Escatología – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 26/26

Escatología – Parte 2

  1. Introducción

En la última clase, hablamos de las diferentes posiciones acerca del milenio: el amilenialismo, el premilenialismo, etc. El día de hoy, tendremos un tiempo de preguntas y respuestas extensas para que puedas hacer preguntas sobre cualquier cosa que hayamos cubierto: el don de lenguas, la clase pecados que llevan a la muerte, etc. Así que ahora piensa en tus preguntas; puedes escribirlas en el interior de tu folleto para que no las olvides. Y tus preguntas no deben (no tienen) que ser acerca de una doctrina oscura y difícil, pregunta cualquier cosa que quisieras aclarar, ¡y sinceramente, a los maestros les encantan las preguntas fáciles! Pero en términos de puntos de vista como el del milenio, como discutimos en nuestra última clase, sé que pueden parecer abrumadoras y, honestamente, ni siquiera estoy seguro de mi posición, pero concluimos nuestra última clase con esta buenas palabras: «Lo importante es que todos estas posiciones acerca del milenio tienen una creencia similar: que Cristo está regresando y que el juicio está por venir».

Espero que te lleves una lección básica de esta clase: cuando encuentres una doctrina en la Escritura de la que no estés seguro, pregúntate: ¿Cuál es el principio básico de la Escritura que me ayuda a comprender esto mejor, o al menos al que pueda aferrarme? El principio básico del que estamos hablando hoy, es que Jesús regresa, como el Señor y Juez del universo. No es una noción lejana, es nuestra realidad presente y urgente. Debemos estar preparados.

Eclesiastés, que es uno de mis libros favoritos y habla de considerar el propósito de la vida, tiene un consejo útil para nosotros el día de hoy. Después de que el narrador considera toda la vida y el verdadero significado de la vida —tal vez nos estés visitando hoy preguntándote qué rayos es la razón de vivir—, el narrador de Eclesiastés termina su búsqueda con esta conclusión.

Eclesiastés 12:13-14«El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala».

Palabras aleccionadoras para nosotros esta mañana cuando consideramos el juicio final.

  1. El juicio final

Este es el juicio en el que todas las personas son condenadas o recompensadas por la eternidad. Al igual que con nuestra última sección, no profundizaremos exactamente cuándo sucederá en el calendario escatológico. Pero si miramos las Escrituras con respecto a esto, el mensaje básico es que habrá un solo juicio y que llegará pronto.

En su discurso a los atenienses, Pablo proclama: «Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:30-31).

Ilustración: Osborne: «Somos salvos por gracia, pero seremos juzgados por las obras. Hay muchos otros pasajes del Nuevo Testamento sobre el juicio de los creyentes ‘según sus obras’ (Mateo 16:27Romanos 14:121 Corintios 3:12-152 Corintios 5:101 P. 1:17). La Biblia nunca dice qué será exactamente este ‘juicio’, y sabemos que hemos sido perdonados por nuestros pecados y que seremos recompensados ​​por nuestro servicio a Dios. Debe bastar con decir que nos enfrentaremos con nuestras malas acciones, y luego seremos perdonados y recompensados ​​por el bien que hemos hecho»[1].

1 Co. 3:10«Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego».

Dado que el juicio de Dios sobre la humanidad está por venir, ¿qué dice la Escritura al respecto? Bueno, déjame darte tres declaraciones bíblicas acerca del juicio final.

Hebreos 9:27-28«Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

A. Jesucristo será el juez

En el Nuevo Testamento, Dios es juez en Mt. 6:418:35Ro. 14:10; y Cristo es juez en Mt. 7:22-2325:31-462 Co. 5:10.

Jesús mismo será el Juez en el momento del juicio final. Él es el designado por el Padre sobre el que acabamos de leer en Hechos 17. Un día, el haber aceptado o rechazado a Jesús aquí en la tierra tendrá todo su peso cuando seamos sometidos a su juicio. Es Jesús, a quien hemos seguido o negado, quien nos juzgará.

B. Los incrédulos serán juzgados y condenados al castigo eterno

Es en este momento del juicio final que los incrédulos serán condenados ante el Señor. Pablo dice en Romanos 2:6-8: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras… ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Aquellos que no creen en Cristo serán condenados por no haberse arrepentido y apartado de sus pecados. No aceptaron la enseñanza de Jesús. Aquellos que son condenados recibirán el castigo del infierno.

El infierno es «un lugar de castigo eterno y consciente para los impíos»[2]. En las Escrituras, el infierno a menudo es descrito como un lugar donde los hombres llorarán y habrá un crujir de dientes (Mateo 25:30). Es un lugar donde el fuego nunca se apaga (Marcos 9:43), donde no habrá descanso (Ap. 14:11).

El infierno es un lugar real y es el resultado real del juicio. Una tendencia notable en la escatología evangélica es rechazar la doctrina del castigo eterno y defender el «aniquilacionismo», es decir, que los incrédulos finalmente son destruidos y no existen más. Pero las Escrituras no apoyan este punto de vista. En Mateo 25:46, Jesús dice: «E irán éstos [los impíos]  al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

Es difícil pensar en alguien que esté en perpetuo sufrimiento por la eternidad, pero no debemos forzar nuestro sesgado sentido de la justicia sobre la justicia perfecta de Dios. Él es un Dios infinitamente santo y eterno, y ofenderse contra él es recibir el peor castigo posible. Y la única manera de evitar su furia es a través de Jesucristo que soportó la ira de Dios en la cruz. La única diferencia entre el cielo y el infierno es la gracia de Dios en Cristo.

  1. Los creyentes serán juzgados conforme a sus obras.

Hay dos aspectos del juicio para los cristianos. En cierto sentido, seremos juzgados como justos y seremos recompensados ​​eternamente por nuestra posición, otorgada por la gracia de Dios, como coherederos con Cristo.

Los cristianos no serán finalmente condenados. Todos pasaremos de la muerte a la vida. Dicho esto, el segundo sentido en el que seremos juzgados es por la forma en que vivimos como cristianos. La Escritura parece indicar que habrá diversos grados de recompensa dependiendo de cómo hayamos vivido. Seremos juzgados por las obras que hemos realizado.

2 Co. 5:6-10«Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. 10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo».

AplicaciónEsto no pretende inspirarnos terror, sino motivarnos a una vida piadosa. (v. 9b: «procuramos… serle agradables»).

Ilustración: Lutero: «Tengo dos días en mi calendario… ‘Hoy y el Día’».

Seremos juzgados por lo que hemos hecho con lo que se nos ha dado. Rendiremos cuenta ante Dios por cómo hemos vivido. Dios sacará a la luz todo lo que ahora está oculto. Pero todos los pecados que se harán públicos en ese día serán como aquellos que han sido perdonados. Este juicio es una de las razones por las cuales la gracia de Dios nunca debe tomarse como una licencia para pecar.

Juan 5:28-29«No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación».

Romanos 2:6-8 dice: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Este pasaje enseña que la vida eterna será conforme a las obras. Pero esto no significa que se ganará por las obrasRomanos 6:23 dice: «La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». La vida eterna no se gana. Es gratis.

Pero la vida eterna se representa conforme a nuestras obras. Esto se pone de manifiesto no solo en Romanos 2:6-8, sino también en 1 Corintios 6:9-11Gálatas 5:6,21Efesios 5:5Santiago 2:14-26Hebreos 12:14Mateo 7:24-27Lucas 10:25-28 y muchos otros lugares que enseñan la necesidad de la obediencia en la vida de fe y en la herencia de la vida eterna.

Piper: ¡Así que debemos aprender a hacer la distinción bíblica entre ganar la vida eterna sobre la base de las obras (¡que la Biblia no enseña!) y recibir la vida eterna conforme a las obras (¡lo que la Biblia  enseña!). Los creyentes en Cristo se presentarán ante el tribunal de Dios y serán aceptados en la vida eterna sobre la base de la sangre derramada de Jesús. Pero nuestra libre aceptación por gracia a través de la fe será conforme a las obras.

«Conforme a las obras» significa que Dios tomará el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) y las «buenas obras» por las cuales dejamos que la luz de nuestra fe brille (Mateo 5:16), y las aceptará corroborando la evidencia de nuestra fe.

Nuestras obras en el juicio sirven como evidencia que corrobora que efectivamente pusimos nuestra confianza en Cristo.

Nuestra recepción en el reino no será ganada por las obras, sino que será conforme a las obras. Habrá un «arreglo» o acuerdo entre nuestra salvación y nuestras obras.

Nuestras obras no son la base de nuestra salvación, son la evidencia de nuestra salvación. No son una base, son una demostración.

Ilustración1 Reyes 3:16-28: Las acciones de la mujer no la convirtieron en madre. Demostraron que ella era la madre.

  1. Un cielo nuevo y una tierra nueva

Definimos el cielo hace un minuto, pero debemos ampliar nuestra definición para reconocer que el cielo es un lugar real. No es simplemente un estado de ánimo o un símbolo, es real, y si eres cristiano, estarás allí físicamente por la eternidad una vez que hayas sido glorificado.

El cielo es el lugar donde Dios manifiesta más plenamente su presencia: es la morada de Dios. Escuche la visión del apóstol Juan de que Dios habita con el hombre. Mientras leo esto, comprende que si eres cristiano, entonces este es tu destino, esta es la consumación de la historia redentora.

Apocalipsis 21 dice: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios».

Si bien el cielo se menciona con frecuencia en las Escrituras, no hay muchos detalles sobre cómo será exactamente. Esto se debe a que finalmente no nos sentiremos atraídos por las calles de oro o los cimientos de joyas preciosas. No, ¡estaremos con Dios y su gloria! Veremos el rostro del Dios eterno e invisible y viviremos en una interminable sucesión de tiempo adorando y disfrutando a nuestro Creador como debía ser.

Estas verdades e imágenes sobre el futuro deberían encender una inmensa alegría y esperanza en nosotros. La escatología cristiana es una escatología de esperanza; independientemente de cómo resulten todos los detalles discutidos, sabemos cómo termina la historia.

¿Cuánto debería esto inspirarnos a una vida piadosa, a ver los desafíos de hoy con una perspectiva eterna, y a compartir las buenas noticias de esta redención que Dios está desarrollando ante nuestros propios ojos?

Ilustración: Sam Storms: «Cuando lleguemos al [cielo nuevo y tierra nueva] allí, no habrá nada que sea abrasivo, irritante, agitador o hiriente. Nada dañino, odioso, molesto o cruel. Nada triste, malo o impío. Nada áspero, impaciente, ingrato o indigno. Nada débil o enfermo, roto o tonto. Nada deformado, degenerado, depravado o repugnante. Nada contaminado, patético, pobre o pútrido. Nada oscuro, triste, desalentador o degradante. Nada culpable, mancillado, blasfemo o arruinado. Nada defectuoso, sin fe, frágil o desvaneciéndose. Nada grotesco o grave, horrible o insidioso. Nada ilícito o ilegal, lascivo o lujurioso. Nada estropeado o mutilado, desalineado o mal informado. Nada desagradable o sucio, ofensivo o aborrecible. Nada rancio o grosero, sucio o estropeado. Nada cutre o contaminado, insípido o tentador. ¡Nada vil o vicioso, inútil o sin sentido! Donde sea que pongas tus ojos, no verás nada más que gloria y grandeza y belleza, brillo y pureza, perfección, esplendor, satisfacción, dulzura, salvación, majestad, maravilla, santidad y felicidad. Veremos solo y todo lo que es adorable y afectuoso, hermoso y brillante, resplandeciente y generoso, encantador y ameno, exquisito y deslumbrante, elegante y emocionante, fascinante y fructífero, glorioso y grandioso, amable y bueno, feliz y santo, sano y completo, alegre y gozoso, atrayente y agradable, majestuoso y maravilloso, opulento y abrumador, radiante y reluciente, espléndido y sublime, dulce y gustoso, tierno y de buen gusto, eufórico y unificado! ¿Por qué serán todas estas cosas? Porque estaremos mirando a Dios»[3].

Oremos.

«Amén; sí, ven, Señor Jesús».

[1] Grant R. Osborne, Revelation, Comentario Exegético de Baker sobre el Nuevo (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2002), 722.

[2] W. Grudem, Teología Sistemática

[3] Sam Storms, One Thing: Developing a Passion for the Beauty of God (Geanies House, Fearn, Ross-shire, Escocia, Gran Bretaña: Christian Focus, 2004), 178-179.

Mark Deve

Escatología – Parte 1

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 25/26

Escatología – Parte 1

1. Introducción

Estamos viviendo en los últimos días. (Hebreos 1:1-4)

La escatología es importante para la manera en que vivimos. A veces puede ser un esfuerzo aterrador, especialmente cuando leemos o tratamos de estudiar el libro de Apocalipsis. Si eres alguien que cree que estudiar los últimos tiempos es una tarea infructuosa debido a la dificultad de interpretar algunos de los pasajes bíblicos o por cualquier otra razón, permíteme leerte la introducción del libro de Apocalipsis. Dice: «Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca» (Apocalipsis 1:3). Dios ha prometido su bendición a aquellos que se esfuerzan por saber más acerca de él a través de su Palabra. Es mi deseo que podamos ser esas personas esta mañana.

Ilustración: John Newton: «Estamos seguros de que el Señor reina. La tormenta es dirigida por las manos que fueron clavadas a la cruz. Él ama a los suyos y los cuidará… Bendito sea Dios por la esperanza de una tierra de paz donde el pecado y toda tristeza serán excluidos. Allí tendremos un día sin nubes y sin noche. El sol ya no se pondrá más, la voz de la guerra no se oirá más. Los habitantes ya no sentirán dolor, no llorarán más, no saldrán más. Entonces no habrá más insatisfacción y, por tanto, no habrá más deseos insatisfechos. ¡Qué estado de amor, vida y gozo cuando veamos a Jesús tal como es! Y al contemplarlo, seremos transformados a su imagen y semejanza. Este día vendrá. Este día se acerca cada hora. Su amigo y hermano, siervo y compañero de peregrinación, John Newton, Hoxton, 26 de julio de 1781»[1].

2. La segunda venida de Cristo

Entonces, para comenzar el final, necesitamos saber que la Biblia promete un regreso literal de Cristo. Jesús vino una vez para expiar los pecados, y vendrá nuevamente para consumar su gobierno.

Hebreos 9:27-28«Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

Esta verdad es mencionada y asumida a través del Nuevo Testamento y fue enseñada por los apóstoles. Pablo dice en 1 Tesalonicenses 4:16«Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo…». Santiago, el hermano del Señor, se refiere a la expectativa futura de esta venida cuando escribe: «Hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor» (Santiago 5:7).

¿De dónde sacaron estos hombres que Jesús regresaría de nuevo? Bueno, al parecer del mismo Señor Jesucristo. Cuando está sentado con sus discípulos en el monte de los Olivos, Jesús les dice: «Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mateo 24:30-31).

Esta segunda venida de Cristo a menudo se conoce como «el Día del Señor» o alguna otra frase similar en las Escrituras. Es una frase que connota calamidad y juicio, así como salvación. Cuando el Señor Jesús regrese, se nos dice en Sofonías que: «Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de entenebrecimiento… porque pecaron contra Jehová… toda la tierra será consumida con el fuego de su celo; porque ciertamente destrucción apresurada hará de todos los habitantes de la tierra» (Sofonías 1:15-18).

Al mismo tiempo, el mundo entero será consumido por el fuego del celo de Dios (v. 3:8), Dios dice que devolverá a los pueblos la «pureza de labios, para que todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común consentimiento» (Sofonías 3:9). Ese día de juicio para los impíos será un día de regocijo para los justos.

Bien, ahora que entendemos que Cristo regresará, ¿cuál es la naturaleza de esta segunda venida? ¿Cómo será? ¿Qué podemos decir al respecto en base a las Escrituras?

A. Habrá un regreso personal, visible y corporal de Cristo

Jesús regresará en persona. Si bien esto parece evidente en una iglesia evangélica, una vez fue popular en los círculos protestantes liberales creer que Jesús no lo haría. En cambio, el aire o el aroma de Cristo regresaría, y la aceptación de su enseñanza y una imitación de su estilo de vida de amor regresarían cada vez más a la tierra. Entonces se establecerían las normas éticas del Sermón del Monte, y la utopía sería disfrutada por todos.

Bueno, este no es el mensaje que recibimos de las Escrituras. La Biblia enseña que la encarnación del Hijo de Dios no fue su última manifestación en persona a los hombres en la tierra. En Juan 14:3, Jesús dice que vendrá otra vez.

Cuando Jesús ascendió al cielo en Hechos 1, sin demora llegaron dos ángeles y les dijeron a los discípulos: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (v. 11).

Por tanto, el regreso escatológico del Señor no será una venida espiritual para morar en los corazones de las personas y hacerlas más felices y más éticas, sino un regreso visible, corporal y personal. Y será un regreso glorioso. Mateo 16:27 nos dice que Jesús regresará «en la gloria de su Padre».

Parece que esta gloria será visible para todos. En Apocalipsis 1:7, Juan escribe: «He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá…». Del mismo modo, en el pasaje de 1 Tesalonicenses que leímos antes, Pablo dice: «el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo…» (1 Tesalonicenses 4:16). El regreso de Cristo no se hará secreta o sigilosamente. No, será alto y claro y anunciado y todos sabrán que el Hijo de Dios ha venido. Será un regreso digno del Rey de Reyes.

B. El tiempo de la venida de Cristo es desconocido

La Escritura no revela el tiempo de la segunda venida de Cristo. Jesús dice en Mateo 24:36«Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre».

Pregunta: ¿Por qué Dios no nos revela el momento exacto en que Cristo regresará? ¿De qué manera no saber cuándo regresará Cristo afecta nuestra vida cristiana?

Si continuamos leyendo en Mateo 24, Jesús deja en claro por qué no nos corresponde saber cuándo regresará. Él dice: «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis» (v. 42-44).

Jesús luego ilustra esta enseñanza nuevamente con la parábola de las diez vírgenes en Mateo 25, confirmando el mensaje de su regreso: «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir».

Pese a esta clara enseñanza, las personas parecen tener un deseo insaciable por intentar responder «cuándo» será la segunda venida. Ves esto no solo en la prensa sensacionalista en el mostrador de Safeway, sino también en las enseñanzas de muchas sectas religiosas (algunas profesando el nombre de Cristo).

No es una señal de piedad predecir algo con certeza que Dios dice que no sabremos. Jesús nos ordena estar atentos y preparados para su regreso. Debemos estar listos, como para un acontecimiento que podría suceder en cualquier momento. Esto parece indicar que es posible que Jesús pueda regresar en cualquier momento, incluso hoy.

«Ahora bien, espera un segundo», dices. «Las Escrituras presentan la noción de que ciertas señales precederán el regreso de Cristo». Esto es verdad. Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21 contienen la enseñanza de Cristo acerca de las señales del fin del mundo. En Lucas 21:11, por ejemplo, Jesús dice: «Habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo».

Las señales se pueden resumir aproximadamente de la siguiente manera:

Señales que evidencian la gracia de Dios:

  1. Proclamación del evangelio a todas las naciones
  2. La salvación de la plenitud de Israel

Señales que evidencian oposición a Dios:

  1. Tribulación
  2. Apostasía
  3. El Anticristo

Señales que evidencian el juicio de Dios:

  1. Guerras
  2. Terremotos
  3. Hambrunas

Pregunta: ¿Cómo conciliamos los pasajes que nos advierten que debemos estar preparados porque Cristo puede regresar en cualquier momento con pasajes que indican que deben ocurrir varios acontecimientos importantes antes de que Cristo pueda regresar?

¿Respuesta? Hay algunos evangélicos que creen que al trazar algunas de las «señales» que se cree que preceden el regreso de Cristo, pueden hacer la declaración de que «dado que A, B y C sucedieron, ahora Cristo puede regresar» y afirmar el momento exacto en que ocurrirá la parusía[2].

C. Los cristianos deben anhelar ansiosamente el regreso de Cristo

La segunda venida de Cristo es nuestra esperanza bendita. Independientemente de los detalles específicos del regreso de Cristo, nuestra respuesta debería ser la misma. Debemos desear y anhelar ansiosamente el regreso de Cristo en gloria. El que esto sucederá constituye la esperanza fundamental de la vida cristiana. La Escritura es muy clara al respecto.

No sabemos cuándo regresará. ¡Así que procura esforzadamente la santidad y mantente firme en el Señor!

Tito 2:11-14: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,  quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras».

1 Juan 3:2-3: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro».

Filipenses 3:20-4:1: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. 4:1: Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados».

La respuesta de Juan en Apocalipsis a la afirmación de Jesús de que él regresará es sencilla y gloriosamente correcta: «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22:20).

Ilustración: Richard Sibbes: «Dios guarda lo mejor para el final… El final de un cristiano es el mejor. Dios así lo permite, para consuelo de los cristianos, para que todos los días que vivan, puedan pensar: ‘Lo mejor está por venir’. Para que todos los días que se levanten, puedan pensar: ‘Estoy un día más cerca del cielo que antes. Estoy más cerca de la muerte y, por tanto, más cerca de Cristo’. ¡Qué alivio es esto para un corazón lleno de gracia! Un cristiano es un hombre feliz en su vida, pero más feliz en su muerte, porque luego va a Cristo para estar con Cristo»[3].

El regreso de Jesús es el acontecimiento que nos da esperanza como cristianos. Confirma que la historia no es un ciclo miserable, sino el plan de redención de Dios para su pueblo para gloria de su nombre. La doctrina de la segunda venida proclama que Dios tiene el control y que Cristo vendrá nuevamente por sus escogidos. Jesús dijo: «Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3).

Aplicación: Pregúntate: «¿Cuántas veces al día mis pensamientos se vuelven hacia esta esperanza?» ¿Mucho? ¿A menudo? ¿Ocasionalmente? ¿Escasamente? ¿Nunca? Si no recurrimos a esta esperanza más a menudo, entonces tal vez amamos este mundo más de lo que deberíamos. Deleitémonos en esta gran promesa.

  1. El milenio

Si has asistido al Seminario Básico de Teología Sistemática, sabrás que hemos hablado de muchos temas difíciles; la encarnación, el problema del mal, la Trinidad, entre otros. Bueno, esta próxima sección del milenio tiene su propio conjunto de dificultades.

La discusión del milenio, que significa «mil años», se origina del libro de Apocalipsis en la primera parte del capítulo 20. La pregunta que a menudo se hace en este pasaje es: «¿Qué son los mil años y cuándo regresará Cristo con respecto a ¿ellos?».

Para darte una muestra de este pasaje, Apocalipsis 20:2-5 dice: «Y [un ángel] prendió al dragón… que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años;  y lo arrojó al abismo… y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios… vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección».

Hay cuatro posiciones básicas acerca del milenio que han tenido importancia a lo largo de la historia de la iglesia, aunque algunos tienen un origen mucho más largo que otros. Permíteme explicarlas brevemente y luego dar una reflexión resumida.

El posmilenialismo

Esta posición señala que a través de la unión de Satanás, habrá un aumento gradual en el crecimiento de la iglesia y la difusión del evangelio donde más y más personas se convertirán en cristianos. La influencia de un mayor número de creyentes cambiará a la sociedad para que funcione como Dios pretendía, lo que se traduce gradualmente en una era de paz y rectitud, en otras palabras, el milenio, que no es necesariamente un milenio literal. Cristo luego regresará después del milenio.

El amilenialismo

La segunda posición es la del amilenialismo. Esta posición la más simple y dice que la unión de Satanás reducirá su influencia sobre las naciones para que el evangelio sea predicado a todo el mundo, sin embargo, existe una opinión general de que los tiempos empeorarán. El reinado de Cristo es celestial y el milenio es equivalente a la edad de la iglesia actualmente en curso, sin referencia literal a mil años. Entonces Cristo regresará y juzgará a creyentes e incrédulos de una vez.

El premilenialismo clásico o histórico

La tercera posición es la del premilenialismo clásico o histórico. Aunque hay pequeñas variaciones en este punto de vista, básicamente establece que Cristo regresará antes del milenio. La era de la iglesia pasará por el período de la tribulación. Al final de la tribulación, Satanás será atado, y Cristo regresará para establecer su reino en la tierra para el milenio, que no es necesariamente un literal de mil años. Los creyentes resucitados reinarán físicamente con el Cristo resucitado en la tierra durante este tiempo. Los incrédulos también estarán en la tierra en este momento y la mayoría se convertirá en creyente y se salvará. Al final del milenio, Satanás es desatado y Cristo lo derrota decisivamente a él y a sus seguidores restantes. Entonces los incrédulos de todos los tiempos serán juzgados, y los creyentes entrarán en el estado eterno.

El premilenialismo dispensacional

Finalmente, tenemos el premilenialismo dispensacional. Esta es una posición bastante reciente que es premilenial en que Cristo volverá en secreto por los creyentes antes del sufrimiento del período de la tribulación. Durante la tribulación, el pueblo judío quedará atrapado y finalmente se convertirá. Luego regresará por tercera vez después de la tribulación con sus santos para gobernar la tierra durante mil años. El resto sigue lo mismo que la posición premilenial clásica.

Entonces, ¿aquí en Capitol Hill Baptist Church somos, posmilenio, amilenio o premilenio? Bueno, ¡simplemente digamos que somos promilenio! El Artículo XVIII de la Declaración de Fe de CHBC establece:

«Creemos que el fin del mundo se acerca; que en el último día Cristo descenderá del cielo, y resucitará a los muertos de la tumba hasta la retribución final; que se producirá una separación solemne; que los malvados serán juzgados sin fin castigo, y los justos a la alegría sin fin; y que este juicio fijará para siempre el estado final de los hombres en el cielo o en el infierno, en los principios de las  justicia».

Ten en cuenta que un creyente puede firmar la Declaración de Fe de CHBC y convertirse en miembro de CHBC sin hacer una declaración acerca de lo que cree sobre el milenio. Este es un tema controversial entre muchos evangélicos, pero solo es de naturaleza secundaria. Nuestra Declaración de Fe declara solo lo que es un hecho de las Escrituras y es necesario para nuestra unidad como iglesia.

Hay muchos grandes teólogos a lo largo de los años que han diferido en estas diversas posiciones. Augustine, B.B. Warfield, y muchos otros durante los grandes avivamientos del pasado han mantenido la posición posmilenial. Louis Berkhof, Juan Calvino y otros reformadores han mantenido la posición amilenio. Don Carson, Al Mohler y Wayne Grudem mantienen la clásica visión premilenial mientras que John MacArthur es premilenialista dispensacional. Creo que sería seguro decir que los líderes de nuestra iglesia entran en algún lugar entre el amilenialismo y el premilenarismo clásico.

El último comentario que debemos hacer acerca de estas posiciones es que todas ellas han sido retenidas por lo que consideraríamos cristianos genuinos y grandes teólogos. Esta no es una doctrina esencial de la fe cristiana. Tu salvación no depende de cómo abordas este problema. Lo importante es que todas estas posiciones tienen la creencia similar de que Cristo regresa y ese juicio está por venir. Debemos estar preparados.

  1. Conclusión

La próxima semana, concluiremos la clase examinando el juicio final, los cielos nuevos y la tierra nueva.

Apéndice

Comentarios de Mark Dever, 12 de julio de 2009: Sermón acerca de las posiciones milenarias:

«Creo que las posiciones milenarias no tienen que estar entre esas doctrinas que nos dividen… Sugiero que lo que crees acerca del milenio, cómo interpretas estos miles de años, no es algo sobre lo que es necesario que estemos de acuerdo para tener una congregación junta. El Señor Jesucristo oró en Juan 17:21 para que nosotros los cristianos pudiéramos ser uno. Por supuesto, todos los verdaderos cristianos somos uno porque tenemos su Espíritu, compartimos su Espíritu, deseamos vivir esa unidad. Pero se supone que esa unidad es evidente como un testimonio del mundo que nos rodea. Por tanto, concluyo que debemos terminar nuestras cooperaciones junto con otros cristianos (ya sea casi en una congregación, o más extensamente trabajando juntos en misiones, plantación de iglesias, evangelismo y edificación el ministerio) solo con el mayor de los cuidados, no sea que desgarremos el cuerpo de Cristo por cuya unidad él ha orado y se ha dado a sí mismo. Por tanto, concluyo que es pecado dividir el cuerpo de Cristo – dividir el cuerpo por el que él oraba estaría unido. Por tanto, para nosotros concluir que debemos estar de acuerdo con una cierta posición acerca del alcohol, o de la educación, o una cierta posición acerca de la carne sacrificada a los ídolos, o del milenio para tener compañerismo es, creo, no solo innecesario para el cuerpo de Cristo, sino que, por ende, no está justificado y, en consecuencia, está condenado por las Escrituras. Entonces, si eres pastor y me estás escuchando, me entiendes correctamente si crees que estoy diciendo que estás en pecado si llevas a tu congregación a tener una declaración de fe que requiere una visión milenaria particular. No entiendo por qué tiene que ser una cuestión de uniformidad para tener unidad cristiana en una congregación local».

El milenio y sus debates – Michael Horton

En su discurso en el monte de los Olivos (Mt. 24-25), Jesús presentó una secuencia clara de eventos entre sus dos advenimientos. Esto fue en respuesta a la pregunta de sus discípulos: «Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?» (Mt. 24:3). Esta misma pregunta fue provocada por la observación de Jesús de que el templo será destruido (vv. 1-2). Primero, dijo Jesús, habrá falsos mesías, «pero aún no es el fin» (v. 6); guerras, terremotos y hambre, pero «todo esto será principio de dolores» (v. 8). Los enemigos de sus seguidores los entregarán [a ellos], como lo hicieron con Jesús, y muchos se apartarán. «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (vv. 9, 13). Nada de esto cuenta contra la promesa de Cristo de que ha inaugurado su reino y de que las puertas del infierno no prevalecerán contra él, porque aun mediante tal persecución él edificará su reino por medio de su evangelio. «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (v. 14).

Aquí Jesús nos da una gran visión angular del tiempo entre sus dos venidas: la primera, cuando vino en gracia, y la segunda, cuando viene en gloria. Primero, «la abominación desoladora»: el templo será destruido, y algunos de sus oyentes vivirán para ver esto (v. 15, 34). Los discípulos serán esparcidos desde Jerusalén a raíz de este acontecimiento trascendental, y deben ser advertidos contra las falsas afirmaciones de que Cristo ha regresado (vv. 16-27). «E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (vv. 29-31). No sabemos cuánto tiempo durará «la tribulación de aquellos días» (v. 29). Nadie sabe cuándo Jesús regresará, incluso el mismo Jesús, sino solo el Padre; vendrá cuando nadie lo espere (v. 36-44). Entonces el Hijo del Hombre se sentará en su trono, juzgará al mundo, dará la bienvenida a sus ovejas a la gloria eterna y enviará a los cabritos «al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (25:31-46).

Es fácil resumir la secuencia de acontecimientos de Jesús: (1) la destrucción del templo en Jerusalén («la abominación desoladora» [Mt ​​24:15], que ocurrió en el año 70 d. C.); (2) «la tribulación de aquellos días» (v. 29), que implica un largo período de persecución, apostasía, calamidades generales y, sin embargo, el progreso del evangelio en todo el mundo; (3) la venida del Hijo del Hombre desde el cielo; (4) la reunión de los escogidos; y (5) el juicio final.

