¿La regeneración precede necesariamente a la conversión?

¿La regeneración precede necesariamente a la conversión?
Por Thomas Schreiner

La respuesta a la pregunta es: «sí», pero antes de explicar por qué esto es así, se debe explicar brevemente qué significan los términos «regeneración» y «conversión».

La regeneración significa nacer de nuevo o nacer de lo alto (Jn. 3:3, 5, 7, 8). El nuevo nacimiento es la obra de Dios, de manera que todos los que han nacido de nuevo, «nacen del Espíritu» (Jn. 3:8). O, como dice 1 Pedro 1:3, es Dios quien «nos hizo renacer para una esperanza viva» (1 P. 1:3). El medio que Dios utiliza para otorgar esa nueva vida es el evangelio, porque los creyentes «han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 P. 1:23; Stg. 1:18). La regeneración, o nacer de nuevo, es un nacimiento sobrenatural. Así como no podemos hacer nada para nacer físicamente —¡simplemente sucede!— tampoco podemos hacer algo para producir nuestro nuevo nacimiento espiritual.

La conversión ocurre cuando los pecadores se vuelven a Dios en arrepentimiento y fe para salvación. Pablo describe la conversión de los tesalonicenses con estas palabras: «porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero» (1 Ts. 1:9). Los pecadores se convierten cuando se arrepienten de sus pecados y se vuelven en fe a Jesucristo, confiando en Él para el perdón de sus pecados.

Pablo afirma que los inconversos están muertos en sus «delitos y pecados» (Ef. 2:1; 2:5). Se encuentran bajo la potestad del mundo, la carne y el diablo (Ef. 2:2-3). Todos nacemos en el mundo como hijos o hijas de Adán (Ro. 5:12-19). Por tanto, todos entramos al mundo siendo esclavos del pecado (Ro. 6:6, 17, 20). Nuestras voluntades están esclavizadas al mal y, por esa razón, no tienen ninguna inclinación o deseo de hacer lo correcto o volverse a Jesucristo. Dios, no obstante, por su increíble gracia «nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef. 2:5). Esta es la manera de Pablo de decir que Dios ha regenerado a su pueblo (Tit. 3:5). Él ha soplado aliento de vida en nosotros donde antes no lo había, y el resultado de esta nueva vida es la fe, porque la fe también es «don de Dios» (Ef. 2:8).

Varios textos de 1 Juan demuestran que la regeneración precede a la fe. Los textos son los siguientes:

«Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él» (1 Jn. 2:29).
«Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios» (1 Jn. 3:9).
«Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Jn. 4:7).
«Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él» (1 Jn. 5:1).
Podemos hacer dos observaciones a partir de estos textos. En primer lugar, en cada ejemplo, el verbo «nacer» (gennaô) se encuentra en el presente perfecto, denotando una acción que precede a la acción humana de practicar la justicia, evitar el pecado, amar o creer.

En segundo lugar, ningún evangélico diría que antes de nacer de nuevo debemos practicar la justicia, porque tal declaración enseñaría una justicia en base a las obras. Tampoco diríamos que primero debemos evitar el pecado, para luego nacer de Dios, porque tal creencia sugeriría que las obras humanas producen el nacimiento espiritual. Tampoco diríamos que primero debemos demostrar un gran amor por Dios, y luego Él nos hace renacer. No, queda claro que practicar la justicia, evitar el pecado y amar son todas consecuencias o resultados del nuevo nacimiento. Pero si este es el caso, entonces debemos interpretar 1 Juan 5:1 de la misma manera, porque la estructura del versículo es la misma que encontramos en los textos relacionados con practicar la justicia (1 Jn. 2:29), evitar el pecado (1 Jn. 3:9) y amar a Dios (1 Jn. 4:7). Se deduce, entonces, que 1 Juan 5:1 enseña que primero Dios nos da nueva vida, y luego creemos que Jesús es el Cristo.

Vemos la misma verdad en Hechos 16:14. Primero, Dios abre el corazón de Lidia y la consecuencia es que ella presta atención y cree en el mensaje proclamado por Pablo. Asimismo, nadie puede ir a Jesús en fe a no ser que Dios haya obrado en su corazón para atraerlo a la fe en Cristo (Jn. 6:44). Pero todos aquellos que el Padre ha atraído o entregado al Hijo ciertamente pondrán su fe en Jesús (Jn. 6:37).

Dios nos regenera y luego creemos, por consiguiente, la regeneración precede a nuestra conversión. Por tal motivo, damos toda gloria Dios por nuestra conversión, ya que el volvernos a Él es completamente una obra de Su gracia.

Este artículo fue publicado por 9Marcas.
Meditando en las bendiciones del año que termina
Thomas Schreiner es profesor de interpretación del Nuevo Testamento en el Southern Baptist Theological Seminary en Louisville, Kentucky, Estados Unidos, y pastor de predicación en Clifton Baptist Church.

¿Cómo ha afectado la Caída del hombre a la humanidad?

«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12). Los efectos de la caída son numerosos y de gran alcance. El pecado ha afectado cada aspecto de nuestro ser. Ha afectado nuestras vidas en la tierra y nuestro destino eterno.

