¿Quién eres tú para juzgar?

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Serie: Dando una respuesta

¿Quién eres tú para juzgar?

Gregory Koukl

Nota del editor: Este es el duodécimo y último capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

«No juzguéis» (Mt 7:1) es el único versículo bíblico que incluso los críticos están convencidos de que es divinamente inspirado; al menos así parece por la manera en la que confiadamente lo usan en contra de los cristianos. Sin embargo, el mal uso de este versículo es muy fácil de contrarrestar una vez que veas lo que realmente está sucediendo.

La acusación «¿quién eres tú para juzgar?» está basada en un malentendido. 

Primero, un calificador. Juzgar es encontrar la falta, y la verdadera falta —la verdadera culpa moral— es central para el mensaje cristiano.  Son las malas noticias las que hacen que las buenas noticias sean buenas. Pero, si el encontrar fallas es nuestro espíritu, es el equivocado. Si nuestro juicio es simple condescendencia, tendremos que dar cuentas a Cristo por ello. Nunca debemos esperar que los incrédulos se comporten como cristianos; no tienen la capacidad de hacerlo. Eso debería estar claro. 

Sin embargo, no creo que la condescendencia sea el problema. Por lo general, hay algo más en juego aquí. Por un lado, tomada literalmente, la acusación «¿quién eres tú para juzgar?» está basada en un malentendido. Si esto es un pedido de nuestras credenciales morales, entonces no tenemos nada que ofrecer. No somos los autores de las reglas que gobiernan el comportamiento. Nosotros estamos tan sujetos a estas normas —y condenados por ellas— como cualquiera.  

Más bien, siendo nosotros mismos criminales, se nos ha mostrado el camino al perdón, y simplemente damos a conocer esa buena noticia. Dios es bueno, y nosotros no. Hay una justicia y, si no fuera por misericordia, la experimentaríamos. Dejar esto claro a los demás es un acto de bondad, no de condescendencia. 

Si fueras un pasajero en el carro de tu amigo y le dices: «En caso que no te hayas dado cuenta, vas por encima del límite de velocidad y hay un policía más adelante», lo más probable es que él sienta que le estás haciendo un favor; y se lo estarías haciendo. Por supuesto que el ejemplo tiene sus limitaciones, pero creo que puedes ver el punto. 

Pero hay algo más que no quiero que pases por alto. Es lo más importante que hay que saber sobre este desafío. «¿Quién eres tú para juzgar?» resulta que no es una pregunta, sino una declaración disfrazada: «Nadie puede emitir juicios de ningún tipo». Y debido a que la moralidad es sólo una cuestión de opinión personal, todos los juicios están fuera de los límites. Esta es la táctica del relativista. 

Por supuesto, el relativista siempre se engaña a sí mismo en este aspecto. Aunque puede que se haya autoconvencido por el momento, esto no es lo que en realidad cree, puesto que está lleno de juicio cuando le conviene. De hecho, y esto lo habrás notado, la acusación es contraproducente, ya que es en sí misma un juicio implícito del cristiano. 

Resulta que cuando los críticos imponen cualquier versión del «no juzguéis», no es una apelación para que seas virtuoso; es una demanda para que los dejes en paz. Citan a Jesús no en base a una convicción sino por conveniencia, no deseando ser objetos de ninguna crítica moral. 

Entonces ¿cómo maniobramos con gracia, pero con astucia, cuando enfrentamos este desafío? Creo que lo mejor es navegar por situaciones como esta haciendo preguntas. A la luz de las observaciones mencionadas arriba, estas son algunas que me viene a la mente. 

Tu primer paso al enfrentar cualquier desafío es simplemente preguntar: «¿Qué quieres decir?» y esperar por una respuesta. Deja que tu amigo desarrolle un poco su preocupación. Obtener más información te dará más con que trabajar. Si resulta que tu juicio fue motivado por desdén o desprecio, entonces pedir una disculpa es lo que corresponde. 

También podrías aventurarte a decir: «Estoy confundido con tu pregunta. ¿Crees que te estaba imponiendo mi estándar personal? Si te di esa impresión, lo siento. Yo solo quise advertirte acerca del estándar de Dios, el mismo bajo el cual estoy yo». 

Si él parece estar jugando la carta del relativismo, pregúntale: «¿Estás diciendo que nunca está bien señalar un error? De ser así, ¿por qué estás haciendo eso conmigo ahora mismo?» Déjalo responder. Ayúdalo a ver que el juego del relativismo puede ser jugado fácilmente al revés. Si dice: «¿Quién eres tú para juzgar?», pregunta: «¿Quién eres tú para encontrar falta?»

El punto no es ser astuto o simplista, sino más bien mostrarle que se está escondiendo del problema real: su propia culpa delante de Dios. Reafírmale que no estás menospreciándolo. Por el contrario, solo estás dándole información que pudiera rescatarlo, alejándolo de su pecado y culpa y llevándolo a la misericordia de Dios.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Gregory Koukl
Gregory Koukl

Gregory Koukl es presidente de Stand to Reason (STR.org) y autor de Tactics: A Game Plan for Discussing Your Christian Convictions y The Story of Reality: How the World Began, How It Ends, and Everything Important that Happens in Between.

¿Es esta vida lo único que existe?

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Serie: Dando una respuesta

¿Es esta vida lo único que existe?

Bruce P. Baugus

Nota del editor: Este es el undécimo capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

Dios «ha puesto la eternidad en sus corazones», dice el Predicador acerca de los hijos de los hombres (Ec 3:11). La idea no es solo que conservamos un concepto intelectual o una noción de la eternidad sino que tenemos un sentido profundamente arraigado de que nuestra vida actual en este mundo no es lo único que existe, que hay un «para siempre» que hace que esta vida sea mucho más transcendental de lo que muchos se atreven a imaginar, y que revela la vanidad de vivir solo para las cosas de este siglo. 

Es imposible entender las obras y enseñanzas de Jesús sin presuponer la existencia eterna del ser humano.

Esta consciencia de la eternidad pertenece a lo que Juan Calvino llama el sensus divinitatis, e inevitablemente orienta aun a los no regenerados a nuestro futuro eterno. Esto es evidente en la fascinación humana con la vida después de la muerte y la manera en la que hablamos de los que han «partido». También es visible en cómo los humanos religiosos se han portado en todas las épocas, incluyendo la nuestra. Lo que nos sucede después de la muerte es una doctrina cardinal en casi todas las religiones y normalmente se considera como algo decisivo para la forma en que debemos vivir esta vida en preparación para lo que sigue. 

Que la eternidad esté en nuestros corazones es una de las razones por las cuales las personas que están dedicadas a la búsqueda de placeres temporales comúnmente encuentran la vida tan vacía. Como observa C.S. Lewis, nuestros anhelos son más profundos y llegan más lejos y aspiran a cosas mucho más altas de lo que cualquier cosa a la mano puede satisfacer. Vivir para el presente exige que reprimamos activamente este sentir interno de la eternidad y que neguemos nuestros anhelos (y aspiraciones) más profundas a fin de tranquilizarnos a nosotros mismos con anhelos mucho más superficiales. 