Los destinatarios inmediatos del libro de Apocalipsis seguramente se habrían reconocido a sí mismos en la descripción que hizo el Señor de la gran tribulación, como lo harían los creyentes de hoy que soportan una feroz persecución por el nombre de Cristo. En una serie de fotografías instantáneas, Apocalipsis se mueve hacia adelante y hacia atrás entre las escenas celestiales y terrenales de la persecución y la victoria final. En imágenes apocalípticas vivas, Apocalipsis retoma la historia que Jesús resumió en su discurso en el monte de los Olivos. En ambos casos, el próximo acontecimiento que estamos esperando es el regreso de Cristo para juzgar a los vivos y los muertos y para consumar su reino eterno.

Sobre la base de tales resúmenes, la mayoría de los cristianos a través de los tiempos han sostenido que la era actual está marcada simultáneamente por el sufrimiento y el triunfo del evangelio. Los cristianos confiesan que Jesucristo «volverá en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, cuyo reino no tendrá fin». Esta esperanza incluye «la resurrección del cuerpo y la vida eterna». Dada nuestra propensión al desacuerdo sobre los escenarios de los últimos tiempos, esto representa un notable consenso cristiano. Nos apegamos a la promesa del ángel en la ascensión de Cristo: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1:11). Él vino primero en humildad y gracia, pero regresará con gloria y poder.

Donde los caminos divergen entre los cristianos de hoy está en la cuestión de un literal *milenio*, es decir, un reinado de mil años de Cristo. El único pasaje bíblico que habla directamente de tal época es Apocalipsis 20. En una visión, Juan contempla a un ángel que desciende del cielo para atar a ese «dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás… para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años» (vv. 2-3). «Después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo» (v. 3).

> «Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.  Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años» (vv. 4-6).

Después de los mil años, Satanás es liberado por última vez (el «poco de tiempo» mencionado en el versículo 3), antes de la última batalla, que concluye con el destierro final de Satanás y el falso profeta arrojado a las llamas donde «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (vv. 7-10). Estos acontecimientos están seguidos por el último juicio, con la Muerte y el Hades arrojados al lago de fuego junto con todos aquellos cuyos nombres no se hallaron inscritos en el libro de la vida (vv. 11-15), y la llegada de los nuevos cielos y la tierra nueva (capítulos 21-22).

Interpretando simbólicamente los «mil años» en Apocalipsis 20 (junto con otros números en este libro altamente simbólico), la iglesia ha sostenido tradicionalmente que el reino de Cristo está presente en la tierra ahora, pero se consumará solo cuando Cristo regrese. Esta perspectiva generalmente se llama amilenialismo (no-milenio). Sin embargo, esto es un poco inapropiado. Lejos de negar la realidad expresada simbólicamente por los «mil años», con Satanás encadenado para que el evangelio pueda tener libre dominio, los amilenialistas abrazan el presente en lugar del futuro como esta era dorada de la cosecha de las naciones.

Obviamente, faltan tanto en el resumen de Jesús como en Apocalipsis 20, acontecimientos que muchos otros cristianos esperan hoy antes del regreso de Cristo, especialmente los siguientes: (1) el rapto de los creyentes antes de un período de tribulación de siete años, (2) el comienzo de la tribulación, con el surgimiento de algo así como las Naciones Unidas o la Unión Europea, (3) la aparición del Anticristo, un falso mesías que liderará este imperio, (4) una guerra que el Anticristo librará contra Israel (tal vez con la ayuda de Rusia o, más recientemente, las naciones islámicas), y (5) el regreso de Cristo con sus santos (incluidos los raptados) para establecer su reino milenario, un reinado literal de mil años, con la renovación de la teocracia del Sinaí, incluidos los sacrificios en un templo reconstruido. Después de esto, habrá (6) otra caída o rebelión en el reino milenario mismo, después de lo cual Cristo (7) regresará con todos los santos, incluidos los que habían sido arrebatados, para (8) juzgar a las naciones, y luego ( 9) juzgar a los santos por recompensas en el cielo. Entonces finalmente llega (10) el estado eterno. Este punto de vista está asociado con el *premilenialismo dispensacional*, formulado por John Nelson Darby (1800-1882). Esta posición acerca del fin de los tiempos fue popularizada por la C.I. Scofield Reference Bible, conferencias de profecía, universidades bíblicas y una vasta red de pastores cristianos y ministerios de radio y televisión. Revivida especialmente por las populares novelas de Left Behind de Tim LaHaye y Jerry Jenkins, el dispensacionalismo lo enseñan John MacArthur, Charles Ryrie y muchos otros; es popular también entre evangélicos y pentecostales en el Global South. Los dispensacionalistas creen que Israel y la iglesia son dos grupos completamente diferentes y que Dios tiene un programa distinto para cada uno.

Además del amilenialismo y el premilenialismo dispensacional, hay otras posiciones importantes acerca del fin de los tiempos entre los cristianos evangélicos: especialmente, el *premilenialismo histórico*. Esta posición  difiere del dispensacionalismo de varias maneras. No necesariamente distingue tan claramente entre Israel y la iglesia y rechaza o cuestiona muchos de los detalles en el esquema dispensacionalista. Sin embargo, los premilenialistas históricos están de acuerdo en que Cristo regresará antes de un milenio literal de mil años. Como su nombre lo sugiere, el *posmilenialismo* sostiene que Cristo regresará después de un reinado literal de mil años. Donde el premilenialismo tiende a pensar en la historia en términos de decadencia y catástrofe (especialmente en la versión dispensacionalista), el posmilenialismo espera la mejora gradual de la iglesia y, como resultado de su influencia, del mundo en general.

En contraste con todos esas posiciones, el amilenialismo no puede caracterizarse como optimista o pesimista. Más bien, es una visión paradójica de estos últimos días: optimistas sobre el éxito del evangelio en todo el mundo, mientras esperan que este triunfo pase por una era marcada por males comunes (desastres naturales, guerras, injusticias) y la persecución de la iglesia desde el exterior y la lucha continua con el pecado, la enseñanza falsa y el cisma desde dentro. Sólo cuando Cristo regrese para establecer su reinado eterno, esta tensión entre el «ya» y el «todavía no», esta era presente y la era por venir, será finalmente resuelta. Mientras tanto, la gracia común de Dios mantiene esta época presente malvada de la entropía total, especialmente con el propósito de mantener abierto ese agujero en la historia que la ascensión de Jesús creó para la siembra y el crecimiento de un vasto campo que cosechará en el último día.

De acuerdo con una interpretación amilenial, no debemos suponer que la profecía bíblica se basa en el pasado o el futuro. Más bien, es parte de la dialéctica «ya»/«todavía no» de la historia redentora. Desde la ascensión de Cristo y el descenso del Espíritu en Pentecostés, hemos estado viviendo en «los/estos postreros días» (Hch. 2:172 Ti. 3:1He. 1: 2Stg. 5:32 P. 3:3Judas 181 Pedro 1:201 Juan 2:18), antes del «día postrero» (Jn 6:3940445411:2412:28). Pablo dice que «vivimos en el fin de los tiempos» (1 Co. 10:11) (NTV). No obstante, hay más por venir. Cristo apareció «en la consumación de los siglos» (Hebreos 9:26), sin embargo, habló del «siglo venidero». Ese «siglo venidero» está llegando incluso ahora a nosotros por medio de la predicación y la Cena del Señor (Hebreos 6:5). Es un período en el cual el reino ha sido inaugurado por el ministerio terrenal de Cristo, fortalecido por el Espíritu, desarrollado a través del testimonio del evangelio, constantemente opuesto por el mundo hasta el punto de una gran tribulación para los santos. Cristo está reinando en la gracia del cielo por su Palabra y Espíritu. Sin embargo, él regresará con poder y gloria a la tierra. Con su segunda venida llegará la resurrección de todos los muertos y el juicio final como un evento único y arrollador. En esta perspectiva, los creyentes no están esperando una serie de sucesos y regímenes intermedios, sino el regreso de Cristo en juicio y poder de resurrección. Aunque favorece la visión premilenial, Wayne Grudem observa: «Este esquema [amilenial] es bastante simple porque todos los acontecimientos del fin de los tiempos suceden a la vez, inmediatamente después del regreso de Cristo».

Pablo entendió el reinado de Cristo como «ya» y «todavía no»: «Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte» (1 Co. 15:25-26). Incluso aquellos que reciben las señales y sellos del pacto sin abrazar la realidad misma son, sin embargo, «iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero» (He. 6:4-5). Si esto es cierto para aquellos que eventualmente caen, ¿cuánto más grande es la realidad de los creyentes que la abrazan (v. 9)? La presencia del Espíritu en nuestros corazones como prenda de la consumación asegura que lo que ha comenzado en nosotros lo completará. El Espíritu trae las bendiciones del siglo venidero al presente, que nos llena no solo de gozo indescriptible sino también de un anhelo indecible del «más» que está por venir. El hombre fuerte está atado (Mt. 12:28-29Lc. 10:18), de modo que el velo de la incredulidad puede ser arrancado de los ojos de los prisioneros de Satanás. Cristo ha triunfado sobre Satanás en la cruz, y en su resurrección y ascensión ha llevado cautivo a la cautividad. Según las epístolas, Cristo ahora reina (Hch. 2:24-253:20-211 Co. 15:25He. 1:38138:110:12-13). Por esta razón, Jesús puede asegurar a sus santos perseguidos: «No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Ap. 1:17-18).

En este período interino, el reino avanza junto con el sufrimiento e incluso el martirio de sus testigos. Sin embargo, Cristo «aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan» (Hebreos 9:28; véase 10:37). Como hemos visto, la regeneración de todas las cosas funciona en círculos concéntricos, comenzando con la persona interna y luego, en la consumación, incluyendo la resurrección del cuerpo y la renovación completa de la creación. Dondequiera que el Nuevo Testamento trata el complejo del regreso de Cristo, la resurrección y el juicio final, no se mencionan éxtasis, resurrecciones ni juicios intermedios. Grudem cree que en Juan 5:28-29 Jesús se refiere a dos resurrecciones al decir: «los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación». Sin embargo, Jesús aquí no se refiere a dos acontecimientos separados sino a dos destinos separados.

Si Apocalipsis 20 fuera una narración histórica directa, o incluso una profecía, seguiríamos el dictum del dispensacionalismo para interpretarlo «literalmente siempre que sea posible». Sin embargo, el género apocalíptico de todo el libro debe tomarse en serio en sus propios términos. Tomar símbolos literalmente no es tomarlos en su sentido natural. Los dispensacionalistas ciertamente reconocen que hay mucho en Apocalipsis que es simbólico. De hecho, las interpretaciones simbólicas a veces rayan en lo imaginario. Entonces ambas posiciones permiten la interpretación simbólica de lo que obviamente son símbolos.

La pregunta, entonces, es si debemos interpretar Apocalipsis a la luz del apocalíptico bíblico (especialmente en Ezequiel y Daniel) o como códigos secretos que deben ser descifrados por los titulares de las noticias diarias. Los profetas usaron los números no como un lenguaje secreto sino como otra forma de transmitir la verdad. Por ejemplo: «millones de millones» es un modismo que se refiere a una gran multitud (Dn. 7:10). También en Daniel, los santos sufrirán la tribulación de la mano de un rey blasfemo por un «tiempo, y tiempos, y medio tiempo» (7:25): tres veces y media m, es decir, la mitad del tiempo total de siete juicios (4:16; 9:27). Siete es el número de Dios, entronizado en su reposo sabático, y seis es el número del imperio pecaminoso que se opone a Yahweh y su Ungido. Cada séptimo día es un sábado, y en el antiguo pacto también hubo sábados anuales y de año jubilar: los «sietes» se multiplican, capa tras capa, para conducir a Israel a la esperanza de un reposo mayor. Las medidas detalladas de la ciudad celestial en Apocalipsis 21 (vv. 10-17) se basan especialmente en las profecías de Ezequiel. Si tuviéramos que tomar esto como medidas literales de un edificio, estaría en contradicción con el punto apoya el rico simbolismo: a saber, que en la era venidera no hay ningún templo local en absoluto, ya que todo el cosmos es el santuario, «porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero» (v. 22). Estos símbolos proféticos nos dirigen a Cristo, no a la nación de Israel ni a intrigas políticas en las noticias diarias. Especialmente a la luz de las declaraciones directas de Jesús y del resto del Nuevo Testamento, tiene más sentido interpretar que los mil años de Apocalipsis 20 simbolizan el presente reinado de Cristo. En esta perspectiva, la parte de la visión de Juan que encontramos en Apocalipsis 20 ocurre en el cielo, no en la tierra, y en el presente, no simplemente en un acontecimiento futuro. Todo el libro debe leerse no cronológicamente sino como fotografías instantáneas del siglo actual de la iglesia desde un punto de vista celestial y para proporcionar consuelo y seguridad a la iglesia que sufre testificando el triunfo final del Cordero.

Con una buena razón, los premilenialistas se preguntan cómo podríamos interpretar que Apocalipsis 20 ocurre ahora, cuando les parece obvio que Satanás no está atado y que de hecho está engañando a las naciones. Sin embargo, si Satanás no estuviera actualmente atado, si fuera libre para gobernar y reinar sobre la tierra, no podría haber una iglesia, y mucho menos una que perdure a través de los siglos a pesar de la herejía y el cisma. Cristo claramente prometió que edificaría su iglesia y que ni siquiera las puertas del Hades podrían resistir sus ataques (Mt. 16:18). Además, el premilenialismo debe explicar de alguna manera cómo el glorioso reinado de Cristo en el poder durante mil años después de su regreso puede conducir a una nueva caída.

Es cierto, como observa Grudem, que Apocalipsis 20 habla no solo de que Satanás está atado, sino de que es arrojado al abismo sin fondo. Sin embargo, aquí nuevamente es bastante consistente con la profecía, especialmente apocalíptica, entender esto como un telescopado de esta acción, que abarca tanto el período de su ser (ahora) como la consumación de su juicio (destrucción en el futuro). Todavía «como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 P. 5:8), pero esto es consistente con una interpretación amilenial de Apocalipsis 12, donde Satanás es expulsado del santuario celestial, incapaz de afectar el resultado de la redención, y aún así persigue a la iglesia en la tierra. Esta interpretación subraya el hecho de que es el ministerio en el tribunal celestial el que es decisivo y que cualquier cosa que Satanás tenga permitido hacer en la tierra finalmente no es más que la lucha desesperada e inútil de un enemigo derrotado.

Grudem también hace referencia a 2 Corintios 4:4, donde se dice que «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo». Sin embargo, es precisamente Satanás quien está atado lo que finalmente frustra este esfuerzo. Hasta los confines de la tierra, los ciegos ven. Grudem también se refiere a 1 Juan 5:19, donde se dice que «el mundo entero está bajo el maligno». No obstante, cuando se lee junto con los muchos pasajes que indican que el reino ha sido inaugurado, que está progresando a través de el evangelio, y que toda autoridad ahora pertenece a Cristo en el cielo y en la tierra, tales pasajes revelan que el encarcelamiento del mundo es precisamente la condición para que el reino de gracia de Cristo se derrumbe. En este momento está saqueando el reino de Satanás, liberando huestes cautivas en su tren. El mundo yace en la oscuridad, pero un remanente creciente en cada nación ha visto una gran Luz.

Para los amilenialistas, la tensión ya/todavía no, no se resolverá hasta que Cristo regrese. Así como la vida de Cristo fue a la vez humillación y exaltación, la iglesia sufre incluso cuando cumple su misión de llevar el evangelio hasta los confines de la tierra. Ni un reino por el que todavía estamos esperando ni un reino que debemos llevar a cabo, el reinado de Cristo en la gracia es un reino que incluso ahora estamos recibiendo del cielo.

Además, en respuesta al argumento de Grudem de que las profecías del Antiguo Testamento (como el lobo que habita con el cordero) anticipan «una renovación trascendental de la naturaleza que nos lleva mucho más allá del siglo presente», podemos apelar nuevamente a principios de interpretación profética. El lenguaje apocalíptico se basa en imágenes naturales para expresar la fuerza de los principales puntos de inflexión en la historia de la redención. Incluso en la literatura secular del antiguo Cercano Oriente, lobos y corderos, serpientes y palomas describen rutinariamente la condición violenta y pacífica de las naciones. el patrón de profecía anticipa los cumplimientos penúltimo (semirealizado) y último (plenamente realizado).

Tenemos que recordar el contexto y el propósito del Apocalipsis. Las visiones extrañas y maravillosas de Juan fueron dadas por Cristo antes que nada para el consuelo de los cristianos que sufrían persecución extrema bajo el Imperio romano. El libro comienza: «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan,  que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca» (Ap. 1:13, énfasis agregado). Luego se ofrece un saludo a las siete iglesias en Asia Menor. Estas son iglesias reales en los días de Juan. Deben ser consolados por el hecho de que Cristo ya es «el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra», que « nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén» (1:5-7). Jesús está preparando a su rebaño para una matanza inminente, asegurándoles que él ya es rey sobre todos los poderes y autoridades y que, a su debido tiempo, volverá para arreglar todo (1:17-18). Gran persecución vino sobre la iglesia y ha continuado ininterrumpidamente en varias partes del mundo desde entonces. Los acontecimientos interpretados en Apocalipsis no se encuentran ni en el pasado ni completamente en el futuro, sino que abarcan «estos postreros días» que comienzan con Pentecostés y terminan con la llegada plena del siglo venidero con la aparición de Cristo.

Entonces, según una interpretación amilenial, estamos viviendo actualmente en los «mil años» de Apocalipsis 20, anhelando no un milenio literal con otra caída en el pecado sino el reino eterno de justicia y paz que amanecerá con el regreso de Cristo en juicio y restauración. Tomando prestado imágenes del mundo natural, podemos decir que Dios promete un estado de cosas en el que antiguos enemigos (lobos, corderos y leones) estarán en paz.

Horton, Michael Scott. Pilgrim Theology: Core Doctrines for Christian Disciples. Grand Rapids, MI: Zondervan, 2011.

[1] John Newton, «Letter LV» en Letters of the Rev. John Newton (London: Hamilton, Adams, and Co., 1847), 124-125.

[2]Parusía es una palabra griega que significa «llegada» y se emplea para referirse a la segunda venida de Cristo en las Escrituras.

[3] Richard Sibbes, «Christ is Best», en The Works of Richard Sibbes, Vol. 1 (Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1634/1973), 341.

Mark Deve

Doctrina de la iglesia – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 24/26

Doctrina de la iglesia – Parte 2

  1. Introducción

El día de hoy, retomaremos donde nos quedamos la semana pasada al estudiar las doctrinas de la iglesia. Para Si estuviste la semana pasada, recordarás que definimos a la iglesia como «la comunidad de todos los verdaderos creyentes en Jesucristo de todos los tiempos». La iglesia está compuesta por las personas que Cristo amó, por las que murió, y salvó y quienes deben mostrar su gloria a este mundo.

También examinamos la naturaleza y los atributos de la iglesia, y hoy veremos los aspectos prácticos de la iglesia visible. Queremos saber lo que dice la Palabra de Dios acerca de ordenar nuestras vidas en el contexto de una iglesia local.

El autor y teólogo David Wells informó en su libro de 1994 God in the Wasteland: «Los estudiantes de [Seminario] no están satisfechos con el estado actual de la iglesia. Creen que ha perdido su visión, y quieren más de lo que les está dando». Pero la insatisfacción no es suficiente, como el propio Wells afirma. Necesitamos algo más. Necesitamos positivamente recuperar lo que la iglesia debe ser. ¿Qué es la iglesia en su naturaleza y esencia? ¿Qué es distinguir y caracterizar a la iglesia? Si miras tu folleto, verás que lo primero que estudiaremos son las marcas de la iglesia.

  1. Las marcas de la iglesia

Si bien la Biblia habla de la definición de iglesia en general, también habla mucho acerca de las marcas de una iglesia. Estas marcas nos ayudan a «ser mejores como iglesia», y nos ayudan a diferenciar entre una verdadera iglesia y una falsa iglesia. [NOTA: no 9 Marcas].

Pablo enseñó que los templos paganos en Corinto hacían sus sacrificios a demonios y no a Dios (1 Corintios 10:20). Además, las Escrituras hablan en Apocalipsis de las asambleas religiosas judías que eran realmente «sinagogas de Satanás» (Apocalipsis 2:9).

En otras palabras, hay evidencia bíblica de iglesias falsas o grupos que profesan el nombre de Dios o el título de iglesia, pero no están llenos de creyentes y no predican la verdad ni glorifican a Dios. Estas falsas iglesias serán juzgadas en lugar de ser glorificadas en el último día.

Debemos saber, que cada grupo que dice ser una verdadera iglesia no necesariamente cumple ese estándar. Los testigos de Jehová, los mormones y algunos dirían que la Iglesia católica romana no son verdaderas iglesias en sentido bíblico. Además, muchos dirían que las iglesias protestantes muy liberales que continúan existiendo, pero que no predican el evangelio no son verdaderas iglesias. Pero, ¿en qué se basan tales afirmaciones? ¿Cómo describe la Biblia las iglesias verdaderas y las iglesias falsas?

Desde la Reforma, los teólogos cristianos se han basado principalmente en dos marcas distintivas de una iglesia cristiana. Esas marcas son [1] la correcta predicación de la Palabra y [2] la correcta administración de los sacramentos (los sacramentos incluyen el bautismo, la Cena del Señor e, indirectamente, la disciplina eclesiástica). Una vez más, las dos marcas de una iglesia bíblica son la correcta predicación de la Palabra de Dios y la correcta administración de los sacramentos[1].

  1. La correcta predicación de la Palabra de Dios

La predicación de la Palabra es central para la vida de la iglesia porque es el medio principal por el cual Dios crea e imparte vida espiritual a su pueblo.

En el Antiguo Testamento, Dios creó el universo material por su palabra. Dio su ley a su pueblo escogido, Israel. Moisés le dijo a Israel que estas no eran solo palabras vanas, es su vida, y por ellas vivirán mucho tiempo en la tierra prometida (Deuteronomio 32:47). Él pronunció sus palabras a través de los profetas que guían y corrigen a su pueblo.

No nos sorprende que la Palabra de Dios siga siendo central para la iglesia en el Nuevo Testamento también. 1 Corintios 1:21 dice: «Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación».

En Romanos 10, Pablo dice: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». Pero inmediatamente prosigue con algunas preguntas importantes: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique. Y luego, Pablo lo resume todo: Romanos 10:17 dice: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios».

Para Pablo, la correcta predicación de la Palabra es de suma importancia. Ésta sin duda es la fuerza impulsora de su encargo a Timoteo en 2 Timoteo 3-4:

«Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús… Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo… que prediques la palabra».

Todo esto es un largo camino para decir que la marca central y más importante de una iglesia piadosa, pura y sana es la correcta predicación y prioridad de la Palabra de Dios. La predicación y prioridad de la Palabra de Dios.

Dios claramente nos dice una y otra vez en la Biblia que debemos depender de su Palabra, tanto individualmente y como iglesia. En muchos sentidos, un correcto uso de las Escrituras en los ministerios de enseñanza y predicación de una iglesia local es un requisito previo para cualquier otra marca de salud y pureza en la iglesia. Solo poniendo primacía en la enseñanza y el oír de la Palabra de Dios, podremos, como iglesia, tomar decisiones bíblicas acerca de cómo mantener el culto, las disciplinas y las ordenanzas de una iglesia que glorifica a Dios.

Entonces, brevemente, ¿cómo es la «correcta» predicación de la Palabra?

La correcta predicación de la Palabra siempre recomendará a Jesucristo y el evangelio. Esto está en el corazón del mensaje de la Escritura, que Dios envió a su Hijo Jesús a sufrir la ira de Dios por el pecado del hombre para que podamos tener vida eterna. Si nos perdemos esto, perderemos el punto fundamental de la Palabra de Dios. La correcta predicación de la Palabra de Dios exalta a Dios.

La correcta predicación de la Palabra también se esfuerza por predicar toda la Palabra de Dios, todo el consejo de Dios (2 Timoteo 3:16). A través de este pueblo de Dios crecerá por su Espíritu y se conformará más a Cristo. Aprendemos más acerca de quién es Dios y acerca de nuestro estado y condición caídos bajo el justo juicio de Dios. Aprendemos a seguir a Dios en obediencia para no pecar contra él (Salmo 119:11).

En general, las iglesias deben dedicarse a la lectura pública de las Escrituras, a la predicación y la enseñanza si queremos ser fieles al llamado de Dios (1 Timoteo 4:13).

Pasemos ahora a las dos ceremonias que Cristo ordenó a sus seguidores, ceremonias que él ordenó a su iglesia: el bautismo y la Cena del Señor.

  1. El bautismo

El bautismo es un acto de obediencia en el que un creyente en Cristo confiesa públicamente su fe. La Escritura ordena el bautismo, pero a menudo ha habido confusión en cuanto a su significado, y esa confusión sobre el significado del bautismo ha llevado a una enseñanza no bíblica sobre quién debe ser bautizado y cómo.

Tres declaraciones bíblicas acerca del bautismo

A. Solo los creyentes deberían ser bautizados.

Es importante entender que las Escrituras indican muy claramente que una profesión consciente de fe en Cristo siempre precede al bautismo. El bautismo debe ser una señal externa de que una persona comienza la vida cristiana en obediencia a Cristo.

Considera solo algunos ejemplos:

Hechos 2:41: «Los que recibieron [la] palabra fueron bautizados».

Hechos 8:12: «Cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio… se bautizaban».

Y observa que es después de que Felipe comunicó al eunuco etíope el mensaje de las Escrituras, específicamente las buenas nuevas acerca de Jesús, que el etíope solicita el bautismo, diciendo en Hechos 8:36«Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?».

En estos pasajes y en todos los demás, los que son bautizados dan una indicación externa de fe en Cristo antes del bautismo. En el Nuevo Testamento, solo aquellos que personalmente profesan fe en Cristo son bautizados. Esta verdad en sí misma impide que los bebés sean bautizados, ya que los bebés no pueden hacer una profesión pública de fe en Cristo.

La controversia sobre quién debe ser bautizado implica una mayor diferencia acerca del significado del bautismo y la naturaleza de la iglesia. En otras palabras, ¿cómo se convierte uno en parte de la iglesia?

Los católicos romanos argumentarían que el bautismo realmente regenera y hace a alguien un verdadero cristiano así como un miembro de la iglesia universal. Ellos enseñan que funciona ex opere operato. Esto significa que el acto físico de bautizarse es lo que transmite la gracia al bautizado, independientemente de la intención o las creencias de la persona que se bautiza. Evidentemente, este es un argumento contrario a las enseñanzas de la Escritura de que es por gracia a través de la fe en Cristo que los hombres son salvos, y no por obras.

Los paidobautistas, aquellos protestantes como los metodistas, presbiterianos y episcopales que practican el bautismo infantil, argumentan que el bautismo de un niño nacido en una familia creyente lo convierte en miembro de la comunidad del pacto, y que este bautismo simboliza una posible regeneración futura, pero no le confiere la salvación como creen los católicos romanos.

Los paidobautistas basarán los argumentos para el bautismo de niños al hablar de cosas como «bautismos domésticos». Dicen que el bautismo en los hogares que se mencionan en el Nuevo Testamento necesariamente implica que niños fueron bautizados. Pero si exploramos los pasajes y argumentos relevantes, encontramos que no hay un apoyo concluyente en las Escrituras para los no creyentes (bebés o no) de ser bautizados.

La ausencia de precedentes en el Nuevo Testamento para el bautismo de niños es un hecho concedido por los teólogos paidobautistas. El gran teólogo presbiteriano B.B. Warfield, por ejemplo, dijo: «Es cierto que no hay un mandato expreso para bautizar niños en el Nuevo Testamento, ningún registro expreso del bautismo de niños, y ningún pasaje que lo insinúe tan estrictamente que debemos inferir de ellos que los niños fueron bautizados».

El argumento que los paidobautistas como Warfield plantearon para defender su práctica es que el bautismo infantil es una «buena y necesaria inferencia» del silencio de las Escrituras sobre el asunto.

Otro argumento presentado por los paidobautistas es que el bautismo en el Nuevo Testamento es paralelo a la circuncisión física en el Antiguo Testamento. Ellos razonan que debido a que los niños fueron circuncidados en el Antiguo Testamento como una señal externa de entrada a la comunidad del pacto, esto significa que los bebés de los creyentes deben ser bautizados correctamente como una señal externa de entrada a la comunidad del nuevo pacto. Por tanto, el paidobautista afirma que los hijos incrédulos de un creyente están «dentro» del nuevo pacto.

Mucho podría decirse en oposición a esta posición, así que ten en cuenta que los siguientes comentarios al respecto no son exhaustivos.

  • La circuncisión en el Antiguo Testamento fue dada a todos los que vivían entre el pueblo de Israel, incluidos los siervos (Génesis 17:10-13) y no se limitó a aquellos que tenían verdadera vida espiritual interna, como lo es el bautismo. En este sentido, la circuncisión física y el bautismo no son paralelos. La contrapartida del Nuevo Testamento de la circuncisión física del Antiguo Testamento es una circuncisión espiritual, es decir, una circuncisión del corazón (Col 2:11-12). Pablo nos dice en Romanos 2:29 que la verdadera circuncisión es la circuncisión del corazón, espiritual en lugar de física. La fe no era un requisito para entrar en el antiguo pacto, pero ciertamente es un requisito para entrar en el nuevo pacto.

Vemos muchos ejemplos en las Escrituras donde lo físico en el antiguo pacto representa lo espiritual en lo nuevo. «Por ejemplo, mientras que en el Antiguo Testamento la tierra prometida era un tipo físico y terrenal del descanso final de los santos en el cielo, ahora todo lo que queda es la realidad espiritual del cielo mismo. Los sacrificios del templo también fueron un tipo de la realidad de la muerte de Cristo. Después de Cristo, ya no realizamos sacrificios porque el tipo terrenal ya no es necesario; ahora vemos la realidad espiritual del sacrificio de Cristo por nosotros. Estoy seguro de que puedes pensar en otros ejemplos de esto».[2]

  • La única «comunidad del pacto» discutida en el Nuevo Testamento es la iglesia. Mientras que la entrada a la comunidad del antiguo pacto era mediante el nacimiento físico, encontramos la entrada a la comunidad del nuevo pacto a través del nacimiento espiritual. El medio de ingreso a la nueva iglesia del pacto es voluntario, espiritual e interno. Jeremías 31 nos dice que la comunidad del nuevo pacto serán aquellos que tengan la ley de Dios escrita en sus corazones. Una persona se convierte en miembro del cuerpo de creyentes del nuevo pacto al nacer de nuevo y al tener fe salvadora, no por nacimiento físico. Las familias pueden pasar por la puerta angosta, pero deben hacerlo individualmente»[3].

