura, pues los jóvenes cada vez más le dicen no a la ceremonia tradicional y a todo el concepto tradicional del matrimonio. Las personas han experimentado dolor en sus propios matrimonios y en sus familias. Sabemos que cada vez más y más jóvenes vienen de hogares rotos, y hay un temor que ha ido surgiendo, una sospecha sobre todo lo que abarca el matrimonio. Por eso vemos parejas viviendo juntas en lugar de entrar al matrimonio por temor a que el costo de ese tipo de compromiso pueda ser demasiado. Puede ser muy pesado y hacerlos demasiado vulnerables. Estamos en un punto en nuestra cultura donde una de las tradiciones más estables, y de la cual creíamos, permanente, está siendo desafiada todos los días.
Creo que muchos de nosotros hemos visto la película o la obra de Broadway El Violinista en el Tejado ¿Cuántos la han visto? ¿Bien? ¿La recuerdan? Particularmente me gusta la versión en película, donde tenemos la historia de ese venerable patriarca judío ruso, Tevye, del cual toda su vida gira en torno a sus hijas. ¡Oh!, cómo ama a sus hijas y está expectante de sus futuros. Planea el futuro de ellas y se pone en contacto con el casamentero del pueblo, quien se supone que debe designar a las parejas y encontrar a los mejores hombres para sus hijas. Pero de repente las muchachas, una a la vez, vienen a su padre, y le dicen, «Papá, pero no amamos al hombre que el casamentero ha elegido. Yo amo al sastre», o «Amo al carnicero», o lo que fuese, y estas muchachas empiezan a tocar las fibras sensibles de su padre una a una, y dicen, «Papá, por favor. Déjame casarme con el hombre que amo». Y, pobre Tevye. Está destrozado por esto ya que, por un lado, quiere hacer felices a sus hijas, pero, por otro lado –él dice, «Por un lado, y por otro lado»– quiere mantener su lealtad a las tradiciones.
Entonces, cuando debate con sus hijas y dice: «No, no puedes casarte con el sastre ni con cualquiera», la hija le dice: «¿Bueno y por qué no?» Y él responde, «Porque es la tradición». Y eso puede ser suficiente. Pensó que esa explicación había sido suficiente. No puedes hacerlo; es la tradición. Pero luego hicieron la siguiente pregunta: «Pero papá, ¿por qué es esa la tradición?»Tevye se rasca la cabeza, y dice: «¿Por qué es la tradición? ¡Esta es la tradición! Eso es todo. Es lo que hizo mi padre, es lo que mi abuelo hizo y es también lo que hizo su padre antes que él. Esta es la tradición», pero no pudo dar una razón de por qué se estableció la tradición en primer lugar. Ahí vino la crisis. Tenían una tradición que estaba colgando del aire. Era precaria. ¿Cuál era el título de la película? El Violinista en el Tejado ¿Qué tenía que ver un violinista en el tejado con la historia de este anciano y sus hijas que querían casarse?
Recuerda cuando en la escena inicial de la película, a medida que avanza la música, y vemos a este pequeño hombre bailando y tocando su violín en un tejado inclinado. Ese es el símbolo de toda la película. El mensaje está contenido en eso porque aquí tenemos a un hombre bailando y tocando en un tejado bien inclinado en una posición bastante precaria. En cualquier momento esperamos ver a ese violinista resbalarse y caer por el tejado y estrellarse contra el suelo. El punto de esa imagen es este: que una tradición que no se entiende, una tradición que carece de raíces es tan precaria como un hombre tratando de bailar y tocar en un tejado como ese. Tarde o temprano caerá y será destruido.
Ahora, el cristiano tiene que hacerse esta pregunta: ¿Por qué tenemos un orden tradicional para el matrimonio? ¿Por qué nos casamos? Una de las cosas que me gusta de la ceremonia de bodas tradicional es que en la ceremonia de bodas se mencionan palabras que nos explican por qué hay tal cosa como el matrimonio. En esa ceremonia de bodas se nos dice que el matrimonio es ordenado e instituido por Dios, es decir, que el matrimonio no es algo que simplemente surge arbitrariamente de convenciones sociales o tabúes humanos. El matrimonio no lo inventaron los hombres. Es ordenado e instituido por Dios. Tomémonos un momento y veamos los orígenes del matrimonio. Vayamos a los primeros capítulos del Antiguo Testamento – a los capítulos con los que inicia el libro de Génesis. Y en el primer capítulo de Génesis, por supuesto, leemos el relato de la creación– la narrativa a través de la cual Dios crea el mundo y lo hace por etapas.
Primero Él dijo: «Sea la luz», y luego Él separa la luz de las tinieblas. Y después al día siguiente Él puede separar la tierra seca de los mares y los océanos, y luego Él comienza a llenar la tierra con vegetación – con flores y árboles y cosas así – y luego Él adorna Su creación aún más, haciendo bestias del campo y aves del aire y peces que nadan en el mar. Pero luego, a medida que vemos que la historia de la creación llega a su cúspide con el acto más importante de la creación, en el que Dios desciende a esa tierra y agarra un pedazo de arcilla, y comienza a darle estructura, a formarla y a moldearla y luego respira en ella Su propio aliento, y leemos que el hombre se convierte en un ser viviente.
Ahora también observamos que algo está pasando aquí- que en cada etapa de la obra creadora de Dios, Dios pronuncia una bendición. Todos estamos familiarizados con la palabra «bendición». La oímos cada domingo en la iglesia. Es el final del servicio, y a algunos de nosotros nos emociona ver al ministro levantar la mano y decir: «El Señor te bendiga y te guarde. Ahora pueden ir a casa a hacer lo que tengan que hacer», sobretodo si el sermón fue aburrido. Así que la bendición para nosotros significa el final del servicio, pero lo que está pasando en la bendición es, tal como vemos en la raíz de la palabra, que «bene» significa «bien o bueno», y «dición» – ustedes saben lo que es tener buena dicción o mala dicción. Tiene que ver con hablar; por lo que, una bendición es una buena palabra con la que alguien te desea el bien.