Uno de los efectos inmediatos de la caída fue que la humanidad se separó de Dios. En el jardín de Edén, Adán y Eva tuvieron comunión perfecta y compañerismo con Dios. Cuando se rebelaron contra Él, esa comunión se rompió. Ellos se dieron cuenta de su pecado y se avergonzaron ante Él. Se escondieron de Él (Génesis 3:8-10), y el hombre ha estado escondiéndose de Dios desde entonces. Sólo a través de Cristo se puede restaurar esa comunión, porque en Él somos hechos justos y sin pecado a los ojos de Dios como Adán y Eva fueron antes de pecar. «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El» (2 Corintios 5:21, LBLA).

A causa de la caída, la muerte se convirtió en una realidad, y toda la creación estaba sujeta a ella. Todos los hombres mueren, todos los animales mueren, toda la vida vegetal muere. «…toda la creación gime a una» (Romanos 8:22), esperando el tiempo cuando Cristo volverá para liberarla de los efectos de la muerte. Por causa del pecado, la muerte es una realidad ineludible, y nadie es inmune. «Porque la paga del pecado es muerte, mas la dadiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23). Peor aún, no sólo nos morimos, sino que si morimos sin Cristo, experimentamos la muerte eterna.

Otro efecto de la caída es que los seres humanos han perdido de vista el propósito para el cual fueron creados. El último y más alto propósito del hombre en la vida es glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre (Romanos 11:36; 1 Corintios 6:20; 1 Corintios 10:31; Salmo 86:9). Por lo tanto, el amor a Dios es la base de toda moralidad y bondad. Lo opuesto es la elección de uno mismo como supremo. El egoísmo es la esencia de la caída, y lo que sigue es todos los otros delitos contra Dios. En todas sus formas, el pecado es un giro hacia uno mismo, que se confirma en cómo vivimos nuestras vidas. Llamamos la atención a nosotros mismos y a nuestras buenas cualidades y logros. Minimizamos nuestros defectos. Buscamos favores especiales y oportunidades en la vida, queriendo una ventaja extra que nadie más tiene. Nos enfocamos en nuestros propios deseos y necesidades, mientras que ignoramos los de los demás. En definitiva, nos situamos en el trono de nuestras vidas, usurpando el papel de Dios.

Cuando Adán eligió rebelarse contra su Creador, perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte física y espiritual, y su mente fue oscurecida por el pecado, al igual que las mentes de sus herederos. El apóstol Pablo dijo de los paganos, «Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada» (Romanos 1:28). Les dijo a los Corintios que «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Corintios 4:4). Jesús dijo: «Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Juan 12:46). Pablo recordó a los Efesios: «ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor» (Efesios 5:8, NVI). El propósito de la salvación es «[abrir] sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios» (Hechos 26:18).

La caída produjo en los seres humanos un estado de depravación. Pablo habló de aquellos «teniendo cauterizada la conciencia» (1 Timoteo 4:2) y de aquellos cuyas mentes se obscurecen espiritualmente como resultado de rechazar la verdad (Romanos 1:21). En este estado, el hombre es totalmente incapaz de hacer o elegir lo que es aceptable a Dios, aparte de la gracia divina. «La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo» (Romanos 8:7, NVI).

Sin la regeneración sobrenatural del Espíritu Santo, todos los hombres permanecerían en su estado caído. Pero en Su gracia, misericordia y bondad amorosa, Dios envió a Su Hijo a morir en la Cruz y tomar el castigo por nuestro pecado, reconciliándonos con Dios, haciendo posible la vida eterna con Él. Lo que se perdió en la caída se reclama en la Cruz.

¿POR QUIÉN MURIÓ CRISTO?

John Frame

Muchos teólogos han prestado especial atención a esta pregunta: ¿por quién murió Cristo? Hay básicamente dos puntos de vista sobre el tema. Un punto de vista, llamado expiación ilimitada, afirma que Cristo murió por cada ser humano. El otro punto de vista, llamado expiación limitadaexpiación definitiva redención particular, afirma que Cristo murió solo por los elegidos, es decir, solo por aquellos que en el plan de Dios serán finalmente salvos. 

El punto de vista de la expiación ilimitada parece bastante obvio si consideramos varias Escrituras que dicen que Cristo murió por “el mundo” (Jn 1:293:166:512Co 5:191Jn 2:2), “por todos” (1Co 15:222Co 5:151Ti 2:6Heb 2:9) o aun, aparentemente, por las personas que finalmente lo rechazarán, como se encuentra en 2 Pedro 2:1, donde Pedro habla de algunos que están “negando incluso al Señor que los compró, trayendo sobre sí una destrucción repentina”. Esto suena muy parecido a decir que Jesús murió en la cruz para comprar —para redimir— a algunas personas que a pesar de todo se perderán al final. 

En Hebreos 10:29 leemos: “¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merecerá el que ha pisoteado bajo sus pies al Hijo de Dios, y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ha ultrajado al Espíritu de gracia?”. De nuevo, suena como si algunas personas fueran hechas santas por la sangre de Cristo y que, sin embargo, despreciaran y profanaran esa sangre, recibiendo así castigo eterno. 

