Córtate la mano, sácate el ojo

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Córtate la mano, sácate el ojo

Ray Ortlund

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Las palabras duras no son palabras dañinas, cuando vienen de Jesús. Es importante mantener esto en mente cuando leemos lo siguiente:

Y si tu mano o tu pie te es ocasión de pecar, córtatelo y échalo de ti; te es mejor entrar en la vida manco o cojo, que teniendo dos manos y dos pies, ser echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecar, arráncatelo y échalo de ti. Te es mejor entrar en la vida con un solo ojo, que teniendo dos ojos, ser echado en el infierno de fuego. (Mt 18:8–9)

Aquí, Jesús nos llama a la santidad personal, por costosa y dolorosa que sea, como Su ruta para nosotros “entrar en la vida”.

El Evangelio produce gente moralmente decisiva que tiene hambre y sed de justicia.

El Señor no nos está diciendo literalmente que nos mutilemos. Después de todo, el apóstol Pablo condenó “la humillación… y el trato severo del cuerpo” (Col 2:23). Pero el punto principal de nuestro Señor es este: debemos decidir que, sin importar cual sea el costo personal, seguiremos el supremo llamamiento de Dios en Cristo (Fil 3:14). Así es, el Señor está obrando en nosotros lo que es agradable delante de Él (Heb 13:21). Estamos confiando en Su mérito y poder. Pero no somos pasivos en nuestra santificación. Nuestra parte consiste en oponernos a nuestros pecados con una disciplina estricta; y no es opcional. Nuestro Señor nos dice: “Cueste lo que cueste, libérate, sígueme y entra en la vida. La única alternativa es el infierno”.

El Evangelio produce gente moralmente decisiva que tiene hambre y sed de justicia, deseos que Dios promete satisfacer (Mt 5:6). “La gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente” (Tit 2:11-12). “Buscad… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12:14). Disciplino mi cuerpo… para que haga lo que debe hacer” (1 Co 9:27 NTV).  

¿Sería una buena noticia si Jesús dijera “No importa cómo se manifiestan tus peores impulsos, no hablaremos de eso. De lo único que quiero hablar es de lo mucho que te acepto”? ¿Podríamos confiar en un Salvador así? El Jesús verdadero nos ama lo suficiente como para libremente aceptarnos y confrontarnos con honestidad.

Persigamos la santidad, rigurosamente. Por Su gracia y para Su gloria, entraremos en la vida que es verdaderamente vida para siempre.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Ray Ortlund
Ray Ortlund

El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.

¿Qué es el evangelio?

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¿Qué es el evangelio?

Ray Ortlund

Nota del editor: Esta publicación es la primera parte de la serie «El corazón del evangelio«, publicada por la Tabletalk Magazine.

En cierto sentido, toda la Biblia es el evangelio. Al leerla desde Génesis hasta Apocalipsis, vemos la vasta extensión del maravilloso mensaje de Dios para la humanidad.

Pero muchos leen toda la Biblia y su comprensión del evangelio difiere ampliamente, no están claros, o simplemente están equivocados. Algunos hablan del evangelio en términos del favor de Dios derramando prosperidad financiera. Otros describen una utopía política en el nombre de Cristo. Y otros hacen hincapié en seguir a Cristo, proclamar Su reino o buscar la santidad. Algunos de estos temas son bíblicos, pero ninguno de ellos es el evangelio.

Afortunadamente, encontramos pasajes bíblicos que nos dicen, explícita y claramente, qué es el evangelio. Por ejemplo, el apóstol Pablo explica lo que es «de primera importancia» dentro del mensaje bíblico:

Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano. Porque yo os entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras (1 Cor 15:1-4).
Pablo les recuerda a los creyentes de Corinto el mensaje del evangelio y su relevancia integral para ellos. Ellos lo recibieron; ellos están cimentados en él; ellos están siendo salvados por él. Estos beneficios, sagrados y poderosos, fluyen en su vida diaria mientras se aferran a la Palabra del evangelio que Pablo les dio. Los corintios no merecen tal bendición, pero el evangelio anuncia la gracia de Dios en Cristo para los que no la merecen. El único fracaso catastrófico de los corintios sería la incredulidad. Con tantas cosas buenas que decir sobre el evangelio, no es de extrañar que Pablo lo califique como «de primera importancia» en sus prioridades.

¿Qué es, entonces, el evangelio? Primeramente, el evangelio es la buena noticia de Dios: que «Cristo murió por nuestros pecados». La Biblia dice que Dios creó a Adán sin pecado, apto para gobernar sobre una creación buena (Gen 1). Entonces, Adán se separó de Dios y arrastró a toda la humanidad con él a la culpa, la miseria y la ruina eterna (capítulo 3). Pero Dios, en Su gran amor por nosotros, unos rebeldes ahora totalmente indignos de Él, envió un mejor Adán, que vivió la vida perfecta que nunca hemos vivido y murió la muerte criminal que no queremos morir. «Cristo murió por nuestros pecados» en el sentido de que, en la cruz, Él expió los crímenes que hemos cometido contra Dios, nuestro Rey. Jesucristo, muriendo como nuestro sustituto, absorbió en Sí mismo toda la ira de Dios contra la verdadera culpa moral de Su pueblo. No dejó deuda sin pagar. Él mismo dijo: «Consumado es» (Jn 19:30). Y siempre diremos: «¡El Cordero que fue inmolado es digno!» (Ap 5:12).

Segundo, el evangelio dice: «Él fue sepultado». Esto hace énfasis en que los sufrimientos y la muerte de Jesús fueron completamente reales, extremos y definitivos. La Biblia dice: «Y fueron y aseguraron el sepulcro; y además de poner la guardia, sellaron la piedra» (Mt 27:66). Después de matarlo, Sus enemigos se aseguraron de que todos supieran que Jesús estaba más muerto que una piedra. No solo la muerte de nuestro Señor fue tan definitiva como la muerte puede ser, sino que también fue humillante: «Se dispuso con los impíos Su sepultura» (Is 53:9). En Su asombroso amor, Jesús se identificó por completo con pecadores enfermos como nosotros, sin omitir nada.

Tercero, el evangelio dice: «Él fue resucitado al tercer día». Hace años, escuché a S. Lewis Johnson decirlo de esta manera: “La resurrección es el ‘¡Amén!’ de Dios al ‘¡Consumado es!’ de Cristo. Jesús fue “resucitado para nuestra justificación” (Rom 4:25). Su obra en la cruz logró expiar nuestros pecados, de manera obvia. Además, por Su resurrección, Cristo «fue declarado Hijo de Dios con poder», es decir, nuestro Mesías triunfante que reinará para siempre (Rom. 1: 4). Solo el Cristo resucitado puede decirnos: «No temas, Yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Ap 1:17-18). Aquel que vive conquistó la muerte y ahora está preparando un lugar para nosotros: un cielo nuevo y una tierra nueva, donde todo Su pueblo vivirá gozosamente con Él para siempre.

Este es el evangelio de la inmensa gracia de Dios hacia pecadores como nosotros. Cualquier otra cosa que se pudiese decir, solamente nos diría más sobre la poderosa obra de Jesucristo. Permanezcamos firmes en la Palabra que se nos predicó. Si creemos en este evangelio, no creeremos en vano.

Publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.

Ray Ortlund

Ray Ortlund

El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.