Así vemos que la bendición de Dios se pronuncia sobre cada etapa de Su creación. Mientras Él crea los mares y las montañas, Él mira lo que ha hecho, y Él dice: «Eso es bueno». Y mientras Él hace a los animales y los considera, Él mira esa parte de Su creación, y Él dice: «Eso es bueno». Entonces vemos que esta bendición se repite a lo largo del capítulo uno y en el capítulo dos de Génesis. Pero de repente pasa algo nefasto, algo aparece en la narración de la creación en medio del capítulo dos. Hay un cambio de humor muy sutil. Por primera vez en la historia del universo, Dios nota algo que provoca de Su boca no una bendición, sino lo que llamamos una maldición. Una maldición significa hablar mal. Un insulto, por ejemplo, sería una maldición, como una sentencia de juicio.
Ahora piensa un momento y pregúntate ¿qué fue lo que provocó que Dios pronunciara la primera maldición? ¿Qué fue lo primero que Dios vio en Su creación sobre lo cual Él dijo: «Eso no es bueno»? Lo encontramos en el versículo 18 del segundo capítulo de Génesis, donde Dios mira abajo hacia Su creación. Ve al hombre, ve los animales, y dice: «No es bueno que el hombre esté solo». Su primera maldición está dirigida contra el problema de la soledad humana, y entonces preguntamos: «¿Por qué el matrimonio?» Dios da una respuesta a la soledad humana. Recuerdo al filósofo danés Soren Kirkegaard, quien escribió con frecuencia sobre el dolor de la experiencia humana, y Kirkegaard dice que hay un tiempo para la soledad.
Hay un tiempo cuando cada persona necesita estar sola, por sí misma, para aclarar y recoger sus pensamientos, reflexionar y meditar. Recordemos cómo Jesús mismo de vez en cuando vio necesario alejarse de las multitudes y de los grupos y simplemente se retiraba solo. Y así la soledad es algo que necesitamos, pero no la queremos en dosis más grandes. Al mismo tiempo, así como necesitamos de esos momentos en los que tenemos nuestro espacio y podemos estar solos para pensar, aún así, el peor castigo que podemos concebir es tener a las personas que están encarceladas, muy aparte de la tortura física y demás, es tenerlas en confinamiento solitario, apartándolas de todo contacto humano y del calor de la compañía de otra persona.
Creo que también es cierto, como vemos en la creación, que Dios crea al hombre y a la mujer como criaturas sexuales. «Varón y hembra los creó», de modo que había cierta atracción entre el varón y la hembra, un cierto complemento de la individualidad de cada uno, que se encontraba en una relación de intimidad entre dos personas: un hombre y una mujer. Entonces allí en el huerto, Dios, como un acto de creación especial, crea a la mujer. No es una idea de último momento. Ella no es inferior a su esposo en dignidad. De hecho, hay algo especial en la creación de la mujer. Cuando Dios ve que no es bueno que el hombre esté solo, Dios trae a todos los animales y desfilan ante Adán, y Adán está buscando quien lo ayude.
Adán está buscando una pareja, y entonces ve pasar al canguro saltando, y dice, «Eso no es precisamente lo que tenía en mente», ¿cierto? Y entonces Dios trae a este hermoso y esplendoroso Pastor Alemán, y Dios – Adán lo miró, y él dice: «¡Wow!» Él dice, «¡Ese es un animal magnífico! Puedo ver cómo él podría traerme mis pantuflas por la mañana, y en una noche fría podría abrigar mis pies, y podemos decir que es noche para un perro. Si se pone demasiado frío, puedo conseguir dos más y decir que es noche para tres perros.» Y dijo: «Pero todavía no es lo que estoy buscando». Entonces Dios le trae a este caballo dorado cabalgando por el camino y Adán dice, «Mira, ese sí es interesante. Podría montarlo, me ahorraría mucho trabajo, puede tirar de mi arado y llevarme de un pueblo a otro. Él sería una ayuda tremenda en mi trabajo manual, pero Dios, mira – no quiero ser exigente, pero todavía no es lo que tenía en mente».
Entonces Dios dijo, «Muy bien. No te gusta nada aquí. Te voy hacer dormir» y Dios lo pone a dormir, y mientras Adán está experimentando la primera anestesia, ¿cierto? Él tiene el pecho abierto, con una cirugía torácica y Dios toma de su costado una costilla, y Él la usa para crear una mujer. Luego Adán despierta y mira este acto especial de creación, y no sé cuáles son sus palabras exactas, pero creo que fueron algo así: Él la vio, y dijo, «Ay-ay-ay». Dijo «¡Muuu! ¡Mujer!» y es de ahí de donde viene el nombre. «Mamacita–» Eso es apócrifo. Estoy inventándome eso, amigos, pero creo que estaba anonadado cuando vio a esa primera mujer. Y dijo, «¡Eso es! Eso sí es hueso de mis huesos, carne de mi carne». Y Dios dijo: «Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer». Dios ordenó el matrimonio, no como un castigo, ni como una prisión oscura, sino para la realización del hombre, para la intimidad — la mejor expresión de lo que significa ser un ser humano en este mundo.
Me doy cuenta de que cuando los jóvenes vienen a mí, y quieren escribir sus propias ceremonias – y aprecio el espíritu detrás de ellos cuando les pregunto, «¿Por qué quieres escribir tu propia ceremonia?» Me dicen, «Porque quiero que mi matrimonio tenga significado. No quiero que sea una mera tradición. No quiero decir solo palabras sin sentido y firmar un papel y que eso sea todo», y entonces les digo, «Bien». Y digo, «Muy buena intención. Adelante; trata de hacerlo. Sé creativo. Escribe la ceremonia de boda, pero la única salvedad que doy es que debe ser una ceremonia auténtica. Todos los elementos reales del matrimonio deben estar ahí, o no podré realizarla».
