El temor a las pérdidas económicas

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Serie: El temor

El temor a las pérdidas económicas

Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Considera cuánto de tu vida gira en torno a tu estabilidad económica. Te despertaste esta mañana en un dormitorio cálido porque pagaste la factura de electricidad. Desayunaste porque compraste provisiones. Fuiste y volviste del trabajo porque pagaste un billete de tren o la gasolina para tu automóvil. Llevabas puesta ropa apropiada para tu profesión, la cual compraste en una tienda. Tu trabajo te proporciona un ingreso regular que paga la calefacción, la comida, el transporte y la ropa. Y eso es solo la punta del iceberg. Casi todo lo que has tocado hoy tiene un costo.

Dado el grado en que las necesidades básicas de la vida están conectadas a la solvencia financiera, no es de extrañar que incluso los cristianos luchen contra el miedo a sufrir pérdidas económicas. En un mundo caído, aun aquellos que trabajan y presupuestan diligentemente a veces encuentran que sus gastos exceden sus ingresos. Una enfermedad prolongada acaba con los ahorros. Las caídas del mercado de valores destruyen las cuentas de jubilación. Los despidos laborales ocurren en la flor de la vida. La quiebra nos amenaza. El hambre y la falta de vivienda no son problemas aislados. La transitoriedad de la seguridad financiera es parte de la realidad de vivir en un mundo maldito por el pecado y saturado de sufrimiento (Pr 23:4-51 Tim 6:7).

Jesucristo es nuestra posesión más verdadera y profunda en medio de las fortunas cambiantes de la vida.

Es apropiado preocuparse por esto, pero a menudo nuestras vidas manifiestan reacciones y estrategias pecaminosas para evitar la posibilidad de la ruina financiera. Nuestra ansiedad se dispara. Nos convertimos en adictos al trabajo. Acumulamos nuestro dinero por temor a que nunca sea suficiente (Lc 12:13-21). Nos volvemos tacaños y calculadores, tratando cada decisión y relación como si fuera un balance financiero. Nuestra generosidad desaparece. Y, aun así, el fantasma de la pérdida no se va. Entonces ¿cómo afrontamos esta posibilidad con una creciente confianza  en Dios en lugar de una creciente ansiedad?

Es fundamental que comprendamos y confiemos en que Dios es un Padre amoroso y generoso que tiene cuidado de Sus hijos y les provee lo que más necesitan. En el contexto de una discusión sobre la codicia y las posesiones, Jesús les dice a Sus discípulos: «Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis» (Lc 12:22). ¿Qué nos da confianza para dejar a un lado nuestras ansiedades por posibles pérdidas económicas? Los versículos que siguen (vv. 22-34) destacan cuatro cosas.

  1. LA VIDA ES MÁS QUE LA SATISFACCIÓN DE NECESIDADES TEMPORALES (V. 23).

Aunque la comida y la ropa son importantes (y, por lo tanto, también los recursos financieros que permiten su adquisición), hay algo aún más esencial para una vida abundante. En contraste con aquellos que «buscan estas cosas» como fines en sí mismas, Jesús exhorta a Sus discípulos a buscar primero Su Reino (v. 31; ver Mt 6:33). Vivir de acuerdo con esta prioridad del Reino es lo que le permite al apóstol Pablo decir: «Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día» (2 Co 4:16).

  1. DIOS PROVEE HASTA PARA LAS MÁS PEQUEÑAS DE SUS CRIATURAS (LC 12:24-28).

Si Él alimenta a los cuervos y viste a los lirios con belleza, ¿no proveerá para los seres humanos, que son el pináculo de Su creación? Él sabe lo que necesitamos (v. 30). No nos dará una piedra si le pedimos pan (Mt 7:9).

  1. SOMOS PARTE DEL REBAÑO DE DIOS (LC 12:32). VIVIMOS EN COMUNIDAD CON NUESTROS HERMANOS EN CRISTO.

Confiar en la provisión de Dios incluye creer que Él traerá gente para socorrernos cuando pidamos ayuda en un momento de crisis económica. La colecta de Pablo para la iglesia en Jerusalén demuestra esta interdependencia en el cuerpo de Cristo (2 Co 8 – 9).