Aunque este punto de vista suena obvio por los versículos que he citado, hay algunos problemas reales con él. Si la expiación es ilimitada, es universal, parecería que trae salvación a todo el mundo; porque la expiación es un sacrificio sustitutivo. La expiación de Jesús quita nuestros pecados, trayéndonos completo perdón. Por lo tanto, si la expiación es universal, garantiza la salvación de todos. Pero sabemos por las Escrituras, de hecho por los mismos textos en 2 Pedro 2:1 y en Hebreos 10:29 que acabo de citar, que no todos en el mundo son salvos. Algunas personas desprecian la sangre de Jesús. La pisotean.Y por eso reciben una destrucción repentina. 

Si crees en una expiación ilimitada, es porque tienes una visión muy débil de lo que es la expiación. Debe ser algo menos que un sacrificio sustitutivo que traiga completo perdón. ¿Cómo se definiría, entonces, la expiación? Algunos teólogos han sugerido que la expiación no salva a nadie, sino que quita la barrera del pecado original, por lo que ahora somos libres de elegir o rechazar a Cristo. Por tanto, en realidad, la expiación no salva, sino que solo hace posible la salvación para aquellos que deciden libremente venir a la fe. 

Al final, es nuestra libre decisión la que nos salva; la expiación solo prepara el camino para que podamos tomar una decisión libre. 

Sin embargo, el problema es que la Escritura nunca insinúa tal significado de la expiación. En las Escrituras, la expiación no solo hace posible la salvación. La expiación realmente salva. No es solo un preludio de nuestra libre decisión, sino que nos trae todos los beneficios del perdón de Dios y de la vida eterna. Aquellos que dicen que la expiación tiene un alcance ilimitado creen que tiene una eficacia limitada, un poder limitado para salvar. Los que creen que la expiación se limita a los elegidos, sin embargo, creen que ella tiene una eficacia ilimitada. Así que todos creen en algún tipo de limitación. O bien la expiación está limitada en su alcance, o bien está limitada en su eficacia. Creo que la Biblia enseña que es limitada en su extensión, pero ilimitada en su eficacia. 

Así que, principalmente porque creo que las Escrituras enseñan la eficacia de la expiación, sostengo la opinión de que la expiación es limitada en su extensión. No salva a todos, pero salva completamente a todos los que salva. El punto fundamental aquí no es el alcance limitado de la expiación, aunque esa es una enseñanza bíblica. El punto fundamental es la eficacia de la expiación. 

Veamos ahora el punto de vista de la redención particular, es decir, el hecho de que Cristo murió solo por los elegidos, por Su pueblo, por aquellos a quienes Dios eligió salvar desde antes de la fundación del mundo. Según esta perspectiva, la expiación no solo hace posible la salvación, sino que realmente salva. Muchos textos bíblicos indican que la expiación se limita al pueblo de Jesús. En Juan 10:1115 Jesús dice que da Su vida por Sus ovejas, pero en el contexto de Juan 10 no toda persona es una oveja de Jesús. 

Además, como hemos visto, muchos textos acerca de la expiación indican que esta salva totalmente. Romanos 8:32-39 dice: 

El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito:  “Por causa Tuya somos puestos a muerte todo el día; Somos considerados como ovejas para el matadero”. 

Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. 

Como ves, Pablo afirma que Dios dio a Su Hijo por “todos nosotros”. La consecuencia es salvación en el sentido más completo, una salvación que nunca se puede perder y que jamás podrá ser quitada. Si Cristo murió por ti, nadie puede acusarte delante de Dios, ni siquiera Satanás. Si Cristo murió por ti, nada puede separarte del amor de Cristo. 

Claro está, existen pasajes que dicen que Cristo murió por “el mundo”. Algunos de estos pasajes enfatizan la dimensión cósmica de la obra de Jesús, como Juan 3:16. En Colosenses 1:20 Pablo dice que Jesús se propuso con Su expiación “por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo”, las que están en la tierra y las que están en los cielos, “habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruz”. Otros pasajes usan la palabra “mundo” en un sentido ético, como cuando 1 Juan 2:15 dice: “No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. Eso puede haber estado en la mente de Juan el Bautista cuando dijo en Juan 1:29: “Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. 

Y hay pasajes que dicen que Cristo murió por “todos”. Pero la extensión de la palabra “todo” es notablemente flexible. Marcos 1:5 dice que “toda” Judea y Jerusalén salieron a escuchar a Juan el Bautista. Claramente, no debemos tomar ese “todo” de manera literal. En algunos pasajes que usan la palabra “todos”, está claro que el escritor se refiere a “todos los cristianos” o “todos los elegidos”. 

Nota 1 Corintios 15:22: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. Tomado literalmente, esto significa que todos se salvarán. Pero aquí no quiere decir eso. Más bien, lo que significa es que todos los que mueren, mueren en Adán; y todos los que viven, viven en Cristo. 

Considera 2 Corintios 5:15: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos”. Aquí Pablo dice que Jesús murió por todos. Pero también dice que “todos” reciben nuevos corazones para que ya no vivan para sí mismos, sino para Cristo. Aun en este pasaje que usa la palabra “todos”, la expiación es eficaz: cuando Cristo muere por alguien, esa persona se salva totalmente. Recibe un nuevo corazón y una nueva vida. Claramente, no todas las personas en el mundo reciben esto; por lo tanto, no todas las personas en el mundo están incluidas bajo el término “todos”. 