He visto ceremonias de bodas maravillosas escritas por los jóvenes. Ellos vienen con todo tipo de cosas creativas, pero saben qué, hay una cosa que nunca he visto en una ceremonia hecha por ellos mismos. Los he visto decir– todos reconocen que el matrimonio es instituido y ordenado por Dios, pero todavía no he tenido una pareja que exprese que el matrimonio está regulado por los mandamientos de Dios, lo cual, por supuesto, es una parte integral de la ceremonia tradicional, donde reconocemos que Dios no solo crea el matrimonio y nos da el matrimonio como un regalo, sino, que cuando Él nos lo da para nuestro bienestar, Él no abandona por ende Su autoridad soberana sobre el matrimonio. Dios regula el matrimonio y Él lo instituye con cierto formato. Lo primero que debemos entender sobre esta regulación es que Dios crea el matrimonio en forma de pacto.
Ahora, queridos amigos, todo el concepto de un pacto está arraigado muy profundamente en el cristianismo bíblico. De hecho, incluso dividimos la Biblia, ¿cierto?, entre el antiguo pacto y el nuevo pacto. Nuestra redención se basa en el concepto de un pacto; pero ¿qué es un pacto? Un pacto es simplemente un acuerdo, un contrato entre dos o más personas, y en el corazón del pacto hay una promesa. Ahora, en términos bíblicos, cada pacto tiene estipulaciones. Tiene regulaciones –reglas, si quieren– que debían guardarse para que el pacto se mantuviera intacto. Y hay algo más que quiero resaltar en términos de los pactos bíblicos. En la Biblia no había tal cosa como un pacto privado. Un pacto era algo que se llevaba a cabo en presencia de testigos. ¿Cuántas veces has oído a los jóvenes decir: «¿Por qué debo tener una ceremonia de boda? Como si decir unas palabras y firmar un pedazo de papel, hiciera alguna diferencia ¿Por qué no puedo tener un acuerdo con mi novia?».
Amigos, una cosa es que un hombre le susurre a una mujer en el asiento de atrás de un automóvil donde nadie lo oye, donde nadie le va a pedir cuentas por lo que ha prometido, y otra es ponerse de pie en una iglesia o en el registro civil, frente a los padres, frente a los amigos, frente a las autoridades civiles, y frente a las autoridades eclesiásticas, frente a toda estructura de autoridad en su vida, uno se para allí y públicamente, ante Dios y ante todos esos testigos, hace una promesa. Uno pronuncia los votos, votos sagrados, votos santos y se compromete; puede que si uno no lo toma en serio, es posible que los padres sí lo hagan, o los amigos.
Una vez estuve involucrado en la consejería de un divorcio que incluía un triángulo amoroso, y le supliqué a la mujer que estaba involucrada que rompiera esa relación y regresara con su marido, y ella me dijo: «Ey, ¿a quién lastimo? Yo quiero ser feliz. Esto es únicamente entre mi marido y yo, y mi amante. La iglesia no necesita involucrarse con esto», y le mostré mi libro de citas, ella no podía creer que yo hubiese hablado y hecho citas con veintiocho personas que se vieron directamente afectadas por esta relación amorosa. Tuve que reunirme con ambos padres – de ambos -, los niños, el vecino de al lado, los amigos, los tíos y tías, los empleadores que estaban molestos por la consecuencia devastadora que estaba produciendo un matrimonio roto.
En este caso, los amigos de la mujer se preocupaban lo suficiente, su iglesia se preocupaba como para involucrarse. Pero ella quería que sea un asunto privado; pero los pactos no son privados y tenemos que entender eso -hay una gran diferencia entre susurrar algo en privado y firmar un pedazo de papel y hacerlo formalmente en una ceremonia, en un momento significativo y en una ocasión significativa donde marcamos ese momento y hacemos ese voto sagrado. Entonces, como ven, tenemos un pacto. Yo diría que el matrimonio es la institución humana más preciosa que tenemos, y la más peligrosa. Es peligrosa porque es en nuestro matrimonio donde ponemos las expectativas más grandes y profundas de nuestro corazón. Ahí es donde nuestras emociones están en juego. Ahí es donde somos más vulnerables, como veremos en las sesiones que continuarán a esta. Ahí es donde podemos lograr la mayor felicidad, pero también es donde podemos lograr las mayores decepciones, la mayor frustración y el dolor más grande.
Por eso, si es que voy a entrar en una relación en la que hay tanto en juego, necesito algo más que una expresión superficial como: «Oye, sí. Estoy comprometido contigo. Sí, te amaré. Quédate conmigo, cariño». Porque incluso con las ceremonias formales, incluso con las estructuras de autoridad involucradas, vemos que aproximadamente el cincuenta por ciento de los matrimonios se disuelven y las estadísticas son mucho más altas si hiciéramos esta pregunta: «Si tuvieras que hacerlo de nuevo, ¿te casarías con la misma persona?» Es trágico escuchar a tantas personas responder a esa pregunta sin siquiera dudar y decir, «No. Es decir, sé que ya estoy acá y estoy atrapado. Me voy a quedar. No voy a pedir el. . . pero mira, si tuviera que hacerlo de nuevo. Si tan solo pudiera ser libre». Pero algo se ha perdido sobre el carácter sagrado y santo del voto y del pacto que está regulado por los mandamientos de Dios para nuestra felicidad, pero que también son para Su gloria.
El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.
Quizás uno de los momentos más divertidos de esta vida sea cuando observamos como un pequeño perro o gato persiguen su propia sombra. En vano tratan de alcanzarla. Cuando se mueven, su sombra se mueve con ellos. Esto no sucede en el caso de Dios. Santiago nos dice: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación» (James 1:17).