Curiosamente, los antiguos epicúreos identificaron el miedo a la muerte como el mayor obstáculo para una vida entregada a los placeres temporales; una evidencia más del sentido universal de la eternidad (y la expectativa de juicio). Para librarse del miedo a la muerte, idearon  una antropología atomista en la cual no somos nada más que seres materiales sensibles. Su única esperanza, en otras palabras, era que la muerte fuera en realidad nuestro destino final. Ahí es donde más o menos donde muchos estadounidenses se encuentran en la actualidad y es uno de los propulsores detrás de la aceptación popular del naturalismo metafísico en el Occidente secular. Si la muerte no es nuestro destino final, debemos enfrentarnos a la vanidad de cualquier vida no vivida para la eternidad. 

No obstante, sin importar cuán vigorosamente uno niegue la vida después de la muerte, la sensación de que hay algo más allá que solo esta vida persiste obstinadamente; tan obstinadamente que Immanuel Kant, quien negaba que alguien pudiera saber tal cosa, sin embargo, admitió que debemos creer por lo menos que existe la vida después de la muerte para vivir correctamente en esta vida. 

Kant estaba parcialmente en lo correcto, la razón sola «no puede» penetrar la eternidad para descubrir «la obra que Dios ha hecho desde el principio y hasta el fin» (Ec 3:11). Y aun así, el sentido de eternidad está impreso en nuestros corazones tan firmemente como lo está la conciencia de Dios y de la obra de la ley (Rom 1:19-222:14-16). Nuestras conciencias, deseos, aspiraciones y miedos nos traicionan. 

Jesús no se movía en una cultura post-ilustrada de agnósticos seculares como muchos de nosotros, pero aun el judaísmo del Segundo Templo tenía a sus saduceos que negaban la resurrección. Sus negaciones, sin embargo, no detuvieron a Jesús; Él simplemente señaló cuán básica es la suposición de una vida después de la muerte (y una resurrección futura) para toda la estructura de la revelación bíblica y sugirió que aquellos que negaban esto no entendían las Escrituras ni el poder de Dios (Mr 12:18-27). 

La suposición de las Escrituras es también la suposición de Cristo. Es imposible entender las obras y enseñanzas de Jesús sin presuponer la existencia eterna del ser humano. Jesús no discutió tanto este tema sino que más bien presionó a la gente para que se enfrentaran al dilema en el que se encontraban. Solo hay dos estados eternos: un reino glorioso de paz y justicia en el cual los justos se deleitan completamente en Dios en medio de una creación nueva e incorruptible, y un lugar horrible de tinieblas de afuera, un fuego inextinguible y un tormento que hace crujir los dientes (Mt 8:11-1213:40-4249-5022:1-1324:36-25:46). Cristo habló de estos dos estados en términos claros, dio advertencias sobrias e hizo promesas preciosas basadas en sus realidades. 

Es más, Jesús afirma audazmente que el destino eterno de cada persona depende de si uno lo recibe a Él por fe tal como Él se nos es ofrecido en el Evangelio o si uno lo rechaza para presentarse ante  Dios en el juicio final con solo nuestra conciencia condenatoria como abogada. 

«Yo soy la resurrección y la vida», Jesús le dijo a Marta: «El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11:25-26). A continuación, le hizo directamente a ella y a cada uno de nosotros la pregunta crucial: «¿Crees esto?»

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Bruce P. Baugus
Bruce P. Baugus

El Dr. Bruce P. Baugus es profesor asociado de filosofía y teología en el Reformed Theological Seminary en Jackson, Mississippi, y es un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en Estados Unidos. Es autor de Reformed Moral Theology.

¿Es Jesús realmente Dios?

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Serie: Dando una respuesta

¿Es Jesús realmente Dios?

James R. White

Nota del editor: Este es el décimo capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

No es posible que los cristianos crean que el Dios que creó este vasto universo realmente entró en Su propia creación como hijo de un carpintero en un rincón sin importancia del Imperio Romano hace casi dos mil años, ¿verdad? Seguramente, los cristianos solo están haciendo una declaración teológica cuando hablan de la deidad de Cristo, ¿no es así? Ellos no pueden creer que Jesús es realmente el Dios-hombre, el Creador en medio de Su propia creación, ¿cierto?

Tan increíble como pueda sonar, eso es exactamente lo que los creyentes cristianos afirman. Es más, en realidad creemos que esa es la única manera consistente de leer los escritos de Sus discípulos. De hecho, las propias palabras de Jesús, cuando son leídas en el contexto del judaísmo del primer siglo, indican claramente que Él se veía a Sí mismo como el Hijo de Dios que había descendido del cielo. Una de esas indicaciones puede derivarse del Evangelio generalmente considerado como el más antiguo, el Evangelio de Marcos. Cuando Jesús se presentó en Su juicio ante el sanedrín judío, le preguntaron solemnemente: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?” Su respuesta fue directa: “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo con las nubes del cielo” (Mr 14:61-62). Es posible que los lectores modernos pasen por alto el significado de las palabras de Jesús, pero Sus oyentes seguramente no lo hicieron. Ellos sabían que Él se estaba basando en dos pasajes muy bien conocidos y significativos de las Escrituras hebreas, el Salmo 110:1 y Daniel 7:13, este último presentando una figura divina que tiene seguidores que le adoran. La respuesta fue rápida: “Entonces el sumo sacerdote, rasgando sus ropas, dijo: ‘¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece?’ Y todos le condenaron, diciendo que era reo de muerte” (Mr 14:63-64). Aquellos que escucharon Sus palabras sabían muy bien lo que significaban.

La tumba vacía es un testimonio silencioso de la veracidad de las afirmaciones de Jesús.

Anteriormente en Su ministerio, después de realizar una sanación milagrosa, Jesús hizo una declaración similar que también terminó bajo acusación de blasfemia. En el Evangelio de Juan, Jesús defendió Su curación de un hombre en el día de reposo diciendo: “Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo” (Jn 5:17). Aquí Jesús apela al hecho de que Dios trabaja en el día de reposo, sosteniendo el universo. Él se refirió a Dios como Su propio Padre de una manera única, y reclamó la misma prerrogativa. Y nuevamente Sus oyentes entendieron la importancia de Sus palabras: “Entonces, por esta causa, los judíos aún más procuraban matarle, porque no solo violaba el día de reposo, sino que también llamaba a Dios Su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Jn 5:18). Los judíos no buscaban matarlo por simplemente estar confundido o ser arrogante. Ellos entendieron Sus palabras como blasfemia, la pena para la cual era la muerte. Jesús no los corrigió, sino que inició una larga exposición sobre Su perfecta armonía con el Padre.