En otros textos donde se usa la palabra “todos”, la referencia puede ser a lo que llamamos universalismo étnico, es decir, Jesús murió por personas de todas las naciones, lenguas, razas y tribus. Ese puede ser el significado en 1 Timoteo 2:6, que menciona las naciones en los dos primeros versículos del capítulo. Pero prefiero entender que ese versículo significa que la muerte de Cristo garantiza la oferta gratuita del evangelio a todo el mundo, porque Él es el único Salvador. Ahora bien, con universalismo étnico quiero decir que, cuando en 1 Juan 2:2, por ejemplo, el escritor dice que Jesús “es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”, está diciendo que Jesús es el único Salvador. No hay otro en todo el mundo. Si alguien, en cualquier lugar —digamos, en Tailandia o Sri Lanka— está buscando propiciación delante de Dios, no la encontrará en otra parte que no sea en la sangre de Jesús. 

¿Cómo explicamos textos como Hebreos 10:29 y 2 Pedro 2:1, los cuales describen a personas que, en cierto sentido, niegan al Señor que las compró? Tomo estos textos como descripciones de los miembros de la iglesia visible que han confesado a Cristo en su bautismo. Estos han afirmado que Jesús murió por ellos. Sobre la base de esa profesión, han entrado en una relación de pacto solemne con Dios y con la iglesia, una relación hecha solemne por la sangre de Cristo. Pero ahora blasfeman la sangre de Cristo. Ellos nunca se unieron a Cristo de manera salvífica. Pero habiendo profesado a Cristo, están sujetos a las maldiciones del pacto porque fueron infractores de ese pacto. 

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Este artículo ¿Por quién murió Cristo? fue adaptado de una porción del libro La salvación es del Señorpublicado por Poiema Publicaciones

Páginas 170 a la 175

Jesús de Nazaret (1)

Jueves 22 Septiembre
Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel (Dios con nosotros).
Isaías 7:14
Jesús de Nazaret (1)
 – Un nacimiento milagroso. Jesús es el Hijo de Dios desde siempre. Él nació en la tierra en Belén, de una virgen llamada María. ¿Esto le parece imposible? Para Dios, el Creador del universo, todo es posible. Centenas de años antes, varios profetas judíos hablaron de él: “Pero tú, Belén… de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas 5:2; Isaías 7:14, versículo del día).

 – Una vida de bien. Jesús se dedicó totalmente al bien de los de su tiempo. Alivió el sufrimiento físico, moral y espiritual de muchos.

Jesucristo hacía lo que decía, y decía lo que pensaba. Su vida era la expresión de lo que Dios es: amor y luz. Su conducta era el ejemplo de una pureza perfecta. Los que lo veían se asombraban y decían: “Bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar” (Marcos 7:37).

Jesús de Nazaret enseñaba. Sus palabras y su vida demostraban su sabiduría y su autoridad. “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46), declararon los que le deseaban el mal, pero que, desconcertados por lo que decía, cambiaron de opinión. Jesús nunca dejó indiferente a nadie. Unos se postraron a sus pies, otros llegaron a ser sus enemigos. Amor demasiado grande y luz demasiado fuerte, que revelan el mal en el corazón de los hombres. Poco antes de morir, Jesús afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

(mañana continuará)
Jeremías 51:33-64 – 2 Corintios 11:1-15 – Salmo 106:32-39 – Proverbios 23:26-28

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ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El legalismo versus la religión del evangelio

Serie: El legalismo

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Por Burk Parsons

En los últimos años la palabra religión ha pasado por momentos difíciles. Muchos han intentado oponer la religión a la fe, diciendo que el cristianismo no es una religión sino una relación. Eso suena bien, pero no es del todo cierto. La fe y la religión no se excluyen mutuamente, sino que se complementan. El cristianismo es una religión fundada en una relación con Jesucristo. De hecho, el cristianismo es la única religión verdadera del mundo porque es la religión establecida por el único Dios verdadero. La religión cristiana es la vida integral de confiar, adorar, seguir y amar a Dios y al prójimo, capacitada por la obra regeneradora y potenciadora del Espíritu Santo, y fundamentada en nuestra relación con Cristo mediante el evangelio por la gracia sola por medio de la fe sola.

Sin embargo, hablamos con razón de la religión en forma crítica cuando hablamos de la religión creada por el hombre. Cuando hablamos de tal religión, o bien nos referimos a todas las falsas religiones del mundo, como el islam y el budismo, o bien hablamos de las normas religiosas que los hombres añaden a la Escritura y con las que intentan atar nuestras conciencias. Este último tipo de religión era la de los fariseos y, más tarde, la de los judaizantes. Sin embargo, el problema fundamental de los fariseos y los judaizantes no fue que eran demasiado celosos de la ortodoxia religiosa, sino que inventaron su propia ortodoxia religiosa. Basándose en sus invenciones legalistas hechas por el hombre, juzgaron los corazones y tiranizaron a aquellos a los que Cristo había liberado. Y ese es precisamente el problema de las formas de legalismo en nuestras iglesias de hoy. Inventamos leyes en torno a la ley de Dios. Intentamos convertir nuestras preferencias en principios de Dios. Decimos «no puedes» cuando Dios dice «puedes».