Dios nunca cambia. En Él no hay «sombra de variación». Esto no está únicamente sugiriendo que Dios es inmaterial y que por lo tanto es incapaz de tener una sombra, sino que asimismo nos dice que Dios no tiene un «lado sombrío» en un sentido figurativo o moral. Las sombras sugieren oscuridad, y en términos espirituales la oscuridad sugiere maldad. Como no hay maldad en Dios, tampoco hay ningún indicio de oscuridad en Él. Él es el Padre de las luces.
Cuando Santiago agrega que no hay «sombra de variación» en Dios no alcanza con entender esto simplemente en términos del ser incambiable e inmutable de Dios. Se trata también de una referencia al carácter de Dios. Dios no es solo enteramente bueno, sino que es siempre bueno. Dios no sabe cómo ser otra cosa que no sea bueno.
La relación entre la bondad y Dios es tan estrecha que hasta los filósofos paganos como Platón equiparan la máxima bondad, el bien supremo, con Dios mismo. La bondad de Dios se refiere tanto a su carácter como a su conducta. Sus actos proceden de su propio ser. Dios actúa en base a lo que Él es. De la misma manera que un árbol corrupto no puede producir fruta incorrupta, tampoco un Dios incorrupto puede producir fruta corrupta.
La ley de Dios refleja su bondad. El que Dios sea bueno no es consecuencia de que Dios obedezca y pueda ser juzgado por alguna ley cósmica ajena a sí mismo, o debido a que Dios define la bondad de manera tal que pueda actuar sin estar sujeto a ninguna ley y por el solo poder de su autoridad le sea permitido declarar sus acciones como buenas. La bondad de Dios no es ni arbitraria ni caprichosa. Dios no obedece una ley, sino que la ley que obedece es la ley de su propio carácter. Dios siempre actúa de acuerdo con su propio carácter, que es eterno, inmutable, e intrínsecamente bueno. Santiago nos enseña que todo lo bueno y lo perfecto provienen de Dios. Dios no es solo el estándar principal de bondad; es la Fuente de toda bondad.
Uno de los versículos más populares del Nuevo Testamento es el de Rom. 8:28. «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados«. Este texto sobre la providencia divina es tan difícil de comprender como lo es de popular. Si Dios es capaz de hacer que todo lo que nos suceda redunde en nuestro bien, entonces en última instancia todo lo que nos suceda será bueno. Conviene resaltar aquí la expresión en ultima instancia. En el plano mundano nos pueden suceder cosas que sean maldad. (Debemos estar precavidos y no llamar al bien, maldad o a la maldad, bien.) Encontramos aflicción, miseria, injusticia, y otro montón de maldades. Sin embargo, Dios en su bondad trasciende todas estas cosas y hace que ellas ayuden para nuestro bien. Para el cristiano, en última instancia, no existen las tragedias. En última instancia, la providencia de Dios hará que todas estas maldades tan cercanas redunden para nuestro beneficio final.
Martín Lutero comprendió muy bien este aspecto de la buena providencia de Dios cuando dijo que «si Dios me pidiera que comiera el estiércol de la calles, no solo lo comería sino que sabría que es para mi bien».
Resumen
La Criatura (Tiene sombra) DIOS (No tiene sombra)
l. Las criaturas tienen sombra por causa de la oscuridad del pecado.
La primera oración que aprendí siendo un niño fue la sencilla oración de agradecimiento frente a los alimentos: «Dios es grande; Dios es bueno. Y le agradecemos estos alimentos». Supongo que esta oración debería de rimar. Al menos, rimaba cuando la recitaba mi abuela que pronunciaba food («alimentos») de manera tal que rimara con good («bueno»).
Estas dos virtudes asignadas a Dios en esta oración, la grandeza y la bondad, están comprendidas en una sola palabra bíblica, la santidad. Cuando hablamos de la santidad de Dios, estamos muy acostumbrados a asociarla casi exclusivamente con la pureza y la justicia de Dios. Sin duda que la idea de santidad contiene dichas virtudes, pero no constituyen el significado principal de la santidad.
La palabra bíblica santo tiene dos significados distintos. El significado principal es «lo apartado» o «lo otro». Cuando decimos que Dios es santo, estamos llamando la atención a la profunda diferencia que existe entre Él y todas las demás criaturas. Se refiere a la majestad trascendente de Dios, a su augusta superioridad, en virtud de la cual Él es digno de todo nuestro honor, nuestra reverencia, nuestra adoración y nuestra alabanza. Él es «otro», o es distinto a nosotros en su gloria. Cuando la Biblia habla de objetos santos, o de un pueblo santo, o de un tiempo santo, se refiere a objetos que han sido apartados, consagrados o hechos diferentes por la mano de Dios. El suelo que pisaba Moisés frente a la zarza que ardía era suelo santo porque Dios estaba allí, presente de una manera muy especial. Era la cercanía de lo divino que convertía a lo ordinario súbitamente en algo extraordinario, y a lo cotidiano en algo fuera de lo común.
El segundo significado de santo se refiere a las acciones puras y justas de Dios. Dios hace lo que está bien. Nunca hace algo que esté mal. Dios siempre actúa de manera justa porque su naturaleza es santa. Podemos entonces diferenciar la justicia interna de Dios (su naturaleza santa) de la justicia externa de Dios (sus acciones)..
Como Dios es santo, es grande y bueno al mismo tiempo. No hay maldad entremezclada con su bondad. Cuando somos llamados dos a ser santos, no significa que hemos de compartir la majestad divina de Dios, sino que hemos de apartarnos de nuestra pecaminosidad normal como caídos. Hemos sido llamados a reflejar el carácter moral y la actividad de Dios. Hemos de imitar su bondad
Resumen
La santidad tiene dos significados: (1) «lo otro» o «lo apartado», y (2) «las acciones puras y justas».