Por supuesto, Jesús también afirmó tener autoridad sobre la muerte misma, ilustrada no solo al levantar de entre los muertos a un hombre llamado Lázaro, públicamente, frente a Sus enemigos (cap. 11), sino también en Su afirmación de que Él daría Su vida y la volvería a tomar (Jn 10:17-18), una promesa que cumplió al resucitar de la muerte después de Su crucifixión. Siempre es sabio considerar bien las palabras de Alguien que no solo predice Su muerte (pues es algo que muchos hombres sabios han hecho a lo largo de los siglos), sino que al mismo tiempo afirma que tomará Su vida y se levantará de entre los muertos (algo que solamente Jesús ha predicho y cumplido). La tumba vacía es un testimonio silencioso de la veracidad de las afirmaciones de Jesús.

Por consiguiente, no nos sorprende que los seguidores originales de Jesús, los apóstoles, hayan escrito en sus cartas frases como “nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús” (Tit 2:132 Pe 1:1) y el “Señor de gloria” (1 Co 2:8). El apóstol Pablo aun incluyó a Jesús en una versión ampliada de la antigua oración judía conocida como el Shemá, identificándolo con el Dios de Israel (8:6) al igual que otros hicieron la misma afirmación (Jn 12:41Heb 1:10-12). El excelso lenguaje que usaron para describir a Jesús nunca podría ser usado para referirse a un simple hombre. No, ellos claramente creían que Jesús era el Dios-hombre, verdaderamente hombre pero verdaderamente Dios.

Evidentemente, si el Creador ha invadido Su propia creación, no podemos escondernos de lo que Él demanda de nosotros. No podemos ser neutrales acerca de Jesús. Él llama a todas las personas, en todo lugar, a que se arrepientan, crean y  doblen sus rodillas ante Él. Porque Él es verdaderamente digno de nuestra alabanza y lealtad.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
James R. White
James R. White

El Dr. James R. White es el director de Alpha and Omega Ministries y autor de numerosos libros, incluyendo What Every Christian Needs to Know About the Qur’an [Lo que todo cristiano necesita saber sobre el Corán].

¿Puedo encontrar contentamiento en la jactancia?

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Serie: Dando una respuesta

¿Puedo encontrar contentamiento en la jactancia?

Tyler Kenney

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

El hecho de que cuando vemos la bondad de Dios para con los demás, en vez de regocijarnos con ellos y alabar a Dios, nos volvamos envidiosos, antagonistas de su felicidad y descontentos con nuestra propia situación, es una condición triste de nuestros corazones caídos. En vez de celebrar y bendecir a Dios por las cosas buenas que les ha dado —un matrimonio feliz, hijos, habilidades y talentos naturales, éxito financiero o ministerial— nos sentimos intimidados, excluidos o abandonados.

Aunque esta respuesta pecaminosa es común a todas las personas, es una lucha para los cristianos porque sabemos que nuestros corazones no deben responder de esta manera. Sabemos que Dios ya ha sido indescriptiblemente misericordioso con nosotros al darnos toda bendición espiritual en Cristo (Ef 1:3), y que por lo tanto, deberíamos estar perfectamente contentos en cualquiera que sea nuestra situación porque ya tenemos todas las cosas en Cristo (1 Co 3:21).

El verdadero contentamiento viene cuando recordamos nuestra completa indignidad para que se nos dé algo bueno.

Pero el conocer la Palabra de Dios y el obedecerla genuinamente son dos cosas diferentes, y a menudo en nuestra santificación percibimos la brecha que existe entre ambas. No obstante, el Espíritu Santo no nos abandona a nuestra propia suerte, sino que nos equipa y empodera para obrar según lo que Él ha ordenado.

Un pasaje que puede ser especialmente útil en la lucha por el contentamiento se encuentra en las enseñanzas de Pablo a la iglesia de Corinto. El apóstol Pablo aborda en 1 Corintios el problema del culto a la personalidad que la iglesia está presentando, donde algunos dicen: “Yo soy de Pablo”, y otros: “Yo soy de Apolos”, causando contiendas y divisiones entre ellos mismos. Al analizar tal comportamiento, Pablo discierne que el hecho de que se agrupen en torno a predicadores bien conocidos proviene de un deseo mundano de exaltarse a sí mismos a través de dicha asociación. En otras palabras, al favorecer a un líder religioso en particular, la gente está tratando de jactarse (4:6). En lugar de estar contentos con lo que son o lo que tienen, están tratando de colocarse por encima de los demás en la iglesia.

Algunos entre ellos favorecen a Pablo, probablemente porque él era un apóstol y el primero en traer el Evangelio y establecer una iglesia en Corinto. Muchos habrían aprendido los fundamentos de la fe con Pablo mientras él les enseñaba la Palabra de Dios durante dieciocho meses (Hch 18:11). Algunos incluso podían jactarse de haber sido bautizados por él (1 Co 1:14–16).

Otros en la iglesia favorecen a Apolos. A diferencia de Pablo, quien hablaba “no con palabras elocuentes” sino “con debilidad, y con temor y mucho temblor” (1:17; 2:3), Apolos era un “hombre elocuente” que, durante su estadía en Corintio, “refutaba vigorosamente en público a los judíos” (Hch 18:24–28). Quizás aquellos que se jactaban de él estaban entre sus discípulos y habían venido a compartir sobre sus dones y su reputación.

Además de estos, hay otros grupos en la iglesia que, por alguna razón u otra, se jactan en Cefas o en Cristo frente a los demás (1 Co 1:12). Cada grupo tiene su propio campeón, y ciertamente son líderes dignos de ser seguidos, pero Pablo discierne en medio de todas estas facciones, no el resultado noble de la lealtad o convicción espiritual, sino la pura y simple mundanalidad. Él lo describe como un comportamiento de “carnales” (1 Co 3:4 RV60), y como parte de su corrección, le recuerda a la iglesia la razón por la que deben estar unidos en lugar de divididos. Él les escribe, diciendo:

Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento; no hubo muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios ha escogido lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte; y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios. (1 Co 1:26–29)

Ante el tribalismo de los corintios, Pablo restablece la base de su unidad al recordarles lo que tienen en común: todos ellos son esencialmente un grupo de don nadies a quienes, precisamente por su falta de distinción, Dios se ha complacido en llamarles pueblo Suyo. Por más que intenten superarse unos a otros, todos son tan insignificantes que cualquier competencia entre ellos es irrelevante. Es más, ser el más sabio, el más poderoso o el más distinguido no es lo que a Dios le importa. De hecho, como expresa 1 Corintios 1:29-31, ser una gran persona “conforme a la carne” (v. 26) y poner la confianza en eso (jactarse en sí mismo), es la antítesis del motivo por el cual Dios los escogió. Él los eligió y los unió a Cristo Jesús a fin de que Cristo fuese su “sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención”.

Los intentos que los corintios hacen para exaltarse a sí mismos se oponen a los propósitos de Dios para con ellos en Cristo, propósitos que implican “que nadie se jacte delante de Dios”, sino que reconozcan y se apropien de todo lo que Cristo ya ha hecho por ellos, y que por consiguiente, «se gloríe[n] (jacten) en el Señor».