Un escritor señala astutamente que decir que todos los infantes físicos de los creyentes están «dentro» el nuevo pacto, porque los infantes de Abraham estaban «dentro» de los convenios del Antiguo Testamento, viola la doctrina de la redención particular. Si el sacrificio de Cristo se ofrece solo para su pueblo escogido como lo que nuestro Señor llamó el «nuevo pacto de mi sangre», ¿cómo se puede decir que los hijos no regenerados de los creyentes están «dentro» del nuevo pacto?

En la iglesia del Nuevo Testamento, la única pregunta que importa es si tienes fe salvadora y has sido incorporado espiritualmente en el cuerpo de Cristo, la verdadera iglesia. Por tanto, entendemos que la Biblia enseña que el bautismo se administra de manera apropiada solo a aquellos que hacen una profesión de fe creíble en Jesucristo.

B. Los creyentes deberían ser bautizados por inmersión.

En cada claro ejemplo de bautismo que la Biblia nos da, el método, o «modo», de bautizar es el mismo. Los creyentes son bautizados por inmersión. La palabra griega baptizo (empleada en los pasajes más relevantes) generalmente significa «zambullir, empapar o sumergir algo bajo el agua».

Entonces, por ejemplo, Marcos 1:5 dice: «Y salían a él [Juan] toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán». El evangelio de Juan también nos dice que Juan el Bautista bautizaba a las personas en Enón, ¿por qué? Porque «había allí muchas aguas». La necesidad de «muchas aguas» no sería un problema si solo se rociara a estas personas. (Juan 3:23)

Marcos 1 también indica que después de que Jesús fue bautizado, «salió del agua». O considera nuevamente la historia del eunuco etíope en Hechos 8.

«Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe».

Dos observaciones aquí: 1) Nos dicen que el etíope iba de camino a casa desde Jerusalén. Ahora bien, si viajaba de Judea a África, habría tenido agua con él en su carro. Ciertamente, la suficiente cantidad de agua para bautizar por aspersión. 2) No habría habido necesidad de que salieran del carro y «descendieron al agua» si todo lo que Felipe tenía que hacer era tomar un puñado de agua y colocarlo en su cabeza.

Más allá de tales indicaciones contextuales, el simbolismo de la unión con Cristo en su muerte, sepultura y resurrección parece requerir el bautismo por inmersión. Considera las palabras de Pablo en Romanos 6:

«¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Ro. 6:3-4). Observa que el bautismo por aspersión no provee la imagen de la resurrección que el apóstol espera del bautismo. El bautismo por inmersión nos da un simbolismo más rico que simplemente lavar los pecados. Describe entrar en las aguas del juicio por nuestro pecado y ser salvos por la muerte y resurrección de Cristo (1 Pedro 3:21).

Por tanto, tanto las pistas contextuales como las declaraciones apostólicas acerca del simbolismo del bautismo nos llevan a concluir que el bautismo por inmersión es la forma que más conserva y completa el significado del bautismo.

C. El bautismo no es necesario para la salvación, pero es un acto simbólico de obediencia que expresa fe y sumisión a Cristo.

El bautismo no es necesario para la salvación, pero es una parte esencial de la obediencia a Cristo, ya que él ordenó a todos los que creen que se bauticen[4].

Si piensas en nuestra discusión sobre las doctrinas de la salvación, recordarás que la regeneración precede a la fe. El bautismo se ordena a aquellos que han llegado a la fe. Cuando soy regenerado y convertido, inmediatamente me justifico ante Dios. La justificación es un acontecimiento permanente. Como el bautismo sigue este proceso instantáneo y permanente de pecados perdonados y viene a una nueva vida espiritual por medio de la fe en Cristo, no podemos decir lógicamente que se requiere el bautismo para la salvación.

Dicho esto, también queda claro en las Escrituras que el bautismo es necesario para la obediencia a Cristo. Sigue una profesión de fe a través de Hechos, y tanto Pedro como Pablo (1 Pedro 3 y Romanos 6) asumen que, siempre que sea posible, todos los cristianos en las diversas iglesias deberán ser bautizados.

Así que el bautismo es simplemente un testimonio público de la obra de Dios en nosotros por el Espíritu Santo y un acto de obediencia a Cristo. Es una manera visible de identificarnos como seguidores de Cristo, dejando en claro nuestra lealtad a Jesús y a sus mandamientos. Puesto que el bautismo es una señal clara y externa de obediencia, el rechazo del bautismo es desobediencia clara y manifiesta, el bautismo es un requisito previo para ser miembro de una iglesia bíblicamente sana.

  1. La Cena del Señor (Comunión)

Mientras que el bautismo es una ordenanza que debe observarse una vez como la expresión pública de fe cristiana en Cristo al comienzo de la vida cristiana, los cristianos deben observar la comunión regularmente, en una continua comunión con Cristo.

Jesús instituyó la Cena del Señor la noche antes de ir a la cruz. Mateo 26:26-29 dice:

«Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;  porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre».

Además, Jesús llama a sus seguidores a hacer esto en memoria de él, demostrando que la Cena del Señor estaba destinada a ser practicada después de la muerte y resurrección de Jesús, y vemos a cristianos, como la iglesia en Corinto, haciendo esto mismo (1 Co. 11).

¿Cuál es el significado de la Cena del Señor?

Entonces, ¿qué debemos pensar de la Cena del Señor? ¿Qué significa la comunión? Bueno, hay varias cosas simbolizadas en la Cena del Señor:

A. La muerte de Cristo: Cuando participamos en la comunión simbolizamos la muerte de Cristo porque nuestras acciones dan una imagen de su muerte por nosotros. El pan partido simboliza el cuerpo quebrantado de Cristo, y la copa simboliza el derramamiento de la sangre de Cristo. (1 Corintios 11:26).

B. La participación de los creyentes en el Cristo crucificado: Jesús ordenó a todos sus discípulos que «tomaran [y] comieran». Cuando nos acercamos individualmente y tomamos el pan o la copa, es un símbolo de que participamos y compartimos en los beneficios encontrados en la redención de Cristo.

C. Alimentación espiritual: Así como la comida ordinaria nutre nuestros cuerpos físicos, los elementos de la comunión simbolizan la nutrición y el refrigerio que Cristo da a nuestras almas. (Juan 6:53-57).

D. La unidad de los creyentes: Cuando los cristianos participan juntos en la Cena del Señor, dan una clara señal de su unidad entre ellos.

¿Cómo está Cristo presente en la Cena del Señor?

Al hablar de la Cena del Señor, ha habido diferentes puntos de vista acerca de la relación de Cristo con su cena. Las palabras «Este es mi cuerpo» son quizá las cuatro palabras más disputadas en la Biblia. Todo depende de cuál es el significado de la palabra «es». «Es» puede indicar identidad, atributo, causa, semejanza o cumplimiento[5].

Con respecto a la presencia de Cristo en la Cena del Señor, el debate es entre quienes argumentan que «es» significa identidad y aquellos que afirman que «es» significa semejanza. Antes de considerar los tres principales puntos de vista, permíteme dar un rápido contraste acerca de cómo se usa la palabra «es» en identidad y semejanza simbólica:

Identidad: Esta «es» mi mano.

Semejanza simbólica: Santiago 3:6, «La lengua ‘es’ un fuego».

Ahora que estamos completamente preparados a partir de esa corta lección, consideremos los diferentes puntos de vista presentados para los elementos en la Cena del Señor:

  • La transubstanciación: Los católicos romanos enseñan este punto de vista, que afirma que el pan y el vino en realidad se convierten en esencia en el cuerpo y la sangre de Cristo. En el momento de la misa, cuando el sacerdote dice: «Este es mi cuerpo», el pan se convierte en el cuerpo físico y literal de Cristo. Para ellos, «es» connota identidad, por lo que entienden que la Cena del Señor es una representación física del sacrificio de Cristo (Hebreos 6:6).
  • La consubstanciación: Lutero presentó esta opinión y muchos luteranos todavía se adhieren a ella. Ellos enseñan que aunque el pan y el vino en realidad no se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre, el cuerpo físico de Cristo está literalmente presente «en, con y debajo» del pan físico y el vino. La analogía aquí es algo así como agua en una esponja, la idea es que el cuerpo de Cristo de alguna manera está «contenido» en los elementos. Este punto de vista surgió de la percepción de Lutero de un requisito para tomar la declaración de «este es mi cuerpo», en cierto sentido, literalmente.
  • La presencia espiritual, simbolismo: Estas son las opiniones que tienen el resto de las iglesias protestantes, así como también esta iglesia local. El pan y el vino simbolizan el cuerpo y la sangre de Cristo. Dan una señal visible del hecho de su presencia verdadera, aunque espiritual. Es un sermón visible donde aquellos que son creyentes se alimentan de Cristo por fe. Juan Calvino dice:

«… A menos que un hombre intente llamar a Dios mentiroso, nunca se atrevería a afirmar que un símbolo vacío es establecido por él… Y el piadoso debe por todos los medios guardar esta regla: cada vez que ve símbolos designados por el Señor, pensar y estar persuadido de que la verdad de la cosa significada seguramente está presente allí. ¿Por qué el Señor puso en tu mano el símbolo de su cuerpo, sino para asegurarte una verdadera participación en él? Pero debemos establecer tal presencia de Cristo en la Cena como para no sujetarlo al elemento del pan, ni encerrarlo en el pan, ni [limitarlo] de ninguna manera (todas las cosas, es claro, restan valor a su gloria celestial)».

¿Quién debería participar en la Cena del Señor?

Hay tres requisitos para recibir la Cena del Señor de manera apropiada:

A. Se debe ser creyente en Cristo (1 Corintios 11:29-30). Estamos en participación con nuestro Salvador.

B. Se debe haber sido bautizado (el bautismo es claramente un símbolo del comienzo de la vida cristiana y la entrada a la iglesia, mientras que la Cena del Señor es claramente un símbolo de continuar la vida cristiana en el contexto de la iglesia).

C. Se debe venir en un espíritu de autoexamen, y se debe estar en comunión con los hermanos del cuerpo de una manera que refleje el carácter de Cristo. No debemos comer y beber indignamene, descuidando nuestro pecado (1 Corintios 11:27-29).

  1. La disciplina eclesiástica

A menudo se ha supuesto que la Cena del Señor implica necesariamente disciplina eclesiástica, que es nuestra cuarto requisito de una iglesia más pura. Juan 3:16 solía ser el versículo de la Biblia que la mayoría de la gente conocía, incluso si no eran cercanos a la iglesia. Hoy, Mateo 7:1«No juzguéis, para que no seáis juzgados» parece mantener esa posición. Pero por muy impopular que sea la idea de la disciplina eclesiástica, los cristianos están llamados a discernir y proteger a la iglesia de aquellos que permanecerían bajo su bandera y, sin embargo,  llevarían vidas perversas.

El pueblo de Dios siempre ha sido llamado a ser santo porque Dios es santo (Levítico 19:1-2). No obstante, tenemos muchos ejemplos del pueblo de Dios, particularmente en el Antiguo Testamento, rebelándose en idolatría e injusticia profanando el nombre de Yahveh. Lo limpio y lo sucio nunca se mezclarán. Desde el primer pecado, Adán y Eva fueron desterrados de Edén y su comunión sin obstáculos con Dios se perdió. A través de Moisés, Dios le dio su ley a Israel enseñándoles este mismo principio a través de la disciplina. La membresía en la familia de Dios tiene muchos privilegios, pero también tiene la obligación de resistir al pecado.

Por tanto, no nos sorprende ver que se ordena la disciplina en las iglesias del Nuevo Testamento. Al castigar a la iglesia en Corinto por no ejercer la disciplina de la iglesia, Pablo en 1 Co. 5 escribe:

«Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros».

Si bien la enseñanza formativa se considera una disciplina de la iglesia y parte necesaria de una iglesia, hablaremos específicamente acerca de la enseñanza correctiva.

Propósitos de la disciplina eclesiástica

Entonces, ¿por qué debemos practicar la disciplina eclesiástica? En nuestros días, ¿no resta valor al amor de Dios en lugar de elevarlo? ¿No deberíamos enfocarnos en la misericordia y no en el juicio? Bueno, aquí hay algunas razones por las que nosotros, como iglesia, debemos seguir la Palabra de Dios al practicar la disciplina eclesiástica:

A. Para la restauración y la reconciliación del creyente que se extravía: El pecado obstaculiza la comunión con Dios entre los creyentes, así como entre los creyentes individuales. En el caso de un cristiano profesado que no se arrepiente de su pecado, se le ordena a la iglesia que lo amoneste con la esperanza de lograr el arrepentimiento y la restauración de la comunión (2 Corintios 2:6). Si el arrepentimiento no ocurre, entonces el amor y la responsabilidad exigen que los miembros de la confraternidad de esa persona no «ignoren» el pecado grave en la vida de esta persona, sino que lo excluyan de su confraternidad.

Como cristianos, y ciertamente como miembros de la iglesia, una de las peores cosas que podemos hacerle a alguien es asegurarles que son salvos si no desean abandonar su pecado. Si bien la disciplina eclesiástica suena dura para nuestros oídos, es lo más amoroso que se puede hacer en algunas circunstancias. Un Dios amoroso disciplina a sus hijos, y otros cristianos (miembros de la misma iglesia) a menudo son el medio que él usa. La disciplina es una de las formas en que Dios nos llama a amarnos unos a otros y debe hacerse con una actitud amorosa buscando lo mejor para la persona que está delante de Dios. Véase Pr. 13:24He. 12:6Gá. 6:11 Co. 5:5.

B. Para evitar que el pecado se propague a otros: La disciplina de un miembro de la iglesia en un pecado no arrepentido puede servir como un elemento de disuasión para otros miembros de la iglesia al mostrar la seriedad y las consecuencias del pecado. En las Escrituras se nos advierte del peligro del pecado y de cómo se puede propagar (Hebreos 12:151 Co. 5:26-71 Timoteo 5:20). La disciplina de la iglesia entonces trabajará para evitar que la «mala levadura» corrompa «toda la masa».

C. Para proteger la pureza de la iglesia y el honor de Cristo: Aunque ningún creyente en esta época tiene un corazón completamente puro, cuando un miembro de la iglesia continúa pecando de una manera evidente para otros, especialmente para los no creyentes, el nombre de Cristo es deshonrado (Romanos 2:24). Esta es la razón por la que a Pablo le sorprende que los corintios no hayan disciplinado al hombre que continuaba en el pecado voluntario que se conocía públicamente en la iglesia (1 Corintios 5:1-2). Pablo está profundamente preocupado por las «imperfecciones» morales en la iglesia, sin duda por el bien de quienes cometen los pecados, pero también por el bien de las imperfecciones y lo que dicen acerca de Cristo.

  1. El gobierno de la iglesia

Lo último que queremos considerar hoy es lo que dice la Escritura acerca de quién gobierna la iglesia. Claramente, es la iglesia de Cristo, y él es su cabeza. Sin embargo, Dios establece la autoridad terrenal en las Escrituras.

En general, se observan tres formas de gobierno de la iglesia con cierta variedad en cómo se practica cada una. Llamaremos a estas tres formas: gobierno episcopal, gobierno presbiteriano y gobierno congregacional.

Episcopal

El sistema episcopal otorga la autoridad final a un arzobispo que preside otros obispos con menor autoridad que presiden varias iglesias locales en un área (es decir, una diócesis). El caso de este sistema es que a los apóstoles se les dio autoridad sobre las iglesias, por lo que sus sucesores, que se consideran obispos, harán lo mismo. Esta forma de gobierno se utilizó cada vez más en el siglo II y continúa en la actualidad.

Presbiteriano

El sistema presbiteriano otorga la autoridad final a un grupo de ancianos (es decir, la Asamblea General), que preside otros grupos mayores (por ejemplo, el sínodo, presbiterio) con menor autoridad hasta los ancianos de una iglesia local (es decir, la sesión). Estos ancianos sirven como representantes de la iglesia. Este sistema se deriva de ciertos principios en la Escritura, tales como la autoridad dada a los ancianos (Hebreos 13:17, Hechos 15) y la sabiduría convencional de cooperar con otras iglesias.

Congregacional

El sistema congregacional deja a cada iglesia local autónoma de otras iglesias locales. La autoridad para sus asuntos queda con la iglesia como un todo. La responsabilidad de la disciplina y la doctrina finalmente recae en la congregación.

Mientras los modelos episcopalianos y presbiterianos son practicados por otros, encontramos que el congregacionalismo es la forma más bíblica de gobierno para las iglesias locales. En el Nuevo Testamento, a las congregaciones se les da específicamente la responsabilidad de gobernar en asuntos tales como disputas entre miembros (Mateo 18:15-17), asuntos de doctrina (Gálatas 1:8, 3 Timoteo 4:3), asuntos de disciplina eclesiástica (1 Co. 5) y asuntos de membresía en la iglesia (2 Corintios 2:6-8). Si miramos las cartas escritas en el Nuevo Testamento, la mayoría de ellas se escriben a iglesias y no a líderes de la iglesia. La idea de que hay un sacerdocio de creyentes sugiere fuertemente que la iglesia está directamente bajo Cristo en lugar de una jerarquía de obispos.

Entonces, ¿dónde encaja el oficio bíblico de los ancianos en un sistema congregacional? Si bien vemos muchos ejemplos de que la iglesia local es la corte final de apelaciones en áreas de disciplina y doctrina, también vemos exhortaciones para que la iglesia obedezca a sus líderes: los ancianos (Hebreos 13:17). A los ancianos no se les da la norma final, pero ellos deben guiar a la iglesia al proveer supervisión, enseñanza y oración. No todos los asuntos deben ser decididos por toda la iglesia. En 1 Corintios 6 vemos que a la iglesia se le permite entregar ciertos asuntos a subgrupos de la congregación.

En conclusión, Dios estableció deliberadamente su iglesia para representar mejor su gloria a un mundo caído. Nosotros en Capitol Hill Baptist Church queremos cumplir con su gobierno para su iglesia, mientras el Espíritu nos capacita a ambos para nuestro bien y su gloria.

Oremos.

APÉNDICE A

Otro material que se puede usar en el curso:

Es incoherente dar la señal del pacto del bautismo a los niños, pero luego retener la Cena del Señor hasta que hagan una profesión de fe[6]. La fiesta de la Pascua, que es el equivalente a la Cena del Señor, incluía a toda la familia[7]. Los paidobautistas razonan desde una circuncisión inclusiva hasta un bautismo inclusivo, pero desde una Pascua inclusiva hasta una exclusiva Cena del Señor[8]. Uno debe abrazar el bautismo del creyente o la comunión infantil.

¿Por qué deberíamos escuchar la predicación en persona? Seguramente, en tiempos bíblicos tenían que reunirse o no podían oír físicamente la proclamación de la Palabra de Dios, pero hoy tenemos tecnología avanzada y podemos lograr lo mismo en soledad. [Principalmente, es importante reunirse con el cuerpo de la iglesia y ser edificados juntos a través de la predicación de la Palabra. Si bien un video de una predicación puede ser útil, no reemplaza los beneficios personales de escuchar la Palabra de Dios proclamada en persona. En cambio, es impersonal y la pasión por llamar a las almas a arrepentirse y creer se minimiza. Además, los ancianos son responsables de enseñar la Palabra de Dios porque conocen el rebaño y pueden extraer implicaciones personales para los oyentes en la iglesia que una voz impersonal sin conocimiento de la vida de la iglesia. Es un trabajo amoroso para un pastor dirigirse a la iglesia que ama quienes están reunidos en amor. ¿Quién mejor para hablarle a una iglesia que sus líderes? En una nota adicional, también es más difícil distraerse cuando estás reunido con otros que también escuchan].

¿Por qué no podemos tener conversaciones en lugar de predicar en una iglesia? Muchos, como Nicodemo en Juan 3, han aprendido mucho a través del diálogo. ¿No deberíamos abandonar tales métodos anticuados, como la predicación, porque a menudo es seca, desapegada y demasiado autoritaria? ¿No hay tal cosa como el sacerdocio de los creyentes? [Las iglesias definitivamente deberían entablar conversaciones bíblicas entre sí. Los estudios bíblicos, los tiempos de oración y el tiempo para conversaciones informales, como después de un servicio, son útiles y acompañan la predicación de la Palabra de Dios. El problema con suplantar la predicación por la conversación es que solo se debe escuchar una voz, ¡y esa es la de Dios! Su voz es principal y debería alimentar todas las otras conversaciones. La predicación de la Palabra de Dios no nos hace dependientes de otra cosa que no sea la Palabra y el Espíritu de Dios. Es bueno y correcto predicar con autoridad de las Escrituras en lugar de hacer sugerencias porque la Palabra de Dios es autoritativa y debemos escucharla. Así es como Dios se nos revela a través de la Biblia. Si minimizamos el sermón, al final minimizamos la Palabra de Dios como autoritativa. Es verdad que el medio es el mensaje. Finalmente, aunque cada creyente es dotado por el Espíritu Santo, no muchos deben presumir ser maestros (Santiago 3:1). Dios le ha dado diversidad de dones a su pueblo. El evangelio es una noticia que debe ser proclamada y no una opinión que deba ser discutida].

¿Por qué no utilizar el drama u otros ascetas visuales en lugar o además de la predicación? [La predicación es el medio designado por Dios, y él recibe la gloria a través de ella. La predicación es simple y se puede duplicar fácilmente, es intemporal y transcultural. Si una iglesia intenta suplantar o amontonar la predicación con estas otras cosas, entonces no está confiando en la sabiduría de Dios. Además de eso, existe el peligro de que el hablante se convierta en un técnico (por ejemplo, PowerPoint) o en un actor en lugar de un predicador, y sus oyentes pueden estar más interesados ​​en la presentación que en las palabras].

¿Por qué la transubstanciación es incorrecta? [Decir que el pan y el vino en realidad se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús es participar en una forma de idolatría mediante la adoración de lo que se creó. También se lo ve como un sacrificio de Cristo donde es una ofrenda hecha a Dios para obtener el perdón de los pecados que muestra que la expiación de Cristo fue insuficiente. Cristo encuentra a su pueblo «no por la presencia corporal en los elementos, sino por la presencia del Espíritu y el poder en sus corazones»[9]. Cuando Cristo instituyó la Cena del Señor, no podía decir que sostenía su cuerpo y su sangre en sus manos a los discípulos. Las Escrituras incluso se refieren al pan como pan después de que supuestamente se supone que debe transubstanciarse (1 Corintios 11:26)]

¿Cuál es la diferencia entre lo que quieren decir católicos y protestantes cuando se refieren a «medios de gracia»? [«Los católicos ven éstos como ‘medios de salvación’ que hacen que las personas se sientan más preparadas para recibir la justificación de Dios. Pero desde un punto de vista protestante, los medios de gracia son simplemente medios de bendición adicional dentro de la vida cristiana, y no aumentan nuestra aptitud para recibir la justificación de Dios»[10]].

Si la iglesia local quiere tener una membresía lo más parecida posible a la iglesia universal, entonces ¿por qué algunas iglesias bautistas excluyen a los cristianos que difieren en su punto de vista sobre el bautismo? ¿No deberíamos ser más serviciales con otros cristianos que quizá no puedan encontrar una buena iglesia a la cual unirse? [Principalmente, sería difícil permitir que alguien se una a una iglesia que está en desobediencia activa al mandamiento de Cristo de que los creyentes deben ser bautizados. Tendrían que ser disciplinados inmediatamente. Si una iglesia permitió que tal miembro se uniera por el bien de la unidad, entonces su enseñanza de seguir los mandamientos de Cristo es socavada severamente, incluso si la iglesia (y el liderazgo) continúa enseñando solo el bautismo de creyentes].

¿Pueden los cristianos que no son miembros de la misma iglesia tomar la comunión juntos? [En un sentido, esta es una cuestión de comunión abierta o cerrada (es decir, solo para miembros de la iglesia). CHBC rodea la Cena del Señor permitiendo también que otros cristianos bautizados que son miembros de otra iglesia evangélica participen. Hacemos esto para reconocer la unidad del cuerpo más grande de Cristo y no diferenciamos sobre el tema de cómo otra iglesia realiza el bautismo. En otro sentido, la comunión debe ser practicada corporativamente (no individualmente) y administrada solo por la iglesia (no en una reunión alterna a la iglesia). Representa nuestra unidad corporativa en el cuerpo de Cristo y fue una práctica de la iglesia primitiva (1 Corintios 11) que fue instituida por Cristo].

Para la sección acerca de la correcta predicación de la Palabra de Dios

Bueno, la creencia de la mayoría de los pastores evangélicos reformados, la nuestra entre ellos, ha sido que la mejor manera de enseñar consistentemente el mensaje completo de la Palabra de Dios es a través del método de la «predicación expositiva». La predicación expositiva puede ser un término desconocido para algunos. Muy simplemente se puede definir como «la explicación y la aplicación de una porción específica de la Escritura, tomada en contexto, utilizando el punto del pasaje como el punto del mensaje». Consiste en tomar un pasaje en su contexto original, y tomar la idea principal que el autor bíblico original planteó como la idea central del sermón. Eso define la predicación como «expositiva».

Aquí en CHBC, de vez en cuando puedes escuchar lo que podría llamarse la predicación doctrinal. La serie de sermones de Michael Lawrence sobre los Pactos es un ejemplo de este tipo de predicación. La instrucción doctrinal en forma de sermón puede ser extremadamente útil para enseñarnos verdades bíblicas y doctrinas que deberían formar la vida del cristiano. La predicación doctrinal «no necesita oponerse a la predicación expositiva, ya que puede descansar en una interpretación sólida y puede complementar tal predicación».

Sin embargo, de los dos tipos de predicación mencionados, hay algunas buenas razones para hacer de la predicación expositiva la norma. Te daré dos. Primero, la predicación continua a través de textos «obliga a los pastores a abordar todo el consejo de Dios, [y] no simplemente lo que les interesa»[11]. Acercarse al mensaje de las Escrituras como lo establece las Escrituras, en contexto, es la mejor manera de asegurar que aprendamos lo que el Señor tiene para nosotros en toda su Palabra. Un pastor y su congregación deben renovar y transformar sus mentes continuamente por las Escrituras, y la predicación expositiva ayuda a asegurar eso. Después de todo, finalmente no nos preocupa lo que el predicador tenga que decir, sino lo que Dios dice en su Palabra.

Segundo, «los temas delicados pueden abordarse de forma natural, ya que aparecen en secuencia en el texto, por lo que no hay aspecto de elegir temas o captar oyentes»[12]. Simplemente agregaría que una buena predicación expositiva debe incorporar elementos de la predicación doctrinal: las doctrinas clave se deben enfatizar cuando son el foco de un texto en particular. En cualquier caso, las Escrituras deben ser el centro del sermón y los que escuchan deben demostrar su responsabilidad de responder a la predicación de la Palabra de Dios.

[1]La Confesión de Augsburgo, que es la declaración de fe luterana, establece que la iglesia se define como: «La congregación de los santos, en la que el evangelio es correctamente enseñado y los sacramentos correctamente administrados» (Artículo 7).

Juan Calvino, en sus Institutos de la Religión Cristiana escribe: «Dondequiera que veamos la Palabra de Dios puramente predicada y escuchada, y los sacramentos administrados según la institución de Cristo, allí, no hay duda, existe una iglesia de Dios».

Como puedes ver, Calvino y Lutero estuvieron de acuerdo en gran medida acerca de los criterios básicos sobre los cuales podríamos decir que existía una iglesia verdadera. Si bien el estado de estos criterios a menudo es difícil de determinar, estas son las pruebas de fuego que los reformadores utilizaron para evaluar si «tenemos una iglesia» o «no tenemos una iglesia».

[2] Greg Gilbert, The Messenger, April 2002, p. 7.

[3] P. Jewett, Infant Baptism & the Covenant of Grace.

[4] En Hechos 2:38, Pedro dice: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados». Decir que el bautismo causa la salvación va en contra del resto de las Escrituras y el énfasis en la fe. Más bien se describe como ir junto con la nueva vida en Cristo en obediencia al mandato de Jesús en Mateo 28.

[5] Extraído de D.A. Carson, Exegetical Fallacies.

[6] P. Jewett, Infant Baptism & the Covenant of Grace.

[7] P. Jewett, Infant Baptism & the Covenant of Grace.

[8] P. Jewett, Infant Baptism & the Covenant of Grace.

[9] T. Dowley (Ed.), Introduction to The History of Christianity.

[10] W. Grudem, Systematic Theology.

[11] Id. 35.

[12] Id.

Mark Deve

Doctrina de la iglesia – Parte 1

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 23/26

Doctrina de la iglesia – Parte 1

  1. Introducción

Acabamos de pasar las últimas cuatro semanas considerando cómo Dios aplica la salvación que ha logrado a las vidas de los creyentes individuales. Si bien Dios ciertamente está interesado en el creyente individual, también hay algo más en lo que él se interesa. Para que pensemos sobre qué es eso, comencemos con una pregunta: ¿por qué viniste a reunirte hoy con esta iglesia en Capitol Hill? ¿Por qué viniste a la iglesia hoy?

Una mejor pregunta para ti es: «¿Qué tan importante es para ti la iglesia?».

A lo largo del curso de la clase de hoy, espero resaltar para ti por qué la importancia de la iglesia puede ser mucho más de lo que crees que puede ser. Y si estoy en lo cierto, es posible que tengas una dinámica totalmente nueva en tu vida que ponga en peligro la forma en que usas tu tiempo, piensas en tu vida y cómo planeas pasar los próximos 10, 20 o 50 años de tu vida.

Hoy y la próxima semana, Dios mediante, examinaremos cómo los creyentes individuales viven juntos como el pueblo de Dios. Esta es un área de la teología conocida como «eclesiología». La palabra griega usual para «iglesia» en la Biblia es ekklesia, que literalmente significa ‘reunión’ o ‘asamblea’[1]. La eclesiología, entonces, es el estudio de la iglesia.

A lo largo de la historia, las personas han debatido sobre cómo entender la iglesia. Estamos familiarizados con los pocos temas controvertidos: ¿Se les permite a las mujeres ser pastoras? ¿Deben los niños ser bautizados?

La próxima semana, si Dios quiere, lucharemos con muchos de esos problemas. Consideraremos el rol de la predicación en la iglesia, el bautismo, la Cena del Señor, la disciplina eclesiástica, el gobierno de la iglesia y el liderazgo bíblico de la iglesia.

Pero antes de llegar a esas preguntas, necesitamos dedicar tiempo para considerar cómo es que Dios ha «organizado» a los creyentes en una institución que él ha ordenado y que, finalmente, trae gloria a su nombre.

¿Cuál es la naturaleza de la iglesia? ¿Cuáles son las intenciones de Dios para la iglesia? ¿Cuáles son las características de una iglesia sana? Antes de continuar, definamos qué es realmente una iglesia.

Puede ver en tu folleto la definición de iglesia evangélica de la Declaración de Fe de nuestra iglesia: «Creemos que una iglesia visible de Cristo es una congregación de creyentes bautizados, asociados por el pacto en la fe y el compañerismo del Evangelio; observando las ordenanzas de Cristo; gobernada por Sus leyes; y ejercitando los dones, derechos y privilegios que se han invertido en ellos por Su palabra, que sus únicos oficiales escriturales son obispos o pastores y diáconos, cuyos requisitos, demandas y deberes están definidos en las Epístolas a Timoteo y Tito».