SANTO = 1. Lo otro (majestad) y 2. Pureza (justicia)
Hemos sido llamados a ser santos -a reflejar la justicia y la pureza de Dios.
Mi primer recuerdo sobre el concepto de omnisciencia está relacionado con mi entendimiento infantil sobre Papá Noel. Me dijeron que «estaba haciendo una lista y verificándola». También pensé en el conejillo de Pascuas que vivía en nuestra buhardilla (fuera de temporada) y que podía vigilarme todo el tiempo.
La palabra omnisciencia significa «tener todo (omni) conocimiento (ciencia)». Es un término que solo puede ser apropiadamente aplicado a Dios. Únicamente un ser que es infinito y eterno es capaz de conocer todo. El conocimiento de una criatura finita estará siempre limitado por un ser finito.
Dios, siendo infinito, es capaz de ser conciente de todas las cosas, de entender todas las cosas y de comprender todas las cosas. Nunca aprende nada ni adquiere nuevos conocimientos. El futuro así como el pasado y el presente le son completamente conocidos. Nada lo puede sorprender.
Como el conocimiento de Dios supera ampliamente nuestro conocimiento (es de un tipo más elevado), algunos cristianos creen que su pensamiento es de un tipo radicalmente distinto al nuestro. Por ejemplo, para los cristianos se ha convertido en un lugar común el afirmar que Dios opera con una lógica distinta a la nuestra. Este concepto es muy conveniente cuando encallamos en nuestra teología. Si nos encontramos afirmando ambos polos de una contradicción, podemos aliviar la tensión apelando a un orden de lógica de Dios distinta a la nuestra. Podemos decir con total tranquilidad: «Esto nos puede resultar contradictorio, pero no es contradictorio en la mente de Dios».
Este tipo de razonamiento es fatal para el cristianismo. ¿Por qué? Si Dios tiene un orden de lógica diferente, por el cual lo que para nosotros es contradictorio para Él es lógico, entonces no tenemos ninguna razón para confiar en ninguna palabra de la Biblia. Cualquier cosa que nos dijera la Biblia podría significar exactamente lo contrario para Dios. En la mente de Dios hasta el mal y el bien podrían no ser contrarios, y el Anticristo podría hasta llegar a ser el Cristo.
El conocimiento superior de Dios le permite resolver misterios que a nosotros nos deslumbran. Pero esto está apuntando a una diferencia en el grado del conocimiento de Dios, ha a una diferencia en el tipo de lógica que Él utiliza. Como Dios es racional, ni siquiera Él puede reconciliar las contradicciones.
La omnisciencia de Dios asimismo proviene de su omnipotencia. Dios no conoce todas las cosas por el simple hecho que Él ha aplicado su intelecto superior a un estudio diligente del universo y de todo su contenido. En realidad, Dios conoce todas las cosas porque Él las ha creado y por su voluntad existen. Como Soberano del universo, Dios controla al universo. Si bien algunos teólogos han intentado separar estas dos cosas, sería imposible que Dios conociera todo si no controlara todo, y sería igualmente imposible que Dios controlara todo si no conociera todo. Así como sucede con todos los demás atributos de Dios, son interdependientes, las dos partes necesarias para un todo.
La omnisciencia de Dios, del mismo modo que su omnipotencia y su omnipresencia, también se da con respecto al tiempo. El conocimiento de Dios es absoluto en el sentido que Dios siempre tiene conciencia de todas las cosas. El intelecto de Dios es distinto al nuestro en que Él no tiene que «acceder» a la información, como un computador accede y abre un archivo. Todo tipo de conocimiento está siempre directamente delante de Dios.
El conocimiento de Dios de todas las cosas es una espada de doble filo. Para el creyente este pensamiento le brinda seguridad -Dios mantiene el control, Dios comprende. A Dios no lo confunden los problemas que nos confunden a nosotros. Para el no cristiano, sin embargo, esta doctrina vuelve a enfatizar el hecho de que las personas no pueden esconderse de Dios. Sus pecados están expuestos. Como Adán, procuran esconderse. Sin embargo, no hay ningún rincón en el universo fuera del alcance de la mirada de Dios, de su amor y de su ira.
La omnisciencia de Dios es también una parte crucial de la promesa de Dios de traer la justicia a este mundo. Antes de que un juez pueda dar su veredicto justo es necesario que esté al corriente de todos los hechos. No hay ninguna evidencia que pueda ser encubierta del escrutinio de Dios. Cualquier circunstancia atenuante será conocida por Dios.
Resumen
1. Omnisciencia significa «todo conocimiento».
2. Únicamente un Ser infinito puede poseer un conocimiento infinito.
3. Dios tiene un grado de conocimiento superior al de sus criaturas, pero se trata del mismo orden de lógica.
4. El atribuirle a Dios un tipo distinto de lógica es fatal para el cristianismo.
5. La omnisciencia de Dios se basa en su carácter infinito y en su omnipotencia.
6. La omnisciencia de Dios es crucial para el papel que desempeña como Juez de este mundo.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
La proyección astral es una fantasía. Hay personas que dicen que pueden abandonar sus cuerpos y viajar a California o a la India y regresar sin utilizar trenes, aviones o barcos; pero cuando hacen estas afirmaciones, se han engañado a sí mismos o están engañando a otros. Incluso si el alma o el espíritu de una persona pudiera «proyectarse» de esta manera para peregrinar por el mundo, dichos viajes solo podrían incluir una parada por vez. Nuestros espíritus humanos son espíritus finitos y no pueden, ni nunca podrán, ser capaces de estar en más de un lugar al mismo tiempo. Solo un Espíritu infinito tiene la capacidad de la omnipresencia.