Al mismo tiempo, también debemos comprender lo que no es el legalismo. El legalismo no es la obediencia a Dios y a Su ley. El legalismo no es aprender a obedecer todo lo que Cristo nos ha ordenado. El legalismo no es perseguir la santidad. El legalismo no es esforzarnos por agradar a Dios y glorificarle en todo lo que hacemos. El legalismo no es ser celosos de nuestras buenas obras y en dar frutos de arrepentimiento.

El legalismo no es un error del cristianismo: es una religión totalmente diferente. El legalismo llama la atención sobre nosotros mismos, pero la religión del evangelio llama la atención sobre Jesucristo. El legalismo nos da gloria, pero la religión del evangelio da gloria a Dios. El legalismo está arraigado en la adoración de uno mismo, pero la religión del evangelio está arraigada en la adoración de Dios. Y lo irónico del legalismo es que no hace que la gente quiera esforzarse más, sino que hace que quiera rendirse.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Y después?

Sábado 27 Agosto

Está establecido para los hombres que mueran una sola vez.

Hebreos 9:27

Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

¿Y después?

“Tengo salud, fortuna, belleza… ¿y después?

 – Tengo oro, dinero… ¿y después?

 – Cuando fuera el único en poseer el genio y el saber, ¿qué sucederá después con ello?

 – Cuando debiera disfrutar del mundo durante mil años, ¿qué pasará después? La muerte llega rápido y quita todo. ¿Qué hallaremos más allá de sus puertas?… Solo Dios merece ser servido…”.

Estas reflexiones, escritas por la reina María Cristina Ferdinande de Bourbon-Siciles (1806-1878), fueron halladas después de su muerte en su libro de piedad. Esta reina había comprendido el secreto de la verdadera felicidad: la fe en Dios, quien es amor. Ella sabía que el éxito, la riqueza o la salud no dan la verdadera felicidad, que los placeres ofrecidos por el mundo pueden ayudar a olvidar momentáneamente las preocupaciones… ¿y después?

La Biblia siempre lo ha declarado: este mundo no podrá satisfacer ni dar la verdadera felicidad al hombre (Eclesiastés 6). El apóstol Pablo experimentó que conocer a Cristo es una cosa excelente, e incluso lo único importante (Filipenses 3:8). Seremos felices si sabemos que somos amados por Dios y perdonados por la obra de Jesús, “el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25). Jesús libera del miedo a la muerte a todos los que reconocen su culpabilidad y lo aceptan como su Salvador y Señor. Él les da la vida eterna (Juan 17:2). “En ningún otro hay salvación” (Hechos 4:12).

Jeremías 30 – 1 Corintios 5 – Salmo 101:1-4 – Proverbios 22:7

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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El Peligro de la Idolatría

Por Robert A. Morey

En la teología cristiana, Dios es una “Dádiva” teológica que se ha revelado en las Escrituras. Por lo tanto no estamos libres de «escoger» entre los atributos de Dios, como si estuviéramos en una heladería. Lo que es Dios en Su naturaleza y atributos no se deja a nuestros gustos personales.

Los pensadores humanistas asumen que son “libres” para rechazar cualquier atributo de Dios que no puedan entender completamente y completamente explicar, racionalmente conciliar, y sentirse feliz con ello. Si no les gusta un determinado atributo de Dios, no tienen ningún reparo en desecharlo. Pero Dios nos exige que lo aceptemos como Él se ha revelado en las Escrituras. Cualquier cosa menos que esto es un rechazo de Dios.

El Dios que ha elegido revelarse a sí mismo en las Escrituras es un Dios muy celoso. Él condena como idolatría cualquier intento de añadir o restar de Su naturaleza revelada. Esto es tan importante que Dios dedicó los dos primeros mandamientos del Decálogo a condenar todos los intentos de moldear a Dios en una imagen hecha por el hombre. No importa si la imagen es mental o de metal, de madera o de lana, todas las ideas hechas por el hombre de Dios son la idolatría.

El Primer Mandamiento

En el primer mandamiento Dios nos dice: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3).

En este mandamiento nos encontramos con que:

  1. Hay un solo Dios.
  2. El Dios que se ha revelado en la Escritura es este Dios.
  3. Sólo él debe ser adorado, temido, amado y obedecido.
  4. No somos libres para compensar cualquier idea por nuestra cuenta de cómo es Dios. No importa si nuestras ideas parecen “razonables” o “práctica” a nosotros. No podemos tener alguna idea de Dios, sino las reveladas en las Escrituras.
  5. El hombre no es un dios-creador o un dios-en-potencia. Cualquier concepto de la “divinidad del hombre” es idólatra.
  6. Dios es Su propio intérprete. Él se ha revelado e interpretado esta auto-revelación en la Escritura.
  7. El racionalismo, el empirismo, el misticismo, y todas las demás formas de humanismo quedan condenadas como idolatría ya que ellos exaltan la opinión del hombre sobre la auto-revelación de Dios como se da en la Escritura.