Este pasaje nos recuerda lo que produce y lo que no produce contentamiento verdadero. El buscar ser exaltados por medio de nuestros propios logros o asociaciones es un engaño que divide a la Iglesia de Cristo y que roba la gloria que le pertenece solo a Él. Este es el problema de envidiar las bendiciones de los demás y estar descontentos: revela que estamos buscando significado en los elogios, las posesiones o el poder de este mundo, todos los cuales al final de cuentas, fracasan.

El verdadero contentamiento viene cuando nuestra jactancia está en el Señor. Lo experimentamos cuando recordamos nuestra completa indignidad para que se nos dé algo bueno, recibimos el “don inefable” de Dios para nosotros en Cristo (2 Co 9:15) y reconocemos con sincera gratitud y sobreabundante alabanza que cada dádiva, ya sea para nosotros o para otros, es sabia y amorosamente dada por Dios según Sus buenos propósitos para con todo Su pueblo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Tyler Kenney
Tyler Kenney

Tyler Kenney es gerente de contenido digital en Ligonier Ministries y graduado del Bethlehem Seminary en Minneapolis.

¿Hay solamente un camino de salvación?

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Serie: Dando una respuesta

¿Hay solamente un camino de salvación?

James Anderson

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

“A tu manera”, proclamaba Burger King en la década de los 70 con un eslogan que reflejaba el creciente individualismo, consumismo y pluralismo occidental. Otras empresas siguieron su ejemplo al prometernos que podríamos tener sus productos a nuestra manera: personalizados a nuestros gustos particulares y entregados bajo nuestras condiciones específicas. Por lo tanto, no es de extrañar que los occidentales traigan la misma agenda a la religión. La idea de que no tenemos opción en cuanto a cómo ser salvos es un anatema para el consumidor espiritual de nuestros días; queremos la salvación a nuestra manera.

La objeción sobre lo injusto de la salvación también refleja presupociones erróneas sobre quién es el que define la salvación.

Parece que el pluralismo religioso se ha convertido en la opción por defecto en nuestra cultura. Sin embargo, no importa cuán grande sea la presión para conformarnos o transigir, los cristianos debemos permanecer firmes e insistir en que solo hay un camino de salvación, es decir, la fe en Jesucristo. La razón es simple: esto es exactamente lo que el mismo Jesús enseñó.

Jesús afirmó que había sido enviado al mundo con un propósito primordial: que los que crean en Él no se pierdan, mas tengan vida eterna (Jn 3:14-17). La fe en Jesús es tanto suficiente como necesaria para la salvación; los que no crean en Él no tendrán vida eterna (vv.18, 36; ver 8:24). Solo los que “comen” de Jesús vivirán (6:53-58). Y como si el asunto necesitara más aclaración, Jesús no dejó ninguna duda en estas palabras a Sus discípulos: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (14:6; ver Mt 11:27).

Los apóstoles de Cristo confirmaron Su mensaje predicando de manera consistente que la salvación por la fe sola en Cristo solo (Hch 2:394:1216:3120:20-21Rom 10:9-171 Jn 2:22-254:14-155:12-13). El mensaje del Nuevo Testamento difícilmente podría ser más claro: si no eres salvo por medio de Jesús, no eres salvo. El pluralista moderno puede permitir que Cristo sea uno de los muchos caminos de salvación, pero, como expresó C. S. Lewis, Cristo mismo no dejó abierta esa posibilidad. O Él es Señor de todo, o no es Señor en absoluto.

Sin embargo, tales afirmaciones exclusivistas ofenden grandemente a la gente moderna. ¿Acaso no es arrogante que los cristianos insistan en que Jesús es el único camino a Dios? ¿No implica eso que los que profesan otras religiones están equivocados? Sí, lo hace. Pero observa bien: los pluralistas religiosos insinúan que los defensores del cristianismo están equivocados. De hecho, insinúan (y de forma arrogante) que Jesús estaba equivocado. Si es arrogante insinuar que las religiones no cristianas están en el error, los pluralistas deben ser igual de arrogantes al insinuar que el cristianismo, y cualquier otra religión exclusivista, está en el error. La acusación de arrogancia inevitablemente rebota en el crítico.

Otra objeción común es que es injusto negarle la salvación a los que sinceramente siguen otras religiones. ¿Por qué solo los cristianos debieran ser salvados? Esta queja expone una falta de comprensión fundamental del Evangelio. La salvación es por la gracia sola: Dios no tiene la obligación de ofrecerle a nadie ni siquiera un camino de salvación, mucho menos múltiples caminos. Cualquiera que oye el Evangelio, lo oye exclusivamente por misericordia divina.

La objeción sobre lo injusto de la salvación también refleja presupociones erróneas sobre quién es el que define la salvación. Ciertamente, le corresponde a nuestro Creador, no a nosotros, diagnosticar nuestro problema y prescribir un remedio. El pluralista aborda la salvación como si fuera un tratamiento para el pelo: deberías poder elegir tu color, tu estilo, etc., todo de acuerdo a tus propias preferencias. Lo que mejor funcione para ti . Pero ¿qué pasa si la salvación es más como un tratamiento médico para una enfermedad mortal? Si solo hay una medicina que en realidad puede curar la enfermedad, sería extremadamente necio abogar por el “pluralismo médico”, una visión de que el tratamiento debe ser “a tu manera”, y sería absurdo acusar al doctor de injusticia por prescribir el único medicamento que funciona.

El asunto debería ser obvio: la receta debe ser adecuada para el diagnóstico. Si el problema humano básico es como la Biblia lo describe, que somos pecadores bajo el justo juicio de Dios, incapaces incluso de comenzar a hacer una expiación satisfactoria por nuestros propios pecados, entonces solo el cristianismo presenta una solución que aborda el problema de forma adecuada. Ninguna otra religión ofrece un Mediador perfecto entre Dios y el hombre que quita la enemistad entre nosotros y nuestro Creador al soportar la pena por nuestros pecados en nuestro lugar (Rom 5:6-112 Co 5:18-211 Tim 2:5-6).

Si la Biblia tiene razón en cuanto a nuestra grave situación, Jesús debe ser el único camino de salvación, y nuestro deber tiene que ser proclamarlo a Él como el único camino. El amor a Dios, el amor a Cristo, el amor a nuestro prójimo y el amor a la verdad no nos dejan otra alternativa.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
James Anderson
James Anderson

El Dr. James N. Anderson es Profesor Carl W. McMurray de Teología y Filosofía en el Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C., y es ministro ordenado en la Associate Reformed Presbyterian Church (Iglesia Presbiteriana Reformada Asociada). Es el maestro de la serie de enseñanza de Ligonier Exploring Islam y autor de What’s Your Worldview?

¿A Dios le importa?

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Serie: Dando una respuesta

¿A Dios le importa?