Hay mucho allí, y aunque no tendremos tiempo para abordar todo esta mañana, sí quiero que repasemos los aspectos más destacados de lo que la Biblia enseña que conforma y define una iglesia. Para hacer eso, pasemos al punto #2 en tu folleto: La iglesia definida.

Una vez más, mientras hacemos esta encuesta esta mañana, quiero que pienses: «Si esto es cierto, ¿qué significa esto para mi vida en lo que respecta a la iglesia?».

  1. La iglesia definida

¿Quién conforma la iglesia? Fíjate que no dije qué conforma la iglesia, sino quién.

La iglesia puede definirse como «la comunidad de todos los verdaderos creyentes en Jesucristo de todos los tiempos»[2]. La Biblia dice en Efesios 5:25«Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella para santificarla». Aquí el término «la iglesia» se aplica a todos aquellos que son salvos por la muerte de Cristo. Eso necesariamente incluye a todos los verdaderos creyentes de todos los tiempos, tanto los creyentes en la época del Nuevo Testamento como los creyentes en la época del Antiguo Testamento[3].

Para ser claro: «la iglesia» incluye a los verdaderos creyentes antes del tiempo de Cristo. Sin embargo, esto no quiere decir que toda la nación de Israel constituyó la «iglesia del Antiguo Testamento», sino solo aquellos que Dios había traído a sí mismo a través de la fe verdadera durante ese tiempo…

Pablo tiene claro en mente esta idea de un remanente creyente, este grupo de israelitas fieles, en Romanos 9-11 cuando él, como Jesús en Juan 8, aclara quién es el verdadero Israel. «No todos los que descienden de Israel son israelitas», dice en Romanos 9:6. Pablo afirma que no son los descendientes físicos de Abraham quienes son hijos de Dios. Los verdaderos descendientes de Abraham, que son hijos de Dios, son aquellos que tienen fe en las promesas de Dios.

Los apóstoles entendieron que la iglesia era un cumplimiento de las promesas que Dios había hecho a Israel. Así que no nos sorprende ver a Pedro llamando a los cristianos del Nuevo Testamento en 1 Pedro 2: «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pedro 2:9). Tampoco nos sorprende ver a Santiago escribiendo generalmente a muchas iglesias cristianas primitivas y refiriéndose a ellas como «las doce tribus que están en la dispersión». La iglesia es el Israel de Dios, la iglesia es el verdadero sucesor de Israel (Gálatas 6:16)[4].

Si eso es cierto, amigos, lo que eso significa para ti y para mí es que somos la iglesia. Es decir, somos los verdaderos sucesores de Israel. Lo que significa que la totalidad del Antiguo Testamento nos señala. La totalidad del Nuevo Testmento nos señala. No como los héroes, sino más bien como los herederos de las promesas de Dios. Y lo que esto significa, es que nuestra identidad como iglesia se convierte en la parte más importante de nuestro carácter, nuestra persona y nuestra vida. Si toda la historia nos señala, y lo que hemos llegado a ser en Cristo, tenemos que verlo como lo que es… un milagro que vivimos a diario. Amigo, tu identidad como iglesia es el centro inigualable, imprecedente e inimaginable de tu vida. Lo que significa que, muy probablemente, hemos subestimado mucho nuestro lugar en esta historia de Dios y la importancia que tenemos en la narración de la gloria de Dios como su iglesia. Hablaremos más adelante al respecto.

Pero pasemos al punto 3 en tu folleto: La iglesia de Jesucristo.

  1. La iglesia de Jesucristo

Lo siguiente que deberíamos ver, en lo que respecta a la iglesia, es que la iglesia le pertenece a nuestro Señor Jesucristo. Es su iglesia, porque la trajo a la existencia, y él es quien la compró con su propia sangre. En Mateo 16:18, Jesús le dice a Pedro: «Edificaré mi iglesia».

La entrada a la iglesia se gana al tener fe en Jesús. Por tanto, la iglesia «es internacional en la membresía y no permite divisiones étnicas, de género o sociales»[5]. La reconciliación de las divisiones mundanas finalmente se logra en Cristo.

Dentro de la iglesia, según Pablo en Colosenses: «No hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos» (Col. 3:11). En la cruz, Jesús no solo hizo posible la reconciliación entre el hombre y Dios (lo más importante), sino entre el hombre y el hombre. Pablo dice que el propósito de Dios era crear en sí mismo un hombre nuevo (es decir, la iglesia) entre los dos hombres: judíos y gentiles. En consecuencia, los gentiles ya no son forasteros y extranjeros, sino conciudadanos del pueblo de Dios.

Ahora bien, ¿significa esto que dejo de ser «blanco» u «hombre» una vez que me convierto en cristiano y me uno a la iglesia? De ningún modo. Dios no elimina todos los constructos de nuestra identidad. Por el contrario, el punto es que nuestra identidad central ya no se basa en el hecho de que somos  hombres o mujeres, negros o blancos, sino que somos de Cristo, así es, somos cristianos. Somos de Cristo y él es nuestro; él es nuestra máxima identidad.

No pierdas este punto. No solo somos invitados a una iglesia. No se trata solo de una organización institucional en la que hemos sido adoptados. No es un club de campo con el que nos hayamos metido con éxito. No, es todo menos esas cosas. ¡Hemos sido invitados a la iglesia de Cristo! Su sangre fue derramada por lo que nos hemos convertido. Somos adoptados en su familia. Y, entonces, estamos unidos, incorporados y fijados no solo entre nosotros, sino a Jesucristo mismo. Cada vez que entramos a la iglesia, debemos recordar que somos parte de un cuerpo mucho más importante del que nos damos cuenta con una misión mucho más importante de la que a menudo reconocemos: representar y ser el rostro de Jesucristo para las naciones. Ser parte de la iglesia de Cristo significa que tenemos deberes y responsabilidades mucho más importantes que nuestros trabajos, nuestro futuro e incluso nuestras familias.

Pasemos al punto 4: Las metáforas bíblicas para la iglesia.

Para ayudar a los creyentes a entender mejor cómo es la naturaleza de la iglesia, las Escrituras usan muchas imágenes de palabras, muchas metáforas para aclarar cómo debemos pensar al respecto.

En términos generales, estas metáforas se pueden dividir en cuatro grupos, y cada uno tiene algo que enseñarnos acerca de la manera que Dios se relaciona con su pueblo y cuál debería ser nuestra respuesta. Mientras discutimos cada uno de ellos, piensa en lo que estas imágenes significan para nosotros como iglesia. ¿Cómo podemos vivir las metáforas que las Escrituras establecen?

A. Imágenes de la familia

El primer grupo de metáforas, y creo que el más dulce, pertenece a la imagen de una familia. Pablo considera a la iglesia como una familia cuando le dice a Timoteo que actúe como si todos los miembros de la iglesia fueran parte de una familia más grande. Debemos tratar a los ancianos como padres, a los hombres más jóvenes como a hermanos, a las ancianas como madres y a las mujeres más jóvenes como hermanas (1 Timoteo 5:1-2). Se habla de Dios como nuestro Padre celestial (Efesios 3:14), y Jesús llama a sus seguidores sus hermanos y hermanas (Mateo 12:49-50). ¿No es maravilloso?

Estas imágenes nos recuerdan cuán profunda es la relación que aquellos en la iglesia de Cristo deben tener entre sí. Debemos amarnos y tratarnos unos a otros como lo haríamos con nuestra propia familia.

En una metáfora familiar algo diferente, Pablo se refiere a la iglesia como la esposa de Cristo en Efesios 5:22-33. La analogía de la novia nos da un mensaje algo diferente, que trata de la importancia de la pureza, como se nos presenta a Cristo en su regreso.

B. Imágenes agrícolas

El siguiente grupo de imágenes a destacar incluye aquellas imágenes que son agrícolas.

En Juan 15:5, Jesús dice: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer». En 1 Corintios 3, la iglesia es comparada con un campo de cultivos que fue plantado por el hombre, pero que creció gracias a Dios.

Todos estos pasajes tienen aplicaciones específicas cuando se toman en contexto, pero un tema general en ellos es la idea de descansar en Cristo y confiar en Dios para crecer en la vida cristiana.

C. Imágenes de un edificio o templo

La iglesia también se conoce como un edificio en 1 Corintios 3:9. Pero una imagen más pronunciada en las Escrituras es la del «nuevo templo», o el templo de Dios bajo el nuevo pacto. Mientras que un edificio o un lugar de reunión es el término más común para hablar de una iglesia en la actualidad, las Escrituras hablan de la iglesia como una asamblea corporativa de creyentes en Cristo. Es por eso que oirás a Mark cuando dirija el servicio, decir bienvenido a «esta reunión» de Capitol Hill Baptist Church.

Pedro dice en 1 Pedro 2:4-5«Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo».

Esta imagen de un edificio o templo nos da una clara idea de la intención de Dios para la iglesia. El templo del Antiguo Testamento debía representar a Dios habitando con su pueblo; es donde mostró su gloria al mundo. Y entonces debemos ser conscientes del hecho de que el Espíritu de Dios vive en nosotros, ya que estamos reflejando a Cristo en el mundo.

Y como mencionamos anteriormente, esto significa, entonces, que el mortero que mantiene unidos los ladrillos en la iglesia no debe ser demográfico, como la raza, la edad o la riqueza, sino el Espíritu de Dios que compartimos en Jesús.

D. El cuerpo de Cristo

Finalmente, la idea de la iglesia se expresa en varios pasajes como el «cuerpo de Cristo». Esta es quizá la imagen más conocida de todas.

1 Corintios 12 habla de los valores de las diferentes partes del cuerpo, que se requieren diferentes partes para que el todo funcione como está trazado y diseñado para funcionar. La lección aquí es doble. Primero, hay una exhortación a la unidad en la iglesia: debemos vivir como un solo cuerpo. Segundo, debemos apreciar la diversidad de dones que tienen los diferentes miembros. Todos usamos nuestros diferentes dones para el bien de todo el cuerpo para que Dios pueda ser glorificado. Y la cabeza de nuestro cuerpo es Cristo (Efesios 1:22-23).

Así que vemos que las Escrituras proporcionan numerosas imágenes de la iglesia para ayudar a nuestra comprensión de ella y al Dios que la ha ordenado. Sin embargo, debemos tener cuidado de no dejar que una imagen domine nuestro pensamiento en detrimento de los demás. Como dice Wayne Grudem: «La amplia gama de metáforas utilizadas para la iglesia en el Nuevo Testamento debería recordarnos que no debemos centrarnos exclusivamente en nadie… Cada una de las metáforas usadas para la iglesia debería ayudarnos a apreciar más de la riqueza de la iglesia. Privilegio que Dios nos ha dado al incorporarnos a la iglesia»[6].

No te pierdas esto. El propósito de todas estas metáforas es explicarnos lo que significa ser injertados en la iglesia de Cristo. Están destinadas a mostrarnos con imágenes excepcionales la importancia de nuestra existencia como parte de la iglesia de Cristo. Debemos mostrarle al mundo un amor mutuo que solo se puede reconocer como el que se encuentra en una familia. Debemos aferrarnos al Señor, siguiendo todos sus caminos, mostrando al mundo que no somos nuestros, sino que estamos agradecidos con alguien mucho más grande. Debemos ser el nuevo templo de Dios en el mundo, atrayendo a todos los hombres hacia Cristo. Y debemos ser el cuerpo de Cristo unos a otros, mostrando al mundo una asombrosa exhibición de unidad que impacta los sentidos. A esto hemos sido llamados como la iglesia de Cristo.

Pasemos al punto cinco en el interior de tu folleto: La iglesia visible e invisible.

  1. La iglesia visible e invisible

En su verdadera realidad espiritual como la comunión de todos los creyentes genuinos, la iglesia es invisible; todavía no podemos ver esta iglesia Esto tiene sentido cuando recordamos que nosotros, como humanos, no podemos saber finalmente el estado de los corazones de otros humanos. Ciertamente podemos ver a aquellos que asisten a la iglesia o que han hecho una profesión de Cristo. También podemos ver evidencias externas de cambio interno, pero finalmente no podemos conocer el estado espiritual de otra persona, solo Dios puede.  «Conoce el Señor a los que son suyos», como dice Pablo en 2 Timoteo 2:19. Es por eso que cuando excomulgamos a alguien, no estamos, como la iglesia de Roma, diciendo que esa persona ya no es cristiana; lo que estamos diciendo es que ya no podemos afirmar la profesión de fe de esta persona.

Dicho esto, tenemos alguna idea acerca de la salvación de los demás. Podemos tener mucha confianza en la salvación de alguien basado en el fruto en su vida. Jesús dice: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16).

Sin embargo, somos falibles y no podemos emitir juicios infalibles sobre la veracidad de la profesión de fe de alguien. Por tanto, al final, solo Dios es quien conoce con certeza y sin error a los verdaderos creyentes. En ese sentido, podemos decir que la iglesia invisible es «la iglesia tal como Dios la ve».

Por otro lado, la iglesia tiene un aspecto visible también. Podemos decir que la iglesia visible es «la iglesia como la ven los verdaderos cristianos en la tierra».

En este sentido, la iglesia visible incluye a todos aquellos que profesan a Cristo y evidencian su profesión por los frutos en sus vidas. Vemos esta implicación varias veces en las Escrituras.

Pablo dirige muchas de sus cartas a los contingentes de la iglesia visible tal como la hemos definido. «A la iglesia de Dios que está en Corinto», escribe en 1 Corintios. Pablo escribe a «Filemón…  y a la iglesia que está en [su] casa», en Filemón 1:1-2.

Pablo también menciona con frecuencia, tanto genéricamente como por nombre, falsos profetas, o aquellos que parecían ser creyentes, pero luego renunciaron a la fe. En otras palabras, debido al pecado y al error humano, la iglesia visible siempre incluirá a algunos no creyentes. Pero el Señor es soberano sobre la integridad de la verdadera iglesia, y reconocerá a los verdaderos creyentes cuando llegue el momento.

Una de las cosas por las que nos esforzamos como iglesia es tener una membresía compuesta solo por cristianos. Queremos que nuestra iglesia consista en una membresía de la iglesia regenerada; en otras palabras, queremos que todos nuestros miembros nazcan de nuevo, sean cristianos[7]. De lo contrario, nuestro testimonio como iglesia se verá comprometido. Creemos que, en la medida de lo posible, la membresía en la iglesia visible debe coincidir con la membresía en la iglesia invisible. Es por eso que cuando alguien quiere ser miembro de esta iglesia, debe profesar fe en Cristo, haber hecho esa profesión públicamente en un momento en el bautismo, su conocimiento del evangelio debe haber sido examinado, y comprometerse con nosotros a someterse a la disciplina y doctrinas de esta congregación local. ¿Por qué? Para que CHBC muestre mejor el evangelio a aquellos en nuestra comunidad[8]. Si te vas con nada más, sal de aquí sabiendo esto: la iglesia es una muestra de la gloria de Dios. Es el evangelio hecho visible.

Pasemos al punto 6.

  1. La iglesia local y universal

Esta es otra distinción que los cristianos han hecho: la iglesia local y la iglesia universal. En el Nuevo Testamento, la palabra griega para «iglesia» se usa para describir a un grupo de creyentes que pactan en casi cualquier nivel, que va desde unas pocas personas en un hogar privado hasta el grupo de todos los verdaderos creyentes en la iglesia universal.

Por ejemplo, Pablo escribe en 2 Corintios 16:19: «Aquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan mucho en el Señor». Aquí hay una reunión de la iglesia local en la casa de un miembro. Asimismo, el libro de Apocalipsis está dirigido a siete iglesias específicas en Asia.

En Hechos 9:31 vemos a la iglesia mencionada en un sentido más universal: «Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria». También, en 1 Corintios 12:28, Pablo dice: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros…».

Si sabes cómo se emplea el término «apóstol» en el Nuevo Testamento, que es alguien que no fue dado a ningún cuerpo eclesiástico en particular, como el caso un anciano o maestro, entonces está claro que la referencia aquí es para la iglesia universal.

El punto aquí es que un grupo de creyentes en cualquier nivel, que cumplen con los criterios bíblicos para una iglesia, puede caer correctamente bajo la definición específica o general de la palabra «iglesia». Nosotros en CHBC somos una iglesia local, pero nosotros también formamos parte de la iglesia universal de la que forman parte las iglesias, como la 4ª presbiteriana. Entonces, ¿por qué es importante esta distinción entre una iglesia local y universal? Porque el Nuevo Testamento espera que los cristianos se unan a su iglesia local. Como dice Mark, la membresía de la iglesia local es básica para el cristiano, no opcional. La iglesia universal nos recuerda que no estamos solos y que podemos asociarnos con otras iglesias que creen en el evangelio por el bien del evangelio. Mucha gente dirá: «Bueno, puedo ser parte de la iglesia universal, no de la iglesia local». Pero eso es como decir que puedo ser un jugador de béisbol sin estar en un equipo; no tiene sentido.

Avancemos rápidamente al punto 7: La iglesia militante y triunfante.

¿Qué significa cuando las personas dicen que la iglesia es «militante» y «triunfante»? Bueno, la iglesia es «militante» en el sentido de que está compuesta por aquellos que aún viven y participan constantemente en la guerra espiritual. Está llamada a la guerra santa. Esto no significa que la iglesia use las armas de este mundo (2 Corintios 10:4). Nadie puede convertirse en cristiano al ser coaccionado como lo hace una persona para convertirse en musulmán. Un cristiano recibe un nuevo corazón por el Espíritu de Dios para vivir una vida de arrepentimiento y fe y armadura espiritual para ese fin. Nuestra lucha no es contra carne ni sangre, sino contra las fuerzas espirituales del mal en este mundo y en los reinos celestiales (Efesios 6:12).

La iglesia no solo se conoce como militante sino también como triunfante. Esto solo significa que está compuesta por aquellos que están en el cielo, y en el cielo la iglesia se mostrará victoriosa. Cristo dijo que él edificaría su iglesia y que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella (Mateo 16:18). No estamos peleando una batalla perdida, sino una batalla que ya se ganó en Cristo, ¿amén?

  1. Los atributos de la iglesia

Por último, hablemos de los atributos de la iglesia.

De vez en cuando leemos el Credo de Nicea durante nuestras reuniones dominicales. Bueno, ¿qué quiere decir el Credo de Nicea cuando se refiere a la iglesia como «una Santa Iglesia Católica y Apostólica»? Pensemos en cada adjetivo por separado.

Primero, la iglesia es una. Efesios 4:4 dice: «un cuerpo». La unidad de la iglesia significa su unidad en Jesús. En Juan 17, Jesús ora al Padre por todos los creyentes para que «sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú [el Padre] me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado» (Juan 17:23). Esta unidad se basa en Cristo y glorifica a Cristo, y se fortalece a medida que hacemos todo lo posible por «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Efesios 4:3).

Entonces, ¿por qué las iglesias se dividen en denominaciones? Porque Dios dio su Palabra perfecta a un pueblo caído. Los cristianos son falibles y difieren en cuestiones doctrinales de importancia secundaria. Estas diferencias de ninguna manera reflejan pobremente en la claridad o veracidad de las Escrituras. La unidad del cristiano es espiritual y no necesariamente organizacional. De una manera, las denominaciones ayudan a hacer posible la unidad organizacional en la iglesia al eliminar las barreras que pueden causar desacuerdos en una iglesia. Pero «tal vez el Señor permite que existan diferencias para enseñarnos cómo amar»[9].

Segundo, la iglesia es santa. Phil Ryken señala: «Con excepción del sistema penitenciario, la iglesia es la única institución para las personas malas». No es nuestra propia justicia la que nos hace santos, sino la justicia de Cristo. La iglesia es purificada por la sangre de Cristo y santificada. Somos santos porque Cristo es santo. La novia es santificada por la santidad del novio.

Tercero, la iglesia es católica. ¿Qué quiere decir católica? Católica básicamente significa universal [no católica romana]. La iglesia es universal. Ya discutimos esto al hablar de la iglesia universal y local. Está formada por todos los creyentes de todos los tiempos, y eso es algo por lo cual debemos alabar a Dios.

Cuarto, la iglesia es apostólica. Los católicos romanos dirían que ser una iglesia apostólica significa que hay una sucesión apostólica de obispos que han heredado la autoridad de los apóstoles para ejercer dominio sobre la iglesia. Los carismáticos, por otro lado, dirían que ser una iglesia apostólica significa que «la iglesia puede hacer hoy lo que los apóstoles hicieron en la iglesia primitiva» con sus señales y prodigios milagrosos[10]. Pablo dice en Efesios 2:20 que la iglesia está «edificada sobre el fundamento de los apóstoles», y aquí es donde debemos comenzar.

Los apóstoles fueron comisionados por Jesús para representarlo al mundo y difundir su evangelio. Jesús es la piedra angular y los apóstoles sentaron las bases. El Espíritu Santo les dio el poder y la autoridad para hablar y actuar en el nombre de Cristo. Y fue sobre esta base de actos y enseñanzas que la iglesia se sostiene. Los apóstoles fueron comisionados y ahora llevamos esa comisión al mundo en forma de proclamación del evangelio.

Entonces, la iglesia es una, santa, católica y apostólica.

La próxima semana, estudiaremos las marcas de una verdadera iglesia cristiana.

Permíteme cerrar con esto. Si la iglesia es, de hecho, de Cristo. Y si es verdad que Cristo murió por su iglesia, fundó su iglesia, edificó su iglesia y ahora dirige su iglesia, debemos mirar a la iglesia de una manera muy profunda. ¿De qué manera? De una manera que ve a la iglesia como la novia de Cristo. Como la gloria de Cristo. Como el legado de Cristo. Como el cuerpo de Cristo inmortalizado en tu vida y la mía. Nunca debemos hablar mal de la iglesia. Nunca debemos descuidar a la iglesia. En cambio, si es la iglesia de Cristo que debemos llegar a ser, entonces nuestras vidas deberían estar centradas en el cuerpo mismo del que afirmamos seguir con devoción plena. Entonces, mi pregunta para ti es: ¿Cuán importante es la iglesia para ti? Cualquier cosa menos que el pináculo de la vida, y creo que hemos malentendido el propósito de la iglesia y de la cruz. Glorifiquemos al Señor hoy a través de nuestra participación, servicio y dedicación a la iglesia de Jesucristo. ¿Amén? Oremos.

APÉNDICE A

Posibles citas que agregar:

¿Cuáles son los propósitos de la iglesia?

Glorificar a Dios a través de…

En lo que respecta a la imagen del cuerpo de Cristo

«La iglesia local no se considera aquí como una simple parte de un cuerpo de Cristo más grande, sino como el cuerpo de Cristo en ese lugar. Este es otro apoyo para una comprensión adecuada de la autonomía de la iglesia local. Ninguna iglesia local debe estar aislada, pero ninguna iglesia local necesita un cuerpo más grande estar completa o permitir que funcione. Es el cuerpo de Cristo, que posee un estado eclesial completo» (J. Hammett, Biblical Foundations for Baptist Churches  [Fundamentos Bíblicos para Iglesias Bautistas], p.37).

[1] NDBT, 408.

[2] Wayne Grudem, Teología Sistemática.

[3] Id.

[4] En un sistema dispensacional, una dicotomía o separación antinatural es forzada entre Israel y la iglesia. Si bien hay algunas diferencias, Israel no fue llamado a ser un fin en sí mismo. Israel señalaba a la iglesia como el Israel espiritual, que cumplía en mayor medida las promesas hechas a Abraham a través de la obra de Cristo. Ser un «judío» no era serlo externamente, sino internamente (Romanos 2:28-29). Cuando Jeremías anunció el nuevo pacto en Jeremías 31 31-34, se hizo con la casa de Israel, pero Israel ya estaba exiliado en ese momento. Él estaba hablando del verdadero Israel espiritual. Incluso pasajes como Lucas 13:28 muestran que no todo Israel será salvo sino aquellos que siguen a Jesús.

[5] NDBT, 408.

[6] Grudem, 859.

[8] Mientras tratamos de hacer que la membresía de la iglesia sea lo más parecida posible a la iglesia invisible, en algún momento debemos definir los límites para que aquellos en una iglesia adoren juntos.

[9] R. Phillips, The Church.

[10] P. Ryken, The Church.

El plan de redención – Parte 4

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 22/26

El plan de redención – Parte 4

Bienvenido. Oremos antes de comenzar.

  1. Introducción

Mientras hemos estado estudiando el plan de redención de Dios, la semana pasada, con John Joseph uno de nuestros pastores recientemente reconocidos, consideramos la gloriosa obra de Dios de adoptar pecadores rebeldes en su propia familia, para luego santificarlos, y preservarlos hasta el final.

Sin embargo, a medida que nos preocupamos por las personas y vivimos la vida cristiana, la perseverancia puede ser un tema problemático y difícil. Supongo que la mayoría de nosotros tenemos conocidos, familiares y amigos que se han «alejado», han abandonado la fe. E incluso en nuestra última reunión de miembros tuvimos a uno de los nuestros que había renunciado a la fe. Si bien esto nos causa una gran pena, no debería ser una gran sorpresa. Porque no todos los que alguna vez profesaron fe en Cristo serán salvos. Se hacen falsas profesiones; los entusiastas a corto plazo se apartan (Mt. 13:20-22); y no todos los que dicen «Señor, Señor» entrarán en el reino de los cielos (Mt 7:21-23). Y ya se trate del dolor de las pruebas, la tentación del pecado o la desesperación de las dudas persistentes, terminar la carrera y pelear la buena batalla a menudo parece una batalla demasiado grande para nosotros.

Pero nuestra esperanza no es que perseveraremos a la perfección. Nuestra esperanza es que Dios preservará a su pueblo, ¿amén? Lo repetiré una vez más: nuestra esperanza no es que perseveraremos a la perfección, porque como dice John MacArthur, si pudiéramos perder nuestra salvación lo haríamos. Nuestra esperanza es que Dios preservará a su pueblo. Él terminará esta obra que comenzó en nosotros (Filipenses 1:6). Ningún cristiano se perderá. Nadie quedará atrás. Nuestro salvador dice: «Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero» (Jn. 6:39). «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (Juan 10:28-29). Observemos algo aquí acerca del carácter de nuestro salvador. ¡Fíjate cuán seguro está de asegurar nuestra salvación! No sé tú, pero cuando soy puesto a prueba en la vida cristiana, me da miedo. Me desanimo. Como un niño con miedo a los monstruos que se niega a dormir, me niego a descansar y confiar en algo que no sea yo. ¡Pero Jesús no es así! ¡Él nuestro es un salvador seguro! ¡Regocíjate en eso esta mañana! Él dice: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37). Qué promesa. Qué invitación. Tal vez estás visitándonos esta mañana, con un amigo o solo querías ver cómo es el cristianismo. Solo quiero reiterar esa promesa y te invito a confiar en ella. Jesús nunca te echará si vienes a él en arrepentimiento y fe.

Pero tal vez eres cristiano, o quieres ser uno, ¿pero crees que has cometido el «pecado imperdonable»? Durante mucho tiempo, estaba preocupado por haber cometido este pecado. ¿Estamos malditos más allá del perdón? En Mt. 12:31, dice Jesús, la blasfemia contra el Espíritu nunca será perdonada. Pero él no se está refiriendo a pecados «realmente malos» como el asesinato (Moisés, David, incluso Pablo fueron asesinos), o el adulterio (David), o el suicidio. La Biblia no hace distinción entre pecados mortales y veniales. En contexto, blasfemar contra el Espíritu Santo es atribuir de manera intencional, desafiante y persistente a Satanás lo que es innegablemente obra de Dios. Sam Storms señala: «La blasfemia contra el Espíritu Santo no es un error momentáneo, transitorio o inadvertido en el juicio, sino una rebelión persistente de toda la vida frente a la verdad ineludible. La blasfemia contra el Espíritu Santo no es un acto descuidado, sino una actitud endurecida. Los fariseos habían visto a Jesús sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, limpiar a los leprosos, enseñar en el Sermón del Monte, dar vista a los ciegos, sanar a los paralíticos. La blasfemia contra el Espíritu Santo, por tanto, no es solo incredulidad, sino una incredulidad desvergonzada que surge no de la ignorancia de lo que es verdadero, sino que desafía lo que uno sabe más allá de toda duda que es verdad. No es una simple negación, sino una negación decidida… La blasfemia contra el Espíritu Santo es, por definición, un repudio no arrepentido hacia Espíritu Santo y una identificación impenitente de su obra con la obra del diablo».

Trazar un paralelo entre los obstinados líderes religiosos de los días de Jesús y los nuestros es difícil. Tal vez un buen ejemplo es el líder de la iglesia impenitente que rechaza lo que sabe que es la verdad de Dios, y conduce a otros a hacer lo mismo. Es difícil decirlo. Pero podemos decir con Romanos 10:13«Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». Eso incluye a hombres que han negado a Jesús públicamente (como Pedro), y que han ordenado que otros sean asesinados (como Pablo). ¿No es alentador que los héroes de la fe sean grandes pecadores también? Si hay esperanza para ellos, hay esperanza para nosotros.

Antes de continuar, ¿alguna pregunta final acerca de la perseverancia o la blasfemia contra el Espíritu Santo? [Solo una última cosa: si estás preocupado por haber blasfemado contra el Espíritu Santo, es probable que no te hayas dado cuenta que demuestras sensibilidad ante este pecado. Pero si tiene más preguntas al respecto, no dudes en enviarnos un correo electrónico, nuestra información de contacto está en la parte posterior del folleto, o habla con un anciano].

Pasemos al punto 2 de tu folletoLa muerte

Todos los días al ver las noticias, encontramos enemigos. A pesar de estar en las montañas de Utah, mi esposa y yo todavía escuchábamos los trágicos asesinatos de aquellos en el cine de Louisiana. Leyendo el periódico, escuchamos sobre militantes de ISIS, terroristas locales en Tennessee o Carolina del Sur, bombas iraníes. Todos estos son enemigos. Sin embargo, de acuerdo con la Biblia, el último gran enemigo al que nos enfrentamos en esta vida no es el terrorismo, un régimen político o aquellos empeñados en destruir la libertad de expresión y la religión. El último gran enemigo, según la Biblia, es la muerte misma. 1 Co. 15:26 dice: «Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte».

Pero cada vez más nuestra cultura ve la muerte no como un enemigo, sino como un amigo, tal vez incluso como nuestra última esperanza. Lo fue para Brittany Maynard, de 29 años, quien eligió el alivio de la muerte en lugar de las pruebas de la vida. Ya sea que estemos hablando de suicidio asistido por un médico (también conocido como «muerte con dignidad», si existe tal cosa) o de los 50 millones de bebés abortados desde Wade v. Roe, la muerte debe ser bienvenida, no temida, apreciada, no aborrecida. Por cierto, el número de bebés abortados representa aproximadamente 1/6 parte de nuestra población actual. Y si has visto los videos de Planned Parenthood en los últimos tiempos, es innegable que nuestra cultura al menos tiene una visión insensible e informal de la muerte.