El Segundo Mandamiento

En el Segundo Mandamiento Dios nos advierte:

No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás; porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. (Éxodo 20:4-6).

El texto enseña claramente que la mayor evidencia del odio hacia Dios es la negativa a aceptarlo como Él se ha revelado en las Escrituras. Lo contrario también es cierto. La mayor evidencia del amor hacia Dios es la aceptación de Dios como Él se ha revelado en las Escrituras.

Así como el grado en que aceptamos la revelación es la medida de nuestro amor a Dios, así también el grado en el que seguimos la “razón,” la “intuición” o los “sentimientos” en lugar de la revelación es la medida de nuestro odio de Dios.

Cualquier intento de construir una deidad sobre la base de lo que es aceptable para nuestros gustos racionales o estéticos es idolatría pura sin paliativos. Aquí no hay término medio, no hay vuelta de hoja, sin renunciar a este punto. O aceptamos a Dios como Él se ha revelado en la Escritura o somos idólatras.

Esta posición es bastante humillante para el hombre caído. No nos gusta la idea de que Dios nos está diciendo cómo es él. Nos gustaría mucho hacer nuestras propias ideas de lo que Dios es. Tampoco nos gusta la idea de que Dios nos manda a obedecerle de acuerdo con lo que El dice es correcto o incorrecto. Nos gustaría mucho hacer nuestras propias ideas de lo que está bien y qué está mal.

Los Enemigos de Dios

Nuestro odio natural de Dios viene en nuestra rebelión en contra de Su Palabra y Ley. No es de extrañar que nos encontremos con el apóstol Pablo describiendo a los hombres caídos como “enemigos de Dios” (Romanos 1:30). Este odio de Dios se centra en el rechazo de la revelación de Dios en las Escrituras (Romanos 8:7).

El deseo de ser “libre” de la revelación de Dios y la ley de Dios es el alma y la esencia de todas las formas de humanismo, religioso o seculares. Para un corazón lleno de odio hacia Dios, el hombre no es “tan” o “realmente” libre a menos que él pueda pensar y hacer lo que quiera, como si no existiera Dios o porque no hay Dios. Toda la charla humanista sobre el “libre albedrío” no es nada más ni menos que un truco barato usado para engañar a los cristianos.

Las Escrituras declaran que cuando el hombre trata de “ir por sí solo” en la verdad, la justicia, la moral y la belleza, convierte la libertad en esclavitud, la libertad en libertinaje, el bien en mal, la justicia en la injusticia, la verdad en error, y la belleza en la fealdad. Todas estas cosas se pueden ver claramente en la filosofía moderna, la teología y las artes.

Pero el cristiano toma un camino hacia el conocimiento de Dios que es diferente y más difícil porque se necesita valor para aventurarse más allá de la razón y la experiencia en las verdades de la revelación. Sólo un espíritu audaz y atrevido será capaz de entregarse totalmente a Dios. Sólo una fe poderosa puede lanzarse y nadar en las profundidades insondables, mientras que los que confían en su razón sólo puede caminar en las aguas poco profundas.

La Pérdida de Misterio

Uno de los mayores problemas que enfrentamos en la teología de hoy es la falta de un sentido de misterio. Nadie quiere creer en algo que va más allá de la capacidad del hombre para comprender. De esta manera, el asombro y la maravilla de los misterios de Dios están totalmente ausentes en la teología moderna. Todo debe ser explicado, cose, atado, y guardado en pequeños paquetes ordenados.

Con la desaparición del respeto y admiración del misterio en la teología moderna, la fe no es deseable. los filósofos humanistas tales como los procesionales demandan “comprensión” no misterio; “coherencia,” no fe; “razón” no revelación. La ausencia de un verdadero misterio siempre ha sido el caldo de cultivo de la herejía.

No es extraño que la teología moderna es bastante árida y estéril. Es insufriblemente aburrida. Su mundo es monótono y gris. Es totalmente carente de los colores brillantes de admiración, asombro y misterio. Simplemente imita las modas de la filosofía secular. Por lo tanto, es una tierra extensa sembrada con los huesos de aquellos lo suficientemente tontos como para entrar en él.

Pero la Biblia comienza y termina con el misterio. Así el cristiano bíblicamente informado puede regocijarse en su Dios. No está deprimido porque no puede explicar todo y contestar todas las preguntas. Él francamente admite que no tiene todo atado en pequeños paquetes ordenados. Por fe puede aventurarse más allá de las aguas poco profundas de la razón en las profundidades inexploradas e insondables de los misterios de Dios. Él no tiene miedo de aceptar por la fe solamente esos misterios revelados en las Escrituras.

La palabra misterio se encuentra veintisiete veces en el Nuevo Testamento. En los Evangelios, Jesús habló a menudo de los “misterios del reino” (Mateo 13:11). En las epístolas, Pablo usa la palabra no menos de veinte veces. Habló de Dios, Su Palabra, Su Voluntad, el Evangelio, la fe, y la Iglesia como “misterios” (1 Corintios 4:1; Efesios 1:9; Colosenses 1:26; 1 Timoteo 3:9, Efesios 5:32).