  1. A NUESTRO PADRE LE HA PLACIDO DARNOS EL REINO (LC 12:32).

Si Él nos ha dado la posesión más grande de todas: una herencia que es «incorruptible, inmaculada y que no se marchitará» (1 Pe 1:4), ¿cómo no nos dará también por gracia lo que realmente necesitamos (Rom 8:32)? La riqueza duradera y la verdadera seguridad se encuentran en el Reino: «Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de Su pobreza llegarais a ser ricos» (2 Co 8:9).

Una creciente confianza  en nuestro Dios fiel no garantiza inmunidad contra las pérdidas económicas. Sin embargo, a pesar de la amenaza real de bolsas de dinero que envejecen, tesoros terrenales que fallan, ladrones que entran y roban, y polillas que devoran (Lc 12:33), Jesucristo nunca le faltará al pueblo de Dios. Él es nuestro pan de vida (Jn 6:35) y nuestra agua viva (Jn 4:14), y nos viste con Su justicia (Is 61:10Zac 3:1-52 Co 5:21Flp 3:9). Él es nuestra posesión más verdadera y profunda en medio de las fortunas cambiantes de la vida. Verdaderamente, Él es Jehová-Jireh, nuestro proveedor (Gn 22:14).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mike Emlet
Mike Emlet

El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation [Fundación de Consejería y Educación Cristiana] (CCEF). Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].

El temor a un mundo cambiante

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Serie: El temor

El temor a un mundo cambiante

Por Keith A. Evans

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

Los cambios. A pocos de nosotros nos gustan; a muchos nos asustan; la mayoría tratamos de prevenirlos. Sin embargo, hay cambios en todas partes. Para reconocerlos, no hace falta que nos sentemos en una mecedora de nuestra terraza, levemente irritados y reflexionando con la mirada perdida: «Cuando tenía tu edad…». Repasamos las noticias que han salido en las últimas veinticuatro horas mientras aconsejamos frenéticamente a nuestros propios corazones para que no se turben. Hacemos una pausa para charlar con nuestros vecinos de al lado —quienes no comparten el mismo apellido— o con la pareja que vive al otro lado de la calle —cuyos nombres son Jaime y Juan— y nos preguntamos nerviosamente qué ha sucedido con la familia nuclear. Experimentamos cambios incluso en nuestros propios huesos; pasamos de un día a otro, recordando esos «buenos tiempos» en los que nuestros cuerpos no nos dolían tanto, o al menos respondían mejor a las órdenes de nuestros cerebros. Hay cambios en todas partes. No importa cuáles sean, hay algo en nosotros que grita: «¡Las cosas no deberían ser así!».

En Eclesiastés 7:10, Salomón expresa estas luchas del corazón cuando nos instruye a no preguntar: «¿Por qué fueron los días pasados mejores que estos?». Aquí Dios está identificando nuestra tendencia natural cuando vemos cambios en el mundo: somos tentados a creer que el pasado era inherentemente mejor que el futuro amenazante que se aproxima. Pero Salomón explica por qué no debemos dejar escapar tal pregunta de nuestros labios: «Pues no es sabio que preguntes sobre esto».

La libertad del miedo al cambio no resulta de la ausencia de cambio, sino de la presencia de un Dios inmutable.

El padre de Salomón lo expresó de una manera ligeramente diferente cuando observó en el Salmo 11:3: «Si los fundamentos son destruidos; ¿qué puede hacer el justo?». ¿Sientes el peso de la pregunta de David? Al mirar a tu alrededor, ¿puedes identificarte con el mismo sentimiento de que los fundamentos están siendo destruidos? David usa imágenes de su contexto para establecer la escena: «¿Cómo decís a mi alma: “Huye cual ave al monte”? Porque, he aquí, los impíos tensan el arco, preparan su saeta sobre la cuerda» (vv. 1-2). Podríamos situar la pregunta en nuestro entorno moderno de esta manera: «¿Cómo puedo consolar mi corazón cuando la sociedad se está descomponiendo a un ritmo vertiginoso? ¿Dónde está mi esperanza cuando el mal parece predominar?».