Pero la Biblia presenta una visión diferente de la muerte. No es «fallecer o dejar de existir» (Mary Baker Eddy). No es navegar felizmente hacia el atardecer. Las Escrituras aclaran que la muerte es una maldición (Gn. 3:19). Es una consecuencia directa y un castigo del pecado humano. La paga del pecado es la muerte (Ro. 6:23). Y todos mueren, porque todos han pecado (Ro. 5:12). La muerte no es natural. No es pacífica. Es trágica y aterradora, porque refleja el justo juicio de Dios sobre nosotros en nuestro pecado. No hay nada romántico acerca de la muerte en la Biblia. Es tan horrible que incluso el que triunfaría sobre ella se estremeció y se conmovió ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn. 11:33-36). La muerte no era el amigo libertador de Lázaro, o el portal a una «vida mejor». Jesús vio la muerte por lo que era.

La razón por la que no lloramos como aquellos que no tienen esperanza no es porque sepamos que la muerte es buena, sino porque sabemos que el amor y la vida de Dios son más poderosos que las fauces de la muerte (1 Ts. 4:13). Aunque sentimos su mordedura, Cristo ha eliminado el aguijón de la muerte y tenemos esperanza en eso (1 Co.15: 54-57).

Entonces como aquellos que tienen esperanza, debemos considerar: ¿Qué pasa cuando morimos? Este es el punto B en el interior de tu folleto. Ha habido un mercado popular (¡y rentable!) de libros del género «turismo celestial» últimamente. Así es, libros como «Heaven Is For Real» que recientemente salió a la luz, hablan de personas que mueren, van al cielo, y luego vuelven y nos cuentan todo tipo de cosas al respecto. Permíteme ser claro en esto: las cosas que dicen esos libros no son ciertas. Como dice Jesús, la Palabra de Dios es verdad (Juan 17:17). La Biblia nos da preciosos y pequeños detalles acerca del estado en que nos encontramos entre la muerte y el cielo o lo que se conoce como el «estado intermedio». La mayoría de lo que la Biblia dice acerca del cielo se refiere al estado eterno (lo que sucede después de la resurrección final), no al estado intermedio (lo que sucede entre la muerte y la resurrección final).

No obstante, en lo que respecta al estado intermedio, las Escrituras dicen que cuando morimos, nuestras almas y cuerpos se separan mientras esperan esa reunión final en los cielos nuevos y la tierra nueva. No estamos simplemente en algún espacio contemplativo suspendido. Tampoco somos almas perdidas vagando por las sombras o cruzando el río Styx. Pablo dice: «Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Co. 5:8). Así, cuando morimos, somos hechos parte de la verdadera Sión, junto a «muchos millares de ángeles,  a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos» como dice Hebreos 12:22-23. Qué increíble suena eso: ¡cuando muramos, estaremos junto a innumerables ángeles en una fiesta en el cielo! ¿Alguna vez te detuviste a considerar eso? Sé que yo no lo he hecho lo suficiente. Estaba en un avión cuando me preparaba para esta clase y miraba por la ventana a 9000 m de altura, preguntándome dónde está esta fiesta, ¿¡Piloto llévame allí!? Pero Jesús es el verdadero y único piloto que puede llevarnos allí, ¿no? Cuando morimos, nuestras almas van inmediatamente a estar con él y disfrutar, este va a ser el momento más feliz, disfrutaremos, la existencia continua, consciente y personal con nuestro Señor mientras esperamos la resurrección de nuestros cuerpos en el último día. Debería detener la clase aquí para sentarnos y maravillarnos.

Pero algunos han tomado la imagen de «dormir» de la Biblia, que es una referencia a la muerte como apoyo a una especie de «sueño del alma». De acuerdo con este punto de vista, los cristianos están en un estado suspendido de inconsciencia hasta el juicio final. Si quieres una palabra divertida del día, se llama psicopaniquia. Dato teológico divertido del día: Juan Calvino escribió su primer tratado teológico en contra de esta opinión. Porque la Biblia habla del estado intermedio como una existencia consciente, no un sueño, no un sueño del alma. Después de todo, considera lo que Jesús le dice al ladrón en la cruz: «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23:43). ¡Alabado sea Dios que cuando morimos no entramos en una coma etérea! ¡Entramos en la presencia de Jesús!

Sin embargo, otros han sugerido que el estado intermedio ofrece todas las oportunidades de la salvación post mortem, o, en otras palabras, que podemos ser salvos después de morir. Este punto de vista es especialmente atractivo para aquellos que quieren decir que todos deben arrepentirse y creer para poder ser salvos y, no obstante, quieren una forma para que las personas sean salvas, aunque nunca han escuchado acerca de Cristo en esta vida. Recuerda la parábola del hombre rico en Lucas 16:9-31. No hubo una segunda oportunidad, ninguna oportunidad post mortem para ese hombre rico que rechazó a Dios. Y, por supuesto, nadie es condenado simplemente por rechazar a Cristo conscientemente. Por el contrario, todos estamos condenados y perdidos a causa del pecado consciente y voluntario. Pablo dice en Romanos 3:23«por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». En otras palabras, nuestro problema no es fundamentalmente que no conozcamos a Jesús, sino que hayamos pecado conscientemente y deliberadamente, por tanto, merecemos la ira de Dios. Una ira que enfrentaremos en la próxima vida si no recurrimos a Jesús en esta vida; esta vida es la única oportunidad que tenemos, por eso debemos ser tan urgentes en compartir las buenas noticias. Hebreos 9:27 dice: «Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio».

Esto significa que la idea del purgatorio no es consistente con el estado intermedio. El purgatorio es la doctrina católica romana, que enseña que aunque Cristo ha perdonado la culpa del pecado, el castigo por los pecados debe ser sufrido antes de que uno pueda ser completamente limpio y entrar al cielo. El purgatorio es un lugar de purificación y preparación. La duración e intensidad de esos sufrimientos está determinada por los pecados cometidos. La estancia de alguien en el purgatorio puede reducirse con las oraciones de los que viven, las buenas obras de los fieles o la misa. El Papa tiene jurisdicción sobre el purgatorio; cualquier indulgencia (dinero) entregada a la iglesia en nombre de los muertos puede aliviar el sufrimiento o eliminarlos todos juntos. Esta doctrina, este abuso de la Escritura es lo que dio origen a las 95 tesis de Lutero  y estimuló la Reforma. Y para ser claro: no hay garantía bíblica del purgatorio. Lo mejor que la Iglesia de Roma puede hacer es señalar 2 Macabeos 12:42-45, que en sí mismo no es un libro canónico (no está en la Biblia), ni siquiera enseña claramente la doctrina. De modo que no tiene sentido orar por los muertos, y mucho menos comprar indulgencias o dedicar esfuerzos para asegurar una pronta liberación de los difuntos de los castigos del purgatorio.

Finalmente, el estado intermedio rechaza la noción de aniquilacionismo, donde los que mueren en incredulidad son aniquilados, cuerpo y alma completamente destruidos, mientras que los creyentes existen eternamente con el Señor. Aunque el aniquilacionismo es apoyado por los adventistas del séptimo día y algunos prominentes evangélicos británicos (Lewis, Stott), no está respaldado por las Escrituras. Sí, incluso C.S. Lewis se equivoca.

Sabemos esto porque al hablar del fin de los tiempos, Daniel escribe: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua» (Daniel 12:2). Los pecadores y los santos continuarán existiendo para siempre. Esta es una verdad importante porque nos enseña a cuidar a las personas porque sabemos que van a existir para siempre y queremos que existan en el gozo de Dios, no bajo su ira. Entonces, cuando estamos tratando con alguien, especialmente con alguien difícil, tal vez alguien que no nos gusta realmente, quizá nuestro cónyuge, solo recuerda: esta es una persona; podría haber ramificaciones eternas de nuestro trato hacia ellas. Esta realidad, que las personas existirán para siempre, es la razón por la cual una de las cosas más amorosas que Jesús hizo fue hablar no solo de la vida eterna, sino también del castigo eterno (Mt. 25:46), donde los fuegos del infierno son «eternos» «inextinguibles» (Mt. 3:1218:825:41). Si alguien viene a ti y te dice que Jesús nunca habló acerca del infierno, simplemente puedes estar seguro de que no ha leído bien la Biblia; En amor, Jesús habló claramente de ello, y las referencias están ahí en tu folleto para que puedas darle un vistazo.

Aunque la muerte es el último gran enemigo, Cristo ha vencido a la muerte. Por tanto, el cristiano finalmente puede enfrentar la muerte no con miedo, sino con la esperanza de que la muerte no tendrá la última palabra. Así, podemos decir con Pablo: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Fil. 1:21). Podemos unirnos a Pablo en su cántico: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Corintios 15:55).

Avancemos al punto 4 en el lado derecho en el interior de tu folleto: La glorificación.

Lo creas o no, ir al cielo cuando morimos no es nuestra esperanza final. Correcto, no solo queremos estar en el estado intermedio; queremos estar en el estado final. Ese estado final es la glorificación. La glorificación es la esperanza final del cristiano.

La glorificación es «el paso final en la aplicación de la redención. Sucederá cuando Cristo regrese y levante de entre los muertos los cuerpos de todos los creyentes de todos los tiempos que hayan muerto, los reúna con sus almas, y transforme los cuerpos de todos los creyentes que permanecen vivos, dando así a todos los creyentes al mismo tiempo cuerpos de resurrección perfectos como el suyo».

Este es el gran paso final. En un momento, seremos completamente redimidos, completamente libres de la muerte y el pecado, y libres puramente para alabar a Dios en su presencia. Seremos perfeccionados.

Si vas a elegir un texto para meditar sobre la glorificación, todo lo que tienes que hacer es ir a 1 Corintios 15. En él, Pablo dice: «He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados» (1 Corintios 15:51-52).

Pero, ¿cómo serán transformados y glorificados nuestros cuerpos cuando estén 3 m bajo tierra y comidos por los gusanos? Esta es probablemente la pregunta a la que Pablo responde en 2 Corintios. Él responde usando la analogía de una semilla que necesita ser enterrada para convertirse en la planta para la que fue creada. Si bien no es concluyente, es sugestivo que habrá alguna forma de continuidad con nuestros viejos cuerpos una vez que sean glorificados (Romanos 8:11). Si muero mañana, ¿tendré un cuerpo de 25 años en el cielo? No lo sé.

La Escritura simplemente nos dice que nuestros cuerpos serán como el de Cristo. Filipenses 3:21, dice que Cristo «transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya». Observa cómo, de nuevo, no podemos tomar crédito; Cristo es el actor en esa oración, él es el transformador de nuestros cuerpos.

Para ser claro: la glorificación se aplica a nuestros cuerpos físicos. Pablo dice: «Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción» (1 Corintios 15:42). Esto significa que nuestros cuerpos serán como el de Cristo, no porque nos parezcamos a él, sino porque nuestros cuerpos no se desgastarán, envejecerán, enfermarán, ni sufrirán daño (Apocalipsis 21:3-5). Esta es la razón por la cual las Escrituras dicen: «seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2).

Nuestros cuerpos glorificados serán perfeccionados. Podemos regocijarnos de que nuestros nuevos cuerpos serán hechos a imagen de Dios, como originalmente lo pensó, siendo conformados a la semejanza de Cristo.

¿Esperas ansiosamente el regreso de Cristo cuando la salvación será completa y nuestros cuerpos serán como el de Cristo?

Quiero concluir hoy con esta pregunta: ¿Hay momentos específicos en la vida que te hayan llevado a desear más el cielo? ¿Alguien dispuesto a compartir?

Sabes, una de las bellezas de ser parte de una iglesia local es tener amistades con personas diferentes a ti principalmente porque ambos creen en Jesús. Y solo quiero decir cuánto me alienta como joven, el ver a santos mayores, cuyos cuerpos sufren, están rotos y llenos de dolor; estos santos son un gran testimonio de la esperanza en la glorificación. De la esperanza de que un día estos cuerpos no se romperán. El cáncer no podrá ingresar en ellos. Nunca volverás a mirarte en el espejo y desearás tener un tamaño diferente. Porque cada vez que te mires a ti mismo, podrás recordar que eres de Cristo, y él es tuyo. Qué esperanza. Mark recientemente publicó en Twitter: «Nuestros ejemplos de penurias duraderas a menudo son más poderosos que nuestras historias de éxito y triunfo». La próxima semana hablaremos acerca de la doctrina de la iglesia, nuestros hermanos y hermanas con quienes nos reunimos para regocijarnos en esta esperanza, pero por ahora permíteme orar por nosotros.

Oremos.

Notas del autor:

LA GLORIFICACIÓN

(1 Corintios 15:51-521 Tesalonicenses 4:14-16Romanos 8:111 Corintios 15:53Ap. 21:35)

La glorificación es esa bendición salvadora en la que los creyentes disfrutan la plena y final realización de nuestra unión con Cristo, en la cual los santos serán transformados para reflejar a la perfección la imagen de Jesucristo por la eternidad.

La glorificación es «el paso final en la aplicación de la redención. Sucederá cuando Cristo regrese y levante de entre los muertos los cuerpos de todos los creyentes de todos los tiempos que hayan muerto, los reúna con sus almas, y transforme los cuerpos de todos los creyentes que permanecen vivos, dando así a todos los creyentes al mismo tiempo cuerpos de resurrección perfectos como el suyo».

En un momento, seremos completamente redimidos, completamente libres de la muerte y el pecado, y libre puramente para alabar a Dios en su presencia. Seremos perfeccionados.

Filipenses 3:20-4:1

«20 Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21 el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. 4:1: Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados».

Romanos 8:23

«No sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo».

1 Co. 15:51-53

«51He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, 52 en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. 53 Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad».

La iglesia no espera el regreso de Cristo para que podamos estar unidos a él; más bien, la iglesia está unida a Cristo y espera ansiosamente la consumación de esta unión.

Mark Deve

El plan de redención – Parte 3

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 21/26

El plan de redención – Parte 3

Bienvenido. Oremos antes de comenzar.

  1. Introducción

En las últimas dos semanas, hemos estado mirando el glorioso plan de redención de Dios. Como dije la semana pasada, si eres un creyentes en Jesús, tu corazón debería deleitarse en estudiar el plan y los propósitos de salvación de Dios porque es la historia de cómo Dios te salvó.

Comenzamos a explicar lo que los teólogos a menudo nos referimos como el orden de la salvación que nos ayuda a entender cómo Dios aplica la redención a los creyentes. Puedes encontrar ese orden en la Sección 1 de tu folleto.

Hace un par de semanas, hablamos acerca de los tres primeros pasos o etapas del orden de la salvación: la elección, el llamado del evangelio y la regeneración. Luego, la semana pasada, echamos un vistazo a las siguientes dos etapas: la conversión y la justificación. También dimos un vistazo a la idea de la unión con Cristo, cómo se manifiesta a través del acto de la conversión y es la realidad de nuestra justificación. Hoy veremos los siguientes tres pasos o etapas del orden de la salvación: la adopción, la santificación y la perseverancia.

En otras palabras, podrías decir que estaremos mirando la gloriosa obra de Dios de adoptar pecadores rebeldes en su propia familia, para santificarlos y, luego preservarlos hasta el final.

  1. La adopción

El primer tema en el que queremos pensar es la adopción. Esta idea de la adopción no es un concepto extraño para nosotros. Es donde el creyente, que una vez fue un extraño para Dios, entra a la familia de Dios y se convierte en un hijo de Dios.

Puedo recordar la adopción de mi propio hijo. Esta pequeña vida incorporada a nuestra familia. A las 11:30 de la mañana, el 9 de septiembre de 2011, no teníamos hijos. Un niño pequeño estaba en el mundo, pero no era nuestro. Sin embargo, a las 9:00 de esa noche, nos habían dado un hijo. Él era completamente nuestro, para nunca ser devuelto. El que alguna vez fue un extraño para nosotros, ahora se convirtió en el punto focal de nuestras vidas. Se convirtió en nuestro hijo.

Y así sucede con el cristiano en el momento en que deposita su fe en Jesucristo.

La adopción, como dice un teólogo, es: «Esa bendición salvadora donde los creyentes, en virtud de su comunión con el verdadero Hijo de Dios, comparten su filiación por gracia, se les concede el derecho de ser llamados y recibidos como hijos amados del Padre, y heredar los inconmensurables derechos y privilegios asegurados por el Hijo unigénito, Jesús. Por la adopción, los redimidos se convierten en hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso; son introducidos y reciben los privilegios de la familia de Dios».

¿Cuando sucede? Bueno, como lo aludí antes, la adopción viene después de que un pecador se convierte y expresa su fe en Dios.

Juan 1:12 dice que: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios».

El pecador, después de haber sido perdonado y constituido justo a los ojos de Dios (justificado), también se convierte en receptor de la filiación. El pecador justificado, entonces, es adoptado en la familia de Dios. ¡Ganas libertad y un padre todo en el mismo momento!

Esta relación es lo que más deseamos como cristianos. El evangelio no se trata principalmente de hechos, sino de ser traídos a una relación con Dios (Filipenses 3:7-8). ¡De eso se trata!

Si eres cristiano, me pregunto cómo te afecta esto. En un mundo caído donde las relaciones se rompen, el divorcio es generalizado, y los niños están distanciados de sus padres y otros hermanos, ¿te importa tener un Padre Celestial que te ama y siempre se preocupa por ti?

Mientras que la doctrina de la justificación habla de la relación del cristiano con Dios como Legislador y Juez, él te declara justo, la doctrina de la adopción habla de la relación del cristiano con Dios como su hijo o hija.

Y entonces vemos que Dios hace más que justificarnos: nos da una relación íntima con Él como hijos del Altísimo.

Bueno, tan impresionante como es esta doctrina, veamos donde aparece en la Biblia:

A. Ve conmigo a Efesios 1:4-5. Lo primero que queremos ver es que, en amor, el Padre predestinó la adopción del creyente en Cristo antes de la fundación del mundo.

Efesios 1:4-5 dice: «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor [el Padre] habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo».

Por tanto, la adopción que nos ha otorgado ha sido su plan desde el comienzo del mundo.

B. Ahora ve conmigo a Gálatas 4, versículo 6. Queremos ver aquí que el Padre envió a su Hijo al mundo para hacer la obra de redención necesaria no solo para nuestra salvación, sino para el propósito de nuestra adopción.

Gálatas 4:6 dice: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos».

¿Lo ves? La adopción estaba a la vista de Cristo cuando fue a la cruz. ¡El Padre hizo que su propio Hijo fuera a la cruz para que nosotros pudiéramos ser sus hijos!

C. Pasemos ahora a Romanos 8, versículos 14-17. En este pasaje, quiero que veas que el Padre envió el Espíritu de su Hijo al corazón del creyente, con el claro propósito de asegurarle al creyente que él o ella es hijo del Padre.

Romanos 8:14-17 dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios».

La seguridad de nuestra salvación está envuelta en nuestra adopción como hijos de Dios.

D. Por último, mira algunos versículos más abajo, en el versículo 23. Nota aquí que el hijo de Dios, habiendo recibido el Espíritu de adopción, espera la etapa final de su adopción, cuando su cuerpo mortal caído será redimido de su corrupción y llevado a un estado de gloria como el de Cristo.

Romanos 8:23 dice: «…también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo»[1].

Entonces, hemos sido adoptados como hijos de Dios, pero los efectos completos, la consumación completa, de esa adopción todavía nos están esperando en el cielo.

Veamos las implicaciones de la adopción del cristiano:

  • El hecho de que Dios se relaciona con nosotros como Padre significa que…
    • ¡Él nos ama! 1 Juan 3:1: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él».
    • ¡El nos entiende! Salmo 103:13-14: «Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo».
    • ¡Él nos provee y nos da buenos regales! Mateo 7:11: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?».
    • ¡Él nos guía por el Espíritu Santo! Romanos 8:14: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios».
    • ¡Él nos disciplina y nos mantiene en el camino de la vida! Hebreos 12:5-6: «Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo».
    • ¡Él nos hace una familia! 1 Ti. 5:1-2: «No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza».
    • Finalmente, ¡Él nos hace herederos! Gá. 4:7: «Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo».
      • ¿Herederos de de qué? En 1 Corintios 3, Pablo aborda una división en la iglesia de Corinto donde las personas se jactaban y quejaban por cosas de esta vida.
        • Él dice: «Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co. 3:21-23).
        • Entonces, todas las cosas son nuestras en Cristo. ¡Somos los herederos legítimos de todo!

Jonathan Edwards habló bien acerca de la doctrina de la adopción. Él escribió: «Dios hace de Sus siervos Sus hijos: todos los que le sirven, los adopta y les da el derecho a los gloriosos privilegios de los hijos de Dios. Él no los llama más siervos, sino hijos. Él se manifiesta a ellos, los hace sus amigos íntimos, sus herederos y coherederos con su Hijo. Él derrama Su amor sobre ellos y los abraza en Sus brazos, y mora en sus almas y hace Su morada en ellos, y se entrega a ellos para ser su padre y su porción. En esta vida, con frecuencia los refrescará con los rocíos espirituales del cielo. Los iluminará con rayos de luz y amor. Pero de ahora en adelante, los hará perfectamente felices,  para siempre. ¿Hubo alguna vez un Maestro tan bueno como este?» [2].

Bueno, cuando una persona es adoptada en la familia de Dios, el viejo refrán «de tal palo tal astilla» comienza a sonar verdadero, cuando comienza la verdadera santificación, lo que nos lleva a nuestro siguiente tema… la santificación.

  1. La santificación

Comencemos por la Declaración de Fe de CHBC y cómo define la santificación:

Artículo X, De la Santificación, Declaración de Fe de CHBC:

«Creemos que la Santificación es el proceso por el cual, de acuerdo con la voluntad de Dios, somos hechos partícipes de su santidad; que es una obra progresiva; que comienza en la regeneración; y que se lleva a cabo en los corazones de los creyentes por la presencia y el poder del Espíritu Santo, el Sellador y Consolador, en el uso continuo de los medios designados, especialmente la Palabra de Dios, la autoevaluación, la abnegación, la vigilancia y la oración».

Dicho de otra manera, se dice que la Santificación es «esa bendición salvadora en la que los creyentes, en virtud de estar unidos a Jesucristo, el Santo, comparten la santidad de Cristo, llevan el título de santos y progresivamente llevan a cabo la santidad que ya es nuestra en Él. Por tanto, es ese acto de salvación en el que Dios nos bendice abundantemente al llevarnos a una mayor conformidad con su imagen perfecta, Jesús».

En términos más simples, la santificación es una obra progresiva de Dios y el hombre que nos hace cada vez más libres del pecado y más como Cristo en nuestras vidas reales.

Hay 4 cosas que deben entenderse acerca de la naturaleza de la santificación.

A. Primero, la santificación es posicional o definitiva y ocurre en el momento en que somos regenerados (nacidos de nuevo). Cuando somos regenerados y unidos con Cristo, hay una brecha definitiva con el pecado y la separación del mismo o el compromiso con la santidad y la justicia en el pecador.

Vemos esto en Romanos 6, cuando Pablo escribe que hemos muerto al pecado y hemos sido hechos vivos en Cristo. El pecado ya no reina sobre nosotros. Ya no estamos bajo el poder del pecado… Esa separación inicial del pecado por Dios es lo que llamamos santificación definitiva.

Aunque fuimos esclavos del pecado antes de nuestra conversión, a través de nuestra unión con Cristo en su muerte y resurrección, hemos sido definitivamente santificados, de modo que ya no somos esclavos del pecado y ya no estamos bajo la ley, sino que somos gobernados por la gracia.

Wayne Grudem lo expresa de esta manera: «Una vez que hemos nacido de nuevo, hay un cambio moral que ocurre en nosotros de tal manera que no podemos seguir pecando como un hábito o patrón de vida (1 Juan 3:9), porque el poder de la nueva vida espiritual dentro de nosotros nos impide ceder a una vida de pecado»[3].

Ese es el primer punto.

B. Segundo, aunque la Biblia habla acerca de un comienzo definitivo para la santificación, también ve la santificación como un proceso que continúa a lo largo de la vida cristiana. De esta forma es progresiva. Crecimos en santidad por la gracia de Dios el resto de nuestras vidas.

Ve conmigo a 2 Co. 3:18. Pablo indica que progresivamente nos parecemos cada vez más a Cristo a medida que vivimos nuestras vidas cristianas. Mira lo que dice…

a) 2 Co. 3:18: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor».

Ve conmigo ahora a Fil. 3:13. Aquí, Pablo habla de su propio estado de santificación…

b) Filipenses 3:13-14: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».

Incluso Pablo, aquí, no se considera a sí mismo perfectamente santo. Él sabe que necesita trabajar. Él sabe que el Espíritu Santo continuará trabajando en él para santificarlo y hacerlo a la imagen del Hijo. Así sucede con nosotros.

C. Tercero, mientras estamos siendo conformados a la imagen de Cristo Jesús, debemos entender que la santidad perfecta nunca se ha tenido en esta vida. Nuestra santificación nunca se completará en esta vida. Por el contrario, la santidad perfecta, la santificación completa, solo se logra al morir.

Ve a 1 Juan 3. Comenzando en el versículo 2. ¿Cuándo ocurre la santidad perfecta? Juan escribe…

c) 1 Juan3:2-3: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro».

El autor de Hebreos escribe en el capítulo 12 que solo cuando lleguemos a la presencia de Dios, seremos perfectos.

D. Finalmente, cuarto, la santificación es un proceso doble. Es tanto nuestro trabajo como el trabajo de Dios.

Ve conmigo a Fil. 2, comenzando en el versículo 12. Piensa en las palabras de Pablo, donde se habla del trabajo del hombre y de Dios como activo en el proceso de santificación. Pablo escribe en el versículo 12…

d) Filipenses 2:12-13: «Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad».

Para entender este concepto, debemos entender que la santificación es principalmente una obra de Dios. Es por eso que Pablo puede orar en 1 Ts. 5: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».

El autor de Hebreos escribe en el capítulo 13: «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno».

Por tanto, Dios es el actor principal en nuestra santificación. Y la persona de la Deidad más activa en este proceso es el Espíritu Santo.

Por esa razón, Pablo puede escribir en Gálatas 5 que si crecemos en santificación, «andamos en el Espíritu» y somos «guiados por el Espíritu». El Espíritu de santidad trabaja en nuestro interior para cambiar nuestras pasiones, deseos, actitudes y acciones.

Sin embargo, también debemos comprender que nosotros somos actores involucrados en el proceso de santificación. Desempeñamos un rol tanto pasivo como activo.

Desempeñamos el rol pasivo cuando confiamos en Dios para nuestra santificación y oramos a Dios para que trabaje en nosotros y nos haga conforme a la imagen de su Hijo.

Ve conmigo a Romanos 8:13 otra vez… Pablo escribe en Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis».

Pablo se dio cuenta de que somos completamente dependientes de la obra del Espíritu Santo en nosotros para crecer en nuestra santificación.

Entonces, sí, desempeñamos un rol pasivo en el proceso de la santificación, pero también desempeñamos un rol activo.

Notarás que en el mismo versículo, Pablo ordena a sus oyentes que «hagan morir las obras de la carne»… Claro, el Espíritu Santo nos permite hacer esto, pero al final del día, ¡nosotros debemos hacerlo!

¡Observa que no se da al Espíritu Santo la orden de hacer morir las obras de la carne, sino más bien a los cristianos! Somos llamados, con la ayuda del Espíritu, a eliminar las obras de la carne.

Por esto, Pablo puede escribir en Filipenses 2: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor». Podemos ocuparnos actuando de acuerdo con el impulso y el empoderamiento del Espíritu  del «querer como el hacer, por su buena voluntad».

  1. La perseverancia

Entonces, si Dios está santificando a los que él escogió, regeneró, justificó y adoptó, ¿puede un creyente caer de su estado justificado?

Para responder eso, demos un vistazo a la declaración de fe de CHBC:

Artículo XI, De la Perseverancia de los Santos, Declaración de Fe de CHBC:

«Creemos que los verdaderos creyentes son solo aquellos que resisten hasta el final; que su apego perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesores superficiales; que una providencia especial vela por su bienestar; y ellos son guardados por el poder de Dios a través de la fe para salvación».

En otras palabras, los verdaderos cristianos no pueden perder su salvación.

Echemos un vistazo más de cerca a lo que son básicamente dos partes o lados de esta definición. Primero, la doctrina de la perseverancia de los santos afirma que… Todos los que verdaderamente nacieron de nuevo perseverarán hasta el final.

A. Todos los que verdaderamente nacieron de nuevo perseverarán hasta el final.

Esta idea, aunque un tanto controversial, se confirma claramente en las Escrituras…

Ve conmigo a Juan 6. Comenzando en el versículo 38, Jesús explica por qué descendió del cielo. Versículo 38…: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero».

Observa la certeza en el lenguaje de este pasaje: Jesús no perderá a ninguno, o a nadie, por así decirlo. Jesús hace la declaración enfática de que levantará a los cristianos en el día postrero. No es «Él espera que…» o «si todo va bien». Y no es «si resisten y no pierden su salvación». Él dice que lo hará. Dios está haciendo una promesa.

Más tarde, en el mismo Evangelio de Juan, Jesús declara: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre».

De nuevo, no hay ambigüedad. Nadie, ni otras personas, ni Satanás, ni siquiera nosotros mismos, nada puede separarnos de Dios una vez que nos ha traído consigo.

Además, vemos más evidencia de esta doctrina porque Dios ha puesto su «sello» sobre nosotros…

Ve a Efesios 1, versículo 13. Pablo está hablando de la seguridad que tenemos en Cristo. Versículo 13… «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Efesios 1:13-14).

No podemos y no perderemos nuestra salvación si estamos en Cristo Jesús. Ese es el mensaje del Nuevo Testamento, y esa es la promesa de quien ha escrito nuestros nombres en el libro de la vida del Cordero. Ten la seguridad de que si estás en Cristo, eres suyo por toda la eternidad. Dios te guardará. Él te preservará hasta el final.

B. Solo aquellos que perseveran hasta el final han nacido de nuevo.

Por supuesto, te preguntas, entonces ¿por qué veo a personas «alejarse» de la fe? Para eso, vemos la Declaración de Fe de CHBC.

Ten en cuenta que dice: «Creemos que los verdaderos creyentes son solo aquellos que resisten hasta el final; que su apego perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesores superficiales».

Mientras que la Biblia enfatiza el hecho de que el poder de Dios guardará al que ha nacido de nuevo hasta el final, la Biblia también enfatiza el hecho de que solo aquellos que perseveran hasta el final pueden decirse que verdaderamente han nacido de nuevo.

En otras palabras, solo los verdaderamente salvos evidenciarán continuamente fe y arrepentimiento hasta la muerte.

Con respecto a aquellos que le dan la espalda a la fe y «caen», la Biblia nos dice que podemos estar seguros de que nunca fueron verdaderamente salvos. Debemos recordar que Dios garantiza que aquellos que son verdaderamente salvos lo harán. Dios preserva al cristiano en su fe, así que la perseverancia es la verdadera señal de que uno es verdaderamente un creyente.

Ve a Colosenses 1 conmigo. Versículo 22, Pablo está explicando por qué Cristo tuvo que morir en la cruz… Pablo escribe: «[Dios] en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído» (Col. 1:22-23)

El punto aquí es que permanecer en la fe es una de las señales claras de que alguien realmente está en el redil.