John Blanchard

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

En un debate en la Universidad de Oxford en 1998, Peter Atkins, entonces profesor de química física en el Lincoln College de dicha universidad, se burló de los teístas por creer que “hay algo allá afuera, algo desconocido allá arriba, a lo que tenemos que doblegarnos en todo momento». Esta era su manera de reflejar su fuerte ateísmo y, años más tarde, cuando se le pidió en televisión que diera su punto de vista sobre la existencia o no de Dios, contestó: «Bueno, es bastante sencillo, no hay ninguno». La pregunta «¿A Dios le importa?» es un sinsentido para los que están de acuerdo con Atkins.

Los deístas son diferentes. Ellos creen en la existencia de Dios, pero afirman que después de que Él creó el mundo, se alejó de este. Ellos ven a Dios como un encargado de mantenimiento que delimita un campo de fútbol y pone los arcos, luego observa el partido desde las gradas, sin apoyar a ningún equipo y sin interés alguno en el resultado. Específicamente, ellos niegan que a Dios le importen nuestras debilidades y fracasos, y que alguna vez podamos orar por Su ayuda.

Cuando pensamos en la manera en que a veces tratamos a Dios, Su cuidado infalible por nosotros es ciertamente asombroso.

La Biblia pinta un cuadro muy diferente, y las primeras pinceladas se dejan ver muy temprano. Después de que nuestros primeros padres deliberadamente le dieron la espalda a Dios  y arruinaron su relación con Él, las primeras palabras que Dios le dice a Adán fueron: “¿Dónde estás?”. Como Dios es omnisciente (Él lo sabe todo), esta era una pregunta retórica. Dios estaba dando a los primeros pecadores del mundo la oportunidad de confesar sus pecados y buscar Su perdón. Cuando ellos se rehusaron, Dios los castigó justamente pero al mismo tiempo mostró Su amoroso cuidado por la humanidad caída al prometer que aunque un nuevo y arruinado orden mundial se había establecido, Él enviaría a un Redentor para rescatar al hombre de su autoinfligido desastre, una promesa cumplida por el Señor Jesucristo, quien “vino al mundo para salvar a los pecadores”. (1 Tim 1:15; ver Gn 3:15).

El cuidado de Dios por Su pueblo, como nación y como individuos, corre como un hilo de plata a través del registro bíblico de la historia de la humanidad. Él le asegura a uno de los salmistas: “Porque en mí ha puesto Su amor, yo entonces lo libraré; lo exaltaré, porque ha conocido mi nombre. Me invocará, y le responderé; yo estaré con él en la angustia; lo rescataré y lo honraré” (Sal 91:14-15).

Luego de que Dios rescatara milagrosamente a Su pueblo de la esclavitud en Egipto, ellos pasaron cuarenta años vagando por el desierto en su camino hacia la tierra prometida. A pesar de su frecuente rebelión, Dios proveyó para todas sus necesidades. Tiempo después se les recordó que: “Por cuarenta años el Señor tu Dios ha estado contigo; nada te ha faltado” (Dt 2:7). Como otro escritor dijo: “En su angustia clamaron al Señor, y Él los libró de sus aflicciones” (Sal 107:6).

Una y otra vez, individuos testificaron del cuidado infalible de Dios. Un creyente rico llamado Job, atravesó un trauma horrible, incluyendo la pérdida repentina de todo su ganado, la muerte de sus diez hijos en una tormenta violenta, enfermedades espantosas  y desfiguraciones que le dejaron irreconocible. Todo esto lo llevó a clamar: “Mi espíritu está quebrantado, mis días extinguidos, el sepulcro está preparado para mí” (Job 17:1). Sin embargo, a pesar de que su fe fue severamente sacudida, nunca la perdió, y reconoció ante Dios: “Vida y misericordia me has concedido, y tu cuidado ha guardado mi espíritu (Job 10:12).

Uno de los profetas de Dios aseguró a sus oyentes que: “el Señor de los ejércitos ha visitado Su rebaño” (Zac 10:3), y David, el rey de Israel, cuya vida tuvo serios altibajos, testificó: “el Señor es mi pastor, nada me faltará” (Sal 23:1).

Cuando pensamos en la manera en que a veces tratamos a Dios, Su cuidado infalible por nosotros es ciertamente asombroso. No es de extrañar que David pregunte: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que lo cuides?” (Sal 8:4). Nunca seremos capaces de comprender plenamente la respuesta a esta pregunta, pero la verdad a la que apunta debería animarnos a responder con gratitud a esta promesa: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios… echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pe 5:6-7).

Una cosa más. La Biblia dice que la religión que es “pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre” incluye cuidar a “los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones” (Stg 1:27). Esta es la descripción abreviada de la Biblia respecto a nuestra responsabilidad de ayudar a satisfacer las necesidades de los pobres, los desposeídos, los desfavorecidos, los enfermos, los discapacitados, los que se sienten solos, los vulnerables y muchos otros cuyas necesidades son mucho mayores que las nuestras. A Dios sí le importa, y a nosotros también debería importarnos.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
John Blanchard
John Blanchard

El Dr. John Blanchard es un predicador, profesor y apologista que vive en Banstead, Inglaterra. Es autor de varios libros, entre ellos Últimas preguntas y ¿Qué ha pasado con el infierno?

¿Es Dios injusto?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Dando una respuesta

¿Es Dios injusto?

Jared Oliphint

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

La frase debió haber dado vueltas una y otra vez en la mente de Adán luego de haber mordido el fruto prohibido: “El día que de él comieres ciertamente morirás” (Gn 2:17). Este fue el día que comió de él, así que este era el día en el que él ciertamente moriría. No puedo imaginar el terror que sintió Adán mientras cosía algunas hojas de higuera como ropa improvisada. Adán tenía los días contados antes de su inevitable castigo; el día del juicio había llegado.

Aunque Dios introdujo la justicia terrenal ese día, también refrenó todo el peso de Su juicio y le concedió a Adán y al ahora mundo pecaminoso, una sentencia retardada. Su misericordioso retraso de juicio final estableció un compasivo pero a veces frustrante patrón para nuestra batalla entre el pecado y la justicia; no toda la maldad terrenal verá una justa respuesta terrenal. 

El Viernes Santo arruina cada intento simplista de abordar la justicia de Dios.

A medida que Dios retenía la muerte inmediata cuando Adán tragó esa primera mordida del fruto prohibido, también les mostraba dos nuevas ideas: la gracia y la misericordia. Lo opuesto a la justicia es la injusticia, pero el complemento de la justicia es la misericordia. Tanto la justicia como la misericordia fluyen del buen carácter de Dios, y en el día en que la creación necesitaba de la misericordia para sobrevivir, Dios prometió un Salvador (Gn 3:15). 

Pero ¿cómo conocemos el carácter de Dios? Cuando los escépticos apuntan al mundo y declaran que las cosas no son como deberían ser, los creyentes pueden exclamar un enérgico “¡Amén!” Pero cuando el escéptico entonces señala y acusa a Dios de injusticia y maldad, el escéptico y el creyente deben separarse doctrinalmente. 