Sin embargo, tanto la razón por la que Salomón nos llama a no asumir la superioridad del pasado como la fuente de la esperanza que ofrece David tienen que ver con el lugar donde ponemos nuestra confianza. La historia no está en manos de una suerte aleatoria ni es controlada por un destino desconocido e impersonal. El Salmo 11 saca esta conclusión de manera sucinta: «El SEÑOR está en Su santo templo, el trono del SEÑOR está en los cielos» (v. 4). Hay un Supervisor completamente sabio y soberano, y todo lo que sucede es ordenado por nuestro Padre de gracia y bondad.

Amados, Dios no se pasa el día viendo las mismas noticias ni se queda perplejo ante lo que ocurre en el mundo. Nuestro trino Señor no se llena de pánico al asomarse y ver cómo la cizaña va creciendo en medio del trigo. El Dios que nos llama a no preocuparnos por el mañana y a no estar ansiosos es el Dios que nunca está ansioso ni se preocupa.

De hecho, el Salmo 46 pinta un cuadro aún más sombrío que el Salmo 11. El Salmo 46:2 nos dice que los montes inamovibles se mueven y una tierra imperturbable es sacudida: «Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares». Por otro lado, las potencias mundiales se levantan contra el Reino de Dios: «Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos» (v. 6). Pero en medio de todo esto, Dios está en control. Él habla y el mal es desarmado por la fuerza: «Hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; quiebra el arco, parte la lanza, y quema los carros en el fuego» (v. 9). Él truena: «Estad quietos, y sabed que Yo soy Dios», y el reino de la maldad tiene que obedecer (v. 10). Él proclama: «Exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra» (v. 10), y todo lo que se opone a Él no tiene más remedio que obedecer.

La solución a un mundo cambiante no es tratar desesperadamente de estabilizar un mundo inestable (v. 11). La cura para el pánico por los vientos y los torrentes que arremeten constantemente contra la casa no es reforzar las ventanas con tablas (Mt 7:258:27). La libertad del miedo al cambio no resulta de la ausencia de cambio, sino de la presencia de un Dios inmutable (Mal 3:6). Cuando seas tentado a creer que tu Padre solo te está dando piedras y serpientes en este mundo cuando estás pidiéndole pan (Mt 7:9-11), solo recuerda que la sabiduría no se pregunta con temor: «¿Por qué fueron los días pasados mejores que estos?» (Ec 7:10). La sabiduría espera en Aquel que está en control (Pr 9:10).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Evans
Keith A. Evans

Keith A. Evans es profesor de Consejería Bíblica y director del Biblical Counseling Institute en el Presbyterian Theological Seminary de Pittsburgh.

La realidad del temor

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Serie: El temor

La realidad del temor

Ed Welch

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

En nuestra lista interminable de problemas, el temor y la ansiedad tienden a ocupar los primeros lugares. Son asuntos esencialmente humanos. No se trata de sentimientos que nos atrapan por momentos; son aspectos regulares de la vida diaria que pueden quedarse silenciosamente en un segundo plano o pasar al frente para dominarnos. En estos tiempos, se consideran una parte intrínseca de nuestra humanidad. Nos dicen que somos impotentes y débiles, que nos esperan dificultades, que las cosas preciadas están en riesgo y que no hay mucho que podamos hacer al respecto. Y tienen razón. Sus predicciones específicas a menudo no son correctas, y no cuentan toda la historia, pero son correctas. En este mundo, nosotros y nuestros seres queridos tendremos aflicciones (Jn 16:33).