El concepto bíblico de “misterio” no tenía ninguna relación con la idea gnóstica de un secreto esotérico contada sólo a unos pocos iniciados, como en las antiguas religiones mistéricas y las sectas de hoy en día y las logias que tienen palabras, símbolos y ritos secretos. El concepto bíblico significa simplemente que Dios le había revelado una idea que ninguna mente humana jamás había concebido.

Por ejemplo, en 1 Corintios 2:7, Pablo habla del “misterio” de la sabiduría de Dios tal como aparece en el Evangelio. En este pasaje, Pablo nos dice que esta sabiduría era un “misterio” debido a que:

  1. Estaba “oculto” de la vista y de la percepción del hombre (v. 7).
  2. Fue “predestinada antes de los siglos para nuestra gloria,” es decir, se trataba de una idea concebida en la mente de Dios en la eternidad antes de los siglos (v. 7).

3 Era algo que “ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (v. 8). Si entendieran que Cristo había venido a morir de acuerdo a un plan predeterminado eterno, se habrían rebelado y se negarían matar al Hijo de Dios.

  1. Este misterio era algo “que ni ojo vio, ni oído oyó,” es decir, algo más allá de la experiencia humana.
  2. Contenía ideas que “no han entrado en el corazón del hombre,” es decir, cosas más allá de la razón humana y la comprensión. Este “misterio” era algo que el hombre nunca podría descubrir sobre la base de su propia experiencia o la razón. La única manera de que el hombre conociera de ello fue a través de la revelación divina. Así, Pablo continúa diciendo que esto era un misterio que “Pero Dios nos las reveló por medio del Espíritu, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, combinando pensamientos espirituales con palabras espirituales” (vv. 10-13).

No sólo es un misterio algo que el hombre nunca habría concebido por sí mismo, sino que también es algo que va más allá de su capacidad de comprensión. Por ejemplo, en Efesios 1:4-11, cuando Pablo toca la voluntad soberana de Dios y sus decretos de elección y la predestinación, que se llevó a cabo “antes de la fundación del mundo,” habla de todas estas cosas en términos de “el misterio de su voluntad”(v. 9).

Pablo habla de la voluntad electiva de Dios como un “misterio.” ¿Quién puede explicar cómo “aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad,”» y, al mismo tiempo, no es el autor del mal? ¿Cómo es que se nos dice en Santiago 1:13-14:

Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal y El mismo no tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, se nos dice que pidamos a Dios que no nos deje caer en la tentación (Mateo 6:13)? O bien, que Dios nos ofrece una vía de escape de la tentación que Él también proporcionó (1 Corintios 10:13)?

¿Quién puede explicar completamente cómo “Dios está obrando todas las cosas para nuestro bien” (Romanos 8:28)? ¿O cómo era Judas el culpable de traicionar al Señor cuando Jesús dijo que “se había determinado” por Dios que lo hiciera (Lucas 22:22)?

Lo que es importante para nosotros entender es que las cuestiones relativas a la voluntad de Dios y el destino humano se colocan en la categoría de «misterio» por los autores de las Escrituras. Así como la doctrina de la Trinidad es un “misterio” y nadie va a explicar cómo Dios puede ser Tres, pero Uno y Uno, pero Tres, tampoco nadie cortará el “nudo gordiano” de la soberanía divina y la responsabilidad del hombre. Nuestra responsabilidad no es emitir un juicio sobre la verdad revelada, sino someternos a ella en temor.

Pero ¿Qué pasa si decidimos que vamos a aceptar sólo aquellas doctrinas de la Biblia que “están de acuerdo con la razón”? Los que tienen un trasfondo evangélico rechazarán normalmente la soberanía de Dios, la elección divina, la presciencia de Dios, el pecado original, y la naturaleza vicaria de la expiación.

Pero una vez que el principio se establece sólo lo que es “razonable” puede ser aceptado, doctrinas tales como la deidad de Cristo tendrán que ser rechazadas, porque ¿quién puede explicar completamente cómo Jesús puede ser Dios y hombre? ¿Cómo puede una persona tener dos naturalezas? ¿Quién puede hacer “coherente” a la encarnación?

Libremente admitimos que es un completo misterio para nosotros cómo Jesús es Dios y hombre. Pero es un misterio revelado que aceptamos con agrado por la fe en la autoridad de la Escritura. ¿Por qué deberíamos renunciar a la autoridad de la Palabra de Dios por la autoridad de la palabra de Sus enemigos? Pero los racionalistas no pueden vivir en el mismo universo de misterio.

Conclusión

A través de los años hemos observado un proceso de apostasía que comienza con el rechazo del misterio de la soberanía de Dios y luego procede al rechazo del misterio de la infalibilidad de la Escritura, la autoridad de la Escritura, la incomprensibilidad de Dios, la naturaleza infinita de Dios, la Trinidad, la deidad de Cristo, la personalidad y la deidad del Espíritu Santo, la naturaleza pecaminosa del hombre, la historicidad de los milagros bíblicos, la exactitud de los relatos evangélicos, y el castigo eterno de los malvados.