Pocos escépticos afirman simultáneamente que (1) “Dios existe” y (2) “el dios en el que genuinamente creo es injusto”. Las acusaciones típicamente vienen de aquellos que esperan exponer un conflicto entre la existencia de Dios y las tragedias injustas, sin embargo, existe una diferencia esencial entre la responsabilidad del hombre bajo la ley de Dios y la relación de Dios con las leyes que Él crea y revela. Las leyes creadas son divinamente forjadas para circunstancias particulares, terrenales y algunas veces temporales. Dios no se hace responsable ante una “ley” suprema separada de Su naturaleza. El escéptico que hace a Dios responsable de las leyes que Él creó malentiende fatalmente la relación Creador-criatura.

¿Y qué del escéptico que ve injusticias en la Biblia? ¿Cómo la naturaleza perfecta y justa de Dios armoniza con todo tipo de historias y eventos en la Escritura donde el pueblo de Dios, y aun Dios mismo, parece que aprueba u ordena las injusticias?

El Antiguo Testamento desvela el acto número 1 de la batalla por la justicia suprema. Debido a que el día de juicio fue pospuesto después del Edén, la injusticia a menudo prospera. Dios solo arrojó sombras temporales y terrenales del juicio pendiente y final. Compara las narrativas de conquista en Josué con cualquier capítulo de Apocalipsis. Josué suena tímido comparado a los dragones, bestias y fuego del Apocalipsis. Aunque el Apocalipsis entrega su mensaje por medio a símbolos velados e imágenes fantásticas, el mensaje no es solo para dar un espectáculo: el mundo se acabará violentamente. Antes de su final, el pueblo del pacto de Dios clama para que Él ponga fin a las injusticias que incluyen traición, esclavitud, exilio y muerte. No puedes leer los Salmos sin hacer eco de lo que los santos del Antiguo Testamento sintieron: “¿Serán respondidos mis clamores?”. 

Alguien sí respondió. Pero la liberación definitiva de la injusticia se desarrollaría en una historia de dos partes (Jn 12:31Ap 14:7). Al centro, encontramos a Cristo en un monte; el segundo Adán, esperando en un huerto diferente (Getsemaní) en agonía anticipada por el juicio inmerecido que inevitablemente vendría de Su Padre (Lc 22:44). De todas las injusticias, la mayor y por mucho, tomó lugar en ese intercambio misterioso: día de juicio derramado sobre Cristo mientras Él compraba la gloria final para una nueva creación. El Viernes Santo arruina cada intento simplista de abordar la justicia de Dios. Ese día, la cruz de madera llevó a un clímax el cumplimiento de la promesa misericordiosa de Dios al primer Adán (Gn 3:15). 

Tres días más tarde, la resurrección de Cristo sentenció a la muerte y al diablo a la pena capital. Pablo le llamó a esa resurrección inaugural las “primicias” para los creyentes (1 Co 15:20-23). Si Cristo es las primicias [primer fruto], nosotros somos los “proximicios” [próximos frutos], esperando unirnos a la cosecha de resurrección al final de esta fase de la historia. 

Cristo nunca minimizó la realidad del injusto aguijón de la muerte (Jn 11:35-38), sino que sabiendo cómo culminaría Su dramática historia, ofrece el consuelo que soporta las injusticias temporales. Nuestra resurrección inevitable y nuestro nuevo hogar en los cielos nuevos y la tierra nueva, al fin redimirán esa primera y vieja injusticia en esta vieja tierra. Por ahora, la injusticia invade y permea el aire terrenal que respiramos. El sufrimiento y la tragedia deben ser tomados seriamente y manejados con sensibilidad y cuidado pastoral. Sin embargo, no encontraremos soluciones finales —ni nuestra esperanza final— en la tierra. El descanso final de la injusticia se hallará en un nuevo y eterno hogar. Repetimos “¿Hasta cuándo, oh SEÑOR?” mientras sabemos que nuestro Salvador justo y misericordioso construye nuestro nuevo hogar aun en el presente (Jn 14:3) para el acto final en ese día final.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Jared Oliphint
Jared Oliphint

Jared S. Oliphint es estudiante de doctorado en filosofía en la A&M University de Texas y estudiante de maestría en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia.

¿Existe un Dios?

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Serie: Dando una respuesta

¿Existe un Dios?

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

¿Responder la pregunta “¿existe un Dios?” en aproximadamente 775 palabras? ¿Será esta la tarea más fácil que Tabletalk me ha asignado, ya que la respuesta es tan clara? No hay ateos consistentes, solo gente que se esconde de Dios. “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos” (Sal 19:1). Dios es la causa ineludible que sostiene todas las cosas.

Jamás podemos negar al Deus cuya imago somos.

¿O será esta la tarea más difícil que Tabletalk me ha asignado hasta ahora? Una respuesta exhaustiva podría llenar toda una biblioteca. Lo que sigue, entonces, sería solo un fragmento aislado de un capítulo de uno de los libros de esa biblioteca.

1- Dios el Creador es la única solución al enigma supremo de Gottfried Leibniz y Martin Heidegger: “¿Por qué hay algo en lugar de nada?”.

Ex nihilo nihil fit, “De la nada, nada proviene”. Notemos que la nada no es un “pre-algo”; no es “algo reducido al mínimo”. Nada significa NINGUNA cosa, no hay ALGO. La nada es un concepto imposible de comprender para la mente precisamente porque la nada carece de “realidad” en primera instancia. Transformando el famoso planteamiento de René Descartes Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo), podemos decir: Quod cogito, non cogito de nihilo (Ya que existo, no puedo concebir la nada). Esto nos lleva a otro pensamiento descartiano: Quod cogito, ergo non possible Deus non est (Ya que pienso, es imposible que Dios no exista). El cosmos, mi existencia y mi habilidad de razonar dependen del hecho de que la vida no surgió y no puede surgir de la nada, sino que requiere un origen racional y razonable. Lo opuesto (tiempo + azar = realidad) es imposible. Ni el tiempo ni el azar son fenómenos pre-cósmicos.

2- Este Dios debe ser el Dios de la Biblia por dos razones. La primera es que solo tal Dios representa un fundamento adecuado para la coherencia física del cosmos como lo conocemos. En segundo lugar, Su existencia es la única base coherente, la reconozcamos o no, para el pensamiento y la comunicación racionales. En consecuencia, el incrédulo necesariamente debe apoyarse en un fundamento bíblico, tomando prestado de este y hasta robándolo intelectualmente, para poder pensar coherentemente y vivir sensatamente. De esta forma, el humanista secular que argumenta que no hay absolutos debe tomar prestado de las premisas bíblicas para evaluar cualquier cosa como buena o mala en sí misma.