La Biblia de Estudio de La Reforma

Podríamos desear que todos nuestros temores desaparecieran, pero sabemos que no todos son malos. Su mayor beneficio es que nos recuerdan lo pequeños que somos y lo mucho que necesitamos a Jesús. Depender de Él es vida; la independencia es un mito mortal. El temor también es una alarma que nos advierte del peligro. Sin él, seríamos incapaces de crecer en sabiduría, pues la sabiduría debe distinguir lo que es bueno y seguro de lo que es malo y dañino. No obstante, aunque reconocemos estos beneficios, todos podemos estar de acuerdo en esto: nos gustaría tener menos temores y que fueran menos intensos.

Hoy tenemos al Espíritu de poder que nos da el valor para dar pequeños pasos de obediencia, aun cuando el futuro nos parezca sombrío.

Si miras a tu alrededor notarás que tus temores están en todas partes. Viven escondidos en palabras como estréspreocupacióninquietudnerviosismopresión y pavor. Están atados a la culpa y a muchas otras luchas cotidianas. Si nos sentimos culpables, tememos ser juzgados. Si nos sentimos avergonzados, tememos la posibilidad de quedar expuestos ante los demás. Muchas veces nuestro enojo se debe a un temor que está dispuesto a luchar. Vemos que algo que amamos está en riesgo y, en vez de congelarnos o huir, lo enfrentamos. La depresión podría ser un temor que se ha dado por vencido. Vemos el presente como algo oscuro e insoportable. Y el futuro es peor. Es oscuro, insoportable y sin esperanza. O considera el trastorno de estrés postraumático. Describe a aquellos de nosotros que hemos tenido un roce con la destrucción, ya sea en forma de peligro físico o de las acciones malvadas de otros. Tememos que estos recuerdos nos atormenten, o que el pasado se repita en el futuro. Algo malo ha sucedido y algo malo sucederá. Y luego están todas nuestras adicciones. Las adicciones son deseos que rechazan los límites, pero si las examinamos más de cerca, veremos que lo que perseguimos con muchas de ellas es distraernos o anestesiarnos para no tener que lidiar con una mente inestable, un cuerpo inquieto y un futuro que luce sombrío. Las adicciones son poderosas, pero a fin de cuentas son ineficaces cuando se trata de mantener a raya los miedos y ansiedades.

La Escritura está de acuerdo en que hay temor en todas partes. Los Salmos asumen que vivimos en temor. «El día en que temo, yo en Ti confío» (Sal 56:3). La meta de los salmos es reconocer el temor entremezclado con la fe en nuestro Dios quien es digno de confianza. El tema más común en los Salmos es el temor a los enemigos poderosos que calumnian y hacen que la vida sea miserable. Estos enemigos pueden incluso matar. Todas estas son razones válidas para temer. Cuando leemos las Escrituras con el tema del temor en mente, vemos que «no temas» aparece de alguna forma u otra más de trescientas veces. Estas palabras a menudo aparecen como órdenes, pero al igual que las palabras de Jesús a la viuda afligida de Naín («No llores», Lc 7:13), en realidad son palabras de compasión y consuelo. Las encontramos a lo largo de las Escrituras cuando nuestras circunstancias son apremiantes y necesitamos la seguridad de que Dios está cerca (p. ej.: Gn 15:121:1746:3Mt 14:2728:10).

Cuando el Espíritu te dirija a pasajes sobre el temor y la ansiedad, notarás que hay tres verdades que se repiten continuamente. La primera es que Dios habla palabras hermosas y agradables a Su pueblo atemorizado. No esperes reprensión, aunque debe haber confesión y arrepentimiento durante toda nuestra vida. En vez de eso, espera compasión. Espera consuelo.

Lo segundo es que el Señor promete estar con nosotros, nunca nos dejará ni nos abandonará (Heb 13:5). Esta es la promesa que abarca a todas las demás. Jesucristo murió por los pecados «para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Las personas temerosas estarán más prontas a atesorar el evangelio.