Ahora bien, esta idea no pretende causar temor o ansiedad en los verdaderos creyentes, implicando que si luchan con un cierto pecado, se han alejado de la gracia de Dios y no son realmente salvos. ¡Si somos salvos por la gracia de Dios y esa es nuestra base, entonces podemos estar seguros de que no caeremos por nuestras propias obras!

Por el contrario, pretende hacer un llamado de rendición de cuentas y advertir a aquellos que se han alejado y continúan en su pecado y dejan de exhibir el fruto de la salvación, que su continuada falta de arrepentimiento es una muy buena indicación de que su fe nunca fue real.

C. Aquellos que finalmente caen pueden dar muchas señales externas de conversión.

Pero, ¿qué hay de los que finalmente se apartan, pero dieron, en algún momento de su vida, señales externas de conversión? ¿Que hacemos con eso? Bueno, según Jesús, las señales externas eran en realidad señales falsas, nacidas como tales por el paso del tiempo.

Si recuerdas la parábola de Jesús acerca del sembrador, recordarás que la semilla que se sembró en realidad brotó en varios lugares diferentes. La semilla creció por un tiempo en el suelo rocoso; creció por un tiempo en el suelo espinoso y floreció en el buen suelo. Escucha cómo Jesús explica a los que escuchan el evangelio en tierra pedregosa y espinosa:

«Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;  pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.  El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa».

Estos claramente no son cristianos, a pesar de lo que podría haber sido una apariencia alentadora al principio.

Si estas personas son «falsos hermanos» conscientes, como Pablo llama a algunos que pretenden ser cristianos, a propósito engañados por cualquier razón… o si se engañan a sí mismos de alguna manera, pensando que son cristianos cuando no lo son… estos todavía pueden parecer externamente creyentes genuinos.

En cualquier caso, sin embargo, la Escritura es clara en cuanto a su destino…

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad…» (Mateo 7:21-23).

Observa bien; no es: «Te conocía y te alejaste de mí». No es: «Ya no te conozco». Es: «nunca te conocí», fundamentando la idea de que no hay nada bíblico como la pérdida de la verdadera salvación.

1 Juan 2:19 resume bien esta idea: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros».

Amigo, al cerrar, permíteme terminar con esto. Si bien debemos estar atentos a los falsos creyentes, debemos animarnos a ver el fruto en nuestras propias vidas y las de los demás, ya que evidencia la gracia de la redención de Dios en sus vidas y la nuestra.

Por esa razón, es una misericordia de Dios darnos fruto en nuestras vidas. Él nos da frutos para que podamos ver su obra en nuestras vidas y tener la seguridad de la salvación.

Esta mañana no tenemos tiempo para entrar en los detalles de la doctrina de la seguridad, pero ten la certeza de que el mismo Dios que te resucitó de entre los muertos es el mismo Dios que puede y te preservará hasta el final, si estás en Cristo.

Oremos.

[1] Si bien la adopción tiene una visión presente que se muestra en Romanos 8:15, también tiene una visión futura en la que recibimos la herencia completa de nuestra filiación.

[2]Jonathan Edwards «Christian Liberty: A Sermon on James 1:2», en Sermons and Discourses 1720-1723, The Works of Jonathan Edwards, Vol. 10, Ed. Wilson H. Kimnach (New Haven: Yale, 1992), 630. Edwards tenía 18 años cuando predicó este sermón.

[3] Grudem, Wayne. Teología Sistemática, p. 746.

Mark Deve

El plan de redención – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 20/26

El plan de redención – Parte 2

Bienvenido. Oremos antes de iniciar – «Señor, te alabamos por la gracia de considerar las inescrutables riquezas de Cristo. Ayúdanos a valorar a Jesús por sobre todas las cosas».

  1. Introducción

La semana pasada comenzamos a mirar el glorioso plan de redención de Dios. Si eres un creyente en Jesús, tu corazón debería deleitarse al estudiar el plan y los propósitos de salvación de Dios porque es la historia de cómo Dios te salvó.

Empezamos explicando lo que los teólogos a menudo nos referimos como el orden de la salvación que nos ayuda a entender cómo Dios aplica la redención a los creyentes. Puedes encontrar ese orden en tu folleto.

La semana pasada consideramos las primeras 3 etapas: la elección, el llamado del evangelio y la regeneración. Esta mañana retomaremos con la conversión, luego veremos la unión con Cristo, y luego cerraremos con la doctrina de la justificación.

  1. La conversión (fe y arrepentimiento)

Primero, echemos un vistazo a la conversión. Permíteme comenzar nuestra discusión acerca de la conversión leyendo la declaración de fe de nuestra iglesia en lo que respecta al tema de la conversión, en el artículo VIII, titulado «Del Arrepentimiento y la Fe»:

Artículo VIII, Del Arrepentimiento y la Fe, Declaración de Fe de CHBC:

Creemos que el arrepentimiento y la fe son deberes sagrados, y también gracias inseparables, forjadas en nuestras almas por el Espíritu regenerador de Dios; por lo cual, estando profundamente convencidos de nuestra culpa, peligro e impotencia, y del camino de la salvación por Cristo, nos dirigimos a Dios con contrición, confesión y súplica fidedignas para obtener misericordia; al mismo tiempo, recibimos con entusiasmo al Señor Jesucristo como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, y confiamos únicamente en Él como el único y suficiente Salvador.

Como lo explica nuestra Declaración de Fe, la conversión es «nuestra respuesta voluntaria al llamado del evangelio, en el cual nos arrepentimos de todo corazón de los pecados y ponemos nuestra confianza en Cristo para nuestra salvación personal». Es en este paso que la regeneración nos da la capacidad de actuar, renovando nuestra mente y voluntad.

La conversión  implica arrepentimiento y fe. Entonces, cuando compartes el evangelio, un resumen útil es DIOS-HOMBRE-CRISTO-RESPUESTA; cuando miramos la conversión, pensamos en nuestra necesidad de responder, responder con fe y arrepentimiento. Miremos cada aspecto por separado.

El arrepentimiento

Primero, el arrepentimiento.

Las primeras palabras de Jesús para nosotros en el Evangelio de Marcos son un llamado al arrepentimiento y la fe.

Marcos 1:15: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio».

Las últimas palabras de Pablo a los ancianos de Éfeso resumen el evangelio que les predicó: Hechos 20:20-21: «Y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas,  testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo».

¿Qué es el arrepentimiento? El arrepentimiento implica un dolor sincero por el pecado, una renuncia a él y un compromiso sincero de abandonarlo y caminar en obediencia a Cristo.

En el libro de Zacarías, Dios habla por medio del profeta Zacarías a su pueblo. Un pueblo que lo había desobedecido una y otra vez. Un pueblo que vivió atrozmente en su pecado y adoró a otros dioses. Vidas de pecado y rebelión que destruyeron la relación de Dios con su pueblo.

¿Cuál fue el mensaje de Dios a su pueblo a través del profeta Zacarías? Capítulo 1, versículo 3: «Volveos a mí, dice Jehová de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos».

Dios estaba llamando a los israelitas al arrepentimiento. Lo estaba haciendo por muchas razones, pero el principal motivo era el propósito de restaurar su relación con su pueblo. Como tal, el arrepentimiento, debe decirse, se refiere a la reparación de una relación con Dios que ha sido perturbada por el pecado humano[1].

Como dice Mark Boda, el arrepentimiento «es fundamentalmente un retorno a la comunión íntima con el Dios trino, nuestro Creador y Redentor». Es un retorno relacional que «surge del corazón humano e impacta las actitudes, palabras y acciones».

No se trata solo del dolor de ofender a un Dios santo. Ni siquiera se trata solo de honrarlo con la forma en la que vives, por importante que sea. Fundamentalmente, el arrepentimiento es la restauración de una relación quebrantada con Dios por causa del pecado, cuyo remedio solo puede obtenerse mediante el acto del arrepentimiento.

Y, para ese fin, debe entenderse que el arrepentimiento NO es una simple confesión de pecado. No te dejes engañar por el uso indebido de este término por parte de la cultura. Confesarse no es arrepentirse. La confesión es el primer paso para el arrepentimiento, pero no es el arrepentimiento.

El arrepentimiento requiere un abandono total del pecado y la búsqueda de otra forma de vida… Porque si el propósito del arrepentimiento es restaurar una relación quebrantada con Dios, debemos entender que él NO puede ser burlado. No podemos decirle que lo sentimos y continuar con nuestro pecado… No, el verdadero arrepentimiento es confesar ese pecado, sí, pero luego apartarse de ese pecado y caer de cabeza en el regazo de Jesús para la salvación de nuestra alma.

Imagina que tú y tus amigos se dirigen desde Washington, DC a Nueva York. Te subes al auto y pronto comienzas a ver señales de Richmond, Virginia; luego Charlotte, Carolina del Norte. ¿Qué le dices al conductor? ¡Estás yendo por el camino equivocado! El conductor dice: Lo siento, sí, ¡tienes razón! Deberíamos ir hacia el norte, me siento tan mal por habernos retrasado. Entonces vuelves a la carretera, y pronto ves señales de Charleston, Carolina del Sur; y Savannah, Georgia. ¿El conductor se arrepintió? ¡No! Quizá lo lamenta, pero el arrepentimiento implica mucho más que eso: es girar en U e ir en la otra dirección.

El arrepentimiento no es una cosa de una sola vez. Es algo de toda la vida. Como creyentes, corremos la carrera del arrepentimiento durante toda nuestra vida. La fe y el arrepentimiento verdadero comienzan a ocurrir en un momento de nuestras vidas, pero no solo durante ese momento. La fe y el arrepentimiento marcarán al verdadero cristiano a lo largo de su vida, mientras Dios lleva a cabo su obra hasta su culminación.

Dios no solo usa la convicción de nuestra maldad para ver esto, sino también la realización de su bondad: nuestra aprehensión de la misericordia de Dios hacia nosotros irrumpe nuestros corazones y nos lleva a arrepentirnos.

Da un vistazo a lo que Dios dice en Joel 2:12-13: «Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamentoRasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo».

Pablo le pregunta al lector en Romanos 2:4: «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?».

Esta idea de la importancia y el rol de reconocer la bondad de Dios en el proceso del arrepentimiento se ilustra en Lucas 15: El hijo pródigo había estado viviendo en rebelión y pecado. Luego, en el versículo 17, se nos dice que vuelve en sí… y regresa a casa con la esperanza de que su padre al menos le permita volver a ser un jornalero. Sin duda tenía una visión equivocada de su padre cuando pidió la herencia para obtener su «libertad» años antes. Pero ahora, él confiesa que su padre es un hombre generoso y que el servicio en casa es mucho mejor que la «libertad» en el país lejano… Si el chico hubiera pensado solo en sí mismo –en su hambre, nostalgia, soledad–, habría terminado desesperado. Pero sus dolorosas circunstancias lo ayudaron a ver a su padre de una nueva manera, y esto le trajo esperanza[2]. ¡Esto produjo un verdadero arrepentimiento!

J.I. Packer lo expresa de esta manera: «El arrepentimiento que Cristo requiere de su pueblo consiste en una firme negativa de establecer límites a las afirmaciones que él pueda hacer sobre sus vidas»[3]. El verdadero arrepentimiento es decir: «Está bien, Dios, lo que sea necesario, te lo entrego todo y te seguiré con absoluto abandono… Sin importar el costo… Sin importar el pecado… Sin importar la lucha. Ese es el verdadero arrepentimiento.

Amigo, oro para que si el día de hoy te encuentras viviendo en pecado sin arrepentimiento ni confesión, abandones tu pecado para salvación de tu alma.

La fe

Dicho eso, y habiendo mirado el arrepentimiento, veamos y definamos lo que queremos decir con «fe salvadora».

Efesios 2:8-10 dice: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe».

¿Qué es la fe en Jesucristo? Primero, la fe debe incluir el conocimiento de Cristo y lo que él ha hecho en el evangelio. Debemos tener algunos conocimientos básicos y comprensión sobre los hechos que rodean a Jesucristo. No podemos tener fe en algo o alguien que no conocemos, con el que no tenemos una relación o que no comprendemos.

Romanos 10:14 dice: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?».

Debemos saber acerca de Jesucristo si debemos creer en él. Por eso es tan imperativo que compartamos el evangelio con otros. ¿Cómo sabrán ellos acerca de la salvación si no pueden escuchar el evangelio? ¡No lo harán! ¡La fe salvadora solo se logra conociendo las buenas noticias del evangelio de Jesucristo!

Pero alguien podría decir: «Sí, pero incluso los demonios «saben» acerca de Jesucristo… ¿No tienen ellos este «conocimiento» del que hablas… y, sin embargo, no son salvos?» Y esa persona estaría en lo correcto. Santiago 2:19 dice: «Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan».

Por tanto, la fe salvadora también debe incluir confianza. No solo sabemos acerca de él, nos confiamos a él. Lo recibimos. Descansamos en él. Nos arrojamos sobre él. La fe en Jesucristo es una gracia salvadora (Efesios 2:8-9Filipenses 1:29), por la cual recibimos (Juan 1:12) y descansamos solo en él para salvación, tal como se nos ofrece en el evangelio.

IlustraciónUn edificio en llamas.

Aquí es importante resaltar que no es la fuerza de nuestra fe la que salva, sino que es el objeto de nuestra fe el que salva. Jesucristo es el objeto de nuestra fe. Él nos salva. Puede que estés colgando de un hilo, pero no es la fuerza de tu agarre lo que te salva, sino más bien en quién estás confiando el que lo hace. A medida que aprendes y entiendes que no es la fuerza de tu fe, sino la persona, rápidamente encontrarás que no eres tú quien se aferra a Cristo, sino que es él quien se aferra a ti (Juan 10:28).

Me encanta la forma en que lo dice nuestra Declaración de Fe: «recibimos con entusiasmo al Señor Jesucristo como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, y confiamos únicamente en Él como el único y suficiente Salvador».

John Murray lo expresa de la siguiente manera: La fe es una «transferencia de la confianza que hay en nosotros mismos y en todos los recursos humanos a la confianza solo en Cristo para salvación. Es recibirle y descansar en él… La fe es confianza en una persona, la persona de Cristo, el Hijo de Dios y el Salvador de los perdidos. Nos confiamos a él. No es simplemente creerle a Él; es creer en Él y sobre Él»[4].

Ilustración: La silla en la que estás sentado.

¿Cómo deberíamos pensar acerca de la fe en el proceso de la salvación? Horatius Bonar lo expresó así:

«La fe no es Cristo ni la cruz de Cristo. La fe es siempre la mano extendida del mendigo, nunca el oro del rico, la fe es la ventana que deja pasar la luz, nunca es el sol.

Sin mérito en sí misma, nos une a la infinita dignidad de Aquel en quien el Padre se complace; y al unirnos, nos presenta perfectos en la perfección de otro.

Aunque no es el fundamento establecido en Sión, nos lleva a ese fundamento, y nos mantiene allí, arraigados y asentados, para que no nos alejemos de la esperanza del evangelio.

Aunque no es el evangelio, las buenas nuevas, recibe estas buenas nuevas como las verdades eternas de Dios, y le pide al alma que se regocije en ellas; aunque no es el holocausto, se detiene y mira la llama que asciende, lo que nos asegura que la ira que debería haber consumido al pecador cayó sobre el Sustituto»[5].

Preguntas: ¿De qué manera una correcta comprensión de la conversión es esencial o incluso útil para la comprensión de nuestra salvación? (2) ¿De qué manera una correcta comprensión de la conversión es esencial para la correcta proclamación del evangelio y para nuestro evangelismo?

  1. La unión con Cristo

Habiendo hablado de la fe salvadora, ahora debemos entender que la fe salvadora nos une al Salvador, el Señor Jesucristo. Ser salvo es estar unido al Salvador, el quinto paso en el orden de la salvación.

Estar unidos a Cristo significa que los creyentes se unen personalmente a Jesús vivo, encarnado, crucificado, resucitado y reinante por su Espíritu Santo a través de la fe. La fe dada por Dios y forjada por el Espíritu nos une a Jesucristo, en quien tenemos toda bendición espiritual para la vida y la eternidad.

Así, en Efesios 1:3, Pablo escribe: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo». De hecho, vayamos a Efesios 1:3-14 juntos. Quiero que notes todas las referencias a la unión con Cristo mientras leemos esto juntos [observa todas las referencias a la unión con Cristo].

Efesios 1:3-14: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristosegún nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. 11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, 12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo13 En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14 que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria».

Hay un montón de imágenes bíblicas que ilustran esta unión con Cristo:

La unión con Cristo se asemeja a la de un edificio y su piedra angular (Efesios 2:20-22), una vid y sus ramas (Juan 15:1-8), los miembros de un cuerpo humano y su cabeza (Efesios 1:22-231 Corintios 12:12), y la unión entre un esposo y una esposa (Efesios 5:31-322 Corintios 11:2).

Todos los beneficios de la salvación fluyen a nosotros en virtud de estar unidos al Salvador.

¡Los creyentes son justificados en Cristo, santificados en Cristo, adoptados en Cristo, preservados en Cristo y glorificados en Cristo! Poseemos vida eterna en Cristo (Romanos 6:23); somos justificados en Cristo (Romanos 8:1); glorificados en Cristo (Romanos 8:302 Corintios 3:18); santificados en Cristo (1 Corintios 1:2); llamados en Cristo (v. 9); hechos vivos en Cristo (15:22; Efesios 2:5); creados nuevamente en Cristo (2 Corintios 5:17); adoptados como hijos de Dios en Cristo (Gálatas 3:26); escogidos en Cristo (Efesios 1:4); y resucitados con Cristo (Col. 3:1).

Si Pablo quiere referirse a un cristiano, su manera breve de hacerlo es decir que una persona está «en Cristo» o «en el Señor» (véase Romanos 16:1-13Filipenses 4:21). Col. 1:2). Sin Cristo, Dios es terrible. En Cristo, Dios es maravilloso.

John Murray dice acerca de la unión con Cristo: «La unión con Cristo es realmente la verdad central de toda la doctrina de la salvación, no solo en su aplicación, sino también en su logro definitivo en la obra consumada de Cristo»[6].

Cristo es un tesoro infinito de gracia. Pasaremos el resto de nuestro tiempo esta mañana maravillándonos de los beneficios maravillosos que llegan a los creyentes en virtud de nuestra unión con él[7]. Pero antes de hacerlo, déjame hacerte un par de preguntas…

Preguntas: (1) ¿De qué manera es esencial una correcta comprensión de nuestra unión con Cristo o incluso útil para nuestro entendimiento o seguridad de nuestra salvación? (2) ¿De qué manera es esencial una correcta comprensión de la unión de los cristianos con Cristo para la correcta proclamación del evangelio y para nuestro evangelismo y discipulado?

  1. La justificación

Con ese fin, echemos un vistazo a la doctrina de la justificación, el sexto paso en el orden de la salvación. Para hacer eso, déjame leer lo que dice nuestra Declaración de Fe acerca de la doctrina; puedes encontrar en la página 3 de tu folleto:

Artículo VDe la JustificaciónDeclaración de Fe de CHBC:

Creemos que la gran bendición del Evangelio que Cristo asegura a los que creen en Él es la Justificación; esa Justificación incluye el perdón del pecado y la promesa de la vida eterna sobre los principios de la justicia; que es otorgada, no en consideración a ninguna obra de justicia que hayamos hecho, sino únicamente a través de la fe en la sangre del Redentor; en virtud de la cual, su perfecta justicia nos es imputada libremente por Dios; que nos lleva a un estado de bendita paz y favor con Dios, y asegura todas las demás bendiciones necesarias para el tiempo y la eternidad.

La justificación es esa bendición salvadora mediante la cual los pecadores son declarados justos ante Dios a través del perdón de nuestros pecados y la imputación de la justicia de Cristo. Esta declaraciób legal de Dios se produce precisamente cuando somos llevados a compartir la vida justa, la muerte que lleva el pecado y la resurrección triunfante de Jesús.

La justificación es una declaración legal o judicial de Dios de que somos justos ante sus ojos… no debido a nuestras obras, sino porque él imputa o acredita la justicia de su Hijo como la nuestra. Somos contados justos en Cristo.

Si pensamos que la regeneración es comparable al trabajo de un cirujano que está creando un nuevo corazón, la justificación sería entonces comparable al trabajo de un juez. Es una declaración externa y legal de parte de Dios de nuestra posición ante Dios, a saber, que ahora somos justos, limpios o «no culpables» ante Él.

Pablo escribe en 2 Co. 5: 21 acerca de esta justicia imputada: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él».

Más tarde, Pablo escribiría a los filipenses en Filipenses 3:4-9: «Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe».

Somos justificados solo por la fe, solo en Cristo, no por nuestras obras.

Es instantáneo sobre nuestra verdadera confesión de fe en Cristo. «Cristo no solo nos acredita la gracia para que podamos producir buenas obras y ganar nuestro camino al cielo», como es la posición del catolicismo romano. La Escritura es clara en este punto:

  • Gálatas 2:16: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado».

Nuestra fe en Cristo «dispara» la justificación. La fe es en sí misma un regalo de Dios que no podemos obtener o ejercitar por nuestra cuenta. Nosotros simplemente no podemos producir fe salvadora, y no podemos ganar la fe o la salvación por ningún acto o mérito de nuestra parte. Somos justificados solo por la gracia de Dios solo a través de la fe.

Entonces, de esta manera, es todo gracia. La gracia de Dios al darnos fe salvadora. Y la gracia de Dios al hacer que esa fe salvadora sea suficiente para justificarnos a través de la obra de Cristo.

¿Te has preguntado por qué la fe es el medio que Dios usa para justificar al pecador? ¿Por qué Dios no usó el amor, la humildad o la bondad? Bueno, Dios usa la fe porque va exactamente en contra de nuestra autodependencia. Confiar en Dios para ser justificados entra en conflicto directo con el deseo del hombre de depender de sus propias buenas obras para la salvación. Es Dios quien recibirá la alabanza y la gloria en la salvación y no el hombre. Es la justicia de Cristo lo que nos hace inocentes.

«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9)

Preguntas: (1) ¿De qué manera es esencial una correcta comprensión de la justificación o incluso útil para la comprensión de nuestra salvación? (2) ¿De qué manera es esencial una correcta comprensión de la justificación para la correcta proclamación del evangelio y para nuestro evangelismo?

Oremos.

Opcional para la justificación: Catecismo de Heidelberg

P. 60: ¿Cómo eres justo ante Dios?

Por la sola verdadera fe en Jesucristo,a de tal suerte que, aunque mi conciencia me acuse de haber pecado gravemente contra todos los mandamientos de Dios, no habiendo guardado jamás ninguno de ellos,b y estando siempre inclinado a todo mal,c sin merecimiento alguno mío,d solo por su gracia,e Dios me imputa y daf la perfecta satisfacción,g justicia y santidad de Cristoh como si no hubiera yo tenido, ni cometido algún pecado, antes bien como si yo mismo hubiera cumplido aquella obediencia que Cristo cumplió por mí,i con tal que yo abrace estas gracias y beneficios con verdadera fej.

[aRo. 3:21-2224Ro. 5:1-2Gl. 2:16Ef. 2:8-9Fil. 3:9b. Ro. 3:19c. Ro. 7:23d. Tit. 3:5Dt. 9:6Ez. 36:22e. Ro. 3:24Ef. 2:8Ef. 4:42 Co. 5:19g. 1 Jn. 2:2h. 1 Jn. 2:1i. 2 Co. 5:21j. Ro. 3:22Jn. 3:18][8].

[1]Boda, Mark J. Return to Me: A Biblical Theology of Repentance (Nuevos Estudios sobre Teología Bíblica).

[2]Wiersbe, W. W. (1996). The Bible exposition commentary (Vol. 1, p. 235). Wheaton, IL: Victor Books.

[3]J.I. Packer, Evangelism and the Sovereignty of God (Downers Grove, IL: InterVarsity, 1961/2008), 81.

[4]John Murray, Redemption Accomplished and Applied (Grand Rapids: Eerdmans, 1955), 111-12.

[5]–Horatius Bonar, The Everlasting Righteousness; or, How Shall a Man be Just with God? (Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1874/1993), 111-113.

[6]John Murray, Redemption Accomplished and Applied (Grand Rapids: Eerdmans, 1955), 161.

[7]Col. 2:20-3:4Juan 17:24-26

[8]http://www.clir.net/pdf/heidelberg.pdf

Mark Deve

El plan de redención – Parte 1

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 19/26

El plan de redención – Parte 1

  1. Introducción: El problema de la salvación

En las últimas semanas, hemos estudiado a Dios, principalmente a la persona del Espíritu Santo. El día de hoy, comenzamos una encuesta acerca de cómo Dios trabajó desde la eternidad pasada y trabaja en la eternidad futura para reconciliar a un pueblo elegido con él a través de la obra expiatoria de Cristo en la cruz. Pero primero quiero hablar de una palabra común: «salvación».

La palabra «salvación» en sí plantea un problema en nuestra cultura posmoderna, una cultura que dice que la verdad es relativa. ¿Cuál es el problema? Bueno, la salvación supone que tenemos una situación difícil. Supone que necesitamos ser salvados. ¿Pero salvados de qué? ¿Salvados para qué? ¿Salvados por quién?

Nuestra cultura ha perdido el vocabulario de palabras como «pecado» y «santidad». En nuestra cultura terapéutica, «el pecado» ya no se define por quiénes somos aquí [en el corazón], sino más bien por los errores e injusticias que se han cometido contra nosotros afuera. No hay verdaderos conspiradores, solo víctimas.

Nuestro problema fundamental, dice nuestra cultura, no es la presunción espiritual, sino la baja autoestima. Pero ésta es la esencia del orgullo. Nuestra cultura les dice a todos que se expresen; que se recompensen… pero, ¿qué dice el Señor? Él nos llama a negarnos a nosotros mismos, no a abandonar a Dios para encontrar en nosotros mismos lo que una vez encontramos en Dios y solo podemos encontrar en él.

Esa clase de abandono yace en el corazón de ese primer pecado en el huerto, el deseo de no vivir para Dios sino ser Dios. En Edén, nuestros primeros padres trataron de quitarle a Dios su trabajo, y nosotros lo hacemos todo el tiempo. Con demasiada frecuencia no nos vemos como criaturas dependientes. En cambio, nos vemos a nosotros mismos como los autores de nuestra propia existencia, los jueces de nuestros propios valores y los dueños de nuestros propios destinos. Así como el pecado se ha desvanecido, también lo ha hecho Dios de nuestra conciencia.

No es sino hasta que captamos las profundidades de nuestra depravación, de nuestro pecado, no es sino hasta que entendemos el mal que reside aquí (en el corazón) que podemos entender correctamente que necesitamos ser salvados no solo de nosotros mismos, sino de Dios. Y ese remedio para la salvación no está en nosotros, sino fuera de nosotros.

Me gusta la forma en que Spurgeon lo expresó, él dijo: «El que no piensa seriamente acerca del pecado, no pensará seriamente acerca del salvador»… Mi deseo es que podamos ser los que piensan profundamente acerca de la salvación porque entendemos lo que la Biblia dice acerca de nosotros: que somos pecadores y necesitamos ser salvados.

  1. El orden de la salvación

Entonces, ¿cómo se da la salvación? ¿Qué sucede realmente cuando alguien es salvo? Estamos en el punto dos en tu folleto: El orden de la salvación.

En las clases anteriores, hablamos acerca del hecho de que todos hemos pecado y merecemos el castigo eterno de Dios. Sin embargo, al morir obedientemente en la cruz, Cristo logró la redención de su pueblo. Con «redención» me refiero a que Cristo pagó el precio para comprarnos de nuestra esclavitud al pecado; cuando alguien redime algo, como en una casa de empeño, la persona debe pagar un precio para recuperar lo que le pertenece. Cristo, a través de su obra en la cruz, ganó nuestra salvación…

Hoy, veremos la forma en que Dios aplica esa salvación a las vidas individuales.

A lo largo de las próximas cuatro clases veremos que «la salvación es del Señor». Dios no solo logró algo en la cruz; él también aplica los beneficios de la cruz a personas individuales.

De manera que cuando la Biblia habla de la salvación, no habla de un «acto simple e indivisible». Al contrario, habla de la salvación que comprende una «serie de actos y procesos». La Escritura habla de la salvación en el pasado, presente y futuro. Los cristianos han sido salvos (Efesios 2:8), están siendo salvos (1 Corintios 1:18), y serán completamente salvos algún día de las consecuencias del pecado (Romanos 5:9).

Dado que la aplicación de la redención no es una acción única, sino más bien una serie de actos y procesos, no debería sorprendernos que siga un orden determinado y distinto con una disposición de varios pasos. Sin embargo, ningún versículo de la Escritura menciona cada acto o proceso en este «orden de la salvación».

En cambio, una comparación cuidadosa de varios pasajes del Nuevo Testamento nos da un marco para el orden de la salvación. [Eso es lo que hace la teología sistemática: ver toda la Biblia para ver lo que ella dice respecto a un tema o pregunta].

Considera Romanos 8:29-30, por ejemplo: «Porque a los que antes [Dios] conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó».

Así que vemos que la predestinación precede al llamado, que precede a la justificación, que a su vez precede a la glorificación. Esto tiene sentido, ¿no? Dios no podía, por ejemplo, glorificar a un pecador que no había sido justificado, ¿o no? Hay un orden lógico de cómo se aplica la salvación a las personas.

Bueno, el orden de la salvación que consideraremos en las próximas semanas es el siguiente [esto está en la parte delantera de tu folleto]:

  • La elección (Dios escoge las personas que serán salvas)
  • El llamado del evangelio (proclamar/escuchar el mensaje del evangelio)
  • La regeneración (nacer de nuevo)
  • La conversión (fe y arrepentimiento)
  • La justificación (posición legal correcta; la justicia de Cristo es imputada)
  • La adopción (membrecía en la familia de Dios)
  • La santificación (crecimiento en obediencia y conocimiento; mayor conformidad con Cristo)
  • La perseverancia (continuar en la fe; permanecer en Cristo)
  • La muerte (estar con el Señor)
  • La glorificación (recibir un cuerpo resucitado)

Deberíamos observar que algunos de los aspectos de la salvación dependen completamente de Dios (como la elección). Otros, como la conversión, requieren de la actividad humana junto con la actividad de Dios. El arrepentimiento y la fe son dones a los que debemos responder (2 Ti. 2:25).

Además, ten en cuenta que este orden de la salvación no es estrictamente cronológico: sabes que esto sucede, entonces eso sucede. Por ejemplo, en el momento en que realmente nos arrepentimos y ponemos nuestra confianza en Cristo, Dios nos justifica y nos adopta, y comienza el proceso de santificación. No todo sucede a la vez, claro está, obviamente somos regenerados antes de ser glorificados. Pero principalmente, el orden de salvación es uno de orden lógico más que un orden cronológico.

El día de hoy, intentaremos cubrir el proceso inicial de la salvación mirando las doctrinas de la elección, el llamado y la regeneración. Y abordaremos el resto durante las próximas tres semanas. Así que aquí vamos, punto 3: Doctrina de la elección/predestinación.