Hace poco realicé un experimento simple, pero descorcentante: dirigir mi mente a pensar en la suposición de que no hay Dios, y luego explorar las implicaciones. Recomiendo encarecidamente que no se realice este experimento mental, ya que conduce ineludiblemente a un lugar oscuro, a un abismo mental donde nada en la vida tiene sentido, de hecho, donde no hay posibilidad de un “sentido” definitivo. Aquí, todo lo que consideramos bueno, verdadero, racional, comprensible y hermoso carece de una infraestructura que les dé coherencia a estos conceptos. Por lo tanto, la naturaleza de todo lo que soy y experimento se desmorona de forma radical y se desconecta de mi conciencia acerca de dichos conceptos. Esa “conciencia” que parece comprensible es entonces una fabricación injustificable de mi propia imaginación. Y luego esa imaginación deja de tener coherencia en sí misma. En esencia, entonces, mi conciencia sumamente compleja se convierte en una serie inexplicable de intrincadas reacciones químicas sin base racional ni sentido inherente. El “sentido” mismo, en cualquier caso verdaderamente trascendente, es en sí mismo un concepto sin sentido.

Como investigadores en el peregrinaje del ateísmo consecuente, concluiremos que los “ateos” que caen en la desesperación, al entregarse a las insufribles conclusiones de sus premisas, son los únicos pensadores ateos consistentes que en verdad viven de acuerdo a sus convicciones. Aquellos que afirman tranquilamente ser ateos son desenmascarados porque de hecho rechazan la conclusión de las convicciones que profesan y reprimen lo que en el fondo saben que es verdad (que Dios existe). Esto es exactamente lo que Pablo argumenta en Romanos 1:18-25.

El novelista Martin Amis relató una pregunta que el escritor ruso Yevgeni Yevtushenko le hizo a sir Kiengsley Amis: “¿Es cierto que eres ateo?” Amis respondió: “Sí, pero es más que eso: en realidad odio a Dios”. Lejos de poder negar la existencia de Dios, confesó tanto la existencia de Dios como su propio antagonismo hacia Él.

Amis no estaba solo. Ni un caballero del Imperio Británico ni ninguno de nosotros puede dejar de ser la imago Dei (sin importar cuán mutilada esté). Por tanto, jamás podemos negar al Deus cuya imago somos. Porque Dios ha puesto una carga sobre nosotros: “También ha puesto la eternidad en sus corazones” (Ec 3:11). Como dijo Agustín, nuestros corazones están inquietos hasta que hallamos nuestro descanso en Él.

¿Por qué entonces la Biblia no pregunta si hay un Dios? Porque en su primera oración responde esa interrogante: “En el principio creó Dios…”.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

¿Por qué le pasan cosas malas a gente buena?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Dando una respuesta

¿Por qué le pasan cosas malas a gente buena?

Greg Lanier

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie Dando una respuesta,publicada por Tabletalk Magazine. 

«¿Cáncer de hueso en los niños? Dios, ¿cómo es posible? ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a crear un mundo en el que exista tal miseria y no por nuestra culpa?» Con estas duras palabras el comediante Stephen Fry, un ateo declarado, planteó un tema crucial para cristianos y no cristianos: si Dios es absolutamente bueno y todopoderoso, como afirman las Escrituras, ¿por qué permite que las personas buenas sufran el mal? Todos somos confrontados con esto: el diagnóstico de un amigo querido con una enfermedad terminal; el abuso del hijo de un vecino; un atentado terrorista en un café de la playa; un huracán que devasta islas enteras. Cuando los escépticos hacen esta pregunta, o cuando la hacen otros cristianos o cuando tú mismo la haces, ¿cuál sería una respuesta bíblica correcta? 

Es esencial distinguir y abordar cuidadosamente dos aspectos de la pregunta: el de la mente / intelectual y el del corazón / emocional. En el momento del sufrimiento, una respuesta enfocada en el aspecto de la mente («Es la voluntad de Dios»), aunque es doctrinalmente correcta, no sería un bálsamo para el alma angustiada. A menudo, la respuesta tierna viene primero. Pero ésta debe estar basada en el aspecto intelectual, así que comenzaremos en este y luego volveremos al aspecto emocional. 

Si somos meramente átomos sujetos a la física y la selección natural, el sufrimiento no existe.

El punto de la mente / intelectual pudiera reformularse así: ¿El sufrimiento de las personas buenas niega a Dios? Porque si Él permite que tales cosas sucedan, ¿no prueba eso que Él no es bueno, que no es todopoderoso o que no existe? Deben surgir cuatro respuestas. 

  1. La pregunta, para empezar, asume que existe tal cosa como el «bien» y el «mal». La persona que hace la pregunta ha decidido que una cosa / persona / evento (un terremoto, Hitler, el terrorismo) es «malo» y que otra cosa (un individuo que sufre) es «bueno». Pero ¿cómo sabe el interrogador qué es «malo» o “bueno”? La opinión personal no es válida, ya que al reflexionar nos damos cuenta que las personas «malvadas» (Hitler / ISIS / quien sea) no piensan que ellas mismas son malas. El hecho de que cualquiera pueda protestar contra el mal requiere un estándar para el bien y el mal que esté fuera de cualquier individuo o cultura, que solo puede provenir de Dios y que ha sido revelado a todos (Rom 1:19-202:12-16).
  2. La pregunta presupone que el sufrimiento de una persona «buena» tiene un sentido. Las rocas y los árboles no sufren. Incluso las cosas «malas» que le suceden a las criaturas son proporcionales: pocos se enojan contra Dios cuando un tsunami destruye millones de hormigas. Sin embargo, el significado del sufrimiento humano es intuitivo para todos e implica que los humanos tienen una dignidad única que el sufrimiento está deshaciendo. Esta dignidad solo puede ser conferida por Dios. Si somos meramente átomos sujetos a la física y la selección natural, el sufrimiento no existe.
  3. La pregunta asume que Dios nunca tiene buenas razones para el sufrimiento. Pero según la Escritura, Dios tiene tales razones, aun si no nos gustan o no las entendemos. El sufrimiento puede deberse al estado caído de la creación (Rom 8:19-22). El sufrimiento puede ser un castigo por el pecado (Jue 2:11-15), aunque no siempre (Jn 9:1-3). Dios puede permitir que Satanás lo inflija (Job 1-2). El sufrimiento puede mostrar la justicia de Dios (Rom 9:19-26). Puede llevar a los pecadores al arrepentimiento (Sal 119:71). Puede usarse para el avance del reino de Dios (1 Pe 4:12-19) y para santificarnos (Rom 5:3-5Stg 1:2-4). De hecho, el más impresionante ejemplo de algo malo sucediéndole a una persona buena, la muerte de Jesús, consumó el bien de la salvación (Hch 2:22-244:8-12). Pero en esos momentos, cuando nos enfrentamos a los males más injustificados e inexplicables, podemos confiar en que los caminos de Dios están más allá de nuestros caminos (Rom 11:33-36).
  4. Finalmente, la pregunta requiere que exista tal cosa como una persona “buena”, sin embargo, la Escritura y la vida misma atestiguan que todos estamos arruinados y somos miserables (Rom 3:10-18). De hecho, la pregunta debería ser por qué cosas buenas les suceden a todos, dado lo malos que somos. El escéptico cree que el universo opera sobre la base de “haces el bien, recibes el bien; haces lo malo, recibes lo malo”. Si este criterio es correcto, ¿por qué prosperan las personas absolutamente despreciables? Ninguna otra cosmovisión puede explicar esto, excepto la bíblica, que revela la pecaminosidad de todos y la benevolencia de Dios hacia todos para Sus propios propósitos (Mt 5:45), hasta el día final del juicio, cuando todo será enmendado.