Lo tercero es que, debido a que el Señor está presente y es soberano sobre el futuro, podemos prestar toda nuestra atención a la misión que Dios nos ha dado para hoy (Mt 6:33-34). Hoy tenemos toda la gracia que necesitamos. Hoy tenemos al Espíritu de poder que nos da el valor para dar pequeños pasos de obediencia, aun cuando el futuro nos parezca sombrío. Cuando llegue el día de mañana, el Espíritu nos dará el poder y la valentía que necesitemos. La gracia de Dios es nueva cada mañana.

Los temores y las ansiedades están en todos los aspectos de la vida y en las Escrituras. Al ser tan constantes, estas tres verdades no son simplemente una forma de enfrentar nuestros temores, sino que resumen el patrón del crecimiento cristiano.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Ed Welch
Ed Welch

El Dr. Ed Welch es un miembro de la facultad en el Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Ha sido consejero por más de treinta años y es autor de varios libros, entre ellos Addictions: A Banquet in the Grave [Las adicciones: Un banquete en la tumba].

Libres del temor

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Serie: El temor

 Burk Parsons 

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

El mundo es un lugar peligroso, lleno de riesgos y de gente poco confiable. Hay amenazas, dificultades y trampas acechando en cada esquina porque el mal es real. Como cristianos, entendemos esto porque sabemos cómo el pecado y sus consecuencias entraron al mundo.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Muchas personas no religiosas o ateas no quieren admitir que el mal existe o que los hombres son pecadores. No obstante, cuando hay ataques terroristas o calamidades son prontos para hablar sobre «actos de maldad» o de «personas malvadas». No tienen palabras propias para explicar las miserias y las tragedias de este mundo, por lo que deben tomar prestadas palabras de nuestra cosmovisión bíblica. Solo la Escritura proporciona una explicación coherente del mal, y solo la Palabra de Dios nos indica por qué somos temerosos por naturaleza.

Todos nacemos con temores, clamando por ayuda desde que entramos a este mundo. Hasta los bebés no nacidos experimentan un miedo intenso cuando los abortistas los están destrozando en los vientres de sus madres, lugar en donde antes estaban seguros y protegidos. Los niños pequeños le temen a la oscuridad y quieren una lámpara nocturna que los conforte. No solo sentimos temor por las peores catástrofes que nos suceden a nosotros y a los que nos rodean, sino también por todas las dificultades y tragedias menores que pudiéramos experimentar.

El temor es una emoción primitiva tan poderosa que puede causar estragos en nuestros corazones. La pregunta es: ¿qué hacemos con nuestros miedos? ¿Nos revolcamos en el fango del temor, actuamos como si no lo sintiéramos, intentamos esconderlo o tratamos de enfrentarlo con gran tenacidad? ¿O nos volvemos al Señor? Es solo cuando nos volvemos al Señor que podemos escucharle decir: «No temas». Sin embargo, el Señor nos ordena a no temer, no para que ignoremos nuestros miedos ni para que los superemos a pura fuerza de voluntad, sino porque Él nos ha prometido: «Yo estoy contigo». Debido a que el Señor está con nosotros, nos ha enseñado a temerle solo a Él. Todos los demás temores comienzan a desvanecerse cuando tememos al Señor.

Saber que estamos unidos a Cristo por la fe sola, y que el Espíritu Santo mora en nosotros, marca la diferencia entre tenerle miedo a Dios y temer a Dios. Marca la diferencia entre tenerle miedo a todos los peligros que pudiéramos enfrentar y confiar en nuestro Dios soberano, quien nunca nos dejará ni nos desamparará. El Espíritu Santo, nuestro Consolador, nos permite caminar siendo libres del temor porque hemos sido rescatados por Aquel que nos sostiene en la palma de Su mano. Por eso podemos cantar con John Newton: «Su gracia me enseñó a temer, mis dudas ahuyentó», y con Martín Lutero: «Aunque estén demonios mil prontos a devorarnos, no temeremos porque Dios sabrá cómo ampararnos» ya que Él ha decretado que Su voluntad prevalezca en nosotros.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.