  1. La doctrina de la elección/predestinación

La primera sección con la que debemos  empezar es la elección de Dios. Como dijimos antes, la salvación comienza con Dios. Si te fijas en tu folleto, definimos la elección como: «un acto de Dios antes de la creación en el que él escoge que algunas personas sean salvas, no a causa de ningún mérito previsto en ellas, sino solo por su beneplácito y soberano placer».

En otras palabras, Dios escogió salvar a un número específico y definido de personas. Él garantizó su salvación, ganó en la cruz por Jesús, y otorgó los beneficios de la muerte y resurrección de Jesús a sus vidas.

Si dependiera del hombre, todos permaneceríamos para siempre en nuestros pecado, porque tal como está escrito: «No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios» (Romanos 3:10).

Solo un poderoso acto sobrenatural por parte de Dios puede rescatar a los pecadores en esta condición. Si van a ser rescatados, Dios debe tomar la iniciativa, y esto es precisamente lo que Dios hace. Él soberanamente saca a un hombre del reino de Satanás y lo coloca en el reino de Cristo (Col. 1:13).

Esta doctrina de la elección o predestinación, como a veces es llamada por los apóstoles, está claramente expuesta en las Escrituras; los escogidos son referidos al menos 25 veces en el Nuevo Testamento. Así que veamos la Biblia, porque queremos ver las cosas por nosotros mismos en las Escrituras.

Entonces, Lucas escribe en Hechos 13:48 acerca de Pablo y Bernabé predicando a los gentiles en Antioquía. Él dice que cuando los gentiles escucharon el mensaje: «se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna». Aquí vemos que los escogidos de Dios son los que creen en el evangelio.

Efesios 1:4-5 dice: «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad».

Pablo en 1 Tesalonicenses 1:4-5 dice: «Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección; pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros». Pablo sabe que estos cristianos de Tesalónica son escogidos de Dios porque tienen fe en el evangelio. 

La implicación, por supuesto, es que el amor electivo de Dios debe dirigirse hacia un individuo antes de que sea posible una respuesta de fe salvadora. Escribiendo a esa misma iglesia, Pablo escribe más tarde: «Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación» (2 Tesalonicenses 2:13).

La elección de Dios de salvar a ciertos individuos descansa únicamente en su voluntad soberana. Es una elección incondicional. No hacemos nada para merecerla. Su elección de salvar a pecadores particulares no se basó en ninguna respuesta u obediencia prevista de su parte, como la fe y el arrepentimiento.

Por el contrario, Dios da fe y arrepentimiento a cada individuo que escoge. Cualquier acto de obediencia como la fe y el arrepentimiento son el resultado, y no la causa de la elección de Dios.

Nunca encontrarás en las Escrituras que nuestra fe fue la razón por la que Dios nos escogió. La salvación es completamente por gracia. Por tanto, la elección de Dios del pecador, no la elección de Cristo por parte del pecador, es la gran causa de la salvación. Amamos porque Dios nos amó primero… elegimos a Dios porque él nos escogió primero.

También vemos elecciones incondicionales en el Antiguo Testamento. Recuerda, estamos viendo toda la Biblia para este tema. En Deuteronomio 7:7-8, Dios claramente expone la razón por la cual escogió soberanamente a Israel para ser su pueblo elegido: «No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos;  sino por cuanto Jehová os amó…».

El propósito de Dios en la elección de Israel no estaba basado en el pueblo. Estaba basado en Dios. Y observa que estaba basado en el amor de Dios.

Dios está diciendo: «Te escogí porque te amaba». Podríamos detenernos allí hoy, ¿no? Recuerdo que una vez un mentor mío estaba hablando de una ocasión en que su esposa le preguntó por qué la amaba. Y aunque tenía un millón de razones, simplemente dijo: «Cariño, te amo… porque te amo». Eso es lo que le pasa a Dios, no podemos conocer su mente más allá de lo que él revela en su Palabra. Así que debes saber que si estás en Cristo, Dios te escogió porque te amaba. ¿Por qué te ama? Porque te ama.

En el Nuevo Testamento vemos que la elección no se explica en ninguna parte más claramente que en Romanos, capítulo 9, versículos 10-16. Dice:

«Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre  (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama),  se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia»

¿«A Esaú aborrecí»? ¡Qué fuerte! Suena injusto. Sin embargo, cuando hacemos la pregunta que Pablo hace: «¿Hay injusticia en Dios?», debemos decir: «¡No, en lo absoluto!». Dios pudo haber dicho con toda razón: «Aborrezco a Esaú a Jacob». Si miras la vida de Jacob en Génesis, especialmente durante sus primeros años, verás que su comportamiento es detestable: es un traidor, mentiroso e intrigante. La pregunta difícil no es cómo puede Dios aborrecer a Esaú, sino cómo puede amar justificadamente a Jacob, un pecador.

El verdadero misterio no es: «¿por qué Dios solo salvaría a algunos?», sino: «¿por qué él salvaría a alguno de nosotros?» Todos merecemos la condenación eterna, pero en su amor y misericordia, Dios planeó salvar a algunos de nosotros.

Observa en este pasaje que el propósito de Dios en la elección se lleva a cabo incluso antes de que nazcan Jacob o Esaú, antes de haber hecho ellos algo bueno o malo.

La elección de Dios no estaba condicionada a sus acciones, sino a la voluntad soberana de Dios. Para nosotros es difícil lidiar con esto, pero me gusta la forma en que Thabiti Anyabwile lo expresa: «Dios no se avergüenza de su ira, ni nosotros deberíamos estarlo»…

Además, una objeción común a la doctrina de la elección que a menudo es manifestada es que la elección significa que los incrédulos nunca tienen la oportunidad de creer. Pero la Biblia no apoya esta objeción.

Cuando las personas rechazan a Jesús, él siempre echa la culpa a su decisión voluntaria de rechazarlo, no a algo decretado por Dios. En Juan 5:40, Jesús dice: «no queréis venir a mí para que tengáis vida».

Este es el patrón consistente en las Escrituras: las personas que permanecen en la incredulidad lo hacen porque no están dispuestas a acercarse a Dios, y la culpa de tal incredulidad siempre recae en los incrédulos, nunca en Dios.

[¿Qué significa para nosotros prácticamente que Dios escoge a algunos para ser salvos? (Es un consuelo, Romanos 8 muestra que Dios siempre actúa por el bien de aquellos a quienes llamó; Nos da humildad y un corazón agradecido, la salvación no se encuentra en nosotros; Hace que el evangelismo sea esperanzador, en Hechos 18, el Señor le dice a Pablo en una visión que se quede en Corinto y continúe predicando porque: «[Tiene] mucho pueblo en esta ciudad»)].

Debido a que la elección es tan crucial pasamos mucho tiempo en ella; ahora bien, avancemos más rápidamente en nuestros próximos dos acontecimientos en el orden de la salvación.

  1. La invitación del evangelio

Hemos establecido el hecho de que nuestra salvación comienza con nuestra elección por parte de Dios. Ahora debemos tratar de entender cómo se lleva a cabo esta salvación, y así llegamos a lo que se conoce como la invitación del evangelio; este es el punto número dos en el orden de salvación.

Sin la invitación del evangelio, o el llamado del evangelio, nadie sería salvo. «¿Y cómo creerán [los hombres] en aquel de quien no han oído?» (Romanos 10:14). Pablo le dice a los tesalonicenses que Dios los llamó a la salvación a través del evangelio (2 Tesalonicenses 2:14). Sin embargo, es importante notar que el llamado del evangelio es un llamado con dos aspectos diferentes.

Mientras que un llamado evangelizador externo y general va dirigido a todos los hombres, algo que algunos rechazan… un llamado interno más fuerte y más efectivo es dado por nuestro Dios soberano, quien convoca a las personas de manera que siempre responden con fe salvadora a través de la obra del Espíritu Santo.

Romanos 8:29 dice que aquellos a quienes Dios predestinó, él también llamó. Como podemos ver, este llamado es un llamamiento eficaz y es un acto de Dios que garantiza una respuesta porque, como dice Pablo, los que fueron llamados también fueron justificados y glorificados. Dios llama a los hombres «de las tinieblas a su luz admirable» (2 Pedro 2:9).

Debemos llamar a todos a arrepentirse de sus pecados y confiar en Cristo. Pero también debemos ser conscientes de que no todos responderán al evangelio. Como dijo Jesús: «muchos son llamados, y pocos escogidos».

Solo Dios puede llamarnos efectivamente. En Juan 6:44, Jesús dice: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero». En el versículo 65 de ese mismo capítulo, repite esta enseñanza: «Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre». Aquellos de nosotros que somos cristianos hemos sido llamados a serlo. Hemos recibido oídos para escuchar y ojos para ver la luz del evangelio.

Sabemos que hemos sido escogidos y llamados por Dios si hemos creído en Dios, nos hemos arrepentido de nuestros pecados y hemos confiado en el Señor Jesucristo. Esto es lo que Pedro quiere decir cuando le dice a los escogidos de Dios: «Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección» (2 Pedro 1:10). Hacemos esto al examinar nuestras vidas y ver si reflejan la enseñanza bíblica de una respuesta fiel al evangelio.

Avancemos al punto 5, la regeneración.

  1. La regeneración

Hemos hablado de esto en nuestras clases acerca del Espíritu Santo, pero ¿cuándo se considera que el hombre ha sido regenerado? ¿Antes o después de escuchar el evangelio?

Bueno, sabemos por las Escrituras que la regeneración viene antes de que podamos responder al evangelio con fe salvadora. Sin embargo, es difícil determinar el momento exacto en el que una persona escucha la proclamación del evangelio y es regenerada. ¡Así que no te preocupes si no sabes la hora!

Sin embargo, debemos decir que la predicación del evangelio generalmente coincide con la regeneración del hombre. Al menos esto es lo que sucedió en la casa de Cornelio en Hechos 10. Mientras Pedro todavía estaba hablando el evangelio, el Espíritu Santo vino sobre todos los que escucharon el mensaje.

La regeneración es un acontecimiento instantáneo en el que el Espíritu Santo obra en nosotros y nos permite tener fe y seguir a Cristo. Luego sigue la conversión y la justificación, que veremos la próxima semana, si Dios quiere.

¿Recuerdas antes cómo hablamos acerca de cómo algunos eventos en la salvación dependen completamente de Dios? Bueno, la regeneración es uno de ellos. El hombre es completamente pasivo en su propia regeneración. No puede darse a sí mismo vida física, ni puede darse a sí mismo vida espiritual. Sería como un cuerpo en la morgue tratando de darse RCP, simplemente no funciona.

La regeneración es la obra del Espíritu Santo. Y cuando la gente habla acerca de «nacer de nuevo», lo que realmente dicen es que han sido regenerados, porque eso es lo que significa. La regeneración es otra forma de decir «nacer de nuevo».

Vemos la regeneración en el Antiguo Testamento. En Ezequiel 36:26-27, cuando Dios hace promesas sobre lo que hará por su pueblo, dice: «Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra». Observa que es Dios quien está actuando. «Haré» estas cosas, dice.

Vemos la regeneración en el Nuevo Testamento. Juan 1:13 dice que los cristianos «no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Es Dios quien debe dar ese primer paso para darnos la capacidad de arrepentirnos y creer.

Es muy importante que entendamos esto. Necesitamos ser regenerados primero antes de que podamos producir fe salvadora. Muchos cristianos bien intencionados dicen que si crees en Cristo como tu Salvador, entonces nacerás de nuevo, después de que creas. Pero las Escrituras NO dicen esto.

Por ejemplo, en Hechos 16:14, Lucas dice de Lidia: «El Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía». Primero, Dios abrió su corazón, luego ella pudo responder con fe. Puede ser solo por una mínima fracción de segundo, pero la regeneración precede a la fe.

No podemos tener un corazón suave y oídos para escuchar hasta que Dios nos los dé. Piénsalo de esta manera: antes de que tu corazón pueda tomar una decisión, primero tiene que tener pulso. La regeneración es el desfibrilador espiritual que hace latir el corazón antes de que pueda hacer cualquier cosa, como creer en Dios.

La regeneración siempre produce frutos en la vida cristiana, y la verdadera regeneración se evidenciará en una vida transformada.

Todo lo que hablamos hoy, la elección, el llamado del evangelio, la regeneración… todo el camino hasta nuestra glorificación, es un paquete. Dios no puede fallar en la salvación. Nuestra redención está escrita y perfectamente completa por Él.

La regeneración crea en nosotros un estado de corazón y espíritu que nos hace apartarnos de nuestro pecado y comprometernos con Cristo en la fe. «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios» (1 Juan 3:9). Hay más textos como Juan 3 y la historia de Nicodemo que podríamos debatir, pero permíteme detenerme aquí.

Oremos.

APÉNDICE A

Doctrina de la reprobación

Si Dios soberanamente escoge salvar a algunos, eso necesariamente significa que no todos son escogidos. Algunos necesariamente perecerán. Esta es la doctrina de la reprobación.

La reprobación puede definirse como: «la decisión soberana de Dios antes de la creación de pasar por alto a algunas personas, decidir no salvarlas y castigarlas por sus pecados, y así manifestar su justicia».

¿Escuchar esto te enoja? ¿Quieres objetar? ¿Crees que esta doctrina simplemente no puede ser verdad de un Dios amoroso? Si respondes que sí, entonces no estás solo. Esto es algo con lo que mucha gente lucha.

«El amor que Dios nos da por nuestros semejantes y el amor que nos ordena que tengamos hacia nuestro prójimo nos hace retroceder en contra de esta doctrina, y es justo que tengamos miedo al contemplarla. Es algo en lo que no querríamos creer, y no lo creeríamos, a menos que las Escrituras lo enseñen claramente»[1]. Sin embargo, las Escrituras sí lo enseñan, así que tenemos la responsabilidad de creerlo, conocerlo y reconocer que de alguna manera, en la sabiduría de Dios, el hecho de que algunos serán eternamente condenados muestra la justicia de Dios y esto da como resultado que su gloria se muestre a los objetos de su gracia.

A menos que pienses que no hay fundamentos para esta doctrina, escucha estos versículos en las Escrituras:

  • Judas 4 dice: «Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que… niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo».
  • En 1 Pedro 2:8, Pedro dice que los que rechazan el evangelio: «tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados».
  • Proverbios 16:4 dice: «Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo».

Pablo también alude a esta idea de la reprobación en Romanos 9:18-23, donde exhorta ante su audiencia que es completamente justo para Dios «hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra», y que es totalmente justo que Dios «[muestre] su ira y [haga] notorio su poder» al tratar con aquellos que son  «vasos de ira» preparados para la destrucción.

Un gran estudio que hacer es observar no solo la existencia de la doctrina de la elección en las Escrituras, sino cómo los autores bíblicos la perciben. Los autores de las Escrituras se regocijaron en esta doctrina como una señal del amor y la misericordia de Dios y de la gracia y la soberanía de Dios. Es por eso que debemos hablar sobre el amor electivo de Dios. Si nos escogió, entonces será fiel para ser no solo el autor de nuestra fe sino también el consumador. ¡Sabemos que él trabajará por el bien de aquellos de nosotros que le amamos, que somos llamados de acuerdo con su propósito salvador!

Entonces, si Dios ha escogido salvar a algunos, ¿por qué necesitamos evangelizar y comunicar el evangelio a los demás? (Comunicar el evangelio es el medio que Dios usa para atraer a los escogidos. Nuevamente, la elección no hace que el evangelismo sea inútil, sino esperanzador. Dios nos ordena que proclamemos a los demás el evangelio, lo que nos lleva a nuestro siguiente tema…).

Comentarios adicionales

¿La elección nos convierte en robots que no tienen opciones reales? Nuestras elecciones son voluntarias porque son lo que queremos y decidimos hacer. También tenemos verdadera responsabilidad por nuestras elecciones. Un supervisor a menudo dirige las acciones de sus empleados sin violar su libertad o responsabilidad. Lo mismo ocurre con Dios, pero en un sentido más grande y más perfecto. 1 Pedro 2:8 dice de los malvados: «tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados». Para los justos, podemos decir que «Dios nos hace escoger a Cristo voluntariamente»[2](Otros ejemplos son Faraón, José y sus hermanos, etc.).

¿Cómo crece alguien en la fe? Bueno, una forma de hacerlo está en Romanos 10:17«La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios». La fe no solo proviene inicialmente de la Palabra de Dios, sino que también crece a medida que es alimentada por la Palabra de Dios.

Pregunta: Estoy de acuerdo en que debemos confiar en Jesús para salvación porque es por medio de la fe que somos salvos, ¿pero no estás diciendo que una persona también debe arrepentirse, es como decir que también debemos trabajar para ser salvos porque estamos agregando algo para creer? Después de todo, he escuchado que el Evangelio de Juan, que es uno de los libros más evangelísticos del Nuevo Testamento, solo habla a la gente que cree y no menciona el arrepentimiento, sino solo el creer.

  • Cuando Jesús envió a los doce, Marcos 6:12 dice que predicaban que los hombres se arrepintiesen. En el mismo relato en Lucas 9:6 dice que salieron predicando el evangelio (Véase también Hechos 20:20-21). De hecho, en Lucas 3:13, Jesús dice que si no nos arrepentimos, pereceremos.
  • Si bien el Evangelio de Juan puede no contener la palabra «arrepentirse», sí habla del arrepentimiento. Por ejemplo, en Juan 8:31-41, Jesús le está hablando a los «judíos que habían creído en él», y establece un contraste entre los verdaderos seguidores que «permanecen en su palabra» y los que no lo hacen, que solo creen sin arrepentimiento. Además, en Juan 12:24-26, Jesús habla del morir a nosotros mismos (es decir, arrepentimiento) para que podamos vivir para Dios y renunciar a la actitud de vivir para nosotros.
  • El arrepentimiento y la fe, aunque son distintos entre sí, necesariamente se unen. No podemos tener verdadera fe en Cristo sin arrepentirnos de nuestro pecado. Lo mismo sucede con la fe y la esperanza: se distinguen, pero la fe nunca deja de tener esperanza. No podemos volvernos a Dios sin volvernos de nuestros pecados (es decir, sin arrepentirnos).
  • ¿Cristo nos llama solo a dar nuestro consentimiento o hay algo más a lo que él nos llama? La fe salvadora no es meramente intelectual. La justificación es solo por fe, pero no por una fe que está sola.
  • El efecto de no llamar a otros a arrepentirse en el llamado del evangelio es producir «hipócritas del evangelio», o aquellos a quienes se les ha dicho que son cristianos porque simplemente creen sin ningún compromiso hecho para seguir a Cristo.

Pregunta: ¿Cuál es la Nueva Perspectiva acerca Pablo (NPP) y su comprensión de la justificación?

  • La NPP sostiene que Pablo no estaba hablando del legalismo judío versus la fe cuando habla de la justificación. En cambio, la NPP dice que Pablo estaba hablando en contra de las tendencias etnocéntricas de los judíos que argumentaban en contra de los cristianos gentiles el ser incluidos en el pacto. El problema con el judaísmo no era porque fuera legalista sino porque no era un cristianismo que aceptara a los gentiles. La ley judía no se mal utilizaba como un medio de autojustificación sino como un medio para excluir a los gentiles. Pablo no estaba hablando acerca de los problemas de la salvación de cómo uno es salvo, sino de los problemas de la membresía en la comunidad del pacto y cómo uno debe saber que están en esa comunidad. Debido a que los judíos pensaban que ellos eran el único pueblo del pacto, negaban que Jesús fuera el Mesías prometido que cumplió las promesas de salvación del Antiguo Testamento tanto para judíos como para gentiles.
  • El término NPP vino de James Dunn, quien elaboró ​​ideas introducidas por E.P. Sanders. N.T. Wright ha retomado y escrito acerca de este enfoque para estudiar a Pablo.
  • La NPP dice que los judíos en la época de Pablo estaban conscientes de la gracia y guardaron la ley por gratitud, como respuesta adecuada a la gracia. Después de todo, los judíos se creían los reconocidos benefactores de la gracia del pacto de Dios (esto no es nada nuevo). Sin embargo, Jesús constantemente mostró que los líderes judíos no conocían a Dios (por ejemplo, Juan 8:47Mateo 23:15) y se exaltaron a sí mismos y a su propia moralidad y no siguieron a Dios, y que este era el problema tal como lo es hoy, incluso entre los cristianos: es un problema universal. Sus corazones estaban llenos de autosuficiencia, como lo demuestra la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos.
  • La NPP dice que la justicia de Dios no significa la obediencia salvadora de Cristo que fue imputada al pecador para ser declarado justo. En cambio, la NPP dice, como en Gálatas, que no estar justificados por las obras de la ley significa no ser definidos como cristianos por la circuncisión, el guardar el día de reposo u otras leyes ceremoniales. Si esto era todo de lo que Pablo estaba hablando, entonces la propia fidelidad puede contribuir a la justificación. La justificación se vuelve más pequeña de lo que realmente implica. La NPP dice que nadie puede recibir la justicia de Cristo, es intransferible. Otro ejemplo de esto está en Romanos 3:20, donde dice: «ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él». La NPP diría que no podemos referirnos simplemente a «las obras» como el problema, porque fueron las «obras de la ley», o la fidelidad a la Torá, lo que separó a los judíos de todos los pueblos. Mientras que las obras fueron colocadas en el contexto de guardar la Torá (como era todo en ese momento), pero no era la Torá lo que era el énfasis, sino el confiar en las propias obras para obtener justicia delante de Dios. Entonces, para la NPP, la justificación se trata más de nuestras relaciones con otros creyentes que de nuestra relación con Dios. Resaltaría la insistencia de que todos los que comparten la fe en Cristo pertenecen a la misma mesa sin tener en cuenta las diferencias étnicas. La NPP diría que la justificación tiene una referencia inicial y final. Al principio, somos salvos solo por gracia, pero debemos mantener nuestra relación del pacto mediante la obediencia. La justificación final se basará en parte en nuestra obediencia continua. Uno sube al cielo por gracia, pero uno se queda en el cielo por obediencia.
  • La NPP sostiene que no podemos entender con precisión la Escritura del Nuevo Testamento sin entender el contexto en el que históricamente se encontraba. El texto queda relegado al contexto histórico. Sin embargo, la forma más clara de entender la «justificación» es leer al autor y el contexto en el éste que lo usa.
  • Según la NPP, el evangelio no consiste en llamar a los pecadores a buscar la salvación a través de la fe en Cristo, sino de llevar las promesas de Dios a todas las personas a través de la fe en Cristo.
  • Mientras que la NPP busca cambiar el énfasis de los argumentos de Pablo (y de las Escrituras), podemos ver claramente en varios textos por qué se está argumentando contra la autojustificación (ya sea en un contexto judío o en otro). En Gálatas 3:3, Pablo muestra que está escribiendo en contra de aquellos que tratan de obtener el Espíritu por sus propias obras, la justicia. Además, en Romanos 5:12-21, Pablo muestra claramente que la justificación es hablarle al pecado (v.16, 18) y que la imputación de la justicia de Cristo es necesaria para obtener justificación delante de Dios.

Pregunta: ¿Qué significa para nosotros la doctrina de la justificación a través de la aplicación? Significa que 1) estamos libres de esfuerzos infructuosos para tratar de salvarnos por nuestra propia bondad; 2) somos libres de considerar a los demás de la misma manera en que Dios considera a sus hijos y de amarlos y perdonarlos en sus propios defectos; 3) el evangelio es aplicable para las misiones a todos en todo el mundo porque todos los hombres de todas las razas están en Adán y su pecado; 4) confiar en la justicia de Cristo nos previene de la desesperación en nuestra posición con Dios; y 5) Cristo debe ser exaltado y honrado en nuestras vidas como el que proporcionó la justicia perfecta para nosotros.

Pregunta: Las Escrituras dicen que Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia. ¿Significa esto que nuestra fe es lo que Dios considera justo? No. La justicia que se recibe es la justicia de Cristo (una justicia externa) asegurada en su obediencia hasta la muerte en la cruz. Obtenemos esta justicia confiando en él y no dependiendo de nosotros mismos y de nuestras propias obras. 2 Corintios 5:21 dice: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Dios hizo que el que no tuvo pecado, haya pecado por nosotros, para que en él seamos justicia de Dios. En Romanos 5:12-19, Pablo muestra claramente que a través de Jesús los hombres reciben la justicia así como en Adán los hombres recibieron el juicio.

[1] W. Grudem, Teología Sistemática, p. 685.

[2] W. Grudem, Teología Sistemática, p. 680.

Mark Deve

La obra del Espíritu Santo – Parte 3

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase18/26

La obra del Espíritu Santo – Parte 3

  1. Introducción (Panorama de las clases anteriores)

Bienvenido al seminario «Teología Sistemática», parte 2. Mi nombre es Charles Hedman y sirvo en CHBC como pastor.

En las últimas semanas, hemos examinado detalladamente la persona y obra del Espíritu Santo. Después de haber visto el panorama introductorio de la primera parte de este seminario, en la semana 15, vimos la persona del Espíritu Santo y su relación con el Padre y el Hijo, sus propiedades personales y actividades personales.

Luego, en la semana 16, empezamos a estudiar la obra del Espíritu Santo, específicamente la obra del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento, la obra del Espíritu Santo en la persona de Cristo, y la obra del Espíritu Santo en el cristiano.

La semana pasada, dimos un vistazo más profundo a la obra del Espíritu Santo en el creyente, específicamente los temas de convicción y conversión, unión con Cristo y santificación. También hablamos acerca de la obra del Espíritu Santo en la vida de la iglesia, inspirando e iluminando la Escritura, levantando líderes que enseñen la Palabra de Dios y produciendo unidad y diversidad en la iglesia.

  1. El bautismo en el Espíritu Santo

Habiendo pasado tiempo abordando la principal obra realizada por el Espíritu Santo, queremos pasar tiempo esta semana hablando acerca de ciertas frases en la Escritura inherentes al Espíritu Santo que han si tomadas para significar cosas distintas.

La primera frase que queremos considerar es lo que significa ser «bautizados con el Espíritu Santo». Esta frase aparece en siete pasajes del Nuevo Testamento.

Por ejemplo, en Lucas 3:16, Juan el Bautista dice: «Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego». Y en Hechos 1:5, el Señor dice: «Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Este último versículo muestra que cualquiera que sea el bautismo del Espíritu Santo, ciertamente sucedió en el día de Pentecostés.

Hay cuatro formas principales en que la frase «bautizado con el Espíritu Santo» ha sido interpretada a lo largo de la historia de la iglesia.

La primera forma es la forma pentecostal. Los pentecostales toman estos dos versículos y presentan la siguiente posición: 1) que el bautismo en el Espíritu Santo es ordinariamente un acontecimiento después de la conversión; y 2) que el bautismo en el Espíritu Santo se evidencia en el don de lenguas, porque los discípulos hablaron en lenguas en el día de Pentecostés[1].

Lo positivo asociado con este punto de vista es que muy probablemente veamos dos obras del Espíritu Santo en el libro de Hechos, primero con los discípulos en Hechos 2, luego con los samaritanos en Hechos 8, más adelante en la casa de Cornelio en Hechos 10 y, por último, Efeso en Hechos 19.

Sin embargo, los aspectos negativos asociados con este punto de vista es que parece que fundamentalmente no comprende lo que sucedió en el día de Pentecostés. Como hemos visto, el día de Pentecostés es un acontecimiento redentor-histórico único. No es repetible al igual que la crucifixión, la resurrección o la ascensión. Lo que significa que no deberíamos anticipar un «pentecostés personal» que experimentaremos como un cruce personal del mar Rojo o un Getsemaní personal.

Además, mientras vemos otras conversiones en Hechos, varias no mencionan el hablar en lenguas. Además, 1 Corintios 12:30 aclara que no se espera que todos los cristianos hablen en lenguas y que hablar en lenguas es un «don» y no un indicador de alguien que es más santo.

El segundo punto de vista en lo que se refiere a ser bautizado en el Espíritu Santo es la opinión de que es únicamente aquello que sucede cuando uno primero es salvado y regenerado.

Los defensores de esta posición argumentan que tal enseñanza se alinea con 1 Corintios 12:13, que dice: «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu». En lo que respecta a Pablo, dicen, «el bautismo en el Espíritu Santo» se refiere a la actividad del Espíritu Santo al comienzo de la vida cristiana cuando se nos da nueva vida espiritual en la regeneración y… recibimos una clara ruptura con el poder del pecado[2]. El bautismo en el Espíritu Santo no es una segunda experiencia solo para los cristianos extra espirituales[3].

Los detractores de esta opinión, una vez más, argumentan que al parecer tanto con los discípulos como con los samaritanos, el derramamiento del Espíritu Santo tuvo lugar algún tiempo después de su conversión inicial. Entonces, tienes a los discípulos claramente convertidos en Hechos 1, pero Jesús les dice que esperen para salir a proclamar el evangelio hasta que sean fortalecidos por el Espíritu Santo. Entonces, este es un claro problema.

La tercera opinión, defendida por Sinclair Ferguson y otros dentro de la historia eclesiástica, es que el bautismo en el Espíritu Santo se refiere a una entrada en dos etapas en la plenitud de la bendición del Espíritu. La primera etapa es la regeneración del Espíritu (por tanto, conversación-iniciación), y la segunda etapa es el bautismo con el Espíritu. Entonces, en algún momento durante el período descrito por los Evangelios, los apóstoles fueron regenerados. Más tarde, en  el día de Pentecostés, experimentaron una nueva obra del Espíritu; fueron bautizados y llenos del Espíritu y hablaron en otras lenguas como una evidencia de esta nueva etapa de su actividad en sus vidas. De acuerdo con este punto de vista, si bien el patrón de dos etapas que surge no es paradigmático –o normativo– de lo que podemos esperar para la iglesia de hoy. El día de Pentecostés se retrata como un acontecimiento redentor-histórico, que no debe ser interpretado existencial y neumatológicamente, sino escatológicamente y cristológicamente.

Lo que sucede, según este punto de vista, es una expansión del evangelio a todas las naciones, como lo predice Hechos 1:8. Este proceso de 2 etapas, entonces, es el medio por el cual los efectos del evangelio se ven claramente para los gentiles y para las naciones, ya que se ven lenguas de fuego y se hablan lenguas. Así, el evangelio viene a Jerusalén en el día de Pentecostés. El evangelio llega a Samaria en Hechos 8. El evangelio llega a Cesarea en Hechos 10. Y el evangelio llega a Éfeso en Hechos 19. Todos los actos históricos redefinidos que son acontecimientos hechos una vez y para siempre.

Como tal, los cristianos en la actualidad no experimentan la entrada en dos etapas del Espíritu Santo. Más bien, en el punto de la fe y en el momento de la conversión, los cristianos participan individualmente en el efecto del derramamiento del Espíritu de Pentecostés. Es un acontecimiento de una sola etapa en el que tanto la conversión de los discípulos como los efectos del día de Pentecostés se nos dan de una sola vez.

Los detractores de este punto de vista argumentarán que mantener ese punto de vista es hacer suposiciones implícitas que no se dan explícitamente en otra parte. Claro que es histórico-redentor, pero ¿podemos decir definitivamente que no puede suceder ahora? Además, de acuerdo con Romanos 8:9: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él». Si el Espíritu Santo no residió completamente en los discípulos, ¿podemos realmente decir que se convirtieron?