Cuando hablamos de la omnipresencia de Dios queremos decir que su presencia está en todo lugar. No hay ningún lugar donde Dios no esté. Sin embargo, como espíritu, Dios no ocupa ningún lugar, en el sentido que los objetos físicos ocupan el espacio. No tiene cualidades físicas que puedan ocupar el espacio. La clave para entender esta paradoja es pensar en términos de otra dimensión. La barrera que existe entre Dios y nosotros no es una barrera de espacio o tiempo. Encontrarse con Dios no implica un «lugar» adonde ir o un «momento» donde transcurrir. Estar en la presencia inmediata de Dios es traspasar el umbral de otra dimensión.
Hay otro segundo aspecto relacionado con la omnipresencia de Dios que solemos soslayar. La partícula «ornni» se refiere no solo a los lugares donde Dios está, sino a cuánto de Dios está en un determinado lugar. Dios no solo está presente en todo lugar sino que Dios está plenamente presente en todo lugar. A esta característica se la llama su Inmensidad. Los creyentes en Nueva York disfrutan de la plenitud de la presencia de Dios mientras que los creyentes en Moscú también disfrutan de la misma presencia. Su Inmensidad no se refiere, entonces, a su tamaño, sino a su capacidad para estar plenamente presente en todo lugar.
La doctrina sobre la omnipresencia de Dios nos llena de asombro. Esta doctrina engendra reverencia en nosotros, pero además nos sirve de consuelo. Siempre podemos estar seguros de la atención exclusiva de Dios. No tenemos necesidad de hacer una fila o solicitar una entrevista para estar con Dios. Cuando estamos en la presencia de Dios, Dios no está preocupado por los acontecimientos que están sucediendo del otro lado del planeta; Esta doctrina, sin embargo, no es ningún consuelo para los no creyentes. No hay ningún lugar donde puedan esconderse de Dios. No hay ningún rincón en el universo donde Dios no esté. Los malvados en el infierno no están separados de Dios, están separados de su benevolencia. La ira de Dios los acompaña constantemente.
David, que muchas veces alabó la gloria de la omnipresencia de Dios en los salmos, nos da un resumen poético de esta doctrina:
¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Ya dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. (Ps. 139:7-10)
Resumen
l. Solo un Espíritu infinito puede ser omnipresente.
2. Dios no está limitado por el tiempo ni por el espacio. Su Ser trasciende el tiempo y el espacio.
3. La omnipresencia de Dios incluye su Inmensidad, que le permite estar presente en su plenitud en todos los tiempos y en todos los lugares.
4. La omnipresencia de Dios es un consuelo para el creyente y un motivo de terror para el no creyente.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
A todos los teólogos, tarde o temprano, un estudiante les planteará una pregunta que resulta ser un rompedero de cabeza. Esta pregunta tan antigua es la siguiente: ¿puede Dios crear una roca tan grande que no la pueda mover? A primera vista esta pregunta parece crear un cerco que encierra al teólogo en un dilema sin solución. Si contestamos que sí, entonces estamos diciendo que hay algo que Dios no puede hacer; no puede mover la roca. Si contestamos que no, entonces estamos diciendo que Dios no puede construir dicha roca. Cualquiera sea la respuesta que demos estamos forzados a establecerle límites al poder de Dios.
Este problema se asemeja a otro: ¿qué sucede cuando una fuerza irresistible se enfrenta con un objeto inamovible? Es posible concebir una fuerza irresistible. También es posible concebir un objeto inamovible. Lo que nos resulta imposible de concebir es la coexistencia de ambos. Si una fuerza irresistible se enfrentara con un objeto inamovible y el objeto se moviera, entonces no podría ser con propiedad llamado inamovible. Si el objeto no se moviera, entonces nuestra fuerza «irresistible» no podría ser llamada con propiedad irresistible. Vemos, entonces, que la realidad no puede contener a ambos – una fuerza irresistible y un objeto inamovible.
Volvamos ahora al tema de la roca inamovible. El dilema que se plantea aquí (como en el caso de la fuerza irresistible) es un falso dilema. Es falso porque se funda sobre una premisa falsa. Está suponiendo que la «omnipotencia» significa que Dios puede hacer cualquier cosa. Sin embargo, considerado como un término teológico, la omnipotencia no significa que Dios pueda hacer cualquier cosa. La Biblia nos señala varias cosas que Dios no puede hacer. No puede mentir (Heb. 6: 18). No puede morir. No puede ser eterno y a la vez haber sido creado. No puede actuar en contra de su naturaleza. No puede ser Dios y no ser Dios al mismo tiempo y en el mismo sentido.
La omnipotencia significa que Dios tiene el poder sobre su creación. No hay ninguna parte de la creación fuera del alcance de su control soberano. Por lo tanto, hay una respuesta correcta al dilema de la roca. El problema tiene solución. La respuesta es no. Dios no puede construir una roca tan grande imposible de mover. ¿Por qué? Si Dios construyera dicha roca estaría creando algo sobre lo que no podría ejercer su poder. Estaría destruyendo su propia omnipotencia. Dios no puede dejar de ser Dios; no puede no ser omnipotente.
Cuando la Virgen María se vio confundida por la anunciación de Gabriel sobre la concepción de Jesús en su vientre, el ángel le dijo: «porque nada hay imposible para Dios» (Lk 1:37). El ángel le estaba recordando a María la omnipotencia de Dios. Creo que hasta los ángeles son capaces de usar hipérboles. En un sentido restringido, el ángel estaba expresando una teología incorrecta. Pero en un sentido bíblico más amplio entendemos que el poder de Dios supera al de la criatura. Lo que para nosotros es imposible para Dios es posible. Decir que nada es imposible para Dios significa que Dios puede hacer cualquier cosa que sea su voluntad. Su poder no está limitado por limitaciones finitas. Nada o «ninguna cosa» puede restringir su poder. Sin embargo, su poder todavía está limitado por lo que él es. El pecado le es imposible porque uno no puede pecar si no lo desea. Dios no puede pecar porque nunca tendrá la voluntad de pecar. Job llegó al meollo de este asunto cuando dijo: «Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti» (Job 42:2).