La fuerza motriz que empuja a la gente por este camino de la apostasía es su negativa a inclinarse humildemente ante la Palabra de Dios. Ellos no van a aceptar las muchas declaraciones aparentemente contradictorias de las Escrituras. Ellos no pueden soportar el misterio en cualquier forma. Lo que no se puede explicar racionalmente, con el tiempo lo desecharán. Ellos siempre asumen la dicotomía griega “o” en cada edición y se niegan a reconocer la solución “ambos-y” de la Escritura porque sería arrojar el tema de nuevo dentro del misterio.

Nos cansamos de oír que hay que elegir entre la soberanía de Dios o la responsabilidad del hombre. ¿Por qué siempre se asume que no podemos aceptar las dos cosas? ¿Por qué los procesionales suponen que si el hombre es libre, Dios debe estar atado? ¿Por qué se asume que la elección y el evangelismo divino no pueden ser ambas verdaderas? ¿Y qué si no podemos resolver todas las preguntas que los filósofos humanistas plantean? ¿No deberíamos agradar a Dios antes que al hombre?

Deseamos no juzgar a la Palabra de Dios, sino para ser juzgados por la misma. Nos esforzamos por no cumplir la Palabra a nuestras opiniones, sino también nuestras opiniones a la Palabra. Nosotros no exigimos que la revelación sea conforme a la razón, sino que a razón esté de acuerdo con la revelación. Buscamos no dominar la Biblia, sino que hay ser dominados por ella.

Este es un extracto de Exploring the Attributes of God por Robert Morey

Cuéntele todo a Jesús

Martes 23 Agosto
(Jesús dijo al padre de un niño que tenía un espíritu mudo:) Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.
Marcos 9:23-24
Con mi voz clamé al Señor, y él me respondió desde su monte santo.
Salmo 3:4
Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará.
Salmo 77:1
Cuéntele todo a Jesús
“Recuerdo a una joven que se opuso firmemente a mí diciéndome que ella no quería ser salva. Era joven y quería gozar la vida. No pensaba renunciar a sus placeres para volverse seria y juiciosa, porque, según ella, perdería su alegría. No tenía ninguna intención de abandonar sus pecados, ningún deseo de ser salva. Sin embargo, conocía el Evangelio, porque había sido criada en una escuela de misioneros. Durante largo rato dio libre curso a su amargura; luego le dije:

 – ¿Podemos orar?

 – ¿Por qué oraría yo? Respondió con desprecio.

 – No puedo orar en su lugar, pero oraré primero, y luego usted podrá repetir al Señor todo lo que acaba de decirme.

 – No soy capaz, dijo un poco desconcertada.

 – Sí, sí puede, le respondí. ¿No sabe usted que él es Amigo de los pecadores? (Mateo 11:19).

Esto la tocó. Hizo una oración imprecisa, pero a partir de ese momento el Señor trabajó en su corazón; al cabo de algunos días ella sabía que era salva”.

Di todo a Jesús, di todo a Jesús,
No puedes llevar solo tus cargas;
Di todo a Jesús, di todo a Jesús,
Él da el verdadero reposo.
Jeremías 26 – 1 Corintios 1 – Salmo 98:4-9 – Proverbios 21:31

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Expiación y propiciación

Por L. Michael Morales

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento.

EXPIACIÓN
La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN
La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28).

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios.

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?

A los predicadores de prosperidad: No hagan más difícil el entrar al Cielo

Serie: A los predicadores de prosperidad

Jhon Piper

Nota del editor: Este es el primer artículo en una serie de 12 súplicas a los predicadores de la prosperidad. Los artículos fueron publicados originalmente en el libro de John Piper, ¡Alégrense las naciones!

Jesús dijo: “¡Cuán difícil será para aquellos que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!”. Sus discípulos quedaron asombrados, como muchos en el movimiento de “prosperidad” deberían estar. Así que Jesús elevó el asombro de ellos aún mas al decir: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.” Ellos respondieron con incredulidad: “¿Entonces quien puede ser salvo?” Jesús les respondió, “Para el hombre esto es imposible, pero no para Dios. Porque todas las cosas son posibles para Dios” (Mr. 10:23-27).

Esto significa que el asombro de los discípulos era adecuado. Un camello no puede entrar por el ojo de una aguja. Esto no es una metáfora para algo que requiere un gran esfuerzo o un humilde sacrificio. No se puede hacer. Sabemos esto porque Jesús dijo, “¡Imposible!”. Sus palabras, no nuestras. “Para el hombre es imposible”. El punto es que el cambio de corazón que se requiere es algo que el hombre no puede hacer por sí mismo. Dios debe hacerlo”. . . pero no [es imposible] para Dios”.

No podemos dejar de atesorar el dinero por encima de Cristo. Pero Dios sí puede hacer justamente eso en nosotros. Esas son las buenas nuevas. Y esto debe ser parte del mensaje que los predicadores de prosperidad anuncian en vez de tentar a las personas a ser más como camellos. ¿Por qué quisiera un predicador predicar un evangelio que fomenta el deseo de ser rico y por lo tanto confirmar a la gente de su incapacidad natural para entrar al reino de Dios?

Publicado originalmente en Desiring God.

John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.