La cuarta opinión, defendida por muchos, incluido John Piper, es que el bautismo del Espíritu Santo es una obra posterior de gracia sobre un creyente individual con el propósito explícito de recibir un poder espiritual extraordinario para el ministerio exaltador de Cristo.

Aquí, el argumento es que en cada caso en el libro de Hechos donde se da el Espíritu Santo, se lo da con el propósito explícito de proclamar el evangelio y  para la llenura el poder del ministerio. En Hechos 1:8, Lucas describe ser bautizado con el Espíritu como el recibir poder para testificar cuando el Espíritu Santo viene sobre ti. Además, en Lucas 24:49, Lucas dice que ser bautizado en el Espíritu es ser revestido con poder desde lo alto para que el mensaje de Cristo pueda ser llevado efectivamente a todas las naciones del mundo.

Para Piper entonces, el bautismo del Espíritu Santo es un empoderamiento subsecuente y especial del Espíritu para hacer cosas poderosas para Jesús en el nombre de Jesús.

Los detractores de esta posición argumentarían que pareciera estar sucediendo más en el bautismo del Espíritu Santo que solo el empoderamiento. Dirían que hay una segunda obra de gracia en donde la plenitud del Espíritu Santo se da en la efusión del Espíritu.

  1. La llenura del Espíritu Santo

La segunda frase usada repetitivamente en las Escrituras que debemos ayudar a aclarar es la frase «ser lleno del Espíritu». Así que, piensa en Hechos 4:31«Cuando hubieron orado… todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios».

Por tanto, es apropiado entender el hecho de ser lleno del Espíritu Santo no como un acontecimiento único sino como un acontecimiento que puede y debe ocurrir una y otra vez en la vida de un cristiano[4]. En Hechos, la vida de Esteban fue caracterizada como alguien que estaba lleno del Espíritu Santo (Hechos 6:5). Pablo a menudo oraba para que la gente a la que ministraba recibiera más del Espíritu Santo (Efesios 1:17). Y observa que Pablo oró por todos los santos en la iglesia, no solo por los pastores, diáconos, líderes.

Pero, ¿cómo puede un cristiano, que ya tiene el Espíritu Santo, ser más lleno del Espíritu Santo? Bueno, para responder a esto, piensa en un globo. Un globo ya está lleno de aire, pero si inyectamos más aire en él, el globo se llena más. Podemos ser llenos del Espíritu Santo y al mismo tiempo poder recibir mucho más de él y su poder transformador. Fue solo Jesús a quien el Padre le dio el Espíritu sin medida. Juan 3:34 dice: «Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida».

La cuarta opinión, la de Piper, sostiene que la llenura del Espíritu Santo es sinónimo de ser bautizado con el Espíritu Santo, y por tanto, es continuo a lo largo de la historia de la iglesia y es aplicable a nosotros hoy en día. Entonces, vemos en Hechos 2, por ejemplo, que las personas son «llenas del Espíritu Santo»…

  1. Los dones del Espíritu Santo

Hay mucha discusión y confusión acerca del tema de los dones espirituales. Si has crecido en la iglesia, es probable que hayas tenido diversas experiencias con respecto al tema. A veces puede ser divisivo en una iglesia. Pero hemos visto que no debería ser así.

Vuelve conmigo al libro de Efesios. En esta magnífica carta, el apóstol Pablo se propone mostrarle al lector el alcance del plan eterno de Dios. Comienza en el capítulo 1 presentando las maravillas del evangelio de la gracia. Es «en Cristo» que recibimos toda bendición espiritual (1:3). El poder de ese evangelio se pone de manifiesto en el capítulo 2. No solo trae a la vida a los muertos espiritualmente, reconciliando a Dios con el hombre (2:4-5), sino que es a través del evangelio que Dios destruye el muro de hostilidad entre judíos y gentiles (2:14). En Cristo, hay una nueva comunidad, unida no por raza, etnia o género, sino por Cristo. El capítulo 3 lo deja claro entonces, es a través de la iglesia que Dios muestra su múltiple sabiduría, su impresionante gloria (3:10).

Esa manifestación no es fácil, ¿verdad? ¿Mantener una comunidad unida y amorosa de pecadores? Pablo reconoce el desafío y, en el capítulo 4, exhorta a la iglesia a «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). ¿Cómo hacemos eso? Él continúa escribiendo en Efesios 4:7: «Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo». Por eso dice: «Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres». Aquí, Pablo vuelve al Antiguo Testamento, citando el Salmo 68:18 para señalar que la efusión de dones espirituales representa la caída de los enemigos de Cristo: la victoria de la iglesia.

Desde allí, Pablo nota algunos de los dones espirituales que comienzan en el v. 11:

Efesios 4:11–16: «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,  a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor».

Ahora bien, esta no es la única lista de dones espirituales en el Nuevo Testamento. Otras listas aparecen en 1 Corintios 12, Romanos 12 y 1 Pedro 4. Pero de estas listas aprendemos varias cosas.

A. Primero, no parece haber una sola lista completa de los dones espirituales en ningún pasaje del Nuevo Testamento. El punto es que no debes sentir que has perdido tu llamado si no puedes encontrar tu «don» en una lista en particular. Puedes tener más de un don, pero Jesús es el único que tenía todos los dones.

B. Segundo, parece haber una prioridad en los dones relacionados con la Palabra. En cada una de las listas, el escritor comienza y se enfoca en los dones basados ​​en las Escrituras.

C. Tercero, los dones son regalos dados por Dios. Él da lo que quiere. Entonces en 1 Corintios 12:11, Pablo nos dice que el «Espíritu… [reparte] a cada uno en particular como él quiere». Vemos lo mismo en 1 Co. 12:18 y Ef. 4:11. Esto es útil para combatir cualquier sentimiento de envidia. Los dones son dados por un Dios bueno que sabe lo que hace y no comete errores en su asignación. Nuestro trabajo no es contradecir su diseño, sino ser fieles. Además, es en la diversidad de los dones dados que el cuerpo funciona mejor. Y a pequeña escala, esto sucede en el matrimonio. Hoy es mi primer aniversario, así que voy a jactarme de mi esposa por un segundo: ella tiene dones increíbles que yo no tengo. Por tanto, naturalmente me complementa de una manera que es tan útil para mí a medida que crezco en la vida. Lo mismo ocurre con la iglesia, deberíamos usar nuestros dones para ayudar a nuestra iglesia a crecer. Lo que me lleva a señalar…

D. Cuarto, el propósito de los dones espirituales es la edificación de la iglesia. Ya lo hemos visto en Ef. 4:12, Cristo dio dones «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo». O en 1 Co. 12:7, Pablo escribe: «Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho». Muchas veces, la forma en que se descubren los dones es interviniendo y sirviendo. Entonces, pregunto o identifico una necesidad en la iglesia y luego me preparo para ayudar a que otros puedan ser edificados. No decimos: «Bueno, mi don es la enseñanza, así que no puedo ayudar a limpiar». Mi don es el animar a otros, así que no voy a evangelizar. ¡No! Deberíamos buscar necesidades y formas de bendecir a los demás para que puedan conocer a Dios y ser edificados.

E. Quinto, en todas las cosas, el AMOR es la guía principal en el ejercicio de los dones espirituales. Esto está en el centro del argumento de Pablo en su discusión acerca de los dones espirituales en 1 Corintios 12-14. Parece que la iglesia de Corinto había elevado el don de lenguas por encima de otros y muchos clamaban por tener el don para poder ser realmente espirituales y reconocidos. Solo un comentario adicional: me parece interesante y alentador: que las lenguas siempre han sido el don con el que luchan las iglesias. Pero nuestros dones espirituales no son para hacernos un nombre: ¡son para amar a los demás y dar a conocer a Dios! Es por eso que entre dos capítulos acerca de los dones espirituales, 1 Corintios 12 y 14, está 1 Corintios 13, el capítulo acerca del amor. La manera en que debemos predicar, animar, dar, servir, dirigir, exhortar, hagamos lo que hagamos, es hacerlo con amor.

Entonces, ¿qué pasa con los dones espirituales de sanidad, milagros o hablar en lenguas?

Tal vez un buen lugar para comenzar es notar que hay un amplio espectro de respuestas. En un extremo están  aquellos que argumentan que estos dones son normativos para la iglesia y deben ser una parte regular de nuestras reuniones semanales. (Los continuacionistas).

En el otro extremo están aquellos que argumentan que tales dones han cesado por completo y buscarían refutar cualquier afirmación de que ocurran hoy. (Los cesionistas).

Y luego hay muchos que se encuentran en algún punto intermedio. No esperan que sea una parte normal de la reunión semanal de una iglesia, ni se sentirán obligados a refutar a alguien que dijera tener un determinado don. Si sucediera, simplemente mirarían las instrucciones de Pablo en 1 Corintios 12-14 para asegurarse de que la iglesia fuera edificada y en buen orden.

Ahora bien, no necesitamos estar de acuerdo en esto para ser una iglesia, hay diferentes personas que tienen puntos de vista diferentes. Cada uno de nosotros debe ser convencido de las Escrituras y  procurar ser tolerantes los unos con los otros.

Pero permítanme ofrecer una observación adicional para nosotros mientras pensamos esto. Al leer las Escrituras desde el Génesis hasta el Apocalipsis, una cosa que notarás es que hay una concentración de acontecimientos milagrosos que marcan acontecimientos clave en la historia del pueblo de Dios.

Entonces, por ejemplo, en el Éxodo, tienes 10 plagas, la separación del mar Rojo, el agua que brota de una roca, el maná que cae del cielo y otros milagros. Otras veces cuando se da la Ley, cuando los profetas declaran una palabra de Dios, durante el exilio o algún evento clave en la historia de las Escrituras, dichas señales parecen confirmar y establecer la relación de Dios con su pueblo.

Lo mismo es cierto en el Nuevo Testamento. Entonces, en los Evangelios con la venida de Jesús o en Hechos 2, que marca el inicio de la iglesia y el derramamiento del Espíritu Santo, ¿qué ocurre? Hay un aparente aumento en los acontecimientos milagrosos. Pedro nota esto en Hechos 2:22; El ministerio de Pablo y Bernabé es confirmado por milagros en Hechos 14:3. Incluso más tarde en 2 Corintios 12:12, Pablo argumenta que la marca del apóstol del Nuevo Testamento se confirma con «señales, prodigios y milagros». Todo esto tiene sentido porque el Nuevo Testamento estaba siendo escrito (Efesios 2:20) y el mensaje del evangelio estaba siendo confirmado. Una vez que se estableció esta base, las señales no se mencionan con tanta frecuencia (como en las epístolas pastorales).

¿Eso significa que Dios no puede obrar de maneras milagrosas hoy? ¡Ciertamente no! ¿Eso significa que debe hacerlo? ¡Ciertamente que no! Deberíamos continuar orando para que Dios haga milagros: para que sane, para que el Espíritu les dé nueva vida a aquellos espiritualmente muertos, y para que Dios se dé a conocer. Dios puede y hará lo que crea conveniente. Pero no debemos suponer que la forma principal en que Dios debe revelarse a sí mismo en la actualidad es a través de la práctica de estos dones milagrosos. Dios nos ha dado su palabra; Él nos ha dado su Espíritu, y él está obrando a nuestro alrededor.

Oremos.

[1] 1 Corintios 12:30 deja en claro que no se espera que todos los cristianos hablen en lenguas y que hablar en lenguas es un «don» y no un indicador de alguien que es más santo.

[2]Grudem.

[3] Entre aquellos que sostienen la enseñanza en dos etapas acerca del bautismo del Espíritu Santo, hay un pensamiento de que el Espíritu debe ser usado a disposición del hombre, como si pudiéramos afectar su presencia mediante la imposición de manos. Niega la gracia de Dios que es suficiente para el comienzo de la vida de un cristiano, pero es necesario que haya otros pasos y condiciones para obtener una vida más plena y victoriosa.

[4] «Aunque no encuentro soporte bíblico para una segunda teología de bendición, encuentro soporte para una segunda, tercera, cuarta o quinta teología de bendición» (Don Carson, Showing the Spirit, p. 160).

Mark Deve

La obra del Espíritu Santo – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 17/26

La obra del Espíritu Santo – Parte 2

Oremos antes de comenzar.

  1. Introducción

La semana pasada, cuando estudiamos la obra Espíritu Santo, terminamos hablando de su obra regenerativa, para producir el nuevo nacimiento.

Para que ese corazón de piedra se convierta en un corazón de carne (Ez. 36), Dios debe hacer una obra sobrenatural a través del Espíritu. Para el cristiano, es un dulce recordatorio de que Dios es «rico en misericordia»[1]. Como dice el himno:

«En rumbo a mi perdición indiferente aún

De mí tuviste compasión

Me guiaste a la cruz

Y contemplé tu gran bondad

Sufriste tú por mí

Al tú morir en mi lugar

Tu gracia recibí»[2].

No buscamos a Dios por ninguna superioridad moral: estábamos espiritualmente muertos (Efesios 2:1). No recibimos lo que merecíamos, recibimos su misericordia.

Este es un recordatorio útil para el evangelismo también. Nadie se convierte en cristiano por ser un apologista brillante o porque las circunstancias de la vida de esa persona son las correctas. La tarea del evangelismo es caminar hacia un cementerio espiritual y resucitar a los muertos. Ninguno de nosotros puede hacer eso por nosotros mismos, es una obra hecha por el Espíritu de Dios, y solo por él. Entonces compartimos el evangelio, amamos y oramos.

Cuando el Espíritu de Dios le da un nuevo corazón a un individuo, cuando una persona pasa de estar espiritualmente muerta a estar viva, es sensible a la obra de convicción del Espíritu.

  1. La obra del Espíritu Santo en la vida del creyente

A. Convicción

La Biblia nos dice que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado, en Juan 16:7, Jesús dice: «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado».

Para ayudarnos a entender cuál es la convicción de pecado, podemos ver lo que no es. En primer lugar, no es simplemente una conciencia culpable o incluso una vergüenza por el pecado. Tales sentimientos son experimentados naturalmente por casi todos. Pero esta no es la verdadera convicción de pecado.

En segundo lugar, la convicción de pecado no es una sensación de inquietud o un presentimiento de un castigo divino. Estos sentimientos también se experimentan comúnmente en los corazones y las mentes de los pecadores. Pero, nuevamente, la verdadera convicción de pecado es algo diferente.

En tercer lugar, la convicción de pecado no es solo conocimiento de lo correcto y lo incorrecto; no es un asentimiento a las enseñanzas de la Escritura acerca del pecado. Muchas personas leen la Biblia y son plenamente conscientes de que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Pueden saber que «ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Efesios 5:5). Incluso pueden estar de acuerdo en que «los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios» (Salmo 9:17). Sin embargo, a pesar de todo su conocimiento, siguen viviendo en pecado. Ellos entienden las consecuencias, pero están lejos de ser convencidos de sus pecados.

La verdad es que si no experimentamos nada más que una punzada de conciencia, ansiedad ante el pensamiento de juicio o una conciencia académica del infierno, entonces nunca hemos conocido realmente la convicción de pecado. Entonces, ¿cuál es la convicción real de la que habla la Biblia?

La palabra convencer es una traducción de la palabra griega elencho, que significa «persuadir a alguien de la verdad; reprobar; acusar, refutar o interrogar a un testigo». Y eso describe la obra que el Espíritu Santo hace para lograr la convicción del pecado. El Espíritu Santo actúa como un fiscal que expone el mal, reprende a los malvados y convence a las personas de que necesitan un Salvador.

Esto es exactamente lo que vemos que sucede en Hechos después del día de Pentecostés. Pedro predica, y en Hechos 2:37: «Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?». A lo que Pedro responde: ¡Arrepiéntanse! ¡Crean! Aléjense de sus viejos caminos y recibirán el don del Espíritu Santo.

No podemos hacer que los demás se sientan convencidos de su pecado. Algunos de nosotros necesitamos escuchar esto ya que quizá hemos pensado lo contrario. Eso no significa que no debemos decir la verdad en amor unos a otros, significa que no tenemos el control de los resultados de nuestras palabras. En cambio, necesitamos confiar en Dios en oración.

Así que, por ejemplo, en las instrucciones de Pablo en 2 Timoteo 2:24, escribe: «Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido;  que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad». ¿Quién otorga el arrepentimiento? ¿Quién trae convicción y se mueve en el corazón del oyente? Es Dios el Espíritu Santo. Nosotros simplemente somos los carteros. Traemos la Palabra de Dios y luego oramos confiando en su obra para transformar los corazones. Y porque Dios es quien obra, nadie está fuera de su alcance.

La verdadera convicción es la influencia del Espíritu Santo en la vida de la persona no salva que la llevará a darse cuenta de que es culpable, que Dios es justo, y que todos los pecadores merecen juicio. Una vez que un pecador ha despertado a la gran necesidad de su alma, el Espíritu lo llevará a Cristo, el único Salvador y refugio del juicio (Juan 16:14). En todo esto, el Espíritu usa su «espada», la Palabra de Dios (Efesios 6:17), y el resultado es un corazón regenerado. «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

B. Unión con Cristo

Una segunda bendición es la unión del creyente con Cristo. En ese día cuando llegue el Consolador, Jesús dice en Juan 14:20, te darás cuenta de que yo estoy en el Padre, tú estás en mí, y yo estoy en ti. La obra del Espíritu es llevarnos a la unión con Cristo. Ya no solo Cristo mora entre nosotros, como lo hizo con los discípulos, sino que habita en nosotros por el Espíritu.

Esto es importante; de ​​hecho, el rol central del Espíritu es revelar a Cristo y unirnos a él con todos los que participan de su cuerpo[3]. ¡La frase «en Cristo» aparece unas 160 veces en los escritos de Pablo en el Nuevo Testamento!

En el Nuevo Testamento encontramos literalmente cientos de referencias a la unión del creyente con Cristo. Para citar solo algunos ejemplos, los creyentes son creados en Cristo (Efesios 2:10), crucificados con él (Gálatas 2:20), sepultados con él (Col. 2:12), bautizados en Cristo y su muerte (Ro. 6: 3), unidos a él en su resurrección (Romanos 6:5), y están sentados con él en los lugares celestiales (Efesios 2:6); Cristo es formado en los creyentes (Gálatas 4:19) y mora en nuestros corazones (Efesios 3:17); la iglesia es el cuerpo de Cristo (1 Corintios 6:1512:27); Cristo está en nosotros (2 Corintios 13:5) y nosotros estamos en él (1 Corintios 1:30); la iglesia es una sola carne con Cristo (Efesios 5:31-32); los creyentes obtienen a Cristo y se encuentran en él (Filipenses 3:8-9).

Además, en Cristo somos justificados (Ro. 8:1), glorificados (8:30), santificados (1 Corintios 1:2), llamados (1:9); hechos vivos (Efesios 2:5), creados de nuevo (2 Corintios 5:17), adoptados (Gálatas 3:26), y escogidos (Efesios 1:4-5). ¡Uf! ¡Todo esto sin referencia a los Evangelios y a las cartas de Juan! Basta decir que la unión con Cristo es una convicción del evangelio absolutamente fundamental de los apóstoles, preciada para ellos porque era tan preciada para su Señor.

¿Como sucedió esto? En Isaías 59:2, se nos dice que nuestro pecado ha «hecho división entre vosotros y vuestro Dios». Ante dicha situación, no hay esperanza para nosotros cuando estamos frente a Dios. Esa es una de las bellas realidades del evangelio: sabemos que Cristo vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir. El primer Adán falló (y cada descendiente después de eso, incluyéndote a ti y a mí); pero el segundo Adán, Cristo tuvo éxito.

Cuando Jesús fue bautizado en Mateo 3, el Padre dijo: este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. Lejos de estar separado de Dios, Jesús complació al Padre en todos los sentidos. Luego murió una muerte no porque mereciera morir, sino que murió como un sustituto, un sacrificio para expiar el pecado de los demás. Una de las preguntas centrales del Nuevo Testamento es: ¿Cómo recibimos los beneficios de la vida perfecta de Cristo y la muerte sustitutiva?

¿La respuesta? ¡Debemos estar unidos a Cristo! Esto sucede gracias a la fe, de manera que Pablo escribe en Efesios 2:8«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios». Pero debemos ir un poco más allá. En 1 Corintios 12:13, Pablo escribe: «Porque por[4] un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu».

Cuando nos arrepentimos de nuestro pecado y confiamos en Cristo, el Espíritu nos une a Cristo por fe. El Espíritu aplica lo que el Hijo logró. La persona ya no está separada de Dios por el pecado, sino que está unida a Cristo, lo que significa que recibe todos los beneficios de su muerte y resurrección. Sorprendentemente, eso significa que Dios nos ve como ve a su Hijo, de quien estamos revestidos (Gálatas 3:27). Por tanto, cuando leas que el Padre dice: «Este es mi Hijo, en quien tengo complacencia»… ¡Él está diciendo eso de ti si estás en Cristo!

Esa es nuestra posición delante de Dios. Pero aún así, nuestra santidad práctica debe ser forjada en nuestra humanidad. Esto es lo que el ministerio de Cristo a través del Espíritu hace por nosotros. No solo aplica las bendiciones de la justicia de Cristo a nosotros (justificación), sino que también trae esos recursos para influenciar la vida de los creyentes. Lo que nos lleva al tercer aspecto de la obra del Espíritu en el cristiano individual…

C. Santificación

El Espíritu Santo trabaja en el acto de la regeneración para unirnos a Cristo a través de la fe, el objetivo de su obra es transformarnos a la semejanza de Cristo. Y el proceso de esa obra de transformarnos a la semejanza de Cristo es lo que el Nuevo Testamento describe como santificación. La palabra significa santificar.

Entiendo que la palabra santificación pueda sonar irrelevante para ti, pero consideremos una serie de escenarios en los que la santificación funciona para ver cuán vital y crucial es en la vida cristiana.

Supongamos que siempre has ocultado fuentes privadas de ingresos al completar tus declaraciones de impuestos. Luego crees en Jesucristo como Salvador y Señor y comienzas a decir la verdad en tus declaraciones de impuestos, eso es santificación. Supongamos que te la pasas criticando a tu cónyuge, y entonces la Palabra de Dios habla a tu conciencia, comienzas a señalar menos y a buscar maneras de mostrar respeto, eso es santificación. Supongamos que vives con tu novia y conoces a Jesucristo y tienes el coraje de mudarte, eso es santificación. Entonces, mientras que la regeneración se refiere al nacimiento, la santificación se refiere al crecimiento. Crecimiento en vivir fervientemente en obediencia a Dios.

Y este cambio, esta renovación moral de nuestras almas es una obra del Espíritu Santo. Considera lo que dice Pablo en 1 Corintios 6:11: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios».

Segundo, nuestro crecimiento en santidad, nuestra santificación es una obra divina: es el fruto del Espíritu, Pedro escribe en 2 Pedro 1:3«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder». ¡Es su divino poder!

Tercero, esta realidad del evangelio, esta obra divina no carece de esfuerzo. En cambio, el Espíritu de Dios mora en nosotros, trabaja y nos faculta para cumplir con nuestras responsabilidades. De manera que al escuchar el recordatorio de Pedro de que es el poder divino de Dios el que proporciona todo lo que necesitamos para la vida y la piedad no significa que no debemos hacer nada. El apóstol Pedro continúa escribiendo en 2 Pedro 1:5«vosotros también (porque el poder de Dios les ha dado todo [posición]), poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud…[5]».

Y el resultado del poder de Dios trabajando poderosamente a través de su Espíritu santificador es una vida llena de fruto. Recuerda lo que Pablo dice acerca del fruto que el Espíritu produce en la santificación.

Gálatas 5: 22-23 dice: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza». La vida llena del Espíritu es una en la que el Espíritu Santo está obrando en nosotros produciendo estos frutos. Si el rol central del Espíritu es revelar a Cristo y unirnos a él, entonces la meta principal del Espíritu es rehacernos a la imagen de Cristo.

D. Intercesión

Otra obra del Espíritu en nuestras vidas es la intercesión a nuestro favor la oración. La oración es una expresión de adoración y devoción, así como de necesidad personal. Por ello, considera lo que dicen las Escrituras, nadie puede llamar a Jesús ‘Señor’ excepto por el Espíritu. Pablo dice en 1 Co. 12:3: «Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo».

Del mismo modo, nadie puede llamar a Dios ‘Padre’ por ese mismo Espíritu. Pablo dice en Gálatas 4:6: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!».

Es el Espíritu el que actúa en nosotros para revelarnos a Jesús como Señor y a Dios como Padre. Así, cuando Pablo instruye a los creyentes a ‘orar en el Espíritu’ en Efesios 6:18, no está instruyendo a los cristianos a orar extáticamente o ininteligiblemente. No, ‘orar en el Espíritu’ es análogo a ‘andar en el Espíritu’. ‘Andar en el Espíritu’ se refiere a vivir toda la vida en conformidad con la Palabra de Dios. Por tanto, ‘orar en el Espíritu’ es orar de conformidad con la voluntad y el propósito del Espíritu. ¿Y dónde se revela la voluntad del Espíritu? En la Palabra de Dios. Calvino llamó ‘orar en el Espíritu’, «comprometerse a aferrarse a las promesas de Dios hasta que surtan efecto».

En otro nivel, la oración es una expresión de debilidad y necesidad. La afirmación más clara del rol del Espíritu en nuestra vida de oración se expresa en la carta de Pablo a los Romanos en el capítulo 8, cuando dice: «…el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles… porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos».

El creyente aquí es retratado como tan débil que la oración coherente es imposible. Se convierte en un gemido. Pero este gemido es una indicación de la presencia y el ministerio del Espíritu. Algunos cristianos piensan que esto se refiere a hablar en lenguas o a la expresión extática. La imagen aquí empleada, tiene que ver con algo más común en la vida cristiana. Es una imagen de absoluta debilidad y necesidad, donde el creyente es demasiado débil para expresar su necesidad de forma coherente.

Y la gran gracia del ministerio del Espíritu es que incluso cuando los cristianos son demasiado débiles para hablar con oraciones coherentes, él efectúa la determinación del Padre de reunir a sus hijos en sus brazos y atraerlos a sus propósitos.

Qué gloriosa verdad es esta. Cuando no sabemos lo que deberíamos pedirle a Dios en nuestras vidas como cristianos y cuando no sabemos lo que deberíamos pedirle como iglesia, el Espíritu Santo intercede por nosotros. De hecho, sabemos esto intuitivamente cuando pensamos en nuestra conversión. Antes de ser cristianos, no buscábamos a Dios. No sabíamos lo que necesitábamos. Pero el Espíritu intervino por nosotros. Él regenera, convence, y luego continúa intercediendo por nosotros.

Esos momentos en los que no tenemos palabras, estamos confundidos y no sabemos a dónde acudir, es en esos momentos que, por su gran compasión y bondad, el Espíritu intercede de acuerdo con la voluntad de Dios. El Espíritu ora por nosotros, no simplemente en nuestra debilidad, sino en nuestra ignorancia, llevándonos a la voluntad de Dios. Qué increíble realidad para reflexionar.

E. Seguridad

Finalmente, el Espíritu Santo nos asegura que pertenecemos a Dios. Romanos 8:16 dice: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios». Esta es la forma más elevada de seguridad cristiana. No puedes tener una mayor seguridad de que eres cristiano que en esas ocasiones benditas cuando el Espíritu te testifica que perteneces a Dios. Y esto es más que una garantía intelectual. El Espíritu también nos da una seguridad experiencial operada en nuestros corazones espiritual y emocionalmente.

Piensa en un padre y su hijo pequeño caminando juntos de la mano. El hijo sabe que el padre lo ama. Pero digamos que el padre se agacha, levanta a su hijo y le da un gran abrazo. La experiencia del hijo del amor de su padre en ese momento será particularmente segura. Bueno, así sucede con la seguridad en nuestras propias vidas: hay temporadas en las que el Espíritu nos manifiesta el amor de Dios de una manera especial.

Ahora bien, la experiencia subjetiva del creyente no es la razón por la cual estamos seguros de nuestra salvación. Es decir, no decimos que tenemos seguridad porque sentimos que tenemos el Espíritu. No, en cambio tenemos seguridad basada en realidades objetivas: las promesas de Dios en las Escrituras, la obra terminada de Cristo en la cruz, la evidencia de la obra de Dios dentro de nosotros, etc.

Pablo escribe en Romanos: «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Romanos 8:7-9).

Puede haber momentos en la vida de un creyente donde no esté consciente de la presencia del Espíritu, pero el Señor ha prometido nunca dejarnos o abandonarnos, y no quitará su Espíritu de sus hijos.

  1. La obra del Espíritu Santo en la vida de la iglesia

La obra del Espíritu Santo no es simplemente para la edificación individual sino para la edificación de la iglesia, y aquí es donde ahora queremos dirigir nuestra atención. El Espíritu Santo trabaja para edificar a la iglesia.

Lo primero que debemos considerar es el rol del Espíritu en la inspiración de las Escrituras. En Juan 14:22-26, Jesús dice que las palabras divinas que ha traído a su pueblo no cesarán cuando él los deje. Más bien, él enviará al Consolador, y cuando él venga, «os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Pensamos en esto como la obra del Espíritu en la vida del creyente individual, y lo es. Pero primero, esta promesa fue dada a los apóstoles y encuentra su cumplimiento en las Escrituras del Nuevo Testamento.

2 Pedro 1:21«porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo».

Además de inspirar las Escrituras, el Espíritu levanta líderes dentro de la iglesia, como pastores, ancianos y diáconos, para guiar a su pueblo y ayudar a explicar estas palabras que dan vida. Al instruir a los ancianos en la iglesia de Éfeso, Pablo dice: «Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28).

El Espíritu Santo también trabaja activamente para fortalecer y alentar a la iglesia del nuevo pacto, como vemos en la iglesia primitiva en Hechos 9:31«Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo».

Si suceden cosas buenas aquí en CHBC, si estamos siendo guiados por aquellos con autoridad para enseñar y gobernar, y si estamos siendo alentados por el crecimiento que estamos viendo, entonces tenemos la obligación de alabar a Dios por eso, porque él es la fuente de esa fortaleza.

Entonces, vemos que el Espíritu está trabajando activamente en nosotros tanto individual como corporativamente.

Este puede ser un buen lugar para cerrar en oración, agradeciendo a Dios por su trabajo en nuestras vidas y nuestra iglesia.

Oremos.

La próxima semana será nuestra última clase acerca del Espíritu Santo. Veremos tres preguntas importantes, y a veces malentendidas:

1) ¿Qué significa ser lleno del Espíritu Santo?

2) ¿Qué es el bautismo del Espíritu Santo?

3) ¿Cómo deberíamos pensar de los dones del Espíritu Santo?

[1] Ef. 2:4

[2] Mi vida es Cristo de Sovereign Grace

[3] Ferguson, 100.

[4] Greek ἐν – véase pg. 197 Ferguson; Christ is the baptizer.

[5] Véase también Filipenses 2:12-131 Corintios 15:10Colosenses 1:28-29

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Mark Dever