Para el cristiano la omnipotencia de Dios es una enorme fuente de consuelo. Sabemos que el mismo poder que Dios desplegó al crear el universo está a su disposición para asegurarnos la salvación. Demostró su poder en el Éxodo de Egipto. Demostró su poder sobre la muerte en la resurrección de Cristo. Sabemos que ninguna parte de la creación puede frustrar sus planes para el futuro. No hay moléculas perdidas al azar en el universo que puedan destruir sus planes. Aunque los poderes y las fuerzas de este mundo amenacen con destruirlos, no tenemos por qué temer. Podemos descansar confiados en el conocimiento de que nada puede superar el poder de Dios. Dios es el Todopoderoso.
Resumen
l. La omnipotencia no significa que Dios puede hacer cualquier cosa. Dios no puede actuar en contra de su naturaleza.
2. La omnipotencia se refiere al poder, la autoridad y el control soberano que Dios ejerce sobre el orden creado.
3. La omnipotencia es una amenaza para los malvados, y es una fuente de consuelo para los creyentes.
4. El mismo poder que Dios exhibió en la creación lo demostró en nuestra redención.
5. No existe nada en el universo que pueda desbaratar los planes de Dios.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Cuando la Biblia declara que Dios es el Creador del universo nos está señalando que Dios mismo no ha sido creado. Existe una diferencia crucial entre el Creador y la creación. La creación tiene el sello del Creador y es testigo de su gloria. Pero esta creación nunca será digna de adoración. No es suprema.
Es imposible que algo se cree a sí mismo. El concepto de la auto-creación es una contradicción de palabras, es una afirmación carente de sentido. Le solicito al lector que se detenga y reflexione un poco. Nada puede auto-crearse. Ni siquiera Dios puede crearse a sí mismo. Para que Dios se creara a sí mismo debería haber sido antes que Él. Ni siquiera Dios puede hacer eso.
Todo efecto debe tener una causa. Esto es cierto por definición. Pero Dios no es un efecto. Él no tiene principio y por lo tanto no tiene ninguna causa precedente. Él es eterno. Él siempre ha sido o es. Él tiene, dentro de sí mismo, el poder de ser. No necesita de ninguna ayuda de recursos externos para seguir existiendo. Esto es lo que significa la idea de la preexistencia. Reconocemos que se trata de un concepto elevado y tremendo. No conocemos nada que se le parezca. Todo lo que percibimos en nuestro marco de referencia es dependiente y ha sido creado. No podemos entender cabalmente algo que sea preexistente.
Pero solo porque sea imposible (por definición) que una criatura sea preexistente no significa que sea imposible que el Creador sea preexistente. Dios, como nosotros, no puede crearse a sí mismo. Pero Dios, a diferencia de nosotros, puede ser preexistente. En realidad esto constituye la esencia misma de la diferencia que existe entre el Creador y la creación. Esto es lo que lo convierte en el Ser Supremo y en 1a fuente de todos los demás seres.
El concepto de preexistencia no viola ninguna ley racional, lógica o científica. Es una noción racional válida. Por el contrario, el concepto de la autocreación viola la más básica de todas las leyes racionales, lógicas y científicas – – la ley de la no contradicción. La preexistencia es un concepto racional; la autocreación es irracional.
La noción de que algo sea preexistente no es solo racionalmente posible, es racionalmente necesaria. Nuevamente, la razón exige que si algo es, entonces debe haber algo que contenga dentro de sí mismo la capacidad de ser. De lo contrario no había nada. Si no hubiese algo que existiera en sí mismo, nada podría existir.
Posiblemente la pregunta más antigua y más profunda sea: ¿Por qué hay algo en vez de nada? Una respuesta necesaria para al menos parte de la pregunta es porque Dios existe. Dios existe
en sí mismo eternamente. Es el origen y la fuente del ser. Solo El tiene, dentro de sí mismo, el poder de ser. Pablo declara que nuestra propia existencia depende del poder del ser de Dios: «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Acts 17:28).
Resumen
1. Todo efecto debe tener una causa.
2. Dios no es un efecto; Dios no tiene causa.
3. La autocreación es un concepto irracional.
4. La preexistencia es un concepto racional. .
5. La preexistencia no es solamente posible sino que es racionalmente necesaria.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
La doctrina de la Trinidad nos resulta difícil y confusa. A veces hasta se ha pensado que el cristianismo enseña la noción absurda de que 1+1+1=1. Resulta claro que esta es una ecuación falsa. El término Trinidad describe una relación de un Dios que es tres personas, y no una relación entre tres dioses. La Trinidad no significa un triteísmo, es decir, que hay tres seres que en su conjunto conforman un Dios. La palabra Trinidad se utiliza como un esfuerzo para definir la plenitud de la Deidad en términos de su unidad y su diversidad.
La formulación histórica de la Trinidad es que Dios es uno en esencia y tres en persona. Aunque esta fórmula es misteriosa y paradójica, no conlleva de modo alguno una contradicción. Con respecto a la esencia o el ser, se afirma la unidad de la Deidad; con respecto a la persona, se expresa la diversidad de la Deidad.
Si bien el término Trinidad no se encuentra en la Biblia, el concepto aparece en ella con claridad. Por un lado la Biblia declara de manera contundente la unidad de Dios (Deut. 6:4).
Por otro lado, la Biblia declara con claridad el carácter plenamente divino de las tres personas de la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La iglesia ha rechazado las herejías del modalismo y el triteísmo. El modalismo niega la diferencia que existe entre las personas de la Deidad, afirmando que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintas maneras en que Dios se expresa a sí mismo. El triteísmo, por otro lado, falsamente afirma que existen tres seres que juntos constituyen a Dios.