Volvemos, entonces, al punto del corazón / emocional. Cuando suceden cosas malas, el sufrimiento y el dolor a menudo nos confrontan con la aparente ausencia de Dios en ese momento. ¿Qué hacen los cristianos? El punto de la mente / intelectual debe ser tratado, tal vez cuando las nubes oscuras se disipen. En la oscuridad, consolamos a los que sufren con el amoroso consuelo que hemos recibido de Dios (2 Co 1:3-7). Lloramos con ellos (Rom 12:15). Nos sentamos en las cenizas con ellos (Job 2:11-13). Llevamos las cargas de los otros (Gál. 6:2). Y, sobre todo, con mucho amor, les dirigimos a Jesús, la única persona buena que sufrió el mayor de los males para redimirnos, que enjuga nuestras lágrimas, y que nos promete un día en el que todo esto será remediado (Ap 21:4).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Greg Lanier
Greg Lanier

El Dr. Greg Lanier es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary de Orlando, Florida, y pastor asistente en River Oaks Church (PCA) en Lake Mary, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo How We Got the Bible [Cómo nos llegó la Biblia] y Old Testament Conceptual Metaphors and the Christology of Luke’s Gospel [Metáforas conceptuales del Antiguo Testamento y la cristología del Evangelio de Lucas].

¿Es la Biblia la Palabra de Dios?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Dando una respuesta

¿Es la Biblia la Palabra de Dios?

Michael J. Kruger

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie Dando una respuesta, publicada por Tabletalk Magazine.

Cuando se trata de la verdad de la Biblia, la gente moderna a menudo suele pensar como George Gershwin: “Las cosas con las que te puedes encontrar en la Biblia no son necesariamente así”. Después de todo, dice el escéptico, ese libro está tan repleto de historias de fantasías y milagros exagerados que ninguna persona sensata podría llegar a creerlas. ¿Por qué, entonces, deberíamos creer que la Biblia verdaderamente proviene de Dios?

Por supuesto, hay que reconocer que convencer al escéptico del origen divino de la Escritura no es una tarea fácil, y dado que “el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios” (1 Co 2:14), no es algo tan simple como solo presentar los hechos. La Biblia es un libro espiritual, de manera que el Espíritu debe obrar para que nosotros la veamos por lo que realmente es. 

Nuestros argumentos puede que no siempre convenzan a los escépticos, pero eso no significa que nuestros argumentos no sean válidos. Dios ha provisto maneras mediante las cuales podemos saber que estos libros proceden de Él. 

Los libros de la Biblia han sido sometidos al escrutinio más agudo y al más riguroso examen por parte de académicos contemporáneos.

Cualidades  divinas 

En primer lugar, debemos reconocer que los libros bíblicos poseen cualidades internas que demuestran que estos proceden de Dios. Así como la revelación natural (el mundo creado) tiene características que muestran que Dios es el autor de la naturaleza (Sal 19; Rom 1:20), así también deberíamos esperar que la revelación especial (la Escritura) tenga características que demuestren que Dios es su autor. 

Un ejemplo es la eficacia y el poder de la Escritura. La Escritura no solamente dice cosas sino que hace cosas: convence (Heb. 4:12–13), alienta (Sal 119:105), consuela (v. 50) y trae sabiduría (v. 98). En resumen, este libro está vivo. Aun más que esto, la Biblia nos da entendimiento con respecto a las preguntas más grandes de la vida (v. 144), y provee una cosmovisión coherente y convincente que explica la realidad como ningún otro libro.

Otro ejemplo es la unidad y la armonía de la Escritura. Es increíble contemplar cómo tantos autores diferentes, que escribieron en épocas, lugares y culturas distintas, pueden entretejer una historia única, coherente y unificada de la redención de todas las cosas por medio de Cristo. Tal armonía no puede ser creación humana, sino que es más bien evidencia de su origen divino.

En resumen, los cristianos saben que las Escrituras son la Palabra de Dios porque en ellas oyen la voz de su Señor. Tal como Jesús afirmó: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen” (Jn 10:27).

Orígenes históricos

En adición a la calidad interna de estos libros, también podemos mirar a sus orígenes históricos como evidencia de su carácter único. Estos libros provienen de mensajeros, profetas y apóstoles autentificados por Dios y autorizados a hablar en Su nombre. Las Escrituras no solamente contienen palabras de seres humanos, sino palabras de seres humanos que fueron llamados a ser portavoces de Dios (2 Pe 1:21).

Por supuesto, no siempre tenemos la certeza del autor particular de cada libro de la Biblia (como ocurre en el caso del libro de Hebreos). Pero, incluso en tales casos, sí tenemos evidencia histórica sólida que sitúa a estos libros en las circunstancias y períodos de tiempo donde sabemos que Dios estaba obrando activamente en medio de Su pueblo para revelar Su Palabra.

Además, cabe destacar que los libros de la Biblia han sido sometidos al escrutinio más agudo y al más riguroso examen por parte de académicos contemporáneos. Y una y otra vez, los libros bíblicos han demostrado ser históricamente fiables y dignos de nuestra confianza.

Recibidos por el pueblo Dios

Una razón final para considerar la Biblia como la Palabra de Dios es que el pueblo lleno del Espíritu de Dios, por generaciones y generaciones, ha reconocido que estos libros proceden de Dios.

Incluso cuando Pablo le explica la inspiración de las Escrituras a Timoteo, primero le insta a recordar “de quiénes las has aprendido” (2 Tim 3:14), es decir, de su madre y su abuela. 

Y no es únicamente el testimonio de la familia biológica sino también el de la familia de Dios, Su Iglesia a través de las edades. La Biblia contiene los libros que el pueblo de Dios ha estado usando, confiando, leyendo y aplicando por miles de años. Y a ese testimonio se le debe dar su debido peso.

Al final, estas tres razones proveen una gran base para creer que las Escrituras son la Palabra de Dios. Pero, aún más, tenemos el testimonio del mismo Señor Jesús, pues Cristo no solamente conocía y utilizaba la Escritura, sino que afirmó, inequívocamente, su poder divino: “la Escritura no se puede violar” [o como dice en la RV60: «la Escritura no puede ser quebrantada»] (Jn 10:35).

Por lo tanto, sí, si creemos en la Biblia, creeremos en Jesús. Pero también es cierto que si creemos en Jesús, creeremos en la Biblia.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Michael J. Kruger
Michael J. Kruger

El Dr. Michael J. Kruger es presidente y profesor Samuel C. Patterson de Nuevo Testamento y Cristianismo Primitivo en el Reformed Theological Seminary en Charlotte, N.C. Es autor de varios libros, incluyendo Canon Revisited.