El término persona no significa una diferencia en esencia sino una subsistencia diferente en la Deidad. Una subsistencia en la Deidad constituye una diferencia real pero no es una diferencia esencial, en cuanto a una diferencia en el ser. Cada persona subsiste o existe «bajo» la pura esencia de lo divino. La subsistencia es una diferencia dentro del mismo ser, no un ser o una esencia separada. Todas las personas de la Deidad comparten todos los atributos divinos.
También hay una diferencia en la función desarrollada por cada miembro de la Trinidad. El trabajo de la salvación es en cierto sentido compartido por las tres personas de la Trinidad. Sin embargo, con respecto a la manera de actuar, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo operan de distinta forma. El Padre es quien inicia la creación y la redención; el Hijo es quien redime a la creación; y el Espíritu Santo regenera y santifica, operando la redención en los creyentes.
La Trinidad no se refiere a las partes de Dios, ni siquiera a los roles. Las analogías humanas, como las de un hombre que es un padre, un hijo y un esposo, son insuficientes para reflejar el misterio de la naturaleza de Dios.
La doctrina de la Trinidad no explica completamente el carácter misterioso de Dios. En realidad lo que hace es fijar los límites que no debemos trasponer. Define los límites de nuestra reflexión finita. Nos ordena ser fieles a la revelación bíblica de que Dios es uno en un sentido y tres en otro sentido.
Resumen
1. La doctrina de la Trinidad afirma la triple unidad de Dios.
2. La doctrina de la Trinidad no es una contradicción: Dios es uno en esencia y tres en persona.
3. La Biblia declara tanto la unicidad de Dios como el carácter divino del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
4. La Trinidad se distingue por la obra asumida por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
5. La doctrina de la Trinidad fija los límites de la especulación humana con respecto a la naturaleza de Dios.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Durante un seminario en los Estados Unidos, un estudiante le preguntó al teólogo suizo Karl Barth: «Dr. Barth, ¿cuál ha sido lo más profundo que usted ha aprendido en su estudio de la teología?»
Barth pensó por un momento y luego contestó: «Cristo me ama, bien lo sé, en la Biblia dice así». Los estudiantes se rieron de su respuesta tan simplista, pero su risa se tornó algo nerviosa cuando pronto advirtieron que Barth lo había dicho muy en serio.
Barth dio una respuesta sencilla a una pregunta muy profunda. Al hacerlo estaba llamando la atención a por lo menos dos nociones fundamentalmente importantes. (1) En la más sencilla de las verdades cristianas reside una profundidad que puede ocupar las mentes de las personas más brillantes durante toda su vida. (2) Que aun dentro de la sofisticación teológica más académica nunca nos podremos elevar más allá del entendimiento de un niño para comprender las profundidades misteriosas y las riquezas del carácter de Dios.
Juan Calvino utilizó otra analogía. Dijo que Dios nos habla como si estuviera balbuceando. De la misma manera que los padres les hablan a sus hijos recién nacidos imitando el balbuceo de los bebés, así Dios cuando desea comunicarse con los mortales debe condescenderse y hablarnos con balbuceos.
Ningún ser humano tiene la capacidad para entender a Dios exhaustivamente. Existe una barrera infranqueable que impide un entendimiento completo y exhaustivo de Dios. Somos seres finitos; Dios es un ser infinito. Y ahí radica el problema. ¿Cómo puede algo que es finito comprender a algo que es infinito? Los teólogos medioevales tenían una frase que se ha convertido en un axioma dominante en cualquier estudio de teología. «Lo finito no puede aprehender (o contener) a lo infinito.» No hay nada que resulte más obvio que esto, que un objeto infinito no puede ser introducido dentro de un espacio finito.
Este axioma contiene una de las doctrinas más importantes del cristianismo ortodoxo. Se trata de la doctrina de la incomprensibilidad de Dios. Este término puede no ser bien entendido. Puede sugerir que como lo finito no puede «aprehender» a lo infinito, entonces es imposible llegar a conocer nada sobre Dios. Si Dios está más allá del entendimiento humano, ¿no sugiere eso que toda discusión religiosa no es más que mero palabrería teológico y que entonces, como mucho, solo nos queda un altar a un Dios desconocido?
Por supuesto que esto no es la intención. La incomprensibilidad de Dios no significa que no sabemos nada sobre Dios. En realidad significa que nuestro conocimiento será parcial y limitado, que nunca podremos alcanzar el conocimiento total y exhaustivo de Dios. El conocimiento que Dios nos da sobre sí mismo mediante la revelación es verdadero y útil. Podemos conocer a Dios en la medida que Él decida revelarse a sí mismo. Lo finito puede «aprehender» a lo infinito, pero lo finito no podrá nunca contener a lo infinito en sus manos. Siempre habrá algo más de Dios que lo que podamos aprehender.
La Biblia expresa esto mismo de esta manera: «Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre» (Deut. 29:29). Martín Lutero hizo referencia a los dos aspectos de Dios – el secreto y el revelado. Una porción del conocimiento divino permanece oculta a nuestros ojos. Trabajamos a la luz de lo que Dios nos ha revelado.
Resumen
1. Hasta las verdades cristianas más sencillas contienen un profundo significado.
2. Independientemente de lo profundo que pueda ser nuestro conocimiento teológico, siempre habrá mucho sobre la naturaleza y el carácter de Dios que seguirá siendo un misterio para nosotros.
3. Ningún ser humano puede tener un conocimiento exhaustivo sobre Dios.
4. La doctrina de la incomprensibilidad de Dios no significa que no podemos llegar a conocer nada sobre Dios. Significa que nuestro conocimiento está restringido, limitado por nuestra humanidad.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.